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MATERIAL DE CATEDRA

CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

TIEMPO PARA EL TIEMPO Y UN RATO MÁS
LOS AUTORES CLÁSICOS DE LA FILOSOFÍA
PROF. DR. JORGE EDUARDO NORO
norojor@cablenet.com.ar

Fue una espera interminable. No sé cuánto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y
universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al
derrumbe de un amor, a la espera de una muerte. Pero de mi propio tiempo fue una cantidad
inmensa y complicada, lleno de cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso a veces, y a veces
extrañamente calmo y casi mar inmóvil. (SABATO: EL TÚNEL)
La modernidad instala el concepto económico del tiempo. El tiempo vale, “el tiempo es oro”, Y de allí
el tiempo no fluye, no es una percepción subjetiva, sino que tiene entidad y no puede ser
malgastado. Hasta las mismas órdenes mendicantes (que hacían consistir la fidelidad al evangelio en
un ocio dedicado a la oración y a la pobreza) son sustituidas por las ideas de la tradición monástica
de los Benedictinos: orar, trabajar y ordenar el tiempo según los dictado del recién inventado reloj
(que es el que rompe el tiempo y lo impone de manera objetiva para todos). Por eso aparecen las
frases conocidas: “Ocupamos el tiempo”, “apuramos el tiempo”, “demoramos el tiempo”, “gastamos
el tiempo”, “ perdemos el tiempo”, “invertimos tiempo”. La frases tienen resonancias económicas. Y
el tiempo se nos escapa, se nos va, se nos escurre entre los dedos como el agua. Tal vez debamos
VIVIR el tiempo con toda la intensidad, llenarlo de amor, de felicidad, de entrega. Y seremos eternos..

01. KRONOS - AION - KAIROS: NUESTROS TIEMPOS
 El tiempo no es solo continuidad (CRONOS): en donde el pasado, el presente y el futuro forman
una línea que se articula en momentos distintos, bajo la idea de la permanencia y de la identidad. El
tiempo se relaciona también con la apertura al porvenir, se asocia con la figura de la discontinuidad,
con la forma del AIÓN. Y allí se produce una paradoja necesaria: el tiempo se vuelve continuo,
previsible y futuro, y también discontinuo, innovador y porvenir. Seres humanos y organizaciones
crecen sabiendo lo que quieren y proyectándose en el futuro, pero atentas a los signos y
construyendo a partir de lo que les acaece, que no siempre es lo planificado, lo deseado, lo esperado.
Y allí interviene la tercera noción del tiempo: EL KAIRÓS. Este vocablo remite al “tiempo oportuno”.
Utilizado por el cristianismo se transformó en el “tiempo de gracia”: es lo que llamamos el tiempo
justo, el momento exacto, la oportunidad precisa. Frecuentemente la sociedad o las instituciones
requieren de personas o de grupos de personas que tengan sensibilidad para estos tiempos. Porque
son ellos los que saben qué se debe hacer en estos momentos, cómo reaccionar o aprovechar esos
tiempos. Así como hay personas, equipos o grupos humanos que son especialistas en construir las
catedrales, en cruzar el desierto, en pilotear un largo viaje o una marcha prolongada en donde

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escasea la novedad y abunda la redundancia (CRONOS), hay otros tipos de personas que son las
indicadas para los momentos críticos (difícil) o los KAIRÓS, los tiempos oportunos, los tiempos de
gracia.
 CRONOS es el dios del tiempo, representado como un hombre maduro, que devora todo y todos,
incluidos sus hijos, para mantener su poder. Es el dios del tiempo secuencial, cronológico que pasa
inevitablemente. Es el tiempo que pasa, el tiempo de los calendarios y de los relojes, que irreversible
y linearmente nos lleva hacia nuestro futuro. Es el dios al que recurrimos cuando ponemos objetivos,
hacemos planes de acción y los implementamos. Es representando como un DIOS que se come de
manera permanente a sus hijos (el paso de los días).
 AIÓN es dios de la eternidad al que no le hace falta devorar nada para ser eterno. Es a la vez niño
y anciano. Es el dios generoso y satisfecho que tiene sentido en sí mismo. Es el dios que no
contempla los objetivos ni los planes sino que nos invita a la acción que tenga sentido en sí misma. Es
el dios que invocaba Machado al escribir “caminante no hay camino, se hace camino al andar”.
Cuando actuamos bajo los auspicios de Aión, estamos satisfechos con el camino que recorremos
porque el objetivo es recorrerlo y cada paso tiene sentido.
 KAIROS es el dios caprichoso de la oportunidad que pasa rápidamente, al que sólo se puede
tratar. Es el tiempo oportuno, aquel en el que todo puede suceder. Cuando acaba de pasar no se le
puede agarrar. Es el momento adecuado que, si lo logramos atrapar puede cambiar nuestro destino.
Es el momento imprevisto del “aquí y ahora” , de la decisión, en el que la acción adecuada nos llevará
al futuro que deseamos. Kairos ni exige nada ni espera nada de nosotros. Kairos simplemente pasa
por nuestro lado y se va. Es representado por un DIOS calvo con un solo mechón largo de cabello en
la frente: si uno lo logra sujetarlo cuando pasa, no puede aferrarlo más, al irse…
 LOS TRES interactúan entre sí: (1) engañados por CRONOS, perseguimos a KAIROS intentando
atraparlo. Y no siempre podemos atraparlo, porque Cronos se encarga muy bien de que no nos
demos cuenta de que la única forma de atrapar a KAIROS es la observación silenciosa y
desapasionada de nuestro entorno, para encontrar el momento oportuno. Sólo así veremos a KAIROS
aparecer y podremos hacerlo nuestro. (2) CRONOS también nos engaña para que no oigamos a voz
de AIÓN. CRONOS nos exige continuamente que busquemos nuestros objetivos, impulsándonos
siempre a la acción. En el torbellino de la acción es imposible crear el espacio de silencio y quietud
necesario para oir a AIÓN hablándonos insistentemente desde nuestro interior.
KRONOS = EL TIEMPO DE LOS RELOJES Y CALENDARIOS
AION = EL TIEMPO INTERIOR, NUESTRO RELOJ SUBJETIVO
KAIROS = EL TIEMPO OPORTUNO, EL TIEMPO DE LA GRACIA...
 No podemos no vivir el CRONOS, pero nuestro verdadero tiempo es el AION, el subjetivo, el que
nos tomamos para armar nuestros procesos interiores, para vivir la vida que queremos vivir, para ser
lo que somos, y finalmente la vida nos permite dar salgo, conquistar cosas, encontrar personas, vivir
experiencias porque le hacemos lugar al KAIROS, al momento oportuno, cuando estamos en el lugar
y en el momento justos...1
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En una persona o en una institución el paso del tiempo no debe constituir una carga o un peso sino
una OPORTUNIDAD, un acontecimiento: cada uno afronta los desafíos propios del tiempo que vive
(presente), pero se sabe parte de una tradición que hunde SUS RAÍCES EN UN PASADO que siempre
sobrevive como un relato mítico cargado de heroísmos y grandezas (siempre la mirada sobre el
pasado es generosa y deformante). Y a su vez se PROYECTA HACIA UN FUTURO con el que dialoga sin
prisa pero por el trabaja sin pausa. La TEMPORALIDAD DEL PRESENTE ES lo que nos envuelve;

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02. BIBLIA: SAPIENCIALES
“Hay bajo el sol un momento para todo, y un tiempo para hacer cada cosa: Tiempo para nacer, y
tiempo para morir; tiempo para plantar, y tiempo para arrancar lo plantado; tiempo para matar y
tiempo para curar; tiempo para demoler y tiempo para edificar; tiempo para llorar y tiempo para reír;
tiempo para gemir y tiempo para bailar; tiempo para lanzar piedras y tiempo para recogerlas; tiempo
para los abrazos y tiempo para abstenerse de ellos; tiempo para buscar y tiempo para perder; tiempo
para conservar y tiempo para tirar fuera; tiempo para rasgar y tiempo para coser; tiempo para
callarse y tiempo para hablar; tiempo para amar y tiempo para odiar; tiempo para la guerra y tiempo
para la paz. Al final ¿qué provecho saca uno de sus afanes? Me puse a considerar la tarea que Dios
impone a los hombres para humillarlos. Todo lo que él hace llega a su tiempo; pero ha puesto la
eternidad en sus corazones, y el hombre no encuentra el sentido de la obra divina desde el principio
al fin”. ECLESIASTÉS. 3: 1 - 11

03. PLATÓN: EL TIMEO.
EL TIEMPO IMAGEN MOVIL (MUNDO SENSIBLE) DE LA ETERNIDAD (MUNDO INTELIGIBLE)
 “Cuando su padre y progenitor vio que el universo se movía y vivía como imagen generada de
los dioses eternos, se alegró y, feliz, tomó la decisión de hacerlo todavía más semejante al modelo.
Entonces, como éste es un ser viviente eterno, intentó que este mundo lo fuera también en lo
posible. Pero dado que la naturaleza del mundo ideal es eterna y esta cualidad no se le puede
otorgar completamente a lo generado, procuró realizar una cierta imagen móvil de la eternidad y, al
ordenar el cielo, hizo de la eternidad que permanece siempre en un punto una imagen eterna que
marchaba según el número, eso que llamamos tiempo. Antes de que se originara el mundo, no
existían los días, las noches, los meses ni los años. Por ello, planeó su generación al mismo tiempo
que la composición de aquél. Éstas son todas partes del tiempo y el «era» y el «será» son formas
devenidas del tiempo que de manera incorrecta aplicamos irreflexivamente al ser eterno. Pues
decimos que era, es y será, pero según el razonamiento verdadero sólo le corresponde el «es», y el
«era» y el «será» conviene que sean predicados de la generación que procede en el tiempo –pues
ambos representan movimientos, pero lo que es siempre idéntico e inmutable no ha de envejecer ni
volverse más joven en el tiempo, ni corresponde que haya sido generado, ni esté generado ahora, ni
lo sea en el futuro, ni en absoluto nada de cuanto la generación adhiere a los que se mueven en lo
sensible, sino que estas especies surgen cuando el tiempo imita la eternidad y gira según el número –
y, además, también lo siguiente: lo que ha devenido es devenido, lo que deviene está deviniendo, lo
que devendrá es lo que devendrá y el no ser es no ser; nada de esto está expresado con propiedad.
Pero ahora, quizá, no es el momento oportuno para buscar exactitud.” TIMEO, 37c-38b
 “El tiempo (CHRÔNOS), por tanto, nació con el universo (KOSMOS), para que, generados
simultáneamente, también desaparezcan a la vez, si en alguna ocasión tiene lugar una eventual
disolución suya, y fue hecho según el modelo de la naturaleza eterna para que este mundo tuviera la
mayor similitud posible con el mundo ideal pues el modelo posee el ser por toda la eternidad,
estamos siendo, sintiendo, pensando, haciendo. Y el futuro emerge no como una determinación que
se nos impone, como el peso de lo irremediable, sino como lo pensado como posible, como el quizás:
tal pensamiento conjuga el acontecimiento porvenir bajo el régimen de un posible que será tal en la
medida que sepa luchar contra lo imposible. EL FUTURO SIEMPRE ES UN DESPLIEGUE DE UN
PRESENTE ARMADO DE PASADO: la raíz que sostiene al árbol frondoso que sabe que dará sus frutos.
(SKLIAR C., 2006: 86)

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mientras que éste es y será todo el tiempo completamente generado. La decisión divina de crear el
tiempo hizo que surgieran el sol, la luna y los otros cinco cuerpos celestes que llevan el nombre de
planetas para que dividieran y guardaran las magnitudes temporales. Después de hacer el cuerpo de
cada uno de ellos, el dios los colocó en los circuitos que recorría la revolución de lo otro (Eclíptica),
siete cuerpos en siete circuitos, la luna en la primera órbita alrededor de la tierra, el sol, en la
segunda sobre la tierra y el lucero (Venus) y el que se dice que está consagrado a Hermes (Mercurio),
en órbitas que giran a la misma velocidad que la del Sol pero con una fuerza contraria a él, razón por
la que regularmente se superan unos a otros el sol, el planeta de Hermes y el lucero. Si alguien
quisiera detallar dónde colocó los restantes planetas (Marte, Júpiter y Saturno) y todas las causas por
las que así lo hizo, la argumentación, aunque secundaria, presentaría una dificultad mayor que la que
merece su objeto. No obstante, quizá más tarde, con tranquilidad, podamos explicarlo de manera
adecuada. Una vez que cada uno de los que eran necesarios para ayudar a crear el tiempo estuvo en
la revolución que le correspondía y, tras sujetar sus cuerpos con vínculos animados, fueron
engendrados como seres vivientes y aprendieron lo que se les ordenó, comenzaron a girar según la
revolución de lo otro, que en un curso oblicuo cruza la de lo mismo (Ecuador Celeste) y es dominada
por ella”.
 “Unos recorren un círculo mayor y otros, uno menor; los del menor tienen revoluciones más
rápidas, los del mayor más lentas. Como giran alrededor de la revolución de lo mismo, los más
rápidos parecen ser superados por los más lentos, aunque en realidad los superan. Aquélla, como
todos los círculos avanzan en dos direcciones opuestas al mismo tiempo, los retuerce en espiral y
hace aparecer al que se aleja más lentamente de ella como si la siguiera más de cerca a ella que es la
más rápida. Para que hubiera una medida clara de la lentitud y rapidez relativa en que se mueven las
ocho revoluciones, el dios encendió una luz en el segundo circuito contando desde la tierra, la que
actualmente llamamos sol, con la finalidad de que todo el cielo se iluminara completamente y los
seres vivientes correspondientes participaran del número, en la medida en que lo aprendían de la
revolución de lo mismo y semejante. Así y por estas razones, nacieron la noche y el día, el ciclo de
tiempo de la unidad de revolución más racional. El mes se produce, cuando la luna, después de
recorrer toda su órbita, supera al sol; el año, cuando el sol completa su revolución. Como tan sólo
unos pocos entienden las revoluciones de los restantes, ni se las nombra ni, por medio de la
observación, se hacen mediciones relativas, de modo que, en una palabra, no saben que sus caminos
errantes de una magnitud enorme y maravillosamente variada son tiempo. Sin embargo, es posible
comprender que, cuando las velocidades relativas de las ocho órbitas, medidas por el círculo de lo
mismo en progresión uniforme, se completan simultáneamente y alcanzan el punto inicial, entonces
el número perfecto de tiempo culmina el año perfecto (1). De esta manera y por estos motivos,
fueron engendrados todos los cuerpos celestes que en sus marchas a través del cielo alcanzan un
punto de retorno, para que el universo sea lo más semejante posible al ser vivo perfecto e inteligible
en la imitación de la naturaleza eterna.” TIMEO. 38b-39d

04. PLOTINO = ENEADAS
“CUANDO HABLAMOS DE QUE LA ETERNIDAD Y EL TIEMPO son dos cosas distintas y de que aquélla
es inherente a la naturaleza siempre existente, mientras el tiempo lo es a lo deveniente y a este
universo, creemos experimentar en nosotros mismos, en nuestras propias almas, con inmediatez y
como por una intuición instantánea de la mente, una vivencia clara de ambas cosas, pues hablamos
de ambas continuamente y las nombramos a propósito de cualquier cosa. Sin embargo, cuando
intentamos examinarlas detenidamente y como abordarlas de cerca, nuestros pensamientos se
tornan de nuevos perplejos: echamos mano a los asertos de los antiguos sobre ambas cosas, uno a
un aserto y otro a otro, y aun tal vez interpretamos unos mismos asertos diversamente,

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descansando en ellos y dándonos por satisfechos si, interrogados, sabemos dar por respuesta las
opiniones de aquéllos, contentos de vernos libres de seguir investigando sobre ambas cosas.
Pues bien, es de creer que algunos de aquellos antiguos y bienaventurados filósofos han averiguado
la verdad; pero conviene examinar quiénes son los que mejor acertaron y de qué modo podemos
nosotros llegar a la comprensión de ambas cosas. Y conviene investigar primero acerca de la
eternidad: ¿qué piensan que es la eternidad los que afirman que es distinta del tiempo?
Efectivamente, una vez conocido aquello que es estable a título de modelo, fácilmente quedará
dilucidada la naturaleza de su imagen, que es precisamente lo que dicen que es el tiempo. Mas si
alguno, antes de considerar la eternidad, se formase una representación de lo que es el tiempo,
también a ése le sería posible llegar a aquélla por la reminiscencia a partir del tiempo y contemplar el
modelo al que por supuesto se había asemejado el tiempo, si es verdad que éste ha de guardar
semejanza con la eternidad.
¿Qué hay que decir, pues, QUE ES LA ETERNIDAD? ¿Diremos que es la Sustancia misma inteligible,
análogamente a como si alguien dijera que el tiempo es el cielo universo y el cosmos? Esta es, en
efecto, la opinión que dicen que, a su vez, sostuvieron algunos acerca del tiempo. Porque como nos
imaginamos y concebimos que la eternidad es algo sumamente augusto y que la naturaleza
inteligible es sumamente augusta y como no es posible decir que una cualquiera de las dos sea más
augusta que la otra mientras que de lo que está más allá no hay que predicar ni siquiera este
atributo, según eso bien pudiera uno identificar las dos cosas. Porque, además, tanto el cosmos
inteligible como la eternidad son ambos inclusivos e inclusivos de las mismas cosas.
No obstante, cuando decimos que los unos están incluidos en la otra -en la eternidad- y cuando
predicamos de aquéllos la eternidad -porque «resulta, dice (Platón), que la naturaleza del modelo era
eterna»-, estamos diciendo de nuevo que la eternidad es distinta de ellos, aunque admitimos, eso sí,
que la eternidad es inherente a aquella naturaleza, o que existe en ella o que está presente en ella.
Por otra parte, el que la una y la otra sean augustas no demuestra su identidad, pues bien puede ser
que a una de las dos le venga de la otra su calidad de uaugusta .Además, los Seres contenidos están
en una de las dos a modo de partes mientras que el contenido total de la eternidad está en ella todo
junto, no en calidad de parte, sino en razón de que todo que se caracteriza por ser eterno lo es en
virtud de la eternidad.
Entonces, ¿habremos de identificar LA ETERNIDAD CON EL REPOSO TRANSCENDENTE del mismo
modo que en el mundo de aquí hay quienes identifican EL TIEMPO CON EL MOVIMIENTO? Pero con
razón se nos podrá preguntar si la identificamos con el Reposo o no simplemente con él, sino con el
Reposo inherente a la Sustancia. Porque si la identificamos con el Reposo, entonces, en primer lugar,
eso equivaldrá a negar que el Reposo sea eterno, como negamos también que la eternidad sea
eterna,pues lo eterno es lo que participa de la eternidad. En segundo lugar, ¿cómo podría ser eterno
el Movimiento? De serlo, estaría además reposo. Tercer lugar, ¿cómo es que la noción de Reposo
incluye en sí la sempiternidad? No me refiero a la sempiternidad en el tiempo, sino a la que tenemos
en la mente cuando hablamos de lo eterno.
Pero si identificamos la eternidad con el Reposo de la Sustancia, entonces nuevamente dejaremos los
otros Géneros fuera de la eternidad. En segundo lugar, LA ETERNIDAD DEBE SER CONCEBIDA COMO
ESTANDO NO SÓLO EN REPOSO, SINO TAMBIÉN EN UNIDAD, Y ADEMÁS COMO INEXTENSA, para
evitar que sea idéntica al tiempo. Ahora bien, el Reposo, en cuanto Reposo, no incluye en sí ni la
noción de unidad ni la de inextensión. Además, de la eternidad predicamos la «permanencia en
unidad» lo. Participará, pues, del Reposo, pero no será el Reposo en sí.

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¿En qué consistirá, pues, eso por lo que decimos que todo el cosmos inteligible es eterno y
siempreexistente, y en qué la siempre existencia, tanto si ésta es la misma cosa que la eternidad e
idéntica a ella como si la eternidad se debe a la siempreexistencia? ". ¿Por ventura hay que decir que
es una determinada intelección unitaria pero integrada por una multiplicidad? Sí, y también que es
una naturaleza que o acompaña a los Seres de allá, o consubsiste con ellos o se transluce en ellos; y
que todos esos Seres se identifican con aquella naturaleza, que es una sola, es verdad, pero es así, el
que penetra con su mirada en esa potencia múltiple, la llama «Sustancia» por un aspecto
determinado: por su aspecto de cuasisustrato; luego, llama «Movimiento, a esa faceta por la que la
ve como vida; a continuación, llama «Reposo» a su absoluta invariabilidad, «Identidad»,a esa
modalidad por la que esas cosas juntas son una sola. Asimismo, si uno recompone esa potencia y la
vuelve a unificar de tal manera que toda junta resulte una sola vida presente en esas cosas, si apiña
su Alteridad y la perennidad de su actividad y su Identidad, o sea, su condición de no variar nunca y
de ser no una intelección o una vida que discurra de una cosa a otra, sino lo invariable y lo siempre
inextenso, entonces, al percatarse de todo eso, se percata de la eternidad, pues se percata de una
vida que permanece en identidad por razón de que posee siempre presente la totalidad de su ser, no
ahora una parte y luego otra, sino todo a la vez, y porque no es ahora unas cosas y luego otras, sino
que es una plenitud indivisa, como un punto en que estuvieran juntos todos los radios sin
adelantarse y sin fluir jamás, antes al contrario, permaneciendo aquél en sí mismo en identidad y sin
cambiar nunca, sino estando siempre fijo en el presente por razón de que nada de lo suyo ha pasado
y nada tampoco se originará, sino que es exactamente lo que es la conclusión es que la eternidad no
es el sustrato, sino esa especie de resplandor que emite el sustrato mismo merced a la identidad de
la que da garantía con respectono a lo que está en espera de ser, sino a lo queya es, asegurando que
es así y no de otra manera. Porque qué hay que pueda llegar a ser suyo más tarde que no sea suyo
ahora, si tampoco él ha de ser más tarde algo que no sea ya? Además, no hay un puntode partida
desde donde (el sustrato) haya de llegar al ahora: ese punto de partida no sería distinto del ahora,
sino el ahora. Y como tampoco va a existir en lo venidero algo que (el sustrato) no tenga ahora,
síguese forzosamente que éste no ha de llevar anejo porque ¿qué hizo que haya sido suyo y dejó de
existir?, ni el «será», porque ¿qué hay que esté por ser suyo? Queda, pues, que su ser consiste en ser
exactamente lo que es. La eternidad es, pues, esto: lo que ni fue ni será, sino que sólo es lo,
poseyendo este ES establemente por el hecho de que ni cambia ni ha cambiado. Resulta, por tanto,
que la vida total, junta y plena y absolutamente inextensa que es inherente al Ser en su ser, eso es
precisamente lo que buscamos: la eternidad

PLOTINO. ENEADA III. TRATADO 7

05. SAN AGUSTÍN: LAS CONFESIONES LIBRO XI
CAPITULO XIV
17. No hubo, pues, tiempo alguno en que tú no hicieses nada, puesto que el mismo tiempo es obra
tuya. Más ningún tiempo te puede ser coeterno, porque tú eres permanente, y éste, si
permaneciese, no sería tiempo. ¿Qué es, pues, el tiempo? ¿Quién podrá explicar esto fácil y
brevemente? ¿Quién podrá comprenderlo con el pensamiento, para hablar luego de él? Y, sin
embargo, ¿qué cosa más familiar y conocida mentamos en nuestras conversaciones que el tiempo? Y
cuando hablamos de él, sabemos sin duda qué es, como sabemos o entendemos lo que es cuando lo
oímos pronunciar a otro. ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero
explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo que sí digo sin vacilación es que sé que si nada pasase
no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría
tiempo presente. Pero aquellos dos tiempos, pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya
no es él y el futuro todavía no es? Y en cuanto al presente, si fuese siempre presente y no pasase a

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ser pretérito, ya no sería tiempo, sino eternidad. Si, pues, el presente, para ser tiempo es necesario
que pase a ser pretérito, ¿cómo decimos que existe éste, cuya causa o razón de ser está en dejar de
ser, de tal modo que no podemos decir con verdad que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no
ser?

CAPITULO XV
18. Y, sin embargo, decimos "tiempo largo" y "tiempo breve", lo cual no podemos decirlo más que
del tiempo pasado y futuro. Llamamos tiempo pasado largo, v.gr., a cien años antes de ahora, y de
igual modo tiempo futuro largo a cien años después; tiempo pretérito breve, si decimos, por
ejemplo, hace diez días, y tiempo futuro breve, si dentro de diez días. Pero ¿cómo puede ser largo o
breve lo que no es? Porque el pretérito ya no es, y el futuro todavía no es. No digamos, pues, que "es
largo", sino, hablando del pretérito, digamos que "fue largo", y del futuro, que "será largo".
¡Oh Dios mío y luz mía!, ¿no se burlará en esto tu Verdad del hombre? Porque el tiempo pasado que
fue largo, ¿fue largo cuando era ya pasado o tal vez cuando era aún presente? Porque entonces
podía ser largo, cuando había de qué ser largo; y como el pretérito ya no era, tampoco podía ser
largo, puesto que de ningún modo existía. Luego no digamos: "El tiempo pasado fue largo", porque
no hallaremos que fue largo, por la razón de que lo que es pretérito, por serlo, no existe; sino
digamos: "Largo fue aquel tiempo siendo presente", porque siendo presente fue cuando era largo;
todavía, en efecto, no había pasado para dejar de ser, por lo que era y podía ser largo; pero después
que pasó, dejó de ser largo, al punto que dejó de existir.
19. Pero veamos, ¡oh alma mía!, si el tiempo presente puede ser largo; porque se te ha dado poder
sentir y medir las duraciones. ¿Qué me respondes? ¿Cien años presentes son acaso un tiempo largo?
Mira primero si pueden estar presentes cien años. Porque si se trata del primer año, es presente;
pero los noventa y nueve son futuros, y, por tanto, no existen todavía; pero si estamos en el
segundo, ya tenemos uno pretérito, otro presente, y los restantes, futuros. Y así de cualquiera de
cada uno de los años medios de este número centenario que tomemos como presente todos los
anteriores a él serán pasados; todos los que vengan después de él, futuros. Por todo lo cual no
pueden ser presentes los cien años.
Pero veamos si aun el año que se toma es presente. En efecto si de él el primer mes es presente, los
restantes son futuros; si se trata del segundo, ya el primero es pasado, y los restantes no son aún.
Luego ni aun el año en cuestión es todo presente; y si no es todo presente, no es el año presente;
porque el año consta de doce meses, de los cuales cualquier mes que se tome es presente siendo los
restantes pasados o futuros. Pero es que ni el mes que corre es todo presente, sino un día. Porque si
lo es el primero, los restantes son futuros; si es el último, los restantes son pasados; si alguno de los
intermedios, unos serán pasados, otros futuros.
20. He aquí el tiempo presente -el único que hallamos debió llamarse largo-, que apenas si se reduce
al breve espacio de un día. Pero discutamos aún esto mismo. Porque ni aun el día es todo él
presente. Compónese éste, en efecto, de veinticuatro horas entre las nocturnas y diurnas, de las
cuales la primera tiene como futuras las restantes, y la última como pasadas todas las demás, y
cualquiera de las intermedias tiene delante de ella pretéritas y después de ella futuras. Pero aun la
misma hora está compuesta de partículas fugitivas, siendo pasado lo que ha transcurrido de ella, y
futuro lo que aún le queda.
Si, pues, hay algo de tiempo que se pueda concebir como indivisible en partes, por pequeñísimas que
éstas sean, sólo ese momento es el que debe decirse presente; el cual, sin embargo, vuela tan
rápidamente del futuro al pasado, que no se detiene ni un instante siquiera. Porque, si se detuviese,
podría dividirse en pretérito y futuro, y el presente no tiene espacio ninguno.
¿Dónde está, pues, el tiempo que llamamos largo? ¿Será acaso el futuro? Ciertamente que no
podemos decir de éste que es largo, porque todavía no existe qué sea largo; sino decimos que será

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largo; y si fuese largo, cuando saliendo del futuro, que todavía no es, comenzare a ser y fuese hecho
presente para poder ser largo, ya clama el tiempo presente, con las razones antedichas, que no
puede ser largo.

CAPITULO XVI
21. Y, sin embargo, Señor, sentimos los intervalos de los tiempos y los comparamos entre sí, y
decimos que unos son más largos y otros más breves. También medimos cuánto sea más largo o más
corto aquel tiempo que éste, y decimos que éste es doble o triple y aquél sencillo, o que éste es
tanto como aquél. Ciertamente nosotros medimos los tiempos que pasan cuando sintiéndolos los
medimos; mas los pasados, que ya no son, o los futuros, que todavía no son, ¿quién los podrá medir?
A no ser que se atreva alguien a decir que se puede medir lo que no existe. Porque cuando pasa el
tiempo puede sentirse y medirse; pero cuando ha pasado ya, no puede, porque no existe.
CAPITULO XVII
22. Pregunto yo, Padre, no afirmo: ¡oh Dios mío!, presídeme y gobiérname. ¿Quién hay que me diga
que NO SON TRES LOS TIEMPOS, como aprendimos de niños y enseñamos a los niños pretérito,
presente y futuro, sino solamente presente, por no existir aquellos dos? ¿Acaso también existen
éstos, pero como procediendo de un sitio oculto cuando de futuro se hace presente o retirándose a
un lugar oculto atando de presente se hace pretérito? Porque si aún no son, ¿dónde los vieron los
que predijeron cosas futuras?; porque en modo alguno puede ser visto lo que no es. Y los que narran
cosas pasadas no narraran cosas verdaderas, ciertamente, si no viesen aquéllas con el alma, las
cuales, si fuesen nada, no podrían ser vistas de ningún modo. Luego existen las cosas futuras y las
pretéritas.
CAPITULO XVIII
23. Permíteme ir adelante en mi investigación, Señor, esperanza mía; que no se distraiga mi
atención. Porque, si son las cosas futuras y pretéritas, quiero saber dónde están. Lo cual si no puedo
todavía, sé al menos que, dondequiera que estén, no son allí futuras o pretéritas, sino presentes;
porque si allí son futuras, todavía no son, y si son pretéritas, ya no están allí; dondequiera, pues, que
estén, cualesquiera que ellas sean, no son sino presentes. Cierto que, cuando se refieren a cosas
pasadas verdaderas, no son las cosas mismas que han pasado las que se sacan de la memoria, sino
las palabras engendradas por sus imágenes, que pasando por los sentidos imprimieron en el alma
como su huella. Así, mi puericia, que ya no existe, existe en el tiempo pretérito, que tampoco existe;
pero cuando yo recuerdo o describo su imagen, en tiempo presente la intuyo, porque existe todavía
en mi memoria. Ahora, si es semejante la causa de predecir los futuros, de modo que se presientan
las imágenes ya existentes de las cosas que aún no son, confieso, Dios mío, que no lo sé. Lo que sí sé
ciertamente es que nosotros premeditamos muchas veces nuestras futuras acciones, y que esta
premeditación es presente, no obstante que la acción que premeditamos aún no exista, porque es
futura; la cual, cuando acometamos y comencemos a poner por obra nuestra premeditación,
comenzará entonces a existir, porque entonces será no futura, sino presente.
24. Así, pues, de cualquier modo que se halle este arcano presentimiento de los futuros, lo cierto es
que no se puede ver sino lo que es. Mas lo que es ya, no es futuro, sino presente. Luego cuando se
dice que se ven las cosas futuras, no se ven estas mismas, que todavía no son, esto es, las cosas que
son futuras, sino a lo más sus causas o signos, que existen ya, y por consiguiente ya no son futuras,
sino presentes a los que las ven, y por medio de ellos, concebidos en el alma, son predichos los
futuros. Los cuales conceptos existen ya a su vez, y los intuyen presentes en sí quienes predicen
aquéllos.

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

Explíqueme esto un ejemplo tomado de la inmensa multitud de cosas. Contemplo la aurora, anuncio
que ha de salir el sol. Lo que veo es presente; lo que predigo, futuro; no futuro el sol, que ya existe,
sino su orto, que todavía no ha sido. Sin embargo, aun su mismo orto, si no lo imaginara en el alma
como ahora cuando digo esto, no podría predecirlo. Pero ni aquella aurora, que veo en el cielo, es el
orto del sol, aunque le preceda; ni tampoco aquella imaginación mía que retengo en el alma; las
cuales dos cosas se ven presentes para que se pueda predecir aquel futuro. Luego no existen aún
como futuras; y si no existen aún, no existen realmente; y si no existen realmente, no pueden ser
vistas de ningún modo, sino solamente pueden ser predichas por medio de las presentes que existen
ya y se ven.
CAPITULO XIX
25. Así, pues, ¡oh Rey de la creación!, ¿cuál es el modo con que tú enseñas a las almas las cosas que
son futuras -puesto que tú las enseñaste a los profetas-, cuál es aquel modo con que enseñas las
cosas futuras, tú para quien no hay nada futuro? ¿O más bien enseñas las cosas presentes acerca de
las futuras? Porque lo que no es, tampoco puede ser ciertamente enseñado. Muy lejos está este
modo de mi vista: excelso es; no podré alcanzarlo por mí 27, mas lo podré por ti, cuando lo tuvieres a
bien, dulce luz de los ojos míos ocultos
CAPITULO XX
26.Pero lo que ahora es claro y manifiesto es que no existen los pretéritos ni los futuros, ni se puede
decir con propiedad que son tres los tiempos: pretérito, presente y futuro; sino que tal vez sería más
propio decir que los tiempos son tres: presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes
y presente de las futuras. Porque éstas son tres cosas que existen de algún modo en el alma, y fuera
de ella yo no veo que existan: presente de cosas pasadas (la memoria), presente de cosas presentes
(visión) y presente de cosas futuras (expectación).
Si me es permitido hablar así, veo ya los tres tiempos y confieso que los tres existen. Puede decirse
también que son tres los tiempos: presente, pasado y futuro, como abusivamente dice la costumbre;
dígase así, que yo no curo de ello, ni me opongo, ni lo reprendo; con tal que se entienda lo que se
dice y no se tome por ya existente lo que está por venir ni lo que es ya pasado. Porque pocas son las
cosas que hablamos con propiedad, muchas las que decimos de modo impropio, pero que se sabe lo
que queremos decir con ellas.
CAPITULO XXI
27. Dije poco antes que nosotros medimos los tiempos cuando pasan, de modo que podamos decir
que este tiempo es doble respecto de otro sencillo, o que este tiempo es igual que aquel otro, y si
hay alguna otra cosa que podamos anunciar midiendo las partes del tiempo. Por lo cual, como decía,
medimos los tiempos cuando pasan. Y si alguno me dice: "¿De dónde lo sabes?", le responderé que
lo sé porque los medimos, y porque no se pueden medir las cosas que no son, y porque no son los
pasados ni los futuros.
En cuanto al tiempo presente, ¿cómo lo medimos, si no tiene espacio? Lo medimos ciertamente
cuando pasa, no cuando es ya pasado, porque entonces ya no hay qué medir. Pero ¿de dónde, por
dónde y adónde pasa cuando lo medimos? ¿De dónde, sino del futuro? ¿Por dónde, sino por el
presente? ¿Adónde, sino al pasado? Luego va de lo que aún no es, pasa por lo que carece de espacio
y va a lo que ya no es. Sin embargo, ¿qué es lo que medimos sino el tiempo en algún espacio? Porque
no decimos: sencillo, o doble, o triple, o igual y otras cosas semejantes relativas al tiempo, sino
refiriéndonos a espacios de tiempo. ¿En qué espacio de tiempo, pues, medimos el tiempo que pasa?
¿Acaso en el futuro de donde viene? Pero lo que aún no es no lo podemos medir. ¿Tal vez en el

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

presente, por donde pasa? Pero tampoco podemos medir el espacio que es nulo. ¿Será, por ventura,
en el pasado, adonde camina? Pero lo que ya no es no podemos medirlo.
CAPITULO XXII
28. Enardecido se ha mi alma en deseos de conocer este enredadísimo enigma. No quieras ocultar,
Señor Dios mío, Padre bueno, te lo suplico por Cristo, no quieras ocultar a mi deseo estas cosas tan
usuales como escondidas, antes bien penetre en ellas y aparezcan claras, esclarecidas, Señor, por tu
misericordia. ¿A quién he de preguntar sobre ellas? Y ¿a quién podré confesar con más fruto mi
impericia que a ti, a quien no son molestos mis vehementes e inflamados cuidados por tus
Escrituras? Dame lo que amo, pues ciertamente lo amo, y esto es don tuyo. Dámelo, ¡oh Padre!, tú
que sabes dar buenas dádivas a tus hijos ; dámelo, porque me he propuesto conocerlas y se me
presenta mucho trabajo en ello, hasta que tú me las abras. Suplícote por Cristo, en su nombre, en el
del Santo de los santos, que nadie me estorbe en ello. También yo he creído, por eso hablo. Esta es
mi esperanza; para ello vivo, a fin de contemplar la delectación del Señor .
He aquí que has hecho viejos mis días , y pasan; mas ¿cómo? No lo sé. Y hablamos "de tiempo y de
tiempo" y "de tiempos y tiempos", y "¿en cuánto tiempo dijo aquél esto?", "¿en cuánto tiempo hizo
esto aquél?", y "¡cuán largo tiempo hace que no vi aquello!", y "esta sílaba tiene doble tiempo
respecto de aquella otra breve sencilla". Decimos estas cosas o las hemos oído, y las entendemos y
somos entendidos. Clarísimas y vulgarísimas son estas cosas, las cuales de nuevo vuelven a ocultarse,
siendo nuevo su descubrimiento.
CAPITULO XXIII
29. Oí de cierto hombre docto que el movimiento del sol, la luna y las estrellas es el tiempo; pero no
asentí. Porque ¿por qué el tiempo no ha de ser más bien el movimiento de todos los cuerpos? ¿Acaso
si cesaran los luminares del cielo y se moviera la rueda de un alfarero, no habría tiempo con que
pudiéramos medir las vueltas que daba y decir que tanto tardaba en unas como en otras, o se movía
unas veces más despacio y otras más aprisa, que unas duraban más, otras menos?" Y aun diciendo
estas cosas, ¿no hablamos nosotros también en el tiempo? ¿Y cómo habría en nuestras palabras
sílabas largas y sílabas breves, si no es sonando durante más tiempo aquéllas y menos éstas?
Concede, ¡oh Dios!, a los hombres ver en lo pequeño las nociones comunes de las cosas pequeñas y
grandes. Son las estrellas y luminares del cielo "signos para distinguir los tiempos, días y años"; lo son
sin duda; pero ni yo diría que una vuelta de aquella ruedecilla de madera es un día, ni tampoco, por
lo mismo, podría decir que dicha vuelta no es tiempo.
30. Lo que yo deseo saber es la virtud y naturaleza del tiempo con el que medimos el movimiento de
los cuerpos y decimos que tal movimiento, v.gr., es dos veces más largo que éste. Porque pregunto:
puesto que se llama día no sólo la duración del sol sobre la tierra, según la cual una cosa es el día y
otra la noche, sino todo su recorrido de oriente a oriente, según lo cual decimos: "Han pasado tantos
días" -incluyendo en "tantos días" sus noches, no contadas aparte-, puesto que el día se cierra con el
movimiento del sol y su recorrido de oriente a oriente, pregunto yo si el día es el mismo movimiento
o la duración con que hace dicho recorrido, o ambas cosas a la vez.
Porque si el día fuera lo primero, sería desde luego un día, aunque el sol tardase en hacer su
recorrido el tiempo de una hora solamente. Si fuese lo segundo, no sería un día si hiciese el recorrido
de salida a salida en el breve espacio de una hora, sino que tendría el sol que dar veinticuatro vueltas
para formar un día. Y si fuesen ambas cosas, ni aquél se llamaría día, en el supuesto que el sol
realizara su giro en el espacio de una hora, ni tampoco éste, en el caso en que cesando el sol
transcurriese tanto tiempo cuanto éste suele emplear en su recorrido de mañana a mañana.
Mas no trato ahora de investigar qué es lo que llamamos día, sino qué es el tiempo, con el cual,
midiendo el recorrido del sol, podríamos decir que lo hizo en la mitad menos de tiempo de lo que

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suele, si lo hubiese hecho en un espacio de tiempo equivalente a doce horas; y comparando ambos
tiempos diríamos que aquél es sencillo, éste doble, aun dado caso que unas veces hiciese el sol su
recorrido de oriente a oriente en veinticuatro horas y otras en doce.
Nadie, pues, me diga que el tiempo es el movimiento de los cuerpos celestes; porque cuando se
detuvo el sol por deseos de un individuo para dar fin a una batalla victoriosa, estaba quieto el sol y
caminaba el tiempo, porque aquella lucha se ejecutó y terminó en el espacio de tiempo que le era
necesario. Veo, pues, que el tiempo es una cierta distensión. Pero ¿lo veo o es que me figuro verlo?
Tú me lo mostrarás, ¡oh Luz de la verdad!
CAPITULO XXIV
31. ¿Mandas que apruebe si alguno dice que el tiempo es el movimiento del cuerpo? No lo mandas.
Porque yo oigo, y tú lo dices, que ningún cuerpo se puede mover si no es en el tiempo; pero que el
mismo movimiento del cuerpo sea el tiempo no lo oigo, ni tú lo dices. Porque cuando se mueve un
cuerpo, mido por el tiempo el rato que se mueve, desde que empieza a moverse hasta que termina.
Y si no le vi comenzar a moverse y continúa moviéndose de modo que no vea cuándo termina, no
puedo medir esta duración, si no es tal vez desde que lo comencé a ver hasta que dejé de verlo. Y si
lo veo largo rato, sólo podré decir que se movió largo rato, pero no cuánto; porque cuando decimos:
"Cuánto", no lo decimos sino por relación a algo, como cuando decimos: "Tanto esto, cuanto
aquello", o "Esto es doble respecto de aquello", y así otras cosas por el estilo.
Pero si pudiéramos notar los espacios de los lugares, de dónde y hacia dónde va el cuerpo que se
mueve, o sus partes, si se moviese sobre sí como en un torno, podríamos decir cuánto tiempo
empleó en efectuarse aquel movimiento del cuerpo o de sus partes desde un lugar a otro lugar. Así,
pues, siendo una cosa el movimiento del cuerpo, otra aquello con que medimos su duración, ¿quién
no ve cuál de los dos debe decirse tiempo con más propiedad? Porque si un cuerpo se mueve unas
veces más o menos rápidamente y otras está parado, no sólo medimos por el tiempo su movimiento,
sino también su estada, y decimos: "Tanto estuvo parado cuanto se movió", o "Estuvo parado el
doble o el triple de lo que se movió", y cualquiera otra.cosa que comprenda o estime nuestra
dimensión, más o menos, como suele decirse. No es, pues, el tiempo el movimiento de los cuerpos.
CAPITULO XXV
32. Confiésote, Señor, que ignoro aún qué sea el tiempo; y confiésote asimismo, Señor, saber que
digo estas cosas en el tiempo, y que hace mucho que estoy hablando del tiempo, y que este mismo
"hace mucho" no sería lo que es si no fuera por la duración del tiempo. ¿Cómo, pues, sé esto, cuando
no sé lo que es el tiempo? ¿O es tal vez que ignoro cómo he de decir lo que sé? ¡Ay de mí, que no sé
siquiera lo que ignoro! Heme aquí en tu presencia, Dios mío, que no miento. Como hablo, así está mi
corazón. Tú iluminarás mi lucerna, Señor, Dios mío; tú iluminarás mis tinieblas.
CAPITULO XXVI
33. ¿Acaso no te confiesa mi alma con confesión verídica que yo mido los tiempos? Cierto es, Señor,
Dios mío, que yo mido -y no sé lo que mido-, que mido el movimiento del cuerpo por el tiempo; pero
¿no mido también el tiempo mismo?
Y ¿podría acaso medir el movimiento del cuerpo, cuánto ha durado y cuánto ha tardado en llegar de
un punto a otro, si no midiese el tiempo en que se mueve?
Pero ¿de dónde mido yo el tiempo? ¿Acaso medimos el tiempo largo por el breve, como medimos
por el espacio de un codo el espacio de una viga? Pues así vemos que medimos la cantidad de una
sílaba larga por la cantidad de una breve, diciendo de ella que es doble. Y de este modo medimos la
extensión de los poemas, por la extensión de los versos; y la extensión de los versos, por la extensión
de los pies; y la extensión de los pies, por la cantidad de las sílabas; y la cantidad de las largas, por la

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

cantidad de las breves; no por las páginas -que de este modo medimos los lugares, no los tiempos-,
sino cuando, pronunciándolas, pasan las voces y decimos: "largo poema", pues se compone de
tantos versos; "largos versas", pues constan de tantos pies; "larga sílaba", pues es doble respecto de
la breve.
Pero ni aun así llegaremos a una medida fija del tiempo, porque puede suceder que un verso más
breve suene durante más largo espacio de tiempo, si se pronuncia más lentamente, que otro más
largo, si se recita más aprisa. Y lo mismo dígase del poema, del pie y de la sílaba.
De aquí me pareció que el tiempo no es otra cosa que una extensión; pero ¿de qué? No lo sé, y
maravilla será si no es de la misma alma. Porque ¿qué es, te suplico, Dios mío, lo que mido cuando
digo, bien de modo indefinido, como: "Este tiempo es más largo que aquel otro"; o bien de modo
definido, como: "Este es doble que aquél"? Mido el tiempo, lo sé; pero ni mido el futuro, que aún no
es; ni mido el presente, que no se extiende por ningún espacio; ni mido el pretérito, que ya no existe.
¿Qué es, pues, lo que mido? ¿Acaso los tiempos que pasan, no los pasados? Así lo tengo dicho ya.
CAPITULO XXVII
34.Insiste, alma mía, y presta gran atención: Dios es nuestro ayudador. El nos ha hecho y no
nosotros . Atiende de qué parte alborea la verdad.
Supongamos, por ejemplo, una voz corporal que empieza a sonar y suena, y suena, y luego cesa y se
hace silencio, y pasa ya a pretérita aquella voz y deja de existir tal voz. Antes de que sonase era
futura y no podía ser medida, por no ser aún; pero tampoco ahora lo puede ser, por no existir ya.
Luego sólo pudo serlo cuando sonaba, porque entonces había qué medir. Pero entonces no se
detenía, sino que caminaba y pasaba. ¿Acaso por esta causa podía serlo mejor? Porque pasando se
extendía en cierto espacio de tiempo en que podía ser medida, por no tener el presente espacio
alguno. Si, pues, entonces podía medirse, supongamos otra voz que empieza a sonar y continúa
sonando con un sonido seguido e ininterrumpido. Midámosla mientras suena, porque cuando cesare
de sonar ya será pretérita y no habrá qué pueda ser medido. Midámosla totalmente y digamos
cuánto sea.
Pero todavía suena, y no puede ser medida sino desde su comienzo, desde que empezó a sonar,
hasta el fin, en que cesó, puesto que lo que medimos es el intervalo mismo de un principio a un fin.
Por esta razón, la voz que no ha sido aún terminada no puede ser medida, de modo que se diga "qué
larga o breve es", o denominarse igual a otra, ni sencilla o doble, o cosa semejante, respecto de otra.
Mas cuando fuere terminada, ya no existirá. ¿Cómo podrá en este caso ser medida?
Y, sin embargo, medimos los tiempos, no aquellos que aún no son, ni aquellos que ya no son, ni
aquellos que no se extienden con alguna duración, ni aquellos que no tienen términos. No medimos,
pues, ni los tiempos futuros, ni los pretéritos, ni los presentes, ni los que corren. Y, sin embargo,
medimos los tiempos.
35. ¡Oh Dios, creador de todo! Este verso consta de ocho sílabas, alternando las breves y las largas.
Las cuatro breves primera, tercera, quinta y séptima- son sencillas respecto de las cuatro largas segunda, cuarta, sexta y octava-. Cada una de éstas, respecto de cada una de aquéllas, vale doble
tiempo. Yo las pronuncio y las repito, y veo que es así, en tanto que son percibidas por un sentido
fino. En tanto que un sentido fino las acusa, yo mido la sílaba larga por la breve, y noto que la
contiene justamente dos veces.
Pero cuando suena una después de otra, si la primera es breve y larga la segunda, ¿cómo podré
retener la breve y cómo la aplicaré a la larga para ver que la contiene justamente dos veces, siendo
así que la larga no empieza a sonar hasta que no cesa de sonar la breve? Y la misma larga, ¿por
ventura la mido presente, siendo así que no la puedo medir sino terminada? Y, sin embargo, su
terminación es su preterición. ¿Qué es, pues, lo que mido? ¿Dónde está la breve con que mido?
¿Dónde la larga que mido? Ambas sonaron, volaron, pasaron, ya no son. No obstante, yo las mido, y
respondo con toda la confianza con que puede uno fiarse de un sentido experimentado, que aquélla

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

es sencilla, ésta doble, en duración de tiempo se entiende. Ni puedo hacer esto si no es por haber
pasado y terminado.
Luego no son aquéllas [sílabas], que ya no existen, las que mido, sino mido algo en mi memoria y que
permanece en ella fijo.
36. En ti, alma mía, mido los tiempos. No quieras perturbarme, que así es; ni quieras perturbarte a ti
con las turbas de tus afecciones. En ti -repito- mido los tiempos. La afección que en ti producen las
cosas que pasan -y que, aun cuando hayan pasado, permanece- es la que yo mido de presente, no las
cosas que pasaron para producirla: ésta es la que mido cuando mido los tiempos. Luego o ésta es el
tiempo o yo no mido el tiempo.
Y qué; cuando medimos los silencios y decimos: aquel silencio duró tanto tiempo cuanto duró
aquella otra voz, ¿no extendemos acaso el pensamiento para medir la voz como si sonase, a fin de
poder determinar algo de los intervalos de silencio en el espacio del tiempo? Porque callada la voz y
la boca, recitamos a veces poemas y versos, y toda clase de discursos y cualesquiera dimensiones de
mociones, y nos damos cuenta de los espacios de tiempo y de la cantidad de aquél respecto de éste,
no de otro modo que si tales cosas las dijésemos en voz alta.
Si alguno quisiese emitir una voz un poco sostenida y determinase en su pensamiento lo larga que
había de ser, este tal determinó, sin duda, en silencio el espacio dicho de tiempo, y encomendándolo
a la memoria, comenzó a emitir aquella voz que suena hasta llegar al término prefijado; ¿qué digo?,
sonó y sonará. Porque lo que se ha realizado de ella, sonó ciertamente; mas lo que resta, sonará, y
de esta manera llegará a su fin, mientras la atención presente traslada el futuro en pretérito,
disminuyendo al futuro y creciendo el pretérito hasta que, consumido el futuro, sea todo pretérito.
CAPITULO XXVIII
37. Pero ¿cómo disminuye o se consume el futuro, que aún no existe? ¿O cómo crece el pretérito,
que ya no es, si no es porque en el alma, que es quien lo realiza, existen las tres cosas? Porque ella
espera, atiende y recuerda, a fin de que aquello que espera pase por aquello que atiende a aquello
que recuerda.
¿Quién hay, en efecto, que niegue que los futuros aún no son? Y, sin embargo, existe en el alma la
expectación de los futuros. ¿Y quién hay que niegue que los pretéritos ya no existen? Y, sin embargo,
todavía existe en el alma la memoria de los pretéritos. ¿Y quién hay que niegue que el tiempo
presente carece de espacio por pasar en un punto? Y, sin embargo, perdura la atención por donde
pase al no ser lo que es. No es, pues, largo el tiempo futuro, que no existe, sino que un futuro largo
es una larga expectación del futuro; ni es largo el pretérito, que ya no es, sino que un pretérito largo
es una larga memoria del pretérito.
38. Supongamos que voy a recitar un canto sabido de mí. Antes de comenzar, mi expectación se
extiende a todo él; mas en comenzándole, cuanto voy quitando de ella para el pasado, tanto a su vez
se extiende mi memoria y se distiende la vida de esta mi acción en la memoria, por lo ya dicho, y en
la expectación, por lo que he de decir. Sin embargo, mi atención es presente, y por ella pasa lo que
era futuro para hacerse pretérito. Lo cual, cuanto más y más se verifica, tanto más, abreviada la
expectación, se alarga la memoria, hasta que se consume toda la expectación, cuando, terminada
toda aquella acción, pasare a la memoria.
Y lo que sucede con el canto entero, acontece con cada una de sus partecillas, y con cada una de sus
sílabas; y esto mismo, es lo que sucede con una acción más larga, de la que tal vez es una parte aquel
canto; esto lo que acontece con la vida total del hombre, de la que forman parte cada una de las
acciones del mismo; y esto lo que ocurre con la vida de la humanidad, de la que son partes las vidas
de todos los hombres.
CAPITULO XXIX

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

39. Pero como tu misericordia es mejor que las vidas [de los hombres], he aquí que mi vida es una
distensión. Y me recibió tu diestra en mi Señor, en el Hijo del hombre, mediador entre ti -uno- y
nosotros -muchos-, divididos en muchas partes por la multitud de cosas, a fin de que coja por él
aquello en lo que yo he sido cogido , y siguiendo al Uno sea recogido de mis días viejos, olvidado de
las cosas pasadas, y no distraído en las cosas futuras y transitorias, sino extendido en las que están
delante de nosotros; porque no es por la distracción, sino por la atención, como yo camino hacia la
palma de la vocación de lo alto, donde oiré la voz de la alabanza y contemplaré tu delectación , que
no viene ni pasa.
Mas ahora mis años se pasan en gemidos . Y tú, consuelo mío, Señor y Padre mío, eres eterno; en
tanto que yo me he disipado en los tiempos, cuyo orden ignoro, y mis pensamientos -las entrañas
íntimas de mi alma- son despedazadas por las tumultuosas variedades, hasta que, purificado y
derretido en el fuego de tu amor, sea fundido en ti.
CAPITULO XXX
40. Mas me estabilizaré y solidificaré en ti, en mi forma, en tu verdad; ni sufriré ya las cuestiones de
los hombres, que, por la enfermedad contraída en pena de su pecado, desean más de lo que son
capaces y dicen: "¿Qué hacía Dios antes de hacer el cielo y la tierra?"; o también: "¿Por qué le vino el
pensamiento de hacer algo, no habiendo hecho antes absolutamente nada?" Dales, Señor, que
piensen bien lo que dicen y descubran que no se dice nunca donde no hay tiempo. Luego cuando se
dice que nunca había obrado, ¿qué otra cosa se dice sino que no había obrado en tiempo alguno?
Vean, pues, que no puede haber ningún tiempo sin criatura y dejen de hablar semejante vaciedad.
Extiéndanse también hacia aquellas cosas que están delante y entiendan que tú, creador eterno de
todos los tiempos, eres antes que todos los tiempos, y que no hay tiempo alguno que te sea coeterno
ni criatura alguna, aunque haya alguna que esté sobre el tiempo.
CAPITULO XXXI
41. Señor, Dios mío, ¿cuál es el seno de tu profundo secreto? ¡Y qué lejos de él me arrojaron las
consecuencias de mis delitos! Sana mis ojos y yo me gozaré con tu luz.
Ciertamente que si existe un alma dotada de tanta ciencia y presciencia, para quien sean conocidas
todas las cosas, pasadas y futuras, como lo es para mí un canto conocidísimo, esta alma es
extraordinariamente admirable y estupenda hasta el horror, puesto que nada se le oculta de cuanto
se ha realizado y ha de realizarse en los siglos, al modo como no se me oculta a mí, cuando recito
dicho canto, qué y cuánto ha pasado de él desde el principio, qué y cuánto resta de él hasta terminar.
Mas lejos de mí pensar que tú, creador del universo, creador de las almas y de los cuerpos, sí, lejos
de mí pensar que tú conozcas así todas las cosas futuras y pretéritas. Sí; tú las conoces de otro modo,
de otro modo más admirable y más profundo. Porque no sucede en ti, inconmutablemente eterno,
esto es, creador verdaderamente eterno de las inteligencias, algo de lo que sucede en el que recita u
oye recitar un canto conocido, que con la expectación de las palabras futuras y la memoria de las
pasadas varía el afecto y se distiende el sentido. Pues así como conociste desde el principio el cielo y
la tierra sin variedad de tu conocimiento, así hiciste en el principio el cielo y la tierra sin distinción de
tu acción.
Quien entiende esto, que te alabe, y quien no lo entiende, que te alabe también. ¡Oh qué excelso
eres! Con todo, los humildes de corazón son tu morada. Porque tú levantas a los caídos 40, y no caen
aquellos cuya elevación eres tú.2

2

http://www.augustinus.it/spagnolo/confessioni/index2.htm. AUGUSTINUS HIPONENSIS: Sitio Oficial de las
Obras de San Agustin digitalizadas.

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

06. BOECIO
METRO NOVENO
“¡Oh Tú, que gobiernas el mundo con leyes inmutables, Creador de la tierra y del cielo, que de la
eternidad haces brotar el tiempo que permaneciendo en tu inmovilidad inquebrantable das a las
cosas universal movimiento! ¡Tú, que no obedeces el impulso de causas externas para forjar tus
obras con una materia siempre variable, realizando así la idea del bien supremo que en Ti mismo
llevas, ajeno al sentimiento de la envidia! ¡Tú lo riges todo conforme al arquetipo celeste; siendo la
hermosura misma, haces que, a tu imagen, el mundo en extremo hermoso, lleve su perfección a
todas sus partes!
”Tú sometes los elementos a las leyes de los números, afin de que el frío obre de concierto con el
calor y lo árido con lo húmedo; para que el fuego más sutil, no se disipe en el airey la pesantez no
arrastre las tierras al fondo de los mares.”Tú pones en el centro del mundo el alma de esencia triple
que, uniendo todas las cosas, a todas las mueve, y haces sentir su influjo a través de los miembros
armoniosos del universo; y cuando después de haberse dividido termina el ciclo de sus movimientos,
retorna sobre sí misma parare correr el espíritu profundo y dar al cielo un movimiento semejante al
suyo.”Tú haces brotar igualmente las almas y las vidas de naturaleza inferior y las colocas, para
elevarlas, en carros ligeros que las derramarán por el cielo y la tierra, para volver después a Ti, por la
benigna ley que las guía, gracias a la llama que las hace refluir a su origen.”Permite, ¡oh Padre!, a
nuestro espíritu que se eleve hasta tu augusto trono para poder conocer la fuente del bien y hallar de
nuevo la luz, al fijar en Ti la clara mirada del alma.”Disipa las nubes, alivia el lastre de esta masa
terrena y muéstrate en la gloria de tu esplendor, porque Tú eres el cielo sereno; Tú, el reposo y la paz
para los justos. Porque verte es nuestro fin, verte a Ti, que eres Principio, Sostén y Guía, ¡Tú,el
Camino y el Término final de nuestro viaje!”
CONSOLACIÓN DE LA FILOSOFÍA: LIBRO III
PROSA SEXTA
1.–”Si, como hemos demostrado anteriormente, el conocimiento de las cosas no depende de la
naturaleza de ellas sino dela del ser que las conoce, examinemos, cuanto no sea dable, cómo esla
naturaleza divina, para poder conocer también cuál sea su ciencia.
2.–”Que Dios es eterno, lo prueba el consentimiento unánime de todos los pueblos.
3.–”Consideremos qué es la eternidad; así descubriremos también la naturaleza de Dios y el carácter
de su ciencia o conocimiento.
4.–”La eternidad es la posesión total y perfecta de una vida interminable. Definición que resultará
más clara si la estudiamos envista de las cosas temporáneas
.5.–”Todo ser que vive en el tiempo está de continuo yendo desde lo pasado a lo futuro, siendo
incapaz de abarcar de una sola vez toda la duración de su existencia. No ha alcanzado aún el día de
mañana, cuando ya ha perdido el día de ayer. En vuestra vida actual sólo vivís el momento presente,
rápido y fugaz.
6.–”Así, un ser sujeto a la ley del tiempo, puede no haber tenido principio y no tener fin, como
Aristóteles afirma del mundo; pero no por eso reúne las condiciones necesarias para que se le pueda
llamar eterno.
7.–”Puesto que siendo su Ida ilimitada, no puede abarcar de una vez su duración: no está todavía en
el futuro ni tampoco es suyo el pasado.
8.–”Por el contrario, el ser que abarque y posea igualmente en su totalidad la plenitud de una
existencia sin limites, de manera que no le falte ni un solo instante del porvenir ni del pasado, con
toda razón se podrá llamar eterno. El cual por necesidad y totalmente se posee así mismo en el

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

presente, jamás se abandona, y en su presente reúne la infinidad de los momentos del tiempo que
fluye.
9.–”Esto nos muestra el error de aquellos que imaginaron que el mundo creado es coeterno con su
creador, por haber entendido que Platón enseñara que el mundo no tuvo principio en el tiempo ni
jamás tendrá fin.
10.–”Son cosas muy distintas, en efecto, el prolongar indefinidamente una existencia sin límites,
atributo, según Platón, propio del mundo, y abarcar igualmente en su totalidad la actualidad de una
existencia ilimitada, lo que evidentemente corresponde a la divina inteligencia.
11.–”Si juzgamos que Dios es anterior a la creación, esto no seha de entender por razón de tiempo,
sino en cuanto que es la consecuencia de la simplicidad de su naturaleza.
12.–”En efecto, el movimiento infinito de las cosas temporánea simita en algún modo el estado
siempre actual y en quietud de una existencia inmóvil, al cual no puede llegar aquél ni menos
realizarlo. Por ello, de la inmovilidad desciende al movimiento; de la simplicidad del presente va a la
infinita cantidad que componen los futuros y pasados. Y aun cuando no posea igualmente en su
totalidad la plenitud de su existencia, en alguna manera parece rivalizar con aquel al que no puede
alcanzar, porque de una forma u otra nunca deja de existir, asiéndose a la actualidad del momento
presente, breve y fugaz, cualquiera que ésta sea. Como esta actualidad se asemeja muy parcialmente
al presente eterno, los seres que la tienen creen haber llegado a la posición de la existencia.
13.–”Pero en la imposibilidad de estacionarse, el fluir de losseres ha emprendido el camino sin fin del
tiempo, y de este modo, siempre en marcha, prolonga una existencia cuya plenitud no ha podido
abarcar estabilizándose.
14.–”Por lo cual, y para dar a las cosas el nombre más apropiado, diremos con Platón que Dios es
eterno y el mundo es perpetuo.
15.–”Así, pues, como el juicio abarca el objeto conforme a las leyes de la naturaleza cognoscente, y
Dios goza de un eterno presente, su ciencia, elevándose por encima de todo movimiento del tiempo,
conserva la simplicidad del estado presente; y abarcando el curso infinito del pasado y del futuro,
considera todos los acontecimientos en su conocimiento simplicísimo como si sucedieran en el
presente.
16.–”Por lo cual, no se puede pensar que esta presciencia universal sea como la presciencia del
futuro de la que hablan los mortales, sino que es la verdadera y certísima ciencia de un presente
siempre actual.
CONSOLACIÓN DE LA FILOSOFÍA: LIBRO IV

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

07.

SANTO TOMAS DE AQUINO

ARTÍCULO 3: SER ETERNO, ¿ES O NO ES PROPIO DE DIOS?
Objeciones por las que parece que ser eterno no es propio sólo de Dios:
1. Se dice en el libro de Dan 12,3: Quienes preparan a los pueblos en la justicia serán como estrellas
en perennes eternidades. No habría muchas eternidades si sólo Dios fuese eterno. Así, pues, no sólo
Dios es eterno.
2. Se dice en Mt 25,41: ¡Malditos, id al fuego eterno! Así, pues, no sólo Dios es eterno.
3. Todo lo necesario es eterno. Pero muchas cosas son necesarias, como todos los principios de
demostración y todas las proposiciones demostrativas. Luego no sólo Dios es eterno.
Contra esto: está lo que dice Jerónimo a Marcelo: Sólo Dios no tiene principio. Todo lo que tiene
principio no es eterno. Luego sólo Dios es eterno.
RESPONDO: Verdadera y propiamente sólo en Dios está la eternidad. Porque, tal como se dijo, la
eternidad. Sin embargo, en la medida en que algunos participan de su inmutabilidad participan
también de su eternidad. Por otra parte, hay seres que obtienen de Dios la inmutabilidad, pues no
dejarán de existir. Así, Eclo 1,4 dice que la tierra permanece eternamente. Hay algunas cosas que, por
su duración, la Escritura también las llama eternas aunque sean corruptibles. Así, el Sal 75,5 dice:
montes eternos; y en Dt 33,15: collados eternos. Otros participan en mayor grado del concepto de
eternidad por ser inmutables en cuanto al ser y también en cuanto a la operación, como ocurre en
los ángeles y en los santos que ya gozan de la Palabra, porque por lo que respecta a la contemplación
de la Palabra, en los santos no hay pensamientos cambiables, como dice Agustín en XV De Trin. De
ahí que, de quienes contemplan a Dios, se diga que tienen la vida eterna, siguiendo aquello de Jn
17,3: Esta es la vida eterna, que conozcan, etcétera.
A las objeciones:
1. Se dice que hay muchas eternidades porque son muchos los que participan de la eternidad por la
misma contemplación de Dios.
2. El fuego del infierno es llamado eterno como sinónimo de interminable. Sin embargo, puede haber
cambio en las penas de los condenados, según aquello de Job 24,19: Pasarán de aguas de nieve a un
calor inmenso. De ahí que en el infierno no haya auténtica eternidad, sino tiempo más largo, según
aquello del Sal 80,16: Su tiempo durará por los siglos.
3. Necesario expresa un modo de la verdad. Y lo verdadero está en el entendimiento, como dice el
Filósofo en VI Metaphys. Así, pues, según eso, lo verdadero y lo necesario es eterno porque se da en
el único entendimiento eterno, que es el divino. Pero de ahí no se deduce que, fuera de Dios, haya
algo eterno.
ARTÍCULO 4: ¿HAY O NO HAY DIFERENCIA ENTRE TIEMPO Y ETERNIDAD?
Objeciones por las que parece que la eternidad no es distinta del tiempo:
1. Es imposible que puedan aplicarse simultáneamente dos medidas de duración, a no ser que una
sea parte de la otra. De hecho no hay simultáneamente dos días o dos horas; pero el día y la hora son
simultáneos, porque la hora es parte del día. Pero la eternidad y el tiempo son simultáneos, pues
ambos son cierta medida de duración. Como quiera que la eternidad no es parte del tiempo porque
la eternidad incluye y sobrepasa el tiempo, parece que el tiempo es parte de la eternidad y no algo
distinto de la eternidad.

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

2. Según el Filósofo en el IV Physic., el ahora del tiempo permanece idéntico mientras dura. Pero esto
parece ser lo constitutivo del concepto de eternidad, que es la identidad indivisible en el transcurrir
del tiempo. Luego la eternidad es el ahora del tiempo. Pero el ahora del tiempo no es algo
sustancialmente distinto del tiempo. Luego la eternidad no es sustancialmente distinta del tiempo.
3. Así como la medida del primer movimiento es la medida de todos los movimientos, como se dice
en IV Physic., parece que la medida del primer ser es la medida de todo ser. Pero la eternidad es la
medida del primer ser, que es el ser divino. Luego la eternidad es la medida de todo ser. Pero el ser
de las cosas corruptibles se mide con el tiempo. Luego el tiempo o es la eternidad o algo de la
eternidad.
Contra esto: está el hecho de que la eternidad es totalidad simultánea. En el tiempo se da lo anterior
y lo posterior. Luego el tiempo y la eternidad no son lo mismo.
RESPONDO: Es evidente que el tiempo y la eternidad no son lo mismo. El fundamento de su
diversidad consiste para algunos en que la eternidad no tiene ni principio ni fin, mientras que el
tiempo sí tiene principio y fin. Pero es ésta una diferencia accidental, no esencial. Porque, aun
considerando que el tiempo no hubiese tenido principio ni fuera a tener fin, como sostienen quienes
tienen por eterno el movimiento del cielo, aún se mantendría la diferencia entre eternidad y tiempo,
como dice Boecio en el libro De consolat., porque la eternidad es totalidad simultánea, cosa que no
le corresponde al tiempo; puesto que la eternidad es la medida del existir permanente, mientras que
el tiempo lo es del movimiento. Sin embargo, si la anterior diferencia la aplicamos a lo medido, pero
no a las medidas, nos encontramos con otra fuerza argumental; pues con el tiempo se mide sólo lo
que en el tiempo tiene principio y fin, como se dice en el IV Physic. De ahí que, si el movimiento del
cielo durara siempre, el tiempo no se mediría por su duración total, pues lo infinito no es medible;
pero sí podría medirse alguna rotación que en el tiempo tiene principio y fin. Sin embargo, puede
haber otra razón argumental por parte de estas medidas, si se toma el fin y el principio en cuanto
potencia. Porque, aun considerando que el tiempo siempre dure, sin embargo es posible señalar en
el tiempo el principio y el fin siempre que tomemos alguna de sus partes, como, por ejemplo,
decimos principio y fin del día o del año. Y esto no es aplicable a la eternidad. Sin embargo, estas
diferencias presuponen lo que es la diferencia en sí misma, es decir, que la eternidad es totalidad
simultánea y el tiempo no.
A las objeciones:
1. Aquel argumento tendría razón de ser si el tiempo y la eternidad fueran medidas del mismo
género. Pero es falso si se analiza a partir de lo medido por el tiempo y lo medido por la eternidad.
2. El ahora del tiempo es el mismo sujeto en todo el tiempo, pero lo captamos como diferente. Pues,
así como el tiempo responde al movimiento, el ahora del tiempo responde al móvil. El móvil es
siempre el mismo a lo largo del tiempo, pero unas veces captado estando aquí, y otras allí. Esta
alternancia es el movimiento. Algo parecido le sucede al ahora, pero atendiendo a la razón de la
alternancia, que es el tiempo. La eternidad, en cambio, permanece la misma como sujeto y como
realidad entendida. De ahí que la eternidad no sea lo mismo que el ahora del tiempo.
3. Así como la eternidad es la medida propia del mismo ser, el tiempo lo es del movimiento. Por eso,
cuanto más apartado está algo de la permanencia en el ser, viéndose sometida al cambio, tanto más
apartada estará de la eternidad y sometida al tiempo. Por lo tanto, el ser de lo corruptible, que es
variable, no puede ser medido por la eternidad, sino por el tiempo, ya que el tiempo mide no sólo lo
que varía realmente, sino todo lo que es variable. De ahí que no sólo mida el movimiento, sino
también lo estable, que, al fin y al cabo, es el estado de aquello que ha nacido para estar en
movimiento y no se mueve.
SUMA TEOLÓGICA - PARTE IA - CUESTIÓN 10
SOBRE LA ETERNIDAD DE DIOS

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ARTÍCULO 5: SOBRE LA DIFERENCIA ENTRE EVO Y TIEMPO3
Objeciones por las que parece que el evo no es distinto del tiempo:
1. Dice Agustín en el VIII Super Gen. ad litt.: Dios mueve la criatura espiritual en el tiempo. Pero se
dice que el evo es la medida de las sustancias espirituales. Luego no hay diferencia entre tiempo y
evo.
2. Es propio del tiempo tener antes y después. Es propio de la eternidad ser totalidad simultánea,
como se dijo. Pero el evo no es la eternidad. Pues se dice en Eclo 1,1 que la sabiduría es anterior al
evo. Luego no es totalidad simultánea, sino que tiene antes y después lo mismo que el tiempo.
3. Si en el evo no hay antes y después, en el evo no hay pasado, presente ni futuro. Como quiera que
es imposible que el evo no se diera en el pasado, es imposible que tampoco se dé en el futuro. Esto
es falso, pues Dios puede reducirlo a nada.
4. Como quiera que la duración del evo es infinita en cuanto al después, si el evo es totalidad
simultánea se sigue que algo creado es infinito en acto. Esto es imposible. Así, pues, no hay
diferencia entre evo y tiempo.
Contra esto: está lo que dice Boecio: Tú sacas el tiempo del evo.
RESPONDO: El evo se diferencia del tiempo y de la eternidad como un medio entre ambos. Hay
algunos que establecen la diferencia diciendo: la eternidad no tiene ni principio ni fin; el evo tiene
principio, pero no fin; el tiempo tiene principio y fin. Pero se trata de una diferencia accidental, como
quedó dicho. Porque si el evo fue y siempre será, según dicen algunos, o dejara de ser porque Dios
puede determinarlo, aun así se distinguiría la perpetuidad del tiempo y de la eternidad.
Otros sitúan la diferencia de estas tres cosas diciendo que la eternidad no tiene antes ni después; el
tiempo tiene antes y después con novedad y antigüedad; el evo tiene antes y después sin novedad ni
antigüedad. Pero esta distribución es contradictoria, resultando evidente si se le aplica la misma
medida de la novedad y la antigüedad. Porque así como el antes y el después no son simultáneos, si
el evo tiene antes y después es necesario que, concluida una parte del evo, sea sustituida por otra
parte y, de este modo, se introduce la novedad en el evo como sucede en el tiempo. Si esta
diferencia, en vez de aplicarla a la medida la aplicamos a lo medido, los inconvenientes permanecen.
Pues si las cosas temporales envejecen con el tiempo, la razón está en que son mutables; y
precisamente por la mutabilidad de lo medido hay antes y después en la medida. Esto se observa en
el IV Physic. Por lo tanto, si el mismo evo no está sometido a la novedad o antigüedad, la razón se
encontrará en el hecho de ser intransmutable; por eso en su medida no habrá antes y después.

3

EVO = aevum, duración , tiempo, vida, duración de las cosas eternas, duración de tiempo sin fin. Los teólogos
dieron un paso más en el análisis del tiempo, vieron la necesidad de crear un concepto de tiempo intermedio
entre el tiempo de la Creación y la Eternidad, el Evo. La eternidad no tiene principio ni fin. En ella no hay antes y
después. El Evo tiene principio, pero no fin y en él existe el antes y el después, pero no el cambio. El Tiempo
tiene principio y fin y en él existe el antes y el después. Y el cambio. El tiempo es la medida de la duración de la
criatura compuesta sujeta a generación y corrupción, contingente en suma. Y entre la eternidad y el tiempo
está la duración propia de las criaturas espirituales no sujetas a generación y corrupción, pero las que sí tienen
una cierta composición que es la de esencia y acto de ser y les compete tener cambios o movimientos en
cuanto a sus afectos y operaciones intelectuales. Esta medida de duración se llama evo y está entre el tiempo y
la eternidad. Tiene principio pero no fin, no le es propio el movimiento pero el mismo no repugna a su noción
mientras que al tiempo le es propio el movimiento. Es decir “...el tiempo tiene antes y después, el evo no tiene
antes ni después en sí mismo pero pueden juntársele y la eternidad no tiene antes ni después ni es compatible
con ellos”

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Consecuentemente, hay que decir: como quiera que la eternidad es la medida del ser permanente,
cuanto más se aleja algo de lo permanente del ser, tanto más se aleja de la eternidad. Hay ciertas
cosas que se alejan tanto de la permanencia del ser, que su ser está sometido al cambio, o es el
mismo cambio. Por eso son medidos con el tiempo. Esto es lo propio de todo movimiento y también
lo propio de todos los seres corruptibles.
Por otra parte, hay seres que se alejan mucho menos de la permanencia en el ser, porque su ser no
está sometido al cambio, ni es el mismo cambio; sin embargo, de algún modo tienen el cambio, bien
en acto, bien en potencia. Esto es lo propio de los cuerpos celestes cuyo ser sustancial es
intransmutable. Sin embargo, su ser intransmutable está sometido a la ocupación de un lugar.
Algo parecido pasa con los ángeles, que tienen ser intransmutable sometido a la mutabilidad de la
elección, algo propio de su naturaleza. Por eso, pueden cambiar con respecto a su elección,
pensamiento, afecto y lugar. Y pueden ser medidos por el evo, que es el medio entre la eternidad y el
tiempo. En cambio, el ser medido por la eternidad no es mutable ni está sometido a la mutabilidad.
Así, pues, el tiempo tiene antes y después; el evo no tiene antes ni después, pero le son aplicables; la
eternidad no tiene antes ni después ni le son aplicables.
A las objeciones:
1. Las criaturas espirituales, vistas desde la sucesión que se da en sus afectos y pensamientos, son
medidas por el tiempo. De ahí que Agustín siga diciendo que moverse en el tiempo es moverse en el
afecto. Y en cuanto a su ser natural, su medida es el evo. En cuanto a su visión de la gloria, participan
de la eternidad.
2. El evo es totalidad simultánea, sin embargo no es eternidad, porque está sometida al antes y al
después.
3. Los ángeles, en cuanto tales, no están sometidos al pasado y al futuro, sino sólo por cambios
accidentales. Cuando decimos que un ángel fue o será, esto es una diferencia introducida por
nuestro entendimiento, que aprehende el ser de los ángeles comparándolo a lo sometido al tiempo.
Sin embargo, cuando decimos que un ángel es o fue, estamos suponiendo algo opuesto no sometido
al poder divino. Por otra parte, cuando decimos que será, no se supone nada. De ahí que, como
quiera que tanto el ser como el no ser del ángel está sometido al poder divino, desde cualquier punto
de vista Dios puede hacer que el ser del ángel no exista en el futuro. Sin embargo, no puede hacer
que no sea mientras existe, o que no fue mientras existió.
4. La duración del evo es infinita porque no acaba en el tiempo. Además, no hay inconveniente en
que exista algo creado infinito si no existe limitado por algo.
ARTÍCULO 6: ¿HAY O NO HAY UN SOLO EVO?
Objeciones por las que parece que no hay un solo evo:
1. Se dice en los apócrifos de Esdras (III Esd 4,40): La majestad y el poder de todos los evos depende
de ti, Señor.
2. Más aún. A diversidad de géneros, diversidad de medidas. Pero hay realidades perpetuas que son
del género corporal, como los cuerpos celestes; otras son sustancias espirituales, como los ángeles.
Luego no hay un solo evo.
3. Como el evo es una duración, el evo tiene una duración. Pero no todos los seres perpetuos tienen
la misma duración; porque unos empiezan a existir después de otros, cosa que resulta evidente
sobre todo en las almas humanas. Por lo tanto, no hay un solo evo.
4. Las cosas que no son dependientes recíprocamente no parecen tener la misma medida de
duración. Pues el hecho de que todos los seres temporales parezcan tener el mismo tiempo
responde a que el primer movimiento medido por el tiempo, de alguna manera es la causa de todos

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

los demás movimientos. Pero los seres perpetuos no son dependientes recíprocamente —un ángel
no es causa de otro—. Luego no hay un solo evo.
Contra esto: el evo es más simple que el tiempo y está más cercano a la eternidad. Y si no hay más
que un tiempo, con mayor motivo no hay más que un solo evo.
RESPONDO: Sobre el particular hay una doble opinión. Unos dicen que hay un solo evo; otros, que
hay muchos evos. Para saber qué opinión es la más aceptable, ambas tienen que ser consideradas
desde la unidad del tiempo, pues llegamos al conocimiento de lo espiritual a través de lo corporal.
Unos dicen que todo lo temporal está sometido a la misma medida del tiempo, por lo cual hay un
número para todo lo que se enumera, pues, como dice el Filósofo, el tiempo es número. Pero esta
razón no es suficiente; porque el tiempo no es número como algo abstraído de lo enumerado, sino
como algo existente en lo enumerado. En caso contrario no sería continuo, pues diez barras de pan
tienen continuidad, pero no por el número, sino por lo enumerado. De ahí que el número que se da
en lo enumerado no sea el mismo en todos, sino distinto en lo que no es idéntico.
Otros consideran la causa de la unidad del tiempo desde la unidad de la eternidad. Así, todas las
duraciones son una si se considera su principio; pero en realidad son muchas si se considera la
diversidad existente recibida por la duración que les imprime el influjo del primer principio.
Otros consideran la causa de la unidad del tiempo desde la materia prima, que es el primer sujeto del
movimiento cuya medida es el tiempo.
Estas tres consideraciones resultan insuficientes al parecer, porque todo aquello cuya unidad
depende de su sujeto o de su principio, máxime si éste es lejano, no es una unidad absoluta, sino sólo
en cierto modo. La razón de la unidad del tiempo es la unidad del primer motor, que, por ser
absolutamente simple, es la medida de todos los demás, como se dice en X Metaphys. De este modo,
el tiempo se relaciona con aquel movimiento no sólo como la medida con lo medido, sino como el
accidente con el sujeto, y así recibe de él la unidad.
Con otros movimientos su relación es igual a la existente entre medida y medido, por lo cual, al
multiplicarse aquellos, no lo hace éste, ya que una medida independiente de lo medido puede medir
muchas cosas. Aceptado esto, hay que tener presente que, con respecto a las sustancias espirituales,
hubo una doble opinión. Algunos, como Orígenes, dijeron que todas procedían de Dios con cierta
igualdad; otros, que sólo algunas. Otros, por su parte, dijeron que todas las sustancias espirituales
procedían de Dios en cierto grado y orden. Este parece ser el sentir de Dionisio cuando dice, en el
c.10 De Cael Hier. que entre las sustancias espirituales están las primeras, las intermedias y las
últimas. Esto se da en el mismo orden de los ángeles. Así, pues, según la primera opinión, hay que
decir que hay muchos evos, puesto que hay muchos seres perpetuos primeros, ya que son iguales.
Según la segunda opinión, hay que decir que sólo hay un evo, porque si cada cosa se mide por lo más
simple en su género, el ser de todo evo se medirá por el del primer ser perpetuo, que tanto más
simple será cuanto más anterior sea. Este es el parecer expresado en X Metaphys. Como en la
presente cuestión sostenemos que hay un solo evo.
A las objeciones:
1. Algunas veces, evo ha sido tomado como sinónimo de siglo, que es un período de duración de
alguna cosa. Así se dice muchos evos como muchos siglos.
2. Los cuerpos celestes se distinguen de los espirituales en el género de su naturaleza; y coinciden en
que su ser es intransmutable. De este modo son medidos por el evo.
3. Tampoco las cosas temporales empiezan todas simultáneamente; sin embargo, para todas ellas
hay un solo tiempo, pues su unidad proviene del primer ser que el tiempo mida. Del mismo modo,

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todos los seres perpetuos tienen el mismo evo que les concede el primero, aunque no todos
empiezan simultáneamente.
4. Para que determinadas cosas sean medidas por una en concreto, no se precisa que ésta sea causa
de aquéllas, sino que sea más simple.
SUMA TEOLÓGICA - PARTE IA - CUESTIÓN 10
SOBRE LA ETERNIDAD DE DIOS

08. BORGES: TEORÍA PERSONAL DE LA ETERNIDAD (1936)
“Deseo registrar aquí una experiencia que tuve hace unas noches: fruslería demasiado evanescente
y extática para que la llame aventura; demasiado irrazonable y sentimental para pensamiento. Se
trata de una escena y de su palabra: palabra ya antedicha por mí, pero no vivida hasta entonces con
entera dedicación de mi yo. Paso a historiarla, con los accidentes de tiempo y de lugar que la
declararon.
"La rememoro así. La tarde que precedió a esa noche, estuve en Barracas: localidad no visitada por
mi costumbre, y cuya distancia de las que después recorrí, ya dio un extraño sabor a ese día. Su
noche no tenía destino alguno; como era serena, salí a caminar y recordar, después de comer. No
quise determinarle rumbo a esa caminata; procuré una máxima latitud de probabilidades para no
cansar la expectativa con la obligatoria antevisión de una sola de ellas. Realicé en la mala medida de
lo posible, eso que llaman caminar al azar; acepté, sin otro consciente prejuicio que el de soslayar las
avenidas o calles anchas, las más oscuras invitaciones de la casualidad. Con todo, una suerte de
gravitación familiar me alejó hacia unos barrios, de cuyo nombre quiero siempre acordarme y que
dictan reverencia a mi pecho. No quiero significar así el barrio mío, el preciso ámbito de la infancia,
sino sus todavía misteriosas inmediaciones: confín que he poseído entero en palabras y poco en
realidad, vecino y mitológico a un tiempo. El revés de lo conocido, su espalda, son para mí esas calles
penúltimas, casi tan efectivamente ignoradas como el soterrado cimiento de nuestra casa o nuestro
invisible esqueleto. La marcha me dejó en una esquina. Aspiré noche, en asueto serenísimo de
pensar. La visión, nada complicada por cierto, parecía simplificada por mi cansancio. La irrealizaba su
misma tipicidad. La calle era de casas bajas, y aunque su primera significación fuera de pobreza, la
segunda era ciertamente de dicha. Era de lo más pobre y de lo más lindo. Ninguna casa se animaba a
la calle; la higuera oscurecía sobre la ochava; los portoncitos —más altos que las líneas estiradas de
las paredes— parecían obrados en la misma sustancia infinita de la noche. La vereda era escarpada
sobre la calle; la calle era de barro elemental, barro de América no conquistado aún. Al fondo, el
callejón, ya campeano, se desmoronaba hacia el Maldonado. Sobre la tierra turbia y caótica, una
tapia rosada parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz íntima. No habrá manera de nombrar
la ternura mejor que ese rosado.
"Me quedé mirando esa sencillez. Pensé, con seguridad en voz alta: Esto es lo mismo de hace treinta
años ... Conjeturé esa fecha: época reciente en otros países, pero ya remota en este cambiadizo lado
del mundo. Tal vez cantaba un pájaro y sentí por él un cariño chico, y de tamaño de pájaro; pero lo
más seguro es que en ese ya vertiginoso silencio no hubo más ruido que el también intemporal de los
grillos. El fácil pensamiento Estoy en mil ochocientos y tantos dejó de ser unas cuantas aproximativas
palabras y se profundizó a realidad. Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo:
indefinido temor imbuido (le ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí, no, haber
remontado las presuntivas aguas del Tiempo; más bien me sospeché poseedor del sentido reticente
o ausente de la inconcebible palabra eternidad. Sólo después alcancé a definir esa imaginación.
"La escribo, ahora, así: Esa pura representación de hechos homogéneos —noche en serenidad,

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

parecita límpida, olor provinciano de la madreselva, barro fundamental— no es meramente idéntica
a la que hubo en esa esquina hace tantos años; es, sin parecidos ni repeticiones, la misma. El tiempo,
si podemos intuir esa identidad, es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de
su aparente ayer y otro de su aparente hoy, bastan para desintegrarlo.
"Es evidente que el número de tales momentos humanos no es infinito. Los elementales —los de
sufrimiento físico y goce físico, los de acercamiento del sueño, los de la audición de una música, los
de mucha intensidad o mucho desgano— son más impersonales aún. Derivo de antemano esta
conclusión: la vida es demasiado pobre para no ser también inmortal. Pero ni siquiera tenemos la
seguridad de nuestra pobreza, puesto que el tiempo, fácilmente refutable en lo sensitivo, no lo es
también en lo intelectual, de cuya esencia parece inseparable el concepto de sucesión. Quede, pues,
en anécdota emocional la vislumbrada idea y en la confesa irresolución de esta hoja el momento
verdadero de éxtasis y la insinuación posible de eternidad de que esa noche no me fue avara."

09. BORGES: HISTORIA DE LA ETERNIDAD
I
En aquel pasaje de las Enéadas que quiere interrogar y definir la naturaleza del tiempo, se afirma que
es indispensable conocer previamente la eternidad, que -según todos saben- es el modelo y
arquetipo de aquél. Esa advertencia liminar, tanto más grave si la creemos sincera, parece aniquilar
toda esperanza de entendernos con el hombre que la escribió. El tiempo es un problema para
nosotros, un tembloroso y exigente problema, acaso el más vital de la metafísica; la eternidad, un
juego o una fatigada esperanza. Leemos en el Timeo de Platón que el tiempo es una imagen móvil de
la eternidad; y ello es apenas un acorde que a ninguno distrae de la convicción de que la eternidad es
una imagen hecha con sustancia de tiempo. Esa imagen, esa burda palabra enriquecida por los
desacuerdos humanos, es lo que me propongo historiar. Invirtiendo el método de Plotino (única
manera de aprovecharlo) empezaré por recordar las oscuridades inherentes al tiempo: misterio
metafísico, natural, que debe preceder a la eternidad, que es hija de los hombres. Una de esas
oscuridades, no la más ardua pero no la menos hermosa, es la que nos impide precisar la dirección
del tiempo. Que fluye del pasado hacia el porvenir es la creencia común, pero no es más ilógica la
contraria, la fijada en verso español por Miguel de Unamuno: Nocturno el río de las horas fluye /
desde su manantial que es el mañana/eterno…
Ambas son igualmente verosímiles -e igualmente inverificables. Bradley niega las dos y adelanta una
hipótesis personal: excluir el porvenir, que es una mera construcción de nuestra esperanza, y reducir
lo “actual” a la agonía del momento presente desintegrándose en el pasado. Esa regresión temporal
suele corresponder a los estados decrecientes o insípidos, en tanto que cualquier intensidad nos
parece marchar sobre el porvenir… Bradley niega el futuro; una de las escuelas filosóficas de la India
niega el presente, por considerarlo inasible. “La naranja está por caer de la rama, o ya está en el
suelo”, afirman esos simplificadores extraños. “Nadie la ve caer”. Otras dificultades propone el
tiempo. Una, acaso la mayor, la de sincronizar el tiempo individual de cada persona con el tiempo
general de las matemáticas, ha sido harto voceada por la reciente alarma relativista, y todos la
recuerdan -o recuerdan haberla recordado hasta hace muy poco. (Yo la recobro así, deformándola: Si
el tiempo es un proceso mental, ¿cómo lo pueden compartir miles de hombres, o aun dos hombres
distintos?) Otra es la destinada por los eleatas a refutar el movimiento. Puede caber en estas
palabras: “Es imposible que en ochocientos años de tiempo transcurra un plazo de catorce minutos,
porque antes es obligatorio que hayan pasado siete, y antes de siete, tres minutos y medio, y antes
de tres y medio, un minuto y tres cuartos, y así infinitamente, de manera que los catorce minutos
nunca se cumplen.” Russell rebate ese argumento, afirmando la realidad y aun vulgaridad de

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

números infinitos, pero que se dan de una vez, por definición, no como término “final” de un proceso
enumerativo sin fin. Esos guarismos anormales de Russell son un buen anticipo de la eternidad, que
tampoco se deja definir por enumeración de sus partes. Ninguna de las varias eternidades que
planearon los hombres -la del nominalismo, la de Ireneo, la de Platón- es una agregación mecánica
del pasado, del presente y del porvenir. Es una cosa más sencilla y más mágica: es la simultaneidad
de esos tiempos. El idioma común y aquel diccionario asombroso dont chaque édition fait regretter
laprécédente, parecen ignorarlo, pero así la pensaron los metafísicos. “Los objetos del alma son
sucesivos, ahora Sócrates y después un caballo -leo en el quinto libro de las Enéadas-, siempre una
cosa aislada que se concibe y miles que se pierden; pero la Inteligencia Divina abarca juntamente
todas las cosas. El pasado está en su presente, así como también el porvenir. Nada transcurre en ese
mundo, en el que persisten todas las cosas, quietas en la felicidad de su condición.” Paso a
considerar esa eternidad, de la que derivaron las subsiguientes. Es verdad que Platón no la inaugura
– en un libro especial, habla de los “antiguos y sagrados filósofos” que lo precedieron- pero amplía y
resume con esplendor cuanto imaginaron los anteriores. Deussen lo compara con el ocaso: luz
apasionada y final. Todas las concepciones griegas de eternidad convergen en sus libros ya
rechazadas, ya exornadas trágicamente. Por eso lo hago preceder a Ireneo, que ordena la segunda
eternidad: la coronada por las tres diversas pero inextricables personas. Dice Plotino con notorio
fervor: “Toda, cosa en el cielo inteligible también es cielo, y allí la tierra es cielo, como también lo son
los animales, las plantas, los varones y el mar. Tienen por espectáculo el de un mundo que no ha sido
engendrado. Cada cual se mira en los otros. No hay cosa en ese reino que no sea diáfana. Nada es
impenetrable, nada es opaco y la luz encuentra la luz. Todos están en todas partes, y todo es todo.
Cada cosa es todas las cosas. El sol es todas las estrellas, y cada estrella es todas las estrellas y el sol.
Nadie camina allí como sobre una tierra extranjera.” Ese universo unánime, esa apoteosis de la
asimilación y del intercambio, no es todavía la eternidad; es un cielo limítrofe, no emancipado
enteramente del número y del espacio. A la contemplación de la eternidad, al mundo de las formas
universales quiere exhortar este pasaje del quinto libro: “Que los hombres a quienes maravilla este
mundo -su capacidad, su hermosura, el orden de su movimiento continuo, los dioses manifiestos o
invisibles que lo recorren, los demonios, árboles y animales- eleven el pensamiento a esa Realidad,
de la que todo esto es la copia. Verán ahí las formas inteligibles, no con prestada eternidad sino
eternas, y verán también a su capitán, la Inteligencia pura, y la Sabiduría inalcanzable, y la edad
genuina de Cronos, cuyo nombre es la Plenitud. Todas las cosas inmortales están en él. Cada
intelecto, cada dios y cada alma. Todos los lugares le son presentes, ¿adonde irá? Está en la dicha, ¿a
qué probar mudanza y vicisitud? No careció al principio de ese estado y lo ganó después. En una sola
eternidad las cosas son suyas: esa eternidad que el tiempo remeda al girar en torno del alma,
siempre desertor de un pasado, siempre codicioso de un porvenir.” Las repetidas afirmaciones de
pluralidad que dispensan los párrafos anteriores, pueden inducirnos a error. El universo ideal a que
nos convida Plotino es menos estudioso de variedad que de plenitud; es un repertorio selecto, que
no tolera la repetición y el pleonasmo. Es el inmóvil y terrible museo de los arquetipos platónicos. No
sé si lo miraron ojos mortales (fuera de la intuición visionaria o la pesadilla) o si el griego remoto que
lo ideó, se lo representó alguna vez, pero algo de museo presiento en él: quieto, monstruoso y
clasificado. . . Se trata de una imaginación personal de la que puede prescindir el lector; de lo que no
conviene que prescinda es de alguna noticia general de esos arquetipos platónicos, o causas
primordiales o ideas, que pueblan y componen la eternidad. Una prolija discusión del sistema
platónico es imposible aquí, pero no ciertas advertencias de intención propedéutica. Para nosotros,
la última y firme realidad de las cosas es la materia- los electrones giratorios que recorren distancias
estelares en la soledad de los átomos-; para los capaces de platonizar, la especie, la forma. En el libro
tercero de las Enéadas, leemos que la materia es irreal: es una mera y hueca pasividad que recibe las
formas universales como las recibiría un espejo; éstas la agitan y la pueblan sin alterarla. Su plenitud
es precisamente la de un espejo, que simula estar lleno y está vacío; es un fantasma que ni siquiera
desaparece, porque no tiene ni la capacidad de cesar. Lo fundamental son las formas. De ellas,
repitiendo a Plotino, dijo Pedro Malón de Chaide mucho después: “Hace Dios como si vos tuviésedes

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un sello ochavado de oro que en una parte tuviese un león esculpido; en la otra, un caballo; en otra,
un águila, y así de las demás; y en un pedazo de cera imprimiésedes el león; en otro, el águila; en
otro, el caballo; cierto está que todo lo que está en la cera está en el oro, y no podéis vos imprimir
sino lo que allí tenéis esculpido. Mas hay una diferencia, que en la cera al fin es cera, y vale poco;
mas en el oro es oro, y vale mucho. En las criaturas están estas perfecciones finitas y de poco valor:
en Dios son de oro, son el mismo Dios.” De ahí podemos inferir que la materia es nada. Damos por
malo ese criterio y aun por inconcebible, y sin embargo lo aplicamos continuamente. Un capítulo de
Schopenhauer no es el papel en las oficinas de Leipzig ni la impresión, ni las delicadezas y perfiles de
la escritura gótica, ni la enumeración de los sonidos que lo componen ni siquiera la opinión que
tenemos de él; Miriam Hopkins está hecha de Miriam Hopkins, no de los principios nitrogenados o
minerales, hidratos de carbono, alcaloides y grasas neutras, que forman la sustancia transitoria de
ese fino espectro de plata o esencia inteligible de Hollywood. Esas ilustraciones o sofismas de buena
voluntad pueden exhortarnos a tolerar la tesis platónica. La formularemos así: “Los individuos y las
cosas existen en cuanto participan de la especie que los incluye, que es su realidad permanente.”
Busco el ejemplo más favorable: el de un pájaro. El hábito de las bandadas, la pequeñez, la identidad
de rasgos, la antigua conexión con los dos crepúsculos, el del principio de los días y el de su término,
la circunstancia de que son más frecuentes al oído que a la visión -todo ello nos mueve a admitir la
primacía de la especie y la casi perfecta nulidad de los individuos. Keats, ajeno de error, puede
pensar que el ruiseñor que lo encanta es aquel mismo que oyó Ruth en los trigales de Belén de Judá;
Stevenson erige un solo pájaro que consume los siglos: el ruiseñor devorador del tiempo.
Schopenhauer, el apasionado y lúcido Schopenhauer, aporta una razón: la pura actualidad corporal
en que viven los animales, su desconocimiento de la muerte y de los recuerdos. Añade luego, no sin
una sonrisa: “Quien me oiga asegurar que el gato gris que ahora juega, en el patio, es aquel mismo
que brincaba y que traveseaba hace quinientos años, pensará de mí lo que quiera, pero locura más
extraña es imaginar que fundamentalmente es otro.” Y después: “Destino y vida de leones quiere la
leonidad que, considerada en el tiempo, es un león inmortal que se mantiene mediante la infinita
reposición de los individuos, cuya, generación y cuya muerte forman el pulso de esa imperecedera
figura.” Y antes: “Una infinita duración ha precedido a mi nacimiento, ¿qué fui yo mientras tanto?
Metafísicamente podría quizá contestarme: ‘Yo siempre he sido yo; es decir, cuantos dijeron yo
durante ese tiempo, no eran otros que yo’.” Presumo que la eterna Leonidad puede ser aprobada
por mi lector, que sentirá un alivio majestuoso ante ese único León, multiplicado en los espejos del
tiempo. Del concepto de eterna Humanidad no espero lo mismo: sé que nuestro yo lo rechaza, y que
prefiere derramarlo sin miedo sobre el yo de los otros. Mal signo; formas universales mucho más
arduas nos propone Platón. Por ejemplo, la Mesidad, o Mesa Inteligible que está en los cielos:
arquetipo cuadrúpedo que persiguen, condenados a ensueño y a frustración, todos los ebanistas del
mundo. (No puedo negarla del todo: sin una mesa ideal, no hubiéramos llegado a mesas concretas.)
Por ejemplo, la Triangularidad: eminente polígono de tres lados que no está en el espacio y que no
quiere denigrarse a equilátero, escaleno o isósceles. (Tampoco lo repudio; es el de las cartillas de
geometría.) Por ejemplo: la Necesidad, la Razón, la Postergación, la Relación, la Consideración, el
Tamaño, el Orden, la Lentitud, la Posición, la Declaración, el Desorden. De esas comodidades del
pensamiento elevadas a formas ya no sé qué opinar; pienso que ningún hombre las podrá intuir sin el
auxilio de la muerte, de la fiebre, o de la locura. Me olvidaba de otro arquetipo que los comprende a
todos y los exalta: la eternidad, cuya despedazada copia es el tiempo. Ignoro si mi lector precisa
argumentos para descreer de la doctrina platónica. Puedo suministrarle muchos: uno, la
incompatible agregación de voces genéricas y de voces abstractas que cohabitan sans géne en la
dotación del mundo arquetipo; otro, la reserva de su inventor sobre el procedimiento que usan las
cosas para participar de las formas universales; otro, la conjetura de que esos mismos arquetipos
asépticos adolecen de mezcla y de variedad. No son irresolubles: son tan confusos como las criaturas
del tiempo. Fabricados a imagen de las criaturas, repiten esas mismas anomalías que quieren
resolver. La Leonidad, digamos, ¿cómo prescindirá de la Soberbia y de la Rojez, de la Melenidad y la
Zarpidad? A esa pregunta no hay contestación y no puede haberla: no esperemos del término

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leonidad una virtud muy superior a la que tiene esa palabra sin el sufijo. Vuelvo a la eternidad de
Plotino. El quinto libro de las Enéadas incluye un inventario muy general de las piezas que la
componen. La Justicia está ahí, así como los Números (¿hasta cuál?) y las Virtudes y los Actos y el
Movimiento, pero no los errores y las injurias, que son enfermedades de una materia en que se ha
maleado una Forma. No en cuanto es melodía, pero sí en cuanto es Armonía y es Ritmo, la Música
está ahí. De la patología y la agricultura no hay arquetipos, porque no se precisan. Quedan excluidas
igualmente la hacienda, la estrategia, la retórica y el arte de gobernar -aunque, en el tiempo, algo
deriven de la Belleza y del Número. No hay individuos, no hay una forma primordial de Sócrates ni
siquiera de Hombre Alto o de Emperador; hay, generalmente, el Hombre. En cambio, todas las
figuras geométricas están ahí. De los colores sólo están los primarios: no hay Ceniciento ni Purpúreo
ni Verde en esa eternidad. En orden ascendente, sus más antiguos arquetipos son éstos: la
Diferencia, la Igualdad, la Moción, la Quietud y el Ser.
III
Hasta aquí, en su orden cronológico, la historia general de la eternidad. De las eternidades, mejor, ya
que el deseo humano soñó dos sueños sucesivos y hostiles con ese nombre: uno, el realista, que
anhela con extraño amor los quietos arquetipos de las criaturas; otro, el nominalista, que niega la
verdad de los arquetipos y quiere congregar en un segundo los detalles del universo. Aquél se basa
en el realismo, doctrina tan apartada de nuestro ser que descreo de todas las interpretaciones,
incluso de la mía; éste en su contendor el nominalismo, que afirma la verdad de los individuos y lo
convencional de los géneros. Ahora, semejantes al espontáneo y alelado prosista de la comedia,
todos hacemos nominalismo sans le savoir: es como una premisa general de nuestro pensamiento,
un axioma adquirido. De ahí, lo inútil de comentarlo. Hasta aquí, en su orden cronológico, el
desarrollo debatido y curial de la eternidad. Hombres remotos, hombres barbados y mitrados la
concibieron, públicamente para confundir herejías y para vindicar la distinción de las tres personas
en una, secretamente para restañar de algún modo el curso de las horas. “Vivir es perder tiempo:
nada podemos recobrar o guardar sino bajo forma de eternidad”, leo en el español emersonizado
Jorge Santayana. A lo cual basta yuxtaponer aquel terrible pasaje de Lucrecio, sobre la falacia del
coito: “Como el sediento que en el sueño quiere beber y agota formas de agua que no lo sacian y
perece abrasado por la sed en el medio de un río: así Venus engaña a los amantes con simulacros, y
la vista de un cuerpo no les da hartura, y nada pueden desprender o guardar, aunque las manos
indecisas y mutuas recorran todo el cuerpo. Al fin, cuando en los cuerpos hay presagio de dichas y
Venus está a punto de sembrar los campos de la mujer, los amantes se aprietan con ansiedad, diente
amoroso contra diente; del todo en vano, ya que no alcanzan a perderse en el otro ni a ser un mismo
ser.” Los arquetipos y la eternidad -dos palabras- prometen posesiones más firmes. Lo cierto es que
la sucesión es una intolerable miseria y que los apetitos magnánimos codician todos los minutos del
tiempo y toda la variedad del espacio. Es sabido que la identidad personal reside en la memoria y
que la anulación de esa facultad comporta la idiotez. Cabe pensar lo mismo del universo. Sin una
eternidad, sin un espejo delicado y secreto de lo que pasó por las almas, la historia universal es
tiempo perdido, y en ella nuestra historia personal -lo cual nos afantasma incómodamente. No basta
con el disco gramofónico de Berliner o con el perspicuo cinematógrafo, meras imágenes de
imágenes, ídolos de otros ídolos. La eternidad es una más copiosa invención. Es verdad que no es
concebible, pero el humilde tiempo sucesivo tampoco lo es. Negar la eternidad, suponer la vasta
aniquilación de los años cargados de ciudades, de ríos y de júbilos, no es menos increíble que
imaginar su total salvamento. ¿Cómo fue incoada la eternidad? San Agustín ignora el problema, pero
señala un hecho que parece permitir una solución: los elementos de pasado y de porvenir que hay en
todo presente. Alega un caso determinado: la rememoración de un poema. “Antes de comenzar, el
poema esta en mi anticipación; apenas lo acabé, en mi memoria; pero mientras lo digo, está
distendiéndose en la memoria, por lo que llevo dicho; en la anticipación, por lo que me falta decir. Lo
que sucede con la totalidad del poema, sucede con cada verso y con cada sílaba. Digo lo mismo, de la

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acción más larga de la que forma parte el poema, y del destino individual, que se compone de una
serie de acciones, y de la humanidad, que es una serie de destinos individuales.” Esa comprobación
del íntimo enlace de los diversos tiempos del tiempo incluye, sin embargo, la sucesión, hecho que no
condice con un modelo de la unánime eternidad. Pienso que la nostalgia fue ese modelo. El hombre
enternecido y desterrado que rememora posibilidades felices, las ve sub specie aeternitatis, con
olvido total de que la ejecución de una de ellas excluía o postergaba las otras. En la pasión, el
recuerdo se inclina a lo intemporal. Congregamos las dichas de un pasado en una sola imagen; los
ponientes diversamente rojos que miro cada tarde, serán en el recuerdo un solo poniente. Con la
previsión pasa igual: las más incompatibles esperanzas pueden convivir sin estorbo. Dicho sea con
otras palabras: el estilo del deseo es la eternidad. (Es verosímil que en la insinuación de lo eterno -de
la immediata et lucida fruitio rerum infinitarum- esté la causa del agrado especial que las
enumeraciones procuran).

10 BORGES NUEVA REFUTACIÓN DEL TIEMPO (1952)
NOTA PRELIMINAR

Publicada al promediar el siglo XVIII, esta refutación (o su nombre) perduraría en las bibliografías de
Hume y acaso hubiera merecido una línea de Huxley o de Kemp Smith. Publicada en 1947 —después
de Bergson—, es la anacrónica reductio ad absurdum de un sistema pretérito o, lo que es peor, el
débil artificio de un argentino extraviado en la metafísica. Ambas conjeturas son verosímiles y quizá
verdaderas; para corregirlas, no puedo prometer, a trueque de mi dialéctica rudimentaria, una
conclusión inaudita. La tesis que propalaré es tan antigua como la flecha de Zenón o como el carro
del rey griego, en el Milinda Pañha; la novedad, si is hay, consiste en aplicar a ese fin el clásico
instrumento de Berkeley. Éste y su continuador David Hume abundan en párrafos que contradicen o
que excluyen mi tesis; creo haber deducido, no obstante, la consecuencia inevitable de su doctrina.
El primer artículo (A) es de 1944 y apareció en el número 115 de la revista Sur; el segundo, de 1946,
es una revisión del primero. Deliberadamente, no hice de los dos uno solo, por entender que la lectura
de dos textos análogos puede facilitar la comprensión de una materia indócil.
Una palabra sobre el título. No se me oculta que éste es un ejemplo del monstruo que los lógicos han
denominado contradictio in adjecto, porque decir que es nueva (o antigua) una refutación del tiempo
es atribuirle un predicado de índole temporal, que instaura la noción que el sujeto quiere destruir. Lo
dejo, sin embargo, para que su ligerísima burla pruebe que no exagero is importancia de estos juegos
verbales. Por lo demás, tan saturado y animado de tiempo está nuestro lenguaje que es muy posible
que no haya en estas hojas una sentencia que de algún modo no lo exija o lo invoque.
Dedico estos ejercicios a mi ascendiente Juan Crisóstomo Lafinur (1797-1824), que ha dejado a las
letras argentinas algún endecasílabo memorable y que trató de reformar la enseñanza de la filosofía,
purificándola de sombras teológicas y exponiendo en la cátedra los principios de Locke y de Condillac.
Murió en el destierro; le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir.
J.L.B.
Buenos Aires, 23 de diciembre de 1946.

A
I
EN EL DECURSO de una vida consagrada a las letras y (alguna vez) a la perplejidad metafísica, he
divisado o presentido un refutación del tiempo, de la que yo mismo descreo, pero que suele

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visitarme en las noches y en el fatigado crepúsculo, con ilusoria , con ilusoria fuerza de axioma. Esa
refutación está de algún modo en todos mis libros: la prefiguran los poemas Inscripción en cualquier
sepulcro y El truco, de mi Fervor de Buenos Aires (1923); la declaran cierta página de Evaristo
Carriego (1930) y el relato Sentirse en muerte, que más adelante transcribo. Ninguno de los textos
que he enumerado me satisface, ni siquiera el penúltimo de la serie, menos demostrativo y razonado
que adivinatorio y patético. A todos ellos procuraré fundamentarlos con este escrito.
Dos argumentos me abocaron a esa refutación: el idealismo de Berkeley, el principio de los
indiscernibles, de Leibniz. Berkeley (Principles of Human Knowledge, 3) observó: “Todos admitirán
que ni nuestros pensamientos ni nuestras pasiones ni las ideas formadas por nuestra imaginación
existen sin la mente. No menos claro es para mí que las diversas sensaciones, o ideas impresas en los
sentidos, de cualquier modo que se combinen (id est, cualquiera sea el objeto que formen), no
pueden existir más que en una mente que las perciba... Afirmo que esta mesa existe; es decir, la veo
y la toco. Si al estar fuera de mi escritorio, afirmo lo mismo, sólo quiero decir que si estuviera aquí la
percibiría, o que la percibe algún otro espíritu. Hablar de la existencia absoluta de cosas inanimadas,
sin relación al hecho de si las perciben o no, es para mi insensato. Su esse es percipi; no es posible
que existan fuera de las mentes que las perciben”. En el párrafo 23 agregó, previniendo objeciones:
“Pero, se dirá, nada es más fácil que imaginar árboles en un prado o libros en una biblioteca, y nadie
cerca de ellos que los percibe. En efecto, nada es más fácil. Pero, os pregunto, ¿que habéis hecho
sino formar en la mente algunas ideas que llamáis libros o árboles y omitir al mismo tiempo la idea
de alguien que los percibe? Vosotros, mientras tanto, ¿no los pensábais? No niego que la mente sea
capaz de imaginar ideas; niego que los objetos puedan existir fuera de la mente.” En otro párralo, el
número 6, ya había declarado: “Hay verdades tan claras que para verlas nos basta abrir los ojos. Una
de ellas es la importante verdad: Todo el coro del cielo y los aditamentos de la tierra —todos los
cuerpos que componen la poderosa fábrica del universo— no existen fuera de una mente; no tienen
otro ser que ser percibidos; no existen cuando no los pensamos, o sólo existen en la mente de un
Espíritu Eterno”.
Tal es, en las palabras de su inventor, la doctrina idealista. Comprenderla es fácil; lo difícil es pensar
dentro de su límite. El mismo Schopenhauer, al exponerla, comete negligencias culpables. En las
primeras líneas del primer libro de su Welt als Wille and Vorstellung —año de 1819— formula esta
declaración que lo hace acreedor a la imperecedera perplejidad de todos los hombres: “El mundo es
mi representación. El hombre que confiesa esta verdad sabe claramente que no conoce un sol ni una
tierra, sino tan sólo unos ojos que ven un sol y una mano que siente el contacto de una tierra.” Es
decir, para el idealista Schopenhauer los ojos y la mano del hombre son menos ilusorios o
aparenciales que la tierra y el sol. En 1844, publica un tomo complementario. En su primer capítulo
redescubre y agrava el antiguo error: define el universo como un fenómeno cerebral y distingue “el
mundo en la cabeza” del “mundo fuera de la cabeza”. Berkeley, sin embargo, le había hecho decir a
Philonous en 1713: “El cerebro de que hablas, siendo una cosa sensible, sólo puede existir en la
mente. Yo querría saber si te parece razonable la conjetura de que una idea o cosa en la mente ocasiona todas las otras. Si contestas que sí, ¿cómo explicarás el origen de esa idea primaria o cerebro?”.
Al dualismo o cerebrísmo de Schopenhauer, también es justo contraponer el monismo de Spiller.
Éste (The Mind of Man, capítulo VIII, 1902) arguye que la retina y la superficie cutánea invocadas
para explicar lo visual y lo táctil son, a su vez, dos sistemas táctiles y visuales y que el aposento que
vemos (el “objetivo”) no es mayor que el imaginado (el “cerebral”) y no lo contiene, ya que se trata
de dos sistemas visuales independientes. Berkeley (Principles of Human Knowledge, 10 y 116) negó
asimismo las cualidades primarias —la solidez y la extensión de las cosas— y el espacio absoluto.
Berkeley afirmó la existencia continua de los objetos, ya que cuando algún individuo no los percibe,
Dios los percibe; Hume, con más lógica, la niega (Treatise of Human Nature, I, 4, 2); Berkeley afirmó
la identidad personal, “pues yo no meramente soy mis ideas, sino otra cosa: un principio activo y

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

pensante” (Dialogues, 3); Hume, el escéptico, la refuta y hace de cada hombre “una colección o
atadura de percepciones, que se suceden unas a otras con inconcebible rapidez” (obra citada, I, 4, 6).
Ambos afirman el tiempo: para Berkeley, es “la sucesión de ideas que fluye uniformemente y de la
que todos los seres participan” (Principles of Human Knowledge, 98); para Hume, “una sucesión de
momentos indivisibles” (obra citada, I, 2, 2).
He acumulado transcripciones de los apologistas del idealismo, he prodigado sus pasajes canónicos,
he sido iterativo y explícito, he censurado a Schopenhauer (no sin ingratitud), para que mi lector vaya
penetrando en ese inestable mundo mental. Un mundo de impresiones evanescentes; un mundo sin
materia ni espíritu, ni objetivo ni subjetivo; un mundo sin la arquitectura ideal del espacio; un mundo
hecho de tiempo, del absoluto tiempo uniforme de los Principia; un laberinto infatigable, un caos, un
sueño. A esa casi perfecta disgregación llegó David Hume.
Admitido el argumento idealista, entiendo que es posible —tal vez, inevitable— ir más lejos. Para
Hume no es lícito hablar de la forma de la luna o de su color; la forma y el color son la luna; tampoco
puede hablarse de las percepciones de la mente, ya que la mente no es otra cosa que una serie de
percepciones. El pienso, luego soy cartesiano queda invalidado; decir pienso es postular el yo, es una
petición de principio; Lichtenberg, en el siglo XVIII, propuso que en lugar de pienso, dijéramos impersonalmente piensa, como quien dice truena o relampaguea. Lo repito: no hay detrás de las caras un
yo secreto, que gobierna los actos y que recibe las impresiones; somos únicamente la serie de esos
actos imaginarios y de esas impresiones errantes. ¿La serie? Negados el espíritu y la materia, que son
continuidades, negado también el espacio, no se qué derecho tenemos a esa continuidad que es el
tiempo. Imaginemos un presente cualquiera. En una de las noches del Misisipí, Huckleberry Finn se
despierta; la balsa, perdida en la tiniebla parcial, prosigue río abajo; hace tal vez un poco de frío.
Huckleberry Finn reconoce el manso ruido infatigable del agua; abre con negligencia los ojos; ve un
vago número de estrellas, ve una raya indistinta que son los árboles; luego, se hunde en el sueño
inmemorable como en un agua oscura. [1] La metafísica idealista declara que añadir a esas
percepciones una sustancia material (el objeto) y una sustancia espiritual (el sujeto) es aventurado e
inútil; yo afirmo que no menos ilógico es pensar que son términos de una serie cuyo principio es tan
inconcebible como su fin. Agregar al río y a la ribera percibidos por Huck la noción de otro río
sustantivo de otra ribera, agregar otra percepción a esa red inmediata de percepciones, es, para el
idealismo, injustificable; para mí, no es menos injustificable agregar una precisión cronológica: el
hecho, por ejemplo, de que lo anterior ocurrió la noche del 7 de junio de 1849, entre las cuatro y diez
y las cuatro y once. Dicho sea con otras palabras: niego, con argimientos del idealismo, la vasta serie
temporal que el idealismo admite. Hume ha negado la existencia de un espacio absoluto, en el que
tiene su lugar cada cosa; yo, la de un solo tiempo, en el que se eslabonan todos los hechos. Negar la
coexistencia no es menos arduo que negar la sucesión.
Niego, en un húmero elevado de casos, lo sucesivo; niego, en un numero elevado de casos, lo
contemporáneo también. El amante que piensa Mientras yo estaba tan feliz, pensando en la fidelidad
de mi amor, ella me engañaba, se engaña: si cada estado que vivimos es absoluto, esa felicidad no
fue contemporánea de esa traición; el descubrimiento de esa traición es un estado más, inapto para
modificar a los “anteriores”, aunque no a su recuerdo. La desventura de hoy no es más real que la
dicha pretérita. Busco un ejemplo más concreto. A principios de agosto de 1824, el capitán Isidoro
Suárez, a la cabeza de un escuadrón de Húsares del Perú, decidió la victoria de Junín; a principios de
agosto de 1824, De Quincey publicó una diatriba contra Wilhelm Meisters Lehrjahre; tales hechos no
fueron contemporáneos (ahora lo son), ya que los dos hombres murieron, aquél en la ciudad de
Montevideo, éste en Edimburgo, sin saber nada el uno del otro... Cada instante es autónomo. Ni la
venganza ni el perdón ni las cárceles ni siquiera el olvido pueden modificar el invulnerable pasado.
No menos vanos me parecen la esperanza y el miedo, que siempre se refieren a hechos futuros; es
decir, a hechos que no nos ocurrirán a nosotros, que somos el minucioso presente. Me dicen que el

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

presente, el specious present de los psicólogos, dura entre unos segundos y una minúscula fracción
de segundo; eso dura la historia del universo. Mejor dicho, no hay esa historia, como no hay la vida
de un hombre, ni siquiera una de sus noches; cada momento que vivimos existe, no su imaginario
conjunto. El universo, la suma de todos los hechos, es una colección no menos ideal que la de todos
los caballos con que Shakespeare soñó —¿uno, muchos, ninguno?— entre 1592 y 1594. Agrego: si el
tiempo es un proceso mental ¿cómo pueden compartirlo millares de hombres, o aun dos hombres
distintos?
El argumento de los párrafos anteriores, interrumpido y como entorpecido de ejemplos, puede
parecer intrincado. Busco un método más directo. Consideremos una vicia en cuyo decurso las
repeticiones abundan: la mía, verbigracia. No paso ante la Recoleta sin recordar que están
sepultados ahí mi padre, mis abuelos y trasabuelos, como yo lo estaré; luego recuerdo ya haber
recordado lo mismo, ya innumerables veces; no puedo caminar por los arrabales en la soledad de la
noche, sin pensar que ésta nos agracia porque suprime los ociosos detalles, como el recuerdo; no
puedo lamentar la perdición de un amor o de una amistad sin meditar que sólo se pierde lo que
realmente no se ha tenido; cada vez que atravieso una de las esquinas del sur, pienso en usted,
Helena; cada vez que el aire me trae un olor de eucaliptos, pienso en Adrogué, en mi niñez; cada vez
que recuerdo el fragmento 91 de Heráclito: No bajarás dos veces al mismo río, admiro su destreza
dialéctica, pues la facilidad con que aceptamos el primer sentido (“El río es otro”) nos importe
clandestinamente el segundo (“Soy otro”) y nos concede la ilusión de haberlo inventado; cada ver
que oigo a un germanófilo vituperan el yiddishL, rellexiono que el yiddish es, ante todo, un dialecto
alemán, apenas maculado por el idioma del Espíritu Santo. Esas tautologías (y otras que callo) son mi
vida entera. Naturalmente, se repiten sin precisión; hay diferencias de énfasis, de temperatura, de
luz, de estado fisiológico general. Sospecho, sin embargo, que el número de variaciones
circunstanciales no es infinito: podemos postular, en la mente de un individuo (o de dos individuos
que se ignoran, pero en quienes se opera el mismo proceso), dos momentos iguales. Postulada esa
igualdad, cabe preguntar: Esos idénticos momentos ¿no son el mismo? ¿No basta un salo término
repetido para desbaratar y confundir la serie del tiempo? ¿Los fervorosos que se entregan a una línea
de Shakespeare no son, literalmente, Shakespeare?
Ignoro, aún, la ética del sistema que he bosquejado. No sé si existe. El quinto párrafo del cuarto
capítulo del tratado Sanhedrín de la Mishnah declara que, para la justicia de Dios, el que mata a un
solo hombre, destruye el mundo; si no hay pluralidad, el que aniquilara a todos los hombres no sería
más culpable que el primitivo y solitario Caín, lo cual es ortodoxo, ni más universal en la destrucción,
lo que puede ser mágico. Yo entiendo que así es. Las ruidosas catástrofes generales —incendios,
guerras, epidemias— son un solo dolor, ilusoriamente multiplicado en muchos espejos. Así lo juzga
Bernard Shaw (Guide to Socialism, 86) : “Lo que tú puedes padecer es lo máximo que pueda
padecerse en la tierra. Si mueres de inanición sufrirás toda la inanición que ha habido o que habrá. Si
diez mil personas mueren contigo, su participación en tu suerte no hará que tengas diez mil veces
más hambre ni multiplicará por diez mil el tiempo en que agonices. No te dejes abrumar por la
horrenda suma de los padecimientos humanos; la tal suma no existe. Ni la pobreza ni el dolor son
acumulables”. Cf. también The Problem of Pain, VII, de C. S. Lewis.
Lucrecio (De rerum natura, I, 830) atribuye a Anaxágoras la doctrina de que el oro consta de
partículas de oro; el fuego, de chispas; el hueso, de huesitos imperceptibles. Josiah Royce, tal vez
influido por San Agustín, juzga que el tiempo está hecho de tiempo y que “todo presente en el que
algo ocurre es también una sucesión” (The World and the Individual, II, 139). Esa proposición es
compatible con la de este trabajo.
II

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

Todo lenguaje es de índole sucesiva; no es hábil para razonar lo eterno, lo intemporal. Quienes hayan
seguido con desagrado la argumentación anterior, preferirían tal vez esta página de 1928. La he
mencionado ya; se trata del relato que se titula Sentirse en muerte:
“Deseo registrar aquí una experiencia que tuve hace unas noches: fruslería demasiado evanescente y
extática para que la llame aventura; demasiado irrazonable y sentimental para pensamiento. Se trata
de una escena y de su palabra: palabra ya antedicha por mí, pero no vivida hasta entonces con
entera dedicación. Paso a historiarla, con los accidentes de tiempo y de lugar que la declararon.
Lo rememoro así. La tarde que precedió a esa noche, estuve en Barracas: localidad no visitada por mi
costumbre, y cuya distancia de las que después recorrí, ya dio un sabor extraño a ese día. Su noche
no tenía destino alguno; como era serena, salí a caminar y recordar, después de comer. No quise
determinarle rumbo a esa caminata; procuré una máxima latitud de probabilidades para no cansar la
expectativa con la obligatoria antevisión de una sola de ellas. Realicé en la mala medida de lo posible,
eso que llaman caminar al azar; acepté, sin otro consciente prejuicio que el de soslayar las avenidas o
calles anchas, las más oscuras invitaciones de la casualidad. Con todo, una suerte de gravitación
familiar me alejó hacia unos barrios, de cuyo nombre quiero siempre acordarme y que dictan
reverencia a mi pecho. No quiero significar así el barrio mío, el preciso ámbito de la infancia, sino sus
todavía misteriosas inmediaciones: confín que he poseído entero en palabras y poco en realidad,
vecino y mitológico a un tiempo. El revés de lo conocido, su espalda, son para mí esas calles
penúltimas, casi tan efectivamente ignoradas como el soterrado cimiento de nuestra casa o nuestro
invisíble esqueleto. La marcha me dejó en una esquina. Aspiré noche, en asueto serenísimo de
pensar. La visión, nada complicada por cierto, parecía simplificada por mi cansancio. La irrealizaba su
misma tipicidad. La calle era de casas bajas y aunque su primera significación fuera de pobreza, la
segunda era ciertamente de dicha. Era de lo más pobre y de lo más lindo. Ninguna casa se animaba a
la calle; la higuera oscurecía sobre la ochava; los portoncitos —más altos que las líneas estiradas de
las paredes— parecían obrados en la misma sustancia infinita de la noche. La vereda era escarpada
sobre la calle, la calle era de barro elemental, barro de América no conquistado aún. Al fondo, el
callejón, ya pampeano, se desmoronaba hacia el Maldonado. Sobre la tierra turbia y caótica, una
tapia rosada parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz íntima. No habrá manera de nombrar
la ternura mejor que ese rosado.
Me quedé mirando esa sencillez. Pensé, con seguridad en voz alta: Esto es lo mismo de hace treinta
años... Conjeturé esa fecha: época reciente en otros países, pero ya remota en este cambiadizo lado
del mundo. Tal vez cantaba un pájaro y sentí por él un cariño chico, de tamaño de pájaro; pero lo
más seguro es que en ese ya vertiginoso silencio no hubo más ruido que el también intemporal de los
grillos. El fácil pensamiento Estoy en mil ochocientos y tantos dejó de ser unas cuantas aproximativas
palabras y se profundizó a realidad. Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo;
indefinido temor imbuido de ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí; no, haber
remontado las presuntivas aguas del Tiempo; más bien me sospeché poseedor del sentido reticente
o ausente de la inconcebible palabra eternidad. Sólo después alcancé a definir esa imaginación.
La escribo, ahora, así: Esa pura representación de hechos homogéneos —noche en serenidad,
parecita límpida, olor provinciano de la madreselva, barro fundamental— no es meramente idéntica
a la que hubo en esa esquina hace tantos años; es, sin parecidos ni repeticiones, la misma. El tiempo,
si podemos intuir esa dentidad, es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de
su aparente ayer y otro de su aparente hoy, basta para desintegrarlo.
Es evidente que el número de tales momentos humanos no es infinito. Los elementales —los de
sufrimiento físico y goce físico, los de acercamiento del sueño, los de la audición de una sola música,
los de mucha intensidad o mucho desgano— son más impersonales aún. Derivo de antemano esta

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CONCEPTOS Y PROBLEMAS EN LA HISTORIA

conclusión: la vida es demasiado pobre para no ser también inmortal. Pero ni siquiera tenemos la
seguridad de nuestra pobreza, puesto que el tiempo, fácilmente refutable en lo sensitivo, no lo es
también en lo intelectual, de cuya esencia parece inseparable el concepto de sucesión. Quede pues
en anécdota emocional la vislumbrada idea y en la confesa irresolución de esta hoja el momento
verdadero de éxtasis y la insinuación posible de eternidad dee que esa noche no me fue avara”.
B
De las muchas doctrinas que la historia de la lilosofía registra, tal vez el idealismo es la más antigua y
la más divulgada. La observación es de Carlyle (Novalis, 1829); a los filósofos que alega cabe añadir,
sin esperanza de integrar el infinito censo, los platónicos, para quienes lo único real son los
prototipos (Norris, Judas, Abrabanel, Gemisto, Plotino), los teólogos, para quienes es contingente
todo lo que no es la divinidad (Malebranche, Johannes Eckhart), los monistas, que hacen del universo
un ocioso adjetivo de lo Absoluto (Bradley, Hegel, Parménides)... El idealismo es tan antiguo como la
inquietud metafísica: su apologista más agudo, George Berkeley, floreció en el siglo XVIII;
contrariamente a lo que Schopernhauer declara (Welt als Wille und Vorstellung, II, 1), su mérito no
pudo consistir en la intuición de esa doctrina sino en los argumentos que ideó para razonarla.
Berkeley usó de esos argumentos contra la noción de materia; Hume los aplicó a la conciencia; mi
propósito es aplicarlos al tiempo. Antes recapitularé brevemente las diversas etapas de esa
dialéctica.
Berkeley negó la materia. Ello no significa, entiéndase bien, que negó los colores, los olores, los
sabores, los sonidos y los contactos; lo que negó fue que, además de esas percepciones, que
componen el mundo externo, hubiera dolores que nadie siente, colores que nadie ve, formas que
nadie toca. Razonó que agregar una materia a las percepciones es agregar al mundo un inconcebible
mundo superfluo. Creyó en el mundo aparencial que urden los sentidos, pero entendió que el mundo
material (digamos, el de Toland) es una duplicación ilusoria. Observó (Principles of Hurnan
KnowIedge, 3): “Todos admitirán que ni nuestros pensamientos ni nuestras pasiones ni las ideas
formadas por nuestra imaginación existen sin la mente. No menos claro es para mí que las diversas
sensaciones o ideas impresas en los sentidos, de cualquier modo que se combinen (id, est, cualquiera
sea el objeto que formen), no pueden existir sino en alguna mente que las perciba... Afirmo que esta
mesa existe; es decir, la veo y la toco. Si, al haber dejado esta habitación, afirmo lo mismo, sólo
quiero manifestar que si yo estuviera, aquí la percibiría, o que la percibe algún otro espíritu... Hablar
de la existencia absoluta de cosas inanimadas, sin relación al hecho de si las perciben o no, es para mí
insensato. Su esse es percipi; no es posible que existan fuera de las mentes que las perciben”. En el
párrafo 23 agregó, previniendo objeciones: “Pero, se dirá, nada es más fácil que imaginar árboles en
un parque o libros en una biblioteca, y nadie cerca de ellos que los percibe. En efecto, nada es más
fácil. Pero, os pregunto, ¿qué habéis hecho sino formar en la mente algunas ideas que llamáis libros o
árboles y omitir al mismo tiempo la idea de alguien que las percibe? Vosotros, mientras tanto, ¿no
las pensábais? No niego que la mente sea capaz de imaginar ideas; niego que las ideas pueden existir
fuera de la mente”. En el párrafo 6 ya había declarado: “Hay verdades tan claras que para verlas nos
basta abrir los ojos. Tal es la importante verdad: Todo el coro del cielo y los aditamentos de la tierra
—todos los cuerpos que componen la enorme fábrica del universo— no existen fuera de una mente;
no tienen otro ser que ser percibidos; no existen cuando no los pensamos, o sólo existen en la mente
de un Espíritu Eterno”. (El dios de Berkeley es un ubicuo espectador cuyo fin es dar coherencia al
mundo.)
La doctrina que acabo de exponer ha sido interpretada perversalmente. Herbert Spencer cree
refutarla (Principles of Psychology, VIII, 6), razonando que si nada hay fuera de la conciencia, ésta
debe ser infinita en el tiempo y en el espacio. Lo primero es cierto si comprendemos que todo
tiempo es tiempo percibido por alguien, erróneo si inferimos que ese tiempo debe, necesariamente,

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abarcar un número infinito de siglos; lo segundo es ilícito, ya que Berkeley (Principles of Human
Knowledge, 116; Siris, 266) repetidamente negó el espacio absoluto. Aun más indescifrable es el
error en que Schopennhauer incurre (Welt als Wille und Vorstellung, II, 1), al enseñar que para los
idealistas el mundo es un fenómeno cerebral: Berkeley, sin embargo, había escrito (Dialogues
Between Hylas and Philonus, II) : “El cerebro, como cosa sensible, sólo puede existir en la mente. Yo
querría saber si juzgas razonable la conjetura de que una idea o cosa en la mente ocasione todas las
otras. Si contestas que sí, ¿cómo explicarás el origen de esa idea primaria o cerebro?”. El cerebro,
efectivamente, no es menos una parte del mundo externo que la constelación del Centauro.
Berkeley negó que hubiera un objeto detrás de las impresiones de los sentidos; David Hume, que
hubiera un sujeto detrás de la percepción de los cambios. Aquél había negado la materia, éste negó
el espíritu: aquél no hahía querido que agregáramos a la sucesión de impresiones la noción
metafísica de materia, este no quiso que agregáramos a la sucesión de estados mentales la noción
metafísica de un yo. Tan lógica es esa ampliación de los argumentos de Berkeley que éste ya la había
previsto, como Alexander Campbell Fraser hace notar, y hasta procuró recusarla mediante el ergo
sum cartesiano. “Si tus principios son valederos, tú mismo no eres más que un sistema de ideas fluctuantes, no sostenidas por ninguna sustancia, ya que tan absurdo es hablar de sustancia espiritual
como de sustancia material”, razona Hylas, anticipándose a David Hume, en el tercero y último de los
Dialogues. Corrobora Hume, (Treatise of Human Nature, I, 4, 6): “Somos una colección o conjunto de
percepciones, que se suceden unas a otras con inconcebible rapidez... La mente es una especie de
teatro, donde las percepciones aparecen, desaparecen, vuelven y se combinan de infinitas maneras.
La metáfora no debe engañarnos. Las percepciones constituyen la mente y no podemos vislumbrar
en qué sitio ocurren las escenas ni de qué materiales está hecho el teatro”.
Admitido el argumento idealista, entiendo que es posible —tal vez, inevitable— ir más lejos. Para
Berkeley, el tiempo es “la sucesión de ideas que fluye uniformemente y de la que todos los seres
participan” (Principles of Human Knowledge, 98); para Hume, “una sucesión de momentos
indivisibles” (Treatise of Human Nature, I, 2, 3). Sin embargo, negadas la materia y el espíritu, que
son continuidades, negado también el espacio, no sé con qué derecho retendremos esa continuidad
que es el tiempo. Fuera de cada percepción (actual o conjetural) no existe la materia; fuera de cada
estado mental no existe el espíritu; tampoco el tiempo existirá fuera de cada instante presente.
Elijamos un momento de máxima simplicidad: verbigracia, el del sueño de Chuang “Tzu (Herbert
Allen Giles: Chuang Tzu, 1889). Éste, hará unos veinticuatro siglos, soñó que era una mariposa y no
sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora
soñaba ser un hombre. No consideremos el despertar, consideremos el momento del sueño; o uno
de los momentos. “Soñé que era una mariposa que andaba por el aire y que nada sabía de Chuang
Tzu”, dice el antiguo texto. Nunca sabremos si Chuang Tzu vio un jardín sobre el que le parecía volar
o un móvil triángulo amarillo, que sin duda era él, pero nos consta que la imagen fue subjetiva,
aunque la suministró la memoria. La doctrina del paralelismo psicofísico juzgará que a esa imagen
debió de corresponder algún cambio en el sistema nervioso del soñador; según Berkeley, no existía
en aquel momento el cuerpo de Chuang Tzu, ni el negro dormitorio en que soñaba, salvo como una
percepción en la mente divina. Hume simplifica aun más lo ocurrida. Según él, no existía en aquel
momento el espíritu de Chuang Tzu; sólo existían los colores del sueño y la certidumbre de ser una
mariposa. Existía como término momentáneo de la “colección o conjunto de percepciones” que fue,
unos cuatro siglos antes de Cristo, la mente de Chuang Tzu; existían como término n de una infinita
serie temporal, entre n — I y n + I. No hay otra realidad, para el idealismo, que la de los procesos
mentales; agregar a la mariposa que se percibe una mariposa objetiva le parece una vana
duplicación; agregar a los procesos un yo le parece no menos exorbitante. Juzga que hubo un soñar,
un percibir, pero no un soñador ni siquiera un sueño; juzga que hablar de objetos y de sujetos es
incurrir en una impura mitología. Ahora bien, si cada estado psíquico es suficiente, si vincularlo a una
circunstancia o a un yo es una ilícita y ociosa adición, ¿con qué derecho le impondremos después, un

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lugar en el tiempo? Chuang Tzu soñó que era una mariposa y durante aquel sueño no era Chuang
Tzu, era una mariposa. ¿Cómo, abolidos el espacio y el yo, vincularemos esos instantes a los del
despertar y a la época feudal de la historia china? Ello no quiere decir que nunca sabremos, siquiera
de manera aproximativa, la fecha de aquel sueño; quiere decir que la fijación cronológica de un
suceso, de cualquier suceso del orbe, es ajena a él, y exterior. En la China, el sueño de Chuang Tzu es
proverbial; imaginemos que de sus casi infinitos lectores, uno sueña que es una mariposa y luego que
es Chuang Tzu. Imaginemos que, por un azar no imposible, este sueño repite puntualmente el que
soñó el maestro. Postulada esa igualdad, cabe preguntar: Esos instantes que coinciden ¿no son el
mismo? ¿No basta un solo término repetido para desbaratar y confundir la historia del mundo, para
denunciar que no hay tal historia?
Negar el tiempo es dos negaciones: negar la sucesión de los términos de una serie, negar el
sincronismo de los términos de dos series. En efecto, si cada término es absoluto, sus relaciones se
reducen a la conciencia de que esas relaciones existen. Un estado precede a otro si se sabe anterior;
un estado de G es contemporáneo de un estado de H si se sabe contemporáneo. Contrariamente a lo
declarado por Schopenhauer[2] en su tabla de verdades fundamentales (Welt als Wille and
Vorstellung, II, 4), cada fracción de tiempo no llena simultáneamente el espacio entero, el tiempo no
es ubicuo. (Claro está que, a esta altura del argumento, ya no existe el espacio.)
Meinong, en su teoría de la aprehensión, admite la de objetos imaginarios: la cuarta dimensión,
digamos, o la estatua sensible de Condillac o el animal hipotético de Lotze o la raíz cuadrada de — I.
Si las razones que he indicado son válidas, a ese orbe nebuloso pertenecen también la materia, el yo,
el mundo externo, la historia universal, nuestras vidas.
Por lo demás, la frase negación del tiempo es ambigua. Puede significar la eternidad de Platón o de
Boecio y también los dilemas de Sexto Empírico. Éste (Adversus mathematicos, XI, 197) niega el
pasado, que ya fue, y el futuro, que no es aún, y arguye que el presente es divisible o indivisible. No
es indivisible, pues en tal caso no tendría principio que lo vinculara al pasado ni fin que lo vinculara al
futuro, ni siquiera medio, porque no tiene medio lo que carece de principio y de fin; tampoco es
divisible, pues en tal caso constaría de una parte que fue y de otra que no es. Ergo, no existe, pero
como tampoco existen el pasado y el porvenir, el tiempo no existe. F. H. Bradley redescubre y mejora
esa perplejidad. Observa (Appearance and Reality, IV) que si el ahora es divisible en otros ahoras, no
es menos complicado que el tiempo, y si es indivisible, el tiempo es una mera relación entre cosas
intemporales. Tales razonamientos, como se ve, niegan las partes para luego negar el todo; yo
rechazo el todo para exaltar cada una de las partes. Por la dialéctica de Berkeley y de Hume he
arribado al dictamen de Schopenhauer: “La forma de la aparición de la voluntad es sólo el presente,
no el pasado ni el porvenir; éstos no existen más que para el concepto y por el encadenamiento de la
conciencia, sometida al principio de razón. Nadie ha vivido en el pasado, nadie vivirá en el futuro: el
presente es la forma de toda vida, es una posesión que ningún mal puede arrebatarle... El tiempo es
como un círculo que girara infinitamente: el arco que desciende es el pasado, el que asciende es el
porvenir; arriba, hay un punto indivisible que toca la tangente y es el ahora. Inmóvil como la
tangente, ese inextenso punto marca el contacto del objeto, cuya forma es el tiempo, con el sujeto,
que carece de forma, porque no pertenece a lo conocible y es previa condición del conocimiento”
(Welt als Wille und Vorstellung, I, 54). Un tratado budista del siglo V, el Visuddhimagga (Camino de la
Pureza), ilustra la misma doctrina con la misma figura: “En rigor, la vida de un ser dura lo que una
idea. Como una rueda de carruaje, al rodar, toca la tierra en un solo punto, dura la vida lo que dura
una sola idea” (Radhakrishman: Indian Philosophy, I, 373). Otros textos budístas dicen que el mundo
se aniquila y resurge seis mil quinientos millones de veces por día y que todo hombre es una ilusión,
vertiginosamente obrada por una serie de hombres momentáneos y solos. “El hombre de un
momento pretérito —nos advierte el Camino de la pureza— ha vivido, pero no vive ni vivirá; el
hombre de un momento futuro vivirá, pero no ha vivido ni vive; el hombre del momento presente

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vive, pero no ha vivido ni vivirá” (obra citada, I, 407), dictamen que podemos comparar con éste de
Plutarco (De E apud Delphos, 18): “El hombre de ayer ha muerto en el de hoy, el de hoy muere en el
de mañana.”
And yet, and yet... Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son
desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de
Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque
es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me
arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me
consume, pero yo soy el fuego. El 'mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy
Borges.
Freund, es ist auch genug. Im Fall du mehr willst lesen,
So geh und werde selbst die Schrift und selbst das Wesen.
(Angelus Silesius: Cherubinischer Wandersmann, VI, 263. 1675).
[1] Para facilidad del lector he elegido un instante entre dos sueños, un instante literario, no
histórico. Si alguien sospecha una falacia, puede intercalar otro ejemplo; de su vida, si quiere.
[2] Antes, por Newton, que afirmó: “Cada partícula de espacio es eterna, cada indivisible momento
de duración está en todas partes,, (Principia, III, 42).

JOSE HERNANDEZ: MARTIN FIERRO
CAPITULO XXX. LA VUELTA DE MARTIN FIERRO (1879)
CONTRAPUNTO DE MARTIN FIERRO Y EL MORENO
EL MORENO
Si responde a esta pregunta
téngase por vencedor
doy la derecha al mejor,
y respóndame al momento:

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¿cuándo formó Dios el tiempo
y por qué lo dividió?
MARTÍN FIERRO
Moreno, voy a decir,
sigún mi saber alcanza:
el tiempo sólo es tardanza
de lo que está por venir;
no tuvo nunca principio
ni jamás acabará,
porque el tiempo es una rueda,
y rueda es eternidá.
Y si el hombre lo divide,
sólo lo hace, en mi sentir,
por saber lo que ha vivido
o le resta que vivir.

JOSÉ LARRALDE
DETRÁS DEL TIEMPO
Cuando la tarde, incendia otra hoja del calendario
llueve el silencio sobre mis año
camino solo, detrás del tiempo por el espacio
sin conocerme, como me extraño
no si aire el nota el perfume de los agravio
de la inocencia, del desengaño
no sé si el clima de la esperanza se pone agrio
no sé, y para qué.
Alguna vez, con la mente patiando cascotes
y un chiflido como para parar de apuro
algún pedazo de conciencia que anda suelto por ahí
y que a veces se quiere escapar de adentro de uno
a buscar no sé qué adentro de los demás
alguna vez decía, cuando los cascotes
que patiaba era mis propia porquería
y el chiflido era el ángel que trataba de sacarme
a los tirones de ese pantano negro que los hombres llamamos incertidumbre
Entre chiflido y "tari rari"
canté estos versos.
Cuando la vida, festeja el modo de los calvarios
las sombras ruedan, los ojos llantos
penetro al mundo de los pequeños abecedario
donde las sienes no duelen tanto
muero despacio mi vieja muerte me está esperando
desde aquel día del primer llanto
tal vez mañana me ría de todo lo que he llorado
no sé, y para qué.
http://www.youtube.com/watch?v=cQwPyzh74ic

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