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Relaciones Revista de El colegio de Michoacán

El Colegio de Michoacán
realciones@colmich.edu.mx
ISSN: 0185-3929
México
2003
Phil Weigand
UNA CONSIDERACIÓN DE LOS UMBRALES ETNOGRÁFICOS Y LAS ENFERMEDADES EPIDÉMICAS EN EL
NUEVO MUNDO: UN ESTUDIO DE CASO DE LA EXPEDICIÓN DE VERRAZZANO EN 1523
Relaciones, verano, año/vol. 24, número 095
Colegio de Michoacán
Zamora, México
pp. 235-266

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NA CONSIDERACIÓN DE LOS UMBRALES
ETNOGRÁFICOS Y LAS ENFERMEDADES
EPIDÉMICAS EN EL NUEVO MUNDO:
UN ESTUDIO DE CASO DE LA EXPEDICIÓN
DE VERRAZZANO EN 1523
Phil C. Weigand*
EL COLEGIO DE MICHOACÁN
INTRODUCCIÓN
Cuando los primeros homo sapiens cruzaron de Siberia a Alaska para
aparecer en el Nuevo Mundo, hace alrededor de 20 000 y 12 000 años,
viajaron en grupos pequeños a través de los paisajes Ártico y sub-Árti-
co. Es muy probable que esta travesía eliminara a la mayoría de las en-
U
En su aspecto temporal, los umbrales etnográficos en el Nuevo Mun-
do suelen fijarse en el momento del primer contacto de europeos con
los nativos americanos. En algunas situaciones este marco permite es-
tablecer una línea adecuada. Empero, en otras, la línea es distorsiona-
da por los efectos de “la gran frontera” de McNeil: las consecuencias
del contacto que suelen anteceder a la presencia física de los euro-
peos; efectos reflejados en la extensión de la “frontera de enferme-
dad” que precede al contacto físico y en los efectos secundarios de la
conquista, como el colapso de patrones de intercambio. Se analizan
estos puntos mediante un estudio de caso que combina arqueología
con etnohistoria, con base en el explorador italiano, Verrazzano, y las
visitas de su expedición al área de Long Island.
Epidemias, umbrales etnográficos, “la gran frontera”, Verrazzano,
Long Island (Nueva York).
* wisarika@aol.com El presente estudio no hubiera sido posible sin discusiones con
la comunidad de antropólogos, arqueólogos e historiadores de Long Island. Mis conver-
saciones con Lynn Ceci y Bert Salwen siempre fueron estimulantes. La colaboración de
Edward Johannemann, Laurei Schroeder, Robert Kalin, Gretchen Gwynne, Geraldine Ed-
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mesticación de animales en el Viejo Mundo ocurrieron después de las
principales migraciones al Nuevo Mundo y, ya que los experimentos se-
mejantes en el Nuevo Mundo fueron claramente más modestos que los
del Viejo Mundo, las coinfecciones –o el desarrollo simbiótico de comu-
nidades de enfermedad– también fueron de menor escala (Weigand
2000).
Así, durante al menos 10 000 a 20 000 años en el Nuevo Mundo, los
humanos vivieron sin encontrar estas enfermedades y, por lo tanto, per-
dieron –o jamás tuvieron– los anticuerpos capaces de brindarles alguna
protección. Ya que la “comunidad de enfermedad” del Viejo Mundo
abarcó casi toda Europa, África y Asia (cfr. Ewald 1994; Twigg 1984),
sólo el Nuevo Mundo, Australia (con Tasmania y Nueva Zelanda) y
Oceanía quedaron fuera de sus fronteras. Las últimas migraciones al
Nuevo Mundo –de grupos paleosiberianos usualmente referidos como
“esquimales”– no trajeron consigo la “comunidad de enfermedad” del
Viejo Mundo, como tampoco lo hicieron los migrantes nórdicos de Is-
landia en sus abortados intentos de colonización alrededor del año 1000
d.C. en el área de Terranova (Canadá). En contraste con los esquimales,
es seguro que este último grupo había sido expuesto cuando menos a
parte de dicha “comunidad de enfermedad”, ya que era frecuente el
contacto entre Islandia y algunas áreas del Viejo Mundo. Empero, según
parece, la colonia en Terranova tuvo muy poco contacto sistemático con
los nativos norteamericanos y fueron mínimas las oportunidades de
transmitir enfermedades. Incluso, aunque se hubieran introducido al-
gunas aflicciones entre la población indígena en esta época en Terra-
nova, el alcance demográfico de dicha colonización fue tan efímero y
disperso que un contagio más amplio nunca ocurrió o fue, desde un
principio, muy improbable.
Los indígenas norteamericanos, por lo tanto, crecieron y prospera-
ron en un ambiente aislado de enfermedades. No obstante, cuando se
reanudaron las inevitables migraciones del Viejo Mundo, estas pobla-
ciones se hallaban en una situación de alto riesgo, debido a su propia
condición natural. El llamado “intercambio colombiano” introdujo en
esa población inexperimentada una “comunidad de enfermedad” que
dio lugar a una “pandemia en suelo virgen” (Crosby 1972 y 1976). La
mortalidad que sucedió enseguida del contacto con la población euro-
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fermedades que portaban. En sus orígenes y por lo general, las enferme-
dades humanas dependían de tres factores para conservar su existencia
en sus anfitriones: 1. Regímenes climáticos templados y/o tropicales;
2. Grupos biológicos bastante grandes para sostenerlas (la “masa críti-
ca”); y 3. Una cercana asociación con animales adecuados coinfectados
con varias de las enfermedades, los cuales servían como un tipo de “de-
pósito” (McNeill 1998)
Aunque siguen las dudas respecto de las fechas, e incluso el origen,
de los primeros migrantes (cfr. Dillehay y Meltzer 1991, Meltzer 1993,
Bonnichsen y Turnmire 1999, Dillehay 1997, Chatters 2001), estos deba-
tes no afectan los tres puntos que acabo de mencionar: que los migran-
tes al Nuevo Mundo establecieron comunidades prácticamente libres de
enfermedades, al menos en comparación con las de sus hermanos de las
zonas templadas y tropicales que empezaron a experimentar con la do-
mesticación de animales en el Holoceno temprano y medio. No quiero
sugerir que el Nuevo Mundo era un paraíso sin enfermedad, porque se-
guramente no lo fue. Sólo quiero afirmar que las enfermedades que más
tarde arrasaron en estas latitudes no existían allí con anterioridad; una
ausencia que es explicada por la ausencia de una “comunidad de enferme-
dad” compuesta de humanos y animales domesticados (Weigand 2000).
En otras palabras, cuando se concluyó la larga y paulatina serie de
migraciones mediante las cuales los primeros humanos llegaron al Nue-
vo Mundo, la ausencia de climas apropiados, de una “masa crítica” bio-
lógica y de animales coinfectados había dejado a esos grupos aislados
de la mayoría de los padecimientos del Viejo Mundo. Además, es muy
probable que la mayoría de las aflicciones más potentes de ese grupo
aún no habían entrado en una relación epidémica con los seres huma-
nos, ni siquiera en el Viejo Mundo. Por ejemplo, McNeill (1998), entre
otros, presenta un caso convincente para el tardío contagio de la peste
entre los humanos. Incluso los más tempranos experimentos con la do-
wards, Elice González, Kent Lightfoot y Gaynell Stone durante breves periodos de traba-
jo de campo en la isla fueron esenciales. Las organizaciones SCAA y LIAP apoyaron mi
trabajo. Por supuesto, las interpretaciones aquí presentadas no son compartidas por to-
dos los individuos mencionados, y cualesquiera errores son responsabilidad del autor
únicamente.
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etnográfico” suele ser definido como la etnografía de un grupo o de un
área sociocultural en sus últimos momentos de existencia antes de en-
trar en contacto con los europeos, pero este concepto no debe confun-
dirse con una supuesta etnografía “prístina”, ya que en toda la historia
del mundo han existido muy pocos escenarios de este tipo. La mayoría
de las poblaciones del Nuevo Mundo existieron en medio de redes siste-
máticas de contacto demográfico, social y cultural con sus vecinos y, por
lo tanto, no pueden ser consideradas como “prístinas” en este sentido.
Ahora bien, los contactos con las poblaciones euroafricanas que co-
menzaron en los siglos xv y XVI fueron de un tipo totalmente distinto.
En cuanto a la introducción de la “comunidad de enfermedad” del Viejo
Mundo, sólo hay contados casos de un contagio directo. Ejemplos de
esto podrían ser el contacto de Cristóbal Colón con los pueblos arawak
y carib, la expedición de Cortés al México central, y la incursión de De
Soto en el sureste de los Estados Unidos. En la mayoría de los casos, sin
embargo, la frontera de enfermedad se extendió más rápido y más lejos
que la situación de contacto “cara-a-cara” entre los nativos norteameri-
canos y las poblaciones euroafricanas. Esto significa que en realidad el
contagio antecedió al contacto directo en sí mismo. Está claro que éste
fue el caso en el occidente de Mesoamérica (Weigand 1993), y probable-
mente en el suroeste (Upham 1982) y sureste de Estados Unidos tam-
bién (Swanton 1985).
Así, cualquier investigación que pretende establecer un umbral et-
nográfico, con el fin de captar la naturaleza de alguna sociedad nativa
norteamericana antes de su contacto con la población euroafricana en
alguna localidad específica, primero debe determinar si el área fue afec-
tada por una “frontera de enfermedad” antes de entrar en la fase de
contacto directo y, segundo, contextualizar la cambiante situación socio-
económica del caso según la importancia de la variable de la “frontera
de enfermedad”.
Por ejemplo, la conquista del México central y la incipiente pande-
mia que apareció allí alteró totalmente el ambiente político y económi-
co del occidente mesoamericano. La región occidental estaba plenamen-
te integrada en rutas comerciales a larga distancia de bienes de estatus
como metales, turquesa y conchas, así como en las rutas de tránsito de
escasos recursos utilitarios, como la obsidiana y el algodón, rutas que
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pea-africana varió de una región a otra, pero algunas zonas sufrieron ín-
dices de 90%, especialmente en las regiones tropicales y subtropicales
(Cook y Borah 1971-73; May 196; McNeill 1982 y 1998). En conjunto, los
primeros siglos después del renovado contacto con el Viejo Mundo ates-
tiguaron los casos de colapso demográfico más extremosos que el mun-
do haya conocido. Los efectos demográficos y sociales de las pandemias
y epidemias sobre las poblaciones del Viejo Mundo están muy bien do-
cumentados en muchos países porque para entonces ya estaban firme-
mente establecidas las tradiciones historiográficas, especialmente en el
continente europeo (véanse, por ejemplo, Horrax 1994; Gottfried 1983;
Herlihy 1997; Platt 1997; Cantor 2002; Bowsky 1981, y Cohn 1992, entre
muchos otros). Empero, los tipos de observación histórica en boga, por
ejemplo, durante las epidemias en Europa no siempre eran conocidos
en el Nuevo Mundo, donde normalmente se registraban sólo las reaccio-
nes europeas a los efectos de las enfermedades, mientras que las de los
nativos norteamericanos brillan por su ausencia o fueron muy escasas.
Al igual que la disparidad tecnológica entre los primeros euroafrica-
nos y los nativos norteamericanos, la adaptación epidemiológica de
aquella población también fue muy superior en el encuentro entre estos
dos mundos. A largo plazo, esta adaptación resultó definitiva y decisi-
va. Las inexperimentadas poblaciones nativas norteamericanas “[…] re-
sultaron vulnerables a la destrucción masiva desde el primer encuentro
con estas infecciones” (McNeill 1982, 16). Además del despoblamiento
del Nuevo Mundo, hay otras consecuencias comunes entre las epide-
mias en suelo virgen: 1. La reestructuración de grupos sociales en forma
de sociedades “compuestas”; 2. La desmoralización, y la consecuente
receptividad a nuevas ideologías; 3. La interrupción de los tradicionales
ciclos estacionales que causa la desnutrición; y 4. Un ciclo de mayor sus-
ceptibilidad debido a los tres puntos anteriores.
Hubo, entonces, una interacción entre factores biológicos y cultura-
les, la retroalimentación entre los cuales generó una situación aun más
grave.
El concepto de la “Gran Frontera”, definido por McNeill (1982), in-
cluye un aspecto que precisa de un minucioso estudio de parte de his-
toriadores y etnógrafos para definir los “umbrales etnográficos” (eth-
nographic base-lines). En los estudios del Nuevo Mundo, el “umbral
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ríos Mississippi y Ohio, los grandes complejos de pirámides, conocidos
como las tradiciones socioculturales Mississipi medio y culto del sur
–que en alguna época habían tenido configuraciones densas, casi
urbanas– estaban abandonados y sus poblaciones desaparecidas. Todo
esto ocurrió hacia finales del siglo XVI; es decir, justo después de la visi-
ta de De Soto.
En todo el oriente de Estados Unidos, los europeos que llegaron más
tarde solían interpretar esta regresión del medio ambiente equivocada-
mente como representativo de una situación “natural”; es decir, se tra-
taba de un lugar con pocos indios pero muchos árboles y venado: un
espacio vacío donde ellos podían desarrollar su propio patrón de asen-
tamiento (cfr. Cronon 1983). Está claro que la variable que explica este
contraste fue la pandemia en suelo virgen introducida por la expedición
de De Soto, una pandemia que creó una “frontera de enfermedad” que
en la mayoría de las zonas antecedió por varias generaciones al contac-
to sostenido con los europeos. Dicha “frontera de enfermedad” nunca
fue postulada para el caso de Long Island, y mucho menos para el pe-
riodo justo anterior a la colonización europea.
El propósito de este estudio, entonces, es fundamentar en la medida
de lo posible, el siguiente argumento, consistente en seis afirmaciones:
1. Que la población indígena norteamericana de Long Island fue bas-
tante más densa que lo que sugieren los primeros documentos colo-
niales;
2. Que los nativos norteamericanos de la isla explotaban casi toda la
variada zona ecológica con creciente intensidad y sofisticación que
incluía varias configuraciones de asentamientos sedentarios basa-
dos en la horticultura, la agricultura y una intensificada explotación
de moluscos, peces, recolección y cacería;
3. Que el aparente (y quizá creciente) desacuerdo entre los datos ar-
queológicos y los análisis etnohistóricos del temprano periodo colo-
nial tiene explicación;
4. Que es probable que en los cien años que transcurrieron entre los
primeros contactos con los europeos y la colonización europea en sí,
las enfermedades epidémicas del Viejo Mundo entraron y “prospe-
raron”;
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colapsaron súbitamente. Además, algunas zonas del oeste habían esta-
do sujetas a ataques y enfrentamientos militares en que los purépechas
y los mexicas culhuas combatieron violentamente a lo largo de buena
parte de su frontera, y la zona transtarasca estuvo sujeta a asaltos siste-
máticos (así como, quizá, a intentos de conquista) desde Michoacán,
etcétera. Sin embargo, estas presiones militares cesaron repentinamente
y, así, las esferas sociopolítica y económica de toda el área fueron afecta-
das por el colapso del México central (Weigand 1993; Weigand y García
de Weigand 1996). Ahora bien, respecto de la tarea de fijar un “umbral
etnográfico”, la tesis de la “Gran Frontera” nos obliga a adoptar una
perspectiva rigurosamente social y no sólo epidemiológica.
EL ESTUDIO DEL CASO DE VERRAZZANO Y LONG ISLAND
Al experimentar el contacto con los europeos, varias áreas del este en lo
que ahora son los Estados Unidos,
1
que alguna vez albergaron grandes
poblaciones con extensos centros ceremoniales y residenciales rodeados
de amplias zonas de tierras de labranza, se revirtieron –en tan solo unas
pocas generaciones– a zonas boscosas mezcladas con sabanas, pobladas
por dispersos asentamientos cuyos habitantes vivían en el nivel de al-
dea. En este respecto, el clásico estudio de Swanson del sureste de Esta-
dos Unidos (1985, primera publicación, 1922), es el caso más sólido que
conocemos. Swanson analizó la complejidad sociopolítica observada en
primera instancia por el explorador español, Hernán de Soto (1539-43),
la comparó con lo que los ingleses, franceses y españoles encontraron
más tarde, y documentó los contrastes en términos dramáticos.
2
Por
ejemplo, en la época en que los franceses exploraron los valles de los
1
La parte oriental de los Estados Unidos es definida comúnmente como el área al
este del río Mississippi. Esta extensa región abarca cuatro subáreas: Nueva Inglaterra, el
noreste, el sureste y el medio oeste.
2
Otros ejemplos de este contraste en el Nuevo Mundo pueden encontrarse en los es-
tudios del Amazonas de Roosevelt (1991), del Occidente de México de Weigand (1993),
del México central y el Caribe de Cook y Borah (1971-73), y de Baja California de Cook
(1937).
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siglo XVII, pues afirma que la ausencia de patrones de vida “complejos”
en el momento en que los europeos establecieron su presencia perma-
nente significa que dichos patrones jamás pudieron haber existido antes.
5
La excepcionalmente bien documentada y estimulante tesis de Lynn
Ceci (1977; publicada después [1990], es el mejor ejemplo del acerca-
miento mencionado para el caso de Long Island. Ceci escogió como su
umbral etnográfico la situación documentada por los colonizadores de
mediados del siglo XVII, y a partir de allí desarrolló un modelo descripti-
vo de la demografía y del patrón de asentamiento norteamericanos en
la época pre-europea. Su modelo no contempla un periodo postcontac-
to/precolonial y, por lo tanto, da poco crédito a los argumentos arqueo-
lógicos a favor de una mayor densidad demográfica y complejidad
sociocultural. Ceci sostiene que entre los nativos norteamericanos el es-
tilo de vida sedentario llegó tarde y como una consecuencia del estímu-
lo comercial con los europeos y el desarrollo de grandes “fábricas” de
wampum (cuentas de conchas usadas ampliamente en el noreste como
un medio de intercambio). Afirma, además, que el suelo era muy pobre
para sostener la agricultura siste-mática y que la poca labranza practi-
cada carecía de importancia. Según esta visión, entonces, la vida indí-
gena tenía su base en buena medida en la recolección estacional, un he-
cho reflejado en el reducido perfil demográfico que los colonizadores
encontraron.
Aunque Ceci ha defendido su argumento con cierta pasión, espe-
cialmente a la luz de las duras críticas de Silver (1980-81), su afirmación
en el sentido de que los nativos norteamericanos de Long Island vivie-
ron un solo periodo de sedentarismo que coincidió con la época de la
colonización requiere un salto de lógica que ni siquiera su propia evi-
dencia sustenta. Los principales puntos del argumento de Ceci son:
1. Vivían pocos nativos norteamericanos en Long Island (3 000-6 000
en toda la isla);
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5. Que la introducción de estas enfermedades y, posiblemente, la pri-
mera fase de la pandemia que afectó el noreste de los Estados Uni-
dos, incluida el área de Nueva Inglaterra, ocurrió de manera inad-
vertida por los hombres de la expedición de Verrazzano
3
que visitó
la ribera norte del Canal de Long Island en 1524. De ser cierto, en-
tonces la bien documentada epidemia que azotó a toda Nueva
Inglaterra en 1617-1619 quizá no fue la primera; y…
6. Que estas circunstancias nos obligan a reconocer un periodo post-
contacto pero precolonización que duró más de cien años (1524-
1640)
4
y, entonces, a reconsiderar el “umbral etnográfico” de la zona.
Tradicionalmente, el umbral etnohistórico y etnográfico presentado
para describir a los nativos norteamericanos de Long Island ha coinci-
dido con la llegada de los primeros colonos europeos. Para 1640, se sabe
que había una clara disensión religiosa en las colonias puritanas en
Nueva Inglaterra, incluidas las del moderno estado de Connecticut. Por
esta razón, en ese mismo año se estableció una colonia en Southold en
Long Island (Higgins 1976; Ceci 1977 y 1990). La ribera norte de esta isla
había sido explorada durante varios años antes de la fundación de esta
colonia, pero los contactos con los nativos norteamericanos que vivían
allí fueron tan escasos y fortuitos que casi no generaron documentación.
Los escasos registros del periodo son más bien de índole geográfica, y
gran parte es de mala calidad, pero está claro que había pasado un siglo
completo entre la expedición de Verrazzano y el umbral etnográfico
establecido para Long Island, y fijado en el año 1640.
Por definición, este supuesto umbral ignora o desdeña totalmente la
posible existencia de patrones demográficos y socioculturales más com-
plejos antes de esa fecha. Además de cometer el error de no reconocer el
periodo postcontacto/precolonial de más de un siglo de duración, hay
una incongruencia lógica implícita en fijar este umbral a mediados del
3
El deletreo del apellido Verrazzano sugerido por Hakluyt (1582) es el que se utiliza
en el presente texto, ya que aparece así en casi todas las fuentes secundarias, aunque su
nombre completo y correcto fue Giovanni da Verazzani.
4
1524 es la fecha de la expedición de Verrazzano a Nueva Inglaterra; 1640 es la fecha
en que se estableció la primera colonia europea en Long Island.
5
Este tipo de razonamiento ha dejado al análisis antropológico e histórico de otras
áreas del Nuevo Mundo en una camisa de fuerza conceptual. Ejemplos son: el occidente
de México (Weigand 1994); el suroeste de los Estados Unidos (Upham 1986, Riley 1982),
y el Amazonas (Roosevelt 1991).
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2. Vivían en un patrón de asentamiento altamente disperso, estacional
y simple;
3. Sus asentamientos no mostraron indicación alguna de la intensifica-
ción ni de jerarquías (como construcciones especializadas);
4. Su sistema social tampoco mostró indicaciones de intensificación ni
de jerarquía;
5. La agricultura jugó un papel modesto (o, quizá, ningún papel), en la
estructura económica y el poco cultivo que había sería mejor
describirlo como horticultura (Ceci 1979 y 1990); y,
6. Los tempranos documentos coloniales brindan evidencia adecuada,
aunque escasa, del contexto demográfico de los sistemas sociocultu-
rales que reportan.
El punto que quiero establecer aquí no es que la descripción que
Ceci presenta de la situación a mediados del siglo XVII sea incorrecta, al
contrario, su retrato es muy atinado para ese periodo. Sin embargo, apli-
car estos argumentos acríticamente al periodo precontacto es otro asun-
to, ya que respecto de este periodo contamos con dos fuentes de evi-
dencia: la narrativa de Verrazzano y la base de datos arqueológicos, los
cuales sugieren claramente que las proyecciones de Ceci deben modifi-
carse dramática y sustancialmente.
Primero, sin embargo, sería bueno contar con cierta contextualiza-
ción de la arqueología pre-europea de Long Island. Las escuetas ver-
siones “estándares” de los pueblos indígenas de Long Island y sus
relaciones regionales en los periodos arqueológicos precolonial y tem-
prano histórico, y en el contexto del sur de Nueva Inglaterra y el Estre-
cho de Long Island (véase la figura 1), siguen siendo los que fueron pu-
blicadas en el Handbook of North American Indians (vol. 15, 1978: Salwen,
pp. 160-176; Conkey, Boissevain y Goddard, pp. 177-189; y Simmons,
pp. 190-197), pero estas descripciones arqueológicas son muy viejas y
una serie de proyectos más recientes, especialmente en el condado de
Suffolk
6
y la parte sur de Nueva Inglaterra, hacen necesario reexaminar
sus interpretaciones. Una nueva serie de monografías y otros artículos
publicados por la “Asociación Arqueológica del Condado de Suffolk”
FIGURA 1. Mapa de Long Island y Nueva Inglaterra que muestra los territorios “tribales”, ca.
1630. Tomado de Salwen (1978, 161).
6
El condado de Suffolk abarca las dos terceras partes del lado este de Long Island.
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ducción de cal en el periodo histórico ha reducido la mayoría de los de-
pósitos de conchas (middens) en la región a sólo una fracción de su anti-
guo tamaño y menguado considerablemente su potencial contribución
a la investigación arqueológica. En este contexto, incluso los mínimos
restos de maíz (y de otros cultivos) encontrados representan un mayor
potencial de intensificación.
Aunque el cultivo de maíz llegó más bien tardíamente a la zona de
Nueva Inglaterra en general (ca. 1 000 d.C. es la fecha indicada por prue-
bas de C-14), y no tuvo el mismo impacto en todas partes, sí llegó a afec-
tar la organización social de toda la región. Como Benison ha observa-
do con relación al sur de Nueva Inglaterra en general: “El gradual
crecimiento del compromiso con sistemas económicos que incluían el
maíz y otras plantas portadoras de semilla condujo a mayores niveles
de complejidad en la organización del trabajo y en las prácticas del uso
del suelo” (1997, 1).
Este comentario puede aplicarse asimismo a Long Island, donde los
primeros y más grandes cambios, incluso con sólo un ligero compro-
miso con la agricultura, están reflejados en la competencia por tierras de
cultivo adecuadas, tanto en el interior de los grupos sociales como entre
unos grupos y otros. Así, la tendencia hacia la jerarquía social y/o una
incipiente estratificación recibió un fuerte estímulo. Estos cambios sur-
gen claramente en los datos arqueológicos de sitios del tardío periodo
Woodland en el bajo valle del río Connecticut y en otras áreas (cfr. Ben-
dremer y Dewar 1992). El osario en Indian Neck muestra un mayor ni-
vel de complejidad en el ceremonialismo funerario en la zona (McMa-
namon et al., 1984). El cultivo de maíz, frijol y calabaza no reemplazó a
la anterior explotación de semillas (como quenopodio, nogales, avella-
nas, zumaque y bellotas), sino que se sumó a estos recursos nutriciona-
les ya conocidos. Incluso, hay evidencia de una extensa tala de los bos-
ques después de 1 000 d.C., documentada primero por Day (1953), que
bien podría reflejar la preparación de tierras para sembrar.
Después de 1 000 d.C., la combinación de los recursos marítimos,
forestales y fluviales con los que se derivaban de la agricultura dio lugar
a un aumento tan dramático del nivel de complejidad sociocultural que
ciertos investigadores han hablado de “sociedades semiestratificadas”
(cfr. Benison 1997, 14). Claramente, el nivel de organización política que
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2 4 6
(Suffolk County Archaeological Association)
7
, ha presentado suficientes da-
tos para sugerir la urgencia de esta revisión, aunque aquí sólo podemos
presentar un resumen de los frutos más importantes de estas indaga-
ciones.
Los trabajos de Tveskov (1997), Bernstein (1993), Benison (1997) y
McManamon (1984), concentrados en el litoral sur de Nueva Inglaterra
(en los actuales estados de Massachussets, Rhode Island y Connecticut),
y las islas de la costa (Martha’s Vineyard, la isla Block, la isla Nantucket,
y las islas Elizabeth), son los más indicativos, ya que aducen que en esas
áreas patrones sedentarios quizá comenzaron hacía el año 1 000 a.C., si
no antes. Como afirma Tveskov: “[…] la costa estaba ocupada por gru-
pos relativamente grandes a lo largo del año, a menudo sin el beneficio
del cultivo de maíz” (1987, 343).
Como varios investigadores han argumentado a detalle, en un am-
biente marítimo la variable que afecta la densidad de población no es la
agricultura, sino la presencia (obvia) de patrones de una sistemática ex-
plotación de los recursos del mar, incluidos los moluscos, los peces y las
algas marinas. Si a esta base se le agrega alguna actividad agrícola
(aunque menor), entonces existe un perfil de la maximización de pro-
ducción que en el área en general posibilitó perfiles demográficos aún
más densos. No fue tanto la agricultura, sino los recursos marítimos, los
que en primer lugar brindaron la oportunidad de intensificación demo-
gráfica y sociocultural; un aspecto que Ceci pasa por alto en su análisis.
Algunos de los montículos de conchas reportados en la literatura histó-
rica de esta zona fueron realmente inmensos. Christenson describió uno
de los más grandes en Damariscotta, y calculó que antes de su destruc-
ción tenía quizá 1 270 000 metros cúbicos de restos de concha; material
que se acumuló durante un largo periodo de tiempo (1985, 234). La pro-
7
La Asociación Arqueológica del Condado de Suffolk (SCAA) ha publicado unas
quince monografías desde finales de la década de 1970, que tratan de temas de arqueo-
logía, etnohistoria, historia y lingüística. La mayoría ha sido editada o patrocinada por
Gaynell Stone. Muchos informes de investigación del llamado Proyecto Arqueológico de
Long Island (LIAP, por sus siglas en inglés), una iniciativa arqueológica orientada a tra-
bajos de rescate y codirigida por Weigand y Johannemann, han sido publicados por la
SCAA, aunque la mayoría existe sólo en manuscrito.
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cas agrícolas prehistóricas en la costa de Nueva York (Long Island) no
se encuentra en el estudio de la evidencia documental [temprano colo-
nial]” (1980-81, 126).
La respuesta de Ceci (1982) a la crítica de Silver es más bien una po-
lémica. En vez de emprender un examen minucioso de los nuevos datos
que tenía a su disposición, la autora simplemente reiteró su postura an-
terior. Sus últimas presentaciones se han vuelto más extremosas medi-
ante comentarios sobre la demografía y la confiabilidad de los datos ar-
queológicos, en que califica a estos trabajos como ejemplos de “orgullo
regional” y no de investigación científica. En su publicación de 1982, in-
cluso redujo su anterior estimado demográfico de una población de
6 000 habitantes (sugerido primero por Mooney 1928), a sólo 3 000 en
toda la isla. Como ya mencionamos, nunca ha examinado sistemática-
mente la variable crucial para el estilo de vida sedentario, que en el caso
de Long Island consiste en los recursos marítimos y fluviales, pues sim-
plemente insiste en la relación entre la escala demográfica y la agricul-
tura. Así, todo el peso de su argumento recae en su percepción de la
aparente ausencia del cultivo y en un umbral etnográfico inadecuada-
mente concebido.
Además, Ceci descarta el mapa de Nausett como una pequeña e in-
significante agrupación de wigwams (pequeñas chozas de paja), aun
cuando el dibujo muestra edificios de cierto tamaño, incluida la ya cita-
da casa larga (long-house). Respecto de la clara presencia de maíz en el
dibujo de Champlain, Ceci sostiene que refleja la temprana influencia
de los europeos y, por lo tanto, su versión del comercio de wampum,
aunque en 1605 los europeos aún no habían establecido ninguna pre-
sencia permanente en esta zona, y no la tendrían sino hasta 15 años des-
pués en la bahía Plymouth. Entonces, no es posible que hayan ejercido
un impacto significativo en la producción de subsistencia antes de esa
fecha. Ceci también descarta como “caduca” la evidencia de archivo ci-
tada por Day (1953), respecto de las extensas áreas en la zona donde se
talaron árboles, aunque no puede presentar ninguna razón ni citar nin-
gún trabajo contemporáneo que apoya su afirmación. Silver (1980-81)
debatió acaloradamente con Ceci por su rechazo de la evidencia directa
del cultivo de maíz (consistente en polen y mazorcas carbonizadas) en
Long Island y en el sur de Nueva Inglaterra en general. Cierto es que ex-
P HI L C. WE I GAND
2 4 8
se ve reflejado en toda la zona por el uso del vocablo sachem (más o me-
nos “cacique”), podría estar asociado con esta estrategia de subsistencia
compleja y combinada. Obviamente, no fue el resultado de contacto con
los europeos y del desarrollo de las fábricas de wampum. Un mapa traza-
do por Champlain en 1605 del pequeño puerto de Nausett (figura 2),
muestra una versión del tipo de pueblo que se encontraba generalmente
en esa área: se nota la presencia de una casa larga (long-house), probable-
mente la residencia del sachem de esta localidad menor.
Como ya dijimos, la explicación de Ceci (1977, 1979-80 y 1990) de la
ausencia de la agricultura y de la poca productividad del suelo tampoco
ha escapado a comentarios críticos. En una crítica de su perspectiva,
Silver (1980-81) presenta abundante evidencia de que los suelos dispo-
nibles para la agricultura no estaban tan reducidos como Ceci afirma.
Señala las extensas zonas con suelo fértil en toda la isla, especialmente
el suelo clasificado como Haven Loams (que cubre de 36 a 47% de la
superficie). Silver concluye su reseña crítica de la obra de Ceci con la si-
guiente afirmación: “Sugiero que la solución a la cuestión de las prácti-
Figura 2. Detalle del mapa del puerto de Nauset de 1605 (Cabo Cod, Massachussets), de Samuel
de Champlain, mostrando granjas y campos. Tomado de McManamon et al., (1986, 26).
UNA CONSI DE R ACI ÓN DE L OS UMBR AL E S E T NOGR ÁF I COS
2 5 1
En su re-evaluación de los datos arqueológicos más tempranos, Light-
foot también sugiere que el cercano sitio de Muskeeta Cove #2 (Salwen
1968) revela una larga historia de ocupación cuya naturaleza cambió de
“periódica” en las fases temprana y media del periodo Woodland, a “re-
sidencia permanente” en la fase tardía de este último periodo; es decir,
aproximadamente en la época en que el cultivo de maíz llegó a la zona.
Respecto de Long Island, Lightfoot señala con cautela que la evidencia
que resume apoya el argumento a favor de una ocupación permanente,
y de cierto grado de densidad demográfica, con o sin el cultivo de maíz.
Sondeos más recientes y limitadas excavaciones en las bahías de
Shoreham y Wading River, en la costa del estrecho de Long Island al
este de Mt. Sinai, también apoyan las conclusiones que surgen del estero
del mismo nombre (Weigand ms; Johanneman y Schroeder ms). Los ex-
tensos perfiles descubiertos durante excavaciones para la planta nuclear
de Shoreham (ahora abandonada) mostraron una larga historia de ocu-
pación. Aunque los restos de concha y hueso no han sido analizados por
su estacionalidad, los artefactos son prácticamente idénticos a los des-
critos por Gwynne, Gramil y Wisniewski, citados arriba.
Este tipo de poblamiento cerca de esteros con recursos marítimos y
fluviales ha sido documentado para una amplia gama de regiones en
Norteamérica con escenarios bastante distintos (ejemplos incluyen:
Stark 1977; Scott 1985; Broyeles y Webb 1970; cfr. Caldwell 1958). No
sorprendería, entonces, que hubiera existido también en Long Island, en
particular, y en el sur de Nueva Inglaterra, en general. Este conjunto de
evidencias arqueológicas que proviene de Long Island sugiere que allí
se alcanzó un alto grado de sedentarismo en torno a los esteros, con el
corolario demográfico que esto implica, independientemente de la va-
riable del cultivo de maíz.
¿Pero, qué hay de las zonas en el interior de la isla? Aunque ningún
lugar en la isla está muy lejos del océano Atlántico o del estrecho, el exa-
men de los sitios en el interior resulta más problemático. Allí, los recur-
sos hidrológicos son comunes y permanentes. Hay muchos lagos pe-
queños, pantanos y estanques en esas zonas, especialmente en el área
entre las morenas glaciales que atraviesan la isla sobre un eje este-oeste.
La mesa de agua está tan alta en el valle del río Peconic y a lo largo del
litoral sur (Atlántico) que el desagüe es un problema común. Silver ha
P HI L C. WE I GAND
2 5 0
cavaciones y análisis de polen subsecuentes han brindado un fuerte sus-
tento al argumento de Silver y, de hecho, la evidencia directa del culti-
vo de maíz en todo el área en el tardío periodo Woodland es ahora
innegable (cfr. Benison 1997). Por otra parte, la postura de Ceci de mini-
mizar la presencia indígena en Long Island ha influido en discusiones
que pretenden negar la necesidad de resolver las interminables disputas
por tierras de los pocos nativos norteamericanos que aún viven.
Entre los sitios de la isla, la mejor evidencia de sondeos y excavacio-
nes recientes proviene de la bahía de Mt. Sinai (Mt. Sinai Inlet) en la
costa norte, que vierte sus aguas en el estrecho de Long Island. Este tra-
bajo permite ver que en efecto ciertos tipos de zonas ecológicas tenían
la capacidad de sostener asentamientos permanentes y que es muy pro-
bable que lo hayan hecho. Aquí, hablamos de un sedentarismo basado
en una más intensa explotación de los esteros (Gwynne 1982). Otros
sitios, como los de Englebright (Gramil y Gwynne 1979) y Tiger Lily
(Wisniewski y Gwynne 1982), arrojan evidencias similares. En el sitio de
Mt. Sinai en particular, Gwynne pudo demostrar que un importante
porcentaje del litoral del estero estaba cubierto de materia arqueológica,
a pesar de los extensos daños que habían sufrido los depósitos de con-
cha en el periodo histórico debido a la extracción de cal. El asentamien-
to en Mt. Sinai duró largo tiempo, era intensivo y extensivo y abarcó
desde el periodo Arcaico hasta el tardío periodo Woodland (un lapso de
unos 4 000 años). Un análisis minucioso de los restos de concha reveló
evidencia de la explotación de este recurso durante las cuatro esta-
ciones, lo que indica que el estero pudo haber estado habitado durante
todo el año. La evidencia de la fauna, con sus indicadores de crecimien-
to mensual, apoya esta misma conclusión. Lightfoot (1985) ha examina-
do el tema de la diversidad de los depósitos de concha en el sur de Nue-
va Inglaterra, y considera que los casos de Mt. Sinai y Cape Cod
(Gwynne 1982 y McManamon 1984, respectivamente), son los mejores
–aunque no los únicos– ejemplos de asentamientos sedentarios ocupa-
dos durante todo el año. Si bien el análisis de Ritchie (1959) de los sitios
vecinos en Wading River Inlet y Stony Brook fue más superficial, su
material es muy parecido al de Mt. Sinai. En su trabajo, Ritchie caracte-
riza el sitio como un campamento nómada, aunque un nuevo examen
de los materiales de fauna y de las conchas sugiere otra interpretación.
UNA CONSI DE R ACI ÓN DE L OS UMBR AL E S E T NOGR ÁF I COS
2 5 3
no destruyeron los depósitos arqueológicos y dejaron al alcance de los
arqueólogos depósitos en superficies erosionadas bastante visibles e in-
teligibles. Si bien los sitios expuestos de este modo contienen más bien
materia lítica dispersa, son numerosos, extensos y muy cercanos entre
sí. Pudieron haber fungido –además de campamentos para la recolec-
ción intensiva de bellotas y la cacería de ciervos– como componentes
agrícolas de los asentamientos permanentes en los esteros, como Mt.
Sinai. Aquí más bien hay poca evidencia de una ocupación permanente;
la misma conclusión a que llegaron los trabajos más extensos en la isla
Shelter.
Como ya mencionamos, fue en estas regiones donde algunos de los
primeros colonos notaron los espacios abiertos que interpretaron como
praderas, aunque los pocos nativos norteamericanos que aún vivían en
la isla los recordaron como antiguos campos agrícolas. En general, los
sondeos y las excavaciones emprendidos en la antigua propiedad de la
RCA, en la isla Middle (Lightfoot, Moore y Kalin 1985) y el valle del río
Nissequogue (Johanneman 1982) también apoyan ciertas revisiones de
la manera en que habíamos entendido las economías y la organización
sociocultural del interior de Long Island antes del periodo de contacto.
Las investigaciones hechas en la isla Shelter (en la bahía Peconic entre
dos proyecciones en el sector extremo oriental de la isla), son las más ex-
tensas logradas hasta este momento en cualquier componente de los
asentamientos del interior (Lightfoot, Kalin y Moore 1987). Una gran
extensión de la Reserva Natural Mashomack fue sondeada mediante la
técnica de muestreos del subsuelo conocida como “pruebas con pala”
(Lightfoot 1986). Aunque esta técnica ha sido duramente criticada en el
contexto específico de este trabajo (Shott 1989), de cualquier manera es
el primer sondeo/excavación combinado de su tipo que se ha realizado
en la isla. Por esta razón, y a pesar de las críticas, nos da al menos una
vista parcial de un sitio o de un sistema de sitios del interior. Aunque
ninguna zona de la isla Shelter está muy alejada de la bahía Peconic,
este proyecto encontró una adaptación básica en el interior con base en
la ocupación periódica de sitios claramente usados para la cacería y la
recolección. Este patrón está lo suficientemente bien documentado por
estas investigaciones como para sugerir que es probable que esos sitios
fueron campamentos que formaron parte de un sistema de asentamien-
P HI L C. WE I GAND
2 5 2
mostrado que en realidad los mejores perfiles se encuentran en los ris-
cos más elevados de esta zona, entre las morenas. Fue en esta zona que
los primeros colonos encontraron áreas que consideraron praderas,
pero que más bien fueron antiguos campos de cultivo de los nativos
norteamericanos. En una descripción detallada de las dificultades que
encontró al tratar de sondear en áreas con densos bosques y/o maleza
–una descripción apta para buena parte de la isla– Lightfoot (1986) na-
rra la perspectiva desequilibrada que los arqueólogos (y, por lo tanto,
los historiadores), tienen del sistema de asentamientos en el interior, ya
que 80% de los sitios localizados en la isla hasta ahora están en las cos-
tas. Esto se debe totalmente a la menor visibilidad en la zona interior
comparada con la costa, y no a alguna situación de distribución real.
Además, 90% de los sitios en el interior han sido descubiertos por ma-
quinaria pesada que trabaja en la construcción de carreteras, en la nive-
lación de terrenos o en excavaciones para los cimientos de casas, siste-
mas de drenaje o tuberías de agua, etcétera. Esta situación muestra
claramente que los sitios en el interior están enterrados y, por lo tanto,
difíciles de localizar mediante sondeos de la superficie.
Los sitios en todo el condado de Suffolk sugieren usos muy especia-
lizados: la extracción de piedra en la isla Shelter (Lightfoot, Kalin, Lin-
dauer y Wicks 1985), campamentos de cacería en los riscos de las zonas
del interior (Johanneman y Schroeder 1978), etcétera, lo que sugiere la
existencia, a lo largo del tiempo, de un alto grado de simbiosis de recur-
sos entre distintas subregiones de la isla, con algunas indicaciones de
una jerarquía de localidades. Algunos sitios tierra adentro, especialmen-
te los que están cerca de lagos y estanques permanentes –como Sunken
Meadow y secciones de la otrora propiedad de la RCA (Weigand ms./a)–
fueron verdaderos pueblos de tamaño sustancial. La antigua propiedad
de la RCA brindó una de las áreas más favorables para el análisis de un
sitio interior, debido a la naturaleza de su reciente uso. Tenía varias
zonas que habían sido dramáticamente alteradas por maquinaria pesa-
da que removía el suelo para construir las bases de grandes antenas de
radio
8
, y caminos de acceso. Estos trabajos, a menudo descubrieron pero
8
Incluida una que usó el mismo Marconi para las primeras transmisiones radiofóni-
cas a través del océano Atlántico.
UNA CONSI DE R ACI ÓN DE L OS UMBR AL E S E T NOGR ÁF I COS
2 5 5
to, el informe de Verrazzano (Haklyut 1582) constituye el verdadero
“umbral etnográfico” para esta área en general, aun cuando es un docu-
mento escueto. Su viaje comenzó en 1523 y quedó registrado en Dieppe
en 1524. Todo el mundo está de acuerdo en que Verrazzano alcanzó las
costas de Nueva York y del sur de Nueva Inglaterra, que desembarcó y
que tuvo un fugaz encuentro con nativos norteamericanos en el estre-
cho de aquel lugar, además de una visita de quince días en algún lugar
de la bahía de Narragansett (probablemente en la isla Aquidneck en el
moderno estado de Rhode Island). Morrison (1971, 303ff) ha publicado
la reconstrucción más convincente de la ruta seguida por Verrazzano y
de los lugares que visitó. Es preciso recordar que la apertura de la bahía
de Narragansett está a escasos 40 km por agua de la punta oriental de
Long Island y que el punto más cercano de la costa de Nueva Inglaterra
está a sólo 18 km de ese lugar. De hecho, en ningún punto del estrecho
desaparece de vista ni la costa sur de Nueva Inglaterra ni la costa norte
de la isla (figura 1). Lejos de constituir una barrera, este estrecho fue el
punto central de un tránsito intenso y de una comunicación constante.
Durante su estancia de quince días en la bahía Narragansett, Verraz-
zano describió lo que él y sus hombres encontraron (Haklyut 1582, 64-
69). A continuación resumimos ocho puntos tomados de las observa-
ciones escritas en el inglés del siglo XVI de Haklyut que contienen
comentarios que quizá hablen de cierta complejidad social y dan deta-
lles sobre el uso del suelo y el patrón de asentamientos:
1. De posibles emblemas de cargos o de status: “Alrededor del cuello
llevaba una larga cadena, adornada con diversas piedras de varios
colores […]” (p. 65);
10
P HI L C. WE I GAND
2 5 4
tos más grande, una parte del cual –la de los litorales o bahías de la isla
Shelter– quizá fueran más permanentes y parecidos al sitio de Mt. Sinai.
Sin embargo, estos sectores de la isla Shelter no fueron investigados tan
minuciosamente como las zonas del interior, así que la cuestión de sim-
biosis permanece sin respuesta hasta la fecha. Por otra parte, esos traba-
jos lograron demostrar una larga historia de ocupación periódica que
duró hasta el tardío periodo Woodland. Además, existió una considera-
ble densidad de ocupación durante un periodo de tiempo en particular,
lo que sugiere fuertemente cierta abundancia de recursos. Si bien la ocu-
pación parece estar orientada en buena medida hacia la costa, también
refleja el uso regular y sistemático de recursos del interior, como son la
cacería y la recolección.
En resumen, muchos de los proyectos citados arriba han documen-
tado relativamente bien la densidad de ocupación, especialmente para
las fases más recientes, comúnmente subsumidas en la designación
“Woodland tardío”, aunque cierta complejidad cultural también es evi-
dente en fechas más tempranas.
9
De hecho, esta relativa densidad de
asentamientos, especialmente alrededor de los esteros, empieza a surgir
como la regla y no la excepción aunque, claro está, nunca se desarrolló
ni la centralización política ni sociedades estratificadas. Sea cual fuere la
verdad respecto de las características específicas de los patrones de
asentamiento y, por lo tanto, de la demografía de Long Island, es obvio
que el modelo desarrollado por Ceci, basado en fuentes que provienen
de mediados del siglo XVII, ya no es adecuado para explicar la situación
precontacto en la isla.
Entonces, ¿qué es lo que explica la aparente disyuntiva entre las
tempranas referencias históricas acerca del carácter del asentamiento de
los nativos norteamericanos en Long Island –resumido muy bien en la
tesis doctoral de Ceci– y la evidencia arqueológica citada en los párrafos
anteriores? Al parecer, la explicación depende de las características del
periodo postcontacto pero precolonial, como sugerimos arriba. En efec-
9
Las áreas costeras del noreste de los Estados Unidos no fueron afectadas fuerte-
mente por el desarrollo de los avances culturales conocidos como “Mississipi Medio” y
“Cultos Sureños” y, por lo tanto, permanecieron en la tardía tradición Woodland hasta
entrar en contacto con los europeos y su subsecuente colonización.
10
Además, Verrazzano menciona algunos objetos que quizá ayuden a definir el con-
texto arqueológico de las épocas postcontacto y precolonial: “Las cosas que más estima-
ban de todo lo que les dimos, fueron las campañas, los cristales de color azul y otros ju-
guetes, que podían colgar de sus orejas o alrededor de sus cuellos. No deseaban la tela
de seda ni el oro, mucho menos de otros tipos, y tampoco les interesó cosas hechas de
acero y hierro que a menudo les enseñábamos en nuestra armadura, las cuales no les es-
timuló ninguna admiración, ya que al observarlas sólo preguntaban sobre el arte de su
fabricación: como también hicieron con nuestros vasos, que al verlos de repente reían y
UNA CONSI DE R ACI ÓN DE L OS UMBR AL E S E T NOGR ÁF I COS
2 5 7
Con base en las descripciones de Verrazzano no es posible cuanti-
ficar muchos aspectos específicos de la demografía, la organización so-
cial o el patrón de asentamientos, ni postular sobre ellos. Sin embargo,
con toda la debida precaución, podemos generalizar sobre varios pun-
tos de relevancia social respecto de la naturaleza de las economías y del
orden social de los nativos norteamericanos. Verrazzano encontró pue-
blos dependientes de la agricultura que estaban organizados, con toda
probabilidad, en linajes extendidos encabezados por varones distingui-
dos con emblemas (los sachem de los documentos posteriores). Los pue-
blos no estaban aislados ni completamente independientes el uno del
otro, sino estuvieron organizados en sistemas de actividades estaciona-
les que, además de la agricultura, incluyeron la cacería, la recolección y
la pesca.
Ciertamente, las lenguas comunes facilitaron la comunicación a tra-
vés de dispersas zonas de la región. En la época de las expediciones y
de la colonización europeas, la parte oriental de Long Island y la zona
sur de Nueva Inglaterra estaban pobladas sólo por grupos de habla al-
gonkiano. Fuentes posteriores, como las del explorador holandés
Adriaen Block (1614) y del inglés William Rogers (1636) –resumidas por
Simmons (1978) y Gookin (1972)– mencionaron el grado de influencia
política y económica que gozó Narragasett en esta región. Conforme los
ingleses y holandeses llegaron a interesarse en cuestiones del comercio
regularizado, colonización y territorio, sus observaciones se tornaron
más agudas. Como resultado, y gracias a las fuentes nombradas arriba,
sabemos que el sachem de Narragasett, con sus grupos subalternos y de
aliados, dominó un área muy extensa que abarcó toda la bahía de Rho-
de Island, partes del actual estado de Connecticut, el sur del moderno
estado de Massachussets, Nantucket Island, Block Island y partes de
Long Island, y que se extendió al sureste hasta Montauk. No se trata
de un área pequeña, aunque buena parte consiste de agua abierta; pero
de aguas que no representaron –en lo absoluto– una barrera al comercio
o al control social. De hecho, parecía haber facilitado estos contactos. En
su apogeo, entonces, el sachem de Narragasett estaba centrado en el es-
trecho de Long Island y, como ya se dijo, en su punto más álgido abar-
có partes de la isla. Una razón por la ascendencia de Narragasett, ade-
más de la riqueza de los recursos de su estero y sus buenas tierras
P HI L C. WE I GAND
2 5 6
2. Del uso de cobre y, por lo tanto, el comercio a larga distancia:
11
“En-
tre quienes vimos muchas placas de cobre martillado […]” (p. 65).
3. De las concentraciones de población: “Llegaron en grandes partidas
de sus pequeños botes […]” (p. 66);
4. De probables unidades domésticas consistentes en familias extendi-
das o linajes: “El padre vive junto con toda la familia en una sola
casa en grandes números: en algunas de ellas vimos 25 o 30 perso-
nas” (p. 68);
5. De una cierta estacionalidad en los asentamientos asociada con los
recursos: “Trasladan las casas mencionadas antes de un lugar a otro,
según los recursos del lugar y de la estación […]” (p. 68);
6. De las amplias extensiones desforestadas y la ubicación de los cam-
pos agrícolas: “[…] a menudo nos encontrábamos en tierras a 5 o 6
leguas, que encontramos tan placenteras como es posible decir, muy
aptas para cualquier tipo de labranza, de maíz, de vino, y de aceite:
para eso existen praderas de 25 o 30 leguas de ancho, abiertas y sin
ningún impedimento de árboles [,] de tal fecundidad, que cualquier
semilla arrojada allí, producirá los más excelentes frutos” (p. 67);
7. Menciones claras de la agricultura: “Se alimentan como los otros ya
mencionados, de pulse, que crece en ese país con mejor orden de la-
branza que en los demás” (p. 68); y,
8. De la agricultura orientada al calendario lunar y estelar: “Observan
en sus siembras el curso de la luna y la salida de ciertas estrellas
[…]” (p. 68).
nos los devolvieron” (pp. 65-66). Morrison (1971) sugiere que los “cristales de color azul”
fueron en realidad cristales de Venecia.
11
Una presuposición común entre los arqueólogos es que el cobre utilizado en Nue-
va Inglaterra y Nueva York provenía del intercambio o trueque con el área de los Gran-
des Lagos, especialmente de la península baja del actual estado de Michigan, a través de
las sociedades del “Mississipi Medio” en el medio oeste. Si bien es probable que esta pre-
suposición sea cierta hasta algún punto, no ha sido comprobada por técnicas analíticas
avanzadas, tales como la activación de neutronas (cfr. Veakis 1979). Hay otras fuentes de
cobre en el este del moderno estado de Tennessee y –tal vez más relevante para el área
discutida aquí– la región Cape d’Or de Nueva Escocia. Estos últimos depósitos fueron de
fácil acceso y su cobre se utilizaba entre los indios micmac para hacer ornamentos en el
momento del primer contacto europeo (McGee 1974).
UNA CONSI DE R ACI ÓN DE L OS UMBR AL E S E T NOGR ÁF I COS
2 5 9
4. Los pueblos agrícolas fueron bastante numerosos y de un tamaño
considerable, además de estar integrados en relaciones simbióticas,
con base en el intercambio de bienes locales que incluían –quizá de
manera preferencial– alimentos;
5. Las relaciones de intercambio a larga distancia fueron importantes
para obtener recursos básicos, como la argilita y los marcadores de
status. Se extendieron al noreste de los Estados Unidos y a partes de
Canadá tan alejadas como Cot d’Or;
6. Long Island fue parte íntegra del sistema sociocultural del sur de
Nueva Inglaterra y no puede ser vista como un lugar aislado o muy
distinto al área circundante, ya que los contactos fueron frecuentes,
sistemáticos e importantes en términos sociales y culturales a lo lar-
go de la región;
7. El balance del poder entre muchos de los sachem en el sur de Nueva
Inglaterra fue socavado por la amplia presencia de europeos en la
zona, reflejada especialmente en la tardía (postcontacto) expansión
de Narragasett hacia el oeste (y la eliminación de los indios poquet
y mohicanes en el actual estado de Connecticut). Esta expansión al
oeste señala la desintegración del original y más amplio sistema in-
dígena, así como el inicio de una respuesta que operaba cada vez
más en el contexto del incipiente dominio europeo colonial, caracte-
rizado en buena medida por el florecimiento de las fábricas de
wampum y el comercio;
8. Es probable que la influencia de Narragasett y su expansión hacia el
este (Block Island, Nantucket Island, la parte sur del actual estado
de Massachussets, el área de la bahía de los Buitres –Buzzards Bay–
y partes del oriente de Long Island, incluida Montauk), refleje en
gran medida la situación precontacto, aunque es posible también
que el sistema se desarrolló originalmente a partir de alianzas entre
diferentes sachem y no tanto de iniciativas abiertamente militares;
12
P HI L C. WE I GAND
2 5 8
agrícolas, quizá haya sido su control de los únicos salientes de argilita
(Strauss 1989). Si bien esa roca de color verde grisáceo no fue de la mejor
calidad, era suficientemente valiosa para ser comerciada a lo largo de
una región muy extensa que incluía Long Island. Además, los habitan-
tes de Narragasett pudieron haber sido intermediarios en el comercio
de cobre crudo en el estrecho de Long Island y probablemente en el de
artefactos de cobre elaborados con metal de los yacimientos canadien-
ses en Cot d’Or.
En el temprano periodo colonial, las guerras entre grupos de nativos
norteamericanos siguieron. Los europeos solían apoyar primero a un
bando y luego al otro. En fecha tan tarde como 1643, y en el contexto
general del continuo y cada vez más rápido colapso social y cultural
debido, en buena medida a las enfermedades, la población indígena de
Narragasett siguió creciendo y eliminó, primero, los indios pequot y
luego los mohicanos en el oeste del actual estado de Connecticut. Su or-
ganización se derrumbó durante las secuelas de la guerra del rey Felipe,
guerra que fue la última expresión de la independencia de los nativos
norteamericanos en la región. Incluso, manifestó algunas características
de un movimiento de revitalización. En 1676, la ejecución de su último
sachem, Canonchet, a manos de los colonos marcó el fin absoluto.
¿Hasta qué punto se debió la expansión de Narragasett al desequili-
brio introducido por el contacto inicial con los europeos, a partir de la
visita de Verrazzano? o ¿hasta qué punto fue una simple continuación
de dinámicas políticas y económicas iniciadas antes de ese contacto? Es-
tas interrogantes aún son materia de debate entre los arqueólogos e his-
toriadores. Sea cual fuere el desenlace, podemos afirmar varios hechos
importantes:
1. El estrecho de Long Island nunca fue una barrera geológica en el
contacto entre la isla y la región de Nueva Inglaterra, sino que facili-
tó el contacto a lo largo de una amplia región;
2. Los sistemas políticos y económicos en el área no fueron ni difusos
ni concentrados sólo en el nivel del pueblo;
3. Se ejercía el control político a través de la institución del sachem,
quien, al menos en épocas posteriores, accedía al cargo por herencia
y dominaba territorialmente a sachem menores;
12
Es interesante notar que las epidemias de 1617-1619 no tuvieron efectos tan serios
entre los nativos de Narragasett como entre sus vecinos. Si estos indígenas habían sido
el punto de entrada para la epidemia en el periodo de Verrazzano, postulado en este
artículo, entonces quizá tuvieron una generación más que ellos para desarrollar cierta in-
munidad.
UNA CONSI DE R ACI ÓN DE L OS UMBR AL E S E T NOGR ÁF I COS
2 6 1
informe fechado a mediados del siglo XVII no puede representar un
umbral etnográfico adecuado, y es necesario reconsiderar este umbral a
la luz del periodo intermedio. Un umbral etnográfico tardío de este tipo
–no importa qué tan bien documentado esté– nunca debe emplearse
como un “determinante” en la evaluación de configuraciones sociocul-
turales anteriores, especialmente si la evidencia arqueológica no con-
cuerda. Ciertamente, la analogía es una herramienta importante en dis-
cusiones históricas de este tipo, y ya hemos mencionado las situaciones
en el occidente de México (Weigand 1993), en el sureste norteamericano
(Swanton 1985), y en el suroeste de los Estados Unidos (Upham 1986). En
este momento las palabras de Upham son particularmente pertinentes:
Primero, y más importante, es la noción ampliamente acogida entre los an-
tropólogos del suroeste de que las poblaciones [de esta zona] fueron extre-
madamente pequeñas durante los periodos protohistórico y temprano con-
tacto […] Segundo, el tamaño de las poblaciones nativas del suroeste está
relacionado directamente con los tipos de interpretación de los sistemas so-
ciopolíticos y económicos que se generan […] Muchas de estas interpreta-
ciones han sido extrapoladas al periodo prehistórico sin consideración al-
guna de los posibles efectos del contacto con los españoles y la reducción
de la población (p. 126).
Respecto de Long Island, no se trata de una situación en que Ceci
(1977, 1990) está en lo correcto y el registro arqueológico está mal, ni
viceversa. Ceci describe y analiza exacta e incisivamente la etnografía
que surgió en el periodo posterior a 1640, justo como los arqueólogos es-
tán empezando a describir y analizar un escenario demográfico y socio-
económico distinto, que se refiere al periodo precontacto. En cuanto a
sus respectivos periodos, ambas descripciones son correctas. Al parecer,
el contraste entre las dos tiene que ver de alguna manera con los proce-
sos sugeridos por el concepto de McNeill de la “Gran Frontera”; esta
“frontera”, que estuvo presente de alguna manera en todos los contac-
tos entre los europeos y las poblaciones del Nuevo Mundo, y que con-
sistió en una compleja mezcla de factores biológicos y culturales. Long
Island no fue la excepción.
Traducción de Paul C. Kersey Johnson
P HI L C. WE I GAND
2 6 0
9. Al parecer, no fue ningún accidente el hecho de que Verrazzano
haya escogido a la bahía de Narragasett para su estancia de quince
días, ya que es casi seguro que el sachem allí era el más destacado
en la región en ese momento; y,
10. Lo descrito en varios de los incisos anteriores representa los resi-
duos sociales que quedaron después de la visita de Verrazzano. To-
davía es muy posible que la situación sociocultural de la época
precontacto fuera más compleja –y ciertamente diferente– especial-
mente en Long Island con su menor dependencia en el uso de la
fuerza y una mayor dependencia en las alianzas y su construcción,
que, por su propia naturaleza, incluían el intercambio regularizado
de indicadores de status.
CONCLUSIONES
Está claro que las sociedades alrededor de Long Island no estaban ver-
daderamente estratificadas y distaban mucho de mostrar la organiza-
ción de incipientes estados. En la terminología de la literatura evolucio-
nista, parecen haber sido del tipo “jefatura temprana con rangos”. Un
evento como el contacto con Verrazzano las habría afectado a todas,
independientemente del lado de la isla en que vivían, mientras que la
intensa visita directa de quince días de Verrazzano a los Narragasett ha-
bría bastado para introducir las enfermedades europeas. Además, es
evidente que en el periodo precontacto las poblaciones del sur de Nue-
va Inglaterra y Long Island estuvieron lo bastante grandes y concen-
tradas –fuesen, o no, sedentarias– para proveer la masa crítica necesaria
para sostener una epidemia, como nos muestra también la situación
colonial de 1617-1619.
Sea o no correcta esta hipótesis acerca de una epidemia en Long
Island en el periodo postcontacto/precolonial, la creciente discrepancia
entre el emergente perfil arqueológico y las descripciones provenientes
de la primera mitad del siglo XVII requiere una explicación. El factor ex-
plicativo más lógico es el de una epidemia. Entre el contacto con Verraz-
zano y la aparición de los primeros documentos con contenido etnohis-
tórico transcurrió todo un siglo. Por esto, en el caso de Long Island, un
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FECHA DE ACEPTACIÓN DEL ARTÍCULO: 7 de enero de 2003
FECHA DE RECEPCIÓN DE LA ÚLTIMA VERSIÓN: 25 de marzo de 2003