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P.

CRÍMENES CONTRA MUJERES

«TOCADAS», CONDENADAS

RAMIRO VILLAPADIERNA

Probablemente «toca» viene del far-

si «taq» para velo. Pero el sentido de

mujer «tocada» –no togada– varía según quién la haya «tocado». La «to- cada» ha sido desposada y lleva «to- ca», o en el peor de los casos manci- llada y lleva mancha; ambas son «in- tocables» en la sociedad más pa-

triarcal, como la islámica, que ha hecho

a la mujer depositaria única de la hon-

ra, liberando de tal modo al hombre de su responsabilidad social: éste to- ca, mancha, dispone y condena. Ella es ensalzada idealmente hasta ser merecedora luego de los infiernos:

de tres tiros en la cara, como la joven berlinesa de origen turco Hatun Su- rucu, asesinada por su hermano. «La muy cerda vivía como una alemana», se oyó al día siguiente en su colegio. En Berlín era el sexto crimen «por ho- nor» familiar en seis meses, el 45 en ocho años. Tras décadas de multicul- turalismo, la veterana feminista Alice Schwarzer culpa a la izquierda de una pretensión de tolerancia «deshones- ta» y paternalista.

EN EL HOSPITAL DE PRISTINA,

MIRVETA TOMÓ A SU RECIÉN

NACIDO, LE ACARICIÓ EL ROS-

TRO Y LO APRETÓ CONTRA SU

PECHO: LA ENFERMERA PUDO

OÍR CRUJIR LA NUCA ANTES DE

QUE MIRVETA SE LO DEVOLVIE-

RA ENTRE LÁGRIMAS, INERTE

Las autoridades «no tratan igual a un alemán o a un turco que pega a su mujer, a éste le aplicaban un atenuante

cultural que es falso», coincide el polí- tico turco en Berlín Ozcan Mutlu. Anualmente decenas de musulmanas en Alemania escapan de sus familias

y de matrimonios arreglados, a cen-

tros de acogida; miles de mujeres no salen jamás de su barrio o aún de su casa: no saben en qué ciudad viven. El 11 de septiembre ha dividido aún más, según el Centro de Estudios Tur- cos de Essen; «hay mayor apego a la identidad religiosa».

LAS GUERRAS DEL BALCÁN. A la muerte de Hatun, una joven adujo en una emisora turca que «eso es por no llevar velo». Para muchos, se lo me- recía. Igual que las violadas en las gue- rras del Balcán. En una aldea balcáni- ca: «Cuando vimos rodeado el pueblo untamos a nuestras hijas con estiér- col» para hacerlas repelentes. Se las llevaron igual y no volvieron. «No se han atrevido a volver, en todo caso están muertas», admitía un padre de familia. Es verdad que «nos preocupa menos la muerte que la violación», decía Shkendije Hoda. En el hospital de Pristina, al acabar

la guerra, Mirveta tenía 22 años cuan- do tomó a su recién nacido, le acari-

ció el rostro y lo apretó contra su pe- cho: la enfermera pudo oír crujir la nu- ca antes de que Mirveta se lo devol- viera entre lágrimas, inerte. Temió que cada día volvería a ver en él la cara de su enemigo. En Zivince, Safeta volvió arrepentidaapor su bebé en un orfa- nato bosnio, al saber que de hambre

se había comido los dedos hasta el hueso. La mayoría no quiso volver a verlos o los ahogó en el río.

«CASTILLO DEL ENEMIGO». La mu- jer tocada es «castillo del enemigo», dice el canon de la sangre de las mon- tañas albanesas. Con frecuencia la violada es hecha culpable de su suer- te: incluso para ella misma. «Tocada» físicamente, repudiada familiarmen- te, inservible socialmente: «tocada» también mentalmente. «Lo esconden en el fondo de sus corazones, si les haces hablar es como una segunda violación», explicaba en Kosovo la ac- tivista Sevdije Ahmeti: «Pero tienen que hablar». Y ser reconocidas: «No figuran ni como víctimas de guerra», no hay pensión para ellas. Por eso les ha dado el escaparate de su cine la debutante realizadora bosnia Jasmi- la Zbanic; su película Grbavica es un grito en el silencio del Balcán: «Aho- ra existen», dijo hace días levantando su Oso de Oro en Berlín. En guerra «nunca he conocido una mujer que no sea víctima», confesa- ba Paula Ghedini, de Acnur: al menos como hija, esposa, madre, sobrina de un muerto. Pero en los monumentos conmemorativos nunca hay un nom- bre de mujer. Nedziba Salíhovic no ha visto a su marido ni a su hijo desde Srebrenica en 1995, «pero hasta durmiendo los veo». Sobrecoge cuántas mujeres vi- ven sostenidas por una esperanza im- posible. Diez años después, Zumra Se- homérovic siente aún en su oído «el susurro de mi marido diciéndome que todo iría bien», antes de ser separa-

dos para siempre. Desde las guerras helénicas se sa- be que la mujer ha sido botín, Aure- liano paseó por Roma a la reina de Pal- mira encadenada y los libertadores rusos violaron a dos millones de ale- manas. Pero el Tribunal de La Haya sentencia que en los Balcanes la mu- jer fue objetivo de una política racial. «Se buscó preñarlas a fin de des- componer y acabar con su pueblo», anota Kelly Dawn Askin en War Cri- mes against Women. En las paredes de un instituto de Mitrovica un escri- to amenazaba: «Vamos a violar a vues- tras mujeres para que den hijos ser- bios». El Tribunal para la ex Yugosla- via ha elevado el empleo de la mujer como arma de guerra a crimen con- tra la humanidad, en sentencia de fe- brero de 2000. Ello no cambia que Teufika Ibrahimefendic se meta bajo una ducha helada hasta no sentir na- da, cada vez que los recuerdos vuel- ven a violarla.

EL DOLOR DE LAS VÍCTIMAS. MUJERES MUSULMANAS BOSNIAS LLORAN A SUS MUERTOS EN EL CEMENTERIO DE POTOCARI, LOCALIDAD PRÓXIMA A SREBRENICA

EL CEMENTERIO DE POTOCARI, LOCALIDAD PRÓXIMA A SREBRENICA MORIR DE AMOR LAS FLAGELACIONES, LAS LAPIDACIONES, LOS

MORIR DE AMOR

LAS FLAGELACIONES, LAS LAPIDACIONES, LOS «ASESINATOS DE HO-

NOR»

ZADO YA NUESTRO OCCIDENTE MÁS CIVILIZADO?

¿PERVIVEN SÓLO EN REGIONES APARTADAS O HAN ALCAN-

SERAFÍN FANJUL

De vez en cuando, los periódicos nos

traen noticias de los países islámicos que rebasan con mucho lo desagra- dable y entran de lleno en el terreno del horror. La mujer, como deposita- ria que es del honor familiar, carga también con las consecuencias más negras: flagelaciones, lapidaciones,

asesinatos de honor

este concepto de la honra difiere en un punto importante del tradicional en la sociedad española, reflejado en el teatro clásico o los novelones de- cimonónicos: a partir de la concep- ción beduina –subsistente en estado fósil en el imaginario de las socieda- des árabes– la mala conducta de la mujer no daña al ‘ird, el honor del ma-

Sin embargo,

rido y de su linaje, sino al de su fami- lia de origen, y corresponde a los va- rones de ésta borrar la ofensa ejecu- tando a la culpable. Según esta idea, si el esposo ofendido se vengara, podría incurrir en un crimen que re- clamaría la venganza de la sangre del clan de la esposa. Estos criterios han regido durante siglos con diversa fuer- za según momentos históricos, por el peso de sustratos preislámicos, o en función de la vigencia de una u otra escuela jurídica.

CRISIS DE VALORES. La sociedad árabe también ha sufrido sus crisis de valores y sabemos que ya desde el si- glo IX se ponen en entredicho las vir- tudes tópicas de la beduinidad (ge-