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Martes 17.02.

2004
LA CRISIS EN HAITI | LA PROCLAMADA "REPUBLICA DE GONAIVES"
Viaje al bastión del "ejército caníbal" que amenaza al presidente de Haití

Clarín recorrió la ciudad de Gonaives, a 100 km de la capital. Está tomada por los rebeldes que, a
machetazos, buscan la caída del presidente. Hay barricadas y huellas del combate. Reina la miseria.

Pablo Biffi
pbiffi@clarin.com

Marc tiene cinco años, las piernas flacas y la mirada gris. Sin dejar de mirar el suelo pedregoso, se
frota la panza una y otra vez en una señal inequívoca. Tiene hambre. El billete de 50 gourdas (poco
más de un dólar) en sus manos ajadas le devuelve una sonrisa blanca, perdida hace tiempo. Sentado
en una lata de aceite, revuelve sus pies negros sobre la tierra, se frota otra vez la panza y sólo se le
escucha una palabra que en esta ciudad de 200.000 habitantes suena a maldición: "Aristide".

Llegar a Gonaives, a unos 100 kilómetros de Puerto Príncipe, la capital de Haití, es un viaje al
olvido. Hacia una tierra de niños desnutridos. De hombres y mujeres —en el país no hay ancianos
— de ojos amarillentos y ropas raídas por la pobreza. De olores indescifrables, mezcla de orina,
estiércol y queso podrido. Pero también es la tierra del odio al presidente Jean Bertrand
Aristide, a quien hoy acusan de la pobreza, la violencia y de todos los males del país. La ciudad
donde, a fuerza de fusiles y machetazos, los rebeldes que buscan la caída del gobierno
autoproclamaron "la república independiente de Gonaives" . Este enclave, en donde hace 200 años
se declaró la independencia haitiana, es hoy el bastión del "ejército caníbal".

Son matones que coparon la ciudad hace 11 días con el objetivo de avanzar a la capital y provocar
la caída del gobierno. Tomaron su nombre a partir de un mito con mucho de verdad: en el pasado,
hubo grupos de choque que solían comerse partes de sus víctimas.

Aún se ven aquí los restos de la violencia que entonces tiñó la ciudad. Las calles están regadas de
barricadas de cemento, chasis de autos, carrocerías fulminadas por el fuego, troncos y cubiertas que
ardieron cuando cayó la ciudad y las autoridades y la policía huyeron.

La ciudad fue tomada a sangre y fuego el 5 de febrero. Los pobladores, la mayoría armados, y el
"ejército de caníbales", atacaron el cuartel de policía, mataron a varios, forzaron a salir a otros a
punta de bombas molotov y los arrestaron. Minutos después, una multitud prendió fuego al edificio
y atacó llena de rencor a los partidarios de Aristide. Nadie sabe cuántos muertos hubo.

Dos días después, un batallón de 159 policías enviados desde puerto Príncipe intentó recuperar
Gonaives. Con buen dominio de la guerra de guerrillas, los rebeldes los dejaron entrar y los
emboscaron en las angostas callecitas. Los combates duraron todo el día, pero los hombres del
gobierno tuvieron que retroceder antes del atardecer: unos 40 de ellos murieron antes de que los
rescatara un helicóptero, contó a Clarín Marco Alvarez, de AP televisión, presente en los combates.

Llegar a Gonaives no es fácil. Son tres horas y media de tormentos, que comienzan cuando hay que
negociar con un chofer que acepte llevarnos por 300 dólares y no por los 500 que pretende cobrar
para lanzar su todo terreno por un camino zigzagueante, mitad pavimentado, mitad de piedras
redondas y blancas como el lecho de un río seco.

Una vez que quedan atrás los arrozales, las plantaciones de banano y varios caseríos detenidos al
costado del camino, se llega al primer retén de los rebeldes. A unos 10 kilómetros de Gonaives, un
container impide el paso: es la "aduana". Allí está Leonel, dos jóvenes armados con escopetas y
decenas de curiosos que exigen dejar los autos y alquilar las motos con chofer que aguardan a la
sombra de los almendros.

La negociación dura varios minutos hasta que acepta que seis motos puedan partir por menos de 10
dólares cada una para recorrer la ciudad. El segundo retén es otro container atravesado tras un
puente, que las motitos esquivan con dificultad. La entrada a la ciudad, la única por la que pueden
pasar autos, es una larga avenida bombardeada de pozos.

Este grupo de "rebeldes" no son puros ni románticos . Hasta diciembre eran la fuerza de choque
parapolicial —en este país el ejército fue disuelto en 1995— del oficialista Partido Lavalas, que
amedrentaba y mataba a favor del ex "cura de los pobres", reelecto en el año 2000 en unas
elecciones poco menos que fraudulentas.

Pero el asesinato en diciembre pasado de Amiot Metanyer, un jefe "Chimè" ("chicos malos" en
creole) pro Aristide rebeló a su hermano Buteur, que se llevó sus ideales y matones hacia la lucha
armada, iniciada en Gonaives.

La sede de la Policía de esta ciudad —en donde los rebeles liberaron a todos los presos— es hoy
sólo una montaña de escombros chamuscados y alambres retorcidos. Las columnas y parte del
techo, lo único que quedó en pie tras el ataque, están rociadas de balazos de distinto calibre. En
igual estado quedó la casa del alcalde, justo en frente, pegada a una estación de servicio Esso, de la
que sólo se distingue la cara de un tigre tiznado.

"Esto no lo hizo el Frente Revolucionario de la Artibonita (el grupo de rebeldes liderado por
Metayer, que toma su nombre de la provincia en la que se encuentra Gonaives), sino la gente,
cansada de Aristide y de sus matones", dice a Clarín Charles Andrè, un haitiano de 58 años que
desde 1971 vive en Canadá y que regresó "de vacaciones".

A su alrededor, un grupo de curiosos gritan enfurecidos contra Arisitide, gesticulan, se excitan,


transpiran, debajo de sus remeras multicolores: uno de ellos lleva la camiseta de la selección
argentina; otro, más allá, la de Brasil.

A pocos metros, una camioneta 4x4 sin patente, que hasta antes de la toma era de la policía, vigila la
escena. Allí hay cuatro milicianos rebeldes con una ametralladora M-15 y una pistola calibre 22,
son los encargados de patrullar la ciudad.

Tras varios días de tensión y un intento frustrado de la policía de recapturar este puerto, la ciudad ha
vuelto a su ritmo normal, lento, cadencioso.

El olor define a esta ciudad y no es posible distinguir si es a agua estancada o se desprende de los
cerdos que, como los perros, se disputan alguna que otra rata o restos de comida. En una alcantarilla
de agua color carbón, el esqueleto de un perro flota mansamente, mientras otro lo olfatea buscando
algún resto de carne.

Por la tarde, este pueblo en armas —todos armados, dicen los líderes rebeldes— se vuelca al ron y a
la cerveza, mientras de las casas de comida estalla la música afro —la raíz de este país con un 95
por ciento de negros— que rompe el silencio de una ciudad que espera bailar con la caída de
Aristide.

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