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El 20 de abril de 2005 se perdió la esperanza que muchos habíamos

puesto en la subida al trono del Vaticano de un Papa humanista, que


sustituyera dignamente al recordado y carismático Juan Pablo II.

Muchos pensaron por ejemplo en un cardenal latinoamericano, como el


de Sao Paulo, Claudio Hummes, moderado y conocedor de primera mano
de la grave hemorragia de fieles que abandonan el Catolicismo en Brasil,
el país con más católicos del mundo, pero también con más “desertores”
que se pasan a los evangélicos, por ser estos más cercanos al pueblo e
incluso coincidentes con los teólogos de la liberación y sus reclamos de
más justicia social.
Pero por el balcón de la Basílica de San Pedro se asomó el alemán
Joseph Ratzinger como Benedicto XVI. Acababa de recibir en su 78
cumpleaños, aunque con cuatro días de retraso, el regalo que más deseó:
convertirse en Papa.
Ratzinger cumple hoy 80 años y el viernes dos de papado, tiempo en el
que ha marcado el destino del Catolicismo en los próximos años con un
duro mensaje que no deja lugar a dudas: ¡no hay necesidad de

modernizar el Catolicismo, se queda como está ¡


El papa Benedicto XVI, el domingo, en su pasada visita a Brasil, no
dudó en afirmar que la predicación del Evangelio cristiano a la que
fueron sometidos los americanos “no supuso en ningún momento
una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición
de una cultura extraña”.
Hoy el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ha exigido disculpas
al papa por hacer dichas declaraciones

Chávez considera que en América “ocurrió


algo mucho más grave que el holocausto en la
Segunda Guerra Mundial y nadie puede negar a
nosotros esa verdad, ni su Santidad puede venir
aquí, a nuestra propia tierra, a negar el
holocausto aborigen”
«Yo le voy a pedir con todo respeto como católico, y como jefe
de Estado, con la humildad de un campesino que es lo que yo soy,
yo le ruego a Su Santidad que ofrezca disculpas a los pueblos de
nuestra América. Creo que es lo correcto», expresó Chávez.

«Está terriblemente equivocado Su Santidad, ¿cómo va a decir


(eso) el Papa, aquí en esta tierra, donde todavía deben estar
calientes los huesos de los mártires indígenas que fueron
masacrados por el imperio de los imperios europeos?», replicó el
gobernante. Y agregó: «Su santidad ha dicho algo que es muy difícil
de admitir y muy difícil de sostener. ¿Será por eso que la Iglesia
Católica cada vez más pierde creyentes?».
Probablemente Chávez sea atacado por esto (el mismo lo a
advertido) como por casi todo lo que dice pero cuando los hechos le
dan la razón a alguien poco queda que argumentar en su contra.
Hoy día, todo libro de historia debe reflejar que lo que sufrieron las
culturas precolombinas fue un auténtico genocidio; ningún bien han
hecho los misioneros que antes de tender una mano han enseñado
la Biblia. Nosotros le diríamos al señor Ratzinger que si el objetivo
de su visita a Brasil era nutrir con seguidores a la Iglesia lo mejor
que podría hacer sería pedir disculpas al pueblo americano del que
se ha burlado.
Incluso sus más fanáticos hagiógrafos no pueden negar el paso de

Joseph Ratzinger por la Juventud Hitleriana, en la cual se


rendía culto, no al Dios cristiano, sino al Führer Adolf Hitler. Los
hagiógrafos aducen, por supuesto, que el ahora llamado Benedicto
XVI fue "obligado" a enrolarse en la Juventud Hitleriana. Pero es
bien conocido que para ser admitidos, los participantes debían
demostrar su "pureza racial" y llevar cursos intensivos de ideología
nazi.
Ello es importante, dado que las concepciones de Ratzinger sobre
temas como el rol de la mujer -meramente reproductivo- o sobre las
causas de la homosexualidad -una "enfermedad moral"- develan
que Benedicto XVI no pasó por el correspondiente proceso de
desnazificación mental. Difícilmente el joven Ratzinger hubiera
podido hacerlo, dado que su padre -policía de profesión, bajo las
órdenes de la Oficina de Seguridad del Reich dirigida por Heinrich
Himmler- fue, sin lugar a dudas, un nazi convencido.
Así pues es un hecho conocido que el joven Ratzinger defendió al
nazismo con las armas en la mano, como integrante de una unidad
de artillería antiaérea. Al parecer, no fue un buen artillero, ni derribó
muchos bombarderos Aliados; podemos juzgar el éxito de su misión
por el hecho de que al final de la guerra Alemania era poco más que
un espacio geográfico delimitado por montones de escombros
humeantes.
Luego, el joven Ratzinger fue destinado a construir fortificaciones
en el frente oriental. Pero a diferencia de muchos de sus
compañeros, que cayeron enfrentando a los tanques soviéticos,
Benedicto XVI prefirió esperar tranquilamente a que la guerra
terminase.
Sus hagiógrafos dicen que desertó, con peligro de su vida; pero...
en mayo de 1945. La guerra en Europa cesó entre el 8 y el 11 de
mayo; ¿cuándo habrá desertado, el 6 o el 7? Además, de haber
desertado, hubiera ido a parar a su casa y no a un campo de
concentración.
No nos referiremos a la carrera eclesiástica de Ratzinger, su ascenso
al poder de mano del ala liberal de la Iglesia, su conversión al ala
dura, su alianza con Wojtyla y el Opus Dei, su nefasto y perverso rol
en el encubrimiento de los casos de sacerdotes pederastas. Sobre
todo ello se ha escrito mucho. Sólo diremos que es un hombre con
indudable formación nazi.
De manera que cuando el mundo dolido esperaba a un Papa
benevolente e identificado con los apuros del pueblo, el Sacro
Colegio hizo un poco más que eso: le dio al mundo un papa católico
un pastor... alemán. Y nazi, por añadidura
"¡Pero, si lees su nombre en letras griegas, puedes ver que el

número de la bestia es Benedicti! Es que acaso ¿Dios ha


permitido que semejante monstruo de vicio e iniquidad gobernase
su iglesia?..."

Humberto Eco.