EL ARCO ATLÁNTICO

Una historia y cultura común

El Arco Atlántico es una región europea compuesta por los pueblos bañados por el océano atlántico y abiertos a ultramar. El concepto trasciende lo geográfico para hablar incluso en términos antropológicos, pues se trata de una región con ciertas peculiaridades culturales y biogeográficas comunes. Así lo entiende la propia Unión Europea que, en su seno, tiene creada la Comisión Arco Atlántico. El Arco Atlántico es un vasto conjunto de pueblos de distintos Estados que se extienden desde el norte de Escocia hasta el sur de Portugal, incluyendo Irlanda, Gales el suroeste de Inglaterra, todo el oeste de Francia, la cornisa cantábrica, todo Portugal y el oeste de Andalucía. Se trata de un espacio geográfico particular y diferenciado, un conjunto territorial transnacional con problemas e intereses comunes y susceptible, por tanto, de articularse pese a su pluralidad nacional, cultural y lingüística, como región o superrregión europea. La región tiene un carácter periférico respecto a la Unión Europea que marca su propia identidad. Se trata de un espacio alejado de los grandes ejes económicos y poco cohesionado entre sí. Sin embargo mantiene una conexión “desnacionalizada”, independientemente de la organización administrativa a la que estén sujetos los pueblos que la forman. El Océano es el punto en común de todos los países del Arco Atlántico. Hacia él han mirado todos los pueblos que, desde la antigüedad, han habitado las costas. Esas gentes hoy se distribuyen por Portugal, Galicia, Asturias, Cantabria, Euskadi, Aquitania (Aquitània), Poetou-Charentes, Países del Loira (Pays de Loire), Bretaña (Breizh), Normandía (Normaundie), Picardía (Picardie), Devon (Dewnans), Cornualles (Cornwall), Inglaterra (England), Gales (Cymru), Escocia (Scotland-Alba), Isla de Man (Mannin), Irlanda (Éire), e incluso Cales (Kales) y Flandes (Vlaanderen).

La Europa Atlántica tiene un clima y unas condiciones físicas, orográficas, similares. Se considera que todo el área pertenece a la misma región biogeográfica, el Dominio Europeo Atlántico. Debido a que el mar nunca se encuentra a más de 300 kilómetros y a que la mayor parte del territorio es llano y bajo, el clima oceánico penetra hasta el interior, lo que conlleva inviernos suaves, veranos frescos, con predominio de vientos del oeste y lluvia moderada a lo largo de todo el año. El litoral es muy variado y rico en hábitats y especies, propiciado, sin duda, por las potentes fuerzas de las mareas, el viento y el oleaje. Hacia el interior, el bosque debiera ser el elemento predominante pero, desde la Edad Media, el paisaje se ha visto sometido a una sistemática actividad de deforestación. Actualmente, el paisaje es predominantemente agrícola, con áreas muy urbanizadas. La región atlántica es una de las regiones más explotadas de Europa. La larga presencia de asentamientos humanos ha influido sobremanera en su paisaje. Las regiones y pueblos del área presentan unas características y, por tanto, problemática común. A parte de ser una región periférica, los núcleos urbanos suelen ser modestos y están mal conectados entre sí, lo que dificulta el desarrollo común. Se trata de espacios que han vivido momentos de crisis duraderas y posterior declive de sus sectores productivos tradicionales (agricultura, pesca, carbón, acero, construcción naval). Además, buena parte de estos territorios presentan desequilibrios económicos y demográficos entre la costa y el interior lo que ha propiciado un desarrollo poco equilibrado. Articular este espacio es un reto para todos los pueblos que habitamos en el Arco Atlántico.

El arte rupestre constituye la primera gran manifestación simbólica, artística, social y espiritual del Homo Sapiens a escala global y mantenida al menos durante 25.000 años. En Europa es donde se concentran buena parte de las representaciones de la Prehistoria mundial, conservándose centenares de yacimientos rupestres (con hasta ocho zonas declaradas Patrimonio de la Humanidad). Estos son un formidable referente cultural e histórico común de los actuales pueblos de Europa, y la evidencia tangible de que los pueblos europeos de la Prehistoria constituyeron una especie de unidad cultural, social y espiritual. El Sudoeste de Europa, con sus más de 800 sitios con arte rupestre, constituye una de las zonas más conocidas y significativas del panorama mundial, albergando más del 80% del total de lugares rupestres de toda Europa. De esa región destaca sobremanera el eje cantábrico-pirenáico, siendo Lascaux, el complejo de El Castillo en Puente Viesgo, pero sobre todo Altamira, las principales expresiones. Las cuevas del eje guardan mucha relación entre ellas. Así por ejemplo, en la de Marsoulas, en la vertiente septentrional de los Pirineos, se descubrió una cierva con el cuerpo rayado. No tendría mayor

trascendencia si no fuera porque es la única cierva representada así, no sólo en todo su entorno geográfico, sino en toda Francia. Sin embargo, esa forma de representar los animales es muy similar a como se plasman las ciervas en las cuevas del Cantábrico, sobre todo a las de El Castillo. En consecuencia, ¿hablamos del mismo artista? ¿Pudo desplazarse, él o un discípulo, medio millar de kilómetros a través de un entorno hostil y llevar su arte a territorio desconocido? Si así fuera podríamos hablar de una “escuela europea” de arte prehistórico.

El megalitismo es una expresión cultural localizada sobre todo en el Mediterráneo occidental y en la Europa Atlántica que se produce desde finales del Neolítico (4.000 a.C.) y continúa durante la Edad de Bronce. Se caracteriza por el levantamiento de estructuras con piedras de gran tamaño y con distintas motivaciones, ya fueran espirituales, de observación… Formaban combinaciones tanto simples como complejas. En sí son una manifestación artística pero trasciende algo más importante: los megalitos sólo fueron posibles con la colaboración colectiva. Los principales focos de este arte se dan en las Islas Británicas, la fachada atlántica de la Península Ibérica y la costa noroeste de Francia. La forma más sencilla es el menhir, una sóla piedra hincada en la tierra; también hablamos de alineamientos, dólmenes, que son piedras en vertical sobre las que sitúa otra en horizontal y del crómlech, que es un conjunto de menhires que se disponen de diferentes maneras, en especial en círculo. De la combinación de menhires y dólmenes surgen estructuras tan espectaculares como el alineamiento de Carnac, en Francia, o el crómlech de Stonehenge, en Inglaterra.

El hecho que estos monumentos sean comunes en todo el litoral atlántico demuestra la existencia de flujos culturales entre los pueblos ribereños. Del estudio de la cultura megalítica atlántica se concreta que las fechas de los orígenes y expansión son comunes, ente el V y el III milenio a.C., que los esquemas de evolución son similares, que los temas decorativos son también comunes o, al menos, muy relacionados, que las técnicas constructivas son iguales, que las sociedades que desarrollan la cultura son complejas y que las corrientes culturales son compartidas en el tiempo (arte esquemático, campaniforme y bronce atlántico)

El megalitismo dio paso a la Edad del Bronce, etapa en la que se desarrolló la metalurgia de la aleación de cobre con estaño. No se puede hablar de un momento y lugar concreto. En Europa occidental de desarrolla entre el 2200 a.C. y el 700 a.C. El Bronce Atlántico presenta una serie de características que la hacen particular y reafirman el intercambio cultural previo. Hablamos de pueblos preindoeuropeos con cierta cultura marítima, pues se desarrollaron rutas comerciales a larga distancia para unir los distintos centros metalúrgicos de la fachada Atlántica. Así, para la elaboración del metal se utilizaban el estaño de Cornualles, el cobre de Bretaña y de Huelva y el estaño y oro de Galicia. En Cantabria tenemos un claro ejemplo con el “caldero de Cabárceno”, uno de los pocos ejemplos que de este tipo de utensilios existen en la Península Ibérica. Habitualmente se ha considerado que los calderos tienen un origen británico. Esa pieza certificaría la existencia de contactos entre los pobladores del Cantábrico y los de la zona atlántica europea, especialmente con los habitantes de las Islas Británicas. De hecho, el caldero de Cabárceno presenta una gran similitud con otros hallados en este territorio, como los que se encontraron en Dublín y cerca de Battersea. Del bronce se pasó a la Edad de Hierro cuando se empieza a popularizar el uso de este metal que, además, trae intrínseco un cambio tecnológico y cultural. Será hacia el siglo VIII a.C., pero antes, desde el centro de Europa y hacia el oeste, y en distintas oleadas, se iniciará la expansión celta. Los espacios costeros serán ocupados por gentes de igual cultura, lo que estrechará más la relación entre los pueblos atlánticos.

Durante la Edad de Hierro comienza a configurarse el núcleo de lo que luego sería conocido como el Imperio Romano, a la postre, la mayor potencia de la Antigüedad. Desde la fundación de Roma, en el de 753 a. C., comenzaría a desarrollarse un complejo entramado político y social, cuna de nuestra civilización actual. Primero fue una ciudad-estado gobernada por un rey hasta que en el 509 a.C. se instaura la República. Es en ese momento cuando empieza a desarrollarse militar y políticamente. Primero comenzaron su expansión por la Península Itálica; luego, durante las Guerras Púnicas, en la segunda mitad del siglo III a.C., se expanden por el Mediterráneo. Ello obliga a reestructurar el gobierno, pero las tensiones son demasiadas y una crisis dará paso al Imperio en el siglo I a.C. La expansión hacia el oeste será gradual. Primero ocupa la Iberia mediterránea a finales del siglo III a.C. Lusitania caerá a mediados del siglo II a. C. y por ahí llegará hasta Galicia. La cornisa cantábrica será la última en ser ocupada, concretamente Cantabria, que lo hará en el año 19 a.C. Para ello las tropas romanas remontarán el Ebro y llegarán embarcaciones procedentes de Aquitania, en la Galia, que a su vez, fue conquistada hacia el año 51 a.C., a pesar de que, durante los años anteriores, las distintas tribus asumieran el modo de vida romano. Durante la guerra de las galias, Julio César entró en Bélgica y fortaleció la frontera con los germanos, pasando a las Islas Británicas en el 54 a.C., aunque no lograría penetrar en exceso. De hecho, hasta el siglo III no se puede hablar de conquista, en grado superficial y no de la totalidad del territorio.

El imperio romano unificó casi toda Europa bajo unos mismos parámetros políticoculturales. Sin embargo, en el 476, la parte occidental se desmoronaría. A pesar de lograr cierta homogeneización cultural, y sobre todo religiosa, la estructura política de Europa cambiaría por completo comenzando un nuevo período, la Edad Media. En el contexto de una Europa que poco a poco va cristianizándose, pero caracterizada por un alto grado de violencia y anarquía, emergen dos figuras, Carlomagno y Beato de Liébana. El primero es el rey de los francos desde el 768 y, con su política expansiva, dominará buena parte de Europa, viendo muchos en ello la reedición del Imperio. Intentó penetrar en la Hispania musulmana pero fue derrotado en Roncesvalles. No obstante, creó la Marca Hispánica, sometida al reino franco. Sería coronado emperador en el 800.

En su época, la religión constituía un elemento cultural de integración, de estabilidad y de orden social, por lo que era fundamental que no hubiera fisuras para consolidar los dominios del Imperio. Sin embargo, el cristianismo se debate entre el dogma romano y el adopcionismo, teoría que proclama que Cristo es el hijo adoptivo de Dios. Estas ideas amenazan los fines imperialistas del propio Carlomagno, favorable al dogma romano, pues el obispo de Urgel en la Marca Hispánica, Félix, se declara seguidor de ella. Sus teorías, consideradas heréticas y condenadas por el papado y el propio Carlomagno, son combatidas intelectualmente desde los montes cántabros, en la Liébana. Allí Beato, con gran tesón, debatirá a favor del dogma, logrando el reconocimiento del Papa y del propio Carlomagno a través de su asesor personal e ideólogo del imperio carolingio, Alcuino de York.

Beato no sólo combate la herejía. Desde su refugio lebaniego redacta hacia el 786 los Comentarios al Apocalipsis, obra en la que sitúa las reliquias del Apóstol Santiago en Galicia. Poco después escribe O Dei Verbum, donde invoca a Santiago como tutor del cristianismo. A comienzos del siglo siguiente se descubre el supuesto sepulcro del apóstol, en un momento en el que Europa vive bajo la amenaza del Islam. Desde que se tiene conocimiento del hallazgo, se organizan peregrinaciones desde todos los puntos de la cristiandad aprovechando el viejo camino hacia Finisterre, lugar de encuentro desde la antigüedad de todos los pueblos atlánticos. Pero sólo el norte peninsular es un territorio por el que se puede circular con seguridad. Al sur de la cordillera Cantábrica se encuentra Al-Andalus. El flujo de peregrinos, al principio, será por lo que luego se conocería como el Camino del Norte: toda la costa Cantábrica. En la medida que se van conquistando terrenos hacia el sur, el tercio septentrional de la Península se hace más seguro, quedando configurado, a partir del siglo XI, un nuevo trazado, el conocido como Camino Francés. Esa nueva vía conectaba los núcleos urbanos más importantes de los reinos cristianos del norte: León del Reino de León, Burgos del de Castilla y Pamplona del Reino de Navarra. Los nuevos reinos cristianos comprobaron que la peregrinación era una forma de consolidar los territorios

reconquistados, a la vez que aseguraban su hegemonía con la unión del poder civil y el religioso. Por ello dieron un especial empuje a la ruta. El Camino de Santiago supuso para Europa un elemento vertebrador de primer orden, no sólo desde el punto de vista religioso. La cristianización de la ruta hacia Finisterre con la aportación cultural de los miles de peregrinos procedentes de todos los rincones de Europa, ayudó sobremanera a cohesionar socialmente el propio continente.

Hemos visto que desde la más remota antigüedad, el espacio atlántico fue surcado por embarcaciones en un flujo constante de comercio. A lo largo de la fachada atlántica hay múltiples testimonios de esas relaciones entre los pueblos, que llegan a consolidarse, con el paso de los siglos, incluso por encima de la firma de acuerdos comerciales entre los distintos reinos o de las disputas bélicas. A mediados del siglo XIII el comercio marítimo cobra especial importancia ayudado por los fueros otorgados a las villas marineras. Dado que a veces no confluyen los intereses de los reinos con los de las villas, estas deciden reafirmar su voluntad comercial con los pueblos de su entorno atlántico para lo que crean una entidad con que defender sus intereses frente al poder real. El 4 de mayo de 1296 se firma la constitución de la Hermandad de las Marismas en Castro Urdiales. Formarán parte de ella la propia villa castreña, Laredo, Santander, San Sebastián, San Vicente de la Barquera, Guetaria, Bermeo, Fuenterrabía y Vitoria. En sí pretende defender la ruta comercial del Atlántico Norte con los puertos de Flandes, Normandía e Inglaterra, evitando conflictos. La marina cántabra tiene un poderío tan destacado que la convierte en una gran potencia. Durante los dos siglos siguientes participa en numerosos episodios bélicos y en actos de bandidaje que colman la paciencia de los monarcas ingleses. El 1 de agosto de 1531, en la Torre de Londres, Eduardo III, Rey de Inglaterra, firma un tratado de paz con los representantes de la Hermandad. Sin duda, el mero hecho de encontrarse de igual a igual con el rey inglés demuestra la relevancia alcanzada por las tripulaciones y villas del Cantábrico.

El desarrollo marítimo y la pericia de sus navegantes convirtieron la costa atlántica europea en general, pero la cántabra en particular, en un referente. La marina mercante, con relaciones comerciales abiertas a todos los puertos de la fachada atlántica, y la pesquera, con la apertura de nuevos caladeros en el norte, permite una relación fluida entre los pueblos atlánticos y que incluso participen en empresas comunes. Durante el siglo XV, el desarrollo tecnológico permitirá construir mejores naves y mejorar las técnicas de navegación. Ello unido al secular conocimiento de la brava mar del océano, permitirá que los marineros de los pueblos atlánticos se embarquen en nuevas empresas en las que habrá participación conjunta de hombres procedentes de cualquier lugar bañado por el océano. El desarrollo de la pesca de la ballena, el bacalao o simplemente, las ansias por explorar lo desconocido, abrirán

un nuevo escenario de relación en el que la región atlántica cobrará un destacado protagonismo. La era de los descubrimientos dará paso a un nuevo período en el que el viejo escenario atlántico se amplía definitivamente. El Arco Atlántico no se circunscribe ya a sí mismo, se abre por fin hacia el exterior y comienza una carrera comercial que cambiará definitivamente el mundo y las relaciones entre los pueblos de la región. Además, la industria se desarrolla y las experiencias y conocimientos se ponen en común. Así, en la localidad de La Cavada se constituye una fábrica de artillería en 1622 para fabricar armamento. Allí se instalan técnicos procedentes de Flandes, con amplios conocimientos de las técnicas de fundición. A pesar de chocar con las costumbres locales, muchos de ellos echarán raíces en Cantabria.

El comercio portuario fue el motor de la economía cántabra a lo largo de los siglos. Las rutas transatlánticas y con los puertos del norte de Europa permitieron el florecimiento de una clase social cuajada en experiencias y tratos internacionales, receptiva a nuevas iniciativas y atenta a las corrientes comerciales e industriales que se daban en otros lugares. Así por ejemplo, a mediados del siglo XIX, llegan al Cantábrico italianos en busca del bocarte, un pez de gran consumo en Italia y prácticamente despreciado en nuestras costas. Los salatori, técnicos en salazón, pagaban al pescador para que capturara anchoa, alquilaban un almacén para sazonar y empleaban a las mujeres de los pescadores para realizar el trabajo. Luego se ocupaban de embarcar la salazón en los vapores que recorrían el Cantábrico con destino a Italia. Su ocupación transformó por completo la vida en Santoña, Laredo, Colindres, Castro, Guetaria o Bermeo, que se aprestaron a pescar lo que antes no querían ante la creciente posibilidad de negocio. Introdujeron nuevas técnicas de pesca y, experimentando, dieron con la fórmula para elaborar los filetes de anchoa en aceite, lo que cambiaría para siempre la industria pesquera del Cantábrico. Su éxito propició que muchos de ellos arraigaran en la comarca. También los cántabros del interior supieron adaptarse a las corrientes foráneas. Un ejemplo de ello los tenemos en la fabricación y posterior venta de helados por parte de los pasiegos. El helado, un producto universal cuya fórmula adquirió especial desarrollo en la comarca con el uso de materias primas propias. Las dotes comerciales de los pasiegos harían el resto, vendiendo el producto por toda Europa, en especial en Francia, donde se instalaron numerosas familias pasiegas montando importantes grupos industriales como Miko, fundada por Luis Ortiz.

El flujo constante de personas entre los pueblos del arco atlántico motiva que tengamos tradiciones o costumbres muy similares en todos lo ámbitos de la cultura tradicional. Una de tantas, quizás la más común, es el culto que reciben los árboles. Tanto en Cantabria como en otros lugares peninsulares, está muy arraigado el acto ritual de “plantar la maya”, que consiste en talar el árbol más alto y robusto, normalmente un chopo o una haya, colocarlo en el centro de la plaza del pueblo, para a continuación esquilarlo, colocar una rama o una bandera en la parte superior y celebrar alrededor un ritual de culto al árbol y a la naturaleza. Se suele hacer con al entrada del mes de mayo porque es el momento en el que florecen los campos y la frondosidad de los bosques y árboles se muestra en su esplendor. Al fin y al cabo en un homenaje a la vida encarnada, en este caso, en un árbol. Es una costumbre o tradición que se pierde en la más remota antigüedad y común a otros pueblos como lo nórdicos, los celtas, los romanos… De hecho, la maya ha sido el llamado árbol mágico del folclore europeo. Por ejemplo, para los nórdicos, el centro del universo lo representa un árbol que está protegido por los dioses. Para los galos, su centro religioso y el de toda su cultura lo representa un bosque. En las Islas británicas, la tradición de los mayos está muy vinculada al mundo celta, aunque también hay otras expresiones. El Maypole o “vara de mayo” se decora con cintas de colores y demás elementos ornamentales, celebrándose alrededor suyo una serie de rituales festivos y ceremoniales.

Los mitos, la tradición, las leyendas, las supersticiones, las creencias, los ritos… son fuertes vínculos de unión de los pueblos y una parte fundamental de su historia. Independientemente de que permanezcan en el imaginario, no deja de ser cierto que forman parte de una cultura, de una realidad intrínseca en el carácter de los pueblos. En un continente como el europeo, donde el aislamiento es casi imposible y donde se ha constatado un estrecho vínculo entre los pueblos que lo componen, es necesario subrayar que los mitos y las leyendas son fruto de muy diversas fuentes y culturas que, al mismo tiempo, cada territorio asimila como resultado de esos contactos a lo largo de la historia. Evidentemente, el clima, la orografía, las labores domésticas y las relacionadas con el trabajo, sin son iguales o parecidas en determinados lugares, propician

una serie de costumbres, ritos y mitos similares. Eso es lo que ocurre en la orilla atlántica. Desde la antigüedad hay constancia de ritos de adoración al sol y a la luna, ambos representados en monumentos como las estelas. También a las montañas, a las aguas, a los árboles, a las tormentas…, junto con el típico relicario de supersticiones relacionadas con las circunstancias particulares de cada elemento. También son corrientes los seres malignos, los genios domésticos o del hogar, los enanos del bosque, los relacionados con el mar…, casi todos ligados al mundo campestre, a la sociedad agrícola, a la cultura marinera y al mundo rural. Hablamos de trasgus, trentis, tentirujo, tratolillos, bogan, fenoderee, pixies, boggart, coblynan, leprechaun…, todos con características muy similares pero adaptados a la cultura local.

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