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LASCAUX O EL NACIMIENTO DEL ARTE

En este libro he querido mostrar el eminente sitio de la caverna de Lascaux en la historia del arte y, de un modo más general, en la historia de la humanidad. Esta caverna, entre las diversas; obras que nos dejó el arte prehistórico, tiene para el arqueóloí go y el prehistoriador, a todas luces, el sitio más importante, pero para el hombre culto, apasionado por la historia del arte, posee un sentido incomparable: sus pinturas se encuentran en un estado excepcionalmente notable de conservación y son al mismo tiempo las únicas de las que se pueda decir, según la ex^ presión del más grande de ¡os pintores vivos, que no se ha h t{ cho nada mejor desde entonces. Hablar únicamente de Lascauxf y 110 de la totalidad de las cavernas pintadas, equivale a hablar^ de lo que interesa a todos los hombres: dignas de asombro^ hasta de admiración, las demás cavernas, debido sobre todo a un defectuoso estado de conservación, pertenecen por logeá neral al campo del arqueólogo y del prehistoriador, del espép cialista. Durante los desarrollos de este libro, insistí en el sentido| general que tiene para la humanidad la obra de arte: el probl|| ma se me imponía puesto que se trataba del arte más antiguó^ del nacimiento del arte, y no de uno de sus desarrollos entreg muchos otros, lil verdadero nacimiento del arte, la época en la , que había adquirido el sentido de una maravillosa aparidóib del ser humano, parecía antaño mucho más cercana a nosotro|| Se hablaba del milagro griego y era a partir de Grecia que el*

hombre nos parecía totalmente nuestro semejante. Quise sub­ rayar el hecho de que el momento de la historia más exacta­ mente milagroso, el momento decisivo, debía ser llevado mu­ cho más atrás. Aquello que diferencia al hombre del animal adquirió en efecto para nosotros la forma espectacular de un milagro, pero no es tanto del milagro griego del que debería­ mos hablar en lo sucesivo como del milagro de Lascaux. Esta manera de ver me inducía a demostrar hasta qué pun­ to la obra de arte se hallaba infinitamente ligada a la forma­ ción de la humanidad. Es eso, me parece, lo que ocurrió, de una manera quizá más significativa que en cualquier otra par­ te, en la caverna de Lascaux. Para demostrarlo, debí recurrir a los datos más generales de la historia de las religiones: sobre todo porque la religión, o al menos la actitud religiosa, que casi siempre se asocia al arte, fue en sus orígenes más solidaria que nunca con éste. En lo que concierne a los datos arqueológicos, me limité a utilizarlos tal como los prehistoriadores, mediante un inmenso trabajo que exigió en todo momento una extraordinaria pa­ ciencia -y con frecuencia genio-, los establecieron. Hay que decir aquí todo lo que este libro le debe a la obra admirable del abate Breuil, a quien estoy especialmente agradecido por la ayuda que me brindó con sus consejos cuando inicié este libro. Es el estudio arqueológico que llevó a cabo en Lascaux -y que el abate Glory continúa actualmente con éxito- lo que me permitió escribir esta obra. Debo también expresar toda mi gratitud a M. Harper Kelley por su amistosa asistencia. Por úl­ timo quiero agradecer a M. G. Bailloud, cuyos consejos me fueron particularmente útiles.

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El

EL

m ilagro de

NACIMIENTO

Lascaux

DEL

ARTE

La caverna de Lascaux, en el valle del Vézére, a dos kilómetros de la pequeña ciudad de Montignac, no es sólo la más bella, la más espléndida de las cavernas prehistóricas con pinturas; es/ en su origen, el primer signo sensible que haya llegado hasta" nosotros del hombre y del arte. Antes del Paleolítico superior, no podemos decir exacta­ mente que se trata del hombre. Un ser que en cierto sentido se asemejaba al hombre ocupaba las cavernas; en todo caso este hombre trabajaba, tenía lo que la prehistoria llama una indus­ tria, talleres donde se tallaba la piedra. Pero nunca realizó "obra artística". No habría sabido y, aparentemente, por lo demás, jcb- más tuvo deseos de hacerlo. La caverna de Lascaux, que sin¿ duda data, si no de los primeros tiempos, sí de la primera partej de la edad en que la prehistoria toma el nombre de Paleolítico superior, se sitúa en estas condiciones al comienzo de la htij manidad cabal. Todo comienzo supone aquello que lo antecel; de, pero hay un punto en que el día nace de la noche, y aquél cuya luz, en Lascaux, llega hasta nosotros, es la aurora de|a| especie humana. Es del "hombre de Lascaux" del que segui|¡p mente, y por primera vez, podemos al fin decir que, al hacer^ obra artística, se asemeja a nosotros, y que era, obviamente; nuestro semejante. Resulta fácil decir que lo fue imperfecto- mente. Carecía aún de muchos elementos -pero esos elemen-S- tos no tienen quizá la importancia que nosotros les darnos-^ más bien debemos subrayar el que haya dado pruebas de una!

virtud decisiva, de una virtud creadora, que no es ya necesaria en nuestros días. Pese a todo, es apenas muy poco lo que hemos añadido a los bienes que nuestros antecesores inmediatos nos legaron:

nada justificaría por nuestra parte el sentimiento de ser más arandes de lo que ellos lo fueron. El "hombre de Lascaux" creó de la nada ese mundo del arte, en el que empieza la comunica­ ción de los espíritus. El "hombre de Lascaux", de esta manera, se comunica incluso con la distante posteridad que para él es la humanidad actual. La humanidad actual a la que, mediante un descubrimiento de ayer, llegaron estas pinturas que la intermi­ nable duración de los tiempos no alteró. Este mensaje, parecido a ningún otro, solicita de nosotros el recogimiento más total del ser. Aquello que en la profundi­ dad de la tierra nos extravía y nos transfigura en Lascaux es la visión de lo más remoto. Este mensaje está además agravado por una extrañeza humana. Vemos en Lascaux una especie de ronda, una cabalgata animal, persiguiéndose a través de las pa­ redes. Pero no deja de ser semejante animalidad el primer sig­ no para nosotros , el signo ciego, y no obstante el signo sensible de nuestra presencia en el universo.

LASCAUX

Y

EL

SENTIDO

DE

LA OBRA

DE ARTE

Hemos encontrado las huellas de la multitud de los humanos, todavía rudimentarios, anteriores a los tiempos en que se for­ mó esa ronda. Pero son en primer lugar las de los cuerpos que, materialmente, fueron esos seres vecinos de nosotros: si han llegado hasta nuestros días, sus osamentas nos comunican sus rígidas formas. Muchos milenios antes de Lascaux (sin duda unos quinientos mil años) esos industriosos bípedos empeza­ ron a poblar la tierra. Fuera de esos huesos fósiles, sólo nos quedan las herramientas que nos dejaron. Tales herramientas prueban la inteligencia de esós antiguos hombres, pero esta in­

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teligencia, aún burda, sólo se relacionaba con los objetos son los "puñetazos" las astillas o las puntas de sílex de los que se servían; con esos objetos, o incluso con la actividad objetiva

que prosiguieron de esa manera

Nunca, antes de Lasca^

alcanzamos el reflejo de esta vida interior, cuyo arte —y única,

mente el arte- asume su comunicación, y de la que, en su ca­ lor es, si no la expresión imperecedera (estas pinturas y las producciones que ofrecemos de ellas no tendrán una duiaoán indefinida), al menos sí su duradera supervivencia. Parecerá sin duda ligero otorgarle al ¿irte este valor decisfe vo, inconmensurable. Pero este alcance del arte ¿no es más sqq|* sible en su nacimiento? Ninguna otra diferencia ha sido mas-

decisiva: ésta opone a la actividad utilitaria la figuración inútil; de esos signos que seducen, que nacen de la emoción y se.dIPf gen a ella. Volveremos sobre las explicaciones utilitarias que pueden ofrecerse a este respecto. Primero debemos señalar una oposición fundamental: es cierto, por un lado, y las razones" materiales aparentes lo dejan claro; la búsqueda desinteresa­

da se presta por el contrario a la hipótesis

obra de arte, tenemos primero que dejar la discusión de ladaf Si entramos en la caverna de Lascaux nos sentimos poseídas;! por una poderosa sensación que no experimentamos frentejfl las vitrinas en las que están expuestos los primeros restos deJo|| hombres fósiles o sus instrumentos de piedra. Es esa misMí* sensación de presencia -de clara y ardiente presencia- la'q p f nos provocan las obras maestras de todos los üempos.i&ii

cuando no lo parezca, es a la amistad, a la dulzura de la amj|| tad, a lo que la belleza de las obras humanas se dirige. ¿M? la belleza acaso lo que amamos? ¿No es la amistad la pasión interrogación siempre recomenzada cuya única respue la belleza?

Pero si se tratare!

Esto, que señala con más gravedad de lo que por lo gen» hace la esencia de la obra de arte (que atañe al corazón,a terés), debe ser dicho con insistencia de Lascaux. PrecisamSpfl

por la razón de que Lascaux se sitúa antes que nada en nues­ tras antípodas. Admitámoslo: la respuesta que Lascaux nos ofrece en pri­ mer lugar permanece en nosotros oscura, solamente inteligible a medias. Es la más antigua respuesta, la primera, y la noche de los tiempos de la que proviene está apenas atravesada de incier­ tos resplandores de débil luz. ¿Qué sabemos acerca de los hom­ bres que solamente dejaron de ellos esas incomprensibles som­ bras, aisladas de cualquier segundo plano? Casi nada. En todo caso que esas sombras son hermosas, tan hermosas a nuestros ojos como las más hermosas pinturas de nuestros museos. Pero conocemos la fecha de las pinturas de nuestros museos, el nombre del autor, el tema, el propósito. Conocemos las cos­ tumbres, las formas de vida que se les asocian, leemos la histo­ ria de la época que las vio nacer. No surgieron, como éstas, de un mundo del que apenas conocemos los escasos recursos, li­ mitados a la caza y a la colecta, o la rudimentaria civilización que creó, aquella de la que sólo dan prueba las herramientas de piedra o de hueso y algunas sepulturas. ¡Incluso la fecha de esas pinturas sólo puede ser evaluada a reserva de dejar en el espíritu una fluctuación que rebasa los diez mil años! Casi siem­ pre reconocemos a los animales representados y debemos atri­ buir el afán de figurarlos a alguna intención mágica. Pero des­ conocemos el lugar preciso que esas imágenes tuvieron dentro de las creencias y los ritos de esos seres que vivieron muchos milenios antes de la historia. Debemos limitamos a comparar­ las con otras pinturas -o con otras diversas obras artísticas- de la misma época y de las mismas regiones, que no son a nuestros ojos menos oscuras. Esas imágenes existen efectiva­ mente en gran cantidad: la sola caverna de Lascaux nos ofrece algunos centenares y existen otras, muy numerosas, en grutas de Francia y de España. Lascaux solamente nos aporta el con­ junto más bello, el más intacto de las más antiguas pinturas. De suerte que podemos decir que sobre la vida y el pensamien­ to de aquellos que fueron los primeros en damos de sí mismos

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esta profunda, aunque enigmática comunicación, que es una obra de arte aislada, nada nos instruye mejor. Frente a~nos¿ otros estas pinturas resultan milagrosas, nos comunican una fuerte e íntima emoción. Pero nos resultan inteligibles en Ja misma proporción. Se nos dice que hay que asociarlas a los encantamientos de cazadores ávidos por matar a la presa de¡la que vivían, pero esas imágenes nos conmueven, mientras que esa avidez nos deja indiferentes. De suerte que esta incompaj rabie belleza y la simpatía que despierta en nosotros nos deja&l dolorosamente suspendidos.

El hom bre de Lascaux

LA RIQUEZA DEL HOMBRE DE LASCAUX

Un trazado de luz rota, que recuerda una línea de relámpago, no deja de ofrecer en el incierto curso de la historia una espe­ cie de magia. En diversas ocasiones un gesto de conquista ha conducido moralmente a la humanidad —permitiéndole alcan­ zar, como a la salida de un sueño, aquello que hasta entonces sólo aparecía furtivamente-. La transformación del hombre, el tránsito del estancamiento invernal a la rápida florescencia de la primavera, parece haberse llevado siempre a cabo como una embriaguez. Como si, de pronto, se produjera una aceleración de los movimientos, una inesperada extralimitación que embria­ ga y que, como un alcohol, causa una sensación de poder. Una nueva vida empieza: esta vida ha conservado el rigor material que es su esencia, siempre es un combate arriesgado, pero las nuevas posibilidades que trae consigo tienen el sabor de un encantamiento. Habíamos pensado que, en la miseria de sus inicios, la hu­ manidad no había conocido ni esta euforia ni esta sensación de poder. Le reservábamos a Grecia este milagroso cariz. Otor­ gamos por lo general a los hombres del Paleolítico una apa­ riencia sórdida: seres sin belleza, casi animales, con toda la avi­ dez, sin el aspecto seductor, tranquilo, que es lo propio del animal. Los representábamos macilentos, hirsutos y sombríos, a imagen de esos miserables que viven en degradado estado en los terrenos baldíos que rodean nuestras dudades. Los des­ dichados poseen su grandeza y es más o menos la que las ilus-

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traciones de los libros escolares otorgan al hombre de las ca­ vernas. Vuelvo a ver, de esa manera, el inmenso y espantoso cuadro de Cormon, antaño célebre, que ilustraba los versos de Víctor Hugo:

Lorsque avec ses enfants vétus de peaux de bétes, Echevelé, livide au tnilieu des tempétes, Caín sefut enfui de devantJéhovah

Un sentimiento de maldición va asociado a la idea de esos primeros hombres. Mecánicamente, la maldición y la decaden^ cia de las clases inhumanas abruman en el fondo de nuestro pensamiento a seres que son hombres, sin poseer su dignj|*

Los hombres de los tiempos prehistóricos cometen sérf

gún nosotros el error, siendo hombres, de haber tenido sin embargo actitudes cercanas a las de los animales. No podíamos evitar esta reacción inconsciente: la idea de hombre se opone de una manera fundamental en nosotros ala de animal; de cualquier forma, los primeros hombros segura^ mente debían a su posición el carácter híbrido de la bestialfc| dad, que es lo propio, no del animal, sino del hombre que désfl conoce o que no ha reconocido aún su dignidad. Una de dosfl o los primeros hombres perdieron en parte la dignidad que lesf pertenecía desde un principio, o no la poseyeron inicialmentej. De tal suerte que en los orígenes de la humanidad advertimo infaltablemente la indignidad. No obstante, la indignidad no pudo haber sido lo pr del animal que se convertía en hombre. La indignidad i en el espíritu que imagina actualmente su actitud, pero elja mal, que no es humano, no puede ser indigno, y el horní que se separa del animal no puede serlo a nuestros ojos: esjaj un modo arbitrario como lo asimilamos a los que, desconocí^ do su dignidad, se comportan entre nosotros como Esas siniestras imágenes de los primeros hombres acucli frente a un cuerpo cuya carne devoran con todas sus fue

dad

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son categorías de nuestro pensamiento. Cuando mucho respon­ den al hombre de Neanderthal: pero es importante subrayar la diferencia fundamental del Homo sapiens con este último. Hasta donde podemos juzgar, el neanderthaliano y sus antepasados se desprendieron de manera progresiva del animal. No existe un umbral que podamos determinar exactamente entre ellos y el animal. Pero, desde un principio, el Homo sapiens fue nues­ tro semejante. Lo fue de la manera más tajante. Los recientes y sucesivos descubrimientos de la prehisto­ ria, de los que Lascaux, el más importante, es quizás el último (fue en 1940 cuando unos niños entraron en la caverna a tra­ vés de una salida apenas visible), han descartado esta noción de pesadilla. Pocas veces ha sido tan aparente el efecto de la dicha, de la facilidad del genio que resuelve la mayor dificul­ tad: no existe invención más perfecta ni más humana que la que nos comunican esas rocas en el comienzo de nuestra vida, para decirlo de algún modo. Un logro tan grande aleja el senti­ miento de una miseria inicial. Resultaba mezquino imaginar una terrible situación desde el origen, un sentimiento de des­ amparo que habría justificado lo peor. Ya no tenemos derecho de atribuirle al Homo sapiens reacciones semejantes a las de los groseros hombres que nos rodean y para quienes la fuerza bruta es la única verdad posible. Habíamos olvidado además que aquellos seres sencillos reían y que fueron sin duda los primeros, hallándose en la posición que nos asusta, en saber realmente reír. Los prehistoriadores tienen seguramente razón en propo­ ner como “excesivamente ruda y precaria" la vida de esos hom­ bres que empezaron. La duración de su vida era mucho más cor­ ta que la de hoy en día, como lo muestra la edad promedio de aquellos cuyas osamentas encontramos. Pero la escasa seguri­ dad no significa desdicha. Rara vez rebasaron los cincuenta años y la vida femenina era aún más precaria. Los mamíferos terminan por lo general su vida "en el momento en que des­ aparece, o se atenúa, la actividad sexual": efectivamente hacia

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los cincuenta años para el hombre y un poco antes para la mu* jer. "La larga supervivencia observada en nuestros días no es más que la consecuencia de los progresos realizados por la ci­ vilización." La posibilidad de tal supervivencia no era posible para el hombre de Lascaux. En principio, éste no podía expeii- mentar el desamparo que sugieren las condiciones de su exis­ tencia. La idea de desamparo es el resultado de una compara­ ción: por ejemplo, el desamparo sucede a la prosperidad, o la tormenta pone súbitamente en peligro a un buque que, sin ella, habría atravesado el mar sin problemas. El desamparo puede ser también el estado duradero de un hombre, de una familia, de una población. Pero entonces, para quien lo sufre, se define en relación con otras posibilidades. Sin duda concebimos en grado extremo un desamparo sufrido en la postración por se­ res que no tendrían ninguna clase de esperanza ni pudieran imaginar otra cosa que no fuera su miseria. Esta posibilidades excepcional. Casi siempre, aun precaria, la vida va acompaña­ da de las condiciones que la hacen posible. incluso en nuestros días, el buen humor se vincula sin pro­ blema a formas de vida que nos parecen horribles. Los tibeta- nos, que soportan sin ventanas y casi sin fuego los fríos polares; son alegres, risueños, proclives a la sensualidad. Igualmente/ los esquimales podían gemir cuando un misionero les quitaba la alegría al suprimir sus fiestas, ellos que, hasta entonces, vi­ vían cantando “como pajaritos" Colocados frente a los frescos de Lascaux, cargados s dida del gesto de la vida animal, ¿cómo atribuiríamos a aqüe¿ líos que los concibieron una pobreza contraria a la vida no hubiera conducido plenamente a esc nivel de la exuberancia, de la dicha, no habrían sentarla con esa fuerza decisiva. Pero resulta sobre todóramffi para nosotros que ella los agitaba humanamente: esa visiónw^ la animalidad es humana precisamente porque la vida q encama está en ella transfigurada, porque es bella y, razón, soberana por encima de la miseria imaginable.

EL PAPEL DEL GENIO

No podemos admitir a la ligera lo que atenuaría el sentido de estas pinturas. Tenemos que imaginamos a sus autores de una manera distinta a la que nos induce el hábito recibido. ¿Por qué tendríamos que dudarlo? Estos hombres de la era aurigna- ciana no debieron ser menos alegres, menos risueños y menos sensuales que los tibetanos. No sabemos casi nada de ellos. Es cierto. ¿Pero por qué atribuirles una seriedad que es más bien nuestra? La risa de los hombres debe comenzar en algún pun­

to. Se puede dudar de la risa del neanderthaliano, pero es se­ guro que el hombre de Lascaux reía. Y olvidamos el alivio que debió significar una risa naciente: para olvidarlo, nos basta con toda la seriedad de la ciencia. Vemos al hombre de esos tiem­ pos ora atenazado por la miseria, o al menos por la necesidad. Ora lo tomamos por un niño. Tampoco dudamos en comparar­ lo con el moderno "primitivo". Estas diversas representaciones tienen en sí mismas algún sentido, pero debemos liberarnos de unas y de otras. Resultaba extraño, como se ha intentado, comparar las obras

de las cavernas al emborronamiento de los niños

que descartar sobre todo una representación de los primeros tiempos que los asimile a la infancia. Los hombres del Paleolíti­ co no estaban asistidos como lo están nuestros niños. Su aban­ dono en la tierra hace pensar en el de esos jóvenes humanos que, de tiempo en tiempo, son criados por lobos: pero aquellos a los que la desdicha entrega más escasamente a la soledad de los animales no sobrepasan el retraso que para ellos resulta de esto. Loque distingue a los primeros hombres, es cierto que median­

te el esfuerzo de generaciones, fue el haber elaborado solos un mundo humano. La comparación que enfrenta al hombre aurignaciano con el primitivo actual es sin duda más digna de atención. Se aso­ cia al sentimiento que lleva a la ciencia moderna a dar a los “rezagados" de Australia, de Melanesia y de otras partes este

Tenemos

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aventurado nombre de "primitivos". Estos hombres poseen efec­ tivamente un nivel de civilización material cercano al de los auténticos primitivos. Pese a las evidentes diferencias, no po­ demos negar algunos puntos en común entre ellos. Incluso, a partir de ahí resulta fácil hacer una representación coherente. Las comparaciones se multiplican, los documentos se esclare­ cen. Los primeros hombres, tal como los modernos "primitivos*, habrían practicado la magia simpática y las danzas enmascara­ das, se habrían caracterizado por esta "mentalidad primitiva!

Admitiría hasv

ta cierto punto tales interpretaciones comparativas si no tuvi¿fj ra casi siempre la sensación de un error fundamental. Muchas' hipótesis son justificables (en su calidad, es cierto, de hipótesis);! pero no podemos imaginarnos al hombre de Lascaux imag¿Í nándonos al hombre rezagado de la actualidad. Por el contrario, debemos decirnos que el arte de Lascaux está muy alejado del arte "salvaje" Lascaux está más cerca de un arte lleno de varia­ das posibilidades, como lo fueron, si se quiere, el arte chino o el de la Edad Media. Por encima de todo, el hombre de Lascaux; por muy cerca que estuviera del polinesio de nuestros días, era aquello que aparentemente no es el polinesio, abrumado coiP el más incierto y el más complejo porvenir. á|

Cuando queremos imaginarnos a este hombre, que difenaí profundamente de nosotros, tenemos que tener presente enJáV mente el gesto que lo conducía y que lo sacaba del estana|| miento. Al menos en eso se asemejaba a nosotros: algo im ^ terminado nacía en él. El primitivo moderno, tras una interiné nable maduración, se mantiene en un nivel más cercanoá&3^ orígenes que el nuestro: pero hasta nuevo aviso en su de&mjp está el dejar de crear y seguir sin más búsqueda el triUadajT mino por el que, desde tiempos inmemoriales, se ha mante do su vida. Por nuestra parte, nosotros vivimos una época dé*" indefinido nacimiento: no importa mucho lo que dedd pues el mundo se altera y cambia en nosotros, como tariffili se alteraba y cambiaba, al menos desde el momento que ya|

que han deducido los estudios de la sociología

los inicios de la Edad del Reno a la plenitud de la caverna de Lascaux: el despuntar se caracterizó incluso por aquello que, en tiempos postreros, no habría de tener nunca más, y que es la disgregada luz de una aurora. No digo que aquellos hom­ bres hayan tenido esta clara y analítica conciencia a la que tan a menudo limitamos la conciencia. Pero el sentimiento de fuerza y de grandeza que los sostenía se hace quizá percepti­ ble en el movimiento que anima a los grandes toros de los frescos de Lascaux. Sin duda, el autor no debió rechazar una tradición que no era lo suficientemente fuerte como para re­ bajarla. Pero, en todo caso, surgía de esta tradición creando:

en la penumbra, a la luz abacial de las lámparas, excedía lo que hasta entonces se había hecho, creando lo que no existía un momento antes.

EL

NACIMIENTO

DEL JUEGO

Dos acontecimientos decisivos marcaron el curso del mundo; el primero es el nacimiento de la herramienta (o del trabajo); el segundo, el nacimiento del arte (o del juego). La herramienta es debida al Homo faber, a aquél que, no siendo ya animal, no era del todo el hombre actual. Por ejemplo, el hombre de Nean­ derthal. El arte empezó con el hombre actual, el Homo sapiens, que sólo aparece hasta principios del Paleolítico superior, en el Aurignaciano. El mismo nacimiento del arte debe relacionarse con la existencia previa de la herramienta. El arte no sólo su­ puso la posesión de herramientas y la habilidad adquirida para fabricarlas, o para manipularlas, sino que, en relación con la actividad utilitaria, tiene además el valor de una oposición: es una protesta contra un mundo que existía, pero sin el cual la misma protesta no habría podido tomar forma. Lo que el arte es antes que nada, y lo que sigue siendo por encima de todo, es un juego. Mientras que la herramienta es el principio del trabajo. Determinar el sentido de Lascaux, me re­

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fiero a la época cuya culminación es Lascaux, es ubicar el paso del mundo del trabajo al mundo del juego, que es al mismo

del Homo fab er al Homo sapiens, físicamente

del esbozo al ser acabado. Hasta ahora sólo quise hablar lo más rápidamente posible del Homofaber. Éste pobló la tierra durante los tiempos paleo; líticos medios y antecedió al hombre de Lascaux; pero tuve que

tiempo el paso

situar primeramente a este último en el orden temporal, du­ rante el paso del animal al hombre. Ahora, deseando sacar á

la luz a Lascaux, y con ello demostrar lo que significó ese paso i

debo precisar exactamente que, en el orden temporal, este pef riodo del Paleolítico -que antecedió a la Edad del Reno y

sitúa bajo el signo del trabajo y de la herramienta- se extiende! a lo largo de unos quinientos mil años: interminable camino^aü que responden nuevos yacimientos de piedra tallada, esquirlas"

y nuclei que la prehistoria ha clasificado según la factura y

cuyo orden de sucesión, en principio, ha sabido indicar. El pro-" blema aún consiste en saber si seres del género Home vivían ya antes, en la era Terciaria; pero las herramientas que fueron! las piedras talladas no aparecen en estratos anteriores a Ios del| Cuaternario. Cinco mil siglos no son nada junto a los doscieifl tos ochenta millones de años que tenemos que asignar^®! formación de los fósiles más antiguos. Quinientos mil años tmx

nen no obstante un sentido de inmensidad comparados con las pocas decenas de milenios que duró -del AurignadantrnS Magdaleniense- el Paleolítico superior, o la Edad del Rm E f con los quince mil años que nos separan del Magdalenieiasels (que cubren el Mesolítico, el Neolítico y la era de los métaíe|É que anteceden a la historia); con los cinco mil años de losfqwpl la historia nos informa. (Groseramente, podemos hablar de cinco mil años pai|||y| era histórica, de cincuenta mil para la entrada en escenapP- Homo sapiens, en el Paleolítico superior, de quinientos el Homo faber. Con excepción de la primera, estas fechas^^p hipotéticas: asimismo, es con muchas reservas como suponeiP

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jnos que, respecto de Lascaux, el hombre empezó a adornarlo con figuras animales hace cerca de treinta mil años.) Por muy imperfectas que sean estas aproximaciones, debe­ mos imaginarnos la relativa importancia de estos periodos si queremos captar el sentido de Lascaux; no debemos olvidar que

esos tiempos de aurora y de comienzo habían sido precedidos por el estancamiento secular de la vida humana, al menos en sus formas inacabadas, que caracterizaban a la fabricación de las herramientas y el trabajo. Tras un invierno de ciento cin­ cuenta mil años, los tiempos de Lascaux tendrían de esa mane­ ra el sentido de un primer día de primavera. El mismo clima parece haber sido menos inclemente, si no en los primeros tiempos de la Edad del Reno, al menos en el Aurignaciano su­ perior, al que, según parece, debemos atribuir las más bellas pinturas de la caverna. Pero esta comparación no resulta lógi­ ca, pues ese inmenso invierno no parece haber estado él mis­

mo precedido por una estación menos desfavorable

Fue en

última instancia un invierno en la medida en que las cuatro grandes glaciaciones, durante las cuales Francia sufrió con fre­ cuencia un clima siberiano, se extendieron precisamente a lo largo de todo este tiempo. Fue durante la cuarta glaciación, llamada de VVürm, cuando dio inicio el Paleolítico superior. Pero la época que siguió a este inicio vio cómo el clima se tem­ plaba. La fauna de los frescos de Lascaux es la de una región relativamente templada. La civilización material, las herra­ mientas y el trabajo de ese entonces diferían poco de lo que habían sido antes de la llegada del Homo sapiens, pero el mun­ do de antaño se vio fundamentalmente transformado: había perdido una parte de su rigor. La herramienta, pese a todo, se enriqueció y la tranquila actividad del hombre dejó de tener como único fin el trabajo: a partir de entonces, el arte añadía a la actividad útil una actividad de juego. No podríamos subrayar demasiado el hecho de que, antes de los inicios de la Edad del Reno, la vida humana, hasta donde difería de la animal, sólo se distinguía por el trabajo. Al menos

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cu un principio. No hemos conservado efectivamente la huella de otras importantes actividades humanas. La caza no era un trabajo en el sentido en que el término implica el tranquilo cálculo de la aplicación: era la prolongación de la actividad animal. En los tiempos que antecedieron al arte (la figuración),’ aparentemente, la caza era apenas humana por el tipo de aif mas empleadas. No fue sino mediante el trabajo con la piedra^ como el hombre se separaba entonces, de una manera absoi luta, del animal. Se separó del animal en la medida en que pensamiento humano le fue otorgado por el trabajo. El trabajo^ sitúa en el futuro, por adelantado, ese objeto que aún no i te, que es fabricado y en vista del cual el trabajo, simplemente^ se lleva a cabo. A partir de allí existen en la mente del hombre dos clases de objetos, unos ya presentes y los otros por venHjj El objeto anterior completa inmediatamente ese aspecto ya dc|f ble, y con ello la existencia de los objetos se perfila en la mentej; de uno a otro extremo. El claro lenguaje es posible, más allá del ladrido del deseo, en el momento en que, al designar aL objeto, se relaciona implícitamente con la manera en que ha| sido hecho y con el trabajo que suprime su primer estado y ga|| rantiza su empleo. A partir de ahí el lenguaje lo sitúa de modo! duradero en el transcurrir temporal. Pero el objeto extrae que lo enuncia de la sensibilidad inmediata. El hombre descnfp bre lo sensible cuando, mediante su trabajo, crea una obra de¿_ arte, más allá de las obras útiles.

EL

CONOCIMIENTO

DE

Y

LA M U ER TE

EL

INTERDICTO

Sin embargo el trabajo, antes del nacimiento del arte, tuvo de un principio esta decisiva consecuencia. Al remitirse áW mismos, esos seres que hacían, que creaban objetos, que¡e||| pleaban herramientas duraderas, comprendieron que mor|S! qu e había algo en ellos que no resistía, mientras que los fB|

al menos

La conciencia de la muerte se impuso

de ese modo desde esos antiguos tiempos, al final de los cuales encontramos el hábito de la inhumación. Sabemos de una pe­ queña cantidad de sepulturas de adultos y de niños en Europa y en Palestina, que datan, unas y otras, del final del Paleolítico medio. No antecedieron por mucho a la llegada del Homo sa­ piens pero los esqueletos que se encuentran ahí pertenecen al hombre inacabado de Neanderthal. Podríamos creer que esas reacciones tardías anunciaban el tránsito a un periodo diferen­ te de la humanidad. Pero, por una parte, el Homo sapiens no continuaba al Neanderthal, que no es más que un pariente le­ jano (procedía aparentemente de una rama colateral). Por otra

parte, las inhumaciones del cuerpo vinieron, en épocas infe­ riores, después de reacciones más generales, más antiguas, que casi siempre tuvieron como objeto únicamente el cráneo. El crá­ neo era la parte del cuerpo que no debía dejar de representar en la muerte al ser que lo habitaba. Los objetos podían cam­ biar, pero algo sobrevivía a su transformación: el cráneo, tras la muerte, era aún ese hombre con el que los sobrevivientes se relacionaban anteriormente. El cráneo fue para los seres rudi­ mentarios un objeto imperfecto, en cierto modo deficiente y que, de alguna manera, era ese hombre, pero que sin embargo ya no lo era: ese hombre estaba efectivamente muerto y su cráneo ya sólo respondía mediante una mueca a la interroga­ ción de una mente hecha a la permanencia de lo que es debi­ do a la manipulación de los objetos fabricados. De una cierta cantidad de hallazgos semejantes, en los que los cráneos fue­ ron aparentemente preservados con cuidado, podemos dedu­ cir que la humanidad más remota tuvo ya un oscuro senti­ miento de la muerte: esos hallazgos pertenecen efectivamente a diversos periodos del Paleolítico medio e inferior. Así, la pro­ longada fase del ser larvario que antecedió al pleno desarrollo no parece haber sido ajena a este conocimiento fundamental:

aquel ser se detenía frente al objeto privilegiado -la cabeza de

jetos resisten al paso del tiempo. Algo no resistía

algo se les escapaba

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un ser cercano- que por un lado era ese hombre apenas visto ayer, pero que al mismo tiempo anunciaba que ese hombre

no existía, que había muerto.

El neanderthaliano aparentemente sólo conoció de la vida h¿, mana la actividad útil que implicaba el discernimiento. Si espo? sible juzgar, tras el paso de un tiempo tan largo, la muerte, una vez dilucidada, introducía en la conciencia algo distinto a la da ridad y a la limitación de los objetos que los rodeaban. Pero la

muerte también p u d o-y sin duda a sifu e-

aportar algo masque

un elemento negativo: esa especie de inmensa fisura que nohi dejado de abrim os a otras posibilidades fuera de la acción efi¿ caz; esas posibilidades siguen estando aparentemente inexpiota|> das hasta este hombre con "cuello de cisne’ quefu e el aurignacia- no. La hum anidad anterior, según parece, se limitaba a traducir en interdicto el sentimiento que le inspiraba la muerte. ,¡^¡ Tales son algunas de las pocas palabras que es posible de­ cir en principio a propósito de la noche disipada por la aurora de Lascaux. Sólo podía ofrecer el sentido de esta aurora ha-! blando, primeramente, de la noche que la antecede. Pero antesj- de hablar por fin del día, voy a insistir en este elemento del£sj terdicto que, según las apariencias, se decidió en los tiempos de ' la noche.

" %

Pienso que hay una laguna en las consideraciones que setoa®. cen por lo general respecto a los tiempos prehistóricos. Losprefl historiadores examinan esos documentos acumulados poruña^ paciencia y un trabajo inmensos, catalogados por su sagac Los comentan tomando en cuenta las condiciones en las < vivieron los hombres examinados en sus trabajos. Pero, ¡ el único método que corresponde a una disciplina espec da, se limitan a reflexionar a propósito de estos documenta?? que representan su dominio propio. En su conjunto, no.planl tean el problema del paso del animal al hombre, de la vidalÉS distinta a la conciencia. Este problema pertenece a otro doínre

nio, sospechoso para la ciencia por definición; sin duda, pues como la psicología no deja de ser en sí misma una disciplina equívoca, el problema pertenece al campo de los filósofos. En consecuencia, resulta obvio que el científico tenga que descar­ tarla. Pero ¿no causaría acaso cierto inconveniente semejante laguna? Por su parte, los sociólogos llevan la reflexión a los he­ chos etnográficos, cuya precisa observación nos comunican aquellos que estudian las poblaciones arcaicas. De ese modo hablan de tabúes definidos, absolutamente descabellados casi siempre, relativos a algún punto en particular. Desdeñan un hecho general: la diferencia entre el animal y el hombre, con­ siderada en su totalidad, no sólo se apoya en las característi­ cas intelectuales y físicas, sino también en los interdictos que los hombres creen deber acatar. Si los animales se distinguen claramente del hombre, quizá se deba con mayor claridad a esto: que, para un animal, nada está nunca prohibido; el dato natural limita al animal, en ningún caso él se limita a sí mis­ mo. Pero los sociólogos —o los historiadores de la religión—no imaginan, en principio, que los muchos interdictos que enu­ meran y que con frecuencia estudian no deben depender de explicaciones en particular, sino que dependen de una expli­ cación global por la que el paso del estado animal, en el que el interdicto no interviene, al estado humano, donde se encuen­ tra obviamente el fundamento de las conductas humanizadas, es puesto en entredicho en su totalidad. Una vez más, el so­ ciólogo y el historiador de las religiones sólo toman en cuenta cada vez los tabúes particulares, sin pensar antes que, por lo general, no hay vida humana posible sin interdicto. Con mu­ cha más razón, los prehistoriadores ni siquiera se plantean el problema, puesto que, en su dominio, jamás encuentran do­ cumentos que den cuenta a sus ojos de la existencia de un interdicto. No obstante, la atención de la que fueron objeto los cadá­ veres o, de modo más general, los restos humanos, que como vimos actuaba ya mucho antes de los periodos paleolíticos su­

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periores, pero cuyos testimonios son más numerosos en esta época, basta para demostrar que las conductas humanas fren* te a la muerte son primitivas y en consecuencia fundamenta­ les. Desde el origen, sin duda, estas conductas implicaban un sentimiento de miedo o de respeto: en todo caso, un sentimie¿* to intenso que hacía de los restos humanos objetos diferentes de todos los demás. Esta diferencia se opuso desde un princi­ pio a la ausencia de interés por parte del animal. Por vez pri­ mera, la conducta del hombre frente a los muertos hace sentiíl la presencia de un nuevo valor: los muertos, al menos en siíl rostro, fascinaron a los vivos, que se esforzaron por pwhitiM su cercanía y limitaron ese vaivén común que cualquier ol§¡ jeto autoriza a su alrededor. Es en esta fascinada limitaci&|| impuesta por el hombre a la acción de los seres y de las cosa|f en lo que consiste el interdicto. Los objetos reservados por se^ mejante sentimiento aterrado son sagrados. La muy antigua! actitud frente a los muertos significa que la clasificación damental de los objetos se había iniciado, unos considerados^ sagrados y prohibidos, los otros vistos como profanos, manipife| lables y accesibles sin limitaciones. Esta clasificación domina; las acciones constitutivas del ser humano, frente a la cual nos- coloca la consideración de esos remotos tiempos y de los qu| Lascaux seguirá siendo el momento privilegiado, el del hóí bre al fin acabado.

EL

CONJUNTO

SOLIDARIO

DE

LOS

IN TERD ICTOS

El mundo de Lascaux, tal como nos esforzamos en vislumb^ lo, es antes que nada el mundo que organizó el sentimie! del interdicto: no podríamos penetrarlo si desde un prin^p no lo viéramos bajo esa luz. Además, no podríamos en ese plan limitamos a consic el interdicto ligado al terror de la muerte, cuya huella nece en el subsuelo. Las osamentas se preservaron: las ene

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tramós en la posición en la que fueron dejadas y, de ese mo­ do, podemos conocer la disposición que tuvieron con ellas los hombres que vivían hace miles de siglos. No sucede lo mismo con otras conductas, no menos fundamentales, que opusieron igualmente estos hombres a los animales. Los interdictos hu­ manos fundamentales componen dos grupos: el primero liga­ do a la muerte y el otro a la reproducción sexual y, de esa ma­ nera, al nacimiento. Del primer grupo sólo el interdicto que se refiere a los restos mortales corresponde a los tiempos prehis­ tóricos. Pero nada puede instruimos positivamente —o nega­ tivamente—acerca de la existencia en la misma época del in­ terdicto de asesinato, universal en su principio y que, como el anterior, se relaciona con la muerte. El segundo grupo, más inconexo, reúne el incesto, las prescripciones relativas a los pe­ riodos críticos de la sexualidad femenina, el pudor considerado en general, y por último los interdictos concernientes al emba­ razo y al alumbramiento. Resulta obvio que no podía llegar hasta nosotros ningún testimonio que se remonte más allá de la Era del Reno; para esta misma época no existe constancia de ningún documento que pueda informamos, positivamente o no, directamente o no. Pero en principio estamos seguros de la existencia universal de dos complejos de interdictos: nos ha­ llamos en presencia de un acuerdo general de los documen­ tos históricos y de las observaciones etnográficas. Si ahora aventuro que, en su conjunto, y al menos en su fundamento, todos estos interdictos se remontan, como el que concierne a los muertos, muy lejos, más lejos que la Era del Reno, no pue­ do ofrecer la prueba irrefutable. (Pero, recíprocamente, nadie podría ofrecer la prueba de lo contrario, de su inexistencia en esta fecha.) Apelo a la relativa coherencia de los actos del espí­ ritu humano. Sólo un vago e indiferente escepticismo podría ob­ jetar que la conciencia de la muerte, o la extrema atención que se daba a un cuerpo sin vida, provenían forzosamente del tra­ bajo. Podemos e incluso debemos dudar metódicamente del vínculo del interdicto del asesinato con el que alejaba el cadá­

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ver de los deudos del contacto con los animales o con otros hombres. Pero lo único que importa es la reacción fúndamete tal. Lo mismo ocurre con el complejo sexual que, siendo exac- tamente lo contrario, completa aquél cuyo objeto es la muerte* Ni siquiera por un momento podemos preguntamos si el íb£ cesto o el interdicto de las pérdidas femeninas se remontan a los tiempos más antiguos. El único problema que planteamos se refiere a la posibilidad de una conducta inicial y no a las particulares formas que asumió en los inicios. A este respectdp únicamente debemos preguntamos si esta conducta, como lf provocada por la muerte, no es una consecuencia inevit del trabajo. Se trata de saber si, en ese mundo creado por el tiH bajo y cuyos inicios se remontan al periodo comprendido ájt| tre la glaciación de Günz (la primera) y la de Mindel (la segugp:

da de las grandes glaciaciones del Cuaternario), la actividad sexual, como la muerte, no debía revelarse finalmente como

algo muy diferente. Muy diferente al trabajo y al retomo regular- de las claras relaciones que insertaba tanto entre los hombres

y los objetos como entre los diversos seres humanos. Si se toma;

en cuenta el conjunto de los interdictos que generalmente <te| terminan las reacciones de prohibición -y de angustia- frente"!

a lo que súbitamente se anuncia como algo muy

conjunto de los informes históricos y etnográficos nos muestra!

a una humanidad siempre de acuerdo con nosotros en este ásg-

pedo: para toda la humanidad conocida, el mundo del trat se opone al de la sexualidad y al de la muerte. Para la huí dad de la prehistoria más remota, que dejó únicamente erii nosotros las huellas más reducidas, sólo podía arrojarse lüzi un punto. ¿Pero no tenemos razón acaso en hacer en est|í rreno lo que la paleontología hace al reconstruir el conjun| partir del fragmento aislado que llegó hasta nosotros? Lo| altera un orden de cosas fundamental para el trabajo, lo que'í puede ser homogéneo al mundo de los objetos estables yfle nidos, la vida que se oculta o que surge, debió ser muy rápl mente puesto aparte, considerado según los casos como al|

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nefasto,, como algo perturbador o como algo sagrado. Si se exa­ mina bien, no existe una precisa distinción entre lo sexual y lo sagrado. Más adelante, captamos esto como algo de lo más ex­ traño: que ese perturbador dominio que sigue controlándo­ nos, se deja reducir, para aquel que mira lo más lejos posible, al de la vida animal -que no se halla sometida al trabajo—. Es también el dominio a cuya fascinación obedecemos en este li­ bro: el de la caverna de Lascaux.

LA SUPERACIÓN

EL JU EG O ,

EL

DE LOS IN TERD ICTOS:

ARTE Y LA RELIGIÓN

l o que tenemos a la vista, en este libro, es el nacimiento del arte. Tal como hoy en día Lascaux nos ofrece su más entraña­ ble imagen, su más espléndido aspecto, el más conmovedor. Pero, nuevamente, no podíamos separar la importancia de su nacimiento del estado larvario que lo antecedió. Es la salida de tal estado lo que tiene una primerísima im­ portancia, incluso si más adelante debemos reservar frente al del juego, que propiamente hablando es el único que tiene va­ lor de arte, el lugar de la intención mágica -y, a través de esta última, el del cálculo interesado-. Los prehistoriadores, que han hablado de la importancia relativa de una y otra, están de acuerdo actualmente en reconocer que ambas pudieron operar. Sin embargo, me temo que la intención mágica, y con ella el interés, tiene por lo general mayor preponderancia en su pensa­ miento. Me parece que siempre tienden, quizá por timidez, a hablar únicamente con reservas, en segundo lugar, de un ele­ mento de libre creación y de festejo, que para aquellos que crea­ ron esas imágenes de algún modo divinas pudieron represen­ tar. Insisten en el afán que tenían de herir, en la vía que define la magia simpática, a los animales por lo general representados, según el resultado buscado, con las flechas que los sacrifica­ ron. Sin duda alguna, debemos aceptar la existencia de una

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inteiu ión estrechamente material, perseguida a través de lañ*. flut'in ui de estas pinturas. En el espíritu de los hombres de Lasc.iux, la magia debió tener un lugar semejante al que ocupa entro los pueblos estudiados por la historia antigua y por la- etnografía. Sin embargo, es importante protestar contra la co¿* tumbre de atribuir un gran sentido a esa voluntad de accióní eficaz. Debemos admitir al fin que en toda operación ritual la:

búsqueda de un objetivo preciso es uno más entre otros en la$S

intenciones de aquellos que actúan: esas intenciones abarcad siempre la realidad entera, religiosa y sensible (estética). En tq^ das partes implican lo que el arte tuvo siempre como objeto:

creación de una realidad sensible que modificara el mundo ejl el sentido de una respuesta al deseo de lo portentoso, impücal do en la esencia del ser humano. ¿Cómo no ver el poco alcaná de las intenciones particulares de tal obra de arte, si se conside­ ra la constancia y la universalidad de este objeto? ¿Es acaso una obra de arte que se le escapó? Por consiguiente, siempre tendremos que desdeñar para este objeto lo que en la obra de arte es visto como algo aislado y mezquino. El elemento aislad do no sobrevive; la voluntad de lo portentoso nunca deja de> ser sensible para aquel que puede desdeñar la intención caída-

en el olvido.

¡J||

¿Qué importa, a final de cuentas, que ignoremos el estr^j:

cho sentido que tuvieron para aquellos que los edificaron les' prodigiosos alineamientos de piedras erigidas? Pero los de ron prodigiosos: es por eso que su voluntad siempre viva nS afecta en el fundo del corazón. ¿Será acaso diferente para esas\ pinturas que, por lo demás, no son todas reductibles a la dásiea| interpretación de la prehistoria? Sin ir más lejos, ¿qué signimaf el "unicornio* de Lascaux frente al cual se encuentra uno ajÉ| entrada de la caverna y que representa a un animal imagirap rio? ¿Qué significa la escena del fondo del pozo en la que, frenff te a un bisonte que pierde sus entrañas, se tiende un hon inanimado? Otras figuras fuera de Lascaux no son reductibj a la llaneza calculadora de la magia. ¿Por qué tendríamos (ñféf

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colocar explicaciones en todas partes a propósito de esos oscu­ ros orígenes? Cuando precisamente es obvio que el arte de imitar el aspecto de los animales mediante el grabado o la pin­ tura no pudo ser utilizado antes de existir y que, para existir, fue necesario que los primeros que se ejercitaron en eso hayan sido conducidos por casualidad y por juego. Es posible que la imitación de los gritos o de las actitudes haya llevado al dibujo de siluetas sobre una superficie. Esta posibilidad pasa por la interpretación de las líneas dejadas en relieve por los dedos, varios dedos a la vez, sobre la arcilla, o por los dedos mancha­ dos de un color sobre la roca. En algunas cavernas, especial­ mente en La Baume-Latrone, han sido halladas huellas de es­ tos ejercicios a los que los prehistoriadores dan el nombre de macaronis. A veces esas líneas adquieren forma. Las líneas ac­ cidentales de las superficies rocosas pudieron ser ellas mismas objeto de una interpretación que sirvió de punto de partida; es el caso del admirable cérvido de la gruta Bayol, en Collias, en Gard. Esta figura, que sin duda se remonta al mismo periodo de los macaronis de la gruta vecina de La Baume-Latrone, está trazada a partir de los relieves naturales de la pared, discreta­ mente subrayados por el color. Sólo el juego, en primer lugar, podía conducir a esos balbuceos. Lo que la calma y la inten­ ción de la actividad eficaz hicieron fue solamente utilizar el don del juego. De cualquier modo, el Homo fab er de los antropólogos (el hombre del trabajo) no se internó por esta vía a la que lo ha­ bría conducido el juego. Sólo el Homo sapiens (el hombre del conocimiento), que le sucede, la emprendió. La emprendió de modo tan resuelto que un arte lleno de maestría -de genio- no tardó en producir sus primeros esbozos. Nombramos Homo sapiens a aquel que abrió de esa manera el mundo estrecho del Homo faber. Pero dicho nombre no está justificado. El esca­ so conocimiento que se elaboró en los primeros tiempos se liga al trabajo del fa b et La aportación del sapiens es paradójica:

es el arte y no el conocimiento. El nombre lleva el testimonio

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del tiempo en el que, de modo más exclusivo que en la actu¿:

lidad, se admitió que el conocimiento distinguía al hombre de!

animal

Si se trata del hombre de la Era del Reno, en especy

del hombre de Lascaux, lo distinguimos con más claridad (fe aquel que lo antecedió al insistir no en el conocimiento sino* en la actividad estética que, en su esencia, es una forma de eo. La bella expresión de Huizinga, Homo ludens (el hoinb|í^ que juega, especialmente el admirable juego del arte), seguid mente le convendría más, e incluso es la única que le conven­ dría. Sólo ella daría con la precisión deseable la réplica áÁ j& k

berde Neanderthal. El faber permanecía trabado. Su impulso no l triunfó sobre la torpeza de las formas cuadrúpedas. Era, tnpe¡| mente, el vecino del antropoide. El aspecto logrado (que Jncpfil subrayan por oposicion los desechos, las frecuentes feaMaSefl de la humanidad), el garbo deliberado, soberano, del hombre’ risueño y seductor, del hombre-juego, empiezan con aquel al que el antropólogo no supo, hasta hoy, nombrar de una mane­ ra apropiada y para el que Huizinga fue el único en encontrad el nombre satisfactorio. Huizinga lo demostró: Homo ludetts no sólo conviene a aquel cuyas obras dieron a la verdad hu-l mana la virtud y el esplendor del arte; toda la humanidades) exactamente designada por él. ¿No es, por lo demás, el único^ nombre que opone a faber, que designa una actividad dinada, un elemento como lo es el juego y cuyo sentido ¿o| depende de ningún otro fin más que él mismo7 De cualqüi||| modo fue cuando jugó, y al jugar supo prestarle al juegq|||| permanencia y el maravilloso aspecto de la obra de arte, quejé hombre asumió el aspecto físico al que permaneció vine su dignidad. El juego no puede ser desde luego la causad ^ evolución, pero no es imposible que el torpe neanderthalianog no coincidiera con el trabajo y el hombre sutil con el suma¿f:

miento del arte. Nada prueba, es verdad, que el juego no haya . aligerado en alguna medida a la humanidad larvaria; tjp&ój/ ésta no tuvo la fuerza para crear ese mundo humano del jyeí;' go que asocia el significado del hombre al del arte, qué'flos.

liberó, aunque cada vez haya sido sólo por un tiempo, de la triste necesidad, y que nos hizo acceder de alguna manera a ese maravilloso brillo de la riqueza para el que siente haber nacido cada uno.

EL

INTERDICTO Y LA TRASGRESIÓN

Es conveniente que volvamos —en términos cuyo sentido se estrechó— a una oposición fundamental. Puedo ahora señalar con mucha mayor firmeza las consecuencias de la superación, la amplitud y la realidad del juego. Ya subrayé la relación entre los interdictos y el trabajo: los interdictos mantienen -si es posible, en la medida en que es posible- la organización del mundo mediante el trabajo, al mar­ gen de los trastornos que la muerte y la sexualidad acarrean incesantemente; esta persistente animalidad nuestra que in­ variablemente, si así se quier ■ver, aportan la vida y la natura­ leza y que son para nosotros como el barro del que surgimos. Cuando, en el Paleolítico superior, en la Era del Reno, el traba­ jo fue superado por el juego en forma de actividad artística, ésta era muy al principio trabajo, pero ese trabajo adquiría así el sentido de un juego. Durante tal deshielo el interdicto, que engendra el trabajo, había sido afectado a su vez. El interdicto, ese escándalo del espíritu, ese tiempo de suspensión y de es­ tupor, no podía simplemente dejar de ser. El escándalo, el estu­ por no intervenían menos, pero la vida los rebasaba de la mis­ ma manera que el juego rebasaba al trabajo. No poseemos ni podemos obviamente poseer claros testimonios en lo que res­ pecta a la prehistoria; los testimonios que abundan provienen de la humanidad que la historia o la etnografía nos permiten conocer, pero con toda claridad indican que un acto de trasgre- sión es la necesaria contrapartida de la suspensión, del retroce­ so y del interdicto. El festejo señala en todas partes el repenti­ no momento del levantamiento de las reglas cuyo peso debía

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