LA PRINCESA BIRY DEL IMPERIO BOMBO

Hugo Díaz
Colección “Manuel Díaz Rodríguez” Narrativa “Ídolos rotos” Novela Nº 5

SISTEMA NACIONAL DE IMPRENTAS

MIRANDA

Hugo Díaz

La princesa Biry del imperio Bombo

Fundación Editorial El Perro y La Rana Red Nacional de Escritoras y Escritores Socialistas de Venezuela Imprenta de Miranda, 2012 Colección Manuel Díaz Rodríguez - Narrativa Serie “Ídolos rotos” - Novela

La princesa Biry del Imperio Bombo © Hugo Díaz Colección de Narrativa Manuel Díaz Rodríguez Serie de Novela “Ídolos rotos” © Para esta edición: Fundación Editorial El perro y la rana Sistema Nacional de Imprentas Red Nacional de Escritoras y Escritores Socialistas de Venezuela Depósito Legal: (en proceso) ISBN: 978-980-14-2305-8 Correción y Diagramación: Isaac Morales Fernández Impresión: Julio Valderrey sistemadeimprentasmiranda@gmail.com http://imprentademiranda.blogspot.com

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El Sistema Nacional de Imprentas es un proyecto impulsado por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura a través de la Fundación Editorial El perro y la rana, con el apoyo y la participación de la Red Nacional de Escritores de Venezuela. Tiene como objeto fundamental brindar una herramienta esencial en la construcción de las ideas: el libro. Este sistema se ramifica por todos los estados del país, donde funciona una pequeña imprenta que le da paso a la publicación de autores, principalmente inéditos.

CAPÍTULO I Año 1501 de nuestra era. En tierras lejanas, hacia el este, existe un imperio fantástico, que vive en un mundo de alegría amor y fantasía, digno de ejemplo para los imperios del mundo. Su nombre, gran imperio Bombo, donde por mandato de la mayoría de los bombeanos eligieron un rey y una reina: el padre rey Óbolo y madre Reina Raa. Los reyes Óbolo y Raa tienen dos hijos: príncipe Biolo y princesa Biry. Los bombeanos, un pueblo de quince mil habitantes, son agricultores, ganaderos, fabricantes, escultores, constructores, artistas y poetas. Los agricultores se dedican a la atención de los bombeanos en su alimentación, a la crianza de aves y peces que cosechan en lagunas creadas por ellos. El padre rey Óbolo agradece siempre al dios Yemi por las grandes cosechas, para que su pueblo nunca conozca el hambre. Los ganaderos se dedican al cuidado del ganado con cuernos, y bestias para el transporte del imperio, el padre rey Óbolo agradece al Dios Yemi, por el buen cuidado de todos los animales. Los fabricantes se dedican a hacer muebles, mesas, sillas y utensilios para la agricultura, para los carruajes y naves acuáticas. El rey padre Óbolo agradece al Dios Yemí por las manos poderosas que hacen todo en el imperio Bombo. Los escultores han hecho tantas esculturas como el Dios Yemi seres vivos.

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En cada sector del imperio hay 102 comederos para todos, hombres, mujeres, niños y niñas, con dietas especiales para su normal crecimiento e inteligencia. Las partes que sobran son procesadas para alimentar a los pochos (aves parecidas a las avestruces pero más pequeños), peces y otras especies. Los constructores, se encargan de las edificaciones y proyectos del imperio (todo el imperio tiene viviendas), y el palacio es tan alto que el sun (las nubes) rozan con las puntas del palacio. La madre reina Raa bendice al dios Yemi y a la diosa Lasa por tan maravillosa obra donde todos son felices y la risa es una bendición. Los artistas son como los maestros; dedican su tiempo a hacer reír, soñar y bailar, sobre todo a los niños y niñas que aprenden las costumbres del imperio. También hay hechiceros y naturistas. En todo el Imperio Bombo no hay enfermos, ni personas con malformaciones ni enfermedades virales. El príncipe Biolo se dedica a la pesca y el cuidado del imperio, también es el máximo campeón de los juegos que se efectúan en todo el imperio, es campeón en artes marciales, viste con grandes plumajes y grandes aretes. En el imperio no existe ejército ni armamento alguno, pues todos viven en paz. La Princesa Biry es la bailarina más importante de todo el imperio. Todos se deleitan con su danza, viste con gran plumaje de muchos colores y aretes de oro y diamantes, dignos de una princesa. El rey padre Óbolo, dirige los agricultores desde el palacio real, y hace reuniones con ancianos. La madre reina Raa dirige a todas las mujeres del imperio; se preocupa por la alimentación de todos, desde el palacio real hasta de la salud y de las edificaciones, luciendo su traje de color oro y bellos plumajes.

Un día, la princesa Biry salió al campo en compañía de otras chicas de su edad y el príncipe Biolo. Recolectaban frutas, jugando por todas las praderas sembradas de trigo y cebadas. Corrían y se reían, todo un juego de jóvenes adolescentes. El Rea (sol) brillaba en el imperio, las aves trinaban alegres y a lo lejos se oían las cascadas de botina (el manantial) que chorreaban y cruzaban el gran río Boto por medio del imperio, con sus itama (aguas) cristalinas. La princesa Biry y el príncipe Biolo corrían cuando de pronto salieron unos hombres horribles de barbas y ropas extrañas, cargando unas varas raras y se abalanzaron sobre todos los que jugaban. Muchos corrieron. El príncipe Biolo probó sus destrezas en artes marciales y derribó a muchos, pero un hombre de estos le dio con la extraña vara haciendo un gran trueno. El príncipe dio un brinco y de su pecho brotó el líquido que da la vida. La princesa Biry gritó “¡Príncipe!”, pero el príncipe Biolo no se movía. La princesa Biry fue maniatada con unas cuerdas extrañas y pesadas por el cuello y pies, eran cadenas, junto a otras niñas que también fueron capturadas. La princesa lloró mientras eran conducidas a latigazos por el borde del río Boto. Sentía un miedo terrible, temblaba todo su cuerpo, temía por lo que pasaba en el imperio. ¿Qué pasaría con el rey Óbolo y reina madre Raa? A lo lejos se oían esos truenos, se escuchaban gritos, y se veía a muchos arios. Fueron arrastrados hasta llegar a una nave que esperaba en la orilla de río Boto junto con otros hombres horribles. Esperaron un momento y otros llegaron con unos tones o cajones llenos de piedras preciosas y oro. Los hombres extraños se reían burlonamente, había alrededor de 12 a 15 hombres extraños y 3.000 a 4.000 prisioneros, junto a princesa Biry, sumida en un pensamiento profundo, por lo que le pasó a príncipe Biolo y el destino de su pueblo ¿Qué habrá pasado con padre rey y madre reina? ¿Lo habrán capturado

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o asesinado junto con los demás? ¿Qué pasará con princesa Biry, a dónde la llevarán? Después de un tiempo, llegaron a una nave más grande, donde había muchos más seres extraños y muchos hombres y mujeres amarrados con esas cuerdas extrañas (cadenas). Los introdujeron en unas cámaras, dentro de una nave grande, con lonas de color amarillento y unos hombres que colgaban en cuerdas sobre la misma, al final del palo grande una lona de color del líquido que da vida, con dibujos de cuerpos de bolle (muertos). En la parte superior le daban latigazos a un hombre, lo cual la princesa Biry ignoraba, porque en la recámara donde se encontraba había alrededor de unas 100 a 120 personas. Las necesidades se hacían ahí y el olor era irrespirable. Todo era triste, unos lloraban, otros gritaban, otros lanzaban plegarias a Yemi, y muchos estaban como atontados. La princesa Biry no sabía cuánto tiempo había transcurrido. De repente desde arriba caía más agua de itamas (el mar), se escuchaban gritos en un idioma extraño; todos nos paramos como pudimos, el itamas (agua) era para lavar la inmundicia. Cuando todo se vio limpio, un hombre de esos extraños con valija de madera, traía itamas (agua) y una vara pequeña con una parte hundida de metal extraño. Nos dieron de beber itamas (agua). A la princesa le pareció horripilante. pero tenía sed, y todos tomaron con desespero. Luego algo que le pareció cebada, y todos comieron como los cerdos, animales que la princesa conocería más adelante… En sus adentros, la princesa daba unas plegarias al dios Yemi y a la diosa Lasa para que acabara con ese sueño. No pudo probar comida mirando a todos como animales, con las manos atadas a los troncos (daba la impresión de chanchos comiendo en chiqueros). La princesa Biry miraba con horror todo aquello, pensaba en los niños de su imperio, de su destino, y de cómo se derrumbó su mundo. Ahora estaba

prisionera de gente extraña y con un olor nauseabundo. De repente, un hombre de los extraños se acercó a una de las mujeres prisioneras, quien lo escupió porque tocó sus partes íntimas. El hombre la agarró con unas cuerdas, le pegó y la violó delante de todos. Luego vino otro y otros… La princesa se horrorizó y pensó en ella, le pedía al dios Yemi que la protegiera, pero uno de ellos se le acercó a princesa. Cuando quiso tocarla, la nave se zarandeó, como si hubiese chocado con algo. Todos rodaron por el suelo de la recámara llenándose de excremento y orina. Ellos corrieron a la parte de arriba a ver qué sucedía. Un monstruo de los que protegen al dios Itamas (mar de agua salada), un ballenato, golpeó la nave, trajeron itamas (agua) para lavar la inmundicia, y luego para tomar. La princesa Biry no tomó, sólo lloró en silencio. El hombre que estaba a su lado tenía unas heridas en la espalda, supuraba pus, se quejaba y tenía fiebre. El olor en la recámara era irrespirable, no se sabía cuanto tiempo había transcurrido, pero nos sacaron a la parte de arriba y a unos los pusieron a lavar la recámara. Al hombre que estaba al lado de la princesa Biry, lo lanzaron al itamas (agua), ni siquiera se quejó. Las bestias de Itamas (agua salada) se lo devoraron en un momento. La princesa Biry temblaba de terror, de pronto oyó una voz y al voltear vio a una mujer del imperio que también era prisionera. Yo soy Laila, también está mi esposo y mi hijo. Laila bendijo a la princesa Biry, una costumbre del Imperio. Los llevaron de nuevo a las recámaras y la princesa se sintió un poco calmada porque alguien del Imperio estaba con ella. Se durmió, no se sabe cuánto tiempo, de repente se despertó vomitando, todo le daba vueltas, sentía mucho frío, se escuchaba el llanto de un niño, sus padres trataban de callarlo, todo estaba oscuro no se sabía de dónde salía, un escándalo salía de la parte de arriba, gritos y risas; unos hombres entraron con una luz en la recámara y se llevaron a unas mujeres; uno de ellos se le acercó a la princesa Biry y

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Laila le gritó algo al hombre. Él volteó y se la llevó. Sólo se oían risas y gritos. La princesa recordaba al príncipe Biolo en sus sueños, sus artes marciales y su destreza en los juegos, en el Imperio él era el mejor, recordaba el ataque de los hombres extraños y el “¡bum!” de las varas que hicieron brotar el líquido de la vida de su cuerpo, ahora ella estaba sola y tenía mucho miedo. La despertó el ruido que hicieron los hombres extraños cuando bajaban a las mujeres todas desmayadas y botando líquido de la vida de entre las piernas, entre ellas Laila, que se sacrificó por ella. Pasó un tiempo, y de entre las rendijas de la recámara, brotó un rayo de luz. Lanzaron itamas, para que todo quedara limpio, les trajeron comida y todos se inclinaron como cerdos para comer. La princesa tuvo que inclinarse entre sollozos y todos los que la vieron dejaron de comer para que ella comiera; cuando dejó de hacerlo todos se inclinaron, y así pasaron los días hasta que se detuvo la nave. Los sacaron a la parte de arriba, les echaron itamas para que se bañaran y los dejaron sentados en el centro de la nave, los metieron de nuevo en la recámara, todo estaba en silencio, de repente trajeron más prisioneros, entre ellos niños, y los metieron a todos juntos en la misma recámara. La princesa Biry se extrañó del color de estos cautivos, muchos con cabellos rojizos, otros con cabellos de rayas, muy distintos a los usados en el imperio, unos tenían huesos o colmillos de fieras incrustados en las orejas o la nariz, los labios prolongados con piezas redondas dando la impresión de ser platos, unos dibujos en el pecho, otros eran altos y delgados como guerreros, más oscuros de cabellos lisos, todos usaban tapa rabos como vestimentas. De entre todos le llamó la atención a la princesa uno alto, muy fuerte, de gran musculatura atlética, de cabellera larga y la mirada fija en la princesa. No se quejaba, no hablaba, no dormía, tomaba poca agua, sólo miraba a la princesa Biry.

Llegó la oscuridad, un niño llora, se oye una voz con idioma extraño para la princesa, luego oyó la voz de Laila que trataba de callar al niño; Laila le dice a la princesa que el que está frente a ella es un príncipe de tierras lejanas y que son guerreros. Laila cuenta también que nos llevan a otras tierras, donde la gente de nuestro color son esclavos y que no regresan jamás a sus tierras. La princesa pensó en su padre el Rey Obolo y su madre la reina Raa, ¿qué pudo pasarles?

CAPÍTULO II En el reino del imperio Bombo cuando llegaron los invasores, todos pensaron que venían en son de paz. El Padre rey los recibió con agrado. Uno de los hombres le apuntó con una vara y el rey sonrió y extendió sus brazos para así demostrar la bienvenida de un pueblo inocente, ignorando las intenciones de los invasores, de repente sonó un “¡bum!” de la vara que apuntaba al rey Obolo y éste cayó hacia atrás. La Reina Raa salió a socorrer al rey y éste exclamó brotando el líquido de la vida, llamando al príncipe Biolo y a la princesa Biry, levantando la mano derecha tocó la cara de la madre reina y dejando caer todo el cuerpo se quedó inmóvil. La reina madre, aterrorizada, vio como todo lo saqueaban y apuntaban con esas varas, dejando a muchos en el suelo brotando líquido de la vida. La madre reina corrió para prevenir a los príncipes, y al llegar al portal y cayó precipitada al suelo con la cabeza destrozada por otro “¡bum!”… muchos corrían, niños, ancianos, bestias, en fin todo el imperio estaba cubierto por soh (humo de olor desagradable), el Boto estaba repleto de gente que había quedado inmóvil por la pérdida del líquido de la vida. Miles de personas fueron capturadas por los hombres extraños, y los pusieron a cargar los tesoros

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del imperio, para llevarlos hasta los cientos de naves extrañas sobre el itamas. El ario (fuego), cubría todo el imperio Bombo, dejándolo todo en ruinas. -Unos fueron capturados, amarrados y lanzados al ario, ya que no les servían porque presentaban deformaciones en su cuerpo… ¡Qué tristeza!, todo terminó para el Imperio Bombo.

Un hombre bajó a la recámara y desató al príncipe y se lo llevó. Al rato, la nave se detuvo, luego bajaron y se llevaron a otros jóvenes. La princesa miraba nerviosa al príncipe, luego bajó un hombre de la nave y se llevaron a la princesa Biry. Laila gritaba, pero nadie le hizo caso. Estando en la parte de arriba metieron a la princesa en otra recámara, donde había un hombre con aspecto de ser el que comandaba a todos. Al príncipe y a la princesa los sentaron y soltaron los amarres de las cuerdas extrañas. El hombre habló: “Vaya, vaya… conque tengo dos altezas en mi barco”. Le habló al príncipe en su lengua y este dijo algo que el hombre se echó de carcajadas. El príncipe le hizo señas a la princesa Biry para que no temiera. El jefe del barco le propuso al príncipe que trabajara para él y le perdonaría la vida a los suyos y sobre todo a la princesa. Él quería que fuese a saquear aldeas y trajera cuanto prisionero pudiera, a cambio de los tesoros que pudiera recaudar. Le entregaría un barco y lo enseñaría a navegar y lo haría un guerrero del itamas (mar). El príncipe le habló en su lengua y preguntó si podía llevarse a la princesa Biry. El jefe de la nave dijo que ella era su prisionera, y si él cumplía lo que proponía, ella sería libre en la nave mientras él regresaba. La princesa no sabía qué pasaba, el jefe de la nave salió con el príncipe, haciéndole una seña a la princesa Biry para que permaneciera sentada allí. Una vez el príncipe estuvo encima de la nave, llamó a todos sus guerreros, y junto a otros hombres bajaron en naves pequeñas y se incorporaron a otra nave grande, mientras la nave donde estaba la princesa Biry permanecía quieta. Las grandes lonas estaban enrolladas, unos hombres estaban guindando sobre ellas a gran altura; el jefe de la nave mandó a servirle comida a la princesa, y le permitió salir y caminar libre por la nave, todos la miraban dándole reverencias de forma burlona.

CAPÍTULO III Mientras pasan los días, la princesa Biry veía cómo llegaba tanta gente a la recámara que estaba repleta, muchos enfermaron con fiebre muy alta. Un día un niño lloraba muy fuerte, y un hombre de los que conducían la nave, lo agarró por una pierna y lo alzó, dejándolo caer de cabeza al piso de madera de la recámara bajo la mirada de todos. Laila dio un grito tan despavorido que la princesa Biry se sobresaltó, mirando aterrorizada de un lado a otro rápidamente. El hombre de la tribu extraña le hizo señas con la cabeza para que no mirara aquello. El hombre de la nave se acercó a Laila y le dio con la vara en el rostro y ésta se desmayó, tomó al niño por un pie y se lo |llevó como si fuese un muñeco, pero antes se volteo, dijo algo a todos y se fue. Ninguno entendió. El hombre extraño que estaba frente a princesa Biry dijo algo en un idioma que muchos entendieron, menos la princesa y el marido de Laila. De golpe todas empezaron a cantar unas notas muy melancólicas y tristes, unos hombres de la nave entraron y comenzaron a dar latigazos con unas tiras de cuero para que se callaran pero nadie hizo caso, todos callaron cuando el hombre que era príncipe en su pueblo que estaba frente a la princesa Biry dijo algo.

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La princesa pidió un balde donde había agua y lo llenó, pidió bajar a la recámara y les dio agua a todos, sobre todo a Laila y a su marido que habían perdido a su hijo. Laila bajó la cabeza en señal de saludo a su princesa y le preguntó qué pasaba que estaba libre, la princesa le dijo que no sabía, pero ella iba a buscar la manera de ayudarla para que estuviese con ella, la princesa le limpió la herida que tenía en la cabeza y se retiró a la parte de arriba. Pasaron los días, y la princesa ayudaba en la alimentación de los prisioneros, le curaba las heridas y pronto aprendió muchas palabras de otras tierras que ella ignoraba, dormía donde estaban unas cuerdas tejidas a la intemperie y no hablaba con nadie. El jefe le enseñaba algunas cosas y palabras, le decía que si su príncipe no regresaba, ella sería encadenada de nuevo y vendida al igual que todos los demás. Días después, la nave de repente no se movía. La princesa Biry se paraba en la proa de la nave, y miraba hacia el horizonte. No sé si pensaba en el imperio Bombo o en el príncipe de tierras lejanas.

El príncipe Lacro, con sus hombres, era sanguinario, más que los hombres de la nave. La aldea Bomtiri había desaparecido y sus habitantes capturados. Todos fueron llevados al barco que transportaba al príncipe Lacro. Así hicieron por varias aldeas. Cuando el barco estuvo repleto de prisioneros, enfiló su proa para encontrarse con la nave donde se hallaba la princesa Biry. Un día, amaneciendo, la princesa Biry vio acercarse la nave en donde partió el hombre era llamado Lacro. El jefe de la nave salió de su recámara, llevando un tronco corto. Se lo llevó a la vista y vio el barco que venía repleto de prisioneros, y en la proa del barco se veía al príncipe. Pronto tuvieron cerca el príncipe Lacro junto con sus guerreros, y llegaron a la nave donde estaba la princesa Biry. Allí lo esperaba el jefe de la embarcación, uno de los hombres le habló en su lengua, este lo agarró por los hombros y con unas carcajadas saludó al príncipe Lacro. Luego de varios saludos, el príncipe volteó a ver a la princesa Biry y ella lo estaba observando. Lo vio detenidamente y volteó a ver al barco donde él había regresado con los prisioneros. ¡Qué triste se sintió la princesa! Pensó en sus adentros que aquellos hombres también eran malos. ¿Cuántos niños y mujeres se encontraban en aquellas naves con la misma suerte que ella, atados con cuerdas como bestias? El príncipe le hizo una seña a la princesa que bajara a una nave pequeña que esperaba al lado de la gran nave. La princesa tuvo mucho miedo y dijo que no, negando con la cabeza. El príncipe Lacro insistió con la mano, ella se levantó y corrió a la parte de abajo donde estaban los demás prisioneros y llegó hasta Laila. Buscó protección al lado de la encadenada y su esposo. El príncipe Lacro llegó hasta ella, le habló en su lengua, y Laila le tradujo. El príncipe Lacro le dijo a Laila que él había pagado por la libertad de su princesa. Laila le explicó a la princesa y ella le respondió que él también era hombre malo, que había traído muchos prisioneros al barco de hombres extraños. El príncipe insistió y apuntó con una gran daga a la princesa. De repente

CAPÍTULO IV Cuando el príncipe Lacro salió de la nave con sus guerreros, llegaron a otra nave o barco, también escoltada por unos hombres extraños. En dicha embarcación extendieron las lonas alejándose de donde estaba la princesa Biry. Más tarde llegaron a tierra firme y se internaron en la selva con las lanzas que le fueron devueltas a los guerreros. Después de acampar una noche, llegaron a una aldea y rodearon todas las salidas y capturaron a hombres, mujeres y niños. Después saquearon todo. Los ancianos fueron ejecutados e incendiaron la aldea.

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sonaron unos “¡bum!” en la parte de arriba de la recámara, gritos y quejidos. El príncipe Lacro volteó y corrió. Algo pasó, todo quedó en silencio, la princesa era la única que estaba suelta y podía subir a ver. Todos los que estaban en la recámara querían que la princesa subiera. Unos hombres estaban en el piso bañados por el líquido de la vida, y en la parte de arriba donde estaban las lonas enrolladas, había muchos hombres, todos con las varas que hacían “¡bum!”. Apuntaron a la princesa Biry, ella buscó con la vista al príncipe Lacro y no lo vio. Muchos de sus guerreros estaban muertos. Miró de lado a lado, retrocedió hasta la puerta del hombre que comandaba la nave. Entrando en ella vio al príncipe Lacro con una daga que le atravesaba el pecho, y el jefe de la nave le pidió ayuda a la princesa Biry. La princesa corrió a ayudarlo a sentarse en un mueble, le extrajo la lanza de un tirón, pero no entendía qué había sucedido. Buscó con la vista algo con qué detener la hemorragia y trató rápidamente la herida. Uno de los ayudantes entró y empujo a la princesa Biry. Ella estaba muy asustaba y quiso correr, pero observó a un hombre que no sabía qué hacer. Ella se le acercó, tomó agua en un envase y lavó la herida. El hombre vio la buena intención de la princesa, salió de la recámara y al rato entraron tres hombres y se llevaron el cadáver del príncipe Lacro… ¿Qué había pasado?

hombres estaban nerviosos. Muchos ambicionaban el puesto del jefe mayor. La princesa cuidaba de la herida que cada día estaba más delicada y se preguntaba qué podía haber sucedido que todos habían muerto. Una noche el jefe no soportó la fiebre y murió, todos formaron una algarabía y sacaron el cuerpo a la parte de afuera de la recámara. Un hombre que estaba ebrio se le acercó a la princesa Biry y quiso tocarla. Ella corrió a la recámara del jefe fallecido y tomó una gran daga y se puso en defensa. Él se reía, se abalanzó sobre la princesa y la desarmó. Le dijo “ahora no está tu protector, ahora serás mía” y le cortó parte de la vestimenta. Ella gritó, entraron dos hombres y agarraron al sujeto que se veía como sabu (loco). La princesa por un momento se sintió segura, pero aquellos hombres parecían fieras hambrientas. Cuando el sol se puso en el horizonte, todos los barcos hicieron sonar varios truenos que salían de troncos de metal, amarillos como oro, sonaban tan fuerte que los oídos reventaban. La princesa no sabía dónde esconderse. Vinieron unos hombres en naves pequeñas y subieron a la embarcación donde estaba el jefe muerto y lo lanzaron al Itamas. Uno de los hombres le dijo a otro de aspecto fuerte que sería el jefe de la nave, y cambió a los hombres que estaban allí por otros. La princesa fue llevada de nuevo a la recámara y nuevamente atada junto a los demás. Estaba aterrorizada y lloraba. Le contó a Laila lo ocurrido. No se sabe por cuánto tiempo viajaron, la ración de cereales y granos era poca, y cada dos noches le suministraban Itamas. Algunas mujeres que estaban embarazadas abortaron, y se infectaron, muriendo muchas por la fuerte fiebre, otras todavía vivas fueron lanzadas al Itamas. Un día en que estábamos en la parte de arriba, vimos muchas aves que para la princesa eran extrañas, las cuales se posaron en la nave. Los hombres se alborotaron y empezaron a echar Itamas por todas partes y nos bañaron a todos, nos alimentaron con cereal y pescado. Al poco tiempo llegamos

CAPÍTULO V Las naves que estaban ancladas cerca de donde estaba la princesa Biry con aparente calma, se encontraban repletas de prisioneros. Todos esperaban la orden del jefe de la nave principal, quien se encontraba delirando de fiebre, y sus

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cerca del manga (tierra). Nos bajaron a las naves pequeñas y fuimos llevados donde había muchas mujeres y hombres extraños que nos miraban con curiosidad, y muchos se reían de nuestro aspecto, extraño para ellos. Todos estábamos aterrorizados. Fueron encerrados en una gran choza donde había pajas secas y podían acostarse. Ya no estaban atados del cuello sino de los pies de uno al otro, y no había mal olor. En la parte de afuera se escuchaba un ruido de bestias extrañas (perros) que habían visto en una de las naves. Los hombres los ataban con cuerdas, se sentaban a su lado con la boca abierta y se le salía la lengua dando terror, parecía que se los querían comer. Cuando llegó la chero (noche) todos pudieron descansar, ya que por varios meses no lo pudieron hacer. La princesa Biry buscó a Laila con la vista bajo la pequeña claridad que se colaba por las hendijas de la pared de madera, sin encontrarla. Eran muchos y se confundían unos con otros. Al fin la princesa pudo dormir. Salió el ira (sol). Fueron despertados por el canto de un pocho (gallo), un hombre de aspecto malvado con una vara que daba latigazos a los prisioneros y prisioneras que estaban con la princesa Biry; salieron todos rápidamente, les dieron en vasija de barro granos y pescado, luego tomaron agua hasta saciar su sed, los llevaron a un lugar sombrío por choclo (árbol) gigante, la gente los miraban con curiosidad, unos chiquillos les lanzaron totlo (piedras) y salían corriendo. Un hombre con un bulto extraño sobre su cabeza y una vara pequeña en las manos como si estuvieran pintadas, los miró detenidamente y llamó al hombre que los cuidaba, le dijo algo y señaló al marido de Laila, todos se aterrorizaron porque les contaron que la gente extraña de estas tierra se comían a los seres como nosotros. El hombre de vestimenta extraña miró a Laila y a la princesa Biry, también a otros más, y se marchó con un andar extraño. Al rato vimos a seres como nosotros

colgando unos bultos en su cabezas, otros atados al cuello, unas mujeres con niños colgados y otros niños lloraban junto a sus madres, muchos llevaban unos palos con algo curvo en los extremos de forma arqueada. Pasaron mirándolos con tristeza. Ya en la tarde cuando ira (sol) se ocultaba, les dieron de comer y los metieron de nuevo en la gran choza. En la mañana los sacaron y llevaron donde estaban muchos hombres con un gran alboroto, a los hombres los separaron de las mujeres y los bañaron con una grasa; su cuerpo brillaba, algunas de las mujeres con niños temblaban, los hombres que estaban reunidos allí gritaban al ver varios de los prisioneros, uno de ellos que se veía gracioso gritaba y todos gritaban cosas, un hombre dijo algo y se llevaron a uno de los prisioneros atado por el cuello, otros sujetaban a un prisionero de cuerpo exuberante sobre todo por la altura, una mujer se lo llevó dándoles un bojotico con algo. De repente apareció el hombrecito y pidió al esposo de Laila y a otros hombres. También a Laila, que miraba a la princesa Biry llorando, se la llevaron atada al cuello. Los montaron en una especie de carruaje tirado por bestias como las que venían en las naves, y se perdieron en el camino. Esa noche la princesa Biry durmió con mucha tristeza. En la mañana fueron de nuevo parados en el mismo sitio, junto a otros hombres que tenían un alboroto. Halaron a la princesa y el hombre que tenía un bulto raro en su cabeza gritó: “¡Es una princesa traída de un gran imperio, hija de un rey, su precio es elevado!”. Un hombre de aspecto rudo y fuerte, de mirada bestial, se acercó, miro detenidamente, le revisó los dientes, le abrió los brazos, miró a esa chica de unos 18 ó 20 años y de cuerpo espectacular, y dijo con un movimiento de cabeza que sí. Biry no dejaba de temblar y sollozar.

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CAPÍTULO VI La princesa fue subastada con gran alboroto, pero el hombre fornido logró comprarla. Fue montada en un carruaje bastante rústico, con bolsas y tanques de provisiones. Biry lloraba y recordaba a sus padres Obolo y Raa, reyes del imperio Bombo. También a su hermano Biolo y la forma en que murió, defendiéndola de aquellos hombres horribles que habían destruido su pueblo, donde todos eran libres y no existía la maldad. Ahora ella era tratada como animal, atada como bestia de trabajo junto a otros prisioneros, atados con aros al cuello y alimentados como animales. Ya en aquel carruaje, cuando arrancó, el hombre que había pagado por la princesa Biry, hablaba con los que acompañaban a la princesa en la parte de atrás y se reían de lo que decía este. La princesa lloraba en silencio y cuando el Ira (Sol) se ponía en el horizonte, acamparon a un lado del gran camino. La princesa vio a un costado un gran lago donde todos se bañaron menos los que estaban atados a la princesa Biry. Mientras todos descansaban, el hombre levantó a Biry y la haló hasta el lago, sumergiéndola en el agua. Luego la sacó y la desvistió de los andrajos que le habían proporcionado en la nave, ya que su vestimenta había sido rota durante su cautiverio. La princesa gritaba y lloraba pero estaba sujeta por el cuello. El hombre la abofeteó y la lanzó al suelo y procedió a violarla. Biry sintió que el mundo se le terminaba, todo le quedó en silencio, sólo un ruido en su cerebro, miles de grillos sonaron y un fuerte dolor en su vagina por la forma brutal en que estaba siendo violada. Su mente quedó en blanco, su rostro golpeado, y su carne maltratada. No supo cuánto tiempo pasó. Luego, como pudo se paró y se arrastró, hasta el lago y estuvo bañándose hasta que empezó a temblar de frío. Cuando empezó a salir el Ira (Sol), después de comer carne seca y salada, emprendieron el viaje. El hombre que

había comprado a la princesa Biry comentó a los otros que viajaban juntos lo sucedido con la princesa. Todos callaron y lo observaron en silencio. La princesa Biry observaba el sendero que se perdía tras ellos; pararon en una pradera donde se vieron grandes plantaciones y muchos hombres parecidos a los de su imperio. A lo lejos se veían unas chozas, y una muy grande de donde salía humo. Unos niños corrían detrás del carruaje. La princesa los veía con asombro, se veían saludables y pensó en lo que el marido de Laila les había contado, que en estas tierras alimentaban a los seres como ellos, para alimentarse de su carne. Llegaron a una gran choza donde muchas mujeres los recibieron vistiendo trajes de colores claros, extraños para princesa, que fue sacada bruscamente del carruaje, cayendo al suelo y exclamando por el dolor. Todos rieron. La mujer que parecía dirigir a los demás, dijo unas palabras a otra que estaba sentada, y pasó por la parte de atrás halándola por el cuello. La revisaron toda, quedó desnuda por completo, y la mujer que la revisó se sorprendió de los golpes que en la noche le dieron antes de ser violada. Aquella mujer gorda de aspecto violento vio el gran cuerpo de Biry. Le dijo “te llamarás Juana y vas a cuidar los niños del amo”. Biry no entendía, sólo estaba aterrorizada observando a la mujer gorda. Pensaba para sí: “¿porqué no se habrán comido a esta mujer?” Josefa, que era la mujer gorda, cortó las trenzas que Biry tenía, como signo de ser princesa en su imperio. Sus joyas fueron robadas. Ahora su cabeza parecía la de un simio de las montañas del imperio Bombo. Le revisaron los dientes y sus partes genitales, la mujer gorda y una anciana se miraron y notaron la violación que había sufrido. “Biry se llamará Juana González, propiedad de Don Francisco Garcí González, dueño de la hacienda Las Andanas, con sello real en la entrada de la hacienda y en la

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gran casa”. Biry hizo un gran esfuerzo por aprender aquel idioma extraño para ella, porque cualquier error o palabra mal dicha, era un cuerazo. Ella jugaba con los niños un juego que aprendió cuando niña en su pueblo, ella come en el patio sentada en una piedra algunas sobras de la casa grande o comida que le daban a los de su raza. Lo que no entendía era qué era una esclava, si en su imperio todos trabajaban para todos. Qué diferencia el gran maltrato cada vez que le pedían a Biry o Juana que hiciese algo. La mujer gorda la halaba por el cabello o las orejas. En fin, Juana (Biry) fue aprendiendo poco a poco aquel idioma y costumbres de aquella gente. Por la noche antes de ir a dormir, la ama reunida con todas las mujeres rezaban un rosario y los días de descanso o de fiestas iban a la iglesia donde Juana custodiaba los hijos de la ama. Se mantenía inmóvil, de pie, a un lado de los niños, mientras curioseaba con la vista aquel templo donde había numerosas esculturas. Sólo una le llamo la atención, era una virgen de vestimenta azul claro; para Juana era bonita, pero Juana se mantenía en silencio para no ser golpeada. Un día, cuando en la gran casa celebraban una gran fiesta, el hombre que conducía el carruaje del amo, se acercó a Juana y le dio de algo que él estaba tomando. Juana lo aceptó y con asombro vio al hombre y le dijo que la bebida estaba prohibida para ellos. José, el cochero, que así se llamaba el que manejaba el carruaje de la casa grande, le pidió que guardara el secreto. José González era hijo de la negra esclava Josefa, ama de llaves de la casa grande, y su padre era el amo Don Francisco. No se podía hablar de eso porque sería vendido a otro amo lejos de allí. Lo trataban con un poco de cariño por ser el cochero. Comía en la cocina y dormía aparte. El capataz o mayoral no se metía con él, por orden del amo. José le dijo a Juana, “si tú te portas bien serás consentida también. A ti no te han marcado como a los demás, con un hierro caliente en la espalda o el brazo. A ti te dejaron el cuido de los hijos

del amo, duermes en el depósito y no en la barraca, comes de lo que cocinan en la casa grande…”. La princesa Biry se quedó pensando y preguntó al cochero “¿tú sabes de qué imperio son los que trabajan en las plantaciones?”. El cochero se echó a reír a carcajadas. “No, m’ija. Todos son comprados en una hacienda donde hay criaderos de negros. Hay una choza grande donde un negro grande y fuerte es el padrote y lleva muchas mujeres de edad productiva y las embaraza. Después que paren y los críos están en edad de hacer algo, los venden por grupos, y las madres son vueltas a preñar una y otra vez. Cuando ya no son productivas, las mandan a plantaciones hasta que mueren viejas o enfermas. Lo cumbre de todo eso es que la mayoría de los amos no son malos, son los capataces o caporales, quienes maltratan o llevan al cepo. Juana preguntó “¿Qué es un cepo?”. “Ah, ¿tú no sabes? Ese tronco que ves allá con esos huecos en el centro es el cepo, y el que está en el corredor en el suelo también es un cepo, y cuando el mayoral está rascado, pobre del negro que cometa algo. Hasta no verle la sangre no le deja de dar latigazos. A mí a veces me mira con desprecio, con ganas de darme con rejo”. Juana preguntó: “¿Qué es un rejo?”. “Es una especie de látigo que corta en la carne y es muy doloroso. El negro no tiene derecho a quejarse y no puede decir al amo que el mayoral lo maltrata.” José, sentado en una piedra junto a Juana, le contó durante horas, hasta que la fiesta terminó y los visitantes se retiraron a sus haciendas en sus carruajes. Juana acomodó unos fardos en el depósito de granos y quedó pensativa en la suerte de los suyos. De Laila y su esposo, de los guerreros del príncipe Lacro que fueron apresados de nuevo y vendidos como esclavos al igual que ella. ¿Por qué el dios Yemy abandonó su imperio? ¿Qué hicieron? ¿Por qué ese castigo? ¿Dónde habrá quedado la mayoría de la gente de su imperio que también fueron capturados?... y así, Juana se durmió.

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En la mañana, cuando amanecía, la vieja gorda, Josefa, le dio con un fardo a Juana para que se levantara y fuese a lavar al río, ya que sus trapos apestaban, y antes de que los niños se levantaran. Juana se levantó corriendo y se fue a lavar las dos mudas que tenía y recordaba lo que José le contó en la noche anterior, mientras lavaba junto a otras negras que hacían lo mismo cantando unas tonadas tristes sobre lo que estaban haciendo. Juana jamás había lavado nada. Se fijó cómo golpeaban los trapos contra los totlos (piedras). De pronto oyó el trinar de un pájaro que le fue conocido y se adentró en la montaña, río arriba jugando y bailando como si no hubiese pasado nunca nada. Juana se elevó en pensamiento como magia. El ruido del itamas (agua), los árboles y el canto de las aves la hicieron olvidar por unos momentos donde se encontraba. De repente oyó un grito de un hombre. Le dijo que la estaban llamando en la casa grande. Juana agarró los trapos y corrió a la casa grande. Al llegar, Josefa la agarró por las orejas y le dio unos cogotazos diciéndole sus “obligaciones”. Ya los niños estaban levantados, vestidos, y en la mesa comiendo. Juana no entendía mucho, pero obedecía para no ser castigada. Estuvo contenta jugando con los niños. La razón fue el encuentro con aquel sitio parecido al de su imperio, donde jugaba y danzaba. Pasaban los días y Juana cada dos días iba al río a lavar para contemplar a las aves cantar y el ruido del río. La hacía olvidar el momento y regresaba a la casa antes que notaran su ausencia. Un día se fue a lavar junto a otras negras y la gorda Josefa. Estando todas lavando y cantando, llegaron unos hombres buscando a unos fugitivos de haciendas cercanas. Vieron a Juana (Biry), y todos se arrodillaron frente a ella, diciendo todos a la vez “¡Princesa!”. Las mujeres, sobre todo Josefa, se asombraron. Luego aquellos hombres, después de saludarla, se marcharon río arriba. Juana no tuvo tiempo de hablar con

ellos. Se quedó llorando al verlos partir. Josefa se le acercó y le dijo suavemente, mirando a los hombres que se alejaban, “¿por qué te dijeron princesa?, ¿es que acaso tú eres princesa?”. Pero Juana lloraba en silencio, sin contestar, arrodillada a la orilla del río. Lloró por un buen rato y prosiguió lavando en silencio. Las mujeres junto a Josefa la miraban calladas y nadie más cantó.

CAPÍTULO VII Así transcurrían los días y Juana aprendía más de aquella cultura y su idioma. José el cochero, un día vino a la parte de atrás donde estaba Juana, y con paso de bailarín le dio un envase con miel que un chamán le ofreció. Le dijo “Princesa Juana, ¿cómo está la negra más bella de este entorno, donde la caña es tan dulce como ella?”. Juana se echó a reír mirando a José con alegría y se sentaron juntos en un tronco. José le preguntó acerca de lo que Josefa le contó, sobre lo sucedido en el río. Ella entristeció un poco y le contó que en su imperio ella era la princesa, hija del rey Obolo y la reina Raa, que tuvo un hermano que falleció defendiéndola de los hombres blancos malos, llamado Biolo. “Todo fue destruido, muchos fuimos capturados, otros murieron, y lo demás tú ya lo sabes. ¿Qué puedo hacer aquí yo? Era la bailarina de mi pueblo y todos me admiraban, sobre todo los niños, que me querían en sus juegos. Todo era muy distinto a aquí. No sé cuándo terminará este sueño”. José, en silencio, la escuchó. En una puerta estaba Josefa parada escuchando tal narración. Juana calló un momento y recordó en silencio la violación hecha por el amo en el camino, delante de los hombres que lo acompañaban y no hicieron nada por ella, los maltratos que le había dado la gente de su mismo color. José la vio con

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tristeza, le tomó una mano y se la apretó. Juana tomó aquello como un lamento al despedirse de ella. José pasó por un lado de Josefa sin mediar palabras y se retiró por el pasillo que daba a las barracas. Josefa se le acercó a Juana y le dijo “Es hora de dormir. ¡Vamos, muévete!”. La miró con sentimiento, susurrando para sí: “¡Dios! Las cosas que tenemos que aceptar. Una princesa esclava.” En la madrugada, todas las personas que se encontraban alrededor de la casa grande se levantaron exaltados. Unos hombres llegaron atados a la parte de atrás. Habían sido capturados en la montaña por haber huido de la hacienda. Fueron atados al cepo que estaba en el patio, donde el sol al mediodía quema la piel y las rasgaduras de la carne por los latigazos. Todos los prisioneros gritaban pidiéndole al capataz que estaba bien de latigazos, pero el mayoral los insultaba y se reía. Juana, al igual que todos, se acercó, y ellos exclamaron: “¡Princesa Biry!” Y se arrodillaron. Luego callaron los que no sabían. Todos quedaron mudos, sobre todo los de la casa grande, y entre ellos la ama Magdalena, quien se sorprendió más que todos. Juana corrió a la casa grande. Entró a la cocina llorando en silencio, y se sirvió guarapo caliente. Luego fue hasta donde dormían los niños. Como dormían todavía, regresó a la cocina, pero cuando iba por el pasillo, la ama Magdalena la agarró por un brazo. Juana, muerta de miedo, le rogó que no le pegara. La ama le preguntó: “¿Cómo es eso de que eres princesa? ¿Qué patraña están jugando todos esos negros y por qué se arrodillaron frente a ti?”. Juana, llorando, le contó de dónde venía, y que parte de esos negros que llegaron junto a ella, venían de su imperio. Doña Magdalena escuchó atenta. En eso llegó el amo Francisco muy molesto y le dijo a Juana, levantándola por el cuello: “esto no puede pasar más aquí. El principado tuyo se acabó. No quiero ver a ningún negro llamarte Princesa Biry más nunca”. Y tomándola por un brazo le dijo: “vas a hablar con todos, o si no te voy a vender”. La sacó de la casa a donde todos

estaban reunidos, y cuando vieron a princesa Biry, callaron. El amo gritó: “¡Aquí no hay princesas ni reyes! ¡Aquí lo que hay es trabajo, y si no quieren que venda esta negra, deberán olvidar lo que fue una vez!” Juana habló en idioma bombo. Todos callaron e hicieron un ruido extraño con la boca a la vez. Juana se sentó en el suelo, alzó los brazos y gritó: “¡Yemy, Yemy, protégenos a todos!”, en idioma bombo. Cada quien regresó a sus faenas y Juana volvió a la casa y vio a los niños y los sirvientes de la casa viendo los acontecimientos. José, con ellos al lado del carruaje, la observaba. Ella también lo miró como pidiéndole protección. Josefa le gritó a Juana: “¡Vamos, negra, que los niños van a desayunar! ¡Muévete!”. Juana obedeció y entró junto a los niños, que estaban en el pasillo de la casa, y rumbo a la cocina, una sirvienta que limpiaba el piso, de nombre Petra, cuando vio a Juana, se arrodilló diciéndole en forma burlona, “¡Oh, princesa Biry!”, y Josefa, que también entraba vio lo que pasaba. Le pegó con un trapo a Petra y la corrió. Josefa le dijo a Juana, “no le hagas caso, que esa negra siempre ha sido envidiosa”. José se encontraba en la cocina, miró a Juana y le dio un envase de barro con guarapo caliente. Josefa le dijo a José, “oye negro, a ti te gusta Juana”. “Creo que ella también”, le contestó el negro. “Yo no quiero que sufra más. Si se casa conmigo, el amo no la va a vender, sabiendo lo que soy para él, ¿no crees tú negra?”. “Puede ser. Negro con negro, aunque su sangre sea roja”. Juana daba de comer a los hijos de los amos, Carlos y María. Salieron después de la casa y pasaron cerca de donde estaban los negros prisioneros en el cepo. Miraron por un momento y salieron corriendo a la parte de la entrada de la hacienda, donde otros niños jugaban y corrían detrás de unos potrillos y asnos que estaban en un corral, Juana danzaba al ritmo del trinar de los pájaros. María la imitaba y varias niñas de color también, y así pasaban los días. Carlos jugaba con los varones a ser conquistador, montado sobre un asno y con una espada de madera, soñando con ser soldado del rey. María quería ser

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monja, a pesar de ser niña era muy devota de la virgen de tono azul, la milagrosa. Una tarde llegó el amo con un gran grupo de esclavos que había comprado, y en el patio, el mayoral los marcó con hierro caliente y los depositó en una gran choza. Empezarían a explotar una gran mina, según José le contó a Josefa, y esta a su vez le contó a Juana. “¿Qué es una mina, José?”. Este le contó con lujos y detalles, haciendo mímica. Juana reía. Un día hubo mucho movimiento en toda la hacienda. Era la fiesta de un santo. Empezaron a tocar tambores y a danzar. Juana era la primera vez que veía a todos juntos alegres, tomar, comer y danzar. Todos los niños, mujeres y hombres reían, menos los amos y mayorales, que observaban a los esclavos divertirse y danzar el santo. Juana, junto a José, de pronto empezó a danzar y todos hicieron un círculo alrededor de ella. La miraban atónitos. José no sabía si aplaudir o no. En la casa grande, María, la hija del amo, imitaba a Juana y también danzaba. La ama Magdalena reprendió a María y le dijo que esas danzas eran demoníacas, que no quería que las hiciera más. María, llorosa, le dijo que quería ser como las bailarinas del teatro que vieron en Europa cuando visitaron a la abuela, y Juana la estaba enseñando. La ama Magdalena mandó a buscar a Juana con la negra Josefa, y esta, aterrorizada, le respondió: “es mi día para danzar”. “¡No sé! ¡Vamos que no tengo todo el tiempo!”. Cuando entraron a la casa grande, la ama agarró a Juana por una oreja dándole un tirón, Juana gritó diciendo: “¡yo no hice nada!”. La ama le dijo: “no quiero que le enseñes esos brincos extraños y demoníacos a mis hijos. Voy a hablar con mi marido para que te venda”. Y Juana: “¡No, amita, yo no enseño más danza a los niños, pero no me venda!”. Juana corrió al depósito donde dormía y se echó a llorar. No supo cuánto tiempo estuvo allí. De repente volteó y vio a José que la contemplaba, y le pidió con voz temblorosa, ebrio: “Juana, cásate conmigo, ¿sí?... Negra, cásate con este

negro, así el amo no podrá venderte y te tratarán mejor”. Juana, de un brinco, se paró secándose las lágrimas, y dijo: “Tú estás loco, José. A mí nunca me dejarán casar con nadie, y menos con el hijo del amo aunque sea negro”. “Quieta, negra. Déjame todo que yo lo arreglo. Si tú aceptas”. Juana se quedó pensando. “¿Qué dices, negra?”, insistió José. Juana miraba a José. Buscó en él la belleza, porque nunca había pensado en el amor, y menos con José el cochero. José le pidió que esperara allí a que él ya regresara. El amo Francisco estaba en un mueble, viendo los negros danzar y tocar tambor, mientras fumaba una pipa con tabaco fuerte y bebía un tarro de aguardiente. José se le acercó sentándose, en un escalón: “Amo Francisco, yo quería pedirle una cosa. Yo soy hombre muy juicioso y madrugador, y tengo siempre el carruaje listo a la hora que usted lo necesite amo. Nunca ha tenido quejas de mí”. Don Francisco le dijo a José, en tono fuerte y con mirada dominante: “¿Qué quieres, negro?”. “Bueno, amo. Quiero casarme”. “¡¿Cómo?! ¿Qué estás diciendo, negro? Se echó a carcajadas en forma burlona”. José miraba al amo y este le interrogó: “¿Y se puede saber, negro, con quién?, puesto que nunca te he visto con una mujer”. “Sí, amo. Es con Juana. La negra que dicen que fue princesa”. “¡Caracha, que buen gusto, negro! Eres digno de ser hijo mío. Pero esa negra la necesito en la casa grande, no te la puedes llevar a tu choza.” “Ella puede dormir en choza del negro José, que quiere mujer y tener hijos temprano. Ella no va a descuidar los hijos del amo Francisco.” “¿Y ella qué dice, negro?”. “Está de acuerdo”. “Si es así, hay que pedirla al padre Juan para que los case”. “Gracias, amo”, y José le besó la mano una y otra vez y corrió al depósito donde estaba Juana sentada en los fardos. “¡Juana, negra, tenemos permiso. Ve y…!” José tropezó con un tronco y cayó, sin mirar que Juana lo veía sorprendida. Se echó a reír, corrió y abrazó a José, quien se incorporaba del suelo. “Negra, sí, negra…” Y le acarició la cara con las dos manos, besándola con suavidad. Juana, por primera vez, sintió que el corazón

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le latía aceleradamente, y pensó para sí: “casarme para ser libre”. Soñó tantas cosas, y entre ellas recordó a sus padres, y recordó su niñez.

los niños. Así pasaron los días hasta que llegó a la hacienda el cura del pueblo y juntó a todos los negros que se casarían. Los curas acostumbraban casar a los negros por grupos con una simple bendición nada más para los que eran católicos. Juana de esa religión sólo conocía a la virgen de vestimenta azul, y su Dios Yemy. El amo Francisco les dio un día más de descanso. José y Juana no vacilaron en perder ni un momento de aquel día libre, y se perdieron río arriba, cantando y danzando en las orillas. Se echaron al agua, retozaron y nadaron a la orilla siguiente. Se besaron y se revolcaron en la arena haciendo el amor. Juana se sintió en otro mundo, como si nunca hubiese sucedido nada. En mucho tiempo los dos se quedaron dormidos uno junto al otro, con sólo el ruido del agua al chocar en las piedras y el trinar de los pájaros que observaban a la feliz pareja, sin saber cuánto tiempo pasó. Regresaron cuando todo estaba oscuro, entraron en la choza de José, Juana se echó a reír tapándose la boca en forma graciosa. José observaba sorprendido la felicidad de Juana. Con los ojos muy abiertos, le preguntó por qué ella no paraba de reír. “José, mira toda la humilde choza”, una troja hecha de mucha paja y bastantes hojas secas, tapada con un fardo limpio y todo muy bien cuidado. Un sombrero hilachudo y viejo guindado del tronco que en medio de la choza servía de paral. Un mechero, una muda de ropa de las que el amo desechaba y se la daba a José para que luciera distinto por ser el cochero. En la parte de atrás de la choza, un fogoncillo medio encendido que apenas humeaba, un jarrón de barro lleno de agua, una cesta tejida de caña amarga, unos trozos de casabe y carne seca que José había guardado para la ocasión y un poco de guarapo de caña fuerte para festejar. Juana de repente paró de reír y tomó del jarro que José se había servido y mirándolo le dijo: “este será el palacio de la princesa Biry, no de Juana”. Se le acercó y lo miró con los ojos muy abiertos y empezó a danzar con la música que sonaba en su cerebro, José la miraba y se sentó en aquel catre fabricado

CAPÍTULO VIII “Francisco, tengo que pedirte que vendas a esa negra que cuida a María y Carlos”. “¿Y eso por qué, mujer?”. “Ella les está enseñando unos bailes que me parecen diabólicos. No la quiero junto a los niños”. “Creo que no se va a poder mujer. Se la acabo de dar en matrimonio a José”. Ella contestó con gran exclamación: “¡Hay que ver cosas! Bueno, que se la lleve. No la quiero en la casa”. Francisco rectificó: “Juana se queda a cuidar a los niños, ¡caray!”. Francisco se paró furioso, dio un cuerazo a la mesa y se adentró a la casa. José conversaba con Josefa en el fogón de la casa, referente a Juana y el casamiento, y el amo Francisco se le acercó: “qué buen gusto tiene el muchacho, negra”. Josefa lo miró y se rió en silencio. Le dio una taza con guarapo caliente al amo. José se marchó al depósito donde estaba Juana para contarle todo lo que había soñado para ella, y cómo arreglaría la choza donde vivirían. Juana no contestó nada, sólo sonreía. En la noche pensó en su niñez y las cosas alegres que le sucedieron en el imperio. Así se durmió. En la mañana José entró en el fogón para ver a Juana antes de salir a preparar el carruaje y pararlo en el frente de la casa, por si el amo fuese a salir. Contento, José vio a Juana salir del depósito y llegar junto a él, le sonrió, José le dio un tarro de guarapo caliente, le rozó las manos mirándola a los ojos muy de cerca y se retiró en silencio a sus faenas. Josefa observaba: “Es un buen hombre”, comentó a Juana, y pasó en busca de

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por él con orgullo para Juana o Biry. La luz del mechero casi alumbraba aquel espacio con olor a fogón y hierba seca. Luego Juana se abalanzó sobre José e hicieron el amor hasta amanecer. Juana corrió a la casa grande antes de que amaneciera. Entró por la parte de atrás, donde ya estaba Josefa montando agua para el guarapo. Josefa se rió a carcajadas, y contenta abrazó a Juana: “¿Cómo amaneció, mi niña? Ya el guarapo va a estar. Arréglate para que busques a los niños y los lleves donde la ama Magdalena”. Juana obedeció y corrió donde estaban los niños. Los vistió y comieron. Luego los llevó donde la ama Magdalena, que estaba en el corredor frente la entrada de la hacienda.

a la ama Magdalena”. Petra le contestó a Josefa: “Ese no es mi trabajo”. “Tú haces lo que yo te mando. Juana está enferma”. “La negra Petra zapateó de forma malcriada y fue a levantar los niños”. Mientras tanto Juana estaba dormida en su lecho construido por José. Después de unas horas, tocó Josefa con un jarro de una cocción de hierbas aromáticas. Juana había vomitado varias veces, estaba muy descompuesta. Josefa le dio de tomar, diciéndole: “Que va, m’ija. Tú lo que estás es preñada”. Juana no dijo nada. No había pensado en eso hasta ese momento: “¿Y si estoy preñada? ¡Oh, Yemy!”. pensó Juana para sí. “¡Tener un hijo!”. Josefa se retiró diciéndole: “espero te mejores con ese bebedizo. Mañana tienes que cuidar a María y a Carlos. La negra Petra no puede, ella es la que lava la ropa del amo y mi ama Magdalena, y los niños no se adaptan con más nadie”. Juana no dijo nada. Cuando estuvo sola se quedó pensando: “¿Y si es hijo del amo?” Recordó que unos días antes de casarse con José, el amo Francisco entró al depósito donde ella dormía y le dijo: “Te vas a casar con José, pero tienes que ser mía primero porque yo soy tu dueño y pagué por ti, y puedo hacer lo que me plazca contigo. Si no, no hay casamiento”. Juana, llorosa, accedió con repugnancia. “Y si ese es de él, como muchos de los hijos de las negras, que tienen hijos de color claro… inclusive la negra Flora y la negra Petra son hijas del padre Juan. José mismo me ha contado tantas barbaridades que hacen los hombres blancos con las negras esclavas…”. José entró y la vio dormida. Comió y tomó de lo que habían preparado para la cena. Salió silenciosamente y se dirigió al carruaje, tarareando una canción de negros.

CAPÍTULO IX Pasados unos meses, Juana se levantó como de costumbre, pero todo le daba vuelta. Salió de su choza corriendo y vomitó. José corrió también y se extrañó. Le preguntó: “¿Qué tienes Juana?” Ella contestó: “No lo sé. Algo comí anoche que me cayó mal. Todo me huele mal. Tengo escalofríos y mucho sueño”. José la ayudó a incorporarse y entraron a la casa grande por la parte trasera. Josefa al verlos, preguntó: “¿Qué sucede, José?”. “Nada, negra. Que Juana tiene vómitos y está pálida. No se siente nada bien. Negra, ¿tú crees que mi Juana pueda hoy quedarse acostada? Ella está muy mal, negra”. “Bueno, llévala y acuéstala que yo más tarde le llevo una tomita caliente”. Josefa se quedó pensando: “¡Hum!… Yo creo que esa muchacha está preñada”. En eso entró la negra Petra, y Josefa le dijo: “Toma rápido guarapo caliente y corre a vestir a los niños y los pones a comer. Después se los llevas

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CAPÍTULO X Amaneció. Juana se paró mejor y preparó el fogón. Calentó guarapo. José la ayudó mientras limpiaba unos zapatos viejos que le regaló el amo, diciéndole a Juana: “Voy con el amo hoy para el pueblo. Hay que comprar sal y tela para los negros que están en la mina de carbón. El padre Juan no los quiere desnudos. Al igual que unos indios que trajeron de la montaña, que según son expertos en perforar las minas. Vamos a ver qué traigo para mi negra princesa Biry”. Juana se echó a reír a carcajadas. “No, negro. Biry, princesa del Imperio Bombo”. “Ya lo sé, negra…”. “¡Ah! Ya estás aprendiendo a hablar como negro”. José salió después de tomar guarapo caliente, y Juana lo vio alejarse en busca de las mulas, para armar el carruaje. Juana cerró y fue a la casa grande sin agitarse, llegó al fogón donde ya Josefa preparaba el guarapo para el amo que saldría para el poblado con José. “¿Cómo te sientes hoy? No puedes andar corriendo ni brincando”. ”No, hoy voy a llevar a los niños al río”. “Ten cuidado, Juana”, le habló Josefa. Al rato, cuando los niños ya habían comido y estaban vestidos, se fueron jugando por el recodo del cañaveral donde muchos negros laboraban. Estando en el río, se sentaron en una piedra grande y tiraban piedras al agua. Juana vio pasar unas mariposas, que revolotearon sobre su cabeza, los niños rieron y Juana también, pensó en el Imperio Bombo, donde había muchas mariposas y pájaros de colores exóticos, donde la brisa era dulce y cálida. Pasaron varios meses y el vientre de Juana crecía. José se sentía orgulloso de que pronto sería padre, y hacía alarde de ello. Un día, Juana le daba de comer a los niños, cuando la ama Magdalena salió gritando y llamando a la negra Flora. Esta llegó corriendo y la ama Magdalena la agarró por las orejas y le gritó: “¿Quién quebró un frasco de perfume que estaba sobre la repisa?” Flora dijo “Yo no fui ama, yo no fui.

Pero creo saber quien fue”. Y miró a Juana. Como el ama Magdalena odiaba a Juana, creyó lo que dijo Flora, agarró a Juana por un brazo, la sacó de la casa y llamó al mayoral. Juana le suplicó “No, ama. Yo no fui. Yo nunca he entrado en su aposento. No, ama. No me haga daño”. El mayoral llegó montado en una mula, desmontó y fue donde la ama Magdalena aguardaba con Juana, quien le suplicaba que no le hiciera daño, que estaba preñada. La ama le dijo al mayoral “Dale veinte azotes en el palo para que aprenda a respetar”. Juana fue atada al palo y cuando el mayoral fue a la mula a buscar el látigo, llegó José con el amo y vio a Juana atada al palo. José gritó: “¡Mayoral! ¡No, mayoral! Esa es mi mujer, amo. ¡Mire!” Don Francisco preguntó al mayoral. “Doña Magdalena mandó a dar veinte latigazos” dijo este. “Bueno. Hablaré con ella”, y entró. José insistió, pero el amo dejó que la castigaran con el látigo, y cuando el mayoral levantó el látigo, José lo detuvo. “¡Tú no le pegas a mi negra!” El mayoral se volteó y le dijo: “¿Qué haces, negro maldito?” José le dijo: “Dame a mí los azotes”. Y como el mayoral tenía tiempo deseando esa oportunidad, accedió a soltar y ató a José al palo. Juana corrió a la parte de atrás de la casa grande. José no se quejó. El mayoral reía. El muchacho casi perdió el sentido. Cuando el mayoral terminó, se acercó al sitio donde estaba la mula, y la doña Magdalena le gritó desde lejos “¡Era la negra maldita!... ¡Pero está bien, a los dos los odio igual!”. Don Francisco le dijo: “Está bien, mujer. Ya el negro pagó por ella. Si la golpean y pierde la criatura es una pérdida grande, puesto que es dinero el que perdemos”. Doña Magdalena se adentró a la casa sin decir nada. Juana fue a ayudar a José. Lo llevó a la choza y le lavó las heridas. Salió al monte, buscó unas plantas y las machacó y las puso en las heridas sangrantes: “Yo tengo mucho miedo José. Por el niño”. “Tranquila, negra. Mientras yo esté no pasa nada. ¡Ay, cómo duele!”. Se quejaba José. En eso, entró Josefa

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con un jarro de barro lleno de ungüento con sebo y montes que adormecían las heridas. José dijo: “Ay, negra. Tengo que proteger a Juana”. “¿Y eso, negro?”. “Que va a nacer”. “Lo sé, mi niño”, contestó Josefa. Pasaron los días y Juana pensaba en su barriga que crecía y crecía. Ya tenía todo preparado. Josefa la observa con cariño y pensaba orgullosa en su descendiente: “Mi primer nieto, hijo de mi hijo José”. Un día, Carlos el hijo de los amos, se cayó de un caballo, y Juana fue castigada en el cuarto donde funciona el fogón de preparar el melado para ser vendido en tierras lejanas. El calor era intenso, se sentía desmayada, pero su mente estaba en proteger a su hijo que pronto nacería. Pensaba en José, que no llegaba para protegerla. Entonces le pidió a la virgen que siempre miraba en la iglesia del padre Juan (la virgen de azul, la Milagrosa). La vio en su pensamiento y de pronto sintió todo fresco. No escuchó ruido y su cuerpo se sintió relajado, protegido por un manto de luz azul. Cuando salió el mayoral, Josefa y la ama Magdalena se sorprendieron al ver a Juana como si no hubiese pasado nada. Josefa, la tomó por los hombros y le dijo: “¿Todo está bien, mi niña? Vamos, que te tengo un guarapito”. José llegó tarde con el amo Francisco. Le trajo a Juana una camisitas traídas de una hacienda lejana donde José, hablando con los negros, les contó que vivía con una negra llamada Juana que venía de una captura de un Imperio llamado Bombo y que ella se llamaba Biry. Unos se arrodillaron ante José: “Tú, ¿marido de princesa Biry? ¡Ah, Príncipe José!” Este se sorprendió y le contaron que ellos también pertenecían a ese Imperio Bombo. Le presentaron a una negra llamada Laila y a su esposo. Ella se alegró y lloró. José le contó que iba a tener un crío de él, y Laila se retiró corriendo para traerle una camisita de bebé. Les contó que vivía con una negra llamada Juana, de unas tierra lejanas, y que era hija de un rey llamado Óbolo, y ella tenía por nombre princesa Biry del Imperio Bombo. Unos negros que estaban escuchando se arrodillaron frente a José y exclamaron: “Si tú,

José, eres esposo de princesa Biry, tú también eres príncipe”. José abrió los ojos sorprendido y dijo “Ella tiene prohibido hablar y decir su nombre. Ahora es Juana”. Los negros se sentaron y José continuó el relato. Laila le hizo una reverencia a José. Laila le dio el bojotico y dijo que ella también iba tener un crío también. José tomó el paquetico y, tomando guarapo fuerte, escuchó a algunos que le dijeron que pertenecían al Imperio Bombo, que fueron capturados junto a Biry, viajaron por aguas saladas hasta llegar donde fueron vendidos como esclavos, y la princesa también. “A todos nos separaron”. José se despidió y arrancó el carruaje. El amo Francisco iba dormitando de la “rasca”. José no pronunció palabras. Sólo pensaba en su negra. CAPÍTULO XI José ayudó al amo Francisco a bajar del carruaje y lo llevó a la casa acostándolo en la cama. Le quitó las botas, salió y fue a su choza donde Juana ya estaba preparando guarapo. Ya llegué, mi negra. Toma Juana, destapó el paquete y gritó: “¿Quién te dio esto, José?”. Con aire de importancia, dijo: “Una negra llamada Laila que también tendrá un crío”. Juana empezó a danzar con la ropita diciéndole que así vestían a los niños en su Imperio. “¡Menos mal que los hombres blancos no lo saben!”. De repente, Juana hace una exclamación: “¡Yemy!”. Escondió el bojotico y salió corriendo a la casa grande. Josefa la esperaba en el fogón con guarapo caliente. “Llegas tarde, ve y busca a los niños que están despiertos”. Juana aseó los niños y los llevó al comedor donde estaba Magdalena. “¿Por qué llegan a esta hora?”. Juana contestó: “No me siento bien hoy, ama”. Magdalena la miró fijamente de arriba a abajo y le dijo: “Creo que estás por parir. Hablaré con Josefa para que busque otra por ti”. Cuando los niños comieron salieron a jugar en el

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patio. Juana sintió un fuerte dolor en las caderas y se inclinó. La niña Isabel volteó, se le acercó y le preguntó: “¿Qué te pasa, Juana?”. “No lo sé”. Como estaban cerca de la casa, Carlos e Isabel corrieron gritando. Le dijeron a Josefa lo que pasaba y Josefa corrió a donde estaba Juana: “¿Qué te pasa, muchacha?”. “No lo sé. Me duele la cadera, negra”. José corrió y la cargó, llevándola a la choza. Josefa buscó a la negra Petra, la partera. Ambas corrieron, y dijo la comadrona: “Rápido. Agua caliente que está pariendo. ¡Rápido!”. José corría de un lugar a otro sin saber qué hacer. “Espera afuera, negro, que aquí no haces nada”. José se acercó a la casa grande. Ya el amo Francisco estaba parado en el estar de la casa. José le dijo: “Amo, la negra está pariendo”. “Caramba, negro, te felicito. Espero que sea varón, porque aquí se necesitan hombres. Las mujeres no dejan mucha ganancia, negro”. José agachó la cabeza preocupado por Juana y pensó en su crío, en la suerte que le esperaba, pero se juraba que trabajaría el doble para comprar la libertad de su hijo y su Juana. Al rato vio venir a Josefa contenta: “Negro, tuvo un varón”. José corrió a la choza, pero Petra lo detuvo diciéndole: “Espera, negro, que todavía no está lista. José se detuvo en la puerta”.

no era el momento. Dime, ¿cómo se siente?”. “Algo dolida, pero bien”. José no dejaba de contemplar al crío. “Se parece a mí, negra”. “Sí, José”. Contestó Juana. En eso entró Josefa con aire de abuela orgullosa: “¿Cómo está mi niño precioso? ¡Jum! Negro, ¿tú ya te lavaste las manos para andar tocando a este niño precioso?”. “Sí, negra. ¿Verdad que se parece a mí?”. Josefa se echó a reír diciendo: “Este niño es muy bello para parecerse a negro tan feo”. “¡Ah! Como si no fuera hijo tuyo, negra gorda”. “Bueno, no van a pelear aquí en mi palacio”, dijo Biry. Josefa se rió a carcajadas: “¿Qué palacio?”. “Sí”, dice Juana. “Este es el palacio del príncipe Biolo, en honor al hermano mío, quien murió en mi defensa. Y en esta tierra se llamará Ramón. Esto será un secreto, José, y para ti también, Josefa. Todo será distinto de aquí en adelante. Lucharé por que mi hijo sea libre”. Juana se levantó con un poco de dificultad e hizo un juramento: “Yemy, juro que protegeré con mi vida si es preciso a mi hijo para que no sea esclavo de nadie. Trabajaré duro para él, le enseñaré todo de mi imperio, le enseñaré el arte de defensa, como mi hermano”. José miró a Josefa no dijo nada. Juana se sentó en la parte de atrás de la choza, seguida de Josefa y José. Pasaron los días y Juana se sentía mejor. Pudo volver a la casa grande. Los niños se alegraron al ver a Juana que llevó el crío. Todos en la casa grande fueron a ver al crío de José el cochero y Juana la niñera. La que nunca se acercó a ver el niño fue la ama Magdalena, que odiaba a Juana. Los niños miraban al niño con curiosidad y cariño. Juana salió de paseo con Carlos, Isabel y su bebé. Isabel veía con curiosidad cómo se amamanta el bebé del pecho de Juana, que celosamente cuidaba a su niño. Pasaron los días y los meses y un día el bebé estaba sentado en un rincón comiendo en una tasa de madera un pan de maíz. La ama Magdalena entró al fogón y vio al vástago de Juana. Tomó agua, después de beber, le echó lo sobrado encima al bebé. Juana en ese instante entró

CAPÍTULO XII Juana estaba sentada en el catre dándole de mamar al hijo que acababa de nacer. José se acercó, tenía miedo, miraba a Juana y al crío. Ella lo llamó para que viese el producto del amor que ambos se tenían. José se acercó y contempló a su primogénito. Lo tomó en sus brazos y con una sonrisa, mostrando una alegría nunca vista en él, contempló a Juana: “Gracias, negra, por este gran regalo y esta felicidad que me has dado, quería correr a mostrárselo al amo Francisco pero

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y la tomó de la mano, diciéndole: “¿Por qué hizo eso con mi niño?”. Magdalena, escupiéndola en la cara, le dijo: “Me das asco”. “En eso entró Josefa y le gritó a Juana: “¿Qué haces, negra?”. Juana la soltó y corrió a tomar el niño en sus brazos. Quiso salir corriendo pero la ama gritó: “¡Espera, maldita negra, vas a ver cómo se arregla esto!”, y la tomó por el cabello llevándola hasta el patio. Llamó al mayoral, la ataron del palo y le dijo al mayoral que le diera 50 latigazos. José corrió, tomó al niño y le gritó al mayoral que le diera a él, pero fue inútil. Juana le gritaba a José: “¡Cuida a Ramón! ¡Vete a la choza!”. Juana no se quejó. Quedó inconsciente. José, junto a otros negros, llevaron a Juana el catre donde estaba el bebé. “Juana, ¿por qué permitiste que te pasara esto? Mira que así no vas a defender al niño”. “Pero tú no sabes qué sucedió. José esa vieja bañó mi niño de agua de su boca. Yo cuido sus niños con cariño, sin maldad”. “¿Pero tú no entiendes que ella es la ama de todos nosotros?”. Al rato, cuando José se acercó a la casa grande, el amo Francisco le dijo a José: “Negro, voy a tener que vender a tu mujer”. “Pero amo, ¿por qué quiere hacer eso? Ella tiene hijo mío que también lleva sangre suya”. “Dime qué puedo hacer, ¿la mando al campo donde mi mujer no la vea? No puedo hacer más”. “Está bien, amo. Hablaré con ella”. José se acercó al catre donde Juana se quejaba del dolor por las heridas que le causaron los latigazos. José curó sus heridas y le dijo lo que el amo Francisco conversó con él: “Trabajarás en el campo o en la molienda”. Juana contestó: “Lo que sea. No quiero ver a esa mujer. Si vuelve a hacerle daño a mi niño la voy a matar y me iré lejos donde no me encuentren, José”. “Esa no es la solución. No quiero perder a mi hijo ni a ti negra. A mí también me duele que le hagan maldades a nuestro hijo, yo también pienso como tú. Voy a trabajar para comprar la libertad de ustedes que son lo más importante... Bueno, negra, voltéate para frotarte esta manteca que preparó

la negra Petra, para que te sequen las heridas rápido”. “¡Uy, cómo duele!”, se quejaba Juana. Pasaron los días, Juana se recuperó de los latigazos y fue a trabajar a la siembra. Tomó junto a otros negros las herramientas de trabajar la agricultura, sentó al niño junto a un árbol que daba buena sombra, sobre un cajoncito que preparó José para que descansara en él. Juana volteaba de vez en cuando para ver si estaba bien. Las manos le dolían, puesto que era la primera vez que hacía trabajos pesados así. Pasaron los días, los meses, y unos años. Ya el niño de Juana tenía 3 años. Juana esperaba otro hijo. José, cuando no trabaja en el coche, arreglaba el jardín. El amo Francisco lo observaba cuidadosamente en la forma como trabajaba, casi hasta reventarse para comprar la libertad de su familia. Juana, en el campo, haciendo lo mismo y cuidando a Ramón, que crecía saludable fuerte e inteligente. Pasaron los meses y Juana parió una niña que puso por nombre Raa en su palacio imaginario, pero que en estas tierras se llamaba Socorro. José, siempre orgulloso por su descendencia, hacía alarde de ser un hombre feliz. Juana, en sus quehaceres no descansaba. En el día se dedicaba a la siembra en el huerto que le fue asignado. En la noche, a los quehaceres de su palacio imaginario, la comida la vestimenta de sus hijos, ya no había más castigos ni maltratos. Juana había madurado y dejado su rebeldía. José trabajaba. Cuando no salía con el amo, se dedicaba a preparar la jardinería. Un día cualquiera, el padre Juan llegó al ingenio con la intención de bautizar a muchos negros que vivían mundanos. Juana, con su rebeldía, no quería. Pero José insistió, y Ramón y Socorro fueron bautizados. Juana rezó en secreto a Yemy, el dios del Imperio Bombo, de donde ella provenía. Pasaron tres años más. Juana y José juntaban todo lo que podían ahorrar para comprar la libertad de sus dos hijos.

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Un día vino una epidemia de una fiebre. Todo el poblado estaba cayendo en cama y muchos estaban muriendo. Vómito y fiebre alta. Los hijos de los amos de la casa grande cayeron en cama y Ramón, el hijo de Juana, que le hizo recordar que una vez en su imperio pasó algo parecido, corrió a las orillas del río en busca de unas hierbas para preparar un bebedizo. Muchos estaban tirados en el camino. Juana corrió para proteger a sus hijos. De tanto buscar, encontró la yerba y regresó a su choza. José también ardía de fiebre. Socorro jugaba en la parte de atrás de la choza. Juana preparó el bebedizo, le dio a Ramón y a José, también le dio a Socorro y tomó ella. Salió corriendo a la casa grande, a la que tenía tiempo que no iba. Vio en un sillón a la ama Magdalena, quien la vio fijamente: “¿Qué quieres, maldita?”. Juana le quiso dar del bebedizo. Esta lo despreció sin pensar. Corrió al cuarto de Carlos e Isabel y les dio de tomar. Carlos agradeció por la ayuda. Cuando llegó a la cocina, Ya Josefa había fallecido. Estaba tirada en el piso, al igual que otras esclavas más. Corrió a su choza a preparar más bebedizo y visitó a otras chozas, no sin antes fijarse en Ramón y José. Socorro aún jugaba. Entró rápido en la choza de Petra, la matrona. Le dio de beber y esta le dijo que tratara de salvar todo lo que pudiera. Salió corriendo y vio al mayoral tirado en la sombra de un árbol. Le dio de tomar. Lo miró con lástima y recordó los latigazos que este le había dado, el maltrato que le daba a los negros, el odio que le tenían a José. Lo dejó tirado y fue a otras chozas tratando de salvar a los que pudiera. El amo Francisco estaba sentado en el suelo del depósito. Juana lo vio con desprecio y vaciló un poco. Recordó la vez que la violó, el día que se iba a casar, que también la violó y ella se dejó por miedo a sus maldades, pero le dio del bebedizo. Todos los que podían, corrían en busca de ayuda. Juana corrió a su choza a ver cómo estaban los suyos. José dormía, pero ya no tenía fiebre. Ramón estaba despierto. No podía parar a Socorro que estaba jugando afuera. Juana

le dio más bebedizo y preparó más tomas. Les dio a su hijo un poco más y a su marido. Salió de nuevo en ayuda de más gente. Petra, la comadrona, venía a pasos lentos. Muchos negros estaban muy débiles. Juana les ayudaba a tomar. Muchos murieron, cosa que le produjo la ansiedad de llorar. Un hombre que llegó en bestia, preguntó: “¿Cuántos vivos hay?”. Trajo también yerbas para preparar más tomas. Le dejó el paquete y salió en veloz carrera hacia otro poblado. Juana se acercó a la casa grande para ver a las personas que estaban enfermas. Vio a la ama Magdalena ahora tirada en el mueble grande, con los ojos mirando el techo y con un brazo colgando hacia el piso. Entró a la cocina y trató de arrastrar a Josefa para acomodarla. Pasó la noche en un solo correr por todo el ingenio. A la mañana muchos se incorporaron a traer los difuntos y amontonarlos para ser quemados, para que no se propagara más la peste. El amo Francisco, recuperado, abrazó a sus hijos, que se habían salvado los tres de la peste porque Juana les dio el bebedizo, menos la ama Magdalena la única que sería enterrada como lo quería el amo.

CAPÍTULO XIII Pasaron dos años. Los hijos de Juana estaban crecidos. José salió con el amo Francisco para un poblado cercano. Vendrían en la noche. Juana era ahora la cocinera y ama de llaves de la casa grande. Carlos e Isabel estudiaban con un maestro traído de tierras lejanas especialmente para su educación. José, junto al amo, llegaron a un ingenio donde muchos de los negros eran del imperio de Biry y conocedores de las yerbas medicinales. José, enseguida, entró en conversación con un grupo, hablando de la peste y de cómo solucionó

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Biry la peste en toda la hacienda con su bebedizo. Unos se miraron, otros hicieron comentarios y preguntaron a José cuantos se habían salvado con los bebedizos que ella preparó. “¡Uy, muchos! Hasta el amo Francisco. Pero mi negra Josefa no tuvo esa suerte. Murió al igual que la ama Magdalena. Los hijos del amo adoran a mi negra Biry y todos en la hacienda la quieren”. El amo Francisco estaba jugando dados con los dueños de aquel ingenio, tomando ron traído de tierras muy lejanas pasando el mar. Ya pasadas las horas, emprendieron el regreso a la hacienda. El amo venía durmiendo la “rasca”. De vez en cuando despertaba diciendo: “¡Qué pérdida negro, perdí mucho dinero, mañana tengo que pagar y no cubro toda la deuda!”. José escuchaba en silencio. Ya entrada la madrugada, llegaron. Juana los esperaba en el portón con guarapo caliente, pero José hizo señas de que el amo estaba muy borracho y era mejor acostarlo. “Ya mañana veremos cómo amanece. Dame un poco de guarapo, mi negra que quiero dormir un poco”. Amaneció. El amo Francisco se levantó y se puso a tomar preocupado por la deuda que había adquirido en el juego anterior. Juana se le presentó con algo de comida y él le dijo que lo que quería era saber cómo salir de la deuda. Juana regresó a la cocina a preparar la comida de la noche. En la postura del sol, llegó una carreta con la encomienda de la hacienda: unos negros y un mayoral a recoger lo pautado con el amo. El amo Francisco mandó a buscar a Juana que estaba en su choza con sus hijos y José. Salieron todos detrás de Juana. El amo Francisco le dijo: “Juana, negra, trae a tus hijos”. José corrió: “¿Qué quiere, amo? Yo hago lo que quiera para que quiera a mis niños, traerlos aquí…”. Juana gritó “¡No! ¡Mis niños no!”. Francisco se enfureció y llamó al mayoral. Al presentarse, este le dijo que ataran a José del palo y a Juana también. Estos se abalanzaron a proteger a sus hijos. Juana le gritó “¡Amo, yo siempre protegía a sus niños!

¡Los cuidé, amo! ¡Mis niños, no!”. Los hijos de José lloraban. José peleaba con el mayoral pero todo fue inútil. Los hombres que estaban en la carreta agarraron a Ramón y Socorro, los ataron y se fueron en la carreta. Juana gritaba con desespero: “¡Mis hijos no, malditos!”. José al lado de Juana atados al palo pensó: “Creo saber, negra, a dónde los llevaron. Quédate tranquila. Vamos a ir por ellos y huiremos a las montañas donde no nos encuentren”. Juana escuchó detenidamente lo que su marido le decía. Entrada la noche, el mayoral los soltó a ambos y se fueron a la choza y acomodaron algunas cosas. Esperaron que todos estuviesen dormidos para fugarse. Ya entrada la noche, salieron por la parte de atrás de la choza y emprendieron la huida. José guiaba a Juana por el camino en la oscuridad, y comentaba: “Tenemos que andar rápido. Es lejos donde vamos”. “Bueno”. Dijo Juana. Anduvieron casi toda la noche. Ya cuando el sol se asomaba en el estero, José vio la entrada del ingenio donde supuestamente estaban sus hijos. Entraron escondidos y llegaron en la parte de atrás de unas chozas. José agachado buscaba algún conocido detrás de una cabañita. Salió una negra a la cual Juana reconoció inmediatamente, “¡Laila!” Y corrió. Laila se sorprendió y se arrodilló, diciéndole “Princesa Biry, ¿qué hacen aquí?” José rápidamente le contó lo sucedido. “No. Aquí no han traído a nadie, pero allá estuvieron el carretero de aquí con dos negros más y el mayoral. Bueno, quédense aquí. Yo voy a averiguar con la negra del carretero. Quédense ocultos”. Laila salió a la choza del carretero en busca de información. “Buenas, negra. ¿Tú no tienes nada para un dolor de dientes?” “Pasa m’ija. Sí. Tengo algo”. “¿Y tú marido?”. “Me tiene preocupada. El amo lo mandó a un sitio a buscar unos esclavos en una hacienda cerca de aquí y no vino a dormir ni trajeron a ningún esclavo”. “Qué raro…”. “Bueno, aquí tienes el remedio. Mastícalo bien y se te pasará, pero no te tragues eso”. “Gracias, negra”. Laila entró en su choza y dijo a José lo que averiguó. “¿A dónde habrán ido?”

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Mientras en el ingenio buscaban a José y Juana por todos lados, el mayoral formó un grupo de negros para buscarlos. El amo Francisco, furioso, amenazó con venderlos en tierras lejanas cuando aparecieran. Buscaron perros y se adentraron en la montaña, río arriba. Otros, río abajo. La búsqueda fue intensa. El amo fue con dos negros en la carreta por el camino hacia la hacienda contigua. Cuando llegó, habló con los dueños y estos reunieron los negros y les dijeron que aquel que estuviera encubriendo la presencia de negros de otras haciendas se le darían cien latigazos, y aquel que huya y sea capturado, se le cortaría un pie. Todos se movilizaron por toda la hacienda. Laila entró en su choza y les advirtió lo sucedido. Les preparó un bojotico con comida y les dijo que salieran con mucho cuidado. José y Juana se ocultaron por montes y quebradas y tuvieron que esperar que cayera la noche para seguir el camino. Juana sollozaba en silencio, con la esperanza de encontrar a sus hijos. José la consolaba: “Tranquila, Biry, los vamos a encontrar. ¡Yemy!, que no le pase nada a mis niños. Haz que los encontremos rápido, deben de tener miedo. Cuando estaba ya oscureciendo, emprendieron el camino. No supieron por cuanto tiempo anduvieron perdidos. Llegaron al puerto sin saberlo. Juana recordó cuando llegó a aquel sitio, cuando fue subastada. En el puerto estaba saliendo un barco. Cuando llegaron, se mezclaron con los negros que estaban trabajando en el puerto. José le preguntó a unos que estaban recogiendo las esterillas donde dormían, si habían visto dos niños que traían en una carreta. “No, no hemos visto nada, pero pregúntale a aquel negro que estaba de centinela aquí en el puerto”. Juana corrió y le preguntó apresurada. Este les contestó que sí. Juana quiso correr pero el hombre le dijo que el barco estaba saliendo del puerto en ese instante rumbo al norte. Juana corrió al sitio. José la siguió

pero todo fue inútil. El barco estaba muy lejos. De repente, al voltear, estaba el amo Francisco. Fueron capturados y atados a la carreta. “Ya verán lo que les espera”, dijo el amo. En el atardecer se avistó la hacienda, muchos andaban por el camino de regreso de la faena del día. José sintió un terror por lo que sabía le esperaba. Al llegar al patio, el amo gritó al mayoral que ataran a José en el cepo igual que a su mujer. Los prepararon para darles 500 latigazos sin agua ni comida durante dos días, en medio del patio. Juana no respondía ni se quejaba, sólo deseaba morir. Carlos e Isabel miraban desde el balcón de la casa grande. José, después de trescientos latigazos, no se quejó más. Estaba desmayado. Juana recibía callada los azotes hasta desmayar. Luego los bañaron con agua con sal y cenizas, pero no respondían. Pasaron la noche en el cepo. Juana se quejaba. Al llegar la mañana, José no se movía. El amo Francisco desde el balcón tomando guarapo caliente, observaba los castigados en el cepo. Cuando se paró el mayoral junto al cepo, miró desde ahí al amo. Este le contestó con la cabeza que no. El mayoral se retiró junto a otros que se retiraban a sus quehaceres. Ya entrada la tarde el sol era insoportable. José no se movía. Juana se quejaba y pedía agua. Muchos miraban. Los niños jugaban e ignoraban lo que pasaba. En la tarde, cuando todos llegaban de sus faenas, se reunieron cerca del cepo junto con el mayoral. El amo Francisco se acercó y dijo: “¡Este es el castigo para aquel que se fugue de aquí. Yo soy el amo de todos aquí, y pagué por todos, y los hijos que nazcan aquí son de mi propiedad!”. El mayoral les zumbó un balde de agua. El amo se retiró. Juana se quejaba y llamaba a sus hijos y a José, pero José no respondía, no respiraba. El mayoral se acercó a José y comprobó que estaba muerto. Corrió hasta alcanzar al amo y le dijo que José estaba muerto. El amo volteó y miró de lejos un momento y le dijo al mayoral: “¡Qué bárbaro, hombre! Se te fue la mano! Bueno, entiérralo detrás de su choza”. “¿Y si

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la mujer está viva, don Francisco?”. “Está bien. Suéltala, que la curen, y la mandas a las siembras”. El mayoral buscó unos hombres y enterraron a José. A Juana se la llevaron a la choza de Petra, para que la curara. José fue enterrado con mucha tristeza por los compañeros de la hacienda. Juana durmió en la choza de Petra después de ser curada. Sólo hablaba de sus hijos, del sueño que tenía para ellos, de cómo José y ella estaban reuniendo para comprar la libertad de Ramón y Socorro. Parecía demente. Petra curaba a Juana con tristeza. Sabía que después de lo sucedido, esta mujer ya no sería la misma. Pasaron unos días y Juana estaba recuperada de las heridas pero de la mente no. Andaba deambulando por la hacienda. El amo se enteró y mandó a que la botaran por el camino porque no quería locos en su hacienda. Juana vagaba por los caminos buscando sus hijos. No se acordaba de José. A todo el que veía le preguntaba por sus niños, que si los habían visto; muchos negros sentían lástima de ella y le daban de comer. Así pasaron los años y a Juana le dieron por nombre, “Juana la loca del camino real”. No recordaba al Imperio Bombo, ni siquiera al dios Yemy. No recordaba el nombre de sus hijos, y una noche de lluvia con vientos huracanados que azotó el camino, dejó allí a un alma tendida. En la mañana todos vieron que era la anciana Juana, la loca del camino real, Biry la princesa del Imperio Bombo.

Los 500 ejemplares del libro La princesa Biry del Imperio Bombo de Hugo Díaz se imprimieron durante el mes de septiembre de 2012 en Santa Teresa del Tuy, en los talleres del Sistema Nacional de Imprentas Sede Miranda de la Fundación Editorial El perro y la rana y la Fundación Red Nacional de Escritoras y Escritores Socialistas de Venezuela.

“Juana de repente paró de reír y tomó del jarro que José se había servido y mirándolo le dijo: “este será el palacio de la princesa Biry, no de Juana”. Se le acercó y lo miró con los ojos muy abiertos y empezó a danzar con la música que sonaba en su cerebro, José la miraba y se sentó en aquel catre fabricado por él con orgullo para Juana o Biry. La luz del mechero casi alumbraba aquel espacio con olor a fogón y hierba seca. Luego Juana se abalanzó sobre José e hicieron el amor hasta amanecer.” Hugo Díaz (Caracas, 1951) Comerciante, investigador de la historia. Residenciado en Yare desde hace muchos años, ganó allí el primer lugar en el renglón Novela del II Concurso Literario de Yare 2010, con La princesa Biry del imperio Bombo. Tiene inédita una obra histórica sobre el pueblo de San Francisco de Yare.

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