Colección “Manuel Díaz Rodríguez” Narrativa “Confidencias de Psiquis” Cuento Nº 5

AMOR DEL OCASO

MIRANDA

SISTEMA NACIONAL DE IMPRENTAS

Teodoro Díaz

Teodoro Díaz

Amor del ocaso

Fundación Editorial El Perro y La Rana Red Nacional de Escritoras y Escritores Socialistas de Venezuela Imprenta de Miranda, 2012 Colección Manuel Díaz Rodríguez - Narrativa Serie Confidencias de Psiquis - Cuento

Amor del ocaso © Teodoro Díaz Colección de Narrativa “Manuel Díaz Rodríguez” Serie de Cuento “Confidencias de Psiquis” © Para esta edición: Fundación Editorial El perro y la rana Sistema Nacional de Imprentas Red Nacional de Escritoras y Escritores Socialistas de Venezuela Depósito Legal: (en proceso) ISBN: 978-980-14-2307-2 Correción y Diagramación: Isaac Morales Fernández Impresión: Julio Valderrey sistemadeimprentasmiranda@gmail.com http://imprentademiranda.blogspot.com

El Sistema Nacional de Imprentas es un proyecto impulsado por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura a través de la Fundación Editorial El perro y la rana, con el apoyo y la participación de la Red Nacional de Escritores de Venezuela. Tiene como objeto fundamental brindar una herramienta esencial en la construcción de las ideas: el libro. Este sistema se ramifica por todos los estados del país, donde funciona una pequeña imprenta que le da paso a la publicación de autores, principalmente inéditos.

1 El sol sentado en medio del cielo reina en el universo, y sus rayos incandescentes y calcinantes caen incesantes sobre los árboles frondosos que impiden que su esplendor penetre por entre sus follajes hasta la paz de las aguas cristalinas que viajaba sobre el cauce del río Arauca, entre la orilla y el cañaveral, junto al florido bucare, donde cuelgan sus nidos el turpial y el azulejo, erguida una ceiba de respetada altura, bajo su sombra descansaba un pedregal que parecía palacitos de los pueblos ancestrales, y una roca sobre saliente e imponente como que en lenguaje mudo dijera “yo soy la reina”, vegetación espesa de caña brava y junco donde hacen vida común la boa y el caimán, dictadores y tiranos depredadores que disponen de la vida a su antojo, de aquellos que por desdicha o designio de la naturaleza se atraviesan en su camino. Más allá, en la ribera en un claro producto de la destructora mano del ser humano, una casucha de bahareque y paredes de bambú y algunos enseres rudimentarios extraídos de la misma selva, trasportados por las mansas aguas o producto de las laboriosas manos de los únicos sobre vivientes. En el extremo izquierdo, hacia el fondo, una especie de meza enmantelada, con hojas de cambur o abanicos de palmas sin más techo que el azul del cielo. Allí, unos ojitos negros como noche sin Luna, llenos de lágrimas, se desbordaban cual manantial de cristal en veloz

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caída por las enrojecidas mejillas de una débil y atlética niña de unos 12 años. Clamaban justicia. Había sido azotada fuertemente por la implacable ignorancia de sus tíoabuelos, que la única falta cometida era haber venido al mundo en indeseables circunstancias. El castigo, el maltrato y el trabajo constantes, eran el premio entregado, como si quisieran cobrar a su piel y a su vida la muerte de aquella madre que al traerla al puerto de la vida, había partido para siempre dejando en aquellos ancianos seres un dolor expresado en rabia en contra del inescrupuloso padre y a la inocente criatura, y por designio del destino, la niña era el único blanco donde se descargaba aquella amargura y aquel odio que había en sus corazones. Desesperada, aquella tarde había optado por lanzarse al río, dispuesta a servir de alimento al caimán o la boa, pero en ese momento, las ondas causadas por su cuerpo proporcionaron el movimiento de un tronco que descansaba en el remanso del caudaloso río, y giraba como si la estaba invitando a subir. El olor a tierra húmeda y a agua turbia, envuelta en la brisa, le dieron el impulso para abordarlo, y juntos emprendieron el viaje. El caimán y la boa, como si comprendieran su situación, la dejaron ir. Varios kilómetros agua abajo, se detuvo en el paso. Tomó por el costado, siguiendo el alambrado rumbo a la sabana. Ya entre los árboles, pudo notar que la patrulla fronteriza recorría las márgenes del río, e imaginó que don Hipólito Vélez y Paula la habían denunciado. Ahora, sintiéndose perseguida, no podía más que seguir por la sabana. La espesa selva se alzó cual girante en medio de la noche y le infundió temor al punto de que sólo se acurrucó cerca de un tronco. Sólo el silbido de los vientos y el canto de algunos insectos, eran sus compañeros. El hambre y el cansancio hicieron sus estragos. Sus húmedos ojos se cerraron sin darse cuenta y tal vez algún espíritu cuidó su sueño para que despertara al despuntar el alba con el canto de las aves y el bramar del ganado. Nuevamente, al abrir los ojos, se enfrentó a su terrible realidad. Fue cuando

pudo ver a un grupo de vaqueros, y uno de ellos se acercó, y al comprobar que era una niña casi mujer, quiso abusar de ella. Pero en ese momento, el joven Rodolfo del Castillo se acercó y evitó aquella atrocidad. Al verse protegida, se acercó al joven. Este desmontó y la interrogó: “¿Cómo te llamas?”, le preguntó. Ella respondió “Alicia”. “¿Y qué haces aquí?”. “Huyendo”, le respondió. Quiso subirla a su caballo, pero ella tuvo miedo, por lo cual, amablemente, la acompañó tomando el caballo por las riendas... El sol iniciaba su viaje y la brisa suave jugaba entre el follaje y acariciaba su rostro. Su cabellera desordenada golpeaba suavemente sus pálidas mejillas y, cual manojo de espigas, parecían celebrar aquel encuentro. Serena y más tranquila, le llama la atención un árbol de rojizas cerezas. El joven se acerca, toma un racimo y se lo ofrece, a lo cual ella lo lleva de inmediato a su boca, pues su estómago lo necesita. Media hora más tarde llegaron a la hacienda, mientras el resto de los vaqueros se quedaron pastoreando el ganado. El joven Rodolfo del Castillo contó lo ocurrido a doña María, y ella se hizo cargo de la muchacha, supliendo sus necesidades así como su educación, y tres meses más tarde contactó a su hermana en Caracas, doña Inés de Suárez. Dos años después, ya en la cuidad, Alicia se preparaba no sólo en sus estudios, sino también en una academia de belleza. Nadie que la viera ahora, podría imaginar que se tratara de la misma persona. Todos aquellos amargos y dolorosos momentos habían quedado atrás. Tenía amigas. Su relación en el colegio con profesores la habían ayudado en su formación como persona. Con 19 años, tenía su primer novio, pero no quería casarse. Estaba enamorada de Rodolfo del Castillo, aunque siempre consideró un sueño imposible de realizar. Mantuvo la esperanza, aceptó a aquel muchacho estudiante de origen lusitano, sin planes de casarse. Consideró que Antonio Viera era muy responsable y decidieron formalizar aquella relación,

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en la que doña Inés estuvo de acuerdo. Los dos se mudaron a un apartamento en Catia, al tiempo que se desarrollaba su embarazo. Cada fin de semana ella visitaba a doña Inés, a sus amigas Petra y Margarita, y compartía con ellas. Aquella tarde, un joven militar de nombre Arturo Alvarado visitaba a su madrina, y allí conoció a Alicia. Él se enamoró de ella a primera vista, a pesar de saber que era ajena. Todos los fines de semana frecuentaba la casa porque sabía que ella estaba allí. Corría el tiempo, y Alicia dio a luz. Una de esas tantas tardes, estaba sentado en el sofá, cuando la niña despertó. Lloraba desconsoladamente en una humilde cuna. En ese momento, Alicia, hermosa como siempre, sale rápidamente a socorrerla, se inclina para tomar la bebita y su hermosa cabellera se desprende desde su dorso, y choca con sus pechos con especial encanto, como expresivas pirámides en miniaturas, combinadas con su cuerpo de muñeca que enloquece. Ella toma la niña en sus brazos con la más sublime delicadeza, acto seguido, pone el pezón en sus labios, y la niña aprieta como si fuera una delicada y dulce uva, para extraer el exquisito néctar de la vida, mientras su pecho sube y baja con el hermoso ritmo de su respiración. Aquella hermosa trigueña de ojos negros, de labios rojos al natural, como los pétalos de una flor que tan sólo al mirarlos causa inquietud casi inexplicable que turba el pensamiento y hace vibrar de pasión a cualquier hombre, permitiendo entrar en la fantasía que eleva la imaginación al encuentro de un sueño imposible. Él, convertido tal vez en un metal vulnerable ante el imán, absorbiendo su voluntad, dejándolo sumiso y dependiente del encanto de su voz y su perfume, embebidos los ojos cada vez que tenía la dicha de verla. Después de satisfacer su necesidad, la niña queda dormida soltando el pezón de manera sorpresiva derramando el blanco jugo que queda en su boca.

La simétrica sonrisa de Alicia muestra los blancos dientes como en nevados picos acompañados de tiernos y mimos, luego se levanta de la silla y camina hacia la cuna devolviendo con delicadeza el tierno cuerpecito de la inofensiva criatura, linda como la madre. Un profundo suspiro brota del pecho de Arturo Alvarado y se sube a los vientos, sintiendo un ardor de deseo por besar aquella boca de manzana abierta y que es como la puerta a un mundo hermoso que existe en el corazón de Alicia y al que él quisiera poder entrar. Por un momento se cruzan aquellas miradas como flechas hacia el cielo, queda prisionera el alma de aquel joven en el brillo de aquellos ojos negros. Una brisa fuerte y refrescante soplaba en la tarde, moviendo como en un temblor al noble naranjo que ofrecía sus flores blancas, al jardín compitiendo con las rosas y el jazmín impregnando de aroma el ambiente. Cuatro sillas con cintas verdes rodeaban una pequeña mesa donde doña Inés acostumbraba a tomar el sol de la atardecer. Un largo pasillo que conducía al salón y desde donde se acezaba a las habitaciones y el comedor, una pequeña sala de recibo muy bien decorada con muebles al estilo colonial, mientras que en la pared se exhibía una fotografía de los esposos Suárez. Eran las cinco de la tarde de aquel domingo donde solía reunirse la familia. Allí estaban Alicia, Petra, Margarita y doña Inés quien las animaba para compartir una exquisita torta con motivo del cumpleaños de Alicia. El tiempo vuela y las alas de la noche se abren en la distancia y el joven militar decide marcharse así como el resto de las personas, siendo Alicia la última en despedirse de doña Inés. Al aparecer las primeras luces de la ciudad, ella cruza la calle con rapidez para tomar el bus. De regreso a su casa, entre el bullicio de la gente que a esa hora se disponen por lo general a regresar a sus hogares. La niña dormida sobre su pecho deja escapar un delicado suspiro y los ojos de Alicia recorren los espacios. Altos edificios y centros comerciales iban quedando atrás. Su mente parecía reproducir todo lo acontecido en

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aquel día, mientras el bus atravesaba la gran ciudad, para ella era como un sueño tener este tipo de vida que contrastaba con su pasado y del cual no podía desprenderse. Al fin, llegó al cómodo y humilde apartamento que compartía con Antonio, al entrar, este la estaba esperando y se colocó de pies, mientras con una sonrisa recibe a su hija, al tiempo que besa a su mujer en los labios con ardiente pasión. Un rato más tarde, al compartir la conversación, en el pequeño sofá, él cierra sus labios con un beso y como si fueran un tren sin frenos, aquellos dos corazones encendidos con la llama del amor apasionado se toman entre sí, formando un solo cuerpo. Los labios rojos de Alicia parecían dos pétalos desprendidos y regados en el rostro de Antonio, ya envueltos en la penumbra de la noche espesa, sus cuerpos se funden al ritmo del amor. Instantes después, agotados por la fuerza de la pasión, se quedan dormidos. El silencio y la paz de aquellos cuerpos semidesnudos parecían reflejar la condición del verdadero amor. Con el pecho descubierto, gozaban de libertad sus dos senos que sólo eran movidos por la respiración, y en su subir y bajar semejaban a las olas del mar. La brisa golpeaba la ventana. En la distancia, la luna, cual reina vestida con luz de plata, se paseaba por el cielo con su cortejo de estrellas, siguiendo el camino del sueño y del frío. Ya avanzada la noche, Antonio abre los ojos y contempla aquel pecho suave y delicado, y lo embarga un incontenible deseo de tocar con sus labios aquella piel de rosa y de seda, pero no pudo evitar despertarla, y ella, obedeciendo al impulso del pudor, se cubre al tiempo que una blanca sonrisa parece iluminar el rostro de Antonio, y más allá, una tierna y linda vecinita reclama su alimento. Al fin, la noche recoge y empaca su traje huyendo cual gacela perseguida de la luz, mientras que allá en el horizonte, el sol como una rosa encendida, entibia y saluda la mañana.

Pasaban los días y la rutina peculiar eran las propias en aquel modesto hogar. Una de aquellas tantas mañanas de lunes que impulsa la máquina del progreso para el avance y las mejoras que exige la vida, Antonio se dirige a su trabajo ubicado en una carpintería en La Urbina. Disfrutando la tranquilidad de aquella mañana y del hermoso paisaje que ofrece el Ávila, combinado con el panorama de cúmulos de nubes que viajan serenamente sobre las alas del viento, transcurrieron las horas y Antonio no llegó a su trabajo. Alicia no se enteró hasta llegar la noche, cuando al ver su ausencia, llamó a la empresa. Temerosa de que algo pudiera pasarle, llamó a doña Inés. Aquella noche fue larga y de espera. Jamás había pasado eso. Ya la mañana del martes, se trasladó a la casa doña Inés y las dos empezaron la búsqueda, pero no había información. Recurrieron a los hospitales y cuerpos policiales pero todo fue infructuosamente. Aquellos primeros días fueron preocupantes para ella, pues toda mujer que se casa o se une a alguien, de alguna manera confía en que va a tener una estabilidad para echar adelante con la vida, criar los hijos y sobre todo, la estabilidad espiritual que necesita todo ser. Convencida de que nadie se casa con el primer amor, decidió entregase a aquella relación, pero ahora tenía ante sus ojos otra realidad en la cual tendría que echar mano de su valor, para emprender otra aventura en la vida. Sabía que debía entregar el apartamento, buscar trabajo. Aquellos primeros días le resultaron difíciles, aunque tenía el apoyo de doña Inés fueron muchas las mañanas en que salió a recorrer las calles de la Gran Caracas en busca de empleo, sin éxito, pues había una recepción económica muy fuerte que se había profundizado en el gobierno del Dr. Herrera Campins... Una tarde, Arturo Alvarado le extendió una nota emitida por el Departamento de Identificación, donde le informaba que Antonio había salido del país. Pasaron los días y ya había metido su currículo en casi todas las oficinas, pero nada. Cuando regresó a la casa, triste y abatida por el cansancio de

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andar por las calles, fue a la cuna donde dormía plácidamente la bebita... y en esto se acercó doña Inés un tanto preocupada. Alarmada, tomó asiento junto a ella y esta le comunicó que su hermana, doña María, está enferma allá en el Arauca, en la hacienda Mis Encantos, y de inmediato vuela el pensamiento como clavando una flecha, despertando los recuerdos. Doña María había sido su protectora, y ahora necesitaba de ella, por lo tanto, debía ir. Era su deber. Se levanta de la silla y camina hacia la ventana. Su mirada se pierde en la distancia de la gran capital. La brisa del atardecer emite un ruido como si mil voces juntas quisieran describir en detalle aquel hermoso crepúsculo color de grana, como encendido del sol agónico. Alicia quería como grabar todo aquello para llevarlo de recuerdo, porque ella sentía que regresar al Arauca le sería muy difícil. Pero era claro que se llevaría dos recuerdos que habían cambiado su vida, y volteó el rostro hacia la cuna. Dos cosas muy ciertas: su hija y lo aprendido. Aquella niña era como su prolongación. Decidió regresar al salón y le manifestó a doña Inés su decisión. Después de todo, era doña María quien la había encaminado a la vida y la luz. Con los ojos llenos de lágrimas, empezó a prepararlo todo para el viaje. Aquella noche se hizo más larga. La luna y las estrellas se negaron a brillar y la brisa detuvo su vuelo. Mil pensamientos fueron su compañía y bien de mañana, doña Inés y Alicia salieron rumbo al terminal. Bus. Salía a las 7.a.m. Después de muchas recomendaciones, la abrazó y beso, pasó, cerraron la puerta y arrancó el bus. Con su preciosa carga, sentada con su niña en brazos, cerró los ojos. Su mente empezó a reproducir todo lo acontecido. Allá en la casa de doña Inés, todo era tristeza y vacío. Hacía falta el llanto de la bebita Arcoiris. A las 8 de la mañana, en el terminal, doña María y Juan P. esperaban impacientes. Ella, aún sintiéndose mal, decidió ir, pues Juan P. no conocía a Alicia, quien al

verla corrió y la abrazó... Evidentemente, Alicia no era ni la sombra de aquella Alicia que se había marchado hacia unos 10 años atrás... Finalmente, suben al rústico que la llevaría a la hacienda, casi media hora de carretera de camino de tierra, con alambrados de los dos lados y un hilo de palmeras y árboles extendían sus ramas cual gigantes brazos en bienvenida. Más allá, reses rucias, blancas y manchadas, regadas por el potrero. Una lluvia de garzas blancas como en gigantes gotas invadía la laguna, mostraba la vida silvestre de lo que era el llano, y despertó en ella el sentimiento llanero. Eran las diez de la mañana cuando se detuvo el rústico. Aunque no todo había desaparecido, algunas cosas parecían no cambiar, como por ejemplo el viejo samán vestido de tiñas, cual cabellera verde, había engruesado más, por supuesto; donde muchas veces contó su historia a doña María y donde compartiera algunas tardes con Rodolfo del Castillo. Después de la cena, quedan conversando. Ella le cuenta como don Camilo cayó del caballo y quedo paralítico y que doña Dolores se lo llevó a España, dejando la hacienda en manos de don Pedro Torres. Alicia pregunta por Rodolfo del Castillo, y doña María sólo responde: “está en España”. No preguntó más y dio un paso por la cocina, luego fue a su cuarto a ordenar sus cosas. Días después, ya se hizo cargo de las tareas de la casona, porque doña María iría a Cúcuta para ponerse en tratamiento. En aquella hacienda no había un varón que no suspirase por Alicia, entre ellos don Pedro Torres. Los años se sumaron sobre el cuello del tiempo, y Arcoiris debía ir a Caracas para estudiar la secundaria, y por eso habló por teléfono con Petra, mientras que ella siguió trabajando en la hacienda.

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2 Al pie del Ávila funcionaba el Colegio San Judas Tadeo, institución privada con una estructura muy hermosa rodeada de árboles, haciendo esquina con la parte final de la Av. Rómulo Gallegos diagonal a La Urbina. Eran las 10 de la mañana cuando el señor Nico, de seguridad, se acerca a una de las aulas y llama la atención del profesor de historia. Este acude al llamado. Él le informa que es solicitado en la recepción. Efectivamente, dos señores muy elegantes, portafolios en manos, se presentan como comisionados del tribunal. Luego de comprobar que era la persona solicitada, le entregan un oficio para que se presente. Una vez en el tribunal, le informan que es el dueño de la hacienda Mis Encantos, por voluntad de don Camilo y doña Dolores de Sanz, quienes habían expresado por medio de testamento que la propiedad que tenían en territorio venezolano, frontera con Colombia, según escritura que posaban en manos del juez Mario Cortés, pasaba a ser suya, y descrito de la siguiente forma: “850 reses de crías y 400 yardas de tierra, así como la casona y todo lo relacionado con la hacienda Mis Encantos”. Esto dejó atónito a Rodolfo del Castillo, quien no esperaba eso, pues don Camilo había sido amigo de su padre. El general Rodolfo del Castillo, quien había fallecido en un accidente aéreo en misión del ejército. También, el juez le informó que la hacienda estaba valorada en unos cuatro mil millones de bolívares. Aquella noche, don Rodolfo no durmió recordando todo lo relacionado con aquel pasado, la hacienda y aquella muchacha que conoció en plena sabana y con la cual soñaba siempre, y ahora con este anuncio se hizo presente en su recuerdo como algo principal, sin embargo el deslinde de esa relación y la hacienda, sumada a la idea de su padre, que quería que fuera abogado, y la muerte de este, había cambiado completamente, a tal punto que optó por

estudiar Educación, en la especialidad de Historia. Cuando se despidió de ella, le hizo la promesa de volver. Ahora era el tiempo de volver. Pero estaba la pregunta “¿qué pasaría con ella?”. No tenía más recuerdo que lo que estaba en su mente, y ya eran treinta años. Sería difícil encontrarla. Además, no recordaba mucho el lugar, tomando en cuenta el avance y progreso, pero aún así tendría que ir. Dio unos pasos por su habitación y fue a la ventana que le brindaba un panorámica vista a El Ávila, que parecía una anciana sentado tejiendo su cabellera blanca. Una brisa fresca bañó su rostro al tiempo que hundía sus manos en los bolsillos de su chaqueta. Por mucho tiempo estuvo allí conversando consigo mismo, e imagen tras imagen desfilaban por su mente. No sabía si alegrarse, pues aquello había roto con su tranquilidad a pesar de estar fascinado por regresar. De pronto… “¡Sebastián! Sí. Sebastián. Él podrá ubicarme en la hacienda”. Sebastián era amigo de infancia, hijo de don Ramón Campos. Vio su reloj. Eran las cinco de la mañana y de inmediato se preparó para salir a San Rafael de Atamaica. Tomó algunas cosas, las llevó a su rústico y emprendió el viaje, vía San Juan de los Morros. Mil pensamientos cruzaban su mente, pero de algo estaba seguro: allí iba. Eran la una de la tarde cuando un Toyota modelo ‘81, bien conservado, se detenía bajo un frondoso Cotoperí y un hombre de 48 años, de 170 centímetros de estatura, bien atlético y de fornida musculatura, desciende del vehículo, y al poner el pie en la arena polvorienta, va dejando las estrías marcadas. Se acerca a la puerta hecha con alfajor. Una especie de campana rudimentaria hacía las veces de timbre. La toca y allá en el fondo de la casa se asoma un figura que le hace una señal de avance. Al lado, un pequeño corral donde permanecía un caballo negro de raza. En el corredor, algunas viejas sillas de montar; al otro lado, algunas reses. Al fin se acerca y es cuando Rodolfo se dirige al anciano, a quien también se le notaba que a pesar de su edad se conservaba muy bien. Los dos viejos amigos,

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al reconocerse, se funden en un abrazo. Rodolfo del Castillo, perfumado a cuidad, y Sebastián, aromatizado por el campo y la sabana, y aquel peculiar olor a bosta que venía sobre el viento desde el corral. Luego lo invita a pasar y empiezan las evocaciones... Rodolfo refiere todo lo concerniente a la decisión de don Camilo y su esposa. Y la petición de que Sebastián lo acompañara hasta la hacienda… — Hace poco estuve allá para recoger un ganado —dice Sebastián. — Ha cambiado mucho la hacienda —dice Rodolfo. — No, pero su personal no es el mismo —dice Sebastián. — Bueno han pasado los años —dice Rodolfo. — Sí. Te contaré —dice Sebastián, al tiempo que absorbe una taza de café—. La hacienda está en manos de un señor llamado Pedro Torres, que doña Dolores dejó encargado y quien la maneja como dueño, pues han pasado treinta años... — De eso quiero hablarte —dice Rodolfo—. Creo que lo más conveniente es que llegue en busca de trabajo. Para observar. Además, de esa zona fronteriza no se sabe. — Bueno — dice Sebastián—, entonces no podemos ir en el vehículo... hay que llegar en caballo. — Sí. Ya lo había pensado —dice Rodolfo. La luna, noctámbula cual dama trasnochada, se desplazaba silenciosa hacia el espacio profundo y con el grito del alba… Rodolfo y Sebastián, sobre sus rudos corceles, iban dejando una leve polvareda tras sí. Un caminito blanco iba partiendo la sabana, montones de hierba seca parecían esperar su

nefasto destino. El sol brillaba en su mayor intensidad y un sofocante calor había obligado a los dos amigos a buscar el refugio de la sombras de los escasos árboles de aquella parte del llano, que por ser los meses abril y mayo, la resequedad por la falta de agua ocasionaba la muerte de la vegetación y de algunos animales. Esqueléticos chaparrales y cardones huecos que las aves de martillo lo usaron alguna vez como habitación y alcoba para la procreación, estaban ahora abandonados y en completo deterioro. Después de descansar y reponer las fuerzas con algo de alimento, reanudaron la macha. Una bandada de garzas blancas cruzaba el cielo desde el horizonte y por la pronunciada altura indicaba lo lejano de alguna laguna bajo el pisar de sus caballos. Iban quedando atrás las millas que los distaban de la hacienda Mis Encantos. Fue entonces cuando Rodolfo, al fin, preguntó a Sebastián: — Yo conocí en esa hacienda a una muchacha llamada Alicia. ¿Sabes qué paso con ella? — Bueno, después que usted se marchó, ella también, y allá se convirtió en una mujer muy linda. Hasta tuvo una hija — dice Sebastián. Rodolfo no contesta. De pronto, Sebastián alza su brazo: — Mira, Rodolfo. Allá está la hacienda. La tarde se reclina mientras ellos avanzan, y un gran círculo de verdes copas sobresalientes indicaban que la llegada estaba próxima. Un remolino de viento mece la tarde, abalanzándose sobre las ramas y las palmeras, que como bailarinas en decorosa formación daban la impresión de querer desprenderse de los tallos largos y lisos de las chaguaramas que fungían de guardianes en la entrada. Una reja color gris, desteñida por el tiempo, indicaba el descuido y desde allí partían tres tiras de alambre de púas plegadas

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a los viejos estantes, que como fieles amigos permanecían firmes. Dos medianos árboles de trinitarias, cubiertos de flores violetas cual mariposas amorochadas, formaban el arco en la puerta donde finalmente era la entrada de la casona. En el cercano potrero, algunas reses regadas, mientras dos ganaderos las arriaban hacia la vaquera donde pernoctarían para, a la mañana siguiente, ser ordeñadas. Dormido el sol en brazos de la tarde, una columna de guacamayas, con gritos de retirada, cruzaban el espacio estratosférico. Allá en la distancia, el cielo se unía a la inmensidad del llano, y el lejano crepúsculo deteniendo las miradas como invisibles hadas que suben sobre los vientos para admirar su belleza, como si mil pintores juntos usando cristal derretido plasmaran aquel panorama de cielo, nubes y sol. Ya estaban muy cerca de la hacienda cuando don Rodolfo espueleó su caballo hacia un extremo. Sebastián, que no entendió lo sucedido, preguntó: — ¿Qué ocurre Rodolfo? Este, sin responder, da una vuelta al árbol de cerezas y se incorpora a la marcha con su amigo. Al tiempo que le responde: — Ese árbol me trae muchos recuerdos de Alicia. Aquí nos dijimos adiós. Yo prometí volver, le regalé un lucero para que cuando lo viera me recordara, y que allí estarían mis ojos, pero el destino cruel me quitó a mi padre en aquel accidente y mi rumbo cambió. Momentos después, ya frente al portón de la hacienda, sudorosos y cansados, Rodolfo y Sebastián ven venir a un hombre pequeño y obeso, a todo lo que dan sus piernas — ¿Qué tal, Sebastián —dice el hombre. — Hola, Juan P. —Sebastián fue directo al grano—. Buscamos empleo, Juan P. —este no contesta, levanta las

manos en señal de espera y se aleja de igual forma pero fijando sus ojos en Rodolfo. — Permiso patrón —dice Juan P. —. Hay dos personas que buscan trabajo. Uno es Sebastián. Dicen que vienen de lejos. Don Pedro se pone de pie y se sirve un trago. Después de emitir un sonido como el que producen los caballos en su relincho, responde: — Bueno, mañana necesitamos recoger el ganado... Contrátalos. Rápidamente Juan P., con aire de importancia, camina hacia ellos, no porque está interesado en ayudar, si no porque se siente jefe. — Bien. Pasen. Son 15 bolívares a la semana. Pueden quedarse en aquel galpón. Hay que recoger un ganado temprano y empezamos a las cinco. Pero Sebastián, que es un poco de confianza, dice: —Juan P., ¿habrá algo para la tripa? Sin decir palabra se aleja, pero asintiendo con la cabeza, y rato más tarde los llamó al comedor. Rodolfo le extiende las manos en señal de estar agradecido: “Gracias, amigo”. Juan P., que no era ningún tonto, se dio cuenta que aquellas manos no eran de cabestrero. No dijo nada y se fue a dar parte al patrón, pero don Pedro estaba inclinado sobre el sillón con la botella en la mano y prefirió no molestarlo. Ya la noche, como siempre, asomaba su rostro de fantasmal misterio y de estrellas titilantes. Los pajarillos se anidaban en la copas de los árboles, mientras que en su chinchorro, Rodolfo exhalaba un puro para espantar la plaga, y Sebastián, tendido cual largo era, dejaba escapar un quejido de cansancio. Rodolfo, meditando, pues los recuerdos parecían despertarle de un profundo sueño, y él mismo parecía verse correr por aquellos

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campos de cuando niño. Terminando con la imagen de aquella joven que conoció y que cautivó su corazón, que de haberla encontrado a tiempo no hubiese sufrido dos fracasos como los que tuvo. Pasaron los días y una tarde estaban almorzando los peones, cuando sorpresivamente Alicia hace su entrada en el comedor. Rodolfo se pone de pie como por inercia, pero Sebastián lo haló por la mano para que tomara asiento de nuevo. Al tiempo, le dice: “No conviene que se dé cuenta todavía”. 3 Don Pedro estaba en la oficina en conversación con Alicia. —Alicia, usted sabe cuánto yo diera porque se casara conmigo —dice don Pedro. Y continúa—. Nunca me había enamorado. Usted es mi motivo y mis ganas de vivir. Pero Alicia, una vez más, le dice: — Yo estoy aquí por dos razones: mi hija que está estudiando, y la otra porque tía María me lo pidió. Aunque ya ella murió, yo sigo cumpliendo mi palabra. Ella siempre me dijo que algún día los dueños de esta hacienda regresarían, y yo estaré aquí hasta ese día. En ese momento, tocan al puerta — ¡Adelante! —dice don Pedro—. ¿Qué pasa Juan P.? — Patrón, una vaca de las que van para la jaula está muerta… — ¿Cómo? ¿Y por qué? —dice don Pedro—. Vamos —y abandona la oficina. Una vez frente a la manga de embarque, comprueba la muerte del animal. Le ordena que llame al doctor para saber

por qué murió. Media hora más tarde el médico diagnosticó que fue por mordedura de serpiente. Don Pedro no cree eso, pues en el lugar donde están no puede haber una serpiente. Era muy extraño. En ese momento, Juan P. le dice: — Bueno, patrón, podemos pelar ese animal y venderlo. Esto molestó a don Pedro: — ¿Cómo me vas a decir eso? —le repuso— ¡Jamás vendería yo una cosa así, un animal envenenado! Jamás pensé eso de ti, Juan P. Este, avergonzado, se aleja mientras don Pedro comenta con Alicia: — Yo no haría eso. ¿Sabe usted por qué hay tanta gente enferma por el mundo? Por el inescrupuloso que vende animales enfermos, y eso se trasmite al ser humano. Aún más, sólo con llevarlo a la jaula, ya se enferma por la rabia que les produce estar ahí. — Ojalá mucha gente pensara como usted. Nuestro mundo sería más sano. La noche se traga la sabana y los cantos de la aves nocturnas parecían indicar el silencio que encierra los bosques, el ulular del búho parecía como si llamara a los espantos, creencia autóctona del llanero. Don Pedro Torres acostumbraba a recorrer la sabana por las tardes, y en sus meditaciones se decía “he logrado muchas cosas en esta vida pero… sólo me falta Alicia para sentirme realizado”. Detiene su caballo y saca de su alforja una botella y se la lleva a los labios... Y en ese momento Juan P. se le acerca al galope... — ¡Don Pedro! ¡Patrón! Otra res cayó muerta. — Bueno… hay que enterrarlos... Y emprenden el regreso. Cuando llegan, otra estaba muerta.

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— Bien, vamos. Hay que enterrar esos animales —Entonces dijo a Juan p. —. Encárgate de montar guardia. Hay que ver si en realidad es una serpiente o si es alguien que está jugando a la ruina... — Sí, patrón. Juan P., nervioso, se decía para si — Ahora el patrón va a pensar que yo soy el causante. Por mi estupidez de sugerirle vender esa carne. Esa noche fueron tres reses, y Juan P., junto a otros peones, no pudieron ver nada. Todos se fueron al descanso. Al amanecer se llenaron de horror al ver cinco reses muertas, por los tanto era necesario echarlas a la sabana. No había tiempo para enterrarlas, y seguían muriendo como si se tratara de una epidemia... Ese día fue de mucho afán, por todo lo que estaba aconteciendo… Allá donde se duerme el horizonte, las aves de rapiña parecen de fiesta, mientras abajo aún los peones continuaban abriendo el cortafuego. El aire estaba contaminado, y don Pedro ordenó que cada quien se protegiera... Aquella noche fue activa hasta para los animales carroñeros, en especial al zamuro, que es inmune a los venenos de serpiente. Un nuevo sol saluda el amanecer. Era necesario actuar temprano en el llano. Por ser llano. el sol se alza temprano y los hombres se van a la sabana, algunos con antifaz, y encienden la sabana. Todas las mujeres, un tanto curiosas, se asoman a las ventanas para ver el espectáculo. El campo se llena de humo y calor. Don Ramón Quiroz, que permanecía de guardia, estaba vencido por el sueño. Los despertó un grito de doña Carmen Torres: “¿Qué pasa?” Y ella temblando le dice que vio una enorme serpiente salir del tronco y morder a una res que se había recostado del árbol. Eso hizo que don Pedro respirara profundo, pues él tenía sus reservas. Creía que era alguien que estaba haciendo aquello. Sin embargo, ordena

— Hay que sacar ese animal de allí. “Manuel”, que no es otro que Rodolfo, se pone al frente, mientras Juan P. se ríe irónicamente, pues Sebastián y ese “Manuel” lo habían desplazado. Don Pedro sólo los ocupaba a ellos para las cosas importantes, pero Juan P. tenía su plan para hacerlos quedar mal. Todos estaban distraídos en matar la serpiente, y de pronto se aparece Sebastián al galope y les comunica que el fuego se pasó. Las llaman van hacia el galpón donde don Pedro tiene la oficina. Este le dice a Manuel: “encárguese, que ya vengo”. Y sale en veloz carrera, pero ya era tarde. El galpón ardía. Don Pedro, ebrio como estaba, no se detuvo. Saltó del caballo, y corriendo, giró una palanca y se abrió la pared donde tenía la caja fuerte. Tomó una bolsa para echar el dinero, pero en ese mismo instante, cayó al piso. Mientras, afuera doña Carmen con Alicia estaban preocupadas. Ya Manuel y Ramón Quiroz habían colocado unos regadores para apagar el fuego. Doña Carmen se dispuso a revelar el secreto que sólo ella y don Pedro conocían: un túnel bien simulado desde la hacienda hasta el galpón, cuya entrada estaba detrás de un escaparate antiguo. Rápidamente, y viendo que su hermano no regresaba, informó a Alicia, y las dos discretamente se fueron por el pasillo. Su sorpresa fue mayor cuando vieron a don Pedro tendido sobre la alfombra. Ya por el otro extremo entraban Rodolfo y Sebastián, más atrás el viejo don Ramón. Ella, al verlo, le pidió a Alicia que tomara asiento en la silla frente al escritorio. Alicia no comprendía. Le obedece, y luego ella se acerca, y junto a Rodolfo, tocan el cuerpo, pero ya estaba sin vida. Alicia intenta pararse, pero doña Carmen la grita que no porque allí hay un mecanismo y se puede disparar la ametralladora. Esto causó más nervios a todos. Doña Carmen, mujer de carácter, a pesar de ver a su hermano muerto, toma el control y ordena a los hombres que muevan el cuerpo con cuidado, y luego le dice a Alicia que puede ponerse de pie. A todo esto, allá en el corral, Juan P. no se movía, pero estaba

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preocupado y su preocupación aumenta cuando aparece don Ramón y le informa que don Pedro está muerto. Él sabe que de no haber movido los escombros, no habría pasado la candela, y esto no hubiese ocurrido, pero eso nadie lo sabía, y se mantendría callado. Por la muerte de don Pedro, por todo lo acontecido, se habían olvidado de la serpiente. Pero Rodolfo, mientras Alicia hacia las diligencias por teléfono a la funeraria, junto a doña Carmen, se propuso acabar con aquel feroz animal. Por eso llamó a Juan P., que de mala gana colaboraba. Echaron gasolina al hueco donde estaba la serpiente, y de inmediato salió. Saltando, entre todos se dispusieron a matarla, pero en ese instante salió otra, por lo que decidieron cortar el árbol. La explicación de por qué mordían al ganado, era que este se recostaba del árbol para rascarse y ello las molestaba. La desesperación e incoherencia por los efectos del alcohol en don Pedro, el egoísmo de Juan P., habían causado una tragedia sin precedentes en aquella hacienda. Arreglado todo lo referente al mortuorio, doña Carmen había dado aquellos tres días de permiso para los peones. Mientras todo se ponía en orden, en el patio, tres hombres sostenían una conversación: Juan P., Sebastián y Rodolfo, quienes decidieron decir la verdad, y conminaron a Juan P. a decir todo. Dice Rodolfo: — Mira, Juan P., nosotros sabemos que tú corriste los escombros para que culparan a Sebastián. Pero todo te salió mal. — Eres un desgraciado —continuó Sebastián—. O te vas de aquí o yo te denuncio. Además, este hombre que está aquí es don Rodolfo del Castillo, dueño y señor de esta hacinada. — Sí Juan P. —dice Rodolfo—. Así es. Decídete. — Está bien —responde Juan P. muy triste por haber hecho aquello.

Juan P. decide marcharse con la excusa de que extraña mucho al patrón. Pidió su arreglo y se marchó. Nuevamente, el sol se retira como labriego cansado. A pesar de que don Pedro era un extraño, se sentía el vacío de su presencia. Doña Carmen invita todos a una reunión para la reactivación de las operaciones en la hacinada. Alicia anuncia su deseo de viajar a Caracas para visitar a su hija Arcoiris, y en ese instante se escucha un ruido espantoso en la sabana, identificable, pero no era propio del lugar. Todos salen afuera. Era un helicóptero que se posaba sobre la grama, y después de unos instantes, salen tres hombres y uno con un portafolio en la mano hace su entrada en la casa. Después del saludo habitual, piden reunirse todos y el hombre del portafolio se identifica: — Buena tardes, señora Carmen. Sentimos mucho lo de su hermano, pero estamos aquí para informarle que por voluntad de don Camilo Sanz y doña Dolores de Sanz, esta propiedad pasa a manos de don Rodolfo del Castillo. He sido comisionado por el tribunal de primera instancia con competencia nacional para hacer la entrega material a la persona ya antes mencionada. Mi nombre en Mario Cortez, Juez del mismo. Ante este anuncio, doña Carmen Torres sólo responde: — Bien, señor juez. Esto lo estábamos esperando. Aun mi hermano que ahora no está. Alicia se emociona internamente, pues hace muchos años que no sabe de él. Sólo a una señal de este, se adelanta don Rodolfo del Castillo, conocido allí como Manuel, pasa al frente después de despojarse de su sombrero de vaquero y se presenta. Lo primero que hace es ver el rostro de Alicia, quien casi temblando se aleja rumbo a su habitación. Gira la cerradura y corre hacia la ventana, y su sorpresa es aún mayor cuando ve un ramo de cerezas enganchado en la ventana.

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En eso entra Aura y le ofrece un vaso con agua. Entre tanto, abajo continúa la entrega. — Bien. Es voluntad de don Rodolfo, nuevo propietario, que todos se queden. A pesar del momento que se vivía, se hizo un brindis de manera sencilla como festejo. Aquella tarde, don Rodolfo dejó como invitado al juez y a sus amigos. Al día siguiente, parten para Caracas. Don Rodolfo reparte el dinero entre sus, ahora, peones; y doña Carmen decide regresar a su país, pues ella, como su hermano, era de Colombia. Pasaron los días, y Alicia junto Aura paseaban por el patio rumbo al cerezo, mientras le contaba toda aquella historia vivida desde su nacimiento. Aún el olor a cenizas, unido al de agua fresca de la laguna, daba la sensación de agua de lluvia. Se detienen bajo aquel cerezo, que ahora está reluciente de cerezas maduras. Es cuando se dan cuenta que Rodolfo está en una rama. Al reponerse, Aura finge tener algo que hacer y se aleja de allí. Quedan las dos personas que hacían treinta años se habían despedido en ese mismo sitio. Cuarenta y cinco años tenía ahora Alicia y cuarenta y ocho tenía Rodolfo. Cuánto camino y cuánto mundo habían los dos, separadamente, vivido. Aunque aquel amor jamás se olvidó y estuvo interrumpido por las circunstancias, más eran experiencias suficientes como para reconocer que el amor siempre estuvo allí, bajo aquel cerezo. Permanecieron por mucho tiempo allí abrazados recordando y contándose cada uno su historia. El alma de la llanura parecía cabalgar sobre la brisa, jugando con aquella hermosa cabellera cuyas perfumadas mechas daban en el rostro de Rodolfo, quien las toma en sus manos, y después de basarlas, le dice — El viento sigue celoso como antes, porque tú sigues siendo la novia del viento. — ¿Cuántos años hacía que no me decías eso, Rodolfo?

A esa hora ya las aves buscaban su refugio y la luna brotó aún clara la tarde. En un extremo del azul cielo, un lucero símbolo de aquel amor que no importaban los años pasados. Allí palpitaban dos corazones, pero aún no terminaban las sorpresas porque a la distancia se aproximaba un rústico. Se detuvo frente a ellos, y de él, desciende una señorita muy linda. Era Arcoiris, que corrió a abrazar a su madre, pero por la emoción, no se había dado cuenta de quién estaba junto a ella, por eso al verlo, cuando Alicia quiso presentarlo, ella se metió entre sus brazos llorando, al tiempo que le decía: — Profesor, ¡cuánto lo he extrañado y qué hace aquí! Él la estrecha en sus brazos nuevamente, ante los ojos extrañados de Alicia, y emocionada, suelta al profesor y se abraza a la madre. Pero él, también emocionado, sólo le dice: — Hija, jamás me pasó por la mente que tú eras la hija de esta bella mujer. Ella responde: — Ni yo que usted conocía a mi mamá. Luego Alicia extiende los brazos y los toma a los dos y empiezan a caminar para la casa, mientras Aura, que no se ha perdido de nada, toma la maleta de Arcoiris y se introducen en la casa. Pero aún cuando todos ya eran amigos de don Rodolfo, él los reunió para explicar todo aquello... La brisa soplaba la llanura y una nube se esfumaba en el horizonte mientras que el sol se hundía en el ocaso dejando escapar sus débiles rayos, por sobre la estepa, y como si aquel hermoso cielo naciera del llano creciendo hacia las alturas para plasmarse eternamente sobre el espejo del horizonte. ***

Los 500 ejemplares del libro Amor del ocaso de Teodoro Díaz se imprimieron durante el mes de septiembre de 2012 en Santa Teresa del Tuy, en los talleres del Sistema Nacional de Imprentas Sede Miranda de la Fundación Editorial El perro y la rana y la Fundación Red Nacional de Escritoras y Escritores Socialistas de Venezuela.

“Los labios rojos de Alicia parecían dos pétalos desprendidos y regados en el rostro de Antonio, ya envueltos en la penumbra de la noche espesa, sus cuerpos se funden al ritmo del amor. Instantes después, agotados por la fuerza de la pasión, se quedan dormidos. El silencio y la paz de aquellos cuerpos semidesnudos parecían reflejar la condición del verdadero amor. Con el pecho descubierto, gozaban de libertad sus dos senos que sólo eran movidos por la respiración, y en su subir y bajar semejaban a las olas del mar.” Teodoro Díaz (Yare, 1948). Docente. Es Presidente de la Asociación de Escritores de Yare “Hernando García”. Con Amor del ocaso ganó el primer lugar del renglón Cuento, en el II Concurso de Literatura de Yare, 2010. En 2012 participó en la antología Más que amor, frenesí. Textos diversos sobre el 27F y el 4F, con un texto ensayístico.

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