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¿Seguridad Ciudadana o Bienestar Social?

(Lo que no vemos)

(Por Ignacio Muñoz Cristi, escrito para el proyecto Amar-Libera del


Instituto Matríztico presentado a Gendarmería de Chile)

La prensa oficial y los políticos utilizan los sucesos de violencia y delincuencia


para conseguir rating o votos, usualmente no se tratan estos asuntos con una
mirada sistémicamente sistémica sino que se buscan causas y culpables con una
mirada lineal. Pero ¿Qué nos dice de nosotros como país el que haya niños de 10
años realizando un vivir en delincuencia desde el mal-estar del abandono?
¿Cabrá atender al trasfondo de las realidades económicas neoliberales centradas
en una competencia desenfrenada y en las múltiples enajenaciones de la
inequidad a la hora de mirar elementos de la matriz que genera los mundos que
hoy traemos a mano? ¿En que medida el habitar ciudadano jurídicamente
enmarcado en una Constitución post dictadura y en un sistema electoral
binominal con todo lo que ello implica incidirán en la conservación de una
convivencia que permite la tragedia social que encaramos en este presente?
¿Este caos de violencia y delincuencia juvenil se resolverá con más cárcel y
represión policial? ¿Qué rol juega la familia en todo esto? Seguramente todos
son elementos importantes para una mirada al cuadro completo, sin embargo
aquí quiero invitar a una mirada más honda, a una que se haga cargo de los
fundamentos biológico-culturales del habitar humano, una mirada que atienda
al como y desde donde ocurre el desgarro del vivir social y del sentido intimo del
vivir que hoy cunde por doquier.

Partamos atendiendo a la naturaleza básica del vivir de los sistemas biológicos


para acercarnos a esto.
Todo ser vivo es una unidad que existe en dos ámbitos: el fisiológico y el
relacional, siendo ambos dominios irreductibles uno respecto del otro. Y ningún
ser vivo se encuentra en el vacío sino que siempre se encuentra contenido en un
medio, con el cual esta en constante interacción, y donde ser vivo y medio
cambian juntos de manera congruente a la vez que siguen dinámicas distintas.
Es decir, si el ser vivo no se encuentra en un medio acogedor, muere. Por otra
parte, sólo es posible que el medio perturbe al ser vivo sin especificar lo que
ocurre en él, pues sólo puede gatillar cambios en el ser vivo de acuerdo a la
estructura de este, de este modo el ámbito de interacciones posibles es dado
desde la estructura del organismo, nada ocurre sin que lo permita su propia
hechura o estructura.
Cada uno de nosotros es una unidad biológico-cultural que se desliza en el vivir
en las propias coherencias que surgen momento a momento, otorgando al
proceso del vivir una espontaneidad y un ocurrir en el presente inmediato en
donde nada preexiste al momento presente. Y aún cuando nada preexiste ni se
encuentra predeterminado, cada momento surge como consecuencia de un
proceso histórico de transformaciones ininterrumpidas, que otorgan a cada vivir
un curso histórico peculiar. Y en tales circunstancias y condiciones, nosotros
hemos devenido históricamente en la clase de seres que somos: seres humanos.
Donde precisamente hemos conservado transgeneracionalmente un modo de
vivir y convivir particular que a su vez nos define como un linaje particular, en el
cual la convivencia social ha sido conservada en la emoción del amar, cuya
intensidad amorosa y convivencial ha hecho posible la aparición del lenguaje y
la cultura.

Es importante distinguir que entendemos por amar, ya que desde la


comprensión biológico-cultural no nos referimos a el como un sentimiento,
usualmente asociado a la compasión o la bondad, sino como un dominio de
conductas, el de todas las conductas posibles que surgen del conducirse en la
relación de tal manera que uno mismo, el otro, la otra o lo otro aparezcan como
legítimos otros en convivencia con uno. El amar es un conducirse de tal manera
que deja aparecer aquello que tenemos delante, es conducta desde el ver.
Las emociones como clases de conductas relacionales determinan los espacios
relacionales, ya sea acotándolos como lo es en la emoción del enojo o la
ambición, ya sea ampliándolos como en la emoción del amar, la que hace
posible que la convivencia social no se restrinja sino que posibilite que la
multidimensionalidad del vivir humano aparezca. Y la estructura del bebé
humano implica el encuentro con medio acogedor que pasa por la realización de
una relación materno-infantil cuya dinámica fundamental ocurre en el contener
y nutrir desde el amar. Sin esto el bebé humano muere pronto.

Sin embargo, a pesar de que gran parte de nuestra historia humana conserve
aún en muchas dimensiones este modo de vivir amoroso como el modo de vivir
que nos dio origen en tanto seres humanos, la cultura patriarcal-matriarcal
irrumpió como un modo de vivir que en gran medida ha roto las coherencias en
que se vivía con el medio y se convivía con la comunidad humana a la que se
pertenecía. En consecuencia, como toda cultura es una red cerrada de
conversaciones, que implica coordinación de haceres, sentires y emociones, la
configuración de mundo también cambia, estableciéndose mundos relacionales
humanos centrados en la dominación, el control, la desconfianza, el
sometimiento, la apropiación, la competencia, etc. Dimensiones todas que
determinan el modo de relacionarse entre las personas, configurando el espacio
psíquico donde todas estas dimensiones establecen una ruptura a la
espontaneidad y a la confianza del vivir y del convivir humano.

Esta ruptura, no es simplemente una anécdota en nuestra historia humana sino


que constituye el verdadero drama humano actual, que nos ha sumido en el
dolor y sufrimiento cultural, en donde la negación pasa a ser la forma natural
del convivir. Con ello el dolor y sufrimiento son el resultado del modo de vivir
cultural que niega la amorosidad con que todos los seres humanos se orientan
natural y espontáneamente si no habitan enajenados en teorías que niegan
nuestra naturaleza primaria en tanto Homo Sapiens-Amans Amans.

Todo lo expuesto constituye a la vez un modo de entender y un modo de actuar.


Un modo de entender la comprensión de la fenomenología de lo vivo y el origen
de lo humano, así como la generación y conservación de la cultura. Un modo de
actuar al guiar y orientar este entendimiento la realización de acciones que
permitan evocar dimensiones del vivir humano amoroso. Desde nuestro
comprender es dable si sabemos movernos con las circunstancias adecuadas que
permitan que se configuren tales espacios relacionales amorosos. Para ello, se
requiere generar la trama de relaciones que permitan la presencia de las
personas, para que éstas puedan poder ver sus historias en la legitimidad de
haberlas vivido (cualquiera hayan sido sus consecuencias), pero a la vez como
única posibilidad para hacerse cargo de sus consecuencias, y asumir
responsablemente su vivir en una comunidad que está también dispuesta a
integrarlas nuevamente, pues su mundo psíquico emocional ha cambiado.
En resumen, no se puede desde nuestros fundamentos cambiar el curso de las
vidas sino se cambia la trama relacional en la que ellas viven, es decir, son las
redes de conversaciones (cultura negadora) las que hay que cambiar para que
las vidas se orienten a un vivir distinto, que las saque de la agresión, negación y
hostigamiento recurrente en que habitan y con el que conviven.

El problema es de naturaleza sistémica-sistémica, y las soluciones habrán de


serlo también o sólo serán reparaciones tangenciales que participaran de la
inconsciente dinámica de conservación del problema.

Desde nuestra óptica en el Instituto Matríztico, el propósito fundamental de


Sename y de Gendarmería es hacerse cargo de una problemática que es de suyo
de origen cultural. Es desde el espacio psíquico de la cultura patriarcal-
matriarcal que se generan las fragmentaciones del vivir de muchas personas a
las cuales se les interrumpe drásticamente ya desde la niñez la posibilidad de
seguir conservando una trama relacional centrada en el respeto, la confianza y
la colaboración. Y al no ser posible vivir así, ya que su vivir se transforma según
las circunstancias, la falta de respeto y negación, de si mismo y el otro, pasan a
ser el modo habitual de relacionarse. La conservación de este modo de vivir y
convivir se constituye a partir de la cultura patriarcal-matriarcal que restringe y
aniquila la biología amorosa humana.

Consideramos que la manera de salir de esta tragedia cultural es posible a través


del entendimiento del habitar humano en tanto criaturas biológico-culturales,
que permite poner en acción un modo de mirar y habitar sistémico, en donde
todo ser humano es considerado ante todo como un ser vivo que cursa un
devenir histórico-cultural, donde su existir se da en tramas relacionales en las
que se entrelazan haceres, sentires y emociones en un fluir en redes de
conversaciones.

Se afirma que vivimos una crisis del Sistema de Administración de Justicia y


Seguridad Ciudadana en la cultura de la omnipotencia. A modo de síntesis del
consenso actual sobre temas centrales en lo Jurídico, penal y criminal
presentaré una cita del ex Ministro de Justicia, Sr. Luis Bates, que considero
representa la opinión generalizada de los especialistas en estas materias y
servirá para apuntalar mis reflexiones:

“No más referencia a “los delincuentes” sin distinguir –porque también los hay
de cuello blanco- como si fueran depravados ´extraterrestres´ que deben ser
excluidos de nuestro planeta y de nuestro medio. Sí a la referencia a personas o
individuos que infringen las leyes penales. Personas únicas e irrepetibles, de
diferentes condicionamientos de vida, capaces de cometer delitos diferentes y de
reaccionar de modo distinto al proceso y al castigo penal. Los infractores de
la ley penal son seres humanos, considerarlos como números, objetos o
casos para otros fines es propio de regímenes autoritarios que no respetan la
dignidad de las personas.
No a más cárcel como única respuesta a un fenómeno social de causas múltiples,
porque ello no es honesto, reduce la realidad y simplifica el problema. Insistir
en la Cárcel para todos los delitos es más de lo mismo y, por ello, no
pueden esperarse resultados diferentes de los ya conocidos. La cárcel
debe quedar para los delitos graves. Más cárcel para todos los delitos es una
respuesta vengativa –la venganza no es forma de justicia-, que desincentiva la
rehabilitación y termina como todo populismo pagando con desequilibrios
económicos. El mayor desafío que enfrentan los jueces es ser justos
con los que no lo son. Chile tiene niveles comparados medios de
delincuencia y la tasa más alta de recluidos en América Latina, es decir, la mano
más dura del continente. Es legítimo entonces preguntarse: ¿Cuánta cárcel
resiste el país? ¿Cuántos recursos deben asignarse a la construcción de cárceles?
¿Más cárcel en vez de programas de prevención juvenil contra la violencia y las
drogas, viviendas sociales, escuelas o consultorios públicos? Y al respecto, ¿qué
sector socio-económico se encuentra en las cárceles y por qué?”1

El texto anterior presenta cuatro elementos de un proceso mayor en el que esos


elementos quedan insertos, tal proceso es el proceso de recrudecimiento
cultural de la legislación y la opinión pública castigadora en vez de socialmente
reparadora en torno tanto al ámbito criminal-penal como al de periferización de
comunidades humanas. De las consecuencias de este modo de convivencia
establecido ha ido surgiendo en los últimos años a contrapelo una conciencia
que busca humanizar el contexto penal desde el entender que hay implicadas
contradicciones de fondo que generan un problema y un mal-estar que supera la
responsabilidad y el ámbito de acciones del sistema penal-judicial, y que tienen
que ver con la totalidad de la sociedad. Marco en el que se insertaría la Reforma
Procesal Penal y sus reformas.

El origen de este problema recién señalado es de índole cultural, de la cultura


que realizamos y conservamos cotidianamente todos como un modo de vivir
centrado en la dominación, la apropiación, el control y el castigo, una cultura
milenaria por cierto, pero no consustancial en lo que es constitutivamente
primario de lo humano sino que muy posterior.2 Y lo que es primario en
nosotros es nuestra naturaleza de seres vivos que pertenecen a un linaje de
primates bípedos centrado en la Biología del Amar en tanto criaturas sociales
que coexisten en la mutua aceptación desde hace aproximadamente 3 millones
de años. Ahora bien, como se desprende de los fundamentos presentados más
arriba, el malestar que realizamos y conservamos a través de nuestro modo de
vivir y convivencia surge de la incompatibilidad entre una naturaleza
biológicamente aceptadora y una cultura centrada en la negación de los mismos
que la realizan y conservan con su vivirla, ya que si vivimos en el mal-estar de la
1
Bates, Luis. “Mitos antidelincuencia: cárcel, ¿más de lo mismo?”. En: Redacción. La Segunda.
/7/11/05.
2
Al respecto del origen de nuestra cultura patriarcal ver: “Eras Psíquicas de la Humanidad” en
Maturana, H. y Dávila, X: Habitar Humano en seis ensayos de Biología-Cultural. J.C. Saez.
Editor, 2008. También ver; Maturana, H. R. “Conversaciones matristicas y patriarcales” en
HMR y Verden Zöller, G., Amor y Juego: Fundamentos Olvidados de lo Humano, Colección
Experiencia Humana, Ed. Instituto de Terapia Cognitiva, Chile, 1993. Nueva edición de J.C.
Saez. 2003.
exclusión de otras personas con quienes participamos de una matriz social
común, pudiendo ser nosotros mismos los excluidos, terminamos por enfermar
de cuerpo y mente inmersos como estamos en tramas relacionales saturadas de
exigencias y expectativas, competencia, prepotencia y arrogancia, todos
dominios de conducta que implican la negación de la convivencia en la mutua
aceptación.

En una cultura como la que realizamos a nivel mundial en la actualidad, se


generan conversaciones y redes de conversares que posibilitan la conservación
de mecanismos de generación de múltiples flujos de operaciones periferizantes
que van resultando a su vez generadoras de dolor, de pobreza y destrucción
medioambiental, con la consecuente realización y conservación de tendencias
delictuales que esto trae aparejado y en cuyo proceso de conservación opera por
defecto a modo de un sistema homeostático el mismo sistema penal que
instalamos como parte de la solución a la criminalidad.

Al hablar de crisis hablamos de una circunstancia relacional inter-institucional e


intra-institucional donde la red de organizaciones implicadas aparece
crecientemente atrapada en una contradicción aparentemente indisoluble ya
que sus fundamentos surgen, realizan y se conservan en contradicción. Hay
flujos de conversaciones en contradicción de diversos ámbitos donde uno de los
más importantes es el que surge por la dicotomía de castigar pretendiendo
“rehabilitar”, toda vez que el fundamento de la llamada rehabilitación es el amar
y el fundamento del castigar es el negar. Aquí es donde se enlaza el problema de
la justicia y el proceso penal al tema de fondo, el de la cultura patriarcal-
matriarcal como generadora de mal-estar y de la importancia de la comprensión
de la educación como transformación reflexiva en el convivir desde el amar. Es
desde aquí que se entiende por qué el problema no ha sido soluble desde la
institucionalidad, pues es de índole cultural y rebasa la localidad del sistema
judicial-penal, aunque se puede trabajar en él generando condiciones que al
menos no posibiliten la conservación de la tendencia a reforzarse y crecer del
fenómeno criminógeno.

Hay por lo menos 12 situaciones que revelan la magnitud de la crisis por la que
atraviesa el sistema de Administración de Justicia y Seguridad Ciudadana,
veamos:

1. El aumento creciente de la población penal.


2. La sobrepoblación de los recintos penitenciarios y el consecuente
hacinamiento y empeoramiento de las condiciones de vida al interior de
los penales.
3. El aumento de la reincidencia delictual.
4. El aumento de la población juvenil encarcelada.
5. El aumento de la población femenina encarcelada.
6. El aumento de condenas por narcotráfico.
7. El aumento del narcotráfico y del consumo al interior de los recintos
penales.
8. La ruptura de la subcultura penitenciaria misma, cambian las redes
conversacionales y las tramas relacionales de los adultos en torno a la
aparición de tantos jóvenes.
9. Los programas de rehabilitación y reinserción (y el presupuesto) son
escasos y tienen limitado impacto en la disminución de la reincidencia y
en el proceso de reinserción.
10. El sistema de clasificación y segmentación intrapenal ocupa un criterio
sesgado que refuerza los mecanismos de conservación de la
periferización social y de la marginalidad de la subcultura carcelaria.
11. Con todo lo anterior aumenta la sobrecarga de responsabilidades para
Gendarmería y además se la usa como chivo expiatorio imputando una
responsabilidad que es ciudadana más que exclusivamente penitenciaria.

Esto se da en un periodo político, desde 1995-2005 de recrudecimiento del


llamado “populismo penal” y de la cultura del castigo, signado por el repunte de
una epistemología de la omnipotencia controladora y castigadora como
“solución” al tema de la llamada seguridad ciudadana, reduciendo de paso dos
ámbitos disjuntos cuando se piensa el bien-estar social sujeto intrínsecamente a
medidas de control para asegurar un decremento sostenido de la violencia y el
crimen como si tal bienestar fuera resultado del control y no del tipo de
convivencia realizada. Esto queda reflejado en la historia penal de Chile por el
aumento de la preferencia político-jurídica de optar por privar libertad en vez de
operar desde la confianza implícita en las penas alternativas de un modo ético
más que moral. También en el aumento de la longitud temporal de las penas y
en el aumento del rango de edad para ser juzgado-condenado en tanto adulto.
(Primero de 18 a 16 y ahora se desintegra la figura del discernimiento para
jóvenes desde 14 años.) En la mirada lineal causal que propone soluciones como
el aumento del número de policías y operativos y la opción de privatización
carcelaria mixta como respuesta a la crisis con miras a construir más cárceles. Y
finalmente en la disminución del presupuesto para rehabilitación en los últimos
1o años.

Sin embargo, a la vez se abren a contrapelo brechas humanizantes en torno al


problema nacional del conflicto penal-criminal que se distinguen ya, por
ejemplo en el intento serio de garantizar mejorar la transparencia, eficacia y
eficiencia en el trato de los temas jurídicos, penales y civiles en el marco
nacional de la Reforma Procesal Penal (y sus reformas). Como también en la
tendencia a la emergencia histórica de la participación organizada de la
ciudadanía en torno a estos temas en los últimos 10 años. Y también en la
conciencia, por lo menos de los especialistas, de estar atrapados en una
paradoja de fondo en cuanto a la conservación de la dicotomía castigar-
rehabilitar como salida al problema de la criminalidad.

“Los infractores de la ley penal son seres humanos” Este es un decir


que refleja un hecho basico del vivir humano; Todo vivir humano es legitimo en
tanto suceder biológico, aunque sea considerable como no deseable con un
criterio de convivencia social, por ende el respeto a todo ser humano incluido
uno que ha sido sorprendido infringiendo la ley es un componente esencial de
una sociedad democrática y respetuosa de esos propositos de convivencia
fundamentales llamados derechos humanos. Y hay que notar que sin
convivencia en el bien-estar del mutuo respeto es imposible realizar lo que se
quiere connotar con las palabras; rehabilitación y reinserción. Lo no-
democratico sería una convivencia fundada en relaciones de autoridad y
obediencia, dominación y sometimiento, desconfianza y control, donde no hay
proyecto común porque no hay relaciones espontáneas de mutuo respeto, que es
justamente el tipo de convivencia que se cultiva dentro y fuera de las cárceles.

Hay un tema que para nosotros en el Instituto Matríztico es fundamental y que


tiene que ver con la epistemología esencialista propia de la cultura que vivimos,
donde se cultiva una mirada en términos del ser de las personas, las cosas y los
procesos que resulta muchas veces enajenante, por ejemplo cada vez que se
juzga o corrige el ser de alguien y no su hacer. Al respecto aquí encontramos el
en sí del delincuente como un punto que apoya la conservación del problema
criminógeno.
A pesar de lo aparentemente obvio de una frase como la de Roberto Martínez
Vázquez alias el Tila o psicópata de La Dehesa: “Yo no nací delincuente”
usualmente no vemos la enormidad de lo que implica de fondo; ¿Cómo se
transforma en delincuente una persona? ¿Cómo es que yo no me transforme en
un delincuente? ¿Qué se rehabilita cuando se rehabilita? ¿Se rehabilita o
habilita? ¿Se trata de rehabilitar o habilitar lo humano en la transformación del
convivir desde la Biología del Amar? La convivencia en el amar no asegura
seguridad pero es la más confiable convivencia. ¿Re-insertar o abrir un espacio
de convivencia desde la aceptación y la responsabilidad social?

Como ha dicho Humberto Maturana: “Todo lo podemos aprender, pero si


aprendemos nuestras destrezas en la lucha angustiante del rencor porque
hemos sido abusados, negados o discriminados, las usaremos para abusar de la
comunidad humana que nos ha negado porque no la respetamos. Si al contrario
aprendemos nuestras destrezas desde el respeto por nosotros mismos al vivir
con otros en el mutuo respeto, la usaremos en nuestra integración creativa y
colaboradora con la comunidad humana que nos ha hecho posibles desde el
mutuo respeto, y en la que participaremos como seres sociales honestos y
responsables.”

Claramente uno de los elementos cruciales a la hora de conservar la mirada


esencializante en torno a estas problemáticas en el ámbito penal es la implícita
en la ficha de clasificación y segmentación usada por Gendarmería. En primer
lugar, importa considerar que la ficha de clasificación es aplicada
indistintamente a sujetos que están condenados por diversos delitos, pues los
ejes de puntuación no distinguen a este respecto, lo que lleva a pensar que en la
visión de Gendarmería de Chile la peligrosidad de una persona no está
relacionada con los hechos por los cuales se le sanciona sino más bien con
ciertas características que responderían a un criterio de distinción
socioeconómico y cultural. La epistemología tras la ficha porta una visión del
“delincuente” que se corresponde con lo que se ha llamado “positivismo
criminológico” en el sentido que el enfrentamiento al delincuente, se basa en
estudios tipológicos, y donde lo que se castiga no es el hecho mismo, sino que al
autor, y donde la medida del castigo lo da la del delincuente. Es decir, se
castiga el ser.

La Ficha corresponde a una concepción de la delincuencia como delimitada y


relacionada con el “nivel” social al que alguien pertenezca, pues aquel que,
aunque haya cometido delitos brutales, mientras hable bien, tenga un cuerpo
sin marcas, preparación educacional y que se relacione con personas de alto
status, tendrá un bajo compromiso delictual a sus ojos, es decir no pertenece al
submundo delictual; Temáticas que poco dicen sobre los delitos que han
cometido. El nivel “Alto” será para aquel delincuente “nato”, sin vuelta atrás, al
que hereda de su situación corporal y relacional una cultura del delinquir que
llevaría ontológicamente impregnada en su ser. Sin embargo, no se atiende al
ámbito que se refiere a la historia delictiva del sujeto, la cual podríamos pensar
que sería el ámbito que mejor puede aportar algo respecto de distinguir el nivel
de involucramiento en la conducta delictual. Por lo demás, la definición que se
utiliza para la reincidencia está sujeta a críticas diversas ya que sólo considera
las anotaciones anteriores del sujeto por las cuales se haya cumplido condena,
sin considerar el tipo de delito.

Por todo esto, el sistema de clasificación de la población penal requiere de un


intenso proceso de reflexión en torno a las categorías utilizadas para enfrentar
la problemática de propagación de las llamadas “carreras criminales” de forma
seria y profunda. Así como para trabajar en evitar que las cárceles continúen
siendo escuelas del delito y sobretodo espacios donde se vive de forma
acrecentadamente negadora e indigna de seres humanos legítimos.

Según las cifras entregadas por Gendarmería el año 2003 más del 50% de la
población recluida en el país se encontraba clasificada con un alto nivel de
compromiso delictual, seguido de 24.2% de personas con un mediano-alto
compromiso delictual. Esta situación permite ver que para el sistema
penitenciario, los presos chilenos son en su gran mayoría sujetos considerados
peligrosos y altamente comprometidos con la carrera criminal. Para colmo,
todos los centros penales aunque son de distinto tipo en la retórica
clasificatoria, en la praxis reducen a la población penal, quedando mutuamente
expuestos, detenidos, procesados y condenados, incluso hay niños apartados en
penales de adultos. Y esta situación, ligada a los altos índices de hacinamiento,
es otro dominio posibilitador del mentado contagio “criminógeno”, en este caso
entre personas de alto y bajo compromiso delictual.

Este es por supuesto sólo un aspecto del problema de hacer tabla rasa con los
delincuentes al no ver personas, pero es muy revelador de la complejidad de la
trampa epistemológico-cultural en que nos encontramos. ¿Que queremos? Los
seres vivos en general y los humanos en particular queremos realizar un vivir
que se deslice en la conservación del bien-estar, queremos estar bien donde sea
que estemos, deseamos conservar una dinámica y un sentir de congruencia con
el entorno, y esto solo es posible desde el amar, desde la aceptación operacional,
concreta y particular de la legitimidad de toda la comunidad. La llamada
Seguridad Ciudadana es la distinción de un resultado, pero el mecanismo que la
genera siempre es en último termino el Bien-estar Social, la represión, el
autoritarismo y el control, sólo traen a mano una frágil apariencia de Seguridad
Ciudadana, y a la larga esas dinámicas relacionales sólo agravan la situación,
como ha pasado ya tantas veces en la historia mundial y de nuestro país.

Démonos cuenta que hoy hay miles de jóvenes y aún de niños, empezando a
transitar por las sendas de la delincuencia como modo, infructuoso, de salir de
la trampa cultural en que habitan. Ellos vivirán y realizaran el Chile de mañana,
pero somos nosotros, los adultos con que ellos conviven hoy, el futuro de Chile,
por que según como vivamos nosotros con ellos será el vivir que aprendan. Una
vez más la pregunta central sigue siendo ¿Qué mundo queremos vivir?.

Ignacio Muñoz Cristi


Antropólogo
Instituto Matríztico
(2006)