Odeen Rocha & Odín Ramírez

Alice in Limboland

PARAFERNALIA ediciones digitales

Odeen Rocha & Odín Ramírez Alice in Limboland

PARAFERNALIA ediciones digitales

CC BY-NC-ND Odeen Rocha & Odín Ramírez Primera Edición Impresa: México, D.F., octubre 2010. Primera Edición Digital revisada [por entregas semanales]: México, D.F., noviembre 2012 – enero 2013. Segunda Edición Digital revisada: Managua, noviembre 2013.

Diseño de portada y diagramación Alberto Sánchez Arguello

PARAFERNALIA ediciones digitales

Esta obra está publicada bajo licencia creative commons para más información: http://creativecommons.org/licenses/

Prólogo
En el siglo XIX un académico y matemático de apellido Dodgson se divertía haciéndose amigo de niñas pequeñas a las que entretenía con historias llenas de acertijos, filosofía y quizá un poco de sus ocultas perversiones. Se pasó años frecuentando a una en particular, la pequeña Alice Liddell, a quien quería de manera especial y le dedicó sesiones enteras de improvisación en el Támesis donde la niña escuchó y revoloteó con las aventuras de otra pequeña, llamada igual que ella y que iba de un lado a otro resolviendo acertijos y conociendo personajes bastante extraños en una tierra donde todo sucedía de la manera menos “normal” posible. Esa era la Alicia de Carroll. La Alicia que se pasó por el País de las Maravillas y que desde hace más de cien años ha encendido la imaginación de más de uno. Cine, teatro, pintura, escultura, literatura, todas las artes han sido influenciadas por Alicia y su curiosidad –quizá también por la curiosidad del clérigo hacia las niñas; unas niñas no tan osadas como las nínfulas de Nabokov, pero sí mucho más atrevidas a ir más allá–. Y esta vez, llegó al punto de provocar nada más que el ocio de dos personajes que, de tanto tiempo libre, decidieron jugar ping pong y crear una nueva rubia. La Alice que tienen ante los ojos es Licha, es la rubia copa D a los 17, de ojos verde aceituna con una vida tan banal y tan sencilla que se le hace poca cosa tener un río artificial en su gigantesco patio y ver pasar por él, como si nada, a un conejo negro con aires de rockstar que pasa por ahí invitando a la gente a La Madriguera del Conejo, el antro de mejor reputación en Limboland. Como un juego, la güera es lúdica y atractiva. Locochona y provocativa. Como personaje, es todo un caso, ya lo podrán constatar. Esta es una nueva edición, una edición digital a tres años de su modesta salida como libro en papel, donde por primera vez se podrá leer de principio a fin sin tener que brincar de enlace en enlace ni recibir algún correo secreto de uno de los autores. Es una forma de decir que la rubia es de todos. Que Licha tiene muchos fetiches, pero su favorito es ser leída. Es hora de seguir al Conejo Negro –con mayúsculas, porque ese es SU nombre— y ver qué tan profundo llegan en la Madriguera del Conejo. Todos sabemos que es una trampa, pero como a Alice, nos importa poco: queremos el trip, el viaje, más que a nada. Bienvenidos a una historia de AYER, contada HOY. Adelante a LIMBOLAND. México Noviembre, 2013.

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A la imaginación… a todo el tiempo que, sin saberlo, hemos pasado en Limboland…

I “Madriguera del Conejo Lounge”

Alice comienza el día como los últimos dos de esta semana: Sus manos tersas de post-adolescente burguesa viajan de sus piernas al cuello trazando una línea ascendente que se detiene sutil para acariciar el pezón derecho y el ombligo. Burlando la barrera que implica la panty de encaje de Victoria's Secrets se dispone a obnubilar sus sentidos con el placer único que se brinda gracias a años y años de jugueteo, suficientes para infartar a su madre de haberse enterado. Instantes más tarde Alice no piensa, su mente líquida discurre caliente en los sinuosos senderos de un espasmo convulsivo, originado en el centro mismo de la vida humana… el placer o el amor son lo mismo. Amamos lo que disfrutamos a través del placer. ¡Alice se ama tanto a sí misma! Ama su casa de Lomas y su cuarto teñido de púrpuras, índigos y violetas entre decoración hindú y muebles minimalistas. Ama la sensación de sus dedos chapaleando entre la cristalina prueba de una existencia suprema mas allá de la conciencia. Ama tomar entre pulgar e índice su clítoris mientras deja que el medio viaje dentro e inunde su cuerpo al estallar en oleadas de calor que paran a retozar en nalgas, senos y labios. No se detiene al percibir la cálida brisa que se cuela por la ventana ni el tibio amanecer del verano. ¡La vida de Alice es tan bella! No recuerda su pasado ni piensa en el futuro. El ahora vibra en un suspiro… cuando el movimiento último tensa cada nervio y crea una conexión al todo, nubla la vista y cierra los ojos. Duerme con una sonrisa, tal vez se levante a las 12:00 o a la 1:00. La vida de una burguesa es hermosa. Es perfecta. Alice ya empezaba a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río, (el pequeño riachuelo artificial de su casa obscenamente cara y grande) sin tener nada que hacer: había echado un par de ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos. — ¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos? — se preguntaba Alice, — es más ¿para qué sirve un libro? si no para ligarse a un chico en la biblio de la uni o nivelar la pata de una mesa en el Starbucks—. Ahora toma su bolsito Prada y saca una caja de pastillas tic-tac.

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— ¡Ya no te metas esas madres, vas a quedar loca! — gruñó su hermana en la clásica actitud sobre-protectora buenaondabien de hermanis mayor. Porque esa caja lo último que trae son pastillas tic-tac. Alice no se preocupa, su vida es tan bella que puede darse el lujo de intensificarla un rato con formas y colores alegres; con unas sonrisas, con felicidad ácida. Después de unos minutos, voltea al lado norte de su residencia y nota la presencia de un conejo negro que reparte flyers en la calle adyacente. No le toma importancia y sigue divagando entre sus sensaciones. De pronto un ataque de conciencia invade su pensamiento: ¡jamás había visto un conejo negro repartiendo flyers! Alice se apresura a alcanzarlo para obtener una propaganda; justo cuando se acerca, éste huye veloz cual carterista de la Merced. En su huida pierde algunos flyers, mismos que recoge Alice y procede a leer: Madriguera del conejo Lounge. Un concepto nuevo para ti ¡Alice! Cualquier día, a cualquier hora sigue al conejo negro. Z.N.A. (zero nacos allowed) Sorprendida de ver un flyer tan directo y personalizado, supuso que tal vez cada uno tiene un nombre diferente para tratar de coincidir con el nombre de la persona a quien es entregado. Toma un segundo flyer y menuda sorpresa se lleva al notar su nombre en ese también, en ese y en todos los que revisa posteriormente. — ¡Es una señal cósmica! — piensa para sí. Regresa rápido a su cuarto ante el desconcierto apático de su hermana. Se despoja de toda su ropa cuando se percata de la presencia de Diesel, su gatito siamés. — Lo siento pequeño, tengo algo importante que hacer. Diré a Chenchita que te ponga comida antes de partir. Después de una ducha escoge para tan rara ocasión el nuevo vestido de Mango que adquirió la semana pasada. Un toque ligero de maquillaje y dos o tres accesorios. Toma su bolso favorito, las llaves del auto y sale como rayo hacía la cochera donde un Peugeot 206 cc rosa la espera. Tiene un sentimiento extraño, ya que aunque el flyer no indica la dirección del lugar ella sabe exactamente a dónde dirigirse: El numero 69 de la calle Londres es su destino.

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Un letrero en neón azul que indica: “La Madriguera del Conejo Lounge” le hace saber que es el lugar correcto. No se escucha ruido alguno pero la puerta se abre inmediatamente ante su presencia. El lugar está oscuro y no se advierte alguna presencia aparte de Alice. Los beats electrónicos y los fractales fluorescentes la tranquilizan un poco y decide caminar hasta el inicio de unas escaleras de caracol. Alcanza a ver la silueta del conejo bajando a gran velocidad y lo sigue sin dudarlo. El sonido parece alejarse cada vez más conforme el conejo se va adelantando poco a poco hasta perderse en las sombras que parecen rodear al infierno mismo. Después de quince minutos bajando, Alice comienza a sentir que algo anda mal y decide regresar. Menuda fue la sorpresa que se llevó al notar que las escaleras en ascenso desaparecían dando paso a un abismo tenebroso. —Tendré que seguir bajando, no me queda de otra— se reprocha un poco atemorizada por la imprudente situación en la que se encuentra; aunque no le toma mucho adaptarse, ya que su naturaleza impulsiva la hacía cometer tonterías como esa a menudo. Sus ojos comienzan a acostumbrarse a la poca luz y descubre libreros y estantes a su paso. Su curiosidad la hace acercarse a leer los títulos de los libros: Kamasutra, Los caminos del Placer, Los 120 días de Sodoma… recuerda el pensamiento que tuvo hacía un par de horas respecto a los libros y se retracta. Tal vez puedan servir de algo. Mientras, con una sonrisita un tanto perversa y maliciosa continúa su viaje al fondo de la nada. Media hora después, justo cuando Alice comenzaba a sentir que las pastillas que se había tomado perdían su efecto, llega al fin de la interminable escalinata.

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II “HOY no es HOY, es un recuerdo de AYER y una fantasía de MAÑANA”

— ¡Maldito conejo de mierda! — escupe Alice como sólo ella puede hacerlo: con el debido poder como para ofender, pero con el suficiente feeling para no escucharse corriente con semejantes palabrejas. —Este infeliz animalito negro me ha traído a un antro que no tiene decoración Feng Shui… ni siquiera es lo suficientemente mínimal como para sacar el cel y hablarle a Lucy, Gaby, Aby, y Tamy para ponernos bien chidas… Al recorrer aquel lugar, Alice fija sus ojos enrojecidos hacia una sección del muro occidental donde hay escrita una frase que la deja pensando un par de segundos: 'HOY no es HOY, es un recuerdo de AYER y una fantasía de MAÑANA' —Ya es tiempo de buscar algo para ponerme bien high, esto es demasiado para estar sobria—, se dice. Entonces voltea abajo a su izquierda y nota la presencia de una pequeña puerta. Linda e irresistible. El problema es que ésta mide máximo unos 45 cm, y Alice alcanza ya el metro sesenta y cinco; y aunque es delgada gracias a sus hambrunas auto-impuestas, no le es posible pasar al otro lado. —Esto no pasaría si desde pequeña hubiera practicado Yoga. ¡Maldita madre que tengo! si es tan IN eso de la relajación y el control del cuerpo— refunfuña para sí. Su mente la lleva unos meses atrás, a esa tarde en Plaza Galerías cuando quedó prendada de un guapo Hare Krishna (como ella lo nombró en ese momento); quería irse con él a la India para aprender el Yoga, pero su madre y hermana se negaron rotundamente. Eso la ponía aún más molesta. De cualquier forma, su enojo era comprensible: en aquellos días del primer verano del nuevo siglo, todas las amigas de Alice se encontraban inscritas en infinidad de cursos de Yoga, Feng Shui, Pilates, Spinning y cuanta ciencia alquimista existía para conservar la figura y la salud. No era fácil perdonar eso. En medio de todo ese berrinche adolescente, Alice no se había percatado de que, un poco más a su derecha, se encuentra una mesita bastante mona, color fiusha con azul cielo encima de la cual descansaba un brownie de chocolate blanco brillante con una pequeña tarjeta dedicada en exquisitas letras cursivas. Algunos minutos después, la curiosa fémina dirige su escultural figura hacia la mesilla y toma la tarjeta, la abre y lee una frase que ya se le hacía conocida: “HOY no es HOY, es un recuerdo de AYER y una fantasía de MAÑANA… ¡CÓMEME, CÓMEME, CÓMEME!”.

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Como sería de esperarse, tomó el brownie y lo mordió. Alice comenzó a sentir como si creciera. Efectivamente, su cabeza estaba ya muy lejos de sus pies y ahora ella alcanzaba los 3 metros de altura. Al llegar hasta el techo del cuarto, pudo ver escondida en una marquesina, una pequeña llavecita de plástico en un color similar al del mercurio, que tenía esa forma necesaria para poder abrir la puerta del fondo que la conduciría, sin duda, hasta el clímax de la fiesta y al mismísimo Conejo Negro. Trató de correr hacia la puerta y abrirla; sin embargo, a causa de su nueva talla, ya no podía más que asomarse con mucha dificultad por debajo de la puerta y ver borrosamente a un centenar de invitados bailando al sensual ritmo de la rola de fondo, moviéndose de tal manera que parecía que se estaban haciendo el amor entre todos y entre todas. Alice dijo en voz alta: — ¡Hey, ustedes! ¡Déjenme pasar! Yo puedo bailar mejor y me gozarían más. ¿Que no ven que tengo una figura perfecta hecha en Sport City? — gritó y gritó pero nadie parecía escuchar, volteaban para todas partes como si buscaran en el aire voces de otro mundo. Alice entró en furia, se arrinconó a llorar y maldecir a todo aquel que había cometido alguna bajeza para con ella desde que tenía memoria. Fue tal su coraje que comenzó a inundar el lugar con sus lágrimas saladas con olor a éter. El ritmo era alucinante, nunca antes se había sentido tan enojada pero también tan complacida; la música, aunque no era el psyco a grandes velocidades al que estaba acostumbrada, la ponía en un trance casi orgásmico. Deseaba tener cerca el vibrador de 20 cm que conservaba bajo su repisa de las bufandas psicodélicas a un costado de su cama para así viajar aún más lejos. El llanto se convirtió en gritos de placer. Su mano derecha se escapó con rumbo a su entrepierna por enésima vez en el día, se estaba haciendo una costumbre harto emocionante; más aún cuando sus medidas han aumentado al triple de lo normal...

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Ya estaba sumida hasta las rodillas en la piscina de lágrimas. Se preguntaba si algún día podría volver a tener tal magnitud de placer cuando todo esto terminara. Al llegar al el tercer orgasmo, la puerta empezó a abrirse, la música se escuchó ensordecedora y el Conejo Negro entró al inundado cuarto montado en un kayak impulsado con unos remos azul pastel y ataviado con un casco que rezaba una frase ya conocida por Alice: 'HOY no es HOY, es un recuerdo de AYER y una fantasía de MAÑANA”. Alice trató de llamar su atención pero el conejo llevaba demasiada prisa, ni siquiera volteó a verla. Con aires de rockstar, el conejo emitió una frase al aire pero obvio dirigida a la extasiada y confundida chica: DON'T FOLLOW ME, ALICE, IT'S A TRAP. ONLY BY BEING INSANE YOU CAN MEET THE QUEEN. Dicho esto, arrojó los remos a un lado y se alejó impulsándose con los brazos. Alice alcanzó los remos y al acercárselos al rostro notó que tenían un aroma parecido al del humo que se respira en las mejores fiestas de la ciudad primer-mundista donde ella vive. Sin dudarlo un momento, dio tremendo mordisco al remo más brillante. El dolor de cabeza regresó pero ahora más intensamente que la primera vez. Alice comenzó a hacerse pequeña — ¡A huevoooo, ya podré pasar a la party! — se dijo feliz. Pero su empequeñecimiento fue más allá de lo que esperaba: se hizo aún más pequeña de su tamaño normal y en el mar de lágrimas era un náufrago que luchaba por nadar y no morir ahogado. Alice se preguntaba si estaba soñando o si el brownie tendría algo más que la mota acostumbrada para esos platillos. Algo era diferente. Dentro de ese nuevo mar en el que estaba envuelta, Alice alcanzó a ver que de las escaleras del cuartucho bajaba un viejo junkie navegando en una puerta rota y vestido con harapos, cabello largo, rubio y despeinado; lucía sin rasurar en varios días y vestía una camisola de franela sobre una roída playera de Pearl Jam. Le pidió en buena onda que le ayudara a salir de ahí: — ¡¡Oye tú, mugrosiento, sácame de este asqueroso lugar, plis!! El hombre se le quedó mirando fijamente como si estuviese viendo a una diosa perdida. Luego dijo:

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— Estoy feliz porque encontré a mis amigos. Están en mi cabeza. Alice se quedó pensando en qué demonios había querido decir el indigente con esas palabras, así que le contestó un poquitito más enojada y con un movimiento de brazos bastante particulares, pero de moda: — ¡O sea, jelouuuu! ¿Me vas a sacar de aquí o vas a estar recitando canciones viejas? —a lo que el hombre contestó con un raro acento y en inglés: — I think I'm dumb — y dándole la mano la ayudó a subir a la puerta. Navegaron por unos minutos sobre el mar de lágrimas y Alice no dejaba de mirar al sujeto: remaba muy tranquilo con un pedazo de madera parado en un extremo de su improvisada balsa. Después de un rato de escuchar más incoherencias y algunas historias de suicidios encubiertos y de esposas desquiciadas llegaron a la orilla. Ahí había más personas como el lanchero: harapientas pero felices y cantando letras extrañas y llenas de odio. Alice creyó reconocer a algunos, le recordaron portadas de los viejos discos de su tía Fránces. Pero no le importaba nada más que poder llegar a la parte más cool de la Madriguera del Conejo. Se sacudió el polvo y siguió su camino… nunca olvidaría el aroma de esa gente, le recordaba algo joven… como espíritu de alguien rebelde… pero no supo exactamente qué era eso.

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III “Rush trip y un choro mala copa”

El grupo reunido en la orilla tenía un aspecto realmente bizarro: personas desaliñadas vestidas en su mayoría con atuendos estrafalarios que iban desde botas militares hasta playeras que evocaban imágenes aterradoras de demonios, calaveras, sexo y drogas. Alice desconocía el contexto por no tratarse de un rave con arte fractal. La concurrencia portaba ropajes sucios hediendo a marihuana, tabaco y alcohol. Largas melenas, barbas sucias y mucha actitud. Todos con miradas mohínas, sonrisas maniacas y ojeras que delatan años de vida nocturna y excesos. Visón que aterra y seduce por su cadencia. Tras una breve discusión respecto a si la mejor manera de curarse un cruda es con tachas o con más alcohol, Alice sentíase de lo más normal en una charla sobre el grunge, punk, metal y el buen rock and roll. Algo tan lejano a las platicas frezapatistas con sus amiguis condecci. Inclusive sostuvo una larga discusión con un tal Lagarto Rey respecto a las desventajas de inyectarse cocaína en vez de heroína mientras se toma un baño de tina. Por desgracia Jim se puso muy necio y terminó por caer sobre sus vómitos tibios mientras recitaba poesía ininteligible. Al fin el mugrosito de ojos azules con el que platicaba al principio comenzó a contar su trágica historia entre vocabulario procaz y ademanes exagerados. — Shut up, mother fuckers and listen! Kurt el grande, o sea yo, cuyas causas eran apoyadas por miles de grupies fue aceptado muy pronto por los habitantes de Seattle, que estaban acostumbrados a bandas estériles y sin proposición alguna… la mía era un Nirvana. Tras breves minutos de oír esa sobrevalorada historia, sus escuchas buscaron hacer cualquier cosa para distraer sus sentidos; y qué mejor que un poco de drogas y alcohol. Por desgracia la mala copa se hizo presente en una acalorada disputa entre Burzum y Euronymous que terminó a balazos. La euforia hizo presa de los presentes, que ya entonados decidieron armar la gresca: Hetfield y Mustaine agarrándose a caguamazos, Corgan y Darsy arañándose la cara, Morrison vomitando a Krieger, Lennon escupiéndole a Yisus y Sid repartiendo mamporrazos por doquier. Un fluido rosa comenzó a invadir el ambiente llenando a todos de una extraña melancolía de tonos purpura y azul.

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El Rey Kurt acabó su relato no importándole el desmán provocado: — Entones la reina loca Courtney traicionó al Gran Kurt envenenándolo y disparándole con una escopeta en la… ¿Cómo te sientes ahora, Alice? —. El relato se vio interrumpido en su desenlace al notar que la joven visitante se encontraba a instantes de cantar Oaxaca en do sostenido mayor. — Igual de cruda que cuando llegamos. ¿Alguien trae un alka seltzer? No te ofendas pero tu historia está muy mala copa, güe. Además a mí como que me da dolor de cabeza en vez de quitarme la crudita —respondió la rubia, altiva. — En este caso propongo que hagamos un slam, bajemos a botellazos y abucheos a Kurt y adoptemos ritmos más radicales —. Dijo solemnemente el Sid Mohicano Vicius, mientras se ponía de pie. Su mala facha excedía la de los otros asistentes, este sí que daba miedo. — ¡No digas tonterías! No tienes ni idea de lo que en verdad… bueno en realidad yo tampoco tengo idea de lo que quiero —. Tras interrumpirse a sí mismo, Roberto Smith bajó la cabeza para ocultar sus labios mal pintados y sus tristes lagrimitas. Su padre le había enseñado que “los niños no lloran”. Algunos de los otros rieron sin disimulo ante la patética intromisión. — Lo que decía, cúmulo de descojonados, es que nos bajáramos la cruda con un Rush Trip —. Enfatizando el Sid lo de “descojonados” en un tono ofensivo pero sofisticadísimo como todo buen británico. — ¿Qué es un Rush Trip? — preguntó Alice con muchas ganas de averiguarlo. El Sid comenzó a sacar carrujitos de colores, jeringas, estopas, pastillas y demás artilugios estupefacientes sin esperar a que alguien dijera algo, y nadie parecía dispuesto a decir nada. A todos se les hacían agua la boca, nariz y venas sólo de prever el viajezote que les esperaba. — Bueno, la mejor manera de explicarlo es haciéndolo— sentenció definitivo el Sid.

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Y por si alguno de ustedes quiere ponerse un buen rush trip cualquier día de rave, voy a contarles cómo lo organizó: Primero trazó unas líneas de coca rosa como de 30 metros cada una y sacó unos billetes para enrollar (la denominación del billete que se haga rollito para inhalar no tiene importancia, sólo que no sea de 20 porque esos se rompen muy fácilmente). Al final está una estaca de madera a la cual hay que darle 10 vueltas después de haber inhalado una mona amarilla. Posteriormente hay 5 metros de jeringas en zig zag de las cuales hay que inyectarse las sustancias negra y verde respectivamente, sin olvidar ninguna ni alterar el orden (no queremos que caigan en un mal trip). Una vez librados los anteriores obstáculos hay que beber una jarra de whiskey blanco y fumar un carrujito de mota chocolatosa (una especia rara que sólo consigue un dealer de cabello chino en Irás y no Volverás). Una vez lista la maratónica pista el grupo se fue colocando aquí y allá a lo largo de la misma. No dieron tiempo al “en sus marcas, listos, ¡tacha!” sino que empezaron a inhalar como verdaderos junkies. Uno a uno cayeron al suelo cuando no podían más de modo que no era fácil saber cuándo terminaba la carrera. Sin embargo cuando iban más o menos por el quinto carrufo de mota chocolatosa ya se les había bajado la cruda de tachas; o más bien, no la sentían por la sobredosis. Tras dar cinco vueltas completitas a toda la pista el Sid gritó súbitamente: ¡Rush Trip “God save the Queen!” Tomó una pistola y con una connotación sexual la introdujo por su boca. Jaló el gatillo y sus sesos ya pútridos (y bastante reducidos, debo decir) salpicaron a los presentes, que se maravillaron al ver cómo distintos hilos de sangre brotaban de su nuca: los unos negros, los otros rojos, pero todos andaban por entre las piernas de quienes se acercaba a observar el espectáculo. La sanguinolenta danza continuó por unos momentos mientras desde el cielo de Limboland se podía observar un espectáculo sublime. La sangre del Sid desparramada por el suelo formó a su alrededor el bien conocido símbolo del movimiento: una inmensa “A” de Anarquía recordando tiempos mejores de lucha y libertad. Lo insospechado sucede cuando esa gran letra se inmola y se eleva al cielo dejando a todos atónitos con el espectáculo mortuorio. Todos se agruparon alrededor del mugrosito preguntando: ¿Entonces quién ha ganado?

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— En este momento el que aún quede en píe o en su defecto, vivo ¡gana! — ¡Todos ganamos, premio para todos! — festejó la multitud aún sin mucha conciencia de lo que hacían. — Todos menos el Sid, pero estuvo chido su Final Trip— dijo el mugrosito con su habitual apatía ante el despunte de otros. — ¿Pero quién las dará en premio? — preguntaron a coro las voces de la concurrencia. — Pues ella, naturalmente— dijo el mugrosito, señalando a Alice con el dedo. Y todo el grupo se agolpó alrededor de Alice, gritando como locos: — ¡Échalas! ¡Préstalas! ¡Échalas! ¡Préstalas! Alice no sabía qué hacer, se metió desesperada la mano en el bolsillo y encontró una caja de condones (por suerte las agujas no los habían perforado), y los repartió como premios. Había exactamente un condón para cada uno de ellos. — Pero ella también debe tener un premio— dijo el mugrosito Kurt. — ¡Claro que sí! ¿Qué más tienes en el bolsillo, niña? — Lagarto Rey preguntó a Alice con seriedad solemne. — Nada más en absoluto. — Vale, te regalaré este dildo, sé que le sacarás provecho — dijo al tiempo que sacaba un dildo brillante de su saco de vagabundo. — ¡Venga pues! — animosa respondió la rubia. Todos la rodearon una vez más, mientras Jim le ofrecía pomposamente el dildo con las siguientes palabras: Don't you love it madly? Don't you need it badly? Don't you love it's ways? Tell me what you said.

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Y después de este cortísimo discurso todos aplaudieron con entusiasmo. Alice pensó que todo esto era tetísimo, pero como los demás parecían tomarlo tan en serio no se atrevió a reír; y como tampoco se le ocurría nada qué decir, se limitó a hacer una reverencia y a coger el dildo enfrente de todos con el aire más solemne que pudo. Había llegado el momento de usar los condones y los presentes hacían filas luciendo sus falos enhiestos recubiertos de latex listos para pedir a Alice la otra parte del premio. El mugrosito estaba ya listo para continuar con su perorata cuando Alice lo interrumpió tratando de salvarse de la horda de toros bramando listos para el coito. — O sea ¡la neta! Las historias de este güey están de súper hueva, mejor les cuento de cuando fui a Houston para que me curaran los candilomas que me salieron después de acostarme con esos cubanos en un súper rave en Toluca; o mejor de la vez que me llevaron a una clínica en Múnich para tratarme los chancros que me pegó un egipcio con el que me acosté una vez en el Cairo; o mejor les cuento de la vez que… Su plática, que más parecía historial clínico, se vio interrumpida por la muchedumbre harapienta que ya se comenzaba a retirar de ese lugar. — Ashhh ¡No me están escuchando! O sea, ¿dónde tienen la cabeza? — protestó Alice, dirigiéndose al grupo en plena huida. —¡Lejos de tu vagina! — gritaron todos. Momentos después todos desparecieron montando caballos negros bajo la lluvia. La pobre Alice se echó a llorar de nuevo porque se sentía muy sola y muy muuuy deprimida. Al poco rato volvió a oír un ruidito de guitarrazos a lo lejos. Levantó la vista esperanzada de que Mugrosito o Jim hubieran cambiado de idea, aunque se dio cuenta de su error al reconocer no sólo guitarras sino también samplers y sonidos sintetizados para obtener un beat de locura en cualquier fiestón o rave

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IV “Black Rabbit is in da house!”

Se trataba del Conejo Negro que regresaba desde el fondo acompañado de dos menudas conejitas blancas que parecían tener una cintura similar a la que Alice había soñado en esas tardes de martirio en el gym. Al acercarse más a ella, el Conejo empezó a buscarse entre las bolsas de su camisa Perry Ellis color vino como si hubiese recordado que algo estaba perdido. Alice escuchaba cómo trataba de hacerse el interesante con las conejitas disimulando que no buscaba nada: — Sí, sí…de muy buena calidad esta camisa… la compré hace tres días en la celebración del aniversario de Limboland… después del Gran Rave— decía mientras continuaba buscando, ahora más frenéticamente y sin poder ocultar los gestos esquizoides de quien siente que la vida se le va. — Chicas, adelántense a mi House, las alcanzo en un momento— agregó. Sin perder esa pose de rockstar que tanto había cautivado a Alice, el Conejo Negro se quitó la camisa como invadido por un frenético ataque de misteriosa locura post tacha. Pasaron un par de segundos y comenzó a maldecir tanto y tan acaloradamente que hasta la pobre Alice se sintió abochornada por la escena que presenciaba. Alice miró a su alrededor, se encontraba a unos metros de la salida de la sala VIP de la Madriguera del Conejo; más al fondo, después de pasar unos cuantos charcos verdes había una especie de casa de campaña, grande de colores vivos y muy brillantes. Adictiva. Se quedó mirándola unos segundos hasta que el conejo volteó la vista y por primera vez en todo el día puso atención a la muchacha ahí parada, como esperando que le pusieran una nalgada, o le jalaran el hilo dental de la tanga de piedritas que sobresalía de su cadera por encima de los jeans. El conejo la miró y otra vez, con aires de rockstar, dijo: — ¡Jezebel! ¡Oye, Jezebel!, ¿qué crees que estás haciendo? ¿Otra vez te estás metiendo mis jeringas tú? — gritó con tono más bien un poco enfadado, como si eso ya hubiera pasado antes. — Deja de hacer estupideces y corre a la casa, entra por atrás, y tráeme una caja de condones ¡apúrate, que esas nenas están esperando en la sala del DJ para ser extasiadas por este conejote! ¡Pero corre que se enfrían las conejas! — finalizó ya con una cierta sonrisa perversa.

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Alice pensó que si no corría en ese momento el conejo sacaría alguna arma de fuego y le pondría un tiro entre los ojos, había visto esa reacción en raves europeos, además de lo que el Sid del Vicio había hecho en el Rush Trip y no quería arriesgarse. Se echó a correr hacía la pequeña casa de campaña y buscó la puerta que le dijo el conejo; cuando dio con ésta, le pareció muy similar a aquella que vio cuando se hizo enorme gracias al sabroso brownie de chocolate blanco. Abrió la puerta y pasó a buscar los malditos condones en todas partes. — Ese conejo estúpido me ha de haber confundido con su amante de la semana— se dijo para sí mientras levantaba la alfombra que cubría la pequeña estancia. Al buscar se preguntaba si eso sentirían Jovita y Chenchita cuando Alice les mandaba de manera poco amable pero refinada que revisaran su ropa antes de lavarla para no arruinar sus pulseras de colores que siempre dejaba olvidadas después de las fiestas de fin de semana. — ¿Esto se sentirá que te traten como chacha? — pensaba olvidándose de los condones del conejo, husmeaba la casa para ver que tanto tenía guardado en todos esos cajones de diferentes tonos de verde. Al estar de metiche en los asuntos ajenos, se percató de otra entrada, una que tenía un letrero plástico en el canto que rezaba: “Da Black Rabbit”. Sin pensarlo dos veces abrió la puerta y se introdujo al lugar sigilosamente. — No vaya a ser que me tope a la Jezebel real por aquí— se dijo en voz baja. La recámara del conejo era muy extraña pero harto curiosa, y comenzó una descripción que Alice se daba a sí misma como cuando pasó por esa etapa de personalidad múltiple unos años atrás:

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—Súbitas explosiones de color por todas partes, deslumbrantes estantes repletos de trofeos de concursos con nombres demasiado bizarros: “El apareamiento del mes”, “La tira blanca más rápida de Limboland”, “Rush Trip del mes”… un ropero lleno de camisas de alta calidad y de cortes finos con las iniciales “B.R” … cientos de LP's de toda clase regados en unas mesas cerca de lo que parecen ser “tocadiscos antiguos”— se decía con gestos de niña que va a una fiesta deslumbrante. Vio una brillante caja rosada en el taburete junto a la cama. — De plano este conejo si es un rockstar, mira nada más que clase de lugar… — abrió la caja y se encontró con la sorpresa de una cantidad impresionante de Condones para Conejo, perfectamente acomodados en 13 felpudas cajitas (sí, Alice también puso la misma cara: nunca había escuchado de Condones para Conejos; sin embargo, eso decía el empaque). Junto a esa curiosa cajita había también una botella con un líquido color azul brillante que llamaba su atención, así que lo tomó con cautela; dadas sus recientes experiencias de trips y brownies había quedado un poco traumada de lo que se encontraba en esos rumbos. La observó con calma y le dio varias vueltas en sus manos, a pesar de no tener ninguna frase extraña que la hiciera pensar demasiado, Alice sintió la gran curiosidad de chuparse hasta la última gota de ese líquido que le perforaba el cerebro nomás de verlo dentro de la botellita. — Ahora sí debe de pasar algo de buena vibra, ya no puede irme peor, ojalá esta cosa me haga crecer, ya me estoy hartando de estar hecha una cosa tan pequeña— pensó en tanto se acababa todo el contenido azulado. Y no tuvo que esperar demasiado para sentir el efecto de semejante líquido. Alice comenzó a crecer y a crecer, cada vez veía más lejana la posibilidad de tan sólo ser lo suficientemente alta como para alcanzar ese extraño cuadro verde aceitunado hasta arriba del cuarto del conejo. — He de estar como bailando una rola de GMS a 170 beats por minuto — se dijo emocionada mientras se daba cuenta que nuevamente, sus zapatillas de 850 pesos se alejaban cada vez más de su vista. Alice no dejaba de bailar, ese líquido además de hacerla crecer provocaba que sus oídos fueran invadidos por las más modernas rolas de la escena electrónica que tanto le gustaban.

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En un par de minutos ya había alcanzado el techo de la tienda y tuvo que hacer a un lado algunos muebles para lograr estirar las piernas que ya no le era posible mantener con las plantas sobre el suelo, su altura ya sobrepasaba lo que ella consideraba “la apropiada para una niña de su edad”. Los trofeos del Conejo estaban regados por el suelo y el escándalo no se hizo esperar: vidrios rotos, vitrinas en pedazos, tapetes rasgados y una gran cantidad de condones para conejo volando cada que Alice movía un brazo para acomodarse y golpeaba con él las repisas que contenían las cajitas. Pronto la casa de campaña no pudo seguir dando cabida a semejante adolescente. — Caray, soy muy grande, así ya no necesitaré de nadie que pretenda decirme qué hacer. Ahora verá ese conejo mandón— se decía Alice mientras se movía para acomodar sus piernas y brazos arrancando algunos postes de la tienda del conejo. Para cuando pudo quitarse el tapete de la cara se dio cuenta de que a su alrededor había de menos 25 mugrositos que traían en sus manos distintas variantes de lo que Alice ya conocía como “apantalla revoltosos” (o sea, macanas de granadero). Alcanzó a escuchar la voz del Conejo Negro que daba retumbos de un lado a otro de la multitud de yunkies. — A ver ustedes, no sé cómo le hagan pero me recuperan las 13 cajas de Condones para Conejo que volaron por los aires, y a Jezebel me la traen viva para darle su merecido por no hacer bien su trabajo. — ¿Pero qué hacemos con la chava esa que levantó la carpa, Conejo? — preguntó el mugrosillo que conocía Alice del pasado trip que ya estaba más que puesto para agarrar a guamazos a quien se le pusiera en frente. — Pues háganla a un lado, no me importa. Hagan lo que quieran con ella— vociferó el Conejo alejándose de ellos. Como impulsados por resortes, los 25 mugrosines comenzaron a apalear a Alice en las piernas, costillas y muslos con la misma dedicación que tendría un profesional en los campos de entrenamiento de Atenco Rock City.

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— ¡Que mala onda, eh! No me peguen, ¡me llenan de moretones! — gritaba Alice al tiempo que arrojaba por los aires a cuanto golpeador se le acercara, no le importó detenerse a pensar si se rompía alguna uña, movía los brazos de un lado a otro llevándose de paso a dos que tres fulanos de viaje a varios metros de ahí. Como era de esperarse, Alice comenzaba a aburrirse. — Soy demasiado grande para quitarme esto de encima sin rasgarme la blusa y la verdad ya no disfruto mandar a volar a estos vagales como lo hacía allá en la casa de mi prima Lupe — se decía al recordar el tiempo en que visitaba a su prima en ese “pueblito de morenitos”, como ella llamaba a Ciudad Neza. — Mmhh, necesito más chocolate blanco, otro brownie. Si ya me hizo pequeña una vez, puede ayudarme a salir corriendo de aquí sin que se den cuenta estos pelados — pensó mientras buscaba frenéticamente en sus bolsillos algún pedazo sobrante de brownie. Ese día sus chacras estuvieron alineados en buen signo y logró encontrar un pedazo de brownie que aún conservaba su brillo a pesar de tanto movimiento. Sin dudarlo un segundo y mientras despachaba por enésima ocasión a sus atacantes, tragó el trozo de pálido pancito y nuevamente se escuchó en el aire el beat de la más ensordecedora rola de psyco. Al mismo tiempo, la adolescente de las caderas de cuatro metros comenzó a decrecer rápidamente girando entre un torbellino de intensos colores y luces que giraban sin cesar y sin piedad a su alrededor. Se hizo cada vez más pequeña. De pronto tuvo a la misma estatura al mugrosito ese de la balsa y al siguiente segundo ya era más pequeña que las botas sucias que éste traía. —Ahora sí, ¡a correr sin mirar atrás! — pensó Alice mientras pasaba entre las piernas de los golpeadores para esconderse entre la maleza del jardín que rodeaba la tienda recién desordenada. El Conejo Negro se acercó a la tienda y sin miramientos le arrebató una macana al mugroso más cercano y comenzó a propinarles una paliza de antología a los fracasados en su misión.

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— ¡Son unos ineptos, no puedo ir por una línea y dejarlos 5 minutos por que se les pierden mis condones! — decía furioso mientras los ojos se le ponían cada vez más rojos. Los vagales no encontraron nunca la totalidad de los Condones para Conejo, los frecuentes viajes al suelo los desperdigaron por todo el jardín y no había conejo que resistiera ver tan preciosas posesiones fuera de su cajita. O fuera de su lugar de trabajo extremo. Mientras el Conejo buscaba un chivo expiatorio al cual echarle la culpa del fracaso de su nueva criada rubia, Alice corrió a ocultarse detrás de unos matorrales. Había corrido sin mirar atrás hasta que dejó de escuchar los gritos del conejo propinando palizas y dejando salir de su peluda boquita toda clase de improperios que jamás habían sido escuchados por una chica de educación judía (“por 50 mil pesos al trimestre no debía admitirse error moral alguno”, decía siempre la hermana de Alice). De pronto se topó con un tallo largo y pálido que terminaba en un sombrero hemisférico, carnoso y convexo de color amarillo con toques naranjas. Se acercó sigilosamente y de manera delicada buscó el aroma del enorme hongo que se erguía frente a ella. Al llegar el aroma a sus fosas nasales no pudo contener la carcajada que su cuerpo pedía a gritos que dejara salir de su boca. Mientras reía sin poder detenerse escuchó encima de su cabeza una voz que repetía con un tono engreído y harto atractivo las palabraa: Gymnopylus… la onda es el Gymnopylus seguidas de una risita macabra que no dejaba de intrigar a Alice mientras trataba de no asfixiarse y abrir los ojos que ya estaban chorreando lágrimas. Para cuando pudo levantarse y asomar la mirada por encima del sombrero del hongo, logró ver con los ojos entrecerrados y húmedos a un gusano. Un gusano color grisáceo y de apariencia viscosa que sostenía entre sus extremidades superiores una pipa árabe de un metro de largo emanando un aroma que calmó la risa mortal de la adolescente rubia convirtiéndola en una sonrisita que asomaba las más ocultas fantasías. Él no la miró ni le dirigió palabra alguna pero Alice no pudo resistir el mirarlo fijamente al tiempo que éste se iba despojando de esa piel grisácea poco a poco y dejaba salir a un hombre de piel oscura y cabellera abultada y rizada. Entre sus manos atesoraba una guitarra eléctrica, una lira de colores harto locochones. No podía apartar la vista de aquella imagen; no parpadeó, lo miraba con una atracción animal digna de recordarse en algún libro del futuro. Su mente se perdió entre todo el humo que invadía la escena, dando paso a una oscura reflexión.

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V “Malos consejos”

Largo rato se prolonga aquel silencio mientras el eco del vacío transgrede el placer ajeno que nos otorga la capacidad de volar. Al instante el universo colapsa en implosión total antes de expandirse otro poco. El momento justo es aquel donde nos sabemos sin regreso y sin embargo aún no hemos ido. La muerte invade cual ola tibia acariciando el cuerpo poro a poro, punto a punto. Olvidamos que mucho nunca es demasiado y el horizonte desvanece al cerrar los ojos. El panorama se nubla mientras el cito-esqueleto viscoso (pero sabroso) se parte derivando el paisaje en algo más etéreo… desiertos más propios mientras el agua evapora y viaja en nubes más allá de lo lejano. Místicas notas envuelven de magia el aire caliente. La tierra huele a lluvia, la lluvia huele a luz. El momento se presenta en perfección. La metamorfosis concluida presenta un nuevo ser bello por sí mismo: moro con guitarra y melena de león. Radiante emite luz propia de lo santo. La lira vibra al compás marcado por sus dedos. El lenguaje musical no se contagia de las carencias humanas, se le desprende expresando sólo el halo divino que cada uno contiene. ¿Cómo iluminar las palabras de colores refulgentes? ¿Cómo hablar de tinieblas que comunican luz si las percibe el oído? El universo resuena en escala mayor y la mente de Alice sincroniza el todo para escuchar a una lira comunicarse con ella. Como si el moro de mirada perdida fuera sólo el instrumento. Irónico parece cuando el amo no es más que el siervo de su esclavo. Así comienza la conversación entre Alice y la guitarra que sostiene el moro: — ¿Quién eres tú? — la lira cuestiona. — Yo — ¿Quién eres TÚ? — repite en buen tono. — Alice, y ¿quién eres tú? — ella revira — Yo soy yo— aclara la lira, y repite: — ¿Quién eres tú? — Yo soy quien soy: ¡Alice! — respondiendo un tanto molesta ante la repetida pregunta. — No muy segura te escuchas, parecieras no saberte. Parecieras no encontrarte — en burlón acorde la lira comenta. — Es imposible encontrar algo que no existe, bella guitarra — sabia Alicia contesta.

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— Es posible desde que comienza a buscarse, porque se crea como todo, cuando creemos en su existencia — le retacha la guitarra. — Hoy me he sentido como si fuese una cebolla que se deshoja. Ayer podía saber quién era porque no existía. Pero hoy, después de tanto y tan lejano viaje, no sé si esto será periplo o travesía de la cual no he de poder retornar — aseveró Alicia sin poder creer que tales palabras saliesen de su boca. La sonrisa de la guitarra se matiza de una ligera ternura. Esa emoción que genera un vástago ajeno, pequeño e ingenuo; una madre abnegada o incluso ciertos mártires de causas nobles. — Alicia, ánima confundida, la muerte no es final sino un nuevo principio — sabia concluye la lira. Nuestra rubia reflexiona y mueve la boca diciendo: — El día de hoy me he hecho más grande pero no he crecido. Mi mente se ha vuelto grande pero no se ha expandido. Cuando pequeña me vuelvo no me siento más cercana a la tierra sino diminuta ante el vacío. ¿Sí me entiendes, no güei? O sea lo que quiero decir es que... — Sht, sht, sht... aguanta mi niña que ya estás perdiendo la onda, te está entrando lo pípiris nice —. Interrumpe la lira mientras emite profundas ondas que inducen un sueño sólo alcanzable a través de quesitos de aquel ácido olvidado como los hippies y los héroes de la psicodelia rock. — Ash, o sea qué teto; sabes qué güei, yo la neta soy una niña bien, de una familia bien y no tengo por qué andar aquí entre puro mugroso y marihuana —. Al tiempo que terminaba su reclamo, Alice voltea en un desplante y comienza a alejarse sin rumbo fijo. — Aunque entre nosotros veas lo real y busques la verdad, es una lástima que te vayas porque apunto estaba de decirte cómo entrar en un viajezote de fábula—. Dice la guitarra con un solo seductor.

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Cual niña chiqueada y haciendo gala de su falta absoluta de voluntad, regresa la joven de tersa piel y cabellera dorada anhelando una experiencia estremecedora, de esas que llevan al limbo y nos recuerdan la verdadera vida, no la existencia vacía y carente que pretendemos vivir. — Así que crees haber cambiado, ¿no? — comienza la lira. — Mucho me temo que sí, querida lira. No recuerdo cosas ni sensaciones que antes sabía muy bien, y no pasan diez minutos sin que cambie de tamaño y vea cosas cada vez más raras. — No te acuerdas ¿de qué cosas? — continúa con notas suaves. — Bueno, intenté recordar cuadros de Picasso y me imaginé los de Dalí. Intenté recitar los versos de Ryokan Zen... pero todo me salió distinto, completamente distinto. Y seguí hablando de Samsara como intelectual sureña. Un par de ajustes del moro y la lira propone: — Pues bien, hagamos algo al respecto. — ¿Qué, goeei? O sea, ya dime porfis porfis, ¿sí? — pregunta ahora Alice a punto del llanto, pero más cercano a sus siempre eficientes chantajes. — Recítame eso de "Ryokan Zen" — ordena la lira. Alice se tendió placida en posición de loto aprendida en sus clases de meditación y comenzó a recitar el poema:

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El futuro quedó atrás, el pasado aún no ha llegado, el presente no se escapa; reten tus viejas ideas, que transcurren útilmente día a día. ¿Cuál es la utilidad de la vida? no persigas tus nuevas fantasías; Sé sincera, flexiona e indaga tu interior; Flexionar y reindagar, reindagar e inflexionar, Hasta que llega el momento en te cansas de indagar; Ése es el momento en que podrás comprender Que durante todo tu pasado has sido un looser. — Párale párale, que me está entrando el mal viaje — dijo la lira sin melodía ni cuadratura. — Ashh me salió todo mal, qué chafis soy. Ya lo revolví todo — se reprocha la güera, haciendo berrinche. — No pues sí, la defecaste toda; o sea, trajiste la mala vibra — sentenció la lira, y siguió un silencio mientras el moreno de cabellera esponjada afinaba las cuerdas vocales de la guitarra. Con la intención de deshacerse de tan irritante persona la lira a Alice pregunta: — ¿Que tamaño te gustaría tener? Tierna responde la rubia: — Si hablamos de tamaños, me gustan los grandotes y curvados, pero no mucho porque luego me lastiman. Fíjate que una vez que fui a un crucero en Arabia me tope con un negro que estaba buenísimo, así: alto, grandote y fornido. Hubieras visto, tenía un cosota que mmm... riquísimo, desde que lo vi tenía ganas de co... — Sht, sht, sht… calmaaantes mooontes ¡Me refiero a la estatura que te gustaría tener! — molesta por la estupidez de la niña reclama la lira.

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— Ah, la estatura. Pues por un lado la Jovovich es pequeñita y súper sensual, pero así como que por ejemplo Heidi Klum esta súper alta y tiene unas piernas súper sexys ¿no?, seguro hace pilates. Ahora que si pienso en la estatura de Jennifer Love Hewitt es ideal para mi edad porque ni es muy alta ni muy bajita, aunque siempre quise ser como Julia Roberts; bueno pero no tan flaca... Con el fin de interrumpir la imbécil perorata que se antojaba interminable, la lira hastiada al grado que sus notas se escuchaban como de canción de pop barato, sentenció: — ¡Si no te gusta tu tamaño actual dale una mordida: un lado te hará crecer, y el otro lado te hará chiquita! — Un lado ¿de qué? El otro lado ¿de qué? No pienso hacerle ninguna felación y menos alguna otra perversión a este negro cochino— se dijo Alice para sí misma. — ¡Del hongote, tarada!— dijo la lira tratando de simular su molestia, como si la impertinente puberta lo hubiera preguntado en voz alta. Y al cabo de unos instantes el hombre que sostenía la guitarra sacó un cigarro enorme relleno de hierba santa. De a poco fumó aquel enorme pitillo mientras en una nube de humo de la vista se perdía. Alice se quedó mareada un rato por el humo violeta. Contemplaba el Gymnopylus confusa y extasiada, ¿una forma redonda puede tener lados? Recordó las clases de lógica donde pudo haber aprendido algo que le sirviera en un momento así. Lástima que ella habitualmente se la pasara enviando mensajitos por celular a escondidas en el transcurso de las lecciones. Dada la situación tan complicada hizo lo que su escaso sentido común le indicaba: extendió los brazos todo lo que pudo alrededor del hongote y arrancó con cada mano un pedacito. — ¿Cuál me como? — preocupada se inquiría — ¿Cuál me pondrá europea y cuál oaxaqueñita? Da un mordisquito al pedazo de la mano derecha para ver el efecto y al instante siente un rudo golpe en la barbilla: ¡La papada le había golpeado los senos, los senos la rodilla y la panza los pies!

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Se asustó mucho con esta sensación horrible y desconocida — ¡Dios mío soy como una chacha: chaparra, obesa y feita! — Preocupándose en tan banales cosas no noto su rápida disminución de tamaño hasta que sus cachetes impactan contra el piso. Decide como última salida morder con todas su fuerzas el pedazo de hongo que sostiene del lado opuesto al anterior. — ¡Vaya, por fin regreso a ser alta y bella! — se dice Alice con alivio. Pero rápido su alivio en pánico se torna al percatarse que ha perdido de vista sus propios hombros: todo lo que puede ver al mirar abajo es su cuello brotando como rascacielos de una ciudad utopía. — ¡Qué loco, la lira tenía razón... que viajezote! ¡Qué rico, veo todo de colores! ¡El cielo es azul y no gris y el pasto es verde no amarillo! — se dice para sus adentros, sorprendida, cual chilango conociendo las maravillas naturales de provincia. Notó que podía expandir su cuello por aquellos lotes baldíos que rodeaban la ciudad utopía. Observó de lejitos la miseria que circundaba esa ciudad cosmopolita y entendió cuál era su misión. Lo que tenía que hacer para remediar esa situación de una vez por todas era, como le había enseñado su madre: “Dales un peso y cómprate algo lindo o tómate un cappuccino irlandés para olvidar el trago amargo, pero hija ¡nunca los toques!” — Qué mala onda de ésta gente de afear tanto una ciudad tan bonita. Mejor pongo mi escudo contra las malas vibras y me voy de aquí—. En un típico desplante de niña mimada, Alice ingiere rápidamente pedacitos de hongote para lograr recuperar su estura original, aunque debido a su vanidad se aumenta unos veinte centímetros dada su creencia de que las mujeres altas son más sensuales y sofisticadas. — Piernas largas como las de Barbie—, repetía para sus adentros, como un mantra. Tras un par de minutos a pie, llega a una colonia de esa ciudad utopía donde se alzan cafés temáticos, tiendas, y una hermosa y extensa casita minimalista de poco menos de metro y medio de altura.

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— Qué bien, hasta que encuentro algunos lugares decentes donde ir de shopping y tomar un coffe. Además hay una casita muy mona que quiero visitar, sea quien sea el que viva allí, no puedo presentarme con este tamaño. ¡Se morirían del susto! — pensó Alice mostrando un ápice de inteligencia. Así pues, comenzó a mordisquear una vez más el pedacito de la mano derecha, y no se atrevió a acercarse a la casita minimalista hasta haber reducido su propio tamaño a unos ochenta centímetros.

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VI “Silencio y murmullos”

Alice ya no estaba segura de cuánto tiempo había pasado en la Madriguera del Conejo o qué tan profundo había bajado la escalinata multicolor. Tampoco estaba segura si eso era parte de aquel antro minimalista techno-raviero en el que pensó haber entrado en un principio. Había corrido, nadado, crecido, achaparrado y hablado con quién sabe quién y quién sabe qué cosas y animales (no agraviando a los que le habían caído bien). Mientras la señorita seguía intrigada por todas estas cuestiones (sobre todo continuaba recordando, no sin poder evitar una mueca de desconcierto, aquellas 13 cajas marcadas con la leyenda “Condones para Conejo”), subió la cabeza para volver a mirar con sus grandes ojos color aceituna la casita estilo minimalista que llamara su atención segundos antes. Revisó su peinado en un charco a sus pies, ubicó con calma sus prendas para asegurarse de no haber perdido nada en el último episodio de 'crece – achapárrate' y ensalivando sutilmente dedos índice y meñique torneó sus cejas para no verse mal en el lugar que hasta el momento parecía ser el de mejor gusto artístico y arquitectónico en ese lugar tan extraño. En ciudad utopía había calles pero no automóviles, había edificios pero no se escuchaba bullicio alguno. — No se parece a cuando salgo a pasear y no aguanto ver y oír a tanto escandaloso y esos camiones repletos de gente que no tiene carro — se decía al cruzar lo que parecía ser una gran avenida, tan ancha que le pareció que el edificio de buen gusto cada vez estaba más alejado de ella. Aceleró su paso y al fin logró estar del otro lado. Justo cuando puso el segundo pie en la acera de enfrente escuchó un murmullo que retumbaba en su cabeza con un eco atractivo y excitante: —“¿Por qué Alice cruzó el camino? — Cuestionaba el murmullo. Se detuvo un momento y dijo en voz alta: — ¿Por qué estoy aquí? ¿A dónde voy? ¿Saldré algún día? — la voz ya no respondió ni dijo nada más.

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— Ok, caminemos a ver que hay en el edificio lindo — se dijo al emprender nuevamente la marcha en dirección a unos cuantos metros a su izquierda donde se ubicaba la entrada al edificio. Se detuvo frente a la puerta. — Uhm, ahora parece más claro —, dijo con una mano en la barbilla y la otra en la cintura, una pose devastadora hasta para el más devoto — Es un Cafecito como los de mi ciudad, ¿o mi mundo?, ay no sé — en su cabeza aún seguían aquellas preguntas que hizo al aire cuando el murmullo taladraba su mente. Iban de un lado a otro sin poder encontrar respuesta, y Alice no era del tipo de chica que deja a un lado alguna duda sin buscar su respuesta, estaba orgullosa de su nuevo espíritu inquisitivo acabadito de aprender en libros de Jordi Rosado y semejantes programas de televisión europea que veía antes de dormirse. “Disfruta el silencio” dijo la voz en su cabeza, “todo lo que necesitas, todo lo que quieres estará ahí cuando escuches lo que no habla y digas lo que no existe”. De plano Alice no entendió ni una sola palabra de lo que ese sexy eco repetía y repetía — ¿Qué tanto dices goeei? O sea, no estoy para adivinanzas eh, dime qué cosa quieres y ya. Yo le digo a mi familia que te lo dé y todos vivieron felices para siempre, ¿no?... Ash — refunfuñó, en voz alta de nuevo, al tiempo que entraba al cafecito y observaba con detenimiento y curiosidad a todos los ahí sentados conversando cosas que por más que paraba la oreja no alcanzaba a entender del todo lo que decían. Recorrió el lugar despacio. Con su nueva estatura de 80 centímetros cabía perfectamente ahí sin llamar la atención por ser demasiado alta ni muy bajita. Era un salón amplio, de colores más bien sobrios pero atractivos; azules y blancos con un poco de rojo por aquí y por allá. Cuadros en la pared (que parecía no tener esquinas, más bien con un aspecto que a la vista resultaba de alguna manera redondo) que sólo se interrumpía en un gran ventanal a unos metros de la entrada. Los muros mostraban un gran ojo color rojizo brillante rodeado por un párpado oscuro que era imposible dejar de ver. Había muchos cuadros iguales. Las mesas eran redondas y otras cuadradas y otras en forma de triangulo, todas del mismo color rojizo de esos ojos; del techo colgaban unas lámparas que hacían imitación de antorchas (al menos así le pareció a Alice) y que le daban al lugar un aspecto relajante combinado con el suave ritmo de percusiones y vientos que emanaba de alguna parte, escondida.

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Pero parecía que nadie se percataba de la presencia de la despampanante adolescente. — Empiezo a pensar que todos están ciegos — dijo Alice — Los únicos ojos que parecen pelarme son los rojos esos de las paredes. Si a esta figura no se le ignora tan fácil —. Concluyó con un gesto de satisfacción en los labios carmesí recién pintados. “Como una piedra debes esperar ahí por mí. Escucha lo que no habla y habla lo que no existe”, apareció el eco nuevamente en su cabeza con éstas palabras. — ¿Otra vez? — preguntó consternada — Bueno, hagamos eso que dices a ver si así logro que me den de menos un frapuchino de esos tan ricos — dicho lo anterior, tomó un asiento vacío en un rincón junto al ventanal y esperó a ver a un mesero para pedir su bebida. Pero en ese lugar sólo había clientes, no parecía tener nada parecido a cocina o barra para pedir la orden, tampoco empleados que atendieran a los asistentes. — De verdad que es raro este lugar, no lo recomendaré a mis amigas — se repetía al mismo tiempo que divagaba con las palabras que le dijo el eco: — ¿Por qué crucé el camino? Disfrutar el silencio, escuchar lo que no habla… ¿decir lo que no existe? — repetía una y otra vez en voz baja. Como parecía que no tomaría su frapuchino, Alice observó con atención a los que estaban a su alrededor: no parecían ningún tipo de animal (se aseguró especialmente de que no hubiese conejos de ningún tipo ni color), tampoco eran mugrositos hablando de muertes misteriosas ni de vidas roqueras del pasado; no eran hombres negros con túnica de gusano y guitarra en mano y lo que era más, absolutamente ninguna señal de clase cualquiera de hongo o brownie brillantes. Parecían personas completamente normales (aunque para esos momentos, pensar en “personas completamente normales” ya era de por sí demasiado para Alice) vestidos con ropas de mundo, bigotes, y uno que otro gorro medio raro. A un par de metros de ella, en una mesa que reunía a unas siete personas entre hombres y mujeres, se estaba desarrollando lo que le pareció una acalorada discusión; no porque pudiese escuchar algo, sino por la manera tan apasionada en que cada uno movía el cuerpo, la cara y las manos al momento de mover la boca. — Alice, ¿dónde estás y dónde vas? — se dijo a sí misma en voz alta… lo repetía y lo repetía como el eco lo hizo segundos antes, al hacerlo se dio cuenta de que a cada momento lograba escuchar una ligera conversación; primero fueron murmullos como secretos, luego fueron aumentando de volumen y Alice pudo entender lo que decían entre sí los ocupantes de esa mesa tan acalorada:

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Todos hemos oído hablar de la rubia que visitó Limboland Muchos dicen que la han visto Muchos dicen que con ella hablaron Esa rubia que llegó por seguir al Conejo Negro Traída desde el otro lado del espejo Donde no hay imaginación Donde la gente no vive su vida La Tierra de la gran velocidad Muerte es el objetivo de muchos La fama el objetivo de otros El lugar donde no creen en la existencia de Limboland… — ¿Estarán hablando de mí? – se preguntó Alice — estoy segura de que de mí hablan, ¿quién más puede ser tan recordada como yo? — terminó por responderse. Siguió escuchando: ¿De dónde vienes Alice? ¿Qué haces aquí? ¿Estás observando todo lo que no pasa a tu alrededor? ¿Estás escuchando todo lo que no dicen de ti? ¿Por qué sigues al Conejo Negro? ¿A dónde te está llevando? Mi querida Alice, ¿Qué tanto te sumerges en la madriguera del conejo? Alice se concentró en aquella conversación silenciosa con una atención que nunca antes había puesto ni siquiera en sus clases de Zen y Yoga del año anterior (con todo y que eran demasiado importantes para ella, su hermana se había ligado un italiano guapísimo gracias a sus nuevas habilidades físicas derivadas de éstas disciplinas. Eso la incomodaba). Los de la mesa seguían diciendo: La Reina te espera, Alice En el gran palacio Donde la fiesta jamás termina Donde el beat es eterno y deslumbrante El palacio donde ves la música y escuchas el baile Alice y la Reina La Reina y Alice ¿Vas a conocerla? ¿Qué estas dispuesta a hacer por el placer de estar Ahí?

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Lo que escuchó puso a Alice en un estado alterado de conciencia. Ahora la curiosidad por llegar hasta lo más profundo de la madriguera era aún más fuerte que cuando vio pasar al conejo frente a ella en su grandísimo jardín unas horas atrás (¿O habrían sido días? ¿Meses? Ya no estaba segura de cuánto tiempo había pasado). — He escuchado suficiente — se dijo la rubia despampanante — es hora de seguir buscando a ese Conejo Negro y lograr conocer a esa Reina de la que tanto hablan —. Al salir de aquel lugar, Alice trató de despedirse de los ocupantes de la mesa silenciosa pero no consiguió llamar su atención. Al cruzar el portón, se encontró con un hombre parado frente a ella: era alto y delgado. Usaba el cabello largo y unos anteojos de pasta gruesos que brillaban a la luz del día en esas calles extrañas. Su vestimenta era harto elaborada: una gabardina de piel negra, pantalón de tres colores (una combinación agradable y de moda, pensó Alice) terminando en unas enormes botas negras y de aspecto amenazador, su rostro era fino pero se escondía bajo una espesa barba negra. Sus ojos atraparon la atención de Alice, de un tono aceituna intenso como cuando ella pasaba unas horas en compañía de dulces de colores, luces y beats interminables. Se quedó fría cuando él le habló: — Gusto en conocerte Alice, ¿quién eres? — le preguntó. — Uhm, pues lo acabas de decir, soy Alice. O sea, ¿qué te pasa eh? Puras preguntas que ni al caso — refunfuñó la rubia esquizoide. — ¿Recuerdas aquel día Alice — prosiguió el extraño —, cuando conociste a los Hare Krishnas y soñaste en ir con ellos para buscar la paz en tu mente y cuerpo? Es tiempo de que vuelvas a pensar en eso. Ya no sabía si hacer caso de lo que decía ese extraño o si de plano darle una patada en la entrepierna y salir de ahí con la elegancia que le merecía, pero la curiosidad no la dejó moverse. La voz de aquel hombre, cautivadora y tan apacible, llegaba directo a sus oídos como si sólo fuera para ella y para nadie más, como un murmullo. Parecido al suave ronroneo de un gato.

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— Sí, lo recuerdo — refirió Alice — ese día me enojé mucho porque mi madre no me dejó irme a hacer yoga dónde sí hay buenas escuelas. No la he perdonado desde ese día, por eso fue lo de la caída del árbol, esa donde mi madre tuvo que ser interna…. uhmm, ejem… pero ¿y eso qué? — terminó abruptamente al darse cuenta que estaba revelándole secretos que cero que ver con el cuate ése. — Sí, el día que tu madre fue llevada al hospital por múltiples fracturas, lo sé — contestó el extraño — ¿Recuerdas cuando tu hermana se fue de la casa para vivir con ese DJ famoso y que tú querías irte con ellos? — Sí, pero tampoco pude. Mi hermana no quiso llevarme. La muy perra. — Espero que hayas tenido paz después de eso, Alice — dijo con una sonrisa hipnotizadora el extraño. — Pues sí, ya en la fiesta del año pasado encontré la paz con unos ácidos bien chidos, eran europeos — Alice con una gran sonrisa respondía. — Ja, ja, ja, ja. Alice, ¿encontraste la Paz?... y, ¿Cómo te sientes? — Me siento bien, estuve siguiendo al Conejo Negro y he conocido a personas muy extrañas; pero lo raro es que, entre más gordo me ha caído alguien, más lo quiero ver de nuevo y platicar largo y tendido de lo que siento, ¿si me entiendes, goei? — Te entiendo, Alice. Lo veo en tus ojos y en tus labios. Estás ansiosa por salir pero a la vez te quieres quedar para siempre, ¿tienes sueño? — Algo. Es lo normal, creo. No he dormido desde que persigo al méndigo conejo y sólo he comido brownies y pedazos de hongo y bebido líquidos azules. — ¿Tienes miedo? ¿Confías en mi, Alice? — Aunque no estoy segura de por qué lo hago, sí. Confío en ti — respondió ella.

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— Me alegra. Ahora sigue adelante. Mira, ahí va el Conejo Negro — dijo el extraño al tiempo que apuntaba hacia atrás de Alice donde iba pasando un automóvil negro pilotado por el conejo y con una leyenda en la placa que decía: “A la Reina. No me sigas Alice, es una trampa”. — ¡Ok! Por fin. Maldito conejo de porquería — dijo Alice molesta, pero con una sonrisa en los labios secos que ya tenía; después de todo, nunca consiguió ese frapuchino — Antes de seguir, ¿cómo te llamas, eh? — preguntó al extraño. — Mi nombre no importa mucho, no soy nadie por mi nombre, — respondió el extraño — todos los que aquí en Limboland me han escuchado hablar me dicen Gato, ¿tú pensabas decirme así, no es cierto? — Sí, lo pensé — dijo Alice con un suspiro — Entonces me voy, Gato ¿Te volveré a ver? — Puede ser, puede ser — respondió alejándose en la dirección contraria a la que partía Alice. Al darle la espalda, la rubia preguntó en voz alta: — ¿Hacía dónde debo ir para alcanzar al conejo? El Gato respondió sin voltear: — Puedes ir al Este y pasar por el valle seco de Limboland, o por el Oeste y pasar por la granja del Sombrerero, tú decides. Adiós. Alice se quedó pensando y decidió tomar el camino del Oeste. Le pareció más buena onda alguien a quien le dicen Sombrerero que un valle seco… — ¿De veras encontré la paz? — se preguntaba al caminar. Al doblar la calle sintió la voz del Gato retumbar en su cabeza otra vez, como un murmullo: — Mi querida Alice, ¿qué tanto te sumerges en la madriguera del conejo? — No sé — respondió.

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VII “Locura”

Y de inmediato donde el Sombrerero Alice camina. Misterioso humor poli cromático perfora sus alvéolos e inunda su conciencia. La tierra se abre, y el sol imponente a escasos veinte pasos se encarama en los cielos luciendo su melena áurea. Pasión de absoluto que abarca y desconcierta. Luz, sobras, luz, sombras; destellos rojizos matizan los paisajes. ¿Sangrará Dios de la entrepierna o serán sus querubines? Cae el rayo, ¡Trueno! Advertencia divina. Mejor seguir lo único verde que sigue siendo verde: el pasto. Pasto que lleva a Alice a una vereda donde un hombre robusto, moreno y sucio camina con ojos desangelados. Aquel sujeto encuentra entre sus desconciertos una “güerita” bien guapetona con los ojos bien grandotes como de coyota en celo. Con un: “Buenos días, señorita” pretende llamar su atención; lo cual logra, aunque no como lo hubiese querido. — Qué onda goei, tú eres uno de esos morenitos curiosos que salen en las fotos de Álvarez Bravo ¿no? O sea no te ofendas por la pregunta pero, ¿qué está haciendo alguien como tú en un lugar tan tan tan…? (y su mente se perdió por unos segundos, mientras sentía como le aire se tornaba más denso impidiéndole encontrar un adjetivo idóneo para referirse a Limboland). — Vine a Limboland porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal... — comienza su respuesta el hombre. — Ashh, o sea que güeba, ¿sabes dónde queda la casa del Sombrerero? — interrumpe la muchacha. — Sé dónde queda Comala — le responde —, y sé que acá se llega invariablemente cuando los horizontes se borran hacia dentro; pero aquel que le dicen “Sombrerero”, no vende sus sombreros sino los regala. Pero fíjese que no todo lo que brilla es oro, porque donde asté no se ande con pasos cautelosos no regresara asté mesma sino otra que es aquellos que la ven. Aunque para sus mercedes que ha sido así toda su vida, tal vez no le importe. Alice, cada vez más cansada, percibe una serie inconstante de golpes en el pecho. Como tener una bomba de tiempo que nos recuerda que hemos de llegar o hacer algo antes de sentirla colapsando en nuestro interior. Un tanto alterada dadas estas señales, inquiere de manera poco atenta (como se referiría a cualquiera de piel morena o de condición inferior a la de ella, según su limitado criterio):

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— Bueno goei, o sea, ¿me vas a decir donde vive o no? El joven sólo alcanza a señalar una dirección hacia el oeste (donde el sol más brilla) y mientras producía un ya tan conocido “allá, traslomita” se desploma, perdiendo su sombrero de paja dejando entrever un cúmulo macilento se sesos y sangre y grasa. Podría usted pensar que siendo Alice una niña bien de tan ajena vida a aquella grotesca imagen se hubiese aterrorizado, pero sucedió al contrario. Y no era siquiera por todo lo vivido en Limboland, sino el simple hecho de considerar a ese tipo un changuito insignificante por ser moreno de extracción indígena. No fuera el Paco Stanley, a quien le lloró tan amargamente diez días e hizo lo impensable: prender una veladora y llevarla hasta catedral, aunque tuviera que rozarse con nacos y pobres. Pues sin darle mayor relevancia al suceso Alice llegó donde un monstruoso árbol de Tule de casi medio milenio de antigüedad retorcía sus ramas y emancipaba la tierra con ellas, creando la ilusión de ser un pequeño bosque. Al pie del árbol se distingue apenas en pie una diminuta carpa de circo. Viejísima por los cuantiosos parches y remiendos que presenta. Con un espeso humo que impide ver al interior y otorga cierto aire de misterio, Alicia (ay, perdón, Alice), seducida por la curiosidad se adentra en la penumbra desconociendo el peligro que le aguarda en su interior. Al final choca con una diminuta mesa en donde plácidamente se acomodan tres sombras. Las conversaciones entrecortadas se cruzan de manera atemporal debido a las intermitencias del tiempo, de un lado a otro su eco resuena: — La ciudad de Praga se encuentra más allá de donde uno pueda acordarse de palabras atípicas como magia, muerte e inmortal. — La muerte se me encima cual perro sediento de sangre, cual gato macho en celo, cual letal bestia aferrada a tu cuello. — Tú y tu violín a tomarse por culo. No hay canción más armoniosa que el silencio. — Número nueve, número nueve, número nueve, número nueve, número nueve, número nueve, número nueve, número nueve…

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— Los sombreros no son para cubrir del sol y la lluvia sino para enjaular las ideas y no dejarlas volar libres. Incluso el cabello no es más que una red que impide el escape de aquellas ideas osadas que no le temen al olvido. Alicia ¿quieres un sombrero? Sin entender las palabras la linda rubia continúa escuchando: — Mi reloj se ha caído y con él la persistencia de la memoria discurre con las hormigas. En la playa colgaré mi nariz en los arbustos, no vaya a ser que me espinen. Por fin la precoz adolescente se presenta diciendo: — Yo soy Alice. Tú, el Sombrerero, me has traído hasta aquí con tus humores que seducen. Dime dónde estoy, dime a dónde debo ir porque yo sola no hallo el camino. Sin poner atención a lo que dice, los ahí presentes siguen cuestionando: — ¿En qué se parecen Dios y el Diablo? — El nombre secreto de Roma era su fortaleza y su verdadera muralla: Amor. — Amor es el secreto que todos tocan y nadie habla, sólo se dice hasta que se vuelve eterno. — Somos cuatro personas plácidamente sentadas en una mesa donde difícilmente cabrían dos. Mejor se pone la cosa cuando otro discurre airoso: — Cuando las puertas de la percepción se abren todo es posible, cuando se expande un instante o se contrae el universo, cuando te unes con él y tomas el control. — Dios y el Diablo son iguales porque son hijos de uno mismo, hechos a imagen y semejanza del hombre.

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— Los demonios europeos han venido en toda época a beberse la sangre. Extrañamos a Yorik, señor Quetzalcoatl y los vampiros ingleses carcomen y los cerdos íberos nos llenaron de tanta mugre, de tanto lodo. — Yo no soy yo, porque si desnudo mi cuerpo de mujer, desaparezco; si limpio mi cara, sin rostro ando; si desnudo mi ser, no soy más que una masa cárnica indefensa— interrumpe con astucia la niña. — Lo importante no es el amor sino las relaciones que dejamos con las personas que amamos. La muerte sólo permite perdurarlo. Nadie amaría a Cristo si no hubiera muerto por nosotros. Quién recordaría a un héroe si lo moviera sólo el amor a sí mismo y no se diera a los demás. — Me llaman Alice porque no sé quién soy. Soy sujeto del deseo de todo aquello que dejaron en mí, cada esperanza de amor rechazada de mi madre corre entre mis venas y el odio de mi padre que clama perdón apesta en mi sudor. Sudor de mi frente nunca provocado por el trabajo sino por un esfuerzo vano de ser más hermosa, como si la belleza fuera acumulativa y no fruto de la admiración personal. — Tú no existes, así como no existo yo y nada existe. Todos somos producto de la imaginación de un protobionte que se ha cansado de ser eterno — le responden los otros tres. — El tiempo sigue punzándonos en el alma, pero si no tienes aquello que unifica los dos mundos no hará falta estar sufriendo. ¿Te gustaría dejar de sufrir, Alice? Desde el alma una respuesta afirmativa suena mientras la conciencia se alerta y se despierta. La maquinaria industrializada del aparato psíquico despierta, reinicia el sistema. Al arte de hacerse pendejo se le destruye al confrontarnos con una verdadera situación de sobrevivencia. El dolor posterior es inimaginable al sabernos desnudos y fotografiados por los ojos del otro. La señal del organismo es inconfundible: “¡Despierta Alice, corres peligro!”. El humo misterioso desaparece y la oscuridad no es más un elemento que impida la vista. Alice se encuentra sujetada a una silla de barbero de comienzos del siglo anterior (algo súper retro, con todo el espíritu vintage). Frente a ella un espejo quirúrgico que le permite ver la línea punteada sobre su cien y un sin fin de instrumental que más parecerían aparatos para hacer cortes de carne europeos de algún Angus.

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El miedo es uno de los fenómenos naturales más asombrosos y menos investigados. ¿Cómo es que una adolescente cuasi anémica obtiene de un instante la fuerza suficiente para romper las amarras que la sujetan a una muerte involuntaria segura? ¿Cómo es que recuerda en un segundo toda su vida y se da cuenta que si su voluntad hubiera sido más fuerte viviría con Andravkareihjemliktredravaryana, el guapo Hare Krishna que conoció? Alice descubre no ser una mala persona, sólo un tanto ingenua. Un bisturí de su tersa mano vuela justo al centro del globo ocular del Sombrerero y penetra su masa encefálica. La sierra eléctrica despedaza al otro par de sombras. Grito de ira, de lujuria. ¿De vida? Alice asesina está viva. ¿Pero es acaso asesino el antílope que atraviesa con su cuerno el corazón de un León para sobrevivir un día más o un instante siquiera? La lluvia lo limpia todo, pero ¿qué pasa cuando la lluvia es negra y mancha de oscuridad todo a su paso? El fuego en el pecho de Alice se atisba y se coagula en odio, en aquel que nos aferramos en llamar maldad pura. La ropa manchada de sangre estorba y pesa mientras la lluvia se encarga de tumbar paulatinamente la tienda del Sombrerero. El ser verdadero queda al descubierto mientas de forma ritual se despoja de sus prendas mirando a la nada. Suelta el bisturí y no es más Alice, no es más una mujer de senos redondos y caderas amplias, no es una cintura envidiable ni unos ojos de gacela. No es una idea ni el deseo de alguien más, en esos momentos es solo un animal que ha dejado de querer ser humano. Desnuda Alice camina bajo la negra lluvia, camina y camina mirando crédula los pastos, los árboles y los cielos volverse negros. El aire espeso, la vista espesa, el tiempo espeso, todo es cada vez más lento... … más l e n t o. Sin saberlo se acerca a un umbral rodeado de rosas rojas, que gracias a la negritud reinante destacan por entre todo el paisaje que sería más fácil describir con el olfato que con la engañosa vista. Al percatarse de su cercanía con este portal no lo duda, sabe que el nombre grabado en él es más que suficiente como para tentar a cualquier ente a cruzarlo. El nombre: LIMBOLAND.

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Cualquier niño con suficiente imaginación ha fantaseado con un reino cubierto por entero de chocolate. Donde al morder un perro nos encontramos con la agradable sorpresa de saber que está hecho de chocolate cremoso y galletitas. Ahora dejemos de imaginar que lo imaginamos y abramos los ojos para observar a Alice donde todo es de chocolate: de chocolate las flores, las nubes y el sol. De chocolate el soberano de este melifluo reino observando a una Alice que ahora es una figurita simpática de chocolate blanco y nuez. — ¿Por qué todo de chocolate aquí es, señor? — Señor no soy, sino refiérete a nos como Rey Choko, apetézcasele o no. El por qué de tu pregunta es: el chocolate es como el hombre aprendió a volver alimento el deseo… y ya que tú has perdido el tuyo, llegaste aquí para alimentarte de uno nuevo. — ¿Qué es lo que quiero desear? — inquiere curiosa la enchocolatada niña. — Lo que yo quiera que desees — responde la noble figurilla. — ¿Y si deseara en realidad lo que deseo desear? — Desearías hacer el deseo desparecer ¿Por qué no comes una de estas tortugas de chocolate de leche? Son deliciosas. Y entonces desearas un poco el mar, una playa, una vida feliz y tranquila llena de sabiduría y paz. Pero las palabras del Rey Choko fueron muchas y muy largas. Ya Alice había comido una deliciosa tortuga de chocolate amargo, fruto del árbol prohibido del chocolate. ¡Ay de aquella niña que no sabe lo que ha tragado! La mirada del Rey se ha tornado sombría, debido a que toda esperanza se desvanece como el triste día. Si en ti habitaba el germen de la maldad, el chocolate amargo le ha dado la fuerza para que viva, corriendo por tus venas y siendo aire para tus pulmones. El Rey Choko llora mientras el alma de Alice se desprende alegre fuera de esa paleta de carne que se sostiene por el deseo del otro y ni siquiera por uno pequeño pero propio. El fin.

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Una tortuga de chocolate cayendo al piso y despedazándose en millones de fragmentos. Ese instante es lo que llamamos vida y existe tan sólo en un momento de olvido y abandono. De súbito, todo LIMBOLAND se colapsa frente a ella y, nuevamente asaltada por sensaciones convulsivas incontrolables, es presa de un pánico sólo equiparable con el tortuoso hecho de aceptar la desaparición de tan magnífico ejemplar de fémina homínido (este último término acuñado por el profesor de Biología de Alice al no encontrar mejor referente a la impresionante constitución física combinada con tan innombrable carencia de intelecto en una sola persona). Después de toda oscuridad… ¡silencio! Un presagio del final. Las estrambóticas luces infectan agresivamente las pupilas de Alice hasta obligarla a regresar de aquella oscuridad. Incongruente confort de la incoherente realidad. Regresan las sensaciones y las emociones ocluidas entre el olvido y la razón chueca. Ahí de nuevo se encuentra frente a la misma puerta pequeñita, olvidada tras aquel memorable incidente con el brownie. Todo se encuentra tal y como ella lo recuerda. Todo en absoluto, pero no todos. ¿Todos? Un par de atípicos personajes se hallan parados tras de ella cuando antes no había nadie. Uno es de complexión delgada con una barba prominente y mirada inquisidora tras unos anteojos de pasta obscura. Otro, por el contrario, vistiendo un atuendo militar que al parecer ha librado mil batallas o seis capítulos sin ser lavado. Éste último se posa tras ella echando una mirada en actitud más bien lujuriosa con sus ojos de poodle perdido. Ambos notoriamente molestos inician senda reprimenda contra Alice: — Mira escuincla babosa, TÚ eres una construcción mental nuestra basada en un sinfín de referencias anti sistémicas, sociopáticas, que tienen como finalidad plantear de manera hilarante la inhumana caracterización existencial con la que un sin fin de burgueses y wannabes de burgueses o chavos cool pretenden vivir... Alice mira al chico de atuendo militar y bucles remilgosos con la misma cara que vería un primate una conferencia de Stephen Hawking explicando las implicaciones quánticas de la conciencia en el campo de la teoría integrada.

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— Ummta. Vas tú, compadre — refiriéndose a su compañero—, explícale qué pedo, es que a mí no me entiende. — Cámara, —responde el otro individuo, tratando de atenuar un poco la exacerbada emoción de su amigo— ejem... mira Alice, lo que mi compañero quiere decir es que este es un cuento que inventamos entre él y yo en donde al final de este capítulo tú tendrías que deducir lógicamente a través de un proceso de error/acierto cuál es la única forma de penetrar por esa puertita que te llevará donde la Reina Roja; pero como te consideramos en extremo pendeja incluso al grado de haber desarrollado estupideces propias como personaje independiente, tenemos entonces que venir a ofrecerte cual si fuéramos los hermanos Wachowski: una píldora roja que tengo yo en mi mano o una píldora roja que tiene mi compañero en la suya — explica el joven de mirada fría, luego continúa. — Por un lado la mía te hará decrecer tu tamaño exponencialmente de manera consciente y voluntaria, dándote la capacidad de invertir y regular este proceso de acuerdo a la conveniencia de la situación, de esta manera podrías cruzar este mini umbral y asistir a la importante cita con la Reina Roja que estos momentos tu iPhone 5 te recuerda. El joven de los bucles interviene con la labia del mejor de los merolicos del centro histórico: — Aunque la que tengo yo sabe bien chido y te marea bien loco. Además de producirte un multi orgasmo constante mientras dura su efecto. Ah, y si lo que te preocupa es que te forcemos a ingresar por esta puertita con una simple pastilla, déjame decirte que dado que en estos momentos hemos dejado el control de la historia misma en la entidad inconsciente que nos antecede como sujetos, puedes vomitar hasta hacerte chiquitita y comerte mi pastilla. Aunque cualquier ente pensante hubiera tomado la pastilla roja inicial debemos recordar que nos encontramos ante un sujeto de carácter ficticio carente de razonamiento cuya conducta se ve influida meramente por estímulos placenteros como los sexuales. Así que sin más preámbulos continuaré mi relato de manera sintética:

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Alice toma la pastilla roja mientras ambos individuos le ayudan a devolver las tres hojas de lechuga del desayuno y la media zanahoria cocida que constituyó la comida y cena de los últimos tres días para que ella se pierda en el coma orgásmico, mientras se torna pequeñita y cruza, siete capítulos tarde, la entrada de la Madriguera del Conejo. Nada importa en esos momentos de placer, nada a excepción de una voz que no se oye, sólo retumba en la mente de Alice, la voz de Gato que repite pulsante: Don't follow the rabbit, Alice. It's a trap, it's a trap, its a trap, trap, trap. Pero, nada importa cuando el cuerpo se parte en dos y cada poro se inunda en la tibieza de un momento sólo prolongable al infinito en la imaginación. La vida es tan placentera cuando nos olvidamos de vivirla, que a veces incluso pensamos en quererla un poco más; pero sólo cuando la vida está en otra parte.

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VIII “He ahí la barbaridad”

Habiendo quedado aclarada toda duda respecto al consumo ficticio de pastillas de colores y con la concienzuda intervención de sendos autores, Alice, en su nuevo look de Polly Pocket Reloaded se atreve a incursionar la puerta que se erige ahora frente a ella. Los ojos aceitunados de Licha (ejem… ¡Alice!) se encrespan al encontrarse desde el principio del trip frente a situaciones tan verosímiles como la igualdad social y la equidad de género en países mochos y de mala memoria. — Mira que decirme que soy producto de las proyecciones mentales de un par de remilgosos que tienen cara de egresados de la UNAM, ya no hay respeto por las damas— refunfuña la rubia mientras camina por un largo pasillo que poco a poco se ilumina dejando ver en sus muros unos curiosos adornos de materiales aún más extraños. Focos de colores, listones, bengalas, cuadros de gente que parecía estar pasándosela muy bien y una cabeza de cocodrilo que no dejaba de mirar a Alice con un par de canicas verdosas en lugar de ojos. Alice entra ahora al preámbulo del Gran Salón, de ese lugar que hace un rato (unos cuatro capítulos) le dijeron que albergaba a la persona más importante de todo Limboland, la que lleva la fiesta por dentro, la mejor, la más in: La Reina Roja. Escucha un murmullo. A la derecha del pasillo se abre una puerta de color verde y las voces se hacen más fuertes; es una voz conocida, ya la había tenido antes en los oídos pero esa ocasión le había llegado una gran cantidad de insultos y de solicitudes poco agradables para desalojar cierta tienda donde había causado un derrame importante de Condones para Conejo. — ¡Hey! Pero mira quien está aquí— vociferó el Conejo Negro al tiempo de toparse casi de frente con la señorita copa D a los 17, — pero yo creí que te habías perdido entre las hierbas o que estabas metida en una de las sesiones de humo del cuate ese de la guitarra que habla. Qué sorpresa verte de nuevo ¡sin que tires mis condones! — esto último lo dijo gritándole en la cara a Alice para recalcar que un Conejo Negro no perdona fácilmente interrupciones de coito múltiple.

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— Lo único que pido en este mundo son 120 minutos de coito, ¿es acaso demasiado? — Conejo Negro comienza a entrar en una fase de esquizofrenia bastante mala onda, sus orejas tiemblan al igual que sus manos, su tono de voz se entrecorta y se intercalan unos espasmos de risotada de loco que dejan un eco aterrador alrededor del colorido pasillo. — O sea, goei, yo te vengo persiguiendo como mensa desde hace un buen y ahora que por fin te encuentro de frente ¿lo único que haces es reclamar y verme el escote? O sea, que mal eh— responde Alice ofendida — Pero qué Conejo tan mala copa es éste. Digo, yo ya ni me acordaba de lo de los condones. Algo se me hacía conocido por aquello de que me gritó y me quería sacar de su recamara pero de los condones, no. Qué rencoroso... You don't remember, I'll never forget… Canturrea el Conejo en tono Speed Metal mientras se tira en posición fetal con las orejas tendidas a los lados, con una tonada que envidiaría cualquier moro guitarrista tocando su lira a velocidades inimaginables con los dedos regordetes llenos de anillos de oro. — Orales con el Conejo que salió soprano — se dijo Alice mientras aprovechaba la ocasión para ponerse de nuevo en marcha por aquel pasillo. Dicen por ahí que el ojo le dice al ser humano dónde está y le da idea de quién es. Alice sabe que sobre todas las demás cosas, sus hermosos ojos verdes le sirven para admirar la estética de sí misma al pasar frente a cualquier cosa que hiciera las veces de espejo. La sorpresa de la adolescente no acababa de fundirse en su propio reflejo cuando unos pasos sonaron a lo lejos, en lo que parecía ser el final del pasillo: — Okay, ustedes por allá por favor y me ponen los listones blancos a dos metros de los azul rey, o sea, dos metros eh— esa voz y su tono mandón de señorita de mundo pone la atención de Alice a su máxima capacidad. Es atractiva, ensoñadora, frívola y poquitito grave, como en tono de quien está a punto de tener gripa; ese tono en una mujer era definitivamente un símbolo inequívoco de poder y de mucha clase. La hacía volar.

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Sentir esa voz pedir distancias, colores, muebles de diferentes tipos de material tubular; linóleo de quién sabe cuántos colores nice y de súper moda empezó a traerle a la cabeza lo sucedido aquella noche, la noche en que regresó a su casa de la fiesta del 'Green Festival', el festejo que sirvió de consuelo a la glamorosa rubia después del penoso episodio del guapo Hare Krishna en el centro comercial: — Cómo olvidar esos ojos tan claros, goei. No mames... — decía Alice a Lucy, Gaby, Aby, y Tamy en aquella fiesta — pero mi madre (con un tono de quien odia pronunciar palabra) no me quiso dejar ir con él a Goa para hacer Yoga con los morenitos que dicen que la inventaron. — Ptsss, que mala onda goei, deberías escaparte, darte a la fuga ¿no? — le respondió Tamy — Sí, ya es tiempo de que les des un susto por no dejarte ser libre — asintieron las demás. Camino a casa, Alice no dejaba de pensar en huir, en agarrar sus cosas (bueno, por sus cosas hemos de entender su mini bolsa de cosméticos, la bufanda multicolor y ese accesorio plástico imprescindible…) Rudy: el calor sube, poco a poco, la presión entre las piernas adoloridas que piden aun más las caricias de quien entra poco a poco. Embiste mi interior con la delicadeza de la seda y con la fuerza de un animal en celo. Me prende, me destruye, los espasmos hacen que suelte ráfagas de aire que despertarían al más fiel adorador de Morfeo. Controlo la respiración, la disminuyo todo lo que puedo. Pasan los minutos y está más dentro y más fuerte, no resisto los escalofríos y dejo salir ligeros gritos agudos que resuenan en los oídos de los que en el jardín caminan provocando en sus mentes las más perversas fantasías. Lo ansío cada noche…

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Sus ojos se humedecieron, ha quedado fría ahí sentada al costado del pasillo de espejos. Al abrir los ojos mira arriba y se ve a sí misma acomodada en su cama con la blusa desabrochada y la mano derecha dentro de sus carísimos pantalones. Está sudando. La voz misteriosa continúa zumbando en su cabeza y no puede dejar de mirar el espejo. Esos ojos verdes se clavaron en la imagen, sabía que no era ella misma, que estaba tirada en el suelo de un pasillo multicolor repleto de espejos. Quien haya podido ver el rostro de Alice en esos momentos no cabría en sí mismo del fulgor hirviente que aquello provocaba. — ¡Patrón, patrón! — le gritan al Conejo al mismo tiempo que le propinan sendas sacudidas a las largas orejas — ¡Despierte! Ahí está la Rubia que regó la tienda, ya la tenemos cercada —. Es uno de esos mugrositos rockeros que ya Alice conocía. — ¿Qué esperas? Ponle una golpiza — aseveró el conejo al ponerse en pie. — ¿Dónde estás, Alice? — pregunta la voz excitante al final del pasillo — ¿Dónde estás? — la turba de mugrosines se detuvo en seco al escuchar la voz, ya no atacaron a Alice que se encontraba a escasos metros adelante contemplando aún el espejo. Volteó a la derecha y a la izquierda: Nadie. Era como si la rubia de cadera inmaculada tuviera un mal trip. — Tal vez esos últimos hongos estaban pasados—, pensó. Se siente el murmullo de Gato diciendo: — Hola, Alice. ¿Qué ves? — Pues veo lo que no está, obvio… ash — responde con aires de grandeza. — ¿Cuándo dejarán de hace preguntas tontas aquí? — Acabas de escuchar a la Reina Roja venir, ¿cierto? — continúa Gato — Mira el reflejo y dime qué ves. Adolescente rubia pone su mirada remilgosa en el espejo, con un poco de mala gana pero curiosa, emite veredicto:

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— Uhm, veo mi jardín…. ¡No! Veo…. La Big Party donde perdí mi… ehm, ¡No! Ahora veo a Andravkareihjemliktredravaryana abrazándome, desnudos en las playas de Goa… ¡No! Veo a los autores de este texto en una laguna creativa haciéndome recordar pasajes de capítulos pasados… Ok, estoy ahí, parada goei, y tengo un vestido rojo. — ¿Rojo, Alice? Pregúntale quién es — Gato propone. — O sea, Gatito ¿vas a estar dándome órdenes y hablándome al oído cada que se te dé la gana? Que mala vibra, goei — y decidida prosigue — Oye tú, la Alice de Rojo, ¿qué onda contigo, eh? — Hola Alice, gusto en por fin conocerte. Soy yo, ¿no me recuerdas? — la Reina con estilo le responde. En tanto Alice y Alice tratan de hacerse entenderse a sí mismas, el Conejo y sus secuaces llegan cual almas que lleva el diablo hasta situarse a los lados y atrás de la rubia y su reflejo. — Oh, mi reina, aquí está ya: la niña que no he tocado, la rubia que no he probado. Ahora sí, ¿vamos a mi tiendita? — preguntó Conejo Negro. Su sonrisa se tornó cruel y maquiavélica; sádica y esquizofrénica. — ¡Conejo Negro! — gritó la Alice del espejo, la de rojo — Eso lo trataremos luego. Como recordarás, no tienes ya Condones para Conejo — le guiña un ojo y Conejo da paso atrás mandando discretamente a sus compinches a dar la vuelta por otra parte. Continuó hablando con Alice. — ¿Qué es lo que tus ojos ven? — Ok, mira, nomás porque tu voz me encanta te la paso eh, pero ¿tú haciéndome preguntas pachecas como los otros que he conocido? No lo creo eh, la neta estos autorcillos de quinta ya se pasaron de dosis, ash. — Lo veo Alice, ¿no lo ves? — continua la Reina. — Ver ¿qué?

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— Velo, Alice. Aquí, en mis ojos. Adelanta la mirada nuestra precoz heroína y se fija directamente en aquellos dos aceitunados ojos: Brillantes, desquiciantes. Mirada que, entrecerrada, manda a volar la mente y a dar vueltas la cabeza. El cabello rubio cae, las manos tersas yacen a los costados, la boca carmesí enjuga el preludio a un episodio inenarrable envidiado por sendos productores de porno libre. Ambas rubias se miran a los ojos y ninguna parpadea. Prosiguen: — Lo veo. — ¿Y no lo ves? — No sé, ¿sí es? — Alice, mi querida Alice. ¿Quién eres tú? ¿Quiénes somos? Lo veo…. y no lo ves, Alice. En el reflejo Alice fija la vista en la Reina Roja, en algo parecido a su versión de lujo… en un momento que dura un segundo, Gato aparece con todo y gabardina; con todo y gafas de pasta brillante de pie y muy atento atrás de la Reina. Se le queda viendo a la parte posterior del vestido: despampanante, desconcertante, alucinante es ella. La mira con unos ojos que no necesitan decir lo que piensa la cabeza. — ¡Gato mirón! — le grita Alice. — ¿Gato? — la Reina inquiere — ¿Está aquí Gato? — voltea y el de la gabardina ya no está más ahí. De inmediato Conejo y tres secuaces mal vestidos corretean por el pasillo en busca del indiscreto felino mientras Alice (la del cuento) dice: — Uhm se fue otra vez… estos locos ¿Por qué no son como yo, normales? La Reina sonríe con sólo el lado izquierdo de sus apetitosos labios carmesí, con la vista fija en Alice y sólo responde: — Es o no es. Lo veo y no lo ves: He ahí la barbaridad…

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IX Miedo... Muerte... Nada

Se viaja de lo confuso a lo aterrador en un instante. Ahí, el eco del silencio es capaz de obtenebrar auras fulgurantes si la mente no está en paz y el espíritu en calma. Los demonios propios aparecen cual monstruos gemelos, nuestros gemelos. El punto más allá de lo visto radica en lo profundo del espejo, donde el vacío. Despertar violento. El cuerpo suda, las sabanas húmedas, la piel eriza se constituye cual imponente manto de lanzas. El cuadro es conocido. Mismo cuarto donde la tarde encuentra a Alice danzando desnuda entre sombras de cuerpos fundidos en la premura de un compás cardiaco capaz de inflamar el pecho y derretir la voluntad. Desconcierto. Vacío el pecho, vacía la mente, vacío el cuerpo el alma y el ser. ¡MIEDO! Alice mira a Alicia, a través del espejo encuentra a ese doble que habita en lo profundo del Yo que existe sin los otros. Conversan. — ¿Me recuerdas, Alice? ¿Si recordaras lo que he olvidado, aún viviría? ¿Seguiría existiendo? — ¿Estoy dormida o despierta? — ¿Acaso importa? — Te besaría si cumplieras mi más profundo deseo. — Y si fuera lo que quieres ser ¿morirías por mí? Si los otros mataran por verme morir ¿en verdad estaría viva? — ¡Desearía que hagas el deseo desaparecer! — ¿Y si deseo que me desees y vengas a mí? — ¿Amor? — Los otros me llaman Muerte ¡MUERTE! — ¿Y si los otros devoran mis carnes una vez que muera? — Mayor placer encontrarías en la carne al ser carne falsa que no llora, que no sangra.

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— ¿Y si el deleite de la carne está en la falsa pretensión de entregarse a quien la engulle, cual cordero inocente ocultando una impura mente y una frágil voluntad? — Entonces entenderías el miedo. — ¿Miedo? — El abismo portátil en forma de corazón difuminando la esperanza. — Y sin esperanza ¿adónde camino? — Sin esperanza no caminas, sólo andas. — Nada comprendo. ¡NADA! — No lo comprendas: siéntate y siente. — Pero si no veo nada, ¿dónde estoy, adónde se han ido? — Todos vivimos en tu mente, Alice, todos aquí somos esclavos de lo tuyo. Abre los ojos. El pasillo de espejos refleja una inmensa devastación e ira. Todo en un instante. — Fue como si el parpadear tardara una eternidad y en el transcurso me transformara en una bestia — Alice se repetía incesante a sí misma. — Todas las hembras son unas bestias, todas las bestias son salvajes, por lo tanto... todas las hembras son salvajes — interviene una tercera voz aparte de la de Alice y su Reflejo. Pareciera provenir de lo más oscuro de sus conciencias. Alice reacciona airosa:

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¿Quién han dicho eso? Muéstrate, cobarde. Muéstrate ante nosotras. — ¿Ustedes, Alicia? ¿Ustedes somos Yo? ¡Yo estoy frente a tus ojos! — ¿Quién es Yo? — YO SOY YO, pero yo no existo porque ésta es sólo una forma de hablar con aquello de ti que no conoces. Por eso hablas sin escucharte, por eso nuestra conversación no produce eco alguno. — ¿Quién soy? ¿Qué he hecho? — Sólo al mirar a la profundidad del espejo podrás disipar tu duda. — Pero es más hermoso el reflejo. Dime si no morirías por tocar esta carne, por hundir tus dedos en la entrepierna mía, por usar tu lengua como fuente de tortura contra esta piel suave, húmeda y tibia. — Hermosa y mentecata. No me admires… observa. Mira. Durante horas que se antojan eternas, Alice observa fijamente un pequeño torso en un espejo aún no destruido por uno de estos misteriosos ataques de locura e ira. Al mirar en el espejo sus ojos, se mira y de tanto mirarse se observa y no admira. De tanto observarse se pierde en la hondura hasta encontrar la base de su locura. La memoria es tópico de recuerdos transfigurados más por necesidad que por deseo. Al cruzar el umbral del reflejo, aicilA se encuentra en un impresionante teatro de estilo victoriano. Claro, ella sólo pensó que era un cine viejito dado su constante esfuerzo por mantenerse alejada del mundo artístico y cultural por considerarlo más para tetos y losercitos de mal gusto. — ¿Qué has olvidado, Alicia? — Recuerdo olvidar qué pasó con Morgana. Era suave y muy pequeñita la pequeña gatita Morgana.

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Ahora en el escenario ante el cual Alice se encontraba sentada, comienza una función que habrá de cambiar muchas ideas que podamos tener de esta simpática señorita. Un escenario con decorado idéntico que el primer cuarto de la dulce niña. — ¡Soy yo de pequeñita! — da un brinco de emoción sin saber lo que a continuación venía. En el escenario, Alicia de 6 años con un crío de gato de apenas una semana. Morgana, gatita blanca como la leche, suave como una nube. La niña toma de cuello a la gatita que chilla y chilla; la carga, la avienta la abraza y la tira. — Ejem, sí, recuerdo que era un poco brusquilla — se dice a sí misma como esperando que algo malo sucediera. La pequeña le jala los bigotes a la gatita y ésta por instinto rasguña las manos de la niña. Alicia (la del escenario, no la del cuento) la estrella contra la puerta, la patea y le pisa sin descanso el cuello. — ¡Dios mío, qué horror, qué crueldad la mía! — Mira atenta, no pierdas detalle. Que la mejor parte apenas comienza. Horrorizada, la pequeña (y también la grande Alicia) devora de forma grotesca los restos sangrientos de la cría; que ya después de ser magullada es más parecida a una bola de nieve sabor grosella. Astuta y perversa llama al perro favorito de papá. — ¡Ven acá, Bobby, ven lindo perrito! — Ofrece las sobrantes vísceras de Morgana a Bobby y el can los ingiere con gusto. Se limpia su vestidito verde que ahora aparece manchado de rojo después de tan fuerte evento. Sólo su boca queda manchada de sangre; sólo esos labios carmesí que se ríen, se ríen de la muerte de Morgana y del pobre Bobby, después sacrificado al ser culpado de la muerte de la indefensa gatita.

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Mañana iré con mamá a la tienda para comprar una nueva gatita. Pero que antes le corten las uñas, si no terminará como esta pobre tontita — decía la Alicia del escenario mientras reía con sus labiecitos chorreados de sangre. La macabra risa de la Alicia pequeñita resonaba en cada rincón del derruido escenario. El pulso de Alicia se acelera (Alicia la grande, no la chiquilla), sujeta firme su cabeza tratando de impedir la sensación de una explosión próxima. ¡Alicia asesina! Pero no una asesina infantil inocente. ¡No! Era una asesina consumada. De aquellas que en sus ojos no reflejan más que pura satisfacción al observar entre sus brazos el cuerpo inerte de su víctima. En un instante regresa al pasillo de espejos. Frente a Alice (la original, la del cuento) está ahora la niña con la boca llena de sangre que la mira y se burla. Inmediatamente aparece la Reina Roja exquisitamente ataviada. — ¡Rojo! Sólo una diosa puede vestirse de rojo, cualquier otra infame preferiría un vestido negro — Pensaba en voz alta la Reina Roja. Completando la escena llega una nueva Alicia, más joven, fresca y desnuda. Desnuda no para responder a las manías sexuales de la mente del lector, sino para expresar la pureza extinguida de su ser. — Si me devuelves tu corazón, Alice, aún podremos salir de aquí con vida — expresa la Alicia fresca con premura ante la denotada tensión del momento. — Eres igual que yo. Incluso tienes la piel blanca, hermosa y lisa ¿Cómo entregarte mi corazón, inocencia mía? — Si te lo arrancas a mordidas, serás mi diosa ¡Gran diosa! — interrumpe la Reina Roja convencida. Confundida, Alice voltea a todas partes. Distingue en el primer espejo a la niña Alicia sonriendo burlona. — Me he orinado en las bragas, ven a cambiarme, niña mía — sarcástica comenta Alicia pequeña a la otra Alicia (a la del cuento, no a la Reina Roja ni a la Alicia desnuda).

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De pronto de sangre su matriz se inunda. Un dolor indescriptible golpea cada nervio en el cuerpo de Alice. Chorrea de su entrepierna un gran coagulo de sangre del cual se forma una nueva Alicia con alas demoníacas y lengua bífida. Dijo: — Yo soy la sangre del cuerpo que aniquilaste sin remordimiento. “Jamás deformar mi hermoso cuerpo por el hijo de un don nadie”, repetías cuando desangrabas gota a gota el embrión que anhelaba vivir nueve meses en tu cuerpo. Si recordaras cuan ebria estabas y lo fácil que fue para ese gigante moreno hacerte suya en la playa. Si no recuerdas tu viaje a Oaxaca es por algo, niña ingrata. Lo que llamamos miedo es una expresión simple y vana. El verdadero Miedo es algo indescriptible, más allá de las palabras o las concepciones. Cuando los demonios del Karma llaman, mil lenguas de fuego azotan el alma. La escisión es total, la hora de la muerte llama. — Es momento que mueras, Alice — dicen las otras Alicias al unísono exacerbando el eco del silencio. — ¡Quién es esta puta voz que por todos lados me llama! ¡Muéstrate, cobarde! No juegues tus mesmerismos con mi pobre mente atormentada. — De lo que ante tus ojos ves nada es mentira, es sólo el cuerpo de lo que en ti llevas escondida. Si de todas las Alicias sólo fuera a quedar viva una, ¿te escogerías a ti o no escogerías a ninguna? — inquiere el eco del silencio. Al tiempo Alice (la que no es la niña, la de sangre, la desnuda ni la Reina Roja) se descubre atrapada en un espejo. En el piso un pentagrama que al centro alberga un ardiente fuego que hipnotiza y centellea entre llamas y deseos perdidos. Las otras Alicias sonríen, todas con sus bocas bien pintadas de carmesí, todas con esa sonrisa a medias tierna a medias seductora, todas ellas acercándose cada vez más. El estallido del cristal que libera a las otras Alicias de su prisión-espejo se ve opacado por los bestiales gritos de Alice (la original) siendo devorada por aquellas. La Reina Roja le arranca el corazón y lo devora frente a ella; la Alicia desnuda se aferra al cuello de la joven; la niña devora sus intestinos y la Alicia de sangre apuñala su vientre.

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¡MIEDO, MUERTE, NADA! El corazón pulsa despacio. El eco de cada diástole retumba en lo más profundo de la conciencia atontada ahora por la falta de sangre, los demonios comienzan a desvanecerse junto con la existencia de Alice. — ¿Quieres morir, Alice? — inquiere, definitivo, el eco del silencio. — Quisiera morir ahora, por favor — contesta, amable Alice, fuera del espejo. — ¿Tienes miedo, Alice? — Temo vivir con toda esta locura. — ¿Sabes quién soy? — Sé lo que no eres... No eres yo. Yo soy Alice.

Esa fue la última respuesta de la joven. Después los párpados no resisten el último embate. Después la nada. ¿Nada? MIEDO... MUERTE... NADA.

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X Larga Sinfonía en D

Enfrentarse al oscuro recuerdo presentado como una sombra ante los ojos atónitos, es una empresa bastante atrabancada para semejante niña-linda-güera-sin-pedos-buena-onda-bien como Alice. La muerte se presenta y se mueve de maneras que no es posible comprender tan sólo con una disposición muy open minded aprendida en instituciones de procedencia judía y de capital invariable. Es necesaria un poco más de perversidad. Un pequeño guiño y una sonrisa de la Reina Roja habían metido a Alice (la del cuento) en un intrincado viajezote digno de envidiarse por aquellos cuyas fantasías se hicieron realidad hace ya varios decenios. Los cuerpos y las mentes destruyen y son destruidas; no es posible imaginar un mundo sin su pequeño mundo, su oscuridad y un guiño aceitunado que envuelve el aliento en un viaje sin sentido a los adentros del párpado más moderadamente sombreado en color de época. Alice esta sola. Desnuda. A través de sus oídos pasan sonidos que nunca antes había sido capaz de percibir, no quiere abrir los ojos: la parte superior del pasillo se ha convertido en un curvilíneo azulejo de miles de tonalidades y tiene un movimiento casi sensual. A sus oídos llegan murmullos como de terciopelo. Los cielos son de mermelada y de bombones la brisa que acaricia suave y tiernamente a la niña. — O sea, ya no entiendo — refunfuña la rubia en uno de esos momentos de lucidez condechi — hace rato estaba yo hablando conmigo misma vestida de un tono rojo muy buena vibra y con una figura de envidia, y un segundo después ya tenía a tres mí mismas enfrente diciéndome que mi vida es oscura y que no tengo todo lo que pensaba: y que ¡estoy muerta! — La incredulidad invade a la curvilínea, sus palabras rayan en lo inverosímil (salva sea la verdad a estas alturas) y sus sentidos no están en la medida estándar que conocía. No hay manera de saberse despierta.

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Los ojos no pueden abrirse y la conciencia no puede cerrase, tu cuerpo se endurece y tus manos se enfrían. La Muerte. La Vida. Todo está en Alice al momento de querer levantarse y no poder, de buscar despertar y no querer. Es casi inconcebible para una niña que a pesar de que su vida ha trascurrido dentro de los excesos y la buena vibra, aún conserve esa espina de la moral latinoamericana que no permite el libertinaje; pero sin embargo, empuja con fuerza hacia la práctica de lo prohibido. Y un viaje por la muerte definitivamente molestaría a Jovita, su nana, si se llegase a enterar. Entonces escucha que alguien se acerca y cada vez los pasos se sienten más cercanos, — ¿Ahora quién se aparecerá para hacer preguntas extrañas? — inquiere mientras intenta hacerse a un lado para poder escuchar mejor lo que se aproxima. — Ya nada podría salir más raro, encontrarse con otro habitante loco de esta tierra es de lo más normal. Un individuo se acerca: no tiene aspecto de ser ningún animal en dos patas ni tampoco parece tener un rostro mala onda como para desconfiar de él desde un principio. Se aproxima a la rubia que aún permanece agazapada en el pasillo que hasta hace unos momentos (¿o serían horas, días, vidas?) estaba lleno de espejos y de varias Alicias que pasaron un buen rato despertando loqueras impensables sobre muerte, sangre y todo eso que es demasiado raro como para hablarlo entre familiares. El sujeto está ataviado con un traje retro como de película vieja, según Alice se hizo a la idea. Camina lento y parece que va esquiando por el balanceo de sus brazos, su rostro es un poco arrugado. Dentro de ese misticismo, a Alice le parece que debe saludarlo y saber qué está haciendo ahí. — Oye goei, ¿qué haces aquí? ¿Estás perdido? — pregunta al fulano, que al escucharla voltea la cabeza con tanta lentitud que casi puede verse cómo los músculos del cuello se contraen uno a uno para lograr que la vista se fije en los ojos aceitunados de la rubia protagonista; aunque segundos después, se posaran en el escote como era costumbre. — I'm here for the sound — dice el fulano en un inglés casi británico y sin mover los ojos de donde los tenía fijados.

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O sea, ahora resulta que aquí hasta bilingües son — refunfuña la güera mientras traga saliva para empezar la perorata en lengua extranjera: — Ok, the sound?, what sound goei?, Tell me, plis — responde finamente la linda cosmopolita. — Be all you can be, girl.... and all those cliches, yadi, yadi, yada… — responde el fulano sin voltear a verla. Está concentrado en montar un pequeño estrado que trae doblado bajo el brazo, algo así como un banquito con atril que le pareció algo teto a la señorita. — O sea...ok, tell me, what's your name, eh? Who are you, anyway? — I am the Director, my dear friend. And who are you? — Soy...ejem... I am Alice, from Condecci — responde categóricamente. — Very good, are you ready for the sound? — Uh... what sound? I can't hear a thing. — You will, soon. Wait for it. De plano a Alice no le termina de agradar aquel asunto con el Director: parece actor de película vieja pero habla en inglés del fino; el cual se le hace aún más teto a la niña, porque ¿qué mejor que el inglés gabacho (ejem, americano) con sus palabrejas casi rapeadas? El fulano Director se trepa a su estrado y empieza a revolotear en el aire con la mano derecha una suerte de palito que Alice terminó por llamar pitillo... — Long Symphony in D — repetía el Director sin dejar de mover los brazos. — ¿En D? — Pay attention, girl Alice — dice el fulano Director con gesto de buen samaritano, pero anglicano... — Uh, ok... But I can't hear a thing. You old crazy man!

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Se levanta, da la vuelta al fulano hasta verlo a los ojos y le dice: — I don`t understand your music. La neta is very boring — reprende con semejante pochismo al hombre ahí subido. — You must see the sound, the Simphony. Can you see the colours? — inquiere el fulano Director. — Uhmm. Colours? Where? — haciendo bizco para ver. responde la niña ya casi

— There! — señala el fulano hacia un extremo del pasillo donde comienza a brillar una nube de colores. — All those colours make me feel very nice, fulano Director — afirma Alice — Are they saying something? — Yes, indeed. Listen to them! — I hear something. What is it? — la niña pregunta. — It's the Symphony, Long Symphony in D . Eternamente acongojada por un Karma que no es mío rompiendo el cristal del miedo cada vez que estoy aquí tragándome el tiempo cada día y cada noche con imágenes que compiten con los ojos por ser la mas brillante la oscuridad se apodera de todo la muerte es un compañero de asiento no sé si estoy o estás aquí lo único que logro percibir son sonidos uno tras otro mueven mi cerebro como jalado por despampanantes sueños arriba abajo con fuerza tan quedo que invita a amar una melodía inolvidable mi mente se queda ciega sentidos desorbitados una gran obra una Larga Sinfonía en D

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Apenas termina la rubia de escuchar estas palabras y ya está en el suelo, bien acurrucada, con una sonrisa que no se había visto en mucho tiempo; o al menos desde hace 10 capítulos. — Excelente música fulano, neta es lo mas chido que me han puesto en este antro. — Sabía que te gustaría — responde el Director con un perfecto español, sólo afectado por un acento medio mamila pero que infundía respeto. — ¡Ahh! ¡Hablas español! ¿Y por qué me has estado hablando en ingles goei? ¡Qué poca! — Well... I have just one more thing to tell you in your own language. — Ok, pues dímelo. El fulano Director se baja del banquito, lo guarda, dobla el pitillo y se posa frente a Alice. Se acerca a su terso rostro y al oído le recita palabras que seguramente causarían disturbios en el barrio super-chido-buena-ondadecente donde la rubia vive (¿o vivía?) allá afuera de Limboland y el antro del Conejo... le dijo: “Los adultos te han llenado de prohibiciones que has llegado a ver como naturales. Te dicen 'haz dinero, trabaja, estudia, conserva tu condición social, sé mejor que tu vecino, no forniques, no te drogues'. Pero tú tienes que hacer exactamente lo que los adultos te prohíben. No confíes en nadie mayor de treinta años”. Dicho esto, el fulano Director además de dejar a la pobre chica con la boca abierta y los ojos fijos en el horizonte, recoge sus cosas y emprende su camino en la dirección contraria a la que Alice lo vio venir la primera vez. Antes de desaparecer en el pasillo multicolor (otrora nido de Alicias buenas, malas, niñas y sabrosotas) voltea la cabeza para decir una cosa más: — Wake up, girl! Alice Condecci! Here comes the Black Rabbit! It's time to return. It's time to open your eyes and recover your life. So long... — ¿Qué? ¿Regresar a dónde? — saliendo del trance la rubia inquiere desesperada y llorosa como actriz de telenovela.

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El fulano ya lejos camina y la rubia su destino aún no determina. Un par de orejas se asoman y resuenan sus palabras: — ¡Conejo! ¿Eres tú? — Solloza la protagonista — Goei, no me vayas a gritar ni a traer a tus mugrositos esos... estoy guapa, ¡Respétame! La nube sigue su camino y se lleva consigo el color y la risa, si usted que lo imagina volteara hacia atrás sólo algún loco sabría lo que vería. En este cambio de escena el peludo visitante solemne y siniestro revira: — Amor y Muerte, Alice — dice sin saludar (¡mal educado!) — Las dos al mismo tiempo.

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XI ¿Quién robó mi alma?

Llega la noche y con ella una lluvia tan espesa como sangre. El silencio es inusitado… una burbuja gris entre tanto color. El conejo observa a Alice (la del cuento) tendida en el piso desnuda abrazada de Alice. Una mártir y una diva. Misma piel, aroma, alma y vida. La imagen es similar a un juego histriónico de espejos. Ambas despiertan anonadadas, pero tranquilas, agotadas de tanto ajetreo. — Amor y Muerte Alicia, Amor y Muerte. Las dos al mismo tiempo — el conejo sentencia. Su voz suena hueca y el eco inusual da la sensación de encontrase en un túnel. Una Alicia se para frente a la otra y se inca. De ser este el guión de una película pornográfica indicaría una serie de perversiones tan amplias como la imaginación de L. Carrol. En realidad Alicia sólo reza. En el mismo tono bajo e incomprensible de las monjas, señoras mochas, parroquianas que sin fallar asisten cada domingo a misa con la única intensión de limpiar los pecados de sus almas harto cochambrosas. — Pater noster, qui es in caelis, sanctificetur nomen tuum... — ¡Calla, Alice! ¿Qué no ves que por fin comienzas a ver la profundidad del espejo y no el reflejo? ¿Qué no ves que así sólo esclavizas tu alma al poder humano? — Panem nostrum supersubstantialem… ¡Boba imprudente! ¿Qué no ves que rezo por la salvación de tu… amm, nuestra alma, Alice? (como bien había aprendido en las escuelas ultra conservadoras a las que asistió durante su infancia donde el derecho a la educación laica es sólo eso: un derecho). — Una Alice no es suficiente para saturar el hueco de nuestra existencia, yo soy lo que debes, tú eres las que quieres. Tan inocente y salvaje como una bestia; ve y refúgiate en la montaña antes que sea muy tarde. Toma mi mano. Cierra los ojos. Latidos lentos, muy lentos. Ya arriba estallan en gritos, en una idea, en un sueño que no se soñó. Tic, tac, tic, tac, tic, tac, toe. Brisa de Noche. Noche que se inflama de nuevo, el mundo puede esperar.

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Obertura… Violines... Réquiem... Inspiras... Expiras... Sístole… Diástole… El aire se torna más denso, la saliva espesa, las sombras se acercan. Copos de nieve derretidos en las dunas, poco sol, muchas nubes… ¿Cómo llegamos tan lejos? ¿Cuándo se volvió tan factible el sueño? Tan real... Preguntas intrascendentes en realidad. — Parece que has perdido algo Alice — menciona divertido el obscuro roedor. — Creo que perdí mi vida, Conejo — contestan al unísono ambas Alicias. — No, algo en verdad valioso, Alice. — ¿Sabes mi nombre? — Siempre lo he sabido. — So... ¿por qué coños me llamabas Jezabel? — Sería tu nombre si fueras una de mis putas. — ¿Eres un proxeneta? — Padrote niña, Padrote ¿Cuando aprenderán estas pendejas de Lomas? — inquiriéndose a sí mismo en un tono de reproche. — ¿No soy la única? — Ni la primera, — ¿Hay más? — Había. — ¿Dónde están? — En todas partes, dejaron de ser para estar — sentencia firmada por una sonrisa macabra capaz de laxar mejor que los yogures con fibra o la dieta de la manzana. Conejo observa la escena y sonríe una vez más antes de proseguir su monólogo:

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La primera en llegar se llamaba Alice y era inglesa. Bonita la muchacha, frondosa y bien fogosita (entornando sus ojos hacia atrás buscando evocar el placer de tiempo pasados). Recita en tono burlón imitando a la pasada visitante: — “Oh Sir, what are you doing?” “Oh, Sir, what a lovely evening! I wish this could last forever” “Oh, sir, what a huge, magnificent, tasty and fat co...” Ejem, bueno el chiste es que esos tiempos pasaron. En aquel entonces todos leían, y las niñas salían al campo a pasear. Ahora sólo el Limbo Estúpido reina. — ¿El qué? — Olvídalo, la comprensión de dicho concepto requiere un intelecto bien desarrollado y tú Alice, lo has desarrollado tanto como la humildad de Carlos Cuevas y la guapura en Monsiváis. — O sea, güeva güei, obvio que no te entiendo nada. O sea pensé que por la ropa y la bandita en las orejas eras DJ o algo así súper cool, ya sabes ¿no? Pero ahora que ya te puedo ver bien cómo que eres así como esos güeyes que hablan de artes y cosas así de libros de súper güeva. — Alguna razón tienes, Alice. El problema es que ahora puedes verme bien. Acto seguido Alice siente una fuerte punzada en la nuca. Obscuridad de nuevo. El escenario es esfera sin gravedad alguna. Alice flota y flotan sus rubios cabellos con ella. — ¿Dónde estoy? — pregunta Alice. — Ahora duermes dentro del sueño de la muerte — responde la otra Alice, pero ahora ya no se ve, sólo se intuye en sí misma. — ¿Eras tú la que rezaba? — Traté de aferrarme a tu alma mientras rezaba por mí. — ¿Entonces quién eres? — Yo soy tú.

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Luz drenada, oscuridad sin fin, la lluvia termina. Las sombras caminan de nuevo. Alice observa a su reflejo, la otra Alice, frente a sí. O al menos eso le indican los sentidos. ¿Te has sentido parte de la nada? Corroída por el tiempo y desgastada ante lo real, ¿Te has sentido atrapada en una lágrima? Desgarrada por tus gritos, corrupta de tu propia locura ¿Te has sentido sola? Olvidada en el tiempo, perdida en el espacio… Si te has sentido así, me has sentido y me entiendes. — ¿A qué sabe una invasión por dentro, Alice? — Como si mi cuerpo funcionara pero sin algo que tenía antes — contesta triste y en tono solemne. — ¿Qué se siente ser golpeada por un rayo en el pecho, Alice? — Como si Zeus me despertara ¿ya estaba muerta? — ¿Antes de irte tienes algún último deseo? — Deseo hagas el deseo desaparecer. — ¿Quién eres? — Soy lo que eras. — ¿Y ahora qué soy? — Libre. Completamente libre. Y derramando sarcasmo en cada sonrisa se despide y se desvanece la esencia de Alice. — Epinefrina 10 miligramos. Clave azul, clave azul. Pide un 3-7 urgente en el ABC, otra de estas niñas junkies.

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Los gritos de la sirena son tan intensos que estremecen los huesos. Azul y Rojo, Azul y Rojo. Otra punción, ahora en el pecho. Un grito desgarrador antes de sentir la descarga de Zeus en el pecho. Dolor intenso y la piel arde, quema la piel quema la carne. — ¡Aumenten la dosis de epinefrina que se nos va! Las pupilas de Alice se dilatan de tal forma que asemejan dos lagos color aceituna. Donde los más banales y retorcidos pensamientos convergen estableciendo un puente entre el alma y la totalidad. El Tao. El Rayo de Zeus impacta una vez más. El sonido de sirena, las voces de extraños y la sensación de malestar y ajetreo se van. Alice se encuentra de nuevo en la esfera. ¿Habré trascendido? — se inquiere filosóficamente cuando al fin siente un poco de paz — Creo que no es tan malo morir después de todo. — Tienes razón, Alice. Lo peor es vivir sin Alma — contesta la voz del Conejo, que no se ve pero aún se siente. — ¡Pero yo tengo un alma inmortal! — dejando escapar sin querer indicios de una profunda angustia, por el tono y el entrecortado de las palabras que acaba de pronunciar. — No te escuchas muy convencida ni de tenerla ni de su inmortalidad. — ¡Pero la tengo! — para estas alturas los vasos capilares de sus párpados se notan tan agrestes e hinchados que de no ser por una lágrima roja que de entre sus ojos comienza a emanar nos haría creer que el asunto es menos grave. — ¿Has perdido tu Alma, Alice? Sólo el pánico es capaz de colapsar al terror. La sensación última de sentir cómo cada uno de los nervios de tu cuerpo se desconecta. Cada indicador se apaga y miras hacia adentro observando cómo la sangre se evapora y el efluvio divino que por las venas corre escapa y viaja al más allá.

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Un último grito capaz de detener los corazones un segundo, de crear una galaxia y recordarnos el más profundo miedo: — ¡¿QUIÉN ROBO MI ALMA?! En medio de llantos, Alicia cae al piso ensangrentada. Resuenan en este Limbo los ecos de una charla que aún no ha comenzado. — ¡Conejo!, ¿Eres tú? No me vayas a gritar ni a traer a tus mugrositos esos... estoy guapa, ¡¡Respétame!! Amor y Muerte, Alice. Las dos al mismo tiempo.

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Alice comienza el día como los últimos dos de esta semana....

... sus manos tersas de postadolescente burguesa viajan por entre sus piernas, tomándose un segundo con el pezón izquierdo y el ombligo...

XIII A L I C I A

Ni toda la buena vibra de las integrantes del Yoga Club Nirvana se comparaba con la satisfacción de Alicia, sentada en el parque en compañía de Rudy, su mejor amigo desde hace ya muchos años. Un niño de esos “sin violencia” que gustan de cachar granizo y tener platicas profundas con sus amiguis del face. — ¿Te late si vamos al nuevo Starbucks? — No lo sé, últimamente he tenido una sensación rara, como que me dieron ganas de leer... — O sea hello, ¿leer? de hueva ¿no? O sea qué ¿te está bajando o qué? — No sé, me siento rara, como si algo malo me fuera a pasar. Este presentimiento no fue suficiente para que Alicia y Rudy se dirigieran a toda marcha al nuevo Starbucks de Antara. A medio camino un letrero en neón azul indicando “La Madriguera del Conejo” llama poderosamente la atención de Alicia. — No mames, goei... creo que tuve un Déjà vu — haciendo gala de su buena pronunciación del inglés gabacho, casi rapeado... en una palabra de origen francés, por cierto. — ¿Por qué? ¿Qué te pasa? — ¿Sabes qué era ahí? — señalando la Madriguera del Conejo y notando hasta ese instante que el local denotaba muchos años de abandono y mal gusto en arte moderno. Una verdadera ruina, dice con desconcierto para sus adentros. — No goei, neta ¿estás bien? — Sí, no importa. Silencio. Después de disfrutar de un frapuchino elaborado con el sudor de la frente de varios senegaleses huérfanos, Alicia y Rudy deciden pasar a desfogar su codicia auditiva a una tienda de discos de gran cachete.

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Magnánima es la sorpresa de Rudy cuando Alicia, muy al contrario de su costumbre, dirige sus pasos al área de “Alternativo”, en un rincón de la sección bautizada como “Inglés”, donde olvidando por completo su reciente modita de comprar discos del mejor DJ experto en Chill Out, toma entre sus tersas y juguetonas manecillas el siguiente grupo de compactos: Beep! Never mind the bullocks – Sex Pistols Beep! L.A. Woman – The Doors Beep! In Utero - Nirvana Beep! Kill'em all – Metallica Beep! Ava adore – Smashing Pumpkins Beep! Ummagumma – Pink Floyd — Oye, ¿por qué compraste estos discos en vez del nuevo de Tiesto en las olimpiadas, eh? Ya están rucos y no están IN. — Ay no sé, ya sabes, así somos la mujeres. Pues mira: estos, me recordaron a unos mugrosines que vi en la calle hace tiempo y este último todo pacheco con espejos y la onda acá bien retro como de peli viejita me recordó un sueño que tuve ayer, o sea, ¿perdona mis pecados, no? El cajero que le cobra a la rubia con faldita fija su vista en su escote para molestia de Alicia. Es alto y delgado. Usa el cabello largo y unos extraños anteojos gruesos que brillan a la luz de las pantallas que cubren las paredes de la tienda. Viste una gabardina de piel negra, pantalón multicolor terminando en unas enormes botas negras y de aspecto amenazador. A Alicia le pareció sexy aquella actitud rebelde del tipo. Despierta de su ligue imaginario (chaira mental, pues) y se percata de la indiscreción de los ojos de éste: — ¡Gato mirón! — le grita la niña. — ¿Qué? ¿La conoces? — le pregunta otro empleado al cajero, que en la tienda y por cuestiones de su eterna ronquera por fumar, le dicen Gato. — No, no... Usted disculpe señorita. Aquí tiene sus discos. Que los disfrute.

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Rudy tomó rumbo a casa para no perderse su programa de periodismo de espectáculos favorito. Alice se dirigió a su obscenamente costosa morada de las Lomas para, acto seguido, descargar sus discos en su lap top y arrojarlas al aparato blanquito y minimalista que porta como llavero con su mp3 preferido. La tarde se antoja aburrida cuando a través de la ventana Alicia observa un efecto visual común para aquellos que pueden gozar de cristales limpios todo el tiempo gracias a la exhaustiva labor de Chencha (o cualquier otra muchacha venida de provincia que llegue a la ciudá probando suerte). La imagen del río y el pequeño bosquecito (¡Ja! ¿Pequeño? ¡Dos hectáreas!... Malditos latifundistas con permisos chocolates) se tornan rojizos con el reflejo del atardecer mismo que enrojece el reflejo de Alicia en la ventana. Con su gastada costumbre de hablar consigo misma, como en escenas que asustaron a su madre durante los días de infancia, se miró a sí misma en el reflejo y se hizo una pregunta: — ¿Qué ves? Y se respondió con igual solemnidad: — Estoy ahí, parada goei, y tengo un vestido rojo. Pareciera que estoy bañada en sangre, que soy mi propia asesina, que he dejado de ser una niña. — ¡Ay, bájale Alicia! ¡O sea no'ma, goei, jajaja! — se burla de sus propias palabras la niña. ¡Beeep! Su computadora la despierta del monólogo para informarle que sus discos están listos para ser llevados a donde quiera que la nena pida. Se pone los audífonos, pone play y lo que suena dispara su molestia... — ¡Jimi Hendrix! ¿Quién carajos metió rolas tan viejas de negros despeinados a mi lista? Entra en ese momento al cuarto Lucy, su hermana, para responder esa pregunta:

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— ¡Ay! Perdóname la vida, plis. Pero oye, ¿Tú cómo sabes de quién es la rola y cómo era Hendrix, eh? — Ay pues no sé, se me hizo como que ya lo conocía. Qué raro. Es la segunda vez que me pasa hoy. ¡Bueno ya no me molestes y vete con tus amigos traga hongos! — ¿Ya bájale, no goei? ¿Sabes qué día es hoy? — Pues viernes. Hoy hay fiesta. — ¡NO! El día en el calendario ¡Tarada! — ¡Ahh! Día 13, creo... — ¿Y te vas a ir? — Pues yo creo. Sí. — Ay ¿Pues acompáñame al río un rato, vale? Porfis, porfis. Ándale. Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río sin tener nada que hacer: Había echado un par de ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos. — ¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos? —, se preguntaba. — Es más, ¿para qué sirve un libro? Si no para ligarse a un chico en la biblio de la uni o nivelar la pata de una mesa en el Starbucks —. Toma su bolsito Prada y saca una cajita de pastillas tic-tac. — Ya no te metas esas madres, vas a quedar loca — gruñido de su hermana en la clásica actitud protectora. Porque esa caja lo último que trae son pastillas tic-tac. Alicia no se preocupa, su vida es tan bella. — Mira lo que me regaló Pato — Lucy interrumpe su regaño mostrándole un pequeño conejito negro vestido con una camisa y una bandita a la altura de sus respingadas orejitas… Qué lindo el Pato, ¿verdad?

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También le muestra la publicidad de un nuevo Lounge llamado “RABBITS” con un condón pegado al flyer que curiosamente tenía inscrito: Condones para conejo. Irás y no Volverás. Después de eso, Alicia cierra los ojos y se dispone a disfrutar de sus píldoras para el aliento y las rolas nuevas de su iPod. Al fondo una suave Sinfonía se escucha desde casa del vecino: un viejo británico que le cae gordo por su acento mamón. Silencio. Obscuridad. La voz de su hermana, es eco que irrumpe en la totalidad del silencio: — ¿Qué pedirías si tuvieras un deseo? — Desearía hacer el deseo desaparecer. — ¿Quién eres? — Soy lo que eras. La hermana menor. — ¿Y ahora qué eres? — Soy libre. Completamente libre. Y derramando sarcasmo en cada sonrisa se despide y se desvanece la voz de la hermana de Alice.

— !Epinefrina 10 miligramos! Clave azul, clave azul. Pide un 3-7 en el ABC. Otra de estas niñas junkies — la sirena suena tan alto que los huesos se estremecen. Azul y Rojo, Azul y Rojo. Otra punción, ahora en el pecho. Un grito desgarrador antes de sentir la descarga de Zeus en el pecho. Dolor intenso y la piel arde, quema la piel quema la carne. — ¡Aumenten la dosis! ¡La perdemos!

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Las pupilas de Alice se dilatan de tal forma que asemejan dos lagos de color aceituna. Donde los más banales y retorcidos pensamientos convergen estableciendo un puente entre el alma y la totalidad. La muerte. — Hora de defunción: las 13:13. Mándenla a los cajones. Hablen a su casa. Tráiganme mi sombrero.

Su madre y hermana se encuentran postradas frente a la tumba de la ahora extinta Licha. Su padre, como de costumbre, demasiado ocupado para atender incluso el funeral de su propia hija. El universo no se ha colapsado, tal vez hay un mundo más allá de Limboland, ese mundo que nosotros llamamos Real. Adiós, Alice.

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Enclavado en los pasajes perdidos del Centro Histórico, “La Bodega” alberga un gran acervo de tomos previamente desechados por inconsciencia, incapacidad de almacenaje y a veces hasta por la muerte de sus antiguos dueños. Al fondo de “La Bodega” está “El Momento” una micro- cafetería más bien incrustada en el segundo nivel. Dos escritores contemporáneos admiran su obra con actitud arrogante. Debajo de la pata izquierda, una copia gastadísima de 'Alicia en el País de las Maravillas' nivela la mesa. — Nos lucimos — celebra el uno. — No lo sé, ¿crees que esté bien que todos crean que Alice murió? ¿Negarle al mundo una mujer de su belleza, privarlos de sus curvas, de sus ojos aceituna? — inquiere el otro. — Pues yo digo que sí. Nosotros la creamos ¿no es cierto? Hey, mira quién llegó... — Hola, amos. — Hola, Alice.

Is this the end? My only friend... the end.

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Odín Ramírez (México, 1982) Nací de los deseos de un emperador y una artista. Viví entre cerdos y demonios. Las pirañas me han mordido las alas cada dos años, pero aún vuelo porque sano pronto. Mi corazón es de chocolate es de chocolate amargo endulzado por las mieles del veneno humano. Soy gato trepador, soy grito desesperado, soy una sonrisa guardada en el ombligo para tiempos mejores. Soy un sueño de horchata, canela y libertad. Existo aquí en el reino de Irás y no Volverás; y si me visitas, te invito un helado. @reychoko Odeen Rocha (México, 1980) Comunicador por la UNAM, ha participado en antologías de cuentos como “Innombrable fantasía” y “¿Amor?” (Ediciones Shamra); “Vamp Fest” y “Antología Mexicana del Zombie” (El Under Ediciones), parte del colectivo poético y literario “Colectivo sin chofer” con cede en la ciudad de Buenos Aires. Poeta barbado de tren y transporte colectivo. Por las mañanas desayuna licuado con pan y se rebela contra el sistema por las tardes antes de comer. Gusta de construir robots y conversar con simios que visten traje y sombrero de detective. www.odeenrocha.com @OdeenR

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