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LA HOMOSEXUALIDAD, ¿Es una opción?

El tema de la homosexualidad presenta aristas que parecieran difíciles de


tocar por su complejidad o por la confusión que cubre con un velo cada vez
más denso este problema social. Desgraciadamente es muy raro que se
distingan los complejos problemas psicológicos que caracterizan la
personalidad con orientación homosexual de aquellas modas o costumbres
relativas a una cultura gay y al estilo de vida derivado de ésta.

Ciertamente antes de hacer cualquier consideración sobre la


homosexualidad es preciso subrayar el respeto que se debe al homosexual
por su característica misma de persona; una persona en sí misma tiene una
validez intrínseca que no puede identificarse de forma despectiva bajo
ningún concepto, incluyendo el de su orientación sexual.

Un hecho muy lamentable es el de que por desgracia todavía existan


personas que descalifiquen a otras por sus características y apariencia, y no
por sus actos. Lo importante en esta discusión es encontrar criterios
morales objetivos de valoración de la homosexualidad. La creciente pérdida
del verdadero valor de la naturaleza humana y la subjetivización del sentido
moral, asociada a un supuesto derecho al placer sexual apoyado en la
libertad individual, está paradójicamente sometiendo la libertad de la
persona al imperio de sus impulsos.

Por ello, urge distinguir entre la persona del homosexual y el acto


homosexual mismo. Así como hemos defendido al homosexual por la
dignidad que tiene como persona, debemos analizar la libertad que la
persona tiene para autodeterminarse a través de sus decisiones
deliberadas. Los actos humanos en cuanto a decisiones deliberadas
califican moralmente a la persona misma que los realiza. El comportamiento
homosexual como acto humano debe determinarse a partir de criterios
objetivos tomados de la naturaleza de la persona. El obrar sólo puede ser
moralmente bueno cuando las elecciones de la libertad están conformes al
verdadero bien del hombre. En este plano podemos afirmar sin lugar a
dudas que el uso de la función sexual logra su verdadero sentido y rectitud
moral exclusivamente cuando se habla de personas de distinto sexo, de ahí
que el hombre y la mujer tengan una complementariedad sexual que llevada
a sus últimas consecuencias puede significar la colaboración y
responsabilidad de la procreación de una nueva persona.

Esta diferencia sexual expresada en la corporeidad de los seres humanos


nos pone en evidencia de una manera sencilla y desde luego natural que el
hombre y la mujer están llamados a realizar dos valores íntimamente
unidos: la entrega de sí, recibiendo y aceptando a su pareja, y la posibilidad
de transmitir la vida a través de este acto.
El acto homosexual, por el contrario, impide la realización de esa
reciprocidad, haciendo imposible el don de sí y la aceptación del otro, ya
que al no existir tal complementariedad cada uno permanece aislado de sí
mismo, aunque vive el contacto del cuerpo del otro, no existe la donación
recíproca, sino un goce individualista. No existe ni siquiera una intimidad
aunque se busque obsesivamente, ya que esto es inalcanzable, porque el
otro no será nunca verdaderamente el otro, sino el semejante a sí mismo, el
espejo de uno mismo en el que sólo se refleja la propia soledad. Aquí
estamos precisamente frente al "narcisismo patológico" al que se han
referido los estudios de numerosos psicólogos como Ovesey y Kernberg.

El acto homosexual carece también del significado procreador de la


sexualidad humana, ya que la lógica misma del amor exige una realidad
posterior y trascendente que se expresa en la maravilla de la llegada de un
nuevo ser, como máxima expresión del amor mismo. El acto homosexual no
tiene raíces en la complementariedad, no se orienta hacia ningún futuro y
tampoco representa valor alguno para la comunidad porque bloquea la
sucesión de las generaciones.

Hay algunos autores que afirman que en los actos homosexuales existe al
menos una unión espiritual, sin embargo, es abundante la literatura de
psicólogos como Keefe que soportan con gran experiencia clínica la
frustración de los homosexuales, especialmente varones, en donde la
relación sexual se hace insostenible en el momento en el que se profundiza
una verdadera amistad personal.

Después del análisis anterior podemos afirmar que los actos homosexuales
deben ser calificados como intrínsecamente desordenados, ya que carecen
de su finalidad esencial e indispensable, mientras que la orientación
homosexual no puede definirse como una culpa moral por la que puede
calificarse de una manera peyorativa a una persona. Esta problemática
requiere de una gran prudencia en la valoración de la responsabilidad, ya
que por más grandes que puedan ser las dificultades sería una grave falta
de respeto y consideración el negar a los homosexuales su dignidad como
personas. Más aún cuando pueden ser tan distintas las razones que los
llevan a la homosexualidad, entre las cuales podemos citar lo siguiente:

De acuerdo a psicólogos como Moberley, la homosexualidad sea masculina


o femenina más que una causa en sí tiene entre sus orígenes la falta de
relación e identificación con alguno de los padres que tienen el mismo sexo,
y por tanto, el comportamiento homosexual es una especie de impulso para
remediar esa falta.

Zuanazzi nos dice que no es sólo la falta de la figura del progenitor del
mismo sexo, sino el modo en el cual uno de los dos hace percibir al hijo la
figura del otro. Es innegable que la percepción que el niño recibe de la otra
figura paterna es en gran medida condicionada a lo que el otro le haga ver.
En el caso de una separación o divorcio, la situación más común es la de
intentar ganar el reconocimiento de los hijos a través del menosprecio de la
figura del otro progenitor, lo que puede servir de caldo de cultivo para
futuros comportamientos homosexuales.

A los factores familiares se pueden sumar los sociales debido a algunos


modelos de comportamiento del movimiento gay impuestos por los medios
de comunicación, los cuales tienden a suprimir cualquier diferencia entre un
comportamiento heterosexual y homosexual, presentándose en ocasiones
como parte de la moda o de una supuesta evolución de los "derechos
sexuales".

El Estado no puede renunciar al reconocimiento y promoción de la familia


fundada en un matrimonio entre hombre y mujer, sólo así haremos posible
con el ejemplo una convivencia armoniosa, en la que pueda perpetrarse la
continuidad y el desarrollo social de la civilización humana.

Escrito por Bruno Ferrari