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AL FONDO DE LAS PUPILAS DEL TIEMPO INFINITO

Miguel Ángel Guerrero Ramos

© del texto: Miguel Ángel Guerrero Ramos

© de esta edición: La Lluvia de una Noche

Mail del autor: migue-guerrero_@hotmail.com

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Diseño de portada: La Lluvia de una Noche

Foto de portada: Pixel Anarchy (Pixabay)

1ª Edición: abril de 2013

…mis letras vivirán respirando el aire de tu existencia en la retina del tiempo

infinito que acompaña mi alma en su viaje eterno de generación en generación.

Gonzalo España, La canción de la flor

AL FONDO DE LAS PUPILAS DEL TIEMPO INFINITO

Uno

Que la primavera es la madre tierna de las más bellas flores y que cada estrella

posee su propia estela de calor, eran verdades que la pequeña Susana intuía,

de alguna u otra forma, en su pequeño y acomedido corazón.

Hoy por hoy, nadie sabe a ciencia cierta cómo fue que ella desapareció.

Algunos vecinos de aquella región costera, tan rica en arrecifes y horizontes

soñadores, donde aquella pequeña niña de ojos rubicundos y relucientes y de

cabello rizado y azabache, vivía, han llegado a comentar alguna que otra cosa

para explicarse qué fue lo que en realidad sucedió con ella.

Han llegado a decir, por ejemplo, y siempre en un tono de “fíjate lo que se dice

por ahí”, que el señor Rodrigo Buenaventura, es decir, el padre de aquella niña

que rebosaba ternura por cada uno de los poros y las fibras de su ser, la vendió

cierto día a un traficante de personas; un traficante de esos que suelen buscar

nuevas y suntuosas mercancías en ultramar. También han dicho, siempre en

aquel tono de “fíjate lo que se dice por ahí”, que él, es decir, el padre de la linda

niña, abusaba sexualmente de ella durante el gélido despertar de la mañana,

en las horas calurosas y aletargadas de la tarde y bajo las inciertas y brumosas

misticidades que se suceden una tras otra bajo las estrellas. Que cierta noche,

ante la mirada expectante y aterrada de una luna plateada, a él se le fue la

mano, tanto en la violación como en la golpiza que le daba a su pequeña, y la

terminó matando de un momento a otro. Se dice que luego, él procedió a

enterrarla a ella en alguna parte de la playa, bajo el dulce ulular de algunas

cuantas brisas que querían convertirse en el ropaje de la luna y el vuelo

incesante de algunas cuantas gaviotas enamoradas del mar.

Claro, sólo Rodrigo Buenaventura podría darnos alguna pista, más o menos

acertada, sobre qué fue lo que en realidad sucedió aquella nefasta y nebulosa

tarde en la que Susana desapareció como por arte del más espeluznante acto

de magia. Una pista que nos ayude a indagar sobre cómo se desarrollaron los

hechos. Unos hechos, por cierto, y sin duda alguna, nebulosos y cubiertos con

la seminal e insospechada esencia de lo misterioso.

Ese día, el cielo estaba todo tupido de lluvia y parecía que se burlara del mismo

paso del tiempo. Cuando Rodrigo llegó de trabajar como de costumbre,

encontró sobre la mesa principal de su casa una nota donde la pequeña

Susana daba razones de su paradero. Ese era un acto común en ella. A veces

la pequeña Susana le dejaba notas a su papá que decían “He ido a comprar

algo

de

pan

al pueblo”, o “He

ido

a dibujar en la arena

de la playa”. Sin

embargo, la fatídica nota que en ese momento Rodrigo tenía entre sus manos,

decía, simple y llanamente: “Papá, he ido a seguir la voz del horizonte”.

En ese instante Rodrigo salió a buscar a su querida niña, a la única compañía

que él tenía en casa, puesto que su esposa, es decir, la madre de Susana,

había muerto hacía ya unos cuantos años. Sí, él salió a buscar a su pequeña

bajo una lluvia arrítmica que empapaba sus pensamientos y humedecía los

hilos de su corazón, cuando a la distancia, la vio, a ella, justo cuando una ola

furtiva se la llevaba tras su fuerte chocar en la playa y su posterior retroceder

hacia el océano. Una ola de agresiva fuerza que solo dejó una bruma de

tamaño imponderable en el desahuciado y acongojado corazón de Rodrigo.

Desde entonces, no ha pasado una sola tarde sin que Rodrigo se pare frente al

mar

para

escuchar

el

ulular

del

viento,

con

su

mirada

taciturna

y

apesadumbrada, y con la única certeza de que los sueños de su pequeña

estarán surcando para siempre el fondo del océano. Sí, surcando el fondo del

océano de la misma forma en la cual las gaviotas lo sobrevuelan a diario

mientras pasean por un cielo abierto a una esperanza sin límites ni colores, y

con una belleza incesante y perenne que por alguna extraña razón suele

esconder cierto cariz de inocencia.

Pocos años después de la desaparición de Susana, don Rodrigo Buenaventura

falleció. Si alguien lo hubiera conocido muy bien hubiera dicho que de pena

moral.

Y cuando por fin pasaron catorce años desde la misteriosa y absurda

desaparición de aquella niña de aquel pueblo costero tan rico en arrecifes, y de

muchos encuentros fortuitos e inesperados con la ausencia por parte del

destino, ella apareció con más de veinte años de edad en un tren, con un traje

rojo y sin saber o tener la más remota idea de quién era exactamente.

Dos

Sus ojos se estaban abriendo lentamente. Dentro de sí mismo, parecía como si

el tiempo se hubiera extraviado en algún oscuro y brumoso abismo y estuviera

regresando poco a poco como el hijo bueno que regresa a casa. La luz

amielada del día, por su parte, lo inundó a él de sopetón, y de un momento a

otro con su luminosidad. Los sonidos de la gente y del ambiente en general, en

cambio, fueron llegando a sus oídos en forma de pequeños y sostenidos

murmullos. Luego, tras unos cuantos segundos de consciencia, en los que él o

ella hubiera podido escuchar el sonido de la brisa entre los pétalos de las flores

que en otoño caen al suelo, suponiendo que él, o ella, hubiera querido y

hubiera estado en el lugar indicado para ello, fue cuando apareció la primera

certeza: él o ella, o quien quiera que fuera, se encontraba viajando en un tren.

De eso no había ninguna duda. Al lado de él o ellase encontraba una

ventana por la que se veía correr un paisaje lleno de árboles con verdes y

tupidas vestimentas. Por otra parte, el vehículo en el cual viajaba, hacía un

sonido leve, propio de un tren, y muy parecido al del rugido de un modesto y

rumoroso río.

“¿Quién soy? ¿Quién carajos soy?”, fue lo primero que él se preguntó tras

descubrir que era un hombre, un hombre que por alguna u otra razón viajaba

en un tren. En ese momento, las enervantes aguas de su ser se arremolinaron

vertiginosamente dentro de sí mismo con una fuerza impetuosa y avasalladora.

“¿Quién soy?, ¿quién soy?”, se preguntaba él una y otra y otra vez, como

queriendo que los latidos de su corazón se volvieran lo suficientemente fuertes

y desesperados como para que le revelaran su verdadera identidad.

Ahora bien, no sabemos si pasaron dos o tres minutos después de aquello, o

quizás más,

lo único cierto es

que tras haber llorado un poco

en forma

silenciosa, él, es decir, el hombre que hacía poco había despertado en un tren

sin memoria alguna acerca de sí mismo, retiró sus manos de la cara, en donde

se las había llevado hacía poco en un gesto de angustia, y en ese instante,

sobre una mesita que se encontraba justo al frente de él, una hoja de papel con

algo escrito en ella, llamó poderosamente su atención.

Él la tomó y comenzó a leerla, sin saber que al hacer eso, un temor de límites

insospechados invadiría cada una de las fibras y los nervios de su cuerpo. Y no

era para menos. Aquella hoja era una nota para él. Una nota cuyas líneas le

decían lo siguiente mientras besaban los contornos de alguna desconocida

complejidad:

Quizás te estés preguntando, querido amigo, quién eres, por qué no

recuerdas nada sobre ti y por qué te encuentras viajando solo en un

tren. ¿Sabes?, lo único cierto que te podemos decir es que nunca

obtendrás una respuesta a ninguna de estas preguntas, si antes no

cumples con una serie de pasos que te indicaremos a continuación:

Lo primero que debes hacer es continuar viajando en el tren. Si bajas de

él,

o

le comentas la situación en la que te encuentras a alguien,

pidiéndole ayuda para buscar de alguna forma tu identidad, lo que de

por sí te aviso que será en vano, una persona que te está vigilando

discreta y sigilosamente te disparará en ese mismo instante, así que, de

ser tú, yo lo pensaría dos veces en caso de que quieras salir de este

juego. Ahora, lo siguiente que debes hacer, es buscar a una mujer muy

atractiva que tiene un traje de color rojo, de una sola pieza y bastante

ajustado al cuerpo. Una mujer a la que deberás llevar al vagón número

tres de este tren antes de las tres de la tarde. Por cierto, te adelanto que

sólo si le cuentas a ella las maravillas del paisaje que recorre este ilustre

tren en el que te encuentras, podrás convencerla a ella de que te

acompañe. Por último, te advierto que si no quieres perder tu vida de

una vez, lo que tienes que hacer ahora mismo es quemar esta hoja

utilizando para ello la llama de una vela que se encuentra muy cerca de

ti. Mucha suerte.

Valiéndose de la fuerza que provenía de su centro vital, para darse ánimos e

infundirse esperanza, aquel hombre sin memoria de sí mismo se levantó de la

silla en la que estaba sentado, y salió al pasillo de ese vagón del tren en el que

él, sin saber por qué, viajaba. Un hombre de corbata, sombrero y traje formal

pasaba en ese momento por allí, es decir, por aquel pasillo, por lo que nuestro

amigo sin memoria aprovechó para pedirle la hora. “Las dos y treinta de la

tarde”, respondió aquel hombre de traje formal que casualmente pasaba por

allí. Y fue entonces cuando unas pequeñas gotas de sudor perlado, producto

de los nervios, comenzaron a atravesar la frente de nuestro amigo sin memoria.

Él comenzó a buscar entonces, en forma afanosa, a la mujer atractiva del traje

rojo. En esas, él se topó de frente con un espejo y pudo apreciar en él el reflejo

de un hombre joven, muy elegante y apuesto que debería de rondar los treinta

años. Aquella imagen de sí mismo no le disgusto sino que, al contrario, le

agradó bastante. Luego de ello, es decir, de haberse contemplado en aquel

espejo, él siguió buscando a la mujer del traje rojo dirigiéndose al último vagón

del tren.

Dos y cuarenta y dos de la tarde, nuestro amigo sin memoria había llegado al

último vagón del tren sin encontrar a la mujer que tenía que encontrar, lo que

significaba que ella, es decir, que la atractiva y hermosa mujer del traje rojo, se

encontraba en uno de los primeros tres vagones del tren en los cuales, por

cierto, él aún no había buscado. Para colmo de males, él estaba en el vagón

número ocho del tren, de modo que tuvo que pegar una carrera para dirigirse lo

antes posible a los vagones tres y dos.

En el vagón número tres ella tampoco estaba y todo parecía irse a pique hacia

el más oscuro de los limbos, porque ¿qué tal que ella, que la mujer del traje

rojo, hubiera estado en el vagón número cinco o seis, y que en el momento de

nuestro amigo pasar por allí ella hubiese estado, por ejemplo, en el baño?

¿Qué hacer o cómo actuar ante un desafortunado suceso como aquel?

Sí, si no hubiese sido porque en el vagón número dos nuestro amigo, gracias a

un favorable efecto del destino, o de la providencia o de quién sabe qué,

encontró de repente a la mujer que buscaba tan afanosamente, y la cual, cabe

decirlo, se veía muy hermosa mientras leía un periódico, todo se hubiese ido,

en efecto, al más oscuro de los limbos.

Ahora, como ella, es decir, la hermosa mujer del traje rojo, viajaba sola, nuestro

amigo sin memoria se sentó frente a ella y la saludó como si nada, mientras

trataba de ocultar todos sus nervios y toda su ansiedad. La adrenalina que

recorría todo su ser a borbotones ayudó a que él agudizara cada uno de sus

sentidos. Al fin y al cabo su vida dependía de que todo saliera bien.

¿Tienes horas? le preguntó él a ella luego de un largo minuto de silencio

en el que estuvo pensando qué decir.

Las dos y cincuenta de la tarde contestó ella.

“Es ahora o nunca. No hay tiempo para ir más lento”, pensó él, nuestro querido

amigo sin memoria.

¿Sabes qué es lo que más me gusta de hacer este hermoso trayecto en un

tren tan fabuloso como este?

¿Qué es? se interesó ella, por fortuna, mientras retiraba su vista del

periódico que leía.

Ese espléndido y maravilloso paisaje que podemos ver correr a través de

estos cristales… ¿Sabes?, hay cosas que solo se pueden ver a esta velocidad;

como esa tranquilidad perenne con la que los árboles, las flores rebosantes de

perfume,

esas

montañas

pensativas

que

no

nos

quieren

revelar

sus

pensamientos y todo el césped van quedando atrás.

¿Dices que también el césped?

—Bueno… Lo que en realidad quiero decir, ya que te ves interesada en este

tema, es que ir a esta velocidad es como si uno fuera en parte como la brisa.

¿Cómo la brisa?

Sí, claro. Porque solo la brisa conoce los verdes y floridos ademanes de los

bosques, ya que ella los recorre cada día, ¿sabes? Es más, yo creo que todos

los anhelos que ella lleva se desnudan en la hermosa e inigualable naturaleza.

Sí, de veras, la brisa se desnuda y se reconoce en ella. Y en todas y en cada

una de las palpitaciones de la vida natural.

La mujer del traje rojo se asomó por una de las ventanas del tren y contempló

el paisaje. Al cabo de unos segundos, sus ojos se anegaron con una exótica

mezcla entre dulzura, belleza y vida.

Ven, acompáñame le pidió entonces, súbitamente, nuestro amigo sin

memoria a la mujer del traje rojo.

Él no demostró ninguna emoción ni ninguna duda al momento de hacer aquella

petición, de la misma forma en la cual ella tampoco demostró nada cuando se

levantó de la silla en la que estaba sentada para acompañarlo a él.

Dos y cincuenta y siete de la tarde, tanto la mujer del traje rojo como nuestro

amigo sin memoria llegaron al vagón número tres, en donde uno de los

empleados del tren les dijo que les tenía reservada una pequeña y cómoda

estancia para ellos dos. Ni la mujer del traje rojo ni nuestro amigo sin memoria

preguntaron nada. Simplemente entraron y tras un incierto rato de silencio, en

el que ambos parecieron examinarse el uno al otro mientras esperaban a que

algo sucediera, o quizás, mientras él y ella se dedicaban a reconocer el espíritu

del otro, él

se acercó a ella

y ella

a

él

y luego

de ello se besaron. Luego

vinieron las caricias, con las cuales ellos arrastraron pequeños tramos de

eternidad. Y así, poco a poco el amor y la pasión se fueron afianzando en aquel

pequeño cuarto del tren. Él le juró entonces a ella un amor intenso y ella le

correspondió a él con una sonrisa y un abrazo de entrega, de absoluta y

plácida entrega.

Al cabo de cierto tiempo, tras muchos minutos de dulzura y arrojo en la piel del

otro, él le confesó a ella que había despertado en aquel tren sin memoria

alguna de sí mismo, y sin más indicaciones de nada que la de encontrarla a

ella y llevarla hasta allí. Ella, a su vez, le confesó a él que ella también había

despertado allí, es decir, en aquel tren, sin memoria y junto a una hoja en la

que se le recomendaba, si quería vivir, como que hiciera, hasta las tres de la

tarde, que leía un periódico. También se le decía que esperara a un hombre de

traje al que debería acompañar, únicamente, si él le hablaba del paisaje que se

veía afuera del tren de una forma absolutamente bella y poética.

No puedo creerlo susurró él. Todo esto es verdaderamente extraño.

Pero lo más extraño de todo, es que yo siento como si te conociera desde

siempre.

Lo mismo me pasa a mí dijo ella, poco antes de que un empleado llamara

a la puerta de aquella estancia en la que ambos se encontraban desnudos,

para entregarles una nota.

Una nota que nuestro amigo sin memoria leyó en voz alta y que, evaporándose

entre las circunvoluciones del todo y de la nada, decía lo siguiente:

Me permito informarles que aunque ustedes dos no se conocían con

anterioridad, sus almas ya se habían amado intensamente en los más

profundos socavones del infinito en múltiples oportunidades. Ustedes no

lo saben, pero, en gran parte, han sido las manías de sus corazones las

que los han traído a este tren que parece que viaja desbocadamente

hacia aquel sublime infinito que les he mencionado. Ahora, lo que les

quiero decir es que si ustedes quieren bien pueden recuperar todos sus

recuerdos, para ello solo tendrían que bajarse en la siguiente parada del

tren, aunque lamento mucho decirles, queridos amigos, que si toman

esa opción me veré obligado a enviar a alguien a arrebatarles su vida.

Pero no todo es tan lúgubre y oscuro. Hay otra opción. Bajo una de las

sillas de esta estancia se encuentra una suma bastante considerable de

dinero y algunos documentos provisionales con unas identidades falsas

que les podrían servir en un futuro. Si deciden tomar esta opción y

seguir juntos y con vida, lo único que tendrían que hacer es seguir en el

tren hasta la última parada. No es más, queridos amigos. Mucha suerte.

¿Qué dices? le preguntó él a ella cuando acabó de leer aquella nota.

Ella volteó a mirar entonces el paisaje exterior que se podía ver a través de una

de las ventanas del tren y dijo:

Yo digo que es muy bonito y romántico observar un paisaje como ese desde

un tren que viaja hacia el infinito.

Sí, tienes razón dijo nuestro amigo sin memoria luego de un corto y

silencioso rato de meditación, y mientras esbozaba una rútila sonrisa.

El infinito, por su parte, parecía estarse convirtiendo en esa arrobadora aura

que surge de las más profundas y abismadas ansias de querer ahogarse en

una piel.

Yo creo continuó élque sólo puedo saber quién soy en realidad, si estoy

ahora y siempre junto a ti. Es decir, si siempre tengo la oportunidad de

adivinarme a mí mismo sobre tu piel cuando así lo necesite.

Yo digo lo mismo aseguró ella poco antes de iniciar un juego de amor cuya

pasión sería incalculable, tan incalculable como el infinito.

Tres

Aquel restaurante lo tenía todo: un mar medianamente agitado y una deliciosa

música de fondo.

Ella, una amante empedernida del océano y de sus fugitivos e invisibles

destellos por alguna razón que aquella hermosa chica nunca ha logrado

comprender a ciencia cierta, y él, un amante de los sonidos del alma y de la

música en general, siempre habían tenido, desde que se conocieron un buen

día en un tren que viajaba trepidante hacia el infinito, el sueño de compartir

unos amores de fantasía en el baño de un restaurante como aquel. Un

restaurante, por cierto, con su aire totalmente inundado con la acariciante y

sobrecogedora música de unos excelsos violines. Un restaurante que quedaba

justo al frente de un océano, un océano de olas inquietas que gritaban en una

cálida playa los amores de una luna que a cada nada suele enamorarse de

cuanta pasión se cruza bajo su escrutadora mirada.

A los pocos segundos de que él le alzara la falda y le bajara las bragas, ella

comenzó a gemir de placer casi que con todo lo que le daban sus pulmones.

Los excelsos violines del restaurante no habían dejado de sonar, aun así, los

gemidos de placer de ella eran mucho más fuertes que la inspiradora música

con la que dichos instrumentos musicales pretendían desafiar la mística

antiquísima de las olas y hacer llorar de felicidad a la luna. Él y ella seguían el

dulce

camino

de

la

enajenación

compartida.

Entretanto,

el

dueño

del

restaurante y uno de los guardias de seguridad de aquel lugar, al ver la cara de

espanto moral de los clientes, se dirigieron a hacia aquel baño en el que él y

ella hacían el amor, y llamaron a la puerta con gran fiereza. Pero la puerta no

se abrió. Y no se iba a abrir por el momento. No se iba a abrir porque, como ya

se ha dicho, uno de los más grandes sueños de ellos era ese: compartir unos

amores desenfrenados en un restaurante como aquel. Los suspiros de aquel

ardiente hombre buscaban a toda costa los pezones de ella, los pezones de su

amada. El dueño del lugar, al otro lado de la puerta de aquel baño, amenazaba

a grito tendido con llamar a la policía si aquel grotesco acto no se detenía de

una vez. Pero él y ella, envueltos en su marmórea pasión, no escuchaban nada

más que no fueran las palpitaciones de sus almas y ese perenne juego de las

exploraciones corpóreas que llevaban a cabo.

Y así, sintiendo el enrarecimiento de lo eterno y la mimesis de sus pieles con el

amor de su ser, él le dijo a ella:

Llueve luz de luna sobre la noche y sobre tu piel.

Eso es dijo ellaporque la noche oscila sobre la dulzura de las estrellas y

de nuestros labios.

¿Sabes, querida mía, qué veo al fondo de tus ojos?

¿Qué?

Un tiempo infinito.

Cuando él y ella salieron de aquel baño, arreglándose sus ropas a las carreras,

y con un aire alrededor de ellos que seguía la mística pasión de los violines que

no habían dejado de sonar, el dueño del restaurante y los pocos clientes que

aún quedaban, los observaron con su mejor mirada reprobatoria. “Cuánto

debemos”, preguntó, refiriéndose a la cuenta, aquel ardiente enamorado que

hasta hacía unos cuantos segundos, había hecho gemir a su bella amada

como una posesa en aquel fino restaurante junto al mar. “Nada”, contestó el

dueño del lugar. “Pero eso sí”, agregó luego, “váyanse de una vez, y para una

próxima, por lo que más quieran, busquen un motel”.

Él y ella salieron entonces de aquel restaurante más enamorados que nunca y

riendo a carcajadas a causa del regaño y la intensa experiencia que acababan

de pasar. Él estaba feliz porque las caricias de su amada y la música de los

violines del restaurante se habían metido por las fibras de su piel. Ella, por las

brisas oceánicas que sentía a su alrededor, y por saber que la magnificencia de

las olas y el amor de su enamorado estaban allí para ella.

Luego de pasar horas y horas sentados frente al mar, y regalándose besos en

los que toda la energía del cuerpo se concentraba únicamente en los labios,

ellos decidieron volver al hotel en el que estaban hospedados.

Él y ella no lo supieron. No supieron que entre los discurrires de la espuma de

las olas y la vendabilidad que trae consigo la pasión de la noche, una sombra

sumamente

misteriosa

y

conspicua

los

seguía

de

cerca.

Me

gustaría

advertirles. Advertirles que una sombra los vigila y analiza cada uno de sus

actos.

Hacía ya casi dos años desde que ellos se conocieron en un tren, en un tren en

el cual ellos estaban sin memoria alguna de sí mismos. Casi dos años, desde

que

decidieron

permanecer

juntos

para

siempre.

Dos

años

desde

que

decidieron amarse mientras viajaban por todo el mundo. Sí, dos años de un

amor sólido y errante en los cuales ellos dos han estado conociendo horizontes

y culturas y cruzando cuanta frontera se cruza en su camino. Dos años en los

cuales ellos han cambiado sus nombres en múltiples oportunidades y en los

cuales han tenido múltiples oficios y trabajos, a pesar de que en el tren en el

cual se conocieron había mucho dinero para ellos.

No, ellos no han dejado de viajar, y sus nombres se los han cambiado varias

veces,

en

principio,

para

despistar

a

aquellas

extrañas

y

desconocidas

personas que un buen día los pusieron en un tren y les asignaron una curiosa

tarea a cada uno para que ellos se pudieran conocer. Ellos han atravesado

mares, selvas y desiertos. Han respirado ligeros aires insulares, han corrido a

través de extensas y verdes praderas, han conocido toda clase de aves

exóticas, han despertado bajo paradisiacos soles tropicales y han hecho el

amor en varios rincones primorosos del planeta, por mencionar algunas

cuantas de sus múltiples experiencias.

Han ido de aquí para allá y de allá para acá. Por esa misma razón, por cierto,

es que ellos no han decidido tener un hijo. Claro, ellos no pueden darse ese

lujo. No en esas condiciones en las cuales ellos deben huir de su pasado para

poder amarse hasta el fin del mundo. Porque la advertencia de aquellas

extrañas personas era muy clara: si ellos decidían recuperar sus recuerdos,

alguien los mataría.

Debido a ello, aquella hermosa y empedernida amante del océano y de sus

fugitivos e invisibles destellos, y aquel apasionado amante de los sonidos del

alma y de la música en general, no han dejado de viajar y, según ellos, de huir

de su pasado. Pero en lo que ellos no han querido pensar, es que son sus

viajes, precisamente, el único método que tienen sus enamoradas y confusas

almas para tratar de encontrar sus respectivos pasados.

Cuatro tiros.

Sí, cuatro terribles y estridentes impactos de bala se escuchan desde la

habitación de al lado.

Alguien ha muerto, de eso no hay duda.

La extraña sombra que los seguía y los vigilaba sigilosamente ha sido abaleada

en uno de los cuartos de aquel campechano hotel. Que no quiera el destino, ni

en sus intransigentes secretos ni en los archivos que ha dejado ocultos en la

brisa, que los próximos en morir sean ellos dos.

Él

y ella,

pasado un buen lapso de tiempo, y al darse cuenta de que en

recepción no quieren atender sus constantes llamadas, van hasta el cuarto de

al lado. Allí encuentran a un hombre que ha sido asesinado a tiros, y junto a él,

una nota que afirma que ha sido asesinado porque dicho sujeto los estaba

siguiendo y vigilando muy de cerca desde hacía un buen tiempo.

Él y ella salen entonces a toda marcha de aquel hotel para seguir viajando

hasta el último confín del universo. Para viajar con la única compañía que

ambos han tenido desde hace casi dos años cuando se conocieron, es decir,

una pintura al óleo de un pequeño barco que anda sobre aguas impetuosas

con una orquesta sinfónica en su popa. Una pintura que estaba en el vagón

número tres de aquel tren en el cual ambos tuvieron su primera experiencia

amorosa compartida la primera de ella, incluso, en toda su vida.

Reiteremos: la única meta de ellos es amarse y seguir viajando hasta el último

horizonte. No obstante, lo que no sabe ella, es decir, aquella empedernida

amante del océano y de sus fugitivos e invisibles destellos, y él, es decir, aquel

amante de los sonidos del alma y de la música en general, es que dentro de

ella está germinando la semilla de la vida y la esperanza.

Sí, aquella joven, hermosa e inexperta mujer que en otro tiempo se llamó

Susana y vivió junto a los misterios del mar, a raíz de su encuentro pasional

con

su amado en

embarazada.

aquel restaurante del cual los echaron, ha quedado

Su ser ya no va a poder seguir diciendo, tan despreocupadamente, que quiere

hallar la voz del horizonte.

Cuatro

La cosa va así: una empedernida amante del océano y de sus fugitivos e

invisibles destellos, y un amante de los sonidos del alma y de la música en

general,

se

han

visto

obligados

a

dejar de

ser nómadas

y

a

volverse

sedentarios. Se han visto en la necesidad de establecer un hogar y una rutina

para criar a su único hijo.

Han pasado cuatro años y Vicente, es decir, el pequeño hijo de ellos de tres

años de edad, se ha convertido, con sus ojos curiosos y sus sonrisas traviesas,

en todo un mundo de cariño y alegría para sus padres.

Pero hemos dicho que los padres de aquel alegre niño se han visto en la

necesidad de establecer un hogar y una rutina, de esa forma, él se ha quedado

con el nombre de Luis Alonso Romero y ella de Hanna Lissette Tovar.

Y así,

cierto

jueves en la noche, cuando Luis

volvía

del trabajo,

él

se

encontraba caminando por una solitaria alameda y bajo una sutil y menuda

lluvia de vértigo sideral, cuando, de un momento a otro, lo llamó un hombre de

gabán. “Hey, usted”, dijo aquel hombre de gabán que luego se acercó a Luis.

Sí, en qué puedo servirle dijo Luis.

Escuche, amigo, yo también, al igual que usted, aparecí un buen día en un

sitio desconocido sin memoria de nada y con una nota que me ordenaba hacer

algo.

Puedo ver en tu cara la sorpresa, mi estimado amante de los sonidos del alma

y de la música en general. Aquellas palabras te han dejado realmente

estupefacto. Tanto que ni siquiera aciertas a decir nada.

No quiero confundirlo, amigo. Yo sé que este tema es muy difícil de tratar.

Eso, sin contar que en cualquier momento nos podrían matar si nos salimos de

las reglas. Lo único que le puedo decir, es que pertenezco a una organización

que busca asesinar a quien nos quitó el pasado.

—Y quién es… ¿quién es ese que, según usted, nos ha quitado el pasado?

¿Cómo?, ¿no lo sospecha?

No.

Dios, mi querido amigo. Nada más y nada menos que Dios.

—Eso quiere decir, si entendí bien, que ustedes planean… QUE USTEDES

PLANEAN ASESINAR A DIOS.

Sí, así es, pero le repito que este no es un tema nada fácil de tratar. Por eso,

por el momento lo único que quiero es dejarle mi tarjeta, y la propuesta de que

pertenezca a nuestra organización. Si usted y su esposa deciden hacer parte

de nosotros, sólo llámenos al número que le acabo de dejar.

Luego de que aquel extraño sujeto de gabán se perdiera entre la oscuridad,

Luis, en lugar de regresar a su casa, se dirigió a un viejo bar. Claro, era jueves

en la noche, y como todos los jueves en la noche en el que los gatos salen a

enamorar con sus ojos crepitantes a la infinitud, Luis Alonso Romero se dirigió,

hambriento de noche, de música y nostalgia, a un céntrico bar de su ciudad. Un

bar que él visita desde hace ya casi tres años para calmar el fuego incesante

de su corazón con una pequeña dosis de triste y melancólica música.

Una música que al bueno de Luis le permite respirar un poco de dulce y

arrulladora nostalgia. Una música interpretada, por cierto, por la misma mujer

de fina y apacible silueta que desde hace más de diez años canta allí, en aquel

céntrico bar de la ciudad, para un público alicaído y marchito. Claro, a ellos, es

decir, a las distintas personas que conforman el público que la ven cantar a

ella, no les interesa que aquella mujer tenga su rostro cargado con un leve

rastro de melancolía, ni que tenga su mirada ligeramente distraída en el

pasado. No, a ellos lo que les interesa, a decir verdad, es sumergirse en la

música de nocturna esencia de ella, y poder captar de esta forma, quizás, un

poco de la fragancia seductora y melancólica que emana de su suave y

vibrante piel.

Luis,

por su

parte, es un hombre casado (con

la bella Hanna, amante

empedernida del océano), pero ello no le ha impedido durante ya casi tres años

estar allí cada jueves en la noche. Jueves en los cuales él decide seguir las

manías de su corazón que tanto lo insta a escuchar aquella gélida música y a

desear el húmedo murmullo de los labios que la cantan. Los labios de una

mujer que canta de una forma singular, por cierto. De hecho, ella es una mujer

que canta de forma encantadora, mientras bosqueja ausencias y traza ciertos

dolores para un público que la escucha en un ambiente entre sensualista y

decadente.

Ese jueves en la noche, sin embargo, además de su encuentro con el extraño

tipo

del

gabán,

a

Luis

le

pasó

en

aquel

bar

un

suceso

sumamente

extraordinario para él. La mujer que siempre ha cantado cada jueves en aquel

bar al que Luis va sin falta, terminó su presentación un poco más de temprano

que de costumbre y se aproximó a él, muy a su sorpresa, para agradecerle con

toda su alma… Sí, para agradecerle con toda su alma a aquel hombre que

desde hace muchos años va allí para escucharla camuflado entre las sombras

de aquel bar. Para agradecerle por regalarle de nuevo su presencia. Él y ella

pidieron una copa de licor para cada uno y hablaron de los sueños que nunca

fueron, y de las alegrías y los amores que siempre pesarán en el corazón. Ella

le dijo a él que hace muchos años atrás ellos fueron novios. Le dijo que ambos

cantaban juntos en aquel bar y que estaban muy enamorados hasta que a él se

le ocurrió desaparecer un buen día como si nada. Él le dijo entonces a ella, que

afirma ya estar casada, que lo confunde. Le dijo que en el mundo puede haber

muchas personas iguales, de una forma tal, que ni el mejor gemelo podría

imitar. Al menos eso dijo Luis en esos instantes, como por decir cualquier cosa.

Finalmente, luego de hablar un poco, ellos dos se despidieron. Ella le preguntó

entonces a él, con un brillo incandescente en su mirada, si pensaba volver

como cada jueves en la noche. Él le dijo a ella que eso no podría asegurarlo, y

antes de irse, ella lo besó tiernamente en los labios con un ligero roce de

cariño.

Ellos nunca volverán a hablar. Pero mientras Luis pueda seguir escuchando la

singular música de ella, aquel dulce beso que viene del pasado, será eterno

para él.

Cinco

Ahí están: sentados sobre su cama matrimonial y con un lúgubre y tétrico

semblante de preocupación en sus rostros. Yo, que conozco los sentimientos

de ambos, sé que sufren indescriptiblemente. Sufren porque ambos quisieran

volver a recuperar sus respectivos pasados, pero tampoco se arriesgarían, así

como así, a dejar a su único hijo sin padres en caso de que conocer sus

pasados significara para ellos la muerte.

Esa noche, ni Luis ni la hermosa Hanna pudieron conciliar el sueño. Es más,

durante varias semanas ellos no pudieron dormir bien. Hasta que un buen día,

antes de que Luis saliera al trabajo, él se detuvo justo al frente de la puerta

principal de su casa. Llamó a Rosita, la empleada doméstica que él contrató

para aquellos alegres y eufóricos días en los cuales nació su hijo, y le dijo que

por favor le trajera los papeles que estaban sobre su escritorio. Hanna, que

tenía turno para ir a trabajar hasta unas horas más tarde, al escuchar aquella

orden que Luis le dio a su empleada, y aun a sabiendas para qué era, no quiso

hacer nada. Simplemente se quedó sentada en una de las sillas del comedor

principal. Simplemente, no quiso evitar la tragedia que su marido podría traer

sobre su familia.

Él, por su parte, al recibir de manos de su empleada doméstica los papeles que

estaban sobre su escritorio, buscó rápidamente la tarjeta que le dejó el tipo

aquel que se presentó un jueves en la noche vistiendo un gabán. En ese

momento, Luis sintió una voz profunda y misteriosa que llamaba quedamente a

su alma, un tiempo que era propicio para la verdad, una ola fresca que lo

ahogaba dentro de sí mismo, un cielo vanidoso que concentraba su ávida

mirada en la seducción de un incierto mar. Pero sobre todo, lo que más sintió

Luis, fueron las oscilaciones breves y profundas de la vida, las oscilaciones de

la existencia, de las pasiones que se amarran de cuando en cuando a las

sonrisas, y todas las pasiones de aquellas partes del cuerpo en donde sueña el

alma.

Una reunión, el hombre que le contestó al otro lado del teléfono los citó, a él y a

Hanna, a una reunión en un tren.

Si yo pudiera, le diría a Luis y a Hanna, o a Andreu y a Susana, o como quiera

que

se llamen ellos, que

no siempre las que

parecen ser las mejores

soluciones son el mejor remedio, es decir, que no vayan. Que no vayan por

nada del mundo a AUHF para cumplir con aquella reunión y pasar a hacer

parte de aquella extraña y sombría organización.

Seis

¿Quiénes son exactamente ustedes y qué quieren de nosotros? preguntó

Luis un tanto alterado mientras su esposa mantenía una de sus dulces y

suaves manos sobre su pierna derecha (de la pierna derecha de Luis), y

mientras aquel tren en el que iban se comía uno a uno, con gran voracidad, los

tramos del camino.

Ya se lo dije el otro día, señor Romero, ¿o prefiere que le diga Andreu?

Bueno, el nombre suyo es lo de menos, ¿verdad? En cualquier caso, le repetiré

que yo pertenezco a una organización que pretende asesinar al culpable de

arrebatarles la vida y su pasado a varias personas a lo largo y ancho del

mundo.

Y dice usted, que dicho culpable es Dios.

Nada más y nada menos.

Eso suena un tanto absurdo.

Qué tan absurdo, señor Romero. Tan absurdo como que usted y su esposa

hayan despertado un buen día sin memoria de nada en un tren. Tan absurdo

como que ustedes dos sean vigilados la mayor parte del tiempo por quién sabe

quiénes. O tan absurdo como que ustedes dos, para ponerles un ejemplo más,

que de seguro no les gustará ni un poco, hayan sido hermanos de sangre en su

vida anterior.

¿¡¡Qué!!?

¿¡¡Hermanos!!?

¿¡¡Nosotros

dos!!?

exclamó

Luis

verdaderamente conmocionado y mientras su esposa, tan o más aterrada que

él, lo abrazaba con suma preocupación.

No se preocupe, señor Romero. No estoy afirmando que ustedes dos sean

hermanos. Es más, de hecho no lo son, pero hay está justamente el asunto:

¿cómo pueden hacer ustedes para saber que lo que yo les digo es verdad?

No lo sé respondió Luis, díganoslo usted.

Nosotros tenemos una sacerdotisa, es decir, en la organización de la cual

hago parte, la cual les podría ayudar sin ningún problema a recuperar sus

recuerdos pasados. Eso, claro está, si así lo desean ustedes.

Eso primero tendríamos que pensarlo con cuidado afirmó Luis. Lo que

por el momento quisiera saber, si se puede, es cómo piensan ustedes, o mejor

dicho, la organización de la cual usted hace parte, asesinar a Dios.

Eso, mi querido señor Romero, se lo diré cuando usted y su esposa acepten

formar parte de nuestra organización.

Pero no sabemos nada acerca de dicha organización. Es más, ni siquiera

sabemos su nombre, mi estimado amigo.

Como ya le he dicho, su nombre, o los nombres de las cosas, son lo de

menos, aunque si eso lo hace sentir más tranquilo, amigo mío, mi nombre es

Diógenes, Diógenes Copegui.

Esa noche, las distintas inconsistencias del tiempo hicieron mella en el alma de

un apasionado amante de la música y de una empedernida admiradora del

océano. Esa noche, clara, aunque de estrellas adormecidas, Luis y Hanna se

pusieron a pensar qué tan importantes podrían ser los recuerdos para una

persona. A punto estuvo alguna brisa de susurrarles algún secreto al oído,

algún secreto que los pudiera serenar un poco, pero no lo hizo. Más bien

aquella brisa se quedó escuchando sus pensamientos. Porque ellos pensaban

en mil cosas distintas, pero de

vez en

cuando en algo concreto: en los

recuerdos. Ellos pensaban en los recuerdos y los asemejaban a los distintos

paisajes que se pueden apreciar desde un tren en movimiento. En un tren en

movimiento, los paisajes van quedando atrás uno tras otro, pero la mente

humana es lo suficientemente rápida como para retener algo de ellos. De esa

forma, si alguien pregunta, uno puede decir que vio un paisaje con tales

características, y si el paisaje era totalmente desconocido para nosotros, puede

que el cerebro haya actuado mucho más rápido para grabarse todas las

características posibles de dicho paisaje.

Claro, para ellos dos, puede que los recuerdos sean como los paisajes que se

ven de formas fugaz. Eso explicaría en gran parte por qué durante sus dos

primeros años juntos, Luis y Hanna se dedicaron a viajar de un lado para otro

sin más dirección que la que les proporcionara el instinto.

Sí, yo lo sé: los recuerdos son para ellos dos como un paisaje. Ahora bien, qué

pasa cuando cada día estamos inmersos en un mismo paisaje y empapados

hasta el último recodo del alma de lo que dicho paisaje significa para las

distintas personas. Qué pasa cuando un paisaje, luego de hacerse sumamente

familiar, se convierte en un silencio imperceptible. Qué pasa cuando un paisaje

pierde todos los envites de su presencia y pasa a configurar de costa a costa

todo lo que significa nuestra rutina.

Al menos para Luis Romero y Hanna Lissette la respuesta estaba muy clara:

En esas condiciones, las palpitaciones del alma se van apagando poco a poco

y nuestro ser pierde uno de los más grandes tesoros que nos distinguen como

seres humanos. Dicho tesoro, es ese curioso e invaluable don que todos

tenemos

en

mayor

o

nosotros mismos.

menor

medida,

para

preguntarnos

quiénes

somos

¿En qué mirada andarán subvertidos los recuerdos? ¿En cuántas pieles unos

dedos lujuriosos han trazado la silueta de nuestro ser? ¿Cuántas veces han

hecho aquellos dedos lujuriosos aquel pecaminoso y delicioso acto, y bajo el

efecto de qué licores?

¡Oh, queridos recuerdos! Dinos, ¿cuántas pupilas han visto evaporarse la

realidad sobre un dulce pétalo de luz?

Siete

Luego de varios días con un insumiso avispero en la cabeza, con la semilla de

la duda, la inquietud y la ansiedad en sus corazones, tras haber cavilado sobre

esto y lo otro, y tras haberse dado cuenta de que Diógenes Copegui sabía ser

muy pero muy persuasivo, Luis y Hanna terminaron aceptando el trato, y un

buen día se unieron a AUHF, la misteriosa organización que pretendía asesinar

a Dios.

Lo primero que Luis hizo una vez se vio a sí mismo parte de la organización, y

una vez fue invitado a una reunión secreta en un lugar de reuniones secreto,

fue preguntar contra quién o quiénes tendría que luchar, y cómo podría ayudar

a asesinar a Dios. Ah, y qué significaban esas siglas de AUHF.

Mira, Orestes.

¿Orestes? preguntó Luis.

Sí, Orestes, ese es tu nombre clave.

¿Cómo? No que no le veían ninguna importancia a los nombres.

Ninguna importancia esencial, amigo mío, pero resulta que nos encontramos

viviendo en un mundo concreto y material.

En ese caso, ¿cuál es el nombre clave de mi esposa?

Artemisa.

—Me gusta, aunque el mío no sé… Creo que preferiría un Chopin, o un Strauss

o

un Linszt. Algo que tenga que ver con la música practicada como un excelso

y

perenne arte.

Bueno, eso es lo que hay contestó Diógenes. Ahora, acerca de qué

significan nuestras siglas AUHF, significan: El astrolabio del último horizonte

florecido. Acerca de quiénes serán nuestros enemigos, muy sencillo, en primer

lugar, Dios, y en segundo lugar, todos los ángeles que conforman su hueste

celestial.

¿Eso significa que nosotros somos ángeles caídos o algo así? preguntó

Luis.

No, eso solo significa que nosotros pelamos contra Dios.

Bueno, y por qué quieren ustedes asesinar a Dios.

La respuesta a aquella pregunta también es muy sencilla. Él nos quitó

nuestros pasados y nuestras vidas anteriores y nos dejó un buen día en un tren

o en un avión o en una casa abandonada o en algún otro lugar, con una nota

que contenía una prueba para nosotros, y otra más que contenía una amenaza

para que no nos aventuráramos a investigarnos a nosotros mismos. En este

lugar, por tanto, somos muchos los que en otra vida teníamos amigos, familia o

amantes que ya no podemos ver porque nos encontramos bajo amenaza de

muerte.

De ahí que quieran asesinar a Dios y a sus ángeles, pero ¿cómo piensan

hacer eso?

Hemos descubierto un método. Escucha bien, en este mundo hay muchos

objetos en los que las personas han concentrado una atención excesiva o

mucha energía vital a través de sus obsesiones o sus ideas o sus deseos, de

una forma tal, que dichos objetos llegan a represar el alma de las energías que

se ponen en ellos. Para ponerte un ejemplo, nosotros hemos llegado a asesinar

a muchos ángeles destruyendo las imágenes que los representan. Imágenes

que tienen plasmadas en ellas, toda la energía de lo que dichos Ángeles

representan. El problema, como ya te puedes estar imaginando, es que no

todos los ángeles tienen pinturas o imágenes sobre la tierra, y hay unos

cuantos que tienen miles de imágenes de todo tipo en el mundo, y para

deshacernos de ellos habría que eliminar primero todas esas imágenes o por lo

menos las más importantes. Una tarea que a veces se convierte en una labor

titánica, por no decir que imposible.

No puedo creer lo que me están diciendo. Están ustedes seguros de esa

teoría.

Mira, Orestes, por qué crees que algunas religiones milenarias como el

judaísmo

impiden

dentro

de

sus

principales

representaciones del Dios creador.

No lo sé.

mandamientos

todas

las

Muy fácil, para que no hayan imágenes que contengan la energía simbólica

de lo que Dios representa.

Bueno, suponiendo que esa teoría sea cierta, hoy en día hay muchas

imágenes de Dios, y sería imposible destruirlas todas para matar su alma.

Sí, es cierto, y aun destruyendo todas las imágenes que existen hoy en día

de Dios, aun quedarían todas las biblias y demás libros sagrados del mundo.

¿Entonces?

No te preocupes, la AUHF, ha descubierto un punto neurálgico que contiene

gran parte del alma de Dios, y estamos seguros que destruyendo dicho punto

estaríamos asesinando gran parte de su alma.

¿Qué punto es ese?

Su representación simbólica más importante.

No logro dar. ¿Cuál es?

La imagen más importante que Dios tiene sobre el mundo. Aquella que se

encuentra en la capilla Sixtina desde el Cinquicento italiano. Es decir, aquella

famosa representación de Dios que un buen día se le ocurrió diseñar a Miguel

Ángel Buonarroti. Sí, a aquel pintor que se le ocurrió incluso que todas las

imágenes de santos de su gran obra fueran desnudos, eso, con el fin de dar

pistas acerca del carácter sacrílego de su obra, puesto que en la edad media la

Iglesia Católica no permitía que hubieran desnudos en las obras de arte.

Ya veo, esa es una teoría sin duda muy interesante. Aunque todavía tengo

algunas cuantas dudas: ¿cómo piensan destruir ustedes esa imagen? Y ¿cómo

van a hacer para que mi esposa y yo recuperemos todos nuestros recuerdos?

Sobre cómo destruiremos aquella imagen de Dios, eso ya te lo diremos en su

debido momento. Acerca de cómo recuperarán ustedes sus recuerdos, déjame

recordarte, antes que nada, que la otra vez te hablé de una sacerdotisa un

tanto especial que está de nuestro lado. ¿Sabes?, urge que ustedes dos se

vean con ella cuanto antes.

Dentro de poco, el desenfrenado blues de los recuerdos se vestirá con el

atuendo de los impulsos más irreprimibles y grávidos de la carne. Un cúmulo

insospechado de anhelos incendiarios, se sublimarán entonces entre aquellos

primeros y sublimes cantos que se entonan en la primavera de la piel y entre

los distintos perfumes que se encuentran en los umbrales del delirio. Y así,

entre la sintaxis detenida de un tiempo etéreo y la corriente huracanada de mil

deseos de líquida intensidad, un amante de los sonidos del alma y de la música

en general, y una empedernida amante del océano y de sus fugitivos e

invisibles destellos, encontrarán en una extraña casa a una sacerdotisa, a una

musa, a una sibila que les devolverá sus recuerdos.

Ocho

Si él quiere encontrar todos sus recuerdos pasados, primero tiene que tomar

aquella llave que abre una puerta arropada por múltiples delirios y distintas

capas de sueños de entrega y arrojo. Luego debe cruzar aquella puerta y entrar

a una casa completamente llena de espejos alucinados, una casa en donde se

presiente la silenciosa balada de la luna y un singular réquiem de ánimas que

se cuela entre la magística almibarada de los ojos y los avasalladores

torbellinos del ser. Una casa inundada con el agua de un frío y apático lago, en

donde el aire invita a todos sus huéspedes a que lo pinten con esa sed de

espacio que tiene la luz, o con el color de una lágrima que mientras cae se

mantiene al margen del tiempo, o con la melodía de un horizonte que se

expresa en la certeza de un fulgente beso.

Nueve

Él y ella son dos amantes que persiguen los místicos secretos de las esporas

del encanto. Él, es un mágico artífice de murmullos, y ella, por su parte, una

hacedora de la pasión y una hábil prestidigitadora de la sensualidad.

Ambos se han amado ya durante un buen par de años con unas caricias que

han empapado sus cuerpos de vida; una caricias que han serpenteado mil

delirios pasionales distintos, y que han clavado su mirada pulsante en todas y

cada una de las esquinas de la desnudez. El de ellos es un amor que les ha

dejado un pequeño hijo llamado Vicente.

Pero ahora ellos persiguen una experiencia nueva. Y además de ello, quieren

recuperar sus recuerdos pasados. Por ello, bajo una luna virginal, el tiempo que

gira en torno a las flores les ha susurrado acerca de la existencia de una musa

que hace mucho mucho tiempo atrás fue asesinada por un par de amantes

como ellos. No, permítannos corregirnos, una musa no, más exactamente una

sacerdotisa o una Sibila de sexualidad abarcadora. Una sacerdotisa que bien

puede revivir siempre y cuando dos amantes se propongan resquebrajar las

soledades más dulces y las ternuras más amargas de los días inconcretos,

para llegar así a los últimos resquicios de la pasión.

Claro, no será tan fácil revivir a aquella musa. No será nada fácil, puesto que

aquellos dos amantes, antes que nada, deberán encontrar su cuerpo fallecido.

Para ello, para encontrar dicho cuerpo, ellos tienen que seguir las pistas que

les ha dado una organización que pretende matar a Dios, y cuyos integrantes

se hacen llamar a sí mismos: El astrolabio del último horizonte florecido. Dichas

pistas, por cierto, hablan de una luna roja y de los diferentes latidos que le

pertenecen a los sueños.

Luego, cuando ambos ya sepan dónde se encuentra aquella casa en la que

reposa el cuerpo libidinoso e imperecedero de aquella Sibila de sexualidad

abarcadora cruelmente asesinada, ellos deberán tomar un camino en el que

cada noche suelen caer cientos de pétalos azul turquesa. Pétalos que se

arremolinan sin ton ni son por todo el entorno de aquel místico camino.

Ahora bien, esta historia prosigue de la siguiente forma: aquellos dos amantes

de los que hemos estado hablando, llegan a aquella portentosa y mística casa

que se encuentra demasiado cerca de un lago. Lo suficientemente cerca, por

cierto, como para que toda la primera planta de dicha casa se encuentre

inundada con las herméticas y silenciosamente auscultadoras aguas de dicho

lago.

Luego, cuando aquellos dos amantes hallan, en uno de los cuartos de la

segunda planta de aquella portentosa y mística casa en la que se encuentran,

el delicioso y apetecible cuerpo sin vida de la Sibila de sexualidad abarcadora,

ellos dos caen en la cuenta de que deberán llevar a cabo un clásico y antiguo

ritual de vida. Ellos deberán hacer el amor de una forma intensa y lujuriosa

para revivir a aquella sacerdotisa que un oscuro y nebuloso día fue asesinada

por dos amantes que se dejaron guiar por la brújula desorientada de sus celos.

Sí, aquel clásico y antiguo ritual de vida que es hacer el amor, ambos amantes

deberán llevarlo a cabo, aun sin importar el intenso frío, y en las herméticas y

silenciosamente auscultadoras aguas de aquel lago que ha invadido la primera

planta de aquella portentosa y mística casa a la que tan brevemente nos

hemos referido.

Cuando ya se haya cumplido con diligencia y sin ninguna premura aquella

tarea, tan parecida a la acción de beber del sexo de la luna, será la mágica

fertilidad de la ternura y los arrebatos provocados por los distintos espasmos de

placer, los que, al fin de cuentas, revivan a aquella sacerdotisa cruelmente

asesinada.

Ya después a aquellos dos amantes no les quedará más que disfrutar de las

mieles de la piel de aquella Sibila de sexualidad abarcadora, allí, en aquella

casa, ante los distintos brillos de la piel de un gélido lago, o en cualquier otra

mística y seductora parte del mundo. Los tres harán el amor entonces con una

dedicación sublime, y si no se interponen unos celos de carácter destructivo.

Eso, mientras que él va recordando poco a poco por qué es tan buen amante

de los sonidos del alma y de la música en general, y ella del océano y de sus

fugitivos e invisibles destellos.

Y puede que si aquellos dos amantes, asombrados por las distintas facultades

que brinda la pasión más pura, se deciden preguntarle un día de estos a su

hermosa y sensual sibila por qué razón les brinda ella tantos dones y tantos

recuerdos pasados a cambio de unos amores intensos y ocasionales, ella, muy

seguramente, les contestará lo siguiente:

—Aquellos

amores

que

ustedes

llaman

“ocasionales”,

no

son

nada

ocasionales, puesto que si hay algo que en verdad deba quedar claro, es una

sola y sencilla cosa: debe quedar claro que entre los sensuales aromas de una

eternidad intravenosa, una bella musa inasible o una mística sacerdotisa

siempre compartirá sus más místicos secretos, y siempre será enormemente

fiel, siempre y cuando los amantes, y todos los que reciban algo de inspiración

de ella, también sean fieles con ella y le compartan sus más íntimos y

apasionados secretos.

Diez

Susana le contó a Luis acerca de la casa junto al mar en la que ella vivía

cuando niña y también acerca de su padre, ese hombre al que ella tanto

admiraba y quería.

Andreu,

por

su parte, le

contó a

Hanna acerca de aquel bar en

el que

él

trabajaba como músico y acerca de lo bien que se las arreglaba para hacer que

mil y un sentimientos de distinto calibre navegaran entre mil y un distintas

sonatas de distinta envergadura.

¿Sabes, amada mía, lo que dicen acerca de esa pequeña e incierta gota de

agua de un desconocido río? le preguntó Luis a su esposa al verla tan

acongojada y tan preocupada por haber perdido de golpe su infancia.

No, Luis, ¿qué es lo que dicen?

Que aquella gota no anhelaba ser parte de aquel desconocido río. No, ella

quería formar parte del mar y vivir en él y entre sus muros de líquida eternidad.

¿Sabes, mi amor, qué gota era esa?

No. No lo sé.

Era una gota traviesa, puesto que no era de ese tipo de gotas de agua que

se va con la corriente

de

su

río

y se

deja arrastrar en ella, sino la que se

adhiere suavemente a tu piel y se va contigo luego de que has entrado a aquel

río para bañarte.

¿Eso quiere decir?

Sí, querida. Si quieres volver a tu poblado natal, yo no me opondré. Ya

sabes, yo ya te lo dije cuando nos conocimos en aquel tren: yo sería capaz de

acompañarte hasta el último y más profundo de los infinitos.

Una semana estuvieron Hanna Lissette y su esposo Luis visitando el poblado

natal de una pequeña niña llamada Susana que cierto día desapareció entre

las aguas del mar, y que durante muchos años estuvo viviendo en un incierto y

nebuloso

limbo

fuera

de

toda

ubicación

geográfica

y

de

toda

línea

de

temporalidad. Durante esa semana, Hanna visitó a muchos de sus conocidos

de otra vida, sin decirle a ninguno de ellos que ella había sido la pequeña niña

de nombre Susana que desapareció en aquellas regiones años atrás. Ella le

pidió a su esposo que por favor preguntara por Rodrigo Buenaventura (su

padre), y él accedió con gusto. Sí, accedió, aunque las informaciones que él

obtuvo luego de preguntar por dicho hombre, diciendo que era un viejo amigo

de aquel hombre, no fueron del todo tranquilizadoras para Hanna Lissette y su

acongojado y nostálgico corazón. Para poner un ejemplo, una de las vecinas

chismosas que en vida había tenido Rodrigo Buenaventura, dijo que él se

había suicidado mucho tiempo después de haber violado y asesinado a su

pequeña y linda hija de ojos rubicundos y relucientes. Al escucharla decir

aquello, Hanna se lanzó sobre ella y la tomó del cabello, y de no ser porque

Luis la logró separar de aquella vieja chismosa, muy seguramente ella le

hubiera arrancado el cabello de raíz.

Acerca de la casa del finado Rodrigo, dicha construcción aún continuaba en pie

junto a los vertiginosos cambios de ánimo del océano, aunque, eso sí, en

cualquier momento aquella deshabitada vivienda, tan llena de recuerdos y

pesares, podría venirse abajo. Hanna estuvo hurgando en ella durante días, y

sin que a ningún vecino le importara, hasta que por fin encontró aquello que ni

ella sabía a ciencia cierta que estaba buscando. Se trataba de una nota escrita

por su padre. Una escueta nota que decía: “Hija, si estás leyendo esto, eso

significa que ya has regresado de tu largo cautiverio y que yo me ido al otro

mundo. Sí, siempre sospeché que volverías. Es más, siempre he estado

totalmente seguro de ello. Por eso quiero que sepas que te amo más que a

nada. Quiero que sepas que eso también me hace querer decirte que no te

vayas a preocupar por mí, o por lo que diga la gente sobre mí. Hija, cuando aún

nos queda mucho tiempo por vivir y muchas cosas por hacer, ese tiempo es

mucho más importante que todo el tiempo pasado”.

Esa última noche en su tierra natal, Susana decidió dejar atrás todas sus

nostalgias y junto a su amado entró al océano que hace mucho tiempo atrás la

devoró y la hizo desaparecer, para cabalgar allí a un amor desenfrenado entre

la olas. Ambos se amaron entonces entre caricias de pálpitos intemporales y

entre el suave vaivén de las olas del mar. Él la cabalgó a ella y ella, entretanto,

sintió que no solo la embestía su amado esposo sino cientos y cientos de olas

de pasionales y extasiadas armonías. El sexo de Luis era como un sublime pez

dentro del mágico océano interior de la hermosa Hanna Lissette. Los besos de

ellos dos, llevaban contenidas todas las brisas que no osaban entrar al mar. Sí,

ellos sabían a la perfección cómo se cabalga al amor entre las olas.

Al otro día, mientras esperaban a que fueran las dos de la tarde para tomar el

avión que los regresaría a la ciudad en la cual habían formado una familia y en

la cual Luis había tenido una vida anterior de músico y cantante, y mientras

esperaban en un café a que les trajeran un sencillo pedido para desayunar, una

bella y sensual mujer de cabello color bermellón, sumamente corto, y con ojos

de un azul abarcador y abismal, se sentó en la mesa de ellos como si nada.

Hola, mi estimados amigos. ¿Cómo los trata la brisa de este lugar y las olas

del mar?

Muy bien, gracias. Pero quién es usted dijo Hanna.

Soy una de esas extrañas enviadas que vienen a decir que las cicatrices del

horizonte residen en nuestras propias miradas. Una de esas enviadas que

vienen a revelar los kármicos escritos de un cielo tormentoso.

Es usted de la AUHF preguntó Luis.

No, no, no, no. Yo, a decir verdad, vendría siendo del bando opuesto. Eso

quiere decir, mis estimados amigos, que soy un ángel de Dios. Mi nombre, en

este mundo, es Belina.

Y ¿qué quiere de nosotros?

Informarles. Informarles que en el cielo ya sabemos que ustedes han

encontrado esa brecha indeterminada que existe entre un recuerdo y otro.

Ah, ya veo. Ya saben que hemos recuperado nuestro pasado vilmente

hurtado.

Sí, así es. Algo que, si bien recuerdan, está prohibido bajo pena de muerte.

Pero no se preocupen, que yo también vengo a informarles algunas cuantas

cosas más.

¿Qué cosas?

Bueno, observen este periódico.

Hanna y Luis observaron una noticia que hablaba sobre un fallido atentado

terrorista en Ciudad del Vaticano. Se trataba, sin duda alguna, del atentado que

iba dirigido contra la capilla Sixtina.

Once

Tanto Luis como su esposa salieron a toda marcha de aquel restaurante hacia

su casa. Pero cuando llegaron allí, encontraron a su empleada doméstica

hecha un verdadero mar de lágrimas y sufrimiento. Ella, es decir, la empleada

doméstica, les contó que una mujer con la misma descripción de la Sibila de

sexualidad abarcadora que hacía unos cuantos días les había devuelto sus

recuerdos, había llegado muy bien armada horas atrás y se había llevado

consigo, por la fuerza, claro está, y luego de revolcar toda la casa, a Vicente,

es decir, al pequeño hijo de Luis y Hanna.

Ahora, si ellos dos querían volver a ver a su hijo, había dejado dicho la sibila,

ellos tenían que llevar consigo, a la portentosa y mística casa junto al lago, la

pintura aquella que apareció junto a ellos cuando se conocieron en aquel tren

que viajaba trepidante hacia el infinito. También se les dejó dicho que si

avisaban a la policía, la sibila le suministraría a las autoridades competentes,

toda la información necesaria como para implicarlos a ellos dos con los

terroristas que pretendían hacer volar la capilla Sixtina, es decir, con la

organización de El astrolabio del último horizonte florecido.

Luego de que Luis y su bella esposa con aura de embravecidas e impetuosas

olas, tomaran aquella obra arte en la cual aparece un pequeño barco que anda

sobre unas aguas de agitados ensueños con una orquesta sinfónica en su

popa, ellos se dirigieron a toda prisa a la singular y mística residencia de la

sibila que devuelve los recuerdos. (La obra, por cierto, se encontraba en una

caja fuerte muy bien incrustada en uno de los muros de la casa del matrimonio

Romero).

Cuando Luis y su esposa Hanna llegaron a la casa junto al lago, tras haber

cruzado el camino de los pétalos azul turquesa, encontraron a Diógenes

Copegui y a una hermosa mujer (no tan hermosa como Hanna, por supuesto),

junto al cuerpo esplendoroso y deseable de la Sibila de sexualidad abarcadora.

Diógenes tenía una pistola. Nada más fue saludar a los recién llegados, para

con ella apuntarle a Luis y a su hermosa esposa amante de las olas y sus

ondeantes y enfebrecidos lenguajes.

La mujer que lo acompañaba a él, es decir, a Diógenes, se dirigió hasta donde

estaba el matrimonio Romero y tomó la pintura que ellos traían.

Fue entonces cuando Diógenes, sumido en una siniestra penumbra con visos

de muerte que se puede palpar, y se puede besar, tomó la palabra:

Esta pintura, queridos amigos, contiene la vida de ustedes. No sé si se

habían dado cuenta de ello. Ahora bien, déjenme decirles que con la ayuda de

esta sacerdotisa, puedo extraer dicha vida para pasarla rápidamente a mi

amada y a mí. Veo, por la expresión que tienen, que no me entienden muy

bien, pues déjenme que me explique con más detalle. Mi esposa y yo tenemos

cerca de nueve siglos de edad. Una edad que hemos alcanzado tomando la

nervadura de la vida que se encuentra en estas pinturas que Dios y sus

ángeles han dejado por doquier.

Marianne, es decir, la esposa de Diógenes, se acercó a la hechicera y

comenzó a besarla. Los miasmas de las primeras seducciones cósmicas

cubrían el cuerpo desnudo y libidinoso de la sibila. Una extraña y orgásmica

infusión, por su parte, salía despedida a borbotones por aquella piel tan

conocida por el matrimonio Romero.

Es hora de que mueran dijo Diógenes de un momento a otro mientras su

esposa y la sibila se amaban sin ningún pudor y como si estuvieran totalmente

solas.

Las balas salieron despedidas con una furia de titánicas proporciones, desde la

pistola que llevaba Diógenes, rumbo a los cuerpos de Luis y su esposa Hanna.

Vicente, el pequeño hijo de ambos, que se encontraba allí, miraba impertérrito.

Miraba cómo las balas desaparecían de un instante a otro y eran consumidas

por la Nada. Sí, las balas desaparecían como si no hubiesen sido disparadas

en ningún momento.

Fue entonces cuando comenzó a sonar aquel violín. Se trataba de Belinda.

Ella tocó el violín durante unos cuantos segundos. Luego, al acabar su

arrobador y fugaz acto musical, dijo:

He venido por orden de quien suele organizar las estrellas para indicar la

dirección que deben tener los sueños. He venido por orden de quien posee el

andamiaje de todos los recuerdos humanos, de la misma forma en la cual ha

sido el responsable de la creación de todos y cada uno de los tramos del ayer,

del hoy y del mañana.

Sí, ya sabía yo que podrías aparecer por esta casa aseguró Diógenes, con

suma tranquilidad.

Luego, él extrajo de su chaqueta un pequeño portarretratos con la imagen de

una

santa

muy

parecida

a

Belinda.

Un

portarretratos

que

él

estrelló

súbitamente contra el suelo valiéndose para ello de toda su fuerza.

Y fue entonces como si alguien retirara uno de los cimientos del destino, el cual

comenzó luego a desmoronarse en forma desbocada. La luna, que no dejó de

espiar en ningún momento todo lo que allí sucedía, comenzó a temblar

mientras su piel y sus nervios se erizaban del susto. Se erizaban, porque todo

a su alrededor, hasta las fibras mismas de la realidad, se desplomaban

vertiginosamente.

Belinda cayó al lago. Había muerto. El violín que ella llevaba, por su parte,

también se precipitó hacia aquellas frías e insondables aguas.

Luis, a toda marcha, subió las escaleras de la casa y se dirigió hacia donde

estaba Diógenes. Todo sucedió casi que durante un parpadeo. Luis pretendió

acercarse a Diógenes. Él no le dio tiempo y le disparó. La pistola, por fortuna,

ya no tenía balas. Ambos forcejearon. Y mientras forcejeaban tumbaron

algunos cuantos candelabros con algunas velas que se hallaban alrededor del

lecho en el cual Marianne y la Sibila de sexualidad abarcadora se amaban sin

más ni más.

Hanna también subió las escaleras. Cuando todos se dieron cuenta, un fuego

inclemente y devorador se había apoderado de casi toda la casa.

No hay escapatoria. El humo incluso ya entrado a los pulmones de todos los

que se hallan allí, y en cuestión de minutos los hará expirar sus últimos

alientos. La noche se va tornando cada vez más y más lacrimosa y sombría.

Mientras se va quemando aquella casa y todos los que allí se encuentran van

dejando este mundo, Luis y Hanna se van dando cuenta de que ellos debieron

morir hace mucho. Sí, ellos debieron morir hace mucho, pero alguien en alguna

parte les dio una nueva oportunidad. Ahora ellos ya deben morir, ya no hay

remedio, pero no quieren que el mismo destino que les espera a ellos, toque

por el momento a su querido hijo Vicente. No, él no puede morir, aún es muy

niño para ello. ¿Qué pueden hacer entonces sus padres? ¿Rezar? Pues, por

raro que parezca en dos personas que pertenecían a una organización que

pretendía asesinar a Dios, así lo hacen. Rezan. Rezan con fervor para que

Dios salve a su querido hijo, aun sin importar lo que suceda con ellos. Luego de

unos segundos, aparece una pintura con un pequeño niño y una mujer que lo

lleva de la mano. El niño de la pintura, aunque no se parece mucho, es Vicente,

y la mujer, la empleada doméstica de Luis y Hanna. Es entonces cuando ellos

se dan cuenta de que no era necesario rezar para que Dios o quién quiera que

fuera el responsable de las desapariciones de personas, y la aparición de

misteriosas y místicas pinturas, salvara a su hijo. No era necesario puesto que

en sus planes, a todas luces, figuraba el salvarlo. Aunque para ello, eso sí,

deba quitarle la memoria, y quitarle la memoria a la empleada doméstica de

Luis y Hanna, y de paso curar a dicha empleada de una grave enfermedad que

se la hubiese podido hacer dejar este mundo en pocos meses.

Lo que sigue ahora, es muy fácil de adivinar para Luis y su esposa Hanna

Lissette. Él los hará aparecer ambos (al niño y a la mujer), quién sabe si en

algún tren o en algún otro medio de transporte, y les hará creer que son madre

e hijo. Algo que ni la mejor prueba de ADN podría desmentir luego.

Tras haber tenido aquella certeza, la certeza de que su hijo no morirá, Luis y

Hanna, o más bien, Andreu y Susana, se abrazaron entre las llamas que los

consumían y se besaron mientras caían en la cuenta de que los últimos años

de vida, no fueron más que un regalo de la providencia sobre otro regalo. Se

dieron cuenta de que ellos no son los dueños de las pinturas del universo, de

que no son dueños, ni siquiera, de sus propios espejismos.

Se abrazaron y se besaron con un beso infinito en aquella casa con un

pequeño retazo de lago en su interior y algunos cuantos espejos desnudos que

reflejan los sentimientos del aire. Aquella casa que arde en fuego. Una casa

que se hunde en las pupilas de ellos. Unas pupilas con las más exultantes

pulsiones de la eternidad del amor.

Epílogo:

"Cuando una pintura tiene los mismos bocetos de un sueño y los mismos

horizontes que sirven de vestimenta a las almas, se puede, sin duda alguna,

celebrar la vida en ella", así llamaría yo, sin lugar a dudas, al epilogo con el que

termina esta historia. Esta historia que termina de la siguiente forma:

Se cuenta que un pequeño niño y su madre aparecieron en una ribera junto a

una pintura en la cual aparecían ellos dos. Se

cuenta que a ambos los

iluminaba la luz de una estrella. Sí, la luz de una estrella que suele despertar

en el agua invisible en la que flotan perennemente todas las inquietudes de la

existencia.

Aquella pintura que ellos llevaban, por cierto, era como un poema, un poema

que alberga todo lo que sabemos del alma, porque posee unos matices muy

peculiares y desapercibidos que hablan de materias improbables y reflejos

absolutos. Esa, era una pintura que bien podría dar acceso total a la zona más

restringida de la memoria. Una pintura que parece no conocer límite alguno de

colores, y en donde parece flotar lívidamente la brisa que agita a las flores para

hacerlas coquetas, y en donde también pareciera que se pueden anudar todas

las estrellas del firmamento.

Desde el más allá, sea lo que sea eso, Luis y Hanna, o Andreu y Susana,

enamorados de las caricias del firmamento y de la verdadera belleza de las

emociones infinitas, serán como dos ángeles. Dos ángeles que le recordarán

siempre a su hijo, en este mundo, que nunca se tienen solo los sueños, porque

cuando se tiene los sueños, es porque también se tiene la vida.

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