GOURMET

Magela Baudoin

Si existía un lugar al que prefería regresar, ese lugar era a su habitación en casa de los abuelos. La abuela la había decorado para ella, aunque de inicio las telas y los colores fueron más bien adultos que infantiles, pues había confeccionado con sus propias manos el edredón, las cortinas y los cojines para que tuvieran futuro. Es decir, para toda la vida. De ahí provenía el gusto de Inés por los cubrecamas a cuadros: de aquel mullido cobertor, azul y blanco, a cuadrillé de un lado y a flores del otro. La abuela le preparaba la cama para dormir. Luego de la cena, abría el edredón, haciendo un pliegue a la altura de las almohadas, dejando a la vista las fundas blancas con borados. Al lado, en la mesita de noche, la lámpara encendida, una jarra pequeña con agua, un vaso, pañuelos de papel y un libro, que por lo general la abuela había sugerido. También estaba el aroma a lavandas, que surgía suavemente de las esquinas porque seguro la abuela había dejado por allí unas ramitas o una vela. La abuela podía curarla de cualquier cosa en ese cuarto, pero sobre todo de la tristeza. De adolescente, la llevaba allí de la mano, la tendía en medio de la cama, retiraba los cojines y corría completamente las cortinas hasta que el cuarto se volvía noche y, en la tibieza de la habitación cerrada, la abuela se sentaba a su lado peinándole el cabello con las manos, hasta dejarla completamente dormida. Porque dormir era la mejor cura que existía, decía la abuela e Inés lo creyó siempre a pie y juntillas. Por eso, cuando no podía encontrar algo que la ayudara a remendarse, Inés se echaba a oscuras sobre su cama, en cualquier lugar en donde su cama se encontrara: Buenos Aires, Oslo, Abiyán… Cerraba los ojos e intentaba atajar en el aire el aroma de algo agradable, digamos canela si es que no había lavanda, que le permitiera purgar lo que no podía sacar de sí a plena luz del día, en cada nuevo país al que llegaba. Por eso, en aquella tarde de verano amazónico, en el que reinaba la frutración porque estaba bastante difícil que a Manuel lo volvieran a desplazar, Inés se lanzó de bruses sobre su mullido edredón. Durmió por horas y despertó casi sana y como impelida por una fuerza crepuscular: “¡Tenemos que hacer amigos!”, dijo. Sonaba tan infantil que Manuel se echó a reír. Pero ella insistió como un cachorro apurado. “Necesito hablar con otra gente. Me

“¿Pero. se preguntó ella. Inés se dio vuelta estupefacta. encima el cangrejo y mucha salsa. A Inés no le importó que había amanecido ventoso y que en toda la tarde no había parado de enfriar. El la observaba asombrado. aquella euforia acabaría en llanto. de dónde?”. algo delicado que encontró en el único libro de cocina que tenía: cogió su mayonesa casera de siempre. Inés se quedó pensativa por un rato y comenzó a hacer un recuento. “Pongamos la mesa”. le agregó apio fino. Llamó a las mujeres. dijo. Qué hacer que no los mostrara demasiado interesados en agradar. luego limpió y cortó una carne de cangrejo y puso las mitades de aguacates a remojar en limón. Decoró con unos tomates y aceitunas negras. puso las paltas. Pero a ella la sugerencia le había parecido genial. flotando en esa nueva ciudad calcinante. había replicado él por decir cualquier cosa. Finalmente en cada plato tendió una cama de berros. pimientos picantes encurtidos. primero de los niños que venían a casa de tanto en tanto. rodeando la mesa .siento muy sola”. para que invitara a alguna gente. luego de los padres que se encontraba a la hora de la salida. porque a Manuel le encantaba el cerdo. Manuel miró la hora. sin siquiera meditarlo. por aquellas dotes gastronómicas recientes: “¡Todo tiene limón!”. Inés iba y venía de la cocina. “Muy pesado para la noche”. junto a la mantequilla. comprendiendo que no sólo ella se sentía deshabitada. “¿Y pescado?”. envuelta en olor a ajo y mantequilla. viendo llover menudo por la ventana. respondió él. que puso al horno y cocinó lentamente. “Del colegio”. se imponía ella. aunque no le gustaba demasiado. Su comida sería sencilla. Él intervenía ocasionalmente: “¿Qué tal si cerdo?”. asomando un puchero de pesimismo. Él comenzaba a presentir que si no la complacía. ajo y perejil. Habían invitado a las ocho y pasaban las nueve y cuarto. algo universal que pudiera gustar a todos. bañado generosamente con limón. automáticamente. Serviría su gran pez con papas sofritas y unos pimientos dulces verdes también con mucho limón. perejil fresco también picado. así que se propuso un entremés. humillada. furiosa pero se encontró con unos ojos ansiosos. mostaza. Entonces fue al mercado muy de mañana para conseguir un grueso ejemplar de nueve kilos. y envuelto en un papel de aluminio dentro del cual se mezclaban los jugos. De forma que no le costó demasiado confeccionar una lista y pasar de lleno al menú. le dijo entonces. fijó una fecha para dentro de una semana y se dispuso a los preparativos. unas gotas de salsa inglesa y de tabasco. Así que la animó.

algo que de manera infalible siempre era atrayente. prefirió tomar el rumbo del fútbol o de la lluvia torrencial. riéndose de sí misma. el vino le daba acidez. Bajaba con la cara lavada. Estaba linda. encendió la vela que había puesto en la mesita lateral y muy pronto se apoderó de la charla. mostrándose indefensa y un poco caótica para la vida. De donde ellos venían. Inés también se había cambiado. tapando expresamente el reloj digital para dejar de mirarlo. Al menos por esa noche. le parecía demasiado amargo y sólo podía tolerarlo ocasionalmente con Coca Cola y mucho hielo. solo que esta vez se sentía exhausto para repetirlo. Manuel se paró de espaldas a la cocina. pensó Manuel. Inés se hundiría. Afuera tronaba. Pensó que sería mejor salir de allí. Saludó a sus invitados. Lo hizo con la mano izquierda. Inés lloraría y lo odiaría hasta que él le pidiera perdón. cuando apareció su mujer a socorrerlo. de sus despistes y nuevas armas en la cocina. incluso después de haberse duchado. en un barril de reproches que a Manuel lo asfixiaría tanto como el olor a fruta fermentada en el suelo de aquella ciudad atestada de árboles. Traspiraba. Él también le sonrió. Manuel se santiguó como cábala para que todo resultara bien. Manuel siempre había admirado esa capacidad suya de procurarse seguridad y afecto. Se introdujo naturalmente. Le habían traído vinos tintos. colocando una vela aquí. Eran casi las once cuando tocaron el timbre. Si no llegaba alguien. una servilleta allá. La miraba y respiraba tranquilo porque estaban a salvo. No sabía qué decir sobre las botellas pues no tenía idea de qué era qué. un poco cada día. con lo cual los previno acerca del insospechado desenlace de su experimento. después. treinta minutos de espera era algo razonable. que la siguió en silencio hasta la cocina. pidiéndole a Manuel que se cambiara rápido pero que primero cortara el pan. que habían llegado en masa. conduciéndolos a la sala. Conocía bien el rito. Por ello.presurosa. ahora con los ojos inquietos de quien va a su primera fiesta. los labios apenas abrillantados y la mirada serena o tal vez triste. las promesas incumplidas. primero. Otra vez el destello de un rayo en la ventana. los años de éxodo. Agradeció. mientras se dirigía a la puerta. dejando la casa sembrada de enseñas de paz. haciéndole señas de que abriera. pero hora y media podía considerarse una desgracia. . para no tener que enfrentar a Inés cuando comenzara a preguntar por la hora. Inés le sonrió. y lo hundiría. escuchaba en su pecho avanzar los segundos hacia una tormenta que lo sacudiría contra las rocas: el trabajo.