20

LA NUEVA ESPAÑA Sábado, 20 de julio de 2013

Oviedo y Centro semanal

Una vida en imágenes

Los cambios tras la independencia marroquí
Colomar, en el centro, posa junto a un bulldozer con dos trabajadores. «Tras la independencia, teníamos que meter representantes de los partidos en las empresas», dice.

Las minas, motor económico y demográfico
Junto a varios compañeros, Colomar (tercero por la derecha) celebra la ampliación del poblado minero de Setolázar, en 1951.

El hierro del Rif, en tren hasta Melilla
El tren que descargaba en Melilla el hierro extraído en las minas del Rif, en la imagen. «Melilla era el centro de la vida social de la zona», cuenta Colomar.

Capataz en Casablanca
Colomar, a la izquierda, junto a dos capataces marroquíes, en las obras de una central térmica cerca de Casablanca (Marruecos), en 1993.

Con Marruecos y Oviedo en el alma
● Vicente Colomar creció en un poblado minero marroquí y trabajó durante décadas como ingeniero en el norte de África
Oviedo, Hugo L. GARCÍA Hablar conVicente Pedro Colomar Cerrada (Melilla, 1936) es viajar a un lugar y una época que no quedan tan lejanos, pero que se conocen menos de lo que podría pensarse. Colomar, ingeniero retirado que creció en Marruecos y trabajó allí y en otros países del norte de África durante décadas, es además autor de una trilogía de historias noveladas sobre la guerra del Rif que acaba de concluir con la publicación de «Primo de Rivera contra Abd El Krim. La pacificación de las cabilas 19231927» (De Buena Tinta, 2013). Ahora vive en Oviedo. El poblado minero de Setolázar («no es un nombre árabe, sino un anagrama de los nombres de sus fundadores vascos», aclara), en la cabila de Beni Bu Ifrur, vio crecer a Colomar. Eran los años del Protectorado español de Marruecos. Su abuelo, brigada guarnicionero, fue destinado allí en 1907, y su padre empezó a trabajar en las minas del Rif. «No teníamos muchas noticias de España, no nos sentíamos muy unidos», cuenta Colomar. Los días en Setolázar, entre chimeneas «escupiendo azufre día y noche», los dedicaba en su mayor parte a asistir a las clases que impartían antiguos trabajadores de la mina reconvertidos en maestros, en una escuela que a su vez los domingos hacía de capilla. Las pocas horas libres eran para jugar a «piola», a «chichimonete» o al fútbol con pelotas de trapo. De niño, apenas dejaba el poblado, sólo para visitar Melilla una vez al año. Allí fue donde hizo el bachiller, alojado en casa de unos tíos. No pisó España hasta los 15 años, cuando viajó con la familia para conocer a sus abuelos maternos enVizcaya. La siguiente visita sería para quedarse, al trasladarse a Cartagena para estudiar en la universidad. Él iba para médico, pero en cuanto llegó allí lo recondujeron hacia la ingeniería, que daba mucho trabajo en las tierras rifeñas de las que venía. Durante las vacaciones de Navidad de 1955-56, Colomar, de visita en el poblado, vivió muy de cerca una huelga general en el Protectorado, que precedió a la independencia de Marruecos («aquí en España se enteraron mucho», remarca). Las primeras jornadas de enero de 1956 fueron días de mucha tensión que, sin embargo, no desembocaron en tragedia. «Los marroquíes se portaron de maravilla con nosotros», rememora. Aun así, pasó una madrugada haciendo ronda de guardia por los poblados de la zona «porque teníamos miedo de que se repitiera el desastre de Annual con nosotros». El nuevo estado marroquí fue tomando el control del Rif poco a poco. «Lo hicieron muy bien. Sólo hubo un muerto: un español que viajaba en un todoterreno al

● Desde su jubilación ha publicado una trilogía de historias noveladas sobre la guerra del Rif y ahora trabaja en la preparación de sus memorias
cenciado, junto con varios compañeros. Son años de bonanza y de fiestas en Melilla, trabajando «en unas explotaciones muy sui géneris de lo que llamaban el rodao, mineral que había caído de lo alto de los montes hasta el río, donde la piedra se iba limpiando y alcanzaba una gran pureza». En 1964 las autoridades desmantelan la empresa y Colomar se ve obligado a volver a España con la ayuda del consulado de Nador. Eso sí, antes del regreso, los responsables de la compañía hicieron lo posible por rescatar la maquinaria que empleaban –«que había pertenecido a los americanos en la Segunda Guerra Mundial», tercia– y enviarla a España para futuros proyectos. La última noche, los detectaron intentando pasar un bulldozer en el puerto y se creó todo un conflicto que Colomar tuvo que resolver buscando a un influyente contacto marroquí «por las casas de niñas malas». Es en este momento donde empieza el segundo idilio de Colomar: una oferta de trabajo de la constructora Dragados lo lleva en 1966 a Oviedo. «Lo mejor del mundo que yo haya conocido. Desde ahí ya, asturiano hasta la médula», afirma. Sin embargo, antes de quedarse en el Principado para siempre, en 1983 surge la oportunidad de volver al norte de África y Colomar se embarca sin dudar en lo que él llama su «segunda época africana». Durante una década y media, ocupará puestos de responsabilidad en construcciones en Marruecos,Túnez y Argelia. De este último país, cuenta con orgullo cómo tomó la decisión de ir a dirigir una obra casi en solitario, en plena guerra civil, «cuando estaban los integristas cortando cabezas». «Delante mío mataron a cinco, yo tenía que salir con el ejército, y me pusieron a un guardaespaldas inglés de la mejor empresa de seguridad del mundo, un cachalote que no entraba por una puerta», relata. Allí mismo, Colomar alcanza su jubilación en 1998. «Se portaron de maravilla conmigo, la televisión argelina me hizo un reportaje».Y para su retiro dorado, eligió Oviedo: «¿Dónde voy a estar si no? Siempre digo que Melilla me vio nacer y en Oviedo me van a enterrar. Ya no quiero viajes ni nada, aquí estoy muy bien». Aun así, Colomar nunca ha dejado de tener el Rif y el resto de sus residencias africanas en sus pensamientos («respeto profundamente a la gente de esas tierras, tienen lo que hay que tener»), lo cual, sumado a su pasión por la historia, despertó su faceta de escritor. Ahora, después de una trilogía histórica que se ha publicado en cinco años pero que comenzó a gestarse hace más de diez, prepara un libro relatando sus propias vivencias con Marruecos y Oviedo en el alma.

Vicente Pedro Colomar, en la plaza de la Gesta. / NACHO OREJAS

que le tiraron una piedra. El conductor perdió el control del vehículo y el chico murió en el impacto». Las minas, de titularidad privada, aún resistieron un tiempo. Allí se coloca Colomar, recién li-