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NUMERO                            

Ensayo de Guillermo González Uribe

Hace ya más de ochenta años escribió Curzio Malaparte un librito muy leído entonces, 
titulado La técnica del golpe de Estado. Consideraba en él varios ejemplos, desde el 18 
Brumario de Bonaparte hasta el incendio del Reichstag por Hitler, pasando por el 
Octubre Rojo de Lenin y Trotsky y por la Marcha sobre Roma de Mussolini. No 
registró otro método, que es el que estamos viendo ahora en Colombia practicado por 
Álvaro Uribe en su empeño de tercera elección presidencial consecutiva: la compra por 
cuotas.
Primero se compraron las firmas que piden el referendo reeleccionista, volándose los 
topes establecidos por la ley y con el añadido pintoresco de confiar el transporte de las 
valiosas papeletas al cuidado de la 'pirámide' ilegal de David Murcia. A continuación, y 
para que aceptaran la 'conciliación' sobre la alteración ilegítima de la pregunta, hubo 
que comprar también los votos de los parlamentarios. Así se hizo con notarías, con 
contratos, con consulados y embajadas, hasta con plata en rama. Falta la venia de la 
Corte Constitucional. Hace cuatro años aceptó la dudosa legalidad de la reforma 
constitucional que permitió la primera reelección de Uribe, también comprada por 
cohecho; los magistrados tuvieron miedo de torear la culebra del uribismo armado, y se 
inclinaron. Y esta Corte de ahora está más amansada que la de entonces, de modo que, 
tras una ficción de forcejeo para la galería, declarará exequible constitucionalmente el 
engendro referendario.

Sólo faltan los votos.

Se parte, desde luego, de un núcleo de uribismo de convicción, ciego a la realidad. Unos 
cuantos millones de personas que se empeñan en creer que los gobiernos de Uribe han 
traído o al menos están trayendo la paz a Colombia, negándose a ver que, por el 
contrario, han agravado la guerra y sus secuelas de desplazamiento forzoso y 
consiguiente inseguridad en las ciudades en donde se refugian los que huyen de la 
violencia del campo. Unos cuantos millones de personas que no quieren ver el fracaso 
general de todas las políticas emprendidas en estos últimos siete años: el crecimiento 
de la violencia y de la inseguridad, de la pobreza y de la indigencia absoluta, del 
desempleo, del despilfarro, de la corrupción. Cuando por fin despierten del misterioso 
trance hipnótico en que están sumidos, de esa morbosa fascinación por el abismo en el 
que están hundiéndose, van a ser muchos los que sientan vergüenza retrospectiva de 
haber sido uribistas. Hablo de la gente común. Que los políticos comprados o los 
empresarios premiados con gabelas tributarias sean uribistas, se entiende: su interés 
está ahí. Pero no que lo sea la gente común, digo, que no le debe nada a Uribe, sino la 
agravación de todos sus problemas.

Pero el caso es que siguen faltando votos.

Ya se han comprado muchos, claro. Esos voticos ya amarrados de los millones de 
empleados públicos que creen que Uribe va a seguir por lo menos cuatro años más, y 
así ayudan a que siga. Los de las dos millones setecientas mil 'familias en acción' que 
reciben mensualmente su ayuda pecuniaria. Los de los favorecidos por los cheques y 
los créditos que Uribe reparte personalmente a puñados en sus consejos comunitarios 
retransmitidos por la televisión, como un Niño Dios que trae regalos. Y cuenta la 
prensa, enternecida (o tal vez comprada también ella por el espejismo prometido de un 
Tercer Canal), que Uribe, pese a estar recluido en su cuarto de enfermo, presidió 
'virtualmente', por teleconferencia, la piñata de cuatro mil millones de pesos en 
créditos del Fondo Nacional de Ahorro feriados el jueves por la noche en el Palacio de 
los Deportes.

Y sin embargo los estrategas de la reelección uribista no las tienen todas consigo. 
Recoger siete millones trescientos mil votos no es tarea fácil, y menos aún cuando 
existe la previa convicción entre los electores de que Uribe ya ganó. Por eso se les 
ocurren nuevas estratagemas: hacer votar el mismo día el referendo contra los 
violadores (para que la gente, confundida, vote de paso por el violador de la 
Constitución). Sumar además las elecciones parlamentarias, para movilizar también 
los clientelismos regionales y locales. Y, finalmente, reformar el censo electoral, para 
reducir la masa de votos necesarios para que sea aprobado el referendo.

Y si pese a todo la cosa no funciona, en el librito de Malaparte hay más recetas.

La compra del golpe de estado

Antonio Caballero

Hace ya más de ochenta años escribió Curzio Malaparte un librito muy leído entonces, 
titulado La técnica del golpe de Estado. Consideraba en él varios ejemplos, desde el 18 
Brumario de Bonaparte hasta el incendio del Reichstag por Hitler, pasando por el 
Octubre Rojo de Lenin y Trotsky y por la Marcha sobre Roma de Mussolini. No 
registró otro método, que es el que estamos viendo ahora en Colombia practicado por 
Álvaro Uribe en su empeño de tercera elección presidencial consecutiva: la compra por 
cuotas.
Primero se compraron las firmas que piden el referendo reeleccionista, volándose los 
topes establecidos por la ley y con el añadido pintoresco de confiar el transporte de las 
valiosas papeletas al cuidado de la 'pirámide' ilegal de David Murcia. A continuación, y 
para que aceptaran la 'conciliación' sobre la alteración ilegítima de la pregunta, hubo 
que comprar también los votos de los parlamentarios. Así se hizo con notarías, con 
contratos, con consulados y embajadas, hasta con plata en rama. Falta la venia de la 
Corte Constitucional. Hace cuatro años aceptó la dudosa legalidad de la reforma 
constitucional que permitió la primera reelección de Uribe, también comprada por 
cohecho; los magistrados tuvieron miedo de torear la culebra del uribismo armado, y se 
inclinaron. Y esta Corte de ahora está más amansada que la de entonces, de modo que, 
tras una ficción de forcejeo para la galería, declarará exequible constitucionalmente el 
engendro referendario.

Sólo faltan los votos.

Se parte, desde luego, de un núcleo de uribismo de convicción, ciego a la realidad. Unos 
cuantos millones de personas que se empeñan en creer que los gobiernos de Uribe han 
traído o al menos están trayendo la paz a Colombia, negándose a ver que, por el 
contrario, han agravado la guerra y sus secuelas de desplazamiento forzoso y 
consiguiente inseguridad en las ciudades en donde se refugian los que huyen de la 
violencia del campo. Unos cuantos millones de personas que no quieren ver el fracaso 
general de todas las políticas emprendidas en estos últimos siete años: el crecimiento 
de la violencia y de la inseguridad, de la pobreza y de la indigencia absoluta, del 
desempleo, del despilfarro, de la corrupción. Cuando por fin despierten del misterioso 
trance hipnótico en que están sumidos, de esa morbosa fascinación por el abismo en el 
que están hundiéndose, van a ser muchos los que sientan vergüenza retrospectiva de 
haber sido uribistas. Hablo de la gente común. Que los políticos comprados o los 
empresarios premiados con gabelas tributarias sean uribistas, se entiende: su interés 
está ahí. Pero no que lo sea la gente común, digo, que no le debe nada a Uribe, sino la 
agravación de todos sus problemas.

Pero el caso es que siguen faltando votos.

Ya se han comprado muchos, claro. Esos voticos ya amarrados de los millones de 
empleados públicos que creen que Uribe va a seguir por lo menos cuatro años más, y 
así ayudan a que siga. Los de las dos millones setecientas mil 'familias en acción' que 
reciben mensualmente su ayuda pecuniaria. Los de los favorecidos por los cheques y 
los créditos que Uribe reparte personalmente a puñados en sus consejos comunitarios 
retransmitidos por la televisión, como un Niño Dios que trae regalos. Y cuenta la 
prensa, enternecida (o tal vez comprada también ella por el espejismo prometido de un 
Tercer Canal), que Uribe, pese a estar recluido en su cuarto de enfermo, presidió 
'virtualmente', por teleconferencia, la piñata de cuatro mil millones de pesos en 
créditos del Fondo Nacional de Ahorro feriados el jueves por la noche en el Palacio de 
los Deportes.

Y sin embargo los estrategas de la reelección uribista no las tienen todas consigo. 
Recoger siete millones trescientos mil votos no es tarea fácil, y menos aún cuando 
existe la previa convicción entre los electores de que Uribe ya ganó. Por eso se les 
ocurren nuevas estratagemas: hacer votar el mismo día el referendo contra los 
violadores (para que la gente, confundida, vote de paso por el violador de la 
Constitución). Sumar además las elecciones parlamentarias, para movilizar también 
los clientelismos regionales y locales. Y, finalmente, reformar el censo electoral, para 
reducir la masa de votos necesarios para que sea aprobado el referendo.

Y si pese a todo la cosa no funciona, en el librito de Malaparte hay más recetas.
¿Cual oposición?
El Nuevo siglo

En Colombia suele hablarse con una facilidad pasmosa de que existe Oposición. Sin
embargo, ella sólo puede entenderse a partir del hecho de que de lo que se trata consiste
en que quienes están en el Gobierno desarrollan un proyecto político y quienes están en
su contra oponen otro completamente diferente. Es lo que se llamaría el esquema
Gobierno-Oposición, que en el país no ha tenido evolución desde hace décadas, pese a
que existen cláusulas por implementar al respecto. Así, lo que debería ofrecerse a los
electores son dos versiones diferentes de las cosas y cualquiera de las dos que gane será
aplicada en caso de conseguir las mayorías. Es lo que ocurre en Inglaterra, España, Italia
o Estados Unidos, países en los que la alternación resulta obvia en la medida en que la
democracia se construye desde los disensos y no en el unanimismo y la perpetuación.
No hay, ciertamente, Oposición en Colombia en el sentido de que no existe una
plataforma ideológica y programática clara y categórica desde los partidos políticos, que
permita la diferenciación exacta con el régimen de cosas. Por el contrario, los partidos
supuestamente adversos al Gobierno gastan sus energías en la mecánica y pierden la
política.
Todo se reduce, pues, al personalismo. Y ese es justamente el escenario donde el actual
Mandatario, en trance de reelección perpetua, resulta más fuerte, porque nadie, en los
partidos que lo respaldan o en los que no lo acompañan, tiene recordación similar.
Lejos también están de tener reconocimiento y hasta ahora logran cierto sentido nacional.
Pese a ello, creen que las encuestas son el elíxir y no se dan cuenta de que jugar al
mismo personalismo es caer en la trampa donde de todas maneras llevarán las de perder.
Y tampoco es cosa de hojas de vida. No es más sino observar a Barack Obama para
comprender que con un quehacer público escaso se convirtió, sin embargo, en la
esperanza de un país en medio de la peor crisis de todas las épocas. Lo hizo con base en
un carisma y en unas ideas.
Fruto de estas circunstancias, que dejan vacíos inmensos, las autoridades judiciales y
algunos periódicos y revistas, parecerían haber copado el escenario de la Oposición. Pero
desde luego ello no es así, tanto en cuanto, por ejemplo, sólo la Corte Suprema ha
dictaminado justicia o se ha defendido de los ataques del Régimen. Lo mismo ha pasado
con periodistas que, ejerciendo su función, han investigado y descubierto la gran mayoría
de las cosas, ninguna de ellas por los llamados partidos políticos de Oposición. Los
partidos siempre han estado al garete de estas circunstancias y nunca han llevado la
vanguardia, actuando por lo general a reacción. Salvo por algunos expresidentes, que
suelen estremecer el escenario, no hay voces políticas de envergadura y en general las
decenas de precandidatos prefieren no remover el cotarro para no perder un voto aquí o
acullá. Por eso uno de los mayores activos de los reeleccionistas es la dispersión y la
disformidad, ocurriendo lo mismo que en la Venezuela de hace unos años.
Como no hay conjunción, porque cada cual quiere sobresalir, así sea de manera reducida,
cualquier unidad de propósitos resulta vacua. Ni siquiera hay una acción concertada para
denunciar un Régimen que supura por todas partes. Asistimos a la claudicación de la
Democracia, sin que los demócratas entiendan que la defensa de la misma exige una
histamina y una voluntad irrefragables, también complementadas con generosidad. Y
sobre todo con sinceridad y coherencia. Es decir, no es posible pensar que se puede
hacer un caldo ideológico con un poquito de seguridad democrática, un poquito de
confianza inversionista, un poquito de cohesión social, para raparle al émulo su base
doctrinaria. Es claro, por el contrario, que quienes no están de acuerdo con la reelección,
que cada vez suman más colombianos, también deben dar respuestas en torno de la
ética, la corrupción, la pobreza, el desempleo y la cultura. Los políticos deberían estar
haciendo política. El único que la hace, sin embargo, es quien debería estar de salida.
En tanto, los demás hacen cálculos inanes de si se va a perder o ganar una curul, de si se
va a subir o se va a bajar el umbral, de si se le quita una adhesión a otro candidato o se
está pendiente de la próxima encuesta. ¿Y de la política qué?
 
¿Neo “Paras”?
Ramiro Bejarano
Anuncia el Ministerio del Interior que se propone ejecutar una gran reforma, consistente
en que quienes están escoltados por el DAS, sean custodiados por empresas privadas
dedicadas a la seguridad. Pésima y peligrosa noticia.
Cierto es que un organismo civil de inteligencia como el DAS, no debería ocuparse de
cuidar a nadie sino de realizar labores de inteligencia. Pero lo que no se entiende es por
qué la opción de la seguridad privada, en vez de ordenarle a la Policía que custodie a
quienes protege el DAS.
El mensaje de entregarles la seguridad a entes privados fue lo que hizo posible el
paramilitarismo en Colombia. Con la excusa de proteger la vida, honra y bienes, muchos
colombianos creyeron que era lícito sustituir las fuerzas legítimas del Estado, y ese
experimento siniestro terminó siendo una cascada sangrienta que aún no termina.
Parecería como si el tambaleante Valencia Cossio no recordara a los Castaño, a
Mancuso, a ‘Jorge 40’, a ‘H.H.’ y a otros jefes paramilitares.
Mala decisión la que se nos anuncia, tanto más cuanto que en los últimos días supimos
de una empresa privada llamada paradójicamente Control Total, que ejerce una multitud
de tareas propias de entes públicos, la cual se ha visto envuelta en un gigantesco
escándalo, porque su gerente, Felipe Sierra, está sindicado de tener contactos con el
paramilitar ‘Don Mario’. Eso ya provocó la caída del Director de Fiscalías de Antioquia, y
muy pronto la de su hermano, Fabio Valencia Cossio, el ministro de la política que insiste
en implantar seguridad privada, en un gobierno que pregona la Seguridad Democrática.
A quienes creemos que la fuerza legítima solamente puede ejercerla el Estado, nos
asombra que sea precisamente el Ministro que tiene enredado su futuro por las peripecias
de una empresa privada de vigilancia que se puso al servicio de la delincuencia en
Medellín, al que se le ocurra ofrecernos como solución más entidades particulares de
protección, en vez de ordenarle a la Policía que cumpla su deber. Si el DAS no puede, la
Policía sí debe.
El país que supuestamente enfrentó el paramilitarismo no debería aventurarse en repetir
ese perverso período de nuestra historia sino en ofrecer a quienes tienen riesgos, el ser
protegidos por la Policía, ya que no hay forma de vivir sin escoltas. Difícil entender cuál ha
sido el avance de la Seguridad Democrática que reclama airadamente Uribe, si quienes
andan escoltados van a tener que seguir en custodia privada.
Nos dirá el Gobierno que las empresas de escoltas privados que sustituirán al DAS para
proteger a los 500 personajes que no pueden salir solos a comprar un tinto, serán
sometidas a severo control y vigilancia. Lo mismo prometieron con las autodefensas, y
florecieron sin dios y sin ley.
Lo que estamos presenciando no es el declive de la guerra sino su recrudecimiento. Para
muestra, el extraño y cobarde atentado contra el Palacio de Justicia en Cali,
inexplicablemente desprotegido por la Fuerza Pública, no obstante que funciona 24 horas
al día. Ahora sólo falta que ese edificio tenga que ser cuidado por jueces y fiscales
indefensos, o por más escoltas privados.

El Genocidio de la unión patriótica
ivan cepeda

La historia de los crímenes contra la humanidad tiene aún episodios y


acontecimientos cruciales por esclarecer. Los crímenes masivos cometidos por
razones políticas no encuentran todavía una tipificación aceptada universalmente
en el derecho internacional. Para algunos la acción o el intento de poner fin a la
existencia de toda una formación política hacen parte de la definición internacional
del crimen de genocidio. Para otros, esta variante de la criminalidad en masa
merece una definición especial dentro de la caracterización de los crímenes contra
la humanidad: la denominación de �politicidio�.
Además, al tratarse de acciones violentas en cuya base se hallan móviles ideológicos es
comprensible que su tratamiento historiográfico sea oscurecido por las censuras o
deformaciones ideológicas. Ciertamente, en las últimas décadas se ha avanzado en el
reconocimiento público de las atrocidades cometidas bajo regímenes totalitarios que se
han proclamado seguidores de alguna variante ideológica de izquierda. Los
acontecimientos que acompañaron el colapso de los sistemas del �socialismo real� han
posibilitado el acceso a documentos y testimonios que han ayudado a estudiar mejor los
crímenes masivos del estalinismo. También se han documentado mejor las purgas de la
�Revolución cultural� china o el genocidio en Camboya durante la época de los
Khemers Rojos. Esos períodos de violencia ocupan, sin duda, un lugar sobresaliente en la
galería de los grandes horrores del siglo XX.
Por el contrario, la persecución perpetrada contra partidos o movimientos políticos de
izquierda ha sido más difícilmente reconocida y esclarecida. Ante esta clase de masacres
globales la actitud más frecuente ha sido la de guardar silencio, la de minimizar las
dimensiones de lo ocurrido o la de justificarlo con pretextos ideológicos. Como si el
derrumbamiento del �Muro de Berlín� hubiera significado la anulación o la justificación
automática de las aberraciones que, en diversos contextos geopolíticos, se cometieron, y
se siguen cometiendo, contra sectores políticos de izquierda.
Bajo el estigma de ser embajadores de la amenaza soviética, de promover la guerra civil o
de tener �brazos armados�, durante el siglo XX fueron ilegalizados y prácticamente
suprimidos numerosos partidos políticos bajo regímenes dictatoriales. En los albores del
régimen nazi, se emprendió la aniquilación del Partido Socialdemócrata alemán, pues
como parte de las condiciones necesarias para la destrucción de sectores enteros de la
población se hacía imprescindible �simplificar� el sistema de partidos quitando de en
medio toda formación política diferente al Partido Nazi. Se impidió de esta manera a los
comunistas participar en las sesiones del parlamento, y luego se les acusó de incendiar el
Reichstag. Se colocó a muchos de ellos �bajo custodia protectora� en 21 campos de
concentración, y se ordenó la confiscación de sus propiedades. Finalmente, en junio de
1933, mediante un decreto del Reich se ilegalizó el Partido Socialdemócrata y se eliminó
su representación en el parlamento y en los órganos de gobierno local. A los opositores
políticos se les reservó un tratamiento especialmente cruel en los campos nazis.
En los inicios de la �Guerra Fría�, durante la década de 1950, miembros y
simpatizantes del Partido Comunista de Estados Unidos fueron encarcelados o
segregados socialmente por sus opiniones políticas. Durante el �período del
macartismo� se persiguió así mismo a figuras intelectuales destacadas bajo la acusación
de ser amigos de o haber tenido encuentros con comunistas.
En octubre de 1965, en una sola noche en Yakarta entre 300.000 y un millón de miembros
y simpatizantes del Partido Comunista de Indonesia (PKI) fueron masacrados para limpiar
el camino hacia el poder del general Suharto. En los meses siguientes, los cuerpos de
seguridad arrestaron y torturaron a cientos de miles más.
En Sudáfrica los miembros del �Congreso Nacional Africano� fueron sometidos por
décadas a políticas de persecución feroz. Durante las décadas de 1970 y 1980, en varios
países del cono sur latinoamericano, comunistas y socialistas fueron víctimas de
masacres en masa que condujeron a la cladestinización de la oposición política. En Chile
y Argentina, bajo el pretexto de �evitar una guerra civil�, las campañas de
�depuración� se realizaron a través de la utilización de técnicas sistemáticas de
�desaparición� forzada (cerca de 30.000 opositores desaparecidos en Argentina) y
tortura (35.000 activistas políticos torturados en Chile).
Si bien en algunos de estos casos las comisiones de esclarecimiento y unos cuantos
procesos judiciales han investigado las dimensiones reales de estos acontecimientos,
persisten aún las sombras sobre aspectos esenciales de su verdad histórica y su
responsabilidad jurídica.

La guerra sucia contra los opositores en Colombia


De manera general, los crímenes en masa que persiguen poner fin a la existencia de
sectores políticos de oposición han ocurrido como parte del ascenso y consolidación de
un régimen de carácter totalitario y bajo dictaduras militares. El caso de lo ocurrido en
Colombia con el movimiento de oposición Unión Patriótica (UP) se sale de este esquema,
pues se trata del intento de acabar a toda una colectividad política en condiciones de un
modelo de democracia representativa.
En el plano internacional se conoce poco acerca de la criminalidad sistemática que se ha
practicado, y se practica, en Colombia contra los movimientos de oposición política. Dicha
persecución sistemática se ejerce, abierta o soterradamente, por parte de sectores del
poder estatal a través de las Fuerzas Militares, los cuerpos de seguridad o en complicidad
con grupos paramilitares. La invisibilidad de la autoría estatal en estos hechos de
violencia se ha logrado gracias a eficaces estrategias de impunidad y a la imagen confusa
que se presenta del conflicto colombiano en los medios de información. En estas
condiciones, los ataques contra vastos sectores de la sociedad colombiana quedan
mimetizados en una nebulosa en la que es difícil distinguir si son los grupos ilegales o el
narcotráfico los autores de los actos de violencia. Esta situación paradójica �la de un
sistema democrático en el que se ejercen sofisticadas técnicas de represión de los
opositores- llama la atención sobre la capacidad que tiene el poder para disimular sus
arbitrariedades en contextos en los que se ejerce formalmente la democracia.
En Colombia se ha gestado a lo largo del último medio siglo una estructura dual en el uso
de la función coercitiva del Estado. Esta estructura combina mecanismos legales con
dispositivos ilegales para habilitar un empleo arbitrario y excesivo de la fuerza. Así, dentro
del ámbito legal, se adoptan legislaciones (bajo la forma de estados de excepción o de
estatutos de seguridad) que habilitan la delegación de funciones de policía judicial en las
Fuerzas Militares. La cara oculta de esta estructura la constituyen los dispositivos de
guerra sucia: la conformación de grupos paramilitares, la actuación ilegal de miembros del
Ejército Nacional mediante operaciones encubiertas de �brigadas de inteligencia�, las
acciones de �guerra psicológica�, etc.
Bajo el gobierno del presidente Belisario Betancur-Cuartas, el 28 de marzo de 1984,
fueron firmados los Acuerdos de la Uribe entre los representantes del Estado y la
dirección de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). En este pacto se
explicitó el compromiso del Gobierno para promover reformas políticas, sociales y
económicas, así como la condena del grupo guerrillero al secuestro y al terrorismo, y su
voluntad para contribuir a poner fin a esta clase de prácticas. Los Acuerdos de la Uribe
consagraron, adicionalmente, que pasado un año del comienzo de la negociación de paz,
se deberían generar condiciones propicias para que el grupo guerrillero pudiera
�organizarse política, económica y socialmente�. Este punto particular de los acuerdos
dio lugar al surgimiento del movimiento político Unión Patriótica, en mayo de 1985, un año
después del comienzo de la negociación.
En la nueva colectividad política decidieron participar sectores que compartían como
objetivo común la búsqueda de la reconciliación nacional por medio de transformaciones
estructurales de la sociedad. En calidad de formación pluralista de oposición, la UP
planteó propuestas innovadoras luego de décadas de hegemonía liberal y conservadora
en el país. Su programa proponía una apertura hacia formas de democracia más reales y
profundas, que incluyera cambios sociales tendientes a superar la inequidad característica
de la sociedad colombiana. Igualmente, proponía la elaboración de una nueva carta
constitucional; propuesta que se hizo realidad en 1991 a través de la convocatoria de la
Asamblea Nacional Constituyente que redactó la nueva constitución.
La originalidad del proyecto de la UP consistía en que ensayaba el camino de la
reconciliación en un proceso de paz que apenas comenzaba a gestarse. Sin embargo,
meses después de la presentación pública del nuevo movimiento, diversos actos de
violación de los acuerdos condujeron al fracaso de la negociación. La guerrilla se replegó
a sus zonas de influencia y en el espacio público quedó la Unión Patriótica. Pese al
compromiso estatal de garantizar su acción política, desde mediados de 1985
comenzaron a presentarse los primeros homicidios en su contra.
Desde ese entonces, se manifestó una intención criminal que ha buscado aniquilar la UP
por medio de una acción claramente articulada y sostenida en el tiempo. Esta acción
sistemática ha consistido en la combinación de actos de criminalidad, represión y
hostigamiento tendientes a provocar la eliminación total o parcial del grupo opositor. Miles
de sus miembros y simpatizantes han sido asesinados en masacres. El 11 de noviembre
de 1988, por ejemplo, cuarenta militantes de la UP fueron asesinados públicamente en la
plaza central del municipio de Segovia, Antioquia. Tales homicidios colectivos han ocurrido
de manera simultánea, o se han prolongado en el tiempo a través de crímenes
individuales dirigidos a destruir núcleos determinados. Así ha sucedido con la persecución
de familias enteras, como en el caso de los Cañón-Trujillo, quienes a causa de su
militancia política han sufrido, desde 1986, el asesinato de cuatro de sus parientes.
También se ha recurrido al método de la �desaparición� forzada para eliminar sin dejar
rastro a cientos de integrantes del movimiento.
Contra los representantes a las corporaciones públicas y los líderes del grupo se ha
empleado el método del asesinato selectivo. De esta forma, dos candidatos
presidenciales, Jaime Pardo-Leal y Bernardo Jaramillo-Ossa, fueron asesinados en 1987
y 1990 respectivamente. En 1994, la UP perdió al último de los miembros de su bancada
parlamentaria, al ser asesinado el senador Manuel Cepeda-Vargas. Con anterioridad ocho
congresistas habían sido víctimas de mortales atentados ocurridos, mayoritariamente, en
sus sitios de vivienda. Cientos de alcaldes y representantes a los poderes locales han
sido eliminados. En ocasiones se ha presentado el asesinato sucesivo de hasta cuatro
alcaldes del movimiento en una misma localidad. Las sedes de la UP han sufrido los
estragos devastadores de más de 30 atentados dinamiteros, y también se ha recurrido al
silenciamiento de los testigos, sobrevivientes o de los familiares de las víctimas que han
exigido justicia.
El resultado de esta multiforme estrategia de persecución ha sido la muerte violenta de
más de 5.000 personas y el desplazamiento o exilio forzados de una cifra indeterminada
de la base social de la colectividad política. Dichas cifras tienen carácter provisional, pues
hasta hoy se llevan a cabo actos de ejecución, persecución y amenaza. La gran mayoría
de los casos se encuentran en la impunidad total. En un informe especial sobre esta
situación, la Oficina del Ombudsman señaló que de los numerosos actos de violencia
cometidos contra la UP entre 1985 y 1992, tan sólo en cuatro casos la justicia colombiana
había producido sentencias condenatorias.
Por su parte el Estado colombiano se ha rehusado a reconocer su responsabilidad en
esta eliminación sistemática. Ha eludido cualquier medida tendiente a asumir que los
autores de dichos actos son miembros de la Fuerza Pública, quienes frecuentemente
actúan en compañía de paramilitares. Más bien, ha recurrido a múltiples formas de
legitimación de la impunidad, alegando que lo acontecido con la UP sería el resultado de
�hechos individuales e inconexos� ejecutados por narcotraficantes en vendettas locales
o por delincuentes comunes. El esfuerzo oficial de legitimación de la intencionalidad
criminal contra el grupo político ha dado lugar a actos de incitación y justificación pública
de la violencia ejercida en su contra. Algunos funcionarios estatales han sostenido que, en
última instancia, lo ocurrido sería la �suerte previsible� para un movimiento político fruto
de acuerdos con la guerrilla. De igual forma, han buscado minimizar las proporciones de
las masacres cometidas diciendo que se trata de uno de tantos hechos ocurridos en el
contexto de la violencia generalizada en Colombia, cuya explicación sería la natural
reacción a las atrocidades que comete la guerrilla. El actual presidente de la República,
álvaro Uribe-Vélez, afirmó, durante la campaña electoral para su elección, que el
�error� cometido con la UP es comprensible, pues no es posible querer �combinar la
política con los fusiles�. El silencio ante la legitimación pública de esta ola de
criminalidad por parte de influyentes sectores de la sociedad colombiana �como la alta
jerarquía de la Iglesia Católica- ha contribuido a que se afiance un ambiente de
permisividad generalizada ante la cadena ininterrumpida de actos de violencia.
La campaña de exterminio se ha querido sellar con una medida administrativa en la que
se retiró el estatuto legal para el funcionamiento del grupo de oposición. La instancia
encargada en Colombia de tales decisiones, el Consejo Nacional Electoral, justificó la
medida afirmando que la UP �no reunía el número de sufragios electorales necesarios�
para la renovación de su personería jurídica. Esta medida, además de constituir un
impedimento legal para la acción pública de los sobrevivientes del movimiento, tiene un
alto significado simbólico: después de la destrucción física del grupo político por parte del
poder estatal se legaliza su �defunción� con una decisión oficial.
Los móviles reales de la aniquilación de la oposición política en Colombia provienen de
una larga tradición de exclusión del espacio público, y de una arraigada ideología de
sectarismo político que se ha practicado históricamente. En el transcurso del último medio
siglo, la violencia política ha costado la vida a opositores de diversas vertientes y
orígenes. Ya en las décadas de 1940 y 1950, miles de partidarios y simpatizantes del
movimiento de Jorge Eliécer Gaitán �líder del liberalismo popular- cayeron víctimas de
atentados o masacres ejecutadas por bandas paramilitares promovidas por los gobiernos
conservadores. Los opositores a la hegemonía de los partidos liberal y conservador, o
quienes han sido disidentes en sus filas, han enfrentado tradicionalmente persecuciones
sistemáticas. Estos crímenes se han presentado no solo en el contexto del conflicto
armado, sino en el marco de procesos de negociación o de aplicación de acuerdos de
paz. A lo largo de este tipo de procesos en Colombia ha sido una constante que los
voceros de los grupos armados opositores hayan sido asesinados, bien sea durante los
períodos de negociación o en el momento de su reintegro a la vida legal.
La búsqueda de la justicia en el caso de la UP
En vista de la ausencia de garantías para obtener justicia, las víctimas y los
sobrevivientes de la UP han recurrido a instancias internacionales y, en particular, a los
mecanismos que para estos efectos brinda la Organización de Estados Americanos
(OEA). En este marco, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha
admitido el caso 11.227 en el que examina este proceso de exterminio a solicitud de la
Corporación �Reiniciar� y la Comisión Colombiana de Juristas.
Las víctimas y sobrevivientes de la UP han reclamado que se reconozca que lo
acontecido tiene el carácter de un genocidio con móviles políticos. Como se sabe, la
Convención para la prevención y la represión del crimen de genocidio (1948) estipula que
solamente se podrá hablar de esta clase de crímenes cuando la acción de destrucción
esté dirigida contra grupos de carácter nacional, étnico, racial o religioso. Sin embargo, el
debate contemporáneo en el terreno de la doctrina del derecho internacional, y de las
ciencias sociales encargadas del estudio de esta forma de violencia extrema, tiende a
fortalecer la convicción de que es necesario ampliar el campo de aplicación del concepto
de genocidio. Las masacres globales cometidas contra colectividades que se identifican
por sus ideas políticas deberían ser entonces incluidas en esta definición.
En 1985, el informe del relator especial para la cuestión del genocidio, B. Whitaker,
reconoció la necesidad de que otros grupos (sociales, sexuales, políticos) sean incluidos a
través de la ampliación de la definición que otorga la Convención contra el genocidio. En
noviembre de 1998, la Audiencia Nacional española al revisar su competencia para juzgar
a miembros de la Junta Militar argentina, en una decisión unánime, se declaró habilitada
para procesar a los militares por el delito de genocidio al intentar eliminar a un grupo en
razón de sus convicciones políticas. En dicha sentencia, la Audiencia Nacional acepta que
junto a prácticas criminales masivas y sistemáticas, la estrategia de la dictadura militar
argentina, entre los años 1976 y 1983, incluyó la eliminación de una o varias
colectividades políticas de oposición. La sentencia señala que �lo que caracteriza el
genocidio es el exterminio de un grupo por razones raciales, religiosas, políticas u otras�.
Y añade que en el presente caso se hizo un intento de �depuración ideológica� de
quienes �no cabían en el proyecto de reorganización nacional�.
En el marco del sistema regional de protección de derechos humanos, la argumentación
que en un primer momento hicieron los asesores jurídicos del Estado colombiano fue que
el caso de la UP no podía ser recibido por la Comisión Interamericana, pues se trataba de
hechos inconexos de violencia. Por su parte, la CIDH señaló en el informe 5/97 sobre la
admisibilidad de este caso que �los peticionarios han presentado argumentos que
procuran establecer una práctica de asesinatos políticos en masa y la persecución
extrema de los miembros de la Unión Patriótica con la intención de eliminar físicamente al
partido y de diluir su fuerza política�. En ese mismo informe, la instancia internacional se
pronunció a favor de analizar este caso sobre la base de la existencia de suficientes
elementos para determinar una pauta de persecución. Esta línea de acción sistemática
haría posible demostrar que los casos de la UP, aparentemente aislados, corresponden
bien a una práctica dirigida de manera concertada. Los sobrevivientes del grupo político
han aportado en el caso evidencias sobre la existencia de al menos cinco planes de
exterminio diseñados desde altas esferas estatales. Los planes de exterminio regional
�Esmeralda� (1988) y �Retorno� (1993) habrían tenido como objetivo desaparecer
varias secciones regionales de la UP. La �Operación Cóndor� (1985) y los planes
�Baile Rojo� (1986) y �Golpe de Gracia� (1992) habrían tenido cobertura nacional y
habrían estado dirigidos a socavar las estructuras de dirección del movimiento y a
asesinar o secuestrar a sus dirigentes elegidos a las corporaciones públicas.
Como resultado de la presión de las víctimas y sobrevivientes, el Código Penal
colombiano hoy vigente, ha reconocido la figura de genocidio por móviles políticos; crimen
atroz que este compendio normativo define como �destruir total o parcialmente un grupo
por razones políticas� y ocasionar la muerte a sus miembros por �razón de su
pertenencia al mismo�.

�Solución amistosa con el gobierno Uribe?


Actualmente, en desarrollo del proceso ante la CIDH, y al conmemorarse veinte años del
surgimiento de la UP y dos décadas de ataques incesantes en su contra, se discuten los
términos de una solución amistosa entre el Gobierno colombiano y las víctimas. Este
proceso debe conducir a un eventual acuerdo que honre los derechos a la verdad y la
justicia, o por el contrario, a la continuación del litigio en la instancia internacional, que
concluiría muy probablemente con una condena del Estado colombiano.
El 9 de febrero de 2004, el Gobierno Nacional anunció, a través de una declaración del
vicepresidente de la República, Francisco Santos, su disposición para avanzar en la
búsqueda de una solución amistosa en el caso 11.227 que se adelanta ante la CIDH. En
dicha declaración pública, el Gobierno aseveró que los crímenes masivos cometidos
contra la UP constituyen una �página vergonzosa en la historia de nuestro país�. No
obstante, luego de este reconocimiento público el Gobierno sigue justificando lo
acontecido. Horas después del anuncio oficial de comienzo de búsqueda de solución
amistosa, el propio Vicepresidente volvía a eludir la responsabilidad estatal en este caso.
Ante los medios de comunicación, el funcionario afirmó que los crímenes contra esta
formación política de oposición serían obra del narcotráfico que, en un contexto de
polarización, habría hecho un �cobro de cuentas� a las guerrillas utilizando a los
activistas del movimiento como chivos expiatorios.
Los motivos de desconfianza sobre la sinceridad de los propósitos gubernamentales
provienen del hecho de que las atrocidades contra la UP se siguen adelantando sin
obstáculos. En la política de �Seguridad Democrática� del actual Gobierno existen
elementos que siguen incentivando el exterminio y la persecución judicial de los
sobrevivientes del movimiento. Bajo el argumento de la acción antiterrorista, muchos de
sus activistas han sido arrestados en redadas masivas y mostrados ante las cámaras de
televisión como miembros de las organizaciones armadas subversivas. Adicionalmente,
durante el presente gobierno ya van más de 150 casos de activistas de la UP víctimas de
homicidios o desapariciones en diversas regiones del país. También se han constatado
desplazamientos masivos en zonas donde ejerce aún su influencia la oposición política.
Frente a estas nuevas denuncias no se advierte ninguna acción sustancial del Estado por
detener y enjuiciar a quienes organizan las acciones criminales. Por el contrario, se asiste
a nuevas formas de vejación contra las víctimas, como ocurrió con Alirio Silva �líder
regional de la UP asesinado el 1 de marzo de 2004 en la región de Putumayo- cuyo
cuerpo sin vida fue sometido a una cadena de �procedimientos administrativos� que
incluyeron el impedimento de su traslado a Bogotá hasta que no se le practicara una
autopsia con el fin de verificar si no se trataba de un �cadáver bomba� preparado por la
guerrilla para un atentado. Luego de desarticular las estructuras organizativas
fundamentales del movimiento, se entra ahora en la fase de acabar con los
sobrevivientes.
De otra parte, el gobierno del presidente Uribe ha emprendido un proceso con los grupos
paramilitares con el que busca �reintegrarlos a la sociedad�. No obstante, lo que se ha
puesto en evidencia es que más que una desmovilización, este proceso ha permitido la
infiltración paramilitar en el Estado y la sociedad. Parte de la política de reinserción es la
aprobación de medidas legislativas que garantizan la impunidad y el perdón incondicional
de los paramilitares. La adopción de tales beneficios jurídicos implica que varios de los
principales autores del genocidio contra la UP queden automáticamente exonerados de
toda responsabilidad, y que el proceso de esclarecimiento y reparación de las víctimas se
vea seriamente afectado.
El conjunto de actos de terror y violencia perpetrados contra la UP ha constituido un rudo
golpe para la perspectiva de democratizar la sociedad colombiana. Así mismo, esta
persecución sistemática ha fortalecido el miedo a ejercer libremente la oposición, ha
sembrado un ambiente de escepticismo sobre la viabilidad de practicar la acción política
de manera civilista, y con ello ha revitalizado permanentemente la convicción de quienes
solo creen en una salida violenta para los problemas del país.
La solución negociada del conflicto armado que padece Colombia desde hace medio siglo
pasa, en consecuencia, por un proceso de verdad, justicia y reparación de lo acontecido
con un movimiento político que exploró el camino de la reconciliación. Para ello se
requerirá que cesen las violaciones sistemáticas contra quienes han sobrevivido a este
genocidio. Pero además se hará necesario que el Estado colombiano renuncie a la
estrategia de presentar medidas minimalistas como auténticos procesos de resarcimiento
de las víctimas. Pues solo con un proceso genuino de reparación que restablezca el
proyecto político que fue violentamente coartado podrá lograrse la confianza necesaria
para transitar por el camino de la paz en Colombia.