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Jesús y las bienaventuranzas

Colección «EL POZO DE SIQUEM»

302

ENZO BIANCHI

Jesús

E NZO B IANCHI Jesús bienaventuranzas Sal Terrae S ANTANDER – 2012

bienaventuranzas

Sal Terrae

SANTANDER – 2012

Título del original italiano:

Le vie della felicità. Gesù e le beatitudini

© 2010 by RCS Libri S.p.A. Milano www.bur.eu

Traducción:

José Pérez Escobar

© 2012 by Editorial Sal Terrae Polígono de Raos, Parcela 14-I 39600 Maliaño (Cantabria) Tfno.: 942 369 198 / Fax: 942 369 201 salterrae@salterrae.es / www.salterrae.es

Imprimatur:

X Vicente Jiménez Zamora Obispo de Santander

20-04-2012

Diseño de cubierta:

María Pérez-Aguilera www.mariaperezaguilera.es

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida, total o parcialmente, por cualquier medio o procedimiento técnico sin permiso expreso del editor.

Impreso en España. Printed in Spain ISBN: 978-84-293-2007-7 Depósito Legal: SA-243-2012

Impresión y encuadernación:

Grafo, S.A. – Basauri (Vizcaya) www.grafo.es

Índice

Introducción

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1. Las bienaventuranzas en Mateo y Lucas:

 

dos formas diversas, un mismo mensaje

 

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10

2. Bienaventuranzas y felicidad

 

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3. Las bienaventuranzas:

 

entre el pasado, el presente y el futuro

 

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4. El escándalo de las bienaventuranzas

 

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5. Jesús, el hombre de las bienaventuranzas

 

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1. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos

 

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Introducción

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23

1. Pobres y pobres de espíritu

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2. Jesús es el pobre bienaventurado

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31

3. Una Iglesia pobre

 

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Conclusión

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2. Bienaventurados los que lloran,

 

porque serán consolados

 

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Introducción

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1. Los que lloran porque sufren

 

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2. Los que lloran porque son atacados

 

a causa de su fe

 

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3.

Los que lloran porque son pecadores arrepentidos: el pénthos

 

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Conclusión

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3. Bienaventurados los mansos,

 

porque heredarán la tierra

 

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1. La mansedumbre en las Escrituras

 

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2. La mansedumbre de Jesús

 

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3. La mansedumbre de los cristianos

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Conclusión

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4. Bienaventurados los que tienen hambre y sed

 

de justicia, porque serán saciados

 

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Introducción

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1. «Bienaventurados vosotros,

 

que ahora tenéis hambre

 

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2. «Bienaventurados los que tienen

 

hambre y sed de justicia

 

»

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3. Los cristianos y los no cristianos

 

ante esta bienaventuranza

 

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Conclusión

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5. Bienaventurados los misericordiosos,

 

porque encontrarán misericordia

 

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Introducción

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1. «El Señor, el Señor, Dios misericordioso y compasivo

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2. «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso»

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87

3.

La bienaventuranza del perdón y la compasión

91

 

Conclusión

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6.

Bienaventurados los puros de corazón,

 

porque verán a Dios

 

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Introducción

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1. La pureza de corazón en el Antiguo Testamento

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2. Jesús, el puro de corazón por excelencia

 

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104

3. La pureza de corazón permite «ver a Dios»

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Conclusión

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7.

Bienaventurados los que trabajan por la paz,

 

porque serán llamados hijos de Dios

 

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Introducción

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1. Hacer la paz

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2. La paz en el Antiguo Testamento

 

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3. La paz en el Nuevo Testamento

 

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4. «

porque serán llamados hijos de Dios»

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Conclusión

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8.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos

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Introducción

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1. La persecución contra los hombres

 

que viven la justicia

 

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129

2. La persecución contra los cristianos

 

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130

3. «Así persiguieron a los profetas

 

anteriores a vosotros»

 

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Conclusión

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Bibliografía

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143

Introducción

«Arraigada en el presente y abierta al futuro del rei- no de Dios, la felicidad de la que hablan las biena- venturanzas hunde también sus raíces en un pasado preciso: en aquel momento del tiempo, que está a nuestras espaldas, en el que se pronunciaron por primera vez; más aún, lo más importante no es el tiempo, sino la persona de aquel que, al proclamar-

las, se presenta como su garante [

que prometen las bienaventuranzas se ha hecho una

realidad presente en la persona de Jesús» 1 .

]. El futuro feliz

«El santo es el hombre nuevo, el que vive según el modelo dejado por Jesucristo; es el hombre de las bienaventuranzas; es el hombre que se despoja de su egoísmo y que vive para Dios y para los demás; es el hombre transfigurado. Es el hombre verdadera y plenamente humano» 2 .

1. J. DUPONT, Il messagio delle beatitudini, Gribaudi, Torino 1979, p. 6 (trad. esp. del orig. fr.: El mensaje las bienaventuranzas, Verbo Divino, Estella 1988).

2. R. COSTE, Le grand secret des Béatitudes, Éditions de l’Emmanuel, Pa- ris 2004, p. 262.

1.

Las bienaventuranzas en Mateo y Lucas:

dos formas diversas, un mismo mensaje

EN las Sagradas Escrituras leemos con frecuencia afirma-

ciones que proclaman la bienaventuranza, la felicidad que está reservada al creyente que vive situaciones concretas

y asume comportamientos específicos. Se llama dichoso

(’ašre en hebreo, palabra que deriva de la raíz ’ašar, «andar, avanzar»; makários en griego) a «quien encuentra alegría en

la enseñanza del Señor y la medita día y noche» 3 (Sal 1,2);

es «dichoso quien discierne al pobre» (Sal 41,2; cf. Prov 14,21); es «dichoso quien actúa con justicia y practica siem- pre el derecho» (Sal 106,3). En continuidad con los Profetas y los Salmos, también Jesús proclamó en su predicación algunas bienaventuranzas. Tenemos numerosos vestigios en los evangelios: «Dichoso el que no encuentra en mí motivo de escándalo» (Mt 11,6; Lc 7,23); «Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 11,28); «Dichosos aquellos siervos a quienes el Señor encuentre vigilando a su llegada» (Lc

No obstante, hay ciertamente dos textos conoci-

dos como las bienaventuranzas por excelencia pronunciadas por Jesús: las palabras de apertura, el «grandioso portal» 4 del

Sermón de la montaña, el primer gran discurso de Jesús en

el Evangelio de Mateo (cf. Mt 5,1–7,29), y aquellas con las

que comienza el discurso en un llano en el Evangelio de Lu-

cas (cf. Lc 6,17-49).

12,37)

3. La traducción de los textos clásicos y patrísticos y, donde ha sido ne- cesario, de los textos bíblicos es obra del autor.

4. C.M. MARTINI, Il discorso della montagna, Mondadori, Milano 2006, p. 47 (trad. esp.: El sermón de la montaña, PPC, Madrid 2008).

«Al ver a la multitud, subió al monte. Se sentó y se le

acercaron los discípulos. Tomó la palabra y los instruyó

en estos términos: “Dichosos los pobres de espíritu (Mt 5,1-3).

”»

«Bajó con ellos y se detuvo en un llano. Había un gran número de discípulos y una gran multitud del pueblo,

venidos de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro

Dirigiendo la mirada a los discípulos, les

decía: “Dichosos vosotros, los pobres

y Sidón [

].

”» (Lc 6,17.20).

A este incipit le siguen en Mateo ocho bienaventuranzas formuladas en la tercera persona del plural y una, la última, en la segunda persona del plural. La composición es extre- madamente cuidada, también desde el punto de vista lite- rario: las cuatro primeras bienaventuranzas constan de treinta y seis palabras, y también las cuatro siguientes, mientras que la novena contiene treinta y cinco. Además, la primera y la octava se corresponden en la causa de la biena- venturanza, formando así una inclusión: «Porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3.10). La versión de Lucas pre- senta, en cambio, cuatro bienaventuranzas, formuladas en la segunda persona del plural y, en paralelo, cuatro «ayes», es decir, advertencias, amonestaciones, llamadas severas con vistas a la conversión; también esta forma de discurso, bien atestiguada en las Escrituras y, en particular, en los Profetas (cf. Is 1,4; Jr 22,13; etc.), es usada con frecuencia por Jesús (cf., sobre todo, Mt 23,13-32; Lc 11,42-52).

¿Cuál de las dos versiones es anterior a la otra? La cues- tión es muy antigua y sustancialmente irresoluble, porque no conocemos, ni conoceremos jamás, las ipsissima verba pronunciadas por Jesús en arameo. Pero lo que importa es otra cosa: si bien es verdad que no es posible establecer con exactitud las bienaventuranzas que salieron de la boca de Je-

sús, contamos, sin embargo, con dos testimonios igual- mente fieles y fidedignos. Es decir, que nos ha llegado un mis- mo mensaje en dos formas diferentes, porque los evangelistas, al traducir las palabras de Jesús del arameo al griego y al trans- mitirlas, se dirigían intencionadamente a sus respectivas co- munidades cristianas, llamadas a acogerlas. Por eso Mateo, que conoce a su Iglesia como Iglesia de los pobres, actualiza las palabras de Jesús proclamando bienaventurados a quienes son «pobres de espíritu» (Mt 5,3), es decir, pobres también de corazón; en cambio, Lucas, en cuya comunidad hay muchos que siguen siendo materialmente ricos, mira a los discípulos pobres y a ellos les dirige las bienaventuranzas: «Dichosos vo- sotros, que sois pobres; dichosos vosotros, que tenéis hambre. Pero, al contrario, ay de vosotros, que sois ricos y estáis sa- ciados» (cf. Lc 6,20-21.24-25). En mi comentario seguiré la versión más larga, la de Mateo, haciendo, no obstante, referencia a la de Lucas cada vez que sea posible establecer un paralelo. Trataré de inter- pretar las bienaventuranzas a la luz de todo el evangelio y, más en general, de toda la Escritura. En efecto, a mi pare- cer, solo en este contexto amplio es posible comprender la intención profunda de las palabras de Jesús, sin aislarlas o cristalizarlas en interpretaciones parciales e ideológicas.

2. Bienaventuranzas y felicidad

¿Qué sentido tiene hoy leer las bienaventuranzas? ¿Por qué de- bemos meditar sobre estas palabras paradójicas de Jesús? Ante to- do, pienso, por una razón muy humana. En el contexto so- ciocultural en el que vivimos, nosotros, los cristianos, esta- mos llamados, hoy más que nunca, a mostrar con nuestra vi- da caminos de humanización y de salvación que puedan re-

correr todos los hombres. Ahora bien, la manera más eficaz para descubrir y recorrer estos caminos consiste en practicar la búsqueda de sentido, un ejercicio que en nuestros días pare- ce cada vez más raro. Se ha hecho difícil, sobre todo para las nuevas generaciones, dar sentido a la vida y a las realidades que la constituyen, hasta el punto de que desde muchas par- tes se levantan voces que denuncian la «crisis del sentido». En esta situación, los cristianos deberíamos saber mos- trar a todos los hombres, humildemente pero con determi- nación, que la vida cristiana no solo es buena, es decir, que no solo está marcada por los rasgos de la bondad y del amor, sino que también es bella y feliz, que es vía de belleza y de dicha, de felicidad. Preguntémonos con honestidad: ¿da hoy el cristianismo un testimonio de la posibilidad de una vida feliz? ¿Nos comportamos los cristianos como personas feli- ces o nos parecemos a quienes, precisamente por la fe, llevan fardos que les aplastan y viven sometidos a un yugo pesado y opresivo, en lugar del yugo suave y ligero de Jesucristo? (cf. Mt 11,30)? En realidad, me parece que, a menudo, nos me- recemos aún el reproche que Friedrich Nietzsche dirigía a los cristianos hace ya más de un siglo:

«Mejores canciones tendrían que cantarme [los cristianos] para que yo aprendiese a creer en su redentor. ¡Más alegres tendrían que parecerme los discípulos de ese redentor!» 5 .

Ciertamente, el camino cristiano es exigente, exige fati- ga y esfuerzo para «entrar por la puerta estrecha» (Lc 13,24; cf. Mt 7,13) y configurarse con la llamada recibida. No ha-

5. F. NIETZSCHE, Così parlò Zarathustra, Adelphi, Milano 1986, p. 109 (trad. esp. del orig. al.: Así habló Zaratrusta, Alianza Editorial, Madrid

2011).

ce falta recordar las numerosas exhortaciones hechas por Je- sús en este sentido, condensadas en su advertencia: «Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Mc 8,34 y par.). Por otra parte, según la enseñan- za de Jesús y, sobre todo, según su ejemplo, la vida de quien le sigue no solo merece la pena ser abrazada, sino que es causa de dicha, es fuente de felicidad. Es precisamente en este punto en el que se sitúa el anuncio de las bienaventuranzas, que podríamos definir co- mo el corazón de la ética cristiana, una ética –hay que de- cirlo con claridad– que no es tanto una ley o, peor aún, una moral de esclavos, sino un espíritu o un estilo, el que anun- ció y vivió Jesús en la libertad y por amor, aquel en el que Jesús encontró la felicidad. Sí, las bienaventuranzas son una llamada a la felicidad. Bien sabemos que solo cuando los hombres conocen una razón por la que vale la pena perder la vida, es decir, morir, encuentran también una razón para gastarla cotidianamente y, en consecuencia, son felices. Pues bien, las bienaventuranzas ayudan a descubrir esta ra- zón y, así, permiten dar un sentido a la vida, es más, con- ducen al «sentido del sentido»: Jesús proclama dichosos a hombres y mujeres que viven en unas situaciones precisas que pueden dar pleno sentido a su camino humano en la tierra y facilitar a cuantos tienen el don de la fe su camino hacia la comunión con Dios. Pero el sentido primero y más elemental de las biena- venturanzas –vuelvo a insistir– es la felicidad, la alegría de descubrir que gracias a la asunción consciente de una acti- tud, de un comportamiento, puede vivirse una existencia que, aun cuando exija un precio caro, tiene los trazos de una verdadera obra de arte: la pobreza de espíritu, el llanto, la mansedumbre, el hambre y la sed de justicia, la miseri- cordia, la pureza de corazón, la construcción de la paz, la

persecución sufrida por causa de la justicia, son situaciones que pueden producir la dicha ya aquí, en esta vida, y, des- pués, en el «mundo venidero», aquel en el que Dios reina definitivamente.

3. Las bienaventuranzas:

entre el pasado, el presente y el futuro

Cuanto acabamos de decir nos permite mencionar otro as- pecto crucial de las bienaventuranzas, a saber, que enraízan firmemente en el presente a quienes las escuchan, abriéndo- les, al mismo tiempo, a un futuro de esperanza. Las biena- venturanzas se dirigen a personas que están en condiciones humanas caracterizadas por la prueba, la dificultad y la con- tradicción. Es en este estado en el que descubren que son des- tinatarios de una acción de Dios, que ya, ahora, es ocasión de felicidad y, después, al final de los tiempos, será para ellos re- compensa, restablecimiento de la justicia, plenitud de vida, alegría y paz. La bienaventuranza no excluye el esfuerzo, el sufrimiento y el sacrificio, pero es verdadera bienaventuranza porque nace de la conciencia de la situación en la que se es- tá. Podríamos decir que con estas proclamaciones, Jesús se es- fuerza esencialmente en hacer conscientes de su condición a cuantos son dichosos. «Tal vez», como ha escrito Jacques Dupont, uno de los comentaristas más autoritativos de las bienaventuranzas, «estos no se den cuenta y deben tomar conciencia de ello; sin embargo, son dichosos» 6 . Al mismo tiempo, los «dichosos» son felices debido tam- bién a la esperanza que los habita, en el sentido en el que Pa-

6. DUPONT, op. cit., p. 5.

blo habla de la alegría de quienes esperan (spe gaudentes:

Rom 12,12). Dicho de otro modo, si estos viven su condi- ción presente con una apertura al futuro –y este es el movi- miento intrínseco a todo comportamiento marcado por el amor y la comunión–, pueden nutrir la esperanza de que la última palabra sobre su vida será la pronunciada por Dios en el reino. Por tanto, hay que tener cuidado con las inter- pretaciones de las bienaventuranzas que las vacían de su di- mensión escatológica, que actualmente, además, se encuen- tra muy amenazada por una cultura dominante que parece haber olvidado del todo la existencia de las «realidades invi- sibles, las eternas» (cf. 2 Cor 4,18). Rotundamente no. Las bienaventuranzas se abren al futuro, a aquel cumplimiento que se realizará solo en el reino, como deja entender Mateo mediante la inclusión que crea entre la primera y la octava bienaventuranza. Y este futuro ha estado ya presente in nu- ce en la persona de Jesús, él que era el reino, él que era el hombre sobre el que Dios reinó plenamente, en un pasado bien determinado. En la parábola del juicio final, con la que Mateo con- cluye su último gran discurso, es precisamente Jesús quien une estas dimensiones temporales mediante palabras de una sencillez que desarma y que, al mismo tiempo, causan una inmensa sorpresa a los destinatarios; palabras que, una vez más, trazan un horizonte de dicha y de salvación posible pa- ra todo hombre:

«Venid, benditos de mi Padre –es decir, “¡Dichosos vo- sotros!”–, recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era extranjero y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba encarcelado y vinisteis a verme. Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo?”

[

].

En verdad os digo: todo cuanto habéis hecho a

uno solo de estos mis hermanos más pequeños, me lo hicisteis a mí» (Mt 25,34-37.40).

4. El escándalo de las bienaventuranzas

Meditando sobre las bienaventuranzas escribía también Nietzsche, profeta moderno cuyas reflexiones no dejan de intrigarnos:

«Han sido los judíos los que, con una consecuencia lógica aterradora, se han atrevido a invertir la identificación aris- tocrática de los valores (bueno = noble = poderoso = be- llo = feliz = amado de Dios) y han mantenido con los dientes del odio más abismal (el odio de la impotencia) esa inversión, a saber, “¡los miserables son los buenos; los pobres, los impotentes, los humildes son los únicos bue- nos; los que sufren, los indigentes, los enfermos, los de- formes son también los únicos piadosos, los únicos ben- ditos de Dios, únicamente para ellos existe bienaventu-

Se sabe quién ha recogido la herencia de esa

transvaloración judía» 7 .

ranza” [

].

Nietzsche se sintió justamente provocado por las biena- venturanzas pronunciadas por Jesús –al que alude al final del pasaje citado– hasta el punto de reaccionar con vehe- mencia. Nosotros, en cambio, habituados ya a escucharlas, no captamos más su carácter paradójico 8 , de aguijón que

7. F. NIETZSCHE, Genealogia della morale, Adelphi, Milano 2006, pp. 22-23 (trad. esp.: La genealogía de la moral, Alianza Editorial, Madrid 2006).

8. Cf. J. RATZINGER – BENEDICTO XVI, Gesù di Nazaret, Rizzoli, Milano 2007, p. 95 (trad. esp.: Jesús de Nazaret, La Esfera de los Libros, Ma- drid 2007).

pone en cuestión nuestra fe, su dimensión de «escándalo». Y así olvidamos que las bienaventuranzas son también «len- guaje de la cruz» (1 Cor 1,18), capaz de confundir toda sa- biduría humana (cf. 1 Cor 1,19-25). Dicho de otro modo, a quien escruta con atención la realidad cotidiana de nues- tro mundo, le asalta espontáneamente la pregunta sobre có- mo es posible llamar dichosos, felices, verdaderos peregri- nos hacia un futuro de esperanza a cuantos son pobres y mansos, a cuantos lloran, a cuantos están hambrientos de justicia hasta el punto de ser perseguidos. Y, sin embargo, estas bienaventuranzas salieron de la boca de Jesús en una cultura y en una sociedad semejante a la nuestra, donde es- taba vigente la ley de la fuerza, donde lo que contaba era la riqueza, donde la violencia estaba al servicio del poder. Hay que reiterar con fuerza que, tanto ayer como hoy, las bienaventuranzas son y seguirán siendo escandalosas; y dado que quien las vivió en plenitud es precisamente el que las pronunció, es decir, Jesús, que por su revelación de Dios acabó en la cruz, entonces –lo repito– las bienaventuranzas son lenguaje de la cruz. También es este el motivo por el que no pueden leerse solamente como un texto de halo poético, ni como un texto de fuertes contenidos morales, ni tampoco como un texto sapiencial, fuente de inspiración para la búsqueda humana. Son también todo esto, pero, más en profundidad, son actitudes vividas radicalmente por Jesucristo y, como tales, deben convertirse en el estilo de vi- da de sus discípulos, los cristianos. En suma, para que se haga realidad la buena noticia del evangelio hay que vivir las bienaventuranzas. Con referencia a esta exigencia nos encontramos que, a lo largo de los siglos, siempre ha habido quien se ha preguntado sobre la factibili- dad de las bienaventuranzas, sobre la posibilidad efectiva de que fueran algo más que simples palabras utópicas, es decir,

privadas de un «lugar», de una realización histórica, en el ni- vel personal o comunitario. Hay quien ha afirmado que va- lían solamente para los contemporáneos de Jesús y para la primera generación cristiana, es decir, para quienes vivieron de modo irrepetible la urgencia escatológica, como también hay quien, tras el giro constantiniano y, después, con una particular insistencia en el segundo milenio, las leyó como «consejos» reservados solamente a los monjes y los religiosos, aquellos que «abandonan el mundo»; y podríamos seguir la lista de estas interpretaciones reduccionistas. Hoy, como en toda generación, estamos llamados a de- jar resonar la pregunta desnuda: ¿es posible vivir las biena- venturanzas aquí y ahora? A mi parecer, esta pregunta ha re- cibido siempre y puede aún recibir una respuesta positiva, pero no de un modo triunfal o apoteósico, no mediante for- mas epatantes que se impongan a los ojos de los demás, si- no en la vida cotidiana, a menudo escondida, de tantos hombres y mujeres, de personas que, pese a sus contradic- ciones y su pecado, han buscado y buscan seguir al Señor Jesús viviendo su mismo estilo de vida, el estilo «escandalo- so» de las bienaventuranzas. Sí, en efecto, siempre ha sido y seguirá siendo posible vivir las bienaventuranzas. Mi medi- tación se desarrollará en este horizonte «práctico».

5. Jesús, el hombre de las bienaventuranzas

Las bienaventuranzas pronunciadas por Jesús no son sola- mente una revelación entregada a los discípulos, sino que también son el fruto de la experiencia vivida, de la «fe pen- sada» de Jesús. Vivía de estas bienaventuranzas y su certeza renovaba diariamente su existencia, permitiéndole vencer toda contradicción sufrida y toda hostilidad manifestada

hacia él. Lo hemos mencionado ya más veces, pero ha lle-

gado el momento de decirlo con claridad: Jesús es el hombre de las bienaventuranzas, él es el pobre, el que llora, el man- so, el hambriento y sediento de justicia, el misericordioso, el puro de corazón, el que trabaja por la paz, el perseguido

Para darse cuenta de esto, es sufi-

por causa de la justicia

ciente leer con atención su vida narrada en los evangelios, que es lo que haremos, en parte, en el comentario a cada bienaventuranza. Por consiguiente, las bienaventuranzas no son una ideo- logía, una utopía o una doctrina espiritual. Jesús las dijo pa- ra revelar lo que fue su experiencia humana, en la que en- contró la felicidad. Una felicidad a un precio caro; una feli- cidad que nacía en él de la conciencia de que el sentido de su existencia consistía en vivir el amor a Dios y a los hom- bres, en buscar siempre y por encima de todo la comunión, también ante quien sabía responder a este anhelo suyo solo con la violencia y la triste maldad. En suma, una felicidad que para Jesús coincidía con la búsqueda de la humanización plena, con la búsqueda de un comportamiento capaz de «sal- var» su vida humana. Comprendemos, por tanto, cómo las perspectivas de la felicidad humana y de la cristiana hallan en el hombre Je- sucristo su punto de encuentro: después de él, que vivió co- mo el hombre verdadero querido por Dios, todo lo que es auténticamente humano es también auténticamente cristia- no, y viceversa. En este sentido, estoy convencido de que el camino de las bienaventuranzas puede ofrecerse a todos los hombres con vistas a un camino común hacia el sentido y la felicidad. Es verdad que la promesa del reino solo puede ser acogida por cuantos tienen fe, pero todos los hombres están interesados en recorrer los caminos de humanización abiertos por las bienaventuranzas. Son interrogantes dirigi-

dos a todo hombre y toda mujer, y quien quiera llevar una vida digna de este nombre, debe dejarse interrogar.

***

Unos pocos años después de la muerte y la resurrección de Jesús, el filósofo Séneca escribía: «Todos quieren vivir feli- ces (beate vivere), pero cuando se trata de ver con claridad qué es lo que hace feliz la vida (quod beatam vitam efficiat) se ven envueltos por la oscuridad» 9 . Pues bien, las biena- venturanzas son una lámpara en este camino hacia la felici- dad. Al leerlas, descubriremos el espíritu que está bajo la le- tra y conoceremos mejor, por tanto, a Jesús, que las pro- nunció; al mismo tiempo, seremos más capaces de experi- mentar sentido y alegría en lo que vivimos, y de «salvar», así, nuestro vivir cotidiano. Nuestra salvación, de hecho, se- rá plena solamente en el reino, pero comienza ya ahora en la felicidad de nuestra existencia bajo el sol.

9. SÉNECA, Sobre la vida feliz 1,1.