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La faz de Dios.

Traducido libremente de "Initiation à la prière" de Romano Guardini,


Editions Alsatia, 1951. Página 36 y siguientes. Por Padre Jorge Toussaint.

¿Quién es éste Dios hacía quién el ser humano en recogimiento se vuelca?


Porque El mismo le dio ésa posibilidad... No es sólo Aquel Inefable del cual
la acción es difusa por todas partes, el misterio de la existencia, la fuente
original del mundo, o cualquier otro nombre que se le dé a aquella realidad
vaga de la cual se habla tan a menudo. Todo aquello no está inexacto y se
refiere a Dios. Es todavía sólo el soplo que emana de El, la vibración que
penetra el mundo. Dios mismo es más que esto; no es El solamente el
sentido de las cosas, o una simple idea, pero LA realidad. No solamente
profundidad o interioridad, o grandeza de la creación; El es el ser que
existe en si mismo. No es solamente una fuerza, El es "EL".

Alfa y omega de toda revelación; es el testimonio que Dios da de si mismo.


"EL", de manera absoluta, El que se reveló a su enviado en el monte Horeb.
Es quién responde cuando el patriarca quiere saber el nombre del ser que
se le apareció misteriosamente: "Yo soy el que soy" (Ex. 3,14). En aquel
instante solemne, Dios calla todos sus otros títulos: "El poderoso", "El
justo", "El santo", y se nombra a si mismo según su existencia: existe de
por si mismo y en si mismo. Se basta a si mismo. Es dueño de si mismo,
libre y responsable sólo delante de si mismo. Esa plena soberanía sobre si
mismo es lo propio de su esencia.

Dios es EL MISMO; es persona. No solamente la persona la más poderosa,


la más noble, la más pura, pero LA persona ABSOLUTAMENTE.

Cuando se trataba de la realidad de Dios, hemos dicho que era de una


naturaleza tal que era imposible de nombrar junto a ella una realidad
contingente. Dios es ABSOLUTAMENTE; el ser humano existe sólo por El y
delante de El. Hay que decir aquí: Dios es persona por El mismo y
absolutamente; el hombre es persona porque Dios lo llama.

Si un hombre dijera "él" o "ella" en un impulso inmediato, quisiera sin duda


hablar del ser el más querido y el más cercano. Pero si dijera ésta palabra
en su sentido absoluto, desde el fondo mismo de su naturaleza de hombre,
sería Dios que designaría así, a pesar de pensar en El de manera explícita;
y si, desde lo secreto de su ser, un hombre tirara en la inmensidad de la
existencia la palabra "tú", es Dios que llamaría.

A ese Dios se dirige la oración. La escritura expresa admirablemente el


carácter de aquella relación hablando de la "Faz de Dios". De primeras, la
expresión es sólo una metáfora, porque Dios no tiene una faz como la
nuestra; no tiene cuerpo. Pero el hombre es imagen de Dios, - el hombre y
no solamente su alma, - de manera que lo que le es propio de manera
esencial es también una revelación de Dios. Según un modo que rebasa
todos los conceptos humanos, hay en Dios algo que corresponde a la faz
del hombre. El hombre, por su forma física, se sitúa en el espacio, entre las
cosas. Esa forma resulta del hecho que es un todo compuesto de
substancias y de fuerzas, un conjunto ordenado de fenómenos y de formas,
capaz de construir y de desarrollarse, poseyendo derechos y una
responsabilidad. La "faz" del hombre, al contrario, significa que es capaz de
orientar su ser interior, de volcarse hacia otro ser humano, de existir a la
par suya con benevolencia u hostilidad, con amor u odio.

Aquello se manifiesta en número de expresiones; se dice por ejemplo: "el


hombre hace frente al destino", o también: "pone la cara ante el peligro", o
también "sonríe a otro", y otras expresiones de ése tipo. La faz es la
expresión de la persona y de su libertad; expresa también el hecho que
acoge los que llegan a su encuentro, y que es receptivo a la actitud de la
otra persona. Todo aquello existe igualmente en Dios: pero de otra manera
que se sitúa más allá de todas nuestras representaciones.

La escritura dice por ejemplo: "Dios hace resplandecer su faz sobre el


hombre" - y aquí la imagen de la faz deja transparentarse otra: la del cielo
vasto y luminoso (Sal. 30 [31], 17); o también "Dios vuelve su faz en
contra del que hace el mal" - es una otra imagen que se transparenta aquí,
la de la tempestad que se acumula (Lev. 17,10); o también: el hombre
piadoso "se avanza delante de la faz de Dios" (Sal. 99 [100], 2). El misterio
de la faz de Dios se expresa en toda su belleza en el salmo 26: "¡No nos
dijiste antaño: busquen mi faz! ¡Busco tu faz, Señor! No me escondas tu
faz, ¡no rechaces con cólera a tu servidor! Tú eres mi socorro, no me
desampares, no me abandones, Dios de mi salvación. Porque mi padre y mi
madre me abandonan, pero Tú, Señor, ¡me recogerás!" (Sal. 26 [27], 8-
10).

El recogimiento es el primer paso que nos conduce a la oración; el segundo


es la toma de conciencia de la realidad de Dios y la inteligencia de la
condición de criatura; el tercero es la búsqueda de Su Santa Faz. Consiste
en eso: él que reza se esfuerza de tomar conciencia que Dios no es
solamente un "EL" todopoderoso, pero él "TU" viviente. Dios es aquel que
me conoce y que se dirige a mí; no solamente como a una unidad entre
una multitud, pero a mí mismo, en lo que mi persona representa de único y
de irreemplazable. Es bien cierto que no soy nada delante de Él; pero le
pareció de llamarme y de establecerse con Él en una relación tal, que esté
sólo con Él. La oración es aquella entrada en ese misterio de amor.

Eso es lo que hay que entender cuando se dice que el hombre tiene que
buscar la faz de Dios; se podría decir también, y sería un nuevo misterio,
"el corazón de Dios". No es fácil. Cuando empiezo a orar, tengo delante de
mí los objetos que me rodean, en mí el tumulto de mis pensamientos y de
mis sentimientos, y por lo demás es igualmente el vacío. La fe me dice bien
que Dios está presente; pero tengo de aquello raramente una conciencia
clara. Está ciertamente por todas partes, pero está, por así decir, siempre
del OTRO lado, en la oscuridad; en alguna manera tengo que ir a buscarlo
allá con la fe. Es detrás de la oscuridad, en el vacío, que mi fe tiene que ir a
buscar su faz vuelta hacia mí, su corazón que me habla, y dirigirle mi
oración. Tengo que encontrar la relación interior con Dios en el diálogo con
Él, y restablecerlo cada vez que lo he perdido; aquello pasa continuamente.
La oración degenera sin parar en monólogo; a menudo no hacemos más
que despachar palabras. La verdadera preparación, el esfuerzo a renovar
siempre para mantener la oración en la buena vía, es de regresar sin parar
el monólogo al diálogo.

También el hombre entra en posesión de su verdadera faz, delante de la faz


de Dios. En efecto lo que llamamos la faz del hombre no es algo de
acabado. Los rasgos visibles son sólo la franja la más exterior. Desde allí
hay que buscar, en lo profundo, la fisionomía interior, el carácter del
espíritu, la claridad y la firmeza de las convicciones, la potestad de amar
del corazón. De ordinario, el hombre lleva sólo una máscara. Uno se da
cuenta a qué punto una cara se pone a "vivir" cuando se ve, por ejemplo, la
faz de un ser humano abrirse durante una conversación que lo apasiona, o
de un encuentro que lo conmueve; parece que es sólo en aquellos
momentos que aquella fisonomía se crea a partir de lo interior. Todo eso
pasa en el plan natural, pero es una indicación para el plan divino. La faz
que cuenta delante de Dios, el hombre no la posee por sí mismo; la recibe
sólo de Dios. Es hablando con Él que llego a ser realmente "alguien", aquel
"yo mismo" que siempre Él quiso creándome y redimiéndome. Los rasgos
de aquella faz se forman, se realizan y se ponen más firmes sólo en la
oración.

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