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~ LA PROFECÍA ~

Capítulo 6: "La cámara secreta"

Todos estábamos preparándolo todo para entrar en la cámara que se había abi
erto en la sala principal del templo. Javier preparaba el robo-escáner para
analizar la nueva sala, mientras Jose y Juan colocaban algunos focos solar
es más para que la sala estuviese completamente bien iluminada. Cuando Javi
er ya tuvo el aparato preparado todos nos acercamos hacia la entrada.

-Empiezo con el análisis-dijo Javier tecleando en el ordenador del robot.

Lentamente el robo-escáner analizaba el interior de aquella sala. Pocos segu


ndos después vimos en la pantalla del ordenador que sólo había el cofre que
se veía a simple vista en medio de aquélla, pero que no podía verse su inter
ior.

-Si no puede verse el interior del cofre eso quiere decir que está forrado c
on plomo o un material parecido-dijo Javier continuando tecleando en el orde
nador.
-Mira a ver si hay alguna trampa. Pero esta vez, haz bien el análisis- le dij
o Laura mirándolo de forma despectiva.

Javier no dijo nada ante aquello, pero tecleaba con más fuerza y ponía cara
de pocos amigos. Comenzó a hacer un análisis de infrarrojos para asegurars
e de que no había ningún compartimento del que pudiese salir alguna trampa.
Pasados unos instantes el análisis terminó.

-No sale nada. La sala está completamente limpia de trampas-dijo Javier mi


rando de reojo a Laura.
-Muy bien. Jose, Juan coged varios soportes y bloquead la entrada por si a
caso. El que no hayamos encontrado ninguna trampa con el robo-escáner no s
ignifica que no existan-dijo Daniel.

Daniel estaba con los brazos cruzados mirando atentamente la sala, con un
a expresión muy seria. No sabía qué decirle en aquellos momentos, desde q
ue todo esto empezó él siempre se había preocupado por mí. Me quedé miran
do a Daniel.

-Ya está-dijeron Jose y Juan.

Los soportes ya estaban colocados en la entrada para bloquearla. Clara fu


e corriendo a por los materiales de seguridad. Cuando regresó Daniel come
nzó a ponérselo, mientras yo me había quedado embobada mirándolo.

-Elizabeth- me llamó Laura.


-¿Qué?-dije como si acabase de despertarme.

Laura me ofrecía los materiales de seguridad.

-Lo siento-le dije mientars los cogía.

Comencé a colocármelos. Daniel ya estaba preparado, entonces se acercó a


mí y se puso a engancharme el arnés. Me puse colorada porque Clara y Laur
a nos estaban mirando y sonreían.

-No hace falta Daniel-le decía quitándole las manos del arnés.
-Ya está-me dijo antes de enseñarme una hermosa sonrisa.

El corazón me dio un vuelco y rápidamente miré a las chicas que se pusieron


a reír. Al verme se taparon la boca con la mano y se giraron hacia la entrad
a. Nos pusimos en la entrada listos para entrar en ella. Era muy extraño no
sentía aquella sensación que había tenido con anterioridad en las otras sala
s, ni cuando la descubrí. Daniel me cogió de la mano y me dijo:

-Vamos.

Cogí aire y asentí con la cabeza. Caminamos poco a poco hacia el centro
de la sala, en donde se encontraba el cofre. Mirábamos cuidadosamente po
r donde caminábamos. A medida que avanzábamos sentía como mi corazón lat
ía con más rapidez y el miedo recorría mi cuerpo. Daniel se dio cuenta d
e que mi mano estab temblando y me dio un apretón al tiempo que me decía:

—Tranquila, yo estoy contigo.

Volví a asentir con la cabeza. Respiré con profundidad para calmarme y pode
r seguir adelante. Llegamos enseguida al centro de la sala, justo en frente
del cofre. Éste era de unos 60x40 cm de grande y lleno de jeroglíficos. Au
nque lo que más me sorprendía era que las paredes de aquella sala eran tota
lmente negras sin jeroglífico alguno.

-Hay muchos jeroglíficos. Será mejor que Laura y Juan entren a ayudarnos-di
jo Daniel mientars sacaba el walkie talkie para avisarlos.
Laura y Juan se pusieron cada uno los materiales de seguridad. Jose les di
o a ambos unas carpetas para poder escribir. Poco después entraron también
con mucha cautela, llegando hasta nosotros sin ningún problema.

-Tomad-me dijo Laura dándome dos carpetas.

Le di una de las carpetas a Daniel y la otra me la quedé yo. Abrí la carpeta y


cogí el bolígrafo que había en su interior.

-De acuerdo. Debemos dividirnos el cofre. Laura haz la parte izquierda. Juan,
tú la derecha. Yo la parte de atrás. Y tú Elizabeth elige la parte delantera o
arriba-dijo Daniel.
-Haré ambas-le respondí mientras me agachaba para ver mejor los jeroglífic
os.

Daniel no puso ninguna objeción a lo que dije. Poco después se pusieron a ex


aminar los jeroglíficos de la parte del cofre que les había sido asignada po
r Daniel, incluído él. Era extraño, mientras examinaba aquellos jeroglíficos
me sentía diferente, no sabría cómo explicarlo, pero era como si aquello fu
ese familiar para mí.
Pasaron varias horas. Juan y Laura habían terminado de traducir sus respect
ivos jeroglíficos y Daniel estaba terminando de hacerlo. Mientras yo seguía
trabajando. Me dolía la espalda y las piernas de estar agachada, además te
nía mucha sed, pero no podía parar ahora a descansar, debía terminar la tra
ducción.

-Toma-oí que me decía Daniel.

Al levantar la mirada vi que Laura y Juan habían salido de la sala, y Danie


l me estaba ofreciendo una cantimplora con agua. Me levanté endolorida y co
gí la cantimplora.

-Gracias-le dije a Daniel.

Comencé a beber. El agua me caía por la camiseta, mojándome toda. Realmen


te necesitaba refrescarme. Daniel me cogió la cantimplora dejándola en el
suelo. Se agachó y cogió mi carpeta para ver mis anotaciones.

-Si quieres irte puedes hacerlo. Aún me queda una parte del cofre por traducir
-le dije.
-No. Te dije que siempre estaría a tu lado y eso voy a hacer-me repsondió an
tes de ponerse a examinar lo que faltaba por traducir.
Me puse al lado de Daniel, apoyándome un poco en él, mientras mirábamos lo
s últimos jeroglíficos que quedaban por traducir. Tras una hora más pudimo
s terminar de traducir todos los jeroglíficos del cofre.

-Ahora debemos reunir todas las anotaciones-le dije a Daniel.

Cogí el walkie talkie y avisé a Laura y Juan para que entrasen con sus anot
aciones del cofre. No tardaron mucho en entrar nuevamente con sus carpetas.
Nos pusimos cada uno en la parte de la cual nos habíamos encargado de su t
raducción. Según el sentido en que leían los egipcios la primera en comenza
r fuí yo. Poco a poco cada uno fue leyendo, quedando la traducción de la si
guiente manera: “En este cofre se haya el papiro de la destrucción, hermano
inseparable del papiro de la salvación. Sólo el elegido por los Dioses pod
rá acabar con la profecía”.

-¿El papiro de la destrucción?-preguntó Daniel completamente asombrado.


-¿Lo conoces?-le preguntó Juan.
-Se cree que es una leyenda, nunca se han encontrado pruebas de su existen
cia, aunque se menciona en unos manuscritos casi destruidos de un erudito
poco conocido de la época del faraón Aahmes I-explicó él.
-El mismo faraón que mandó construir este templo-dije al darme cuenta.

En el interior de aquel cofre se encontraba el papiro de la destrucción, qui


zás en él explicaba por qué me ocurría todo aquello. Debíamos abrirlo. En aq
uel instante sentí de nuevo un impulso incontrolable, sin pensarlo abrí el c
ofre sin ningún problema.

-¡Elizabeth!-dijo Daniel corriendo a mi lado.

Tras abrirlo fue como si despertase de un sueño. Ni siquiera me había dado c


uenta de que había abierto el cofre. Entonces la vi, una caja envuelta con u
n paño de seda totalmente de color negro, cogí la caja y le quité aquel pañu
elo con mucho cuidado, dándoselo a Daniel. Tras retirarlo pudimos ver que en
ella estaba grabado el jeroglífico de la muerte.

-Ten cuidado-me advirtió Daniel.

Abrí la caja con precaución. Dentro de ésta había la mitad de un papiro que
se conservaba en perfectas condiciones.

-Será mejor que salgamos. Fuera podremos estudiar mejor el papiro, además
necesitamos tomar aire fresco-dijo Daniel mientras me ayudaba a levantar
me.

Es extraño, al descubrir el papiro me sentí mucho más aliviada pero sintien


do que aquello no había terminado. Le di la caja a Juan mientras me quitaba
los materiales de seguridad. Él y Laura ya se los habían quitado y estaban
esperándonos a Daniel y a mí.

-Ya estoy-dije después de quitármelo todo.

Javier, Jose y Clara apagaron los focos solares y recogieron un poco los mate
riales, pero dejándolos dentro del templo. El resto nos fuimos hacia fuera. E
n el exterior del templo respiré hondo, el estar dentro del templo tanto tiem
po era horrible.

-Demos un vistazo a ese papiro-dijo Daniel.

Fuimos hacia la mesa en donde se encontraban todos los objetos antiguos. L


aura se sentó en una silla totalmente agotada. Juan dejó la caja encima de
la mesa mientras Daniel dejaba el pañuelo de seda también encima de ésta.
Me senté en una silla al lado de Laura, yo también me encontraba muy cans
ada.

-Juan, ve a por los libros sobre leyendas negras que está en la tienda de su
minstros. Quiero comprobar algo-le dijo Daniel.

Juan fue corriendo hacia la tienda de suministros paar encontrar los libros
que Daniel le había pedido. Mientras venía Juan, Daniel fue a por un poco de
agua, cuando regresó con nosotras traía una botella grande de agua que nos
dio a Laura y a mí para beber. después de beber nosotras le di la botella a
Daniel para que bebiese él. Al cabo de poco tiempo llegaron Jose, Javier y C
lara que también se sentaron en las sillas.

-¿Y bien? Espero que valga la pena todo esto-dijo Javier.


-Claro que vale la pena. Mira que eres...-dijo Laura levantándose furiosa de la
silla.
-Laura tranquilízate-le dije cogiéndola del brazo.

Hice que volviese a sentarse. En eso, llegó Juan cargado con varios libros.
Me levanté y lo ayudé a descargarlos encima de la mesa.

-Ahora vuelvo. Tengo que llamar al gobierno del país para que declaren la zo
na patrimonio histórico, antes de que hagan alguna tontería-dijo Daniel ante
s de dirigirse a su tienda.

Cogí la caja y la abrí, sacando con cuidado el papiro. Estaba un poco lleno
d epolvo, así que cogí un pincel y comencé a limpiarlo con sumo cuidado. C
lara se levantó y se quedó a mi lado viendo cómo lo hacía.

-Chicos, buscad en los libros que ha traído Juan la época de Aahmes I-les di
je mientras continuaba limpiando el papiro.

Momentos después llegó Daniel, que había conseguido que la zona fuese proc
lamada patrimonio histórico. Se puso a mi lado y vio algo extraño en el pa
piro.

-Es imposible-decía él.


-¿Qué?-pregunté.

Daniel me cogió el papiro de las manos y se quedó fijamente mirándolo con


cara de asombro.

-¿Qué sucede?-le pregunté.


-Mira-dijo él mientras me señalaba una parte del papiro.

Miré lo que Daniel quería mostrarme. No podía ser.

-¡Letras griegas!-dije boqueabierta.

Todos los chicos levantaron la mirada de los libros al oírme. Rápidamente te


rminé de limpiar el papiro y vi que la mitad de éste tenía alfabeto griego m
ezclado con los jeroglíficos.

-¿Qué pasa?-preguntó Jose.


-En el papiro, se mezclan los jeroglíficos con escritura griega-dije sin dejar
d emirar el papiro.
-Pero eso es imposible-replicó Javier.

Debíamos traducir aquel papiro, quizás decía algo sobre aquella mezcla de c
ulturas. Daniel cogió un par de bolígrafos y varios folios y ambos nos pusi
mos a traducir lo que allí se decía. Todos estaban espectantes mientras Dan
iel y yo traducíamos el papiro. no nos costó mucho, ya que sólo había una m
itad y era fácil de traducir.
-¿Qué dice?-preguntó Clara.

Cogí el folio con la traducción final y comencé a leerla en voz alta:

- “Yukesh y Kaitós mortales elegidos por los Dioses, de dos naciones hermana
s y desconocidas entre ellas a la vez, verán la destrucción de todos los lug
ares creados por los Dioses cuando el hombre de corazón de león y con la mar
ca de la garra en el brazo, posea en su mano la vida del elegido por los Dio
ses y el cetro de Ra que le guiará hasta...”.
-¿Hasta qué?-preguntó Laura.
-El papiro termina ahí-dije dejando los folios encima de la mesa.

Todos se quedaron mirándose extrañados. No eran los únicos, jamás se me hab


ía pasado por la cabeza que los egipcios llegasen a mezclar su cultura con
la griega, siempre habían sido muy cerrados con los extranjeros. Además, se
ntía algo extraño mientras tocaba el papiro, no era miedo ni aquel escalofr
ío, sentía responsabilidad.
Entonces Juan cogió uno de los libros, se acercó hacia Daniel y a mí mostrá
ndonos aquel libro al tiempo que decía:

- Según una leyenda popular, aquí pone que el faraón Aahmes I fue visitado p
or dos hombres que decían ser videntes y que habían visto la destrucción del
mundo y la manera de evitarlo, entonces el faraón les pidió que escribiesen
en un papiro aquella profecía, por lo visto, un tipo se enteró de la existe
ncia del aquel papiro y quería poseerlo para obtener poder e intentó consegu
irlo por todos los medios, así que los dos hombres que habían escrito el pap
iro y tenido la visión decidieron romper el papiro en dos partes utilizando
la magia ya que el papiro había obtenido los poderes de los dioses y no podí
a romperse de otra manera.
-¿Magia? Anda ya-decía Javier.

Laura se levantó y le tapó la boca con la mano.

-Calla y deja que continue. Adelante Juan-dijo Laura volviéndose a sentar en


la silla.
-Como iba diciendo, en una de las partes en que se había roto el papiro apa
recía la destrucción del mundo y lo llamaron el papiro de la destrucción,mi
entars la otra parte donde se hablaba de la manera de evitarlo lo llamaron
el papiro de la salvación. No se sabe dónde se escondieron las dos mitades
ya que los dos hombres se suicidaron tras esconderlos, pero desde aquel ent
onces según la leyenda popular el hombre que quería poseerlo hizo un conjur
o en el que se reencarnaría para siempre hasta completar la profecía-termin
ó de explicar Juan.

Cogí el libro en donde lo había leído. Todo encajaba. La época, la mezcla d


e las dos culturas. Aunque se transmitiese como una leyenda popular eso sig
nificaba que alguna base real debió tener aquella historia.

-Lo que debería preocuparos es otra cosa-dijo javier mientars se levantaba de


su silla.
-¿A qué te refieres?-preguntó Clara.
-En el resto del templo habían diferentes trampas, sin embargo en la cámara
secreta no había nada. Demasiado fácil-respondió él.

Javier tenía razón. Había sido demasiado fácil conseguir el papiro. Cerré el
libro de leyendas negras y lo dejé encima de la mesa. Miré a Daniel, estaba s
erio, parecía que sabía a qué se refería Javier.

-No entiendo nada-dijo Clara.


-Quizás haya una trampa, pero es más sutil que las que hemos visto hasta ah
ora-respondió Daniel mientras se sentaba en una silla.
-Te refieres a...-dije miránolo fijamente.
-Exacto, un virus o quizás algún tipo de veneno-me repsondió él.

De repente Juan se desplomó al suelo completamente sin sentido. Nos acercam


os a él. Jose le puso la mano en la frente y al parecer tenían unas décimas
de fiebre, inmediatamente Daniel y Jose lo cogieron entre los dos y se lo
llevaron a su cama. Yo me adelanté para abrirles la tienda y quitar lo que
pudiese estorbar su apso. Los demás fueron detrás de ellos. Lo acostaron en
la cama. Le quité las botas mientras Daniel empapaba con agua un paño. Jos
e se fue corriendo a por el botiquín a su tienda. El resto estaban mirando.
Jose regresó rápidamente y sacó del botiquín un termómetro digital para to
marle la temperatura.

- Tiene 40ºC. Tenemos que bajarle la fiebre-dijo Jose.


-Traed agua y varios paños-les dije a los demás.

Jose examinaba el botiquín en busca de algún medicamento que le bajase la f


iebre, entraron Clara, Laura y Javier con unas palanganas llenas de agua ti
bia y varios trapos que mojamos para ponérselos por el cuerpo. Antes de pon
erlos le quitamos la ropa y lo dejamos tan sólo con la ropa interior. Tras
quitársela le pusimos los paños mojados por todo el cuerpo.

-Apartaos un momento voy a ponerle este antibiótico-dijo Jose mientars pre


paraba una injección.

Todos nos apartamos para que jose pudiese suminsitrarle la injección con el
antibiótico. Javier empezó a ponerse nervioso. Cogió del brazo a Laura y s
e lo apretaba a conciencia.

-Ahh. Quieres soltarme-dijo Laura apartándose de él.

La situación hacía que los chicos se pusiesen nerviosos, lo mejor era que esp
erasen fuera.

-Haced el favor de esperar fuera, será lo mejor-les dije mientras los acompañ
aba hacia la salida de la tienda.

Me preocupaba que Juan pudiese haberse contagiado de algún virus que estuvi
ese aletargado en aquella cámara y que nos contagiase al resto del equipo.
Esperamos unas cuantas horas para ver la evolución de Juan, pero la fiebre
seguía sin bajar, ni siquiera los antibióticos que le habíamos dado habían
hecho efecto.

-Hay que llevarlo a un hospital lo antes posible-le dije a Daniel.

Daniel fue corriendo a su tienda a llamar por teléfono para pedir que viniese
n a por Juan para llevarlo al hospital. Jose salió fuera para tranquilizar a
los demás. Mientras yo me quedé con Juan intentando bajarle la fiebre.
Fuera, Javier estaba poniendo nerviosas a las chicas. Laura se estaba enfada
ndo cada vez más, parecía que iba incluso a pegarle.

-Laura tranquilizate-le dijo Clara cogiéndola del brazo para sujetarla.

Al cabo de media hora empezaron a llegar varios coches al campamento, se


trataba del equipo de contención de enfermedades del Cairo. Unos hombres
vestidos con trajes anticontaminación de color blanco comenzaron a bajar
de los vehículos y entraron en la tienda en la que me encontraba con Juan
. Daniel entró inmediatamente.

-Tranquila Elizabeth. Nos van a llevar a todos al hospital-me explicó él.

Aquellos tipos cogieron a Juan y lo pusieron en una camilla. Poco después l


o subieron en uno de los coches equipado especialmente para transportarlo a
él.
-Suban en los otros vehículos por favor-nos dijeron otros de aquellos tipos.

Nos dividimos en varios coches. Daniel venía conmigo. Desde que apareciero
n en el campamento no había dejado de estar a mi lado. estaba nerviosa por
el estado de salud de Juan. Daniel me abrazó fuerte para intentar tranqui
lizarme, él notaba que estaba nerviosa por todo aquello.

-¿Qué pasará con los objetos si todos nos vamos?-pregunté al darme cuenta d
e ello.
-No te preocupes también he llamado al Museo Arqueológico, vendrán a por
todo-me respondió Daniel sin dejar de abrazarme.

Nos pusimos en marcha hacia el hospital. Durante el camino todo el tiempo


Daniel no dejó de abrazarme, ya no estaba nerviosa aunque había algo que n
o dejaba de rondarme por la cabeza. Quizás lo que le estaba pasando a Juan
era por mi culpa, al fin y al cabo, fui yo quien abrió el cofre sin pensa
r y quien le entregó lacaja sin más. Si realmente es un virus puede que to
dos nosotros ya estemos infectados. Miré a Daniel, se había quedado dormid
o abrazado a mí. El estado de Juan era muy malo, si eso nos pasa a todos..
. No quiero pensar en ello, pero no puedo quitármelo de la cabeza. Tengo m
iedo de que Juan empeore e incluso muera, pero aún tengo más miedo de que
eso le pueda llegar a pasar a Daniel.

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