Sinopsis del libro

No venimos del latín

Carme Jiménez Huertas, filóloga especializada en lingüística y tecnologías de la lengua

http://ibers.cat/ carmejh@hotmail.com
Hay una ley de la lingüística que dice que las lenguas divergen y que excluye cualquier posibilidad de evolución convergente. Si las lenguas romances derivaran del latín como se nos ha dicho, se separarían entre sí pero mantendrían una clara relación lingüística con la madre. Sin embargo no es eso lo que encontramos. Las lenguas romances se parecen entre sí llegando a idénticas soluciones convergentes que, en cambio, muestran una rotura con el latín. ¿Cómo se explica que una lengua madre no legue a sus hijas ni la morfología, ni la sintaxis, ni las leyes fonéticas, ni la estructura y el orden de los constituyentes de la oración y que además se pierdan las declinaciones, los verbos deponentes, los conectores....? Esta convergencia de los romances sólo puede comprenderse si el parentesco es anterior a la llamada romanización. Serían por lo tanto lenguas derivadas de una lengua madre común de la que el latín también bebió, a través del etrusco y de las lenguas sabélicas que ya estaban en el territorio antes de la llegada de los romanos… Cuando a principios del siglo VII a.C. la influencia de Roma fue más allá de la comarca del Lacio, la península itálica estaba ocupada por dos grandes culturas florecientes: la etrusca en el norte y la griega en el sur. Los distintos pueblos se dividían en tres grupos: los que hablaban las lenguas latino-faliscas, al norte de la ciudad de Roma y en la región central del Lacio; las lenguas osco-umbras o sabélicas, habladas en la mayor parte de la península itálica, y la lengua tirrena más conocida como etrusco, hablado en la Toscana. Además se hablaba el griego. Si situamos en un mapa la extensión de estas lenguas veremos que la expansión del latín era mínima. ¿De dónde surgió esta lengua tan poco afín con las de sus vecinos? Los latinos eran getas, una tribu de los dacios procedentes de la zona del Danubio. Cuando Roma sometió a todas las poblaciones en sus campañas de conquista, sus contingentes hablaban lenguas sabélicas del tronco osco-umbras. Además, en el caso de las Guerras Púnicas, los ejércitos romanos emplearon a ciudadanos de Hispania, que no pueden considerarse agentes activos de la romanización. Por lo tanto, que el latín fuera la lengua oficial del imperio, no significa que todos los romanos hablaran latín y mucho menos que nos impusieran su lengua. De hecho, salvo los patricios, los romanos tenían que estudiar para hablar correctamente el latín. Cuando analizamos sincrónicamente las lenguas, observamos una continuidad territorial con zonas de tránsito e isoglosas lingüísticas que actúan como fronteras. Al estudiar diacrónicamente el cambio lingüístico, podemos apreciar que los cambios internos de una lengua son lentos o muy lentos; no se producen en siglos, sino en milenios. Tenemos claros ejemplos con el español y el inglés de América que, después de 500 años, siguen siendo inglés y español. En ningún caso, se han deformado las lenguas ni se han 1

desestructurado sintácticamente; mantienen sus reglas gramaticales a pesar de que puedan sufrir un trasvase importante de léxico. Durante siglos, el latín fue considerado la lengua de la cultura. Sólo se escribía en latín. Su prestigio fue tan grande que las palabras nuevas se creaban a partir del latín o del griego, dejando de lado el método de la composición, tan productivo, con el que nuestras lenguas permiten crear cuantos términos necesitemos. Sin embargo, si realizamos un análisis un poco más profundo, nos damos cuenta de que muchos de los étimos utilizados para demostrar el origen latino de las palabras de las lenguas romances, pueden explicarse mejor desde nuestro conocimiento del ibérico que desde el latín. Para empezar, los elementos composicionales que en los romances están desemantizados, adquieren significado si se comparan con los cognados ibéricos. Pero incluso su supuesta evolución etimológica se desmorona si tenemos en cuenta las propias características de la fonética ibérica. Por poner un ejemplo, la palatalización que se explica como una correlación de cambios sucedidos a lo largo de trescientos años por influencia de la yod (que se presupone una influencia celta) puede explicarse de manera simple a partir del ibérico. Porque precisamente la /i/, la vocal palatal anterior, es la vocal más presente en ibérico. Esto demostraría que más del 50% del cambio lingüístico que hasta ahora se ha atribuido a una influencia externa, podría tener su origen en el habla ibérica. Otro caso interesante es el de la formación de las fricativas. Dado que la fricativa sonora /Z/ no existía en latín, su aparición se justifica diciendo que se formó a partir de la sorda /S/ en contacto con la glide yod. Bueno, pues está claro que en los textos ibéricos se representan, claramente, dos fricativas sibilantes distintas, consideradas S y Z respectivamente. También existen en ibérico dos róticas distintas, una simple /R/ y una doble /RR/. Sin duda lo más difícil de explicar es la aparición de los sonidos africados y lo mismo sucede con el resto del inventario fonético. ¿De dónde salen estas articulaciones, presentes en todas las lenguas romances, pero inexistentes en latín? Si el tema de la fonética muestra un abismo entre el latín y sus supuestas hijas, la morfología y la sintaxis tampoco son las mismas que las de la supuesta lengua madre. Desaparecen los casos gramaticales y los nexos que establecen las correlaciones sintácticas; se establece el uso preferente de las construcciones perifrásticas frente a las analíticas; disminuye la voz pasiva; no hay verbos deponentes; se reducen las formas verbales no personales; no existen las oraciones de ablativo absoluto ni las oraciones de infinitivo; se amplía el paradigma de las categorías no léxicas: preposiciones, adverbios y conjunciones; y por último pero no menos importante, hay un cambio radical en el orden de los constituyentes de la oración y en la estructura de las oraciones interrogativas y negativas… En gramática histórica se intenta justificar la enorme distancia que separa el latín de las lenguas romances hablando de vulgarización, de un retroceso que llevó a la parataxis, es decir, se volvió al estadio primitivo de usar al lenguaje no verbal, los gestos, para entenderse más allá de una lengua que sólo utilizaba oraciones simples o la composición elemental por coordinación. No hay ni una sola sociedad en todo el planeta tierra que no disponga de una lengua perfectamente estructurada, porque como demuestra la gramática generativa, el lenguaje forma parte intrínseca del género humano, 2

no sólo sirve para la comunicación, es la base del pensamiento abstracto, ¡nacemos genéticamente preparados para hablar! La realidad es que los lingüistas no pueden explicar este cambio estructural entre el latín y los romances. Y lo que es más difícil todavía, en este supuesto estado de confusión, los hablantes de regiones tan alejadas como Galicia y Rumania, que a la caída del Imperio no estuvieron jamás en contacto, llegaron a idénticas soluciones. ¿Casualidad? Nuestras lenguas actuales comparten muchas palabras; esta afinidad no respondería tanto a la latinización sino a un léxico común que se remontaría miles de años. Las diferencias serían resultado de la lenta evolución natural a partir de una lengua madre más antigua y compartida por los distintos pueblos mediterráneos. Ante esta situación, deberíamos prestar una mayor atención a los más de dos mil textos epigráficos que nos ha legado la cultura ibérica. Deberíamos preguntarnos cómo es posible que, en pleno siglo XXI, su escritura siga sin descifrar. Por qué sigue explicándose en las escuelas que fueron los conquistadores romanos los que aportaron la cultura y la civilización. Por qué no se da a conocer el alto nivel de la cultura indígena que comercializaba desde tiempo antiquísimo con otros pueblos mediterráneos: minoicos, micénicos, helenos, fenicios. Y en lingüística, por qué sigue utilizándose un marco teórico complicadísimo de evolución fonética que ignora las características propias del ibérico… Las múltiples preguntas que plantea este trabajo deberían ayudarnos a replantear los estudios filológicos actuales. La lengua ibérica es nuestra gran esperanza para avanzar en la comprensión de nuestras propias raíces.

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