Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

1

Es preferible descargar este PDF

Para su correcta visualización en Acrobat Reader

Yung, “Crane” [flickr.com]

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

2

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

3

contenido
Portada: Verónica Bujeiro

EL HUMOR COMO CONOCIMIENTO Jazmina Barrera entrevista a Daniel Saldaña a propósito de En medio de extrañas víctimas, su primera novela EL BALANCE DE LA INTELIGENCIA Una conferencia de Paul Valéry

VELIZ GUINDA 1 Con este relato, Leonardo Teja inicia una serie narrativa por entregas: Sta. María Bayres

POBLAR LA NOCHE Nayeli García en la selva costarricense PARADICE Eliot Weinberger en Islandia SAILING TO BIZANTIUM Ana Laura Magis en Estambul David Martínez explora la casa Alejandro Arteaga reflexiona deshabitada del modernismo mexicano sobre El último hombre, de Mary Shelley

RÉQUIEM ÑEROBARROCO Una poema de Jorge Gutiérrez Sonetos de Lufloro Panadero

ADDENDA. CUADERNOS DE FUNDACIÓN Paredones, un relato de largo aliento de Alfredo Loera Poemas de la sombra, de Diana del Ángel COLUMNAS Rodrigo García Bonillas aplica sus Gayas Ciencias a Berlín Alexanderplatz. Fabiola Camacho lleva su Mirada Confesa a las fotos de familia. En una librería de viejo, Luis Fernando Lugo descubre, para sus Lecturas, Los hijos de Smith, de Salvador Díaz Garay.
Todas las imágenes de flickr.com se utilizan bajo diversas licen​​ cias de Creative Commons. Imágenes tomadas de otros sitios web son de dominio público.

Fundación. Revista en línea de la comunidad de la FLM Nueva época, núm. 9, octubre - noviembre de 2013 Consejo editorial: Antonio Deltoro ∫ Eduardo Langagne ∫ David Olguín ∫ Vicente Quirarte ∫ Bernardo Ruiz Editor: Pablo Molinet
Fundación para las Letras Mexicanas Liverpool 16, colonia Juárez. Ciudad de México. CP 06600 | 55 57030223
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

4

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

5

EL HUMOR COMO FORMA DE CONOCIMIENTO
Entrevista con Daniel Saldaña París JAZMINA BARRERA ∫ FOTOS: VALENTINA SINIEGO

F

undación charla con Daniel Saldaña París (1984) acerca de su primera novela, En medio de extrañas víctimas (Sexto Piso, 2013); de las vanguardias, las figuras heroicas –y el Jardín botánico de Viena–. Saldaña París es autor de dos libros de poemas: La máquina autobiográfica (Bonobos, 2012) y Esa pura materia (UACM, 2008; Premio nacional de poetas jóvenes Jaime Reyes 2007). Además compiló Un nuevo modo. Antología de narrativa mexicana actual y Doce en punto, poesía chilena reciente (ambas: UNAM, 2012).

un poco del personaje de Cravan. Cuando le cambié el nombre a Richard Foret sentí más esa libertad de inventarme un personaje. Tu novela me hizo pensar en Tristram Shandy, por la ironía y la sátira, pero también, por ejemplo, por el término hobby-horse, que en la novela son las pasiones dominantes, las obsesiones y los hobbies de los personajes. Decía Tristram Shandy que el hobby-horse es una manera de delinear la personalidad humana y que esta figura tiende a ser cómica. ¿Qué opinas de esta afirmación? Me siento muy en línea con el Tristram Shandy y con ese tipo de sentido del humor. Son novelas más de carácter que de destino. Están más ancladas al personaje y son más de carácter porque están construidas sobre recurrencias y sobre esos hobby-horses que efectivamente son cómicos. También otro de los posibles referentes es Gombrowicz que tiene también esa cosa de a partir de repeticiones ir construyendo los personajes. Pero sí, es uno de mis referentes básicos, el Tristram Shandy, y también las Memorias póstumas de Blas Cubas, que también le debe mucho al Tristam Shandy y algo de Gogol también, que tiene esas situaciones absurdas y parte de características de un personaje llevadas a lo absurdo o a lo grotesco, incluso, y que construye a los personajes a partir de un rasgo exagerado, muy estereotipadamente. Me gusta también ese punto en el que algunos de los personajes no son realmente personajes, que son casi caricaturescos, que es muy también de Elias Canetti en Auto de Fe, que parte de estereotipos. Es trabajar con exageraciones aunque eso implique borrar un poco la profundidad psicológica del personaje. Me gusta también la posibilidad de hacer personajes más planos. Después averigüé que la palabra Dada, en francés, podría haber nombrado al mismo caballito de madera que se denominaba “hobby-horse”. Así que habría una relación entre el absurdo y las obsesiones, los hobbies. ¿Cuál sería el papel del humor ante el absurdo?
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

¿Cómo surgieron tus personajes? ¿Detrás de todos ellos hay una especie de referente? Fueron diferentes procesos. En el caso del primer protagonista, Rodrigo, ese burócrata que trabaja en un museo, el personaje surgió de acciones o de rasgos de carácter que yo tenía y que entre todos fueron cuajando en un personaje. Lo primero que tuve de la novela era alguien que tenía esta pulsión coleccionista medio absurda y que es este personaje que acumula bolsas de té usadas. Pensé qué tipo de personaje haría eso y alrededor de esas pequeñas obsesiones se fue tejiendo ese personaje. En algún momento le presté atributos o historias o anécdotas de mí o de personas que conozco, pero el punto de partida fueron esas obsesiones, como el té, la gallina o el terreno. Luego, en el caso del profesor español que llega a México, Marcelo Valente, sale más de una especie de mezcla de personajes o de personas que sí conocí en España, en la academia española. Quería que resumiera el ambiente de la academia en España, de lo que me tocó ver. Y luego, el caso que sí tiene un referente muy puntual detrás y que en realidad sólo le cambié el nombre y luego ficcionalicé un poco al personaje es Richard Foret que es este un poeta boxeador basado directamente en Arthur Cravan. De hecho el personaje se llamaba Arthur Cravan y me empezó a estorbar en algún momento porque tenía yo mucha bibliografía documental de Arthur Cravan: sus cartas, las biografías que se han escrito, la biografía de Mina Loy que era la esposa, testimonios, y ese exceso de documentación me pedía estar yendo todo el tiempo a los documentos para escribir el libro; me estorbaba un poco para el ritmo de escritura y de ficción. Entonces decidí mejor ficcionalizarlo del todo, cambiarle el nombre, atribuirle situaciones, episodios y características ficticios y desprenderme
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

6

7

Es delicado porque me gusta mucho leer cosas con sentido del humor y creo que es más un modo de conocimiento que de distancia frente al mundo. Uno de los riesgos de la novela era caer en una ironía absoluta, que es un riesgo casi de época, yo diría. Hay una tendencia a la ironía frente a todo, que de pronto puede caer en ese distanciamiento frente al mundo donde todo da igual porque te burlas de todo, estás siendo irónico constantemente. No quería caer en eso. Quería que hubiera un sentido del humor que a veces se fracturara para dejar ver otras cosas, que no fuera una barrera entre los personajes y el mundo sino más bien una forma de conocimiento o de acercarse a la realidad. Traté de intercalar párrafos más densos de monólogos más serios que sí reflejan incluso preocupaciones metafísicas, que revelan también mis preocupaciones y mis propias obsesiones. No estoy todo el tiempo riéndome ni burlándome del mundo, también hay cosas que me preocupan de la posibilidad de establecer comunidades, de cómo se vinculan las personas entre sí, de por qué las relaciones de pareja están o parecen condenadas a una incomprensión absoluta. Quería revelar esas preocupaciones, esas obsesiones, esos intereses a pesar de mantener un tono humorístico a lo largo del libro. Creo que eso fue lo que intenté hacer. Volviendo a los personajes, en tu novela veo dos mundos cuyos personajes se contraponen: Richard Foret es arrojado, Rodrigo es inactivo; Richard es una figura heroica, Rodrigo es más bien mediocre. ¿Crees que hemos dejado atrás la época de estos hombres y mujeres audaces de principios de siglo? Para mí en específico el personaje de Foret era una forma de tematizar las vanguardias y un cierto ánimo de las vanguardias, de las primeras vanguardias artísticas de entreguerras. Y creo que sí, que después de Dadá ya no es posible encontrar personajes con ese arrojo, ese entusiasmo. Es un periodo de formas estéticas que me gusta mucho y me interesa mucho por eso, porque casi cualquiera que tomes de los fundadores del Cabaret Voltaire o de los primeros futuristas, en torno a Marinetti, tenían todos heroísmo, una convicción iconoclasta, seguridad y aplomo, pero también ciertos rasgos plásticos que son muy de la época. No veo cómo pueda repetirse o actualizarse ese espíritu. Quizás Bolaño intente hacer eso con Los detectives salvajes, traer a una época, si no contemporánea por lo menos reciente, ese espíritu de comunidad, de complicidad, incluso de conspiración que tenían las vanguardias estéticas del siglo XX. Pero fracasa, no en la novela, pero es que no era así. Para mí es un poco absurdo o imposible pensarlo, una especie de actualización de ese espíritu. Creo que el hecho mismo de ver a las vanguardias con nostalgia, que es algo que a mí me pasa, una nostalgia del momento que no viví, ya es contraproducente. Las vanguardias son justo la anulación de toda nostalgia, una ruptura con el pasado y con sentimientos nostálgicos hacia el pasado. Allí había una ruptura que me atraía y que quizás por eso quise tematizar en ese personaje. Cierto personaje de tu novela habla de la idea de hacer algo completamente original, novedoso, radical, que hoy en día todos consideramos imposible. Es una idea que ya todos tenemos más o menos asumida. A mí hasta me parece sano
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

8

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

9

decir bueno, ya no vamos a hacer nada novedoso pero se pueden recombinar las cosas que ya existen de un modo adecuado a la época. Pero ya es imposible planteárselo en los términos tan radicales en que se lo planteaban los dadaístas o los futuristas, que era en serio romper absolutamente con el pasado, partir de cero, con entusiasmo y una fe ciega en que se podía hacer eso. Ahorita, por lo menos a mí me cuesta trabajo imaginar un movimiento parecido. Estaba leyendo hace poco un ensayo de Eric Hobsbawm que estudia los manifiestos del siglo XX y dice que a principios de siglo se realizaron muchos manifiestos que retrataban los principios de ciertas comunidades, por así decirlo, pero que si hoy en día uno googlea la palabra “manifiesto” salen a la luz un montón de manifiestos más bien individuales del tipo: “Manifiesto por el desarrollo ágil de software”, “Manifiesto por unos horarios racionales”, “Manifiesto del día del perro sin raza”. ¿Crees que hemos perdido esa capacidad de pensar en colectividad? No sólo hay una crisis por el lado de la posibilidad de formar comunidades sino de proponer un cambio muy general. Quizás la última vanguardia que se lo propone es el situacionismo, que ya es en los cincuentas, muy tardío, y se plantea un cambio de formas de entender el mundo y la relación del arte con el mundo, que es ir a lo más general, el trabajo del artista desde el punto de vista más social y más abarcador. Ahora todas las discusiones estéticas están centradas en minucias, en si se escribe de tal o cual modo, muy al nivel de los puntos y las comas. Nadie discute una idea estética, una manera de comprender el mundo o de comprender la relación entre el artista y el mundo o el papel del artista en la sociedad. Ese tipo de planteamientos mucho más generales y que implicaban cambios a todos los niveles, ya no están en discusión. Ahora estamos debatiendo eso, pendejaditas. Hay una parte incluso nostálgica en mí a la que le apetece plantear cambios radicales, pero no me imagino de dónde puedan salir. Yo no tengo esa capacidad. No sabría qué proponer que fuera al núcleo en la relación del artista con el mundo. Tengo una nostalgia de eso pero no sabría por dónde empezar. Al final acabamos reducidos a que cada quién hace sus cositas y más o menos nos contentamos tratando de escribir nuestras madres y no meternos demasiado en líos teóricos. En lo único en lo que creo al final es en defraudar a todos, en defraudar todas las expectativas radicalmente sobre mí y sobre la escritura y sobre lo que se tiene que hacer. A lo mejor si defraudo sistemáticamente a todo mundo llego a algo más o menos radical. Es el único tipo de planteamiento que se me ocurre y es algo muy negativo. ¿Coleccionas algo? No sistemáticamente. He empezado varias colecciones pero me falta el rigor para continuarlas. Si tuvieras todo el dinero del mundo, ¿qué coleccionarías? Me gusta la gente que colecciona ver pájaros, los que van tachando en su pequeña guía de pájaros los pájaros que han visto, que no es una colección apropiativa sino
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

de experiencia. Es una colección completamente de viejito holandés, de gente que se jubila en Holanda y se dedica a recorrer África fotografiando pájaros. Eso me gusta. ¿Cuál es tu jardín favorito? El Jardín botánico de Viena. Es muy impresionante. Está en el mismo lugar que el Museo de historia natural y tiene esta cosa de los Habsburgo de creer que pueden contener la totalidad de las cosas existentes en un museo con maderas muy bonitas. Es una ambición muy simpática. Menciona algún fetiche que tengas. Tengo un fetiche con los cuadernos, con llevar un cuaderno y pegarle cositas. Mi fetiche es muy cursi, pero es el que puedo decir en voz alta.

10

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

11

STA. MARÍA BAYRES: VELIZ GUINDA 1

LEONARDO TEjA

ojeaban los rincones como si se tratase de un bazar de pulgas. Frente a los retazos de espejo que recogían del piso, se probaban lentes para ver de cerca; hacían muecas, se miraban de perfil y, convencidos, intercambiaban el modelo por el suyo comentando que se les veían igualitos que al abuelo, ¿a poco no?, aunque él sólo haya usado lentes oscuros para disimular el glaucoma en sus últimos años. Entonces, se me hizo fácil acercarme al veliz y, con un golpe de raqueta, vivifiqué el color guinda que había dormido bajo el polvo todos esos años. Y el cuarto quedó en silencio; algunos, los más jóvenes, salieron a toda velocidad montados en los triciclos y las bicicletas, desde entonces no me dirigen la palabra. Los más viejos perdieron la sonrisa, y rompieron el silencio reventando sus tazas en las paredes. Me rodearon sus rostros turbios.

C

uando desmantelaron el cuarto del abuelo, propios y extraños, rapaces y nostálgicos, ignoraron olímpicamente el veliz guinda que descansaba junto a la puerta; a pesar de que éste sobresalía como tumba infantil en cementerio. Con naturalidad silenciosa lo hacían a un lado para revolver los cajones más pequeños en busca de cualquier baratija. Incluso preferían marcar con iniciales los objetos si el atraco era voluminoso; hacían dos viajes, otra visita a la abuela, en vez de tomar el veliz y usarlo como contenedor. Al poco tiempo fue lo único que habitó el lugar. Y después, para no ser traidores a la costumbre, llegaron más triques, inservibles todos: recuerdo las máquinas de coser con el hilo catgut atascado, los colchones con huellas de plancha, ramos de azucenas, o los triciclos y las bicicletas que a los nietos nos iban quedando chicos. Entonces el saqueo comenzó de nuevo, poco a poco, a veces con rostros en los que yo no adivinaba ningún parecido familiar. La excusa de una taza de azúcar bastaba para Antique Singer Sewing Machine [swaim sketching, flickr.com] llevarse algo cada domingo. A eso la abuela nunca se opuso, ella misma había regalado camisas y sacos del abuelo a los primos que durante la comida presumían su nuevo trabajo en un despacho. Sin embargo, ni por error el veliz salía. Era como si todos supieran que estaba prohibido tocarlo siquiera con la mirada. Yo no supe la razón, sino tiempo después; hasta que lo necesité para mi viaje al cono Sur. Fue en una de las ocasiones donde la sobremesa se trasladó del comedor al cuarto que era del abuelo, y con tazas humeantes agarradas por las orejas, los presentes
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

Ilustración en La Nature 1888 [april-mo, flickr.com]
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

12

13

¿Pero este idiota no sabe nada? ¿De quién es hijo y cuál es su nombre? Debe haber mudado por lo menos veinte veces la piel hasta el día de hoy. Veintitrés. Ese bigote inmundo no se espesa antes. ¿Y no sabe nada? Nada de qué. La lotería, hijito, la lotería. Una pequeña fortuna que… Deje usted eso, abuela, esta miseria que cargamos hasta ahora. [El logaritmo perpetuo, éramos sólo eso… Que me perdone el cielo, pero ese abandono sólo pudo ocurrírsele a un monstruo. Uy, ¿ahora vas a salir con lo de la monstruosidad?, si tú y tu prole deberían estar agradecidos de que todavía se les distinga la cara, de no ser por la muda de piel aparentarían todos los años que tienen. [¡Infeliz! Que se lo lleve si le sirve, con eso no lo quitamos de encima un rato y nos vamos a comer el postre. Pero abuela, cómo se lo va a llevar, éste que ni conocemos, y no sabe nada de nada. Tú tampoco sabes nada, mejor cállate. Tú no me calles, ¿qué derecho tienes si sólo eres el carnicero? Pues vi la puerta abierta y decidí entrar a cobrarles la carne del mes. Era de gato, cabrón. De gato selecto, puro de Bombay, señor mío… Pero tú qué vas a saber de gatos si se te mueren los canarios. Tam-po-co sa-bes nada. Nada de qué… La realidad había sido que el viejo amaneció millonario un domingo, sin sospecharlo; mucho antes de que yo existiera, y cuando la mayoría de mis familiares sólo eran un decimal posible en el logaritmo perpetuo, una fracción del premio gordo dormía envuelto en un calcetín. Me imagino al abuelo en el trote matutino, con la incomodidad de traer un “cachito” doblado adentro del zapato —el izquierdo quizá—, de regreso de la panadería; saludando al periodiquero, y caer en cuenta de que la tarde anterior había aceptado jugar la lotería ante la insistencia acostumbrada de los amigos de cantina. Entonces se habrá sacado el zapato para censar los números del cachito con los del pliego del sorteo mayor. Qué más daba si ya lo había comprado y traía calcetines limpios. ¡Y qué sorpresa tan enorme!, que mientras dejaba irreconocible el diseño bicornio de un croissant, la costumbre se la había vuelto efeméride. Ni más ni menos que un millón de los del águila contenidos en esos 50cms2 de papel lo esperaban en el edificio de La Lotería Nacional. Incluso debió dejar caer la bolsa donde llevaba dos pesos de bolillos cuando los músculos de la axila se relajaron por la emoción. Él, que nunca había sido bueno ni en el dominó –el “ponefichas” lo apodaban sus amigos en el ritual de cantina– descubría que esa mañana sus números eran los del mundo. Debido a una simple devoción al azar, había conseguido arrancarle un gajo a la Diosa cítrica de la Fortuna. De cuánta fragilidad habrá gozado aquél momento: tal
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

Carefoca: “De estilo destinado” [Interior del edificio de la Lotería Nacional, Ciudad de México; flickr.com]

vez si el mesero hubiera llegado a su mesa antes que el vendedor de lotería, seguramente con su resto hubiera preferido llevarse otra cerveza al pico, en vez comprar el cachito que lo haría millonario el domingo siguiente. Yo me hubiera vuelto loco en un ataque de euforia citadina; o tal vez, más agradecido que mi abuelo, hubiera preguntado al de los periódicos por la ruta del vendedor de lotería para darle una buena propina por la buena mano de aquella tarde. Pero conocí al viejo, y ninguna de esas habría sido su reacción. Era nervioso, más bien desconfiado —echaba llave a su cuarto incluso si sólo iba al baño—. Se habrá llevado los dedos a la boca para acariciarse el esmalte de los dientes mientras verificaba con mayor detenimiento la coincidencia de los números: en efecto, millonario por el mínimo requerido para tal apelativo. Con el cachito reinstalado en la bolsa de la camisa, palpitándole como otro corazón, habrá regresado a su casa. El encono de mis familiares comienza en ese punto: porque alguna serpiente en su cabeza le habrá mordido las patas a la visión que llegó a posarse como en lago de Texcoco: el inicio de una historia de éxito: negocios prósperos en la época en que los negocios prosperaban: hijos licenciados en las mejores universidades: un movimiento de escalafón social con turbosina; quizá un bisnieto, algún hijo mío, presidente. Sin embargo, se habrá espabilado con su frase de siempre: “Ahí los de atrás que se rasquen como puedan.” Tras haber dejado el pan sobre la mesa donde sus primeros hijos los esperaban ya sin chocolate en sus tazas, habrá apurado el suyo de un solo trago para irse directo al clóset. Fue ahí donde cargó las treinta pieles que había mudado durante su vida para llevarlas al patio y prenderles fuego. Mi abuela miraría por la ventana. Ya era
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

14

15

Monedas, clearlyambiguous. Inferior: “Pickling jalapeños this week.Yum”, cjmartin [ambos, flickr.com]

hora viejo de que te deshicieras de tantos años, hasta que me hiciste caso, hombre. Y sin esperar a que ese montón de pellejos se consumiera del todo, se habrá dirigido a la puerta —ahí los de atrás que se rasquen como puedan— Orita vengo, vieja. Y eso fue una mentira. Porque cuando volvió a cruzar esa puerta la casa ya tenía otro piso. La abuela había sacado a la familia adelante con la venta de conservas y escabeches, los vendió en frascos por las plazas, y luego en un localito que no tardó en hacerse famoso en el mercado. La cicatriz que le surcaba la frente al abuelo no era de su primera muda de piel, como decía, sino que había sido un frasco de chiles que la abuela guardó para cuando su marido volviera. Eran otros tiempos, y lo aceptó de nuevo en la casa; incluso barrió los vidrios del frasco que no se le incrustaron en el cráneo al hombre que regresó miserable, sin siquiera los cambios del premio mayor en la bolsa. Nada más había llegado con un veliz guinda, muy bonito, en el que traía las tres pieles que mudó durante el tiempo de su viaje. El veliz quedó arrumbado en un rincón del clóset y no se habló más del tema. Luego mi abuelo habrá dormido en la sala unas semanas, pero como esas riñas no duran para siempre, regresó a la cama y comenFundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

zaron a llegar los demás hijos, cada nueve meses hasta juntar diez. Como dicen los poetas, yo fui consecuencia de ese latido. Y también me gané una especie de lotería. En ese tiempo trabajaba para un periódico de medio pelo, y el cronista de viajes Senior había desertado momentáneamente por un problema de hemorroides, entonces el director me ofreció hacer sus crónicas en la ciudad de Buenos Aires con pocos viáticos, y no lo dudé: se acercaba la navidad y empataba con el diez aniversario luctuoso del abuelo, en casa de la abuela. Unas semanas después me llevé el veliz guinda para Argentina. En la banda transportadora del aeropuerto resaltaba por lo arcaico y lo cuidado que estaba. No sé qué lugares habrá visitado de la mano del viejo, y ya no lo sabremos. De la mía, llegó en algún momento a un edificio ladrillado, el hostal “Sta. María Bayres”. Desde mi balcón podía ver a los corredores darle vueltas sin ningún método al parque Centenario, hasta que caía la noche; pasaban junto al mástil, en la base estaba rotulada una frase que yo había escuchado en la propaganda de la copa “Libertadores de América”: serás lo que debas ser, o no serás nada: era del General San Martín y en un giro de markerting le habían simplificado el condicionante para adecuarlo a la justa continental de fútbol. Veinte minutos después —más o menos, eso dependía de la pericia, resistencia y corpulencia— los corredores volvían y volvían, cada vez con menos zonas secas en sus ropas, un carrusel maldito; después, me imagino, regresaban a sus casas. Al verlos irse locos de cansancio, pensaba que era más práctico darse un tiro en las rótulas, en vez de trotar sobre el concreto durante horas.

Mike Spray: “The Old Running Shoes” [flickr.com]

16

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

17

El balance de la inteligencia
PAUL VALÉRY VERSIÓN DE JOSÉ MIGUEL BARAjAS

NOTA DEL TRADUCTOR En la genealogía según Borges, Poe engendró a Baudelaire; éste, a Mallarmé; éste, a Valéry y éste, a Edmond Teste. A la estirpe del Monsieur habría que agregar el Hostinato rigore de Leonardo y las parábolas de Zarathustra. Paralelo a esto, Paul Valéry se interesó en los trabajos de Einstein y de Poincaré; mantuvo un atractivo intercambio epistolar con André Gide y con André Fontainas. Con Bergson compartió ciertas pasiones sobre conciencia, materia, duración y memoria. Amó y cultivó la poesía. Italiano de expresión francesa, mediterráneo justo, Valéry procuró a los clásicos. El Cementerio marino lleva en griego un epígrafe de Píndaro: “Alma mía, no aspires a la vida inmortal/ pero agota el campo de lo posible”. Con ese fervor leyó la Vie de M. Descartes y tomó para sí l’idée fixe, recurrente ya en la Sinfonía fantástica de Albin Guillot (Laure): Paul Valéry [artfinding.com] Berlioz. Por más de cuarenta y cinco años, entre las cuatro y siete de la mañana, escribió sus Cuadernos, aquel diario intelectual que lo eximía de “ser torpe” el resto del día. Miembro de la Academia Francesa, poeta de Estado en la etapa final de su vida, antepuso sobre todas las cosas el constante ejercicio del espíritu. Ponderó sus límites y practicó la “gimnasia intelectual” que después legó a Edmond Teste. Le Bilan de l’intelligence, conferencia pronunciada el 16 de enero de 1935 en la Université des Annales, es una demostración pública de las preocupaciones de Paul Valéry por el cuidado de la mente y el espíritu. Publicado en Conferencia el 1 de noviembre de 1935 y retomado en Variété III (1936) en Gallimard, ofrecemos al lector de Fundación la primera de dos partes de lo que hemos convenido llamar El balance de la inteligencia.

H

ace poco más de dos años, en este mismo lugar, tuve el honor de hablarles de lo que llamé la política del espíritu. Quizás eso les recuerde que, bajo ese título (que no es particularmente preciso), me inquietaba por el estado actual de las cosas del mundo y cuestionaba los hechos de los que somos testigos y agentes, preocupándome no tanto por su carácter político o económico sino por el estado en el que tales hechos ponen las cosas del espíritu. Insistí (tal vez por demasiado tiempo) en ese estado crítico, y les decía en sustancia que un desorden del que no se puede imaginar el término se observa actualmente en todas las áreas. Lo encontramos tanto alrededor de nosotros como en nosotros mismos, en nuestras jornadas, en nuestro comportamiento, en los diarios, en nuestros placeres y hasta en nuestro saber. La interrupción, la incoherencia, la sorpresa son condiciones ordinarias de nuestra vida. Se han vuelto incluso verdaderas necesidades para muchos individuos cuyo espíritu ya no se nutre sino de variaciones bruscas y de excitaciones siempre renovadas. Las palabras “sensacional”, “impresionante”, que se utilizan comúnmente hoy, son de esas palabras que peinan una época.Ya no soportamos la duración.Ya no sabemos fecundar el tedio. Nuestra naturaleza tiene horror del vacío, ese vacío sobre el que los espíritus de antaño sabían pintar las imágenes de sus ideales, sus Ideas, en el sentido de Platón. Ese estado que llamaba “caótico” es el efecto compuesto de las obras y del trabajo acumulado de los hombres. Da inicio, sin duda, a un cierto porvenir, pero un porvenir que nos es absolutamente imposible de imaginar; y ahí está, entre las otras novedades, una de las más grandes. Ya no podemos deducir de lo que sabemos algunas figuras del futuro a las que podamos asignar el menor crédito. Hemos, en efecto, en unas decenas de años, transformado y creado tantas cosas a expensas del pasado –refutándolo, desorganizándolo, reorganizando las ideas, los métodos, las instituciones que nos había legado–, que el presente nos resulta un estado sin precedente y sin ejemplo.Ya no miramos al pasado como un hijo mira a su padre, del cual puede aprender algo, sino como un hombre hecho mira a un niño… Tendríamos en ocasiones ganas de instruir y de maravillar a los más grandes de nuestros ancestros, habiéndolos resucitado para darnos ese placer. A menudo me divierte imaginar esto: me abandono a soñar la resurrección de alguno de nuestros grandes hombres de antaño. Me ofrezco para servirle de guía; me paseo con él por París; lo oigo hostigarme con preguntas que exclama; y siento, por este medio ingenuo que me obliga a asombrarme de lo que veo con asombro todos los días, la inmensa diferencia que el paso
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

18

19

del tiempo ha creado entre la vida de anteayer y la de hoy. Pero me fastidio pronto en mi papel de cicerón. Piensen en todo lo que habría que saber para explicar a Descartes o a Napoleón resucitados nuestro sistema actual de existencia, para hacerles comprender cómo podemos llegar a vivir en condiciones tan extrañas, en un medio que encontrarían con certeza bastante espantoso e incluso hostil. Este fastidio es la medida del cambio. No puedo aquí sino tratar de manera superficial la inmensa cuestión de esos cambios que rebasan toda previsión, que han profundamente modificado al mundo y lo han, en unos años, vuelto irreconocible a los ojos de los observadores que habían vivido bastante para haberlo visto muy diferente. Voy a insistir sobre el poco tiempo que ha sido necesario para llegar a tan enormes consecuencias, y sobre todo a detener un poco sus espíritus sobre las causas más poderosas de esta bruca mutación. Pienso en todos los hechos nuevos, enteramente nuevos, prodigiosamente nuevos, que aparecen a partir del comienzo del siglo pasado. La ciencia, hasta entonces, sólo había llevado a cabo sus investigaciones sobre fenómenos conocidos, sensibles desde siempre e inmediatamente sensibles. Sin duda, la noció del universo se había modificado profundamente, al mismo tiempo que la de la ciencia misma y de manera correlativa; pero los fenómenos observables, por una parte, los poderes de acción del hombre, por otra, no se habían incrementado de manera importante. Ahora bien, en 1800 (creo), el descubrimiento de la corriente eléctrica, por la invención admirable de la pila, abre esta era de hechos nuevos que van a cambiar la faz del mundo. No carece de interés el detenerse en esta fecha: pensar que sólo hace ciento treinta y cinco años esa revelación tuvo lugar. Ustedes conocen las secuencias maravillosas de ello: todo el campo de la electrodinámica y del electromagnetismo abierto a la curiosidad apasionada de los científicos, todas las aplicaciones que se multiplican, las relaciones percibidas de la electricidad con la luz, las consecuencias teóricas que resultan de ello; la radiación, en fin, cuyo estudio viene a cuestionar de nuevo todos nuestros conocimientos físicos y hasta nuestros hábitos de pensamiento. Consideren, ahora, el número de hechos radicalmente nuevos, imposibles de prever, que en menos de un siglo y medio han venido a sorprender a los espíritus, desde la corriente eléctrica hasta los rayos x y a las diversas radiaciones que se descubren desde Curie; agreguen a ellos la cantidad de aplicaciones, desde el telégrafo hasta la televisión, y concebirán por la reflexión de esta novedad tan virgen, ofrecida en tan poco tiempo al mundo humano (y cuyo crecimiento parece sin límites), qué esfuerzo de adaptación se impone a una raza por tanto tiempo encerrada en la contemplación y la utilización de los mismos fenómenos inmediatamente observables desde el origen. Les contaré aquí un pequeño cuento para acentuar bien el pensamiento que les propongo y que es, en suma, la entrada del género humano a una fase de su historia donde toda previsión se vuelve –por el sólo hecho de ser previsión– una probabilidad de error, una producción dudosa de nuestro espíritu. Supongan entonces que los más grandes científicos que han existido hasta el final del siglo XVIII, los Arquímedes y los Newton, los Galileo y los Descartes, están reunidos en un lugar de los Infiernos; un mensajero de la Tierra les lleva un dínamo y se lo da para que lo examinen a su gusto. Se les dice que este aparato sirve a los hombres que viven para producir movimiento, luz o calor. Ellos miran; hacen girar la parte móvil de la máquina. La mandan desmontar, interrogando y midiendo todas las partes. Hacen, en suma, todo lo que pueden… Pero la corriente les es desconocida, la inducción les es desconocida; apenas tienen idea sólo de transFundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

formaciones mecánicas. “¿Para qué sirven esos hilos embobinados?” dicen. Deben concluir su impotencia. Así, todo el saber y todo el genio humano reunidos delante de ese misterioso objeto fracasan en descubrir su secreto y en adivinar el hecho nuevo que fue aportado por Volta, y los que dieron a conocer a Ampère, Oersted, Faraday y los otros… (No omitamos aquí enfatizar que todos estos grandes hombres que acaban de declararse incapaces de comprender al dínamo caído de la Tierra a los Infiernos han hecho exactamente lo que nosotros mismos hacemos cuando interrogamos al cerebro, al pesarlo, al disecarlo, al dividirlo en cortes delgados y someter esas láminas sujetadas al examen histológico. Ese transformador natural nos resulta incomprensible…) Noten también que escogí, en mi ejemplo del dínamo, espíritus de primer orden que se encuentran reducidos a la impotencia, a la imposibilidad radical de explicarse un aparato cuya conducción y uso son familiares hoy a tantos hombres y que, además, se han vuelto indispensables para la vida social. En suma, tenemos el privilegio –o la desgracia muy interesante– de asistir a una transformación profunda, rápida, irresistible de todas las condiciones de la acción humana. Para nada crean que los hombres venidos antes de nosotros hayan podido ser testigos de variaciones tan sensibles y extraordinarias en el curso de sus vidas. Uno de mis amigos, hace cuarenta años, se burlaba un día delante de mí de la expresión bastante conocida: “época de transición”, y me decía que eso era un cliché absurdo. “Toda época es una transición”, decía. Tomé entonces un terrón de azúcar (pues eso ocurría después de la comida), se lo mostré, lo puse en mi taza de café y le dije: “¿Piensa usted que este terrón de azúcar que, desde hace un tiempo bastante largo, se encontraba en la azucarera, bastante tranquilo en suma, no está experimentando sensaciones de una especie totalmente nueva? ¿No está, actualmente, en una época que él puede llamar ‘de transición’? ¿Piensa que una mujer que espera un bebé no se siente en un estado bastante diferente de aquel en que estaba anteriormente y que ella no puede llamar a esta época de su vida un periodo de transición? Por ella y por el bebé, espero que sí.” Y dije entonces: “¿Piensa usted que un hombre que hubiera vivido entre los años 1872, por ejemplo, y 1890, y que enseguida hubiera vivido de los años 1890 a 1934, no habría sentido alguna diferencia de comportamiento entre esos dos periodos de su vida?”. No quiero ennumerarles todo lo que ha sido profundamente modificado, alterado, reemplazado, desde hace una treintena de años, puesto que ya les he mostrado, hace dos años, lo esencial del cuadro de esta transformación. Solamente les diré, para resumir mi pensamiento e introducirme en el tema que hoy trato, que todavía uno podía, hace unos treinta años, examinar las cosas de este mundo bajo un aspecto histórico, es decir, que estaba entonces en el espíritu de todos buscar, en el presente de entonces, la secuencia y el desarrollo bastante inteligibles de los acontecimientos que se habían producido en el pasado. La continuidad reinaba en los espíritus. Uno hallaba, sin gran dificultad, modelos, ejemplos, precedentes, causas en los documentos, los recuerdos, las obras históricas. Eso era general, y más allá de algunas novedades en el orden industrial, todo el resto de los elementos de la civiliación se conectaba de manera bastante fácil con el pasado. Pero, durante los treinta o cuarenta años que acabamos de vivir, fueron introducidas demasiadas novedades en todas las áreas. Demasiadas sorpresas, demaFundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

20

21

siadas creaciones, demasidas destrucciones, demasiados desarrollos considerables y bruscos vinieron a interrumpir de manera bastante brutal esta tradición intelectual, esta continuidad de la que les hablaba.Y problemas cada día más numerosos, problemas perfectamente nuevos e inesperados surgieron por todas partes, ya sea en lo político, en las artes, en las ciencias; en todos los asuntos humanos, todas las cartas fueron mezcladas. El hombre actual se encuentra bajo el asalto de una cantidad de preguntas que ningún hombre, hasta aquí, había imaginado, filósofo o no, científico o no; todo el mundo parece sorprendido. Todo hombre pertenece a dos eras. En el pasado, apenas se había visto aparecer, en materia de novedades, solamente soluciones o respuestas a problemas o a preguntas muy antiguos, si no es que inmemoriales. Pero nuestra novedad, la que nos corresponde, consiste en lo inédito de las preguntas mismas y no en las soluciones; en los enunciados y no en las respuestas. De ahí esta impresión general de impotencia y de incoherencia que domina en nuestros espíritus, que los condiciona y los pone en ese estado ansioso al que no podemos ni acostumbrarnos ni prever un término. Por una parte, un pasado que no está abolido ni olvidado, sino un pasado del que no podemos obtener mnada que nos oriente en el presente y nos de para imaginar el futuro. Por otra parte, un porvenir sin el menor rostro. Estamos, cada día, a merced de una invención, de un accidente, material o intelectual. Basta con retomar una colección de diarios de apenas unos meses atrás para ver con qué constancia los acontecimientos confunden en pocos días los pronósticos de los hombres más competentes. ¿Falta osar agregar aquí que un hombre competente se vuelve un hombre que se equivoca en todo? No puedo impedirme imaginar aquel trust de cerebros que se reunió en América y que se desvaneció discutiendo al cabo de unas semanas. No vemos en todas partes, sobre el universo, sino tentativas, planos, experiencias, intentos, tanteos precipitados en todos los órdenes. Rusia, Alemania, Italia, Estados Unidos, son como vastos laboratorios donde se llevan a cabo investigaciones de una amplitud desconocida hasta entonces; donde se intenta dar forma a un hombre nuevo, hacer una economía, costumbres, una vida e incluso religiones nuevas. Y lo mismo ocurre en las ciencias, en las artes y en todas las cosas humanas. Pero, en presencia de este estado, tan agonizante por una parte, tan apasionante por otra, se plantea la pregunta por la inteligencia humana; la pregunta por la inteligencia, sus límites, su preservación, su probable porvenir, se plantea a sí misma y a sí misma se resulta la pregunta capital del momento. En efecto, el desorden del que les hablé, las dificultades que les menciono no son las consecuencias evidentes del desarrollo intelectual intenso que ha transformado al mundo. El capitalismo de las ideas y de los conocimientos y el laborismo de los espíritus son el origen de esta crisis. Encontramos fácilmente en la raíz de los fenómenos políticos y económicos de nuestra época el pensamiento, los estudios, los razonamientos y los trabajos intelectuales. Un solo ejemplo: la introdución de la higiene en Japón ha hecho que la población de este imperio ¡se duplicara en treinta y cinco años!... Algunas nociones han creado en treinta y cinco años una presión política enorme.Así, la acción del espíritu creando furiosamente, como en el arrebato más ciego, medios materiales de gran potencia, ha engendrado enormes acontecimientos de escala mundial y estas modificaciones del mundo humano se han impuesto sin orden, sin plan preconcebido y, sobre todo, sin considerar a la naturaleza viva, a su lentitud de adaptación y de
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

evolución, a sus límites originales. Se puede decir que todo lo que sabemos, es decir, todo lo que podemos, terminó por oponerse a lo que somos. Y henos aquí ante una pregunta: se trata de saber si este mundo prodigiosamente transformado, pero terriblemente revuelto por tanta potencia aplicada con tanta imprevisión, puede finalmente recibir un estatus racional, puede regresar rápidamente o, más bien, puede llegar rápidamente a un estado de equilibrio soportable. En otros términos, ¿puede el espíritu sacarnos del estado en que nos ha metido? (Noten que la palabra racional que acabo de emplear es, en el fondo, equivalente a la palabra rápidamente, pues es cierto que el equilibrio renacerá de manera fatal, como el equilibrio se reestableció después de la ruina del imperio romano, pero no se reestableció sino al cabo de varios siglos. Se reestableció por los hechos, mientras que la pregunta que yo hago es si el espíritu, actuando directa e inmediatamente, podrá reestablecer racionalmente, es decir, rápidamente, un cierto equilibrio en algunos años). Entonces, toda la pregunta que planteaba llega a esto: ¿el espíritu humano podrá superar lo que el espíritu humano ha hecho? ¿el intelecto humano puede salvar primero al mundo y enseguida a sí mismo? El objeto, entonces, del problema que me planteo y que no resolveré, es una suerte de examen del valor actual del espíritu y de su próximo valor, o de su valor probable. ¡No! No esperen que pueda siquiera pensar en resolverlo: ni hablar de ello. Tampoco me vanaglorio de enuciárselos completamente, ni de modo claro ni de manera sencilla. Cuanto más esta pregunta se produjo en mi mente, más he percibido su complejidad. Pero, sin pretender simplificar lo que es contrario de lo simple, ni aclarar lo que tiene por función aclarar y que de suyo es bastante oscuro, quiero intentar darles una impresión de la pregunta misma; me bastará, espero, para alcanzar este objetivo, representarles la manera en que la vida moderna, la vida de la mayoría de los hombres trata, influye, estimula o fatiga su espíritu. Digo que la vida moderna trata a los espíritus de tal forma que uno puede razonablemente concebir grandes temores para la conservación del valor en el orden intelectual. Las condiciones del trabajo del espíritu han, en efecto, padecido la misma suerte que el resto de las cosas humanas, es decir, que participan de la intensidad, la impaciencia, la aceleración generales de los intercambios, así como de todos los efectos de la incoherencia, del centelleo fantástico de los acontecimientos. Les confieso que estoy tan asustado por ciertos síntomas de degeneración y debilitamiento que constato (o creo constatar) en el comportamiento general de la producción y del consumo intelectual que a veces pierdo toda esperanza en el porvernir.Ofrezco disculpas (y me acuso) de soñar algunas veces que la inteligencia del hombre, y todo por lo cual el hombre se aleja de la línea animal, podría un día debilitarse y la humanidad volver insensiblemente a un estado instintivo, descender de nuevo a la insconstancia y a la futilidad del mono. La humanidad habría llegado poco a poco a una indiferencia, a una inatención, a una inestabilidad que muchas cosas en el mundo actual –en sus gustos, en sus costumbres, en sus ambiciones–, manifiestan o permiten ya temer. Y me digo (sin creerme demasiado): Toda la historia humana, en tanto que manifiesta el pensamiento, no tendría tal vez sino el efecto de una suerte de crisis, de un acceso aberrante, comparable a alguna de esas variaciones bruscas que se observan en la naturaleza y que desaparecen tan extrañamente como llegaron. Ha habido especies inestables y monstruosidades de dimensiones, de potencia, de complicación que no duraron. ¿Quién sabe si toda nuestra cultura no es una hipertrofia, un alejamiento,
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

22

23

un desarrollo insostenible, que una o dos centenas de siglos habrán sido suficientes para producir y agotar? Esto es, sin duda, un pensamiento muy exagerado que sólo expreso aquí para hacerles sentir, a grandes rasgos, toda la preocupación que uno puede albergar sobre el asunto del destino intelectual. Pero es demasiado fácil justificar estos temores. Me bastará, para mostrarles el germen real, señarles valgunos de los puntos negros del horizonte del espíritu. Comencemos por el examen de esa facultad que es fundamental y que por error oponemos a la inteligencia, de la que es, por el contrario, la verdadera potencia motriz; quiero hablar de la sensibilidad. Si la sensibilidad del hombre moderno se encuentra fuertemente comprometida por las condiciones actuales de su vida, y si el porvernir parece prometer a esta sensibilidad un trato cada vez más severo, estamos en posición de pensar que la inteligencia sufrirá profundamente la alteración de la sensibilidad. ¿Pero cómo se produce esta alteración? Nuestro mundo moderno está completamente ocupado en la explotación siempre más eficaz, más profunda de las energías naturales. No solamente las investiga y las gasta para satisfacer las necesidades eternas de la vida, sino que las prodiga, y se incita a prodigarlas al punto de crear necesidades inéditas (e incluso que jamás hubiera uno imaginado), a partir de los medios para satisfacer estas necesidades que no existían. Todo pasa en nuestro estado de civilización industrial como si, una vez habiendo inventado alguna sustancia, se inventara a partir de sus propiedades una enfermedad que ella curara, una sed que ella pudiera apaciguar, un dolor que ella aboliera. Se nos inculca, entonces, para fines de enriquecimiento, gustos y deseos que no tienen raíces en nuestra vida psicológica profunda, pero que resultan de excitaciones físicas o sensoriales deliberadamente impuestas. El hombre moderno se embriaga de disipación. Abusos de velocidad, abusos de luz, abusos de tónicos, de estupefacientes, de estimulantes… Abusos de frecuencia en las impresiones; abusos de diversidad; abusos de resonancia; abusos de facilidades; abusos de maravillas; abusos de aquellos prodigiosos medios de activación, por el artificio de los cuales inmensos efectos son puestos bajo el dedo de un niño. Toda vida actual es inseparable de esos abusos. Nuestro sistema orgánico, sometido cada vez más a experiencias mecánicas, físicas y químicas siempre nuevas, se comporta, respecto a esas potencias y a esos ritmos que uno le impone, más o menos como lo hace respecto a una intoxicación insidiosa. Se acomoda a su veneno, pronto lo exige. Cada día que pasa la dosis le resulta insuficiente. El ojo, en la época de Ronsard, se conformaba con una vela –si no es que con una mecha mojada en aceite–; los eruditos de aquel tiempo, que con gusto trabajaban durante la noche, leían (¡y qué grimorios!), escribían sin dificultad, a la luz de algún destello móvil y miserable. El ojo, hoy, reclama veinte, cincuenta, cien bujías. La oreja exige todas las potencias de la orquesta, tolera las disonancias más feroces, se acostumbra al estruendo de los camiones, a los silbidos, a los rechinidos, a los runrunes de las máquina y a veces quiere encontrarlos en la música de los conciertos. En cuanto a nuestro sentido más central, ese sentido íntimo de la distancia entre el deseo y la posesión de su objeto, que no es otro que el sentido de la duración, ese sentimiento del tiempo, que se conformaba antaño con la velocidad de la carrera de los caballos, encuentra hoy que los rápidos son bien lentos y que los mensajes eléctricos matan de languidez. En fin, los acontecimientos son reclamados por sí mismos, como un alimento que jamás resulta lo suficientemente condimentado. Si no hay, por la mañana, alguna gran desgracia en el mundo,
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

sentimos un cierto vacío: “¡no hay nada hoy en los diarios!” decimos. Henos ahí prendidos del hecho, todos estamos envenenados. Estoy, entonces, fundado en decir que existe para nosotros una suerte de intoxicación de energía, como hay una intoxicaciónde prisa y otra de dimensión. Para los niños un navío no es jamás bastante grande, un coche o un avión jamás bastante velocesy la idea de la superioridad absoluta de la grandeza cuantitativa, idea cuya ingenuidad y grosería son evidentes (lo espero), es una de las más características de la especie humana moderna. Si uno busca en qué la manía por la prisa (por ejemplo) afecta las virtudes del espíritu, uno encuentra muy fácilmente alrededor de sí y en sí mismo todos los reiesgos de la intoxicación de la que hablaba. Señalé, hace cuarenta años, como un fenómeno crítico en la historia del mundo, la desaparción de la tierra libre, es decir, la ocupación concluida de los territorios por naciones organizadas, la supresión de bienes que no son de nadie. Pero paralelamente a este fenómeno político, uno constata la desaparición del tiempo libre. El espacio libre y el tiempo libre ya no son sino recuerdos. El tiempo libre del que se trata no es el ocio, tal como uno lo entiende de manera ordinaria. El ocio aparente existe todavía, e incluso este ocio aparente se defiende y se generaliza a través de medidas legales y de perfeccionamientos mecánicos contra la conquista de las horas por la actividad. Las jornadas de trabajo están medidas y sus horas contadas por la ley. Pero yo digo que el ocio interior, que es una cosa totalmente distinta al ocio cronométrico, se pierde. Perdemos esa paz esencial de las profundidades del ser, esa ausencia sin precio, durante la cual los elementos más delicados de la vida se refrescan y se reconfortan, durante la cual el ser, en alguna medida, se lava del pasado y del futuro, de la conciencia presente, de las obligaciones suspendidas y de las esperas emboscadas… No hay preoucpación, no hay mañana, no hay presión interior; sino una suerte de reposo en la ausencia, una vacancia beneficiosa que devuelve al espíritu a su libertad propia. No se ocupa entonces sino de sí mismo. Está desligado de sus tareas para con el conocimiento práctico y descargado del cuidado de las cosas próximas: puede producir formaciones puras como cristales. Pero he ahí que el rigor, la tensión y la precipitación de nuestra existencia moderna enturbian o dilapidan este precioso reposo. ¡Vean alrededor de ustedes! Los progresos del insomnio son notables y siguen exactamente a todos los demás progresos. ¡Cuántas personas en el mundo ya no duermen sino un sueño de síntesis y se proveen de nada en la científica industria de la química orgánica! Quizás nuevos ensamblajes de moléculas más o menos barbitúricas nos darán la meditación que la existencia nos impide cada vez más obtener de manera natural. La farmacopea, algún día, nos ofrecerá la profundidad. Pero, mientras esperamos, la fatiga y la confusión mental son a veces tales que uno se pone a añorar ingenuamente los Tahití, los paraísos de simplicidad y de pereza, las vidas de forma lenta e inexacta que jamás hemos conocido. Los primitivos ignoraban la necesidad de un tiempo finamente dividido.
[Continúa en Fundación, núm 10, diciembre - enero de 2014]

24

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

25

Poblar la noche
NAYELI GARCÍA SÁNCHEZ
A los viajeros

C

onocí la selva Lacandona de pequeña. Una y mil noches la voz cálida de mi madre me narraba el recorrido que hizo por Chiapas antes de cumplir los veinte años. No puedo precisar qué edad tendría la primera vez que la escuché contarlo, pero conservo con bastante certeza la impresión que me causaba oír su relato bañado de una extrañeza que conocería unos años después en la literatura. Yo era una niña de asfalto y no había pisado más pasto que el de los camellones de la avenida cercana al departamento. La colonia quedaba a unas cuadras del metro y sólo en días muy azules el Ajusco partía el cielo con el filo de su altura. De pequeña sufrí muchos problemas de sueño y la llegada del atardecer me parecía un mal augurio conspirado por el ciclo natural de las cosas. La mente se me despejaba, como se va poniendo el aire carretera adentro, y en las piernas y en los brazos sentía el impulso frenético de la energía necesaria para empezar una larga caminata. Era momento de dormir. Mamá y yo vivíamos en un departamento angosto pero con mucho espacio libre. La situación había empeorado y los vacíos en la casa se reprodujeron. Dormíamos en una sola cama. Con las luces apagadas y compartiendo un sitio tan estrecho era como si las dos entráramos en un tiempo especial y en esos momentos agradecía el insomnio. Establecimos ciertas dinámicas secretas para pasar el rato en la oscuridad y construir un mundo nuevo. Una de ellas era contarnos historias sobre los viajes de mi madre. Había dos posibles vertientes: ella me platicaba a mí o yo le repetía sus historias añadiendo detalles con la ensoñación de mi memoria. Siempre volvíamos al viaje a Chiapas. Era nuestro favorito porque se trataba de un viaje que había hecho acompañada de su mamá. Así abríamos la entrada a un calendario misterioso donde tres mujeres se encontraban en la voz amable de mis noches sin sueño. En los años sesenta Chiapas era un Chiapas que apenas puedo imaginar a partir del que ahora existe. San Cristóbal de las Casas estiraba las piernas sobre la geografía confusa del estado. El tren tardaba varios días para llegar allá y el camión que unía la estación con el poblado paraba en un punto donde las mujeres de mi casa bajaron sin idea clara de su localización, pero con la sensación plena de haber llegaFundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

do. La niebla entre las casas y el canto de los pájaros podían sentirse en el momento en que el camión se alejaba en su viaje de regreso. Mi abuela y mi madre encontraron hospedaje en la casa de unas monjas dedicadas al trabajo comunitario y al silencio. Ellas las llevaron a conocer la selva. No avanzaron mucho, pero menos de un kilómetro adentro ya se sentía la fuerza de la parva de plantas y animales. Mamá cuenta que el ritmo de la luz en el día era como un desplazarse de caracol o como un pan que se infla dentro del horno de barro. Sus palabras me envolvían de admiración y maravilla, provocadas por los colores de la ropa y los idiomas sureños. Durante mucho tiempo conservé la ilusión de que esas experiencias pertenecían al pasado y que a mí me había tocado vivir en un mundo donde difícilmente podría repetirse un momento similar. Supongo que ese pensamiento se tornó débil cuando comencé a leer, pero desapareció por completo la primera vez que me alejé lo suficiente de la burbuja urbana y viajamos a Costa Rica. Somos cuatro: Jorge, Diana, Elisa y yo. Ninguno conoce el lugar al que nos dirigimos y tenemos por mapa una guía de viajes y la esperanza de asombrarnos. Antes de salir de casa, le prometí a mi madre que le enviaría cartas. No importa cuánto dure el viaje. Desde que el avión despega intento imaginar unos rieles nubosos y grabar con presición cada detalle relevante, pero a cada momento me parece que me llega el recuerdo imposible de lo que veo por vez primera. Un viaje dejà vu. Viaje / noches de insomnio. Acaso algunos ordenamos lo insólito a partir de las experiencias, tanto propias como ajenas, que conocemos. Así el hombre no se siente en soledad. Así es posible aprehender el entorno y soportar la extrañeza. Poblar lo nuevo con recuerdos es una manera de apropiarse del espacio, de decir: yo ya había estado aquí antes. Tras un almuerzo de turista en el centro comercial más cercano al aeropuerto, tomamos camino hacia Monteverde, el bosque nuboso. El viaje había nacido del impulso por visitar ese lugar. Monteverde está sobre la cordillera de Tilarán, a una altura de entre 1200 y 1500 metros sobre el nivel del mar, y fue fundado a mediados del siglo XX por una comunidad de cuáqueros que encontraron allí lugar para llevar una vida pacífica basada en la cosecha y la cooperación. A pesar de que San José está a 167 km de Monteverde, tardamos unas cuatro horas en llegar. Las carreteras que comunican la autopista principal con el bosque son de terracería y conforme subimos por el camino, la niebla va abrazando el auto y el cielo comienza a cerrar los párpados. Desde ese ascender a la noche, girando varios montes hacia nuestro destino, la voz de mi madre se cuela en mi cabeza por entre los cantos de las cigarras: cascabeles vespertinos. Casi escucho las piedras que golpearon aquel tren de 1967 al pasar por los suburbios olvidados y resentidos de la Ciudad de México en su salida hacia Chiapas. Los oídos tapados y una bruma helada que arde en la nariz anuncian nuestra llegada tras las horas calladas de caminos sin pavimentar. Somos cuatro mexicanos en tierra tica. Eran dos mujeres en tierra chiapaneca. La noche se cerró minutos antes de que arribemos. Damos con el hotel donde tenemos las reservaciones y nos asignan una habitación doble a cada par. Nuestro cuarto tiene una ventana grande que da la cara a la reserva del bosque húmedo y entre las escalas de
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

26

27

negro hay curvas más oscuras que una sala de cine vacía. Cada monte se levanta como el lomo de un gigante exhausto y adolorido. Una interrupción, el sonido violento de un celular, podría despertarlo y provocar una ira guardada mucho tiempo atrás. Aún así prendo la luz del balcón. Bajamos a cenar algo al pueblo y de regreso la ventana se ha poblado de centenares de insectos que cantan himnos íntimos. Oraciones para sostener el cosmos. Apagamos el foco de afuera. Diana se recuesta en su cama a tomar notas alumbrada por la lámpara del buró y yo me quedo un rato largo viendo el techo. Cuando me doy cuenta ya está completamente oscuro. La respiración de Diana es acompasada y parece venir de un lugar lejano. Tengo la mente en blanco pero ese pequeño susurro de aire me devuelve a las noches de insomnio con mi madre. En Chiapas la noche era tan silenciosa que podías escuchar un crujir minúsculo antes de dormir, golpes débiles pero rítmicos abajo de la quijada: el pulso. La sangre se acomoda a las variaciones musicales del reposo. Mi mamá acariciaba mi barbilla mientras me contaba esto. Esta noche, en Costa Rica intento con gran esfuerzo alcanzar a escuchar el fluir de mi sangre en el nacimiento de mi cuello. Me quedo dormida. Cuando despierto todavía es de noche. Un relámpago que atraviesa la ventana me pega directo en los ojos. Una tormenta eléctrica. Camino hasta casi tocar el vidrio con la nariz en completa oscuridad. Otra luz. Un mundo nace cada que el rayo parte el horizonte. Oscuridad. Sólo veo mi propio vaho en el cristal. Luz. A lo lejos está el mar y copia en su cuerpo un rayo idéntico al que lo golpea. Mi madre acostumbraba fumar, a escondidas, pegada a la ventana de su cuarto. ¿Es que alguien está fumando sobre nosotros? A ella le atraía la idea de guiar a un caminante nocturno con las brazadas del cigarro, alumbrar el espacio con cada aspiración. Los relámpagos descubren un mundo ignoto para mi vigilia. Alguien respira allá afuera y su aliento de luz me lleva hasta donde los ojos alcanzan. Un viaje sin rumbo definido. Jorge, que ahora mismo debe estar dormido en la habitación contigua, dice que la mejor fuente de números aleatorios son las tormentas eléctricas. Las grandes compañías bancarias y las empresas de casinos obtienen combinaciones numéricas de estos eventos naturales. En un patrón todavía indescifrable, los relámpagos golpean el agua o la tierra y es imposible prever dónde caerá el siguiente: acupuntura celeste. Regreso a la cama con imágenes de dioses curanderos y deseo trazar un mapa de suertes oraculares en mi libreta antes de entrar al sueño. Amanece y no puedo ver la salida del sol porque la ventana mira hacia el poniente, además de que la humedad en el lugar cubre las alturas de un algodón muy espeso y dulce. Dice mi madre que, en las primeras horas de la mañana, San Cristóbal parece una ciudad fantasma con iglesias flotantes. Donde yo estoy no hay catedrales de piedra, pero existen árboles tan altos que tejen techos con sus copas, templos de peregrinos mínimos, fieles de un dios vivo y verde, líquido. Emprendemos el camino hacia la reserva biológica del bosque húmedo y el día se anuncia lluvioso y oscuro. Antes de traspasar el umbral, en la entrada a la reserva, nos recomiendan hacer un recorrido en silencio para no asustar a los animales, está prohibido fumar y el paseo dura entre cuatro y cinco horas. Mi abuela y mi madre llegaron a la selva Lacandona también un martes antes del mediodía.
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

Fotos: NGS

28

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

29

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

30

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

31

Apenas avanzas unos pasos cuando los sonidos que conociste antes parecen recuerdos de una vida cansada. Un nuevo ruido va envolviendo el cuerpo y no alcanzan los sentidos para terminar de habitarlo. Pasados unos minutos el sonido se empieza a acomodar y si permaneces lo suficientemente inmóvil escuchas de repente un crepitar de hojas por la derecha, la conversación de varios pájaros como a la altura de las costillas, el golpear de unas ramas recién movidas por algo que es más rápido y fuerte que tú, pero corre asustado a resguardarse. Entonces existe también el olor, una sustancia densa y lenta como la sangre o el chocolate espeso que se va sintiendo justo debajo de la nariz, pero poco después también entre las raíces del pelo y como debajo de la ropa en la línea de la espalda. En el mismo instante, entra un ruido por entre las copas de los árboles más altos, que crecieron asomados al barranco unos cuantos metros arriba el monte. El ruido avanza como lo haría un viejo habitante de los primeros mares y tienes que desear unirte a la tierra y erguirte árbol para aguantar de pie, y sin temblar a un ritmo disonante, antes de que el bramido, que ahora te recuerda más a las olas afilando las piedras, se pose en su andar encima de tu cabeza. La caída de unas cuantas gotas y el aleteo de las aves, que todavía no notabas pero que llevan ya rato viéndote desde arriba, te susurran suaves: eso que sentiste, eso que viste aguantando la respiración dentro del cuerpo, era el viento. Las palabras de mi mamá se mezclan en mi historia y comprendo que la única manera posible de enfrentarme a un mundo que a primera vista considero abrumador es repitiendo su voz en mi oído: una guía en la oscuridad. La caminata por el bosque es áspera. Jorge y Elisa se adelantan y van tomados de las manos. Comparten sus impresiones en un lenguaje que yo adivino pero no comprendo. Una mirada, la presión de los dedos sobre el dorso de la mano, pueden indicar con puntualidad qué les parece un bicho o dónde hay que fijar los ojos para atestiguar el vuelo confundido de una mariposa. Diana va susurrando cosas en su grabadora y de pronto se detiene largos segundos a contemplar de cerca alguna telaraña armoniosa o una flor desconocida. Me espero hasta que los tres desaparecen en un recodo del camino. Cierro los ojos. Respiro. Hay viajes que debes hacer en silencio, le dijo mi abuela a mi madre. Busca estar sola, ve hacia allá, acalla un rato el cuerpo y aprende a diferenciar entre un armadillo que avanza a ciegas debajo del follaje seco, de un ave que golpea con sus alas las ramas en una breve preparación para el vuelo. Ahora escucha mis pasos. ¿Los distingues? Silencio. Entre los círculos que trazaba con su andar la madre sobre la hija, se coló el canto de un quetzal. Mamá abrió los ojos y vio las plumas coloridas, la cabeza pequeña del pájaro a unos cuantos metros de altura, sobre un árbol frondoso. El viaje a Chiapas termina distinto cada que mamá lo cuenta. El insomnio desaparecía antes de ciertas sílabas que anticipaban el final de la historia. Regreso de Costa Rica un lunes. Duermo esa noche en la cama de mamá, con ella. Le cuento del viaje hasta que se queda dormida. Una sola voz narra nuestras historias.

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

32

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

33

PARADICE
ELIOT WEINbERGER VERSIÓN: RODRIGO GARCÍA BONILLAS

P

enínsula de Snaefellsness. Islandia ha creado la sociedad más perfecta del mundo, de la cual el resto del mundo no puede aprender nada, pues su utopía insólita es un feliz accidente de cierta historia y cierta geografía que no puede ser duplicado, o siquiera imitado, en otra parte. Fuera del Pacífico sur, ningún grupo étnico tan reducido tiene un estado-nación propio, totalmente independiente. Hay sólo 268 000 islandeses, de los cuales 150 000 viven en Reikiavik, la capital, y en sus alrededores. La segunda ciudad más grande, Akureiki, conocida por la escena artística y la vida nocturna –su Barcelona–, tiene 14 000 habitantes. En el resto del país hay poca gente, y los páramos salvajes con volcanes, cascadas, extrañas formaciones rocosas, humeantes campos de lava, géiseres, glaciares y témpanos, parecen los confines de la tierra, como si al atravesar el Tíbet uno se encontrara con el mar. Aunque casi todos los caminos son poco transitados y están sin pavimentar, este es un país escandinavo moderno donde todo funciona y donde el estado protege a sus ciudadanos desde el nacimiento hasta la muerte. No hay desempleo, ni pobreza, ni riqueza evidente. La educación es universal. El consumo y la producción per cápita de libros son, por mucho, los más altos del mundo. No hay contaminación: el país entero se calienta con geotermia. No es violento: sin ejército, sin armas, poco crimen. Los prisioneros, con excepción de los peligrosos, van a casa en vacaciones. Los niños pequeños caminan solos en la ciudad. Durante los últimos mil años, las mujeres islandesas han tenido derechos inimaginables en otra parte, como la posibilidad de divorciarse y de quedarse con la mitad de la propiedad. Fue la primera nación que tuvo una presidenta y es la única con un partido político de mujeres con curules en el Parlamento. Los islandeses inventaron la idea del Parlamento. Increíblemente, es una sociedad capitalista consumidora sin excesos. Tienen todo, pero sólo un tipo o dos de cada cosa. Viven sin el frenético bombardeo de las marcas en competencia, ni las demandas de la habilidad consumidora, ni el consiguiente temor de que uno ha tomado la decisión equivocada. Las ocupaciones tradicionales de las mayores exportaciones –pesca y pastoreo– son hoy desempeñadas sólo por una fracción de la gente. El resto de la minúscula fuerza de trabajo debe completar todos los papeles de una sociedad moderna: embajador, plomero, anestesiólogo, programador, chelista, policía. Hay una estación televisiva, un director
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

34

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

35

famoso, un novelista ganador del Nobel, una estrella internacional de rock. En Islandia la vida moderna es plena, pero vivida a escala tribal. Como una tribu, es una sociedad arraigada en lo arcaico. Quizás son las únicas personas tecnologizadas que podrían hablar con sus ancestros de mil años atrás con soltura: el islandés se ha mantenido sin cambios desde que se separó del antiguo noruego y su alfabeto conserva dos letras rúnicas que nadie más utiliza. La ley les exige tener nombres tradicionales, y siguen el antiguo sistema de un nombre más el nombre del padre o la madre, más hijo o hija. La guía telefónica enlista a la gente por su nombre y todos son idénticos: Jóhan Magnússon, Magnus Jóhannsson, Gréta Jóhannsdóttir. Pueden distinguirse entre sí porque se conocen entre sí. Los islandeses están ensimismados. En el siglo XIII produjeron un corpus vasto de literatura, sin paragón en Europa, que era una descripción meticulosa de sí mismos. Son las sagas: historias no de héroes o de dioses, sino de gente común: los colonos de aquella época, que habían venido a las tierras inhóspitas dos siglos antes. Hay series de sagas, todas entrelazadas: las mismas historias son contadas desde puntos de vista diferentes. Una persona mencionada de paso en alguna se convierte en la protagonista de otra. Es una gran “comedia humana” de amor, codicia, cólera, lujuria, matrimonios y establecimientos, viajes, venganzas, funerales y fiestas, encuentros, raptos, sueños proféticos y coincidencias extrañas, pesca y pastoreo. Casi todos en Islandia son descendientes de aquellos hombres, y conocen las historias, y las historias de lo que después pasó durante las generaciones.

Uno viaja a través de Islandia con The Visitors Key, una guía extraordinaria que sigue paso a paso cada camino del país, como si se estuviera caminando con el Guardián de los Recuerdos. Islandia tiene pocos edificios, museos o monumentos notables. Lo que sí tiene son colinas y ríos y rocas, y cada uno posee una historia que el libro recuerda. Aquí hay un puente de piedra que colapsó tras un asesino convicto que escapaba, probando que era inocente. Aquí vivía un niño cuyos poderes mágicos eran tales que podía marchitar la hierba. Aquí un hombre murió de exposición a una tormenta de nieve, sin saber que estaba a pocas yardas de su hogar. Se dice que dos cofres de plata están escondidos en alguna parte de esta colina. En este manantial caliente, un bandido famoso hirvió carne. Un hombre fue enterrado aquí porque los caballos que llevaban su cuerpo se negaron a dar un paso más. Aquí un hombre que robó más ovejas de las que necesitaba fue asesinado por un niño de doce años. Esta granja se rehusó a cobijar a una mujer encinta que viajaba, y fue enterrada por un derrumbe aquella noche. Algunas personas han visto a un hombre que camina por este cantil con la cabeza bajo el brazo. Aquí era la casa de un clérigo que recibió honores en el extranjero por el desarrollo de aceite de hígado de bacalao medicinal, y que fue también conocido por haber raptado a su novia. Aquí vivió un cartero popular en el siglo XVIII. ¿Qué otra sociedad moderna habita tan plenamente el paisaje en que vive? ¿En qué otra parte la clase media todavía tiene recuerdos? Sir Richard Burton, tras los trópicos y los desiertos, quedó consternado por la isla. William Morris aprendió la lengua y tradujo algunas sagas, pero prefirió su lectura a sus dos visitas. Julio Verne nunca vino, pero ubicó la entrada al centro de la tierra en el volcán del Snaeffelsjökull. Trollope vino, ya tarde en su vida, y escribió un alegre relato de tremendas comidas y mujeres hermosas, pero se asombró de no encontrar ningún banco. Aquí el joven Auden, justo antes de la guerra en España, escribió su libro más peregrino. Hornean la carne poniéndola en el piso; prefieren podrida la carne de tiburón. No es conocido entre ellos el uso de pesticidas. Casi todas las mujeres tienen su primogénito antes del matrimonio. No aceptan perros en la capital. Sus ojos son de la exacta sombra azul claro de un témpano. Creen en la Gente Escondida. A sus caballos les crecen largos abrigos en el invierno y duermen echados. Nunca he visto tantos tipos de musgo. 1996
Publicado con el amable permiso del autor.

andrewyang: “Iceland - Moss and waterfall.” Anterior: m’sieur rico: “Iceland” [ambas, flickr.com]

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

36

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

37

Sailing to Bizantium
ANA LAURA MAGIS WEINbERG
That is no country for old men William Butler Yeats

reo que Estambul no es una ciudad en la que pueda estar. Vine en el 2009, cuando en realidad buscaba la India y el Oriente exótico, y me deprimí ante y la falta de mercaderes de alfombras voladoras. Era la primera vez que estaba en un país islámico y mi paso por la ciudad consistió en maravillarme ante el simple hecho de pisar una mezquita y preguntarme si había, técnicamente, estado en Asia o no. Cuatro años después aún sigo buscando la India: restos del idioma que aprendí allá aparecen entre las irreconocibles palabras turcas (explico, más de una vez, que gül en turco está relacionado con gulab en hindi, y que ambos vienen del persa), y espero lista con el saludo tradicional salaam alaykum sin encontrar a alguien que hable árabe en la vida cotidiana de este país secular. Pero más que la India lo que busco ahora es deshacerme de mil quinientos años de historia. Escribo sobre un general bizantino que a su vez está obsesionado con la historia militar griega y romana, y así como él en las primeras páginas de mi novela él recorre Antioquía buscando vestigios de Aníbal, yo uso este viaje con mi abuela para quitarle, piedra por piedra, quince siglos de historia a esta ciudad del Bósforo. Belisario tuvo la increíble fortuna de contratar a Procopio, quien se convertiría en el principal historiador de su época, como secretario particular. Desde el comienzo de su carrera militar, en el 530, Procopio siguió y documentó la vida de Belisario. Por si fuera poco, en la Edad Media se descubrió un manuscrito en la biblioteca del Vaticano llamado Anécdotas donde el mismo Procopio, enojado por falta de pago, se dedicó a criticar a todos los que alababa oficialmente (no sólo a Belisario, sino a su esposa y a los emperadores Justiniano y Teodora). Tenemos, así, las dos caras del general. Los datos que no existen, como la ascendencia de Belisario, se han podido conjeturar comparando con otros textos históricos o por omisiones del mismo Procopio: si éste no criticó los bajos orígenes de Belisario, es casi seguro que era de origen noble. Por desgracia, no tengo una imaginación tan desbordada como la que le he dado a Belisario en mi novela, y no puedo pavimentar lo que ahora son grandilocuentes
Fotos: ALMW
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

C

mezquitas imperiales con los 25 metros de mármol que tenía el ancho de la avenida más importante del imperio en el siglo V. Como no puedo deshacer la ciudad me dedico a ver sólo lo que me interesa. Mi abuela, de cuyo brazo me prendo por seguridad y para defenderme del el frío, escucha pacientemente mis explicaciones sobre la importancia de ésta o aquélla piedra mientras señalo el obelisco de Teodosio y el perímetro desdibujado del hipódromo imperial. La carrera de Belisario estuvo fuertemente ligada a la del emperador Justiniano, quien durante muchos años confió ciegamente en él. En 532 los espectadores del hipódromo comenzaron a gritarle “niké” a Justiniano (victoria en griego, que le da nombre a las Revueltas de Niké). El emperador estaba listo para abdicar y dejar Constantinopla cuando, a raíz de las insistencias de su esposa (“¿Acaso hay mejor mortaja que el púrpura imperial?” son las palabras que se supone le dijo) decidió acabar con los levantamientos. Su eunuco de confianza, Narciso, se dedicó a sobornar a algunos líderes y Belisario estuvo encargado de encerrar a los manifestantes que quedaban en el hipódromo. Tenía a su disposición pocos soldados, pero con sus armas y entrenamiento militar pudieron masacrar a todos los civiles sin sufrir ninguna baja. Llegamos un sábado en la tarde y por problemas en el aeropuerto y el hotel no podemos seguir mi itinerario para ese día. Habíamos de tomar un taxi, ver los mejores ejemplos de mosaicos bizantinos en una iglesia que estuvo afuera de la gran capital, asomarnos al único palacio bizantino que se mantiene (el edificio, que fue también prostíbulo y establo de elefantes, sólo se puede ver desde un baldío mientras lo restauran para transformarlo en un centro comercial), y sobre todo cumplir mi sueño de escalar las murallas de Teodosio e imaginarme lo que ahora es ciudad como un campo asediado por los bárbaros cutrigures, última batalla en la que Belisario participó.
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

38

39

La relación entre Justiniano y Belisario decayó después de las conquistas itálicas de 540. En dos oportunidades el general pudo haberse coronado como emperador, y aunque las rechazó queda claro a qué le temía Justiniano. Belisario se retiró de la vida pública pero en 559, cuando los cutrigures búlgaros sitiaron Constantinopla y todo el ejército estaba en Italia bajo la dirección de Narciso el eunuco, el ex-general organizó la defensa de la ciudad con guardias particulares y una milicia improvisada. Cuando la batalla estaba ganada Justiniano bajó de las murallas para ser él quien derrotara a los búlgaros. Lo más extraño es que a Belisario no le molestó que le quitaran la gloria. En lugar de eso tenemos que contentarnos con salir de noche para ver Santa Sofía y la Mezquita Azul iluminadas. El frío imprevisto nos obliga a volver hasta un restaurante donde mi abuela insiste en comer. Es un lugar grande, con calefacción y lleno de turistas. Yo, que le tengo pánico a la experiencia falsa y disneylandiesca de la visita pasada, intento disuadir a la abuela discretamente, pero ella tiene tantas ganas de comer ahí que incluso accede a sentarse en un sillón bajo que ya ocupan dos francesas. Cuando abro la carta, antes de los platillos veo una explicación sobre un palacio enterrado, y al final de una comida que nos costó trabajo terminar llevo a la abuela al patio donde unas escaleras medio iluminadas nos esperan. Belisario, nacido circa el año 500, llegó rápidamente a los excubitores, guardia del emperador Justino, y fue mandado al frente en 527 como comandante militar en las eternas guerras contra Persia. En 530 derrotó a Perozes de Mihrán en la fortaleza de Dara. Perozes perdió una batalla en un terreno que dominaba y con 40,000 soldados contra los 10,000 de Belisario. Sin embargo, Belisario perdió la guerra cuando presionado por sus hombres (que lo acusaron de cobarde) se vio obligado a pelear en Calínico una batalla que desde el comienzo sabía perdida. Belisario fue para Justiniano lo que Agripa para Augusto: un gran general que lo ayudó a conseguir victorias militares que nunca hubiera tenido por su cuenta. Belisario reconquistó el norte de
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

África (tomada por los vándalos) y toda la península itálica (tomada por los godos), y durante el reino de Justiniano el Imperio Romano volvió a tener las dimensiones que tuvo bajo Constantino. *** Le digo que me espere arriba pero la abuela insiste en acompañarme, y juntas bajamos las escaleras de madera. Llegamos a una bóvedas enormes, vacías, a medio iluminar. Un letrero en inglés indica que estamos en lo que probablemente fueron habitaciones del palacio construido por Constantino cuando fundó la ciudad. El cartel sugiere que ésa era la sección destinada a hospedar embajadores y emisarios extranjeros, y nos recuerda que la excavación se está llevando a cabo con lo recaudado en el restaurante de arriba. Recorremos las pocas salas que hay, pero saboreamos cada minuto de ese palacio bizantino que por el momento es nuestro. Yo me pregunto si Belisario pasó por donde estoy parada y para invocarlo toco todo lo que puedo. Cuando llegan más personas nos vamos. En la salida forcejeo hasta sacar dos pedazos de ladrillo que llevo en la mano hasta el hotel. Por la conquista del norte de África, Belisario celebró el último triunfo romano de la historia en 535 (honor que por muchos siglos sólo se le concedió a los emperadores). Después de tomar Cartago, el general marchó por Constantinopla exhibiendo los tesoros tomados, entre los que se encontraba la menorah de plata que Vespasiano se llevó de Jerusalén y durante varios siglos formó parte de un templo romano hasta que
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

40

41

los vándalos saquearon Roma. En la procesión también iba Gelimer, rey de Cartago, que cuando se arrodilló ante el emperador y la emperatriz murmuró “¡Vanidad! ¡Todo es vanidad!”. *** Al día siguiente empezamos temprano: hay mucho para ver. Primero la cisterna imperial donde intento ver más allá de los turistas rusos y japoneses que gastan el mármol de una columna tallada, e intento imaginarme a algún esclavo surcando el “palacio hundido” en un barquito mientras ilumina su alrededor con una antorcha solitaria. Se mueve entre las columnas hasta que llega al punto donde estoy yo ahora y una cabeza lo observa desde lo profundo: los ojos gigantes de Medusa y los ojitos de su cabello asustan al hombre, la antorcha cae al agua y él queda paralizado por el terror en una oscuridad de la que ya no podrá salir. Todavía no decido a qué bajaría a la cisterna el pobre esclavo. En el museo de arqueología, en remodelación, la abuela cansada se sienta en frente del Sarcófago de Alejandro. Yo recorro el museo en busca de piezas que me hagan sentir una conexión íntima con alguno de los habitantes de Asia Menor entre sus diez mil años de historia, y encuentro un par de figuritas de barro con caras simpáticas y un collar neobabilonio igual al que se puso mi abuela en la mañana: al final los gustos no cambian. Toda un ala del museo está dedicada a sarcófagos egipcios, helenísticos y romanos, además de lápidas de varias épocas. Paso de largo el famoso sarcófago que puede o no tener el cuerpo (o lo que ha de quedar 2,300 años después) del macedonio inmortal, y llego a las lápidas de campesinos y soldados rasos. Mientras reflexiono sobre la ansiedad humana de que no se nos olvide después de muertos, decido rendir homenajes leyendo las inscripciones y guardo un lejano minuto de silencio por Trocondas y Datya, enterrados aquí por sus padres porque aún muertos los quieren mucho. Belisario nació en Germane, en Tracia. Es probable que haya venido de una familia adinerada y católica, y que desde muy chico hablara latín. La educación en esa época era impartida por maestros particulares y consistía sobre todo en memorizar textos. Los bizantinos siempre se sintieron romanos y alguien como Belisario hubiera leído y memorizado a Livio y Julio César. No existían academias militares sino entrenamientos, sobornos, puestos obtenidos por favores, y la posibilidad de destacarse en el campo de batalla. Si Belisario era hijo de un noble su educación lo hubiera encaminado a la retórica para poder ser funcionario público, y el general hubiera manejado un sinnúmero de textos clásicos. Decido entonces que Belisario, al pasar por una necrópolis (quizá la del primer puerto al que llegó en su marcha militar por Anatolia) quedó tan impresionado con las tumbas que decidió hacerse inmortal por sus hazañas bélicas. Al salir del museo, mientras la abuela y yo sorteamos algunos de los muchos gatos que rondan la ciudad, me pregunto dónde estará enterrado Belisario, qué decía su lápida, y si leer la inscripción en voz alta hoy serviría de algo.
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

42

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

43

Sabemos los hechos de la vida de Belisario pero no los detalles. Mi tarea consiste en hilar las cosas que se saben y darles textura y profundidad: si Procopio anota que era callado, yo interpreto que era tímido porque se crió solo en la hacienda de su familia sin contacto con otros niños. Ni siquiera sabemos si sabía leer y escribir, pero yo asumo que tuvo una buena educación de joven. Quizá el misterio más grande es por qué sus hombres lo respetaron tan poco: aunque se le considera uno de los mejores generales de la historia vemos como sus propios soldados no seguían las órdenes que les daba, y la tragedia que le otorgo a mi héroe es su obsesión con los generales inmortales: Alejandro, César, Aníbal, Escipión... *** La abuela, aún más cansada, se sienta en el zoclo de una de las columnas de Santa Sofía mientras yo correteo por la ex-iglesia ex-mezquita. La vez pasada busqué el muro de qibla que señala la Meca, pero ahora intento verla el día de su inauguración el 27 de diciembre del 537. Belisario, mano derecha del emperador Justiniano, fue necesariamente una de las primeras personas en verla terminada, y mientras recorro las naves monumentales me pregunto qué sintió en la iglesia, si se impresionó con los muros de oro, y si la comparó con las ruinas paganas que vio en el Éfeso. Después de Niké, Justiniano quedó con una ciudad en ruinas, mucho dinero en las arcas, y planes para construir una iglesia. La iglesia de la Santa Sabiduría del Señor se terminó en menos de cinco años (cuando Notre Dame, casi diez siglos después, tomó doscientos años en construirse) y durante varios siglos fue la más grande del mundo.
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

44

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

45

*** Intento que el viaje me dé algo que no pueda encontrar ni siquiera en las reconstrucciones virtuales de Constantinopla. Tengo un sistema complicado de documentación: tomo fotos de detalles, anoto ideas para la trama, y hago videos donde describo sensaciones. Pongo atención a las pendientes de las calles pedregosas, respiro el aire frío a la orilla del Bósforo (la abuela se quedó un rato en el hotel). El frío me entume las manos y decido que Belisario, que nació en Bulgaria, disfruta la brisa marina helada de octubre. Vamos al Bazar de Especias, donde definitivamente no estuvo el general y me puedo dedicar a pasear tranquila. Desde el taxi veo la puesta de sol: el mar y las casas se tiñen de rosa, y donde la luz toca un vidrio aparece un fulgor dorado. Belisario también vio eso, pero no se me ocurre qué sintió. *** En el aeropuerto internacional Ataturk me pregunto qué hacía la gente cuando perdía un barco, si los boletos se compraban de antemano, y si te esperaban para salir. Un señor intenta facturar una caja llena de pescado congelado y agradezco el mostrador de las líneas aéreas turcas en lugar de añorar la amplia proa de un trirreme.

*** Antalya está al sur, en la costa del Mediterráneo, por donde Belisario pasó rumbo a Antioquía. Una excursión me lleva (ahora sin la abuela, que está en un congreso) a recorrer las ruinas de la ciudad de Perga. Me cuesta trabajo hacer que el lugar cobre vida hasta que el guía señala dos iglesias: significa que la ciudad perduró hasta Belisario, y aunque no lo puedo hacer pasar por ahí (a menos que pretenda escribir una novela de mil páginas) sí puedo imaginarme a Nísibis y Antioquía con las mismas calles y tiendas. Empiezo a construir mi propia ciudad, Dara, que Belisario construyó en la frontera con Persia, y me tropiezo entre caracoles para grabar el sonido que hacen las hierbas secas cuando las piso. *** Después de jugos de granada, fotos de aldeas tradicionales y gallinas en medio de los caminos de tierra (salvo las antenas en los techos poco ha de haber cambiado desde que el ejército marchó por ahí en el 532) nos paramos a comer. A lo lejos se ve el acueducto que visitamos horas antes. Como pollo y trigo y me imagino a Belisario comiendo lo mismo, viendo acueductos (aún de pie, aún funcionando, pero empezando a deteriorarse) mientras piensa que su labor en la historia es reconquistar las provincias perdidas y restaurar el honor del Imperio Romano. El emperador Justiniano se casó con una prostituta, Teodora, a quien convirtió en emperatriz, y en un paralelismo extraño Belisario se casó con Antonina, amiga de ésta.
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

46

47

Las dos mujeres son las más atacadas por Procopio en las Anécdotas, donde las acusa de una sexualidad insaciable. Teodora participa en orgías con cuarenta hombres, y al quedar insatisfecha termina involucrando a los muebles. Antonina, por su parte, se acuesta con su hijo adoptivo en frente de Belisario sin que éste lo note. Quizá ella es la razón por la que los soldados no respetaban a su comandante, pues él estaba completamente dominado por ella. La acusan de hechicera, pues ¿cómo podría un hombre estar tan enamorado de una mujer normal? Lo acompañó a cada campaña, y siendo doce años mayor que él murió una década después de que Belisario muriera a los 65 años. En 562 Belisario fue juzgado por corrupción y fue condenado a prisión (puede que el mismo Procopio haya sido el juez que lo condenó, y sólo salió de la cárcel un año después por la popularidad que tenía en Constantinopla. Bousez, uno de sus generales, entró por las mismas razones y nunca fue liberado). Por alguna razón inexplicable, el folklore prefiere recordar a Belisario como un mártir ciego (supuestamente Justiniano le manda sacar los ojos y éste vivió el resto de su vida pidiendo limosna en las puertas de Constantinopla) que como un hombre a la merced de una hechicera bizantina. Yo lo imagino como un grandulón tímido que vive en un mundo de fantasías propias donde convive con todos los grandes generales de la historia clásica, y que además está perdidamente enamorado de una mujer que, a diferencia de él, es excesivamente carismática. De regreso, con un prendedor contra el mal de ojo que una autodenominada “turkish mama” me puso en la blusa para convencerme de que comprara un jugo, me pongo los audífonos y escucho a Regina Spektor mientras veo el paisaje siempreterno e intento acordarme de algún verso del poema de Yeats.

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

48

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

49

La casa deshabitada o el modernismo sin modernistas
DAvID ALEjANDRO MARTÍNEZ

E

s curioso que después de un siglo, sea aún posible preguntarse, sin miedo a que la curiosidad resulte ociosa, quiénes fueron los modernistas del modernismo. En los años que median entre ellos y nosotros se ha fabricado una noción lo suficientemente abstracta para que esa casona porfiriana que fue el modernismo la habiten tantos nombres como, finalmente, ninguno. Si se considera que Manuel Gutiérrez Nájera estaba solo cuando se inicia el modernismo en nuestro país a finales de 1870, y que su último órgano de difusión fue la revista Savia Moderna, de 1906, ya con un pie en el Ateneo, se puede llegar a la conclusión de que el modernismo tuvo una vida saludable que fue de menos a más y otra vez en declive en aproximadamente treinta años. Su razón era ser novísimos. Lo que implicaba mantener cierto ritmo de trabajo hacia adelante, algo de movimiento perpetuo, de continua innovación artística: “hoy, como hoy; mañana de otro modo; y siempre de manera diferente” rezaba su credo. La pretensión, como podemos verla ahora, se antoja bastante complicada. Pronto se volverá contra ellos. El relativo olvido en el que sus poetas cayeron durante buena parte del siglo pasado se debe, por un lado, a esta difícil concepción del trabajo artístico y, por otro, a la nerviosa actitud con que los críticos y poetas que les siguieron fueron dándoles su lugar en la memoria de nuestra literatura. Operación minuciosa sobre todo efectuada por medio de las antologías. Si nos dejamos llevar por lo que éstas asientan (porque el modernismo es, como muchos otros momentos de nuestras letras, una literatura de antologías) rápidamente podemos empezar a dar algunos nombres: Manuel Gutiérrez Nájera, el más temprano de todos, Salvador Díaz Mirón, Manuel José Othón, Amado Nervo, José Juan Tablada, Efrén Rebolledo; un poco más allá, o más acá, no lo sabemos, aparecen Ramón López Velarde, Luis G. Urbina y Enrique González Martínez; y aguzando la vista se pueden observar otros más curiosos: el padre Alfredo R. Placencia, María Enriqueta, Rafael López. El recuento fácilmente nos brinda más de una decena de nombres sólidos. Concentremos en ellos la atención, deteniéndonos, a la par, en el multicitado comentario de
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

EddyVan 3000: pendiente art nouveau [flickr.com]

José Emilio Pacheco: “No hay modernismo sino modernismos: los de cada poeta importante que comienza a escribir en lengua española entre 1880 y 1910”. Retomando sus palabras se puede decir que ahora, para ilustrar nuestro punto, hay tantos menos modernismos, como poetas “importantes” que escribieron en los treinta años señalados. En otras palabras, cada uno de los poetas “importantes” que “pertenecieron” al modernismo son “excusados” de pertenecer a él con mucha más frecuencia de lo que se pudiera pensar. Lo que nos va dejando sin modernistas y, por tanto, borrando la arquitectura del modernismo o modernismos. Aún hoy que parece estamos tan lejos de que algo nos incomode, el modernismo es sentido como un exabrupto vergonzoso. No mucho, pero sí lo suficiente para querer evitarle la pena a nuestros poetas favoritos. Así, decimos de Ramón López Velarde, sin duda el más querido, que él no es modernista, que se salva porque es más bien “posmodernista”; que a su poesía no peca de ese no sé qué enojoso cosquilleo del preciosismo;
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

50

51

que la provincia, la suave patria, son retratadas con una fuerza y claridad para ver lo “mexicano” que no había existido antes; qué es él, y no otro, el Adán de la poesía moderna, y esto significa, por extraño que suene, que ha dejado atrás al modernismo. Luego llegamos a José Juan Tablada, ese loro verde, que trajo del remoto Japón la poesía sintética, la brevedad, los cuatro versos que llamamos haiku. Y no sólo eso, sino que al mismo tiempo que Apollinaire —poquito antes o después— comprendió la dimensión plástica de la poesía llenando las hojas con sus caligramas. Por lo que no podemos llamarlo modernista así, a secas. Más bien, y quién mejor que Octavio Paz para dar esos nombres sospechosos y adjetivos, la Eva de la poesía moderna mexicana. Otro grande que se salva del modernismo es Salvador Díaz Mirón, romántico en sus inicios, responsable de Lascas en su madurez y finalmente poeta estéril, desvernon.hyde: pendiente art nouveau [flickr.com] pués de su destierro y durante los años últimos de su vida prometió más de lo que llegó a escribir. Lascas de 1901 (el poemario que inaugura el siglo XX de México y el único libro que mereció ser publicado por el veracruzano) se piensa siempre como un hecho aparte; la obra de un genio que, tanto porque él mismo nunca se declaró seguidor de ningún principio estético que no naciera de sí, como porque sus posteriores lectores han querido liberarlo del problema, escapa de su tiempo y sobre todo de las tendencias de su época. Lascas pertenece más a las tradición diazmironiana que al modernismo. Es la pluma viril del poeta, como la describe Castro Leal, la responsable del poemario, decir que Lascas es un libro modernista resulta, en este punto, una afrenta para el aguerrido poeta que, si aún viviera, tendría que resolverse en un duelo. Similar problema aqueja a Luis G. Urbina, el autor de Lámparas de agonía. Viniendo desde atrás, nace en 1864, su trabajo normalmente se piensa tangencial al modernismo; es más un “observador privilegiado” de la época que le tocó vivir, como lo cree Alfonso Reyes, que un agente del modernismo. Su obra en prosa, La vida literaria en México y las crónicas, despiertan más interés que su trabajo como poeta. Además, está el hecho de que fue secretario de Justo Sierra, situación que dispara la percepción de su persona y legado hacia los terrenos de la política, la historia y la crítica. Indiscutiblemente antes que López Velarde fuera “el poeta de provincia” por antonomasia, Manuel José Othón, que nació y murió en el terruño (San Luis Potosí,
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

Emile Alain Séguy: litografía para el Album de la Décoration (París, 1900). Librairie des arts décoratifs/MCAD Library [flickr.com]

Broche de René Lalique [Kotomi_, flickr.com]

52

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

53

Pendiente de René Lalique [Threesixty Torino, flickr.com]

1858-1906) ocupaba este puesto. Se le ha considerado el pintor de la vida silvestre; su Idilio salvaje o los Poemas rústicos son el más importante testimonio que se tiene de esta tendencia en la que el campo mexicano es retratado con los más altos vuelos de la lengua. Luego, llamarle modernista, aunque muchos de su procedimientos lo fueron plenamente (“Es blanca la color de su mejilla / como del cisne de Estrimón la pluma”), sería hacerle una injusticia. Detengámonos ahora en Amado Nervo y Efrén Rebolledo. El primero nacido en Nayarit. Llega a la Ciudad de México a mediados de 1890 e inmediatamente regala con uno de los cuentos (¿novela corta?) más extraños de la literatura nacional, El bachiller, 1895. A escaso tiempo publica Perlas negras y Místicas (1898), primeros libros de poemas. El segundo, nacido en Actopan, Hidalgo, también desembarca ya grande a la metrópoli, 1896. Su primer libro de poemas es de 1902, Cuarzos. La cuestión, en ambos, es que pasado el fin de siglo su obra tiende a entenderse como distinta al modernismo. Nervo, autor de Serenidad, Mis filosofías y el póstumo La amada inmóvil, se vuelve el poeta místico, de tono religioso, interiorista, que prende su fama en el gusto de la clase media y del que poco se recuerdan textos como “El
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

andrógino” o el mismo Bachiller. Rebolledo, por su parte, fundará con los otros dos poetas no-modernistas de la época, Enrique González Martínez y López Velarde, la revista Pegaso, 1917, con lo que conseguirá poner un pie en el “posmodernismo”. Al mismo tiempo escribirá los que, en el juicio de Xavier Villaurrutia, son los mejores poemas de amor erótico de la poesía mexicana: Caro Victrix. Desde ese momento la temperatura de su obra se medirá siempre con el termómetro del erotismo; alguien comentará lo que hay de parnasiana en ella, de estricto en su forma, pero normalmente el tema del modernismo será bordeado o, cuanto más, subordinado. El tercer posmodernista es, como se ha mencionado, el búho Enrique González Martínez. Este poeta de Guadalajara llegó, médico de profesión, a practicarle una traqueotomía de urgencia al cisne del modernismo que andaba ahogándose, según dicen, en adornos y cursilerías. Aunque suele aparecer con más frecuencia de la que le gustaría en libros antológicos del modernismo, normalmente no se le piensa como un hijo fiel de esta tendencia; más bien, se ha señalado ya, como alguien que, aunque iniciado, logra escapar a tiempo para concentrarse en la vida profunda, los motivos interiores y dar nuevos aires a la poesía, una especie de simbolismo moral. Por último, Manuel Gutiérrez Nájera, que llega temprano, que es el primero entre los nuestros que se adelanta a las propuestas de fin de siglo, junto con el cubano José Martí, tampoco puede ser nombrado del todo, un poeta modernista. Por la simple y sencilla razón de que fue, justamente, su iniciador. Es el primero, el más incipiente, pero nunca su culminación. De procedencia romántica, como lo sería Justo Sierra si se le quisiera enumerar aquí, su poesía temprana no se reconoce del todo en esta vanguardia. El resto de sus poemas, que son extraordinarios, indican el camino o sirven de puntales, anuncian lo que se puede conseguir; son únicos y están solos; otros son extraños vestigios de un camino que todavía no se camina. Faltarían otras tantas figuras de segunda y aún de tercera fila, ciertamente no tanto por sus méritos como por lo que a la fama le gusta encumbrar a unos y olvidar a otros; quizá en ellos descansa el modernismo, o no: de Alfredo R. Placencia, María Enriqueta, Rafael López, que se mencionan al principio, no faltará quien piense que éste pertenece más a la tradición religiosa; la segunda a una literatura femenina de principios de siglo poco atendida por la crítica; y que el último es un posmodernista menos afortunado. Aparecen otros más. Francisco M. de Olaguíbel fue hombre de un solo libro, Oro y negro, que se volvió Canciones de Bohemia; dos años antes de morir publicó Rosas de hastío, texto lejos del modernismo; Balvino Dávalos apenas hoy comienza a ser valorado como traductor; Jesús Urueta es el orador por antonomasia, “el tribuno de la Revolución”, sus conferencias sobre la grecia clásica son mucho más conocidas que su obra literaria; y Francisco A. de Icaza, que a los veintitrés años dejó méxico, pertenece más al modernismo de España si es que tal cosa existe. Terminado este recorrido, breve y arbitrario como se antoja de pronto salir a pasear, el modernismo se ha quedado sin poetas, al menos sin los “importantes”. Ninguno de los de primera línea aquí evocados son plenamente identificables con el tema que tratamos; no habitan en la casa o no lo hacen por mucho tiempo; se mudan, llegan o salen de visita y nunca vuelven.
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

54

55

Nota sobre El último hombre, de Mary Shelley
ALEjANDRO ARTEAGA
Los hombres desesperados viven suspendidos en el espacio como figuras pintadas sobre las paredes, sin respirar, sin hablar, sin escuchar a nadie. Pascal Quignard

S

iempre me atrajo, como a muchos, el tema de un tiempo futuro y convulso como nos acostumbraron desde niños el cine y la televisión, el futuro de un mundo cuyo fin nos ofrece el mayor de los espectáculos y las más atractivas imágenes de Apocalipsis y desastre. Quizá nadie fue ajeno a ello ni lo será. Yo soy hijo de las últimas secuelas de la guerra fría y me tocó de manera indirecta el brazo feroz de su terror invisible, el experimento de un miedo indomable y sin escapatoria, el suspenso de la bomba segura que nos abrasaría con su fuego ubicuo. De la infancia y de las imágenes más crudas de una batalla que aún no ha llegado vino el regalo de mi peor pesadilla, la que aún me acompaña en los días más difíciles: un remolino inmenso que destruye ad aeternum todas las cosas del mundo y donde, curiosamente, lo terrible no es fallecer sino el tormento de una muerte sin fin, exenta de una memoria póstuma y descendencia alguna, una soledad sin límites aunque en el trance perentorio de su desaparición. Quizá una buena parte de la gente de mi edad creció con la certeza —y quizá la promesa— de un futuro así: ciudades devastadas, guerras civiles y armas biológicas que nos pondrían en el trance del éxodo y la batalla, aunque también en la búsqueda de nuestro personal motivo, el que oscuramente nos imprime a diario el mecanismo de la vida. Tal vez todos guardamos esa secreta expectativa de convertirnos en testigos privilegiados de una tormenta inconmensurable, un terremoto fatal o un bombardeo generalizado, aunque también con la curiosidad de conocer un mundo virginal y salvaje, el nuestro, vuelto a sus orígenes, un extraño placer que hoy sólo puede otorgarnos el cine o la literatura. Esa satisfacción, mediante la novela, nos la concede Mary Shelley en El último hombre —publicada recientemente en México en una excelente traducción de Gerardo Piña—, el desvarío de pensar e imaginarnos de nuevo en medio de la soledad más profunda y desesperante luego de una conflagración mundial. Raro placer, he dicho, otorga en ocasiones la literatura como este de concebirnos en estadios extremos del tiempo y de la historia. Pero qué decir en principio del libro de Shelley que no sea lo ya dicho, la historia de Lionel Verney, habitante primigenio
56

Mircea T., Kolmanskop [pueblo abandonado en el desierto de Namibia; flickr.com]

y postrero de una Inglaterra del siglo XXI bajo un hoy inconcebible sistema político que ha desechado la monarquía pero no el deseo de su restauración, ni sus pugnas en las altas esferas, una historia de vida en un país y un mundo convulsos, ávidos de combate pero signados por una maldición concluyente, la peste negra que como punto final, y desde la mítica Constantinopla, pretende extenderse bíblicamente y terminar con todo. Más allá, ¿cómo podemos anclarla? ¿Acaso con los adjetivos comunes de la crítica? Si obviamos el epíteto “futurista”, ¿diríamos que El último hombre es una novela de formación, una novela sobre las ansias del poder y el conocimiento, una novela naturalista y quizá en primera instancia —y en el extremo de la clasificación— bucólica? Difícil sin duda. Sin embargo sería más justo decir que es un texto que transgrede las etiquetas pues transita, a lo largo de sus tres tomos, por diferentes temas y tratamientos, ambientes y obsesiones. Si el primer tomo nos cuenta la historia de la formación de Lionel Verney, desde su vida semisalvaje con su hermana hasta el encuentro con sus —en primera instancia— odiados enemigos y que por la vía de Adrian es conducido hacia una educación formal y elevada; en el segundo tomo, a la sombra de las obsesiones del político y guerrero Raymond, asistimos al relato de la guerra y su trama pero también a la amenaza de la peste y a la aparición ominosa de un literal sol negro en el horizonte, heraldo que anuncia la peor de las suertes. En el tercer tomo, la relación de la huida y la salvación a toda costa de Verney y los suyos hasta su extinción será la consigna y la noticia, la vuelta a la vida salvaje. Así, el libro podría concebirse como tres historias hilvanadas, la formación y el amor, la guerra y sus desastres, la huida y la soledad. Casi la recreación de la vida de todo hombre.
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

57

Mircea T., “The Maunsell Sea Forts in England” [flickr.com]

Mircea T., Pripyat, Ucrania [Chernobyl; flickr.com]

Las líneas finales de la novela permanecen en mi lectura indelebles y signadas por una imagen que podría abarcar y valer el libro entero, la figura de un hombre, Lionel Verney, atribulado para siempre, en una endeble balsa sobre el mar Adriático —como en el relato homérico—, casi en el lomo de un ave en vuelo, lejos ya por decisión propia del mundo cómodo de la ciudades deshabitadas pero vastas, en ruinas pero frugales, en pos de la empresa más desesperada e inútil, forzada por la conciencia histórica sobre sus espaldas: la búsqueda sin fin de sobrevivientes con el afán y la obsesión quizá de recomenzar la historia de la humanidad. Mensaje soterrado con el que cobra sentido el epígrafe de este texto: Los hombres desesperados viven suspendidos en el espacio como figuras pintadas sobre las paredes, sin respirar, sin hablar, sin escuchar a nadie. Lionel Verney regresa a su origen y ese origen adamita le escuece pues ha sido transformado por su contexto. La moraleja es clara. No vale lo mismo desdeñar el mundo que ser abandonado por él. A pesar de que se enfrenta a circunstancias similares, la reflexión de nuestro personaje lo llevará a una toma de conciencia y a una noción del deber que en principio desconocía. El último hombre tiene sobre sí una obligación irrenunciable, no es ya un individuo sino el portador de un signo. Acaso el signo mismo. De continuo, cuando conocemos las historias clásicas de los ermitaños comunes, nos hacemos una pregunta básica: ¿qué los lleva a prescindir de los hombres? Si partimos de esa base, quizá podamos concebir la vida y las reflexiones de un hombre abandonado por el mundo —un hombre que pudiera ser cualquiera de nosotros— atravesado por un último mensaje que nos deja una pregunta cuya respuesta es evidentemente moral. ¿Para qué sobrevivir cuando todos han muerto? ¿Cuál es el motor de una vida así pues el hombre es un ser social por antonomasia? El último hombre de Shelley no es un sujeto contestatario, la obligación se impone en él como una sombra inmensa. Sin embargo, las preguntas brotan de nuevo y de allí proviene el valor reflexivo de su trama. Pienso, amparado en la peor de mis pesadillas y mi infancia apocalíptica: si ya nos han dado la oportunidad de desaparecer, ¿deberíamos rebelarnos, luchar contra lo ya para siempre adverso con una fe sin base? ¿No es acaso más hermoso desdeñar la salvación de nuestra especie, tal vez el más honorable y dadivoso de los regalos que podemos otorgarnos?
Mary Shelley: El último hombre, traducción de Gerardo Piña UAM, Ciudad de México, 2012, 3 volúmenes, 635 pp.

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

58

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

59

RÉQUIEM
JORGE GUTIÉRREZ REYNA

1 Polifema, si tan sólo tu funeral hubiera sido el de una princesa; si tu féretro hubiera yacido debajo de los arcos ojivales de una abadía del siglo Xiii, si hubiera resonado por las bóvedas nervadas el piano triste de Elton John. Pero Polifema, qué lejos estabas tú de ser una rosa británica o la llama ondulante de una vela al viento. De pronto, no sé cómo, amaneciste con una pata rota. Guillermo y yo escuchamos aquella sentencia irrevocable: “no queda mucho por hacer, hay que esperar a que se vaya”. Leí junto a tu lecho de muerte cada noche el salmo 103 en cuyos versos emergen las ballenas espantables y merodea el entramado de otoño y de penumbra de los tigres de Bengala; donde se dice que hemos de volver al polvo. (Mira, Polifema, qué raro: en toda la Biblia apenas hay un par de arácnidos y ninguna tarántula.) Mientras leía te fuiste encogiendo, como una servilleta achicharrada por la lumbre,
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

hasta que tuve que acomodar tu cuerpo, ya cerrado como un puño, en el estuche de unos lentes recién comprados. Te llevé en silencio al pedregal y allí te enterré a la sombra del verde greñerío de un pirul. No hubo reina, ni rosetones góticos, ni un réquiem de sir Elton John. 2 Guillermo te trajo en una pecera el día de mi cumpleaños. Te puse Polifema a pesar de que no fueras una hembra (finalmente tarántula, no tarántulo) y a pesar también de que tenías no un ojo sino ocho, lo cual no servía para mucho porque, al igual que yo, eras casi ciega (la tarántula es mano que camina tentando las aristas de la sombra). Te puse Polifema, en fin, porque detrás de esa criatura peluda, digna de ilustrar el bestiario más espeluznante, había una fragilidad como la que existe
60
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

61

en la música de la siringa; también porque te resguardabas del sol en tu choza bárbara, en tu gruta caliginosa; porque al oscurecer salías no a cazar ciervos o jabalíes o caminantes extraviados, sí grillos que yo atrapaba para ti entre la hierba crecida del pedregal. Ay, Polifema, la vida de las tarántulas macho, aunque tengan un nombre femenino, es muy corta: rápido se rompe como se han roto tantos y tantos de mis lentes. 3 Guillermo, esa mañana, amaneciste con una falla orgánica múltiple. No entendí lo que eso significaba y nadie supo o nadie quiso explicarme por qué de pronto comenzaste a encogerte. Vi en la radiografía una tarántula de cobalto que te devoraba el pulmón izquierdo y escuché al doctor decir que ya no quedaba nada por hacer, que había que esperar a que te fueras. Cuando te vi sobre la cama hice un esfuerzo para no desvanecerme. Tuve que acomodarte el cabello que pendía sin aseo y volaba sin orden, porque alguien que se llama como un príncipe inglés no puede despeinarse bajo ninguna circunstancia. Hubiera querido romper mis lentes para no verte convulsionar a cada rato. Leí a un lado tuyo muchas horas para que no murieras completamente solo: “Guillermo, mira en esta octava
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

la nereida se enamora de un muchacho muy guapo que suda aljófar... No, no es un dulce, son unas perlas... Mejor leemos otra cosa, ¿está bien? Mira, también traje un libro de Borges... ¿Guillermo? Ya no ves nada, ¿verdad?” 4 Esta tarde hemos venido a sacar tus cosas de la pequeña habitación en que vivías. Los que han venido a llevarse la televisión, la computadora y los pocos billetes escondidos al fondo del cajón apenas te conocieron y nunca llevaron contigo una mascota enferma a la veterinaria. Qué más da. Ayer las largas bancas de la iglesia de tu pueblo estuvieron vacías durante la misa de réquiem y un coro de ancianas enlutadas cantó desafinado el requiem aeterna dona eis, porque no hubo quien supiera desempolvar las teclas del órgano. Ahora, o tarde o mal o en vano, me acuerdo que querías que en tu funeral resonara el brindis de La Traviata. Qué excentricidad la tuya. Nada más faltaba que pidieras un oficio fúnebre en Westminster. La vida de las Polifemas y de los Guillermos, al igual que la de mis lentes, es muy corta: de repente les fallan los órganos o se les quiebra una pata y no queda sino andar a tientas. Mira, Guillermo, se lo han llevado todo y tu cuarto parece una pecera vacía.
62
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

63

Sonetos ñerobarrocos de Lufloro Panadero

LUIS FLORES ROMERO
Lufloro Panadero llora su ya pasada buena vida culinaria En dos años de beca fue no poca mi tragazón vestida de elegancia; mi oficio era comer en abundancia, era feliz mi tripa y más mi boca. La beca se acabó. Cuánto me choca saber que hoy la comida sabe rancia; y aunque un huevo estrellado ya es ganancia, un buen bistec mi paladar evoca. Hoy me cocinaré una pobre torta, pobre, pero tal vez me quede rica, y si no queda rica, no me importa: el hambre iguala lo que se mastica, y la panza después todo lo aborta, y todo por igual se mierdifica. Lufloro Panadero elogia a la poesía experimentaloide La oscura, la inmadura partitura. La hervura, la ranura que murmuras. Los hímenes del habla que rupturas. Poesía punto punto acupuntura. Jurados de insegura envergadura. Simplura escritural. Pinches agruras. Metatextura pura. Te las curas, poética de estomacal soltura. Poesía no concreta ni con Creta: con gritos y cretina y vaselina. ¡Qué verbosear! ¡Qué adjetivable templo! Chaquetas y piruetas de poeta de plática pedante y pedorrina. Poema tal por cual y por ejemplo.

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

64

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

65

Lufloro Panadero da cuenta de los pétalos que su tú poética recibe En pajarear un pájaro se empeña cuando te ve, la lluvia te ovaciona, el berimbau te vibra y se emociona cuando lo escuchas, el café te enseña su más guardado olor, un piojo sueña con darle a tu cabello una corona, el adicto te quiere dar su mona, y los grillos te quieren como dueña. Yo te entrego mis tripas y mis tropos, un perrito la cola te menea, los músicos te entonan sus joropos; en fin, el mundo todo te chulea, y el albañil prepara sus piropos cuando el ocasoñil te piropea.

Lufloro Panadero celebra, con ripios, a la hermosa Me pongo muy dulzón o muy alcohólico cuando la que desnudo me desnuda, me enlaza y en su desnudez me anuda con un nudo seráfico y diabólico. Después, cuando se marcha, melancólico me deja y cuánta no será mi cruda que no me ayuda el porno, ni me ayuda llorar o ser colérico y bucólico. Perdónenme los ripios, los ridículos acordes que eslabono, la canciona que canciono, la sed que me ocasiona; pero, si suyo soy de los testículos al alma, de verdad importa poco errar en mi cantar ñerobarroco.

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

66

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

67

LAS GAYAS CIENCIAS RODRIGO GARCÍA BONILLAS Maricones entre guerras: Años veinte en Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin

Ú

ltimos vértigos de los años veinte, a un paso del martes negro de 1929 y del fin de la República de Weimar.Ya casi empieza el castigo. En este lado del Atlántico, Manhattan Transfer de John Dos Passos ha hecho lo propio a mitad de esa década: ascenso y caída de partículas en la febril NuevaYork, con big bands, whiskey, ostiones ahumados, y también con suicidas e incendios. En aquél, Berlín palpita a su modo: los flujos políticos, sociales, económicos, culturales crean un trajín que es ilustrado por el aullido expresionista e imaginado por Berlín Alexanderplatz (1929) —la novela urbana de Alfred Döblin sobre la trágica historia de Franz Biberkopf, hombre bragado de los bajos fondos, en la capital de Alemania. Franz Biberkopf, por su parte, tras salir de la cárcel –donde ha pasado cuatro años por asesinar a su mujer–, vuelve a los castigos de Berlín. Ahí, a pesar de querer ser bueno, va a ser arrastrado hacia el abismo. Su corazón, Alexanderplatz, el mismo de Döblin, es en aquellos años zona de obreros y bares, de habitaciones cafres y prostitutas, y de un gran movimiento que desde entonces y hasta ahora hace de la Alexanderplatz un gran crucero de los vectores berlineses. Biberkopf sufre caída tras caída: traiciones, muerte de gente cercana, accidentes, dolores y, a mitad de la novela, la pérdida de un brazo. Nada detendrá a este manco de cuerpo robusto y espíritu salidor. Ya en las primeras líneas de su novela Döblin nos anuncia (no estoy matando ninguna sorpresa) que su héroe descenderá al fondo y que de esa colisión saldrá transformado. Pero mientras sucede ese trance, en la novela de Döblin ocurren dos escenas de sutil homosexualidad entre personajes principales (hay otras más breves, de homosexualidad a voces). Una pasa entre dos mujeres: Eva y Mieze. Eva fue amante de Biberkopf y ahora ha logrado formar entre Mieze y Biberkopf una pareja. Mieze, antes llamada Sonja, y cuyo nombre real es Emilie, es una muchacha hermosa que tiene a bien prostituirse de vez en cuando para mantener a su hombre. Ambas mujeres son grandes amigas. En cierto momento de la novela, al saber que Eva tiene inclinaciones por Biberkopf y que quiere un hijo suyo, Mieze se le abalanza a la amiga y la
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

empieza a besar “en la boca, la nariz, las orejas, el cuello. […] Y otra vez se entierra Sonja [o Mieze] en el pecho de Eva y la aprieta contra sí, ronroneando con delicia.” Eva le dice: “‘Tú eres tortillera, mujer.’ ‘No, no soy tortillera, nunca he tocado a ninguna.’ ‘Pues a mí te gustaría.’ ‘Sí, porque me gustas y porque quieres un hijo suyo.Y lo tendrás.’” En la segunda escena participa un camarada de Biberkopf, Reinhold, el cual, tras un periodo de amistad, saca el cobre y demuestra lo maligno que es, al punto de las más atroces traiciones a Biberkopf. En la cárcel, Reinhold conoce a un muchacho, Konrad, que se vuelve su amante, y a la larga, involuntariamente, su delator, al salir de presidio y contar sin querer queriendo el gran crimen de Reinhold (quien se lo confesó una noche, de copas e intimidad, antes de la salida de Konrad). Dice dos veces la novela: a Reinhold “durante toda su vida las mujeres le trajeron dichas y desdichas, y el amor hará ahora que se rompa el cuello.” En un pasaje anterior de la novela, Biberkopf se ve envuelto en una discusión con un vendedor de revistas. Este vendedor lo manda a escuchar una conferencia de la injusticia contra homosexuales. Biberkopf exclama: “La verdad es que esos chicos le dan a uno lástima, pero en realidad no me importan nada.” Poco después, Döblin entromete una escena de personajes incidentales: seducción de un joven por un viejo, hotelito, escándalo, citación de la policía, más escándalo y absolución tras cierta excusas. Por lo visto, Döblin difiere de la opinión de su personaje. Así las cosas. Estamos entre 1927 y 1928, según la cronología de la novela, una cronología que echa mano de diversos textos de la urbe para acentuar la temporalidad actual de la narración, en vigoroso contrapunto con líneas expresionistas, psicologistas, incluso metafísicas (y también metaficticias), que apuntan en todas direcciones textuales: los periódicos, la Biblia, los almanaques, las onomatopeyas, los letreros de los edificios, el monólogo interior. En esa convivencia también están representadas las clases con sus ideologías: burgueses y proletarios, criminales y prostitutas, anarquistas y comunistas. Tiempos tan turbulentos los de entonces. También en esos años está sucediendo la polémica por el artículo 175 del código penal alemán, que prohíbe la relación

Fotograma de Berlin Alexanderplatz (Fassbinder, 1980) [collider.com]

de hombre con hombre (y de hombre con animal) desde el siglo anterior. Esta polémica queda zanjada, como puede suponer todo mundo, con el ascenso del partido nazi al poder, y deriva hacia los triángulos rosas en los campos de concentración y el holocausto de los homosexuales —historia negra dentro de la historia ya muy negra de esta erupción del mal radical. En 1933 Döblin, que había vivido largo tiempo cerca de la Alexanderplatz y que tenía orígenes judíos, huye de Alemania en exilio. Döblin es médico, y su formación y su experiencia forman parte medular de su obra. Algunos años antes, en 1919, Magnus Hirschfeld, otro médico judío alemán, funda en Berlín el Instituto de la Ciencia Sexual (Institut für Sexualwissenschaft), condenado por la derecha (ese año fue particularmente ríspido en política). Hirschfeld se opuso al artículo 175. Se sabe que era homosexual. Según Laurie Marhoefer, los progresistas vieron en las políticas de la República de Weimar la apertura a una nueva época más laxa en lo sexual, mientras que los reaccionarios, al abogar por la necesidad de gente sana (cualquier cosa que eso significase) y una población más fuerte en su crecimiento, pensaron que la laxitud sexual era, en esos años de posguerra, más perjudicial que nunca. En el centro de ambas posturas, prosigue Marhoefer, se encontraba la eterna disputa entre la homosexualidad como una condición biológica, innata; o como una perversión del comportamiento, y por lo tanto contagiosa. La opinión de Marhoefer es que durante estos años, especialmente en Alemania, la base médica para decidir las políticas sexuales del Estado fue la que primó, ya con resultados positivos, como la relativa liberación de ciertos sectores oprimidos por su sexualidad (homosexuales, prostitutas), ya con resultados nefastos, como los controles de eugenesia. La temática homosexual u homoerótica aparece en otras obras de Döblin. El escritor, según Cristina Holgado, se opuso al artículo 175, junto con intelectuales como Mann, Rilke o Jaspers. Pero en Berlín Alexanderplatz y en novelas como Las dos amigas y El envenenamiento la homosexualidad está asociada al crimen: prostitución, cárcel, homicidio. Las conductas sexuales anómalas, en especial la de Reinhold, que es un traFundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

tante de blancas y luego se enamora de su Konrad en la cárcel, están en medio de la discusión médica sobre el papel de la homosexualidad en esos años anteriores a la Segunda Guerra. El mismo Hirschfeld, que repelía el artículo 175, señalaba a los prostitutos como criminales. Así, Mietze, una prostituta muy amena, le da besos a Eva, una mujer fatal. Y Reinhold, una escoria, cae redondo frente a su polaco. El primer caso no pasa de una situación homoerótica entre Mietze y Eva, que desemboca en que Eva se embaraza del hombre de Mietze, tal como ella lo quiere. Pero Reinhold, siempre enamorándose de nuevas personas, siempre mujeres, y siempre desechándolas a la primera, sufre de manera muy sospechosa por su novio de cárcel. Esta rara vecindad del amor y de la muerte, o de lo virtuoso y lo criminal, es una de las grietas por donde comienza a filtrarse para ganar volumen el amor entre homosexuales, en medio de polémicas políticas y morales que se querían dirimir en la arena de la ciencia. La anulación del artículo 175 iba a lograrse en 1929, pero fue frenada por los conservadores. El terreno médico también fue usado, una década más tarde, bajo los nazis, como argumento para purificar la raza y enviar a todo desviado a los campos de exterminio. La biblioteca del Instituto de la Ciencia Sexual ardió en la quema de libros que hicieron los nazis en 1933. El artículo 175, que criminalizaba las relaciones homosexuales en Alemania, no fue derogado hasta 1994. Por ahora retengamos estas delincuentes floraciones que suceden entre los barrios marginales de la que, por entonces, fue la metrópolis más exquisita del mundo, donde algunos arriesgaron su vida por el activismo homosexual de entreguerras en tiempos muy aciagos para los maricones. NOTA: En su perfil de Döblin, Miguel Sáenz (que traduce y prologa la edición española de la novela) afirma la dificultad de definir al escritor alemán. Reitera una cita de Richard Hey, quien dice que Döblin es “judío y prusiano antisemita, pequeño burgués y anarquista, naturalista y literato, socialista apasionado lleno de compasión por los humillados y ofendidos… e individualista convencido y obstinado.” La edición de Berlín Alexanderplatz que ocupé es la traducción española de Sáenz (Madrid, Cátedra, 2007). Según su prólogo, la dirección del artículo de Hey es:“Ich bin am Ziel. Am welchem Ziel?”, Die Zeit, 11 de agosto de 1978. El trabajo de Laurie Marhoefer sobre el debate sobre sexualidad en la República de Weimar se puede consultar parcialmente en el siguiente link: Among Abnormals: The Queer Sexual Politics of Weimar Republic, 1918-1933 (2008). Para el destino de la homosexualidad bajo los nazis, véase la reseña del libro Los hombres del triángulo rosa de Heinz Heger, escrita por Cristina Holgado (Revista de Filología Alemana, v. 20, 2012, pp. 332-336). Sobre el tema, hay un trabajo interesante de Hannah KristinaWeinbacher, Medicina sexual en la obra del médico y escritor Alfred Döblin, 1878-1957 (Sexualmedizinisches im Werk des Arztes und Schriftstellers Alfred Döblin, 1878-1957). También consulté las entradas sobre Persecución de los homosexuales en la Alemania nazi y el Artículo 175 (Alemania) de laWikipedia, cuya información es bastante decente.

68

69

mirada confesa FAbIOLA EUNICE CAMACHO

de su rostro. La imagen, aunque impresa, puede descomponerse, duplicarse o incluso crear otro universo de intensión distinta. El niño fue el pretexto perfecto para que otro escritor melancólico y hablante de yídish intentará escribir un ensayo con motivo del décimo aniversario del óbito del autor de Informe para una academia. Benjamin nunca terminó el ensayo. La tecnología de la imagen cambia, las razones e incluso los personajes captados también se diluyen. Desde los retratos pintados a mano en tamaño cartera de inicios del siglo anterior hasta la foto de portada en Facebook, se cuenta en perspectiva no sólo la historia de quien sonríe, sino de la sociedad que no lo hace. Mientras poso junto a mi gata y doy otro clic para quedar congeladas ante el lente de la pantalla, no pienso en otra cosa que en simular un gesto que esté de acuerdo con la imagen que deseo dar a los cientos de usuarios que visitan mi muro. Nuevamente la ficción encuentra su lugar en la página en blanco, la imagen sigue desligada del contexto. Su condición autorreferencial me permite contar una historia —ficticia— sobre mi felicidad y la de mi gata que, harta de las tomas, dejó su impronta sobre mi brazo derecho. El hecho ha encontrado su descomposición.Todas las historias son reales. Mi narración es ficticia. El arañazo no se ha borrado. El rostro de mi gata no sale en la foto, aún no es espectro, ella cada mañana de forma sonora lo constata. En 2009, luego de un viaje a Argentina, regresé a casa de mi madre. Ninguno de los personajes de la fotografía sobrevivió. Nuestros cientos de dobles yacían en distintas cajas. Mi madre nunca compró un álbum. Mi hermana seleccionó mis fotos y las puso en un sobre amarillo. Ahora ella es quien relata la historia familiar; los espectros del pasado se posan sobre sus rizos mientras le cuenta a mi sobrina, que ahora tiene la edad que yo tenía en esa foto, lo que según su memoria ocurrió la mañana de verano de 1988. Mi sobrina no entiende cómo las personas pueden caber en un papel tan pequeño. Su perspectiva le permite imaginar otra historia. No me resulta extraño el asombro de la niña, tampoco la historia sobre la condición de la máquina extraordinaria. Cuando tomo mi cámara para captar la sonrisa de mi sobrina, advierto que la lente actúa como un inconsciente óptico. Contra el olvido, la imagen. El objetivo captura ese momento que se distingue como especial. Algo en la niña me recuerda a mí. La doble acción de congelar el instante, y de paso a alguien que en muchos sentidos se parece a mí, enfatiza la idea de que el surrealismo sigue presente en mi memoria. En la imagen que observo en la pantalla de mi cámara la historia toma una vida muy distinta a la que se desarrolla en el otro lado. Seguramente ella, mi sobrina, en veinte años hará lo mismo, se sentirá tan dispersa que no sabrá con exactitud cómo relatar una historia donde tantas ellas, dobles de sí misma, se encuentren situadas. Dentro de la acción de tomar una imagen existe una condición pulsional, una angustia que en la réplica encuentra calma. Sobre mi escritorio se encuentra un pequeña caja de madera, los espectros de mi familia la habitan. No compraré un álbum y el disco duro nunca pude restituirlo. A fin de cuentas todo mundo sabe que nadie se salva. Quizá el recuadro y el espectro que lo habita será lo único que resista a la hecatombe personal.

Espectros
OvO: “Basically, what we have here is a dreamer...” [fickr.com]

M

i padre tenía una gran fascinación por las fotografías y las cajas, la idea de ahorrar espacio siempre ocupó un lugar en el barco del insomnio. Hace un par de años encontré un sobre pequeño con fotografías tamaño infantil de mi él. Nunca he puesto fotografías en mi cartera, y por ello cada pequeño recuadro queda sostenido sólo en la narración extraída del recuerdo materno. Encontrar un sobre con viejos negativos de fotografías es encontrar trozos de papel suspendidos en una memoria sin descendencia. Aunque a contraluz sea posible advertir algunos rasgos de la imagen, el registro semivelado indica la pérdida parcial del momento que pudo quedar contenido en alguna narración. En mi memoria, y en general en todo lo que me constituye, he guardado las réplicas de mis padres; mi cuerpo es el álbum familiar. Existen pocos elementos que no sean integrados por capas, aun cuando su exterior no lo aparente; los velos que los cubren producen una condición espectral. El sinnúmero de veces en que un objeto pueda descomponerse obedece al principio básico de la transformación de la materia. El amasiato entre la cosa y su percepción sensible transgredirá la voracidad del tiempo. Cada narración en torno a la fotografía donde aparecemos, no sólo tiene la capacidad de reproducirnos, también nos convierte en objetos melancólicos. La historia de mi niñez se cuenta dentro de un marco. De los recuerdos de mi infancia quedan resabios, trozos que constituyen dos memorias. Resulta posible, aunque con dificultad y fallas técnicas, articular una de ellas porque ésta corre en formato súper 8, la otra va en secuencia negativa: en otras memorias y narraciones existe, pero mi cabeza ha velado su contenido. A través de la contemplación del objeto, sin historia y con el mero residuo visual, nace un arte mimética. Es esa mímesis del deseo, como la conceptualiza Rene Girárd, lo que nos hace capaces de buscar o inventar el dato preciso para sentirnos parte de algo o de alguien, y es la misma falta la que consagra la pulsión de un querer estar en ese otro plano de lo que en algún momento fue nuestra realidad. En la fotografía ocurre que la poiesis mimética es instaurada sobre una tecné surrealista, no sólo porque con el paso del
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

tiempo en ella se cree un reflejo distorsionado cuasi onírico, sino porque justo a pesar de ser un tipo de duplicado que transgrede el tiempo y espacio de quién lo observa, son los defectos, las fallas, las erosiones sobre el espacio visual lo que crean una especie única, y a su vez lo que desata un cúmulo de emociones, como lo advierte Susan Sontag:
¿Qué podría ser más surreal que un objeto cuya belleza, cuyos extraños develamientos, cuyo peso emocional con toda probabilidad se acrecentará por los accidentes que podrían acaecerle? Nada más surreal, en todo caso, que habitar una casa con espectros y poder, aun así, materializar dichos fantasmas en un objeto […]

Una mañana del 16 de junio de 1988, la imagen con sello Kodak tomó vida. Fuimos cuatro los encuadrados en la foto que guardo en el álbum familiar. Cuatro individuos posan frente a una cámara: mi padre, el contador, vestido con su camisa clara y chaleco hueso, está del lado izquierdo. Su esposa, vestida de azul rey y tomada de su mano, acomoda sus rizos tan de hace dos décadas —erosión estética del tiempo— y pide sonreír a las dos niñas que acomoda delante de ella. Quien capta el instante es un personaje desconocido, no lo hemos vuelto a ver. Como seguramente en muchas otras escenas, se les pide a las niñas que luzcan los vestidos que la madre ha cosido para la instantánea. Los cuatro han vuelto a ponerse en posición para dejar una huella familiar. En 1999 veo la imagen, pero no recuerdo haber posado para tal escena. La imagen en negativo es un espectro, un elemento de esa unidad que sigue perviviendo. Luego de que mi padre falleciera, la foto fue encontrada hace cinco años. Él guardaba el negativo entre los papeles que desenterraron de los montículos de su oficina. Hace 23 años que mi mamá guarda en su casa ese espectro. Hace más de cuatro años he dejado esa casa. En la mía construyo un arte mimética, resignificó la huella de cada momento que ha escapado de la inminencia de la muerte. La imagen de mi niñez sugiere no sólo la existencia de dobles que en su opacidad diluyen otros registros, sino la existencia de personajes que no reconocemos por la mañana dentro del espejo. Nunca seremos los mismos y ese es el sentido de excepcio-

nalidad que la imagen positiva regresa a los integrantes cada vez que es narrada. Los miembros más pequeños o los nuevos integrantes de algún núcleo son a quienes les es relatada la historia de esa fotografía. Se aumentan los detalles, se construye un discurso, los personajes son inventados. Hay risas y algunas lágrimas en ese otro instante. En el marco blanco de la Polaroid de la foto familiar quedan grabados el “fue hace tanto” y el “éramos muy felices”. La extrañeza de un artefacto que coloniza a cada uno de los que quedan registrados sobre el papel, o ahora sobre una pantalla, no disuelve aún en su devenir la capacidad de mostrarnos literalmente el alma del ser vuelto objeto de deseo. A pesar de la revolución tecnológica, la supervivencia del fantasma de Daguerre sigue haciéndonos comprar artefactos que nos traigan a la vida a quienes se han ido, con la misma sutileza y facilidad con que desde 1888 la ahora desaparecida Kodak se anunciaba, “usted oprima el botón, nosotros hacemos el resto”. Pero la imagen fotográfica nace de la muerte de un proceso manual, de la misma forma que perece. Hace un par de meses, al borrar archivos sin quererlo –por lo menos no de forma consciente– destruí los archivos fotográficos de mi disco duro. La memoria de los últimos cinco años de mi vida quedó finada con el mismo clic y, como una voraz paradoja, esa memoria fue producto de una doble muerte, el parricidio que todos en algún momento atestiguamos hizo su aparición ante mis ojos. Las últimas fotografías de mi padre, las primeras tomadas con una cámara digital, fueron disueltas con el peso quizá inconsciente de querer exorcizar esos fantasmas. La historia de la fotografía se parece a la historia de quienes posan ante la cámara: los procesos y recursos cambian, las modas devoran hasta el último pliego de papel fotográfico. Como una ficción se lee aquella cita que el lacónico Benjamin sustrae de un artículo publicado en 1855, “hace pocos años nos ha nacido una máquina, honor de nuestra época, que todos los días asombra nuestro pensamiento y llena de horror nuestros ojos”, es la máquina que nace tras una quema de panoramas por Daguerre. El retrato es la sombra mejorada de esa imagen que era la diversión particular de las clases acomodadas del siglo XIX. Una fotografía de 1890 explica de manera definitiva el sentido espectral y la autorreferencia que plantea este tipo de imágenes. Kafka fue un niño que tuvo la suerte de quedar congelado en una fotografía, en ella es develada la melancolía primigenia
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

70

71

LECTURAS LUIS FERNANDO LUGO

Los hijos de Smith

para mi viejo, un hijo Smith

E
I

n uno de los no-éxitos de La Polla Records se puede escuchar la línea siguiente: “Quieres identificarnos, tienes un problema”. Identificar a la gente por lo que es, señalarla con el dedo, rastrear si son buenos o malos, agruparlos: es decir, el humillado, el prepotente, o el manso, son los roles que tomamos en el camino, pero al final, “no somos nada” terminan por decir los punks peninsulares. A propósito de lo anterior, hablaré de Los Hijos de Smith, novela escrita por Salvador Díaz Garay, un desaparecido de las letras. Es el testimonio de alguien que fue tragado por la Tierra. La novela la encontré en una librería de viejo en Miguel Ángel de Quevedo. Luego desapareció de mi habitación. En las 183 páginas de Los hijos de Smith la palabra “sobrevivir” recorre, muda, la acción de sus personajes, está la gesticulada en cada momento. Porque “vivir” ya no es suficiente, es un término caduco, el tiempo y sus personajes lo escupen — pero hay que sobrevivir como sea, parece ser la consigna. La historia inicia con una familia de españoles que emigra a Nueva York en busca de mejores condiciones de vida: los Martínez.1 Se instalan en un pequeño departamento, sucio, desarreglado. Sueñan entre las grietas, sueñan con poder alcanzar algo mejor. Frente a ellos está la estatua de la libertad (Nota 253. La estatua de la libertad en ruinas. Una isla que convierte a quien desembarca en ella en un ser sin empleo). Las acciones giran alrededor de dos personajes: Alfonso Martínez (padre) y Francisco Martínez (hijo). Ambos le rascarán el porvenir a la isla, uno, el hijo, a costa de lo que sea, pero no nos adelantemos: Alfonso Martínez (padre) busca sacar adelante a su familia, trabajando en lo que puede. Francisco Martínez (hijo) estudia y busca convertirse en ese número que define la excelencia humana de un niño: ser el mejor estudiante.

económicas. Resolver la sobrevivencia de ellos involucra el cuerpo muerto del Sr. White. Mr. White muta a Heisenberg, como Francisco Martinez a Frank Smith. Heisenberg es la otra cara de la moneda del Señor White, es la cruz que el azar tapa, una cruz evidente que lo sigue de principio a fin. Se necesita un pretexto gordo para volvernos cocineros de metanfetamina, para volvernos el jefe de una mafia de Nueva York. Se necesita una familia con hambre quizá, se necesita que alguien nos diga que vamos a morir. Empezar a tomar determinaciones, dejar de fingir lo que no somos. Quedarnos en el Sr. White, el humillado, el del trabajo correcto, el de las deudas, o mutar en un Heisenberg; un punk más insurrecto Luis Fernando Lugo, “Meth”, mixta digital en contra de lo que nos oprime. Tomar decisiones por las cocuela y busca trabajo, sigue los pasos de un padre muerto; se sas que amamos, por lo que queremos no está mal. “Quieres identificarnos, tienes un problema”. conduce con un instructivo genealógico. Y es en el medio delictivo que encuentra la forma de conseguir dinero rápido. Junto con una pandilla de hijos de emigran- III tes, se convierte en uno de los más grandes capos de la mafia: Encontré el libro tiempo después, lo había hurtado mi viejo, La Liga, es el grupo más poderoso de traficantes, de mafiosos, un gesto hermoso quizá: un padre que le roba un libro a su hijo en las noches, para intentar acercarse un poco a él. Para capitaneado por Frank Smith, aka Francisco Martínez. Traficantes de opio, distribuidores de cigarros, dosificadores poder hablar con su hijo que no conoce. Un pequeño acto del alcohol, patrocinadores de campañas políticas, La Liga es delictivo por su familia. el grupo del que a veces somos clientes. No existen juicios de valor, Francisco Martínez muta en Frank Smith, se ha abierto paso en el “juego sucio” que fue la carreta más recta, más rápida. No hay malos ni buenos, se roba, al principio, para comer, después se vuelve asesino para subir en el escalafón atroz. La ciudad se derrumba pero hay chance de sobrevivir entre las ruinas: “‘Los hijos de Smith’ eran hambrientos que recorrían las calles de los barrios de los ricos cometiendo raterías para llevar a sus hogares un mendrugo de pan”. Los hijos de mr. White Hace unas semanas finalizó la aclamada serie Breaking Bad, escrita y dirigida por Vince Gilligan. Al igual que la novela de Salvador Díaz Garay, refleja el momento en el que un personaje logra pasarse al “lado oscuro”. ¿Cuáles son las razones para volverse el mayor cocinero de metanfetaminas o el mayor traficante de opio? La serie gira en torno al señor White, el cual recordaremos mejor como Hal, el papá de Malcolm el de enmedio. White es un padre de familia a quien le detectan cáncer. La muerte es cuestión de tiempo, y hace que Mr. White busque ya no su propia supervivencia sino la de su familia: toma la decisión de ser un cocinero de metanfetaminas, es el negocio redondo, el dinero más próximo, el dinero fácil, una carretera sin curvas. Una familia desprotegida y un cáncer voraz en el cuerpo de Mr. White son la razón que se necesita para que un personaje tome verdaderas determinaciones, digamos, abandonar España con la familia a cuestas y aterrizar en Nueva York. Al señor White lo acompaña siempre un signo de interrogación, esta encasillado en constantes dudas. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? Conforme la serie avanza, surgen más preguntas por resolver. Un hijo enfermo, una niña en camino, esas son las metas
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

Alfonso Martínez (padre) encuentra una serie de trabajos mal pagados, que requieren de una resistencia inhumana: logra ser el velador de una funeraria. (Nota 254. Idea para un personaje absurdo: Un velador de un velatorio. Usarlo como una metáfora del trabajo, un Sísifo resguardando los ataúdes). Alfonso Martínez (padre) muere a mitad del libro por problemas de salud, ocasionados por el trabajo duro.

II A la muerte de Alfonso Martínez (padre) alguien tiene que 1. Ahora recuerdo, en una especie de eco, otra novela donde se hacerse cargo: Francisco Martínez (hijo). Tras darse cuenta de analiza la un sector particular de la sociedad mexicana, Los hijos de que sus estudios no lo llevarían a ningún lado, Abandona la esSánchez, de Oscar Lewis.
Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

72

73

** RCB **, “The End” [flickr.com]

Fundación, 9 ∫ octubre - noviembre 2013

74

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful