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Nada sin ti

I
Érase una vez un periodista viejo y cansado a quien la edad le había hecho ver
demasiadas cosas. Curtido por los años y la desesperanza, a nuestro protagonista
aún le quedaban arrestos para enfrentarse a una pantalla en blanco. Porque, en el
año del Señor de 2040, los papeles y las plumas como útiles de escritura sólo eran
piezas de museo. Su trabajo seguía siendo el que todo buen reportero se preciaba
hacer: meter las narices en cualquier sitio y contárselo a la gente. Unos lectores a
los que sus agudos comentarios a veces irritaban y otras sacaban de quicio
directamente. En ésas estaba el viejo redactor cuando recibió un extraño mensaje
en su implante electrónico de oído. Un comunicante anónimo, parapetado tras el
"nick" de Voltaire, le anunciaba una "scoop". La cita sería en el histórico edificio del
"Post" a las 19.00 GMT.

No era la primera vez que nuestro viejo reportero recibía una de esas llamadas.
La ciudad estaba llena de tipos que no tenían otra cosa que hacer más que joder a
periodistas en los días más señalados del calendario. Si los cálculos no le fallaban,
en los últimos tres meses, le habrían llegado así como una veintena de anuncios
de ese calibre. Gente que prometía un filón informativo, la gran bomba, el notición
con el que soñaban los parias de la prensa y luego se quedaba todo en agua de
borrajas. Las fuentes no eran fiables, no se podía contrastar la información, los
documentos estaban trucados. Vamos, lo de siempre. Nada por aquí, nada por allá.
Personas a las que habían echado de sus trabajos, maridos engañados, mujeres
despechadas, es decir, la clásica basura informativa con la que el redactor jefe del
“Post”, un jovenzuelo que había llegado lejos, se mearía en su cara si patinaba en
busca de una de las portadas del día.

II
Por estas fechas, los diarios no salían una sola vez al día. Cada hora se mandaba
a los suscriptores del teleimplante una primera con las actualizaciones o novedades
informativas de la jornada. Para los no clientes, el diario colgaba una edición en
barato a la que se podía acceder si previamente se visualizaba toda la publicidad
que llevaba el rotativo ese día. Bueno, lo del rotativo era un decir, porque las
imprentas habían llegado a su fin. Por cuestiones de actualidad, y también por la
escasez de papel, los diarios ya no se imprimían. Eran instrumentos electrónicos
más flexibles. Con los avances técnicos, no era imprescindible ni llevar encima los
antiguos ordenadores de mano. Los implantes biomecánicos: de oído, manos o, los
más recientes, de iris permitían recibir la información y su actualización a cada
minuto, en cualquier punto de la ciudad y a cualquier hora del día. Las

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telecomunicaciones aplicadas al mundo de las noticias habían llevado al paroxismo
la información y los “infosiquiatras” florecían por todo el territorio. Eran
profesionales de la mente que intentaban remediar los trastornos del
comportamiento que le producía a la gente la avalancha de noticias que inundaba
la psique de los honrados ciudadanos de la muy noble y muy leal agrupación de
villas de Mediática. Se habían dado casos de ejecutivos que vomitaban acciones de
tal compañía o que, al ir al lavabo, defecaban el índice Dow Jones enterito. Dichos
trastornos gástricos, alguien informó de un caso al que se le inundó el páncreas
con un debate parlamentario, entraban dentro de la tipología sicosomática
avanzada.

Al viejo reportero su jefe se la traía al pairo. Le quedaban un par de años de
cotizar sueldo para poder cobrar ese asqueroso plan de pensiones que se abrió
antes de iniciado el siglo XXI. Sabía que no ascendería más allá de esa jefatura de
sección del megabarrio del este que dirigía con fino olfato de pistolero. Era el que
más rápido sacaba las informaciones y se había ganado una merecida fama de
buen profesional. Se había metido demasiados años en el cuerpo tragando mierda
en electrodiarios de calles, redactando necrológicas o espiando en las casas de la
gente anónima para esa nefanda sección que creó adicción a toda una generación
de diarioleyentes. “Cuéntenos qué hace su vecin@ por las noches... y, si puede,
mándenos un biopíxel”. Era la peor inmundicia que había parido mente
calenturienta alguna. La gente de los bloques, en los barrios más humildes y
malolientes de Mediática, se había enganchado a tal actividad. Las grandes
editoras de electrodiarios presionaron al gobernador para que enmendara un
artículo de la ley sobre la privacidad. En un clamaroso caso de intervención sobre
la libertad de las personas, se decretó que todo lo que sucediera en los hogares de
la gente podía ser noticia. La realidad ocultaba que se sobornaba a las gentes más
humildes para que se dejaran espiar y no entablaran pleitos contra las grandes
corporaciones que ponían su intimidad a la intemperie. Además, a los
protagonistas del asunto, espía y espiado, se les hacía firmar un contrato sin
caducidad con el que se podía manipular a voluntad toda la vida del sujeto. A
cambio de un puñado de créditos y una vivienda digna, el que firmaba consentía
que una biocámara implantada en su cuerpo transmitiera toda la información de
las actividades que llevaba a cabo diariamente. Y no tenía obligación de informar a
los demás de ello. Con lo que, cuando entablaba relaciones con otras personas, la
intimidad de éstas también quedaba al descubierto. Se trataba de una especie de
batalla campal en la que cualquier cosa valía. Con el tiempo, las distribuidoras del
entretenimiento holográfico (el neocine que se hacía ahora), compraron los
derechos a las editoras y se lanzaron a hacer versiones para la televisión o los
cines de tres dimensiones con sabores y olores. Más tarde, la cosa perdió gancho
porque se entablaron batallas callejeras por ver quiénes eran los protagonistas de
las historias. Hubo disturbios y la fuerza antiviolencia tuvo que intervenir. Se
saquearon comercios, se incendiarion algunos bloques, lo que vino de perlas a las
constructoras porque sacaron suelo para megacomercios. Y se mató a los

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cabecillas. Y se volvió a cambiar el artículo de la citada ley.

III
El histórico edificio del Post se encontraba en una de las zonas más altas de la
ciudad. Desplazado del centro neurálgico de Mediática por los cambios urbanísticos
que la ciudad conoció en la década de los años 20 del nuevo siglo, en esta vieja
cueva de la arquitectura modernista las cosas ya no eran como fueron. De las
veinte plantas que tenía el inmueble, más de la mitad habían sido ocupadas por un
consorcio de empresas. Muchas de las cuales no se sabía muy bien a qué se
dedicaban ni de dónde obtenían sus beneficios. El resto las ocupaban los plumillas
del Post, un diario que había conocido tiempos mejores en el siglo anterior pero
que, con la renovación bioelectrónica, no lo estaba pasando demasiado bien. El
Consejo de Administración dio un serio golpe de timón a su línea editorial cuando
los beneficios tocaron fondo. Echaron de la dirección a un veterano reportero,
compañero de fatigas de nuestro hombre y curtido en las mil batallas perdidas de
la información libre y veraz, y le dieron las riendas del diario a un analfabeto
funcional, protegido tras unos estudios de postgrado, varios masters y algunas
licenciaturas en lenguas.

Dicen los más viejos de la redacción que el día de su nombramiento Joseph
Pulitzer se revolvió en su tumba y que en las paredes del entrañable edificio
aparecieron unas grietas imposibles de borrar. El nuevo fue el encargado de mover
el banquillo. Fichó a una docena de jóvenes sin escrúpulos, sin agenda y sin
curriculum y, a cambio, se encargó de limpiar de “escoria” la redacción. La
revolución en la concepción de la prensa escrita había acabado con cualquier
vestigio de honradez y de rigor. Máxime cuando la tecnología dio pasos hacia la
conversión de los diarios en algo virtual que podía implantarse en las manos, fluir
por el oído o desparramarse por el iris de los ojos. El periodismo bioelectrónico
hacía furor y los periódicos perdieron su objetivo inicial: contar noticias e
interpretarlas, para acabar convirtiéndose en la conciencia de quienes los tenían
implantados. La información era ya el sexto sentido de los seres humanos. Se la
llevaban a todas partes, vivían con ella. Por las noches, y para los más adictos, se
estaba probando con acierto un nuevo sistema de inserción documental. Mientras
dormían, el teleimplante enviaba, directamente al córtex cerebral, toda la
información necesaria sobre un tema concreto. Al día siguiente, el usuario era
capaz de mantener una conversación de altura con sus amigos sobre el fin del
petróleo como fuente de energía, o sobre las últimas corrientes artísticas, por citar
ejemplos clásicos. Al citado servicio sólo se podía acceder mediante pago por
adelantado y bajo prescripción facultativa. Los infosiquiatras recomendaban un
máximo de 3 descargas de documentación en el plazo de quince días. De lo
contrario se producían ciertas contraindicaciones. Un tipo que se descargó 20 en
un mes sufrió el llamado “síndrome Larousse”. Cuando hablaba con alguien, la

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última palabra que pronunciaba su interlocutor era aprovechada por éste para dar
una sonada conferencia. Que la frase del contertulio acababa con “.. y me hice
daño en la oreja”, éste empezaba a recitar: “la oreja es el cartílago externo del
oído, actúa…” Y así con todas las palabras. Se convertían en tipos sórdidos que lo
querían saber todo de todo y, en ocasiones, se les veía en las librerías de papel,
quedaban muy pocas y no movían el mercado, intentado comerse (por la boca y
masticándolos) libros de Aristóteles o de Newton. Pensaban que así su cerebro los
deglutía mejor.

IV
A las 18:30 GMT nuestro hombre apuraba de un sorbo el malta que guardaba
para las mejores ocasiones en aquella petaca que le regaló Nicole. Mientras
perfumaba su garganta con el sabor a madera y a hierba recién cortada que
destilaba su escocés favorito, envejecido en barricas de roble de jerez como se
hacía antaño, se acordó de Nicole. Una mujer fuerte, con las ideas claras, que le
hizo vibrar con una pasión que ya no volvió a sentir nunca más. Nicole fue un
huracán que lo arrolló todo a su paso. Antes de que las últimas especias del
dorado licor retozaran por sus papilas gustativas, el viejo zorro cerró los ojos y
pensó en Nicole. Una hembra de bandera. Veinte meses de relación que le dejaron
el alma lisiada de por vida. Volvió a llevarse otro trago al gaznate. La conoció en
los últimos días del siglo XX. Cubría una serie de reportajes, para una revista
especializada en informática, sobre aquella idiotez que se conoció como el “efecto
2000”. Ya saben, eso de que los ordenadores iban a dejar de funcionar después del
31 de diciembre de 1999. Nicole era analista de sistemas aunque ella prefería la
investigación genética aplicada a la informática, un asunto que empezaba a
conocerse por entonces. Cuando llegó a su empresa tras concertar un cita de
trabajo Nicole le recibió muy profesional. En esas fechas los periodistas aún
incomodaban a los investigadores. Nadie de su departamento quiso recibirle y fue
ella, la última que llegó a la corporación, la encargada de lidiarlo. Nicole estuvo
esquiva, hostil y antipática.

Días más tarde, y con el pretexto de una aclaración a la entrevista que habían
mantenido, ella se puso en contacto con él. Después de aquello, todo vino rodado.
El joven reportero quedó sojuzgado por la mujer. Durante ese tiempo, 600 días con
sus noches, no vivió más que para ella. Respiraba por su boca, miraba por sus
ojos, adivinaba sus pensamientos, en resumen, alteró su existencia. Hizo de él lo
que quiso, con su anuencia y el consiguiente disfrute, y nada hacía pensar en lo
que sucedió después. Con el tercer trago de esa petaca amarillenta por el tiempo,
“Nada sin ti” le grabó ella en letras doradas bajo el vaso-tapón, nuestro plumilla
siguió desparramando recuerdos. Le vino al tacto, como si la estuviera tocando
ahora, aquella piel suave, aquellos ojos de gata que le ponían en celo, esos muslos
prietos que presagiaban tormenta en las alturas, esa boca con sabor a manzana

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verde, y ese par de… Al llegar a ese nivel, el reportero frenó en seco su
imaginación. Un brusco acontecimiento se precipitó entre su nostalgia. La última
noche en que la vio, Nicole estaba radiante. Lucía unas transparencias que
quitaban el hipo. En el restaurante en que quedaron, un vegetariano asiático que
era lo más “cool” del momento, la clientela masculina tragó saliva cuando llegó.
Con esos pechos tan firmes y tersos, parecía que se burlaban de la Ley de la
Gravitación Universal de los Cuerpos, y ese acabado en punta, los hombres del
“Hanoi” suspiraron a su paso. Los camareros, al tomarle nota de la comida,
sudaron tinta para no apartar sus miradas de aquellos pezones que luchaban por
romper la diminuta seda. A nuestro protagonista la situación le divertía pero al
llegar el sake el brusco anuncio de Nicole le cayó como un rayo. Se acabó. Ésa
sería su última cena y, sin duda, la última vez que la vio. No lloró aquel día, pero sí
el resto. No ha pasado una jornada desde entonces, 23 de setiembre de un año sin
conciencia, en que no la recordase…

V
Una vibración en el oído le anunció la visita. Con el iris fijo en la recepción intuyó
al tal Voltaire. Quería despachar el asunto con rapidez, había quedado con su
segunda familia para celebrar la Navidad, una fiesta que había resistido al tiempo,
y del Post a su casa tardaría una eternidad si pillaba el caos de tráfico de las 20:00
GMT. Escondió precipitadamente la petaca y derramó sin querer unas gotas de la
ambrosía escocesa sobre la mesa. Sin tiempo a limpiarlas, Voltaire se sentó frente
a él sin mediar palabra. El tipo vestía una túnica de tono oscuro, con la cabeza
escondida en una capucha, gafas negras y una gran cruz de hierro le colgaba
hasta el ombligo. Por un momento se puso en lo peor y pensó que Voltaire sería
un loco de remate y que allí no habría nada que rascar. Mientras especulaba sobre
la inminente exclusiva que le había prometido, preguntó al desconocido si quería
algo de beber. Voltaire negó con la cabeza sin pronunciar una sílaba. Tras la
obligada cortesía el reportero esperó pacientemente a que Voltaire empezara a
desgranar su historia. La experiencia le decía que, en ocasiones, los periodistas
deben dejar de hablar y ponerse a escuchar. Todo el mundo quiere hablar pero el
plumilla, a veces, sólo interrumpe al interlocutor y estropea una buena historia. Y
eso mismo fue lo que le trajo Voltaire cuando se dejó ver el rostro. Una buena
historia, una historia rescatada del fondo de su alma, una historia que le hirió en lo
más íntimo, una historia que le privó de la cena de Navidad, una historia, en fin,
que lo apartó para siempre del neoperiodismo. El viejo reportero dejó el oficio, aún
se recuerda con asombro el escupitajo que le propinó en la cara al redactor-jefe,
abandonó ciudad y familia y nunca más se le volvió a ver. Sobre su mesa sólo
quedó una petaca vacía con la inscripción “Nada sin ti” y dos gotas de whisky.

Bob W oodw ard

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