Notas previas al Ritual de exorcismos

PROEMIO A lo largo de la historia de la salvación, aparecen criaturas angélicas, unas estando al servicio del plan divino y proporcionando continua-mente una ayuda poderosa y arcana a la Iglesia, otras caídas, también llamadas diabólicas, las cuales, opuestas a Dios y a su obra y voluntad salvífica cumplida en Cristo, intentan asociar al hombre a su propia rebeldía contra Dios [1] . En la sagrada Escritura, el Diablo y los demonios son denominados de diversas formas, alguna de las cuales hace alusión en cierto modo a su naturale-za y a su actividad [2] . El Diablo, que es llamado Satanás, serpiente primordial y dragón, él mismo es quien seduce a todo el mundo y hace la guerra a aquellos que guardan los mandatos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús (cf. Ap 12, 9.17). Se le designa como enemigo de los hombres (1P 5, 8) y homicida desde el principio (cf. Jn 8, 44), puesto que por el pecado hizo al hombre sometido a la muerte. Porque con sus insidias provoca al hombre para que desobedezca a Dios, aquel Malvado es llamado Tentador (cf. Mt 4, 3 y 26, 36-44), mentiroso y padre de la mentira (cf. Jn 8, 44), que obra astuta y falsamente, como se muestra en la seducción de nuestros primeros padres (cf. Gn 3, 4.13), intentando que Jesús se desviara de la misión recibida del Padre (cf. Mt 4, 1-11; Mc 1, 13; Lc 4, 1-13), y, por último, en su apariencia de ángel de luz (cf. 2Co 11, 14). Se le llama también príncipe de este mundo (cf. Jn 12, 31; 14, 30), es decir, del mundo que yace entero en poder del Maligno (cf. 1Jn 5, 19) y no conoce la Luz verdadera (cf. Jn 1, 9-10). Finalmente, su poder se manifiesta como poder de las tinieblas, puesto que odia la Luz, que es Cristo, y arrastra a los hombres hacia sus propias tinieblas. Por su parte, los demonios, aquéllos que con el Diablo no observa-ron la hegemo-nía de Dios (cf. Judas 6), se hicieron réprobos (cf. 2P 2, 4) y son los espíritus del mal (cf. Ef. 6, 12), como espíritus creados que pecaron, y son llamados ángeles de Satanás (cf. Mt 25, 41; 2Co 12, 7; Ap 12, 7.9), lo que puede significar también que les ha sido confiada una misión por su maligno príncipe [3] . Las obras de todos estos espíritus inmundos, perversos, seductores (cf. Mt 10, 1; Mc 5, 8; Lc 6, 18; 11, 26; Hch 8, 7; 1Tm 4, 1; Ap 18, 2) las deshace la victoria del Hijo de Dios (cf. 1Jn 3, 8). Aunque «una ardua lucha contra los poderes de las tinieblas penetra toda la historia humana» y «se prolonga-rá... has-ta el último día» [4] , Cristo por medio del misterio pascual de su muerte y resurrec-ción nos «ha arrancado de la esclavitud del demonio y del pecado» [5] , destruyendo su poder, liberando todas las cosas de los contagios malignos. En efecto, puesto que la acción dañina y contraria del Diablo y de los demonios afecta a personas, cosas, lugares y se manifiesta de formas diversas, la Iglesia, siempre consciente de que "corren malos tiempos" (Ef 5, 16) ha orado y ora para que los hombres sean librados de las insidias del diablo. INTRODUCCIÓN GENERAL (Prænotanda) I

LA VICTORIA DE CRISTO Y EL PODER DE LA IGLESIA CONTRA LOS DEMONIOS 1. La Iglesia cree firmemente que hay un solo Dios verdadero, Padre, Hijo y Espíritu Santo, único principio de todo: creador de todo lo visible y lo invisible [6] . Además, Dios en su providencia conserva y gobierna todo lo que ha creado (cf. Col 1, 16) [7] y todo lo hizo bueno [8] . Incluso "el diablo (...) y los otros demonios ciertamente fueron creados buenos por Dios en cuanto a su naturaleza, pero éstos se hicieron malos por sí mismos" [9] . De ahí que también ellos mismos serían buenos, si hubiesen permanecido como habían sido creados. Porque hicieron mal uso de su excelencia natural, y no se mantuvieron firmes en la verdad (cf. Jn 8, 44), no pasaron a una naturaleza contraria sino que se separaron del Sumo Bien, al que debieron adherirse [10] . 2. Ciertamente el hombre fue creado a imagen de Dios "en justicia y santidad verdaderas" (Ef 4, 24) y su dignidad requiere que obre según una consciente y libre elección [11] . Pero abusó totalmente del don de su libertad, por persuasión diabóli-ca; fue sometido por el pecado de desobediencia (cf. Gn 3; Rm 5, 12) al poder del diablo y de la muerte, hecho esclavo del pecado [12] . Por eso "se extiende a través de los hombres una ardua lucha contra los poderes de las tinieblas, que, habiendo comenzado desde el origen del mundo, continuará hasta el último día, como dice el Señor" (cf. Mt 24, 13; 13, 24-30 y 36-43) [13] . 3. El Padre todopoderoso y misericordioso envió al Hijo de su amor al mundo para librar a los hombres del poder de las tinieblas y trasladarlos a su reino (cf. Ga. 4, 5; Col 1, 13). Por eso Cristo, "primogénito de toda criatura" (Col 1, 15), renovando al hombre viejo, vistió carne de pecado, "para destruir por su muerte a aquél que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo" (Hb 2, 14) y transformar por medio de su Pasión y Resurrección la naturaleza humana herida en una nueva criatura, por el don del Espíritu Santo [14] . 4. En los días de su vida mortal, el Señor Jesús, vencedor de la tentación en el desierto (cf. Mt 4, 1-11; Mc 1, 12-13; Lc 4, 1-13), expulsó con su propia autoridad a Satanás y a los demás demonios, imponiéndoles su divina voluntad (cf. Mt 12, 27-29; Lc 11, 1920). Haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo (cf. Hch 10, 38), manifestó la obra de la salvación, para librar a los hombres del pecado, de sus consecuencias y del autor primero del pecado, homicida desde el principio y padre de la mentira (cf. Jn 8, 44) [15] . 5. Cuando llegó la hora de las tinieblas, el Señor, "hecho obediente hasta la muerte" (Flp 2, 8), rechazó el ataque final de Satanás (cf. Lc 4, 13; 22, 53) por el poder de la Cruz [16] , saliendo triunfador sobre la soberbia del antiguo enemigo. Esta gloriosa victoria de Cristo se manifestó en la resurrección, cuando Dios lo exaltó de entre los muertos y lo sentó a su derecha y sometió todo bajo sus pies (cf. Ef 1, 21-22). 6. Para llevar a término su ministerio, Cristo dio a sus Apóstoles y a otros discípulos el poder de expulsar espíritus inmundos (cf. Mt 10, 1.8; Mc 3, 14-15; 6, 7. 13; Lc 9, 1; 10, 17.18-20). A ellos mismos les prometió el Espíritu Santo Paráclito, que procede del Padre por el Hijo, el cual convencerá al mundo acerca del juicio, porque el príncipe de

este mundo ya ha sido juzgado (cf. Jn 16, 7-11). Entre los signos que acompañarán a los creyentes, se incluye en el Evangelio la expulsión de los demonios (cf. Mc 16, 17). 7. La Iglesia ejerció, ya desde el tiempo apostólico, el poder recibido de Cristo de expulsar demonios y anular su influjo (cf. Hch 5, 16; 8, 7; 16, 18; 19, 12). Así pues, ora continuamente y con fe "en nombre de Jesús" para ser liberada del Maligno (cf. Mt 6, 13) [17] . Y en el mismo nombre, con el poder del Espíritu Santo, ordena de varias formas a los demonios que no obstaculicen la obra de la evangelización (cf. 1Ts 2, 18) y que devuelvan "al más fuerte" (cf. Lc 11, 21-22) el dominio de todos y cada uno de los hombres. "Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucris-to, que una persona o un objeto sea protegido contra el influjo del Maligno y substraída a su dominio, esto se llama exorcismo " [18] . II LOS EXORCISMOS EN EL MINISTERIO ECLESIAL DE SANTIFICAR 8. Según una tradición antiquísima de la Iglesia guardada sin interrup-ción, el proceso de la iniciación cristiana se ordena de tal manera que la lucha espiritual contra el poder del diablo (cf. Ef 6, 12) se signifique claramente y empiece a hacerse en la misma iniciación. Los exorcismos que se han de hacer en su forma simple, sobre los elegidos, durante el tiempo del catecumenado, o exorcismos menores [19] , son oracio-nes de la Iglesia, para que ellos, ins-truidos acerca del misterio de Cristo, que nos libra del pecado, sean liberados de las consecuen-cias del mismo y del influjo del diablo, sean fortalecidos en su camino espiritual, y abran el corazón para recibir los dones del Salvador [20] . Finalmente, en la celebración del Bautismo, los que van a ser bautizados renuncian a Satanás y a sus obras y seducciones y oponen a él su propia fe en Dios uno y trino. Incluso en el Bautismo de párvulos se hace la oración del exorcismo sobre los niños, "que van a sentir las seducciones de este mundo y van a tener que luchar contra los engaños del diablo", para que sean fortalecidos con la gracia de Cristo "a lo largo del camino de la vida" [21] . Por el baño de la regeneración, el hombre participa de la victoria de Cristo sobre el diablo y el pecado, cuando pasa "de aquel estado en el que (...) nace hijo del primer Adán al estado de gracia y "de adopción de hijos" de Dios por el segundo Adán Jesucristo" [22] , y es liberado de la esclavitud del pecado, por la libertad con la que Cristo nos liberó (cf. Ga 5, 1). 9. Los fieles, aunque renacidos en Cristo, sin embargo experimentan las tentaciones que hay en el mundo y, por eso, deben vigilar en oración y sobriedad de vida, porque su adversario "el Diablo, como león rugiente ronda buscan-do a quien devorar" (1P 5, 8). Al cual deben resistir firmes en la fe, confortados "en el Señor y en el poder de su fuerza" (Ef 6, 10) y sostenidos por la Iglesia que ora para que sus hijos se vean libres de toda perturbación [23] . Por la gracia de los sacramentos y especialmente por la celebración repetida de la penitencia reciben fuerzas para llegar a la plena libertad de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21) [24] . 10. El misterio de la divina piedad llega a ser más difícil de apreciar en nosotros [25] , cuando, permitiéndolo Dios, se presentan a veces casos de vejación peculiar o de posesión por parte del diablo de alguna persona agregada al pueblo de Dios e iluminada por Cristo para caminar como hijo de la luz hacia la vida eterna. Entonces el misterio de la iniquidad que obra en este mundo (cf. 2Ts 2, 7) se manifiesta claramente (cf. Ef 6,

12), si bien el diablo no puede traspasar los límites puestos por Dios. Esta forma de poder del diablo sobre el hombre se diferencia de aquella que por el pecado original llega al hombre, que es el pecado [26] . Ante estas realidades, la Iglesia implora a Cristo Señor y Salvador y, confiada en su fuerza, presta al fiel vejado o poseso infinidad de auxilios para ser liberado de la vejación o de la posesión. 11. Entre estas ayudas sobresale el exorcismo mayor solemne, también llamado gran exorcismo [27] , que es una celebración litúrgica. En efecto, por esta razón el exorcismo que "intenta expulsar los demonios o liberar del dominio demoníaco gracias a la autoridad espiritual que Jesús ha confiado a su Iglesia", es una súplica del género de los sacramentales [28] , pues se trata de un signo sagrado por el cual «se expresan efectos, sobre todo de carácter espiritual, y se obtienen por la intercesión de la Iglesia» [29] . 12. En los exorcismos mayores la Iglesia unida suplica al Espíritu Santo, que ayude nuestra debilidad (cf. Rm 8, 26) para alejar a los demonios, a fin de que no dañen a los fieles. La Iglesia, confiando en aquella insuflación por la que el Hijo de Dios después de su resurrección dio el Espíritu Santo, actúa en los exorcismos no en su propio nombre sino en el único nombre de Dios o de Cristo, el Señor, a quien todas las cosas, incluso el diablo y los demonios, deben obedecer. III EL MINISTRO Y LAS CONDICIONES PARA REALIZAR EL EXORCISMO MAYOR 13. El ministerio de exorcizar a los posesos se concede por una licencia peculiar y expresa del Ordinario del lugar, que normalmente será el mismo Obispo diocesano [30] . Esta licencia sólo debe ser concedida a un sacerdote piadoso, docto, prudente y con integridad de vida [31] y preparado para este oficio específicamente. El sacerdote, al que se encomienda el ministerio de exorcista establemente, o de manera puntual, realice este oficio de caridad con fe y humildad bajo la dirección del Obispo diocesano. En este libro cuando se dice "exorcista" siempre debe entenderse "sacerdote exorcista". 14. El exorcista, en el caso de una situación, que se dice de intervención diabólica, ante todo proceda con la necesaria y máxima circunspección y prudencia. De momento no crea fácilmente que está poseído por el demonio quien padece una enferme-dad, especialmente psíquica [32] . Tampoco crea sin más que existe posesión tan pronto como alguien asegure que de modo especial es tentado, afligido y hasta vejado por el diablo; pues su propia imaginación podría engañarle. Para no equivocarse, tenga también en cuenta las artes y fraude que usa el diablo para seducir al hombre y persuadir al poseso de que su enfermedad es natural o atañe a la medicina, con el fin de que no se someta al exorcismo. En todo caso, examine con exactitud si está verdaderamente atormentado por el demonio aquél de quien esto se afirma. 15. Distinga rectamente los casos de ataque del diablo de aquella credulidad con la que algunos, incluso fieles, se consideran objeto de un malefi-cio, una mala suerte o una maldición que han echado otros sobre ellos, sobre sus allegados o sus propios bienes.

No les niegue una ayuda espiritual, pero de ningún modo emplee el exorcismo; en cambio, puede rezar algunas oraciones oportunas con ellos y por ellos de modo que encuentren la paz de Dios. La ayuda espiritual tampoco se debe negar a los creyentes a quienes no llega a tocar el Maligno (cf. 1Jn 5, 18), pero que tentados por él lo están pasando mal, cuando quieren guardar fidelidad al Señor Jesús y a su Evangelio. Esto lo puede hacer también un presbítero que no sea exorcista, e incluso un diácono, usando preces y súplicas adecuadas. 16. Así pues, el exorcista no proceda a celebrar el exorcismo hasta que no esté seguro, con certeza moral, de que quien va a ser exorcizado está realmente poseído [33] por el demonio y, si es posible, contando con su consentimiento. Según la experiencia probada, los signos de la posesión del demonio son éstos: hablar en un lenguaje desconocido con muchas palabras o entender al que lo habla; descubrir acontecimientos distantes y secretos; mostrar unas fuerzas superiores a su naturaleza o edad. Estos signos pueden ser un indicio. Pero, dado que estos signos no deben ser considerados necesariamente como provenientes del diablo, conviene también prestar atención a otros, especialmente de orden moral y espiritual, que manifiestan de otro modo la intervención diabólica, como, por ejemplo, una aversión vehemente hacia Dios, al santísimo nombre de Jesús, a Santa María la Virgen y a los Santos, a la Iglesia, a la Palabra de Dios, a sus cosas, ritos, especialmente sacramentales, y a sus sagradas imágenes. Finalmente, la relación de todos estos signos con la fe y la lucha espiritual en la vida cristiana deben ser sopesados cuidadosamente, ya que el Maligno es ante todo enemigo de Dios y de cuanto vincula a los fieles con la acción salvífica de Dios. 17. Sobre la necesidad de emplear el rito del exorcismo, el exorcista juzgará prudentemente después de un diligente examen, guardando siempre el secreto de la confesión, tras haber consultado si es posible con expertos en asuntos espirituales y, en la medida en que sea necesario, con médicos y psiquiatras que tengan sentido de las cosas del espíritu. 18. En los casos que afecten a una persona no católica, y en otros más difíciles, llévese el asunto al Obispo diocesano, quien por prudencia puede pedir parecer a algunos expertos, antes de tomar la decisión acerca del exorcismo. 19. Realícese el exorcismo de tal manera que manifieste la fe de la Iglesia, y nadie pueda considerarlo como una acción mágica y supersticiosa. Hay que evitar que se convierta en un espectáculo para los presentes. Nunca se admita a ningún medio de comunicación social mientras se realiza el exorcismo, ni tampoco antes de llevarlo a cabo y una vez celebrado, ni el exorcista ni los presentes divulguen la noticia, guardando la debida discreción. IV LA CELEBRACIÓN DEL RITO 20. En la celebración del rito del exorcismo, póngase especial atención, además de en las fórmulas mismas del exorcismo, en los gestos y ritos, que tienen su primer lugar y sentido por emplearse dentro del tiempo de purifica-ción en el camino catecumenal.

Tales son el signo de la cruz, la imposición de manos, la insuflación y la aspersión con agua bendita. 21. El rito comienza con la aspersión del agua bendita, que siendo memorial de la purificación recibida en el Bautismo, defiende al fiel vejado contra las asechanzas del enemigo. El agua puede ser bendecida antes del rito o en el mismo rito antes de la aspersión, y, según la oportunidad, con una mezcla de sal. 22. Sigue la letanía, en la que se invoca la misericordia de Dios sobre el fiel vejado, por interce-sión de todos los Santos. 23. Después de la letanía el exorcista puede recitar uno o varios salmos, de los que imploran la protección del Altísimo y celebran la victoria de Cristo sobre el Maligno. Los salmos se recitan o en forma seguida o en forma responsorial. Terminado el salmo, el mismo exorcista puede añadir la oración después del salmo. 24. Después se proclama el Evangelio, como signo de la presencia de Cristo, que por su propia palabra proclamada en la Iglesia cura las enfermeda-des de los hombres. 25. A continuación, el exorcista, imponiendo las manos sobre el fiel vejado, invoca al Espíritu Santo, para que el diablo salga de aquél que fue hecho por el Bautismo templo de Dios. Al mismo tiempo puede soplar suavemente sobre el rostro del fiel vejado.

26. Entonces se recita el Símbolo de los Apóstoles o se renuevan las promesas de fe bautismales con la renuncia a Satanás. Sigue la Oración dominical, en la que se pide a Dios y Padre nuestro que nos libre del Mal. 27. Realizados estos ritos, el exorcista muestra al fiel vejado la cruz del Señor, que es fuente de toda bendición y gracia, y hace la señal de la cruz sobre él, mediante la cual se manifiesta el poder de Cristo sobre el diablo. 28. Finalmente, pronuncia la fórmula deprecativa, por la que se invoca a Dios, y la fórmula imperativa, por la que en nombre de Cristo se conjura directamente al diablo para que salga del fiel vejado. No se utilice la fórmula imperativa sin haber pronunciado antes la fórmula deprecativa. En cambio, la fórmula deprecativa puede emplearse incluso sin la imperativa. 29. Todo lo dicho, en la medida en que sea necesario, puede repetirse, atendiendo a lo que se advierte más abajo en el número 34, en la misma celebración, o en otro tiempo, hasta que el fiel vejado sea liberado del todo. 30. El rito se concluye con la fórmula de acción de gracias, oración y bendición. V COMPLEMENTOS Y ACOMODACIONES

31. El exorcista, recordando que el linaje de los demonios no se puede expulsar si no es por la oración y el ayuno, procure que, a ejemplo de los Santos Padres, para impetrar el auxilio divino se pongan ante todo estos dos remedios en cuanto sea posible, ya sea por sí mismo o por otros. 32. El fiel vejado debe, si le es posible, especialmente antes del exorcismo, orar a Dios, practicar la mortificación, renovar frecuente-mente la fe del Bautismo recibido, acercarse más a menudo al sacramento de la reconcilia-ción y fortalecerse con la sagrada Eucaristía. Pueden ayudarle en la oración familiares, amigos, el confesor o director espiritual, si su oración se facilita por la caridad y presencia de otros fieles. 33. El exorcismo, a ser posible, realícese en un oratorio o en otro lugar oportuno, alejado de la multitud, donde esté presente de manera relevante la imagen del Crucificado. También debe tenerse allí una imagen de la Virgen María. 34. Teniendo presentes las condiciones y las circunstancias del fiel vejado, el exorcista use libremente las distintas posibilidades propuestas en el rito. Por tanto, en la celebración mantenga la estructura, determine y escoja las fórmulas y oraciones que sean necesarias, acomodando todo a las circunstancias de cada persona: a) Ante todo atienda al estado físico y psicológico del fiel vejado, y a las variaciones posibles en su estado dentro del día o incluso la hora. b) Cuando no está presente ningún grupo de fieles, ni siquiera pequeño, no olvide el exorcista, como lo exige la prudencia y la sabiduría de la fe, que en sí mismo y en el fiel vejado está ya la Iglesia; recuérdese al mismo fiel. c) Procure siempre con empeño que el fiel vejado, durante el exorcismo, si es posible, se recoja totalmente, se vuelva hacia Dios y le pida la liberación con fe firme y con toda humildad. Y cuando sea vejado con más fuerza, sopórtelo pacientemente, no desconfiando nunca de la ayuda de Dios recibida por el ministerio de la Iglesia. 35. Si parece conveniente admitir a la celebración del exorcismo a algunos acompañantes escogidos, se les debe exhortar a que oren con empeño por el hermano atribulado, bien privadamente, bien según el modo indicado en el rito, pero absteniéndose de utilizar cualquiera de las fórmulas del exorcismo, ya sea deprecativa o imperativa, que sólo deben ser pronunciadas por el exorcista. 36. Conviene que el fiel, una vez liberado del acoso, ya sea a solas ya en compañía de sus familiares, dé gracias a Dios por la paz recibida. Además, se le ha de recomendar que persevere en la oración, inspirándose principalmente en la Sagrada Escritura, que frecuente los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, y lleve una vida cristiana llena de obras de caridad y amor fraterno para con todos. VI LAS ADAPTACIONES QUE COMPETEN A LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES

37. Es propio de las Conferencias de los Obispos: a) Preparar las traducciones de los textos, guardadas exactamente la integridad y la fidelidad. b) Adaptar, con la aprobación de la Santa Sede, los signos y gestos del mismo rito, si se juzga oportuno o útil, teniendo en cuenta la cultura y el carácter del propio pueblo. 38. Además de la traducción de los Prænotanda , que debe ser íntegra, las Conferencias de los Obispos, si les parece oportuno, pueden añadir el Directorio pastoral sobre el uso del exorcismo mayor , para que los exorcistas no sólo entiendan más profundamente la doctrina de los Prænotanda y aprendan más plenamente el significado de los ritos, sino también para que se recojan de maestros probados las orientaciones acerca del modo de obrar, hablar, interrogar, y juzgar. A tenor del derecho, estos directorios, en cuya preparación pueden colaborar sacerdotes expertos por su formación científica y madura experiencia en el ejercicio prolongado de este ministerio del exorcismo por diversas regiones y culturas, han de ser confirmados por la Sede Apostólica. [1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 332, 391, 414, 2851. [2] Cf., ibidem , nn. 391-395, 397. [3] Cf. ibidem , n. 394. [4] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes , n. 37. [5] Cf. ibidem , n. 12. [6] Cf. Conc. Lateran. IV, Cap. 1 De fide catholica , Denz-Schönm. 800; cf. Pablo VI, Profesión de fe : AAS.60 (1968) 436. [7] Cf. Conc. Vatican. I, Const. dogm. Dei Filius sobre la fe católica, cap. I. Sobre la creación de todas las cosas, Denz.-Schönm. 3003. [8] Cf. San León Magno, Carta Quam laudabiliter a Turribio, c. 6, Sobre la naturaleza del diablo, Denz.-Schönm. 286. [9] Conc. Lateran. IV, Cap. 1 De fide catholica , Denz-Schönm. 800. [10] Cf. San León Magno, Carta Quam laudabiliter a Turribio, c. 6, Sobre la naturaleza del diablo, Denz.-Schönm. 286. [11] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes , n. 17. [12] Cf. Conc. Trid., Sesión V, Decreto sobre el pecado original, nn. 1-2, Denz.Schönm. 1511-1512.

[13] Concilio Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes , n. 37.; cf. ibidem , n. 13; 1Jn 5, 19; Catecismo de la Iglesia Católica , nn. 401, 407, 409, 1717. [14] Cf. 2Co 5, 17. [15] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica , nn. 517, 549-550. [16] Cf. Misal Romano , Prefacio I de Pasión. [17] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica , nn. 2859-2854. [18] Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1673. [19] Cf. Ritual Romano , Ritual de Iniciación cristiana de adultos, n. 101; cf. Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1673. [20] Cf. ibid. , n. 156. [21] Cf. Ritual Romano , Ritual del Bautismo de Niños, n. 215, p. 142. [22] Conc. Trid., Sesión VI, Decreto de la justificación, Cap.IV, Denz-Schönm. 1524. [23] Cf. Misal Romano , Embolismo después del Padrenuestro. [24] Cf. Gal 5, 1; Ritual Romano , Ritual de la Penitencia, n. 7. [25] Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia , nn. 14-22: AAS 77 (1985) 206-207 y la Carta Encíclica Dominum et vivificantem , n. 18: AAS 79 (1986) 826. [26] Cf. Conc. Trid., Sesión V, Decreto sobre el pecado original, can. 4 y 5, DenzSchönm. 1514-1515. [27] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1673. [28] Cf. ibidem. [29] Conc. Vat. II, Const. de Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium , n. 60. [30] Cf. C.I.C ., can. 1172, 1. [31] Cf. ibid., 1172, 2 [32] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1673. [33] Cf. Benedicto XIV, Ep. Sollicitudini (1 oct. 1745), n. 43; cf. C.I.C . a. 1917, can. 1152, 2.

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