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El Verdugo Wang Lung - Arthur Koestler

El Verdugo
Arthur Koestler

Una vieja historia china Durante el reinado del segundo emperador de la dinasta Ming viva un verdugo llamado Wang Lung. Era un maestro en su arte y su fama se extenda por todas las provincias del imperio. En aquellos das las ejecuciones eran frecuentes y a veces haba que decapitar a quince o veinte personas en una sola sesin. Wang Lung tena la costumbre de esperar al pie del patbulo con una sonrisa amable, silbando alguna meloda agradable, mientras ocultaba tras la espalda su espada curva para decapitar al condenado con un rpido movimiento cuando este suba al patbulo. Este Wang Lung tena una sola ambicin en su vida, pero su realizacin le cost cincuenta aos de intensos esfuerzos. Su ambicin era decapitar a una condenado con un mandoble tan rpido que, de acuerdo con las leyes de la inercia, la cabeza de la vctima quedara plantada sobre el tronco, as como queda un plato sobre la mesa cuando se retira repentinamente el mantel. El gran da de Wang Lung lleg por fin cuando ya tena setenta y ocho aos. Ese da memorable tuvo que despachar de este mundo a diecisis personas para que se reunieran con las sombras de sus
Ricardo Carrasco Francia rcarrasco@outook.com

El Verdugo Wang Lung - Arthur Koestler

antepasados. Como de costumbre se encontraba al pie del patbulo y ya haban rodado por el polvo once cabezas rapadas, impulsadas por su inimitable mandoble de maestro. Su triunfo coincidi con el duodcimo condenado. Cuando el hombre comenz a subir los escalones del patbulo, la espada de Wang Lung relampague con una velocidad tan increble, que la cabeza del decapitado sigui en su lugar, mientras suba los escalones restantes sin advertir lo que le haba ocurrido. Cuando lleg arriba, el hombre habl as a Wang Lung: -Oh, cruel Wang Lung! Por qu prolongas la agona de mi espera, cuando despachaste a todos los dems con tan piadosa y amable rapidez? Al or estas palabras, Wang Lung comprendi que la ambicin de su vida se haba realizado. Una sonrisa serena se extendi por su rostro; luego, con exquisita cortesa, le dijo al condenado: -Tenga la amabilidad de inclinar la cabeza, por favor.

Ricardo Carrasco Francia rcarrasco@outook.com