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UN HOMBRE LLAMADO...

KRISHNAMURTI

Lo que sigue es una conversación sostenida en 1988 por Fabio Zerpa, con Armando Clavier sobre el tema:
KRISHNAMURTI y su enseñanza, Clavier es autor de cuatro libros: “Aproximación a Krishnamurti”, “Presencia
de Krishnamurti”, “Vigencia con Krishnamurti” y “Caminar con Krishnamurti”. Desde hace muchos años es el
traductor exclusivo de toda obra de Krishnamurti para el mundo de habla hispana.

Ha penetrado a niveles excepcionales en la esencia viva de esta enseñanza espiritual, una de las más
profundas y esclarecedoras que haya conocido la Humanidad y hoy Armando Clavier “ve” a Krishnamurti.

Fabio Zerpa: Desde que Krishnamurti, en 1986, murió, ¿cómo cree que repercutió sobre el interés del mundo
por su enseñanza?.

Armando Clavier: No lo sé. Si ese interés se basaba solamente en su existencia física, habrá de decaer, es
obvio. Si el interés iba más allá y se vinculaba con la enseñanza misma... bueno, nada ha cambiado,
¿verdad? Está ahí, viva, vigente.

F.Z: Sin embargo, Krishnamurti era personalmente un polo de atracción. Viajaba por el mundo, inducía una
corriente humana hacia los centros de su actividad –Suiza, USA, La India, Londres... – Eso promovía incluso
la venta de sus libros, se había convertido en una figura mundial. Tengo entendido que últimamente habló en
las Naciones Unidas.

A.C: Sí, invitado por la Sociedad “Pacem in Terris”.

F.Z: Todo eso, ¿no era una constante realimentación de su popularidad, que al mismo tiempo contribuía a que
la gente se interesara por su obra?.

A.C: Su obra es independiente del personaje.

F.Z: ¿Para cuantos?

A.C: ¿Cuántos...?

F.Z: ¿Cuántos son los que pueden haber captado la cosa independizándola de la autoridad personal de
Krishnamurti hasta el punto de que su muerte no significó un apagamiento del interés?

A.C: ¿Quién lo sabe? ¿Pero es eso lo que en realidad importa? Vamos a ver: ¿Cuál es el objeto de este
reportaje?

F.Z: Dar a nuestros lectores un panorama lo más claro posible de Krishnamurti y su enseñanza. Creo que muy
pocos lo comprendieron. ¿Por qué?

A.C: Por la misma razón de que el mundo está como está. Los mismos factores que han generado una
sociedad humana como ésta, son los que traban la comprensión de una enseñanza como la de Krishnamurti.

F.Z: ¿Qué factores?

A.C: Hay uno que es el básico, el dominante, la naturaleza egocéntrica, aislada y autoprotectora de la mente
que gobierna nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. Esa mente ha proyectado una organización
humana como la que conocemos, y esa misma mente bloquea la comprensión de lo simple y diáfano que es
el nudo de toda esa enseñanza.

F.Z: ¿Cómo definiría eso que llama “simple y diáfano”?

A.C: La imperiosa necesidad de cambiar drásticamente los cimientos de nuestra estructura mental.
F.Z: Un cambio de cimientos implica el derrumbe previo de la estructura.

A.C: No diría “previo”. Sí el derrumbe.

F.Z: No se puede llegar a los cimientos sin antes echar abajo la estructura.

A.C: Cuidado con las metáforas. Una cosa es un edificio y otra cosa es la mente humana. Las estructuras
mentales o psíquicas y los cimientos que las soportan constituyen un todo indivisible. No se puede determinar
dónde empiezan o dónde terminan. Cuando uno dice que es imperioso un cambio en los cimientos, se refiere
a las bases primarias de sustentación psicológica. Lo psicológico son las estructuras en movimiento
permanente, diría caleidoscópico, y también los cimientos milenarios que constituyen la conciencia colectiva
de la Humanidad. El intercambio es constante e incesante.

F.Z: ¿Los cimientos serían entonces el “Inconsciente Colectivo”?

A.C: Las capas profundas de la conciencia merced a las cuales no hay ninguna diferencia esencial entre
nosotros.

F.Z: ¿Cómo es eso?

A.C: “Eso” es el miedo, es la búsqueda permanente de seguridad y placer, y las consecuencias individuales,
sociales y mundiales que de ahí se derivan. Dos hombres – o un millón de hombres – que temen, se igualan a
través de su temor.

F.Z: Hay temores y temores.

A.C: Hay objetos y objetos de temor. Yo le tengo miedo a esto y usted le tiene miedo a aquello. Esto y aquello
cambian. El miedo es siempre miedo.

F.Z: Pero es “mi” miedo y “su” miedo.

A.C: Ese es el problema, que lo sentimos así. Y el sentirlo así concierne a esa estructura mental de que
hablábamos. El sentimiento de separación, la ilusoria certidumbre interna de una individualidad única y
diferente de todas las demás.

F.Z: Pero es que somos diferentes.

A.C: Por supuesto, nuestras fotografías muestran a dos personas diferentes.

F.Z: En lo interno también.

A.C: ¿Las radiografías...?

F.Z: Los electrocardiogramas, los encefalogramas, el ritmo cerebral... Es como con las huellas dactilares. No
hay dos personas que sean exactamente iguales.

A.C: Físicamente.

F.Z: Y psíquicamente. Cada una tiene su historia personal, su propio modo de sentir, de pensar. Hay miles y
miles de elementos que se combinan para formar la psicología de un individuo. Jamás pueden combinarse de
la misma manera en dos. Ni siquiera en los gemelos.

A.C: Sin embargo, siendo tan únicos y diferentes unos de otros, formamos multitud cuando se trata de un
interés común, ya sea político, deportivo, religioso o lo que fuere. ¿Qué es lo que ahí nos iguala tanto?
F.Z: Usted lo dijo, el interés común. Pero eso no quiere decir que las diferencias no subsistan en lo interno de
cada uno de los individuos que momentáneamente forman parte de la multitud. Cuando la multitud se
disuelve, cada cual sigue siendo cada cual.

A.C: ¿Forman parte de la multitud o “forman” la multitud? No es que quiera hacer una distinción semántica, la
diferencia es fundamental y va a la raíz del problema. Al formar la multitud, los supuestos “individuos únicos”
revelamos la auténtica naturaleza de la psiquis que maneja nuestros pensamientos y acciones. Hay un
poderoso estímulo que conmueve cimientos y estructuras, y lo que aflora es la condición básica de nuestra
naturaleza humana. ¿Cuál es el interés común capaz de llevarnos a formar multitudes?

F.Z: Son muchos.

A.C: Pero básicamente, ¿no es siempre el miedo, la promesa que nos asegura algo, el deseo de triunfo, el
odio al contrario – que a su vez también forma multitud? ¿Hubo alguna vez una multitud que no estuviera
amalgamada por esos principios básicos: el miedo, la seguridad y el placer?

F.Z: O el dolor...

A.C: El dolor que busca convertirse en placer. Hay situaciones, un partido de fútbol, una conmemoración
religiosa, una manifestación política, una exaltación belicista, un festival de rock... tantas cosas. Ninguna de
ellas existe sin los individuos que las crean. ¿Sobre qué bases crean los individuos esas situaciones por las
que luego se sienten convocados?

F.Z: Esta bien, pero eso concierne a lo social. Las personas no pueden existir aisladamente. Pienso que el
mismo principio que les hizo agruparse en sociedades, de pronto crea situaciones multitudinarias. Una
cuestión de solidaridad, de bien común, de alegría compartida... también de miedo compartido...

A.C: ...odio compartido, ambición compartida, violencia compartida, ignorancia compartida. ¿Por qué no amor
compartido?

F.Z: Eso también.

A.C: ¿Por ejemplo?

F.Z: Amor a la libertad. Hay grandes multitudes que se congregan en el mundo por un anhelo común de
libertad ¿No es eso un amor compartido?

A.C: “Un” amor... Cuando hay tiranía, cuando las bases de nuestra seguridad física tambalean, cuando
nuestra supervivencia biológica está amenazada, cuando un sistema nos asfixia y coarta nuestros
movimientos, llega – veces – un momento en que estallamos y clamamos por “libertad”. Libertad de seguir
siendo lo que siempre hemos sido: individuos separados, egocéntricos, dueños de hacer lo que nos plazca,
así sea a costa de otros semejantes. Como en mi sentir,esto que llamamos “la enseñanza de Krishnamurti” es
vida, acción que busca expresarse a través de palabras, el único modo de abordar un diálogo en relación con
eso, es hacerlo también vitalmente, activamente. O sea, cualquiera que pueda ser el inicio de un diálogo
semejante, la cosa tiene que seguir un curso natural, no dirigido por una finalidad intelectual previamente
establecida.

F.Z: El curso que la propia vida imponga el diálogo.

A.C: Exacto. Entendiéndose por “vida” el fluir de un auténtico movimiento de investigación que tiene lugar en
las mentes de quienes dialogan. Como usted ha leído a Krishnamurti, y hace años que esa obra ha estado en
el foco de su interés, la cosa se facilita bastante. En el correr de nuestra conversación surgen puntos
directamente relacionados con el corazón de la enseñanza, y es natural que se expresen. Aceptar los
postulados de una enseñanza como esa sin haberlos explorado, cuestionándolos, incluso negándolos hasta
no haberlos captado, hasta no haberlos incorporado como parte vital de uno mismo, es la mejor manera de
desvirtuar la enseñanza. Y esa es la razón de que usted plantee estos cuestionamientos acerca de algunos
puntos que van surgiendo durante el diálogo. No es por una mera cuestión de hacer “el abogado del diablo”.
F.Z: Tal vez un poco de eso haya también. Entre otras cosas, uno es periodista.

A.C: Entonces forma parte natural de usted y se incorpora vitalmente al diálogo. A lo que quiero llegar es a
que, la mejor manera de hablar de Krishnamurti y de su enseñanza con un sentido creativo y revelador, es
hablar lo menos posible de Krishnamurti y de su enseñanza.

F.Z: Es difícil, al menos lo es para mí.

A.C: Lo intentamos hablando y tanteando vías de acceso. Usted empezó preguntando qué influencias tendría
la muerte de Krishnamurti sobre el interés del mundo por su enseñanza.

F.Z: Pregunté es lo primero que pensé cuando murió

A.C: ¿Qué sintió cuando pensó eso?

F.Z: Tristeza. Aunque uno hubiera profundizado mucho en la enseñanza...

A.C: Es una lástima...

F.Z: Sí, puede ser... Lo que quiero decir es que igualmente era bueno saber que estaba ahí, vivo, hablando,
entregando su mensaje.

A.C: Era como un seguro viviente contra la estupidez humana. Era bueno saber que teníamos ese seguro ahí;
era grato, satisfactorio. Y cuando murió, sentimos que en el mundo se había formado un enorme hueco donde
antes había usina de vida, de belleza, de inteligencia. Y eso nos hizo sentirnos inseguros. Y cuando uno se
siente inseguro, hay temor, angustia, tristeza, desorientación. La pregunta es: ¿Qué significado real tenía la
presencia viva de Krishnamurti si uno no se había consubstanciado con la enseñanza hasta convertirla en el
aire, el sol y el pan psicológico de cada día? Usted lo expresó bien: una especie de seguro, era bueno saber
que estaba ahí... mientras que aquí todo seguía igual. En ese sentido, la muerte de Krishnamurti no va a
modificar nada que no haya modificado en vida.

F.Z: ¿Y lo que sí ha modificado?

A.C: Usted quiere decir lo que ha cambiado profundamente; pregunta si aquellos que en verdad asimilaron la
esencia del mensaje y ésta llegó hasta los cimientos y hubo destrucción y creación, si a ellos la muerte de
Krishnamurti los afectó de algún modo. Emocionalmente sí, desde luego, ¿cómo no iba a afectarlos? Era un
gran amigo el que ha muerto. El más grande e irrepetible de los amigos que un ser humano haya podido
tener, lo conociera personalmente o no. Es natural llorar la muerte de un amigo semejante, la muerte de un
ser inmensamente querido. Pero eso concierne al tiempo, a nuestro fluir entre los dos extremos del fenómeno
biológico.

F.Z: ...no solo biológico...

A.C: Digamos “psicosomático” – la biología vinculada a lo psicológico y viceversa. Pensamientos,


sentimientos, emociones, apegos, simpatías, antipatías, opciones personales con miras al placer, a la
gratificación, a la realización individual o del grupo al que pertenecemos, etc., etc. Desde que esta cosa
empieza –gestación, nacimiento- hasta que termina –enfermedad o accidente o vejez y muerte- hay un
transcurrir al que llamamos vida. En esta vida había un ser llamado Krishnamurti, el cual llenaba un vasto
espacio psicológico de la Humanidad y al cual muchos estuvimos vinculados, y su muerte fue un
desgarramiento en fibras muy profundas. Punto. Pero lo que significó como totalidad el hecho en sí de su
existencia, excede inmensamente, inexpresablemente, los límites de nuestro tiempo psicológico personal. En
la palabra “existencia” incluyo los dos extremos de la parábola vida-muerte, y al propio tiempo los extremos se
disuelven y la parábola se vuelve infinita.

F.Z: ¿No es un lenguaje muy abstracto y metafórico?


A.C: A veces no hay más remedio. Estas, metáforas, si surgen espontáneas como una necesidad apremiante
de expresar lo que no entra en el redil de las palabras, pueden hacer impacto en el otro y recrear la
percepción que las originó

F.Z: Como la poesía.

A.C: En esencia vivir humanamente es un hecho poético, y a veces las expresiones verbales al respecto
pueden adquirir formas afines, metáforas, imágenes. Abstracciones no. No es un lenguaje abstracto. Por
supuesto, si sólo se tratara de “hablar lindo”, la cosa no tendría sentido. Sale así porque el hecho percibido
encuentra ese cauce para comunicarse. La diferencia con la poesía propiamente dicha, es que aquí no se
trata de vivencias o experiencias que pasan por un centro personal, y las palabras no se dirigen al centro
personal del otro. No se trata de revivir en el otro las propias experiencias de dolor o de alegría o de angustia
o de júbilo, etc., etc., sino de abrir, con la llave de las palabras (prosaicas o poéticas, como cuadre mejor) las
puertas de la percepción impersonal de la realidad que se está manifestando en la exploración. No sé si
quedó claro.

F.Z: Sí, está claro, pero insisto en que es un hecho artístico.

A.C: ¿Cuál?

F.Z: Lo que usted llama la exploración de la realidad. Yo lo siento como si fuera la gestación de una obra de
arte.

A.C: La gestación de una obra de arte... Completamente de acuerdo. Investigar, explorar seriamente en el
vivir, es sentar las bases para el mayor y más sublime de los artes: el arte de vivir. Hace miles de años que el
hombre practica disciplinas artísticas: música, pintura, escultura... Y las valora en extremo, psicológica y
materialmente. Pero el arte de vivir no se valora...

F.Z: ... no se conoce...

A.C: Correcto, no se conoce, ¿Qué significado tiene finalmente para el ser humano todo el caudal artístico
que vino acumulando en el tiempo, si no entendió que esos eran los atisbos de algo que empujaba desde
mucho más hondo hacia una eclosión que resumiera en sí activamente, vitalmente, en el lienzo, en el
pentagrama, en el mármol de cada día, de cada instante, un arte que es la suma y multiplicación de todos los
artes, de todas las filosofías, de todas las religiones que conoció la Humanidad?

F.Z: El arte de vivir. Pero...

A.C: ...pero nos hemos quedado con las herramientas. Las herramientas se han ido gastando, enmoheciendo,
de vez en cuando las limpiamos, las compramos y las vendemos. Pero no hemos construido nada valioso con
las herramientas cuyo destino era forjar una sensibilidad diferente de la que habíamos heredado del homínido
primitivo. Sensibilidad. No sensiblería, no emocionalismo, ni neurosis de refinamiento superficial. Sensibilidad
humana. Que incluye la percepción activa de lo que está más allá de nuestros límites sensorios.

F.Z: ¿Qué significa “más allá de nuestros límites sensorios?”

A.C: Lo parapsicológico sigue siendo sensorio.

F.Z: Más bien mental.

A.C: Pero accesible a los sentidos comunes ¿no? La mente tiene ciertos recursos energéticos que se salen
del patrón corriente, y el producto de esa actividad sobre el medio origina fenómenos que pueden captar los
sentidos habituales. Estamos siempre dentro del tiempo y el espacio, la acción de la mente sobre la materia...
Pero no nos apartamos del tema. Usted dijo al principio que la enseñanza de Krishnamurti se comprende
poco. Es verdad. Y no es que sea una doctrina o una filosofía abstrusa, complicada. No requiere, para su
comprensión, un cerebro adiestrado en el manejo de conocimientos especiales y cosas así.
F.Z: Entonces, ¿por qué resulta difícil?

A.C: Ya lo dijimos; la propia mente bloquea el acceso significativo de lo que alienta en la enseñanza. El nudo
de la cosa, simple, claro, diáfano, es la imperiosa necesidad del cambio. No se puede comprender la
enseñanza con una mente que no quiere cambiar.

F.Z: Pero son muchos lo que sí quieren cambiar, por algo leen a Krishnamurti.

A.C: ¿Seguro que quieren cambiar? ¿Qué es lo que quieren cambiar?

F.Z: Quieren cambiar ellos. Algunos se desesperan intentando cosas con distintos gurús, con el yoga, la
meditación trascendental, lecturas... y finalmente van a dar en Krishnamurti. Al principio parecen entenderlo,
pero casi siempre terminan por encontrarlo muy difícil.

A.C: Insisto, la clave está en la disposición interna del que se acerca a Krishnamurti, no en Krishnamurti. Me
refiero a la clave del posible contacto directo con la enseñanza viva, no del contacto intelectual con las
palabras, los conceptos.

F.Z: El cerebro, ¿no tiene nada que ver ahí?

A.C: Claro que tiene que ver. Por el cerebro pasa todo, y en el cerebro tienen lugar complejos procesos físico
– químicos que acompañan todos los movimientos de la vida, tanto los biólogos como los psicológicos. El
cerebro tiene que estar bien, lo suficientemente bien como para no obstruir con sus propios movimientos
autónomos el movimiento de la percepción pura y directa de la realidad.

F.Z: ¿No es el cerebro el que percibe?

A.C: Es el ser humano total el que percibe; el cerebro es una parte de esa totalidad. Interviene como una
parte del movimiento mismo de la percepción.

F.Z: Y el pensamiento, ¿qué papel juega? Se lo pregunto porque creo que es uno de los puntos donde se
traba la mayoría de los que leen a Krishnamurti.

A.C: Ninguno, salvo que esa percepción tenga que comunicarse por escrito o de viva voz a otro ser humano.
En tal caso, está primero la percepción del hecho y luego viene el empleo que la mente hace del pensamiento
para comunicar lo percibido. Piensa para comunicar, no piensa para percibir. Generalmente confundimos el
pensar con el percibir. Desde luego, hablamos de la percepción psicológica, no de la sensoria. No necesito
pensar para percibir un sonido, o el gusto de un manjar o percibir la quemadura si he tocado el fuego, etc.
Pienso luego, pienso si me duele, si me gusta, si me disgusta, si quiero volver a repetir la experiencia o no, y
cosas así. Pero la percepción de hechos que conciernen a la relación del hombre con el mundo, con el
universo, consigo mismo, con sus semejantes, no es una percepción sensoria propiamente dicha. No
obstante, si es percepción, está tan exenta de pensamiento, como la otra.

F.Z: Parece simple y lógico, ¿pero percibimos así?

A.C: Casi nunca. Los caminos de la percepción están bloqueados. Si en el otro campo, el físico, uno tiene
arruinada la pituitaria, no percibe los olores. Aquí, en lo psicológico, lo que bloquea la percepción pura, el
discernimiento directo en la realidad, es una mente cargada hasta el tope de condicionamientos, los cuales
implican un estado permanente e ininterrumpido de opción de aceptación o rechazo con respecto a aquello
que supuestamente percibimos. En realidad no percibimos el hecho, sino que en nuestra conciencia se
forman imágenes que el hecho desencadena al estimular la memoria personal y colectiva. El fuego material
que toca nuestra piel nos quema, porque hay contacto y el fuego tiene que quemarnos. Pero el fuego de un
mundo en llamas –humanamente hablando- no nos quema porque no hay un verdadero contacto. Si lo
hubiera, sentiríamos arder todo nuestro ser, las llamas tocarían la mente y el corazón. Y cuando eso ocurre,
uno hace algo al respecto. No se pone a teorizar, a polemizar, a fantasear, a filosofar.
.Z: ¿Qué es lo que hace? Perdóneme por lo que voy a decir. A través de los años he conocido a muchos
“Krishnamurtianos”, entusiastas, jóvenes y viejos. Lo más que “hacen” es hablar de Krishnamurti, pasar
películas de Krishnamurti, difundir a Krishnamurti... Se lo pregunto en serio, no hay ironía ¿Hacen algo más?

A.C: ¿Me incluye en la pregunta?

F.Z: Usted sabe que no. Además, eso es obvio para quién esté leyendo este diálogo. Sin entrar en detalles,
¿ellos sí sienten el ardor de las llamas, perciben por contacto directo la realidad, son centros de acción?

A.C: Ellos son seres humanos, usted y yo somos seres humanos. La enseñanza de Krishnamurti concierne al
ser humano. La actividad que uno pueda realizar para difundir esa obra, es independiente de lo que la
enseñanza pueda o no generar en quienes realizan esa actividad.

F.Z: Pero si alguien propaga algo es porque lo ha probado y sabe que es bueno. Si no, ¿por qué lo hace?

A.C: Si fuéramos a analizar aquí las muchas razones de que la gente propague cosas a otros, se nos iría todo
el espacio en eso, ¿Por qué hay algunos –no digo todos- algunos que dedican tiempo y energías para difundir
a Krishnamurti sin haber percibido jamás la esencia viva de la enseñanza? Esto entra dentro de ese análisis
psicológico. Hay causas profundas, ciertas predisposiciones innatas, opciones egocéntricas de identificación,
etc., etc. No nos distraigamos. Estábamos en el hacer. Usted empezó por preguntar de qué hacer se trataba.
Y éste es un punto importante. Ese hacer, si bien se relaciona con el mundo en el sentido de que es un hecho
de responsabilidad humana que emerge directamente del contacto perceptivo con la realidad, es un hacer en
las estructuras y cimientos de la propia condición humana. O sea, es una acción dentro de uno mismo como
ser humano.

F.Z: Lo primero sería, entonces, la percepción directa de la realidad.

A.C: Lo primero y lo último. La percepción es la acción interna. La verdadera percepción –insisto, ésta no es
sensoria- no contiene en sí a un “percibidor” que diga: “Ahora que he percibido esto, voy a encarar tal acción”.
En ese caso hay una separación entre el percibidor y lo percibido, y la cosa cae en la opción egocéntrica.
¿Quién es el percibidor sino el “yo”, el centro personal de la conciencia el pasado proyectándose como
pensamiento desde la memoria y creando la ilusoria entidad psicológica que se siente separada, diferente,
única, y está en permanente movimiento de autoprotección? Ese es el percibidor. Desde luego, él siempre va
a decidir según las pautas básicas de miedo, seguridad y placer. La acción que produzca jamás podrá
conspirar contra su propia existencia.

F.Z: O sea, que el percibidor no puede querer cambiar. El cambio significaría su muerte.

A.C: ¿Se da cuenta? Usted preguntaba por qué muy pocos entienden la enseñanza. Mientras la cosa se
maneja a nivel verbal todo parece ir muy bien, pero cuando se profundiza un poco más y se ponen en
movimiento las defensas psicológicas, la propia mente bloquea lo que no quiere comprender. No es que le
resulte difícil comprenderlo. Esa mente egocéntrica, autoprotectora, acepta un Krishnamurti al que pueda
incorporar a sus estructuras de seguridad, y rechaza al Krishnamurti que amenaza esas estructuras. Mientras
estos mecanismos estén activos, es imposible el contacto con la enseñanza viva, es imposible la
comprensión.

F.Z: Pero entonces es un círculo vicioso. Todos tenemos esa estructura, y si la estructura bloquea la
enseñanza, ¿qué es lo que puede producir el desbloqueo para que la enseñanza penetre en uno?

A.C: La sensibilidad de la que habláramos. Si hay sensibilidad, hay percepción, si hay percepción hay
comprensión, que es acción. Los siglos, los milenios de filosofía, religión, poesía, música, pintura, etc., han ido
moldeando – al menos ése era el sentido, ¿cuál otro si no?- la naturaleza humana hacia el surgimiento de una
sensibilidad capaz de romper con la estructura psicológica primitiva basada en las pautas de miedo, seguridad
y placer.

F.Z: ¿Eso se hereda? Quiero decir, esa cultura de la sensibilidad, ¿podía haberse convertido en un “carácter
adquirido” a través de la evolución?
A.C: No desde ese punto de vista. Pero sí como fuerza modificadora de la conciencia humana. El ser humano
de hoy contiene todo eso, contiene en sí toda la historia humana que incluye el caudal de la cultura artística,
religiosa y filosófica. También contiene, es indudable, toda la violencia, la ambición, el odio, las guerras, los
sufrimientos, los terrores... Todo está ahí. Con la sensibilidad puedo ver lo otro, puedo comprenderlo y
transformarlo. Eso es el conocimiento propio.

F.Z: ¿Qué lugar ocupa entonces la enseñanza de Krishnamurti en ese panorama? ¿Puede inducir sensibilidad
donde no la hay?

A.C: No. Puede sacudirla y despertarla donde no está sepultada bajo los escombros de egocentrismo.

F.Z: Esa enseñanza no es para todos, entonces.

A.C: Es para todos. No acostumbro citar palabras de Krishnamurti, pero hay un principio que recorre como un
leit-motiv toda la enseñanza: “Uno es el mundo, y el mundo es uno mismo”. Es un principio fundamental. La
enseñanza es para todos, independientemente de que sean “muchos” o “pocos” los que alcancen a penetrar
profundamente en sus entrañas significativas. El ser humano está capacitado para comprenderla a fondo y
vivirla en plenitud. No es cuestión de que sea accesible a Fulano, Mengano o Zutano. Si fuera accesible para
el nivel de cierto tipo de mentalidad, esa enseñanza no sería lo que es.

F.Z: Tienen razón, entonces, los que dicen que es para una elite muy escogida.

A.C: Categóricamente no. No existe tal elite, en ninguna parte, en ningún país, en ninguna clase social, o
grupo cultural o religioso o lo que fuere. Si uno quiere llamar “´élite” a seres humanos sensibles, serios,
profundos interesados en la propia condición humana, entonces sí, es para una elite. El mundo conoce muy
bien las cosas que arrastran multitudes, que son “para todos”. La gente quiere que le den cosas, cosas
satisfactorias, redituables para una mente que opera sobre pautas elementales de recompensa y castigo. El
“premio” tiene que estar a la vista, la gente no quiere juegos sin premio. “¿Qué voy a ganar?”. El esquema
psicológico heredado de la caverna permanece invariable en las profundidades de la conciencia: “Ganar, Más,
más, más”. Lo heredamos al nacer, nos educan en él, el mundo lo alienta a través de sus organizaciones y
actividades. El mundo de los desniveles sociales, del hambre, de las experiencias nucleares, de la polución
del aire y de los océanos, de la despiadada y vertiginosa “deshumanización”. Nuestra conciencia está
impregnada de esto, el esquema abarca sutil y perversamente toda nuestra maquinaria psicológica. Aún ante
propuestas de un orden por completo diferente, el modo en que las abordamos está viciado por este primitivo
esquema psicológico de recompensa-castigo. Es comprensible, entonces, que ante Krishnamurti se planteen
en la psiquis ciertos cuestionamientos que más tienen que ver con el esquema subyacente que con la
enseñanza misma o los puntos que ésta abarca..

F.Z: O sea, que la gente se acerca a Krishnamurti con la idea de que va a ganar algo.

A.C: Consciente o inconscientemente eso está ahí.

F.Z: Pero entonces detrás de esa idea está la sensación de que algo nos falta o se ha perdido.

A.C: Por supuesto, siempre sentimos que “algo” nos falta. Por eso perseguimos el “más”. El problema es que
eso que nos falta o que hemos perdido, es siempre algo que reconocemos como placentero o gratificante
dentro del esquema recompensa-castigo. Nuestra búsqueda, tanto la material como la psicológica o espiritual,
se orienta siempre hacia la recompensa. El problema es que la enseñanza de Krishnamurti no ofrece
recompensas.

F.Z: Yo diría que contiene la más grande de las recompensas: la mutación de la conciencia.

A.C: La mutación de la conciencia, vista y proyectada desde el estado de nuestra conciencia actual,
autoprotectora y adquisitiva, es el logro de algo que no conocemos pero que suponemos nos va a hacer
superiores a los demás.

F.Z: Vuelvo a lo de antes. Usted dice que la enseñanza no ofrece recompensas. No las ofrece explícitamente,
pero sugiere la promesa implícita de eso que tal vez sea lo que atrae a la gente hacia Krishnamurti.
A.C: ¡Ah! Entiendo. Sí, puede ser.

FZ: Desde los primeros libros de los años 30 y 40, siempre hay una referencia a algo que está “más allá” –
más allá del pensamiento, más allá del tiempo, más allá de esta conciencia.... Directa o indirectamente se
insinúa la posibilidad de que eso está más allá de esto que conocemos, puede hacerse accesible si
cambiamos lo que lo impide. ¿No será esta promesa implícita el atractivo para que tantísima gente se interese
en Krishnamurti?.

AC: Lo que Ud. dice es cierto, posiblemente mucha gente, tal vez la mayoría, lo siente de ese modo. Pero
observe lo que ocurre. Al sentirlo así, convierten a Krishnamurti – ellos lo convierten – en un gurú más que
promete las mismas cosas que otros, alcanzables mediante una metodología diferente. Vale decir, una opción
más de las que presenta el campo religioso-esotérico para “llegar a ser” el hombre transformado, el liberado,
el iluminado, etc., etc.

FZ: La metodología diferente sería “la metodología de la no-metodología.

AC: Así lo interpretan; el camino más fácil. Ni siquiera hace falta someterse a disciplina alguna, a
ejercitaciones físicas, a meditaciones trascendentales... ¡nada!. Uno lee a Krishnamurti, lo “comprende” y ya
está liberado, ya tiene otra conciencia.

FZ: Eso es lo que quise decir antes: hay como un señuelo engañoso en la enseñanza. Ofrece sin prometer.
No digo que ésa sea la intención de Krishnamurti, pero casi todos quedan atrapados en eso.

AC: Atrapados en una ilusión, una más de las tantas. Mire, creo que este planteo que Ud. ha hecho es muy
interesante. Veamos si podemos investigarlo un poco, presiento que puede contribuir a esclarecer cosas
fundamentales. La enseñanza de Krishnamurti está ahí, es lo que es. ¿Qué es? No lo sabemos, puede ser
muchas cosas. Está ahí, es una expresión de la vida, una expresión en el nivel psíquico de la realidad.
Nosotros estamos aquí, con nuestro psiquismo que ha hecho de este mundo lo que es. Porque este mundo
del hombre lo hemos hecho los hombres, Usted, yo y todos los demás. Este mundo es un desastre de
violencia, crueldad, injusticia, hambre, guerras, locura creciente. En este mundo estamos todos, somos los
generadores y usufructuarios del mundo que nosotros mismos nos hemos construido. ¿A Ud. le gusta este
mundo tal como es, se siente cómodo en él?.

FZ: ¿Me lo pregunta personalmente?

AC: Sí.

FZ: No, no me gusta.

AC: Casi nadie se siente completamente cómodo y a gusto en este mundo. Pero las razones de esa
incomodidad, de ese desagrado, son muchísimas y muy variadas. El pobre se sentiría mejor si fuera rico; el
rico se sentiría mejor si su riqueza no estuviera amenazada por los pobres y por otros ricos; el comunista se
sentiría más a gusto si no existieran los capitalistas; los capitalistas estarían más cómodos si no hubiera
comunistas... Nadie quiere un mundo en guerra, es incómodo vivir con la amenaza de un holocausto nuclear.
Nadie está seguro ni de un lado ni del otro. No obstante, unos y otros, para estar seguros, se arman el uno
contra el otro. La seguridad de unos está en la eliminación lisa y llana de los otros, etc., etc. Lo que pudiera
agregarse, lo reflejan mejor diarios de cada día, los noticieros de la TV., de la radio, la índole de las
publicaciones masivas que nos inundan. Bien; con sus raíces psicológicas profundamente hundidas en este
mundo, algunos sienten que la tensión es excesiva, que si no hay otra cosa mejor que ésta, la vida no tiene
mucho sentido. Hay demasiado miedo, demasiada amenaza desde todas partes, mucha depresión nerviosa,
desasosiego. Unos acuden al psicoanálisis, otros buscan salidas diferentes. Grupos de acá, grupos de allá;
escuelas de meditación, métodos para aliviar tensiones y triunfar en la vida, para ser mejores y ganar amigos,
para lograr el control mental... No digo que eso esté mal ni bien. Forma parte del mundo en que vivimos y,
¿por qué no?, a muchos les ayuda a pasarla mejor, a no caer en pozos profundos de depresión nerviosa. En
una palabra, a sobrevivir con menos carga autodestructiva.

FZ: ¿No nos fuimos del tema “Krishnamurti”?


AC: No, acabamos de llegar a él – mejor dicho, no nos hemos alejado en ningún momento; se trataba de
situar bien los hechos de encarar el punto que Ud. mismo ha planteado. Entonces, la enseñanza de
Krishnamurti, que está ahí, y que puede significar muchas cosas – no lo sabemos – se le presenta a la mente
como una opción más para librarse de algo que la perturba. Pero esa mente, lo hemos dicho, tiene sus raíces
profundamente hundidas en este mundo. Lo cual implica que, psicológicamente, es este mundo que la
inquieta, que la presiona. Al dar con la enseñanza de Krishnamurti la mente particular que se ha acercado a
ella, es el mundo el que ha establecido el vínculo con la enseñanza, el mismo mundo que la enseñanza
enfoca despiadadamente y hace trizas en sus cimientos. Hablo del mundo psicológico, el mundo humano de
la relación del hombre consigo mismo, con sus semejantes, con la vida y la muerte. No hay en la enseñanza
promesa alguna, ni explícita ni implícita, de nada de nada que pudiera ser accesible a una mente que no ha
cortado por completo las raíces que la mantienen indisolublemente unida a ese mundo despiadado y
egocéntrico, a ese mundo que es uno mismo. No hay tal promesa en la enseñanza. ¿Por qué, entonces, la
gente suele interpretar que sí la hay? Lo que Ud. dijo es cierto: casi todos los que se interesan en
Krishnamurti soslayan ese aspecto que es el corazón mismo de la enseñanza, y ponen la mira en algo que,
inevitablemente, tiene que expresarse también a través de esa enseñanza.

Ya lo ve, hemos llegado por otra vía de investigación, al punto del “cambio”, de la mente que no quiere
cambiar. Porque cuando la mente se dice a sí misma: “Quiero cambiar porque es el único modo de llegar a
aquello”, ha cerrado todas las posibilidades de un verdadero cambio.

FZ: Comprendo, pero creo que sería bueno para los navegantes aclarar esto un poco más. Está complicado.

AC: No lo es, lo parece verbalmente. La consciencia con que nos manejamos(es una forma de decirlo, somos
esa consciencia) es su propio contenido, o sea, nuestro pasado – las experiencias heredadas y adquiridas, los
conocimientos, las heridas psicológicas, etc. La expresión interna de todo eso es el pensamiento psicológico
que adquiere su identidad como el “yo” en el centro (no es un centro espacial) de esa consciencia. El “yo”
expresa todos los movimientos del contenido, nada hay en él que no sea producto y manifestación de ese
contenido. Perdóneme si soy algo reiterativo, esto es fundamental y tiene que quedar claro. En ese “yo” se
reflejan y asumen identidad “personal” el miedo, la búsqueda de placer, de seguridad, el odio, la codicia, la
envidia, la ambición, la adquisividad, el apego, etc., etc. Todo lo que está en la consciencia colectiva de la
humanidad, y lo que contiene nuestra consciencia particular (la cual es ése contenido y nada más) reacciona
permanentemente a los estímulos y retos de afuera y de adentro. Y eso se constituye en lo que pensamos, en
lo que sentimos, deseamos, aceptamos o rechazamos. Son movimientos complejos, cada uno de ellos es la
suma de muchas reacciones activadas por los estímulos. El intercambio entre la consciencia particular y la
consciencia del mundo es constante, y una es la otra.

Entonces ahí está la enseñanza de Krishnamurti, y aquí está mi consciencia particular – sólo es “particular”
merced a la memoria personal que la identifica – que recibe el estímulo psicológico de esa enseñanza ¿Qué
ocurre en la consciencia y se refleja en el “yo” como “mi” pensamiento, “mi” sentimiento? ¿Cómo es recibida la
invitación al cambio?

FZ: Obviamente, se produce una reacción en el contenido.

AC: Esa reacción es “mi” respuesta. La enseñanza postula un cambio de consciencia. Yo (no yo
personalmente, hablo en general) llevo latente en mi la idea de un “cambio”. Pero es un cambio en el sentido
de mejorar, ampliar o refinar el contenido. Yo soy ese contenido, y “yo” digo que quiero cambiar. Y llegamos a
la pregunta del principio: ¿Quiero cambiar? Ese contenido que es mi condicionamiento, que es mi
consciencia, que soy yo mismo, ¿percibe de algún modo, aunque sea aproximado, en qué consiste el cambio
que postula la enseñanza?

FZ: Supongo que no. Le falta el instrumento de percepción necesario. Si todos los movimientos de esta
consciencia están forzosamente limitados a su contenido, y si la verdadera naturaleza de ese cambio no está
registrada en ese contenido. ¿Cómo podría producirse la percepción? Parece un callejón sin salida.

AC: Es esta conciencia la que convierte la cosa en un callejón sin salida.

FZ: ¿Hay otra consciencia acaso?

AC: Mientras existe ésta, no hay otra.


FZ: ¿Entonces...?

AC: Entonces... está el Universo, el Cosmos, la Vida Infinita e Incognoscible, el Orden Universal, la creación
y destrucción de Soles y Planetas, la aparición de la existencia biológica en ciertos puntos de la inmensidad,
la evolución física que desemboca en la criatura psíquica....

Al principio de éste diálogo tocamos el punto del “hacer”. Quedó ahí. Creo que ha llegado el momento de
retomarlo en otro contexto. Esta consciencia, este contenido que nos caracteriza y personaliza, impide el
contacto directo, perceptivo con la realidad.

FZ: El lector podría preguntarse “el contacto de “quién”? Porque si uno es ese contenido, ¿quién es el que no
puede establecer el contacto por culpa de ese contenido?

AC: El ser humano esclavizado por su propia consciencia.

FZ: Sigo representando al lector. ¿Entonces el ser humano no es su consciencia?

AC: Mientras esa consciencia...Espere, aquí voy a hacer un alto o un paréntesis. No nos confundamos. Todo
el tiempo nos estamos refiriendo a lo psicológico, al conjunto de actividades, de movimientos internos que
constituyen nuestra idiosincrasia y nos identifican psicológicamente a través de lo que pensamos y sentimos.
Eso está claro. Ud. preguntó si el ser humano no es la consciencia que lo define. Sí, mientras esa conciencia
hecha de miedo, de búsqueda de seguridad y de placer con todas las secuelas que de ello se derivan, está
ahí y opera, lo que llamamos “ser humano” es eso. A cada una de esas consciencias particulares – que
reflejan con su propia memoria la consciencia común de la humanidad – a cada una de esas consciencias la
llamamos “un ser humano”.

FZ: O sea, que “un” ser humano no sería “el” ser humano.

AC: Puede expresarse así, pero cuidémonos de los conceptos fijos. El ser humano es la humanidad. La
consciencia separativa, ese contenido que crea la ilusión, en cada uno de nosotros, de una entidad única y
separada de las demás, ha hecho del mundo lo que es. Millones de islas psicológicas en conflicto permanente
consigo mismas y con las demás.

Cuando se juntan entre sí, es sólo en función de la fuerza para defenderse de otras o para atacar a otras que
también se juntan para ser más fuertes. Eso somos, y así nos está yendo.

Dentro de esta consciencia egocéntrica, fragmentada, separativa, no hay salida. Es un callejón cerrado. La
primera cosa que se desprende de un contacto serio y profundo con la enseñanza – adivino por su expresión
lo que me quiere decir; le contesto que sí, que ese contacto es posible cuando existe cierta sensibilidad
esencial. Y esa sensibilidad se activa en el contacto mismo con la enseñanza.

FZ: Sí, eso quería preguntarle, lo adivinó. Sigo pensando siempre en nuestros lectores y en las dudas que
pueden suscitarse en ellos ante ciertos puntos que resultan contradictorios si no se explican.

AC: Estamos intentando explicar todo lo que es posible explicar verbalmente. El lector no está excluido de ese
requerimiento de sensibilidad, gracias a la cual aun aquello real que no puede “explicarse”, es captado
perceptivamente. Confiemos un poco en esa sensibilidad, porque sin ella estarían demás todas las
explicaciones, como están demás todas las religiones, las filosofías y las obras de arte que ha conocido la
humanidad en milenios. Digo que “están demás” por lo inoperantes en relación con un despertar verdadero de
la sensibilidad.

Bien, decíamos que lo primero que surge de la enseñanza es la imprescindible comprensión de que esta
consciencia es un callejón sin salida, que cualquier movimiento que hagamos desde esta consciencia sólo
aumenta el contenido que la constituye y, por lo tanto, agrava el problema. Esa comprensión, cuando es
verdadera comprensión, cuando penetra la totalidad del ser, cerebro, mente, corazón, nervios, todo, origina un
curioso aquietamiento del contenido, lo detiene, lo desactiva. Cuando el contenido está quieto, cuando no se
proyecta como pensamiento psicológico crea la ilusoria entidad separativa del “yo”. ¿Qué pasa entonces?
FZ: No se, dígamelo Ud.

AC: Es obvio que estamos ante algo diferente. ¿Qué hay? ¿Una pérdida de la consciencia?

FZ: Parecería...

AC: Al menos, esta consciencia no opera. Recién cuando esta consciencia no opera, cuando estos
contenidos están inactivos, el ser humano está en condiciones de establecer un contacto puro y verdadero
con la realidad.

FZ: Pero eso sigue implicando una consciencia. ¿Puede haber una consciencia sin un contenido?

AC: Es la gran incógnita, que sólo puede resolverse en la acción. Contestar que sí es lo mismo que contestar
que no. primer paso: el conocimiento de uno mismo. No el conocimiento de mis peculiaridades personales
para “mejorarme”, para “superarme” y todo eso. El conocimiento de ese contenido común a toda la
humanidad, el conocimiento de que ese contenido no me diferencia sino que me iguala a todos los demás
habitantes del planeta, el conocimiento de que todo lo que sufro, gozo, anhelo, deseo, estimo, odio, etc., etc.,
es compartido por todos los demás que conviven conmigo en esta tierra, que no soy diferente mientras lo que
soy sea el resultado de todas las acumulaciones y acreciones que componen mi consciencia “particular”. Este
conocimiento propio es un permanente descubrimiento propio. La cosa empieza con la sensibilidad; la
sensibilidad establece contacto con la sustancia de la enseñanza – la vida está operando. Eso es todo. La
vida está operando, no “yo”, o “el”, o “usted”, sino la vida. Como opera en el Cosmos, como opera en el mar,
en la Tierra, en los árboles, en los pájaros.... en otro nivel que en el meramente físico o biológico, pero con la
misma espontaneidad. En el nivel físico no “intervienen” ni el árbol, ni el pájaro; aquí no “intervengo” yo, no
interfiero “yo”. Cuando nada resiste el movimiento inteligente de la Vida, la acción en ese nivel no es el
resultado de una voluntad egocéntrica.

FZ: Espere, resumamos un poco esto. Entiendo que en un solo reportaje no se puede sintetizar una
enseñanza como la de Krishnamurti. Pero sería bueno que dos o tres puntos importantes quedaran bien
claros antes de terminar. Esto se complicó más de lo que esperaba, pero está bien, así tenía que ser, ya que
nos propusimos hacer algo distinto de una entrevista periodística habitual con preguntas y respuestas
informativas.

AC: Y me alegro, porque más que un reportaje esto ha resultado ser un diálogo de investigación como los que
suelen generarse cuando me reúno con amigos que se interesan seriamente en el tema. No hay un plan fijo,
se empieza con lo que surge naturalmente en una conversación informal, y la cosa se va encauzando por sí
misma. Siempre decanta de eso algo revelador, creativo.

FZ: Sí, creo que aquí también. Bueno, quedó claro entonces que la dificultad para entender la enseñanza está
en la resistencia de los propios contenidos mentales. También hablamos del “arte de vivir”. Este consistiría,
entonces, en el conocimiento de esos contenidos hasta el punto de desactivarlos, permitiendo que la vida
actúe inteligentemente, y creando, gracias a esa acción, un estado de consciencia que nada tiene que ver con
esta consciencia que conocemos. Es así. ¿No?

AC: Explicado sintéticamente, sí. Pero ya lo dijimos, la explicación se inscribe como un concepto más en el
cerebro y, por lógica y brillante que sea, no tiene fuerza de acción para cambiar absolutamente nada. Esta es
una de las cosas más importantes de comprenderse: la total inoperancia de lo meramente intelectual en un
campo que requiere la acción de una energía que pertenece a un orden por completo diferente. Esa energía
no la genera ni el intelecto, ni el sentimiento personal, ni la emoción devocional, ni la avidez de realización
propia, ni ninguna de las cosas que pertenecen a esta consciencia, a este contenido que es tiempo – el
tiempo de la mente, el tiempo psicológico. La energía de comprensión, la energía que transforma, que es
capaz de demoler los cimientos y las estructuras temporales de la mente, no pertenece al tiempo. El cerebro
no puede introducirla en sus mecanismos, no puede reconocerla y registrarla, no está en sus funciones
hacerlo. Esa energía es inteligencia pura, impersonal. Opera en una mente libre de sus primitivos mecanismo
de miedo, seguridad y placer. Un solo instante de detención en esos mecanismos, en ese permanente
movimiento egocéntrico, implica la espontánea irrupción de la otra energía. Son los destellos perceptivos, la
captación lúcida y directa de lo real.
FZ: ¿Y cómo se llega a eso? Todos aportan métodos y sistemas y disciplinas. Krishnamurti lo deja a uno
solo...

AC: A solas con la Inmensidad Cósmica, a solas con la Inteligencia. Sin intermediarios, sin ayudadores
comedidos, sin muletas para la invalidez psicológica, para la falta de una percepción libre y directa. Bendita
soledad ésa si uno sabe comprenderla. Claro que Krishnamurti lo deja a uno solo, es la verdadera y singular
grandeza de su enseñanza. La trampa, para esta consciencia egocéntrica, es que al encontrar que la
enseñanza no requiere métodos, disciplinas ni sistemas, confunde eso con el “facilismo”. La ausencia de una
sensibilidad adecuada, hace que no se perciba el inmenso, gigantesco trabajo que exige un verdadero
conocimiento propio, el único cauce para la liberación, para el cambio de consciencia. Trabajo, no “esfuerzo”.
Trabajo de atención, trabajo persistente, indeclinable de observación, trabajo para no caer ni en lo permisivo
ni en lo coactivo; trabajo constante, intenso, pero sin la participación de la voluntad egocéntrica, sin el
movimiento de los contenidos, sin el esfuerzo consciente de una meta, de un logro personal, de un “llegar a
ser”.

FZ: ¡Esto es lo que hace tan difícil la enseñanza! Justamente porque no indica ningún tipo de disciplina para
controlar o anular esos movimientos.

AC: Tampoco controlar; el control forma parte del proceso egocéntrico. Ni anular, no hay que anular nada. El
río corre. “Uno” es ese río que corre. No puede sentarse en la orilla a observar el río, o pararlo, o desviarlo. No
obstante, tiene que hacer una observación del río que corre, que es este mundo, que es uno mismo con su
miedo, su dolor, sus alegrías, su vida y su muerte. En esa observación sin “el observador”, ocurren cosas. Es
la única acción real, el único hacer que no aumenta el contenido en lugar de vaciarlo, que no fortalece esta
consciencia egocéntrica y autoprotectora.

FZ: Para ir terminando este diálogo y también con vistas a nuestros lectores: ¿De qué modo la enseñanza de
Krishnamurti , más que otras enseñanzas, ayuda a que esto ocurra? ¿Cuál diría Ud. que es la diferencia
fundamental, lo que la hace tan única? Y no me refiero a los seguidores, a los fanáticos de Krishnamurti, que
los hay. Se lo pregunto a Ud. Tanto en los tres libros suyos, como en la serie de artículos que hace años
escribió para nuestra revista, ese carácter único y singular de la enseñanza se desprende del propio contexto
sin necesidad de que Ud. lo afirme explícitamente. El lector perceptivo lo notará incluso cuando lea este
diálogo-reportaje. ¿Podría Ud. definir de alguna manera, directa o indirecta, esa diferencia, esa singularidad
de Krishnamurti?

AC: Usted lo dijo bien y creo que es la respuesta más adecuada. Es verdad, uno lo percibe así: es una
enseñanza (vacilo un poco al llamarlo “enseñanza”) única en toda la historia humana conocida. Y si eso se
desprende del contexto de mis libros, de lo que escribo o hablo con la gente, creo que es una buena
respuesta. Y Ud. sabe que no hay en esto que expreso ni una pizca de fanatismo o de sometimiento a una
autoridad. ¿Qué más podría agregar?

Desde que existe el “ser humano” como tal, la vida ha estado operando en este nivel de lo que hemos dado
en llamar “enseñanzas”, “instructores del mundo”, “profetas”, “maestros”, “sabios”... Ha estado operando en el
tiempo de la tierra, pero la fuente de esa acción, de esa inteligencia, de ese amor, no está en el tiempo de la
tierra. La tierra podrá desaparecer, y todos los planetas, y el universo entero que vemos y estudiamos, pero la
fuente es....bueno, lo que no pertenece al tiempo, no pertenece a las palabras. ¿Inmutable? ¿Eterna?
Palabras. Y entonces hay miles de años, y aparecen ciertos seres humanos que hablan de ciertas cosas. Y su
hablar no es un mero hablar, es el reflejo comunicativo de hechos vividos, de percepciones intrasmisibles que
operan en el campo psíquico o espiritual. Todos esos seres, los conocidos, y los no conocidos, forman un solo
hecho más allá de las limitaciones temporales del nacimiento y la muerte física. Y entonces Krishnamurti es la
decantación más intensa, la explosión más luminosa y reveladora del mismo hecho único que ha recorrido
nuestra historia humana. No es “mejor” que otros, es los otros en su expresión más desnuda y esclarecedora.
Pero esto que se dice no tiene valor alguno si no se lo percibe como verdadero con la totalidad del propio ser.
Que es, precisamente, lo que propone la enseñanza.

FZ: Lo que acaba de decir es muy intenso, y personalmente me resulta muy esclarecedor. Sin embargo me
gustaría, de ser posible, una respuesta directa a esta pregunta: ¿Qué es en realidad Krishnamurti, cuál es la
verdadera índole de su enseñanza? ¿Puede ser?

AC: Vea, creo que ese interrogante sólo puede contestarse “negativamente”. En el terreno desbrozado y
limpiado por los “no”, puede ser que florezca un “si” no verbal – la única respuesta verdadera a esto.
FZ: ¿Se puede explicar mejor?

AC: Puede intentarse. Esto es válido para todo cuanto concierne a nuestra relación con el hecho “vida” en su
aspecto, digamos, esencial, profundo, “humano” en el verdadero sentido trascendente de esta palabra. Tomar
una cosa y no definirla “positivamente”, no decir “esto es así” sin haber decantado antes lúcidamente,
inteligentemente, todo lo que eso no es. En nuestro caso, Krishnamurti y la enseñanza. Krishnamurti no es un
moralista, no es un predicador, no es un reformador social, no es un filósofo, no es un político, no es un
psicólogo.... Su enseñanza no es una serie de normas,, explícitas o sutiles, destinadas a procurarnos una
supervivencia más satisfactoria en el mundo, Krishnamurti no ha estado recorriendo la tierra durante más de
60 años, hasta su muerte a los 91, para que Ud. y yo y los demás encontremos una manera mejor de vivir
superficialmente nuestra mezquina vida en circuito cerrado (yo para mi, mi familia para sí, mi país, mi nación,
mi grupo político, social, religioso o el que fuere primero, y después los otros, etc., etc.) Krishnamurti y la
enseñanza no han estado, no están al servicio de esta mente que nos gobierna, de este ser humano que
ahora somos, violento, adquisitivo, ambicioso, codicioso, insensible, cruel, para que este mismo ser humano
modifique ciertas pautas de comportamiento a fin de que no la pasemos tan mal como la estamos pasando.
La enseñanza no es una especie de elixir psicológico para aliviar, mitigar o consolar nuestra actual condición.

FZ: ¿Y qué es?

AC: Un detonante poderoso para una explosión en la consciencia humana. Si llega donde tiene que llegar, si
encuentra lo que tiene que encontrar y el contacto se produce. La explosión es inevitable. Todas las otras
cosas que buscamos, podemos encontrarlas en la política, en las religiones organizadas, en las doctrinas
esotéricas, en las meditaciones y métodos de los gurús de Oriente y occidente, en las múltiples actividades
que nos absorben y gratifican desde el punto de vista material o psicológico. Sólo cuando hemos descartado
todas esas cosas, pero de verdad, podemos preguntarnos seriamente qué es Krishnamurti, qué significa su
enseñanza.

FZ: Si uno ha descartado todo eso. ¿Se lo pregunta?

AC: No