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¡Y ENTONCES EL FIRMAMENTO SE

DESPLOMÓ!
PJ RUIZ
2007
ESCENA 1

Icamanbal hizo lo que el hombre del casco blanco le decía. Desconocía como se llamaba ni

quien era, pero sabía que tenía que obedecerle porque era de los de arriba, y nadie podía desobedecer

su voluntad sin pagar con la vida.

Pero se sentía solo y humillado ante la forma de mandar de esos seres, si es que eran seres.

Nunca había visto sus rostros, siempre tapados por aquel casco, pero estaba seguro de que no podían

ser de aspecto agradable o benévolo. Quizás espléndidos y resplandecientes si, pero nada de

benévolos.

Eran altos y en apariencia muy fuertes, siempre enfundados en sus ropas extrañas que no

dejaban ver la piel y con aquellas cosas negras en la espalda que terminaban en un fino palito del

color y brillo de la plata sobre la cabeza. Hablaban raro, y no tenían boca visible. Nada sabía sobre

sus costumbres, pues desarrollaban su vida dentro de las casas de luz, que de vez en cuando volaban

a otros emplazamientos sin que se supiese cómo ni por qué. Eran de una extraña manera de vivir,

pero eso no le importaba a Icamanbal, cuyo único pesar era la tristeza que asolaba al mundo desde su

llegada.

Su crueldad y total desprecio por la vida de los pueblos a los que explotaban había sido

tremendamente notoria, y no pasaba día sin que hubiese que lamentar la pérdida de jóvenes valiosos,

doncellas hermosas o viejos sabios. Nada era respetado por ellos: ni la edad, ni el sexo ni la posición

social, nada. Era terrible, una zozobra para el orgullo de una nación de guerreros que había sido

enseñada en las costumbres por el mismísimo Viracocha cuando hacía siglos llegó de los cielos.
Y las mujeres… Ese había sido el ultraje definitivo. Un triste amanecer aquellos demonios

descubrieron los placeres de la carne con las hembras humanas. Desde entonces las más bellas de

cada poblado eran raptadas impunemente y violadas dentro de sus casas de luz una vez tras otra sin

que nadie pudiese hacer algo por evitarlo. No habían nacido bastardos de aquellas uniones, no, pero

ahora las jóvenes eran repudiadas por el pueblo debido a su impureza, y muchas de ellas acababan

solas en la mendicidad, expulsadas incluso de sus familias. Las leyes antiguas eran inapelables en

ese asunto, y se aplicaban con dureza, pero a cambio de ello habría problemas para asegurar la

descendencia del pueblo guerrero.

Icamanbal y el del casco blanco llevaban horas acercándose al paso hacia la cumbre, un paso

del que solo él podía presumir de conocimiento, puesto que era único heredero de los saberes del

anterior guardián, Iscaramund Irey, su padre, fallecido poco después de la ocupación.

Nadie en los pueblos del valle subía a aquellas montañas, pues se sabía que los dioses habían

sido muy claros en la antigüedad sobre su deseo de que esos lugares no fuesen violados.

Muy abajo había quedado el fragor de sus hermanos cavando con las herramientas de metal en

los filones de la montaña, al lado de aquellas bestias de metal dorado que mordían la roca y la

trituraban con enorme facilidad. Era pavoroso verlas trabajar de cerca, pero desgraciadamente no

había podido evitarlo y tuvo que hacerlo en ocasiones. Las nubes de polvo le provocaban malestar, y

siempre acababa cubierto de rojo, pero fueron muchas las veces que se estremeció al lado de

aquellas cosas. Su retumbar era fragor, y nada que conociese se le podía comparar en estruendo

mientras despedazaban la roca, extrayendo las vetas de oro con una facilidad y rapidez que ni mil

hombres podrían igualar.


También estaban las otras,

las que portaban un gran árbol

de metal que se elevaba y

perforaba el suelo, pero esas

no le asustaban. Hacían

agujeros enormes por los

que miraban el interior del

mundo. Icamanbal pensaba

que alguna vez tocarían la piel

de la bestia que vive en las

profundidades y eso traería

problemas, pero a los de arriba no parecía importarles nada perturbar los más grandes misterios. Tal

era su autosuficiencia.

Lo cierto es que las moles trabajaban sin cesar. Después de ser despedazada la roca era subida

en bestias de carga que echaban humo y corrían velozmente con sus patas negras redondas por

caminos bien marcados hasta la Hatsu-Hor, mucho más abajo en el valle. Así era como se llamaba a

la casa donde el oro se separaba de la piedra mediante el uso de enormes cantidades de agua que

caían desde la cumbre a través de unas obras hechas por las manos de los hombres en el pasado bajo

el mandato de los dioses. Todo era aprovechado.

En aquel lugar, levantado con enormes piedras talladas que encajaban con maestría, confluía el

mineral extraído en los más de veinte yacimientos que estaban siendo excavados a lo largo de toda la

veta. En varias ocasiones había tenido ocasión de ver el edificio de cerca en pleno funcionamiento, y
era algo que jamás olvidaría, aunque no accedió al prohibido recinto interior. Por un lado llegaban

las bestias humeantes cargadas de mineral y lo soltaban con estrépito en una boca de metal por

donde las piedras caían al interior. Allí, con el uso del agua el oro era manipulado en medio de un

estruendo increíble, y al otro lado del edificio salía ya brillante y puro para ser llevado en otras cosas

humeantes hacia la casa de luz con forma de cigarro, la más grande. Era una gran cantidad de

riqueza la que salía a diario.

¿Para qué tanto oro? En el pasado, Icamanbal sabía que ese metal había sido el motivo de la

llegada de los dioses, y eso le parecía curioso. ¿Por qué todos los seres que venían desde el cielo

necesitaban ese mal dorado que solo parecía hecho para la desgracia de los hombres? ¿Acaso

adornar a sus mujeres, de las que no había constancia, era tan importante como para hacer esas

expediciones sin fin? Había muchas cosas que no entendía, pero esa le llamaba mucho la atención.

Pero lo cierto es que, mientras buscaba respuestas que no estaban a su alcance, el indígena veía

como los de arriba seguían teniendo prisa en conseguir el metal que antaño fue de los dioses.

Hoy no se había acercado a las zonas donde la piedra era arrancada a la montaña con enormes

bocados por aquellas cosas con dientes, porque el hombre del casco blanco le había dicho con su voz

metálica que le guiara a donde estaban las entradas de las cuevas antiguas, y el no había querido

negarse. No en vano era él mismo quien había suscitado, provocado esa orden. Ni siquiera había

tenido tiempo de consultarlo con el chamán, pero ya la suerte estaba echada.

Además, toda consulta con el viejo no servía de nada porque ya no estaba en contacto con los

dioses. Si hubiese sido así, ellos habrían bajado para defender a sus hijos de la opresión a la que
estaban siendo sometidos en su propia tierra, pero eso no había ocurrido y el pueblo moría. Solo

podía significar que no oían las súplicas de los sabios, como hasta hacía poco se pensaba.

O eso o que, simplemente, a los dioses no les importaba lo más mínimo cuanto estaba

ocurriendo en el valle. Era duro pensarlo, pero la posibilidad existía.

Icamanbal y el del casco blanco caminaron montaña arriba por la ladera que tan bien conocía.

De niño, antes de que llegaran los de arriba, habían sido muchas las veces que había subido allí con

su padre. Recordaba como al pasar por la entrada de determinada cueva que no parecía diferente de

otras, Iscaramund Irey callaba, se paraba y miraba hacia el suelo en señal de reverencia. Icamanbal

nunca se atrevía a preguntar los motivos de ese comportamiento por el tremendo respeto que hacia el

viejo sentía, pero éste un día le dijo a su hijo por qué hacía aquello.

“Ica (así es como cariñosamente lo llamaba papá), eres un privilegiado porque en

nuestro pueblo solo tu conocerás el lugar por el que se accede a las criptas de los

antiguos. Yo soy viejo ya y no puedo confiar en vivir mucho más tiempo, así que haré

como hicieron padres a hijos durante muchas generaciones y te lo contaré todo.

Sabes que en el glorioso tiempo que solo tenemos en nuestras tradiciones los dioses

bajaron de las estrellas y enseñaron a nuestros antepasados a cultivar la tierra, a usar el

barro, a curar a los enfermos y a agruparse en comunidades. Lo hizo un ser divino con

pelo en la cara llamado Viracocha, que descendió a bordo de un pájaro volador que

escupía fuego, y nos hizo saber pronto de sus bondades y necesidades a través de y

Manco Capac y Mamá Oclo, nuestros primeros reyes. Los adoctrinó y enseñó, dando

ellos después lugar a lo que hoy somos los Sulirami, un pueblo guerrero elegido por los
dioses para dominar el suelo. A cambio nosotros trabajamos durante generaciones para

ellos y conocimos sus andanzas por la negrura de arriba escuchando sus relatos. Venían

de un lugar perdido e hicieron obras que aun hoy perviven encaminadas a domesticar y

arrebatar a la tierra el metal dorado que tanto estimaban. Comenzaron a extraerlo con

nuestra ayuda, pero siempre se portaron bien con el pueblo, por lo que fueron venerados

a pesar de las duras jornadas de trabajo. En aquellos días no nos faltaba de nada, y el

trato era justo.

Pero pasadas las épocas cesó el interés que los había traído y cambiaron de

planes. Viracocha se lo dijo a nuestros gobernantes de entonces, anunciándoles que

habían decidido partir hacia el cielo de vuelta al hogar lejano, lo cual fue acogido con

consternación por aquellos antepasados, que se sentían protegidos ante la suficiencia y

el esplendor de esos seres magníficos con pelo en la cara. Sin que pasase mucho tiempo,

pese a los ruegos de los hombres, los dioses llenaron todas las serpientes celestiales de

oro y dejaron las minas abandonadas, no sin antes darse cuenta de que había una

enorme cantidad de metal dorado que no podía ser embarcado porque excedía el peso

que podían transportar.

Después de intentar todos los medios y ver que era imposible, cavaron un profundo

túnel en la montaña más alta de la ladera del valle y enterraron el sobrante que habían

reunido y que ya no podían llevar. Con extremo celo cerraron la boca del túnel y

Viracocha advirtió a Manco Capac que no debía ser revelado el secreto ni tocado lo que

era suyo, porque alguna vez volverían, y aquel sitio que había sido nombrado lugar

sagrado por los tiempos de los tiempos debía seguir inviolado y con los sellos cerrados.

Ese lugar, Ica, es la cueva que ves ante ti y que venero como lo que es. Tenlo presente y
guarda este conocimiento para el futuro en la seguridad de que lo que yace dentro de ese

sitio no pertenece al hombre ni debe ser tocado por mano alguna, humana o celestial,

hasta que el mismísimo Viracocha venga a llevarse lo que un día enterró”.

Pero ahora Icamanbal, sopesando la situación, no temía aquel juramento que los antiguos jefes

habían hecho a los dioses, y estaba dispuesto a revelar a los de arriba el paradero del oro a cambio de

que su pueblo fuese liberado del yugo definitivamente. Ese era su plan, y si lo hacía bien, el que

parecía ser jefe de los de arriba le había prometido realojar a los suyos en algún lugar próspero y

lejano donde hubiese campos para cultivar y agua para regarlos. No sabía si confiar, pero tampoco

podía esperar ni decidir, porque la suerte estaba echada desde el momento en que abrió la boca y

pidió ser llevado ante alguien poderoso para hablarle cantidades de reservas de oro refinado que

harían temblar el mundo. No sentía en ningún momento que estuviese traicionando a nadie por ello,

sino todo lo contrario. Si conseguía salvar a los suyos entregando el metal de unos dioses que no

habían aparecido para defender nada de lo que decían proteger, sería recordado como benefactor, o al

menos eso creía.

El hombre del casco blanco le seguía muy de cerca respirando fuerte a través de las cosas que

salían del cristal negro que ocultaba su rostro. No hablaba. Se limitaba a estar a pocos pasos como le

habían dicho sus jefes, y sabía que lo mataría con la lanza de luz si era necesario, porque en el fondo

no terminaban de creerle.

Los de arriba ya habían demostrado muchas veces lo poco que les costaba arrebatar vidas.

A media mañana estaban muy alto, casi donde los dioses poco antes de marcharse para siempre

habían intentado levantar una nueva plataforma en la que posar sus pájaros de fuego. Esas piedras
erigidas con maestría y que formaban parte de una obra que nunca llegó a terminarse marcaban el

lugar que había sido utilizado por los chamanes para orar al sol desde antaño a la llegada de cada

equinoccio, pero cuando los de arriba bajaron todas esas costumbres quedaron abolidas

instantáneamente. Hasta el mismísimo chamán había sido obligado a trabajar con los demás en los

filones.

Recordaba con odio el momento en que los de arriba bajaron.

Era el decimocuarto ahau-katún en el calendario de piedra, y estaba atardeciendo cuando en el

cielo aparecieron las luces. Eran muy brillantes y bonitas, y se movían con rapidez entre las nubes,

consiguiendo que todo el mundo estuviese atento a sus danzas aéreas. Icamanbal estaba en su casa

con madre y los hermanos cuando escuchó el bullicio de los niños fuera y salió para ver qué estaba

aconteciendo. Cuando lo vio creyó estar soñando. Eran cientos de puntitos luminosos llenando el

azul que se tornaba rojizo porque el sol se escondía. Se fueron situando a lo largo de todo el valle, de

una punta a la otra, en un baile mágico que era contemplado con reverencia por miles de hombres,

mujeres y niños.

Entonces, abriendo las nubes, apareció una luz mucho más grande que las demás, y se acercó al

poblado lentamente hasta que se manifestó en todo su esplendor y se posó en la pradera que llevaba

al río sin hacer el menor ruido. Tenía forma de cigarro, como los que el chamán usaba para conjurar

a los espíritus, y emitía mucha luz. La gente corría aterrorizada, y el viejo brujo gritaba feliz que

eran los dioses que volvían a por su oro, sin saber aun que estaba equivocado.

Cuando de la casa de luz surgió una columna de seres vestidos con trajes extraños y cascos

blancos, el jefe del poblado se acercó feliz a ellos en misión de paz y les habló sumisamente
esperando oír los mandatos divinos de boca de los que habían traído tiempo atrás la civilización al

hombre. Así pensaba. Había reunido en poco tiempo a un selecto grupo de representantes de la

dinastía para recibir a aquellos dioses que suponía llegados en misión de paz, cumpliendo su palabra

de que un día volverían. Igual se trataba del mismísimo Viracocha, había confesado a algunos de sus

más allegados. Era feliz el viejo con aquello, si.

Pero fue fulminado cobardemente sin aviso, sin recibir respuesta alguna, sin mediar una sola

palabra, así como otro centenar de personas a muchos de los cuales conocía Icamanbal. Hombres,

mujeres y niños, sin distinción. Aquellos seres con casco blanco usaban sus lanzas de luz que emitían

fuego para quemar a todo el que se acercase a la escena. Era horrible. Surgía de la punta de aquellas

cosas un halo blanco muy brillante que se transformaba en llama y corría a devorar la carne,

dejándola chamuscada y maloliente como si hubiese estado en una pira ardiendo durante horas.

Sin que nadie se apercibiese cercaron el pueblo igual que estaban haciendo en otros de los

alrededores, y cuando la calma tensa se estableció, con la gente resguardada en lugares fuera de la

vista de ese mal, mandaron emisarios a hacer saber sus intenciones a los líderes locales, muchos de

los cuales sustituían temblorosos a los ya caídos. La confusión era extrema. “¿Qué hemos hecho a

los dioses?” Gritaba el pueblo, que se sentía terriblemente indefenso. Hasta que alguien avezado por

fin se dio cuenta de la realidad y gritó a los demás que esos seres en realidad no eran los dioses.

¡Qué dura verdad!

Poco después revelaron su propósito, que sonaba familiar, aunque cayó como un mazo.

Querían oro, y lo querían ya. Ese era su motivo para acceder al valle sagrado, y ofrecían a cambio

del más entregado trabajo la posibilidad de sobrevivir cuando acabasen su misión. Nada los

detendría ni había posible elección que no fuese la muerte, así que el hasta entonces orgulloso pueblo
guerrero del valle se vio obligado a trabajar en la esclavitud más opresiva sin tener la menor

posibilidad de oponer resistencia, junto a animales fabulosos de hierro, surgidos del corazón de

aquellas casas de luz, y que destrozaban la montaña con mordiscos que sonaban como truenos.

Aquel había sido un día muy triste, una afrenta para la población Sulirami, y desde luego

estaba claro que esos seres no eran ni por asomo los justos dioses que eran el centro de sus plegarias.

A pesar de mostrar poderes de destrucción formidables no lo eran, porque los dioses hubiesen

respetado a sus criaturas, aunque solo fuese por respeto a tan manifiesta debilidad.

Al menos eso permitió que la fe permaneciese manteniendo unidos a los desgraciados, ya que

en su fuero interno, todos los habitantes del valle esperaban el día en que apareciesen los auténticos

señores del cielo para acabar con la lacra que los asolaba, pero a pesar de los rezos en silencio

pasaba el tiempo y no había indicios de que fuesen a venir. Eran muchos ya los que desesperaban,

pero no estaba bien visto expresarlo en público, por lo que se veían obligados a callar.

Ya habían corrido muchos ciclos solares, casi seis desde entonces, pero Icamanbal no veía

tampoco cerca el momento en que los de arriba se fuesen y los dejasen en la ansiada libertad que les

quitaron de manera tan cobarde y agresiva. Por ello conminaba a su pueblo a trabajar duro e intentar

que llenasen sus casas de luz del metal dorado que necesitaban cuanto antes. Con esa idea, los

Sulirami estaban en las vetas de sol a sol, sin descanso, intentando arañar con sus herramientas la

mayor cantidad posible de mineral entre sollozos y pesares, pero con la esperanza puesta en que

aquella situación no se hiciese eterna. Pero ellos eran insaciables.


Entonces fue cuando decidió hacer algo verdaderamente decisivo, y se dio cuenta de que

revelar su secreto mejor guardado podía permitir a los suyos tener un futuro y sobrevivir a la

opresión de aquella raza entregada a la consecución de un oro cuyo fin desconocía.

¿Por qué todo el que llegaba desde el cielo clamaba por el brillo del suelo? No tenía respuesta,

pero era así. Antiguamente fueron los dioses quienes excavaron en la piedra, y ahora los de arriba.

Icamanbal estaba confuso ante esta coincidencia, pero lo cierto es que comenzaba a considerar una

maldición aquellas grandes vetas doradas que se habían revelado cuando en los tiempos en que las

aguas barrieron el suelo las montañas se elevaron, dejando al descubierto los preciosos filones.

Mucho se había mordido en ellos, pero aun presentaban un aspecto bellísimo cuando el sol

incidía, magnificando su brillo puro.

Finalmente, al atardecer, los dos caminantes de la ladera llegaron a la cueva donde los dioses

habían ocultado sus excedentes. La boca aparecía descubierta porque, según le había revelado su

padre, un día la tierra tembló y la montaña decidió abrir su enigma de manera sorprendente. ¡Y allí

estaba!

Una entrada grande, oscura y polvorienta… Una entrada vulgar.

Prohibida.

El de arriba, al ver que se detenía unos instantes, le apretó con la lanza de luz en la espalda sin

compasión. Lo estaba obligando a entrar, y el indígena no se hizo rogar. Encendió la tea que había
preparado en el pueblo con líquido de fuego y atravesó la entrada a aquel reino de oscuridad que

nadie había cruzado en milenios.

Pero, como si el sitio hubiese estado esperando, no anduvo tres pasos en el interior cuando

ocurrió algo inesperado. Hubo un temblor y una gran roca se desprendió del techo, girando contra el

muro y aplastando al de arriba con un crujido seco que se amortiguó con el de la carne al ser

reventada. Sus piernas se convulsionaban entre regueros de una sangre de color violáceo mientras

Icamanbal gritaba intentando ayudarle, no por él, sino por su propia esperanza. Si aquel ser moría, su

futuro y el de su pueblo estarían muy comprometidos, porque nadie creería que había sido un

accidente. Conocía muy bien la justicia de los de arriba, y lo ocurrido era una tragedia.

Pero no había nada que hacer. Estaba totalmente aplastado, con la piedra inamovible encima de

su pecho y abdomen, y era imposible sacarlo de allí. Dejó de temblar.

Siguieron cayendo más rocas haciendo peligrar también al indígena, que corrió al exterior

mientras se apercibía de que era un temblor del suelo, uno de los grandes. Con su mirada entrenada y

habituada a los cambios del día, notó que estaba ocurriendo algo muy extraño con las sombras en el

ambiente mientras la tierra se movía con los bramidos de la bestia en las profundidades.

Solo podía ser eso. El gran animal que hay en el interior del suelo y que de vez en cuando se

despereza se estaba moviendo. ¿Lo habrían tocado con sus cosas de acero? Imposible saberlo.

Sorprendido, observó que el sol, que habitualmente corría por el cielo de Este a Oeste, estaba

ahora moviéndose de Oeste a Este, hasta que muy despacio se puso de nuevo en el cenit, como si

fuese medio día. ¡Y todo en menos de lo que tarda un ave en cruzar el valle! Había sido como ver el
tiempo correr hacia atrás, mientras las sombras cambiaban de posición velozmente. Su pueblo era un

gran observador del astro rey, tal como les habían enseñado los dioses, y esos cambios no pasaban

desapercibidos a nadie, por lo que no había posibilidad de error.

Desde el este llegó después como un muro un gran viento que casi lo levanta del suelo, pero

pudo asegurarse con fuerza tirándose contra las rocas mientras el polvo le cegaba los ojos. Soplaba

con enorme fuerza en la montaña.

Se asomó con cuidado a la ladera para mirar el valle, con el pecho muy pegado al suelo que

seguía convulsionándose, y vió que los hombres allá abajo corrían entre fogonazos de los de arriba,

pero lo más impresionante es que las casas luminosas de aquellos seres que se hallaban en el cielo

estaban cayendo y se llenaban de fuego cuando tocaban tierra con gran estrépito. La más grande con

forma de cigarro, a mucha distancia, estaba también precipitándose desde muy alto, y al caer se

levantó una gran llama que tocó las ya escasas nubes, cegando a Icamanbal durante unos instantes.

Fue como una bola de luz blanca que le hizo sentir calor a pesar de la distancia. Después una seta

horriblemente negra subió girando sobre si misma y el rugido del trueno fue superado mil veces.

Todo tembló violentamente, y las rocas desprendidas de la ladera volaron sobre Icamanbal, lejos del

valle del oro, cuando algo invisible la golpeó.

La casa de luz grande había quedado destruida con todo lo que en ella había.

Parecía el fin de los días, pero sabía que no podía ser así porque no estaba marcado en el

calendario de piedra que los dioses les habían otorgado nada similar para esas fechas. Ese no fallaba,

y contenía la sucesión de las eras hasta el fin de cada ciclo, por lo que se trataba de otra cosa.

¿Habrían venido a salvar al hombre? Lo dudaba. Y además, estaban muriendo muchísimos humanos.
Pero aunque no era el fin de los días, si fue una colosal batalla entre la tierra y el cielo. De los

lugares donde se habían estrellado las casas de luz surgían llamas enormes, y se veían muchos

hierros amontonados. Más lejos, donde la gran casa con forma de cigarro se precipitó, había una

humareda negra que había llegado al cielo, y arriba, insospechadamente, el Sol había vuelto atrás y

ahora seguía su curso con normalidad, camino de una tarde que hacía mucho que tendría que haberse

convertido en noche. Pero aunque volvía a ser medio día, todo se estaba oscureciendo súbitamente

ante aquellas humaredas negras. Parecían caer cenizas muy calientes desde el cielo sobre un lugar

que comenzaba a parecer la fragua de un demonio.

Veía a los suyos organizados en la distancia como puntitos, haciendo frente a los supervivientes

de los de arriba. Estos se defendían con sus lanzas de luz lanzando fuego, pero no bastaba para

contener la rabia de un pueblo iracundo que veía llegada su oportunidad de liberarse. Las flechas

atravesaban los trajes de aquellos seres que por fin morían como humanos, y eso no bastaba a sus

verdugos, que los mutilaban sin piedad. Tal era el odio acumulado.

Desde el risco a gran altura Icamanbal daba gracias a los dioses por aquel final inesperado a su

cautiverio, y agradecía la suerte de no haber tenido que profanar finalmente el santuario de su oro.

Se sintió consternado, y lloró amargamente mientras abajo en el valle los suyos celebraban el

exterminio de los de arriba con gritos de júbilo que corrieron hacia la cima de la montaña a caballo

del viento.

También los fabulosos animales de hierro habían callado para siempre entre las insólitas

llamas.
Durante toda la tarde los vientos fueron en aumento, pero el hombre en la montaña no dejó de

contemplar el horizonte mientras los suyos más abajo retomaban el control con cautela y entusiasmo,

apenas pudiendo salir ya a campo abierto. Todos los supervivientes de los invasores fueron

ejecutados gloriosamente en presencia del pueblo, aunque nadie se atrevió a practicarles el rito de

arrancarles el corazón.

¡Y volvió a suceder!

Pero esta vez fue diferente y mucho, muchísimo peor. El sol, que estaba justo arriba se

bamboleó primero hacia el norte y después hacia el sur con movimientos sinuosos pero

repetitivamente insistentes, aumentando cada vez la profundidad a la que llegaba en su alocado

vaivén, justo como un péndulo que se activase.

Paralelamente llegaron de nuevo los temblores desde abajo, pero esta vez fueron mayores.

Icamanbal no pudo mantenerse sentado, y se tendió de nuevo en un sitio seguro, lejos de

desprendimientos que pudiesen amenazarlo, y con una amplia visión del valle humeante. El rugido

del interior de la tierra era tan fuerte que supuso que la bestia de las profundidades estaba muy

enfadada con el sol, y se hallaba a punto de saltar para devorarlo. Tenía mucho miedo mientras veía

desprendimientos de gran tamaño descender la ladera al tiempo que las sombras se movían cada vez

más rápido de izquierda a derecha y al revés.

Todo estaba desquiciado.


Entonces, en uno de los bamboleos, el sol se ocultó plenamente, y las estrellas aparecieron

como rayitas luminosas en un espectáculo precioso pero inexplicable. Icamanbal pensó que la bestia

había engullido finalmente al rey del cielo. La noche se hizo a gran velocidad.

Pero tampoco la oscuridad estaba en su sitio, y aquellas estrellas conocidas se movían casi

circularmente, dejando estelas blancas en una danza que nadie había conocido jamás. Era imposible

ver las constelaciones en los lugares de siempre, aunque lo importante para muchos era conservar la

verticalidad.

La bestia de abajo no paraba de rugir, y como resultado el suelo se elevaba con violencia para

desplomarse después. La luz de la luna apareció sorpresivamente detrás del horizonte, subiendo y

bajando como todas las cosas del cielo aquel día-noche, y a su luz pudo distinguir el horror que se

avecinaba.

Al fondo, un muro de agua negra precedido de refulgente espuma venía desde el mar cercano

anegando parte del valle, que ahora solo era distinguible por las enormes montañas de fuego que

eran los restos de las casas de luz. Todo lo que había en los poblados donde antes había estado la

casa de luz grande fue barrido por la fuerza de las aguas desencadenadas. Los incendios en la

distancia cesaron al instante, mientras el rastro de lo ocurrido iba siendo sepultado poco a poco.

El rugido del agua en la distancia llegó a la cumbre, que seguía convulsa al pairo de aquellas

estrellas que cada vez se movían más despacio describiendo círculos de menor tamaño, hasta que

finalmente se estabilizaron.
Y el milagro ya estaba hecho. El día se había convertido en noche llevándose a aquel pueblo de

opresores y limpiando la tierra, pero arrastrando también a su lado a centenares de hombres y

mujeres de su tribu y otras demás abajo. Durante años sucesivos los supervivientes, muy diezmados,

borraron todo rastro de la existencia de los de arriba. Abrieron fosas enormes donde tiraron todos sus

hierros y cadáveres, y enterraron la maquinaria minera superviviente a base de enormes agujeros y

mucho esfuerzo. No querían dejar constancia de lo que había ocurrido no solo para poder recuperar

su orgullo, sino también para evitar que alguien de los de arriba apareciese algún día atraído por el

rastro de sus restos.

Él, Icamanbal, con la ayuda de escribas y otros hombres versados, plasmaría en piedra cuanto

había visto para que las generaciones venideras tuviesen constancia de lo ocurrido.

ESCENA 2

Cuando Brian Coxx, catedrático de antropología en la Universidad de Milwaukee, terminó su

disertación al pie de las excavaciones en el Valle del oro ante un grupo de cuarenta alumnos

aventajados, todos asentían con reverencia. Todos menos uno.

Ese uno pensaba en lo terrible que era el hecho de que, dijera lo que dijese aquel erudito, sus

aseveraciones serían tenidas por verdades en estado de gracia, lo cual no contribuía a aclarar las

grandes preguntas que había que responder en torno al lugar donde estaban.
Ese uno era Carlos Hidalgo.

Coxx, con un buen despliegue de medios y gráficos, había dedicado su hora y media de charla

a explicar como a su criterio el pueblo de los Sulirami había llegado a la cumbre de su civilización

alrededor del año 3000 a.J.C. en base a la extracción de un oro que abundaba en las más de veinte

yacimientos que se extendían a lo largo de todo el valle.

Pero Carlos, pese a los brillantes y enrevesados argumentos del científico, no lograba imaginar

donde había ido a parar todo ese oro, y eso le daba vueltas constantemente cada vez que miraba

aquellas vetas mordidas con muchísima fuerza. Sabido era que los españoles no llegaron a esa zona

que nunca exploraron, y que no fueron por tanto los responsables de su desaparición, como sucedió

en otros lugares.

Por otro lado, la idea de que fuese usado para comerciar con joyas, como sostenía Coxx entre

otros, no era creíble porque tendría que haberse tratado de una cantidad mucho más pequeña que la

que sugerían los expertos geólogos que habían analizado los agotados filones, y por tanto tendría que

haber reservas acumuladas de enorme valor en algún sitio.

Allí se habían extraído entre veinticinco y cuarenta y cinco mil toneladas. Una cifra

astronómica, sin duda, y que daba para demasiados anillos y alhajas. Y sin embargo, no se había

encontrado una sola joya entre las ruinas de los pueblos del valle. Ni una sola.

¡Y todo ese gran yacimiento se aseguraba machaconamente que había sido explotado sin

herramientas de metal!
Esas anomalías no eran resueltas del mejor modo en la exposición, pero el afamado doctor ni

siquiera se había atrevido a explicar el hecho de que la parte inferior del valle estuviese oculta bajo

una gruesa capa de sedimentos marinos ¡a casi 2000 metros de altura!

De este modo, Carlos seguía dando vueltas a sus conjeturas cuando sonó la frase más esperada

por él aquella tarde.

- ¿Alguna pregunta, caballeros?

- No, no… doctor Coxx. – Sonó la voz de Marcos Aranzubia, el científico jefe de las

excavaciones en tono de agradecimiento, que se levantaba dispuesto a poner fin a la

charla - Mis alumnos no tienen preguntas para usted, y le agradecen que haya sido tan

amable de dar esta magnífica conferencia….

- Doctor Coxx - las palabras de Carlos Hidalgo causaron el silencio de los concurrentes

que ya se levantaban para aplaudir cuando irrumpió en escena - yo si tengo algo que

quisiera preguntarle.

- Carlos, por favor – saltó Marcos Aranzubia intentando acabar con el acto sin dar

oportunidad al joven a formular una pregunta que estaba seguro por su conocimiento de

que sería embarazosa - el Doctor tiene compromisos importantes y no anda sobrado de

tiempo.

- No, no pasa nada, profesor Aranzubia. No tengo inconveniente en contestar al joven lo

que desee – dijo Coxx con cierto aire de benevolencia poniendo su mano en el hombro

del viejo y dando un paso al frente. Deseaba agradar. Miró al hombre que se había

atrevido a elevar su voz por encima de las demás y le cedió la palabra con un gesto

amable.
- Gracias, señor. No le entretendré demasiado. Verá… antes ha estado usted hablando

sobre la posibilidad de que los Sulirami hubiesen excavado toda esa montaña que está a

nuestra izquierda sin utilizar herramientas de metal, es decir, con el empleo de cuñas de

madera, mazos rudimentarios y otras artes antiguas.

- Si, dicho así está quizás expresado muy a grosso modo, pero ciertamente eso creo.

- ¡Pero la verdad es que el volumen de tierra que se movió es sencillamente descomunal,

señor! – hizo un paréntesis deliberado, tenso, teatral, queriendo dar dramatismo a la

situación. La cara de Coxx se tornó de amable a seria - Y me temo que eso no se ha

tenido en cuenta para establecer ciertas afirmaciones. Si nos atenemos a los últimos

estudios se habla ni más ni menos de que casi catorce kilómetros cúbicos de roca. Algo

extraordinario, sin duda, si no se disponía de metales para excavar ni otros utensilios,

como por ejemplo medios para transportar los desechos, que no aparecen por ninguna

parte. Todos hemos visto la forma en que la montaña fue agredida, y en verdad

sobrecoge. No hace mucho, como sin duda sabrá, estuvo aquí un grupo de perforadores

mineros japoneses para investigar las técnicas de los antiguos y dar su parecer a quienes

no sabemos de esto y no salían de su asombro ante la magnitud del corte. Aquellos

hombres, que conocen la piedra a la perfección, no daban crédito a que no se hubiese

usado algún tipo de artefacto para atacar la roca. Incluso dejaron marcados ciertos sitios

donde, a su parecer, aun eran visibles las marcas de enormes dientes, posiblemente de

acero como los usados por las excavadoras de hoy. ¡Y eso sin tener en cuenta la

existencia de pozos perforados de seiscientos metros de profundidad por los que no

cabe un hombre y que nadie sabe como ni para qué se hicieron, como se reveló en los

análisis del subsuelo!

- Bueno, si. Esos pozos existen, pero sin duda tenían un objetivo religioso – argumentó

Coxx con aire soberbio. Se le notaba irritado - Pensamos que una vez vaciados y
llegados al fondo con cámaras posiblemente encontraremos restos humanos, porque

tenemos constancia de un brusco descenso de la población Sulirami en aquellas fechas.

¿Qué pretende demostrar, joven? No se a donde quiere llegar con sus preguntas y

afirmaciones.

- ¡Ah, si! Eso es cierto. Me refiero a lo del brusco descenso de la población. Este parece

haber sido el escenario de enormes matanzas, pero volviendo a la cuestión de la minería

¿no le parece poco creíble el hecho de que todo eso fuese hecho sin más ayuda que

palos y manos? Perdone que insista, pero es que da la impresión de que pretende

pasarlo por alto sin decir nada al respecto.

- ¡Carlos!...oh, discúlpelo, doctor Coxx… - De nuevo Marcos Aranzubia intentaba cortar

en seco lo que se estaba convirtiendo en un brusco tira y afloja que no le gustaba,

aunque todo el mundo estaba fascinado. Pero el estudiante levantó categóricamente su

mano sin ningún reparo y consiguió de nuevo el silencio.

- Solo… solo un momento, profesor. Tengo un par de cosas más que consultar al doctor,

y no tengo reparo en cambiar de tema, ya que al parecer le resulta tan molesto el

anterior. A veinte kilómetros de aquí hay lecturas clarísimas de penetración marina a

una altura imposible, una sedimentación única que está exactamente sobre las ruinas de

parte de esta cultura, y usted, como todos los arqueólogos de prestigio que he

escuchado, no ha hecho ni mención a ello. ¿Por qué? Sé que conoce ese estrato y que lo

ha visitado en más de una ocasión.

- Bueno, no podemos estar seguros de que esa tierra sea como usted dice una penetración

marina. Es una afirmación muy arriesgada teniendo en cuenta la altura a la que

estamos, ¿no le parece? – Algunos estudiantes asentían de conformidad con lo que

Coxx exponía, pero Carlos no estaba dispuesto a remitir en lo que se estaba

convirtiendo en un ataque en toda regla.


- No. Me afirmo en lo que digo, doctor Coxx. – Ya era notable el enfado en los dos

científicos ante la sorpresa de todos - Un metro de sedimentos marinos que

comprenden, entre otras lindezas, algas, arenas, sales… Y el hecho de que estén justo

encima de las ruinas Sulirami no puede significar más que la evidencia de una

catástrofe que diezmó a esta población hace un tiempo indeterminado, dejando

sepultadas parte de sus tierras.

- Mire, joven, yo no he venido aquí para discutir temas tan poco académicos como el que

propone, así que…

- ¿Poco académicos? ¡Vaya! A lo mejor le suena el Doctor Chris Conrad, del MIT, o el

profesor Augusto Piñero, de la universidad de Caracas. Ellos han estudiado el estrato y

están seguros de que sí es de lo más académico. ¿Está usted al tanto de lo que se ha

encontrado junto a la veta que está numerada como la 17 en el mapa que tiene delante,

usando desde la órbita un detector de anomalías gravitatorias como los que se utilizan

para encontrar impactos de asteroides?

- Pero… ¿Cómo sabe usted eso? – Ni Coxx ni Aranzubia pudieron reprimir su gesto de

sorpresa. Esta vez Hidalgo sintió que los había cazado de pleno.

- Ya veo que conoce esos análisis. ¡Y sin embargo también los pasó por alto! ¿Tampoco

es académica la constatación de la existencia de una especie de enorme maquinaria

enterrada a pocos metros de la superficie junto a unas minas que han sido devoradas por

algo mucho más grande que manos y cuñas de madera? Doctor Coxx, esa cosa metálica

ha sido enterrada aposta por alguien en unos estratos que pertenecen a la época en la

que los Sulirami repentinamente se interesaron por la minería. Tiene el contorno de una

enorme excavadora con brazo articulado ¡Y ahora nadie quiere desenterrarla!

- ¿Pero es usted consciente de lo que está diciendo? ¿máquinas enterradas por los

silurami hace 5000 años? Espero que no se ofenda si le digo que en toda mi vida he
oído una falacia semejante. Debería tener más cuidado al exponer ideas tan

descabelladas, muchacho.

- Tendré en cuenta sus consejos si ante los presentes es capaz usted de decir claramente

el contenido del hallazgo que se ha dado en llamar la estela de Icamanbal, y que se

mantiene en el más grande secreto sin que se sepa el motivo, que no puede ser otro que

la ocultación de algún tipo de prueba respecto al pasado de este lugar.

- No se de qué me habla – Carlos Hidalgo apagó la grabadora. Ya tenía todo lo que

esperaba de aquella charla en el valle. Es decir, nada.

ESCENA 3

- Oye, Marcos ¿Quién es ese muchacho? ¿Puede traernos problemas?

- En absoluto, Brian. Solo es un estudiante algo sagaz, un inconformista. Ya los

conoces… uno de esos que se dedican a cacarear para cambiar las cosas. No llegará a

nada. Está aquí perfeccionándose durante estos meses, y participa en las excavaciones,

aunque habrá que pensar en cambiarlo de sitio. No se como ha podido averiguar…

- Da igual, da igual, hombre. Nadie lo creerá como siempre ocurre, solo que habrá que

tener más cuidado en el futuro ¿Pero sabes? en el fondo me fastidia jugar con la verdad

del modo que nosotros lo hacemos.


- ¿Por qué? ¿Por un puñado de hierros debajo de montañas de piedra? Brian, tenemos

que defender nuestras tesis, y no dejar que los nuevos descubrimientos nos devoren.

Hombres como tu y yo tenemos la labor de mantener la historia en su sitio sin que

degenere en un caos inservible.

- No, Marcos, no. En cierto modo estamos obligados a desentrañar misterios, no a

enterrarlos con mentiras, que es exactamente lo que estamos haciendo.

- Brian, lo que está en juego lo exige, amigo.

- ¿Lo que está en juego dices?... Lo que está en juego es la verdad, Marcos. La verdad.

Algún día, gracias a chicos como ese, se abrirá camino y todo lo que hemos estudiado,

todo lo que hemos sido irá a parar directamente a la basura. Nuestros propios nombres

quedarán en entredicho, como estúpidos o como canallas, eso el tiempo lo dirá ¿Has

visto los estudios que te envié el sábado?

- Si, los vi.

- ¿Y no tienes nada que decir?

- Bueno… si te refieres a lo que mantienen Arnold y Sanford de que se pudiese haber

producido una inversión de los polos no me parece muy racional. No puedo

imaginarme al sol cambiando aparentemente de curso porque la Tierra se esté dando la

vuelta como un balón.

- Si, lo mismo me ocurre a mí… y sin embargo las fechas que se barajan coinciden con

los acontecimientos que se describen en la estela de Icamanbal. No se… Me pregunto

que hechos extraordinarios vivió ese hombre en su tiempo y quienes eran esos que

excavaron la montaña usando máquinas como la que está enterrada allí abajo en una

época en que no había máquinas. Verás, Marcos… Una cosa es encontrar vasijas y

cucharas, y otra es esto. Estamos en un lugar que nos dice cosas increíbles… ¡Y no

podemos contarlo! Aun tengo en mi mente ese trocito de la estela donde Icamanbal
termina diciendo “lo hicieron los de arriba. Ellos cavaron las minas y destruyeron al

pueblo. Y entonces el firmamento se desplomó y la noche se hizo día. Después nosotros

los enterramos”. Eso es espeluznante.

- Bueno, ciertamente parece curioso, pero hay mucho que investigar aun sobre ese texto.

- Marcos, Marcos, amigo… - Coxx, aun sentado, adelantó un poco el torso y tomó la

muñeca de su colega. La voz era solemne y el rostro severo – Cada vez me hago más

preguntas sin respuesta ¿Quiénes fueron los de arriba? ¿Qué papel jugaron en nuestro

pasado? Se lo que me dice la razón, pero no puedo negar que lo que he visto aquí me

hace temblar. ¡Y ya lo hemos constatado en muchos otros sitios!

- Lo se, amigo, lo se. Mira – le tendió unos papeles – No se si es buen momento, pero

quizás esto contribuya a aclararte las ideas. Son los estudios que encargaste sobre esas

piedras fundidas que extrajimos bajo el extraño sedimento marino de la parte baja del

valle.

- No puedo leerlo ahora, Marcos, no tengo mis gafas y sabes que me cuesta. Dime tu el

resultado.

- Bueno… verás…

- Dilo, amigo. Ya nada me va a sorprender en este lugar.

- Pues que esas piedras muestran restos de haber estado sometidas como sabes a mucho

calor.

- Ya

- Calor radiactivo, Brian. Miles de grados. – La revelación le dejó algo traspuesto unos

instantes.

- ¿Como… como en Irak?

- Si. Como en el ziggurat de Borsippa.

- Una explosión nuclear?


- Las vitrificaciones son inapelables. Si, así es.

- ¡Dios santo, Marcos! ¿Qué demonios pasó en el mundo hace 5000 años?

Ambos hombres guardaron silencio mirando los posos del té bien caliente. Había sido un día

agotador y ya no tenían fuerzas para responder a más preguntas.

ESCENA 4

Muy arriba, sobre la ladera, Juan Moribia, último descendiente de la saga de Icamanbal,

permanecía sentado, atento a las evoluciones de los científicos en el valle. Sabía que su orgullo nunca

los dejaría ver la verdad, y mientras eso fuese así, el oro oculto en la cueva semidesplomada estaría a

salvo para que los auténticos dioses viniesen a por él el día que quisiesen. El era el último guardián del

secreto, pero sentía la necesidad de revelárselo a su primogénito en breve, porque empezaba a sentirse

mal.

Había oído relatos de los de arriba, y siempre se había estremecido con ellos.