La bella ausente 2.

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Publicado en 25 de octubre de 2009 de Antonio González

Foto por Mike Licht, NotionsCapital.com en Flickr bajo CC Hace pocos años vivían el rey Google y la reina Wikipedia quienes cada día decían: “¡Ah, si al menos tuviéramos un hijo!” Pero el hijo no llegaba. Sin embargo, una vez que la reina twitteaba, un pajarito saltó en la esquina izquierda del Firefox, y le silbó: “Tu deseo será realizado y antes de un mes, tendrás una hija.” Lo que dijo el pajarito se hizo realidad, y la reina tuvo una niña tan ondulante y preciosa, que el rey no podía ocultar su gran dicha, y ordenó una quedada de blogueros. Él no solamente invitó a sus seguidores de Twitter, lectores de blogs y blogueros de prestigio, sino también a un grupo de aplicaciones 2.0, para que ellas fueran amables y generosas con la niña. Eran 13 estas aplicaciones en Internet, pero solamente tenía doce menús degustación deconstruidos para servir en la cena, así que tuvo que prescindir de una de ellas. La quedada se llevó a cabo con el máximo esplendor, y cuando llegó a su fin, las aplicaciones fueron obsequiando a la niña con las mejores y más portentosas funciones:

el tío Googlemaps le regaló la capacidad para no perderse nunca, la tía Googledocs la virtud de poder escribir cuentos colaborativos con otras amigas, Blogger trajo blogs y blogs de todos los colores, y así todas las demás, con todo lo que alguien pudiera desear en el mundo. Cuando la décimoprimera de ellas había dado sus obsequios, entró de pronto un inspector de la SGAE al que le había dado el chivatazo la despechada aplicación Web 2.0 no invitada. El inspector había grabado en vídeo como la tía Spotify había puesto música durante la quedada. Como no podía soportar que nadie escuchara música sin pagar, y sin ningún aviso, y sin mirar a nadie, gritó con voz bien fuerte: “¡Cuando cumpla sus quince días, tocará un ratón inalámbrico, y caerá muerta inmediatamente!” Y sin más decir, dio media vuelta y abandonó la quedada. Todos quedaron atónitos, pero la duodécima, una hermosa rubia red social, Facebook, que aún no había anunciado su obsequio, se puso al frente, y aunque no podía evitar la malvada sentencia, sí podía disminuirla, y dijo: “¡Ella no morirá, pero entrará estado de ausencia analógica al tocar un ratón y navegar por uno de mis muros por horas!” El rey Google trataba por todos los medios de evitar aquella desdicha para la joven. Dio órdenes para que todos los enlaces de la red que llevaban a Facebook fueran destruidos. Mientras tanto, los regalos de las otras doce aplicaciones, se cumplían plenamente en aquella nativa digital. Así ella era geolocalizada, bloguera de pro, creaba formularios online, y tenía cientos de followers en Twitter. Sucedió que en el mismo día en que cumplía sus quince días, el rey Google y la reina Wikipedia acudieron a una unconference, y la nativa estaba sola en Internet. Así que ella fue recorriendo todo los enlaces, miraba los blogs y perfiles de Twitter como ella quiso, y al final llegó a una página guardada en el caché de su padre. Ella leyó por los angostos menús laterales hasta llegar a un pequeño logo. Al hacer clic sobre él, accedió a su muro en Facebook. En el muro un inspector de la SGAE, muy preparado en Derechos de Autor, la esperaba agazapado. “Hola q tal?,” dijo la hija del rey Google, “¿Q son los derechos d autor y el copyrigth?” – “Ley divina son y escribe bien zoquete.” constestó en breve el inspector en el muro. “¿Quién puede poner puertas al campo?” dijo la joven. Y ella tomó el ratón, hasta entonces estaba usando solo el trackpad de su Mac, y quiso buscar amigos en Facebook. Pero nada más había tocado el ratón, cuando el mágico decreto se cumplió. Cayó en una ausencia analógica que se hizo extensiva para todos, nativos o inmigrantes digitales. El rey Google y la reina Wikipedia quienes estaban justo llegando a casa, y habían entrado a su página de inicio en Netvibes, quedaron hipnotizados por la pantalla de Facebook, y toda Internet con ellos. Los servidores se enlentecieron, Gmail se cayó, la ballena de Twitter hizo acto de presencia, incluso el reloj de Séneca se quedó en un eterno girar y girar. En Internet comenzó a crecer una montaña de spam, que cada día se hacían más y más grande, tanto que la rodearon y cubrieron totalmente, de modo que nada de ella se veía,

ni siquiera un PC con Guadalinex que estaba conectado a la pizarra digital de turno en lugar bien visible hasta entonces. Pero la historia de la bella ausente Google Wave, que así la habían llamado, se corrió por toda la blogosfera, de modo que de tiempo en tiempo adolescentes llegaban y trataban de atravesar el muro de spam queriendo alcanzar el corazón de Internet. Pero era imposible, pues los spam se unían tan fuertemente como si tuvieran manos, y los jóvenes eran atrapados por ellos, y sin poderse liberar, quedaban perdidos en la nube de infoxicación. Y pasadas cien horas, otro nativo llegó también al lugar, y oyó a un anciano, llamado Averroes, hablando sobre la cortina de spams, y que se decía que detrás de los spams se escondía una bellísima princesa, llamada Google Wave, quien ha estado ausente por cien horas, y que también el rey, la reina y toda Internet se dejaron seducir por Facebook. Y además había oído de su abuelo, que muchos adolescentes habían venido y tratado de atravesar el muro de spam, pero quedaban pegados a los ordenadores y no tenían vida analógica. Entonces el joven dijo: -”No tengo miedo, iré y veré a la bella Google Wave.”El buen anciano Averroes trató de disuadirlo lo más que pudo, pero el joven no hizo caso a sus advertencias. Pero en esa fecha las cien horas ya se habían cumplido, y el momento en que Google Wave debía salir de Internet para hacer una botellona había llegado. Cuando el joven se acercó a donde estaba el muro de spam, no había otra cosa más que bellísimas waves, que se apartaban unas de otras de común acuerdo, y dejaban pasar al joven nativo sin herirlo, y luego se juntaban de nuevo detrás de él como formando una cerca. Encontró los servidores apagados, Gmail con problemas técnicos, una gran ballena suspendida de hilos tirados por pajaritos, en Séneca el relojito no dejaba de dar vueltas y más vueltas. Y cuando entró en Facebook, encontró regalos absurdos, peticiones y más peticiones de amistad, cien aplicaciones que querían llevarse sus datos personales,… Él siguio navegando, y vio fotos de gente que no conocía y amigos de amigos de amigos de amigos que no eran sus amigos. Entonces accedió al muro de la joven Google Wave. La imagen de su perfil era tan hermosa que él no podía mirar para otro lado, entonces no pudo remediarlo y le tuvo que enviar un beso digital. Pero tan pronto Google Wave recibió el beso salió de su letargo digital, y lo invitó a una botellona. Entonces ambos apagaron sus ordenadores y bajaron a la calle, y el rey Google y la reina Wikipedia salieron de sus problemas técnicos, y toda Internet, y se miraban unos a otros con gran asombro. Y el antispam de Gmail volvió a funcionar. Los servidores se reiniciaron y los twitteos volvieron a sacar a los twitteros de su embelesamiento y las quedadas empezaron a circular por la red para sacar a los internautas de la misma. Hasta el reloj de Séneca terminó su bucle infinito. Días después no se celebró la boda del nativo digital y Google Wave pero vivieron muy felices hasta el fin de sus vidas. Pd: De este amor nacería la Web 3.0.

(Versión propia del texto del cuento que está en la Wikisource) Si te ha gustado este cuento, no deberías perderte Caperucita 2.0 del padre de la idea, Juanjo Muñoz y Blancanieves 2.0 y los 7 microbloggers del incansable Gregorio Toribio.

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