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Serge, Victor (1890-1947)

Anarquista, luego bolchevique, nacido en Francia de padres rusos. Fue encarcelado durante la I
Guerra Mundial, y luego deportado a Rusia, donde devino Sub-Secretario de la Comintern.
Criticó la represión de socialistas y anarquistas opositores al gobierno bolchevique durante la
Guerra Civil, pero al estallar la rebelión en la base naval de Kronstadt, a pesar de simpatizar con
los alzados, apoyó al gobierno bolchevique. Luego se unió a la Oposición de Izquierda y fue el
último miembro de la Oposición de Izquierda dentro de la URRS en poder criticar públicamente a
Stalin. Fue encarcelado en 1933, pero fue soltado y exiliado en 1936 tras una campaña
internacional en su favor. En el exilio se integró a la IV Internacional, pero al poco tiempo tuvo
diferencias con su línea y se separó de ella en 1937.

Julián Gorkin

La muerte en México de Víctor Serge

Escrito: En París - Francia, en marzo de 1957.


Edición Digital: Fundación Andreu Nin.
Esta edición: 2001, Marxists Internet Archive.

Víctor Serge dice, al final de sus Memorias, que el primer rostro que vio a la llegada de su
avión al aeródromo de México fue el mío. Era en agosto de 1941. El lunes 17 de noviembre de
1947, la última mano amiga que estrechó la suya, un par de horas antes de su muerte en medio de
la calle, fue la mía. Estos seis años fueron los más tranquilos -relativamente tranquilos, como
veremos- y literariamente los más fecundos de la vida de ese combatiente eternamente
perseguido. Un resumen de ese periodo me parece indispensable a manera de epílogo de su
documento autobiográfico.

Desde su salida de la URSS -casi un milagro: unos meses más y lo hubiera condenado la GPU a
la fosa común de los oposicionistas-, nuestras vidas habían estado muy unidas. A su llegada a
Bruselas -había estallado ya la guerra civil española-, corrí a verle desde Barcelona y, con una
clarividencia que yo, con menos experiencia que él y absorbido por la acción de cada hora, no
alcanzaba a tener me anunció los peligros que se cernían sobre nuestro partido independiente y
antiestalinista. "Si Stalin ha decidido intervenir en España en plena liquidación de las oposiciones
en Rusia, no podrá tolerar una oposici6n exterior como la vuestra". Le escuché un tanto
escéptico. ¡Tenía una fe tal en el espíritu de rebeldía y de independencia del pueblo español! Por
iniciativa suya, visitamos a los jefes de la II Internacional: no nos ocultaron éstos que, tratándose
de una lucha entre fracciones obreras, preferían no intervenir. "El espíritu de frente popular y de
no intervención los ciega", comentó Serge al salir de la entrevista. Y añadió moviendo
tristemente la cabeza: Tendréis que batiros en dos frentes: e1 fascista y el estalinista. El más
peligroso para vosotros es el segundo. Os encontraréis solos o casi solos". Le rogué que aceptara
el cargo de consejero y de corresponsal del diario que yo dirigía en Barcelona. Lo digo por vez
primera: un documento que presenté en un Congreso, sobre el comunismo mundial y la
intervenci6n soviética en España, lo había redactado él. Unas semanas más tarde nos anunció, a
Nin y a mí, que el estalinismo preparaba activamente nuestro exterminio físico. Cuando nos
detuvo la GPU -iba a ser el nuestro "el primer proceso de Moscú en el extranjero"-, se convirtió
en el más obstinado y diligente de nuestros defensores; Nin fue torturado y asesinado en una
Lubianka madrileña, pero Serge contribuyó enormemente a salvarme a mi y otros compañeros.
Contribuí yo a salvarle después del gran naufragio europeo. Puede decirse que nos debíamos
mutuamente la vida. Por eso nos unía ya para siempre el más só1ido de los lazos humanos: el de
la solidaridad.

Para, Serge y para mí -y para otros veinte mil europeos, republicanos españoles en su aplastante
mayoría-, México era la vida a salvo. Casi el único país que, en medio del hundimiento de todos
los va1ores universales y humanos, mantenía el derecho de asilo. Lejos de los angustiosos dramas
de aquellos momentos, se respiraba el aire libre a todo pulmón. En contacto con mi naturaleza
optimista y fácilmente irónica, tenía momentos de alegría e incluso de risa; pero no tardaba en
ensombrecerse su rostro. Se encerraba durante largas horas en la meditación y en el silencio.
Hablaba poco y, cuando hablaba, era con un fondo amargo y dramático. Habituado a pensar
mucho en los demás y poco en sí mismo, su drama era el angustioso drama humano y su
conciencia una especie de purgatorio universal. Llevaba a cuestas el drama de la revolución rusa
devorándose a sí misma, con los rostros de todos los grandes revolucionarios desaparecidos,
exterminados -y la URSS invadida por Hitler no obstante el infame pacto firmado con él-; el
drama del valiente pueblo español vencido, traicionado, con más de un millón de muertos
clamando al cielo; el de Bélgica y Francia ocupadas por el nazismo... El ruso, el español, el belga
y el francés, eran sus pueblos predilectos; había luchado y sufrido con ellos y su suerte le
acongojaba el ánimo. Amaba, como todos los pensadores y todos los que han vivido
intensamente, el retiro y la soledad; comprendí, sin embargo, que no convenía dejarle solo.
Durante los dos primeros años compartimos el mismo departamento: una habitación cada uno y
un comedor común. Nuestros adversarios nos decían vendidos, por turno, a todas las potencias
capitalistas; aislados, incomprendidos, sin lugar entre las corrientes encontradas, cada día era una
lucha para subsistir.

El general Lázaro Cárdenas, Presidente de los Estados Unidos Mexicanos nos había ofrecido
generoso asilo; pero también se lo había ofrecido a nuestros enemigos mortales. Nosotros, los
revolucionarios independientes, éramos un puñado y carecíamos de medios y de influencia; por el
contrario, nuestros enemigos eran bastante numerosos, disponían de abundantes medios y
gozaban de gran influencia. Pululaba México de agentes comunistas de las más diversas
nacionalidades; resultaba difícil distinguir al simple militante político del agente de la GPU. Casi
todos habían pasado por esa escuela de los verdugos que fue la España de la guerra civil; casi
todos aguardaban el fin de la guerra mundial para partir a la conquista de sus respectivos países.
(En México estaba, por ejemplo, Otto Katz –André Simne- colgado con Slansky en Praga; allí,
también, estaba Vittorio Vidali, uno de los organizadores del asesinato de Trotski, jefe hoy del
comunismo en Trieste. Y otros muchos). El partido comunista mexicano, -controlado por esos
agentes, era poco numeroso: dos mil miembros apenas. Dominaban, sin embargo, la CTM
(Confederación de Trabajadores Mexicanos), uno de los puntales del régimen, gracias al entonces
líder sindical mexicano y continental Lombardo Toledano, instrumento número uno de Moscú.
Dominaban asimismo la Universidad Obrera, subvencionada por el Estado y nido de esos agentes
disfrazados de profesores. Y contaban con elementos seguros en casi todos los departamentos
ministeriales y en casi todos los periódicos.

Cuando Víctor Serge llegó a México hacía justamente un año que habían asesinado a León
Trotski. En su habitaci6n de hotel de Washington había aparecido –"suicidado"- el cadáver del
genera1 Krivitsky. En Nueva York había sido ametrallado el gran anarquista italiano Carlo
Tresca. Yo mismo había sufrido ya cuatro tentativas consecutivas de asesinato. ¿Cuánto tardarían
en suprimirnos? Que Serge no permanecería en México silencioso e inactivo, eso lo sabían
perfectamente los agentes comunistas. Precedieron su llegada dos tarjetas de presentación. Un
año antes, coincidiendo con el asesinato de Trotski, publiqué su Retrato de Stalin en una pequeña
editorial fundada con mucha voluntad y escasos medios. Fracasó la empresa, pero ahí quedaba el
libro. Media docena de miembros de la rica colonia francesa, que querían encenderle una vela en
público a la Francia Libre mientras le encendían otra en privado a la Francia de Vichy, me
proporcionaron unos miles de pesos para la fundación de otra editorial. Acababa de llegar Serge a
Santo Domingo cuando invadió Hitler a la URSS por sorpresa. Le cablegrafié: "Prepárame el
texto de un libro a toda prisa". Agobiado por el calor tropical y por el sentimiento de que "durante
estos mismos días, se fusila en las prisiones de Rusia a mis últimos camaradas", escribió en un
mes un libro fuerte y ágil: Hitler contra Stalin. Presentía toda suerte de hecatombes para la
URSS, con sus estados mayores político y militar decapitados y sus pueblos esclavizados.
Anunciaba que las masas campesinas soviéticas recibirían a las tropas alemanas con los brazos
abiertos, pero que al final el hitlerismo se hundiría. Tenía que reprochársele este libro como un
grave error; sin embargo los acontecimientos, los más de ellos conocidos en la posguerra, le han
dado la razón. En un solo punto se equivocó: previó la democratización de la vida soviética como
consecuencia de las derrotas del régimen y esta democratización no se ha producido. Pero hoy
sabemos que la responsabilidad incumbe a la ceguera y a las concesiones hechas a Stalin por las
grandes potencias democráticas. La consecuencia para mí fue la pérdida de la nueva empresa
editorial.

Conocíamos bien la psicología de nuestros adversarios: si nos acobardábamos, si nos


manteníamos a la defensiva, estábamos perdidos; teníamos, por el contrario, que disimular
nuestra debilidad y nuestra falta de medios tras una actitud firme, gallarda, desafiante.
Anunciamos una conferencia de Serge en el imponente Palacio de Bellas Artes, vetusto y
pretencioso edificio en mármoles, de la época porfiriana. Bajo la amenazadora presión estalinista,
el escritor mexicano que debía presidirla desapareció. Nos encontramos Serge y yo solos en la
tribuna. Los comunistas tomaron ésta por asalto, pero el numeroso auditorio reaccion6 y los puso
en la puerta. No estábamos solos. Los anarcosindicalistas y los socialistas de izquierda españoles,
que habían hecho la experiencia del comunismo durante nuestra guerra, se colocaban
decididamente a nuestro lado. Una buena parte de la colonia judía -sobre todo los socialistas de
origen ruso y polaco-, también. Y casi todos los socialistas independientes de la Europa
occidental, muchos de ellos procedentes del campo comunista (les había decidido a la ruptura el
pacto Berlín-Moscú). Pero puede decirse que no contábamos con ningún apoyo propiamente
mexicano. Ese magnífico, complejo y pintoresco país que es México, en el que se rinde culto a la
muerte como en ningún otro, vivía sus propios problemas posrevolucionarios bajo el signo de un
nacionalismo mucho más susceptible que exaltado; tradicionalmente las colonias extranjeras se
habían dedicado a crear riquezas y a ganar dinero -la española y la francesa poseían, sobre todo,
colosales fortunas-, pero sin meterse en líos políticos. ¿Qué querían todos esos estalinistas,
trotskistas, bundistas, socialistas de derecha y de izquierda, anarquistas y por qué venían allí a
dirimir sus pleitos? La opinión mexicana no nos comprendía; para ella representábamos, a lo
sumo, un espectáculo curioso.

Entre 1942 y 1944, nuestra vida se vio frecuentemente amenazada. Varias veces, durante
semanas y a veces meses enteros, tuvimos que permanecer ocultos. Se preparaba abiertamente
nuestro asesinato. El mío fue anunciado públicamente en las columnas del diario que inspiraba
Lombardo Toledano. Le dirigimos una "carta abierta" al Presidente de la República. Recibió éste
un mensaje firmado por más de doscientas personalidades intelectuales, políticas y sindicales
norteamericanas, muchas de ellas de gran renombre, y otro firmado por una docena de diputados
y de publicistas británicos; le instaban a tomar providencias para la protección de nuestras vidas
amenazadas. Hicimos públicos esos y otros documentos en un folleto titulado "La GPU prepara
un nuevo crimen", con las firmas de Víctor Serge, Marceau Pivert, Gustavo Regler y Julián
Gorkin. (El probo y dinámico socialista Marceau Pivert, condenado por Vichy, se ganaba la vida
dando lecciones de francés antes de fundar con Paul Rivet el Instituto Francés de América Latina.
El escritor sarrés Gustavo Regler había sido comisario comunista en las Brigadas Internacionales
y había recibido una grave herida en el frente de Huesca; era reciente su ruptura con el
comunismo). Redactó Víctor Serge la declaración común que servía de introducción a este
folleto. Decía entre otras cosas: "La consigna del todopoderoso Secretario General (Stalin) es que
se aproveche la justa popularidad que las admirables hazañas del Ejército Rojo le valen a la
URSS, y la alianza de este país con las democracias en guerra, para desacreditarnos, ahogar
nuestra voz y suprimirnos". "No consentimos ni consentiremos nunca que se confunda a los
pueblos encadenados con sus tiranos. Estamos y estaremos al lado del pueblo alemán, del pueblo
italiano, del pueblo español, del pueblo francés y del pueblo ruso contra los regímenes totalitarios
y al servicio de todos los pueblos oprimidos. Tal ha sido siempre la línea de nuestra vida".
"Fundamos nuestra confianza en el porvenir sobre la destrucción y el hundimiento de los Estados
totalitarios y en el nacimiento, en medio de las luchas presentes, de una nueva Europa en la que la
palabra democracia encuentre al fin su significación integral para todos los pueblos sacrificados,
para todas las minorías, para todos los hombres. Queremos laborar en favor de un socialismo
rescatado a su dignidad y a sus verdaderos fines, que no pueden ser otros que la organización de
los hombres libres. Queremos unas ideas limpias y claras en un movimiento obrero sano,
vivificado por las emulaciones fraternales y las investigaciones libres. En el seno de la
democracia amenazada, del socialismo y del movimiento obrero, defendemos esencialmente la
libertad de opinión, la dignidad del militante, el derecho de las minorías, el espíritu crítico.
Combatimos y seguiremos combatiendo sin cuartel el pensamiento dirigido, el culto al Jefe, la
obediencia pasiva y las bajas maniobras de los partidos de disciplina ciega; así como el empleo
sistemático de la mentira y la calumnia y los métodos de asesinato. En este combate sabemos que
tenemos tras de nosotros -y esto jamás lo olvidaremos- los innumerables fusilados de Rusia, los
combatientes de España apuñalados por la espalda, los revolucionarios decapitados en Alemania,
los cautivos de los campos de concentración de Dachau lo mismo que los de la islas Solovietski".
Esta declaración, que merecería ser reproducida íntegramente, está fechada en abril de 1942.
¿Contribuyó todo esto a salvarnos la vida? Sin duda alguna.

Pero Moscú les había ordenado a sus agentes que acallaran nuestra voz, así como nuestra
supresión física, y la campaña contra nosotros continuaba sin tregua. Al saberse en abr1l de 1943
que Stalin había fusilado a Alter y Ehrlig, los dos jefes del socialismo judío polaco refugiados en
la URSS huyendo del hitlerismo, organizamos un acto de protesta en el Centro Cultural Ibero-
Mexicano. Constituido éste por un buen número de refugiados españoles, figuraba yo como
Presidente de la Comisión de Cultura. No había dado todavía comienzo al acto, cuando un par de
centenares de comunistas llegados en camiones y armados asaltaron violentamente el local. Hice
ocultar a Víctor Serge, sin duda el más amenazado, y nos defendimos. Tuvieron ellos una docena
de heridos leves; entre nosotros hubo dos heridos de cierta gravedad: mi compañero Enrique
Gironella y yo (Gironella tenía que ser más tarde el fundador y el secretario general del
Movimiento Socialista por los Estados Unidos de Europa). En la misma ambulancia que
condujera a León Trotski, mortalmente herido, en agosto de 1940, nos condujeron a nosotros a la
Cruz Verde. Y fuimos operados en la misma sala en que lo operaran a él. Este miserable atentado
provocó unánime repulsa en México, con repercusiones en los Estados Unidos y en varios países
latinoamericanos.

No solo teníamos que luchar contra las campañas de calumnias, verdaderamente elevadas al
paroxismo, y contra los peligros de supresión física, sino contra una casi total penuria de medios
económicos. En el periodo de lucha contra las oposiciones, Stalin había hecho aplicar una
consigna brutal: "atacar al estómago". Sus agentes en México trataban de aplicarnos la misma
consigna. México era, sin lugar a dudas, un país libre; sin embargo nuestros enemigos gozaban de
poderosísimos medios de presión y de corrupción. El Kremlin había enviado como embajador en
México a un hombre relativamente joven, inteligente, dinámico, elegante y no exento de
seducción: Constantino Oumansky, que tenía que morir en 1943 en un misterioso accidente de
aviación en México mismo. Éste había asumido anteriormente la direcci6n de la Agencia Tass y
gozaba de la confianza de Beria, Manuilsky y Vichinsky. Pertenecía a la más pura escuela
estaliniana. Le acompañaba un personal numerosísimo y bien preparado. Mientras Oumansky
organizaba costosas recepciones, hacía vida de sociedad y conquistaba el favor público, sus
colaboradores, agentes de la GPU muchos de ellos, introducían sus hombres en la Administración
y en los periódicos y preparaban sus maniobras en la sombra. Muchos de los artículos que
aparecían en los periódicos independientes, con firmas mexicanas y españolas o sin firmar, salían
directamente de la Embajada soviética. A nosotros, por el contrario, se nos fueron cerrando una
tras otra todas las tribunas.

Vale la pena apuntar aquí una experiencia concreta y por demás elocuente. Dirigía yo la sección
de política internacional de una revista semanal indudablemente independiente. Víctor Serge
publicaba en ella importantes artículos. El director era un excelente amigo nuestro. Cierto día le
llamó el Secretario de Gobernación y futuro Presidente de la República, Miguel Alemán, y le
dijo: "Los embajadores de la URSS y de Inglaterra realizan constantes presiones sobre nuestro
gobierno para que se les cierren todas las tribunas a Serge y a Gorkin. Se les tacha de enemigos
de la causa aliada y de agentes ocultos de Hitler. Sabemos que esto no es cierto, pero, ¿cómo
resistir a tales presiones? Parece que Moscú ha dirigido una reclamación a Londres y a
Washington en este sentido y que Washington se ha negado a intervenir. Somos un gobierno
independiente, pero no queremos crearnos dificultades". No obstante esta insólita gestión, el
director de la revista siguió publicando nuestros artículos. Pero la revista arrastraba una vida
difícil. Cierto día ocupó la gerencia un ex diputado y aportó importantes medios financieros. No
tardamos en descubrir que procedían de la Embajada soviética. Serge y yo tuvimos que
abandonar la última tribuna que nos quedaba; no tardó el propio director en perder su cargo. En
un país libre unos escritores libres encontraban cerradas todas las tribunas sedicentemente libres
incluso para restablecer la simple verdad frente a las calumnias más groseras y desorbitadas. Esta
misma experiencia había tenido yo ocasión de hacerla durante la guerra civil española en la zona
republicana.

Víctor Serge se dedica a escribir, a escribir casi sin tregua ni descanso. Sa1e apenas de su
modesto departamento y, cuando lo hace, toma toda suerte de precauciones. Recibe muy pocas
visitas; cuando suena el timbre de su puerta, antes de abrirla observa por una mirilla al visitante.
Se confina en la soledad, se hunde en el trabajo. Escribe sus libros directamente a máquina, a un
solo espacio, en papel de copia de la peor calidad; corrige apenas sus textos. Está seguro de sí
mismo, de sus ideas y sus conclusiones, de sus recuerdos, incluso de su estilo. En sus Memorias
explica por qué decidió hacerse escritor en 1928, a su salida de prisión y de una grave
enfermedad. "me sentía lo bastante seguro de mi mismo para escribir". En México ese acuerdo
consigo mismo es mayor que nunca; no le importa la soledad y la incomprensión momentáneas.
En este documento autobiográfico dice también: "es preciso dar testimonio de este tiempo; el
testigo pasa, pero el testimonio queda, y la vida continua". Es su suprema justificación de
escritor, de un escritor que preferiría ser ante todo un hombre de acción en cumplimiento de "un
deber dictado por la propia historia".

Yo creo que lo más maduro y denso de su obra es lo que escribió en México. Sin embargo lanza
en sus Carnets este lamento: "Es terriblemente difícil crear en el vacío; sin el menor apoyo, sin el
menor entorno...Escribir para el simple cajón, pasados los cincuenta años, con un futuro oscuro
por delante y sin excluir la hipótesis de que las tiranías durarán más de lo que me queda de
vida...". Sus cajones van llenándose de manuscritos, pero por el momento el mundo editorial está
cerrado para sus libros. El mercado mexicano es todavía pobre; los refugiados españoles han
contribuido grandemente a desarrollarlo y, gracias sobre todo a su impulso, se celebra cada año
una imponente "Feria del Libro", pero no tendría Serge más de unas docenas de lectores. Los
Estados Unidos, fácilmente confiados y de un ingenuo y elemental pragmatismo, están en plena
luna de miel con la URSS del uncle Joe; el lúcido y probo educador John Dewey ha tenido que
escribir un artículo diciéndoles a sus compatriotas, y en primer lugar a Roosevelt: "Francia fue la
aliada de la Rusia zarista durante la primera guerra mundial, pero esto no la obligaba a proclamar
que el zarismo era un régimen democrático; la invasión hitleriana ha convertido a la URSS de
Stalin en la aliada de los Estados Unidos, pero esto no nos obliga a ocultar que el estalinismo es
un régimen totalitario". Fue una prédica en el desierto. Los libros de Serge no encontraron editor
en Norteamérica. El Stalin de Trotski, editado cuando Hitler invadió a la URSS, tenía que
permanecer oculto en los sótanos del editor hasta un año después de terminada la guerra. Sobre la
base de la documentación oficial, yo había escrito el libro sobre el asesinato de Trotski; un amigo
norteamericano, que sabía a qué atenerse, vino a decirme: "En estos momentos no encontrará
usted un editor en mi país". En la más joven y pujante democracia del mundo estaba prohibido
decir ciertas verdades. ¿Cómo sorprendernos de los groseros errores que iban a cometerse y de
las dramáticas consecuencias que estos errores iban a tener para el mundo?

Serge llegó a preguntarse si su nombre no sería un obstáculo para la publicación de sus libros.
¿No debería ocultarse tras un seudónimo anodino? Naturalmente, el obstáculo no lo constituía su
nombre, sino el clarividente contenido de sus propios libros, su testimonio por demás molesto en
las circunstancias por las que atravesaba el mundo, sus anticipaciones respecto del porvenir. Sólo
uno de sus libros encontró editor en el Canadá: Les derniers temps, la novela sobre la caída de
Francia y sobre los comienzos de la resistencia. Se trata, a mi juicio, de una excelente novela, la
primera en su género; pasó casi desapercibida y son contadísimas las personas que la han leído en
Francia. Escribió después sus Memorias. Leí casi de un tirón el manuscrito y le dije con la
sinceridad del viejo y fraternal amigo: "Un magnífico documento, uno de los documentos de este
medio siglo. Pero demasiado condensado y lacónico, en lenguaje casi telegráfico. Tan ricos y
variados materiales exigen -y merecen- todo un ciclo. Sonrió escépticamente, casi con amargura.
"¿Para qué? -me replicó-. ¿Quién lo editaría? Además, tengo prisa. Hay otros libros que esperan".
Tenía prisa... ¿Presentía la muerte no muy lejana? La atmósfera que nos rodeaba era de muerte;
con frecuencia nos preguntaban algunos conocidos en medio de la calle, creyendo hacernos
gracia: "¿Pero aun no los han matado a ustedes? ¡Pues vayan con cuidado!". Diríase que les
robábamos una pequeña emoción.

El caso Tulaev es, para mí, la mejor novela que se ha escrito sobre las purgas estalinianas y sobre
los procesos. Y la obra más fuerte y más acabada de Serge. El Cero y el Infinito, de Arthur
Koestler, es quizá, técnica y psicológicamente más sugestiva y de más fácil lectura; El caso
Tulaev es más fuerte y más real o realista. Koestler ha imaginado su trama y sus personajes;
Serge ha vivido la primera y ha conocido a los segundos. Se trata de personajes de carne y hueso,
como lo eran los de su novela Medianoche en el siglo cuyo terrible realismo nos negábamos a
comprender cuando apareció. Cuando leí el manuscrito de El caso Tulaev le dije: "Ahora debes
hacer la novela de la NKVD actuando fuera de la URSS. El asesinato de Nin y nuestro proceso,
el asesinato de Reiss, el de Krivitsky... ¿Quizás el asesinato de Trotski? Que nadie crea que la
NKVD solo actúa en el imperio estaliniano". Me dijo que le seducía la idea, pero cuando
terminara otro trabajo emprendido. La muerte tenía que impedirle realizar esa idea.

El otro trabajo era Los años sin perdón, la última novela que escribió, todavía inédita [en 1957, al
escribir Gorkin su texto]. La obra se divide en cuatro partes, al parecer sin ilación entre sí: la
primera se desarrolla en París, antes de la guerra, si bien ésta se anuncia ya; en la segunda
asistimos a la defensa de Leningrado bajo el acoso nazi; describe la tercera el hundimiento del
hitlerismo a través de una ciudad de provincias; la cuarta, la más floja, transcurre en México. En
esta última parte muere un personaje acosado por la NKVD. En Les derniers temps muere
también un personaje en un barco y a manos de los agentes secretos soviéticos. Esos dramáticos
personajes ¿no son él mismo, con el presentimiento o la obsesión de su destino? Sin duda alguna.
Encerrado en su casa o andando por la calle, despierto o en sueños, le acompañaba durante los
últimos años ese presentimiento de una muerte violenta. Físicamente parecía un hombre sano,
fuerte, só1ido; sin embargo, sus cabellos se blanqueaban y andaba cada día un poco más
encorvado. Se diría que llevaba la muerte a cuestas: la de millares de compañeros y la suya
propia. Los totalitarismos terroristas no matan tan solo violentamente y bajo sus dominios; matan
también de lejos y lentamente, creando, en el ánimo del adversario la obsesión de la muerte. Y
peor que la muerte misma suele ser el miedo de cada minuto a la muerte.

Víctor Serge trabajaba sin descanso no só1o porque tenía prisa, temeroso de dejar su obra
inacabada, sino porque gracias al trabajo neutralizaba en parte 1a idea de la muerte. Siempre evité
con él este tema; procuraba, por el contrario, insuflarle optimismo, provocar su risa. No eran éstas
sino breves treguas en su pesadumbre. En sus Carnets, que no destinaba a la publicación -pero
que merecían publicarse y que se han publicado-, reflejaba íntimamente sus preocupaciones y sus
angustias. En una de sus notas dice: "Lo más trágico de la muerte, lo más inaceptable para la
inteligencia es la completa desaparición de una grandeza espiritual hecha de experiencia, de
elaboración intelectual, de conocimiento y de comprensión, en gran parte intransferibles".

Serge no se limitaba a sus libros; leía sin descanso todo lo que de algún interés -y en media
docena de idiomas- caía en sus manos: libros, revistas, boletines, periódicos... Seguía al día la
marcha de los acontecimientos y las corrientes del pensamiento vivo; enriquecía así sus
conocimientos y su comprensión y establecía las perspectivas universales. Parecía informado de
todo. Mantenía al mismo tiempo una nutrida correspondencia; no escribía nunca cartas inútiles o
simplemente corteses, sino que cada una de ellas reflejaba profundas reflexiones y tenía un
contenido. Despreciaba las fórmulas hechas, los lugares comunes, la "esclerosis de las doctrinas".
Se barruntaba el final de la guerra, sobre todo en Europa; los socialistas europeos refugiados en
México -la parte más independiente- habíamos fundado la Comisión Socialista Internacional y la
revista mensual Mundo, bajo el lema de Socialismo y Libertad. Celebrábamos frecuentes
reuniones y debates. El animador de la revista era mi compañero Gironella y el secretario de la
Comisión Internacional yo mismo, pero el pensamiento vivo -la inspiración creadora- venía
principalmente de Serge. Para éste, los términos de derecha y de izquierda habían perdido toda
significación real; en el porvenir no habría lugar para los grupos y las capillas, sino para las
grandes formaciones democráticas capaces de comprender y de obrar de cara a las nuevas
necesidades y los nuevos problemas. A los doctrinarios anquilosados o infantiles que anunciaban
la inevitable revolución europea al final de la guerra, les replicaba: "Se abre un periodo por
demás oscuro para Europa y para el mundo. Los mejores cuadros han sido destruidos por las
derrotas pasadas y por la guerra; pasará tiempo antes de que se formen los nuevos cuadros. Los
viejos programas y las viejas rutinas socialistas han quedado superados y necesitan renovarse. El
estalinismo, victorioso gracias a la ayuda incondicional y a las concesiones de las democracias,
será más peligroso que nunca. si queremos salvar a Europa, tendremos que empezar agrupando a
todas las fuerzas libres y democráticas para aplicar el arte de no perecer". Su lenguaje realista
encontraba escaso eco; casi estaba solo.

Ya en octubre de 1944 habla de la "guerra permanente": preveía un largo periodo de guerras


ininterrumpidas, de conflictos al parecer locales pero de importancia universal. "En el fondo será
una compleja guerra civil universal". Anota en sus Carnets: "Se aproxima el fin de la guerra
contra el nazismo, pero se ve perfilarse claramente el conflicto entre la economía soviética y los
otros sistemas. No hay ninguna solución visible para los asuntos de Asia. Creer en victorias
totales sería pueril". Prevé una situación por demás confusa para la Europa de la postgerra:
"Estoy inclinado a pensar que la suerte de Europa sólo podrá decidirse cuando el totalitarismo
estaliniano haya sido debilitado o destruido por los nuevos conflictos que él genera
necesariamente...La victoriosa imposición de su hegemonía a la mayor parte de Europa y de Asia
anunciaría una tercera guerra mundial". Tengo que proclamarlo honestamente: los
acontecimientos han demostrado que Serge tenía razón sobre todos nosotros. Hace unos tres años,
el líder socialista español Indalecio Prieto me decía con acento de admiración "¡Qué hombre tan
extraordinario! Todo lo que me anunció que sucedería ha sucedido. ¡Que un hombre así haya
muerto tan oscuramente!".

Oscuramente, con los cajones llenos de manuscritos y de notas, con una asombrosa lucidez
mental en torno a la defensa del hombre y de su libertad... El antiguo anarquista había logrado
salvar el espíritu humanista -y liberal o libertario- del socialismo no obstante su paso por el
bolchevismo autoritario y dictatorial. Nunca fue un verdadero bolchevique; la línea directriz de
sus Memorias y, sobre todo, su capitulo de conclusiones lo prueban. Serge tenía que desaparecer
cuando más íbamos a necesitarlo.

El año 1947 lo dedicamos casi íntegro a preparar nuestro retorno a Francia. El mío debía preceder
al suyo en unos meses. Acariciábamos grandes proyectos en torno a los problemas de la
unificación europea y de la defensa de la libertad cultural y humana. Y en torno a la necesidad de
revigorizar y de renovar el socialismo. "La única posibilidad de vida y de victoria está en la
intransigencia frontal ante el totalitarismo estaliniano, por el mantenimiento de una doctrina de
democracia y de humanismo (excluyendo el pensamiento dirigido); frontal ante el
conservadurismo capitalista, en el combate por el restablecimiento de las libertades democráticas
tradicionales reconvertidas en revolucionarias".

Pero le veía fatigado, envejecido. A los 56 años. Cierto día su médico, un compañero que lo
estimaba de veras, me anunció sencillamente: "Está condenado". Y al leer la sorpresa en mis
ojos: "El corazón". ¿Lo sabía él? Lo sospechaba, lo intuía. Había sufrido mucho, había fatigado
terriblemente su corazón: en las cárceles francesas en su época de anarquista, en España con los
sindicalistas, en la URSS con las necesidades del periodo heroico y luego de la resistencia
oposicionista...Y al final México, esa magnífica y terrible capital mexicana, a cerca de dos mil
cuatrocientos metros de altura, de clima único, siempre límpido y suave...La tercera parte de los
refugiados españoles han muerto cardiacos. México no era el lugar apropiado para el coraz6n de
Víctor Serge.

Hacia las diez de la noche me separé de él en una calle céntrica. Me dio un vigoroso apretón de
manos. Fue a ver a su hijo Vlady y no lo encontró (Vlady: excelente dibujante y pintor, cuya
admiración por su padre crece con el tiempo). Se sintió desfallecer en medio de la calle; requirió
un taxi, tomó asiento en el interior y no pudo ni tan solo dar una dirección: quedó muerto en el
acto. El chofer llevó el cadáver del desconocido a un puesto de policía. Allí lo encontramos
pasada la medianoche. En una estancia desnuda y miserable, de muros grises, estaba tendido, la
espalda sobre una vieja mesa de operaciones mostrando las suelas agujeradas, una de ellas
completamente gastada, una camisa de obrero...Una tira de tela cerraba su boca, esa boca a la que
todas las tiranías del siglo no habían podido callar. Podría haber parecido un vagabundo recogido
por caridad. ¿Acaso no había sido un eterno vagabundo de la vida y de un ideal? Su rostro aún
tenía impresa una ironía amarga, una expresión de protesta, la última protesta de Víctor Serge, de
un hombre que, durante toda su vida, había protestado contra las injusticias humanas

Guardo un recuerdo particularmente penoso; si lo apunto aquí es como demostración de la


inmensa pobreza en medio de la cual murió Víctor Serge. Ante el cadáver, un amigo suyo
manifestó el deseo de comunicarme algo importante. ¿Qué revelación quería hacerme? Lo llevé
hacia el patio de la comisaría. "¿Quién me devolverá ciento cincuenta pesos que le presté a Víctor
hace una semana?". Estuve tentado de abofetearle.

Trasladamos el cadáver al salón principal de una empresa de pompas fúnebres. Le elegimos un


ataúd de cierto precio. Lo rodeamos de flores, Víctor Serge se lo merecía. Entre todos sus íntimos
juntos no teníamos con qué enterrarlo. Pero Víctor Serge se lo merecía. Pedí prestados mil
quinientos pesos: una fortuna. Al llenar la hoja para la inhumación y llegar a la nacionalidad le
puse "apátrida". Lo que era. El director de la empresa funeraria empezó a gritar que no se le podía
enterrar si no tenía una nacionalidad. ¿Cómo iba a enterrar él a un sin patria? Llamé a Vlady.
"¿Qué nacionalidad hubiera elegido tu padre de poder elegir?". "La española", me dijo sin
vacilar. El escritor ruso-belga-francés Víctor Serge está enterrado en México en el Panteón
Francés con la nacionalidad española.

París, marzo de 1957


Víctor Serge

LO QUE TODO REVOLUCIONARIO


DEBE SABER SOBRE LA REPRESION

Indice

Presentación
del Grupo Socialista Guernica

LO QUE TODO REVOLUCIONARIO DEBE SABER


SOBRE LA REPRESION

INTRODUCCION

1. LA OJRANA RUSA

• I. El policía. Su especial presentación


• II. La vigilancia exterior
• III. Los arcanos de la provocación
• IV. Instructivo sobre reclutamiento y servicio de agentes provocadores
• V. Una monografía de la provocación en Moscú (1912)
• VI. Expedientes de agentes provocadores
• VII. Un espectro. Una página de historial
• VIII. Malinovsky
• IX. La mentalidad del provocador, la provocación y el partido comunista
• X. La provocación, arma de dos filos
• XI. Los soplones rusos en el extranjero. El señor Raymond Recouly
• XII. Los gabinetes negros y la policía internacional
• XIII. Los criptogramas. De nuevo el gabinete negro
• XIV. Síntesis informativa. El método de las gráficas
• XV. Antropometría, filiación... y liquidación
• XVI. Estudio científico del movimiento revolucionario
• XVII. La protección de la persona del zar
• XVIII. Lo que cuesta una ejecución
• XIX. Conclusión. Por qué resulta invencible la revolución

2. EL PROBLEMA DE LA ILEGALIDAD

• I. Jamás ser ingenuo


• II. Experiencia de posguerra: no dejarse sorprender
• III. Los límites de la acción revolucionaria legal
• IV. Policías privadas
• V. Conclusiones

3. CONSEJOS SENCILLOS AL MILITANTE

• I. Seguir los pasos


• II. La correspondencia y los apuntes
• III. Conducta general
• IV. Entre compañeros
• V. En caso de detención
• VI. Frente a jueces y policías
• VII. Ingeniosidad
• VIII. Una recomendación fundamental

4. EL PROBLEMA DE LA REPRESION REVOLUCIONARIA

• I. ¿Ametralladora, máquina de escribir, o...?


• II. La experiencia de dos revoluciones
• III. El terror ha durado siglos
• IV. De Gallifet a Mussolini
• V. Ley burguesa y ley proletaria
• VI. Los dos sistemas. ¿Combatir los efectos o remontarse a las causas?
• VII. La violencia económica: por hambre
• VIII. La eliminación. Errores y abusos. Control
• IX. Represión y provocación
• X. ¿Cuándo es eficaz la represión?
• XI. Conciencia del riesgo y conciencia del fin

Primera edición: En 1925, con el título Ce que tout révolutionnaire soit savoir sur la répression.
Digitalización: Por Grupo Socialista Guernica; Convertido a html por Juan Fajardo, para el MIA.
Fuente: Victor Serge, Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión, publicado en
internet por Grupo Socialista Guernica (1997), por cortesía de quien aparece aquí y en cuya
página (http://www.geocities.com/gguernica/)

Víctor Serge

LO QUE TODO REVOLUCIONARIO


DEBE SABER SOBRE LA REPRESION

Presentación

El presente trabajo es la síntesis Víctor Serge quien luego de la Revolución de Octubre entra en
los archivos de la Ojrana, la policía de estado del zarismo. Eran los buenos tiempos de la III
Internacional, anteriores a su burocratización.

Lejos de ser un documento histórico, de las conclusiones de Serge se desprenden no pocas


lecciones para el presente. En primer lugar desmitifica el poder de los servicios de inteligencia y
policías políticas. La Ojrana fue modelo de policía de estado para su época, por ejemplo exportó
sus técnicas a no pocos países, entre ellos la Argentina. Sin embargo a la hora de enfrentarse a un
movimiento revolucionario insurreccional desnudó su total impotencia.

En segundo lugar muchas veces se teme porque no se conoce, conocer los fundamentos de toda
acción represiva sistemática y su metodología permite conocer de qué nos debemos cuidar pero
también conocer las imposibilidades de las fuerzas reaccionarias. Otro acierto importante de
Serge es poner el acento en la sistematicidad de la represión y en explicar su lógica interna. Esto
le permite advertir a los recién iniciados sobre las actitudes conspirativas que en nada ayudan.
Finalmente brinda sencillas advertencias a los militantes que en su esencia siguen siendo válidos:
los consejos en relación al correo bien pueden aplicarse hoy en sus fundamentos en relación con
los correos electrónicos así como todos los demás.

Editado por el Grupo Socialista Guernica

Publicado en Abril de 1997

Víctor Serge
LO QUE TODO REVOLUCIONARIO
DEBE SABER SOBRE LA REPRESION

INTRODUCCION
La victoria de la revolución en Rusia puso en manos de los revolucionarios todo el mecanismo de
la policía política más moderna, más poderosa y experimentada, forjada en más de cincuenta años
de lucha contra las élites de un gran pueblo.

Conocer los métodos y los procedimientos de esta policía, interesa de inmediato a todo militante:
la defensa capitalista emplea en todas partes los mismos medios; todas las policías, solidarias por
lo demás, se parecen.

Esa ciencia de la lucha revolucionaria, que los rusos adquirieron en más de medio siglo de
esfuerzos y sacrificios inmensos, los militantes de los países donde actualmente se desarrolla la
acción deberán asimilarla en un lapso mucho más corto, dadas las circunstancias creadas por la
guerra, por las victorias del proletariado ruso y por las derrotas del proletariado internacional:
crisis del capitalismo mundial, nacimiento de la Internacional Comunista, desarrollo repentino de
la conciencia de clase en la burguesía; fascismo, dictaduras militares, terror blanco, leyes inicuas.
Esto es necesario desde ahora. Si se tiene un buen conocimiento de los medios de que dispone el
enemigo, las pérdidas podrán ser menores. Resulta pues necesario, para un fin práctico, estudiar
bien el instrumento principal de toda reacción y de toda represión: esa máquina de estrangular
revueltas llamada policía. Nosotros lo logramos, porque el arma perfeccionada que forjó la
autocracia para defender su existencia -la Ojrana (la Defensiva), o Seguridad General del imperio
ruso cayó en nuestras manos.

Este estudio, para ser realizado a fondo, lo cual seria muy útil, exigiría un tiempo que el autor no
posee. Las páginas que siguen no pretenden suplirlo. Bastarán, espero, para poner sobre aviso a
los camaradas y para hacerles evidente una importante verdad que me conmovió desde la primera
visita a los archivos de la policía rusa: la de que no hay fuerza en el mundo capaz de contener la
marea revolucionaria cuando ésta asciende, y que todas las policías, no importa su
maquiavelismo, su ciencia y sus crímenes, son casi del todo impotentes.

El presente trabajo, publicado por primera vez en el Boletín comunista de noviembre de 1921, fue
completado cuidadosamente. Los problemas teóricos y prácticos que el estudio del mecanismo de
una policía no dejan de suscitar en la mente del lector obrero, cualquiera que- sea su formación
política, son examinados en dos nuevos ensayos. Los Consejos al militante, de cuya utilidad, no
obstante su evidente simplismo, la experiencia no permite dudar, esbozan las reglas primordiales
de la defensa obrera contra la vigilancia, la soplonería y la provocación.

Desde la guerra y la Revolución de Octubre, la clase obrera no se puede conformar con realizar
una tarea únicamente negativa, destructora. Se ha abierto la era de las guerras civiles. Sea su
actualidad algo cotidiano, o esté aplazada "por años", no es menos cierto que en la mayoría de los
partidos comunistas se presentan desde ahora las múltiples cuestiones de la toma del poder. A
principios de 1923, el orden capitalista de Europa parecía gozar de una estabilidad capaz de
descorazonar a los impacientes. Sin embargo, la ocupación "pacífica" del Ruhr, a fines de año,
hacía flotar sobre Alemania, tremendamente real, el espectro de la revolución.

Por otra parte, toda acción tendiente a la destrucción de las instituciones capitalistas necesita ser
complementada con una preparación, aunque sea teórica, de la obra creadora del mañana. "El
espíritu destructor decía Bakunin- es al mismo tiempo espíritu creador." Este gran pensamiento,
cuya interpretación literal, lamentablemente, ha alucinado a algunos revoltosos, se acaba de
convertir en una verdad práctica. El mismo espíritu de la lucha clasista lleva hoy a los comunistas
a destruir y a crear simultáneamente. De igual manera que el antimilitarismo actual necesita ser
complementado por la preparación del Ejército Rojo, el problema de la represión planteado por la
policía y la justicia burguesas tiene un aspecto positivo de gran importancia. He creído
conveniente definirlo a grandes rasgos. Debemos conocer los medios del enemigo; debemos
conocer también nuestra tarea en toda su amplitud.
Victor Serge, marzo de 1925

1.
LA OJRANA RUSA

I. El policía. Su especial presentación


La Ojrana sucedió, en 1881, a la famosa 3ª Sección del Ministerio del Interior. Pero no se
desarrolló verdaderamente sino a partir de 1900, fecha en la que fue encabezada por una nueva
promoción de gendarmes. Los viejos oficiales de gendarmería, principalmente de grados
superiores, consideraron contrario al honor militar dedicarse a determinados quehaceres
policiales. La nueva promoción pasó por alto aquellos escrúpulos y comenzó a organizar
científicamente la policía secreta, la provocación, la delación y la traición en los partidos
revolucionarios. De ella surgirán hombres eruditos y talentosos, como aquel coronel Spiridovich,
quien nos dejara una voluminosa Historia del partido socialista-revolucionario y una Historia
del partido socialdemócrata.

El reclutamiento, la instrucción y el adiestramiento profesional se realizaban con cuidados muy


especiales. En la Dirección General, cada uno tenía su ficha, documento completísimo en el que
incluso se hallan detalles graciosos. Carácter, grado de escolaridad, inteligencia, años de servicio,
todo está allí anotado con un propósito de utilidad práctica. Un oficial, por ejemplo, es calificado
como "limitado" -bueno para los empleos subalternos, siempre que se le trate con rigor-, y otro
señalado como "inclinado a cortejar a las damas".

Entre las muchas preguntas del cuestionario, destaco éstas: "¿Conoce los estatutos y programas
de los partidos? ¿De cuáles?" Y hallo que nuestro amigo cortejador de damas "conoce bien las
ideas socialistas-revolucionarias y anarquistas -regularmente las del partido socialdemócrata- y
superficialmente las del Partido Socialista Polaco". Hay aquí toda una erudición sabiamente
escalonada. Pero continuemos el examen de la misma ficha. Nuestro policía "¿ha seguido el curso
de historia del movimiento revolucionario? " "¿En cuántos y en cuáles partidos hay agentes
secretos?" ¿Intelectuales? ¿Obreros? Fácilmente se comprende que, para formar a sus sabuesos,
la Ojrana organizaba cursos en los que se estudiaba cada partido, sus orígenes, su programa, sus
métodos y hasta la biografía de los militantes conocidos.

Anotemos aquí que esta gendarmería rusa, adiestrada para los fines más delicados de la policía
política, no tenía nada en común con las gendarmerías de los países de Europa occidental. Su
equivalente lo tiene en las policías secretas de todos los Estados capitalistas.

II. La vigilancia exterior


Por principio, toda vigilancia es exterior. Se trata siempre de seguir al individuo, de conocer sus
actividades y sus movimientos, sus contactos, y luego de penetrar sus intenciones. Estos servicios
también están desarrollados en todas las policías y la organización rusa nos proporciona, sin
duda, el prototipo de todos los servicios parecidos.

Los agentes rusos (de vigilancia exterior) pertenecían, igual que los "agentes secretos" en realidad
soplones y provocadores- a la Ojrana o Seguridad Política. Eran parte del servicio de
investigaciones, que sólo podía detener a alguien por un mes; en general, el servicio de
investigaciones solía pasar sus detenidos a la Dirección de la gendarmería, la cual continuaba la
instrucción.

El servicio de vigilancia exterior era el más sencillo. Sus abundantes agentes, de los que
poseemos las fotografías de identidad, pagados con 50 rublos al mes, tenían por única tarea espiar
a la persona que se les designaba de hora en hora, de día y de noche, sin interrupción alguna. No
debían saber, en principio, ni su nombre ni el fin de tal espionaje, sin duda para precaver
cualquier torpeza o una traición. La persona vigilada recibía un sobrenombre; el Rubio, la
Patrona, Vladímir, el Cochero, etc. Hemos encontrado estos sobrenombres encabezando
informes diarios, en voluminosos infolios, que contenían los informes consignados por los
agentes. Los informes son de una minuciosa exactitud y no deben contener lagunas. El texto se
halla redactado más o menos como sigue:

El 17 de abril, a las 9.54 hs. de la mañana, el Ama salió de su casa, puso dos cartas en el correo
de la esquina de la calle Pushkin; entró a varios almacenes del bulevar x; entró a las 10.30 en el
número 30 de la calle Z, salió a las 11 y 20, etc.

En los casos más serios, dos agentes espiaban a la misma persona sin conocerse, sus informes se
confrontaban y complementaban.

Estos informes diarios eran enviados a la gendarmería para ser analizados por especialistas. Estos
funcionarios sabuesos de cámara de una peligrosa perspicacia, elaboraban cuadros sinópticos
para resumir las actividades y los movimientos de la persona, el número de sus visitas, su
regularidad, duración, etc.; en ciertas partes, estos esquemas permitían apreciar la importancia de
las relaciones de un militante y su probable influencia.

El policía Zubátov, quien hacia 1905 trató de apoderarse del movimiento obrero de los grandes
centros, creando en ellos sindicatos llevó el espionaje a su más alto grado de perfección. Sus
brigadas especiales podían seguir a un hombre por toda Rusia, incluso por toda Europa,
desplazándose tras él de ciudad en ciudad o de país en país. Los agentes secretos, por lo demás,
no debían reparar en gastos. El carnet de viáticos de uno de ellos, relativo al mes de enero de
1905, nos muestra una cifra de gastos generales que se elevaba a 637.35 rublos. Para que nos
imaginemos la cantidad del crédito de que gozaba un simple soplón, bastará con que recordemos
que, por esta época, un estudiante vivía fácilmente con 25 rublos al mes. Hacia 1911 aparece la
costumbre de enviar agentes secretos al extranjero para vigilar a los emigrados y para tomar
contacto con las policías europeas. Los soplones de su majestad imperial estuvieron a sus anchas
en todas las capitales del mundo.

La Ojrana tenía la particular misión de buscar y vigilar constantemente a determinados


revolucionarios, considerados como los más peligrosos, principalmente a los terroristas o a los
miembros del partido socialista-revolucionario que practicaban el terrorismo. Sus agentes debían
llevar siempre consigo colecciones de fotografías formadas de 50 a 70 retratos, entre los cuales,
al azar, reconocemos a Savinkov, al difunto Nathanson, a Argunov, a Avkséntiev (¡ay!), a
Karelin, a Ovsiánikov, a Vera Figner, a Pechkova (la señora Gorki), a Fabrikant. También
estaban a su disposición reproducciones del retrato de Marx, pues la presencia de este retrato en
un cuarto o en un libro constituía un indicio.

Un detalle cómico: la vigilancia exterior no se ejercía solamente sobre los enemigos del antiguo
régimen. Tenemos en nuestro poder agendas que atestiguan que las actividades y los
movimientos de los ministros del imperio no escapaban a la vigilancia de la policía. ¡Una Agenda
de control de las conversaciones telefónicas del Ministerio de Guerra, en 1916, nos muestra, por
ejemplo, cuántas veces por día diferentes personajes de la corte preguntaron por la precaria salud
de la señora Sujomlinov!
III. Los arcanos de la provocación
El mecanismo más importante de la policía rusa era seguramente su "agencia secreta", nombre
decente del servicio de provocación, cuyos orígenes se remontan a las primeras luchas
revolucionarias y que adquirió un desarrollo extraordinario después de la revolución de 1905.

Policías (llamados oficiales de gendarmería) preparados especialmente, instruidos y


seleccionados, se ocupaban del reclutamiento de los agentes provocadores. Sus mayores o
menores éxitos en ese dominio eran tomados en cuenta para calificarlos y hacerlos ascender.
Precisos instructivos establecían hasta los menores detalles de sus relaciones con los
colaboradores secretos. Especialistas altamente retribuidos reunían, finalmente, todas las
informaciones proporcionadas por los provocadores, las estudiaban, las ordenaban y las
archivaban en expedientes.

En los edificios de la Ojrana (Fontanka 16, Petrogrado) había una habitación secreta a la que sólo
entraban el director de la policía y el funcionario encargado de clasificar las piezas. Era el local
de la agencia secreta. Contenía fundamentalmente el anaquel con las fichas de los provocadores,
en el que encontramos más de 35 mil nombres. En la mayoría de los casos, el nombre del "agente
secreto" se hallaba reemplazado por un seudónimo por motivos de precaución, lo cual motivó que
la identificación de muchos de estos miserables, al caer los expedientes completos, después del
triunfo de la revolución, en manos de los camaradas, fuera particularmente difícil. El nombre del
provocador no debía ser conocido más que por el director de la Ojrana y por el oficial encargado
de mantener con él relaciones permanentes. Los mismos recibos que los provocadores firmaban
cada fin de mes, cobrados tan normal y pacíficamente como los recibos de los demás
funcionarios, por sumas que iban de 3, 10, 15 rublos mensuales hasta 150 o 200 como máximo no
aparecen por lo regular más que con el seudónimo. Pero la administración, desconfiando de sus
agentes y celosa de que los oficiales de gendarmería no inventaran colaboradores imaginarios,
procedía muy frecuentemente a minuciosas investigaciones para revisar las diferentes ramas de la
organización. Un inspector provisto de amplios poderes investigaba personalmente a los
colaboradores secretos, los entrevistaba a discreción, los despedía o les aumentaba el sueldo.
Agreguemos que sus informes eran cuidadosamente verificados -tanto como fuera posible- unos
mediante otros.

IV. Instructivo sobre reclutamiento y servicio de agentes provocadores


Veamos seguidamente un documento que podemos considerar como el abecé de la provocación.
Se trata del Instructivo relativo a la agencia secreta, folleto de 27 páginas mecanografiadas en
pequeño formato. Nuestro ejemplar (el número 35), trae además, en la parte superior estas tres
advertencias: "Muy secreto", "Uso confidencial", "Secreto profesional". ¡Qué insistencia en
recomendar misterio! Pronto se comprenderá por que.

Este documento, que denotaba conocimientos psicológicos y prácticos, espíritu meticulosamente


previsor, una muy curiosa mezcla de cinismo y de hipocresía moral oficial, habrá de interesar un
día a los psicólogos. Comienza con indicaciones generales:

La Seguridad Política debe tender a destruir el movimiento revolucionario en el momento de su


mayor actividad y no desviar su trabajo dedicándose a empresas menores.

De manera que el principio es: dejar desarrollarse el movimiento para luego liquidarlo mejor.

Los agentes secretos recibirán un trato fijo, proporcional a los servicios prestados.

La Seguridad debe:

Evitar con el mayor cuidado entregar a sus colaboradores. A este fin, no detenerlos ni dejarlos
en libertad más que cuando otros miembros de igual importancia pertenecientes a la misma
organización revolucionaria puedan ser detenidos o liberados.
La Seguridad debe:

Facilitar a sus colaboradores el ganar la confianza de los militantes.

Sigue un capitulo dedicado al reclutamiento.

El reclutamiento de agentes secretos debe ser la constante preocupación del director de


Investigaciones y de sus colaboradores. No deben desaprovechar ninguna oportunidad, aunque
presente pocas probabilidades de conseguir agentes...
Esta tarea es extremadamente delicada. Es necesario, para poder realizarla, tomar contacto
con los detenidos políticos...
Deberán ser considerados como propensos a ingresar al servicio los revolucionarios débiles de
carácter, los agraviados por el partido, los que vivan en la miseria, los evadidos de lugares de
deportación o los pendientes de ser deportados.

El Instructivo recomienda estudiar "con cuidado" las debilidades del individuo y aprovecharlas;
conversar con sus amigos y parientes, etc.; multiplicar "constantemente los contactos con los
obreros, con los testigos, con los padres, etc., sin jamás perder de vista el objetivo...".

¡ Extraña duplicidad del alma humana! Traduzco literalmente tres desconcertantes líneas:

Podemos utilizar los servicios de revolucionarios que se hallen en la miseria que, sin renunciar a
sus convicciones, acepten entregar informaciones por necesidad...

Entonces, ¿los había? Pero continuemos.

Colocar soplones junto con los detenidos es de una excelente utilidad.


Cuando una persona parece madura para entrar en el servicio -es decir, cuando se trata, por
ejemplo, de un revolucionario moralmente destruido, atribulado, desorientado tal vez por sus
propios fracasos-, deberán agregársele a su causa otras acusaciones peores para tenerlo mejor
atrapado.
Capturar a todo el grupo al que pertenece y conducir a la persona en cuestión ante el director
de la policía; tener motivos graves para acusarlo, reservándose sin embargo la posibilidad de
liberarlo al mismo tiempo que a los otros revolucionarios encarcelados, sin provocar escándalo.
Interrogar a la persona en una entrevista personal. Sacar ventaja, para convencerlo, de
querellas entre los grupos, de errores de militantes, de cosas que hieran su amor propio.

Se vislumbra, leyendo estas líneas, al policía paternal que se apiada de la suerte de su víctima:

Claro, mientras que usted irá a trabajos forzados por sus ideas, su camarada X..., quien le ha
jugado tan malas pasadas, se dará una vida regalada a costa suya. ¿Qué quiere? ¡ Justos pagan
por pecadores!
Esto puede resultar si se trata de un débil, o de alguien sobre el que pesan años de
deportación...
Tanto como sea posible, tener muchos colaboradores en cada organización.
La Seguridad debe ser la que dirija a sus colaboradores y no ser dirigida por ellos.
Los agentes secretos no deberán conocer jamás las informaciones proporcionadas por sus
colegas.

Y he aquí un pasaje que Maquiavelo no habría desaprobado:

Un colaborador nuestro que trabaja en puestos de segunda en una organización revolucionaria,


puede ascender en ésta con sólo que sean arrestados militantes de mayor importancia.
Mantener el absoluto secreto de la provocación es, naturalmente, uno de los mayores cuidados
de la policía.
El agente jura guardar secreto absoluto; al entrar en servicio no debe modificar en nada sus
costumbres habituales
Las relaciones con él son rodeadas de preocupaciones difícilmente superables. Pueden ser
asignadas entrevistas a colaboradores dignos de toda confianza. Tendrán lugar en apartamentos
clandestinos, compuestos por varias piezas que no tengan comunicación directa entre ellas,
donde, en caso de necesidad, se pueda aislar a diferentes visitantes. El encargado de la casa
debe ser un empleado civil. Jamás podrá recibir visitas personales. Tampoco deberá conocer a
los agentes secretos ni hablarles. Estará obligado a abrir personalmente, asegurándose de que
antes de su salida no haya nadie en las escaleras. Las entrevistas tendrán lugar en cuartos bajo
llave. No deberán descuidarse papeles comprometedores. Se tendrá cuidado de no sentar a
ningún visitante cerca de ventanas o espejos. A la menor sospecha, cambiar de apartamento.
El provocador no podrá, en ningún caso, presentarse en la Seguridad. No podrá emprender
ninguna misión importante sin el consentimiento de su jefe.
Los contactos se hacen por medio de señales convenidas de antemano. La correspondencia se
dirigirá a direcciones convencionales.
Las cartas de los colaboradores secretos deben estar escritas con escritura irreconocible y no
contendrán sino expresiones corrientes. Servirse de papel y de sobres que estén de acuerdo con
el nivel social del destinatario. Emplear tinta simpática. El colaborador deposita él mismo sus
cartas. Cuando las recibe, está obligado a quemarlas después de haberlas leído. Las direcciones
convencionales no deben apuntarse nunca.

Un problema grave era el de liberar a un agente secreto arrestado entre los que él había
entregado. A este respecto, el instructivo no recomienda emplear el recurso de la evasión, pues:

Las evasiones llaman la atención de los revolucionarios. Previamente a la liquidación de


cualquier organización, consultar a los agentes secretos acerca de las personas que deberán
dejarse en libertad, con vistas a no traicionar a nuestros medios de información.

V. Una monografía de la provocación en Moscú (1912)


Otra pieza escogida en los archivos de la provocación nos ayudará a abarcar la extensión de ésta.
Se trata de una especie de monografía de la provocación en Moscú, en 1912. Es el informe de un
alto funcionario, el señor Vissariánov, quien fuera comisionado aquel año para hacer un viaje de
inspección a la agencia secreta de Moscú.

El señor Vissariánov cumplió su misión del 1º de abril al 22 del mismo mes. Su informe
constituye un grueso cuaderno mecanografiado. Consagra a cada provocador, señalado, claro
está, por su seudónimo, una noticia detalladísima. Las hay muy curiosas.

El 6 de abril de 1912 había en Moscú 55 agentes provocadores oficialmente en funciones. Se


repartían como sigue:

Socialistas revolucionarios, 17; socialdemócratas, 20; anarquistas, 3; estudiantes (movimiento de


las escuelas), 11; instituciones filantrópicas, etc., 2; sociedades científicas, 1; zemstvos, 1.
Además, "la agencia secreta de Moscú controla también a la prensa, a los octubristas (partido K.
D. constitucional-democrático), a los agentes de Búrtzev, a los armenios, a la extrema derecha y a
los jesuitas".

Los colaboradores eran caracterizados en informes bastante concisos.

Partido socialdemócrata. Fracción bolchevique. Portnói (el Sastre), tornero en madera,


inteligente. En servicio desde 1910. Recibe 100 rublos al mes. Colaborador muy bien informado.
Será candidato a la Duma. Participó en la conferencia bolchevique de Praga. De 5 militantes
enviados desde Rusia a esta conferencia, 3 fueron detenidos...

Por lo demás, en cuanto a la conferencia bolchevique de Praga, nuestro alto funcionario de


policía se congratulaba de los resultados obtenidos por los agentes secretos. Algunos habían
logrado infiltrarse en el Comité Central, y uno de ellos, un soplón, fue comisionado por el partido
para introducir literatura en Rusia. "Así tenemos a todo el aparato de propaganda", constata
nuestro policía.

Aquí se impone un paréntesis. Sí, ellos tenían en las manos, en ese momento, el aparato de
propaganda bolchevique. Pero, ¿la eficacia de esta propaganda se aminoró? ¿La palabra escrita de
Lenin perdió algo de su valor al pasar por las manos de los soplones? La palabra revolucionaria
tiene su fuerza en ella misma, sólo necesita ser escuchada. No importa quién la transmita. El éxito
de la Ojrana habría sido de verdad decisivo si hubiera logrado impedir aprovisionarse a las
organizaciones bolcheviques de literatura procedente del extranjero. Pero no podía hacerlo más
que en cierta medida, a riesgo de desenmascarar a sus cuadros.

VI. Expedientes de agentes provocadores

¿Qué es un agente provocador? Poseemos millares de expedientes donde hallamos una


documentación abundante sobre las personas y las actividades de estos miserables. Ojeemos
algunos:

Expediente 378. Julia Oréstovna Serova (alias Pravdivy [la Verídica] y Uliánova). A una
pregunta del ministro sobre la hoja de servicio de esta colaboradora despedida (por estar
"quemada"), el director de la policía responde enumerando sus excelentes trabajos. La carta tiene
cuatro largas páginas. Yo la resumo, pero en términos casi textuales:

Julia Oréstovna Serova fue empleada, de septiembre de 1907 a 1910, en la vigilancia de las
organizaciones socialdemócratas. Ocupaba puestos relativamente importantes en el partido, y por
ello pudo rendirnos grandes servicios, tanto en Petersburgo como en provincias. Toda una serie
de arrestos fue lograda gracias a sus informaciones.

En septiembre de 1907 hizo arrestar al diputado de la Duma, Sergio Saltykov.

A fines de abril de 1908 hizo arrestar a 4 militantes: Ríkov, Noguin, Gregorio y Kamenev.

El 9 de marzo de 1908 hizo arrestar una asamblea completa del partido.

En el otoño de 1908 hizo arrestar al miembro del Comité Central, Inocente Dubrobsky.

En febrero de 1909 hizo decomisar los materiales de una imprenta clandestina y allanar la oficina
de pasaportes del partido.

El 1º de marzo de 1905 hizo arrestar a todo el comité de Petersburgo.

Contribuyó, además, a arrestar a una banda de expropiadores (mayo de 1907), a decomisar


remesas de literatura y especialmente el transporte de literatura ilegal por Vilna. En 1908 nos
tuvo al corriente de todas las reuniones del Comité Central e indicó la composición de los
comités. En 1909 participó en una conferencia del partido en el extranjero, de la que nos informó.
En 1909 controló las actividades de Alexis Ríkov.

Esa era su bella hoja de servicios. Pero Serova terminó por "quemarse". Su marido, diputado de
la Duma, declaró en los diarios de la capital que ya no la consideraba su mujer. Esto fue
comprendido. Como ya no podía prestar servicios, sus superiores jerárquicos le dieron las
gracias. Cayó en la miseria. El expediente está colmado de cartas que enviaba al director de la
Seguridad: protestas de fidelidad, recordatorios de servicios prestados, pedidos de ayuda.

No conozco nada más aflictivo que estas cartas escritas con letra nerviosa y apretada de
intelectual. La "provocadora desocupada", como ella se califica en alguna parte, parece
acorralada, hostigada por la miseria, en una total desintegración moral. Es necesario subsistir. No
sabe hacer nada con las manos. Su desarreglo interior le impide hallar una solución, un trabajo
simple y razonable.

El 16 de agosto de 1912, le escribe al director de la policía:

Mis dos hijos, de los cuales el primogénito tiene 5 años, carecen de vestidos y de calzado.
Carezco de mobiliario. Estoy demasiado mal vestida para poder encontrar trabajo. Si usted no
me asigna un socorro, me veré obligada al suicidio...
Le asignan 150 rublos.

El 17 de septiembre, en otra carta, a la que se adjunta una misiva para su marido, que el director
de policía tendrá a bien poner al correo:

Usted verá, en la última carta que escribo a mi marido, que en vísperas de acabar con mi vida
todavía niego haber servido a la policía. He decidido acabar. No es comedia, ni efectismo. Ya no
me creo capaz de recomenzar la vida.

Sin embargo, Serova no se matará todavía. Algunos días más tarde denuncia a un anciano señor
que esconde armas.

Las cartas forman un grueso volumen. He aquí una, conmovedora: unas pocas líneas de
despedida para el hombre que fuera su marido:

Con frecuencia he sido culpable respecto a ti. Incluso hasta ahora no te había escrito. Pero
olvida lo malo y recuerda sólo nuestra vida en común, nuestro trabajo común, y perdóname.
Dejo la vida. Estoy cansada. Siento que muchas cosas se han roto dentro de mí. No podría
maldecir a nadie; pero ¡malditos sean los "camaradas"!

¿Dónde comienza, en estas cartas, la sinceridad? ¿Dónde acaba la doblez? No se sabe. Estamos
frente a un alma compleja, malvada, dolorosa, manchada, prostituida, desnuda.

Sin embargo, la Seguridad no fue sorda a sus llamados. Cada una de las cartas de la Serova, de
puño y letra del jefe de servicios, lleva al reverso la resolución del director: "Enviarle 250
rublos", "Destinarle 50 rublos". La vieja colaboradora anuncia la muerte de uno de sus hijos.
"Verificarlo", escribe el director. Después, pedirá que se le facilite una máquina de escribir para
aprender mecanografía. La Seguridad no tiene máquinas disponibles. Finalmente, sus cartas se
hacen más y más apremiantes.

En nombre de mis hijos -escribe el 14 de diciembre- le escribo con lágrimas y sangre.


Concédame un último socorro de 300 rublos. Con eso me bastará.

Se le concede, a cambio de que deje Petrogrado. En total, en 1911, Serova recibe 743 rublos en
tres remesas; en 1912, 788 rublos en seis remesas. En aquella época, esto era considerable.

Luego de un último socorro enviado en febrero de 1914, Serova recibe un pequeño empleo en la
administración de ferrocarriles. Bien pronto lo perderá por estafar pequeñas sumas a sus
compañeros de trabajo. Se anota en su expediente: "Culpable de extorsión. Ya no merece ninguna
confianza." Bajo el nombre de Petrova logra, sin embargo, entrar al servicio de la policía de
ferrocarriles donde, descubierta, la despiden. En 1915 todavía solicita un empleo como delatora.
El 28 de enero de 1917, en vísperas de la revolución, esta anciana secretaria de un comité
revolucionario le escribía a "Su excelencia, señor Director de la Policía", le recordaba sus buenos
y leales servicios y le proponía informarle de la actividad del partido socialdemócrata, en el que
podía hacer entrar a su segundo marido.

En vísperas de los grandes acontecimientos que se sienten venir, sufro por no poderos ser útil.

Expediente 383. Osipov, Nicolái Nicoláievich Veretsky, hijo de un pope. Estudiante. Colaborador
secreto desde 1903, para vigilar la organización socialdemócrata y la juventud de las escuelas de
Pavlograd.

Enviado a Petersburgo por el partido en 1905, con la misión de introducir armas en Finlandia, se
presenta inmediatamente a la dirección de la policía para recibir instrucciones.

Al sospechar de él sus compañeros, es arrestado, permanece 3 meses en la sección secreta de la


Ojrana y logra ser enviado al extranjero a fin de "rehabilitarse a los ojos de los militantes".

Cito textualmente la conclusión de un informe:

Veretsky da la impresión de ser un hombre muy inteligente y culto, de una gran modestia,
concienzudo y honesto; digamos en su alabanza que la mayor parte de sus honorarios (150
rublos) los dedica a sus ancianos padres.
En 1915, este excelente joven se retira del servicio y recibe todavía doce mensualidades de 75
rublos.

Expediente 317. El Enfermo. Vladímir Ivánovich Lorberg. Obrero. Escribe torpemente. Trabaja
en una fábrica y recibe 10 rublos al mes. Un proletario de la provocación.

Expediente 81. Serguéi Vasilievich Práotsev, hijo de un miembro de la Narodnaia Volia, se jacta
de haber crecido en un medio revolucionario y de poseer vastas y útiles relaciones.

Poseemos millares de expedientes parecidos.

Porque la bajeza y la miseria de ciertas almas humanas son insondables.

Todavía no nos hemos ocupado de los expedientes de dos colaboradores secretos cuyos nombres
diremos. Deben, sin embargo, ser mencionados aquí como casos típicos: un intelectual valioso,
un tribuno.

Stanislaw Brozozowski, escritor polaco de apreciable talento, respetado por la juventud, autor de
ensayos críticos sobre Kant, Zola, Mijailovsky, Avenarius, "heraldo del socialismo, en el cual
veía la más profunda síntesis del espíritu humano y del que quisiera hacer un sistema filosófico
que abarcara la naturaleza y la sociedad" (Naprzod, 5 de mayo de 1908), autor de la novela
revolucionaria La llama, reclutado por la Ojrana de Varsovia por sus relaciones en los medios
revolucionarios y "progresistas", con honorarios mensuales de 150 rublos.

El pope Gapón, alma de todo el movimiento obrero de Petersburgo y Moscú antes de la


revolución de 1905; organizador de la manifestación obrera de enero de 1905, ensangrentada bajo
las ventanas del Palacio de Invierno por las descargas de fusilería dirigidas sobre una multitud
suplicante encabezada por dos sacerdotes que portaban en alto el retrato del zar; el pope Gapón,
verdadera encarnación de un momento de la Revolución Rusa, terminó vendiéndose a la Ojrana
y, convicto del delito de provocación, fue colgado por el socialista-revolucionario Ruthemberg.

VII. Un espectro. Una página de historia


Todavía hoy, están lejos de haber sido identificados todos los agentes provocadores de la Ojrana
cuyos expedientes poseemos.

No pasa mes sin que los tribunales revolucionarios de la Unión Soviética juzguen a algunos de
estos hombres. Se los encuentra, se los identifica por azar. En 1924, un miserable se nos apareció,
regresando hasta nosotros desde un pasado de cincuenta años, como en un acceso de náusea, y
era un perfecto espectro. Este espectro evocaba una página de historia, y la intercalamos aquí sólo
para proyectar en estas páginas de cieno un poco de la luz del heroísmo revolucionario.

Este agente provocador había rendido 37 años de buenos servicios (de 1880 a 1917) y, ya anciano
encanecido. burló durante siete años las pesquisas de la Cheka.

Hacia 1879, el estudiante de 20 años Okladsky, revolucionario desde los 15, miembro del partido
de la Narodnaia Volia [La Voluntad del Pueblo], terrorista, preparó con Jeliabov un atentado
contra el zar Alejandro II. El tren imperial debía saltar. Pasó sobre las minas sin estorbo. El
aparato infernal no funcionó .¿Accidente fortuito? Así se pensó. Sin embargo, 16 revolucionarios,
entre ellos Okladsky, debieron responder por el "crimen". Okladsky fue condenado a muerte.
¿Comenzaba su brillante carrera? ¿Había comenzado ya? La clemencia del emperador le concede
la vida, a cambio de prisión perpetua.

Ahí comienza, en todo caso, la serie de inapreciables servicios que Okladsky habría de rendir a la
policía del zar. En la larga lista de revolucionarios que entregará, hay cuatro de los nombres más
hermosos de nuestra historia: Baránnikov, Jeliabov, Trigoni, Vera Figner. De esos cuatro, la
única que sobrevive es Vera Nicoláievna Figner. Pasó veinte años en la fortaleza de
Schlusselburg. Baránnikov murió. Trigoni, luego de haber sufrido veinte años en Schlusselburg y
pasado cuatro de exilio en Shajalin, vio antes de morir, en 1917, el derrumbe de la autocracia.
Jeliabov murió en el patíbulo.

Estos valientes pertenecían a la Narodnaia Volia, primer partido revolucionario ruso que, antes
del nacimiento del movimiento proletario, le había declarado la guerra a la autocracia. Su
programa proponía una revolución liberal, cuyo cumplimiento habría significado para Rusia un
progreso inmenso. En una época en que ninguna otra acción era posible, se sirvió del terrorismo,
golpeando sin cesar al zarismo enloquecido por momentos, y decapitado el 1º de marzo de 1881.
En la lucha de este puñado de héroes contra toda la vieja sociedad poderosamente armada se
crearon las costumbres, las tradiciones, las mentalidades que, perpetuadas por el proletariado,
habrían de templar numerosas generaciones para la victoria de octubre de 1917. De todos estos
héroes, Alexandr Jeliabov fue quizá el más grande, y rindió sin duda los más grandes servicios al
partido que había contribuido a fundar. Denunciado por Okladsky, se le detiene el 27 de febrero
de 1881, en un departamento de la perspectiva Nevsky, en compañía de un joven abogado de
Odesa, Trigoni, miembro también del misterioso Comité Ejecutivo de la Narodnaia Volia. Dos
días más tarde, las bombas del partido despedazaban a Alejandro II en una calle de San
Petersburgo. Al día siguiente, las autoridades judiciales recibían de Jeliabov una carta asombrosa,
desde la prisión de Pedro y Pablo. Rara vez jueces y monarca recibirían bofetada semejante. Rara
vez jefe alguno de partido sabría cumplir con tal firmeza su último deber. La carta decía:

Si el nuevo soberano, recibiendo el cetro de manos de la revolución, proyecta tener consideración


por los regicidas al antiguo modo; si proyecta ejecutar a Rissakov, seria una irritante injusticia
concederme la vida a mí, que tantas veces he atentado contra la vida de Alejandro II y a quien
sólo un azar fortuito impidió participar en su ejecución. Me siento muy inquieto pensando que el
gobierno podría concederle mayor precio a la justicia formal que a la justicia real y adornar la
corona del nuevo monarca con el cadáver de un joven héroe, solamente a causa de falta de
pruebas formales contra mí, que soy un veterano de la revolución.

Con todas las fuerzas de mi alma protesto contra esta iniquidad.

Sólo la cobardía del gobierno podría explicar que no se levantaran dos horcas en vez de una.

El nuevo zar Alejandro III hizo alzar seis horcas para los regicidas. En el último momento, una
joven, Jesy Helfman, que se hallaba encinta, fue perdonada. Jeliabov murió junto a su compañera
Sofía Peróvskaya, junto a Rissakov (que había defeccionado inútilmente), junto a Mijailov y
junto al químico Kibalchich. Mijailov sufrió tres veces el suplicio. Dos veces, la cuerda del
verdugo se rompió. Dos veces cayó Mijailov, envuelto en su sudario y encapuchado, para
levantarse por sí mismo.

El provocador Okladsky, mientras tanto, continuaba sus servicios. ¡Entre la generosa juventud
que incansablemente "iba al pueblo", a la pobreza, la prisión, el exilio, la muerte para abrir el
camino de la revolución, era fácil propinar golpes ocultos! Apenas llegado a Kiev, Okladsky
entrega a Vera Nikoláievna Figner al policía Sudeikin. Luego sirve en Tbilisi como un
profesional de la traición, experto en el arte de relacionarse con los mejores hombres, de
conquistar simpatías, de fingir entusiasmo, para hacer luego, un buen día, una señal, enterrar
vivos a sus camaradas... y recibir las esperadas gratificaciones.

En 1889, la Seguridad imperial lo llama a San Petersburgo. El ministro Durnovo, purificando a


Okladsky de todo pasado indigno, lo convierte en el "honorable ciudadano" Petrovsky, siempre
revolucionario, claro está, y confidente de revolucionarios. Habría de continuar "en actividad"
hasta la revolución de marzo de 1917. Hasta 1924 logró hacerse pasar por un pacífico habitante
de Petrogrado. Más tarde, encerrado en Leningrado, en la misma prisión donde muchas de sus
víctimas esperaron la muerte, aceptó escribir la confesión de su vida hasta el año 1890.

Más allá de esta fecha, el viejo agente provocador no quiso decir palabra. No consintió en hablar
de un pasado del cual casi nadie de entre los revolucionarios sobrevivía, pero que él pobló de
muertos y mártires.

El tribunal revolucionario de Leningrado juzga a Okladsky en la primera quincena de enero de


1925. La revolución no se venga. Este espectro pertenecía a un pasado demasiado remoto y
demasiado muerto. El proceso, dirigido por veteranos de la revolución, parecía un debate
científico de historia y de psicología. Era el estudio del más lastimoso de los documentos
humanos. Okladsky fue condenado a diez años de prisión.

VIII. Malinovsky

Detengámonos todavía brevemente en un caso de provocación de los que la historia del


movimiento revolucionario conociera tantos: la provocación de un jefe de partido. He aquí la
enigmática figura de Malinovsky.(1)

Una mañana de 1918 el terrible año que siguió a la Revolución de Octubre: guerra civil,
requisiciones rurales, sabotajes técnicos, complots, sublevación de los checos, intervenciones
extranjeras, paz asquerosa (según la definición de Lenin) de Brest-Litovsk, dos tentativas de
asesinato contra Vladímir Ilich. Una mañana de aquel año, un hombre se presentó tranquilamente
al comandante del Smolny (Soviet de Petrogrado) y le dijo:

-Soy el provocador Malinovsky. Le ruego arrestarme.

El humor tiene lugar en toda tragedia. Impávido, el comandante del Smolny hizo poner en la
puerta a aquel inoportuno.

-¡A mí nadie me manda, ni es mi trabajo arrestarlo!

-Entonces hágame conducir al comité del partido.

Y en el comité se reconocerá con asombro al hombre más execrable, al más despreciable del
partido. Se le arresta.

Su carrera, en dos palabras, es ésta:

Anverso: un adolescente difícil, tres condenas por robo. Muy dotado, muy activo, militante de
diversas organizaciones, tan apreciado que en 1910 se le ofrece ingresar al Comité Central del
Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, y durante la conferencia bolchevique de Praga (1912)
ingresa al CC efectivamente. A fines del mismo año es diputado bolchevique en la IV Duma del
Imperio. En 1913 es presidente del grupo parlamentario bolchevique.

Reverso: chivato de la Ojrana (Ernesto, luego el Sastre) desde 1907. A partir de 1910, honorarios
de 100 rublos mensuales (principesco). El ex jefe de la policía Beletsky, dice: "Malinovsky era el
orgullo de la Seguridad, que lo preparaba para ser ano de los jefes del partido." Hizo arrestar a
grupos de bolcheviques en Moscú, Tula, etc. Entrega a la policía a Miliutin, Noguin, Maria
Smidóvich, Stalin, Sverdlov. Denuncia a la Ojrana los archivos secretos del partido. Es elegido
en la Duma con la ayuda tan discreta como eficaz de la policía...

Desenmascarado, recibe del Ministerio del Interior una fuerte recompensa y desaparece.
Sobreviene la guerra. Hecho prisionero en combate, recomienza su militancia en el campo de
concentración. Retorna finalmente a Rusia, para declarar al tribunal revolucionario: "¡ Hacedme
fusilar! " Revela haber sufrido enormemente con su existencia dual; no haber comprendido
verdaderamente la revolución sino tardíamente; haberse dejado ganar por la ambición y el
espíritu de aventura. Krylenko refuta despiadadamente que esta argumentación fuese sincera: "¡El
aventurero juega su última carta!"

Una revolución no puede detenerse en descifrar enigmas psicológicos. No puede correr el riesgo
de ser estafada una vez más por un jugador turbulento y apasionado. El tribunal revolucionario
emitió el veredicto reclamado a la vez por el acusador y el acusado. La misma noche, pocas horas
más tarde, Malinovsky, cuando atravesaba un solitario patio del Kremlin, recibió
subrepticiamente una bala en la nuca.
IX. La mentalidad del provocador, la provocación y el partido comunista
Aquí se nos presenta el problema de la psicología del provocador. Psicología morbosa, segura-
mente, pero que no debe sorprendernos más de lo debido. Hemos visto, en el Instructivo de la
Ojrana, a qué personas "trabaja" la policía y por qué medios. Una Serova, considerada débil de
carácter, vive difícilmente, milita con valor. Se la arresta. Bruscamente arrancada de su medio, se
siente perdida. Los trabajos forzados la esperan, quizás la horca. Bien podría decir una palabra,
una sola palabra, sobre alguien que, precisamente, le ha hecho daño... Vacila. Le basta un instante
de cobardía; o quizás hay demasiada cobardía en el fondo del ser humano. Lo más terrible es que,
en adelante, no podrá resistirse más. Ahora la tienen en sus manos. Si se niega a continuar, se le
arrojará a la cara, en pleno tribunal, su primera delación. A la vuelta del tiempo se acostumbrará a
las ventajas materiales de esta odiosa situación, tanto más cuanto que en el secreto de su actividad
se sentirá perfectamente segura...

Pero no hay sólo estos agentes secretos por cobardía: hay, y son mucho más peligrosos, los
diletantes, aventureros que no creen en nada, hastiados del ideal que servían hasta hacia poco,
prendados del peligro, de la intriga, de la conspiración, de un complicado juego en el que se
burlan de todo el mundo. Pueden tener talento, actuar un papel casi indescifrable. Tal parece
haber sido Malinovsky. La literatura rusa que siguió a la derrota de 1905 nos ofrece muchos
casos psicológicos de una perversión semejante. El revolucionario ilegal -sobre todo el terrorista
adquiere un temple de carácter, una voluntad, un valor, un amor al peligro terribles. Si entonces,
al influjo de pequeñas experiencias personales -fracasos, decepciones, extravíos intelectuales- o
por la derrota temporal del movimiento, llega a perder su idealismo, ¿en qué puede convertirse?
Si de verdad es fuerte, escapará a la neurastenia y al suicidio; pero también es muy probable que
se convierta en un aventurero sin fe, al que todos los medios le parecerán buenos para lograr sus
fines personales. Y la provocación es un medio que, de proponérsele, seguramente lo tentará.

Todos los movimientos de masas que abarcan millares y millares de hombres arrastran escorias
semejantes. No debe asombrarnos. La acción de semejantes parásitos no tiene sino un ínfimo
poder sobre el vigor y la salud moral del proletariado. Creemos que, cuanto más el movimiento
revolucionario sea proletario, es decir, netamente, enérgicamente comunista, menos le serán
peligrosos los agentes provocadores. Existirán probablemente mientras haya lucha social. Pero
son individualidades a las que el hábito del trabajo y del pensamiento colectivo, de la disciplina
estricta, de la acción calculada por las masas e inspira- da por una teoría científica de la situación
social, ofrece escasas posibilidades de hazañas. Nada más contrario al aventurerismo pequeño o
grande, en efecto, que la acción amplia, seria, profunda y metódica de un gran partido marxista
revolucionario, incluso ilegal. La ilegalidad comunista no es la de los carbonari, la preparación
comunista de la insurrección no es la de los blanquistas. Los carbonari y los blanquistas eran
puñados de conspiradores, dirigidos por algunos idealistas inteligentes y enérgicos. Un partido
comunista, incluso numéricamente débil, representa siempre, por su ideología, a la clase obrera.
Encarna la conciencia de clase de centenares de miles o de millones de hombres. Su papel es
inmenso, ya que es el de cerebro de un sistema nervioso, pero inseparable de las aspiraciones, de
las necesidades, de la actividad del proletariado entero, de manera que los designios individuales,
cuando no se ajustan a las necesidades del partido o lo que es igual, al proletariado(2) pierden
mucha de su importancia.

En este sentido, el partido comunista es, entre todas las organizaciones revolucionarias que la
historia ha producido hasta hoy, la menos vulnerable a los golpes de la provocación.

X. La provocación, arma de dos filos


Algunos expedientes especiales contienen las ofertas de servicio dirigidas a la policía. He ojeado
al azar un tomo de correspondencia con el extranjero, donde se puede ver sucesivamente a un
súbdito danés poseedor de instrucción superior" y a un "estudiante salido de buena familia"
solicitar empleo en la policía secreta de su majestad el zar de Rusia...

Las múltiples ayudas monetarias concedidas a Serova, dan fe de la atención de la policía con
relación a sus servidores, incluso los retirados. La administración no ponía en la lista negra sino a
los agentes sorprendidos en flagrante delito de fraude o de extorsión. Calificados como
"chantajistas", e inscritos en las listas negras, perdían todo el derecho al reconocimiento del
Estado.

Los otros, en cambio, podían obtener todo. Prórrogas o dispensas del servicio militar, perdones,
amnistías, favores diversos tras condenas oficiales, pensiones temporales o de viaje, todo, incluso
favores del mismo zar. Se vio al zar conceder a viejos provocadores nombres y apellidos nobles.
El apellido y el nombre tenían, según el rito ortodoxo, valor religioso; el jefe espiritual de la
iglesia rusa infringía así las leyes de la misma religión. ¡Todo era poco para gratificar a un buen
soplón!

La provocación terminó convirtiéndose en toda una institución. La cifra completa de personas


que a lo largo de veinte años de movimiento revolucionario rindieron servicios a la policía, puede
variar entre los 35 y los 40 mil. Se estima que la mitad de ellos, más o menos, fue
desenmascarada. Algunos miles de antiguos soplones y provocadores sobreviven todavía hoy
impunemente en la misma Rusia, pues su identificación todavía no ha sido posible. Entre esta
multitud habla hombres de valor e incluso algunos que desempeñaron un papel importante en el
movimiento revolucionario.

A la cabeza del partido socialista-revolucionario y de su organización de choque, se hallaba,


hacia 1909, el ingeniero Evno Azev, quien, a partir de 1890, firmaba con su nombre sus informes
a la policía. Azev fue uno de los organizadores de la ejecución del gran duque Sergio, de la del
ministro Plehve y de muchos otros. Era él quien dirigía, antes de enviarlos a la muerte, a héroes
tales como Kaliáev y Egor Sazónov.(3)

En el Comité Central bolchevique, encabezando su fracción en la Duma, se hallaba, como vimos,


el agente secreto Malinovsky.

La provocación, al alcanzar semejante amplitud, se convertía también en un peligro para el


régimen que servía y sobre todo para los hombres de ese régimen. Se sabe, por ejemplo, que uno
de los más altos funcionarios del Ministerio del Interior, el policía Rachkovsky, conoció y aprobó
los proyectos de ejecución de Plehve y del gran duque Sergio. Stolypin,(4) perfectamente
enterado de los casos, se hacia acompañar en sus salidas por el jefe de la policía Guerásimov,
pues su presencia le parecía una garantía contra los atentados cometidos por instigación de los
provocadores. Stolypin fue, sin embargo, muerto por el anarquista Bagrof, que había pertenecido
a la policía.

La provocación, a pesar de todo, prosperaba todavía en el momento de estallar la revolución. Los


agentes provocadores recibieron su última mensualidad en los días finales de febrero de 1917,
una semana antes del derrumbe de la autocracia.

Revolucionarios abnegados se vieron tentados a servirse de la provocación. Petrov, socialista-


revolucionario, quien dejara memorias dé un intenso dramatismo, entró a la Ojrana para
combatirla mejor. Hecho prisionero y habiendo experimentado un primer rechazo por parte del
director dé la policía, se finge loco para lograr ser enviado a un asilo de donde la evasión fuera
posible, lográndolo, y regresa, ya libre, a ofrecer sus servicios. Pero - convencido pronto dé que
había llegado demasiado lejos y de que traicionaba a su pesar, Petrov se suicida luego de haber
ejecutado al coronel Kárpov (1909).

El maximalista(5) Salomón Ryss (Mortimer), organizador de un grupo terrorista extremadamente


audaz (1906-07), llega a burlarse un tiempo de la Seguridad, dé la que se habla convertido en
colaborador secreto. El caso de Salomón Ryss constituye una excepción digna de mencionarse,
casi increíble, que no se explicaría más que por los muy particulares hábitos de la Ojrana después
de la revolución de 1905. Por regla general, es imposible burlar a la policía; es imposible para un
revolucionario penetrar en sus secretos. El agente secreto de más confianza no tiene relación sino
con uno o dos policías, a los que nada les puede sacar, pero a los que, sin embargo, les son útiles
hasta las menores palabras e incluso las mentiras que se les diga, las que son aclaradas en el
mismo día.(6)
El desarrollo de la provocación, por otra parte, indujo a veces a la Ojrana a urdir complicadas
intrigas en las que a menudo no pudo decir la última palabra. Fue así como, en 1907, resultó
necesario para sus designios hacer evadirse al mismo Ryss. Para lograrlo, el director dé la policía
no vacila en llegar incluso al crimen. Cumpliendo instrucciones, dos gendarmes organizaron la
fuga del revolucionario. La encuesta judicial, torpe- - mente conducida, reveló su participación.
Llevados a consejo de guerra y degradados oficialmente por sus superiores, se les condenó a
trabajos - forzados.

XI. Los soplones rusos en el extranjero.


El señor Raymond Recouly
Naturalmente, las ramificaciones de la Ojrana se extendían hasta el extranjero. Sus archivos
incluían informaciones relativas a la gran cantidad de personas que vivían entonces más allá de
las fronteras del Imperio y que incluso jamás habían estado en Rusia. Recién llegado a Rusia por
primera vez en 1919, hallé una serie de fichas sobre mi persona. La policía rusa seguía con la
mayor atención las actividades de los revolucionarios en el extranjero. Acerca del caso de los
anarquistas rusos Troianovsky y Kirichek, capturados durante la guerra de París, encontré
voluminosos expedientes. La reseña de los interrogatorios celebrados en el Palacio de Justicia de
París, estaba completa. Por lo demás, rusos o extranjeros, los anarquistas estaban totalmente
vigilados en todas las partes, a cargo dé la Ojrana, la que para aquel fin mantenía una
correspondencia constante con los servicios de seguridad de Londres, Roma, Berlín, etc.

En todas las capitales importantes residía permanentemente un jefe de policía ruso. Durante la
guerra, M. Krassílnikov, oficialmente consejero de la Embajada, desempeñaba este delicado
puesto en París.

En el momento de estallar la revolución en Rusia, unos quince agentes provocadores trabajaban


en París entre los diferentes grupos de emigrados rusos. Cuando el último embajador del último
zar debió entregar la legación a un sucesor nombrado por el gobierno provisional, una comisión
integrada por altos personajes de la colonia dé emigrados en París, se encargó de estudiar los
papeles del señor Krassílnikov. Sin dificultad identificaron a los agentes secretos. Hallaron, entre
otras sorpresas, que un miembro de la prensa francesa, patriota de buen tono, aparecía en la rue
de Grenelle en calidad de soplón y espía. Se trataba del señor Raymond Recouly, redactor
entonces de Le Figaro, en el que se encargaba de la política exterior. En su oculta colaboración
con el señor Krassílnikov, Recouly, siguiendo los imperativos señalados a los confidentes, había
trocado su nombre por el seudónimo poco literario de Ratmir. Oficio de perro, nombre de perro.

Ratmir informaba a la Ojrana sobre sus colegas de la prensa francesa. En Le Fígaro y otros
lugares llevaba la política de la Ojrana. Recibía 500 francos al mes. Sus actividades son notorias.
Se las halla completas, impresas, parece que desde 1918, en París, en un voluminoso informe del
señor Agafonov, miembro de la comisión investigadora de los emigrados parisienses en torno a la
provocación rusa en Francia. Los miembros de esta comisión - algunos de ellos deben vivir aún
en París , no han olvidado, por cierto, a Ratmir-Recouly. Por otra parte, René Marchand publicó
en 1924, en L'Humanité, las pruebas tomadas de archivos de la Ojrana de Petrogrado, de la
actividad policial del señor Recouly. Este señor se limitó a lanzar un desmentido que nadie creyó,
ni fue repelido por sus colegas.(7) Y se explica. Su caso, dada la corrupción de la prensa por los
gobiernos extranjeros, es corrientísimo.
XII. Los gabinetes negros y la policía internacional
Krassílnikov también tenía a sus órdenes todo un equipo de detectives, delatores, imprecisos
asalariados que se ocupaban de los trabajos menores, tales como la vigilancia de la
correspondencia de los revolucionarios (gabinetes negros privados, etc.).

En 1913-14 (y no creo que hasta la revolución sufriera modificaciones importantes), la agencia


secreta de la Ojrana en Francia era dirigida prácticamente por cierto Bittard-Monin, quien recibía
1000 francos mensuales. De los recibos que por honorarios firmaban sus agentes he tomado los
nombres de éstos y sus lugares de residencia. Su publicación quizás no sea del todo inútil. Helos
aquí:

Agentes secretos de la policía en el extranjero, situados bajo la dirección de Bittard-Monin


(París): E. Invernitzi (Calvi, Córcega), Henri Durin (Génova), Sambaine (París), A. o R. Sauvard
(Cannes), Vogt (Menton), Berthold (París), Fontaine (Cap Martin), Henri Neuhaus (Cap Martin),
Vincení Vizardelli (Grenoble), Barthes (San Remo), Ch. Delangle (San Remo), Georges
Coussonet (Cap Martin), O. Rougeaux (Menton), E. Levéque (Cap Martin), Fontana (Cap
Martin), Artur Frumento (Alassis), Sustrov o Surjánov y David (París), Dussosois (Cap Martin),
R. Gottlieb (Niza), Roselli (Zurich), señora G. Richard (París), Jean Abersoid (Londres), J. Bint
(Cannes), -Karl Voltz (Berlín), señorita Drouchot, señora Tiercelin, señora Fagon, Jollivet, Rivet.

Tres personas tenían una pensión de la agencia rusa de París. La viuda Farse (¿o Farsa? ), la
viuda Rigo (¿o Rigault?) y N. N. Chachnikov.

La presencia temporal de numerosos agentes en Cap Martin o en otras localidades de menor


importancia se explica por la necesidad de chivateos. Todos estos agentes no hallaban incómodo
desplazarse.

Habían logrado organizar en toda Europa un maravilloso gabinete negro privado. En Petrogrado
poseemos legajos de copias de cartas cambiadas entre París y Niza, Roma y Ginebra, Berlín y
Londres, etc. Toda la correspondencia de Savinkov y de Chernov en el momento en que ambos
vivían en Francia, fue conservada en los archivos de la policía de Petrogado. Correspondencia
entre Haase y Dan(8) también fue interceptada, como muchas otras. ¿Cómo? El conserje o el
cartero, o simplemente un empleado de correos, sin duda retribuidos generosamente, retenían
durante algunas horas el tiempo preciso para copiarlas las cartas dirigidas a las personas
vigiladas. Las copias se hacían a menudo por personas que no conocían la lengua empleada por
tos autores de las cartas; torpezas, por demás insignificantes, lo delatan. Traían también copiado-
el sello de expedición y la dirección. Eran enviadas a Petrogrado con la mayor rapidez.

Naturalmente, la policía rusa en el extranjero colaboraba con las policías locales.(9) Mientras que
los agentes provocadores, desconocidos de todos, hacían su papel de revolucionarios, alrededor
suyo operaban los detectives de Krassílnikov, ignorados oficialmente pero en realidad alentados y
ayudados. Detalles típicos muestran de qué naturaleza era la ayuda que les prestaban las
autoridades francesas. El agente Francesco Leone, que había estado en relaciones con
Búrtzev(10) había consentido en entregarle por dinero algunos secretos del señor Bittard-Monin.
Su colega, Fontana, del que había hecho robar la fotografía, lo hiere de un bastonazo en un café
cerca de la Gare de Lyon (París, 28 de junio de 1913). Detenido el agresor y habiéndosele hallado
dos carnets de agente de la Seguridad francesa y un revólver, fue enviado a la comisaría bajo la
cuádruple acusación de "usurpación de funciones, portación de armas prohibidas, golpes y
heridas y amenazas de muerte". Veinticuatro horas después era dejado en libertad por
intervención de Krassllnikov, luego de haberse desmentido oficialmente su calidad de agente de
la Seguridad rusa. En cuanto al indiscreto Leone, la Embajada rusa obtuvo su expulsión de
Francia. Una carta de Krassílnikov relata al director de la Seguridad todos estos incidentes y lo
pone al corriente de las gestiones emprendidas para hacer expulsar a Búrtzev de Italia.

En otra carta, el mismo Krassílnikov informa a la Ojrana que una interpelación socialista sobre
las maniobras de la policía rusa, en las que aparecía implicado, "no es ya de temer por parte de
las autoridades francesas. Los parlamentarios socialistas tienen otras ocupaciones en estos
momentos".(11)
XIII.Los criptogramas.
De nuevo el gabinete negro
Pero ¿y si los revolucionarios utilizaban claves en sus cartas?

Entonces la Ojrana le encargaba a un investigador genial que descifrara el mensaje. Y se me


certifica que jamás falló. Este especialista excepcional, nombrado Zybin, había conquistado tal
reputación de infalibilidad, que durante la revolución de marzo... se le conservó. Pasó al servicio
del nuevo gobierno, que lo empleó, me parece, en contraespionaje.

Las más diversas claves, según parece, pueden ser 'descifradas. Si se emplean combinaciones
geométricas o aritméticas, el cálculo de posibilidades puede ofrecer algunos indicios. Basta un
punto de partida la menor clave para descifrar un mensaje. Para cartearse, algunos camaradas se
servían -se me dice- de ciertos libros en los cuales habían convenido marcar ciertas páginas. Buen
psicólogo, Zybin hallaba los libros y las páginas. "Las claves basadas en textos de escritores
conocidos, en modelos aportados por manuales de las organizaciones revolucionarias, en la
disposición vertical de nombres o divisas", no valen nada, escribe el ex policía M. E. Bakai.(12)
Las claves de las organizaciones centrales son las más frecuentemente denunciadas por los
provocadores o descifradas a la larga, luego de un trabajo minucioso. Bakai considera como las
mejores claves de uso corriente aquellas que pueden proceder de textos impresos poco conocidos.
Zybin se había hecho de una colección de gavetas y ficheros donde se podía hallar
instantáneamente el nombre de todas las ciudades de Rusia donde, por ejemplo, hay cierta calle
San Alejandro; el nombre de todas las ciudades donde había estas o aquellas fábricas o escuelas;
los apodos y seudónimos de todas las personas sospechosas que vivían en el imperio, etc. Poseía
listas alfabéticas de estudiantes, de marinos, de oficiales, etc. Hallábase en una carta, muy
inocente en apariencia, estas simples palabras: "El Morenito fue esta noche a la calle Mayor", y
más adelante una frase relativa a un "estudiante de medicina". Bastaba echar mano a algunas
gavetas para saber si el Morenito ya había sido fichado, y en que ciudad que poseyera una
facultad de medicina había una calle Mayor. Tres o cuatro indicios semejantes eran ya una
posibilidad digna de considerarse.

En toda la correspondencia vigilada o incautada, las menores alusiones a determinada persona


eran trasladadas a fichas, en las que ciertos números remitían al texto de las cartas. Archivos
enteros estaban llenos de cartas semejantes. Tres cartas totalmente corrientes, provenientes de
tres militantes dispersos en una región y que hicieran alusión incidental a un cuarto, podían
delatarlo perfectamente.

Subrayémoslo: el control de la correspondencia por los gabinetes negros cuya existencia es


rigurosa y tradicionalmente negada por la policía, pero sin los cuales no existiría policía, es de
gran importancia. El correo de las personas conocidas o sospechosas es vigilado por principio;
después, una sustracción, practicada al azar, intercepta las cartas que llevan en la cubierta
"entregar a", aquellas cuyos caracteres parecen representar algo convenido, aquellas con alguna
palabra que, de alguna manera, llama la atención. La apertura de cartas al azar proporciona una
documentación tan útil como el control de la correspondencia de los militantes bien conocidos.
Estos, en efecto, tratan de escribir con prudencia (bien que la única prudencia real, la única
efectiva, es no tratar por carta asuntos relativos a la acción ni siquiera indirectamente), mientras
que el común de los miembros del partido -los desconocidos- se olvida de las precauciones más
elementales.

La Ojrana hacía tres copias de las cartas interesantes: una para la dirección de la censura, otra
para la dirección de la Seguridad General y otra más para la dirección de la policía local. La carta
llegaba a su destinatario. En ciertos casos -por ejemplo en aquellos en que se había hecho revelar
químicamente una tinta simpática-- la policía guardaba el original y le hacia llegar al destinatario
una copia perfectamente imitada, obra de cierto especialista que era todo un virtuoso.

Para abrir cartas se seguían procedimientos que variaban según la ingeniosidad de los
funcionarios: despegar las cubiertas con vapor, despegar sellos lacrados -que en seguida eran
repuestos

con una hoja de afeitar calentada, etc. Lo más corriente es que las esquinas del sobre no estén
bien pegadas. Se introduce entonces por la abertura un aparato hecho de una varilla metálica,
alrededor del cual se enrolla suavemente la carta, que así resulta fácil de sacar y de retornar al
sobre sin abrirlo.

Las cartas interceptadas jamás eran consignadas a la justicia, a fin de no arrojar la menor luz, ni
siquiera indirecta, sobre el trabajo del gabinete negro. Se las utilizaba en la confección de
informes policiales.

El gabinete de cifrado no se ocupaba más que de las claves de los revolucionarios. También
coleccionaba fotografías de claves diplomáticas de las grandes potencias.

XIV. Síntesis informativa.


El método de las gráficas
Hasta ahora no hemos examinado más que los mecanismos de observación de la Seguridad rusa.
Sus procedimientos son de alguna manera analíticos. Se investiga, se indaga, se registra. Se trate
de una organización o de un militante, los métodos son los mismos. Al cabo de cierto tiempo --
que puede ser cortísimo la Seguridad dispone de cierto tipo de datos sobre el adversario:

1) Los de la vigilancia exterior, cuyos resultados se resumen en cuadros sinópticos, esclarecen


sus actividades y sus movimientos, sus hábitos, sus relaciones, su medio, etc.;

2) los de la agencia secreta o los informantes, que declaran sobre sus ideas, intenciones, trabajos,
actividad clandestina;

3) lo que se puede obtener de la lectura atenta de periódicos y publicaciones revolucionarias;

4) los de su correspondencia, o de la correspondencia de terceros con él, completan el asunto.

El grado de precisión de las informaciones logradas por los agentes secretos era, naturalmente,
variable. La impresión general que dan los expedientes es, sin embargo, de una exactitud muy
grande, sobre todo los que se refieren a organizaciones sólidamente establecidas. Los expedientes
policiales contienen información verbal muy detallada de cada reunión secreta, resúmenes de
cada discurso importante, ejemplares de cada publicación clandestina, incluso multicopiados.(13)

Tenemos ya a la Seguridad en posesión de información abundante. El trabajo de observación y


análisis está hecho. Según el método científico, debe seguir entonces un trabajo de clasificación y
de síntesis.

Sus resultados se expresarán en gráficas. Vamos a desplegar una.

Títulos: Relaciones de Borís Savinkov. Este cuadro, de 40 cm de alto por 70 cm de largo, resume,
de manera que se pueda abarcar de una ojeada, todos los datos obtenidos sobre las relaciones del
terrorista.

Al centro, un rectángulo, en forma de tarjeta de visita, con su nombre escrito a mano. De este
rectángulo irradian líneas que lo ligan a pequeños círculos de color. Por lo regular, éstos son a su
vez centros de donde parten otras líneas que los ligan a otros círculos. Así sucesivamente. Las
relaciones, incluso indirectas, de un hombre, pueden de este modo ser captadas sobre la marcha,
cualquiera que sea el nombre de los intermediarios, conscientes o no, que los relacionan con una
persona dada. En el cuadro de relaciones de Savinkov, los círculos rojos que representan sus
relaciones de "lucha", se dividen en tres grupos de nueve, ocho y seis personas, todos
consignados con sus nombres y apellidos. Los círculos verdes representan a personas con las
cuales tuvo o tiene relaciones directas, políticas o de otro tipo: aparecen 37; los círculos amarillos
representan parientes (son 9); los círculos cafés indican a personas relacionadas con sus amigos y
conocidos... Todo esto en Petrogrado. Otros signos representan sus relaciones en Kiev. Leamos,
por ejemplo: B. S. conocía a Varvara Eduárdovna Varsovskaya, quien conocía a su vez 12
personas en Petrogrado (nombres, apellidos, etc.) y 5 en Kiev. Bien puede ser que B. S. no
supiera nada de estas 12 y de estas 5 personas. ¡ Pero la policía conocía mejor que él mismo a qué
ovillos llevaban sus hilos!

¿Se trata de una organización? Tomemos una serie de cuadros de estudio, evidentemente reseñas,
de una organización socialista-revolucionaria del gobierno de Vilna. Los círculos rojos forman,
aquí y allá, especies de constelaciones: entre ellos, las líneas se entrecruzan extrañamente.
Descifremos: Vilna. Un circulo rojo: Ivanov, alias El hielo, calle, número, profesión. Una flecha
lo refiere a Pável (iguales datos). Y algunas flechas nos indican que el 23 de febrero (de 16 a 17
hs.), el 27 (a las 21 hs.) y el 28 (a las 16 hs.) Ivanov visitó a Pável. Otra flecha lo refiere a Marfa,
que lo visitó el 27 al mediodía. Así sucesivamente, estas líneas se confunden como los pasos en la
calle. Este cuadro permite seguir, hora por hora, la actividad de una organización.

XV Antropometría, filiación... y liquidación


Mencionemos aquí un medio accesorio, muy útil, de que disponía la Seguridad: la antropometría
(el bertillonnage, del nombre del señor Bertillon, quien inventara el sistema), valiosísima para los
servicios de identificación judicial. De toda persona arrestada se hace una ficha antropométrica:
es fotografiada desde diferentes ángulos, de frente, de perfil, de pie, sentada; medida con ayuda
de instrumentos de precisión (forma y dimensión del cráneo, del antebrazo, del pie, de la mano,
etc.), examinada por especialistas que ratifican su filiación científica (forma de la nariz y de la
oreja, matiz de los ojos, cicatrices y señales en el cuerpo). Se le toman las huellas digitales: el
estudio de las más mínimas sinuosidades de la epidermis podrá servir a los fines de establecer su
identidad, casi indefectiblemente, sirviéndose de una huella digital, dejada en un vaso o en el
pomo de una cerradura. En todas las investigaciones judiciales las fichas antropométricas,
clasificadas por índices característicos, aportan su cúmulo de informaciones.

Las más ínfimas señales pueden ser peligrosas. La conformación de la oreja, el matiz de las niñas
del ojo, la forma de la nariz pueden ser observadas en la calle sin llamar la atención. Estos datos
bastarán en seguida al policía experimentado para identificar al hombre, a despecho de los
cambios que se haya hecho en el físico. Unas letras convencionales transmitirán por telegrama
una filiación científica.

Ya los principales militantes son perfectamente conocidos. La policía está muy bien enterada de
la organización en su conjunto. Sólo queda hacer una síntesis, esta vez, en concreto. ¡Hagamos
algo hermoso y formal! Y lo hacen. Estos son los cuadros a colores, cuidadosos como trabajos de
arquitecto, artísticos. Los signos son explicados con leyendas. Este es un Esquema de
organización del partido socialista-revolucionario, que ni los mismos miembros del Comité
Central poseen; o el cuadro de organización del Partido Socialista Polaco, del Bund judío, de la
propaganda en las fábricas de Petrogrado, etc. Todos los partidos, todos los grupos son estudiados
a fondo.

Nada platónicamente, por cierto! Henos aquí cerca de la meta. Un elegante dibujo nos muestra el
"proyecto de liquidación de la organización socialdemócrata de Riga". En lo alto el Comité
Central (4 nombres) y la comisión de propaganda (2 nombres); abajo, el comité de Riga, en
relación con 5 grupos, del que dependen 26 subgrupos. En total, 76 nombres de personas para una
treintena de organizaciones. No falta ya más que agarrar a todo el mundo en una sola redada para
extirpar completamente a la organización socialdemócrata de Riga.
XVI. Estudio científico del movimiento revolucionario
Terminado el trabajo, sus autores sienten un legítimo orgullo por conservar su memoria. Editan
casi con lujo un álbum de fotografías de miembros de la organización liquidada. Tengo frente a
mí un álbum consagrado a la liquidación del grupo anarquista-comunista "Los Comuneros", por
la policía de Moscú, en agosto de 1910. Cuatro láminas muestran el armamento y el equipo del
grupo: siguen 18 retratos acompañados de datos biográficos.

Los materiales informes, expedientes, gráficas, etc., que hasta ese momento habían sido
utilizados con un propósito práctico, inmediato, van a serlo desde ahora con un espíritu en cierta
forma científico.

Cada año, se publicaba un volumen a cargo de la Ojrana y exclusivamente para sus funcionarios,
el cual contiene una completa aunque sucinta exposición de los principales casos sucedidos e
informes sobre la situación actual del movimiento revolucionario.

Voluminosos tratados fueron escritos sobre el movimiento revolucionario para instruir a las
jóvenes generaciones de gendarmes. De cada partido se lee su historia (origen y desarrollo), un
resumen de sus ideas y programas, una serie de dibujos acompañados de textos explicativos que
proporcionan el esquema de su organización, las resoluciones de sus últimas asambleas y datos
de sus militantes más conocidos. En resumen, una monografía breve y completa. La historia del
movimiento anarquista de Rusia será, por ejemplo, extraordinariamente difícil de reconstruir a
causa de la dispersión de hombres y grupos, de las pérdidas inauditas que sufriera ese
movimiento durante la revolución y finalmente de su ulterior desintegración. Sin embargo,
tenemos la suerte de bailar, en los archivos de la policía, un pequeño y excelente volumen,
detalladísimo, donde se encuentra resumida esta historia. Bastará agregar algunas notas y un
corto prefacio para entregarle al público un libro del mayor interés.

Sobre los grandes partidos, la Ojrana publicó concienzudos trabajos, algunos de los cuales serían
dignos de reimprimirse y que, en conjunto, servirán alguna vez. Sobre el movimiento sionista
judío, 156 páginas en gran formato. Informe dirigido a la dirección de la policía. La actividad de
la socialdemocracia durante la guerra, 102 páginas a renglón cerrado. Situación del partido
socialista-revolucionario en 1908, etc. Son algunos de los títulos escogidos al azar de entre los
folletos salidos de las prensas de la policía imperial.

El Departamento de la Policía también editaba hojas periódicas de información, para uso de los
funcionarios superiores.

Para uso del zar se confeccionaba, en ejemplar único, una especie de revista manuscrita que
aparecía de diez a quince veces al año, en la que los más mínimos incidentes del movimiento
revolucionario, capturas aisladas, pesquisas exitosas, represiones eran registrados, Nicolás II lo
sabía todo, Nicolás II no desdeñaba las informaciones obtenidas por los gabinetes negros. Los
informes están a menudo anotados de su puño y letra.

La Ojrana no vigilaba solamente a los enemigos de la autocracia. Se consideraba bueno tener en


la mano a los amigos, y sobre todo saber qué pensaban. El gabinete negro estudiaba muy
especialmente las cartas de los altos funcionarios, consejeros de Estado, ministros, cortesanos,
generales, etc. Los pasajes interesantes de estas cartas, ordenadas por temas y fechas, formaban
cada semestre un grueso volumen mecanografiado que leían sólo dos o tres personajes poderosos.
La generala Z . escribe a la princesa T... que desaprueba la nominación de M. Cierto personaje
del Consejo Imperial que se burla del ministro ... en los salones. Esto es anotado. Un ministro
comenta a su modo una propuesta de ley, un deceso, un discurso. Copiado, anotado. A título de
"informaciones sobre la opinión pública".
XVII, La protección de la persona del zar
La protección de la sacra persona del zar exigía un mecanismo especial. He leído una treintena de
folletos consagrados a la forma de preparar los viajes de su majestad imperial por tierra, por agua,
en ferrocarril, en automóvil, en el interior, en las calles, en los campos. Innumerables reglas
presiden la organización de cada desplazamiento del soberano. Incluso cuando durante una
solemnidad debe cruzar ciertas calles, se estudia su itinerario casa por casa, ventana por ventana,
a manera de saber exactamente qué personas habitan a lo largo del recorrido y quiénes los visitan.
Planos de todas las casas, de todas las calles por donde pasará el cortejo son levantados; dibujos
de las fachadas y con el número de apartamientos, así como los nombres de los inquilinos,
facilitan los aprestos.

Varias veces, sin embargo, la vida de Nicolás II estuvo a merced de los terroristas. Circunstancias
fortuitas lo salvaron. No la Ojrana.

XVIII. Lo que cuesta una ejecución


Entre los papelotes de la policía zarista abundan los más tristes documentos humanos, como ya
vimos. Aunque un poco fuera del tema, creo que debemos consagrar algunas líneas a una serie de
simples recibos de sumas menudas de dinero, halladas junto a un expediente. Tanto más cuanto
que estos papelitos aparecen muy a menudo después de la "liquidación" de grupos
revolucionarios, engordando y cerrando los expedientes ya de por sí voluminosos por la
vigilancia y la delación. A manera de epílogo...

Estos documentos nos muestran cuánto costaba a la policía zarista una ejecución. Son los recibos
firmados por todos aquellos que, directa o indirectamente, colaboraban con el verdugo,

Gastos de la ejecución de los hermanos Modal


y Djavat Mustafá Oglí, condenados por el
tribunal militar del Cáucaso
Rublos
Transporte de los condenados de la
fortaleza de Metek a la prisión, a los 4
carreteros
Otros gastos 4
Por haber cavado y tapado dos fosas
(seis sepultureros firman cada uno 12
un recibo dedos rublos)
Por haber armado el patíbulo 4
Por vigilar el trabajo 8
Gastos de viaje de un sacerdote (y regreso) 2
Al médico, por el certificado
2
de defunción
Al verdugo 50
Gastos de viaje del verdugo 2

En resumidas cuentas, no es caro. El padre y el médico sobre todo, son modestos. El sacerdocio
del uno y la profesión del otro implican, ¿no es así? , devoción por la humanidad.
A estas alturas pensamos que aquí deberíamos iniciar un capítulo intitulado: "La tortura", Todas
las policías hacen uso más o menos frecuente del "interrogatorio" medieval, En los EEUU se
practica el terrible "3er. interrogatorio". En la mayoría de los países de Europa, la tortura se ha
generalizado después del recrudecimiento de la lucha de clases a raíz de la guerra. La Siguranza
rumana, la Defensa polaca, las policías alemana, italiana, yugoslava, española, búlgara -alguna se
nos escapa seguramente- la usan con frecuencia. La Ojrana rusa las había precedido en este
camino, aunque con cierta moderación. Aunque se dan casos, incluso numerosos, de castigos
corporales -el Knut ¡látigo} en algunas prisiones, el tratamiento infligido a sus prisioneros por la
policía rusa antes de la revolución de 1905"parece haber sido más humano que el que se le inflige
hoy, en caso de arresto, a los militantes obreros de una docena de países de Europa. Después de
1905, la Ojrana poseía cámaras de tortura en Varsovia, Riga, Odesa, y, según parece, en la
mayoría de los grandes centros urbanos.

XIX. Conclusión. Por qué resulta invencible la revolución


La policía debía verlo todo, entenderlo todo, saberlo todo, poderlo todo. El poderío y la
perfección de su aparato parecía tanto más terrible cuanto que hallaba recursos insospechados en
los bajos fondos del alma humana.

Sin embargo, no pudo impedir nada. Durante medio siglo defendió inútilmente a la autocracia
contra la revolución, la que cada año se bacía más fuerte.

Por otra parte, sería erróneo dejarse impresionar por el mecanismo aparentemente perfecto de la
Seguridad imperial. Es cierto que al frente suyo se hallaban algunos hombres inteligentes,
algunos técnicos de gran valer profesional; pero toda la maquinaria reposaba sobre el trabajo de
una caterva de funcionarios ignorantes. En los informes mejor confeccionados se hallan los más
divertidos disparates. El dinero aceitaba todos los engranajes de la enorme máquina; la ganancia
es un fuerte estimulo, pero ineficaz. Nada de grande se hace sin noble desinterés. Y la autocracia
sólo tenía defensores interesados en su provecho.

Si después del derrumbe del 26 de marzo de 1917, todavía fuera necesario demostrar, con hechos
tomados de la historia de la Revolución Rusa, la vanidad de los esfuerzos del director del
Departamento de la Policía, podemos citar multitud de argumentos como el que nos ofrece el
expolicía M. E. Bakai. En 1906, tras la represión de la primera revolución, cuando el jefe de la
policía Trusévich reorganizó la Ojrana. las organizaciones revolucionarias de Varsovia,
principalmente las del Partido Socialista Polaco, (14) "suprimieron durante el año, 20 militares, 7
gendarmes, 56 policías, e hirieron 92; en resumen, pusieron fuera de combate a 179 agentes de la
autoridad, Destruyeron además 149 expendios de alcohol de la administración. En la preparación
de estas acciones participaron centenares de hombres que en la mayoría de los casos continuaron
ignorados por la policía". M. E. Bakai observa que, en los períodos de auge de la revolución, los
agentes provocadores frecuentemente hacían mutis; pero reaparecían cuando ascendía la
reacción. Igual que los cuervos en los campos de batalla.

En 1917, la autocracia se derrumbó sin que las legiones de soplones, de provocadores, de


gendarmes, de verdugos, de guardias municipales, de cosacos, de jueces, de generales, de popes,
pudieran desviar el curso inflexible de la historia. Los informes de la Ojrana redactados por el
general Globachev constatan la proximidad de la revolución y prodigan al zar advertencias
inútiles. Lo mismo que los más sabios médicos llamados para asistir a un moribundo no pueden
sino constatar, minuto a minuto, los progresos de la enfermedad, los omniscientes policías del
imperio veían impotentes cómo el mundo zarista se precipitaba al abismo...

Porque la revolución era consecuencia de causas económicas, psicológicas, morales, situadas más
allá de ellos y fuera de su alcance. Estaban condenados a resistirle inútilmente y a sucumbir.
Porque es la eterna ilusión de los gobernantes creer que pueden anular los efectos sin considerar
las causas, legislar contra la anarquía o contra el sindicalismo (como en los Estados Unidos),
contra el socialismo (como Bismarck lo hizo en Alemania), contra el comunismo, como se hace
hoy un poco por doquier. Vieja experiencia histórica. El imperio romano también persiguió
inútilmente a los cristianos. El catolicismo inundó Europa de hogueras, sin lograr derrotar la
herejía, la vida.

En verdad, la policía rusa se vio desbordada. La simpatía instintiva o consciente de la inmensa


mayoría de la población estuvo con los enemigos del antiguo régimen. El martirio cotidiano de
éstos suscitaba la adhesión de algunos y la admiración del gran número. Sobre este viejo pueblo
cristiano ejercía una influencia irresistible la vida de apóstoles de los propagandistas que,
renuncian- do al bienestar y a la seguridad, afrontaban, para llevarle un nuevo evangelio a los
miserables, la prisión, el exilio siberiano y la muerte misma. Volvían a ser "la sal de la tierra":
eran los mejores, los únicos portadores de una inmensa esperanza y por eso se les perseguía.

Tenían de su lado sólo la fuerza moral, la de las ideas y los sentimientos. La autocracia ya no era
un principio vivo, Nadie creía ya en su necesidad, Carecía de ideólogos. La religión misma, por
boca de sus pensadores más sinceros, condenaba a aquel régimen que no reposaba sino en el
empleo sistemático de la violencia. Los más grandes cristianos de la Rusia moderna, dujobortzi y
tolstoianos, eran anarquistas. Pero una sociedad que ya no reposa en ideas vivas, aquella en la
cual los principios fundamentales están muertos, sobrevive, cuando mucho, por la fuerza de la
inercia.

Pero en la sociedad rusa de los últimos años del antiguo régimen, las ideas nuevas -subversivas-
habían logrado una fuerza sin contrapeso. lodo el que en la clase obrera, en la pequeña burguesía,
en el ejército y en la marina, en las profesiones liberales pensaba y obraba, era revolucionario, es
decir "socialista" de alguna manera. No existía una mediana burguesía satisfecha, como en los
países de la Europa occidental. El antiguo régimen no era defendido más que por el clero, la
nobleza cortesana, los financieros, algunos políticos, en resumen, por una aristocracia ínfima. Las
ideas revolucionarias hallaban terreno favorable en cualquier lugar. Durante mucho tiempo, la
nobleza y la burguesía entregaron a la revolución sus mejores hijos. Cuando un militante se
escondía, hallaba numerosas ayudas espontáneas, desinteresadas, devotas. Cuando un
revolucionario era arrestado hallaba cada vez más frecuentemente que los soldados encargados de
conducirlo simpatizaban con él y entre los carceleros casi hubo "camaradas". Tan era cierto que
en la mayoría de las prisiones resultaba fácil comunicarse clandestinamente con el exterior. Esta
simpatía también facilitaba las evasiones. Guerchuni, condenado a muerte y transferido de una
prisión a otra, encontró gendarmes que eran "amigos". Búrtzev, en su lucha contra la
provocación, halló antaño preciosa colaboración en un alto funcionario del Ministerio del
Interior, el señor Lopujin, casualmente un hombre honesto, y en un viejo policía, Bakai. Yo
conocí a un revolucionario que había sido vigilante en una prisión. Los casos de "vigilantes"
convertidos por los detenidos no eran raros... En cuanto al estado de espíritu de los elementos
más atrasados de la población -desde el punto de vista revolucionario- estos hechos son
sintomáticos.

Y éstas no son más que causas aparentes, superficiales, superpuestas a otras más profundas. El
poder de las ideas, la fuerza moral, la organización y la mentalidad revolucionaria no eran más
que los resultados de una situación económica cuyo desarrollo se encaminaba hacia la
revolución. La autocracia rusa encarnaba el poder de una aristocracia de grandes terratenientes y
de una oligarquía financiera, sometida a influencias extranjeras a las que, por lo demás, les
estorbaban las instituciones poco propicias al desarrollo de la burguesía, Poco numerosa,
desprovista de influencia política, descontenta, la clase media urbana daba sus hijos juventud
estudiantil, intelectuales- a la revolución, a una revolución liberal, se comprende, pues no quería
ver subir al mujik y al obrero. La gran burguesía industrial, comerciante, financiera, deseaba una
monarquía constitucional "a la inglesa", en la que, naturalmente, ejercería el poder. Abrumada
por los impuestos, presa en los tiempos de paz, en la época de la prosperidad europea, de hambres
periódicas, desmoralizada por el monopolio del vodka, explotada brutalmente por popes, policías,
burócratas y grandes propietarios, la masa rural acogía con fervor, después de más de medio
siglo, los llamamientos de los revolucionarios: "¡Campesino, apodérate de la tierra!" Y como esta
masa proporcionaba al ejército la inmensa mayoría de sus efectivos, la carne de cañón de
Lyaoyang y Mukden, así como los verdugos de todas las sublevaciones, el ejército, trabajado por
las organizaciones militares de los partidos clandestinos, ese ejército mantenido en la obediencia
por los consejos de guerra y por "el gobierno del puñetazo en el hocico", bullía de amargura. Una
clase obrera todavía joven, multiplicada tan rápidamente como se desarrollaba la industria
capitalista, privada del elemental derecho de hablar sus idiomas propios, de conciencia, de
organización de prensa (derechos que eran desconocidos por el antiguo régimen ruso), ignorante
de los engaños del régimen parlamentario, viviendo en cuchitriles, recibiendo salarios bajos,
sometida al policía arbitrario, en resumen, colocada frente a las nuevas realidades de la lucha de
clases, tomaba más clara conciencia de sus intereses cada día que pasaba. Treinta nacionalidades
alógenas, o vencidas por el imperio, privadas del elemental derecho de hablar sus lenguas,
colocadas en la imposibilidad de tener una cultura nacional, rusificadas a golpes de látigo, no
eran mantenidas bajo el yugo más que por constantes medidas represivas. En Polonia, en
Finlandia, en Ucrania, en los países bálticos, en el Cáucaso, se gestaban revoluciones nacionales,
prestas a aliarse con la revolución agraria, la insurrección obrera, la revolución burguesa... La
cuestión judía surgía por todas partes.

En la cúspide del poder, una dinastía degenerada rodeada de imbéciles. El peluquero Felipe
cuidaba mediante hipnotismo la salud vacilante del presunto heredero. Rasputín quitaba y ponía
ministros desde sus habitaciones privadas. Los generales robaban al ejército, los grandes
dignatarios saqueaban el Estado. Entre este poder y la nación, una burocracia, innumerable, que
vivía sobre todo del cohecho.

En el seno de las masas, las organizaciones revolucionarias, amplias y disciplinadas, activas


constantemente, poseedoras tanto de una vasta experiencia como del prestigio y del apoyo de una
magnífica tradición... Tales eran las fuerzas profundas que trabajaban por la revolución. ¡Y contra
ellas, en la vana esperanza de impedir la avalancha, la Ojrana tensaba sus delgados alambrados!

En esta deplorable situación, la policía obraba sabiamente. Bueno. Lograba, digamos, "liquidar" a
la organización socialdemócrata de Riga. Setenta capturas decapitaban al movimiento en la zona.
Imaginémonos por un momento una liquidación total. Nadie ha escapado. ¿Y luego?

Para comenzar, estas setenta capturas no dejaban de ser advertidas. Cada uno de los militantes
estaba en relación con por lo menos una docena de personas. Setecientas personas, cuando
menos, se hallaban repentinamente encaradas con este hecho brutal: la captura de gentes honestas
y valientes, cuyo crimen consistía en querer el bien común... El proceso, las condenas, los dramas
privados que conllevan, provocaban una explosión de simpatía e interés hacia los
revolucionarios. Si alguno de ellos lograba hacer oír una voz enérgica desde el banquillo de los
acusados, podía decirse con certeza que la organización, al conjuro de esta voz, renacería de sus
cenizas. Era cuestión de tiempo.

Luego, ¿qué hacer con los setenta militantes presos? No se podía más que encerrarlos durante un
tiempo largo o deportarlos a las regiones desiertas de Siberia. Bueno. En la prisión -o en Siberia-
hallan camaradas, maestros y alumnos. Los ocios obligatorios los dedican al estudio, a la
formación teórica de sus ideas. Sufriendo en común se endurecen, adquieren temple, se
apasionan. Tarde o temprano, evadidos, amnistiados -gracias a las huelgas generales- o liberados
provisionalmente, se reintegraran a la vida social como revolucionarios "veteranos" o "ilegales",
ahora mucho más fuertes que nunca. No todos, claro. Algunos morirán en el camino; dolorosa
selección que tiene su virtud. Y el recuerdo de los amigos desaparecidos hará intransigentes a los
que sobrevivan...

En fin, una liquidación nunca es total. Las precauciones de los revolucionarios preservarán a
algunos. Los mismos intereses de la provocación exigen que se dejen algunos presos en libertad.
Y el azar incide en el mismo sentido. Los "escapa- dos", aunque metidos en situaciones difíciles,
se hallan en capacidad de aprovechar las circunstancias favorables del medio...

La represión no se vale en definitiva más que del miedo. Pero ¿basta el miedo para anular las
necesidades, el anhelo de justicia, la inteligencia, la razón, el idealismo, todas aquellas fuerzas
revolucionarias que expresan la pujanza formidable y profunda de los factores económicos de una
evolución? Valiéndose de la intimidación, los reaccionarios se olvidan que causaron más
indignación, más odios, más sed de martirio que temor verdadero. No intimidan sino a los
débiles: exasperan a los mejores y templan la resolución de los más fuertes.

¿Y los provocadores?
A primera vista, pueden causarle al movimiento revolucionario perjuicios terribles. Pero, ¿de
verdad es así?

Gracias a su concurso, la policía puede, ciertamente, multiplicar las capturas y las "liquidaciones"
de grupos. En determinadas circunstancias, puede contrarrestar los más profundos planes
políticos. Puede acabar con militantes valiosos. Los provocadores han sido a menudo los
proveedores directos del verdugo. Todo ello es terrible, ciertamente. Pero tampoco es menos
cierto que la provocación nunca puede anular sino a individuos o a grupos y que es casi
impotente contra el movimiento revolucionario en su conjunto.

Hemos visto cómo un agente provocador se encargaba de hacer entrar a Rusia (en 1912)
propaganda bolchevique; cómo otro (Malinovsky) pronunciaba en la Duma discursos redactados
por Lenin; cómo un tercero organizaba la ejecución de Plehve. En el primer caso, nuestro pillo
puede entregar a la policía una cantidad considerable de literatura; sin embargo, no puede, a
riesgo de quemarse inmediatamente, entregar toda la literatura, incluso no podrá sino entregar
una cantidad muy restringida. Buena o malamente contribuye, pues, a su difusión. Si un folleto
propagandístico es divulgado por un agente secreto o por un devoto militante, los resultados son
siempre los mismos: lo esencial es que sea leído. Si la ejecución de Plehve fue preparada por
Azev o por Savinkov, no debe importamos saberlo. Aun si fuese el resultado de la lucha entre las
camarillas de la policía, tampoco. Lo importante es que Plehve desaparezca. Los intereses de la
revolución en este caso son mucho más importantes que los maquiavelismos ínfimos e infames
de la Ojrana Cuando el agente secreto Malinovsky hace oír en la Duma la voz de Lenin, el
ministro del Interior hacia mal en regocijarse por el éxito de su agente pagado. La importancia
que la palabra de Lenin tiene para el país no puede compararse con la que pueda tener la voz de
un miserable. De manera que se puede, me parece, dar del agente provocador dos definiciones
que se compensan, pero de las cuales la segunda es más significativa.

1) El agente provocador es un falso revolucionario;

2) El agente provocador es un policía que, sin querer, sirve a la revolución.

Aparenta que la sirve. Pero en semejante oficio no existen las apariencias. Propaganda, combate,
terrorismo, todo es realidad. No se milita a medias o superficialmente.

Los miserables que en un momento de cobardía se precipitaron en este fango, lo pagaron.


Recientemente, Máximo Gorki publicó en sus Consideraciones retrospectivas la curiosa carta de
un agente provocador. El hombre escribía más o menos esto: "Yo estaba consciente de mi
infamia, pero también sabia que ella no podía retardar ni un segundo el triunfo de la revolución."

Lo cierto es que la provocación hace más enconada la lucha. Incita al terrorismo, incluso a un
terrorismo que los revolucionarios preferirían abstenerse de realizar. ¿Qué hacer, en efecto, con
un traidor? La idea de perdonarlo no se le ocurriría a nadie. En el duelo entre la policía y los
revolucionarios, la provocación agrega un elemento de intriga, de sufrimiento, de odio, de
menosprecio. ¿Es más peligrosa para la revolución que para la policía? Yo creo lo contrario.
Desde otros puntos de vista, la provocación y la policía tienen un interés inmediato en que
siempre esté amenazado aquello que es la razón de ser del movimiento revolucionario. En caso
de necesidad, antes que renunciar a una segunda fuente de beneficios, urden complots ellos
mismos; es algo ya visto. En este caso, el interés de la policía está totalmente en contradicción
con el del régimen que tiene por misión defender. Los manejos de provocadores de cierta
envergadura pueden ser peligrosos incluso para el mismo Estado. Azev organizó un atentado
contra el zar, atentado que se frustró únicamente por circunstancias totalmente fortuitas e
imprevistas (el desfallecimiento de uno de los revolucionarios). En ese instante, el interés
personal de Azev -el cual le era más caro, sin duda, que la seguridad del imperio- exigía una
acción de mucho ruido; pesaba sobre él en el partido socialista-revolucionario una sospecha que
ponía en peligro su vida. Por otra parte, existió la duda de si los atentados que él había hecho
posibles no servían a los designios de algún Fouché. Es posible. Pero intrigas semejantes entre los
detentadores del poder sólo revelan la gangrena de un régimen y contribuyen no poco a su caída.

La provocación es mucho más peligrosa por la desconfianza que siembra entre los
revolucionarios. Tan pronto algunos traidores han sido desenmascarados, la confianza desaparece
del seno de las organizaciones. Es terrible, porque la confianza en el partido es la base de toda
fuerza revolucionaria. Se murmuran acusaciones, luego se dicen en voz alta, generalmente no se
pueden aclarar. De ahí resultan males en cierto sentido peores que los que podría ocasionar la
misma provocación. Hay que recordar ciertos casos lamentables: Barbés acuso al heroico Blanqui
y Blanqui, a pesar de sus cuarenta años de reclusión, a pesar de toda su vida ejemplar, de su vida
indomable, jamás pudo quitarse de encima la infame calumnia. Bakunin también fue acusado. Y
qué diremos de víctimas menos conocidas -y no por ello menos dañadas por la calumnia-: Girier-
Lorion, anarquista, es acusado de provocación por el diputado "socialista" Delory; para sacudirse
esta intolerable sospecha, dispara sobre los agentes y muere en el presidio. Parecido resultó el fin
de otro valiente, anarquista también, en Bélgica: Hartenstein-Sokolov (Proceso de Gante, en
1909), a quien toda la prensa socialista enlodó innoblemente y que murió en la prisión... Es
tradicional: ¡los enemigos de la acción, los cobardes, los cómodos, los oportunistas, gustosos
toman su artillería de las cloacas! La sospecha y la calumnia les sirven para desacreditar
revolucionarios. Y así seguirá siendo.

Este mal la sospecha y la desconfianza entre nosotros sólo puede ser limitado y aislado por un
gran esfuerzo de voluntad. Se debe impedir -y ésta es condición previa de toda lucha victoriosa
contra la verdadera provocación, que al acusar calumniosamente a un militante "hace el juego"-
que nadie sea acusado a la ligera, e impedir además que una acusación formulada contra un
revolucionario sea simplemente aceptada sin discusión. Cada vez que un hombre sea siquiera
rozado por una sospecha, un jurado formado por camaradas deberá determinar si se trata de una
acusación fundada o de una calumnia. Son simples reglas que se deberán observar con inflexible
rigor si se quiere preservar la salud moral de las organizaciones revolucionarias.

Y, por lo demás, aunque fuera peligroso para los individuos, no se deberán sobreestimar las
fuerzas del agente provocador: en gran medida, depende también de cada militante defenderse
eficazmente.

Los revolucionarios rusos, en su larga lucha contra la policía del antiguo régimen, habían
alcanzado un conocimiento práctico y seguro de los procedimientos y métodos de la policía. Si
ella era fuerte, ellos lo eran más. Cualquiera que sea la perfección de las gráficas elaboradas por
los especialistas de la Ojrana sobre la actividad de una organización dada, se puede estar seguro
de antemano de encontrar en ellas lagunas. Difícilmente -decíamos era completa una
"liquidación" de grupo, porque a fuerza de precauciones, siempre escapará alguno. En la tan
laboriosa gráfica de las relaciones de B. Savinkov, faltan, por cierto, algunos nombres; y acaso
los más importantes. Los militantes rusos consideraban, en efecto, que la acción clandestina
(ilegal) está sujeta a leyes inflexibles. A cada instante se preguntaban:

"¿Estará esto de acuerdo con las reglas de la conspiración?" (15)


El código de la conspiración tuvo en Rusia, entre los grandes enemigos de la autocracia y del
capital, teóricos y prácticos destacados. Estudiarlo a fondo seria de gran utilidad. Debe contener
las reglas más sencillas, precisamente aquellas que, a causa de su sencillez, se olvidan a menudo.

Gracias a esta ciencia de la conspiración, los revolucionarios pudieron vivir ilegalmente en las
capitales rusas durante meses y años. Eran capaces de convertirse, según lo exigiera el caso, en
comerciantes viajeros, en cocheros, en "extranjeros adinerados", en sirvientes, etc. En todos estos
casos era indispensable que dominaran sus papeles. Para volar el Palacio de Invierno, el obrero
Stepán Jalturin estudió durante semanas la vida de los obreros que trabajaban regularmente en el
palacio.(16) Kaliáev, para vigilar a Plehve en Petrogrado, se hizo cochero. Lenin y Zinóviev,
acorralados por la policía de Kerensky, lograron refugiarse en Petrogrado y sólo salían
maquillados. Lenin fue obrero fabril.

La acción ilegal, a la larga, crea hábitos y una mentalidad que se puede considerar como la mejor
garantía contra los métodos policíacos. ¿Qué policías talentosos, qué pícaros hábiles se podrán
comparar con los revolucionarios seguros de si mismos, circunspectos, reflexivos y valientes que
obedecen una consigna común?

Cualquiera que sea la perfección de los métodos empleados para vigilar a los revolucionarios, ¿no
se encontrará siempre en los movimientos y en las acciones de éstos una incógnita irreductible?
¿No aparecerá siempre, en las ecuaciones más cuidadosamente elaboradas por el enemigo, una
enorme y temible X? ¿Qué traidor, soplón o sabueso sagaz descifrará la inteligencia
revolucionaria? ¿quién medirá el poder de la voluntad revolucionaria?

Cuando se tiene a favor las leyes de la historia, los intereses del futuro, los requerimientos
económicos y morales que conducen a la revolución cuando se sabe con certeza lo que se quiere,
las armas propias y las del enemigo; cuando se ha elegido la acción ilegal; cuando hay confianza
en uno mismo y sólo se trabaja con aquellos en los cuales se tiene confianza; cuando se sabe que
la obra revolucionaria exige sacrificios y que toda devota semilla fructificará centuplicada,
entonces se es invencible.

La prueba es que los miles de expedientes de la Ojrana, los millones de fichas del servicio de
información, las maravillosas gráficas de sus técnicos, las obras de sus científicos, todo este
mirífico arsenal está ahora en manos de los comunistas rusos. Los policías, un día de disturbios,
huyeron entre el griterío de la muchedumbre; a los que se logró agarrar por el pescuezo se les
zambulló, definitivamente en los canales de Petrogrado; en su mayoría los funcionarios de la
Ojrana fueron fusilados.(17) Todos los provocadores que se pudo identificar corrieron la misma
suerte. Y un día, un poco para ilustrar a los camaradas extranjeros, reunimos en una especie de
museo cierto número de piezas particularmente curiosas, tomadas de los archivos secretos de la
Seguridad del imperio... Nuestra exposición se realizó en una de las salas más bellas del Palacio
de Invierno; los visitantes podían hojear, junto a una ventana situada entre dos columnas de
malaquita, el libro de registro de la fortaleza de Pedro y Pablo, la tenebrosa Bastilla del zar, sobre
cuyos viejos torreones se veía, del otro lado del Neva, ondear la bandera roja.

Aquellos que lo vieron saben que la revolución es invencible aun antes de vencer.

__________________________

NOTAS

1. Los socialistas-revolucionarios de la buena época del partido tuvieron a Azev, cuya actividad
fue quizás más amplia y singular aún que en los tiempos de Malinovsky. Consultar al respecto el
libro de Jean Longet, Terroristes et policiers.

2. Por el contrario, las iniciativas individuales o colectivas acordes con las necesidades y las
aspiraciones del partido -es decir, del proletariado- adquieren en ello su máxima eficacia.

3. I. Kaliáev ejecutó, por orden del partido socialista_revolucionario, al gran duque Sergio
(Moscú, 1905), y fue ahorcado. Egor Sazónov ejecuto asimismo, el mismo año, en San
Petersburgo, al presidente del consejo Plehve. Condenado a muerte, perdonado, enviado a,
trabajos forzados, amnistiado, se suicidó en el penal de Akatuí, pocos meses antes de concluir su
condena, para protestar por el maltrato que recibían sus compañeros detenidos. Estos dos
hombres de gran belleza moral, dejaron en Rusia un profundo recuerdo.

4. Stolypin, jefe del gobierno del zar en el período de reacción implacable que siguió a la
revolución de 1905, se dedicó a consolidar el régimen por medio de una represión sistemática y
de reformas agrarias.

5. Poco numerosos, los maximalistas, disidentes del partido socialista-revolucionario, a los cuales
reprochaban la corrupción de sus jefes y una ideología oportunista, fueron principalmente,
aunque con teorías tan radicales como fantasiosas, terroristas intrépidos. Aún existe un puñado,
enredado con los socialistas-revolucionarios de izquierda.

6. Salomón Ryss pagaría cara su audacia. Arrestado en el sur de Rusia, luego de algunas acciones
arriesgadas, tuvo que defenderse, frente a los jueces, de la terrible sospecha de sus compañeros de
lucha, rechazó "reemprender el servicio" en la Ojrana, y, condenado a muerte, murió como
revolucionario.

7. El señor Raymond Recouly destila todavía en los periódicos burgueses su esclarecido


patriotismo... El dinero no tiene olor.

8. Haase, líder de la socialdemocracia alemana, muerto en 1919 por un loco; Dan, menchevique
ruso.

9. La colaboración estrecha es casi la regla entre las policías de los Estados capitalistas, de suerte
que en cierto sentido se- podría hablar de policía internacional. En relación a los inicios de la
colaboración entre la Ojrana zarista y la Seguridad de la III República francesa, se hallarán
curiosas y detalladas páginas en un viejo libro de Ernest Daudet, Histoire diplomatique de
l'alliance franco-russe, 1894. Ahí se verá cómo los señores Freyssinet, Ribot, Constant, entonces
ministros, conciertan con el embajador de Rusia, Morenheim, la detención de un grupo de
nihilistas, organizado, por lo demás, por el soplón Landesen (quien, más tarde, bajo el nombre de
Harting, hizo carrera diplomática en Francia, recibiendo la Legión de Honor). Otro libro, no
menos olvidado, L'alliance franco-russe, de Jules Hansen, confirma esta versión. Finalmente el
antiguo jefe de la Seguridad, Goron, relata en sus memorias que el prefecto de París pidió al jefe
de la policía rusa en París (Rachkovsky) la colaboración de sus agentes para el control de ciertos
emigrados (citado por V. Búrtzev). Anotemos estas confesiones, a pesar de su vejez: están
firmadas por hombres de los cuales no cabe la sospecha de querer calumniar al gobierno francés.
Refirámonos a hechos mucho más recientes que, desgraciadamente, no tuvieron la resonancia que
debieran ni aun en la prensa obrera. En febrero de 1922, Nicolau Fort, uno de los presuntos
asesinos del ministro español Dato, y de su compañera Joaquina Concepción, fue entregado por
la policía alemana a la policía española, por intermedio de la policía francesa. El traslado de los
extraditados se realiza en el mayor de los secretos. El gobierno español pagó a la policía berlinesa
una cuantiosa suma. En 1925, durante el gobierno Henriot, la gendarmería y la policía francesas
rechazaban en diversas oportunidades, en la frontera de los Pirineos, a los obreros españoles
acorralados por la policía de Primo de Rivera.

10. Publicista, liberal, Vladímir Búrtzev se consagró a la historia del movimiento revolucionario
y a la lucha contra la provocación policial. Desenmascaró a los provocadores Azev, Harting-
Landesen, y a muchos otros. Preconizó el terrorismo individual contra el antiguo régimen. Tras la
caída del zarismo, evolucionó rápidamente, como la mayoría de los socialistas-revolucionarios,
sus compañeros de lucha, hacia la contrarrevolución. Amigo y colaborador de G. Hervé,
partidario de la intervención en Rusia, se convertirá en agente de propaganda de Denikin,
Kolchak, Wrangel, en París.

11. Toda la correspondencia de este personaje y de sus jefes es altamente edificante. Vemos al
director de la Seguridad de Petersburgo asegurarle al señor Krassílnikov que las autoridades rusas
desmentirán en todas las circunstancias su papel la policía rusa; vemos a este extraño consejero
diplomático título oficial--- maquinar, para burlar las encuestas de Búrtzev, una intriga
prodigiosamente complicada. Un ex agente de la Seguridad rusa en el extranjero, Jollivet, entra
en relación con Búrtzev, le hace revelaciones y se encarga de vigilar a una persona sospechosa de
provocación, pero en realidad vigila al propio Búrtzev, del que informa a la Ojrana. ¡Soplonería
y traición en tercer grado! Un laberinto.

12. Byloé, Le passé, París, 1908.

13. El expediente de vigilancia de las organizaciones socialdemócratas, solamente para el año


1912, constaba de 250 gruesos volúmenes.

14. Convertido más tarde en patriota, gubernamental y policíaco. El partido de Pilsudski.

15. Konspirativno?

16. El carpintero Stepán Jalturin, fundador en 1878 de la Unión Septentrional de Obreros Rusos,
fue uno de los verdaderos precursores del movimiento obrero ruso. Adelantándose un cuarto de
siglo a su tiempo, concibió la revolución como realizable a través de la huelga general. Colocado
como carpintero entre el personal obrero del Palacio de Invierno, durmió mucho tiempo sobre un
colchón que poco a poco fue llenando de dinamita... Alejandro II escapé a la explosión del 5 de
febrero de 1880. Jalturin fue ahorcado dos años más tarde, después de haber ejecutado al
procurador Srélnikov, de Kiev. Había sido obligado al terrorismo a causa de la provocación
policial que asoló a su agrupación obrera. Es una de las más grandes y nobles figuras de la
historia de la Revolución Rusa.

17. La república democrática de Kerensky creyó poder protegerlos, logrando algunos pasar al
extranjero.

CAPITULO II
2.
EL PROBLEMA DE LA ILEGALIDAD

I. Jamás ser ingenuo


Sin una visión clara de este problema, el conocimiento de los métodos y procedimientos
policiales no tendría ninguna utilidad práctica.

El fetichismo de la legalidad fue y sigue siendo uno de los rasgos característicos del socialismo
favorable a la colaboración de clases. Lo cual conlleva la creencia en la posibilidad de
transformar el orden capitalista sin entrar en conflicto con sus privilegiados. Pero esto más que
indicio de un candor poco compatible con la mentalidad de los políticos, lo es de la corrupción de
los líderes. Instalados en una sociedad que fingen combatir, recomiendan respeto a las reglas del
juego. La clase obrera no puede respetar la legalidad burguesa, salvo que ignore el verdadero
papel del Estado, el carácter engañoso de la democracia; en pocas palabras, los principios básicos
de la lucha de clases.

Si el trabajador sabe que el Estado es un haz de instituciones destinadas a defender los intereses
de los propietarios contra los no-propietarios, es decir, a mantener la explotación del trabajo; que
la ley, siempre promulgada por los ricos en contra de los pobres, es aplicada por magistrados
invariablemente tomados de la clase dominante; que invariablemente la ley es aplicada con un
riguroso espíritu de clase; que la coerción -que comienza con la pacífica orden del agente de
policía y termina con el golpe de la guillotina, pasando por presidios y penitenciarías, es el
ejercicio sistemático de la violencia legal contra los explotados, ese trabajador no puede ya
considerar la legalidad más que como un hecho, del cual se deben conocer los diversos aspectos,
sus diversas aplicaciones, las trampas, las consecuencias -y también las ventajas- de las cuales
deberá sacar partido alguna vez, pero que no debe ser frente a su clase más que un obstáculo
puramente material.

¿Es necesario que demostremos el carácter antiproletario de toda legalidad burguesa? Podría ser.
En nuestra desigual lucha contra el viejo mundo, las demostraciones más sencillas deben hacerse
una y otra vez. Nos bastará mencionar brevemente un número de hechos bastante conocidos. En
todos los países, el movimiento obrero ha debido conquistar, a fuerza de combates prolongados
por más de medio siglo, el derecho de asociación y de huelga. Este derecho aún no es reconocido,
en la misma Francia, a los trabajadores del Estado y a los de las empresas consideradas de
utilidad pública (¡como si no lo fueran todas!), tales como los ferroviarios. En los conflictos entre
el capital y el trabajo, el ejército siempre ha intervenido contra el trabajo; nunca contra el capital.
En los tribunales, la defensa de los pobres es poco menos que imposible, a causa de los gastos de
toda acción judicial; en realidad, un obrero no puede ni intentar ni sostener un proceso. La
inmensa mayoría de delitos y crímenes tiene por causa directa la miseria y entra en la categoría
de atentados a la propiedad.

Las prisiones están pobladas de una inmensa mayoría de pobres. Hasta la guerra, en Bélgica,
existía el sufragio censual: un capitalista, un cura, un oficial, frente a un solo abogado que
contrabalanceaba los votos de dos o tres trabajadores, según el caso. En el momento en que
escribimos se trata de restablecer el sufragio censual en Italia.

Respetar esta legalidad es cosa de tontos.

Sin embargo, desdeñarla no sería menos funesto. Sus ventajas para el movimiento obrero son
tanto más reales cuanto menos ingenuo se es. El derecho a la existencia y a la acción legal es,
para las organizaciones del proletariado, algo que se debe reconquistar y ampliar constantemente.
Lo subrayamos porque la inclinación opuesta al fetichismo de la legalidad se manifiesta a veces
entre los buenos revolucionarios, inclinados -por una especie de tendencia al menor esfuerzo en
política (es más fácil conspirar que dirigir una acción de masas)- a cierto desdén por la acción
legal. Nos parece que, en los países donde la reacción todavía no ha triunfado destruyendo las
conquistas democráticas del pasado, los trabajadores deberán defender firmemente su situación
legal, y en los otros países luchar por conquistarlas. En la misma Francia, la libertad de que goza
el movimiento obrero necesita ser ampliada, y lo será sólo mediante la lucha. El derecho de
asociación y de huelga es todavía negado o discutido a los funcionarios del Estado y a ciertas
categorías de trabajadores; la libertad de manifestación es mucho menor que en los países
anglosajones; las avanzadas de la defensa obrera todavía no han conquistado la calle y la
legalidad como en Alemania y Austria.

II. Experiencia de posguerra: no dejarse sorprender


Durante la guerra se vio a todos los gobiernos de los países beligerantes sustituir las instituciones
democráticas por la dictadura militar (estado de sitio, supresión práctica del derecho de huelga,
prórroga y receso de los parlamentos, omnipotencia de los generales, régimen de consejos de
guerra). Las necesidades excepcionales de la defensa nacional les proporcionaban una
justificación plausible. Desde que al acabar la guerra la marejada roja surgida de Rusia se
desbordó por toda Europa, casi todos los Estados capitalistas -combatientes esta vez en la guerra
de clases_, amenazados por el movimiento obrero, trataron como "papeluchos" los textos antes
sagrados de sus propias legislaciones.

Los Estados bálticos (Finlandia, Estonia, Lituania, Letonia) y Polonia, Rumania, Yugoslavia,
fraguaron contra la clase obrera leyes pérfidas no disfrazadas por ninguna hipocresía
democrática. Bulgaria perfeccionó los efectos de su legislación canallesca con violencias
extralegales. Hungría, Italia, España se contentaron con abolir, en lo tocante a obreros y
campesinos, todo tipo de legalidad. Más cultivada, mejor organizada, Alemania estableció, sin
recurrir a leyes de excepción, un régimen que podríamos llamar de terrorismo judicial y
policiaco.(1) Los Estados Unidos aplican brutalmente sus leyes sobre el "sindicalismo criminal",
el sabotaje y... ¡ espionaje! : miles de obreros fueron detenidos en virtud de un espionnage act
promulgado durante la guerra contra los súbditos alemanes que habitaban en los EE UU.

No quedan en Europa más que los países escandinavos, Inglaterra, Francia y algunos pequeños
países donde el movimiento obrero todavía goza del beneficio de la legalidad democrática. Se
puede afirmar, sin temer ser desmentido por los acontecimientos, que con la primera crisis social
realmente peligrosa este beneficio le será retirado irrestricta y vigorosamente. Indicios muy
precisos reclaman nuestra atención. En noviembre de 1924, las elecciones británicas se hicieron
sobre la base de una campaña anticomunista, en la que una falsa carta de Zinóviev,
pretendidamente dirigida al partido laborista inglés e interceptada por un gabinete negro,
proporcionaba la prueba de convicción principal. En Francia se trató en varias oportunidades de
disolver la CGT. Si no nos equivocamos, esta disolución llegó a ser formalmente aprobada.
Briand, en su tiempo, para romper la huelga de ferrocarriles llegó incluso a militarizar -
ilegalmente- a los ferrocarrileros. El clemencismo* no pertenece a un pasado suficientemente
lejano; y Poincaré ha demostrado, desde la ocupación del Ruhr, una evidente veleidad por
imitarlo.

Ahora bien, para un partido revolucionario, dejarse sorprender por ser puesto fuera de la ley sería
tanto como desaparecer. Por el contrario preparar el funcionamiento ilegal es tener la certeza de
sobrevivir a todas las medidas de la represión. Tres ejemplos impresionantes, tomados de la
historia cercana, ilustran esta verdad.

1. Un gran partido comunista que se deja sorprender al ser ilegalizado:


El PC de Yugoslavia, partido de masas, que contaba, en 1920, con más de 120 mil miembros y
con 60 diputados en la Skúpchina, es disuelto en 1921, en cumplimiento de la Ley de Defensa del
Estado. Su derrota es instantánea y total. Desaparece de la escena política.(2)

2. Un partido comunista que es destruido a medias:


El Partido Comunista Italiano estaba obligado, desde antes de la subida de Mussolini al poder, a
una existencia más que semi-ilegal como consecuencia de la persecución fascista. La furiosa
represión -4000 detenciones de obreros en la primera semana de 1923- no logró quebrar en
ningún momento al PCI, que, por el contrario, fortificado y ampliado, pasó de tener 10 000
miembros en 1923 a casi 30000 miembros en los comienzos de 1925.

3. Un gran partido comunista que no es sorprendido en absoluto:


A finales de 1923, después de los aprestos revolucionarios de octubre y de la insurrección de
Hamburgo, el PC alemán es disuelto por el general von Seeckt. Provisto desde hacía mucho de
flexibles organizaciones ilegales, logra continuar, sin embargo, su existencia normal. El gobierno
debe muy poco después reconsiderar una medida cuya inanidad resulta evidente. El PC alemán
sale de la ilegalidad con sus efectivos tan poco golpeados, que logra en las elecciones de 1924
más de tres millones y medio de votos.

III. Los límites de la acción revolucionaria legal


La legalidad, por lo demás, tiene, en las democracias capitalistas más "avanzadas", limites que el
proletariado no puede respetar sin condenarse a la derrota. La propaganda en el ejército,
necesidad vital, no es legalmente tolerada. Sin la defección de por lo menos una parte del ejército,
no hay revolución victoriosa. Esta es la ley de la historia. En todo ejército burgués, el partido del
proletariado debe hacer nacer y cultivar tradiciones revolucionarias, poseer organizaciones
ramificadas, tenaces en el trabajo, más vigilantes que el enemigo. La más democrática de las
legalidades no tolerarla en absoluto la existencia de comités de acción donde precisamente son
necesarios: en los nudos ferroviarios, en los puertos, en los arsenales, en los aeropuertos. La más
democrática de las legalidades no tolera la propaganda comunista en las colonias: como prueba,
la persecución de los militantes hindúes y egipcios por las autoridades inglesas; e igualmente el
régimen de provocaciones policíacas instituido por las autoridades francesas en Túnez. En fin, no
es necesario decir que los servicios de enlace internacionales deben siempre ser sustraídos a la
curiosidad del espionaje estatal.

Nadie ha sostenido con más firmeza que Lenin -en la época de la fundación del partido
bolchevique ruso y más tarde, durante la fundación de los partidos comunistas europeos- la
necesidad de la organización revolucionaria ilegal. Nadie ha combatido más el fetichismo de la
legalidad. En el II Congreso de la Socialdemocracia Rusa (Bruselas-Londres, 1903) la división de
mencheviques y bolcheviques se asentó principalmente sobre la cuestión de la organización
ilegal. La discusión del primer párrafo de los estatutos fue el motivo.

L. Mártov, quien habría de ser durante 20 años el líder del menchevismo, quería concederle la
calidad de Miembro del partido a cualquiera que le prestara servicios a éste (bajo el control del
partido), es decir, en realidad a los simpatizantes, numerosos sobre todo en los medios
intelectuales, que se esforzarían a no comprometerse al punto de colaborar en la acción ilegal.
Con brusquedad, Lenin sostuvo que para pertenecer al partido era necesario "participar en el
trabajo de una de sus organizaciones" (ilegales). La discusión parecía excesivamente puntillosa.
Pero Lenin tenía una inmensa razón. No se puede ser la mitad o una tercera parte de un
revolucionario. El partido de la revolución debe aprovechar, es cierto, toda contribución; pero no
puede contentarse con recibir, de parte de sus miembros una vaga simpatía, discreta, verbal,
inactiva. Aquellos que no consienten en arriesgar por la clase obrera una situación material
privilegiada, no deben estar en situación de ejercer una influencia determinante en el interior del
partido. La actitud respecto a la ilegalidad fue para Lenin la piedra de toque que le sirvió para
diferenciar a los verdaderos revolucionarios de los... otros.(3)
IV. Policías privadas
Deberá tenerse en cuenta otro factor: la existencia de policías privadas, extralegales, capaces de
proporcionar a la burguesía excelentes manos armadas a sueldo.

Durante el conflicto mundial, los servicios de información de la Action Francaise se


desempeñaron con un éxito notable como proveedores de los consejos de guerra de Clemenceau.
Se sabe que Marius Plateau estuvo a la cabeza de la policía privada de la Ah. Por otra parte, un
tal Jean Maxe, compilador y divagador intemperante de los Cahiers de L'antifrance, se consagró
al espionaje de los movimientos de avanzada.(4)

Es muy poco probable que todas las formaciones reaccionarias inspiradas en el fascio italiano
posean servicios de espionaje y de policía.

En Alemania, las fuerzas vitales de la reacción se concentran, desde el desarme oficial del país,
en organizaciones más que semisecretas. La reacción ha comprendido que, incluso en los partidos
secundados por el Estado, la clandestinidad es un recurso precioso. Se comprende que todas estas
organizaciones asumen contra el proletariado más o menos las funciones de una policía oculta.

En Italia, el partido fascista no se contentó con disponer de la policía oficial. Tiene sus propios
servicios de espionaje y contraespionaje. Por todas partes diseminó sus soplones, sus agentes
secretos, sus provocadores, sus esbirros. Y fue esta mafia, a la vez policial y terrorista, la que
"suprimió a Matteoti, además de muchos otros.

En los Estados Unidos, la participación de las policías privadas en los conflictos entre el capital y
el trabajo ha tomado una amplitud temible. Las oficinas de célebres detectives privados
proporcionan a los capitalistas soplones discretos, expertos provocadores, riflemen (tiradores de
élite), guardias, capataces y también "militantes de trade unions" placenteramente corrompidos.
Las compañías de detectives Pinkerton, Burns y Thiele poseen 100 oficinas y cerca de 10.000
sucursales; emplean, según se dice, 135.000 personas. Su presupuesto anual se calcula en 65
millones de dólares. Estas firmas son las creadoras del espionaje industrial, del espionaje en la
fábrica, en el taller, en los astilleros, de oficina, de todo lugar donde trabajen asalariados. Han
creado el prototipo del obrero soplón.(5)

Un sistema análogo, denunciado por Upton Sinclair, funciona en las universidades y en las
escuelas de la gran democracia cantada por Walt Whitman.

V.Conclusiones
Resumiendo: el estudio del mecanismo de la Ojrana nos revela que el fin inmediato de la policía
es más el de conocer que el de reprimir. Conocer para poder reprimir a la hora señalada, en la
medida deseada, si no totalmente. Frente a este sagaz adversario, poderoso y disimulado, un
partido obrero carente de organizaciones clandestinas, un partido que no oculta nada, hace pensar
en un hombre desarmado, sin abrigo, situado en la mira de un tirador bien parapetado. La
seriedad del trabajo revolucionario no puede habitar una casa de cristal. El partido de la
revolución debe organizarse para evitar lo más posible la vigilancia enemiga; con el fin de ocultar
absolutamente sus resortes más importantes; con el fin, en los países todavía democráticos de no
estar a merced de un bandazo a la derecha de la burguesía o de una declaración de guerra;(6) con
el fin de inculcar a nuestros camaradas hábitos de acuerdo a tales necesidades.
________________________

NOTAS

* Por Clemenceau, el llamado "estadista de hierro". [E.]

1. Una circular del ministro Jarres prescribía a las autoridades locales, en 1924, el arresto y la
persecución de todos los militantes obreros revolucionarios. Se sabe que ella conllevó la
detención de cerca de 7 000 comunistas.

2. El PC yugoslavo se reorganizó en la ilegalidad. Cuenta actualmente con varios miles de


miembros.

3. Consultar al respecto, V. I. Lenin, ¿Qué hacer?

4. Jean Maxe fue identificado por la revista Les Humbles. Es un tal Jean Didier, residente en
París (XVIIIe). A decir verdad, sus laboriosas compilaciones sobre "el complot clartista-judeo-
germano-bolchevique" (¡uf!) Y más parecen literatura para chiflados que trabajo policial. Con
todo, la burguesía francesa los aprecia.

5. Véase S. Howard y Robert W. Dunn, "The Labour Spy" (El obrero espía), en The New
Republic, Nueva York; y la novela, de Upton Sinclair, 100%.

6. En lo sucesivo, en los grandes países capitalistas, toda guerra tenderá a desdoblarse cada vez
más en una guerra de clases en el interior. La movilización industrial y el colocar a la nación
entera en estado de guerra necesitan el aplastamiento previo del movimiento obrero
revolucionario. Me he dedicado a demostrar, en una serie de artículos sobre la futura guerra, que
la movilización será el estrangulamiento, tan repentino cuanto posible, del movimiento obrero.
No aguantarán el golpe más que aquellos partidos, sindicatos y organizaciones que se hayan
preparado. Sería útil examinar a fondo esas cuestiones.

CAPITULO III

3.
CONSEJOS SENCILLOS AL MILITANTE

Los grandes bolcheviques rusos se califican gustosos como "revolucionarios profesionales". A


todos los verdaderos artífices de la transformación social, esta calificación les va perfectamente.
Excluye de la actividad revolucionaria el diletantismo, el amateurismo, el deporte, la pose; sitúa
definitivamente al militante en el mundo del trabajo, donde no se trata de "actitudes", ni de la
naturaleza más o menos interesante de las tareas, ni del placer espiritual y moral de tener ideas
"avanzadas". El oficio (o la profesión) llena la mayor parte de la vida de los que trabajan. Saben
que es cosa seria, de la cual depende el pan cotidiano; saben también, más o menos
conscientemente, que de ellos depende toda la vida social y el destino de los hombres.

El oficio de revolucionario exige un largo aprendizaje, conocimientos puramente técnicos, amor a


la tarea tanto como entendimiento de la causa, los fines y los medios. Si, como es frecuente, se
superpone a otro oficio para vivir, es el de revolucionario el que llena la vida y el otro no es sino
algo accesorio. La Revolución Rusa pudo vencer porque en veinticinco años de actividad política
había formado fuertes equipos de revolucionarios profesionales, preparados para realizar una
obra casi sobrehumana.
Esta experiencia y esta verdad debieran estar presentes siempre en el espíritu de todo
revolucionario digno de tal nombre. En la complejidad actual de la guerra de clases, se necesitan
años de esfuerzo para formar un militante, pruebas, estudio, preparación consciente. Todo obrero
animado del deseo de no pasar como un ser insignificante entre la masa explotada, sino de servir
a su clase y vivir una vida más plena participando en el combate por la transformación social,
deberá esforzarse por ser también, en la medida de lo posible, por pequeña que sea un
revolucionario profesional... Y en el trabajo de partido, de sindicato o de grupo, deberá mostrarse
-es lo que ahora nos ocupa- suficientemente al tanto de la vigilancia policial, incluso de la
invisible, incluso de la inofensiva, como parece serlo en los períodos de calma, y descubrirla.

Las recomendaciones siguientes podrán servirle mucho.

No son por cierto un código completo de las reglas de la clandestinidad, ni siquiera de la


precaución revolucionaria. No contienen ninguna receta sensacional. Son apenas reglas
elementales. El buen sentido bastaría en rigor para sugerirlas. Pero, desgraciadamente,
experiencias amargas demuestran que su enumeración no es superflua. La imprudencia de los
revolucionarios es siempre el mejor auxiliar de la policía.

I. Seguir los pasos


La vigilancia secreta, paso a paso, fundamento de toda vigilancia, es casi siempre fácil de
descubrir. Todo militante deberá considerarse seguido permanentemente; por principio, jamás
dejará de tomar las precauciones necesarias para impedir que lo sigan. En las ciudades grandes
donde el tráfico es intenso, donde los medios de locomoción son variados, el éxito de la policía se
debe exclusivamente a una culpable negligencia de los camaradas.

Las reglas más simples son: no dirigirse directamente a donde uno va; dar un rodeo por una calle
poco frecuentada, para asegurarse de que no se está siendo seguido; en caso de duda, regresar
sobre los propios pasos; en caso de advertir que se es seguido usar un medio de locomoción y
transbordar.

Es un poco difícil "plantar" a los agentes en una ciudad pequeña; pero al hacerse ostensible, tal
vigilancia pierde una gran parte de su valor.

Desconfiar de la imagen preconcebida del "agente de paisano". Este tiene frecuentemente una
fisonomía bastante característica. Pero los buenos policías saben adaptarse a la variedad de sus
tareas. El transeúnte más corriente, el obrero en mangas de camisa, el vendedor ambulante, el
chofer, el soldado pueden ser policías. Prever la utilización de mujeres, de jóvenes y de niños
entre ellos. Sabemos de una circular de la policía rusa recomendando emplear escolares en
misiones que los agentes no podrían cumplir sin hacerse notar.

Cuidarse también de la enfadosa manía de ver un soplón en todo el que pasa.

II. La correspondencia y los apuntes


Escribir lo menos posible. Mejor no escribir. No tomar notas sobre temas delicados: más vale
memorizar ciertas cosas que tomarlas por escrito. Para ello, ejercitarse en retener por
procedimientos mnemotécnicos las direcciones y particularmente los números de las calles.

La libreta
En caso necesario, tomar notas inteligibles sólo para uno mismo. Cada quien inventará
procedimientos de abreviatura, de inversión y de cambio de las cifras (24 por 42; 1 significa g, g
significa 1, etc.). Poner, uno mismo, nombre a las plazas, a las calles, etc.; para disminuir las
posibilidades de error, valerse de asociaciones de ideas (la calle Lenoir* se convertirá en La
Negra; la calle Lepica... en erizo o espina, etc.).

Las cartas
Con la correspondencia, tomar en cuenta los gabinetes negros. Decir lo mínimo de lo que haya
que decir, esforzándose por no ser comprendido más que por el destinatario. No mencionar
terceros sin necesidad. En caso de necesidad, recordar que un nombre es mejor que un apellido, y
que una inicial sobre todo convencional, es mejor que un nombre.

Variar las designaciones convencionales.

Evitar todas las precisiones (de lugar, de trabajo, de fecha, de carácter, etc.).

Saber recurrir, aun sin entendimiento previo, a estratagemas que siempre deberán ser muy
sencillas, y trivializar la información. No decir, por ejemplo: "el camarada Pedro fue detenido",
sino "el tío Peter cayó enfermo repentinamente".

Recibir la correspondencia a través de terceros.

Sellar bien las cartas. No considerar los sellos de cera como garantía absoluta; hacerlos muy
delgados; los más gruesos son más fáciles de despegar.

Un buen método consiste en pegar la carta por detrás de la cubierta y recubrir la pestaña con un
elegante sello de cera.

Recordar siempre:

"Dame tres líneas escritas por un hombre y te lo haré detener."

Expresión de un axioma familiar de todas las policías.

III. Conducta general


· Desconfiar de los teléfonos. No hay nada más fácil de controlar.

La conversación telefónica entre dos aparatos públicos (en cafés, teléfonos automáticos,
estaciones) presenta menos inconvenientes.

No hacer citas por teléfono más que en términos convencionales.

· Conocer bien los lugares, En caso de necesidad, estudiarlos con antelación en un plano. Fijarse
en las casas, los pasajes, los lugares públicos (estaciones, museos, cafés, grandes tiendas) que
tengan varias salidas.

· En un lugar público, en el tren, en una visita privada, tener presentes las posibilidades de
observación y por lo tanto del alumbrado. Tratar de observar bien sin ser observado a la vez. Es
bueno sentarse de preferencia a contraluz: se ve bien y a la vez se es menos visible. No es bueno
dejarse ver en una ventana.
IV. Entre compañeros
Tener como principio que, en la actividad ilegal, un militante no debe saber sino aquello que es
útil que sepa; y que frecuentemente es peligroso saber o dar a conocer más.

Mientras menos conocida es una tarea, más seguridad y posibilidades de éxito ofrece.

Cuidarse de la inclinación a las confidencias. Saber callar: callarse es un deber hacia el partido,
hacia la revolución.

Saber ignorar voluntariamente aquello que no se debe conocer.

Es un error, que puede llegar a ser grave, confiarle al amigo mas íntimo, a la novia, al camarada
más seguro, un secreto de partido que no es indispensable que conozca. A veces es algo que
puede dañarlos a ellos; porque se es responsable de lo que se sabe, y esa responsabilidad puede
estar cargada de consecuencias.

No molestarse ni ofenderse por el silencio de un camarada. Ello no es indice de falta de


confianza, sino más bien de una estima fraternal y de una conciencia que debe ser común del
deber revolucionario.

V. En caso de detención
Mantener absolutamente la sangre fría. No dejarse intimidar ni provocar.

No responder a ningún interrogatorio sin estar asistido por un defensor y antes de haberse
aconsejado con éste que, de ser posible, deberá ser un camarada del partido. O, en su defecto, sin
haber reflexionado suficientemente. Toda la prensa revolucionaria rusa publicaba otrora, en
grandes caracteres, esta constante recomendación:

"¡Camaradas, no hagan declaraciones!


¡No digan nada!"

En principio: no decir nada.

Explicarse es peligroso; se está en manos de profesionales capaces de sacar partido de la menor


palabra. Toda "explicación" les proporcionará información valiosa.

Mentir es extremadamente peligroso; es difícil construir una historia sin defectos demasiado
evidentes. Es casi imposible improvisarla.

No tratar de hacerse el más astuto: la desproporción de fuerzas es demasiado grande.

Los reincidentes escriben en los muros de las prisiones esta enérgica recomendación que puede
ser aprovechada por los revolucionarios: "¡No confesar jamás!"

Cuando se niega algo, negarlo de plano. Saber que el adversario es capaz de todo.(1)

No dejarse sorprender ni desconcertar por el clásico:

-¡Lo sabemos todo!

Esto nunca es cierto. Es un truco impúdico usado por todas las policías y por todos los jueces de
instrucción con todos los detenidos.
No dejarse intimidar por la sempiterna amenaza:

-¡Le costará caro!

Las confesiones, las malas justificaciones, la creencia en triquiñuelas, los momentos de pánico si
pueden costar caros; pero cualquiera que sea la situación de un acusado, una defensa firme y
hermética, construida de muchos silencios y de pocas afirmaciones y negaciones, sólidas, no
puede más que mejorarla.

No creer en nada: es también un argumento clásico cuando se nos dice:

-Ya lo sabemos todo por boca de su compañero tal y tal!

No creer en nada, ni aunque traten de probarlo. Con unos pocos indicios hábilmente reunidos, el
enemigo es capaz de fingir un conocimiento profundo de las cosas. Incluso si algún Tal "ya lo
dijo todo", esto ha de ser una razón más para redoblar la circunspección.

No saber o saber lo menos posible sobre quiénes se nos está preguntando.

En las confrontaciones: conservar la sangre fría. No manifestar asombro. Insistamos: no decir


nada.

Jamás firmar un documento sin haberlo leído bien y comprendido completamente. A la menor
duda, negarse a firmarlo.

Si la acusación se basa en una falsedad -lo cual es frecuente- no indignarse: dejarla pasar antes de
combatirla. No hacer nada más sin ayuda del defensor, que debe ser un camarada.

VI. Frente a jueces y policías


No ceder a la inclinación, inculcada por la educación idealista burguesa, de establecer o
restablecer "la verdad".

En el conflicto social no hay verdad común para las clases explotadas y para las clases
explotadoras.

No hay verdad -ni pequeña ni grande- impersonal, suprema, imperante que esté por encima de la
lucha de clases.

Para la clase propietaria, la verdad es su derecho: su derecho a explotar, a expoliar, a legislar; a


acorralar a los que quieren un futuro mejor, a golpear sin piedad a los difusores de la conciencia
de clase del proletariado: llaman verdad al engaño útil. Verdad científica, dicen sus sociólogos, la
eternidad de la propiedad individual (abolida por los soviets). Verdad legal es una irritante
falsedad: ¡la igualdad de pobres y ricos ante la ley! Verdad oficial, la imparcialidad de la justicia,
arma de una clase contra las otras.

La verdad de ellos no es la nuestra.

A los jueces de la clase burguesa, el militante no tiene por qué darles cuenta de sus actos ni tiene
por qué tenerle respeto a ninguna pretendida verdad. Llega coaccionado frente a ellos. Sufre
violencia. Su única meta debe ser servir también aquí a la clase obrera. Por ella, puede hablar,
hacer del banquillo de los acusados una tribuna, convertirse de acusado en acusador. Por ella
debe saber callar. O defenderse inteligentemente para reconquistar con la libertad sus
posibilidades de acción.
La verdad no se la debemos sino a nuestros camaradas, a nuestra clase, a nuestro partido.

Frente a jueces y policías, no olvidarse de que son sirvientes de los ricos, encargados de las más
viles tareas.

Que si son los más fuertes, somos nosotros entonces los que, necesariamente, tenemos razón
contra ellos; que ellos defienden servilmente un orden inicuo, malvado, condenado por el mismo
desarrollo histórico, mientras que nosotros trabajamos por la única causa noble de nuestro
tiempo: la transformación del mundo por la liberación del trabajo.

VII. Ingeniosidad
La aplicación de estas cuantas reglas exige una cualidad que todo militante debiera tratar de
cultivar: la ingeniosidad.

...Un camarada llega a una casa vigilada, va al departamento situado en el cuarto piso. Apenas
llega a las escaleras, tres sujetos de aspecto patibulario lo siguen. Van en la misma dirección. En
el segundo piso el camarada se detiene, toca a la puerta de un médico y pregunta por las horas de
consulta. Los policías siguen de largo.

Perseguido en una calle de Petrogrado y a punto de ser aprehendido por sus seguidores, un
revolucionario se resguarda sorpresivamente en el quicio de una puerta, blandiendo en la mano
un objeto negro. "¡ Cuidado con la bomba! " Los perseguidores hacen un gesto de retirada. El
perseguido se esfuma por un pasillo: la casa tiene dos salidas. Se larga. ¡La bomba no era más
que un sombrero enrollado!

En un país en el que toda literatura comunista está prohibida, un librero introduce al por mayor
las memorias de John Rockefeller: Cómo me hice millonario. A partir de la cuarta página, el texto
es de Lenin: La vía de la insurrección.

VIII. Una recomendación fundamental


Cuidarse de las manías conspiradoras, de la pose de iniciado, de los aires de misterio, de
dramatizar los casos simples, de la actitud "conspiradora". La mayor virtud de un revolucionario
es la sencillez, el desprecio de toda pose, incluso... "revolucionaria", y principalmente
conspiradora.

___________________

NOTAS

1. Cuando Egor Sazónov colocó su bomba bajo la carroza de von Plehve (Petersburgo, 1905), el
ministro quedó muerto y el terrorista gravemente herido. Al trasladarlo al hospital, el herido fue
rodeado por hábiles soplones, a los que se les dio la orden de taquigrafiar cualquier palabra que
pronunciara durante su delirio. En cuanto Sazónov recobró la conciencia, fue interrogado con
rudeza. Desde la prisión escribió a sus camaradas: "¡Recuerden que el enemigo es infinitamente
vil! " La Ojrana llegó a la impudicia de enviar abogados falsos a los inculpados.

CAPITULO IV

4.
EL PROBLEMA DE LA REPRESION REVOLUCIONARIA

I. ¿Ametralladora, máquina de escribir, o...?


¿Qué piensa usted de la ametralladora? ¿No prefiere una máquina de escribir o un aparato
fotográfico?

Gentes honestas, y que se ocupan de sociología, plantean a veces, a propósito de las realidades de
la revolución, preguntas de tal calibre. Hay los que reprueban con lirismo toda violencia, toda
dictadura, confiados, para lograr el fin de la opresión, de la miseria, de la prostitución y de la
guerra, tan sólo en la intervención, sobre todo literaria, del espíritu. Gozando en realidad de un
confort considerable, en la sociedad tal cual es, se sitúan altaneramente "por encima del conflicto
social". En vez de la metralleta, prefieren, muy particularmente, la máquina de escribir.

Otros sin repudiar la violencia, repudian formalmente la dictadura. La revolución les parece una
liberación milagrosa. Sueñan con una humanidad que, con sólo liberarse de sus trabas se haría
pacífica y buena. A despecho de la historia, de la verosimilitud, del sentido común y de sus
propósitos, sueñan con una revolución total, no sólo idílica, claro, aunque sí breve, decisiva,
definitiva, con futuros radiantes. "Fresca y alegre", quisieran agregar, pues en el fondo mucho se
parece esta concepción de la lucha al mito oficial de la "última guerra" imaginada en 1914 por las
burguesías aliadas. Nada de época de transición; nada de dictadura del proletariado ("¡Contra
todas las dictaduras! "); nada de represión después de la victoria de los trabajadores; nada de
tribunales revolucionarios; nada de Cheka, sobre todo, ¡por todos los dioses! , ¡nada de Cheka! ;
nada de prisiones... La entrada con pie firme en la libre ciudad del comunismo; el arribo
inmediato, después de la tormenta, a las Islas Afortunadas. A las metralletas, estos
revolucionarios, nuestros hermanos libertarios prefieren... las guirnaldas de rosas, de rosas rojas.

Otros, en fin, creen que, por ahora, se le debe dejar el monopolio del uso de la metralleta a las
clases poseedoras, y tratar de inducirlos suavemente, por persuasión, a renunciar a ellas.

Mientras tanto estos reformadores padecen penas sin cuento tratando de obtener de conferencias
internacionales la reglamentación del uso de disparos en ráfaga... Parece que se dividen en dos
categorías: los que al uso de la metralleta prefieren sinceramente el uso de la mesa de
discusiones; y los que, más prácticos y desilusionados, prefieren in petio el uso de los gases
asfixiantes.

En verdad, nadie -salvo tal vez algún fabricante de armas y municiones- tiene especial
predilección por el uso de la metralleta. Pero la metralleta existe. Es una realidad. Una vez
recibida la orden de movilización, hay que elegir entre estar delante de esta cosa real o estar
detrás de ella, entre servirse de la simbólica máquina de matar o servirle de blanco. Nosotros
preconizamos entre los trabajadores el uso de una tercera solución: tomar este instrumento de
muerte y volverlo contra sus fabricantes. Los bolcheviques rusos decían desde 1915:
"Transformar la guerra imperialista en guerra civil."

Todo lo que hemos dicho de la metralleta se aplica al Estado y a su aparato de dominación:


prisiones, tribunales, policía, servicios policíacos. La revolución no escoge las armas. Recoge del
campo ensangrentado las que la historia ha forjado, las que caen de las manos de la clase
dirigente vencida. Ayer a la burguesía, para reprimir a los explotados, le era necesario un
poderoso aparato coercitivo: ahora también un poderoso aparato represivo le sirve a los obreros y
campesinos para vencer la extrema resistencia de los poseedores desposeídos, para impedirles
retornar al poder, para mantenerlos en una constante carencia de sus privilegios. La metralleta no
desaparece: cambia de manos. No es preferible el arado, por ahora...

Pero dejemos las metáforas y las analogías simplistas. La característica de la metralleta es que no
se modifica, cualquiera sea la manera de usarla. Si se la instala en un museo, amordazada por un
rótulo de cartón; si se la emplea inofensivamente en ejercicios de academia militar; si, agazapada
en un agujero de obús, le sirve a un campesino de Beauce para perforar la carne de su hermano, el
cultivador de Westfalia; si, instalada en el umbral de un palacio expropiado, mantiene en jaque a
la contrarrevolución, no se le modifica ni un tornillo, ni una tuerca.

Por el contrario, una institución es modificada por los hombres, y más aún, infinitamente más por
las clases que se sirven de ella. El ejército de la monarquía feudal francesa de antes de la
revolución de 1789-93, aquel pequeño ejército profesional, formado por mercenarios a sueldo y
por pobres diablos reclutados a la fuerza, dirigidos por nobles, se parece muy poco al ejército que
se formó al día siguiente de la revolución burguesa, aquella nación en armas, constituida
espontáneamente al llamado de "la patria en peligro", dirigida por viejos sargentos y por
diputados. Igualmente profunda era la diferencia entre el ejército del antiguo régimen ruso
imperial, llevado a la derrota por el gran duque Nicolás, con su casta de oficiales, servicio
duramente impuesto, régimen del "puñetazo en el hocico", y el Ejército Rojo organizado por el
partido comunista, por su gran animador Trotsky, con sus comisarios obreros, su servicio de
propaganda, sus cotidianos llamados a la conciencia de clase del soldado, sus épicas victorias...
Igualmente profunda, si no más, la diferencia entre el Estado burgués destruido de arriba abajo
por la Revolución Rusa de octubre de 1917, y el Estado proletario edificado sobre sus escombros.
Planteamos el problema de la represión. Veremos que la analogía entre el aparato represivo del
Estado burgués y el del Estado proletario, es mucho más aparente que real.

II. La experiencia de dos revoluciones

A mediados de noviembre de 1917, los soviets, detentadores exclusivos del poder desde hacía
pocos días, lograda en toda Rusia una completa victoria insurreccional, vieron abrirse la era de
las dificultades. Continuar la revolución resulté cien veces más difícil de lo que costó tomar el
poder. En las grandes ciudades no había ni servicios públicos ni administración que funcionara.
La huelga de técnicos amenazaba con provocar las peores aglomeraciones y con calamidades sin
cuento. El agua, la electricidad, los víveres, podían faltar a los tres días; el alcantarillado no
funcionaba, y esto hacía temer epidemias; los transportes eran más precarios, problemático el
avituallamiento. Los primeros comisarios del pueblo que llegaron a tomar posesión de los
ministerios, hallaron las oficinas vacías, cerradas, con los estantes bajo llave y algunos ujieres
hostiles y obsequiosos esperando que los nuevos jefes hicieran romper los cajones vacíos de los
secretarios... Este sabotaje de la burocracia y de los técnicos, organizado por los capitalistas (los
funcionarios "en huelga" recibían subsidios de un comité de plutócratas), dura algunas semanas
con carácter critico, y meses e incluso años en forma más atenuada. Mientras tanto, la guerra civil
se encendía lentamente. La revolución victoriosa, poco inclinada a derramar sangre, muestra
hacia sus enemigos más bien una peligrosa indulgencia. Libres bajo palabra (ése fue el caso del
general Krasnov) o ignorados, los oficiales zaristas se reagrupaban apresuradamente en el sur,
formando los primeros núcleos de los ejércitos de Kornilov, de Alexéiev, de Krasnov, de
Denikin, de Wrangel. La generosidad de la joven república soviética habría de costarle, durante
años, ríos de sangre. Algún día los historiadores se preguntarán y los teóricos comunistas
indudablemente harían bien anticipándose a los trabajos de los historiadores, si la Rusia roja no
se hubiera ahorrado una parte de los horrores de la guerra civil y del doble terror blanco y rojo,
con un mayor rigor en sus inicios, con una dictadura que se hubiera esforzado en reducir sin
tregua a las clases enemigas a la impotencia mediante medidas de seguridad públicas, incluso a
las clases que parecían pasivas. Este era, parece, el pensamiento de Lenin, quien se dedicó en
muy buena hora a combatir las vacilaciones y las medias tintas, tanto en la represión como en
otros asuntos. Esta era la concepción de Trotsky, concretada en algunas órdenes draconianas al
Ejército Rojo y en Terrorismo y comunismo. Es lo que Robespierre decía ante la Convención, el
16 de enero de 1792: "La clemencia que contemporiza con los tiranos es bárbara." La conclusión
teórica que nos parece se debe extraer de la experiencia rusa es que, en sus inicios, una
revolución no puede ser ni clemente ni indulgente, sino más bien dura. En la guerra de clases se
debe golpear duro, lograr victorias decisivas, para no tener que reconquistar constantemente,
siempre con nuevos riesgos y nuevos sacrificios, el mismo terreno.

Entre octubre y noviembre de 1917, la justicia revolucionaria sólo efectuó 22 ejecuciones


capitales, principalmente de enemigos públicos. La Comisión extraordinaria para la represión de
la contrarrevolución y de la especulación, por abreviatura Cheka, fue fundada el 7 de diciembre,
en razón de actividades cada vez más atrevidas del enemigo interior. ¿Cuál era la situación en ese
momento? A grandes rasgos: las embajadas y las misiones militares de los aliados son
permanentes focos de conspiración. Los contrarrevolucionarios de todo cariz encuentran en ellas
aliento, subsidios, armas, dirección política. Los industriales colocados bajo control obrero o
desposeídos sabotean la producción, conjuntamente con los técnicos. Todas las herramientas, las
materias primas, las existencias, los secretos laborales, todo lo que se podía esconder, se
escondía; todo lo que se podía volar, se volaba. El sindicato de transportes y la cooperativa
dirigida por los mencheviques acentuaron con su resistencia los obstáculos para el
avituallamiento. La especulación agrava la escasez, el agio agrava la inflación. Los cadetes -
demócratas constitucionales- burgueses, conspiran; los socialistas-revolucionarios conspiran; los
anarquistas conspiran; los intelectuales conspiran; los oficiales conspiran. Cada ciudad tiene su
estado mayor secreto, su gobierno provisional, acompañados de prefectos y de habladores prestos
a surgir de la penumbra después del golpe inminente. Los adheridos son sospechosos. En el frente
checoslovaco, el comandante en jefe del Ejército Rojo, Muraviev, traiciona, quiere pasarse al
enemigo. Los socialistas-revolucionarios preparan el asesinato de Lenin y de Trotsky. Uritsky y
Volodarsky son muertos en Petrogrado. Najimsón es muerto en Jaroslaví. Sublevación de los
checoslovacos; sublevaciones en Jaroslaví, Rybinsk, Mourom, Kazán... Complot de la Unión por
la Patria y la Libertad, complots de los socialistas-revolucionarios de derecha; golpe de los
socialistas-revolucionarios de izquierda; caso Lokhart (a este cónsul general de la Gran Bretaña le
va menos bien que a Noulens). Los complots se sucederán por años. Era la labor de zapa en el
interior, coordinada con la ofensiva en el exterior de los ejércitos blancos y de los
intervencionistas extranjeros. Se darán el caso del Centro Táctico, en Moscú, las actividades del
inglés Paul Dux y el caso Tagántsev en Petrogrado; el atentado del Leóntievsky Pereúlok en
Moscú (caso de "los anarquistas clandestinos"); las traiciones del fuerte de Krásnaya-Gorka y del
regimiento de Seménovsky;(1) la contrarrevolución económica y la especulación. Durante años,
los directores de empresas nacionalizadas siguieron en realidad al servicio de los capitalistas
expropiados; les informan, ejecutan sus órdenes, sabotean en su interés la producción; hay
innumerables excesos y abusos de todas clases, infiltraciones de pescadores en río revuelto en el
partido dirigente; los errores de unos, la corrupción de los otros; hay el individualismo
pequeñoburgués enredado en luchas caóticas... Nada de problemas de represión. La Cheka es tan
necesaria como el Ejército Rojo o como el Comisariado de Avituallamiento.

Ciento veinte años antes, la Revolución Francesa, en situaciones semejantes, había reaccionado
de manera casi idéntica. Los revolucionarios de 1792 tenían el Comité de Salud Pública, el
Tribunal Revolucionario, Fouquier-Tinville, la guillotina. No olvidemos tampoco a "Jourdan-
corta-cabezas" ni a Carrier de Nantes.

Jornadas de septiembre, proscripción de los emigrados, ley contra los sospechosos, cacería de
sacerdotes hostiles, despoblación de la Vendée, destrucción de Lyon. "Se debe matar a todos los
enemigos interiores -decía simplemente Dantón a los convencionistas- para triunfar sobre los
enemigos del exterior." Y frente al tribunal Revolucionario, él, el "ministro de la Revolución",
acusado de las matanzas de septiembre, acusado de querer la clemencia, exclama "¿Qué me
importa ser llamado bebedor de sangre? Bebamos, si es necesario, la sangre de los enemigos de la
humanidad". No citaremos a Marat, al que los revolucionarios proletarios podrían considerar
suyo con alguna razón, pero sí al gran orador del partido moderado de la revolución burguesa,
Vergniaud. Exigiéndole a la asamblea legislativa una actitud sumaria terrorista contra los
emigrados, el tribuno de la Gironda decía el 25 de octubre de 1791:

"¡Pruebas legales! ¡Entonces no tenéis en nada la sangre que os costarán! ¡Pruebas legales!
¡Ah! ¡Prevengamos más bien los desastres que podrían procurarnos tales pruebas! ¡Tomemos ya
medidas drásticas!"

¿Por qué extraña aberración, los burgueses de la III República, en la que los abuelos vencieron
por medio del terror a la monarquía, a la nobleza, al clero feudal, a la intervención extranjera, se
habrían de indignar vehementemente contra el terror rojo?
III. El terror ha durado siglos
No negaremos que el terror es terrible. Amenazada de muerte, la revolución proletaria lo utilizó
en Rusia durante tres años, de 1918 a 1921. De muy buen grado suele olvidarse que la sociedad
burguesa, además de las revoluciones que terminaron formándola, tuvo necesidad, para nacer y
crecer, de siglos de terror. La gran propiedad capitalista se formó a lo largo de los siglos por
medio de la expropiación implacable de los campesinos. El capital manufacturero y después el
industrial se formaron por la explotación implacable, complementada por una legislación
sanguinaria, de los campesinos desposeídos, reducidos al vagabundaje. Esta espantosa página de
la historia es pasada en silencio en los manuales escolares e incluso en las obras serias. La única
exposición de conjunto, concisa pero magistral, que conocemos, es la de Carlos Marx, en el
capítulo XXIV de El Capital: "La acumulación originaria."

"A fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI -escribe Marx- rigió en toda la Europa
occidental una legislación sanguinaria contra el vagabundaje. Los antepasados de los obreros
actuales fueron de hecho castigados por haberse dejado convertir en vagabundos y en
miserables."

Uno de los fines de esta legislación muy precisa era el de proporcionar mano de obra a la
industria. Pena de látigo para los vagabundos, esclavitud para quien se negara a trabajar (edicto
de Eduardo VI, rey de Inglaterra, 1547), marca al rojo vivo para el que trate de evadirse, ¡muerte
en caso de reincidencia! El robo se castigaba con la muerte. Según Tomás Moro, "72.000
pequeños o grandes ladrones fueron ejecutados bajo el reinado de Enrique VIII", quien reinara 24
años, de 1485 a 1509. Inglaterra tenía entonces de 3 a 4 millones de habitantes. "En tiempos de la
reina Isabel, los vagabundos eran ahorcados por series, y cada año se hacia ahorcar de 300 a
400." Bajo esta gran reina, los vagabundos de más de 18 años que nadie quisiera emplear durante
por lo menos dos años, eran condenados a muerte. En Francia, "bajo Luis XVI [ordenanza del 13
de julio de 1777] todo hombre apto, de 16 a 60 años, que careciera de medios de subsistencia y
que no ejerciera alguna profesión, debía ser enviado a galeras". En una de sus cartas, tan
apreciadas por los literatos, madame de Sevigné hablaba con una encantadora sencillez de
acostumbrados "colgamientos" de campesinos.

Durante siglos, la justicia no fue más que terror, utilitariamente organizado por las clases
poseedoras. Robarle a un rico ha sido siempre mayor crimen que matar a un pobre. La
falsificación de la historia, hecha de acuerdo a los intereses de clase de la burguesía, es la regla en
la enseñanza de los países democráticos, y todavía no existe en francés, que nosotros sepamos,
una historia seria de las instituciones sociales que esté a disposición de las escuelas o del gran
público. Por ello necesitaremos recurrir a una documentación referente a Rusia. El historiador
marxista M.

N. Pokrovsky, le dedica a la justicia, en su destacada obra Historia de la cultura rusa, un capítulo


de una veintena de páginas. Bajo Juan III, en el siglo XV, la justicia era aplicada por los
boyardos, los dvorian -casta privilegiada de grandes terratenientes- y por los buenos (es decir,
más exactamente, por los ricos) campesinos. La opinión de estas "honradas gentes" bastaba para
justificar completamente una condena a muerte, siempre que se tratara, claro está, de un pobre.

"A fines del siglo XV -escribe M. N. Pokrovsky ya es evidente que la supresión de los elementos
sospechosos es la esencia de este derecho." ¿Sospechosos para quién? Sospechosos para los ricos.
Un documento que data de 1539 otorga el derecho de aplicar la justicia a los nobles (boyardos)
asistidos por "personas honradas" (los campesinos ricos). El acuerdo prescribe la pena de muerte
para los "ladrones sorprendidos infraganti o no". Y autoriza la pena de tormento para los
"malhechores". Obtenida la confesión, el "culpable" será colgado; si no confiesa, se le puede
encarcelar a perpetuidad. Las ordenanzas que establecen este derecho no admiten que un noble
pueda ser juzgado. La justicia no comienza a ser efectiva sino tratándose de campesinos, de
artesanos, de comerciantes y se hace de verdad rigurosa sólo con los pobres. Para convencerse de
la crueldad de esta justicia, bastará con recorrer la historia de las revoluciones campesinas guerras
campesinas de Alemania, jacqueries en Francia- que señalaron el surgimiento de la propiedad
capitalista. Parecidas instituciones han existido en todos los países donde hubo servidumbre. Esta
justicia de clase de la propiedad latifundista feudal no ha desaparecido, y sólo muy lentamente
cede su puesto a la de las monarquías absolutas -más completa pero no menos feroz
caracterizadas por la importancia creciente del comercio. Hasta la revolución burguesa, hasta
épocas recientísimas de la historia, ninguna igualdad frente a la "justicia", ni siquiera puramente
formal, ha existido entre pobres y ricos.

Es claro: las revoluciones nada innovan en materia de represión y de terror; no hacen más que
resucitar, en forma de medidas extraordinarias, los principios de justicia y de derecho que durante
siglos han sido los mismos de las clases poseedoras contra las clases desposeídas.

IV. De Gallifet a Mussolini


Toda vez que las crisis sociales han puesto frente a la burguesía moderna el problema de la
represión, ésta no ha vacilado en recurrir a los procedimientos más sumarios de la justicia de
clase, tratando a sus enemigos como trataba a los vagabundos en el siglo XV. Colgó, ametralló
por millares, en 1848, a los insurgentes parisinos del barrio Saint-Antoine, que no eran más que
cesantes exasperados por hábiles provocadores. Estos grandes hechos históricos no se deben
olvidar. Dos veces, con la mejor sangre humana, la burguesía ha escrito en el libro de la historia
la justificación anticipada del terror rojo: decapitando, para tomar el poder, a los aristócratas
feudales y a dos reyes Carlos 1 de Inglaterra en 1649 y Luis XVI- y reprimiendo las
sublevaciones proletarias. Dejemos por un momento que hablen las fechas y los números.

La Comuna de París, respondiendo a las ejecuciones sumarias de sus soldados hechos prisioneros
por los versalleses, pasa por las armas a 60 rehenes. Los versalleses diezmaron al pueblo de París.
Según estimaciones moderadas, la represión dejó en París más de 100.000 víctimas. Veinte mil
comuneros, por lo menos, fueron ametrallados, y no durante la batalla sino después. Tres mil
murieron en los presidios.

La revolución soviética de Finlandia, reprimida en 1918 por los guardias blancos de Mannerheim
aliados a los soldados alemanes de Van der Goíz, ¿reprimió antes de caer a algunos de sus
enemigos? Es posible; pero el número fue tan reducido que ni la misma burguesía los toma en
cuenta. Pero por el contrario, en este país de 3.500.000 habitantes, donde el proletariado no existe
en gran proporción, 11.000 obreros fueron fusilados por las fuerzas del orden y más de 70.000
internados en campos de concentración.

La República de los Soviets de Hungría (1919), se funda casi sin derramamiento de sangre,
gracias a la abdicación voluntaria del gobierno burgués del conde Károlyi. Cuando los comisarios
del pueblo de Budapest juzgan desesperada la situación, abdican a su vez, entregándole el poder a
los socialdemócratas. Durante los tres meses que duró, la dictadura del proletariado húngaro, bien
que amenazada sin cesar por las invasiones checoslovaca y rumana en sus fronteras y por los
complots internos, golpeó en total 350 enemigos: están comprendidos en esta cifra los
contrarrevolucionarios caídos armas en mano durante las sublevaciones locales. Las bandas de
oficiales y los tribunales de Horthy hicieron perecer "en represalia" a muchos miles de personas e
internaron, encarcelaron, vejaron a decenas de miles.

El Soviet de Munich (1919) hizo pasar por las armas, en respuesta a la masacre de 23 prisioneros
rojos por el ejército regular, a 12 rehenes. Después de la entrada de la Reichswehr en Munich,
505 personas fueron fusiladas en la ciudad, de las cuales 321 sin el menor simulacro de justicia.
De ese número, 60 eran rusos aprehendidos en la confusión.

De las víctimas del terror blanco que desoló las regiones donde la contrarrevolución triunfó,
momentáneamente, en Rusia, no poseemos estadísticas. Sin embargo, se ha calculado en un
millón las victimas tan sólo de los pogroms antisemitas en Ucrania, en tiempos del general
Denikin. La población judía de ciudades enteras (Festov) fue degollada sistemáticamente.
Se estima en 15.000 el número de obreros que perecieron por la represión, durante las
insurrecciones obreras de Alemania, de 1918 a 1921.

No mencionaremos aquí nombres de mártires ni episodios simbólicos. No tratamos más que de


basar algunos principios sobre cifras. Demasiadas experiencias dolorosas debieran haber
enseñado al proletariado sobre este punto, demasiados regímenes de terror blanco están todavía
en acción como para que se necesiten demostraciones minuciosas.

De Gallifet a Mussolini, pasando por Noske, la represión de los movimientos revolucionarios


obreros, incluso los que los socialdemócratas aceptan presidir, como ha sucedido en Alemania, se
caracteriza por el designio de golpear a las clases trabajadoras en sus fuerzas vivas: en otras
palabras, de exterminar físicamente, y completamente si fuera posible, a sus élites.

V. Ley burguesa y ley proletaria


La represión es una de las funciones esenciales de todo poder político. El Estado revolucionario,
en su primera fase de existencia por lo menos, lo necesita más que cualquiera. Pero parece que,
en sus tres elementos fundamentales -policía, ejército, tribunales, prisiones- el mecanismo de la
represión y de la coerción casi no varía. Acabamos de estudiar una policía secreta. Hemos
descendido hasta sus más sucios y secretos reductos. Y hemos constatado su impotencia. Esta
arma, en manos del antiguo régimen, dijimos, no podía salvarlo ni matar a la revolución.
Admitimos, sin embargo, la decisiva eficacia de esta arma en manos de la revolución. El arma es
la misma sólo en apariencia: una institución, repitámoslo, sufre profundas transformaciones
según la clase a la que sirve y los fines que persigue.

La Revolución Rusa destruyó el aparato coercitivo del antiguo régimen, de abajo arriba. Sobre
esas ruinas jubilosamente amontonadas creó el suyo propio.

Esforcémonos por esbozar las diferencias fundamentales entre la represión tal y como la ejerce la
clase dominante y la represión tal y como la ejerce la clase revolucionaria. De los principios
generales que un análisis somero nos revele, deduciremos algunos corolarios sobre el papel de la
policía en uno y otro lado.

En la sociedad burguesa, el poder es ejercido por la minoría rica contra las mayorías pobres. Un
gobierno no es más que el comité ejecutivo de una oligarquía de financieros apoyados por las
clases privilegiadas. La legislación destinada a mantener en la obediencia al conjunto de
asalariados -la mayoría de la población- debe ser forzosamente muy compleja y muy severa.
Hace que todo atentado serio a la propiedad entrañe de una u otra manera la supresión del
culpable. Ya no se ahorca al ladrón; y no porque los principios "humanitarios" hayan
"progresado", sino porque la proporción de fuerzas entre las clases poseedoras y no poseedoras y
también el desarrollo de la conciencia de clase de los pobres, ya no permite al juez lanzarle un
reto semejante a la miseria. Pero nos limitamos a seguir la legislación francesa que es de una
ferocidad media- el robo calificado es penado con trabajos forzados; y la pena de trabajos
forzados se cumple en condiciones tales, se agrava de tal manera con penas accesorias", que la
vida del culpable queda casi destruida. Toda pena de trabajos forzados significa el doble: el
condenado está obligado a residir en alguna colonia un tiempo igual a la duración de su estadía en
la prisión; los condenados a más de 8 años de trabajos forzados quedan obligados a residencia
perpetua en la Guayana. ¡ Se trata de la más malsana de las colonias francesas! El confinamiento,
pena "accesoria" perpetua, que también se cumple en la Guayana, bastante parecida de hecho a
los trabajos forzados, es precisamente el destino de los reincidentes de robo no calificado. Cuatro
condenas por robo, estafas, etc. -el robo sucesivo de 4 piezas de cien sous constituiría un caso
ideal; he visto muchos expedientes de confinados para saber qué es de los casos de este tipo-
pueden entrañar confinamiento; también siete condenas por vagabundaje: en otras palabras,
hallarse siete veces seguidas sin pan ni albergue en los adoquinados de París es un crimen
castigado con pena perpetua. En Inglaterra y en Bélgica, donde existen workhouses (casas de
trabajos forzados) y asilos de mendicidad, la represión de la mendicidad y del vagabundaje no es
menos implacable. Otro rasgo. El patronazgo tiene necesidad de mano de obra y de carne de
cañón: la ley castiga implacablemente el aborto.

Con la propiedad privada y el sistema asalariado como principio, ningún remedio eficaz puede
ser aplicado a las enfermedades sociales tales como la criminalidad. Una batalla permanente se
libra entre el orden y el crimen; el "ejército del crimen" se dice, ejército de miserables, ejército de
victimas, ejército de inocentes inútil e indefinidamente diezmado. Lo siguiente todavía no ha sido
recalcado con suficiente insistencia: la lucha contra la criminalidad es un aspecto de la lucha de
clases. Tres cuartas partes de los criminales de derecho común, por lo menos, pertenecen a las
clases explotadas.

El código penal del Estado proletario, por regía general, no admite la pena de muerte en materia
criminal (otra cosa es que la supresión física de ciertos anormales incurables y peligrosos sea a
veces la única solución). Tampoco admite penas a perpetuidad. La pena más severa es de diez
años de prisión. La privación de libertad, medida de seguridad social y de reeducación, que
excluye la idea medieval del castigo, es la pena que se impone. En ese dominio y en la situación
actual de la Unión de Soviets, las posibilidades materiales son naturalmente muy inferiores a lo
apetecido. La edificación de la sociedad nueva -que será sin prisiones no comienza por la
erección de prisiones ideales. El impulso existe, sin duda; ha comenzado una reforma profunda.
Igual que el legislador, los tribunales tienen en cuenta, con un claro sentido de clase, las causas
sociales del delito, los orígenes y las condiciones sociales del delincuente. Veíamos que el hecho
de hallarse sin pan ni techo constituye un delito grave en París; en Moscú es, si está en relación
con otro delito, una importante circunstancia atenuante.

Frente a la ley burguesa, ser pobre es frecuentemente un crimen, siempre una circunstancia
agravante o una presunción de culpabilidad. Frente a la ley proletaria, ser rico incluso dentro de
los estrictos limites en que durante la NEP se permitía el enriquecimiento es siempre una
circunstancia agravante.

VI. Los dos sistemas. ¿Combatir los efectos o remontarse a las causas?
La gran doctrina liberal del Estado que los gobernantes capitalistas no han derogado en serio más
que en tiempos de guerra entonces tienen su capitalismo de guerra, caracterizado por la
estatización de la producción, el riguroso control del comercio y de la distribución de los
productos (libretas de racionamiento, el estado de sitio, etc.) preconiza la no ingerencia del
Estado en la vida económica. Esta doctrina se reduce en economía política al laisser-faire, al
laisser-passer de la escuela manchesteriana. Considera al Estado principalmente como
instrumento de defensa colectiva de los intereses de los poseedores; máquina de guerra contra los
grupos nacionales competidores, máquina de reprimir a los explotados. Reduce al mínimo las
funciones administrativas del Estado; es bajo la influencia del socialismo y bajo la influencia de
la presión de las masas que el Estado ha asumido recientemente la dirección de la enseñanza
pública. Las funciones económicas del Estado se reducen, en la medida de lo posible, al
establecimiento de tarifas aduanales destinadas a proteger a los industriales contra la competencia
extranjera. (La legislación laboral siempre es una conquista del movimiento obrero.) En una
palabra, el respeto a la anarquía capitalista es la regla del Estado. Que produzca, venda, revenda,
especule sin freno alguno, sin cuidarse del interés general: está bien. La libre concurrencia es la
ley del mercado. Las crisis se convierten así en las grandes reguladoras de la vida económica; son
las que reparan, a expensas de los trabajadores, de las clases medias inferiores y de los
capitalistas más débiles, los errores de los jefes de la industria. Incluso cuando los grandes trusts
dictan la ley a todo el país, suprimiendo de hecho la competencia en vastos sectores de la
producción y del comercio, la vieja doctrina del Estado, si no choca con los intereses de los reyes
del acero, del carbón, de la carne de puerco o de los transportes marítimos, continúa intacta: así
sucede en los Estados Unidos.
La enumeración de estos hechos que todos debiéramos conocer se nos hace necesaria para mejor
poder definir el Estado obrero y campesino tal como lo realiza la Unión de Soviets, con la
nacionalización del suelo, del subsuelo, de los transportes, de la gran industria, del comercio
exterior. El Estado soviético gobierna la vida económica. Influye diaria y directamente sobre los
factores esenciales de la vida económica. En los mismos límites en que permite la iniciativa
capitalista, la controla y la rige, ejerciendo sobre ella una doble tutela: por la ley y por la acción
que llamamos directa sobre el mercado, el crédito, la producción. La previsión de las crisis es una
de las más características tareas del Estado soviético. Se esfuerza por contener las crisis a los
primeros síntomas; no es exagerado prever, en cierto momento del desarrollo social, su
eliminación completa.

Donde el Estado capitalista se contenta por principio con combatir los últimos efectos de las
causas sociales que le está vedado tocar, el Estado soviético actúa sobre esas causas. La
indigencia, la prostitución, la precaria situación de la salud pública, la criminalidad, el deterioro
de las poblaciones, el bajo índice de natalidad no son sino efectos de causas económicas
profundas.(2) Después de cada crisis económica aumenta la criminalidad; no puede ser de otra
manera. Y los tribunales capitalistas redoblan su severidad. A los trastornos provocados por el
funcionamiento natural de la economía capitalista -anárquica, irracional, regida por los egoísmos
individuales y por el egoísmo colectivo de las clases poseedoras- la burguesía no conoce otro
remedio que la represión.(3) El Estado soviético, al concentrarse sobre las causas del mal, tiene
evidentemente menos necesidad de la represión. Mientras más se desarrolle, más su acción
económica será eficaz, concertada, previsora, y menos necesidad tendrá de la represión, hasta el
día en que una inteligente gestión de la producción suprima, con la prosperidad, males sociales
tales como la criminalidad, cuyo contagio se esfuerza en aminorar por medio de la coercion... Se
robará menos cuando el hambre no exista; y menos aún se robará cuando el bienestar de todos se
haya realizado.

Desde ahora -y aún estamos lejos de la meta- nuestra convicción es, contrariamente a las
apariencias, que el Estado soviético usa la represión infinitamente menos que otros. Piénsese en
la situación económica actual de Rusia, ¿no se vería obligado un gobierno burgués a gobernar por
la fuerza infinitamente más que el listado soviético? El campesino está a menudo descontento.
Los impuestos le parecen demasiado altos, los artículos industriales muy caros. Su descontento
suele traducirse en actos que a menudo podrían calificarse de contrarrevolucionarios. Sin
embargo, los campesinos en su conjunto le dieron a los soviets la victoria militar -el Ejército Rojo
estaba compuesto principalmente de campesinos- y continúan apoyándolos. Un gobierno
capitalista que le restituyera la tierra a los latifundistas tendría que contener y no podría hacerlo
más que por medio de una represión continua y despiadada- la cólera de cien millones de
campesinos. He aquí por qué cayeron todos los gobiernos sobornados por las fuerzas extranjeras.

En su actual penuria, después de años de guerra imperialista, de guerra civil, de bloqueo, de


carestía, cercada por Estados capitalistas, objeto del bloqueo financiero, de intrigas diplomáticas,
de preparativos bélicos, la Unión Soviética, semejante a un campo atrincherado sitiado por el
enemigo, ocupada además con las contradicciones internas, propias de un período de transición
tan difícil, tiene todavía mucha necesidad de la represión. Sería equivocarse mucho creer
concluida la etapa de las tentativas contrarrevolucionarias. Pero cualesquiera que sean las
dificultades actuales de la Revolución Rusa y sus formas de resolverlas, las características
esenciales del Estado soviético no se modificarán y en consecuencia tampoco ck papel que la
represión ha jugado.

VII. La violencia económica: por hambre


Se olvida a menudo esta otra verdad: que la sociedad soviética, en su octavo año de vida, no
puede ser comparada en justicia a la sociedad burguesa, que goza de una tradición de autoridad
de varios siglos y de más de un siglo de experiencias políticas. Mucho antes de 1789, el tercer
estado era, contra la vehemente afirmación de Sieyes, una fuerza respetada dentro del Estado. Los
primeros cincuenta años de desarrollo económico de la burguesía no dejaron de ser años de atroz
dictadura de clase. Los falsificadores oficiales de la historia voluntariamente olvidan la verdad
sobre la primera mitad del siglo XIX. El capitalismo moderno, en su camino hacia la opulencia,
pasó sobre los cadáveres de muchas generaciones de trabajadores que habitaban pocilgas,
trabajaban del alba al oscurecer, desconocían toda libertad democrática y entregaban a la fábrica
devoradora hasta los débiles músculos de chiquillos de ocho años... Sobre los huesos, la carne, la
sangre y el sudor de estas generaciones sacrificadas se erigió toda la civilización moderna. La
ciencia burguesa los ignora. De nuevo nos es forzoso remitir al lector a El Capital de Karl Marx.
En el capítulo XXIII hallará páginas terribles sobre la Inglaterra de 1846 a 1866. No resistimos la
tentación de citar algunas líneas. Un médico, encargado de una encuesta oficial, constata que
"incluso entre los obreros de la ciudad, el trabajo que de ordinario apenas les permite no morirse
de hambre, se prolonga más allá de toda medida... No hay derecho a decir que el trabajo da para
comer a un hombre." Otro investigador constata que en Londres hay "veinte grandes barrios
poblados cada uno por cerca de 10000 individuos; su miseria sobrepasa todo lo que se puede ver
en Inglaterra". "Newcastle --dice el doctor Hunter ofrece el ejemplo de cómo una de las mejores
castas de compatriotas ha caído en una degeneración casi salvaje por obra de circunstancias
puramente exteriores: la habitación y la calle." El Standard, diario conservador inglés, escribe el
5 de abril de 1866, a propósito de los desocupados de Londres: "Recordémonos lo que padece
esta población. Muere de hambre. Son 40 000. Y esto en nuestra época, en uno de los barrios de
esta maravillosa metrópoli, junto a la mayor acumulación de riquezas jamás vista en el mundo."
En 1846 el hambre hizo perecer en Irlanda a más de un millón de individuos... Ello no afectó en
la menor medida a la riqueza del país (Marx).

Para transformar en guineas constantes y sonantes con la efigie de la reina Victoria, la sangre y el
sudor de este pueblo miserable; para que los inútiles condenados por el desarrollo del
maquinismo y de las crisis a morir de miseria consientan en morir sin rebelarse como bestias
encadenadas, ¿qué formidable opresión no sería necesaria? Ahora percibimos con nitidez uno de
los principales medios de la violencia capitalista: el hambre. Hace medio siglo que se puede
hablar de terror económico. El obrero amenazado de desempleo, amenazado de morirse de
hambre, trabaja entre la chusma industrial, trabaja como un bruto para no morirse de hambre más
que a la larga: en quince años. (No poseemos datos sobre la duración media de la vida de esos
asalariados; lo deploramos; esas cifras lo resumirían todo.) En nuestros días es igual: a la
violencia económica por hambre, con todo la más importante, en definitiva la única eficaz, la
represión no hace sino proporcionarle el complemento exigido por "la defensa del orden"
capitalista contra determinado tipo de víctimas particularmente inquietantes (los malhechores) y
contra los revolucionarios.

VIII. La eliminación. Errores y abusos.


Control
Repitámoslo: el terror es terrible. En la guerra civil, todo combatiente -y esta guerra no conoce
neutrales- arriesga la vida. Instruida en la escuela de los reaccionarios, la clase obrera, a la que
los complots mantienen amenazada de asesinato, debe golpear ella misma a sus enemigos
mortales. La prisión a nadie intimida; el motín arranca fácilmente las puertas aherrojadas que
también abren la corrupción o la ingeniosidad de tos conspiradores.

En el paroxismo de la lucha, otra necesidad contribuye a extender los estragos del terror. Desde
los ejércitos antiguos, la eliminación es el medio clásico de mantener disciplinadas a las tropas.
Fue practicada durante la Gran Guerra, especialmente en el frente francés después de los
amotinamientos de abril de 1917. No se debiera olvidar. Consiste en pasar por las armas a uno de
entre cada diez hombres, sin considerar la inocencia o la culpabilidad individual. A propósito,
una observación de orden histórico. En 1871, los de la Comuna fueron más que diezmados por
los versalleses. Ya hemos citado el cálculo medio del número de fusilados por Gallifet: 20.000; la
Comuna contó con 160.000 combatientes. La burguesía francesa, la más esclarecida del mundo la
misma de Taine y de Renan , nos enseña hasta con cifras la temible lógica de la guerra de clases.
Una clase no se declara vencida, una clase no es vencida mientras no se le inflige una elevada
cantidad de bajas. Supongamos -y Rusia conoció situaciones parecidas durante los arios heroicos
de la revolución- una ciudad de 100.000 almas, dividida en 70.000 proletarios (simplificando,
proletarios y elementos cercanos al proletariado) y 30.000 personas pertenecientes a la burguesía
y a las clases medias, habituadas a considerarse como pertenecientes a la clase dirigente,
instruida, poseedora de medios de producción. ¿No resulta evidente, sobre todo si la lucha se
circunscribe a la ciudad, que la resistencia más o menos organizada de esta fuerza
contrarrevolucionaria no será derrotada mientras no haya sufrido pérdidas bastante
considerables? ¿No resulta menos peligroso para la revolución golpear fuerte y no débilmente?

La burguesía ha prodigado a los explotados advertencias sangrientas. Sucede que ahora los
explotados se vuelven contra ella. La historia lo advierte: cuantos más sufrimientos y miserias la
burguesía le haya ocasionado a las clases trabajadoras, con tanto mayor ahínco resistirá el día del
arreglo de cuentas y más caro lo pagará.

Igual que el Tribunal Revolucionario, de la Revolución Francesa, sólo que con procedimientos en
general un poco menos sumarios, la Cheka de la Revolución Rusa juzgaba irrecusable,
implacablemente a sus enemigos de clase; igual que el Tribunal Revolucionario, juzgaba menos
por cargos y acusaciones concretos que por el origen social, por la actitud política, por la
mentalidad, por la capacidad de dañar del enemigo. Se trataba más bien de golpear una clase a
través de sus hombres que de sopesar hechos concretos. La justicia de clase no se detiene en el
examen de casos individuales sino en los períodos de calma.

Los errores, los abusos, los excesos nos parecen funestos sobre todo frente a los sectores sociales
que el proletariado debe tratar de agrupar: campesinado medio, capas inferiores de las clases
medias, intelectuales sin fortuna; de igual manera con respecto a los disidentes de la revolución,
revolucionarios sinceros a los cuales las ideologías demasiado alejadas de la comprensión de las
realidades de la revolución hacen adoptar actitudes objetivamente contrarrevolucionarias. Me
acuerdo de aquellos anarquistas que cuando la flota roja defendía desesperadamente Kronstadt y
Petrogrado (1920) contra una escuadra inglesa, ¡continuaban imperturbablemente, a bordo de
algunos buques, su buena y vieja propaganda antimilitarista! Pienso también en los socialistas-
revolucionarios de izquierda que, en 1918, se esforzaban por meter a la República de los Soviets,
desprovista de ejército y de todo tipo de recursos, en una nueva guerra contra el imperialismo
alemán, todavía vigoroso. Entre ésos "revolucionarios" equivocados y los hombres del antiguo
régimen, la represión revolucionaria se esfuerza y deberá siempre esforzarse por distinguir; pero
no siempre es posible lograrlo.

En toda batalla social, determinado porcentaje de excesos, de abusos, de errores no podrán ser
evitados. El deber del partido y de todo revolucionario es trabajar por aminorarlos. Su
importancia en definitiva, no depende sino de los siguientes factores:

1] La proporción de las fuerzas enfrentadas y el grado de encarnizamiento de la lucha;

2] el grado de organización de la acción; la eficacia del control del partido del proletariado sobre
la acción;

3] el grado de cultura de las masas proletarias y campesinas.

Una cierta crueldad resulta de las circunstancias materiales de la lucha: repletas, las prisiones de
una revolución proletaria no soportan, en lo relativo a la higiene, la comparación con las "buenas
prisiones" de la burguesía... en tiempos normales. En las ciudades sitiadas, donde reinan el
hambre y el tifus, en esas prisiones se muere un poco más que afuera. ¿Qué hacer? Cuando la
cárcel está llena de obreros y campesinos, esta ociosa cuestión no preocupa ni siquiera a los
filántropos. Cuando los communards prisioneros en el campo de Satory dormían a cielo abierto
sobre el barro y las piedras, tiritando en las noches heladas, bajo la lluvia torrencial -con
prohibición de incorporarse, orden a los centinelas de disparar sobre cualquiera que se
incorporara un gran filósofo, Taine, escribía: "Esos miserables se pusieron fuera de la
humanidad...

Al día siguiente de tomar el poder, el proletariado, solicitado por innumerables tareas, resuelve,
naturalmente, las más importantes: avituallamiento, organización urbana, defensa exterior e
interior, inventario de los bienes expropiados, embargo de riquezas. Consagra a esto sus mejores
fuerzas. Para la represión revolucionaria no queda -y es una causa de errores y de abusos- más
que un personal subalterno bajo la jefatura de hombres que deben buscarse entre los más firmes y
puros (lo cual hizo la dictadura del proletariado en Rusia -Djerjinsky- y en Polonia -Otto Corvin).
Los asuntos de la defensa interior de una revolución son los más delicados, los más difíciles, los
más dolorosos y a veces los más espantosos. Los mejores de entre los revolucionarios con
elevada conciencia, espíritu escrupuloso y carácter firme se le deben consagrar.

Por medio de ellos se ejerce el control del partido. Este control, moral y político, permanente en
éste y los otros dominios, expresa al mismo tiempo la intervención de la élite más consciente - de
la clase obrera, y la intervención un tanto menos directa de las masas populares bajo el control
efectivo de aquellos para los que el partido está presente en todos los actos de su vida. También
garantiza el espíritu de clase de la represión. Las posibilidades de errores y de abusos se reducirán
en la medida en que las fuerzas de vanguardia del proletariado puedan actuar en este sector.

IX. Represión y provocación


En el curso de nuestro estudio sobre la Ojrana, nos ocupamos largamente de la provocación. Ella
no es un elemento necesario en la técnica de toda policía. La tarea de una policía es la de
controlar, la de saber, la de prevenir. No la de provocar, cultivar o suscitar. En el Estado burgués,
la provocación judicial policiaca, casi desconocida en las épocas de estabilidad, toma una
importancia creciente a medida que el régimen declina, se debilita, resbala en el abismo. La
actualidad basta para convencernos. Prácticamente insignificante en este momento en el
movimiento obrero de Francia, Bélgica, Inglaterra, países con una relativa prosperidad capitalista,
la provocación no tuvo en Alemania, inmediatamente después de las crisis revolucionarias de
fines de 1923, una importancia menor de la que tuvo en Rusia después de la revolución derrotada
de 1905. El proceso de Leipzig, llamado de la "cheka alemana", durante el cual se vio a la policía
berlinesa montar, en casa de uno de los defensores del socialista Kurt Rosenfeld, un robo
nocturno (abril-mayo de 1925), revela en la Seguridad General del Reich manejos muy parecidos
a los de la Ojrana. En otro país, donde la reacción se enfrenta desde hace casi dos años con una
revolución popular -Bulgaria-, el mismo fenómeno, pero más acentuado todavía. En Polonia, la
provocación se ha convertido en el arma por excelencia de la reacción contra el movimiento
obrero. Limitémonos a estos ejemplos.

La provocación policial es principalmente el arma -o el mal- de los Regímenes en


descomposición. Consciente de su impotencia para prevenir o para impedir, su policía suscita
iniciativas que reprime inmediatamente. La provocación también es un hecho espontáneo,
elemental, resultante de la desmoralización de una policía acorralada, desbordada por los
acontecimientos, que no puede con una tarea infinitamente superior a sus fuerzas y que trata al
menos de justificar la atención y el favor de sus patrones.

X. ¿Cuándo es eficaz la represión?


La Ojrana no pudo impedir la caída de la autocracia.

Pero la Cheka contribuyó poderosamente a impedir el derrocamiento del poder de los soviets.

La autocracia rusa, más que ser derribada, cayó por si misma. Le bastó un empujón. Aquel viejo
edificio carcomido, del cual la inmensa mayoría de la población deseaba la caída, se derrumbó.
El desarrollo económico de Rusia necesitaba una revolución, ¿qué podía contra ello la Seguridad
General? ¿Le incumbía remediar los conflictos de intereses enfrentados, irreconciliables,
decididos a todo para salir de una situación que no ofrecía otra salida que la guerra de clases,
conflicto entre la burguesía industrial y financiera, los grandes latifundistas, la nobleza, los
intelectuales, los desclasados, el proletariado y las masas campesinas? Su acción no podía
proporcionarle al antiguo régimen, aun a condición de contar con hábiles medidas de política
general, más que recursos limitados. Aquel cordón de policías y de agentes provocadores trataba
a ciegas de contener el empuje de la oleada contra el viejo farallón resquebrajado, bamboleante,
que pronto los enterraría bajo sus escombros. ¡ Qué ironía!

La Cheka no cumplió funciones tan absurdas.

En un país dividido en blancos y rojos, donde los rojos eran forzosamente la mayoría, busca al
enemigo, lo desarma, lo golpea. No es sino un atina en manos de la mayoría contra la minoría, un
arma entre muchas otras, accesoria después de todo y que no adquiere gran importancia más que
en razón del peligro de que la revolución sea herida en la cabeza por los golpes del enemigo. Se
cuenta que al otro día de haber tomado el poder, Lenin pasó una noche en claro redactando el
decreto de expropiación de la tierra. "Con tal que tengamos tiempo de promulgarlo", decía. "A
ver quién intenta entonces derogarlo." La expropiación de los dominios señoriales proporcionó
instantáneamente a los bolcheviques el apoyo de cien millones de campesinos.

La represión es eficaz cuando complementa el efecto de medidas eficaces de política general.


Antes de la Revolución de Octubre, cuando el gabinete de Kerensky rechaza satisfacer las
demandas de los campesinos, la detención de los agitadores revolucionarios no hacia más que
aumentar la irritación y la desesperación en las aldeas. Después del desplazamiento de las fuerzas
sociales operado en los campos por la expropiación de los dominios, el interés de los campesinos
los lleva a defender el poder de los soviets; el arresto de los agitadores socialistas-revolucionarios
o monárquicos, decididos los unos a explotar en los campos su pasada popularidad y los otros a
especular con el espíritu religioso, suprimió una fuente de confusiones.

La represión es un arma eficaz en manos de una clase enérgica, consciente de lo que quiere y que
sirve los intereses de la inmensa mayoría. En manos de una aristocracia degenerada, cuyos
privilegios constituyen un obstáculo al desarrollo económico de la sociedad, es históricamente
ineficaz. No lo disimulemos más: a una burguesía fuerte en los períodos decisivos, le puede
prestar casi los mismos servicios que al proletariado durante la guerra civil.

La represión es eficaz cuando va en el sentido del desarrollo histórico; es, en fin de cuentas,
impotente cuando va contra el sentido del desarrollo histórico.

XI. Conciencia del riesgo y conciencia del fin

En veinte ocasiones, tanto durante lo más intenso de la guerra civil como antes de la toma del
poder, Lenin se dedicó a restablecer las teorías de Marx sobre la desaparición del Estado y sobre
la abolición final de la violencia en la sociedad comunista. Una de las razones que invoca para
preconizar la sustitución de la palabra socialdemócrata por la palabra comunista para la
designación del partido bolchevique, es que "el término socialdemócrata es científicamente
inexacto. La democracia es una de las formas del Estado. Pero, como marxistas, estamos contra
todo Estado".(4) También recordamos un artículo que escribió en tiempos difíciles, con ocasión
del primero de mayo (en 1920, nos parece). El puño de hierro del partido proletario todavía
mantenía el comunismo de guerra. El terror rojo sólo estaba amodorrado. Por encima de ese
presente heroico y terrible, los hombres de la revolución mantenían los ojos calmadamente fijos
en la meta. Cerrado a todo utopismo, desdeñoso de los sueños, pero dedicado
inquebrantablemente al logro de los objetivos esenciales de la revolución, Lenin, jefe indiscutido
del primer Estado proletario, Lenin, el animador de una dictadura, evocaba un futuro en el que el
trabajo v la repartición del producto estarían regidos por el principio: "De cada uno según sus
capacidades, a cada uno según sus necesidades."

La diferencia fundamental entre el Estado capitalista y el Estado proletario es ésta: el Estado de


los trabajadores trabaja por su propia desaparición. La diferencia fundamental entre la violencia-
represión ejercida por la dictadura del proletariado, es que esta última constituye un arma
necesaria de la clase trabajadora para la abolición de toda violencia.

No se debe olvidar jamás. La conciencia de los fines supremos también es una fuerza.
A fines del siglo anterior se podía alimentar el gran sueño de una transformación social idílica.
Generosos espíritus se dedicaron a él, desdeñando o deformando la ciencia de Marx. Se
imaginaban la revolución social como la expropiación casi indolora de una ínfima minoría de
plutócratas. ¿Por qué el proletariado magnánimo, rompiendo las viejas espadas y los fusiles
modernos, no habría de perdonar a sus desposeídos explotadores de la víspera? Los últimos ricos
se extinguirían pacíficamente, ociosos, rodeados de un burlón menosprecio. La expropiación de
los tesoros acumulados por el capitalismo, unida a la reorganización racional de la producción, le
proporcionaría a la sociedad entera, en su momento, la seguridad y la comodidad. Todas las
ideologías obreras de anteguerra estaban más o menos penetradas de esas falsas ideas. El mito
radical del progreso las dominaba. Mientras tanto, los capitalistas perfeccionaban su artillería. En
la II Internacional, un puñado de marxistas revolucionarios desentrañaban solos las grandes
vertientes del desarrollo histórico. En Francia, en torno al problema de la violencia proletaria,
algunos sindicalistas revolucionarios veían claro.

Pero el capitalismo, en otra época inicuo y cruel sin duda, pero creador de riquezas, se convirtió,
en el apogeo de su historia, que comienza el 2 de agosto de 1914, en el exterminador de su propia
civilización, en el exterminador de sus pueblos... Desarrollado prodigiosamente durante un siglo
de descubrimientos y de labor encarnizada, con la técnica científica en manos de los grandes
burgueses, de los jefes de bancos y trusts, se volvió contra el hombre. Todo lo que servia para
producir, para extender el poder humano sobre la naturaleza, para enriquecer la vida, sirvió para
destruir y para matar con un poderío repentinamente acrecentado. Basta una tarde de bombardeo
para destruir una ciudad, obra de siglos de cultura. Basta una bala de 6 milímetros para paralizar
totalmente el cerebro mejor organizado. No podemos ignorar que una nueva conflagración
imperialista podría herir de muerte la civilización europea ya bastante golpeada. Es razonable
prever, en razón del progreso del "arte militar" la despoblación de países enteros por una aviación
provista de armas químicas, cuyo enorme peligro denunció en 1924 la Sociedad de Naciones -¡y
no se la acusará de demagogia revolucionaria!- en un documento oficial. Todavía no han
terminado de ser acondicionados en los monumentos patrióticos la sangre y los huesos de
millones de muertos de 1914-18 cuando esta amenaza se cierne nuevamente sobre la humanidad.
Teniendo presentes las duras realidades de la revolución, es necesario recordar estas cosas. Los
sacrificios impuestos por la guerra civil, la implacable necesidad del terror, los rigores de la
represión revolucionaria, los errores ineluctables y dolorosos aparecen entonces reducidos a sus
justas proporciones. Son males ínfimos comparados con esas inmensas calamidades. Si no
estuviera de más, el solo osario de Verdún los justificaría ampliamente.

"La revolución o la muerte." Esta frase de un combatiente de Verdún sigue siendo una profunda
verdad. En las próximas horas terribles de la historia, ése será el dilema. Habrá llegado el
momento para la clase obrera de cumplir con esta dura, aunque saludable y salvadora tarea: la
revolución.

_____________________

NOTAS

1. He relatado estos episodios en Pendant la guerre civil. Ed. Librairie du Travail, París, 1921.

2. El bajo índice de natalidad inquieta sensiblemente a los jefes de la burguesía francesa. Las
comisiones instituidas para investigar sus causas han llegado a la conclusión, lo que es totalmente
justo, de que este fenómeno es característico de un Estado de pequeños rentistas. ¿Qué puede el
legislador en contra? Sólo le queda amonestar platónicamente al pequeño rentista egoísta que
sólo quiere un hijo.

3. Ya hemos hecho alusión en otra parte a las jornadas de junio de 1848. Es deplorable el olvido
en que ha caído esta página edificante y gloriosa de la historia del proletariado francés. La
burguesía de la II República atravesaba una crisis cuya consecuencia fue la extensión del
desempleo. Para el problema del desempleo sólo encontró una solución: promover la sublevación
y luego reprimirla. Paul-Luis ofrece en su Histoire du socialisme francais un cuadro conciso de
estos acontecimientos.

4. Véase Victor Serge, Lenín, 1917. Librairie du Travail, París, 1925.


Víctor Serge

Vida temprana de Stalin

Escrito: En 1940.
Primera edición: En 1940, como parte de la biografía Portrait of Stalin.
Esta edición: Marxists Internet Archive, febrero de 2001

El 21 de diciembre de 1879, en el pueblo de Didi-Lilo, cerca de Tiflis, Ekaterina Dzhugashvili,


que era de origen alano, le dio a su marido, Visarión Dzhugashvili, un hijo al que llamaron Iosif,
José, y apodaron afectuosamente Sosó. Casi no se sabe nada del padre. De cepa campesina, fue
artesano, zapatero; tal vez, bebedor. El niño parece haber sido educado por la madre, que quería
que se instruyera. De una escuela provinciana pasó al seminario de Tiflis para volverse sacerdote,
pues esta era la única carrera que se ofrecía a los jóvenes del pueblo. Ekaterina Dzhugashvili
acabó sus días hace pocos años en el modesto departamento de la antigua residencia de los
virreyes del Cáucaso. Se saben muy pocas cosas sobre la infancia y la adolescencia del
seminarista. Georgia, pobre y desprovista de medios de comunicación, sufría en aquella época de
varios yugos sobrepuestos. La administración rusa trataba a los georgianos como pueblo
conquistado, pero se sometían mal, pues eran demasiado orgullosos, demasiado buenos tiradores.
Sus propios príncipes, arruinados en su mayoría, eran cazadores, bebedores, aventureros,
orgullosos como los hidalgos de la decadencia de España y los maltrataban voluntaria,
paternalmente. Vivían en la miseria y la opresión, eran sacudidos por revueltas periódicas y
alimentaban su alma con relatos de la resistencia al invasor del norte. Siete años antes que José
Dzhugashvili llegase al seminario un rector-arcipreste había sido apuñalado por un seminarista.
El ferrocarril de Bakú acababa de llegar a Tiflis; en torno a las primeras industrias mecanizadas
nacía un proletariado miserable y fatigado al que los seminaristas, ellos mismos convertidos al
socialismo por el Manifiesto comunista de Karl Marx, aportaban con ardor un nuevo ideal.
Hagamos notar que el Manifiesto, escrito en Francia a principios del desarrollo industrial de
Occidente, podía aplicarse bastante bien a un país donde el capitalismo hacía brutalmente su
aparición. El seminario de Tiflis ya había formado varios hombres llamados a desempeñar un
papel en la historia, como Noé Jordania, fundador de la socialdemocracia georgiana, y Chjeidze,
que en 1917 debía presidir el soviet de Petrogrado. La enseñanza religiosa era ritual y limitada, e
inferior en mucho a la enseñanza revolucionaria, por elemental que fuese ésta. Dzhugashvili se
volvió ateo en el seminario al leer algo sobre Darwin; al comprender los esquemas más claros del
Manifiesto se consideró marxista. Así, la revuelta natural que incubaba su generación tomó en él
una forma consciente.

No se sabe si fue expulsado del seminario o si su madre lo sacó de ahí como lo sigue sosteniendo
ella, por razones de salud. Este detalle podría tener una importancia psicológica. ¿Dio muestras
de ser un hábil simulador para parecer inteligente, o fue expulsado, pero por incapacidad? Los
archivos del seminario existen y si no se ha querido sacar nada de ahí es, ciertamente, con razón.

Estamos entre 1898 y 1900. La vieja santa Rusia imperial, señorial, burocrática y campesina ha
entrado en, las tormentas de la industrialización. Señalemos brevemente algunas fechas. 1861:
emancipación --más bien teórica-- de los siervos por un decreto de Alexandr II. El "zar liberador"
murió en 1881, en una calle de San Petersburgo, despedazado por las bombas del partido de la
"Voluntad del Pueblo", que se limitaba a exigir una constitución. Se ahorcó a los regicidas y se
proclamó, bajo Alexandr III, la autocracia "inquebrantable". El terrorismo se extinguió, pero las
huelgas iban a multiplicarse. La industria rusa, ampliamente alimentada por los capitales
extranjeros, se benefició, en su desarrollo, con todos los recursos, materias primas, mercados,
mano de obra a precios irrisorios de un vasto país primitivo. ¿Por qué fabrica revolucionarios en
serie? Porque los contrastes sociales son extremadamente marcados. La burguesía creciente es
embromada por las instituciones burocráticas y aristocráticas del Antiguo Régimen, a las que
aprende a odiar. Las clases medias de las ciudades no tienen derechos ni porvenir y he aquí que
es de ellas de donde salen los intelectuales. El campesinado, totalmente abajo en la escala social,
carece de tierras, de recursos, de todo. El campesinado el que proporciona obreros a las
manufacturas y a las fábricas, donde se trabaja hasta catorce horas al día. En 1898 fue necesaria
una huelga en la capital para que los tejedores obtuvieran la jornada de 11 horas y media. El pago
de los salarios dependía, a menudo, de la arbitrariedad patronal.

En 1876 se llevó a cabo, en una plaza de San Petersburgo, la primera manifestación de


estudiantes socialistas bajo la insignia de la bandera roja. En 1892 se forman los primeros
círculos socialistas en los que se encuentran, entre otros estudiantes, Vladimir Ulianov, que luego
será Lenin, y su compañera Nadiezhda Krúpskaia. En 1887 el hermano de Vladimir, Aleksander,
fue ahorcado por haber participado en un complot terrorista en el qué también se hallaban
implicados dos jóvenes polacos, Bronislaw y José Pilsudsky... En 1896 León Bronstein, que
luego sería Trotsky, funda un círculo obrero en el sur de Rusia. Desde 1894 existe un partido
socialdemócrata ruso, aunque todavía insignificante. Sus fundadores se hallan en prisión, donde
leen a Marx. Lenin escribe en prisión su primer folleto. Luego se fuga de Siberia y se va a
Munich a redactar Iskra (La chispa), para agrupar a la juventud militante. Pese a su sólida
apariencia, todo el viejo imperio entra poco a poco en fermentación. En la Europa de ese tiempo
es el único Estado que se puede comparar, a causa de su régimen interior, con los Estados
totalitarios de hoy. Su secular robustez parece desafiar al tiempo. Es precisa la audacia de los
jóvenes cirujanos apasionados para osar decir que el paciente, ese coloso, ha sido atacado por un
mal mortal.

La verdad estalla en 1905. El imperialismo ruso, que progresa sin cesar en Asia desde hace varios
siglos, llegó a los bordes del Pacífico. En las fronteras de Manchuria y Corea choca con el
imperialismo japonés, nacido de la revolución de 1868. En un año los rusos sufren en los campos
de batalla de Manchuria, en Liao-Yang y Mukden, irreparables derrotas. Su flota, llegada de
Europa, es destruida en el estrecho de Tsushima por el almirante Tojo. Pierden la fortaleza de
Port Arthur. Independientemente del valor de los mujiks, a los que se les han dado fusiles,
pierden todo porque el estado de los transportes es inverosímil y la corrupción de los funcionarios
es comparable con la incapacidad de los generales de la corte. La incuria del régimen se agrava
con sus contradicciones políticas, que hacen desear la derrota a gran parte de la población
ilustrada. De esta derrota nace una Jacquerie,es decir, la arremetida de los campesinos contra las
tierras señoriales. Los nidos de los señores arden, los atentados, las huelgas, los motines militares
se producen por centenas. El 17 de octubre de 1905 una huelga general espontánea obliga al zar
Nikolai II a conceder a su pueblo un régimen constitucional cuasiparlamentario y libertades
democráticas... A estos días de alegría les siguen días de sangre; y es entonces cuando la
reacción, tras haberse recuperado, gracias a la fidelidad del grueso del ejército, reprime
despiadadamente las insurrecciones, hace pedazos el levantamiento de Moscú, hace arrestar al
Soviet, es decir al Consejo de diputados obreros de San Petersburgo, presidido por el joven
revolucionario llamado León Trotsky que acaba de decretar la jornada de ocho horas...

La primera Revolución rusa fue una prodigiosa llamarada. Produjo, por millares, combatientes,
héroes, ideólogos, políticos, fanáticos, aventureros. Todos los nombres que entraron en la historia
unos doce años más tarde ya entonces figuraron en un buen lugar excepto el de José
Dzhugashvili. En el Cáucaso, sin embargo, la tormenta tuvo tal violencia que arrasó con todo
durante algunos momentos y la revolución gobernó el país, con excepción de algunos islotes.

Dzhugashvili tiene veintiséis años. Milita en los círculos social-demócratas de Tiflis, de Batumi,
en el Mar Negro, de Bakú, en el Mar Caspio, bajo diversos seudónimos, de los cuales prefiere
uno, significativo: Koba, que tomó del personaje de una novela. Esto, que data de su primera
juventud, revela tal vez el único impulso que tuvo hacía un destino patético. Sabemos que
escribía versos detestables y se nos ha asegurado que existen, y que se le conocieron tragedias de
un movimiento y una grandilocuencia impetuosas, a la manera del escritor polaco, entonces de
moda, Pzybychevsky, que a su vez se inspiraba en Nietzsche. Si estos ensayos literarios existen
están bien ocultos y, sin duda, con razón. Sobre la actividad revolucionaria de Koba se sabe poco.
Biógrafos tan atentos como Boris Suvorin y León Trotsky (en una gran obra aún inédita) han
estudiado, línea por línea, la vasta documentación existente y no han encontrado nada notable,
aunque sí han advertido muchos puntos oscuros.

Dzhugashvili fue empleado del observatorio de Tiflis, pero vivió sobre todo de la vida pobre y
azarosa del militante, más o menos alimentado a expensas de las pequeñas organizaciones que
también eran muy pobres. Afiliado al círculo del Partido Obrero Socialdemócrata de Tiflis, desde
1898 se hizo notar, entre los obreros del depósito de ferrocarriles, por su carácter antisocial --e
incluso se ha escrito intrigante--; y en 1908 tuvo que abandonar la pequeña capital para ir a
militar a Batumi. Tal vez había sido expulsado del grupo de Tiflis por haber calumniado a
algunos de sus miembros con el fin de adquirir él mismo más autoridad. Un viejo revolucionario
georgiano que le conoció en esa época me decía: "Era un muchachito desenvuelto. Capaz. Pero
soberanamente socarrón, que sabía muy bien sembrar la cizaña..." En Batumi fundó un círculo de
obreros, participó en una huelga, a la que siguió una manifestación en la calle, donde corrió la
sangre. La represión, severa, no lo golpeó sino con moderación y esto prueba que en todo aquello
desempeñó un oscuro papel o que se mostró muy hábil para hacer que otros actuaran sin que el
fuera percibido.

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Víctor Serge

Treinta años después de la Revolución Rusa

Escrito: En 1947.
Edición Digital: Fundación Andreu Nin.
Esta edición: Marxists Internet Archive.

Escrito en en el exilio, en el año 1947, este texto es comunmente considerado como el


"testamento político" de Serge.

Los años 1938-1939 han marcado un nuevo rumbo decisivo. Se ha concluido la transformación
de las instituciones y de las hábitos de los cuadros del Estado, llamado todavía soviético aunque
no lo sea para nada, gracias a las "depuraciones" implacables, dando lugar a un sistema
perfectamente totalitario, pues sus dirigentes son los dueños absolutos de la vida social,
económica, política y espiritual del país; el individuo y las masas no poseen ningún derecho. La
condición material de las ocho o nueve décimas partes de la población se mantiene en un nivel
muy bajo. El conflicto abierto con los campesinos se prolonga bajo formas atenuadas. Se hace
evidente que, poco a poco, una contrarrevolución ha triunfado. La URSS, al intervenir en la
guerra civil española, ha intentando controlar al gobierno de la república y se ha opuesto, con los
peores medios -corrupción, chantaje, represión, asesinato-, al movimiento obrero que se inspiraba
en los ideales un día compartidos. Una vez consumada la derrota de la República española, no sin
que Stalin tenga parte de responsabilidad, la URSS pactó pronto, al principio en secreto, con el
Tercer Reich. En el punto más álgido de la crisis europea pueden verse a las dos potencias, la
fascista y la antifascista, la bolchevique y la antibolchevique, abandonar sus máscaras y unirse en
el reparto de Polonia. La URSS extiende, con el consentimiento de la Alemania nazi, su
hegemonía sobre los países bálticos que se separaron de Rusia durante las luchas de 1917-1919.
Este cambio de la política internacional rusa se explica por los intereses de una casta dirigente
ávida e inquieta, reducida a una capitulación moral frente al Tercer Reich al que teme por su
superioridad técnica. Las similitudes internas de las dos dictaduras lo han facilitado.

¡Qué espantoso camino hemos recorrido en estos treinta años! El acontecimiento más
esperanzador, más grandioso de nuestro tiempo, parece volverse contra nosotros. ¿Qué nos queda
del entusiasmo inolvidable de 1917? Muchos hombres de mi generación, que fueron comunistas
desde el primer momento, no guardan otro sentimiento que el rencor hacia la revolución rusa.
Quedan muy pocos testigos y participantes. El partido de Lenin y Trotsky ha sido fusilado. Los
documentos han sido destruidos, escondidos o falsificados. Sobreviven sólo y en gran número los
emigrados que estuvieron siempre en contra de la revolución. Escriben libros, son enseñantes,
cuentan con el apoyo del conservadurismo, todavía poderoso y, por otra parte, incapaz, en esta
época de convulsión mundial, de desarmarse o de demostrar objetividad.... Una pobre lógica,
mostrándonos el negro espectáculo de la URSS estalinista, afirma la debacle del bolchevismo, la
del marxismo, la del socialismo... Escamoteo fácil, en apariencia, de los problemas mundiales
que aquejan al mundo y que no dejarán de lastrarle de inmediato. ¿Olvidan las otras debacles?
¿Qué ha hecho el cristianismo durante las catástrofes sociales? ¿Qué ha pasado con el
liberalismo? ¿Qué ha producido el conservadurismo ilustrado o reaccionario? ¿No han
engendrado a Mussolini, a Hitler, a Salazar o a Franco? Si se tratara de plantear con honestidad
las debacles de las ideologías, tendríamos trabajo para largo. Y nada ha acabado aún...

Todo acontecimiento es a la vez definitivo y transitorio. Se prolonga en el tiempo bajo aspectos, a


veces, imprevisibles. Antes de esbozar un juicio sobre la revolución rusa, recordemos los
cambios de rumbo y de perspectivas de la revolución francesa. El entusiasmo de Kant ante la
toma de la Bastilla... El Terror, Termidor, el Directorio, Napoleón. Entre 1789 y 1802, la
república libertaria, igualitaria y fraternal fue absolutamente negada. Las conquistas
napoleónicas, creadoras de un orden nuevo, sólo en el nombre, chocan por su similitud con las de
Hitler. El emperador se convirtió en "el Ogro". El mundo civilizado se unió contra él, la Santa
Alianza pretendía restablecer y estabilizar en toda Europa el antiguo régimen… Sin embargo,
vemos que la revolución francesa, con la irrupción de la burguesía, del espíritu científico y de la
industria, alimentó al siglo XIX. Pero treinta años después, en 1819, en el tiempo de Luis XVIII y
del zar Alejandro I, ¿no parece como uno de los más costosos fracasos históricos? ¡Cuántas
cabezas cortadas, cuántas guerras, para llegar a una mezquina restauración monárquica!

Es natural que la falsificación de la historia esté hoy al orden del día. Entre las ciencias inexactas,
la historia es aquella que lesiona más intereses materiales y psicológicos. Sobre la revolución rusa
pululan leyendas, errores, interpretaciones tendenciosas, aunque sea fácil informarse sobre los
hechos… Pero, evidentemente, es más cómodo escribir y hablar sin informarse.

A menudo se afirma que "el golpe de manobolchevique de octubre-noviembre de 1917 derribó


una democracia naciente..." Nada más falso. En Rusia, la República no había sido proclamada, no
existía ninguna institución democrática fuera de los Sóviets o de los Consejos obreros, de
campesinos y de soldados... El gobierno provisional, presidido por Kerenski, se había negado a
llevar a cabo la reforma agraria, a abrir las negociaciones de paz reclamadas por la voluntad
popular, a tomar medidas efectivas contra la reacción. Vivía una transición entre dos complots
permanentes: el de los generales y el de las masas revolucionarias. Nada hacía pensar en el
establecimiento pacífico de una democracia socializante, la única que hubiera sido
hipotéticamente viable. A partir de septiembre de 1917 la alternativa se daba entre la dictadura de
los generales reaccionarios o en la de los Sóviets. En ésto coinciden dos historiadores desde
posiciones opuestas: Trotsky y el hombre de Estado liberal de derechas, Miliukov. La revolución
soviética o bolchevique fue el resultado de la incapacidad de la revolución democrática,
moderada, inestable e inoperante que la burguesía liberal y los partidos socialistas
contemporizadores dirigieron después de la caída de la autocracia.

Se continúa afirmando que la insurrección del 7 de noviembre (25 de octubre al viejo estilo) de
1917 fue la obra de una minoría de conspiradores: el Partido bolchevique. Nada se opone más a
los hechos verificables. 1917 fue un año de acción de masas asombroso por la multiplicidad, la
variedad, la potencia, la perseverancia de las iniciativas populares que empujaron a levantarse a
los bolcheviques. Las demandas agrarias se extendían por toda Rusia. En el ejército, la
insubordinación aniquilaba la vieja disciplina. Cronstadt y la flota del Báltico habían rechazado
categóricamente obedecer al gobierno provisional y sólo la intervención de Trotsky en el Sóviet
de la base naval evitó un conflicto armado. El Sóviet de Tachkent, en Turkestán, había tomado el
poder por su propia cuenta.... Kerenski amenazaba al Sóviet de Kaluga con la artillería... Un
ejército de 40.000 hombres en el Volga se negaba a obedecer. En las afueras de Petrogrado y de
Moscú se formaban guardias rojos obreros. La guarnición de Petrogrado se ponía a las órdenes
del Sóviet. En los Sóviets, la mayoría de los socialistas moderados se pasaban pacíficamente a los
bolcheviques, sorprendiéndoles a ellos mismos este cambio. Los socialistas moderados
abandonaban a Kerenski, que no podía contar más que con los militares que llegaron a ser
tremendamente impopulares. Estas son las razones por las cuales la insurrección venció en
Petrogrado, casi sin derramamiento de sangre, con entusiasmo. Hay que volver a leer, sobre estos
acontecimientos, las formidables páginas de John Reed y de Jacques Sadoul, testigos
presenciales. El complot bolchevique fue literalmente conducido por una colosal ola ascendente.
Conviene recordar que el imperio se había hundido en febrero-marzo de 1917 bajo el empuje del
pueblo desarmado de las afueras de Petrogrado. La confraternización espontánea de la guarnición
con las manifestaciones obreras decidió la suerte de la autocracia. Más tarde, se buscaría a los
desconocidos que tomaron la iniciativa de esta confraternización; se encontró a muchos, la
mayoría de ellos ha quedado en el anonimato... Los dirigentes y militantes más cualificados de
todos los partidos revolucionarios estaban en esos momentos en el extranjero o presos. Los
pequeños grupos que existían en Petrogrado estaban tan sorprendidos y sobrepasados por los
acontecimientos ¡que los bolcheviques se proponían publicar un llamamiento a la vuelta al
trabajo en las fábricas! Cuatro meses más tarde, la experiencia del gobierno de coalición de los
socialistas moderados y de la burguesía liberal suscitó una cólera tal que a principios de julio la
guarnición y los barrios obreros organizaron, ellos mismos, una gran manifestación armada bajo
la consigna de todo el poder a los Sóviets. Los bolcheviques desaprobaron esta iniciativa tomada
por desconocidos, uniéndose de mala gana al movimiento para conducirle a una liquidación tan
dolorosa como peligrosa. Estimaban, probablemente con razón, que el país no seguiría a la
capital. Se convirtieron, naturalmente, en la cabeza de turco. La persecución y la calumnia
("agentes de Alemania") cayó inmediatamente sobre ellos. A partir de ese momento supieron que
si no se ponían a la cabeza del movimiento de masas ganarían la impopularidad y los generales
cumplirían su objetivo.

El general Kornilov se mete en la aventura en septiembre de 1917, con la complicidad manifiesta


de una parte del gobierno Kerenski. Lenin y Zinoviev escondidos, Trotsky en prisión, los
bolcheviques están acosados. Las tropas de Kornilov se disgregan al contacto con los ferroviarios
y los agitadores obreros.

Los funcionarios de la autocracia vieron venir la revolución; no supieron impedirla. Los partidos
revolucionarios la esperaban; no supieron, no pudieron provocarla. Una vez desencadenados los
acontecimientos, no les quedaba más que participar con más o menos clarividencia y voluntad

Los bolcheviques asumieron el poder porque, en la selección natural que se produjo entre los
partidos revolucionarios, ellos fueron los más aptos para expresar de una forma coherente,
clarividente y voluntariosa, las aspiraciones de las masas movilizadas. Conservaron el poder,
vencieron en la guerra civil porque las masas populares finalmente les apoyaron, a pesar de las
vacilaciones y los conflictos, del Báltico al Pacífico. Este gran hecho histórico ha sido reconocido
por la mayoría de los enemigos rusos del bolchevismo. Hélène Kousskova, propagandista liberal
en la emigración, escribía recientemente que es "incontestable que el pueblo no apoyaba ni al
movimiento de los Blancos (...) ni la lucha por la Asamblea Constituyente (...)". Los Blancos
representaban la contrarrevolución monárquica, los Constituyentes, el antibolchevismo
democrático. Por eso, hasta el final de la guerra civil, en 1920-1921, la revolución rusa aparece
ante nosotros como un inmenso movimiento popular al que el Partido bolchevique dota de un
cerebro y un sistema nervioso, así como de dirigentes y cuadros.

Se afirma que los bolcheviques quisieron inmediatamente el monopolio del poder. ¡Otra
leyenda!. Al contrario, temían el aislamiento en el poder. Muchos de ellos fueron partidarios, al
principio, de un gobierno de coalición socialista. Lenin y Trotsky rechazaron la coalición con los
partidos socialistas moderados que habían conducido la revolución de marzo al fracaso y que se
negaban a reconocer al régimen de los Sóviets. Pero el Partido bolchevique solicitó y obtuvo la
colaboración del Partido socialista revolucionario de izquierdas, partido campesino dirigido por
intelectuales idealistas hostiles al marxismo. A partir de noviembre de 1917 hasta el 6 de julio de
1918, los socialistas-revolucionarios de izquierda participaron en el gobierno. Rechazaron, junto
a un tercio de conocidos bolcheviques, admitir la paz de Brest-Litovsky y, el 6 de julio de 1918,
dieron una batalla insurreccional en Moscú en la que proclamaban su intención de "gobernar
solos" y de "recomenzar la guerra contra el imperialismo alemán". Su mensaje radiado ese día fue
la primera proclamación de un gobierno de partido único. Fueron vencidos y los bolcheviques
tuvieron que gobernar solos. A partir de ese momento, su responsabilidad aumentó, su
mentalidad cambió.

¿Constituían antes o después de la escisión del Partido obrero socialdemócrata ruso en mayoría
(bolcheviques) y minoría (mencheviques), un partido profundamente diferente a otros partidos
revolucionarios rusos? Se les imputa un carácter autoritario, intolerante, amoral en la elección de
los medios; una organización centralizada y disciplinada que contenía el germen del estatismo
burocrático; un carácter dictatorial e inhumano. Tanto autores eruditos como ignorantes
coinciden en señalar la "amoralidad" de Lenin, su "jacobinismo proletario", su "revolucionarismo
profesional". Una mención a la novela-panfleto de Dostoievski, Los Poseídos, y el ensayista cree
haber esclarecido los problemas por él creados.

Todos los partidos revolucionarios rusos, ya desde 1870-1880, fueron autoritarios, fuertemente
centralizados y disciplinados en la ilegalidad, para la ilegalidad; todos formaron "revolucionarios
profesionales", es decir, hombres que vivían exclusivamente para la lucha; todos podrían,
ocasionalmente, ser acusados de una cierta amoralidad práctica, aunque sea justo reconocerles un
idealismo ardiente y desinteresado. Casi todos estaban imbuidos de una mentalidad jacobina,
proletaria o no. Todos crearon héroes y fanáticos. Todos, con excepción de los mencheviques,
aspiraban a una dictadura, y los mencheviques georgianos recurrieron a procedimientos
dictatoriales. Todos los grandes partidos eran estatalistas, tanto por su estructura como por la
finalidad que se asignaban. En realidad, había, más allá de las divergencias doctrinales
importantes, una única mentalidad revolucionaria.

Recordemos el temperamento autoritario del anarquista Bakunin y sus métodos de organización


clandestina en el seno de la primera Internacional. En su Confesión Bakunin preconiza una
dictadura ilustrada, pero sin piedad, ejercida por el pueblo… El Partido socialista-revolucionario,
imbuido de un ideal republicano, más radical que socialista, formó, para combatir la autocracia
por el terrorismo, un "aparato" rigurosamente centralizado, disciplinado, autoritario, presa fácil
de la provocación policial. La socialdemocracia rusa, de conjunto, ambicionaba la conquista del
Estado. Nadie tuvo un lenguaje más jacobino en relación a la futura revolución rusa que su
dirigente Plejánov. El gobierno Kerenski, donde los socialistas-revolucionarios y los
mencheviques tenían bastante fuerza, utilizaba, sin cesar, un lenguaje dictatorial, totalmente
veleidoso. Los mismos anarquistas, en las regiones ocupadas por el Ejército Negro de Nestor
Makhno, ejercían una auténtica dictadura, acompañada de confiscaciones, requerimientos,
arrestos y ejecuciones. Y Makhno fue "batko", padrecito, jefe...

Los socialdemócratas mencheviques de derecha, como Dan y Tseretelli, deseaban un poder


fuerte. Tseretelli recomendó la represión del bolchevismo antes de que fuera tarde... Los
mencheviques de izquierda, de la tendencia de Martov, parecen haber sido el único grupo político
profundamente interesado en una concepción democrática de la revolución, lo que constituye,
desde un punto de vista filosófico, una honrosa excepción.

Las características propias del bolchevismo que le confieren una innegable superioridad sobre los
partidos rivales con los que compartía una amplia mentalidad común son: a) la convicción
marxista; b) la doctrina de la hegemonía del proletariado en la revolución; c) el internacionalismo
intransigente; d) la unidad de pensamiento y acción. Entre muchos hombres, la unidad de
pensamiento y acción condujo a la fe en su propia voluntad.

El realismo marxista de 1917 nos parece hoy un poco esquemático. El mundo ha cambiado, las
luchas sociales son mucho más complejas de lo que eran entonces. Durante la revolución rusa,
este realismo, apoyado por importantes conocimientos económicos e históricos, estuvo a la altura
de las circunstancias. Contenía eficaces antídotos contra la fraseología liberal, el doble juego, la
dilación interesada, la abdicación honorable e hipócrita. Los socialistas moderados estimaban que
Rusia llevaba a cabo una "revolución burguesa", destinada a abrir al capitalismo una era de
desarrollo, dotándose del estatuto político de democracia burguesa... Los bolcheviques creían que
sólo el proletariado podía hacer la revolución "burguesa", pero sin ir más allá; que el socialismo
no podía triunfar en un país tan atrasado, pero que correspondería a una Rusia socializante dar el
impulso al movimiento obrero europeo. Lenin no preveía, en 1917, la nacionalización completa
de la producción, sino sólo el control obrero sobre ella; más tarde pensó en un régimen mixto, de
capitalismo y estatalismo; sin embargo, en 1918, el estallido de la guerra civil impuso la
nacionalización completa como medida inmediata de defensa... La intransigencia
internacionalista de los bolcheviques descansaba en la fe en una próxima revolución europea,
más madura y más fecunda que la revolución rusa... Esta visión de futuro no les era exclusiva.
Era compartida, también, por la ideología socialista europea, aunque, de hecho, los grandes
partidos no creían en la revolución. El continuador alemán de Marx, Karl Kautsky, había
teorizado hasta 1908 la próxima revolución socialista; Rosa Luxemburgo, Franz Mehring, Karl
Liebknecht profesaban la misma convicción. La diferencia esencial entre los bolcheviques y los
otros socialistas parece haber sido de naturaleza psicológica, debido a la formación particular de
la intelligentsia revolucionaria y del proletariado ruso. No había lugar en el Imperio de los zares
ni para el oportunismo parlamentario, ni para los compromisos cotidianos; una realidad social tan
simple como brutal engendró una fe completa y activa. En este sentido, los bolcheviques fueron
más rusos y estuvieron más al unísono con las masas rusas que los socialistas-revolucionarios y
los mencheviques, cuyos cuadros estaban empapados de una mentalidad occidental,
evolucionista, democrática, según las tradiciones de los países capitalistas avanzados.

Abramos el difícil capítulo de los errores y las responsabilidades. No sin lamentar que en un
estudio tan breve no nos sea posible considerar los errores, las responsabilidades y los crímenes
de las potencias y de los partidos que combatieron la revolución soviética-bolchevique. A falta de
este contexto decisivo, estamos obligados a contentarnos con una visión unilateral.

Yo escribía, en 1929, en mi libro Retrato de Stalin, publicado en París (Grasset): "(...) el error
más incomprensible -porque fue deliberado- que estos socialistas (los bolcheviques), dotados de
grandes conocimientos históricos, cometieron, fue el de crear la Comisión extraordinaria de
Represión de la Contra-Revolución, de la Especulación, del Espionaje, de la Deserción, llamada
abreviadamente Checa, que juzgaba a los acusados y a los simples sospechosos sin ni siquiera
escucharlos o verlos, sin permitirles, en consecuencia, ninguna posibilidad de defensa (...),
deteniendo en secreto y ejecutando. ¿Qué era sino una Inquisición? Sin duda, un estado de sitio o
una dura guerra civil necesitan medidas extraordinarias; pero, ¿les está permitido a los socialistas
olvidar que la publicidad de los procesos es la única garantía contra la arbitrariedad y la
corrupción para no retroceder más allá de los procedimientos expeditivos de Fouquier-Tinville?
El error y la responsabilidad son patentes, las consecuencias han sido espantosas ya que la GPU,
es decir, la Checa, ampliada bajo nuevo nombre, acabó por exterminar toda la generación
revolucionaria bolchevique (...)" No queda más que remarcar, en favor del Comité central de
Lenin, algunas circunstancias atenuantes, importantes a los ojos de la sociología. La joven
república vivía expuesta a mortales peligros. Su indulgencia hacia generales como Krasnov y
Kornilov les costó sangre a raudales. El antiguo régimen había utilizado ampliamente el terror.
La iniciativa del terror fue tomada por los Blancos, ya en noviembre de 1917, para masacrar a los
obreros del arsenal del Kremlin; vuelta a tomar por los reaccionarios finlandeses en los primeros
meses de 1918, a mayor escala, antes de que el "terror rojo" fuera proclamado en Rusia. Las
guerras sociales del siglo XIX, después de las jornadas de junio de 1848 y de la Comuna de París
en 1871, estuvieron caracterizadas por el exterminio en masa de los proletarios vencidos. Los
revolucionarios rusos sabían lo que les esperaba en caso de derrota. Sin embargo, la Checa fue
benigna en sus comienzos, justo hasta el verano de 1918. Y cuando el "terror rojo" fue
proclamado, después de los alzamientos contrarrevolucionarios, después del asesinato de los
bolcheviques Volodarski y Ouritski, después de los dos atentados contra Lenin, la Checa empezó
a fusilar a los rehenes, a los sospechosos y a los enemigos, sólo para canalizar, para controlar el
furor popular. Dzerjinski temía mucho los excesos de las Checas locales; la estadística de los
chequistas fusilados es, en este sentido, edificante.

Releyendo últimamente un pequeño libro, deplorablemente traducido al francés, los Recuerdos de


un comisario del pueblo, del socialista-revolucionario de izquierdas Steinberg, he vuelto a
encontrarme con esos dos significativos episodios. Habiendo sido disparados dos tiros contra
Lenin a finales de 1917, una delegación obrera vino a decirle que si la contrarrevolución hacía
derramar una sola gota de su sangre, el proletariado de Petrogrado le vengaría con creces...
Steinberg, que colaboraba entonces con Lenin, hace notar el embarazo de éste. El episodio no fue
difundido, justamente para evitar consecuencias trágicas. Por otro lado, los dos socialistas-
revolucionarios que dispararon fueron arrestados, perdonados y, más tarde, pertenecieron al
Partido bolchevique... Dos ex-ministros liberales, Chingariov y Kokochkine, al encontrarse
enfermos en la cárcel, fueron trasladados al hospital. Fueron asesinados en sus lechos; cuando
informaron a Lenin, éste, absolutamente trastornado, ordenó al gobierno abrir una investigación y
descubrieron que los autores de los crímenes eran marineros revolucionarios, apoyados y
protegidos por el conjunto de sus camaradas. Rechazando la "mansedumbre" de los que estaban
en el poder, los marineros la habían suplido mediante una iniciativa terrorista. De hecho, la
tripulación de la flota rehusó entregar a los culpables. Los comisarios del pueblo decidieron
"dejar pasar" el asunto. ¿Podían, en el momento en el que el sacrificio de los marineros era cada
día más necesario para el bien de la revolución, abrir un conflicto con el terrorismo espontáneo?
En 1920, la pena de muerte fue abolida en Rusia. Se creía próximo el final de la guerra civil. Yo
creía que todo el Partido deseaba una normalización del régimen, el fin del estado de sitio, una
vuelta a la democracia soviética, la limitación de los poderes de la Checa o, mejor, su supresión.
Todo esto era posible, lo que equivale a decir que la salud de la revolución era posible. El país,
agotado, quería comenzar la reconstrucción. Sus reservas de entusiasmo y de fe continuaban
siendo grandes.

El verano de 1920 marca un fecha fatal. Hay que tener muy mala fe, por parte de los
historiadores, para no señalarlo. Rusia entera vivía con la esperanza de la pacificación en el
momento en que Pilsudski lanzó los ejércitos polacos contra Ucrania. Esta agresión, claramente
inspirada por ánimos de conquista, coincidió con el reconocimiento acordado por Francia e
Inglaterra al general barón Wrangel que ocupaba por entonces Crimea. La resistencia de la
revolución fue instantánea. Polonia vencida, el Comité central pensó en provocar una revolución
soviética. El fracaso del Ejército Rojo ante Varsovia hizo cambiar los propósitos de Lenin, pero
lo peor fue que, a resultas de esta penosa guerra, en un país desangrado y empobrecido, ya no
entró en consideración abolir la pena de muerte ni comenzar la reconstrucción sobre las bases de
una democracia soviética... La miseria y el peligro esclerotizaron al Estado-Partido inmerso en
ese régimen económico, intolerable para la población y inviable en sí, que se ha dado en llamar el
"comunismo de guerra".

A principios de 1921 la sublevación de los marineros de Cronstadt fue, precisamente, una


respuesta contra ese régimen económico y contra la dictadura del Partido. Sean cuales sean sus
intenciones, un partido que gobierna a un país hambriento no podrá mantener su popularidad. La
espontaneidad de las masas se había apagado; los sacrificios y las privaciones habían agotado a la
minoría activa de la revolución. Los inviernos helados, las raciones insuficientes, las epidemias,
los requerimientos en el campo extendían el rencor, la desesperanza, la ideología confusa de la
contrarrevolución por el pan blanco. Si el Partido bolchevique hubiera aflojado las riendas del
poder, ¿quién lo habría sucedido? ¿No era su deber mantenerlo? Hizo bien en hacerlo.

Se equivocó, sin embargo, al enloquecer ante la sublevación de Cronstad, ya que le era posible
hacerlo de otra forma, como sabemos los que estábamos allí, en Petrogrado. Los errores y las
responsabilidades del poder se funden en lo que respecta a Cronstadt en 1921. Los marineros se
sublevaron porque Kalinin rehusó escucharles. Donde era necesaria la persuasión y la
comprensión, el presidente del Comité ejecutivo de los Sóviets empleó la amenaza y el insulto.
La delegación de Cronstadt al Sóviet de Petrogrado, en lugar de ser recibida fraternalmente, fue
arrestada por la Checa. La verdad sobre el conflicto fue hurtada al país y al Partido por la prensa,
que, por vez primera mintió, publicando que un general blanco, Kozlovski, ejercía la autoridad en
Cronstadt. La mediación propuesta por los influyentes y bienintencionados anarquistas
americanos, Emma Goldman y Alexandre Berkman, fue rechazada. Sonaron los cañones en una
batalla fraticida y la Checa, después, fusiló a los prisioneros. Si, como indica Trotsky, los
marineros habían cambiado después de 1918 y expresaban las aspiraciones del campesinado
atrasado, hay que reconocer que el poder también había cambiado.

Lenin, al proclamar el fin del "comunismo de guerra" y la "nueva política económica", satisfizo
las reivindicaciones económicas de Cronstadt después de la batalla y de la masacre. Reconocía
así que el Partido y él mismo se habían aferrado a un régimen insostenible que ya Trotsky había
alertado sobre sus peligros y propuesto un cambio un año atrás. La nueva política económica
abolía las requisiciones en el campo, reemplazándolas por un impuesto en especie, restablecía la
libertad de comercio y de la pequeña empresa, desterraba, en una palabra, la armazón mortal de la
estatalización completa de la producción y del intercambio. Hubiera sido natural aflojar, al
mismo tiempo, la armadura del gobierno por una política de tolerancia y reconciliación hacia los
elementos socialistas y libertarios dispuesto a situarse sobre el terreno de la constitución
soviética. Rafael Abramovitch reprocha a los bolcheviques, con razón, no haber entrado en 1921
en esta vía. Por el contrario, el Comité central puso fuera de la ley a los mencheviques y
anarquistas. Un gobierno de coalición socialista, si se hubiera formado en esa época, habría
implicado algunos peligros internos, menores, sin embargo -a las pruebas me remito- que los del
monopolio del poder... En efecto, el descontento del Partido y de la clase obrera obligó al Comité
central a establecer, en lo sucesivo, el estado de sitio; un estado de sitio clemente, es cierto, en el
interior del Partido. La oposición obrera fue condenada, y una depuración acarreó exclusiones.

¿Qué profundas razones motivaron la decisión del Comité central para mantener y fortalecer el
monopolio del poder? En primer lugar, en estas crisis los bolcheviques no tenían confianza más
que en ellos mismos. Acarreando solos las pesadas responsabilidades, singularmente agravadas
por el drama de Cronstadt, temían abrir la competición política a los socialdemócratas
mencheviques y al partido "campesino" de los socialistas-revolucionarios de izquierda.
Finalmente, y sobre todo, creían en la revolución mundial, es decir, en la inminente revolución
europea, sobre todo en Europa central. Un gobierno de coalición socialista y democrático hubiera
debilitado a la Internacional comunista llamada a dirigir las próximas revoluciones. Quizá
estamos tratando el error más grande y grave del Partido de Lenin-Trotsky. Como ocurre siempre
en el pensamiento creativo, el error se mezcla con la verdad, con el sentimiento voluntarioso, con
la intuición subjetiva. No se emprende nada sin creer en la empresa, sin medir los datos tangibles,
sin perseguir el éxito, sin entrar en lo problemático y lo incierto. Toda acción se proyecta en el
presente real hacia el futuro desconocido. La acción justificada por la inteligencia es aquella que
se proyecta a sabiendas. La doctrina de la revolución europea ¿estaba, bajo éste ángulo,
justificada?

No creo que seamos capaces de responder a esta cuestión de forma satisfactoria, solamente me
propongo delimitarla. No queda ninguna duda de que el capitalismo estable, creciente,
relativamente pacífico, del siglo XIX, acabó en la primera guerra mundial. Tenían razón los
marxistas revolucionarios que preconizaban que se abría una era de revoluciones que abarcaría al
planeta entero y que si el socialismo no lograba imponerse en los principales países de Europa la
barbarie y otro ciclo de "guerras y revoluciones", según lo definía Lenin citando a su vez a
Engels, se impondrían. Los conservadores, los evolucionistas y los reformistas que creyeron en el
futuro de la Europa burguesa, sabiamente recortada por el Tratado de Versalles, apañada en
Locarno, empapada de frases huecas por la Sociedad de Naciones, aparecen hoy como políticos
sin visión. ¿Qué estamos viviendo sino una transformación mundial de las relaciones sociales, de
los regímenes de producción, de las relaciones intercontinentales, de los equilibrios de fuerzas, de
las ideas y las costumbres, es decir, una revolución mundial tan viva en Indonesia como incierta y
titubeante en Europa? América, con sus formidables progresos técnicos, sus abrumadoras
responsabilidades a escala mundial, sus impulsos sociales contradictorios, mantiene un lugar
privilegiado, como corresponde al país industrial más rico y mejor organizado; pero nada de lo
que pase en Grecia, en Japón, en las más remotas zonas árticas de la URSS; nada de lo que se
haga o trame en Trieste o Madrid puede serle ajeno...

Los marxistas revolucionarios de la escuela bolchevique deseaban, querían, la transformación


social de Europa y del mundo mediante la toma de conciencia de las masas trabajadoras,
mediante la organización racional y justa de una sociedad nueva; se proponían trabajar para que
el hombre dominara, por fin, su propio destino. Y es aquí donde se equivocaron, pues fueron
vencidos. La transformación del mundo se desarrolla en medio de la confusión de las
instituciones, de los movimientos y de las creencias, sin la aparición de una clara consciencia o
de un humanismo renovado e, incluso, poniendo en peligro todos los valores, todas las esperanzas
de los hombres. La tendencia general sigue siendo, sin embargo, la que el socialismo de acción ya
indicaba desde 1917-1920: hacia la colectivización y la planificación de la economía, hacia la
internacionalización del mundo, hacia la emancipación de los pueblos y las colonias, hacia la
formación de democracias de masas de un nuevo tipo. La alternativa continúa siendo la que el
socialismo preveía: la barbarie y la guerra, la guerra y la barbarie, el monstruo con dos cabezas.

Los bolcheviques creían, con razón, que la salud de la revolución rusa dependía de la posible
victoria de una revolución en Alemania. La Rusia agrícola y la Alemania industrial hubieran
sufrido, bajo el socialismo, un desarrollo extraordinario y pacífico. Con esta hipótesis cumplida,
la república de los Sóviets no hubiera padecido la asfixia burocrática interna... Alemania hubiera
escapado de las tinieblas del nazismo y de la catástrofe. El mundo hubiera podido conocer otras
luchas, pero nada nos autoriza a pensar que esas luchas hubieran producido maquinarias
infernales como el hitlerismo y el estalinismo. Por el contrario, todo nos induce a pensar que una
revolución triunfante en Alemania después de la primera guerra mundial hubiera sido
infinitamente fecunda para el desarrollo social de la humanidad. Tales especulaciones sobre las
posibles variantes de la historia son legítimas e incluso necesarias, si se quiere comprender el
pasado y orientarse en el presente; para condenarlas, habría que considerar la historia como un
encadenamiento de fatalidades mecánicas y no como el desarrollo de la vida humana en el
tiempo.

Luchando por la revolución, los espartakistas alemanes, los bolcheviques rusos y sus camaradas
de todos los países, luchaban para impedir el cataclismo mundial que acabamos de sobrevivir.
Ellos lo sabían. Maduraron con una generosa voluntad de liberación. Quien quiera que haya
estado con ellos no los olvidará nunca. Pocos hombres fueron tan devotos de la causa de los
hombres. Ahora está de moda imputar a los revolucionarios de los años 1917-1927 una intención
de hegemonía y de conquista mundial, pero conocemos muy bien los rencores y los intereses que
trabajan por desnaturalizar la verdad histórica. En lo inmediato, el error del bolchevismo fue, no
obstante, patente. La inestabilidad reinaba en Europa, la revolución socialista parecía
teóricamente posible, racionalmente necesaria, pero no se hizo. La inmensa mayoría de la clase
obrera de los países occidentales rechazó impulsar o sostener el combate; creyó en la vuelta del
progreso social de antes de la guerra; se encontraba lo suficientemente bien como para temer los
riesgos; se dejó alimentar por las ilusiones. La socialdemocracia alemana, conducida por
dirigentes mediocres y moderados, temía los esfuerzos generales de una revolución fácilmente
iniciada en noviembre de 1918 y siguieron las vías democráticas de la república de Weimar...
Cuando se reprocha al bolchevismo haber llevado a cabo una revolución por la violencia y la
dictadura del proletariado, no sería justo dejar de considerar la experiencia contraria, la del
socialismo moderado, reformista, que intentó agotar las posibilidades de la democracia burguesa
hasta la llegada de Hitler. Los bolcheviques se equivocaron al valorar la capacidad política y la
energía de las clases obreras de Occidente y, en principio, de la clase obrera alemana. Este error,
deudor de su idealismo militante, arrastró graves consecuencias. Perdieron el contacto con las
masas de Occidente. La Internacional comunista pasó a ser un anexo del Estado-partido soviético.
La doctrina del "socialismo en un solo país" nació de la decepción. En su momento, las tácticas
estúpidas e incluso perversas de la Internacional estalinista facilitaron el triunfo del nazismo en
Alemania...

Un primer balance de la revolución rusa hay que hacerlo sobre el año 1927. Han pasado ya diez
años. La dictadura del proletariado se ha convertidor, después de 1920-1921, -datos aproximados
y discutibles- en la dictadura del Partido comunista, sometido éste, a su vez, a la dictadura de la
"vieja guardia bolchevique". Esta "vieja guardia" constituye, en general, una élite notable,
inteligente, desinteresada, activa, tenaz. Los resultados obtenidos son grandiosos. En el
extranjero, la URSS es respetada, reconocida, y, a menudo, admirada. En el interior, la
reconstrucción económica ha llegado a su fin, sobre las ruinas dejadas por las guerras, con los
únicos recursos del país y de la energía popular. Un nuevo sistema de producción colectivista ha
sustituido al capitalismo y funciona bastante bien. Las masas trabajadoras de las Rusias han
demostrado su capacidad de victoria, de organización y de producción. Se han instalado nuevas
costumbres así como un nuevo sentimiento de dignidad en el trabajador. El sentimiento de la
propiedad privada, que los filósofos de la burguesía consideraban como innato, está en vías de
extinción natural. La agricultura se ha reconstruido a un nivel que alcanza e incluso sobrepasa al
de 1913. El salario real de los trabajadores está sensiblemente por encima del de 1913, es decir,
del de antes de la guerra. Ha surgido una nueva literatura llena de vigor. El balance de la
revolución proletaria es netamente positivo. Pero ya no se trata sólo de reconstruir, sino de
construir: de ampliar la producción, de crear nuevas industrias (automóvil, aviación, química,
aluminio...); se trata de remediar la desproporción entre una agricultura restablecida y una
industria débil.

La URSS está aislada y amenazada. Se trata de asegurar su defensa. Los marxistas no tienen
mucha ilusión en el pacto Briand-Kellog que pone a la guerra "fuera de la ley"... El régimen está
en una encrucijada, el Partido desgarrado por la lucha por el poder, y por el programa del poder,
disponiendo a los viejos bolcheviques los unos contra los otros. Los continuadores más lúcidos de
los tiempos heroicos se han agrupado en torno a Trotsky. Pueden cometer errores tácticos,
formular tesis insuficientes, vacilar, pero su mérito y su coraje no serán puestos en duda.
Preconizan la industrialización planificada, la lucha contra las fuerzas reaccionarias y, sobre todo,
contra la burocracia, por el internacionalismo militante, la democratización del régimen,
empezando por el Partido. Han sido vencidos por la jerarquía de los secretarios, que se confunde
con la jerarquía de los comisarios de la GPU, bajo la égida del secretario general, el obscuro
georgiano de hace poco, Stalin. Los miles de fundadores de la URSS que habían dado ejemplo de
su devoción al pensamiento socialista, se encuentran ahora en prisión o deportados. Lo que les
imputan es contradictorio, pero poco importa. El hecho esencial es que en 1927-1928, gracias a
un golpe de mano dado en el Partido, el Estado-Partido revolucionario ha pasado a ser un Estado-
policial-burocrático, reaccionario, sobre el terreno creado por la revolución. El cambio de
ideología se acentúa brutalmente. El marxismo de fórmulas planas elaborado por los verdugos
sustituye al marxismo crítico de los hombres con ideas. Se establece el culto al Jefe. El
"socialismo en un solo país" ha pasado a ser el cliché válido para todos los advenedizos que
tienen, como único interés, conservar sus privilegios. Los opositores observan, con angustia,
cómo se perfila un nuevo régimen, un régimen autoritario. Cuando los viejos bolcheviques que
acabaron con la oposición trotskista, los Bujarin, Rykov, Tomski, Rioutine, se den cuenta,
espantados, pasarán ellos mismos a la resistencia. Demasiado tarde. La lucha de la generación
revolucionaria contra el totalitarismo duró diez años, de 1927 a 1937.

Las peripecias confusas y a veces desconcertantes de esta lucha no nos deben oscurecer su
significado. Las personalidades han podido enfrentarse las unas a las otras, combatirse,
reconciliarse, incluso traicionarse; han podido perderse, humillarse ante la tiranía, intentar ser
astutos ante los verdugos, dejarse utilizar, alzarse desesperadamente. El Estado totalitario utilizó
a unos contra otros eficazmente, ya que había aprisionado sus almas. El patriotismo del Partido y
de la revolución, cimentado por el sacrificio, los servicios, los resultados obtenidos, el apego a
prodigiosas visiones de futuro, el sentimiento del peligro común, borró el sentido de la realidad
en las mentes más claras. La resistencia de la generación revolucionaria, a la cabeza de la cual se
encontraban la mayor parte de los viejos socialistas bolcheviques, fue tan tenaz que en 1936-
1938, durante los procesos de Moscú, debió ser exterminada para que el nuevo régimen se
estabilizara. Fue el golpe de mano más sangrante de la historia. Los bolcheviques perecieron por
decenas de miles, los combatientes de la guerra civil por centenares de miles, los ciudadanos
soviéticos, portadores de un idealismo condenado, por millones. Algunas decenas de compañeros
de Lenin y Trotsky consintieron en deshonrarse, en un supremo acto de abnegación hacia el
Partido, antes de ser fusilados. Miles más fueron fusilados en los sótanos. Los campos de
concentración más grandes del mundo se encargaron de la aniquilación física de masas de
condenados. La sangrienta ruptura fue llevada a cabo entre el bolchevismo, forma rusa ardiente y
creadora del socialismo, y el estalinismo, forma igualmente rusa, es decir, condicionada por todo
el pasado y el presente de Rusia, del totalitarismo. A fin de que este último término tenga su
sentido preciso, definámosle: el totalitarismo, tal y como se estableció en la URSS, en el Tercer
Reich, y esbozado en la Italia fascista y en otras partes, es un régimen caracterizado por la
explotación despótica del trabajo, la colectivización y la producción, el monopolio burocrático y
policial (mejor valdría decir terrorista) del poder, el pensamiento sojuzgado, el mito del jefe-
símbolo. Un régimen de esta naturaleza tiende, por fuerza, a la expansión, es decir, a la guerra de
conquista, ya que es incompatible con la existencia de vecinos diferentes y más humanos; ya que
sufre, inevitablemente, de sus propias psicosis de inquietud; ya que vive sobre la represión
permanente de las fuerzas explosivas de su interior.

Un autor americano, James Burnham, sostiene que Stalin es el verdadero continuador de Lenin.
La paradoja, llevada a la hipérbole, no carece de un cierto atractivo estimulante en los medios de
pensamiento perezoso e ignorante... Es evidente que un parricida es el continuador biológico de
su padre. Y es, asimismo, evidente, que no se continúa un movimiento masacrándole, una
ideología renegando de ella, una revolución de trabajadores mediante la más cruda explotación de
esos mismos trabajadores, la obra de Trotsky asesinando a Trotsky y quemando sus libros... O las
palabras continuación, ruptura, negación, renegar, destrucción, no tendrían sentido inteligible, lo
que podría interesar, por otra parte, a los intelectuales brillantemente oscurantistas. Yo no sueño
con meter a James Burnham en esta categoría. La paradoja que ha desarrollado, sin duda por
amor a la teoría irritante, es tan falsa como peligrosa. Bajo miles de formas planas se encuentra
hoy en la prensa y en los libros, justo antes de la preparación de la tercera guerra mundial. Los
reaccionarios tienen un interés evidente en confundir el totalitarismo estalinista, exterminador de
los bolcheviques, con el bolchevismo, a fin de perjudicar a la clase obrera, al socialismo, al
marxismo e, incluso, al liberalismo...

El caso personal de Stalin, ex viejo bolchevique, así como el de Mussolini, ex viejo socialista de
Avanti, es totalmente secundario a efectos sociológicos. Que el autoritarismo, la intolerancia y
ciertos errores del bolchevismo hayan labrado un terreno favorable al totalitarismo estalinista, no
se puede negar. Una sociedad contiene, como un organismo, gérmenes de muerte. Pero hace falta
que las circunstancias históricas les faciliten su eclosión. Ni la intolerancia ni el autoritarismo de
los bolcheviques (y de la mayor parte de sus adversarios) permiten poner en cuestión su
mentalidad socialista o las conquistas de los diez primeros años de la revolución. Y estas
conquistas son tan reales que dos sabios americanos, estudiosos del desarrollo cíclico de los
organismos y de las sociedades, constatan que "en 1917-1918, Rusia entró en un nuevo ciclo de
crecimiento, de suerte que hoy podemos situarla como la más joven de las grandes naciones del
mundo (...) (1)".

En el momento del estallido de la revolución rusa, los efectivos organizados de todos los partidos
revolucionarios eran inferiores al 1% de la población del Imperio. Los bolcheviques constituían
una fracción de ese menos del uno por ciento. La ínfima levadura creció pero rápidamente se
agotó. La revolución de octubre-noviembre de 1917 fue dirigida por un partido de hombres
jóvenes. El mayor de entre ellos, Lenin, tenía 47 años, Trotsky 38; Bujarin, 29; Kamenev y
Zinoviev, 34. Diez a veinte años más tarde, la resistencia al totalitarismo fue llevada a cabo por
una generación envejecida. Y esta generación no sucumbió solamente bajo el peso de una joven
burocracia policial ávidamente agarrada a los privilegios del poder, sino además por la pasividad
política de las masas agotadas, subalimentadas, paralizadas por el sistema terrorista y la
intoxicación de la propaganda. Por otra parte, se encontraron sin el más mínimo apoyo eficaz en
el exterior. Durante su resistencia en la URSS la escalada de las fuerzas reaccionarias en el
mundo fue casi ininterrumpida. Las potencias democráticas trataban con miramientos o alentaban
a Mussolini y Hitler. El impulso de los frentes populares, ese combate de retaguardia de las
masas trabajadoras de Occidente, quebrado en España por la coalición del nazismo, del fascismo
y de Franco, en el momento preciso en que los verdugos de Stalin procedían, en Rusia, a la
liquidación del bolchevismo...
VII. ¿Podemos defender algo de la revolución rusa después de esos diez primeros años exaltantes
y de los veinte negros años que les siguieron? Sí, y no poco: una inmensa experiencia histórica,
recuerdos llenos de orgullo, ejemplos inapreciables... La doctrina y las tácticas del bolchevismo
necesitan, sin embargo, un estudio crítico. Se han producido tantos cambios en este mundo
caótico que ninguna concepción marxista -o socialista- válida en 1920 tendría aplicación práctica
sin una revisión esencial. No creo que en un sistema de producción en donde el laboratorio ha
adquirido, en relación al taller, una creciente preponderancia, la hegemonía del proletariado
pueda imponerse si no es bajo formas morales y políticas que impliquen, en realidad, la renuncia
a la hegemonía. No creo que la "dictadura del proletariado" pueda revivir en las luchas del futuro.
Habrá, sin duda, dictaduras más o menos revolucionarias; la tarea del movimiento obrero será
siempre, estoy convencido, mantener un carácter democrático, no sólo en beneficio del
proletariado, sino también para el conjunto de los trabajadores y de las naciones. En este sentido,
la revolución proletaria no es, según creo, nuestro fin; la revolución que nos proponemos debe ser
socialista, en el sentido humanista de la palabra; más exactamente, socializante, democrática,
libertariamente realizada... Fuera de Rusia, la teoría bolchevique del Partido ha fracasado. La
variedad de los intereses y de las formaciones psicológicas no ha permitido constituir la cohorte
homogénea de militantes dedicados a una obra común tan noblemente loada por el pobre
Bujarin... La centralización, la disciplina, la ideología dirigida nos deben inspirar una justa
desconfianza, por más que necesitemos organizaciones serias...

¿Y que le queda al pueblo ruso? Por ironía de la historia, sólo perder sus cadenas. Espero que
pronto se traduzca al francés el libro objetivamente implacable de David J. Dallin y Boris l.
Nicolaevski sobre El trabajo forzado en la Rusia soviética. En él se nos habla que en 1928, en la
época del Termidor soviético, en los campos de concentración de la GPU se hallaban unos treinta
mil condenados. Nos es imposible saber, sin embargo, cuántos millones de esclavos encerrados
hay hoy en los campos de Stalin. Las cifras más modestas los sitúan entre diez o doce millones
que, según estos autores, constituyen el 16% de la población adulta masculina, siendo
sensiblemente inferior el de las mujeres. Reciente he subrayado en Masses la importancia
decisiva de estos datos. Admitiendo la cifra del 15% de privilegiados del régimen, que gozan en
la URSS de una condición comparable a la de europeos civilizados, cifra probablemente
optimista en este momento y que habría que dividir por dos para obtener el porcentaje de
trabajadores adultos privilegiados, yo escribía: "Desde entonces: 7% de trabajadores adultos
privilegiados, 15% de parias, 78% de explotados en condiciones pobres o miserables (...)" ¿Cómo
quieren calificar a esta estructura social? ¿Es defendible?

En el exterior, la influencia de este "universo concentracionario" ha sido capaz de impedir la


andadura del socialismo y la reorganización de Europa. La tragedia no es específicamente rusa,
es universal. La tercera guerra mundial parece ser la salida lógica. No nos resignamos, sin
embargo, a las soluciones catastrofistas siempre y cuando haya otras posibilidades. La
agresividad del régimen estalinista en el exterior está condicionada por la gravedad de su
situación interna. La rebelión latente de las masas rusas y no rusas contra este régimen ha sido
demostrada por el derrotismo de las poblaciones que, al principio de la invasión, acogieron a los
invasores como a liberadores; probada por los disturbios del día siguiente de la victoria; por el
movimiento mucho más complejo de lo que se creía del ejército Vlassov que se batía
alternativamente por los nazis y contra ellos; por los dos o trescientos mil refugiados rusos en
Alemania; por la población de los campos de concentración. Opino que los regímenes totalitarios
constituyen colosales fábricas de rebeliones. Aquel más que otro en razón de su tradición
revolucionaria.

La documentación sobre el estado de espíritu de las masas rusas crece día a día. Cualquiera que
conozca Rusia sabe que, bajo el caparazón de bronce del régimen, existe una profunda vitalidad.
Las nueve décimas partes de los hombres que trabajan, construyen, inventan o administran,
podrían, si rompieran sus cadenas, convertirse rápidamente en ciudadanos de una democracia del
trabajo... ¿Podrán librarse a tiempo de sus cadenas para que una Rusia socialista pueda prevenir
el desencadenamiento de la guerra?.

Lo que ha hecho el estalinismo por inculcar a sus oprimidos el horror y la repugnancia por el
socialismo es inimaginable, siendo previsible que se produzcan reacciones tanto en Rusia como,
y sobre todo, entre los pueblos no rusos, como los musulmanes de Asia central, recorridos por
aspiraciones pan-islámicas. Estimo, no obstante, fundándome sobre muchas observaciones
hechas en la URSS en años particularmente crueles para las masas, que la gran mayoría del
pueblo ruso se da perfectamente cuenta de la impostura del socialismo oficial. No es posible la
vuelta al antiguo régimen o, incluso, a un capitalismo desarrollado, en razón del alto grado de
desarrollo conseguido por la producción estatalizada, en el momento en el que Europa entera
camina hacia las nacionalizaciones y la planificación. La democracia rusa tendría que sanear,
limpiar de mugre, reorganizar, en interés de los productores, la producción socializada. El interés
técnico de la producción, el sentido de la justicia social, la libertad recobrada, se conjugarían, por
la fuerza de las cosas, en volver a poner a la economía al servicio de la comunidad... No está todo
perdido ya que nos queda esta esperanza racional, fuertemente motivada.

México, julio-agosto de 1947.