ROMANOS CONTRA ROMANOS

ÍNDICE
Pág. 3 ……………………………….…. Cuestionario de conocimientos previos 4 ………………………………….. QUE ME ODIEN MIENTRAS ME TENGAN MIEDO 5 …………………………….….… RES PVBLICA 6 ………………………………….. DOS MUNDOS 9 ………………………………….. TIBERIO GRACO 14 …………………………..…… O TEMPORA, O MORES! 15 …………………….……....… JULIO CÉSAR 21 ……………………………….. DE LA REPÚBLICA AL IMPERIO 24 ……………………………….. PAX ROMANA

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CUESTIONARIO DE CONOCIMIENTOS PREVIOS
1. En una democracia a) hay elecciones b) hay más de un jefe 2. ¿Qué sabes de la monarquía? a) es una forma de gobierno b) en ella mandan los ricos 3. ¿Qué sabes de la república? a) es una forma de gobierno b) en ella se prescinde del rey 4. ¿Qué sabes del fascismo? a) es un régimen dictatorial b) tenía como símbolo las fasces 5. ¿Había elecciones en Roma? a) no b) sí 6. ¿Qué sabes de Nerón? a) fue un gobernador b) fue un emperador 7. ¿Qué sabes de los patricios? a) eran nobles b) eran soldados 8. ¿Qué significa plebe? a) pueblo b) pueblo llano 9. ¿Qué sabes de César? a) fue un dictador b) fue amado por la plebe 10. ¿Qué sabes de Augusto? a) se llamaba también Octavio b) fue el primer emperador romano c) tenía el título de César d) a , b y c c) hay control mutuo d) a , b y c

c) en ella el jefe es un rey d) a y c

c) suele ser democrática d) a , b y c

c) suele ser democrático d) a y b

c) depende de la época d) sólo en la Roma republicana

c) daba muerte a quien le parecía d) a , b y c

c) eran pobres d) b y c

c) conjunto de patricios d) b y c

c) salvó la República d) a y b

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Magnificaba sus atroces actos con la monstruosidad de sus palabras. Decía que nada en su forma de ser elogiaba y aprobaba más que –por emplear su propia expresión– la ad j iatreyia v , esto es, la desvergüenza. En una ocasión en que su abuela Antonia le dio un consejo, como si fuera poco no hacerle caso, le respondió: “Recuerda que a mí todo me está permitido, y contra todos.” Cuando se disponía a matar a su hermano, de quien sospechaba que por miedo a los venenos se estaba protegiendo con medicamentos, le dijo: “¿Un antídoto contra el César?” Después de desterrar a sus hermanas, las amenazaba diciéndoles que él no sólo disponía de islas, sino también de espadas. A un expretor que por motivos de salud había solicitado un retiro en Anticira y expresaba con bastante frecuencia su deseo de que se le prorrogara el permiso, mandó que lo mataran, añadiendo que aquella sangría era necesaria para una persona a la que durante tanto tiempo no había servido de nada el eléboro. Cada diez días firmaba la lista de los encarcelados que debían ser ejecutados y decía que estaba ajustando cuentas. Nunca toleró que se castigara a nadie a la ligera, sino con golpes reiterados y menudos, de acuerdo con una regla constante que ya se ha hecho famosa: “Hiere de tal forma que se sienta morir.” Cuando por un error de nombre fue castigada una persona distinta a la que había determinado, afirmó que esa misma también se había merecido igual trato. Constantemente pronunciaba aquel verso trágico: Que me odien mientras me tengan miedo. Irritado con la multitud porque aplaudía en contra de su deseo, exclamó: “¡Ojalá el pueblo romano tuviera un solo pescuezo!” SUETONIO, Calígula 29

1. ¿De quién habla el texto? 2. ¿Qué cargo tenía esa persona? 3. ¿Quién era “el César”? ¿Por qué se denominaba así? 4. ¿Dirías que le estaba “permitido todo, y contra todos”? ¿Por qué? 5. ¿Qué quería decir con la frase que exclamó irritado contra la multitud? 6. ¿Siempre, a lo largo de la historia romana, se había concentrado tanto poder en una sola persona?
Lo que el biógrafo Suetonio nos cuenta del emperador Calígula se corresponde más o menos con la imagen que la literatura y el cine nos han legado de la Roma antigua: una ciudad gobernada a su capricho por un solo hombre, normalmente degenerado, que a nadie tenía que rendir cuentas de su actuación. Esto fue más o menos así, pero sólo durante los últimos cinco siglos de la historia romana (aproximadamente, desde el I hasta el V después de Cristo). Durante los cinco siglos anteriores, Roma había sido una República en la que el poder quedaba repartido entre miles de ciudadanos, los asuntos se debatían en asambleas y se celebraban elecciones. Es decir, lo que hoy llamaríamos una democracia. ¿Cómo se extinguió ésta? ¿Cómo se llegó a la situación que nos describe Suetonio, es decir, a una dictadura?

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Para responder a esta pregunta, necesitamos remontarnos a los orígenes de la misma Roma. Según la tradición, esta ciudad fue fundada en el siglo VIII antes de Cristo por Rómulo, quien la habría gobernado como rey. Después de él reinaron sucesivamente otros seis reyes, hasta que en el año 509 a. C. Lucio Tarquino el Soberbio, el último de ellos, fue expulsado por un grupo de aristócratas encabezado por Lucio Junio Bruto. Desde entonces, los romanos albergaron un profundo odio contra la monarquía, forma de gobierno que consideraron propia de pueblos atrasados (los “bárbaros”), ya que por lo general cada rey había gobernado sobre su territorio como si éste fuese de su propiedad, es decir, un asunto privado (res priuata). Cuando abolieron la monarquía, los romanos consideraron que el territorio de Roma debía ser tratado como un asunto público (res publica), es decir, como una propiedad compartida por todos los hombres nacidos dentro de la ciudad, los ciudadanos (ciues). Eso significaba que los terrenos de la ciudad, sus calles, sus plazas, sus acueductos, sus cloacas y sus templos ya no pertenecían a una sola persona y a sus parientes o amigos, sino a todo el pueblo romano (populus Romanus). Sin embargo, eso sólo era la teoría. Lo cierto es que el poder pasó a manos de las mismas personas que habían pertenecido al círculo del rey, es decir, a los ciudadanos más ricos, los patricios (patres). Los patricios, probablemente no más de un millar, estaban organizados en varias grandes familias o clanes (gentes): los Junios, los Claudios, los Sempronios, los Cornelios, los Julios, los Emilios, los Calpurnios, los Domicios, los Horacios, los Fabios, los Porcios, los Sergios, los Servilios, los Lucrecios, los Valerios y algunos más. Cada clan (gens) se consideraba descendiente de un héroe, y por tanto, de linaje divino. Así, la familia de los Junios, a la que pertenecía Bruto, se hacía descender de la diosa Juno, y la de los Julios, de la que saldría el futuro César, se decía descendiente de Julo, el hijo de Eneas, hijo a su vez de la diosa Venus.

1. ¿Qué significaba originariamente República y a qué se oponía? ¿Y en la actualidad? 2. ¿Por qué figura la imagen de Eneas en la moneda de Julio César?
Los patricios se repartieron en exclusiva el poder no sólo porque se consideraban los únicos que eran dignos de ello, sino también porque eran los únicos que podían: dedicarse a la política requiere dinero y tiempo libre, y sólo quienes vivían de la renta de sus tierras disponían de ambas cosas. Los demás ciudadanos, los plebeyos (plebeii), estaban demasiado ocupados en trabajar, y la mayoría de ellos sólo para sobrevivir. Dado que no disponían de dinero ni de formación para protegerse de rivales y enemigos, no tenían más remedio que ponerse al servicio de las familias patricias, ofreciéndoles fidelidad y ayuda a cambio de protección y asistencia jurídica. Esta relación se denominaba clientela (clientela). Los patricios despreciaban a sus clientes no sólo porque éstos no tenían sangre noble, sino además porque se ganaban la vida con el trabajo manual, que era mal visto incluso por los propios plebeyos, sobre todo si estaba relacionado con el comercio (el oficio de mercader o tendero se equiparaba al de gladiador, actor o prostituta).

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Este desprecio se manifestaba en un hecho que marcaría la historia de Roma durante los siguientes siglos: la separación tajante entre los nobles y la plebe (plebs). Llegó a existir durante un tiempo una ley que prohibía el matrimonio entre patricios y plebeyos, y cuando esta ley quedó derogada, muchos patricios siguieron negándose no sólo a casarse con plebeyos, sino a relacionarse con ellos de cualquier otro modo, por eso era muy extraño verlos compartiendo espacios, tales como el comedor o la calle (lo normal es que un patricio se desplazara en litera, oculto tras unas cortinas, evitando el contacto con el suelo y las miradas de los “bribones”, como despectivamente llamaban a los plebeyos). En ciertos aspectos, los plebeyos eran casi esclavos de los patricios. Además de la fidelidad que como clientes les ligaba a ellos, muchos se habían convertido en sus siervos, ya que, debido a su pobreza, les habían solicitado préstamos y, al no poder pagarlos, contrajeron deudas que les sumieron en la ruina y la servidumbre. En la práctica, sólo dos diferencias separaban a los plebeyos de los esclavos (serui): eran personas libres y tenían derechos políticos. Esto último significaba poder participar en la asamblea popular para votar, por ejemplo, a favor o en contra de la guerra, y también para elegir a sus representantes, los magistrados (magistratus). Las magistraturas eran cargos políticos que habían sido creados después de la expulsión del último rey para gobernar y administrar la ciudad juntamente con el Senado y la Asamblea Popular (Senatus populusque Romanus). Estos tres órganos de gobierno se controlaban mutuamente, pero además su poder quedaba limitado por varias razones. En primer lugar, todos eran colegiados, es decir, estaban formados por más de un miembro. Por ejemplo, había dos cónsules: si uno de ellos ordenaba la detención de un ciudadano, ésta no se hacía efectiva hasta que su colega (collega) diese su conformidad. En segundo lugar, la duración del cargo era generalmente de un año, al término del cual el magistrado debía rendir cuentas de su actuación, pudiendo ser llevado a juicio si había actuado en contra de la ley. De este modo, el magistrado se lo pensaba bien antes de excederse y en todo caso, si intentaba acaparar demasiado poder apoyándose en su ejército, la finalización de su mandato lo impedía. La única magistratura no colegiada era la dictadura: de manera excepcional, cuando la seguridad de la República estaba en riesgo, se nombraba un dictador legal (dictator) para que durante un período máximo de seis meses reuniese poderes ilimitados. Por ejemplo, en el siglo V a. C., Lucio Quincio Cincinato fue nombrado dictador para que salvara a la ciudad del ataque de un pueblo vecino y, tras cumplir con su misión, abandonó la vida pública y regresó al campo. Cincinato pasó a la historia como modelo de hombre honrado: aunque pudo aprovechar la dictadura para hacerse fuerte y satisfacer sus intereses personales, prefirió servir exclusivamente a su patria y continuar viviendo en su sencillo retiro. Como decíamos, los plebeyos tenían derechos políticos, por ejemplo, para elegir a estos magistrados, pero ellos mismos no podían llegar a ocupar ningún cargo, lo que les acarreaba grandes desventajas. Por ejemplo, si un plebeyo denunciaba a otro plebeyo o a un patricio, el juicio era presidido por un magistrado llamado pretor (praetor) y la sentencia decidida por un juez, y tanto uno como otro eran patricios, por lo que no dudarían en beneficiar al plebeyo o patricio denunciado si eran respectivamente cliente o amigo suyo. La indefensión que padecía la plebe y su situación de servidumbre se hicieron hasta tal punto insoportables, que en el año 494

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a. C., en lo que se puede considerar la primera huelga de la historia, los plebeyos salieron armados de Roma, declarando que crearían un Estado aparte y que regresarían sólo si se atendían sus peticiones. Gracias a esta secesión, la plebe obtuvo una serie de concesiones, entre ellas el acceso a algunas magistraturas y la creación de una específicamente plebeya, el tribunado de la plebe. Los tribunos de la plebe (tribuni plebis) se encargarían de defender los intereses de los plebeyos y para ello serían reconocidos por los patricios como inviolables (sacrosancti). No obstante, la propia amenaza de separación y sus consecuencias no pudieron ocultar una realidad que no dejaría de hacerse patente durante cinco siglos más: en Roma había dos mundos, el de los patricios y el de los plebeyos. Y dos mundos tan enfrentados entre sí que acabarían provocando una cruenta guerra civil (bellum ciuile), una guerra entre ciudadanos (inter ciues), de romanos contra romanos.

1. ¿Qué dos grupos principales de población habitaban en Roma? ¿Qué dos grupos había dentro del primero? ¿Dirías que había algún tipo de igualdad en Roma? Explica tu respuesta. 2. ¿Estaban sometidos los gobernantes romanos a algún tipo de control o bien podían hacer cuanto les apeteciera? ¿Qué significan las siglas SPQR? Explica el sentido de la expresión. 3. ¿Por qué se llama así la ciudad de Cincinnati? ¿Qué monumento tiene esta ciudad relacionado con su nombre? ¿Qué sostiene esa estatua en su mano derecha? ¿Qué simbolizaba ese objeto? 4. ¿Qué era la dictadura? ¿Estaba mal vista? 5. ¿Participaban del poder los plebeyos? 6. ¿Por qué se llama así la guerra civil?
Los libros suelen dar rodeos a la hora de explicar el origen de esta guerra que enfrentó entre sí a los ciudadanos romanos, pero lo cierto es que había una sola causa y bien sencilla: la lucha por la posesión de la riqueza. Sin embargo, sí sería una simplificación afirmar que la guerra enfrentó a patricios y plebeyos por esa posesión. En una fase avanzada de la República, la riqueza se hallaba casi exclusivamente en manos no sólo de los patricios, sino de los nobles (nobiles), clase formada por los patricios y por un gran número de plebeyos que se habían enriquecido gracias a actividades como el comercio, tanto que muchos de ellos superaban en riqueza a los patricios más acaudalados. Estos plebeyos acomodados ya no se identificaban con los plebeyos pobres, porque de hecho vivían exactamente igual que los patricios. Por otro lado, no es cierto que todos los nobles lucharan contra los plebeyos, ya que algunos de los principales defensores de los pobres fueron incluso patricios.

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GAYO JULIO CÉSAR JULIA MAYOR GAYO OCTAVIO TURINO

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MARCO ATIO BALBO

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ATIA BALBA

GAYO OCTAVIO TURINO
El árbol genealógico de Gayo Octavio Turino, el futuro emperador Augusto, da una idea de cómo una gran parte de la nobleza romana tenía sus raíces en la plebe: él era hijo de Octavio Turino, un plebeyo rico, y de Atia, hija a su vez de un plebeyo y de una patricia, Julia, la hermana de César. Es decir, el romano que había de convertirse en el hombre más rico del mundo tenía más sangre plebeya que patricia.

1. En una palabra, ¿qué enfrentó entre sí a los romanos en la guerra civil? a) la esclavitud c) la ideología b) la independencia d) el dinero 2. La palabra nobles designaba a a) los patricios b) los patricios y los plebeyos

c) los patricios y los plebeyos ricos d) nada de lo anterior

Uno de esos líderes patricios defensores de la plebe fue Tiberio Sempronio Graco, quien en el año 133 a. C. fue víctima del mismo odio que ochenta y cuatro años después acabaría estallando en forma de guerra civil. Su historia nos la cuenta el biógrafo Plutarco. Graco nació en el seno de una de las familias patricias más ricas e influyentes de Roma. En el 138, cuando aún no tenía 30 años, inició su carrera política como cuestor, acompañando al cónsul Gayo Hostilio Mancino en una expedición contra Numancia. Allí, el ejército comandado por Mancino cayó en una emboscada de los numantinos, que sólo aceptaron negociar con Tiberio por la alta estima que le tenían a su padre. El cuestor salvó la vida de los soldados a cambio de reconocer bajo juramento la “igualdad de numantinos y romanos”. El Senado, liderado por el pontífice máximo Publio Cornelio Escipión Nasica, consideró humillante un tratado que aceptaba como iguales a los rebeldes numantinos, de modo que se negó a ratificarlo. En un gesto que equivalía a la ruptura de la paz, Mancino fue enviado desnudo a Numancia y como sus habitantes no lo aceptaron, pudo regresar a Roma, pero deshonrado. Tiberio también perdió el prestigio dentro de Roma, factor indispensable para la carrera política, y fuera de ella, su credibilidad. Sin embargo, cuando llegó al foro, los familiares de los soldados le aclamaron como a un héroe y tal vez entonces concibió la idea de recuperar el prestigio apoyando la causa del pueblo llano, que vivía abrumado por la crisis de las tierras. En esta época, mientras los pequeños propietarios, acuciados por las crecientes deudas, vendían sus parcelas a bajos precios a los nobles, éstos se enriquecían cada vez más con los botines de las conquistas. La mayor parte de ellos, representada por Nasica, consideraba que los beneficios del imperio, principalmente las tierras conquistadas, debían ser para quienes lo habían planificado, los nobles, gracias a cuya buena voluntad y generosa ayuda las clases inferiores recibían como siempre sus beneficios en forma de edificios públicos, planes de alimentación y entretenimiento.

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La parte minoritaria de la nobleza, representada por el senador Apio Claudio Pulcro, sostenía que la crisis amenazaba la armonía entre el Senado y el pueblo y era necesario solventarla con una reforma agraria. Tiberio, animado por las consignas que la plebe garabateaba en las calles, se asoció a Pulcro, casándose con su hija, y en el año 133 se presentó a las elecciones para tribuno con un plan de reforma. La ley que pretendía proponer preveía crear una comisión que se encargara de investigar qué terrenos públicos habían sido ilegalmente ocupados por los nobles excediendo el límite permitido de 125 hectáreas y redistribuyera estos terrenos públicos entre los ciudadanos sin tierras. Tiberio fue elegido uno de los diez tribunos de la plebe. El Senado, compuesto por latifundistas, no estaba dispuesto a renunciar a su porción de los terrenos públicos, pero la autoridad para aprobar leyes era de la Asamblea Popular, guiada ahora por un magistrado que rompía con la acostumbrada colaboración entre el Senado y el pueblo. Los ofendidos senadores no podían hacer nada al respecto, salvo presentar como candidato para el tribunado a Marco Octavio, un plebeyo propietario de una gran extensión de terreno y deseoso de hacerse un lugar en el Senado, el cual se lo había atraído con promesas. Octavio, que era amigo de Tiberio desde la infancia, también fue elegido. Tiberio no tardó en actuar. Contraviniendo la tradición, presentó directamente la propuesta ante la plebe, sin consultar previamente al Senado ni buscar su aprobación. No menos incendiario fue el discurso que pronunció al subir a la tribuna de los oradores:
“Las fieras que vagan por los bosques de Italia tienen guaridas y agujeros para esconderse, pero los hombres que luchan y mue ren por Italia sólo poseen el aire y la luz, y ninguna otra cosa, pues sin casa y sin techo andan errantes con sus mujeres e hijos. Y mienten y se burlan nuestros generales cuando exhortan a los soldados antes de la batalla a defender del enemigo las tumbas de sus antepasados y sus templos, pues son muchos los romanos que no poseen ni altar ni sepulcro de sus mayores. La verdad es que combaten y mueren para proteger la riqueza y el lujo de otros. Y aunque se dice que son señores de la tierra, ni siquiera un terrón es verdaderamente suyo.”

El día de la votación, los senadores desplegaron su arma secreta: Marco Octavio. Cuando se anunció la ley de tierras, éste se puso en pie, gritó “Veto” y la votación se suspendió. Día tras día se convocaba la asamblea y Octavio seguía bloqueando el proyecto de ley. Tiberio llegó a ofrecerle una indemnización de su propio bolsillo por la tierra que pudiera perder, pero su colega rechazó la oferta. Finalmente, Tiberio hizo lo que nadie antes había intentado: proponer una votación para destituir a Octavio. Al día siguiente se reunió de nuevo la asamblea para votar la destitución y cuando ya habían votado 17 de las 35 tribus, Tiberio pidió que se interrumpiera la votación y trató de convencer con súplicas y abrazos a su viejo amigo, que permanecía callado “con los ojos arrasados de lágrimas”. Octavio, por el miedo a perder el respeto de los senadores que observaban desde las escaleras del Senado, siguió firme.

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La ley fue aprobada por aplastante mayoría, pero cada vez que los comisarios solicitaban fondos para llevar a cabo su trabajo, el Senado se negaba a financiarlo. Por entonces, Átalo de Pérgamo había nombrado heredero al pueblo romano y Tiberio propuso utilizar ese dinero para financiar la reforma. Los enemigos de Tiberio extendieron el rumor de que quería convertirse en rey con el apoyo del pueblo, alegando que habían visto entrar en su casa embajadores de Pérgamo con una corona y una túnica púrpura. Tiberio recibió amenazas de muerte y tuvo que rodearse de una escolta. El Senado estaba esperando a que expirara su cargo para poder llevarlo a juicio por haber destituido a un magistrado sacrosanto. Para evitarlo, Tiberio se presentó a la reelección. A pesar de que era inconstitucional ostentar el cargo dos años consecutivos, confiaba en que la asamblea sentara un nuevo precedente. El día de las elecciones estuvo a punto de desistir porque todos los auspicios eran desfavorables: se rompió una uña del pie al salir de su casa, una piedra cayó de una azotea ante sus pies y los pájaros destinados a tomar los auspicios ni siquiera salían de la jaula. Mientras se desarrollaba la votación, un senador le comunicó que el Senado estaba reunido tramando su muerte. Cuando Tiberio anunció esto a sus partidarios, éstos se repartieron las lanzas con las que los ordenanzas apartaban a la muchedumbre. Como los que se hallaban más lejos se sorprendían de lo que estaba ocurriendo y hacían preguntas, Tiberio se tocó la cabeza con la mano, indicando con la mirada el peligro. Sus enemigos, cuando vieron el gesto, corrieron hacia el Senado con la noticia de que Tiberio estaba pidiendo la corona. Nasica gritó al cónsul Publio Mucio Escévola que salvara la República y matara al tirano, pero el magistrado se negó a autorizar la ejecución de un hombre sin juicio previo. Nasica se levantó y dijo: “Puesto que el cónsul traiciona a la ciudad, seguidme los que queráis ayudar a las leyes.” A la manera de un sacerdote antes del sacrificio, se cubrió la cabeza con la toga y salió del Senado. Cientos de senadores, arremangándose la toga alrededor de la cintura, para poder moverse con mayor comodidad, desfilaron por las calles empujando a cuantos le salían al paso y causando una honda impresión, ya que no era normal ver a hombres nobles tan resueltos a emplear la violencia. Armados con palos y patas de bancos rotos por la multitud en su huida, golpearon primero a los que se habían apostado delante del tribuno. Mientras éste huía, uno de los senadores le agarró por la toga, Tiberio se desprendió de ella y, vestido sólo con la túnica, trató de huir de nuevo, pero tropezó con uno de los que habían caído delante de él. Cuando se levantaba, uno de los atacantes le golpeó en la cabeza y el resto lo apaleó y apedreó hasta la muerte. Los familiares de Tiberio y de unos trescientos seguidores suyos pidieron la devolución de los cadáveres, pero los senadores les negaron la dignidad de un entierro adecuado y arrojaron los cuerpos destrozados al Tíber.

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1. ¿Era algo normal y aceptado el uso de la violencia en la República romana? Para responder, cita dos frases del texto. 2. ¿Por qué recurrieron a ella los senadores? ¿Qué vieron amenazado? 3. ¿Con qué pretexto dieron muerte a Tiberio Graco? 4. ¿Por qué crees que usaban ese pretexto? ¿Creían que estaban haciendo algo incorrecto? 5. ¿Crees que se limitaron a impedir lo que ellos consideraban la destrucción de la República? ¿Por qué? 6. ¿Quién era Cicerón? ¿Qué crees que opinaba de este asesinato?

El asesinato de Tiberio Graco no fue una excepción, sino el comienzo de una escalada de violencia que acabó con la vida de su hermano Gayo y posteriormente con la de otros líderes de ambos bandos. Roma pretendía gobernar su imperio, cuando ni siquiera era capaz de gobernarse a sí misma: la Asamblea Popular y el Senado habían entrado en abierta colisión y las diferencias políticas habían comenzado a resolverse con asesinatos, enfrentamientos callejeros y golpes de Estado. En la década de los 60 del siglo I a. C., otro patricio, Lucio Sergio Catilina, intentó dar un golpe de Estado, pero fue descubierto y juzgado. Así lo veía Cicerón:
“¿Hasta cuándo ya, Catilina, seguirás abusando de nuestra paciencia? ¿Por cuánto tiempo aún estará burlándosenos esa locura tuya? ¿Hasta qué límite llegará, en su jactancia, tu desenfrenada audacia? ¿Es que no te han impresionado nada ni la guardia nocturna del Palatino ni las patrullas vigilantes de la ciudad ni el temor del pueblo ni la afluencia de todos los buenos ciudadanos ni este bien defendido lugar -donde se reúne el Senado- ni las miradas expresivas de los presentes? ¿No te das cuenta de que tus maquinaciones están descubiertas? ¿No adviertes que tu conjuración, controlada ya por el conocimiento de todos éstos, no tiene salida? ¿Quién de nosotros te crees tú que ignora qué hiciste anoche y qué anteanoche, dónde estuviste, a quiénes reuniste y qué determinación tomaste? ¡Qué tiempos! ¡Qué costumbres! El senado conoce todo eso y el cónsul lo está viendo. Sin embargo este individuo vive. ¿Que si vive? Mucho más: incluso se persona en el Senado; participa en un consejo de interés público; señala y destina a la muerte, con sus propios ojos, a cada uno de nosotros. Pero a nosotros -todos unos hombres- con resguardarnos de las locas acometidas de ese sujeto, nos parece que hacemos bastante en pro de la

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República. Convenía, desde hace ya tiempo, Catilina, que, por mandato del cónsul, te condujeran a la muerte y que se hiciera recaer sobre ti esa desgracia que tú, ya hace días, estás maquinando contra todos nosotros. Si un hombre eximio, Publio Escipión -pontífice máximo- aun en calidad de particular, privó de la vida a Tiberio Graco que perturbaba ligeramente la estabilidad de la República, nosotros, los cónsules, ¿habremos de aguantar a Catilina, que se muere por arrasar a sangre y fuego el orbe de la tierra?”

CICERÓN, Discurso contra Catilina 1.1-3 (trad. de J. Aspa Cereza)

1. ¿Nos da Cicerón una imagen objetiva de los hechos? ¿Es fiable su testimonio? ¿A quién crees que pretendía defender Catilina? 2. ¿Qué cargo desempeñaba Cicerón en el momento de escribir este discurso? ¿Qué asegura defender?

3. ¿Sabes ya qué opinaba del asesinato de Tiberio Graco?
A Roma sólo le quedaban dos alternativas: sucumbir bajo el peso de su imperio y de su caos interno o bien salvarse disolviendo la República y entregando todo el poder a una sola persona que pusiera fin al desorden. Al final se impuso esta segunda opción, pero los romanos tuvieron que pagar por ella un alto coste: la pérdida de la libertad. El hombre llamado a convertirse en dueño absoluto del Estado fue uno de los patricios más ricos de la ciudad, pero defensor de los intereses de los más pobres: Gayo Julio César. ¿Cómo consiguió aplastar por completo a sus rivales del partido de los nobles y acumular más poder del que nadie había acumulado nunca en la historia de Roma? Con mucha astucia y una gran visión política: apoyándose en la plebe, que formaba la inmensa mayoría de la población, y poniéndola en contra de los nobles. En realidad, César no sentía más simpatía por los pobres que sus rivales políticos: simplemente sabía que la plebe le daría su voto cada vez que se presentara a unas elecciones, y si alguien no se lo daba, intentaba comprarlo con su dinero y el de sus socios, Pompeyo y Craso. César ganó todas las elecciones hasta obtener la más alta magistratura de la República: el consulado. Una vez conseguida, pudo empezar a ganarse el favor del otro pilar en el que un líder podía apoyarse para derrotar a sus enemigos cuando la vía política no funcionaba: el ejército. En este punto, debemos hacer un paréntesis para comprender la importancia decisiva que iba a tener esta institución en el fin de la República.

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En los primeros tiempos, el ejército romano había estado compuesto principalmente por los ciudadanos más ricos, aquellos que podían costearse el equipo militar y al mismo tiempo tenían un mayor interés por defender las fronteras de Roma para no perder las tierras de las que vivían. Sin embargo, conforme el Imperio Romano fue creciendo, las campañas militares se hicieron tan largas, que los ciudadanos terminaban abandonando sus tierras o negocios y dejando a sus familias endeudadas. Se hacía necesaria una profesionalización del ejército, es decir, que el Estado se encargara de equipar al soldado y de darle una paga regular. Y, por supuesto, el número de personas dispuestas a dedicarse por entero a la guerra era muy alto, por una razón muy simple: convertirse en soldados profesionales era, con diferencia, la mejor salida para los pobres. Sólo en Roma había cientos de miles de plebeyos, y muchos de ellos eran tan pobres que sólo comían el grano que el Estado repartía gratis (annona). Encontrar trabajo era muy difícil, porque para todas las tareas se empleaba a los esclavos. En cualquier caso, ningún trabajo que se pudiera conseguir iba a ser estable ni estar bien considerado. En cambio, dentro del ejército, hasta el plebeyo más miserable era respetado, tenía asegurado un sueldo mínimo e incluso, a diferencia de lo que ocurría en la vida civil, podía ascender, si hacía méritos para ello. La profesionalización del ejército trajo consigo una consecuencia inevitable: cada soldado pasaba un gran número de años en su legión, tantos que ya no se sentía ligado a su patria, sino a sus compañeros de la legión y, sobre todo, a su general (imperator), quien, a cambio de un juramento de lealtad, le recompensaba durante las campañas con una parte de los botines de guerra y, una vez licenciado, con la entrega de tierras. Pues bien, César aprovechó esta circunstancia e hizo aprobar una reforma agraria por la que se debía instalar a los veteranos del ejército en fincas de Italia como reconocimiento a sus servicios. César salvó la oposición de los senadores valiéndose de sus poderes de cónsul: salió de la Curia y presentó la ley directamente en la asamblea. Sus partidarios entraron en el foro el día de la votación y lo limpiaron de enemigos de la reforma, llegando a romper en una ocasión el cetro del cónsul Bíbulo y a vaciar sobre su cabeza un cubo de excrementos. Pero ganarse el favor de una parte del ejército no era suficiente. Cuando expiró su cargo de cónsul, obtuvo el de procónsul en la Galia. Allí provocó a las tribus celtas que no estaban sometidas a Roma, entrando en guerra con ellas y derrotándolas a todas hasta someter la Galia y Britania. César acumulaba tantas victorias, que en uno de sus triunfos hizo desfilar un letrero con una de las frases que más conocidas se harían: VENI, VIDI, VICI (“Llegué, vi, vencí”). Estas victorias permitieron a sus legiones enriquecerse de una manera extraordinaria y a él repartir una gran parte del botín entre los ciudadanos más pobres de Roma.

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“La realidad era que cada hombre estaba ligado a César con todas sus fuerzas por su celo en el trabajo, a causa del hábito de la milicia y de las ganancias que la guerra procura a los vencedores y de aquellas otras que recibían de César; pues ésta las daba con prodigalidad, tratando de tenerlos adictos a sus órdenes.”1 La popularidad de César crecía entre los plebeyos en la misma medida en que crecía el número de acusaciones que sus enemigos de la nobleza, entre ellos su antiguo aliado Pompeyo, preparaban para poder llevarlo a juicio. César tenía ya las dos cosas que necesitaba: el apoyo de la mayoría de la población y una excusa para declararse rebelde. Si regresaba a Roma como un civil, sería condenado; si lo hacía como general al frente de sus legiones, podría defender con la fuerza sus intereses y los de la plebe, si bien estaría declarándole la guerra a la República. El 10 de enero del año 49, César atravesó el río Rubicón confiado en la superioridad numérica de su ejército. “Cuando llegó en su carrera al río Rubicón, que sirve de límite a Italia, se detuvo y mirando la corriente reflexionó en su mente calculando cada uno de los males que tendrían lugar si atravesaba el río en armas. Y, tras recuperar la calma, dijo a los presentes: „Amigos, si me abstengo de cruzar el río, será el principio de mis desgracias, pero su travesía lo será de las de todos los hombres.‟ Y, hablando como un inspirado, lo atravesó de un impulso, pronunciando la conocida frase de: „Que la suerte lo decida.‟”2 En sólo dos meses, logró hacerse dueño de toda Italia y Roma hubo de ser abandonada por los nobles y sus partidarios, que entre llantos partieron en barcos hacia Grecia. Cicerón se quejaba por la indignidad de tener que vagar como un mendigo:
“Me parece que ignoras la dimensión de este desastre, pues estás todavía en tu casa, pero no puedes hacerlo mucho tiempo contra la voluntad de los 3 individuos más depravados. ¿Cosa más triste, más vergonzosa que esto?: vamos de un lado para otro, indigentes, con nuestras esposas e hijos.”

A pesar de ello, Cicerón elogió la clemencia de César, que sistemáticamente dejaba libres a los oficiales pompeyanos que caían en sus manos, permitiéndoles decidir en qué bando quedarse. La guerra civil concluyó en el 48 a. C. con la victoria de César sobre Pompeyo en Farsalia. Pompeyo huyó a Egipto, reino que se encontraba bajo el protectorado de Roma y donde esperaba encontrar una buena acogida. Sin embargo, el rey Ptolomeo XIII, aún niño, asesorado por su eunuco, había decidido posicionarse a favor del vencedor:

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APIANO, Guerras civiles 2.30 (trad. Antonio Sancho Royo). Ibídem 2.35. 3 CICERÓN, Cartas a Ático, 8.2.3

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ROMANOS CONTRA ROMANOS

“Cuando Pompeyo vio un ejército numeroso en tierra, detuvo su barco. Para recogerlo, fue enviado un barquichuelo miserable, bajo la pretensión de que el mar era poco profundo y no apto para barcos de gran calado. Sempronio, un romano que entonces servía en el ejército del rey y, en otro tiempo, bajo el propio Pompeyo, tendió su derecha a este último, quien sospechaba de todo, del despliegue del ejército, del carácter miserable del barquichuelo y del hecho de que no hubiera acudido el rey en persona. Sin embargo, subió a bordo del bote y durante la travesía, como todos guardaban silencio, se acrecentaron sus sospechas. Volviéndose hacia Sempronio, le preguntó: “¿No te conozco, camarada?”, éste lo negó al punto; pero, cuando Pompeyo se alejaba, lo hirió en primer lugar y después otros. La mujer de Pompeyo y sus amigos, al ver desde lejos este hecho, prorrumpieron en lamentos. Los sirvientes de Potino cortaron la cabeza de Pompeyo y la conservaron para César, en espera de una gran recompensa, pero éste se vengó de ellos de 4 manera digna de su impiedad.”

Con toda la oposición militar y política descabezada, Roma quedaba a merced de César. Al regresar a la ciudad en el año 46, llenó los puestos vacantes de senadores con hombres nuevos de familias corrientes que le colmaban de honores y concedió regalos en metálico a todos los ciudadanos. Hasta el año 44, con poderes de dictator, cumplió sus promesas de otorgar terrenos a ciudadanos pobres, pero no fue ni mucho menos la revisión revolucionaria que sus enemigos temían. El verdadero vencedor de la guerra civil fue el soldado: cada veterano recibió un salario vitalicio y entre los años 44 y 40, medio millón de soldados o ex-soldados obtuvieron una considerable porción de la riqueza de Italia. En enero del 44, César rechazó la corona de rey, aunque era evidente que se comportaba como un tirano, como el primer emperador de Roma. A mediados de marzo, varios senadores, entre ellos Bruto, Casio, Casca y otros enemigos a quienes había perdonado la vida, rodearon a César en la Curia y sacando los puñales que llevaban escondidos bajo las togas lo mataron de veintitrés puñaladas.

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APIANO, Op. cit. 2.84-86.

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Cuando por fin llegó al Senado, Trebonio entretuvo a Antonio fuera. Porque habían planeado matar también a éste y a Lépido; pero por temor a que, a causa de la cantidad de muertos, se llegara a la falsa conclusión de que habían matado a César para conquistar el poder y no para liberar a la ciudad como pretendían, decidieron que Antonio no estuviera presente en el asesinato, porque Lépido, por su parte, dirigía una campaña y estaba en las afueras. Así que Trebonio se paró a hablar con él mientras que los demás, reunidos, rodeaban a César (pues estaba especialmente accesible y amable entre ellos), unos charlaban con él, otros le hacían peticiones con toda naturalidad para que no sospechase nada. Y cuando llegó el momento oportuno, uno se acercó a él como si fuera a darle las gracias y tiró hacia debajo de su toga desde el hombro dando así la señal a los conjurados, según lo convenido. Ante esto, cayeron sobre él por todas partes al mismo tiempo y lo hirieron de muerte, de modo que a causa de la cantidad de sus atacantes, César no pudo hacer ni decir nada, sino que, cubriendo su rostro, fue asesinado con muchas heridas. Esto es lo más verosímil; sin embargo, algunos dijeron que, dirigiéndose a Bruto que lo hería violentamente, le dijo: “¿También tú, hijo?” Naturalmente, se produjo un gran alboroto entre los que estaban dentro, y también entre los que se acercaban desde fuera por lo inesperado del suceso. DIÓN CASIO, Historia romana 44.19 (trad. D. Plácido)

A Antonio, que seguía fiel a César y cuya fuerza física era enorme, lo retuvo fuera Bruto Albino, metiéndole adrede en una conversación prolongada. Al entrar César, el Senado, por deferencia, se puso en pie; de los cómplices de Bruto, unos le rodearon colocándose detrás de su asiento, y otros se acercaron a él como para unir sus peticiones a las de Tilio Címber, que intercedía por su hermano exiliado, y le acompañaron entre ruegos hasta su asiento. Tras sentarse siguió rechazando sus peticiones, y como seguían instándole cada vez con más insistencia dio muestras de enfado a cada uno de ellos. Entonces, Tilio, cogiéndose con ambas manos la toga, se la echó por debajo del cuello, movimiento que era la señal para pasar a la acción. Casca es el primero que le golpea con la espada junto al cuello, pero la herida no fue mortal ni profunda, turbado como era de esperar, en el comienzo de una empresa tan osada; de modo que César, girando, cogió el puñal y lo retuvo en la mano, al tiempo que ambos exclamaban, el herido en latín: “¡Maldito Casca! ¿Qué haces?”, y el que le había herido en griego, a su hermano: “¡Hermano, ayuda!” Así es como comenzó el asesinato. Los que no sabían nada quedaron presas de estupefacción y escalofríos ante lo que acontecía, y no se atrevían ni a huir ni a socorrerlo y ni siquiera a emitir sonido. Pero los que se hallaban preparados para el asesinato, cada uno sacó una espada desnuda. César, rodeado por todos los lados y encontrándose a cualquier parte a la que volvía la vista con heridas y hierro que se precipitaba contra su cara y sus ojos, estaba envuelto, como una fiera, por los brazos de todos, que se lo pasaban de mano en mano. Pues todos debían participar y gustar del asesinato. Por eso también Bruto le asestó un único golpe en la ingle. Cuentan algunos que César trató de rechazar a los demás, esquivando aquí y allá con su cuerpo y gritando, pero que cuando vio a Bruto con la espada desenvainada, se echó el manto encima de la cabeza y se dejó caer, viniendo a dar, bien por azar, bien por los empujones de sus asesinos, junto al pedestal sobre el que se erigía la estatua de Pompeyo. El pedestal quedó completamente ensangrentado, de manera que el propio Pompeyo parecía presidir la venganza sobre su enemigo, tendido a sus pies y expirando por la multitud de heridas. Veintitrés cuentan que recibió; y muchos de los conjurados se hirieron entre sí, al asestar sobre un solo cuerpo tantos golpes. PLUTARCO, César 66 (trad. Emilio Crespo)

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En el momento en que tomaba asiento, los conjurados le rodearon so pretexto de presentarle sus respetos, y en el acto Tilio Címber, que había asumido el papel principal, se acercó más, como para hacerle una petición, y, al rechazarle César y aplazarlo con un gesto para otra ocasión, le cogió de la toga por ambos hombros; luego, mientras César gritaba “¡Esto es una verdadera violencia!”, uno de los Cascas le hirió por la espalda, un poco más bajo de la garganta. César le cogió el brazo, atravesándoselo con su punzón, e intentó lanzarse fuera, pero una nueva herida le detuvo. Dándose cuenta entonces de que se le atacaba por todas partes con los puñales desenvainados, se envolvió la cabeza en la toga, al tiempo que con la mano izquierda dejaba caer sus pliegues hasta los pies, para caer más decorosamente, con la parte inferior del cuerpo también cubierta. Así fue acribillado por veintitrés puñaladas, sin haber pronunciado ni una sola palabra, sino únicamente un gemido al primer golpe, aunque algunos han escrito que, al recibir el ataque de Marco Bruto, le dijo: “ Kai; suv, tevknon?”. Mientras todos huían a la desbandada, quedó allí sin vida por algún tiempo, hasta que tres esclavos lo llevaron a su casa, colocado sobre una litera, con un brazo colgando. Según el dictamen del médico Antistio, no se encontró entre tantas heridas ninguna mortal, salvo la que había recibido en segundo lugar en el pecho. SUETONIO, El divino Julio 82 (trad. R. Mª Agudo)

Los conspiradores habían dejado a Trebonio, uno de los suyos, para que entretuviera charlando a Antonio delante de las puertas, y los demás se habían colocado de pie alrededor de César, como amigos, con puñales ocultos, mientras él se sentaba en su asiento. Entonces, uno de ellos, Tilio Címber, se puso frente a él y le pidió el regreso de su hermano del exilio. Cuando César respondió que el asunto debía ser del todo pospuesto, Címber lo cogió de su vestido de púrpura, como si todavía le suplicara, y tirando de él lo bajó hasta la base del cuello gritando: “¿A qué esperáis, amigos?” Entonces, Casca, que estaba colocado sobre la cabeza de César, empuñó su espada para asestar el golpe, pero al desviarse lo hirió en el pecho. César arrancó su toga a Címber y, asiendo de la mano a Casca, bajó precipitadamente de su asiento; giró sobre sí mismo y lanzó con mucha fuerza a su agresor. En esta situación, otro, debido a la posición forzada de César, le atravesó el costado con una daga cuando se hallaba estirado. Casio le hirió en el rostro, Bruto le golpeó en el muslo y Bucoliano en la espalda, de tal forma que César, con ira y con gritos, como un animal salvaje, daba vueltas para enfrentarse a cada uno de ellos. Después de la herida de Bruto, se ocultó con su vestido y cayó, con compostura, ante la estatua de Pompeyo. Mas ellos, incluso en tal estado, continuaron con sus golpes, cuando estaba caído, hasta que recibió veintitrés heridas; y varios de sus agresores se hirieron mutuamente mientras asestaban sus golpes con saña. APIANO, Guerras civiles 2.117 (trad. Antonio Sancho Royo)

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“Los asesinos quisieron pronunciar un discurso en el Senado, pero, como no se había quedado nadie, se lanzaron a la carrera gritando que habían dado muerte al rey y al tirano. Uno de ellos llevaba un pileus en la punta de su lanza, como símbolo de libertad, y exhortaban a restaurar el sistema de gobierno de sus padres y traían a la memoria al antiguo Bruto y a los que en aquel evento se habían conjurado contra los antiguos reyes.”
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Sin embargo, la reacción de la población no fue ni mucho menos la que los conjurados esperaban. A los ciudadanos más pobres no les interesaban ya la República ni las libertades, sino tan sólo disfrutar por fin de un período de paz y de lo que ésta conllevaría: comida, más tierras para más gente y obras públicas que creasen puestos de trabajo. Por tanto, el asesinato de César no fue recibido como la liberación de un tirano, sino como la privación de un pacificador que amaba al pueblo. Marco Antonio y los demás socios de César,
“mientras sopesaban la situación, sintieron un impulso muy grande de vengar a César por lo que le había ocurrido, pero tuvieron miedo de que el Senado se pusiera de parte de los asesinos y aguardaron, por el momento, la marcha de los acontecimientos.”
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Transcurridos unos días, Marco Antonio meditó una doble estratagema para acabar con los asesinos de César. En primer lugar, proponer nuevas elecciones:
“Aquellos que piden un voto sobre la persona de César deben conocer de antemano que, si él era un magistrado y había sido elegido jefe del Estado, todos sus actos y decretos tienen plena vigencia; pero que, si se decide que él se hizo con el poder absoluto por la violencia, su cuerpo será arrojado insepulto fuera de la patria y todos sus actos serán anulados. Casi todos nosotros hemos detentado magistraturas bajo César, algunos las seguimos desempeñando habiendo sido elegidos por aquél. Precisamente es esto lo primero que opino, que vosotros debéis decidir si vais a deponer voluntariamente esos cargos.”
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A continuación, una vez aceptada la propuesta, esperar a que se hiciera público el testamento de César:
“Se trajo a presencia de todos el testamento de César y el pueblo ordenó que se leyera de inmediato. En él se nombraba hijo adoptivo de César a Octavio, el nieto de su hermana. Sus jardines eran legados al pueblo como lugar de esparcimiento, y legó a cada uno de los romanos que aún vivían en la ciudad la cantidad de setenta y cinco dracmas áticas. El pueblo se agitó un poco, con ira, al ver el testamento de un hombre amante de su patria, sobre el que antes habían oído la acusación de tirano. Pero lo que les pareció más digno de piedad fue el hecho de que Décimo Bruto, uno de los asesinos, figuraba inscrito como hijo adoptivo en segundo grado.”
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Por último, con la plebe ya conmovida, soliviantarla durante el funeral de César, llevando a cabo una dramática escenificación:
“Se recogió el vestido, como un inspirado, y ciñéndose para tener libres las manos, se colocó junto al féretro como sobre un escenario, bajando la cabeza hacia él y levantándola de nuevo.
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APIANO, Op. cit. 2.119. Ibídem 2.118. 7 Ibídem 2.128. 8 Ibídem 2.143.

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Transportado a un estado de pasión extrema, desnudó el cadáver de César y agitó su vestido en lo alto de la punta de una lanza, desgarrado por los golpes y tinto en la sangre del dictador. Ante este espectáculo, el pueblo, como el coro de una tragedia, expresó conjuntamente su 9 lamento en la forma más lastimera, y de la pena, de nuevo se llenó de ira.”

El plan de Marco Antonio surtió efecto:
“Nada más terminar los funerales, la plebe se dirigió con antorchas hacia las casas de Bruto y de Casio, y luego que fue a duras penas rechazada, se encontró por el camino a Helvio Cinna y lo asesinó, por un error de nombre, creyendo que se trataba de Cornelio, a quien buscaba por haber pronunciado la víspera una violenta arenga contra César; luego paseó su cabeza clavada 10 en una lanza.”

A Bruto, Casio y los demás asesinos no les quedaba otra opción que huir de Roma. La ciudad quedó en manos de Marco Antonio, quien, sin embargo, no disponía legalmente de lo más importante: la inmensa herencia de César, que éste había legado, junto con su propio nombre, a su sobrino nieto e hijo adoptivo, Gayo Octavio Turino. La negativa de Antonio a transferirle el dinero al heredero legítimo de César provocó el primer enfrentamiento entre ambos. Octavio no dudó en aliase con Bruto y derrotó a Antonio en Mútina. A continuación, con tan sólo 19 años, se hizo nombrar cónsul y, consciente de que si seguía enfrentado a Antonio, Bruto sólo tendría que esperar a recoger los restos de la guerra, declaró a los asesinos de su padre adoptivo enemigos del Estado. De ese modo, Octavio reanudó la guerra civil, uniendo sus fuerzas con Antonio y Marco Lépido. Los tres tenían numerosos enemigos en Roma, entre ellos Cicerón, que había atacado duramente a Marco Antonio en sus Filípicas:
“Así pues, el pueblo romano obtiene y aguarda de D. Bruto un beneficio mayor del que nuestros antepasados recibieron por parte de L. Bruto, el primero de este linaje y de este nombre, que deben ser defendidos por encima de cualquier otro. Además, si todo tipo de esclavitud es miserable, se vuelve entonces intolerable cuando hay que servir a un sacrílego, a un desvergonzado, a un afeminado, a quien nunca, ni siquiera en los momentos de miedo, está sobrio. ¿Qué ha hecho, en efecto, alguna vez Antonio que respondiese a una reflexión meditada? Siempre ha sido arrastrado por donde lo han llevado su incontinencia, su inconstancia, su frenesí y sus borracheras. Siempre lo han dominado dos clases distintas de personas: los mercaderes de esclavas y los ladrones.”
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Resuelto a no cometer el error de César, Octavio decidió como primera medida detener y ejecutar a trescientos senadores y dos mil caballeros:
“El texto de la proscripción era como sigue: „Marco Lépido, Marco Antonio y Octavio César declaran lo siguiente: De no haber sido por la perfidia de unos hombres viles que, gracias a sus ruegos, fueron objeto de clemencia y que, una vez la encontraron, se tornaron enemigos de sus bienhechores y luego conspiraron contra ellos, ni hubieran asesinado a Gayo César, no nos
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Ibídem 2.146. SUETONIO, El divino Julio 85. 11 Discursos contra Marco Antonio (Filípicas) 3.12 y 6.4.
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veríamos obligados a usar de tamaño rigor contra quienes nos han ultrajado y declarado enemigos públicos. Al ver que su maldad no puede ser atemperada con generosidad, hemos preferido anticiparnos a nuestros enemigos a sufrir a sus manos. Y, en verdad, que nadie considere nuestra acción injusta, cruel o desmedida, teniendo presente que a Gayo César lo mataron en mitad del edificio del Senado, lugar considerado sagrado, bajo la mirada de los dioses, con saña cruel, de veintitrés puñaladas, unos hombres que habían sido sus prisioneros y por él salvados, y algunos inscritos como coherederos de su fortuna. Quienes los maten, que traigan sus cabezas ante nosotros y recibirán las siguientes recompensas: el hombre libre, veinticinco mil dracmas áticos por cabeza, y el esclavo, su libertad, diez mil dracmas áticos y el derecho de ciudadanía de su dueño.‟ Tal era el texto de la proscripción en la medida en que pude verterlo del latín a la lengua griega.”
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Entre los proscritos se incluyó a Cicerón. Antonio envió contra él a dos de sus hombres que, tras cortarle la cabeza y las manos, las colgaron en la tribuna de los oradores.13 Finalmente, poco después de derrotar a los asesinos de César en Filipos, Octavio se enemistó con Marco Antonio. En realidad, Octavio había precipitado desde el principio todos los acontecimientos, y este nuevo desencuentro con Antonio no era más que el resultado final de un plan concebido a largo plazo: primero le entregó la mano de su hermana Octavia y posteriormente, cuando supo que se había casado con Cleopatra, hizo que Octavia viajara hasta Egipto sólo para que Antonio la rechazara públicamente y el pueblo romano supiera que repudiaba a su esposa y traicionaba a su socio. Con esta y otras excusas, Octavio le declaró la guerra y el 2 de septiembre del 31 a. C. le derrotó en la batalla naval de Accio. Poco después, tanto Marco Antonio como Cleopatra se quitaron la vida, lo que permitía convertir Egipto en provincia romana. Con esta victoria, Octavio se convertía en el único amo del imperio y de la mayor fortuna personal de toda la historia romana. En Roma pagó a sus soldados generosas primas en efectivo y entregó pequeñas sumas a cada uno de los ciudadanos. La rotunda victoria de Octavio señalaba no sólo el fin de las luchas fratricidas (la Pax Romana), sino que además representaba el viraje más importante en la historia de Roma. Octavio no adoptó la corona de rey ni la dictadura vitalicia, sino que se autoproclamó el “primer ciudadano” (princeps), teóricamente igual a los demás magistrados; con un calculado golpe de escena entró en el Senado y declaró que dejaba todo su poder en manos de los senadores y del pueblo de Roma. Pero, en realidad, Octavio inauguró un nuevo ordenamiento: el príncipe, con el título de Augusto (Augustus), fue acaparando gradualmente todos los poderes que en la época republicana habían estado repartidos entre magistrados, Senado y pueblo; continuó siendo el jefe supremo de los ejércitos (imperator); podía dar muerte, sin necesidad de juicio, a todo aquel que hubiera ejercido la violencia, vetar cualquier decisión del Senado o los magistrados, ayudar a cualquier ciudadano amenazado por la acción de los magistrados e incluso legislar. Podía actuar como considerase oportuno con la sola limitación de “la costumbre y la grandeza de la República” (usus y maiestas Rei Publicae).

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APIANO, Op. cit. 4.8 PLUTARCO, Cicerón 48-49 y, con detalles de nuevas vejaciones, DIÓN CASIO 47.8.4 (Fulvia, esposa de Antonio, le extrajo al cadáver la lengua y le clavó repetidamente su horquilla).

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1. ¿Entiendes ahora por qué se acabó concentrando tanto poder en manos de una sola persona? ¿Puedes explicarlo en pocas palabras? 2. ¿Entiendes por qué se llamaba césares a los emperadores romanos? ¿Cuál es el origen de la palabra emperador (v. pág. 16)? ¿Qué te dice este origen sobre la etapa de la historia romana conocida como Imperio? Relaciona tu respuesta con la imagen de la pág. 26. 3. ¿De dónde proceden los nombres julio y agosto? 4. Busca símbolos romanos en el cuadro La libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix, en la estatua de Abraham Lincoln y en el Sello de la República Francesa. 5. ¿Se consideraba Augusto un rey, un tirano, un dictador? ¿Qué se consideraba, pues? ¿Por qué no adoptó, como César, el título de dictador?

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