N° 13 / Febrero 2014

Imagen de portada creada por Maryache

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Editorial: Patricia K. Olivera Eugenia Sánchez Acosta RRPP: Patricia K. Olivera Maquetación y diseño: Eugenia Sánchez Acosta

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Editorial
¡Bienvenidos a Palabras! El nuevo año nos encuentra volcados en la pasión que nos une: la literatura. Y, como si la pasión estuviera en el aire, este número viene cargado de poesía, lo que queda demostrado desde la portada, una nueva creación de Mary A. Chacín, a quien también conocemos como Maryache. ¡Gracias! Nos encanta seguir encontrando nuevos colaboradores que se suman a confiar en esta revista. Nos honran con sus colaboraciones, y nos ayudan a crecer, acercándonos a nuevos lectores, nuevos autores, grandes culturas. Es nuestro deseo que en 2014 podamos seguir creciendo junto a ustedes, y que encuentren recíproco este sentimiento. Los invitamos a disfrutar de las voces que se alzan con vigor y entusiasmo en las palabras que conforman este número. Y los invitamos a seguir a nuestro lado, gozando de la libertad que nos da el arte.

¡Nos leemos en abril!

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Índice
En el Nombre del Aire, por Javier Úbeda Ibáñez…………………………………………………………… pág. 05 De lunas y deseos, por Javier Úbeda Ibáñez…………………………………………………………………..pág. 06 Sombras, por Eva Medina Moreno………………………………………………………………………………..pág. 08 Don maldito, por Ana Patricia Moya……………………………………………………………………………..pág. 09 La magia de los cuerpos oscilantes, por Marcelo López Díez…………………………………………..pág. 11 Inoculando abducciones, por Sebastian Ariel Fontanarrosa…………………………………………….pág. 17 El salto de la doncella, por Selin…………………………………………………………………………………...pág. 19 Crepitación I, por Graciela Alfonso………………………………………………………………………………..pág. 22 Evocaciones, Obra visual, por Graciela Alfonso……………………………………………………………….pág. 23 Crepitación II, por Graciela Alfonso………………………………………………………………………………pág. 24 Marina, por Calos Yabib………………………………………………………………………………………………pág. 25 Amarga despedida, por María Isabel Rodríguez Fuentes……………………………………………..….pág. 29 Soledad, por Marie Collette…………………………………………………………………………………………..pág. 30 Las mariposas, por Maryache……………………………………………………………………………………….pág. 31 Visita al parque, por Candela Robles Abalos…………………………………………………………………..pág. 33 El veredicto, por Eva Medina Moreno…………………………………………………………………………….pág. 34 Obsesión, por Patricia K. Olivera……………………………………………………………………………………pág. 39 Tabú, por Ellora M. James…………………………………………………………………………………………….pág. 40 El Bosque Cerrado, Capítulo 1, por Athena Rodríguez……………………………………………………..pág. 43 Dos palabras huecas, por Eugenia Sánchez Acosta………………………………………………………….pág. 48

Nuestros colaboradores………………………………………………………………………………………………..pág. 49

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En el Nombre del Aire
Por Javier Úbeda Ibáñez
Entre los jardines de mi alma, el aire se llena con presagios de un encuentro, todavía sin estrenar, intacto y necesario.

En el nombre de Cielo y Tierra voy a recorrer el mundo entero, buscándote porque siempre eres tú y diferente y a todas necesito y quiero.

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De lunas y deseos
Por Javier Úbeda Ibáñez
De las lunas de tus ojos emerge una fuente que gotea deseos anaranjados que resbalan hasta tu boca y salpican tu rostro, meciendo tus pecas, removiéndote hasta dentro y por dentro… La distancia no olvida nunca cuando el amor es verdadero. La distancia te amarra, te agita y te araña con sus uñas. Las distancias no existen cuando el amor late lunas y deseos y te siento tan cerca que te puedo tocar. Te toco. En las lunas de mis ojos acaban de acampar unas gotas: desveladas, hambrientas, sinuosas, provocativas, verdes y
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amarillas, que esparciéndose te buscan. Una de ellas cruje, le tiembla la vida. Luego se abre, me trae tu voz: «Te sigo esperando», me dice mientras me observa y yo la acuno con mimos y ternuras, la acaricio con miradas, le doy mi vida. «Y yo a ti, amor», le contesto en silencio.

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Sombras
Por Eva Medina Moreno
Camino. De noche. En una calle, frente a mí, dos sombras. La oscura, alta, arrogante; la clara, débil. Y yo, más sombra que ellas, detrás. Entonces pienso que deberían salir muchas sombras para abarcar todo lo que somos. Me imagino que algunas de ellas van mudando como lo hacen las serpientes con su piel. Veo que la sombra de la inocencia cambia de color, de un violeta claro a uno más oscuro, con matices, con sombras dentro de sombras. La de la inquietud, sonrojada. La del dolor se endurece; opaca, con menos aberturas. La sombra del deseo, encogida, muda, añeja. Pero hay momentos en que besa sin saber qué pasará, se embrutece como antes, se aferra a un vínculo; soplo de vida, aliento.

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Don Maldito
Por Ana Patricia Moya
Jamás te enamores de un poeta. Jamás. Eso me dice mi madre, la pobrecita, que la engañó un artistilla bohemio que soñaba con Paris y los prestigiosos premios literarios mientras se pavoneaba por los garitos de moda de la ciudad fumando cigarros de liar y cambiando sus increíbles poemas escritos en servilletas por cerveza o whisky. Fruto de ese polvo entre mi jovencísima madre, impresionable e inocente por culpa de la adolescencia, y ese miserable con aires de grandeza, de polla insaciable y bolsillo vacío, nací yo. Cuando la preñó –consiguió bajarle las bragas mientras le recitaba unos supuestos versos suyos, aunque realmente eran de Baudelaire, pero claro, mi madre, se lo tragaba todo, todo, todo, y todo―, aquella chica que de golpe se transformó mujer, se fugó, con la inminente curva del vientre abultada, a pedir responsabilidades al progenitor, que huyó, despavorido, al recibir la noticia, y claro, los artistas son libres, pueden ser padres responsables de su obra, pero no de niños que serían un estorbo para su segura y prometedora carrera literaria; dos meses de rastreo, y ese estúpido ser humano –aún me cuesta trabajo decirle padre, aunque por la lógica de la biología, lo es, porque un espermatozoide, en un acto sexual torpe, abordó el indefenso óvulo de mi madre aquella noche de invierno sobre una cama de un destartalado hostal picadero– fue encontrado en la capital parisina, pero viviendo en una habitación de mala muerte, trabajando como encargado de la sección de pasatiempos de un periodicucho local, ganando una miseria… y escribiendo como un loco en sus ratos libres; libros y bloques de folios ocupaban gran parte del espacio húmedo, insalubre, de cucarachas paseándose por allí como las reinas indiscutibles, compañeras silenciosas de un ermitaño cuya cabeza perdió el rumbo en aquel momento de su vida en el que prometió: «quiero ser el mejor poeta de todos los tiempos». La reacción de mamá, al verle ahí, tan flaco, encorvado, sucio, escribiendo como un poseso en el escritorio de madera polvoriento y carcomido, fue la de la compasión: el gran defecto del poeta, llenarse la cabeza con ilusiones estúpidas, de palabras sin sentido, no acompañadas del acto de la voluntad. Sin reproches, mi madre lo dejó allí, encerrado en sí mismo, con su rebosante talento y utopías imposibles, y regresó al pueblo, me parió y me crió, pero bajo la sombra del resquemor: hizo desaparecer todo lo relativo al degenerado que ella misma llama «poetilla de baja estofa» –quemó fotos, poemas y libros dedicados, discos con música de Serrat y Sabina, etc.– y me prohibió leer y recibir clases de literatura; mis profesores de colegio e instituto se quedaban atónitos cuando mi madre les decía que cuando empezasen sus asignaturas yo abandonaría inmediatamente el aula. Aprobé las materias sin recibir una formación adecuada:
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supongo que, por ser hija de la soltera loca del pueblo, la pena pudo más y, ante la envidia de mis compañeros que me tildaban de enchufada, siempre me ponían un suficiente sin realizar ni un jodido examen. Pensarán muchos: qué puta suerte, de la que se libra, de aprender poetas aburridos –que si Machado, que si Cervantes, Góngora, Lorca, Alberti, que si patatín y patatán― de estudiar para memorizar datos y datos y datos… algo totalmente inútil porque, y esto lo digo porque supongo que lo llevo en las venas, la literatura no se estudia: se vive. Se siente. Y lo la noto circulando por todo mi cuerpo a un ritmo acelerado… y acojonante. Maldigo el código genético paterno: mi madre algunas veces, aunque me quiere, me mira inevitablemente con desprecio, porque mi nariz, mi pelo castaño y mis ojos azules le recuerdan a aquel aberrante ser que, por follar ―y encima, de mala manera; otra cosa hubiera sido un polvo antológico, como bromea ella, a veces, con amargura― arruinó sus tiernas ilusiones. Ese hijo de puta que embarazó a mi madre se colocaba la etiqueta de maldito con orgullo, pero realmente, no lo era: yo sí que estoy maldita porque mi sangre está infectada de palabras. Jodidas palabras. Y escribo. Y leo. Leo muchos libros a escondidas. Y escribo mucho. Muchísimo. Joder. Las chicas de mi edad se compran la Súper Pop, van al cine a ver Crepúsculo, se divierten en la discoteca y se enrollan con sus novios, pero yo me encierro en mi cuarto y escribo, escribo, escribo, escribo. Escribo porque soy una yonki del verso. Y una vez que la mano empieza a emborronar los folios de los apuntes, en los manteles de papel que se utilizan para los menús de la hamburguesería donde trabajo los fines de semana, ya no puedo parar hasta que toda la superficie en blanco esté cubierta de letras encadenadas. Mi madre aún no ha descubierto esta enfermedad crónica que padezco, pero las madres no son tontas, y tarde o temprano, lo descubrirá, hallará el escondite secreto de mis libros y de mis carpetas con poemarios, y en un acto de locura, los romperá en mil pedazos, los quemará… y posiblemente, junto a mí, su querida y odiada hija, la endemoniada, la que adora a Baudelaire, ese poeta que, según mamá, plagió a mi padre. Conflicto mental: amo a mi madre, amo escribir. Y tenía que decidir rápido. Por eso, aquí estoy, delante de la puerta del cuartucho donde todavía ese hombre que es mi padre vive, esperando a que me abra para clavarle la pluma estilográfica en el corazón ―por piedad, le entregaré una inmerecida muerte poética ―y acusarle de ser el culpable del mal que aqueja mis débiles dedos incapaces de no dejar de soltar palabras, palabras, palabras y más palabras en interminables noches de insomnio y momentos de desgarradora angustia. Y luego, apretaré los dientes con fuerza, y con el afilado cuchillo que llevo en el bolso, me cortaré la macho derecha y la dejaré encima de su pecho perforado, como un regalo de despedida: le devolveré el don que me ofreció, la maldición que deseo abandonar por puro amor a la que realmente me quiere.

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La magia de los cuerpos oscilantes
Por Marcelo López Díez
CORO: «Oh Dios, prefiero mil torturas antes de entrar en sus ojos».

¿Dónde estaban? ¿Dónde escondían acartonadas caricias lúcidas?

Él rodaba como inmensidad de ella.

Ella acogía enjambres de manos saboreando entrepiernas momentáneas.

Él desfiguraba su propio cuerpo sudando mujeres planetarias.

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Hasta su colchón adelgazó frente a la colorida paleta de las sabanas resecas.

Ella caminaba por el horizonte de él.

Sudó el verano la tierra los palideció ellos lloraron flores ellos quebraron las tablas de un escenario acolchonado.

Sus ideas se masturbaban sobre sus rodillas.

¿Armaron el rompecabezas?

La saliva va viene y les gusta bañarse en ella.

Dentro de sus cabezas
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un cementerio de libros apretaba los besos del día anterior.

Se penetraron creando un solo cuerpo blanco.

Las velas sustituían a las estrellas, sombras estelares planearon que tengan un océano eterno. Semillas duplican su canto. Cantemos.

El poeta: «Recuerda (Entre sabanas)». ¡Oh extraña criatura de semblante blanco! ¿qué hurgas en las paredes de la empinada montaña de mis sentidos?

Como cortas a navajazos mi estomago.

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Si en tu pelo de colores, como arco iris en tus ojos, la catarata de la locura esconde bajo tu lengua los besos perdidos de tu garganta en ríos de vino se posaron mis manos en la copa de tus pechos.

Y en salvaje frenesí me someto a tu vientre , en perfume dorado de tu sexo se irradia energía perdida.

Que de tus piernas abrasas mis gritos, donde quiera que estés, hasta tus pies me aproximo a besar la yema de tus dedos.

Nomenclatura del auxilio tortura del inocente, visión inmortal.

Transmutación del amor único cometido del dolor, perdona mis mandíbulas,
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en las doloridas higueras de mis pensamientos crece tu imagen que como el océano resplandece con sol y con luna, brilla noche y día.

No envejece entonces en mi memoria la primera vez que te vi, sospechosa en la raíz de mis noches.

CORO: «Por los caminos de una almohada».

No duermas conmigo por error suplica él, no duermas conmigo por una erección replica ella.

No duerman con alguien por arrepentimiento no duerman consigo mismos
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por dolor no duerman con nadie por locura no duerman por desenfreno no duermas maquillada no duermas sin afeitarte no duer...man por lujuria no fuego duermas por odio disipación compasión mas sosiego.

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Inoculando abducciones
Por Sebastian Ariel Fontanarrosa
Unos segundos hube de estar calmado, timado por su fisonomía verde agua de púber inflorescencia de tilo. Sentí la picazón de que algo me había inoculado. Ante mi reacción voló de mi palma llevándose consigo, anzuelado, el hilo de mi abstracción. girando Sin viento que la arrastre, a su sobre si misma; entera, elástica voluntad, nadaba por los aires, elípticamente sosteniendo la expresión sonora de su propulsión con un hipnótico Fa de violín. Envuelto en una encaprichada bioluminiscencia destellaba con guiños intermitentes al tornasol. La férrea fascinación de mi mirada pareció entorpecer su vuelo. Un par de metros delante ingreso fundiéndose inadvertidamente con un sutil chasquido metálico, en el ojo de una niña que paseaba con su padre. Mis piernas flaquearon, sentía que me acariciaban los huesos, la mismísima sangre, el alma. Pasé a sentirme ingrávido, libre, pero inferior y desolado.

Envejecido, devorado como por una década, recobré el sentido. Incomprendido me palpé las altas, albas barbas enganchándomelas con las uñas largas, paladeando tilo, estrujándome los harapos, restos de mi ropa una semana atrás comprada. Recordando el dolor crujiente de las hojas, tapiz de la senda, entre auras inquisidoras me alejé. Dedicándole miradas hurañas al cielo, a las arboladas centinelas de las veinte calles que me llevarían esa tarde a casa.

Ha pasado un tiempo de aquella experiencia. En tanto yo quiero volver allí. Harto de los juzgamientos del vecindario sobre mi estado de salud, barajando sarta de mentiras hirientes… Deseo partir y quedarme en ese extraño trance por siempre. Cada día mis ojos se mueren errando por el desértico cielo. Buscándote en los ojos de aquella niña ya hecha mujer. Mi bella y muda compañera de esta locura empeñada en ocultar bajo nuestros rasgos la fantástica verdad. Adicción, enferma añoranza al exquisito y puro hábitat de otras galaxias. Ella llevada en sillón de ruedas por
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su padre, sufre de igual manera inversamente los efectos del sol en su piel que empalidece, y sus ojos se deforman. En tanto la luna nos broncea junto con todas las estrellas de la noche. Diez largos años luz hacinados, para sufrirlos en un mísero detalle del tiempo, en un minuto humano. Desde mi plaza predilecta quilmeña, huelo el hierro de los asteroides. Ella, algún que otro esporádico año, a la pasada, cuando cruzamos miradas por la senda u hacemos el amor desde las distancias… me confiesa el frío mágico que le sobreviene en los inviernos a pesar de estar caliente cerca de la salamandra. Ese frío de cometas lejanos.

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El salto de la doncella
Por Selin
El cuerpo del hombre yacía contra el fondo del despeñadero, muy cerca de la roca en la que también Safia, mi hermana, encontró la muerte, despeñada unos minutos antes. Había recibido el castigo, pero no sentía alegría, sólo un helado vacío en mi alma. No pude hacer nada por evitar la tragedia. Me había quedado a pasar la noche junto al rebaño de cabras para intentar mantenerlas apaciguadas. Se las veía intranquilas, aunque no sabía el motivo, y temía que al mínimo descuido se desperdigasen por las escarpadas laderas de la montaña, una torre rocosa que se erguía aislada dominando los cercanos parajes del valle donde estaba enclavada y el río que lo cruzaba. De pronto escuché ruidos de un andar pesado. Parecía cercano y me aproximé al retorcido y estrecho sendero que ascendía hasta la pequeña planicie donde estaba situado el castillo del walí y que era donde vivíamos. Me mantuve agazapado entre los brezos y las encinas, gracias a que mi cuerpo menudo me permitía seguir oculto, sin necesidad alguna de salir al descubierto. Eran tiempos peligrosos y aquel no era ningún momento para que viniese nadie en plan de buena vecindad. Desde los matojos que me protegían vi pasar sombras, una tras otra, demasiadas. La luz de la luna creciente que alumbraba tenuemente aquel tramo de sendero arrancaba ligeros reflejos de sus armas y también de sus armaduras. No eran de los nuestros, no con aquellas espadas rectas o los yelmos con que cubrían sus cabezas. Entonces comprendí que eran nuestros enemigos irreconciliables. No es que estuviésemos en guerra, al menos no había ninguna campaña en marcha, pero de tanto en tanto se producían escaramuzas o alguna incursión en busca de cualquier botín apetecible. Tuve miedo y seguí escondido, inmóvil en mi escondite hasta que pasaron. Enseguida que pude me volví hacia donde estaban las cabras, una pequeña explanada al pie del farallón. Seguía indeciso y atemorizado. En ningún momento pensé en enfrentarme, no tenía nada que hacer contra ellos, y tampoco me atreví a dar la alarma ya que no me oirían dentro de la fortaleza y, en cambio, de seguro que perdería la vida casi al momento, pues en cuanto me oyesen no tendrían piedad ninguna conmigo.
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No pasó mucho rato hasta que se comenzaron a oír gritos y golpes de metal. Aquella partida de cristianos había llegado a la planicie superior de la montaña y estaba asaltando el castillo al resguardo de la oscuridad de la noche. Entre el vocerío escuché una voz familiar, era Safia, que gritaba de terror. En mi cobardía, no había pensado en ella y ahora me arrepentía de no haber intentado nada por evitar el asalto. Sonaba muy cerca, no comprendía por qué estaba fuera de los muros a no ser que hubiese salido en mi busca. Mi corazón dio un vuelco y miré arriba, hacia donde se escuchaban sus gritos. Me aparté de la pared de roca unos metros y pude ver lo que ocurría. Estaba en lo alto de la pared rocosa, muy cerca del borde, demasiado. Vi como todavía retrocedía un poco más mientras aparecía acercándose uno de los asaltantes, con la luna reflejada en la armadura. Pronto no le quedó más espacio hacia atrás, había llegado al borde del despeñadero. El hombre llegó hasta ella y con la mano libre la agarró por sus ropas. Safia forcejeó en un vano intento de escapar, pero al hacerlo se echó más hacia atrás, donde ya no podía hacer pie. Cayó despeñada contra las rocas que había en la base, muy cerca de donde estaba yo. Casi sin esperanza, me acerqué hasta ella. Pude comprobar que la caída había quebrado su cuerpo. Su mirada había quedado fija hacia el cielo, mientras la sangre se escurría por entre sus ropas y se extendía alrededor. Sentí ira y odio. No pensé en nada más, sino en que quería vengarla, como fuese. Arrastré su cuerpo y lo aparté un poco, lo suficiente para que quedase protegido por el saliente. Mis manos se enredaron en su capa. Tuve un impulso y la cogí. Retrocedí hasta el sendero y subí lo más rápido que pude, cruzando luego entre los matorrales para llegar cuanto antes a la cresta del despeñadero; no quería perder tiempo en llegar hasta su asesino. Una vez arriba busqué con la mirada. El hombre todavía estaba allí, mirando hacia abajo, aunque cierto era que poco podría ver en medio de la oscuridad y mucho menos sin acercarse bastante más al borde. Aproveché para embozarme con la capa y entonces salí al descubierto. Avancé lentamente, intentando no hacer el más mínimo ruido, hasta que llegué a un par de pasos de aquel desalmado, justo detrás de él. Debió notar mi presencia y se giró. Su mirada se trocó en un momento de la sorpresa al terror. Se sentía culpable y seguramente pensó que su víctima había vuelto de entre los muertos. El embozo me cubría casi por completo, lo que no le permitía comprobar quién era aquella figura que se le acercaba. Con firme propósito, dejé que el error me ayudase en mi propósito.
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Retrocedió un paso, pero seguí mi avance hacia él, así que la distancia se redujo aún más. Entonces adelanté la mano en un gesto que él sintió en toda su amenaza, por lo que siguió retrocediendo, sin pararse ya a pensar cuál era el lugar donde pisaba. Perdió pie y vi como desaparecía en el vacío. Su grito le acompañó en la caída hasta que se interrumpió con el golpe de su cuerpo contra las rocas. Eran las mismas que habían recibido antes a Safia y ahora habían significado su final. No me quedé a esperar que apareciese alguno de los asaltantes alertado por el grito de uno de los suyos. Bajé de nuevo hasta la base del despeñadero, deshaciendo el recorrido que había hecho poco antes. A continuación arrastré aquel cuerpo infame con dificultad hasta una cueva bajo el saliente. Retiré unas maderas que bloqueaban el acceso al interior para evitar que entrase nadie, pues allí había un pozo muy profundo. Un esfuerzo más y pude dejar caer el cuerpo por la abertura. Después de varios golpes contra las paredes, no oí nada más. Estaba seguro de que nadie lo encontraría jamás. Arriba, en el castillo, ya habían cesado los gritos del asalto y ahora se escuchaban voces de victoria, pero ninguna en mi idioma, tal como ya había sospechado que pasaría. Aquel ya no era mi hogar. Tenía que partir lejos de allí, hacia el sur, donde pudiese estar entre nuestras gentes, pero en cada parada que hiciese contaría la historia de mi hermana, mantendría vivo su recuerdo, pero también ocultaría el final de quien la empujó a la muerte, perdido para siempre en un pozo sin fondo. En la historia del Salto de la Doncella sólo habría sitio para mi hermana.

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Crepitación I
Por Graciela Alfonso
Cuántos umbrales castigados, recorridos por los proyectados que de la luz emergen sucumben; olvidando los designios de su predestinación.

Cuántos mutantes resignados, en extramuros; intentan construir la oscuridad en los túneles absortos previniendo el holocausto.

Fuego y lava, desdibujando la palabra y el verbo. Crepitación antigua durmiendo en el principio del amor irreversible.

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Evocaciones, por Graciela Alfonso

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Crepitación II
Por Graciela Alfonso
Subyugas la memoria espiritual de la luz, flameando en lo recóndito del espejo oscuro. Tus cavernas grises, dolidas y esculpidas por el espanto, atraen efímeras, la marca antropomórfica del pensamiento cósmico, expandido en la niebla azulada.

Oh rostro del sabio, agorero de la furia y sembrador del fuego, evocando, las penúltimas crepitaciones y despertando, la idea de vivir la resurrección infinita. Oh grutas del horror y de la ignorancia, agonizando impávidas en la malsana indiferencia.
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Marina
Por Carlos Yabib
En la mano sostenía una copa, calentando el coñac de un lado al otro conforme el compás de las parejas y la música sonaban. Todos movían sus cuerpos como si pudieran zafárseles las piernas o los brazos con cualquier movimiento en falso. Pensaba en la mano de Kip, abriéndose paso por entre sus mancuernillas cromadas, saltando al plato de crema de almeja junto mí, salpicándome el traje con el pegajoso engrudo mientras él continuaba saltando en el centro, manco, lanzando su corbata y demás extremidades a los meseros, descomponiéndose como un muñeco. Serían para entonces las tres de la madrugada, quizá, pero todo el mundo parecía estar exento del letargo que siete tragos me significaban. Un calor muy agradable me recorría ya las mejillas y me acrecentaba el pecho con cada palpitar. ─Míralo nada más. Hasta la cabeza se le va de lado ─dijo la más gorda de la mesa tras sacar un pañuelo para limpiarse el bigote. ─No puedo creerlo. Qué descaro. Y pensar que tendremos que aguantarlo. Poco tenía qué hacer en la mesa con Ermelinda y Rosalinda cuchicheando a mis espaldas. Eran una verdadera molestia desde que las conocí, pero de un tiempo a acá me resultaban insoportables. Un par de mujeres feas, solteronas, por supuesto, que vivían para criticar como si el aire mismo les faltara al no hacerlo. En el trabajo las veía poco, por suerte, pues me reservaba cualquier interacción con el mundo para saludar o despedirme según fuera el caso. No más. Estaba ahí para hacer dinero, no amigos ni mucho menos; para algo tendría un departamento donde mi esposa y yo cabíamos de sobra. Llevaríamos cosa de unas tres horas metidos entre el humo denso del hielo seco y las risas estridentes de los colegas. Iba ya a la mitad de la batalla con los últimos sorbos de la copa y la fiesta parecía descansar dentro de una fotografía ante mis ojos. Nada cambiaba: el jefe, con Marina muy acurrucada en su pecho sudado, Kip manoteando al son de la música, las viejas agrias mirándome mientras criticaban mis hábitos, en fin. Pedí al mesero otra ronda tras apilar en una torre las copas sobre la mesa, marcando la pureza del blanco con la caída de una pequeña lluvia castaña sobre el mantel. Revisé mi reloj un

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par de veces más para saber si pedirle a Marina que ya nos fuéramos, pero no podía siquiera distinguir el correr de las manecillas. ─¡Míralo nada más! ¡Se está quedando dormido! ─¡Ay, Rosalinda! ¡Mejor vámonos a otra mesa, este se va a partir la maceta en cualquier momento! Pinche Ivana. Si bien era más joven y un poco más inteligente que Petra, no se le quitaba lo argüendera. Ambas se levantaron apuradas, yendo sin siquiera voltear una vez a despedirse a la mesa contigua, donde las señoras de intendencia reían entre bromas escatológicas y albures. Me dejaron solo. Éramos yo, la tela manchada, la pila de cristales en forma de pirámide y los platos vacíos de crema fría que aún no se llevaban. Volteé a ver los demás comedores sólo para encontrarme con la misma escena de cuando estaba sobrio. Terminé con avidez mi octavo de la noche. Pedí el noveno, pero parecía que el coñac y la paciencia se le habían terminado a mi mesero. Marina estaba cada vez más cerca del pecho humedecido de mi jefe, que ahora le posaba su mano a media espalda. El calor comenzaba a sofocarme. Con el cuello de la camisa oprimiéndome la garganta, la dura tela se arrinconaba en mi contra con la misma naturaleza que mi esposa no lo hacía hace ya mucho, mucho tiempo. Claro, exceptuando los pescuezos ajenos como el del jefe, cuyos vellos goteaban sudor sobre un vestido lila muy bien acomodado contra sus caderas. ─¡Eh, tú, chango, ven para acá! ¿Qué no ves que los dos te estamos es perando? ─gritó por sobre toda la banda desde el otro extremo, mientras envolvía a mi mujer con uno de sus brazos. Lentamente deslizaba una de sus manos sobre el contorno que le enmarcaban las caderas, alisando las arrugas en su vestido con suavidad, arriba, abajo. Ella no oponía la menor resistencia, por el contrario, parecía disfrutarlo─. Bueno, ¡qué te detiene! ¡Rápido! Me levanté con pesadez, encomendándome a un poder superior para ser capaz de llegar al otro lado, cual gallina en dicho popular. Trastabillé un poco, apoyando mi peso con un manotazo a cada lado de mi fenomenal escultura en vidrio. Las copas más altas se precipitaron; el estruendo pasó desapercibido entre los timbales y la voz grave que resguardaba la pista con varios ritmos. La música me golpeaba los tímpanos, haciendo bailar en mi estómago el licor junto con la pedacería de almeja. Un malestar generalizado me recorría la piel, erizándola al mínimo roce con el atuendo; pensaba en qué le diría para llevarla de regreso a casa, lejos de todo ese alboroto. Caminaba balanceándome de un lado al otro con los ojos entreabiertos y la cabeza ligera. Movía mi cuello con soltura, como las manos de Kip antes de que parara a tomar un respiro. Describía movimientos laterales, en círculos, hacia enfrente, hacia atrás. Mi cráneo poseído bailaba sobre su mismo eje. No tenía el mínimo control sobre él.
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Daba un pequeño paso adelante para retroceder dos y medio. Cuatro hacia un lado y dos al frente con las rodillas dando de sí. El sopor parecía jalarme todas las facciones al suelo, desde los párpados hasta el labio inferior, pasando por la línea de mis hombros que se caía. A medio camino tropecé, cayendo de espaldas en la pista. Sólo dos parejas ocupaban el espacio cuadriculado pero ninguna se dignó a ayudarme. Reboté con violencia tras dar un golpe sordo al que, ni la misma banda a escasos tres metros, dio la menor importancia. Me quedé tumbado, viendo cómo los recovecos del techo sobre el enorme candelabro de cristal se movían. Aquello era idéntico a la sensación supuesta por un viaje a altamar, con el movimiento de la lancha jugándome una mala pasada. Escuchaba todavía los gritos eufóricos del jefe, exigiendo me levantara cuanto antes para llegar a sus comensales. Yo había quedado excluido de esa mesa a último momento al ser sustituido por Marina. La presenté al jefe semanas atrás a petición expresa de éste. Declarose encantado de conocer a tan bella mujer. Una como hacía mucho no encontraba más que en las películas. Rigoberto Monteseñor, para servirle . No creo que haga falta decir que, con lo crédula que era esta mujer, no por nada seguía metida entre los pliegues de Rigoberto desde que llegáramos al lugar. Logré alcanzar la mesa minutos después, un poco exhausto pero mucho menos ebrio. ─Siéntese, hombre, ¿qué toma? ─Han cerrado el bar, señor Rigoberto. Me negaron el servicio al terminar mi último trago. Debe ser la hora, ¿no cree? ─¡Señor Ríos, no sea ingenuo! Pero claro que a usted ya no le seguirán sirviendo. Véase nada más, ¿acaso usted haría el horror de servirle la novena copa a un hombre que apenas puede mantenerse de pie? No, no, su esposa nos contó sobre su problemilla ─dijo, a la vez que hacía con sus dedos como si tomara de una diminuta copa; los siete comensales, todos ellos viejos de apariencia adusta, soltaron una carcajada al unísono. Se les veían los dientes amarillos y al menos un empaste o amalgama reluciente en los molares─. Vamos, ¡ánimo! Era una pequeña broma, Ríos. Ahora mismo hago que le traigan la botella si así lo quiere ─dijo, dándome una fuerte palmada, tratando de redimirse. ─Sólo-una-copa, señor. ─¡Muy bien! ¡Mesero! Tráigale a este hombre una copa del mejor coñac. Cargue todo a mi tarjeta, que para eso somos amigos, ¿o no? «Amigos». Sólo le hacía falta obligarme a coger con él para terminar de humillarme. Seguramente ya habría destruido cualquier ápice de estabilidad entre Marina y yo, prometiéndole todo eso que yo jamás podría darle, si no es que me llamaba para decirme que sería transferido a
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Islandia o que él y mi esposa estaban comprometidos. A mi alrededor, todos los demás hombres actuaban como si yo no existiera. Explotaban de risa, azotando sus manos anilladas contra los brazos del que tuvieran a su lado. Hablando sólo de negocios, de aquél que alguna vez quiso competir contra ellos y terminó en la calle con mujer e hijos. Se presumían cuántas propiedades, cuántas cuentas en el extranjero, cuántas muchachitas no tenía más el uno que el otro. ─Dígame, Ríos, ¿cómo la está pasando? ─Bien, señor Rigober… ─¡Ríos! Sólo dígame señor Rigo o Montes. Guarde esas formalidades para los contratos. En esta mesa, ya no le hacen falta. ─Claro, señor Montes, una disculpa. ─¡Qué va! Mire, ahí viene su última vida de gato. Marina estaba acurrucada contra el pecho izquierdo de Rigo. Lo abrazaba hasta donde lo conseguían sus delgados brazos. Estaba tranquila. Una pequeña sonrisa asomaba entre sus labios color carmín, apagados por las sombras danzarinas de los reflectores y la música. El mismo mesero lánguido que me negara el terminar la racha nocturna, fue quien puso frente a mí la copa rebosante. ─¡Salud! ─dijo mi jefe levantando su copa con agua. Los demás hombres siguieron el gesto, levantando las últimas gotas de licor en sus vasos. Yo no lo hice, y simplemente seguí bebiendo.

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Amarga despedida
Por María Isabel Rodríguez Fuentes
Hoy mi alma escupe sangre, soledad y borrachera de melancolía. Hoy mi alma escupe nostalgia, tristeza y añoranza del ayer.

No puedo más con esta carga de abatimiento desde que te fuiste. Y no puedo odiarte. Solo quererte porque me sale de las entrañas. No me daba cuenta de lo sencillo que es amar estando a tu lado, de lo feliz que me hacías sin yo saberlo. No lo sabía.

Y ahora, muero por dentro al no tenerte.

He perdido lo más bonito que la vida me ha regalado. Te has ido sin escucharme, sin mirarme… sin luchar. Hacía tiempo que estaba muerta, pero más lo estoy sin ti.

Hoy mi alma escupe sangre, soledad y borrachera de melancolía. Hoy mi alma escupe vacío, negrura y oscuridad al despedirme de ti.

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Soledad
Por Marie Collette
Soledad es sentir que te pesan los párpados es notar al tiempo pasear por tu cuerpo

Soledad es la aguja que te clava sus besos que te retira las horas y aletarga tus huesos

Soledad es pensar en el recuerdo engañado es sentir que no puedes amarlo

Soledad es alzarte al viento y volar es caminar en oníricos lagos

Soledad es oír la lluvia caer palpar la textura del amanecer

Soledad es el sol que acaricia tu vello es un rayo ardiente en tu pecho

Soledad es la nube que te quita el sueño que te cierra los ojos y abre el pensamiento

Soledad eres tú, soledad soy yo Soledad es el manto que me arropa en este trayecto.

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Las Mariposas
Por Maryache
¿Cómo se puede tener hambre cuando se está enamorada si unas violentas mariposas revolotean dentro de tu estómago todo el tiempo?

Si usted padece de las condenadas mariposas en el estómago, está enamorado. Todo comienza en nada, en andar por la vida con la mayor despreocupación, con la mayor libertad de pensamiento y espíritu, con la mayor entereza y responsabilidad sobre sus acciones, es decir, usted es un alma libre y un corazón sano y sin ataduras es el que posee. Y todo está perfecto hasta que aparece la desgracia, el infortunio más inmenso, el tormento más colosal: el amor. Usted entonces, comienza a padecer extraños síntomas, como altas temperaturas reflejadas en mejillas y orejas, que le dan un aspecto muy peculiar; extraños temblores cada vez que está cerca de la persona amada, o bloqueo mental cuando escucha su voz por primera o, segunda o, cualquier vez. También se pueden presentar risas nerviosas, acompañadas de ligeros ahogos que solo acentúan más el padecimiento, comportamientos estúpidos y sin sentido, que harán creer a sus familiares y amigos, o que usted ha enloquecido o que se le ha fugado el cerebro porque la cantidad de ensimismamiento, de suspiros vacía-pecho, de actuaciones imbéciles y de declaraciones inoportunas serán tales que solo se puede ser víctima de este sentimiento. Usted entonces, debe tener cuidado pues, si no se ha detenido la enfermedad a tiempo, le nacerán como por arte de magia, las –conocidas― mariposas en el estómago, que son una de las últimas etapas de la enfermedad. Las mariposas en el estómago no se sabe de dónde salen y como aparecen dentro suyo pero es un hecho que si las tiene, usted debe correr y someterse a tratamiento lo antes posible pues, es tan incómoda la sensación y tan persistente, que su apetito disminuirá o mermará del todo y entonces, sólo entonces usted solo querrá alimentarse de besos, de caricias, de miradas de la persona amada, produciendo una pérdida de peso considerable, acompañada de unas esperanzas delirantes, y de unos deseos tan irracionales que podrían trastornarle el juicio, haciéndole creer que es la persona más afortunada del mundo pues otra persona padece el trastorno por usted, que está bendecido por ello y que ahora es invencible -siendo realmente, la persona más vulnerable sobre esta planeta-. Entonces, por favor, no se enamore. Las consecuencias de las mariposas son mortales y, si se ama para siempre, nunca dejarán de ocupar el lugar en su barriga, provocándole estremecimiento, dolores estomacales y hasta nauseas y el posterior vómito. No se enamores pues, ―si lo hace―, la aparición de las mariposas será fija, y usted no podrá sobrellevar eso. ¡No podrá! Las mariposas de ahora son más violentas, de colores más vistosos, más atrevidas. Su transformación se debe a su adaptación a estos tiempos, en el que la gente es más directa, lanzada e imprudente.
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Por favor, cuídese de las mariposas o, mejor, no se enamore, le reitero. Porque si se enamora, usted será víctima inminente de las mariposas y el desenlace de su existencia será fatal. Pasará a ser esclavo del amor y de las mariposas, a ser dependiente de ambas, y su corazón, alma y tripas nunca más hallarán descanso.

Condenadas mariposas, por Maryache

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Visita al parque
Por Candela Robles Abalos
Era su lugar secreto. Atrás quedaba la casa de verano, donde sus esposas creían que se dedicaban a escribir la siguiente gran obra. Sobre una roca habían depositado sus ropas dobladas. Ahí el césped era más suave y el aire más respirable que el de Londres, del cual escapaban para entregarse a sus más intensas pasiones. Parte del encanto, eran esas vacaciones sensoriales donde volvían a descubrir qué diferentes eran las manos de un hombre, comparadas con las de una mujer, encima de sus cuerpos. Retozaban alegremente, turnándose en la aplicación del toque más íntimo, sin tener idea de que un par de pasos se acercaban entre los arbustos.

El dueño de los pasos tampoco oyó sus gemidos. El mundo entero había dejado de existir para él, a excepción de ese precioso punto blanco al que había estado siguiendo desde hacía una semana. Algunos sabios orientales lograban llegar a ese estado tras largos años de disciplina. Él sólo necesitaba un nuevo objetivo. Lentamente levantó su arma especial y apuntó. Un eficaz golpe mortal a la cabeza que dejaría el resto intacto, ese era su particular nirvana.

El disparo apenas se escuchó en el bosque. Más fuerte sonó el grito de uno de los hombres que acababa de descubrir el ornitólogo. Uno de los dos hombres desnudos que gritaba su negativa a aceptar el súbito hoyo en la cabeza de su compañero. El ornitólogo, cuyo mayor deseo era arreglar el cadáver para poder pintarlo, tuvo tiempo de ver a la paloma (increíblemente desorientada para volar en esa zona) y maldecir su mala suerte antes de echarse a la carrera.

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El veredicto
Por Eva Medina Moreno
−¡Póngase en pie el acusado! Scrooge se levanta con torpeza. −Ebenezer Scrooge, la ciudad de Londres le acusa de los siguientes delitos: avaricia en primer grado y falta de caridad, también en primer grado. Se declara usted culpable o inocente. −Inocente, señoría. −Se inicia la vista. Proceda señor fiscal. −Con la venia señoría, que suba al estrado el espíritu de la Navidad Presente. El testigo alza una antorcha brillante derramando luz sobre la sala. Lleva un manto verde y sobre la cabeza una corona de acebo. El alguacil sostiene la Biblia. −Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. −Sí, lo juro. El fiscal empieza las preguntas. −Espíritu de la Navidad Presente, ¿qué relación tuvo con el acusado? −Le mostré cómo celebraban el día de Navidad distintas familias. −Ahora me gustaría que prestase atención a los datos que tengo sobre la Navidad en la casa de Mr. Cratchit. El espíritu asiente. −Empezaré con la señora Cratchit. Su vestido, una bata con remiendos, con cintas de colores que no valdrían más de seis peniques. El traje del señor Cratchit muy zurcido, aunque limpio. Martha llegó tarde porque era aprendiz de modista y tenía que trabajar muchas horas seguidas. Tiny Tim llevaba una muleta pequeña y los miembros sostenidos por un aparato metálico. Los hermanos pequeños le ayudaron a sentarse. Todos colaboraron en algo. Peter preparó las patatas hervidas, Belinda puso la mesa, y los dos pequeños, con ayuda de Peter, fueron a por el pavo. Se lo comieron hasta dejar los huesos. El pavo les abrió el apetito; era demasiado pequeño para tantas personas con hambre atrasada. La madre fue a la cocina, a por el pudding. La familia estaba expectante. Aunque no era muy grande, lo ensalzaron. Después se reunieron alrededor de la lumbre. Brindaron con el ponche que el padre había hecho, deseándose Felices Pascuas. Estuvieron hablando. El padre comentó a Peter que tenía en perspectiva un trabajo para
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él, cinco chelines y seis peniques semanales. Espíritu de la Navidad Presente, ¿vio el acusado lo que he descrito? −Sí. −¿Se mencionó en algún momento al acusado? −Mr. Cratchit alzó su vaso para brindar por él porque les había procurado la cena. La señora Cratchit no quiso beber a la salud de un hombre, según ella dijo, tan odioso, tan avaro, duro e insensible, como Mr. Scrooge, pero su esposo la convenció y todos brindaron por él. El espectro va envejeciendo, sus cabellos son grises. El fiscal advierte el cambio pero no dice nada y sigue con sus preguntas. −¿Por qué la señora Cratchit no quiso en un principio beber a la salud del jefe de su marido? −Le hacía culpable de su pobreza, el sueldo de Mr. Cratchit era muy bajo. Murmullos acallados por el golpe seco del mazo y por las palabras «silencio en la sala» del señor juez. −No tengo más preguntas, señoría. Toma la palabra el abogado defensor. −Espíritu de la Navidad Presente, en ese viaje también visitaron la casa del sobrino del señor Scrooge. ¿Es verdad que el sobrino dijo que su tío era un individuo cómico, desagradable, y que ellos se beneficiarían de su riqueza? −Sí. −Sin embargo, el señor Scrooge no se enfadó al oír aquello, ¿no es así? −Así es. −¿Puede relatarnos cómo continuó la fiesta? −Empezaron otro juego, el sobrino de Mr. Scrooge pensaba una cosa y los demás tenían que adivinarlo, haciendo preguntas que solo se pudieran contestar con un «sí» o un «no». El sobrino pensó en un animal desagradable, salvaje, que unas veces rugía y gruñía, y otras veces hablaba. −¿Qué animal? −El señor Scrooge. −No tengo más preguntas, señoría. −Se suspende la sesión durante dos horas −dice el juez−, se reanudará a las cinco.

Cinco de la tarde. El fiscal llama a su segundo testigo, el señor Cratchit. −Señor Cratchit, ¿qué relación tenía con Mr. Scrooge?
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−Era su empleado. −¿Puede decirnos lo que hizo el señor Scrooge el mismo día del entierro de su socio el señor Marley? −Unos señores fueron a verle y pasaron la tarde discutiendo. −Señores del jurado −indica el fiscal−, ¿qué clase de persona está en condiciones de hacer negocios el día del entierro de un amigo? −Protesto señoría −dice el abogado defensor−, al hacer ese comentario el fiscal presupone que el acusado estuvo negociando, cuando no está demostrado que fuera así. −Se acepta −dice el juez−, que el comentario no conste en acta. −¿Es verdad que el pasado 24 de diciembre entraron dos hombres recaudando fondos para los pobres y el acusado no contribuyó a la causa? −Sí. −Cuando uno de los recaudadores comentó a Mr. Scrooge que los pobres dijeron que preferían morirse a entrar en los centros de acogida estatales, al acusado le pareció que morirse era lo mejor que podían hacer porque de esa manera disminuiría el exceso de población. ¿No es cierto, señor Cratchit? −Sí. El fiscal se acerca a su mesa y coge un papel que muestra al juez. El juez lo aprueba. −Mr. Cratchit, escuche con atención lo siguiente: «A todos los idiotas que van con el “¡Felices Pascuas!” en los labios los cocería en su propia sustancia y los enterraría con una vara de acebo atravesándoles el corazón. ¡Eso es!». ¿Me puede decir, señor Cratchit, quién dijo esas palabras? −Mr. Srooge. −No tengo más preguntas, señoría. Una figura oscura se aproxima al estrado con paso lento, grave. Un manto negro le oculta cabeza, cara y cuerpo, dejando visible una de sus manos extendidas. Es el espíritu de la Navidad Futura, testigo de la defensa. −Espíritu de la Navidad Futura −dice el abogado defensor−, ¿le pidió Mr. Scrooge que le guiara porque quería ser un hombre diferente y cambiar de vida? Movimiento de la túnica negra. El espectro inclina la cabeza asintiendo. −¿Reconoció Mr. Scroogre que su avaricia y dureza de corazón no le hicieron ningún bien, que honraría la Navidad durante todo el año, y que nunca iba a olvidar las lecciones de los tres espíritus? Contracción del manto negro. El espectro asiente. −No tengo más preguntas, señoría.
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Último día del juicio. El fiscal se dirige al jurado. Comienza su alegato. −Señores del jurado, hoy es un día importante porque al juzgar al señor Scrooge no sólo se juzga a una persona inmisericorde y avara, sino que al mismo tiempo se está juzgando a personas como él. El acusado ha demostrado ser culpable de todos los cargos que se le imputan. Desde las primeras hojas del cuento empieza a delinquir. El mismo día del entierro de su único amigo, el señor Marley, sí, el mismo día del entierro, en vez de estar apenado por su muerte, hace un buen negocio. Mr. Scrooge, un hombre avaro, cruel; un ser miserable, codicioso, sin sentimientos. Un hombre que no se conmovió por nada ni por nadie; ni por su empleado el señor Cratchit, ni por su sobrino, ni por los niños pobres que pedían en la calle. Tanta pobreza a su alrededor y él, preocupado por tener más y más. En sus manos está, señores del jurado, encerrarle para siempre o dejar libre a un hombre tan dañino y peligroso en una sociedad como la nuestra. Sé que tomarán la decisión adecuada. El abogado defensor se acerca al jurado. −Señores del jurado, qué bien hablamos de piedad, comprensión, tolerancia, pero que poco piadosos, comprensivos y tolerantes somos con los demás. Al juzgar al señor Scrooge debemos ser indulgentes, ahondar en su pasado, en las causas que le llevaron a ser lo que fue. Si no era generoso con él mismo, cómo lo iba a ser con los demás. Él era el que más sufría; no fue capaz de querer a nadie porque no se tenía el mínimo aprecio. No podemos sentir odio hacia él sino pena. Su sobrino pensó que los defectos de su tío llevaban su propio castigo. Sin embargo, ¿fue Mr. Scrooge el único culpable de su coraza? ¿Intentó alguien acercarse a él, atisbar ese abismo que se agrandaba y le consumía, impidiéndole ser libre? Porque si alguno de ustedes piensa que lo era, se equivocan; sus pensamientos, sus ideas, estaban encadenados con grilletes a una enseñanza austera, rígida, cruel. ¿Tuvo el señor Scrooge la culpa de que no le hubieran mostrado cariño ni amor en su entorno familiar? No, creo que no, y ahora es el momento en que se puede hacer justicia. Él ya nos demostró que había cambiado al final del cuento. Sé que aquí se le juzga por su vida anterior, pero agradecería que considerasen su arrepentimiento y rectificación de conducta. Sé que ustedes serán justos.

Han pasado cinco horas. Entran en la sala el señor Scrooge, su abogado y el fiscal. Luego, los miembros del jurado. −En pie −dice el alguacil. Todos se ponen de pie. Entra el juez. −¡Siéntense! ¿Tienen ya el veredicto? −Sí, señoría. −¡Póngase en pie el acusado! Scrooge se levanta despacio. Sus piernas tiemblan. Se agarra con fuerza a la mesa retorciendo unas manos ya viejas. −Señores del jurado, consideran a Ebenezer Scrooge:
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¿Inocente o Culpable?

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Obsesión
Por Patricia K. Olivera
Llevaba tiempo esperando. Había dedicado su vida a la búsqueda de vida extraterrestre. Desde que era un niño había planificado su vida para ser científico y así indagar en la posibilidad de otro tipo de inteligencia. Era el mejor estudioso en Ufología, un científico de renombre, reconocido en todo el planeta; pero a él no le importaba. Continuó haciendo su vida de siempre, conectando los instrumentos que algún día le harían oír otra voz, otro lenguaje a años luz de la Tierra. Había tenido tiempo de casarse, formar un hogar y tener hijos, pero nunca se molestó en conocerlos, simplemente estaban ahí, como cosas sin importancia; no sabía de sus vidas, y cuando los miraba los veía como a extraños, de la misma forma que ellos lo veían a él. Cubría sus necesidades elementales de forma mecánica, comer, dormir, ducharse; había perdido hasta la delicadeza, ya ni recordaba la pasión que sintió una vez al besar a su esposa cada mañana. En lo único que había emitido opinión de forma enérgica fue en el lugar donde debían vivir, en una chacra en medio del campo donde no existieran luces artificiales que le dificultaran su relación con las estrellas. Con el correr de los años, los hijos abandonaron el hogar, se llevaron a su madre y lo dejaron como él tanto quería: solo. Y esa noche, al fin ocurriría lo tan anhelado. Primero fue sólo un zumbido, que luego se transformó en interferencia y en medio de esta, a intervalos, un lenguaje desconocido. Difícilmente podía llegar a oírse una frase entera. Salió corriendo a encontrarse con la inmensidad negra sobre su cabeza; todo era silencio, las estrellas titilaban desde lejos. Volvió al interior de la casa y otra vez el mismo zumbido, la misma interferencia y la voz que poco a poco dejaba oír el mensaje. El científico sonrió de oreja a oreja, sus ojos brillaron. Otro sonido comenzó a oírse. Salió, esta vez con tranquilidad. Afuera, un enorme disco plateado levitaba sobre la casa, produciendo un sonido ensordecedor, alumbrando todo con sus luces brillantes y provocando que el viento se desatara. Se cubrió los ojos con el antebrazo para ver mejor y se colocó bajo el haz de luz que provenía del vientre de la nave. Con lentitud, comenzó a quitarse la ropa y, cuando quedó desnudo, siguió con las orejas, la nariz, los ojos y la piel... Al fin volvería a casa.

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Tabú

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Por Ellora M. James
Puerto Rico, 1850

El gran jaleo que se armó en el salón, corrió como una llamarada candente de susurros hasta la cocina. Para cuando la señora cayó desvanecida en el sofá, y el mmliki2 arrojó el tabaco al fuego, entre el revoloteo de faldas de las muchachas y las exclamaciones ahogadas, todos tuvieron una idea aproximada de lo que estaba ocurriendo. Y era tanta la necesidad de especular sobre un secreto por todos conocido, de esperar el próximo gran gesto del furioso mtu3 cuyo ceño presagiaba tormentosas horas por venir, que nadie prestó atención al foco originario de tanta perturbación. Cristina corrió atravesando los grandes ventanales del salón. Sus delicadas zapatillas de entre casa se deslizaban sin sonido alguno sobre el suelo empedrado. La noche, cómplice de pasiones, la protegió en su huida. Ni siquiera el viento que mecía sus cabellos dorados se interpuso a su paso. El eco de sus decisiones daba alas a sus pies, impulsándola en medio de la oscuridad. Había dejado atrás la seguridad, el confort de lo conocido, para correr en pos de lo prohibido, hacia los brazos de ese amor que nunca había soñado encontrar. Demasiadas eran las pruebas que había tenido que superar su corazón antes de comprender la única verdad posible: sin Kame no podría ser capaz de enfrentarse a ningún futuro, por más acomodado que éste fuera. Pero le había llevado tiempo descubrir algo que ahora se le antojaba evidente. Y, mientras las dudas acosaban su mente, los planes que tejían su padre y Sir Louis ponían distancia entre ella y su amor.

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Inspirado en la canción de mismo nombre interpretada por Omara Portuondo Amo 3 Hombre

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Semanas atrás Kame había sido obligado a abandonar el hogar donde había vivido buena parte de su vida. Seleccionado, no al azar, entre otras decenas de esclavos jóvenes y fuertes había marchado al este, hacía las plantaciones de azúcar que su padre había adquirido recientemente. Ella fue tan cobarde que ni siquiera salió a despedirlo, a hablarle con el idioma mudo de los amantes, capaces de transmitir un mundo de emociones con un simple gesto o una mirada. Kame no la había obligado a tomar una decisión. De hecho, Kame nunca la había obligado a nada. Llegado desde Europa doce años atrás, cuando aún era un pequeño alborotador, atado de pies y manos junto a otros hombres y mujeres que habían tenido la «fortuna» de sobrevivir al arduo viaje, Kame sólo olvidó su condición una vez. Entonces le habían marcado una «L» ardiente en el hombro, para que no olvidara el nombre de su amo, único dueño de su vida. El recuerdo del olor de su carne quemada, del dolor inaguantable, y las risas de los hombres blancos, bastaron para enseñarle que la rebelión se puede llevar por dentro. El mismo fuego que había avivado su lengua y lo había convertido en objeto de burla en su juventud, lo impulsó a ganarse el respeto de los suyos, y la confianza de todos gracias a su don de gentes. Lideraba las escuadrillas de trabajo y se esforzaba como cualquier otro durante la larga jornada laboral. Era el primero en estar de pie en la mañana, y el último en dejarse llevar por el sueño cada noche. Era el enlace entre su gente y el hombre blanco, al que llamaba «Amo» de tal modo que en sus labios la palabra sonaba a insulto. Y era temido. Su fuerza, su carácter controlado, su inteligencia, le granjeaban el respeto y el temor de todos por igual, sin importar el color de piel. Pero Cristina nunca le temió. Y Kame nunca sintió que debía rebelarse ante ella. Ante lo que le hacía sentir. Se había marchado sabiendo que ninguna dirección era la correcta, que la paz no sería cobijo de su amor y que la felicidad les estaba vedada. Pero eso no significaba que con cada paso que daba en la dirección que lo apartaba más y más de Cristina, no se le resquebrajara dolorosamente el corazón. Cristina no tenía que verlo en sus ojos para comprender su angustia. Ella vivía a diario con esa pena asfixiante alojada en su pecho. Y aunque sabía que quizás lo peor estaría aún por venir, no desistiría.

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Cuando al fin entró en las caballerizas escuchó los bufidos de los caballos más cercanos, que se quejaban de su repentina aparición. Caminó con decisión hacia el fondo del recinto, donde desde siempre se había alojado a su caballo. Luna relinchó en señal de bienvenida y se acercó a ella, percibiéndola en la oscuridad. Cristina tanteó hasta lograr quitar el cerrojo y entonces abrió la puerta y caminó hacía la suave luz nocturna. A sus espaldas resonaban los pasos del potro blanco. No estaba segura de cuánta tanta distancia tendría que recorrer hasta alcanzar su destino. No estaba segura de si sería capaz de lograr llegar muy lejos esa noche. Pero de lo que no tenía dudas era que, una vez apercibidos de su ausencia, su padre y Sir Louis movilizarían cielo y tierra hasta dar con ella. Y tenían todas las posibilidades a su favor. Por lo tanto, sin querer regalarles un segundo de ventaja, Cristina se acercó a Luna, masajeó su largo y lustroso cuello y apretó un puñado de crines entre su mano. Tomó impulso y de deslizó sobre el lomo del animal con agilidad, indiferente a lo indecoroso de su postura. Miró hacia la noche y le pareció sentir el roce suave de unos brazos en torno a su cintura. La vos de Kame susurró en su oído: ―No tengas miedo, uzuri4. Y ella no lo tuvo.

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Bella

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El Bosque Cerrado
Por Athena Rodríguez

Raleid de Amenábar, de la familia Blom, ha emprendido un viaje improvisado a los confines del continente Thule, al reino de Deridia, debido a que sus padres han perdido la razón tras el rapto de su hermano Soren, y la única pista que encuentra, le provoca dos cosas: la primera, el pensamiento de que él podría encontrarse allí; y la segunda, la ilusión de traerlo de vuelta a casa, sano y salvo. En su recorrido, Raleid tendrá que atravesar El Bosque Cerrado, y también volver una y otra vez al mismo; la chica se enfrentará a la tentación de ejercer el uso correcto de la magia que le ha sido otorgada en su tierra. Probará las delicias del amor y la amistad, pero también el golpe de la traición...

Secretos por descubrir, mundos por destruir, y un alma por encontrar.

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Llegar a Deridia

Capítulo uno

Aunque los dedos de los pies le picaban por el polvo de hada, Raleid se echó a volar desde la copa del Setë: el árbol que, por su ubicación y tamaño sin igual, servía como referencia al centro del Bosque Cerrado; aquel donde se posaban las águilas lunares. A los cientos de acres que sobrevolaba Raleid, se les conocía como El Bosque Cerrado debido a que la gran diversidad de árboles que lo poblaba estaba tan unida, que no había resquicio alguno que permitiera el paso de la luz del día o del tenue resplandor de la noche. Y era en medio del Bosque Cerrado que había un par de senderos trazados toscamente desde tiempos inmemoriales, que atravesaban el lugar y que, con suerte, hacían llegar al viajero al otro extremo, para así poder arribar a Deridia o a unos reinos más allá, hasta el muro que marcaba el final del noroeste del continente thuleno. Raleid no había osado echar a andar por los inusitados caminos de aquel bosque, pues solo se había preocupado porque la llevaran en barco aéreo al Setë, debido a que Deridia no soportaba ni siquiera oír de aquel transporte. Para la gente de Deridia, un barco aéreo, era un artilugio de procedencia y uso ambiguo. —Ya voy por ti, hermanito —dijo la chica. Apenas controló el vuelo, planeó sobre el resto de la zona que le faltaba recorrer para pisar tierra firme. Un área muy extraña, se atrevería a decir, refiriéndose a la tierra de Deridia… aunque nunca había estado allí. Pasó un tiempo considerable planeando por el cielo oscuro, sólo se percató de ello, porque empezaron a escocerle los ojos: habían estado expuestos al aire más denso de toda su vida, a la pureza que habitaba en las alturas y, de cierto modo, ya se sentían rebasados por la negrura que la envolvía. Por la oscuridad que la acechaba, Raleid no podía asegurar que aún volaba, o que estuviera soñando, pues no sabía si había avanzado mucho o poco, o si estaba por llegar. De repente, una luz le golpeó en la cara y le hizo trastabillar porque, al cubrirse con los antebrazos, abandonó la posición inicial de vuelo. De ese modo Raleid entendió que seguía en el aire y que existía una luz que era inmune al hermetismo del bosque. —¿Quién anda ahí? —gritó una voz chillona desde abajo. La chica se inclinó hacia delante y, como si se zambullera en el lago que estaba junto a su casa, comenzó a descender. —No lo volveré a preguntar, ¡¿quién anda ahí?! —repitió la voz, que fuera quien fuera, insistía en aporrear el rostro de Raleid con aquella luz amarillenta. —Raleid Blom de Amenábar, ¡aparta la luz! —se presentó sin cortesía. —Entonces, Raleid de Amenábar, no pises esta tierra o te daremos a los puercos —la voz se volvió una carcajada obscena. Raleid aprovechó para tantear el aire con los pies, en busca de un árbol al que asirse—. ¡Eh! ¿Has oído? Que si te va bien, te dejamos donde los puercos, porque no querrás saber lo que es estar bajo los dientes de nuestras bestias.
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—Entonces es cierto… —se dijo Raleid, aunque creyó que lo había pensado. —¿Qué es lo que has dicho? Déjate ver, maldita sabandija. ¡¿Dónde estás?! —. Había mucho movimiento allá abajo, pero Raleid empezó a acomodar su cuerpo a la superficie del árbol hallado y a acostumbrar de nuevo a sus extremidades, para que funcionaran en lo tangible. Se sentía muy temblorosa y, hasta ese momento, supo que estaba congelada; el vuelo y el pensamiento de su hermano habían borrado de su cuerpo y su memoria todo indicio de peligro, de cansancio y esfuerzo. —¡Aquí estoy! —exclamó con naturalidad cuando llegó a las raíces del árbol, pero todavía abrazada al mismo. El movimiento alrededor de la chica cesó, al tiempo de que aquella voz reconoció el sonido de Raleid más o menos a su altura, tal vez hasta pensó que sería cuestión de unos pasos para sorprenderla. Pero con Raleid la sorpresa no venía con unos cuantos pasos. Para Raleid de Amenábar la sorpresa se había esfumado mucho tiempo atrás, el día en que Sorensen, su único y muy querido hermano, había desaparecido, quizá raptado, quizá ya muerto... Mas como había estado desolada, tuvo una ligera sospecha, más bien corazonada, y luego de pasearse por el puerto de Amenábar, como si hubiera chocando contra ella, un hombre puso entre sus manos un pequeño atado sin mencionar nada, ni revelar su identidad, desapareciendo entre la noche. Dentro del atado estaba la pipa que Raleid le había regalado a su hermano en su más reciente fiesta de cumpleaños, y ella lo entendió como una prueba, pues seguro que Soren había sospechado que querían desaparecerlo y, de alguna manera, debía dejar algo para hacer saber que no se había ido por voluntad propia y, más aún, que quería ser encontrado. Bajo las telas de la cintura, Raleid tanteó hasta sentir la pipa, ese pequeño objeto que, al habérsele otorgado de forma tan misteriosa, llegó a encender en lo más profundo de su ser una luz de esperanza: la de que Soren estuviera vivo, y no sólo eso, sino que debido a los últimos embarques registrados, hubiera ido a parar a Deridia o muy cerca de allí. Sintió un valor genuino. La ilusión de que Soren —aunque no estuviera bien— pudiera ser traído de vuelta a casa, donde su padre ya había perdido la razón y su madre estaba muy cerca de hacerlo, se había instalado en Raleid y no pensaba abandonarla en ningún momento. La chica entrecerró los ojos, le costaba mucho ver en la oscuridad, pero como ya estaba acostumbrada tras el vuelo sin luna, le fue fácil distinguir a un tipo muy gordo al costado de un cedro ancho. Seguro que era el dueño de la voz. Raleid volvió a trepar unos palmos sólo para tener la ventaja de la altura, caminó por el nacimiento de una rama gruesa y hasta su punta, colocando un pie frente a otro y notando que el pedazo de madera apenas había sido afectado por su peso. Perfecto, pensó, y entonces se inclinó y recargó las manos y una rodilla en la rama de asilo, dejando una pierna al aire, como si estuviera haciendo acrobacias sobre un caballo en movimiento; se deslizó hacia delante igual que una oruga y con una mano alcanzó las ramas del árbol de enfrente, las zarandeó y quebró algunas para atraer al que amenazaba con lanzarla a los puercos. —Con que allí estás —rió, respirando entrecortadamente y dirigiéndose hacia ella. Una vez que el hombre gordo estuvo bajo el otro árbol, Raleid se levantó sobre la rama y abrió los brazos, para después lanzarse sobre él. —Ay, ayayá, ¡suéltame, musaraña! —exclamó, cuando sintió el peso del cuerpo de Raleid.
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—Creo que no conoces… hum… agravios más originales —soltó ella entre jadeos, pues estaba tratando de inmovilizar al hombre. Se sorprendió de su fuerza. Tanteó nuevamente en su cintura y esa vez tomó una cuerda fina, pero maciza. —¡Suéltame y tendré compasión de ti! —ofreció él, ya sin oportunidad de moverse. —¿Cuál… es tu nombre? —logró cuestionar Raleid, mientras ataba las manazas del hombre frente a su pecho, como si estuviera pidiéndole algo a los dioses. —Doruán Bondén, guardián de Torviño —dijo muy a su pesar, sacudiéndose un poco—. Y, si no me sueltas ahora, haré que las leyes de Deridia caigan sobre ti —. Raleid se bajó de su espalda, pero caminó una y otra vez por detrás de Doruán. —¿Dónde es Torviño? —finalmente preguntó, haciendo caso omiso a las últimas palabras del hombre. —Pues dónde más… saliendo de aquí: se trata del sitio junto a la muralla que nos separa del Bosque Cerrado —contestó escupiendo, como si fuera la cosa más obvia. —Enciende tu luz —pidió Raleid. —Si no puedo mover las manos —dijo con impaciencia Doruán. —Dime cómo hacerlo —ordenó Raleid. —No eres muy amable, viajero, y si nos encuentran dejaré que te hagan pedacitos — amenazó, pero su voz ya estaba en calma. Qué diantres, cree que soy un muchacho, pensó Raleid. —En tanto que nos encuentran, o como has dicho, si nos encuentran, necesito tu luz — Raleid se trasladó frente a Doruán y comenzó a revisar sus elaborados ropajes. —En el bolsillo derecho —dijo a regañadientes, cuando ella llegó a sus pantalones. —Te lo agradezco —espetó Raleid con torva sinceridad. Sacó el objeto—. No… se… puede — intentó agitándolo, sin notar ningún cambio. —Golpéala en tu mano —indicó Doruán, casi divertido. Ella le hizo caso. De pronto, la luz se encendió y le dio de lleno en el rostro, otra vez. —¡Pero si eres una chica! —descubrió Doruán. —Entonces no has conocido a muchas, porque aunque mi apariencia no estaba a la vista, mi voz nunca ha sido especialmente ronca. —Pensé que eras uno de esos afeminados —se burló Doruán, entre riendo y tosiendo. Sin pensarlo, Raleid apretó los dientes y apuntó la luz a los ojos de Doruán, nunca le habían gustado las bromas, ni las palabras serias, respecto a lo que un hombre o una mujer debía de ser a los ojos de los demás. —¡Oye! Apunta eso a otra parte —dijo Doruán, volviendo a toser. —¿Cómo se produce esta luz? —exigió Raleid.
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—Eres muy curiosa, ¿lo sabes? Podrías ser una excelente guardiana de Torviño —reconoció Doruán, mientras que su monumental panza subía y bajaba por el esfuerzo de intentar escapar de sus ataduras y seguir la conversación de Raleid—. Incluso, en las noches le podrías dar calor a mi cama—. Aventuró, para molestarla y distraerla, pero Raleid ya se había entretenido tratando de descubrir cómo funcionaba aquel artefacto de luz y, en cuanto escuchó las palabras de Doruán, se aproximó a él con pasos firmes y lo golpeó con el mismo, haciendo que le sangrara el labio inferior y que la luz se apagara, dejándolos de nuevo en penumbra. —Ay, ayayá, ¿qué es lo que te sucede? —Que me estás colmando la paciencia. —¡¿Qué es lo que quieres?! —preguntó Doruán con exasperación. —¿Tienen alguna forma de pedir ayuda con esto? —inquirió Raleid. —Sí —urgió Doruán—, dirige la luz hacia el cielo, y luego pasa la mano dos veces por donde sale el haz, espera un poco y vuelve a hacerlo. Raleid volvió a traer la luz con un golpe, hizo lo que le dijo Doruán y fue a sentarse en el cedro en que lo había descubierto por vez primera. Se quedó en silencio, admirando el poderoso resplandor amarillo. —Cuando todos lleguen no sabrás hacia dónde correr —dijo con furia Doruán. —No voy a hacerlo, verás que me tienen preparado un gran recibimiento. Y no pasó mucho tiempo para que, a lo lejos, se oyeran los cascos de los caballos, probablemente de la guarda. Se trataba de una comitiva grande, un buen número de refuerzos, puesto que podía escucharse a una decena de animales huyendo de lo que parecían hombres alarmados. Después de todo, Doruán no había mentido sobre la señal de ayuda, y ella tampoco; las palabras que le había dicho al hombre eran ciertas: Raleid esperaba un buen recibimiento. Tal vez su llegada generara cierta tensión, quizás hasta levantara hostilidades entre los deridianos, pero estaba dispuesta a hacer que se unieran a su búsqueda, aunque fuera por el honor de su tierra; por quitar la mancha que ella misma podía extender sobre su reino, si se lo proponía. Si se lo proponía.

Continuará…

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Dos palabras huecas
Por Eugenia Sánchez Acosta
siempre al borde de todo, a un paso del salto; rozando con las puntas de los pies las inmensidades, y las caídas. lista. expectante. un paso más y sí, el vacío, caliente, inacabable. sola.

Este demonio punzante siempre ha estado abrazado a mis huesos.

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Nuestros colaboradores
Mary A. Chacín o Maryache
Vive en Venezuela. Actualmente estudia comunicación social y ha colaborado con algunas páginas de internet sobre escritura preferiblemente romántica. Lectora compulsiva desde muy pequeña, también adora pintar y se ha consolidado recientemente como ilustradora.

Javier Úbeda Ibáñez
Escritor y miembro de REMES (Red mundial de escritores en español). Nació en Jatiel (Teruel, España), en 1952. Reside actualmente en Zaragoza (España). Es autor del libro de relatos breves y poemas Senderos de palabras y de los cuentos Daniel no quiere hacerse mayor y La Elegida. Ha publicado numerosos artículos de opinión tanto en prensa digital como en prensa escrita. También ha escrito numerosas reseñas literarias, y relatos cortos y poemas, que han ido viendo la luz en revistas de la talla de Almiar, Ariadna-RC, Fábula (Universidad de La Rioja, España), Gaceta Virtual (Argentina), Horizonte de letras, La ira de Morfeo (Chile y Argentina), La Sombra (de lo que fuimos), Letralia (Venezuela), Letras en el andén (Argentina), LetrasTRL, Letras Uruguay (Uruguay), Literarte (Argentina), Literaturas.com, Luke, Magazine Siglo XXI, Narrador, Palabras Diversas, Pluma y Tintero o Poeta (Argentina), entre otras muchas. Correo electrónico: j_ubedai@hotmail.com

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Eva María Medina Moreno
Nació y vive en España. Licenciada en Filología Inglesa y Diplomada en Profesorado de E.G.B. Investigadora de la Literatura Inglesa del siglo XX y Contemporánea. Sus relatos, premiados en diversos concursos, han sido publicados en libros y en revistas literarias. Actualmente escribe su primera novela. Blog: http://evammedina.blogspot.com.es/

Ana Patricia Moya
(Córdoba, 1982). Estudió Relaciones Laborales y es Licenciada en Humanidades por la Universidad de Córdoba. Actualmente, estudia y se busca la vida como puede. Directora y coordinadora de Editorial Groenlandia. http://lasafinidadeselectivas.blogspot.com.es/2008/10/ana-patricia.html www.revistagroenlandia.com

Marcelo López Díez
(1976, Montevideo, Uruguay), asume la trágica adicción a los libros y lamentablemente las palabras crecen en su cabeza como preludios de forzadas manchas sobre papeles en blanco, corrompe la pureza del silencio.

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Sebastian Ariel Fontanrrosa
Escritor argentino Actualmente publica sus relatos en revistas Minatura y Avalon. Su obra: «El Apocalipsis según Hilario», fue su última obra reconocida integrante de la antología celebrada por la revista «Tiempos Oscuros especial escritores argentinos».

Selin
Aficionado a la literatura, distribuye su tiempo entre las reseñas de los libros que le ofrecen y la escritura de relatos, mayoritariamente cortos, dentro de diversos géneros: negro, erótico, fantasía, terror o ciencia ficción. Algunas de esas historias han sido galardonadas o seleccionadas para antologías y otras las ofrece directamente en su blog Susurros: http://selin-xxi.blogspot.com.es

Graciela Marta Alfonso
(Buenos Aires, Argentina). Profesora y Licenciada en Artes Visuales. Tesis: Poéticas del Libro de Artista y Libro Objeto. Obras Publicadas: El Silencio del Fuego y Antologías Literarias: Una Mirada al Sur y Pasión de Escritores.

Blog: http://hilodeariadnagrace.blogspot.com

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Carlos Yabib SG (Morelia, Michoacán 1994)
Cinéfilo por herencia y orgulloso por elección. Su ego es tan grande que habla en tercera persona para vanagloriarse más a gusto. Es actual becario del programa estatal ‘Talentos Artísticos: Valores de Baja California’. • • • https://twitter.com/ContraccionPoe (como anónimo) https://twitter.com/CarlosYabib https://www.facebook.com/carlos.yabib

María Isabel Rodríguez Fuertes.
Cangas del Narcea (Asturias). Residente en Oviedo. Es informática por estudios, pero aprendiz de escritora por vocación. Ha publicado varias Vivencias en diferentes Antologías del Premio Orola. Ha colaborado con la Revista Digital de la AEN. Ha recibido una Mención Especial en el concurso de Cartas de Amor de Sanxenxo 2013. Es autora de un cuento infantil: El hada del Paraíso, pendiente de respuesta a posible publicación.

Nota: Soy, más bien, «aprendiz» de escritora.

Marie Collette
(Valencia, España. Nacida en 1993) Es una estudiante de Historia con el defecto de la pasión acérrima por la lectura y las palabras. Desde pequeña emplea cualquier modo de arte como forma de expresión. Desde los 15 años, la escritura es su favorito. http://notasdeesquina.blogspot.com.es/

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Candela Robles Ábalos
Escritora argentina. Escribe fanfictions y otras cosas. Escribe online su primera novela, una historia cyberpunk sucedida en el Buenos Aires del 2300: http://voces-huecas.blogspot.com.ar/ Blog principal: http://candy002.wordpress.com/

Ellora M. James
Nació en 1980 en una tierra que nunca fue suya del todo. Desde muy joven se declaró errante y peregrina de las letras, incondicional del género romántico, pasional. Desde siempre observa, escucha, siente y vive. Desde tiempos recientes transita por la web, buscando encontrar compañeros para el largo viaje que ha emprendido. Puedes unírtele en su blog http://ellorajames.blogspot.com y/o en su facebook https://www.facebook.com/elloramjames

Athena Rodriguez
Obstinada e indisciplinada, Athena Rodríguez es una escritora principiante; mexicana de 23 años, egresó en mayo del 2012 de la carrera de Pedagogía. Adora la literatura fantástica y romántica, pero suele escribir muy tirada al drama. http://athena-rodriguez.blogspot.mx/

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Patricia K. Olivera
Publica textos de su autoría en los blogs que administra y en otros donde participa. Ha colaborado en varias Revistas Literarias de la red. Actualmente lo hace en Revista Digital miNatura de lo Breve y lo fantástico, La Nueva Literatura fantástica Latinoamericana, El Descensor y Revista Palabras, entre otras. No tiene libros publicados pero comparte espacio con otros autores en libros recopilatorios y antologías, tanto de relatos como de poesía, editados en el extranjero. Es estudiante de la Tecnicatura Corrección de Estilo en Lengua Española y de la Licenciatura en Lingüística en la Universidad de la República (Udelar). Administra: • • • http://pkolivera.blogspot.com/ http://mismusascuenteras.blogspot.com http://mismusaslocas.blogspot.com

Participa: http://eros-textual.blogspot.com/

Eugenia Sánchez Acosta
También conocida en la red como Maga DeLin, es una escritora novel uruguaya de 29 años. Ha colaborado con diversas revistas digitales e integrado varias antologías en distintos formatos como Pasión de Navidad (de la web El club de Las escritoras), El escritor (certamen Mil Palabras), Porciones literarias (de la web Diversidad Literaria), y Pasión y Amor (también de la web El Club de las Escritoras), entre otros. Ha sido premiada en distintos certámenes y ha sido miembro de jurados de otros tantos, además de colaborar en la edición y corrección de textos para diferentes sitios. Administra dos blogs literarios: Una vida de novela http://vidanovelada.blogspot.com Escribiendo la noche http://describientem.blogspot.com Además participa del blog Eros Textual http://eros-textual.blogspot.com

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Febrero de 2014, Número 13

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