Tipo de cambio competitivo y su efecto sobre la distribución de la riqueza social

Stefania Silva1

Resumen Con la fuerte depreciación real del peso acontecida en el año 2002 resurgió la discusión sobre las posibilidades que ofrece una política cambiaria de tipo de cambio depreciado o “competitivo” como motor de estímulo a la industria, el empleo y el crecimiento económico. Es en el marco de esta discusión es que este trabajo presenta una primera aproximación a la problemática de la relación entre el tipo de cambio real y la distribución del ingreso, como así también, discute si las políticas de tipo de cambio depreciado constituyen una alternativa de desarrollo con beneficios sobre la economía en el largo plazo. Las conclusiones a las que se llega es que el tipo de cambio depreciado implica una distribución regresiva del ingreso y no representa, necesariamente, un estímulo a los sectores no tradicionales de la economía, que nos permita vislumbrar la existencia de un canal de desarrollo.

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UNGS. Correo electrónico: stefaniassilva@yahoo.com.ar

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Introducción
Luego de la devaluación que dio fin al régimen de convertibilidad de la década del ’90 recobró vigencia en Argentina la discusión en torno a las posibilidades que ofrece un tipo de cambio real depreciado para otorgar competitividad al sector transable de la economía. Este trabajo se propone retomar esta nueva-vieja discusión, con la intensión de evaluar los efectos distributivos de este tipo de política y observar, a partir de la experiencia de Argentina durante la postconvertibilidad, los efectos de largo plazo a partir de un análisis de la evolución del patrón de especialización comercial. La principal hipótesis de este trabajo es que una política de tipo de cambio depreciado implica una distribución regresiva del ingreso y no involucra, necesariamente, un “canal de desarrollo” que permita alterar el patrón de especialización de la economía. Es por esto, que en la primer sección del trabajo se presentan los principales desarrollos en torno a la necesidad de la aplicación de un tipo de cambio competitivo, mientras que en las secciones 2 y 3 se abordan las temáticas del efecto distributivo y el efecto sobre el patrón de comercio, a su vez, en el apartado 4 se realiza una aproximación empírica de Argentina en los últimos años. Por último, se presentan las conclusiones que emergen del análisis.

1. La competitividad como objetivo de la política cambiaria
Marcelo Diamand planteaba en la década de los ’70 la necesidad de adecuar la política cambiaria para que todos los sectores de la economía pudieran participar del comercio internacional, en otras palabras, pudieran ser competitivos. Aquel autor argumentaba que Argentina se caracteriza por tener una estructura productiva desequilibrada, esto es, presenta un sector primario que produce a costos internacionales y en base al cual se fija el tipo de cambio, junto con un sector manufacturero que se desenvuelve con una productividad inferior a la internacional y, como consecuencia del tipo de cambio, con precios mayores (Diamand;1972).

“la productividad determina el nivel de vida, no determina precios internacionales. Estos no dependen de la productividad, sino de la relación entre los costos internos de un producto y el tipo de cambio (Diamand; 1972:9)”.
Por lo que el tipo de cambio puede permitir que compitan en el mercado internacional países con las más disímiles productividades. Por lo tanto, en la política cambiaria encontramos la decisión de los gobiernos de permitir el desarrollo de determinados sectores, como el industrial en Argentina. La salida de la convertibilidad en el año 2002, y el pasaje a un régimen de tipo de cambio fuertemente depreciado respecto del periodo anterior, permitió que se retome la discusión en torno a las posibilidades que otorga una política de tipo de cambio competitivo. Roberto Frenkel propone que la preservación de un tipo de cambio real competitivo y estable (TCRCE) es central para una estrategia macroeconómica enfocada en el empleo y el crecimiento. Este autor encuentra que existen tres canales a partir de los cuales repercute el TCRCE sobre el nivel de empleo. A través del primero de ellos, el macroeconómico, el tipo de cambio depreciado permite, en el corto plazo, mediante una mejora de la competitividad de la industria local y un aumento en las exportaciones

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netas, aumentar el nivel de actividad y el empleo. En segundo lugar, menciona al canal del desarrollo que actúa en el largo plazo, ya que al determinar el precio relativo de las exportaciones e importaciones, un tipo de cambio depreciado equivale a una política de industrialización por promoción de exportaciones, ya que es un equivalente a establecer una tasa sobre las importaciones y un subsidio sobre las exportaciones, lo que determina un incentivo a la inversión en actividades transables. Por último, señala que una política de cambio depreciado impacta sobre el nivel de empleo por el canal de la intensidad laboral, ya que el tipo de cambio depreciado encarece relativamente a los bienes de capital, que tienen un gran componente importado, en relación al precio del trabajo medido en moneda internacional, por lo que la empresas tenderán a aumentar el ratio trabajo/ bienes de capital (Frenkel;2003:7). Ahora bien, dos cosas llaman la atención sobre estas perspectivas, muy distanciadas en el tiempo, no tanto en cuanto a las sugerencias de política cambiaria. En primer lugar, debemos notar que la preocupación por una política cambiaria no surge a raíz de las dificultades de la economía en general para su inserción en el comercio internacional sino que surge como respuesta a las dificultades que tiene un sector que trabaja con una productividad inferior a la del resto del mundo, y por ende, con mayores costos, a saber, en el caso argentino: la industria. Esto lo encontramos de manera manifiesta en Diamand, pero no así en Frenkel que plantea la necesidad de un TCRCE para toda la economía. En segundo lugar, si convenimos en que solo tiene sentido llevar a cabo una política cambiaria (esto es, desviar al tipo de cambio del de paridad de poder adquisitivo) si queremos estimular la producción de un sector en particular que no cuenta con las ventajas comparativas como para ser competitivo a nivel internacional, cabe preguntarnos cuál es el costo social de llevar adelante esta política de estímulo a un sector en particular. Este es, justamente, el objetivo de los siguientes apartados: poder dar cuenta de quién gana y quién pierde con una política de cambio depreciado o competitivo, como así también, poder identificar si existe (o si se verificó en el caso argentino de la post-convertibilidad) el denominado “canal del desarrollo” que permite modificar la estructura productiva y por lo tanto el patrón de especialización comercial.

2. TCRCE y distribución del ingreso
Existen dos caminos para la depreciación real de la moneda local, uno de ellos, consiste en que con un tipo de cambio estable, el nivel de inflación local debe ser inferior al internacional durante un periodo de tiempo. El segundo de ellos, es la devaluación del tipo de cambio nominal. Como la primer situación es difícil de implementar en la práctica, más aún si se pretende una depreciación tal que permita la competitividad de los sectores de la economía con desventajas comparativas, vamos a centrar nuestro análisis en el segundo escenario. La depreciación de la moneda, por cualquiera de los dos caminos, supone una mayor rentabilidad en moneda local de las actividades transables. En otras palabras, la depreciación implica un cambio en los precios relativos entre los bienes transables y no transables, encareciendo los primeros respecto de los últimos. Este cambio en los precios relativos conlleva una redistribución del ingreso a favor de los productores de transables y en detrimento de los productores de no transables. Es oportuno señalar, que no todos los productores de transables se ven favorecidos en la misma cuantía. El beneficio obtenido como consecuencia de la depreciación real depende de si estos productores de transables son exportadores o no lo son, y de si requieren de insumos importados para la producción o no. Aquellos productores de transables exportadores que no

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requieren de insumos importados, no solo se ven favorecidos por el aumento de los precios relativos sino también porque el poder adquisitivo en moneda local de sus exportaciones aumenta. Mientras que aquellos que no exportan y requieren de insumos importados para la producción, si bien se ven expuestos a un aumento favorable de los precios relativos de su producción, esta tendencia puede llegar a ser contrarrestada totalmente por el aumento del precio las importaciones que requieren. Sobre la base de este encarecimiento relativo de los insumos importados es que opera el canal de la “intensidad laboral”, que señala Frenkel, a través del cu al repercute la depreciación real sobre el nivel de empleo. Las firmas individuales con un TCR depreciado deciden aumentar el ratio trabajo/capital como consecuencia, del encarecimiento relativo de los bienes de capital y los insumos importados, esto es, como consecuencia de la caída de los salarios medidos en moneda extranjera. En palabras de Frenkel:

“un TCR más depreciado también fomenta el uso intensivo de trabajo, ya que el precio relativo de este factor productivo ha caído (el precio del trabajo medido en moneda internacional) (Frenkel;2003: 10)”.
Esta caída del precio del trabajo medido en moneda extranjera ocurre necesariamente con la depreciación de la moneda ya que, nuevamente pensando en la situación una devaluación del TCN, no habría una depreciación real si los salarios ajustaran automáticamente para mantener su poder adquisitivo en moneda extrajera, ya que esto devendría en una espiral inflacionaria. Esto nos conduce a otro aspecto del efecto distributivo de una política de TCR depreciado, a saber, su repercusión sobre la distribución funcional del ingreso. Como ya mencionamos el TCR depreciado implica una caída de los salarios medidos en moneda extranjera, esto implica necesariamente una caída en los salarios reales, ya que la mayor parte de los bienes de consumo de los asalariados están constituidos por bienes transables que se encarecen ante la depreciación de la moneda. Retomando a Graña, et al.:

“¿Qué significa, para un país como Argentina, semejante deterioro del salario medido en dólares? Dado que las exportaciones de nuestro país se concentran en valores de uso agrarios que pertenecen a la canasta de consumo de los trabajadores, la devaluación implica, por sí misma, un incremento del precio interno de éstos, reduciendo no sólo la expresión en dólares del salario sino también su poder de compra, es decir, el salario real (Graña, et al.;2009:11) ”.
Numerosos trabajos señalan el efecto redistributivo desde el salario a la renta de una devaluación (Krugman y Tylor(1978), Braun y Joy(1991)), porque se supone un rezago en el ajuste de los salarios y un inevitable efecto inflacionario de la devaluación, pero poco se dice acerca de cómo se sostiene un tipo de cambio depreciado. Efectivamente, para sostener un tipo de cambio depreciado o competitivo es necesario que los salarios no ajusten (o por lo menos, no ajusten en la totalidad) ante la inflación cambiaria. Por ende, podemos afirmar junto con Diamand que la productividad determina el nivel de vida, no determina precios internacionales (Diamand; 1972:9). Ya que efectivamente, a través de la política cambiaria, se puede volver competitivos a sectores con productividades inferiores a las internacionales, o en otras palabras, con desventajas comparativas, ahora bien, es necesario resaltar el costo de esta política: el nivel de vida (o los ingresos reales) de la población asalariada.

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Y este costo representa un límite social para la implementación de una política de TCR depreciado, retomando a Diamand: “en la Argentina lo usual es que en cada crisis de balanza de pagos los

gobiernos devalúen fuertemente sin tomar en cuenta que no son capaces de imponer las caídas de ingresos a los sectores que deberían sufrirlos para que se opere el ajuste externo programado. En la práctica esta resistencia aparece y el esquema falla (Diamand; 1988:18)”.
Tener en cuenta este aspecto para la implementación de un régimen de TCRCE es importante, en especial, si nos permite pensar el origen de las presiones inflacionarias que caracterizan a este tipo de régimen. Frenkel destaca que:

“Un rasgo singular del régimen macroeconómico de TCRCE es que la política cambiaria mantiene encendido un poderoso motor de expansión de la demanda agregada y del empleo. (…) [este] componente de política cambiaria del régimen establece un elemento permanente de presión inflacionaria inexistente en otros regímenes cambiarios (Frenkel; 2008 :23)”.
Por lo que reivindica el papel que deben desempeñar la política monetaria y fiscal en este tipo de régimen para controlar el ritmo de expansión de la demanda agregada. Sin embargo, a esta postura se le puede objetar, de acuerdo con Fiorito et al. (2012), que es cuestionable en un contexto económico con capacidad ociosa la hipótesis de inflación por exceso de demanda, sino que las causas de la presión inflacionaria en economías como la argentina deben buscarse en la inflación de costos y la puja distributiva. En un contexto donde la inflación es producto del aumento de los costos como consecuencia del tipo de cambio elevado, donde el aumento de costos se trasmite a precios, reduciendo los salarios reales e incentivando la puja distributiva, poco efecto pueden tener las políticas monetarias y fiscales para limitar la apreciación real.

3. TCRCE como política de desarrollo industrial
En las secciones anteriores concluimos que una política de TCRC no es una política neutra, en términos distributivos, ya que observamos que la mayor rentabilidad del sector productor de transables es financiada mediante mayores costos de aquellos productores que requieren insumos importados, y si estos costos se trasladan a precios, menores salarios reales. Una política de tipo de cambio competitivo exige, por lo tanto, una caída en el nivel de vida de los asalariados en pos del crecimiento y el nivel de empleo. En tanto se articule la puja distributiva para restaurar los salarios reales se cae en una espiral inflacionaria, que conlleva una apreciación real, a menos que se indexe el tipo de cambio al nivel de inflación, lo que haría perder a la política de TCRCE su componente de estable y, por lo tanto, su virtud de otorgar previsibilidad a las variables macroeconómicas. El presente apartado pretende poner en discusión si los costos sociales de esta política cambiaria se justifican por los beneficios que se obtienen de ella en el largo plazo. Es decir,

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buscamos contestar la pregunta de si existe el denominado canal de desarrollo mediante el cual un TCRCE favorece una industrialización por promoción de exportaciones. La literatura que destaca las bondades de un TCR depreciado insiste no solo en los efectos de corto plazo sino también en los efectos de largo plazo al considerarla como una estrategia de desarrollo o de industrialización, al respecto Frenkel señala:

“En verdad, el TCR determina los precios relativos de las exportaciones, importaciones y bienes no transables. Un TCR más depreciado es equivalente a una tarifa uniforme sobre las importaciones. Como en la estrategia EPI [Industrialización por promoción de exportaciones], un TCR depreciado no distorsiona los precios relativos en contra de las exportaciones porque implica simultáneamente un subsidio a las exportaciones del mismo importe (una transferencia de ingresos). Un TCR más depreciado implica la distorsión de los precios relativos domésticos transables/no transables a favor de las actividades transables: la combinación de mayor protección de actividades locales que compiten con las importaciones junto a mayor competitividad de actividades exportadoras (Frenkel; 2004b:7)”.
Es decir, Frenkel encuentra que una política de TCRCE es una estrategia de desarrollo porque estimula la inversión en actividades transables ya que protege a las actividades locales de la competencia de las importaciones y mejora la competitividad de las exportaciones. A esta postura se le puede objetar que en lugar de política cambiaria puede utilizarse política comercial que supla los mismos objetivos (esto es, subsidios a las exportaciones y aranceles o cuotas sobre las importaciones) o bien política de industrialización como políticas de subsidios en determinadas ramas industriales. Sin embargo, al respecto Frenkel retoma la argumentación de Rodrik que:

“argumenta a favor de un TCR competitivo dándole importancia a su fácil implementación y a su cualidad market-friendly, porque es una forma de subsidiar todos los sectores no tradicionales (mayormente transables), sin costos administrativos y sin propiciar comportamientos de búsqueda de rentas y corrupción (Frenkel; 2004b:9)”.
Ahora bien, acordamos en que la política comercial no puede ser aplicada en el caso argentino por las exigencias de la OMC, y que la política de subsidios implica un riesgo moral, que no se corre con la política cambiaria. Sin embargo, debemos notar que el TCR depreciado subsidia a todos los sectores transables por igual, no solo a los no tradicionales. De hecho, como destacamos en el apartado 2, los sectores no tradicionales requieren de abundancia de insumos importados, por lo que es difuso el efecto neto que tiene una política de TCR depreciado sobre estos sectores. En efecto, la existencia del denominado “canal de desarrollo” depende de la estructura productiva del país. En casos como la economía argentina de la post-convertibilidad el estimulo a los sectores no tradicionales requiere de que los casilleros vacíos de la matriz insumo-producto se suplan con importaciones que encarecen por el tipo de cambio elevado. Esto nos lleva a matizar la idea de que un TCR depreciado constituya una estrategia de desarrollo e industrialización, incluso nos invita a plantear la posibilidad de que este tipo de política refuerce la especialización en sectores con ventajas comparativas estáticas. Esto, como ya se mencionó, depende de la estructura

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productiva de cada economía, por lo que profundizaremos sobre esta idea en el próximo apartado a través de un análisis empírico sobre lo ocurrido en Argentina en la última década.

4.

Argentina durante la post-convertibilidad.

En los apartados anteriores se discutió los efectos que puede tener una política de tipo de cambio depreciado sobre la distribución del ingreso y sobre el perfil de especialización de la economía. En el presente apartado se pretende abordar esta temática a partir de una aproximación empírica de lo sucedido en Argentina durante el periodo de la post-convertibilidad.

A. Distribución del ingreso, puja distributiva e inflación. En el año 2002 se da fin al régimen de convertibilidad que establecía un tipo de cambio fijo (y apreciado) del peso respecto del dólar mediante una fuerte devaluación del tipo de cambio nominal. Esta devaluación llegó a ser del 250% entre febrero y octubre del 2002, sin embargo, fue acompañada de una inflación de tan solo el 30%durante el mismo año medida por el Índice de Precios Implícitos del PBI (IPI). Esto determinó una fuerte depreciación real de la moneda, como puede observarse en el gráfico Nº1. Gráfico Nº1: Índice de TCR base 2001=100 250,0 200,0 150,0 100,0 50,0 0,0 TCR

Fuente: elaboración propia en base a INDEC y BCRA. La depreciación del TCR fue acompañada de una marcada expansión de la demanda agregada y del nivel de empleo, sin embargo, es destacable la pérdida de participación de la masa salarial sobre el producto, como puede observarse en los gráficos Nº2 y Nº3.

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Gráfico Nº2: Evolución masa salarial y PBI a precios corrientes 1.400.000 1.200.000 1.000.000 800.000 600.000 400.000 200.000 0

Ingreso laboral Asalariado (millones) VAB precios corrientes
Fuente: elaboración propia en base a INDEC.

Gráfico Nº3: Participación asalariada sobre PBI 0,5 0,45 0,4 0,35 0,3 0,25 0,2 0,15 0,1 0,05 0 199319941995199619971998199920002001200220032004200520062007200820092010 Participación asalariada
Fuente: elaboración propia en base a INDEC.

Como puede observarse en el gráfico Nº3 la participación de la masa salarial sobre el PBI fue cayendo a lo largo de la década de los ’90, hasta sufrir una abrupta caída en el año 2002, en un contexto de elevado desempleo, donde de la devaluación del tipo de cambio nominal implicó una inflación superior al 30%, que no se acompañó con indexación salarial. Esta distribución sumamente regresiva del ingreso comienza a revertirse en el año 2004, pero aún en el año 2010 no se alcanza la participación de la masa salarial sobre el producto previa a la devaluación. Esto se puede explicar por el comportamiento de la masa salarial real que, si bien sufre una reducción abrupta en el año 2002, comienza a crecer junto con la economía, aunque su crecimiento es modesto e incluso similar al crecimiento de la población asalariada. Luego de 2005 se acelera la tasa de crecimiento de la masa salarial real con respecto a la expansión de la población asalariada, y conjuntamente observamos una aceleración de la inflación y una apreciación real del tipo de cambio (Ver Cuadro Nº1 y Gráfico Nº1).

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Gráfico Nº3: Evolución población asalariada y masa salarial real (base 1993=100). 350 300 250 200 150 100 50 0 1993 1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007 2008 2009 2010 Asalariados Evolución masa salarial real

Fuente: Elaboración propia en base a INDEC.

Por lo hasta aquí expuesto podemos identificar las tendencias señaladas en el apartado 2 sobre las consecuencias redistributivas de una política de TCRCE. El periodo de marcada depreciación de la moneda (2002-2007) se caracterizó por una distribución funcional del ingreso regresiva y por un estancamiento de los salarios reales. Cuando esta tendencia comienza a revertirse, en el año 2005, junto con el crecimiento de los salarios reales comienza a acelerarse la inflación. Esta inflación, como se señalo en el apartado 2 no tiene porqué identificarse con inflación por exceso de demanda, ya que en el año 2005 se cuenta con capacidad ociosa y un 12% de desocupación, sino que se la puede asociar, en un principio a inflación cambiaria, y luego a la puja distributiva. En otras palabras, podemos vincular este proceso a inflación de costos en términos de Diamand, ya que los mayores costos que significa tanto el tipo de cambio elevado como las mejoras salariales se trasladan a precios, y la puja distributiva desencadena la espiral inflacionaria.

B. Patrón de especialización comercial. Hasta aquí hemos analizado cómo una política de TCRCE implica una distribución regresiva del ingreso, ya que supone el sostenimiento en el tiempo de una depreciación de los salarios reales. En el caso argentino de la post-convertibilidad observamos que cuando comienza a revertirse la situación de depreciación de los salarios reales, comienza a acelerarse un proceso inflacionario que al no ser acompañado de la devaluación nominal del tipo de cambio, deviene en una apreciación real. Una política de TCRCE, por su componente de estable, requiere que el tipo de cambio nominal no se indexe a la inflación. Por lo que el único camino para evitar la apreciación real es lograr mantener estables el nivel de precios, lo que implica, como en el caso Argentino, sostener los salarios reales depreciados, y con ellos, mantener la distribución regresiva del ingreso que produjo la devaluación. Esta política pudo sostenerse con éxito en Argentina entre los años 2002 y 2007, hasta que la mejora en los salarios reales condujo a una aceleración de la inflación y a una apreciación real. Debe resaltarse que durante este periodo se observo efectivamente un crecimiento en el nivel de actividad a tasas 8% anual traccionado en buena medida por la demanda de exportaciones, como puede observarse en el gráfico Nº5. Podemos, por lo tanto, coincidir con Frenkel en que la política de TCR depreciado significó durante la post-convertibilidad “un poderoso motor de expansión de la demanda agregada y del empleo (Frenkel;2008:23)”.

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Ahora bien, esta política cambiaria que operó como un poderoso motor de expansión de la demanda agregada tuvo un costo social en Argentina: el nivel de vida de la población asalariada. Este costo social podría justificarse si la política de TCRCE actuara, no solo en el corto plazo como motor de crecimiento, sino también en el largo plazo como política de desarrollo que estimula sectores no tradicionales de la economía o sectores con desventajas comparativas Gráfico 600 500 400 300 200 100 0 IVF Expo IVF PBI Nº4: Evolución Índice de volumen físico del PBI y exportaciones.

Fuente: elaboración propia en base a INDEC.

En el apartado 2 señalamos que no es tan evidente la existencia de un canal de desarrollo en estructuras productivas como la argentina, donde el estímulo a sectores no tradicionales implica una creciente demanda de importaciones que se ven encarecidas por el elevado tipo de cambio. En el presente sub-apartado nos proponemos poner en discusión si este canal de desarrollo se verificó en Argentina a la luz de los cambios ocurridos sobre el patrón de especialización comercial. En el gráfico Nº6 podemos observar como la composición de las exportaciones se mantiene prácticamente estática a lo largo de los años. En el año 2001 el 68% de las exportaciones estaba compuesto por productos primarios (PP), manufacturas de origen agropecuario (MOA) y combustibles y energía, en el año 2008 la composición sigue siendo la misma por lo que no podemos hablar de un cambio en la inserción comercial de Argentina durante la postconvertibilidad. Lo que si podemos observar durante este periodo es un marcado cambio en los componentes de las importaciones. Mientras durante toda la década de los ’90 y hasta el año 2002 e l componente de bienes de consumo significaba el 20% de las importaciones totales, a partir del 2003 observamos que cae la participación de este componente para mantenerse entre un 11% y un 13% durante todo el periodo de la post-convertibilidad.

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Gráfico Nº5: Evolución de la composición de exportaciones. 90.000 80.000 70.000 60.000 50.000 40.000 30.000 20.000 10.000 1993 1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007 2008 2009 2010 Combustibles y energia MOI MOA Productos primarios

Fuente: Elaboración propia en base a MECON.

Gráfico Nº6: evolución de la composición de las importaciones. 70000 60000 50000 40000 30000 20000 10000 0 1993 1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007 2008 2009 2010
Fuente: Elaboración propia en base a MECON.

Vehículos Bienes de consumo Combustibles y lubricantes Bienes intermedios Bienes de capital

El cambio en la composición de las importaciones se debe a un marcado aumento en la demanda de bienes de capital e intermedios para la producción, ya que efectivamente el régimen de TCRCE significó un estímulo a las actividades transables no tradicionales, esto es, la industria local. Sin embargo, esto no se tradujo en un cambio en la composición de las exportaciones porque el destacado desempeño de los precios del sector agropecuario opacó el aumento en las cantidades transadas de MOI. Como puede observarse en el gráfico Nº8, el IVF de MOI exportadas creció más aceleradamente que las cantidades exportadas de otros orígenes, sin embargo, como ya se menciono, no hubo un cambio en la composición de las exportaciones totales por el desempeño de los precios agrarios (ver cuadro Nº6).

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Gráfico Nº7: Evolución del IVF de exportaciones por origen. 1400 1200 1000 800 600 400 200 0 1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007 2008 2009 2010 Volúmen físico exportado de combustibles Volúmen físico exportado de MOI Volúmen físico exportado de MOA Volúmen físico exportado de PP

Fuente: Elaboración propia en base a MECON.

La evidencia empírica avala la hipótesis planteada en el apartado 3 que postulaba que el TCR depreciado no repercutió sobre el patrón de especialización comercial en Argentina. Aunque debemos matizar esta afirmación, ya que la coyuntura particular de elevados precios agrícolas permitió que los PP y las MOA sigan preponderando sobre las exportaciones, a pesar del destacado desempeño de las MOI. Evidencia en el mismo sentido nos aporta el análisis de la participación sobre el Valor Agregado Bruto (VAB) de los diferentes sectores. Lo primero que se evidencia es que aumentó marcadamente la participación sobre el PBI de los sectores productores de bienes, que pasaron de aportar entre el 30% y el 35% de este a lo largo de los ‘90 a aportar más del 40% del producto durante la post-convertibilidad. A su vez, podemos observar en el gráfico Nº 9 que, si bien la participación de la industria manufacturera sobre el producto aumentó con la depreciación real del peso en los primeros años de la post-convertibilidad, esta comenzó a caer en el año 2004 hasta volver a llegar a niveles cercanos a los vigentes a principios de la década del ’90. Por el contrario, el sector agrario duplicó su participación sobre el PBI con la depreciación real y la mantuvo durante todo el periodo. Gráfico Nº 8: Participación sobre el VAB de los sectores productores de bienes. 50,0 40,0 30,0 20,0 10,0 0,0 1993 1995 1997 1999 2001 2003 2005 2007 2009
Fuente: elaboración propia en base a INDEC.

Participación de industria manufacturera Participación de sectores productores de bienes

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5. Conclusiones Es innegable el efecto expansivo que tiene una política de tipo de cambio real competitivo o depreciado sobre el nivel de actividad de la economía y el nivel de empleo. Sin embargo, es cuestionable que este régimen cambiario sea una recomendación de política en vista de sus consecuencias indeseables sobre la distribución del ingreso, y su cuestionable impacto en el largo plazo sobre el perfil de especialización de la economía. En cuanto al primer aspecto, hemos concluido que la detrás de la evocada “competitividad” de la moneda hay una transferencia de ingreso desde los sectores asalariados hacia los productores de transables, que debe perpetuarse en el tiempo, ya que de otra manera la puja distributiva por la restauración de los salarios reales previos a la depreciación puede llevar a una espiral inflacionaria y a la pérdida de competitividad. El hecho de que la competitividad implique resignar el nivel de vida de los asalariados es, por lo menos, cuestionable. Este efecto distributivo de la política de TCRCE lleva a cuestionarnos también si es viable su sostenimiento en el largo plazo en un país como Argentina, por sus características políticas, sociales y del mercado de trabajo, ya que es difícil imaginar una situación de crecimiento en que los sectores asalariados no pujen por aumentar, o en este caso restablecer, su poder adquisitivo. Una digresión oportuna refiere a la inflación endógena en un régimen de TCRCE, cuya contención es delegada a la política monetaria y fiscal en la literatura que toma a este régimen como recomendación de política, mientras que aquí hemos señalado, retomando a Fiorito et al., que poco efecto pueden tener estas políticas si el origen de la inflación lo encontramos en la puja distributiva. De hecho, el efecto de una política fiscal contractiva tan solo agravaría los efectos indeseables del régimen de TCR depreciado y actuaría en contra de los efectos positivos de este tipo de régimen, esto es, el nivel de empleo, sin lograr controlar la inflación originada por el intento de los asalariados de recuperar su poder adquisitivo. Al analizar el caso argentino de la post-convertibilidad observamos que efectivamente la depreciación de la moneda significó una caída en los salarios reales que se mantuvo a lo largo de un periodo, al final del cual, la recomposición de los salarios fue acompañada de una aceleración de la inflación y la pérdida de competitividad del tipo de cambio. Respecto del segundo eje del trabajo, esto es, los efectos de largo plazo de la política de TCRCE concluimos que no es evidente la existencia de una canal de desarrollo que estimule la inversión en actividades transables no tradicionales. Observamos que el efecto neto sobre los sectores no tradicionales en países como Argentina es ambiguo, ya que aunque mejora la competitividad de las exportaciones encarece los bienes de capital e intermedios importados. En la aproximación empírica al caso Argentino encontramos que durante la post-convertibilidad se sostuvieron tanto la composición de las exportaciones, preponderantemente compuestas de PP y MOA, como la participación del sector manufacturero sobre el producto. Por lo que no podemos hablar de un cambio en el patrón de especialización comercial y productiva que nos permita vislumbrar cambios estructurales o un canal de desarrollo. Todo lo anterior no implica que sea necesario descartar la política de TCRCE sino que deben analizarse mediante qué mecanismos pueden paliarse sus efectos indeseables y reforzarse los espacios que quedan vacantes. Una política de TCRCE acompañada de política comercial que grave a aquellos sectores con ventajas comparativas estáticas que perciben una cuota de rentabilidad extraordinaria por la política de tipo de cambio elevado, junto con una política de ingresos

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redistributiva que intente compensar los efectos sobre el salario y una política industrial que promueva el desarrollo de los sectores no tradicionales contemplando sus requerimientos de importaciones e intentando remplazar estos últimos por producción local, puede ser un conjunto de políticas mucho más virtuoso que el que se analizó.

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