Detrás del Muro del Sueño

(Versión Conceptual)

La figura avanzaba lentamente. Su silueta apenas era visible en aquel lugar, la luz estaba bloqueada por las tapiadas ventanas. Sin embargo, aquella figura camina por su improvisada pasarela, vestido de larga y ancha seda, y usaba una máscara de demonio rojo, con colmillos salientes y mirada amenazante. Aquella figura, con voz fuerte y declamatoria, rasposa, vibrante, empezó su acto frente al público inexistente:

Luego de viajar por el lejano país del etéreo sueño. El joven peregrino avanza su destino. Atrapado por los obstáculos de la tierra rancia. Buscará los patrones que difieren del mundo.

1 Estado del Arte

A

-

Ya, fúmate esto por mientras yo preparo todo. ¿Y qué es? ¿Y qué importa? ¿Querí vivir la volá más grande de tu vida, o no? Sí, sí, bueno…

Santiago preparaba todo en el oscuro desván de la universidad donde se encontraban. En aquel tenebroso y rancio lugar ambos jóvenes se iluminaban sólo con unas velas aromáticas. La luz era incapaz de entrar a través de los tragaluces llenos de grasa, acumulada ahí desde que abandonaron el sitio. Según cuenta la leyenda urbana local, habían muerto una o dos personas ahí, hace tiempo, en alguna riña por drogas. Pero a pesar de la fama del sucucho donde se encontraban, a ambos jóvenes no parecía molestarles. En la oscuridad, Marcial encendió un fósforo. Intentó encender el papelillo, pero el fuego avanzaba muy rápido en el aire enrarecido. Ahh, ¡mierda! –gritó Marcial, mientras se quemaba. Jajaja, ¿Qué te pasó weón? Puta, me quemé po, si no veo niuna weá. Ya, toma, pero hazla piola.

El joven encendió la linterna, y Marcial vio a un joven de cabello rubio revuelto, de ojos verdes y con un cigarro en la boca. Su rostro era anguloso, muy flaco, y su mirada penetrante tenía algo de divertida, o bien perdida. Marcial no estaba seguro. Era alto y bastante delgado, vestía una camisa blanca fuera del pantalón, y una corbata relajada se dejaba caer del cuello. Pantalones y botas completaban su atuendo. Su primo tenía algo de otro mundo, era algo que no podía identificar. Era algo que le llamaba la atención desde pequeños. Por otra parte Marcial era un joven moreno, de rasgos finos y cabello corto. Vestía sencillo, polera y pantalones. Era sin duda mucho más normal.

Puso la linterna encendida entre sus piernas, tomó el papelillo que no pudo encender y se lo llevó a la boca, encendió el fuego, sopló, y dejó que el humo se arremolinara un momento. Luego, aspiró. Marcial sintió el humo dentro de sus pulmones hirviendo. No pasó mucho tiempo antes de que la linterna se sacudiera. Sintió el fuego vibrar a través de membranas invisibles que se separaban, se volvían a unir, se torcían. Miraba en la oscuridad al tiempo comprimirse y con él el calor moría. El fuego se apagó, y se apagó el mundo, pero los rayos de luz azul de la linterna inundaban todo, el aire, el humo que respiraba. El mundo se desvanecía, perdía su unidad. Aquello que alguna vez pareció unido en una totalidad real, ahora parecía un espejismo, una sumatoria de fenómenos aislados que chocaban sus destinos, y se escapaban de sus manos, se escapaban de su mente. Y Santiago se sentó delante de él, él y sus ojos verdes, encaramado con la silla al revés. ¿Qué es esta weá? Marcial, ¿cómo te sientes? No sé… – tenía la cabeza revuelta. Tranquilo, respira profundo. –Marcial hizo caso, Santiago habló en susurros–. Relájate, ponte cómodo. – su voz sonaba sacra, era firme, como una letanía, un rezo–. Tienes mucho sueño, ya no te puedes los párpados. Estás cada vez más relajado, y cada vez sientes más y más sueño.

Marcial, a quien su mundo aún le daba vueltas, empezó a cabecear. Imagina que subes una escalera – su voz bajaba, lentamente, apenas audible–. Esa escalera es muy larga y sube hasta las nubes. ¿La ves? Subes. Y vas, por cada peldaño que subes, te va dando más y más sueño. Así, te sientes cada vez más relajado– una pausa–. Otro peldaño, y más sueño- otra pausa. Tienes mucho sueño. Mucho sueño…– y se quedó en silencio.

Marcial estaba en calma absoluta. Su cabeza se había inclinado levemente hacia la izquierda, y debajo de sus ojos cerrados, sus pupilas se movían velozmente. Su cuerpo estaba relajado, flácido, dormido. Marcial entró en trance. Empezó a soñar profundamente despierto.

-

Sigues subiendo la escalera. Has llegado hasta el final, y puedes tocar el cielo con tus manos– esperó unos segundos–. Es frío y denso. Vibra. Es frágil. Tan frágil– susurró–. Es tan sencillo traspasarla, como una membrana suave. Gélida. –Marcial tiembla–. Quebradiza. Santiago tomó aire un minuto, estaba listo–. El cielo se rompe. –Tranquilo, firme, su voz imperceptible en comparación con el rudo murmullo de la linterna– Duerme.

Marcial se quedó dormido. Santiago se tomó su tiempo antes de seguir. Con calma, le dijo: Ahora… relájate: adéntrate en el laberinto que hay en tu mente, déjalo todo atrás. Lentamente deslízate a un mundo tan real, como tú quieras que sea, ¿cuál mundo será este?

¿En qué lugar se encontraba? El mago estaba fumando de su pipa sentado en la silla. Su rostro adusto estaba concentrado en un mundo lejano, en algún pensamiento pasajero. Su larga barba, su sombrero y ropas grises lo delataban como el Peregrino Gris. La hierba fumada se arremolinaba entre sus arrugas de muchos siglos. No le prestó atención, por lo que el joven giró sobre sí mismo y observó la ventana abierta de par en par, por donde la luz entraba a bocanadas a la cabaña. Se levantó y caminó un par de pasos hacía ella, y mientras la luz de la mañana lo envolvía, pudo ver el paisaje que se revelaba poco a poco. Primero, un suelo árido que se extendía por varios kilómetros, pronto, una enorme montaña, que se alzaba con fuerza hasta el cielo, un cielo claro, menguado por la humareda que se escapaba de ella, la Montaña Solitaria. Era el fuego de un dragón muy grande. Caminaban desde ella por un camino serpenteante un grupo de enanos, que pisaban toscamente el suelo quemado, de una batalla no tan reciente. Atravesaron el paisaje, pasaron frente a la ventana, y desaparecieron de su vista. Hasta que alguien tocó la puerta.

Alguien tocó la puerta. Marcial, con cara confusa, miraba hacia el sonido desde la ventana, sin entender que sucedía. Una voz de mujer se oía detrás. Se escuchó que llamaban a la puerta, el mago se incorporó de su silla, y con paso cansado se dirigió a abrir la puerta de madera. ¡Santiago! ¡Ábreme! ¡Soy la Lea! ¡Vengo sola! – Santiago se levantó de su silla, arrojó con fuerza el cigarro al suelo, y procedió a abrir la susodicha

-

puerta. Allí había una joven de cabello castaño largo, de tez blanca y sonrisa inocente, delgada, con pocas o ninguna curva. Llevaba una falda y una camisa, y sus ojos reflejaban a un Santiago muy ofuscado. Y esos ojos se pusieron un poco aguados. ¡¡Cabra weona!! ¡Te he dicho que no molestes cuando estoy en sesión! Pe, pero Santiago, yo sólo quería ayudarte… Los enanos hablaban agudo, extraño. La puerta se disolvió, el mago, desaparecía, pero sus ojos destellaban fuego. Cuando todo se batió mientras caía al…

-

-

¿Santiago?, ¿y los enanos? – preguntó Marcial con voz tambaleante –, me siento mal… alcanzó a decir antes de desplomarse en el suelo. Santiago y Lea se movieron rápidamente para socorrerlo. Santiago, perdóname, no quería interrumpir la sesión…– dijo Lea, mientras se agachaba. Filo, ya lo hiciste. Ayúdame a levantarle las piernas al cabro.

Juntos acostaron al joven en el suelo, y le levantaron las piernas para que la sangre volviera a su cerebro. Santiago sacó de un bolso una botella de agua, la cual abrió y vertió sobre la cabeza de Marcial. El joven volvió en sí, y abrió los ojos. En silencio se incorporó, tomó lo que quedaba de agua de la botella. Lea aún no se atrevía a decir nada, finalmente: Santiago, perdóname… Tranquila– respondió– tendremos que repetir el experimento otro día, – miró a Marcial–, ¿cómo te sientes tú? Mejor, weón– hizo una pausa-. Lo vi Santiago, lo vi. ¿Qué viste weón? Vi la montaña. Vi la Montaña Solitaria… ¿Tolkien? Sí – respiró un momento –… Santiago, hay que traer a más gente. En serio.

B

Santiago descansaba en su habitación en aislado en la penumbra. Pequeños puntos de luz provenientes de los aparatos electrónicos en letargo indicaban que aún existía vida en esa pieza. Respiraba, casi no fumaba, sólo dejaba que el cigarro se consumiera mirando hacia el vacío insondable. Se dejaba embeber de cada nota que surgía del pequeño aparato de música, a través de sus audífonos. Cada nota era un nuevo universo. Las voces líricas, los violines tempestuosos, y los riffs de guitarras distorsionadas solían ser su banda sonora, en especial en aquellos momentos. Aquellos momentos en que se evadía del mundo y dibujaba mentalmente sus cálculos. ¿Qué había fallado en el experimento anterior? Seguramente la intervención de Lea tenía mucho que ver, pero no debía ser la principal razón detrás del error. ¿Habían sido insuficientes las drogas? La combinación de salvia, LSD y marihuana de cepa AK47 no funcionó del todo. ¿Qué más es necesario para sumergir a alguien? Aunque seguramente, se hubiera desmayado de todas formas debido a la bomba psicodélica que le dio a ingerir, pensó. “Aún no quiero usar Ayahuasca”, se recordó. “No, aún no”, “no quiero ser recordado como otro loco de secta de por ahí”. Santiago reconoció que algo había fallado en el experimento del trance con Marcial. Podría seguir insistiendo en él, pero había algo que quería probar antes. Alguien abrió la puerta. Flaco, toma, coopera y quédate con tu hermano un rato- y la madre procedió a cerrar la puerta.

Una manito encendió la luz, y un niño de diez años apareció, junto con el resto de la habitación. Él tenía el cabello rubio menos amarillo y más ceniza, una mirada

más o menos inocente, en realidad, un poco triste, debido al contexto. Aunque sus ojos verdes eran iguales a los de Santiago. La habitación era relativamente pequeña, o por lo menos así se veía, llena de estantes con muchos libros, cómics, videos. Además, algunas cómodas con objetos desconocidos, y un mueble que sostenía una televisión de las grandes, gordas y cuadradas. Abajo, varias consolas de videojuegos de distintas eras. Con el seño fruncido, Santiago se sacó los audífonos y estiró los miembros entumecidos. No necesitaba haber escuchado lo que le dijo su madre. David, ¿quieres jugar Xbox? Ehh, ¡bueno! Pero con una condición. ¿Cuál? ¿Puedes apagar la luz y no molestarme? Bueno… - dijo bajando sus ojitos al suelo.

Encendió la Xbox y lo dejó allí sentado. Apagó luz. Volvió a acostarse. Se puso sus audífonos y el mundo volvió a desaparecer, excepto por la silueta del niño que jugaba en una esquina. Cerraba y cerraba los ojos. Pero su vista siempre volvía a su hermano, quien parecía tranquilo frente a la pantalla. ¿Qué sucedía? La escena le era bastante familiar. Por los audífonos no escuchaba los gritos. Tampoco quería hacerlo. Lejos, en algún lugar de la casa, dos personas se martillaban con rudas palabras. Uno sonaba muy grave y fuerte, el otro sonaba femenino y suave, y muy filoso. Pero weón- decía la madre-, ¿cómo querí que no te webee con cosas así? Tú córtala con tus weás de mina, ¡y déjame tranquilo! ¡Tu regla me vale pico! ¿Así que creí que porque ando con la regla ando así? Mira weón, o te poní las pilas con la plata, o me llevo a mi cabro chico y nos vamos. ¿Me oíste? ¿Y qué? ¿Me vay a dejar sólo con el Flaco? Si hay que pagarle la u… Ah, no sé, problema tuyo, como te encanta tomarte la plata ¡te la podí tomar con tu hijo! ¡El hijo es de los dos! Si salió como es, ¡también es culpa tuya! Ahh, cállate mejor…

Era la profunda letanía de un cántico fúnebre constante. Pertenecía a una relación vieja y deteriorada, que se negaba a morir por oscuras razones que escapaban a su intelecto. Es de aquellas historias que Santiago detestaba, esas llenas de dudas que no van a ninguna parte. Que se enredan en la basura de los tiempos actuales, embadurnado de ironía y enunciando muchas cosas, para al final decir nada. Que retratan una época posmoderna, ¿y qué tiene de bello aquello? Es la monotonía constante de vivir, de entrar al colegio, pasar un par de pruebas y entrar en la universidad. Por lo menos en esa última se puede tomar. Encontrar una pareja, copular y tener hijos, pelearse, volver a copular y así seguir en un eterno devenir de sufrimiento. “¡Y yo no quiero eso para mi vida!”-, pensó. Pero se debatía entre las sombras de su habitación buscando las respuestas que buscaba. ¿Qué había fallado en el experimento? ¿Necesitaba drogas más fuertes? ¿Menos intervenciones? Se suponía que el sujeto debía interpretar cualquier intervención de la realidad como parte coherente del mismo mundo en que había sumergido al susodicho sujeto de prueba. No, había que probar un trance en sueño profundo. Lea ya se había ofrecido para aquello.- “Comenzaré de nuevo. Debo huir de este mundo pronto”. Hermano, mira, ¡pasé de nivel!

Pero Santiago no lo escuchaba. Pasaron algunas horas, y el aparato de reproducción se apagó por inactividad. Santiago abrió los ojos, asustado por la falta de estímulos. Miró hacia abajo de la cama, y vio a su hermano durmiendo en frente a una pantalla estática del menú del juego. Se levantó, y tomó una manta desde el clóset, arropó a su hermano, lo tomó, y atravesó el pasillo para llevarlo hasta su cama. Afuera, la discusión ya había concluido. Ahora se escuchaba un ruido completamente diferente, rítmico, y un leve quejido diáfano. Siguió caminando a través del estrecho pasillo que comunicaba las tres piezas que usaba la familia. Su puerta, la de la derecha, la de su hermano, al frente. La abrió y en aquella habitación blanca llena de posters de dibujos animados actuales, extraterrestres y dinosaurios, dejó durmiendo a David. Cuando volvió a su habitación, se percató del mando de la consola en el suelo. Cómo el ruido de la cama de sus padres volvía cada vez más intenso, volvió a encender su reproductor, también un cigarrillo, y siguió el juego. Dentro de la pantalla, el personaje usaba una espada gigante, peleaba en el cielo, y tenía un peinado extraño. Se defendió, esquivó, atacó. Esa era vida, no como la

monotonía sempiterna de la gente a su alrededor. Guardó la partida luego de terminada la misión, apagó la consola, extinguió la luz en su pieza, y se acostó nuevamente. No pasó mucho tiempo hasta que oyó un golpe en la puerta. Santiago, ¿estás durmiendo?

Era su madre. Ya me despertaste, ¿qué quieres? Quiero hablar, ¿puedo pasar?

Santiago se levantó y abrió la puerta. Ahí estaba nuevamente su madre. Con gesto cansado, algo satisfecho, algo revuelto. Santiago en cambio tenía cara de espectro. Uno que surgía de las sombras de su habitación. Hijo, perdona, no quería que David escuchara nada, ¿está bien? Sí, mamá, si entiendo. ¿Y el David? Durmiendo en su pieza. ¿Escuchaste algo? Era difícil no escucharlo. ¿Y qué opinas? ¿Qué qué opino? ¿Qué tipo de concepto tienen de mí? Espera, ¿crees que la pelea era por ti? Bueno, esa era la parte novedosa. Aparte de eso, la pelea era como cualquier otra de las peleas que han tenido desde que tengo memoria po. ¿Qué quieres que te diga? Haber Santiago, quiero que me digas algo con sentido, ¿entiendes? Algo que corresponda a tu edad… Bueno, a mí edad puedo decir que no soy un drogadicto ni un alcohólico. Pero weón, si te pasai llegando hasta las tantas de la noche, y generalmente volao… ¡eres peor que tu papá, igual de irresponsable! ¡no sé como chucha crié a un hijo igual! Yo tampoco lo sé, mamá.

-

-

Y ella cerró la puerta. Y Santiago se quedó contemplándola un momento. ¿Qué tan pronto podría huir de este mundo? Por alguna razón se acordó de su tío, Luis, él vivió durante un tiempo en su casa. Contaba unas historias maravillosas. Pero él se

fue, seguramente a vivir cuentos igual de fantásticos. ¿Podría Santiago huir también? Caminó hasta su cama, y se lanzó como quien se tira de un acantilado. A través de su cortina se veía la luna. Al reproductor se le acabó la batería, pero Santiago soñaba hace rato, soñaba con otros mundos.

C

A través de la brisa que corría, los espectadores podían sentir los pequeños granos de arena levantados por la marcha fúnebre que se adentraba por el camino de tierra hacia la enorme pirámide, erigida para la faraóna. Esa tarde, yacía dentro de un sarcófago de oro radiante que brillaba con los últimos rayos de Amón-Ra. El Sacerdote Supremo, vestido con faldas blancas, y sosteniendo un cayado, inició los ritos y las oraciones rituales. Mientras el sol se oculta para el mundo, la faraóna estaba lista para su camino hacia el inframundo. El cortejo fúnebre avanzó magno hacia su destino final. El pueblo y los esclavos observaban en silencio. El sacerdote continuaba con su letanía mágica sin sentido. Finalmente, cerraron la puerta de la tumba. Aunque estaba rodeada de sus órganos en jarros finamente labrados, sintió mariposas que volaron libres dentro del sarcófago. Se apagaron las antorchas. La muchedumbre la aclamó. Es el fin del día, y Ra se ha marchado al inframundo, con su alma. ¿Cuál podría ser el destino que le deparará en las puertas de la vida? Ella levantó su mano, y despejó la niebla que le impedía ver el lugar donde se encuentra. Poned su corazón en la balanza –dijo una voz imponente.

Divisó a un hombre serio y demacrado, vestido con telas desgarradas y carcomidas que permitían ver su piel gris pegada al hueso, llena de llagas abiertas. Sus dedos huesudos indicaron un trozo de carne latiente, escurriendo sangre en una bandeja de plata. Otro ser aún más repulsivo, sin quijada y mirada vacía tomó el corazón, y lo puso en uno de los brazos de la balanza. Al otro extremo había una pluma. Atrás, una muchedumbre empezó a murmurar. Mientras la balanza se debatía buscando su equilibrio, el consejo de cuarenta y dos dioses se debatía.

-

-

-

¡Ella ha sido la culpable de desequilibrar el orden cósmico! ¡El ma’at no está en su corazón! –dijo un hombre furioso. Yo también lo he visto –dijo una vieja arrogante-, ayuda a ese muchacho que tiene sueños locos sobre como entrar a mundos de locura, prohibidos por los dioses. ¡Obviamente es una adoradora de Seth! –gritó una. Por supuesto, miren como se inclina la pluma hacia arriba, ¡ese corazón debe estar lleno de la inmundicia de una vida llena de excesos y caos! –dijo otro. Mira como la corrupción se escurre de entre sus labios – gritó otro vejestorio. ¡Dioses! –gritó ella. Yo… «…No he cometido iniquidad contra los hombres... No he blasfemado contra Dios. No he expoliado a un pobre... No he matado... No he causado dolor a nadie. No he disminuido las rentas de alimentos de los templos, etc. Soy pura. Soy pura. Soy pura. Soy pura».

Pero ellos siguieron hablando. Jáh, esta niña cree que con sus fórmulas mágicas puede confundirnos.-dijo un niño feo. Siiiiii, cree que somos idiotas. Hemos visto como se le moja la entrepierna cuando ve a ese muchacho –confesó una muchacha chismosa. Ay, pero que poca delicadeza, niña –reprendió una señora arrugada-, aunque está claro que esta muchacha anda en malos pasos… ¡Ni siquiera ve a su madre! Pobre mujer, llega cansada todos los días del trabajo, pero ella sólo le importa complacer a su hombre –dijo un anciano muy serio.

¿Qué tenía que ver esto con su reinado? Con calma, ella siguió con las fórmulas mágicas que le enseñaron las sacerdotisas en el templo. «Salud a vosotros, dioses presentes. Os conozco y conozco vuestros nombres. No caeré bajo vuestros golpes. No diréis que soy una malvada a este dios cuyo cortejo formáis... Vosotros diréis que ma'at está conmigo, en presencia del Señor Universal, porque yo he practicado ma'at en Egipto»

Luego de dicho esto, en silencio, los cuarenta y dos dioses por fin se dispusieron a escucharla. «He agradado al Dios con lo que él ama. He dado pan al hambriento, agua al sediento, vestido al desnudo, una barca al que carecía de ella... Salvadme, pues, y protegedme. No deis ningún informe contrario a mí en presencia del Gran Dios»

Los dioses miraron la balanza, y el corazón pesaba lo que pesaba la pluma blanca de la diosa de la verdad. Sin duda ma’at está contigo. Sí, puedes ver al Dios. –le dijo un Dios con la cara oculta, de vergüenza. Yo siempre supe que esta niña era buena, mira sus ojos, llenos de tristeza – dijo una vieja pequeña. Cállate vejestorio, que una vez más nos han callado con trucos –rezongó un dios furibundo.

De entre la niebla, apareció un hombre con un pesado hábito de color indeterminado que la dirigió hacia otro lugar, dentro del inframundo. Unos cuantos pasos más allá, y entre medio de las columnas vio al Dios. Osiris la estaba mirando con sus ojos vacíos, los ojos de un Dios que volvió de la muerte. Su pelo negro caía sobre una cara pálida. Sus ropajes no ocultaban su cuerpo. Un poco zombie, más un puzle de poco delicados cortes, cosido por una mano urgida. «Oh Dios que se mantiene elevado sobre su soporte... Protégeme contra estos mensajeros que siembran el descontento y suscitan los enojos... Porque he practicado ma'at por respeto al señor de ma'at. ¡Soy pura!» -dijo ella. Lo sé, Lea. –le respondió Osiris. Yo no soy Lea, señor, mi nombre es Tausert. No mientas, mortal. Ve, ante ti está el portal de la muerte. ¿Quieres atravesarlo? Por supuesto. ¿Y conoces el nombre del umbral? Creo que no estoy segura… ¿Conoces al portero? No, señor. ¿Quieres morir? Yo, Dios… ¡¡Sí, Dios, lo ansío!! Por favor, ¡déjame salir de este mundo, déjame volverme una con el disco solar!

-

-

¿Tanta luz irradia ese muchacho? Sólo quiero irme de aquí… ¿Es sobre tus padres? Señor, por favor… No estás lista, mortal. Por favor, Dios, ¡se lo suplico! Lea, por favor, ¡despierta! No, Dios, por favor, ¡no me olvides! Soy yo, ¡Santiago! ¡Lea, despierta! –dijo Osiris. No, no, ¡NO!

La niebla desapareció de sus ojos, y Santiago sujetaba fuertemente los hombros de Lea. La muchacha estaba recostada sobre un sillón, en un living de la casa de Santiago. ¿Estás bien? –preguntó el joven. No lo sé… ¿Cuánto escuchaste? No mucho. Pero Egipto queda prohibido. Mucha contaminación personal. Aunque por lo menos, el sueño profundo funcionó bien.

Lea miró lentamente hacia la ventana, mientras Santiago hacía algunas notas. La tarde había pasado hace rato. Y estaba la noche. La terrible noche.

Proyecto Draumseid
¿Quieres vivir una experiencia única en tu vida?

¡Entonces únete como voluntario para un proyecto de investigación independiente dentro de la Universidad!

Somos un grupo de alumnos realizando un proyecto de investigación relacionadas con el área de Cognición, Sueños y Estados de Conciencia.

Necesitamos voluntarios como sujetos de pruebas.

Prometemos: Seguridad, Diversión, y una Experiencia Única inigualable.

Casi 100% Legal.

Llámanos al 66655544, o al 5111223, o puedes mandar un correo a proyectodraumseid@jmail.com
Te esperamos!!! :3

5111223 proyectodraumseid@jmail. com 5111223 proyectodraumseid@jmail. com 5111223 proyectodraumseid@jmail. com 5111223 proyectodraumseid@jmail. com 5111223 proyectodraumseid@jmail. com 5111223 proyectodraumseid@jmail. com 5111223 proyectodraumseid@jmail. com 5111223 proyectodraumseid@jmail. com 5111223 proyectodraumseid@jmail. com

-

¿Crees que esa propaganda servirá? –preguntó Lea, mirando el cartel pegado en la puerta de los baños de la facultad. Claaaaro –dijo Santiago-, ¿cómo no va a funcionar? Si mira, tiene hasta un dibujito muy bonito. ¿Y porque pusiste “Casi 100% Legal”? –Santiago se llevó un dedo a los labios–. Shh, por si acaso…

D

Era una sala de la universidad, de suelo blanco, sillas universitarias, pizarra blanca, ventanas que dan al patio, donde apenas llega la sombra de los árboles. Dentro, había varios jóvenes estudiantes esperando escuchar sobre un proyecto de investigación estudiantil. Ellos esperaban a Santiago, quién los contemplaba sentado sobre la mesa de profesor, sin hablar. Lea y Marcial se mantenían a su lado, resguardando sus flancos. El aire se sentía tenso. No conocían a muchas de las personas que habían llegado, y algunas las reconocían por ser de algún que otro colectivo. Hicieron correr una lista para que los asistentes se pudieran anotar. Todos observaban el reloj pasar, aburridos y tensos. Hasta que llegó la hora. Santiago se levantó, Lea y Marcial se movieron. El joven rubio y misterioso estiró ceremonialmente sus brazos, y comenzó a hablar. Bienvenidos sean todos – dijo mientras Lea encendía el data para la presentación – Mi nombre es Santiago Quijano, el de mi compañera es Lea, y el de mi otro compañero a mi derecha es Marcial. Estamos aquí para presentar a ustedes nuestro proyecto de investigación, llamado Proyecto Draumseid. Nuestro proyecto se enmarca en la discusión actual sobre la construcción social de la realidad – medio público arqueó las cejas –. Pero, ¿a qué me refiero con esto? Bueno, como sabrán, estas perspectivas teóricas dicen que la realidad no es necesariamente una realidad física externa, sino que se construye a través de la interacción social. Esto claro, abre la discusión hacia la no objetividad de la realidad – el público lo siguió mirando con extrañeza, pero él siguió hablando –. El objetivo de nuestro proyecto de investigación es comprobar los límites de la construcción social de la realidad, tanto de manera subjetiva como colectiva, a través de un método experimental. Estos experimentos se realizarán a través de distintos métodos como meditación, hipnosis,

medicamentos psicotrópicos, etc. Se espera dentro de los experimentos la creación de universos de representación inducidos, que nos permitan comprobar la capacidad de creación y alteración del estado cognitivosimbólico-perceptual, tanto subjetivo como grupal-psico-social. Esperamos que esta investigación sirva como material para la discusión constructivista en un sentido epistémico-antropológico. Abrimos este espacio de investigación a, bueno, ustedes, para que se incluyan en el proyecto y aporten desde las distintas disciplinas científicas y de ciencias sociales y humanidades. ¿Qué les parece? Hubo un silencio general. El público de Santiago, miraba estupefacto. Se dio un silencio incómodo, todos trataban de configurar la quimera que recién se les había revelado, tratando de llegar a una conclusión o una evaluación. Finalmente: ¿Es una broma? – preguntó un joven alto, de barba enmarañada, de pelo corto. ¿A qué te refieres? – Santiago lo miró seriamente. ¿A qué me refiero? Pero, pero si es obvio que una cuestión así es ridícula, weón. ¿Un experimento con meditación, hipnosis, medicamentos? Esa weá me suena más a excusa hippie-posmoderna para drogarse y volarse con ganas, weón. No pueden ser tan barsas… ¿De qué estái hablando, weón? –replicó Santiago – si no te gustó, es cosa tuya. Si crees que tú puedes hacer algo mejor, anda y hazlo, ¡pero no vengas a jodernos! ¡Pero si ustedes hicieron la convocatoria! Weón, ocupen su tiempo para algo más decente, no sé, organícense como alumnos, como curso, facultad, que se yo, pero no hagan weás. ¿Organizarse? – Santiago se inclinó hacia aquella persona – ¿de qué estái hablando tú? ¿ya salió el político a buscar “bases”, weón? ¿Para qué? ¿pa’ que campaña, o consigna weona, ah? ¿Qué te pasa weón? ¿Qué te pasa a voh, ah? ¿A qué chucha viniste para acá? ¿de cuándo te interesan las investigaciones, Jorge, ah? ¿Qué, por qué dices eso? – el joven, Jorge, se paró de su silla.

-

-

-

-

-

-

¿Qué por qué lo digo?, jajaja, lo digo porque es obvio que viniste para acá para cachar que era lo que se estaba haciendo, obvio que querías echar tus manos en cualquier proyecto para tu colectivo, o no, Jorge? Haber, Santiago, esa nunca fue mi intención, y en todo caso, no sé por qué te enojas tanto cuando te dicen la verdad a la cara. ¿La verdad? ¡Tú no puedes manejar la verdad! Perdón que interrumpa su bella discusión… – dijo otro estudiante, que se encontraba más alejado del resto del grupo, era alto y moreno, de pelo corto y usaba lentes, tenía una mirada astuta –, ¿por qué su discusión es relevante?

Para el resto, aquella era una buena pegunta. El público parecía aburrido, apoyados con sus codos en las mesas, o recostados en la muralla. Algunos parecían emocionados por la pelea, no por el tema en sí. Aquel joven de lentes continuó. ¿Acaso no se dan cuenta que la gente realmente quiere irse? Ya les aburrió su discusión sin sentido... – Santiago observó a sus silenciosos compañeros de investigación, quienes le devolvieron una mirada preocupada. Entonces dijo: De acuerdo, a quienes no les interesó el proyecto, por favor, pueden retirarse.

-

Lo que siguió a continuación fue el rugido de sillas y mesas corriéndose, rasguñando el suelo. Fue una marcha de confusos y decepcionados estudiantes, pensando lo peor de aquel extraño joven, que hacía y pensaba estupideces. Santiago, Lea y Marcial, contemplaron la rápida estampida, y esperaron el silencio, derrotados. Cuando el último estudiante que se iba, cerró la puerta, los tres miraron hacia la sala. La cual, sorprendentemente, no estaba vacía. Siete jóvenes estudiantes los observaban de vuelta. Rostros diversos, uno sonriente, otros preocupados. Otros destellaban. Santiago se sentó sobre la mesa. Escondió un momento su rostro entre sus manos. Luego, dijo: Perfecto. Creí que quedarían muchas menos personas. Pero ustedes no lucen nada mal… Ehh… disculpa, ¿a qué te refieres con eso? – preguntó una joven de cabello rizado, castaño. ¿Cuál es tu nombre? – preguntó Santiago.

-

A-Andrea. Bueno Andrea, la verdad… es que siempre dudé que a nuestros compañeros les agradara nuestra idea. Es que sencillamente, si lo piensas bien, es bastante imbécil.

Andrea parecía no entender. Inclinó levemente su cabeza, sus pecas se asomaban detrás de los lentes. ¿Por qué llamarías imbécil a tu propia idea? Es que más que imbécil, es bastante, ehm, loca – dijo una joven muy atractiva, de rasgos finos, cabello lago y castaño, vestía con ropas sueltas, hippies. ¿Cuál es tu nombre? – preguntó nuevamente Santiago. Me llamo Camila – respondió – y estudio Artes. Que bien – dijo Santiago – ¿y qué te trajo hasta acá? Bueno, usualmente tengo… bueno, ¿puedo contar estas cosas acá, cierto? ¿Es muy largo? Más o menos. Entonces después, Camila, mucho gusto. – Santiago le sonrió. Muy bien, ¿quién más desea presentarse? – mientras lo decía, Lea se acercó lentamente a él. ¿No deberías presentar el proyecto “de verdad” antes de que se presenten, Santiago? – le susurró al oído. Mmm, cierto. Haber – el público se incorporó –. En cierta forma sí. Sí. El objetivo del proyecto Draumseid, es como les narré recientemente. Pero, por otra parte, no es su objetivo final. ¿Cuál es, entonces? – preguntó de lejos, otro joven, de pelo largo, polera negra, cadenas y pulseras con puntas. ¿Tú nombre? – dijo Santiago. Lucas. Bien, Lucas. ¿Nunca has estado aburrido de cómo es nuestra sociedad? ¿De los grandes edificios, de los tacos, de los bancos, de los autos? ¿Del capitalismo, de la democracia? ¿De los políticos, de los empresarios, de los flaites, de la droga? ¿De los “compañeros” charchas de la universidad? ¿De esa lenta enfermedad que se mete por nuestros cuerpos, infecta nuestras mentes? Ese aburrimiento eterno, que te hace quedar horas mirando estúpidas imágenes en Tumblr que no tienen ninguna relevancia. Bueno, yo me aburrí hace un buen rato ya. Aún así, lo peor es que, al final, la

-

-

-

-

-

disidencia no es una opción. Porque nada cambia. Nada se mueve. Al final, todo se reproduce en un eterno retorno. Al final todo sigue, y seguirá igual… Pero dentro de todo, hay cosas inmortales. Aquellas historias y cuentos que salvaron mi vida. Aquellas aventuras eternas donde lo épico nos devolvía la esperanza de que el mundo puede ser mejor. Dónde los héroes destacan por su capacidad moral, dónde los villanos pueden ser vencidos. Dónde incluso existe sólo corrupción futurista y decadente, aparece un héroe que nos salvará. ¿Dónde quedaron esas historias? Olvidadas, ridiculizadas, relegadas a la fantasía. ¿Y qué pretendes hacer, escapar a la fantasía? –preguntó aquel joven de antes, moreno, astuto, y de lentes. Exactamente. Eso es lo que pretendo… pretendemos hacer. ¿Cuál es tu nombre? Pedro. ¿Y por qué no intentas cambiar el mundo, cómo dijo el otro cabro antes? – preguntó otro joven, de voz más grave y áspera, de aspecto desaliñado, de pelo largo, usaba una chaqueta de cuero vieja, parecía mayor que el resto. ¿Tú cómo te llamas? Arturo. ¿Sería lo ideal, no es verdad? Pero, aceptémoslo: el mundo tiene dueños, y no existen superhéroes que nos salven.

Hubo un instante de silencio. Luego de un incómodo y reflexivo momento, uno de aquellos personajes rompió el silencio. ¿Y cómo quieres escapar a la fantasía, Santiago? – quien habló era un joven rubio, de saltones ojos azules, inquietos, astutos. Buena pregunta… ¿tu nombre, cuál es? Tomás. Entiendo. La idea es, básicamente, lo que dijo el weón de Jorge recién. Drogarnos, hipnotizarnos, sumirnos en la meditación. Todo ello para lograr escapar al mundo fantástico que deseemos. Todo eso sin perdernos para siempre. Sin que la locura nos devore. Pero logrando la felicidad que este sistema no nos permite lograr. Y claro, es algo que lograremos entre todos, con el aporte de los conocimientos y habilidades que ustedes posean. Los hombres no se liberan solos, sino en conjunto. ¿Les parece que trabajemos juntos?

Los tres jóvenes de la pizarra vieron meditar unos segundos a los jóvenes que tenían en frente. Cada uno se hacia sus propias preguntas, y sopesaban las implicancias de la decadente propuesta. Luego de un rato, uno de ellos preguntó: Perdón, ¿Q-qué significa Draumseid? Jajaja, no lo sé exactamente, lo inventé libremente. Pero probablemente significa “magia del sueño”. ¿Cuál es tu nombre? Mateo – el joven tenía el cabello como una melena atractiva y al mismo tiempo, descuidada, usaba un abrigo largo, a pesar de ya no estar en inverno. Ehhm, ¿Tendríamos que juntarnos cada cierto tiempo, verdad? – volvió a preguntar. Mmm, no lo sé muy bien, podríamos decidirlo ahora, o podríamos juntarnos para mostrarles lo que somos capaces de hacer hasta ahora, un día, en la noche, y ahí vemos si quieren seguir y como nos organizamos. Entiendo… muy bien. Estoy dentro. Yo también – dijo Pedro, así como Lucas, Tomás, Camila, Andrea y Arturo.

-

-

Lea y Marcial sonreían. Entonces – Santiago abrió sus manos, ritualmente, satisfecho - bienvenidos a la perdición, al Proyecto Draumseid. No sé hasta dónde nos llevará esto, pero espero que sea lejos.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful