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La Vuelta del Racismo

Editado por Pablo


Jueves, 14 de mayo de 2009
http://www.principioesperanza.com/index.php?option=com_content&task=view&id=1687&Itemid=30

Por Jorge Lora Cam: El racismo y la recolonización


como elementos centrales en la reconfiguración del
dominio global.

La globalización considerada como recolonización del trabajo y


geoestrategia de poder y de acumulación por desposesión
intensificó la reconfiguración territorial de clases y etnias, las
migraciones y la depauperación de las clases obrera y campesina.
Significó la puesta al día de la ideología racista del despojo, de la
superioridad racial-étnica que justifica la recolonización y la
dominación. La clasificación racista se hace residente en una
memoria y un imaginario colectivos que aceptan la interrelación
sucesiva de legitimaciones de la limpieza de sangre, el racismo
bíblico, el etnocidio y el genocidio militarista sintetizados en el
auto-racismo.

Es una poderosa arma de sometimiento que aliena a los dominados al asumir la ideología
de los dominadores y al reproducirse multilateralmente con vida propia. El Estado, las
instituciones, las estructuras, las clases, las familias están configurados por el racismo
sobre indígenas, negros y mestizos asumiendo la forma de invisibilización y negación
como sujetos en las instituciones, estructuras y la vida cotidiana quedando consolidadas
en relaciones de colonialismo interno y colonialidad del poder. La forma mas extrema de
racismo es la destrucción de la identidad, su forma más violenta, después del genocidio y
el etnocidio. Los pobladores de América resintieron la violencia del desarrollo capitalista,
de la instauración de la modernidad en las metrópolis y después la construcción de un
Estado-nación que les negó su humanidad en aras de la colonización.

La resistencia de estos pueblos ha sido permanente y discontinua. La lucha por la


autonomía no es otra cosa que el combate por recuperar su humanidad, su dignidad
humana. Son rebeliones contra el terror histórico que impuso esas denominaciones, por
dejar de ser sólo indios (mitad humanos, mitad bestias), contra la naturalización de esta
forma de dominación, por retomar su autoestima ante la subordinación y alienación. Con
el neoliberalismo, el proceso de destrucción de la conciencia y del recuerdo histórico,
continúa -bajo otras formas-cuando se le quiere reconvertir en ciudadano sin territorios, en
proletarios deslocalizados, en autodetractores de su cultura y en defensores del
pensamiento y planes imperiales. La historia de la modernidad continúa en lo mismo, en
el exterminio cultural y físico de las nacionalidades diferenciadas. Diezmados y cargando
con el autorrechazo parecía imposible un proceso de reidentificación como el que viene
ocurriendo. El desarrollo económico impuesto por el poder se convierte en una de las
principales causas de la violencia.
La libertad ilimitada del mercado y el hecho de que éste se convierta en el único regulador
de las relaciones sociales, han provocado la primacía de la especulación sobre la
producción y que el dinero sea la medida de las cosas. De este modo mercado, técnica,
Estado-nación y democracia electoral son los cuatro jinetes del apocalipsis cultural.
Proceso civilizatorio es lo mismo que destrucción de la personalidad cultural de los
pueblos, liberalismo equivale a dominio de las trasnacionales, Estado-nación a opresión
colonial de los pueblos y homogenización, igualdad equivale a exclusión e injusticia,
individuo a unidimensionalidad; sin embargo, la cultura originaria puede ser socavada
pero no aniquilada, pues equivale a universos de vida diferenciada.

Detengámonos a examinar el racismo, por su enorme importancia en los países andino-


amazónicos con dominancia indígena y afroamericana. Es una realidad fundamental,
porque el racismo es una constante en la dominación y, por tanto, en la subjetividad de
toda Latinoamérica y el Caribe, incluyendo los países más europeizantes, eurocéntricos y
etnocéntricos como son Argentina, Chile y Uruguay. Incluyendo -decimos- porque, por un
lado, en los dos primeros están renaciendo y creciendo las minorías étnicas indígenas y
en el tercero la afroamericana; y, por otro, las migraciones andinas y amazónicas están
modificando el eurocentrismo antes dominante.

No obstante las alteraciones estadísticas para blanquear las poblaciones, las políticas
integracionistas y las deficiencias censales, seis son los países latinoamericanos y del
Caribe mayoritariamente indígenas: México, Bolivia, Perú, Guatemala, Paraguay y
Ecuador. Los demás países son afroamericanos o afrocaribeños. Entre los primeros
destacan Brasil y Colombia; entre los segundos se encuentran Cuba, República
Dominicana y Jamaica. A los intermedios, Venezuela, Costa Rica y El Salvador,
podríamos calificarlos de mestizos. En conclusión, estamos frente a una población
latinoamericana y caribeña afrolatina, indígena, mestiza y minoritariamente
euroamericana. En toda esta parte del continente el racismo, con sus distintos niveles y
formas, existe en mayor o menor medida. Y en todos contribuye a alterar las identidades y
la subjetividad asociadas a la colonialidad del poder y del saber.

Racismo es una categoría compleja como todas y para utilizarla en nuestra región
debemos tener las suficientes precauciones con los intelectuales eurocéntricos como para
no incurrir en confusiones derivadas de la extrapolación del examen de solo un país o
peor aun de lo ocurrido con el nazismo. La falsa teoría de la inferioridad, inventada para
justificar la conquista y colonización, con los años se va transformando en instrumento y
justificación de la explotación servil del inferior. En el actual momento histórico, por
racismo latinoamericano se entiende toda la diversidad de ideologías, actitudes y
prácticas que se expresen en forma de intolerancia asociada a la negación de derechos
que conduzca a la discriminación, opresión o violencia de mayorías que son consideradas
minorías; cualquier forma de heterofobia que afirme al grupo propio y rechazo, miedo o
desprecio del diferente; cualquier forma de desigualdad que atribuya posición diferencial
al otro generando segregación y explotación, y cualquier modo de naturalizar diferencias.

Pensando así puede confundirse con xenofobia, etnofobia, etnocentrismo, intolerancia,


particularismo, desigualdad, nacionalismo, esencialismo o relativismo cultural. Lo que
ocurre es que el racismo está teñido de todos esos rasgos y al mismo tiempo les falta
otros, como su carácter colonial e imperial, sus contenidos en la vida cotidiana y la
cultura. Y los racialismos como doctrinas más elaboradas, de acuerdo con Taguieff tienen
dos secuencias: autorracialización-diferencia-purificación/depuración-exterminio (en el
caso del racismo identitario o diferencialista) y heterorracialización-desigualdad-

2
dominación-explotación en el caso del racismo antiigualitario. Las dos lógicas existen en
América Latina, con dominancia de la segunda, pero ambas naturalizando las diferencias
que con el neoliberalismo reaparecen y se agudizan. Las dimensiones del racismo
abarcan lo interno y externo, es imperial y colonialista interno, es institucional y
socializado, es de explotación y es de exterminio1.

Un examen más acotado debe colocar al racismo en el proceso de acumulación, de la


expansión europea de la modernidad y como legitimador de la dominación. Pero también
incorporar a los sujetos sociales y al sistema social con sus aspectos míticos o unificación
imaginaria de aspectos diversos y contradictorios, como también los ideológicos que
justifican y racionalizan los actos racistas. Desde el punto de vista de Foucault, debemos
revisar los contenidos históricos sobre el racismo que han sido marginados y los saberes
bajos, descalificados por incompetentes, como sería el caso del de las víctimas (el
indígena o el negro). El poder es concebido como lucha y enfrentamiento visto en la
genealogía de las diversas técnicas y tácticas de dominación, entre las cuales están los
códigos de normalización y la fabricación de sujetos. Este elemento que agrega Foucault,
sitúa al racismo en la reconversión del discurso de lucha de razas en lucha por la
sobrevivencia; ahí el Estado -que sintetiza lo blanco- asume el papel de gestor de la
pureza de raza, el poder se hace cargo de la vida y la muerte.

En las culturas latinoamericanas, la colonialidad del saber surge del acto etnogenocida de
las coronas europeas en el proceso de colonización que buscó destruir las avanzadas y
milenarias culturas originarias, consideradas primitivas por los bárbaros conquistadores.
Corona e Iglesia, colonizadores y pueblos oprimidos de América por las culturas más
fuertes, unidos contra la encarnación del imaginario de moros y cristianos, inician la
conformación de una colonialidad del poder y del saber, de una mentalidad que será el eje
de una dominación que se prolonga por diversas formas coloniales hasta hoy, cuando se
agudiza con el neoliberalismo. Las formas clasificatorias combinan rasgos, señales y
atributos construidos sobre la base de elementos culturales y fenotípicos para legitimar la
opresión y expropiación al servicio de la explotación y la acumulación capitalista. El
racismo se unifica a la etnicidad y a la clase, a la superioridad de unos sobre otros, a la
jerarquía de conquistadores sobre conquistados. Lo importante es que el otro es
minusvaluado y sujeto de expropiación y abuso, de violencia y exclusión, de trabajo
gratuito y menor derecho a la vida. La cultura occidental se va legitimando como
dominante sobre los pueblos indígenas, andinos y amazónicos y después sobre las
poblaciones afrocaribeñas, afroamericanas, estructurando todo un sistema de relaciones
e instituciones que son el eje de la dominación colonial.

Las estrategias coloniales de dominación fueron desde la eliminación física, la conquista


de etnias y pueblos originarios para ser transformados en fuerza de trabajo gratuita, la
imposición de modos de producir serviles y esclavistas, el traslado de los varones a
centros productivos alejados de su economía doméstica, la expropiación de sus territorios
y adicionalmente de modo no voluntario la destrucción de toda una forma civilizatoria
asociada a lo que hoy se conoce como sustentabilidad. Más tarde se trasladó a población
africana e incluso asiática para esclavizarla en la producción agrícola, minera y en la
construcción de redes viales ferrocarrileras.

También se tuvo que apelar a alianzas y procesos de mestizaje con estratos de los
pueblos originarios para confrontar a los poderes hegemónicos encontrados y obtener
mayor dominio. Estas relaciones de violencia y mestizaje dieron lugar a la
multiculturalidad, que a fines de la colonia había logrado avances en su coexistencia:
1
Taguieff, P. La force du préjugé. Essai sur le racisme et ses doibles, París, La Decouverte, 1988.

3
pueblos originarios, vertientes africanas y asiáticas, grupos europeos, pueblos mestizos e
incluso -más adelante- emigrantes del Medio Oriente entrando en una dinámica de
asimilación, transformación y resistencia. Como bien señala Elizabeth Peredo en un
excelente ensayo, los españoles aprovecharon las rivalidades y estratificaciones del
imperio incaico para fortalecer su poderío, kuracas de ayllus y mujeres fueron sometidas
al control imperial:

Por lo tanto, los procesos culturales derivados de la colonización fueron resultado de


políticas premeditadas de dominación que aunque intentaron políticas conciliadoras hacia
los indígenas no dejaban sus contenidos altamente racistas hacia la población originaria2.

En el caso de la población negra, la dominación se jerarquiza en torno al grado de


blanqueamiento y al mestizaje como estrategia criolla de purificación o mejoría de las
razas. En respuesta, sectores de las poblaciones aborígenes o afroamericanas
colonizadas, para escapar a la discriminación y rechazo y acceder a nuevos espacios de
evasión e incluso autocontrol, convirtieron esa estrategia en suya. Con las políticas
asimilacionistas, indigenistas, integracionistas del siglo xx se altera el mapa del siglo
anterior, caracterizado por la desintegración de los elementos cohesivos que la
hegemonía hispánica había logrado en tres siglos. En las luchas por la independencia
participaron los pueblos autóctonos con los españoles y contra ellos, con los mestizos y/o
con los criollos. En el siglo xix se da un proceso de reindigenización e integración paralelo
a la agresividad criolla, sobre la base de los aún fuertes lazos que quedaban de la política
aislacionista entre etnias. Y es que la homogenización de la población indígena había sido
limitada a la introyección de conductas sumisas, sin buscar una total asimilación. Ésta se
daba en los pueblos conservando parte de sus territorios, pues facilitaba la recaudación y
la fuerza de trabajo, al tiempo que les dejaba una identidad propia basada en el lenguaje,
la cultura y la comunidad3.

En los pueblos es, sin embargo, donde se daba el proceso de desindigenización, más en
la república española que en la de indios, pues en ambos vivían. Las escuelas, la
catequización y la castellanización ladinizaban a los indígenas, de donde paradójicamente
salían los rebeldes. En ese proceso tan complejo intervenían un mosaico de factores,
como la subjetividad, la distancia, la geografía, la fuerza de la cultura -como la maya y
quechua-, la fuerza de adaptación de los modelos urbanos, las relaciones entre la cultura
de los pueblos indígenas y las de los pueblos dominantes, el papel del Estado; en fin,
múltiples circunstancias, interrelaciones y contextos determinarían los grados de sumisión
o rebeldía.

La resistencia anticolonial africana, particularmente la argelina, condujo a la reflexión a


tres grandes pensadores anticoloniales: Albert Memmi (Túnez), Franz Fanon (Martinica) y
Jean Paul Sartre (Francia), quienes coinciden en que el racismo resume y simboliza la
relación fundamental que une colonialista y colonizado. Para ellos el racismo es un
elemento consustancial del colonialismo y el colonialista y el colonizador son la misma
entidad, el desarraigado al que sólo le interesa el enriquecimiento y el poder político. El
colonizador, como ejecutivo del mundo colonial, es el encargado de liquidar material y
espiritualmente al colonizado4.

2
Elizabeth Peredo Beltrán, Una aproximación a la problemática de género y etnicidad en América Latina, cepal-iidh,
Santiago de Chile, junio de 2001.
3
Bernd Hausberger, "Política y cambios lingüísticos en el noroeste jesuítico de la Nueva España", Relaciones 78, vol. xx,
colmich, México, 1999. pp. 39-77.
4
Albert Memmi, Retrato del colonizado, Ed. Cuadernos para el Diálogo, Madrid, 1974.

4
En los últimos años, en el mundo en constantes procesos de recolonización –muy mal
llamado poscolonial- han aparecido un conjunto de intelectuales que se ubican en este
mismo campo de reflexión con valiosas aportaciones: Inmanuel Wallerstein, Aníbal
Quijano, Edgardo Lander, Walter Mignolo, Fernando Coronil, Edward Said, Ranajit Guha,
Michel Rolph Trouillot, Arturo Escobar, V. Y. Mudimbe, entre otros. Estos autores nos
introducen en un debate acerca de la cebolla de la colonización eurocéntrica, metáfora
para denominar las múltiples capas que se van creando en el largo proceso colonizador,
para buscar alternativas.

Racismo y dominación son dos caras de la misma medalla, como modernidad y


genocidio. Estos conceptos se han separado, hasta ser fetichizados. Los intelectuales se
encargaron de someterse a la colonialidad del saber y buscar permanentemente en el
saber europeo las categorías de explicación y superación de la postración de nuestra
región. Al hablar de los derechos del hombre, de la democracia y la ciudadanía, del
estado de derecho y la soberanía, de la modernidad y la civilización, no quieren volver a
tocar las supuestamente gastadas categorías de imperialismo, colonialismo o lucha de
clases y prefieren quedarse en los marcos del pensamiento colonial. Podemos decir que
el colonialismo quedó legitimado, la ideología colonial logró encubrir la dominación, la
violencia, los privilegios y la agresión a los pueblos quedó justificada. Volver a tocar estos
temas es volver al pasado, al esencialismo, al relativismo, a temas dinosáuricos. Y es que,
como dice Memmi, no sólo es la diferencia la que crea el racismo, sino que este último
utiliza la diferencia. Y en la región que estudiamos dominó lo segundo, absolutizando las
particularidades como negativas hasta convertir al indígena y al negro en infrahombres,
subhumanos. Esta desigualdad se expande a todos los planos y se traduce en una
palabra: dominación.

El racismo contemporáneo, consolidado, es el ethos de las sociedades latinoamericanas y


caribeñas; forma parte del imaginario colectivo; es consustancial a las mentalidades; es
multilateral y proviene de las clases, del Estado, de los grupos étnicos, de los diversos
pueblos; unifica segregación y discriminación; interrelaciona territorios y culturas,
repúblicas de indios y españoles, ciudad y campo, centros y periferias; todo en función de
la dominación, de la invisibilización, de la negación de cosmovisiones, de la
deshumanización. Incluso, la lengua y la religión fueron instrumentos moldeables de
acuerdo con las necesidades coloniales.

Con el proceso conocido como Independencia, se inicia la construcción de la nación


criolla que se apropia elementos españoles e indígenas, de la lengua española, de la
religión católica, de títulos de nobleza, de las riquezas naturales de la corona que pasaron
a ser propiedad de los nuevos países y así como construyeron un nuevo imaginario de
grupo y colectivo, construyeron sus fuerzas armadas y con ellas el monopolio de la
violencia. Sin embargo, sus contradicciones fueron constantes, pues estos segmentos de
los sectores medios nunca estuvieron totalmente dispuestos a ser invisibles y al mismo
tiempo servidores silenciosos.

Unos países optaron por la inclusión como objeto del derecho, como indígenas bárbaros,
como mestizos y otros por la exclusión como siervos de hacienda, soldados o a través de
la servidumbre doméstica; en ambos casos, fueron estrategias interrelacionadas que
invisibilizaban en distinto grado. La religión, la escuela y las fuerzas armadas pretendían
sacarlos de la abyección y el atraso, pero terminaban creando nuevas formas de
desigualdad y diferenciación, reforzando el caudillismo paternalista, patrimonialista y

5
clientelar como nuevas estrategias de dominación. Al acrecentarse numéricamente las
ciudades y las clases medias con sus nuevas demandas, se construyó el populismo.

Desde fines del siglo xix aparecen los intelectuales no oligárquicos, algunos de provincias,
rebeldes y creativos, anarquistas y marxistas, quienes confrontan al darwinismo social y al
positivismo, al liberalismo y al conservadurismo -que generalmente se matizaban unos a
otros- y también -los menos- al colonialismo y al racismo. Los indios y otras etnias se
hacen visibles a través de estos intelectuales. Paralelamente el racismo se difumina
desde el Estado por toda la sociedad mezclando viejas y nuevas formas de dominación,
incorporando las sutilezas. Al observar las grandes migraciones europeas de fines del
siglo xix a Argentina y Brasil, los estados recurren a políticas de colonización para
"mejorar la raza". Resignados en su lucha para acabar con la barbarie, buscan soluciones
externas. El atraso y las crisis recurrentes son atribuidos a esa mayoría indígena. Cuando
se rebela recurren al exterminio, a la estigmatización y deslegitimación de los rebeldes. Y
mediado por el racismo, de comunistas pasan a ser terroristas y después narcotraficantes.

La actual situación de los pueblos indígenas es resumida por Elizabeth Peredo:

Ha empeorado en las últimas décadas a partir de un mayor deterioro de las


economías de subsistencia y el peso del mercado internacional en éstas. La población
afrolatina, por su parte, sufre una situación de mayor desventaja por no contar con
territorios de origen, su vida se afinca en el espacio urbano donde, sin embargo, viven
segregados y frecuentemente marginados a la extrema pobreza. Los pueblos indígenas,
afrolatinos o afrocaribeños, presentan los peores indicadores económicos y sociales en el
continente5.

Algunos calculan esta población indígena en América Latina y el Caribe en 40 millones de


personas de 400 distintas etnias y culturas y la población negra y mestizo afrolatina y
afrocaribeña en 150 millones.

Sin embargo, nosotros pensamos que en la actualidad, siendo muy difícil de estimar la
población indígena de México, Perú, Ecuador, Paraguay, Guatemala y Bolivia, que
aparece en los censos -cuando aparece- o que es estimada por distintos métodos, está
sumamente subvaluada. Sólo en el caso de México, donde se ha aceptado oficialmente
que son diez millones, o sea 10 por ciento de la población, éstos fácilmente podrían
alcanzar más del 50 por ciento, lo que significaría en un nuevo cálculo que de unos 160
millones de personas en estos seis países, los indígenas son más de 90 millones, que
sumados a los que hay en el resto de la región superan fácilmente los cien millones. Algo
similar ocurre con la población negra y mestizo-negra, que podemos estimarla en casi la
mitad de la población de la región latinoamericana. Esto significaría que América Latina es
mayoritariamente afrocaribeña y afrolatina, y en segundo lugar -destacando los seis
países mencionados, donde son mayoría- es indígena. En resumen, nuestras repúblicas
criollas no son tales, aunque la mayor visibilidad del racismo, la xenofobia y la intolerancia
junto al neoliberalismo hayan acrecentado el autorrechazo indígena y negro. Sólo que
ahora es acompañado de amplios sectores que se reidentifican y al hacerlo adquieren
visibilidad.

La información sobre otras características demográficas, como las condiciones de vida, la


situación socioeconómica, el nivel de pobreza, la inserción laboral, lenguas, factores
culturales, relación con la tierra, etc., simplemente no existe, excepto en los escasos
trabajos monográficos de campo. Aun así, incorporar elementos conceptuales referidos a
5
Op. cit.

6
la etnicidad y conseguir información verídica al respecto es casi imposible; sólo podríamos
acercarnos a su conocimiento distorsionado e impreciso, pues la misma realidad está
convertida en un mosaico trizado y vuelto a ensamblar de inmensa complejidad. Como
parece evidente, la situación adquiere mayor dificultad en los pueblos y ciudades, o en
lugares de migración fuera de la región; éstas son las sedes de la desidentificación y
autorrechazo, o la simple negación de su antigua condición social pues ella implicaba
menosprecio, racismo y desprecio. A ello se agrega la aculturación, la asimilación, el
consumismo y el individualismo. Es por ello que la lengua, los signos exteriores, la
ubicación geográfica y la autopercepción son los elementos más verificables.

La autopercepción nos puede conducir a la identidad, vista como cosmovisión


desalienada, autoubicada como parte de una cultura igual a las demás, como igual y
diferente, con su mundo simbólico y con sentido de futuro, con visión de potencialidad
transformadora, como elemento socializado e interrelacionado con otros individuos y
pueblos a través de estructuras objetivas y subjetivas, un nosotros con memoria histórica,
despojado de velos míticos y fetichizaciones. Ése sería el nuevo sujeto con identidad que
podría extenderse a toda la sociedad y así pensar también en la identidad criollo-
occidental entre los grupos de poder y que llega permeada hasta los intelectuales
aparentemente más lúcidos. Todos ellos han intentado invisibilizar o blanquear a
indígenas y negros de los países latinoamericanos y caribeños. Al tiempo que modernizar
y democratizar en una peculiar perspectiva:

Desde que nacen nuestros estados se establece un orden social por medio del cual se
constituyen jerarquías que quedan tan engranadas en el tejido social que ocultan la
existencia de un discurso y práctica de supremacía racial, en que se desatan las
dicotomías tal como lo moderno-primitivo-salvaje, tan presente en toda historia de
colonización. La otredad se construye desde las alturas de círculos exclusivos de diálogos
que se hacen pasar por democracias6.

Son sistemas de subordinación instaurados por la conquista, la colonización -en sus


diversas y sucesivas formas- que han ido cambiando y sobreponiéndose, manteniendo
imaginarios e invisibilidad en pueblos y en comunidades encerradas y aisladas, así como
en la ciudad y en el exterior, en procesos diferenciados. Hasta la llegada de la
globalización, con la total mercantilización y apropiación territorial, aumentando los
problemas de racialización de la marginalidad y de la pobreza y de la identificación étnica
y racial. Fenómenos que desatan el endorracismo y el autorrechazo, que incluso son
socializados, y una resistencia que se expresa en blanqueamiento y escape a otros
espacios o en la lucha contra la invisibilidad.

El racismo recorre todo el ciclo de vida de las víctimas. Desde la infancia son sometidas a
la mentalidad superioridad/inferioridad, se reproduce en la escuela y en la religiosidad,
reaparece en el empleo/desempleo, las políticas salariales, en la localización y el tipo de
la vivienda, en el acceso a la cultura y a las tecnologías de la información, en las
relaciones con el poder, con la seguridad y la justicia. Todas estas y otras desigualdades,
y sus consecuencias, como el laceramiento de la autoestima, son naturalizadas,
fetichizadas e invisibilizadas con los discursos sobre ciudadanía y democracia. El racismo
es una construcción social que recoge estereotipos, prejuicios, ideologías,
constituyéndose en estructura mental realimentada permanentemente por la propia
realidad que mantiene a esta población discriminada fuera y dentro de una nación
construida por los criollos, para los criollos y sus poderosos aliados del norte. La igualdad
6
Celina Romany, De frente a la impunidad: La erradicación de la discriminación racial en el camino hacia las
democracias pluriculturales y multiétnicas, CEPAL-IIDH, junio de 2001.

7
jurídica y las libertades pierden toda su potencialidad asignada por los liberales, con
excepción de algunos países que crearon el mito del mestizaje incluyente.

Quienes piensan y escriben sobre el Cono Sur deberían dejar de hacer generalizaciones
absurdas, pues de otro modo no podrían explicarse la rebeldía y la violencia de quienes
con justa razón no se identifican con la nación criolla y buscan ocupar simbólica y
realmente espacios sociales, culturales y políticos intentando hacerse visibles. El poder es
una relación social que lo permite, no sólo para los indígenas y negros, sino que en estos
tiempos -donde las clases medias también son excluidas y discriminadas- también los
mestizos expresan a través de su presencia en el poder la necesidad de hacerse visibles.
La movilidad social ascendente de las capas medias ya no pasa por la economía ni por lo
social. Las clases han cambiado, antes subsumían en la clase lo étnico, lo económico y
social adquiría centralidad; ahora la clase es incapaz de hacerlo y más bien lo étnico
viene interrelacionándose con la clase. Antes, a través de la clase desaparecían las
diferencias étnicas; ahora estas diferencias se agregan a las de clase. La nación
dominante se ha elitizado aún más y ha excluido a las clases medias. Las culturas
indígenas y negras siguen reflejando la situación estructural que le otorgó el colonialismo
externo e interno, pero manteniéndose en la resistencia y sobrevivencia ahora aliadas con
sectores de las clases medias y sus culturas.

Fuente Revista Globalizacion