Ramón Hernández Martín

Meditaciones - I

MEDITACIONES
Dr. Ramón Hernández Martín O.P.

Contenido
PROTOPREHISTORIA PRIOR ......................................................................................................... 9 ULTRAHISTORIA INFINITA .......................................................................................................... 13 TOQUES QUE QUEMAN EL ALMA............................................................................................... 21 HA NACIDO UNA ESTRELLA ........................................................................................................ 31 ¿ECONOMÍA DE DIOS, O DESPILFARRO DIVINO? .................................................................. 33 ACCIÓN DE GRACIAS EN LOS 50 AÑOS DE LA ORDENACIÓN SACERDOTAL .................. 37 EXISTENCIA REAL Y EXISTENCIA POSIBLE ............................................................................ 41 MEDITACIÓN ELECTRIZANTE .................................................................................................... 45 INOLVIDABLE AMIGO: EL MISIONERO RAFAEL MATEOS GUERRA. SEMBLANZA EN UNA MISA PARA ÉL ........................................................................................................................ 47 ¿CARISMA? ¿IDENTIDAD? ............................................................................................................ 49

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PROTOPREHISTORIA PRIOR PROTOPREPRÓLOGO A LA HISTORIA QUE PRETENDO ESCRIBIR

Averroes: El mundo es eterno. En efecto, Dios es eterno y pudo crear el mundo desde la eternidad y no en el tiempo. Tomás de Aquino: Tienes razón. Cabe muy bien la posibilidad de que el mundo haya sido creado por Dios desde la eternidad. La Sagrada Escritura, en cambio, afirma que Dios creó el mundo en el tiempo. La Sagrada Escritura tiene la verdad. A.: Si fue creado en el tiempo ¿cuándo? ¿cuántos años tiene el mundo? T.: Deja riendas sueltas a tu imaginación. A.: No basta. La norma es la razón, si no lo expresa el Libro. T.: La norma es la historia; las huellas. Si no existen huellas, lanza una hipótesis, que nos sirva de pista en el farragoso trabajo de esta investigación.

Unos cuatro cuatrillones de años tiene el cosmos actual. Fue al principio un cosmos vacío, oscuro, que juzgó conveniente el Todopoderoso iluminar y colmar. Lo iluminó, y creó dentro de él un astro grande, casi como la tierra en la que ahora estamos. Era un astro resplandeciente, dinámico, que alegraba con sus movimientos variados en uno y otro sentido el mundo entero. Encerraba dentro de sí aquel astro un potencial enérgico sin límites conocidos, que originaba un dinamismo interno incalculable e incontenible. Esto se manifestaba en explosiones continuas, que lo agrandaban y que plagaban la superficie del astro solitario de múltiples géneros de seres con vida o sin ella, siguiendo los caprichos del Todopoderoso, que parecía recrearse como un químico en su laboratorio. Era su juego el

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constante hacer brotar las vidas y apagarlas y hacerlas rebrotar de nuevo en combinaciones sin fin. Y creó la vida específica del hombre, después de otras muchas. A este hombre protopreprimigenio, similar al actual, dotado de inteligencia racional, de voluntad libre y responsable, puso el Todopoderoso al frente de ese astro único, que alegraba el cosmos. El hombre llamó al Todopoderoso Señor, reconociendo al principio su entera dependencia, y al cosmos llamó pléroma, porque encerraba en su seno todo cuanto de sensible había creado el Señor. Al Cosmos dio el nombre de mónada, por su unicidad y porque daba armonía al conjunto múltiple de los seres creados. Dios en cambio llamó al hombre subprior, como lugarteniente suyo ante los habitantes del pleroma: gobernador plenipotenciario, pero dependiente de su Señor. Como única muestra de esa dependencia una oración al día de acción de gracias y de alabanzas. Pronto se cansó el hombre de considerarse subprior o dependiente y de la oración diaria de acción de gracias y de alabanzas. ¿No soy yo inteligente y libre y dueño de toda la energía del universo procedente del pléroma? ¿Dios le había dado compañera con que alegrarse, comunicarse y multiplicarse, sin necesidad de recurrir al creador? Lo tengo todo en mis manos. Soy tan Señor y Prior como Él. Dios lo castigó. Entraron los males en el pléroma. El peor de esos males fue la rebeldía y el egoísmo. El siguió sus pretensiones de independencia de Dios, y los hombres y los pueblos crecían en independencias y enemistades cada vez más sangrientas entre unos y otros. Las guerras se hacían más violentas con el pasar del tiempo y se multiplicaban sobre el pléroma casi sin descanso. La energía subyacente parecía inagotable, manteniendo de día en día armas cada vez más poderosas. Conforme se explotaban las menas energéticas el pléroma se tornaba más incandescente, amenazando un bimbam ultra destructor. Millones de millones de años se sucedían sin que se llegara nunca a la verdadera paz. Los pueblos antes divididos se agrupaban ahora entre los más cercanos y unificaban un mínimo de intereses para actuar unidos con un único fin: destruir a las otras agrupaciones bien armadas y no fáciles de vencer. Era la guerra absoluta, en todo tiempo y lugar. Armas de efectos destructores nunca oídos se lanzaban unos ejes de pueblos contra otros. Proliferan las interesadas paces y los elementales acuerdos para lograr la aplastadora victoria contra el común enemigo. Al final sólo dos ejes de pueblos con armas de inconmensurable alcance se enfrentaban sin posibilidad de un mínimo

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acuerdo para conseguir la paz entre los dos grupos. Guerra total, victoria absoluta o vuelta a la nada. Era el final del primer tercio del primer cuatrimillón de años de la creación. Llegó el bimbam del pléroma. La suma concentración energética del interior y del exterior de pléroma hizo que estallara éste en multitud de desiguales partes, llenando el espacio del cosmos con desiguales astros, que fueron creciendo según la energía que se encerraba en ellos. Aquella humanidad primera, que había logrado llenar y dominar el primer pleroma, despareció de aquel astro único de la creación primera. Cuatrocientos mil cuatrocientos nuevos astros comenzaron a brillar en el cosmos, buscando cada uno su órbita, para no chocar con los otros. Sólo uno conservó el núcleo de la vida, que a lo largo del segundo cuarto del primer cuatrillón de años iría apareciendo a la superficie. Y de nuevo tenemos al hombre, con ese primer pecado de concentrada soberbia y egoísmo y división ardiendo en su seno. El segundo cuarto del primer cuatrillón de millones de año fue tan desgraciado como el primero. Los bimbanes se sucedieron cada cuarto de cuatrillón de años más o menos y con parecidos resultados. La historia de nuestro mundo siguió ese ritmo, como repitiéndose siempre, sin que el hombre consiguiera aprenderlo ni enmendarse; el envenado núcleo, invadido por la soberbia no parecía tener una absoluta cura. “Siempre tendréis pobres con vosotros”, porque el egoísmo no parece desarraigarse de nuestro pléroma. Sólo los humildes, comprensivos y generosos lo vencen sea individualmente sea en sociedad con otras personas de parecidos sentimientos. ¿Estamos al final del último cuarto del cuarto cuatrillón de años del comienzo del cosmos? ¿Y dentro de ese último cuarto en qué billón de años nos hallamos hasta llegar a un nuevo bimbam destructor-renovador? Difumina, difumina en tu loca imaginación el discurso; yo voy a comenzar mi historia, dejando estas consideraciones protoprehistóricas, sean prior, secunda… … o posterior. Mi historia, la que hoy comienzo a escribir, se limita a un trozo importante de espacio y tiempo en este cosmos, que nos parece inconmensurable y que es el nuestro. Sirva lo que antecede de protopreprólogo.

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ULTRAHISTORIA INFINITA

Siempre ha habido párrocos celosos, cercanos a sus feligreses, que son el orgullo del pueblo, están donde el pobre, el enfermo, el que necesita una ayuda. En la Iglesia, en todo tiempo no ha faltado un santo cura de Ars o un unamuniano san Manuel Bueno Mártir. Quizás entonces era más fácil, pero hoy es más meritorio. Entonces no encontraban dificultad para convocar en los domingos a los niños a la catequesis, tenían los párrocos acceso fácil a las escuelas para explicar el evangelio dominical o el misterio o fiesta de próxima celebración, podían con agrado del pueblo extenderse en la homilía festiva de la misa mayor. No faltaban, siempre con abundante público, las conferencias para jóvenes o adultos o para matrimonios. El encuentro y saludo diario con el pueblo por la calle. El cura, el párroco, era una institución bien vista, y los feligreses acudían a él confiadamente ante los variados problemas personales o familiares o sociales que iban surgiendo en la vida diaria. Los pobres, enfermos, los necesitados en el cuerpo o en el alma eran para él los predilectos. Así lo aprendieron en Jesucristo y en el Evangelio y así se esforzaban por llevarlo a la práctica. Con semejante actividad, desde el temprano amanecer hasta el pleno cerrar de la noche, poco tiempo tenía el párroco para meditar, leer, contemplar en la soledad las verdades de la fe, para ofrecer cosas nuevas o aspectos nuevos en la explicación de las verdades de fe a sus cristianos. Él las creía, las vivía y las ofrecía a la gente con el castizo modo de su pueblo, que seguía con emoción la vivida emoción del sacerdote, al explicar las sencillas escenas y parábolas del Evangelio. Lo más complicado para él era la exposición de los altos misterios: la transubstanciación eucarística o la misma presencia real de Jesús, siempre presente y siempre olvidado y encarcelado en el sagrario. Otro misterio para él difícil de hacerlo accesible era la Encarnación del Verbo: Dios infinito, que se hace un hombre limitadísimo, paupérrimo y plenamente indefenso ante la persecución y las humillaciones de los prójimos más perversos e inhumanos.

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Donde ya se perdía enteramente desde un principio nuestro párroco era en el misterio de la Santísima Trinidad: un solo Dios y tres Personas. ¿Cómo explicaré yo esto a la gente? Lo creo; me gustaría reestudiarlo, pero no tengo tiempo. El pueblo lo sabe; se lo expondré como me salga en ese momento; la gente nunca me pide más. Usaré ejemplos o comparaciones de tres en uno, que nunca faltan. Ciertamente no es fácil exponer el misterio de la Trinidad a la gente sencilla. Lo fue de forma especial para los misioneros cuando tenían que hablar de ello a los paganos, hundidos en el politeísmo, entre dioses a veces enemigos mutuos o que se dividían los diversos pueblos o los distintos poderes de la naturaleza, y que exigían sacrificios humanos para detener sus furias o conseguir su favor. Explicar que Dios no hay más que uno, se conseguía con mucha dificultad. Explicar que en este Dios había Tres Personas distintas, pero que eran un solo Dios. Los misioneros acudían a ejemplos: las distintas olas del mar y un solo inmenso mar; tres dobleces y una misma tela, o, quizás más expresivo, un espléndido árbol con tres potentes ramas, saliendo del mismo tronco, y así lo consignaban en los catecismos nuestros misioneros de América del siglo XVI. Leí hace quince años en una revista de teología una recensión a uno de esos catecismos americanos, que acababa de reeditarse con motivo del centenario del descubrimiento del Nuevo Mundo, como parte documental de una tesis de doctorado. El teólogo recensor criticaba duramente a aquellos misioneros como poco preparados en teología, porque esos ejemplos manifestaban una teología heterodoxa, similar al modalismo de los siglos II y III, que hacía de las personas modos de manifestarse el Dios unipersonal. Me pareció muy dura y rígida esa calificación, pues se trata de ejemplos de catequesis para hacer asequible a personas sencillas el más alto misterio cristiano, que, como todos los ejemplos de cosas sobrenaturales, son deficientísimos, sin remedio. Y también en nuestros días, y hoy mismo, algunos párrocos en el Domingo de la Santísima Trinidad han usado de estos o más vulgares ejemplos. Lo sé porque lo he presenciado y porque otros oyentes me lo han dicho de otros sacerdotes en la homilía de esa fiesta. Nadie los tacha de heterodoxos, pues se sabe que son modos parabólicos, que nunca – ni en el Evangelio- son plenamente acomodables en todos sus elementos. Lo cierto es que esa semejanza o ejemplo del tronco y las tres potentes ramas lo oí yo de pequeño a un párroco de brillante carrera teológica y escriturística, y que era el deleite de mis paisanos, que siempre salían admirados de sus doctrinales homilías largas de la misa mayor. Así se presentó mi párroco en la escuela, en la víspera de la fiesta de la

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Santísima Trinidad, como era habitual hacerlo en aquellos años lejanos -algo más de medio siglo- con un rollo grande, y, al extenderlo, allí estaba el famoso árbol del grueso y firme tronco y de las tres frondosas y vigorosas ramas. Ya nos advirtió que era sólo un ejemplo, un símbolo; pero a él le sirvió para meternos bien dentro del alma, con sus explicaciones, la realidad del misterio trinitario y la necesidad de adorarlo y vivirlo cuando recitamos el Credo o nos persignamos. Digo su nombre en señal de agradecimiento por aquella y otras muchas lecciones: Don Leónides Prieto, ya contemplando y disfrutando este misterio en la eternidad. En una de mis meditaciones aquí expuestas, en mi página Web, Sobre la Ciencia de Dios, partía yo de una frase que oí de pequeño (primer año de Escuela Apostólica [o Seminario] Menor. Respondía a la pregunta ¿qué hacía Dios durante toda la eternidad, antes de la creación? La respuesta era Dios se contemplaba a Sí Mismo. Expuse entonces el bien inmenso que hasta el día de hoy me ha venido proporcionando esa breve, pero, para mí, desde entonces, luminosísima frase. Manifesté asimismo el agradecimiento a aquel padre dominico, al que se la oí. Diré también el nombre de este mi gran benefactor espiritual, pues hace cinco años que ha fallecido y no me podrá reñir: P. Jesús García Rodríguez, Director entonces de aquella Escuela Apostólica Menor. Pero esa frase es tan densa que me ha permitido y me sigue permitiendo un inacabable desarrollo, del que quiero ofrecer ahora sólo el principio. Pues bien, el desarrollo es lo que yo llamo La Ultrahistoria Infinita. En efecto, nuestra inteligencia humana presenta ante nuestra mente una infinitud de consideraciones de la Divinidad, es decir, de la misma naturaleza divina, común a las Tres Divinas Personas. Esas consideraciones, hablando a lo humano, tienen como fondo todo cuanto nos ofrece el ser-vital-espiritual infinito con sus infinitas perfecciones, que constituyen ónticamente la Divinidad. Algo de esto es a lo máximo a que puede llegar el hombre como por atisbos, o sospechas, o analogías, como dicen los filósofo-teólogos tomistas, y tienen su punto de apoyo en la naturaleza creada o cosmos. Dios sabe, vive y experimenta que encierra en sí absolutamente todo el ser en sus infinitos aspectos posibles, más que lo que el hombre con su imaginación ilimitada puede soñar o pensar: multitud infinita de infinitos mundos o modos de ser participado de ese ser divino único: mundos o modos bellos, bellísimos; buenos, buenísimos; grados o modos infinitos de perfección participada del ser de Dios. El mundo o cosmos que conocemos, o mínimamente conocemos, es sólo una manifestación de esas infinitas

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posibilidades que se encierran en el ser primero, en la naturaleza divina. Estas consideraciones se prolongan, aumentan en progresión geométrica, con cada una de las perfecciones divinas, cuyos atisbos nos ofrece o nos puede ofrecer la naturaleza creada, la creación en la que nos movemos o reposamos cada día: inmensidad, presencia, entendimiento, verdad, voluntad, amor, libertad, generosidad, fecundidad… Sin embargo todo esto no es más que el umbral del verdadero conocimiento de Dios. Tanto es así, que, a pesar de que, por lo dicho o enunciado, creemos que sabemos o podemos saber bastante de Dios, viene San Juan Evangelista y en el mismo prólogo de su Evangelio llega a decirnos de modo apodíctico: de Dios nadie sabe nada: “a Dios nadie lo ha conocido jamás; el Hijo unigénito de Dios, que está en el seno del Padre es quien nos lo ha dado a conocer” (Evangelio según San Juan, capítulo 1, versículo 18). En efecto todo lo que hemos dicho antes y que ha llenado millones de libros grandes y pequeños, y que siguen y pueden seguir llenando más todavía no llegan a la intimidad de Dios, a la vida íntima de Dios, que es lo más importante y lo que verdaderamente lo define. Eso quiere decir que si lo que hemos expuesto hasta ahora da origen a meditaciones sin fin, lo que queda por decir, que es lo referente propiamente al misterio de la intimidad de Dios, que es el misterio de la Trinidad, no hay siglos eternos suficientes para acabarlo de considerar: no cabe aburrimiento posible. Sólo Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios, que vive desde la eternidad en el seno de la Divinidad es quién nos puede decir sin engaño quién es y cómo es Dios. Jesucristo es el que nos ha revelado repetidamente en el Evangelio la Trinidad en Dios, y Él es el que nos ha hablado de su inconmensurable importancia para nuestra vida, para nuestra perfección como cristianos; no es un misterio para tomarlo a la ligera. Su misión en nuestra alma, en el alma de la Iglesia y en la gloria del cielo es de una vitalidad sin límites; su vivencia experiencial es de una felicidad infinita, y por lo mismo la Bienaventuranza de Dios y de los santos por eternidad de eternidades sin fin: imposible metafísicamente aburrirse. Para no alargar indefinidamente estas consideraciones, daré a continuación algunos pasajes evangélicos que nos pueden seguir dando qué contemplar y qué predicar sobre el Misterio Trinitario; que, si todos los misterios sobrenaturales son insondables, Éste de la Trinidad es insondable por antonomasia. Aparte de esa revelación ya citada del prólogo del Evangelio de San Juan, encontramos al principio del Evangelio de San Lucas, en el capítulo primero, versículo 35 las palabras que el ángel Gabriel dirigió a la Virgen María: “el Espíritu Santo vendrá sobre

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ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Hijo engendrado de ti será Santo, será llamado Hijo de Dios”. Recuerda las dos teofanías o manifestaciones de la Divinidad con motivo del Bautismo de Jesús y de la Transfiguración en el monte Tabor: el Espíritu Santo que desciende sobre Jesús en forma de Paloma y la voz del Padre Éste es mi Hijo muy amado, el predilecto, escuchadlo. La persona del Padre tantas veces evocada por Jesús: el Padre y yo somos uno; el Padre, que me ha enviado; mi alimento es hacer la voluntad del Padre; el Padre me glorificará; Yo estoy en el Padre y el Padre en mí; Padre mío, si es posible pase de mí este Cáliz… Lee el sermón de Jesús, después de la Última Cena, que recoge San Juan, particularmente los capítulos 14 y 16 donde encontramos las tres divinas personas y sus relaciones entre sí y con nosotros. Ve el final del Evangelio de San Mateo, capítulo 28, versículo 19: “id y predicad el Evangelio a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Al final del Evangelio de San Lucas, capítulo 24, versículo 49: “os enviaré al prometido de mi Padre; permaneced en Jerusalén hasta que seáis imbestidos de la virtud venida de lo alto”; texto que se completa con los Hechos de los Apóstoles escritos por el propio San Lucas, al principio de los capítulos 1 y 2. Los textos sagrados se multiplican en las cartas de los santos Pedro, Pablo, y Juan. Sólo evocaré el saludo que decimos tantas veces al comienzo de la Misa, y que está tomado de la Carta Segunda de San Pablo a los Corintios, capítulo 13, versículo 13: “la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros. Amén”. Tenemos tema vivísimo y superabundante para contemplar y para predicar sobre la Trinidad. No tenemos excusa. Es un misterio muy familiar al verdadero cristiano: lo glorificamos en el Gloria de la Misa; lo profesamos en el Credo y ¡tantas veces lo invocamos con la señal de la Cruz a través del día: ”en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. Entremos dentro de la vida íntima de Dios, con la ayuda de la revelación de Jesús, que nos hace Él directamente en los Evangelios e indirectamente a través de los Apóstoles en sus inspirados escritos. Entremos en el misterio de la Santísima Trinidad, que es lo que con toda propiedad constituye y define a Dios. Entremos con la máxima veneración, iluminada nuestra mente con la fe sobrenatural y caldeado nuestro corazón por la caridad. Tengamos al rojo vivo las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo, que se nos confirieron en germen con la gracia de Jesucristo, que nos ha

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transformado en Hijos de Dios y herederos de su misma Felicidad en la gloria que un día nos dará. Creo en Dios Padre. El Padre desde siempre, desde la eternidad, engendra y contempla al Hijo. El Padre, al contemplarse a sí mismo engendra la Palabra o el Verbo (en latín) o el Logos (en griego) tan perfectamente semejante al Padre que llega a la máxima de las perfecciones que es la Persona: ese Verbo es engendrado por la mente de Dios y es por consiguiente el Hijo, la Persona del Hijo, segunda Persona de la Santísima Trinidad. Una lejanísima semejanza se da con nosotros que al entender engendramos el concepto, la idea, que luego la damos a conocer en la palabra. Todos los sentimientos de los padres buenos se encuentran en Dios en grado infinito: la preocupación y atención y amor a los hijos, la providencia, el cuidado, la ilustración, el perfeccionamiento hasta el más alto grado… Creo en Dios Hijo. El Hijo es la Palabra del padre, es la Verdad consumada, origen de todas las verdades; por Él el Padre crea todas las cosas, el cosmos universo y todo cuanto en el cosmos se contiene; cada cosa del cosmos es una participación del ser, de la verdad y de la bondad de Dios, con todas las otras perfecciones, que de ahí se derivan. Y, más que todas las consideraciones sin límites que esas realidades originan, están en el Hijo todas las realidades sobrenaturales, misteriosas que hacen referencia a la historia de la salvación de los hombres: Encarnación del Hijo de Dios, su vida sobre la tierra, su predicación, la fundación de la Iglesia, las sobrenaturalidades de su Madre (la Virgen María), la vida y las riquezas espirituales de la Iglesia, el misterio eucarístico, los sacramentos, la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo con su repercusión sobrenatural en los hombres. ¡Cómo puede Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo aburrirse un solo instante en la contemplación de sí mismo y de estas infinitas, sobrenaturales y eternas realidades, y las que a ellas de infinitos modos van unidas! Sigo enriqueciendo mi contemplación, que no tiene límites, para vivirla y para exponerla o predicarla con vivo entusiasmo a los fieles o infieles. Porque también creo en Dios Espíritu Santo. Ese amor mutuo infinito y felicísimo del Padre al Hijo y del Hijo al Padre es tan perfecto, tan intensa y perfectamente infinito, que constituye una infinita y perfectísima realidad, que es una infinita y divina persona, que se llama y es el Espíritu Santo. Si tu amor a la persona amada y el amor de la persona amada hacia ti da origen a algo común a los dos, que os mantiene unidos, aunque separados y lejanos, esa realidad común espirada por el Padre amando al Hijo y por el Hijo amando al Padre es

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en Dios una realidad infinitamente perfecta, o, como dije antes, una persona infinita, que, repito, es el Espíritu Santo. ¡Cómo este misterio o supramisterio no va a ofrecer consideraciones sin fin en Dios, y por regalo divino y concesión divina también en nosotros! Suma ahora lo que viene. Es decir, las maravillas de la Trinidad (de Dios Uno y Trino), que viene a nuestra alma por la gracia de Jesucristo, que nos hace hijos de verdad, incluso en ese mismo orden sobrenatural, de Dios y herederos de la gloria y de la vida íntima de Dios en el cielo. No acabaríamos con estas consideraciones y predicaciones sobre el misterio trinitario. Jesús lo prometió; lo leemos en el Evangelio de San Juan, capítulo 14, versículo 23: “si uno me ama, cumple mis palabras, y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”. Los santos contemplativos lo vivieron y experimentaron y nos lo transmitieron. Otro recuerdo de mi infancia en mi Escuela Apostólica (o Seminario) Menor. Un Padre dominico nos leyó algo impresionante de la entonces Sor y ahora en los altares, Isabel de la Trinidad. No lo entendí bien entonces, pero se me quedó como en oro grabado en mi interior, y luego, a partir particularmente del año de noviciado, ha sido principio de benéficas meditaciones. ¡Dios no se aburre en la Eternidad ni los santos en la Patria eterna con Él! Imposible el aburrimiento con esta Ultrahistoria Infinita y Eterna; lo experimentas, si vives en sintonía con la Santísima Trinidad. Y falta tanto por decir todavía. Falta por ejemplo la transcendencia social, porque dice San Cipriano, comentando el Padrenuestro: “El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo, cuya unión sea un REFLEJO de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”.

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TOQUES QUE QUEMAN EL ALMA 1 Santa Rosa de Lima Bastante fresca esta mañana del 23 de Agosto del 2003. Estoy en Macotera (provincia de Salamanca) y madrugo para ir a la capital charra. En el autobús provinciano de las nueve iba yo rezando el Oficio de Lecturas en mi libro de preces, el Libro de las Horas. Era la fiesta de Santa Rosa de Lima. Meditaba la segunda lectura, cuando recibí un golpe fuerte de fuego en el alma. No pude seguir su recitado. En esa segunda lectura, que es propia de la santa, habla ésta del valor de la gracia sobrenatural, emanada de la Redención que Jesucristo nos consiguió en la Cruz. Ella tuvo en sus meditaciones una revelación de Cristo sobre su extraordinario valor. Tan grande vio entonces la Gracia del Salvador que la transformó, más aún de lo que estaba. Le abrasaba el alma y saltaba loca. Pocos conocen este valor transfigurante, embriagador, que llena de felicidad incontenible el cuerpo y el alma. Estoy ardiendo, estoy loca, se decía. Ardo en deseos de ir por plazas y calles gritando la inmensa virtud de este inmenso tesoro: “Hombres, mujeres, ¿queréis paz, felicidad, satisfacción plena de toda vuestra inquietud y preocupación? Eso lo da enteramente la gracia de Cristo, y sólo ella. Jesús, el Señor, la ofrece a todos. Si entendéis esto, todos los sacrificios que comporta la vida os parecerán pequeños para conseguir este tesoro que transforma, que da fuerzas insospechadas para superar todo obstáculo; que os enciende en el verdadero Amor, que sacia y os impulsa a hacer el bien, y a ayudar y a orientar y hacer felices a todos sin excepción”.

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Llevo años viviendo de cuando en cuando esta realidad. Todos los años en este día de Santa Rosa de Lima salto como ella de incontenible felicidad. ¿Cómo no hago lo que no podía hacer Rosa: predicar hasta morir predicando el valor de esa Gran Gracia recibida? 2 Unamuneando Unamuno es una de mis musas. ¡Cuántas veces su lectura me ha empujado a trascender! No sólo a superar la impresión de una alegre o triste noticia, buscando una clave de lectura que me ponga por encima de ella; hablo incluso de la transcendencia suprahumana o transcendental. Es más que el combate o la agonía por sobrepasar la barrera de la atracción terrenal. Diría que son toques divino-humanos o humanodivinos, porque arrancan del hombre, pero que comprometen a Dios. Leía yo hace poco en este maestro de todas las teologías y de todas las místicas que el hombre tendría que aspirar a ser, o tener la agonía por conseguir ser lo que en realidad es en la mente divina. Y parecía mostrar con claridad que esa era su propia aspiración: “ser lo que soy en la mente de Dios”. ¿Cabe una aspiración mayor? A mí me atrajo siempre más la voluntad divina, porque todo lo hizo Dios, también a mí, según su voluntad. En la mente divina caben infinitos mundos distintos de éste que palpamos, infinitos seres e infinitos modos de ser; sin embargo sólo se hace real el que determina su generoso y gratuito querer. También es verdad que el Maestro Jesús, que goza de vivir la Divinidad, no ha tenido otra misión que cumplir la voluntad del Padre, y cumplir ese querer del Padre dijo que es “su alimento”. De expresiones sobre esa unión de voluntades están llenos los Evangelios. Esta consideración tampoco anula la otra “mi doctrina no es mía, sino del Padre que me ha enviado”. Frases similares, que hacen de la enseñanza de Jesús un reflejo de la mente del Padre, abundan igualmente en la boca de Cristo: Yo no hablo por mi cuenta, ni obro por mi cuenta, sino que según lo veo en la mente del Padre, eso digo y eso hago; nadie conoce a Dios, ni jamás lo ha conocido, leemos en el Evangelio de San Juan; sólo el Verbo, que ha estado en el seno del Padre, es el que nos lo ha dado a conocer. Ante una meditación tan varia, viene espontánea a mi mente, por mi formación tomista (en la escuela de Santo Tomás de Aquino), la gran realidad de que en Dios la mente y la voluntad se identifican, no se da nunca oposición entre ellas. Por eso, al leer por vez

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primera, la citada consideración unamuniana, me pareció perfecta su consigna, porque eso es también lo que el Padre quiere: que yo sea lo que en realidad ya soy en la mente divina. Lo canta de mil modos el salmo más largo de todos. El 118: “eso es lo que yo quiero: cumplir tu palabra”, o, en ecuación unamuniana, realizar la idea que tú tienes de mí, “ser lo que soy en la mente de Dios”. NOTA: Encuentras la frase que he comentado en M. de Unamuno, Diario final…, año 2006, pág. 279: “Hagámonos lo que somos en la mente divina”. 3 Tengo en propiedad, como herencia, una bendición Di una vez a estos pequeños artículos el genérico título de golpes de luz. Ahora prefiero llamarlos toques que queman el alma; me parece llega más dentro y que es también más fecundo. Y es que me pareció un toque hiriente que me quemaba el alma la lectura y relectura meditada de unas palabras del Apóstol Pedro. ¡Cuántas veces no habré leído esas frases, pues las traen a colación en distintas ocasiones los libros litúrgicos! Pero esa vez me hirió punzante, quemando en mi interior. Muy sencillamente, en ese lenguaje reposado e intimista de sus cartas, dice nuestro primer Papa o Vicario de Cristo en su Primera Epístola, capítulo tercero, versículos 8 y 9: “Procurad todos tener un mismo pensar y un mismo sentir, con afecto fraternal, con ternura y con humildad; no devolváis mal por mal, ni insulto por insulto; al contrario, responded siempre con una bendición, pues para esto habéis sido llamados para poseer en heredad una bendición”. Al sentir el dardo ardiente de este pasaje en mi alma, traté de hacerlo muy mío y me lo traduje tal como lo vivía, cuidando de ser plenamente fiel a esas palabras y a su mensaje, y escribí: sentíos hermanos unos de otros, tratándoos con afecto fraternal; no devolváis mal por mal, ni maldición por maldición, sino bendecid siempre y a todos, porque tenéis en posesión, como heredad, una bendición (una bendición grande, infinita, que no se acaba). No creo haberte traicionado, Pedro mío. Me viene ese pensamiento tuyo muy a menudo y me impulsa a practicarlo de inmediato. El pensamiento, la conciencia, el sentimiento, o quizás la imaginación, me ponen delante la figura o figuras de los por mí ofendidos de alguna manera o de los que alguna molestia me causaron; también sobresaltan mi

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interior los que ofenden a tu Iglesia o extorsionan a los inocentes, los violentos contra la sociedad o contra los individuos, los que sufren por la enfermedad o por las desgracias tan múltiples de este mundo. Hasta los difuntos y almas del purgatorio siento al vivo que me gritan, pidiendo ayuda. Siempre San Pedro me hiere con su llameante advertencia y parece pedirme para ellos “una bendición, porque poseo gratuitamente en herencia una bendición infinita, eterna, que no se acaba”. 4 Jesús, la Gloria, el Templo “La Gloria del Señor llenó el Templo” En la liturgia de la Misa y de las Horas Canónicas se combinan textos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Los del Antiguo Testamento aparecen como profecías o anuncios del Nuevo: unas veces de modo manifiesto, otras de una manera velada, como insinuaciones. Me llaman de ordinario la atención las combinaciones que se hacen en los responsorios entre el solista y el coro. Tomé este apunte cuando meditaba el viernes de la semana veinticinco del tiempo ordinario en el responsorio de la primera lectura. Se complementan o combinan en él las palabras de profeta San Zacarías 43, 4-5 con las del evangelista San Lucas 2, 24. El tema es el Templo, la Casa del Señor. Decía el coro, profetizando con Zacarías: “la Gloria del Señor llenó el Templo”. Y respondía el solista, asegurando con el evangelista de Lucas: “Llevaron al Niño Jesús sus padres al Templo”. Y repetía el coro, confirmándolo: Y “la gloria del Señor llenó el Templo”. Cantado, como antiguamente en el sencillo canto silábico gregoriano, este combinado de profecía y plenitud, producía intensas emociones. Ahora también las produce, si traes a la mente su rico y sabroso contenido. Ahí está la meditación de las meditaciones: en ver a Jesús, al Señor, al Mesías, al Salvador, anunciado y revelado a través de todo el Testamento Antiguo. Dios Padre prepara a su pueblo para recibir con gozo al Mediador único entre Él y los hombres: a Jesucristo “Hijo del Altísimo”, como anuncia el arcángel Gabriel a la Virgen María. El Espíritu Santo ilustra y enciende a la Iglesia entera, ilustra y enciende el alma de cada uno de los fieles, para vivir y exultar de gozo ante la misión y la gloria, y los misterios de la vida y de las enseñanzas de Jesús. Ese mismo Espíritu ilumina y enciende el alma

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del creyente para vivir esos misterios con entusiasmo y gozo desbordantes, impulsándolo a comunicar esos gozos a hombres y mujeres, animándolos a apreciar y estimar como se merecen esas realidades humano-divinas. Jesús es la Gloria del Padre; Jesús llena el Templo con su majestad; Jesús es el Templo; Jesús nos invita a entrar y hablar en amistad con Él, nuestro Mediador ante el Padre. 5 Alabanza de Dios “Alabanza de la gloria de Dios”. Fue esta frase de San Pablo la que tocó como dardo ardiente el fondo del alma de la Beata Isabel de la Trinidad. Era lectora asidua de San Pablo y meditadora de sus textos, que gustaba de releer, y descifrar las entrañas de sus inspirados conceptos y frases. El capítulo primero de la Carta a los Efesios le ofrecía meditaciones sin fin. Los versículos 11 y 12 fueron pronto el centro de sus predilecciones. Es que –dice ahí san Pablo- “hemos sido predestinados por Dios en Jesucristo, para ser alabanza de su gloria”. Esa es nuestra predestinación; esa es la voluntad explícita de Dios para mí, y esa es mi precisa misión en esta vida y en la otra. La haré la substancia de mi ser. Aquí mi circunstancia es más mi yo que mi mismo yo. Eso soy yo ahora y por siempre, y eso será mi nombre propio, lo que verdadera y totalmente me define. Me llamo y soy –viene a decirnos la santa- “alabanza de su gloria”, “Alabanza de la gloria de Dios”. Si esa es la voluntad de Dios, porque a eso Dios me ha predestinado, en ese lema se encuentra para mí la identidad entre la voluntad y la gloria de Dios. Ahora entiendo por qué esas dos cosas aparecen tan unidas en las locuciones de Jesús en los Evangelios y por qué los santos instintivamente hablan de estas dos cosas como la expresión de sus máximos deseos: sólo quiero la voluntad de Dios (¡lo que Dios quiera!) y sólo deseo la gloria de Dios, o dar gloria y alabanza y bendición a este Dios, que lo es todo en mí y para mí (“¡al Dios que ha hecho tanto por mí!). La voluntad del Padre para Cristo es su inmolación, su crucifixión, para la redención y santificación y glorificación de los hombres, y esa es también la alabanza suprema de gloria, que Cristo ofrece al Padre: “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en Él, y pronto lo glorificará para siempre” (Jn 13, 31 y 32): en la persecución, en la Cruz, en la Resurrección. “Padre, glorifica tu nombre. Llegó entonces

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una voz del cielo: le he glorificado y le glorificaré de nuevo” (Jn 12, 28): en la persecución, en la Cruz en la Resurrección. “Padre, glorifícame con la gloria que tuve siempre en ti” (Jn 17, 5): glorificación en ti con los míos, que son parte de mi Cuerpo, de mi Ser. Y por fin el estrambote, que no es sólo para los sonetos; cabe también en otros poemas y en las meditaciones. Alabanza y gloria son lo mismo. Más sencillo que “alabanza de la gloria a Dios”, soy, según el título de este artículo “Alabanza de Dios “. 6 La Fe de tu Iglesia De bastantes años a esta parte –no sabría cuántos- me viene impresionando cada día, al recitarla en la plegaria eucarística, después del Padrenuestro, la expresión siguiente: “la fe de tu Iglesia”. En la Iglesia viven, sin duda, hombres y mujeres de mucha fe y santidad. Pero cuando pienso primero en mí -y es lo ordinario- me echo a temblar. ¿Te complace, Señor, de verdad mi fe? Porque la frase entera reza: “no mires, Señor, mis pecados, sino la fe de tu Iglesia”, y esto se presenta a Jesucristo para que nos dé la paz y la unidad. Sólo recé con paz y complacencia esta breve e importantísima plegaria, cuando logré transcenderme a mí mismo. Me remonté a lo más grande y me sentí fortalecido. Pensé en la inconmensurable fe de la Virgen María, la Madre del Redentor; la sentí de pronto muy cercana, como Madre nuestra por la concesión de Jesús desde la Cruz. Tu fe, Madre, sí que fue meritoria; basta pensar en ti para rezar esa oración con plena confianza. El tesoro de los méritos de tu fe sigue siendo sin límites, a pesar de los siglos. Y con el pensamiento sosegado y fresco –Ella misma debió de hacerlo- me sentí transportado a la altura máxima, a la fuente originaria de toda fe: Jesucristo, manantial eterno e infinito, del que nace directamente el torrente fresco y lúcido de la misma Virgen. Hontanar oculto a los ojos mundanos, pero lanzando a borbotones frescos la fe para los que confían en Él. Sí; me doy cuenta de que de ordinario se dice que Jesucristo no tuvo fe y que no podía tenerla, porque es Dios y para Él todos los misterios, hasta los más misteriosos e inescrutables, son manifiestos, tanto los de la tierra como los del Cielo de los Cielos, que es el mismo Dios Trino y Uno. ¡Atención!, sin embargo. Jesucristo tiene dos

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naturalezas completas, totales y perfectas, no les falta nada de lo que es propio de cada una de ellas: la divina y la humana. Y tiene dos entendimientos, humano uno y divino el otro, y dos voluntades absolutas y libérrimas, una divina y otra humana. Cada una de estas facultades tiene sus correspondientes perfecciones y virtudes: la sabiduría del entendimiento y el consentimiento y aceptación de la voluntad. El Evangelio nos dice que “Jesús crecía en sabiduría, estatura y gracia” (Lc 2, 52). Se trata de un crecimiento no sólo físico sino psicológico o anímico, y espiritual, que incluye todas las facultades y perfecciones o virtudes del alma, aunque no todas de la misma manera que en nosotros, por la armonía perfecta entre una y otra naturaleza. El entendimiento humano de Jesús iba creciendo con la experiencia y con las propias reflexiones sobre las cosas. Y también crecía en su alma humana la gracia, pues, si bien el alma estaba siempre llena de gracia, crecía su capacidad y al mismo tiempo su plenitud. La virtud sobrenatural de la fe, derivada de la gracia, es una virtud que informa el entendimiento para abrir sus horizontes a todo lo divino. Esa fe se configura y se conforma en Cristo a su confianza plena en el Padre, y se acrecienta y agranda al mismo tiempo que la gracia. La fe-confianza de Jesús en el Padre es plena, como es total su entrega a la voluntad divina. Por el Evangelio sabemos que la voluntad divina de Jesucristo es igual a la del Padre, pero ¡qué distinta de su voluntad humana, y qué “contrarias” a veces ambas! Hay momentos en los que vemos la voluntad humana de Jesús espantosamente hundida en “la angusta, el pavor y la tristeza: “mi alma siente una tristeza de muerte” (Mt. 26, 38; Mc 14,34); Jesús, “entrando en agonía, oraba con el más intenso anonadamiento, y era su sudor como gotas de sangre que caían sobre la tierra” (Lc 22, 44). Sí, como ya advertimos, la fe pura es de lo que no se ve y la persona de Cristo tuvo la visión divina siempre; en este sentido de fe estricta o pura, la fe más grande sobre la tierra fue la de la Virgen María. Pero Cristo-Jesús tenía una naturaleza humana completa, y Jesús, como íntegramente hombre, sufrió hasta el máximo las debilidades de todo orden de esa humana naturaleza. Los méritos conseguidos por Cristo en el orden de esa fe-confianza, antes descrita, y de su esperanza confiada en la voluntad justísima y santísima del Padre, que fue siempre su alimento (Jn 4,34), son de un valor infinito. Así es, porque el mérito es de la persona y en Cristo la persona es Dios. Con todo esto delante de mis ojos, digo de mi mente, al llegar en la misa a la mística frase “en la fe de tu Iglesia” me siento rejuvenecer y grandemente confortado. Aplico

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sin más esa expresión a Jesucristo con su fe-confianza de un mérito infinito, y a la fe pura única de la Virgen María con ese mérito grandísimo, que nunca se acaba. ¡Con qué fervor, gracias Dios mío, digo ya esa oración: “no mires mis pecados, sino la fe de tu Iglesia! 7 ¡Que todos nos sintamos uno; porque lo somos! Jesucristo habla de su unidad con el Padre: “el Padre y yo somos uno”. Y muchas veces en el Evangelio habla de su conformidad con el Padre y la conformidad del Padre con Él: esto es lo que quiero, agradar al Padre, y el Padre encuentra en Jesucristo sus complacencias. No sólo son uno, sino que se sienten uno: son, se entienden y se aman, y las tres cosas plenamente. Esa unidad viene anunciada muchas veces en el Nuevo Testamento, y sobre todo en el Evangelio de San Juan. Jesús pide para los suyos la unidad; de modo especial la unidad de sentimientos. No sólo lo desea, sino que lo hace objeto especial de su oración, pidiéndolo ardientemente al Padre. Ve para esto el Evangelio de San Juan, capítulo. 17: que todos los suyos sean uno. Unidad plena, porque pone como ejemplo su unidad con el Padre: “que todos sean uno, como Tú, Padre, y yo somos uno”; “consérvalos en la unidad, para que sean siempre uno, como Tú y yo somos uno”. Parece imposible, pero todavía hay otro deseo ardentísimo en Jesús, que nos eleva más arriba, y pide en su oración al Padre que ese deseo tan ardiente sea realidad: “como Tú, Padre, estás en mí, y yo estoy en Ti, que ellos estén en nosotros, siendo uno con nosotros”. No sólo nos eleva a una vida sobrenatural, que nos da vida y felicidad eterna, sino que nos introduce dentro del misterio más grande y más sublime, indescifrable e indecible de la Santísima Trinidad. Añade a esto lo que hemos sentado al principio: no se trata sólo de estar ni de ser pasivamente, sino de disfrutar, de experimentar la grandeza, la bondad, la verdad y la felicidad plenísima que ese ser y sentir proporcionan al alma, tan insaciable que con nada parece conformarse duraderamente. Sólo esta unidad con Jesucristo y con toda la Trinidad Beatísima sacia por completo el alma. Jesús mostraba a la Samaritana un agua viva, que le quitaba la sed de toda otra agua o placer terreno, porque sería dentro de ella un surtidor que salta hasta la vida eterna. Aquí está la cumbre suprema de esas

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aspiraciones, que los santos saborean, y disfrutan y gozan ya en la tierra, como aperitivo del cielo. La gracia que Cristo nos da, nos traslada a la familia divina, que constituyen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esa unidad y comunicación de las tres divinas personas constituyen su felicidad, de tal manera que no necesitan de las criaturas para ser felices; las criaturas no añaden nada a esa Bienaventuranza divina. Pero Dios ha querido comunicarnos sus tesoros, y comunicarlos, no de cualquier manera, sino en el grado sumo; quiere hacernos partícipes de su felicidad, y por consiguiente que seamos y nos sintamos uno con Él. Pienso que en el orden de la naturaleza existe también una exigencia natural de unidad, como un reflejo del Dios creador y salvador. Dios, cuando crea, deja su huella. San Agustín, al tratar del misterio de los misterios, que es el de la Trinidad divina, descubre muchas huellas de esa Trinidad en la creación, y particularmente en el hombre. Hay personas de una sensibilidad especial; no se sienten como una isla, sin contacto con el resto de los hombres o del mismo planeta tierra en que vivimos o del cosmos que nos circunda. Una catástrofe natural que presencian o una muerte a ellos cercana, sienten que algo se derrumba o muere dentro de ellos, y lo cantan en sus elegías o lo exponen en sus pensamientos como algo ocurrido trágicamente a ellos mismos. Bartolomé de Las Casas al contemplar los sufrimientos y las muertes angustiosas de tantos indios en la colonización de América exclama: “todos los hombres son uno”. Nadie da a esta frase este sentido, que yo le doy ahora. Se sentía uno de verdad con los indios, y la horrible muerte de muchos de éstos era una herida de muerte para él, para toda la humanidad y para toda la creación. Hay otra unidad, que yo no quiero olvidar, por la verdad que encierra y por la trascendencia a que nos lleva. La vemos repetidamente en la Sagrada Escritura. Las fuentes siempre dicen la verdad. Hablo ahora de la unidad de los creyentes, o del Cuerpo místico de Cristo. San Pablo en Carta a los Efesios 4,5 nos invita a la unidad, porque: “uno es el Señor, una la fe y uno el Bautismo”. El Apóstol no quiere que nos instalemos en las fórmulas, por muy inteligentes que sean; quiere que sintamos o vivamos su contenido. Tenemos que llegar a hacer nuestros los sentimientos más íntimos de Jesucristo: “tened en vuestros corazones los sentimientos del corazón de Cristo”. Esto es muy grande: sentir, latir al unísono con el corazón más sensible, más

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rico en sublimes sentimientos como es el corazón del hombre más perfecto en toda perfección y que lo tiene todo divinizado en su persona divina; no cabe nada más alto. Todo esto es posible, porque se funda en la unidad mística de todos en Él. Lo dice San Pablo en la Carta a los Gálatas, 3, 28: “todos los fieles sois uno en Cristo Jesús”. En la Carta a los Romanos, 12, 5 evoca su doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, que expone largamente en la Primera a los Corintios: como los miembros físicos del cuerpo son muchos, siendo un solo cuerpo, así todos los creyentes formamos un solo cuerpo en Cristo Jesús. Recordemos algunos textos de la citada Primera a los Corintios. En 10, 17: “muchos granos de trigo forman un solo pan; la multitud de los creyentes forman un solo cuerpo místico”. En 12, 12: “como uno es el cuerpo y tiene muchos miembros, así todos nosotros, con ser muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo”. Y con ese argumento continúa San Pablo en ese capítulo 12. Dejando otros muchos textos paulinos, no olvidemos el de la Carta a los Colosenses, 1, 18: “El es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia”. La Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, que tiene unidos a él fuertemente, como miembros en plenitud de vida, a todos los fieles; que les da aliento y vida e imprime en sus corazones sus sentimientos, todos ellos de la máxima exquisitez. Y me rindo, porque esto es tan sublime, tan inimaginable, tan superracional y tan plenamente sobrenatural, que subes como peso liviano hacia una altura imposible de escalar ni con el entendimiento más agudo ni con la imaginación más alucinante. Pero me acuerdo siempre, ante los misterios a los que nuestros sentidos, nuestro entendimiento y nuestra imaginación, creadora insaciable de lo imposible, no llegan, me acuerdo –digo- de aquellas palabras del arcángel San Gabriel a la Santísima Virgen María, al hablar a ésta del misterio suprainsondable de la Encarnación del Verbo de Dios en sus entrañas: “para Dios nada hay imposible”. Con ésas me quedo siempre, incluso para explicar la resurrección final de los cuerpos. Porque prefiero confiar en el poder infinito de Dios a fiarme exclusivamente en la finitud de mis razonamientos.

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HA NACIDO UNA ESTRELLA

Nació una estrella, naciste tú En algunos diccionarios se inician las biografías con las fechas del nacimiento y de la muerte, y colocan antes de la fecha de la muerte una cruz (†) y delante de la fecha del nacimiento una estrella (*). Muy bien la cruz (†), porque en ella murió Cristo, y la muerte con Cristo es el ideal de todo cristiano. ¿Y por qué la estrella? Cuando viene una persona al mundo nace una estrella. Dios crea ese alma, la adorna con su imagen y semejanza, la colma de facultades y cualidades, todas en germen, pero proyectadas y abiertas hacia un gran desarrollo y a la producción de grandes frutos; con el bautismo la colma de dones sobrenaturales, también en germen, pero orientados hacia la perfección y santidad cristiana, y así preparado ese astro luminoso lo lanza a recorrer su camino, es decir, su órbita, iluminando cada vez más según va desarrollando esas inmensas capacidades y dones que consigo lleva. Es su obligación, porque los dones de Dios no son sólo para el provecho y perfeccionamiento individual de su persona, sino que tienen una gran proyección social. Recorre el lucero su camino, describiendo su órbita sobre la tierra, hasta consumirse en la cruz de su muerte, que lo pone de nuevo en las manos de Dios, de donde partió. Se consume y muere, como la semilla, para renacer o resucitar en todo su esplendor. Y Dios viendo la gran luz que brilla ahora en su lucero y la estela que ha dejado en la tierra, lo invita a vivir con Él eternamente, como un sol ya sin ocaso.

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¿ECONOMÍA DE DIOS, O DESPILFARRO DIVINO?

¿Se puede hablar de “Economía Divina”? De la Economía divina han hablado mucho los teólogos y el Magisterio de la Iglesia. En la calle oímos decir con frecuencia: “esto es muy económico”; es decir, lo contrario a “esto es muy caro”. La significación originaria de “económico” está por encima de esa puntual acepción con que hoy de ordinario la usamos. La palabra está compuesta de dos sustantivos griegos: “oicos”, que significa casa, y “nomos”, que quiere decir costumbre y también norma o estatuto. En resolución, que economía significa, a tenor de su origen etimológico, “gobierno de la casa” o “administración de las cosas de la casa”. Parece que, según las exigencias no sólo morales sino ónticas, la buena economía no es derrochadora, sino que gasta justamente lo justo para sacar la casa adelante. Para esto se necesita entendimiento especulativo y práctico: que ve las necesidades y sabe arreglárselas, para no introducir cosas superfluas, que desdicen de la armonía de los elementos que la constituyen. Tuve en la Escuela Apostólica un profesor, cuya cultura literaria y teológica era para aquellos jovencitos alumnos una admiración. Daba clases de griego e impuso como texto de traducción la Ilíada. Gustaba de comentarnos de cuando en cuando frases, escenas, palabras especiales que han pasado a la posteridad, primero latinizadas y luego romanceadas. Como sabíamos que era su débil desarrollarnos el contenido riquísimo histórico y doctrinal de esos términos, algunos le preguntaban por el significado originario y actual de algunos vocablos procedentes del griego. Un día en que la lección era particularmente difícil y había cierto temor a la preguntaexamen, que pudiera hacer el profesor, un alumno se levantó y muy respetuosamente le hizo esta súplica: ¿no podría explicarnos el alcance de la palabra economía, que tanto se utiliza hoy para tan diversas materias? Como digo, el Padre era de una cultura muy amplia en distintos campos, pero de modo particular en Teología, como buen dominico.

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Su nombre era Felipe Lanz Yoldi. Y por el campo de la teología se lanzó, dejando los otros más usados en los periódicos de cada día. Nos habló de la economía divina, de la economía de la gracia, de la economía de la salvación en Cristo por parte del Padre. Sus aplicaciones cristológicas, eclesiológicas y sacramentales. Y tan largo y denso y provechoso fue su recorrido que por él discurríamos sin que ni él ni nosotros nos cansáramos. El sonido de la campana para salir de clase nos hizo pisar tierra a todos. ¡Vaya por Dios!, dijo el Padre; otra vez que perdimos el tiempo inútilmente. No; nunca le hemos escuchado con tanta atención. Es la mejor clase de griego de nuestra vida. No olvidaremos nunca la riqueza que esconde la palabra griega economía. En la Sagrada Escritura la encontramos. Es una palabra sagrada. De la Escritura pasó a la Sagrada Teología. La usaron los Santos Padres, que con tanto celo y entusiasmo se entregaron a meditar y exponer la Palabra de Dios. La heredaron los Teólogos de Medievo, que subidamente nos explican el misterio de la Economía de la Salvación y de la Gracia. ¡Como influyó esta palabra bíblica y las reflexiones a través del tiempo en el tratado sobre El Verbo Encarnado de Santo Tomás de Aquino y de los grandes Maestros en Sagrada Teología de los siglos XII, XIII y siguientes! A pesar de que la palabra economía se fue apoderando del campo de las finanzas y administraciones monetarias de las personas y de las instituciones, nunca perdió del todo su sentido sagrado. Hasta el Concilio Vaticano II la usó en sus documentos solemnes, para hacer llegar a los fieles los misterios de la gracia, del perdón, de la santidad y del destino a la Vida Eterna. Recordemos algunos textos sagrados del principio, es decir, de la Escritura, y algunos ejemplos de lo último, es a saber, de los documentos del Vaticano II. Usa esa palabra “economía” el texto original griego de las cartas de San Pablo; palabra que suele traducir la Vulgata Latina de San Jerónimo con el término “dispensación”, y las traducciones en lenguas nacionales con vocablos similares a esa palabra latina. San Pablo, Carta a los Efesios: Cap. 1, versículo 10: El Padre se propuso la dispensación (economía) de la plenitud de los tiempos, para recapitular todas las cosas en Cristo. Cap. 3, versículo 2: La dispensación (economía) de la gracia de Dios, que me ha sido dada para vosotros. Cap.3, versículo 9: La dispensación (economía) del misterio escondido desde siglos en Dios.

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San Pablo, Carta a los Colosenses: Cap. 1, versículo 25: He sido constituido ministro de la Iglesia, según la dispensación (economía) de Dios, para anunciaros el misterio escondido desde siglos. Sirvan estos textos antiguos y primordiales. Ahora unos textos modernos, consecuencias y aplicaciones de aquéllos. Son del Concilio Vaticano II: Constitución Dogmática Dei Verbum (Sobre la Divina Revelación), cap. 1, nº 4: “La economía cristiana, por ser la alianza nueva y definitiva, nunca pasará”. Constitución Dogmática Lumen Gentium (Sobre la Iglesia), cap. 8, nº 55: “Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento y la Tradición venerable manifiestan de un modo cada vez más claro la función de la Madre del Salvador en la economía de la salvación”. Toda esta ideología sagrada contrasta grandemente con el concepto actualmente más difundido de economía. De ahí los inconvenientes que encuentro de ordinario cuando en mis sermones y pláticas pretendo utilizar esa palabra, hablando incluso de la economía de la gracia y de la salvación. Para mis oyentes economía es gastar lo menos posible para mantener dignamente la casa o el oficio familiar o personal. Oye; que tengo que arreglármelas con mucho cuidado para llegar ceñidamente al final de mes. Hoy mismo, te lo digo de verdad, sin ficción, hoy, 29 de mayo del 2007, me lo decían algunas señoras, que tienen su empleo fijo en una empresa estatal: Padre; pida Vd. para que nos aumenten el sueldo. ¡Que no nos llega! Este lenguaje no cabe en el terreno de la gracia sobrenatural. Dios nos la da siempre superabundantemente. Dios nos envía a torrentes su gracia, para salvarnos, para que nos santifiquemos más y más, para ir con las mayores garantías y facilidades a su gloria, nuestra eterna felicidad. ¿Economía divina? Dios tiene llenos siempre sus almacenes. Él no necesita ingresar nada. Lo tiene todo hasta rebosar y lo da generosamente y sin medida. Dios siempre gasta y gasta en nuestro beneficio; no conoce límites. ¿Dios, economista? No; Dios es un derrochador. ¿Dónde está esa nuestra economía material que no nos llega a fin de mes? Dios no hace equilibrios, porque infinito es el tesoro de su gracia y de su misericordia para con nosotros.

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¡Dulce locura de tu misericordia, Señor! ¡Das sobreabundantemente, para que nos revierta, y podamos también nosotros repartir tus dones! A esto no lo llamo economía divina, sino divino y felicísimo despilfarro.

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ACCIÓN DE GRACIAS EN LOS 50 AÑOS DE LA ORDENACIÓN SACERDOTAL

Muy amados hermanos: Es éste un momento señaladísimo para dar gracias a Dios, porque el don del sacerdocio es una gran gracia; es todo gracia. Quiero hacerlo muy brevemente y con mucha sencillez, pero también con toda la intensidad de mi pobre alma. Hay un ejemplo supremo de dar gracias; es el de Jesús dando gracias al Padre. Pero ¿quién puede dar gracias como Jesús que las dio de una manera infinitamente perfecta? Hay otro ejemplo imposible de igualar para toda persona humana, que es el de la Virgen María que cantó su inimitable Magnificat. Yo me voy a inspirar en el salmo 135, que es un himno general de acción de gracias en todas vicisitudes de la vida con ese estribillo tan famoso: “porque es eterna tu misericordia”. En efecto, Señor, me diste la vida y me la diste a través de unos padres llenos de fe en ti, que me llevaron inmediatamente al bautismo para recibir una vida superior, la vida de la gracia. Y, con los padres, una familia, en cuyo seno aprendí lo fundamental de la doctrina y de las virtudes y costumbres cristianas. ¿Por qué? Sólo porque es eterna tu misericordia. Me diste la vocación dominicana, primero en germen que se fue desarrollando en la Escuela Apostólica con unos Padres, plenamente entregados a mi formación, a los que nunca agradeceré con suficiencia todo lo que hicieron por esa vocación dominicana mía. ¿Por qué? Porque es eterna tu misericordia. Me condujiste al noviciado de Palencia, con el santo Padre Merino, y después al “Estudio de Filosofía” de Las Caldas con unos Padres admirables que prepararon mi

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mente con la mejor de las filosofías, y me llevaste luego a la Facultad Teológica de San Esteban de Salamanca, familiarizándome con el más sabio de los santos y el más santo de los sabios, nuestro Santo Tomás de Aquino. Porque es eterna tu misericordia. Me concediste el gran don del sacerdocio con los poderes admirables de realizar el misterio eucarístico, administrar otros sacramentos y predicar tu palabra. Todo ¿por qué? Sólo porque es eterna tu misericordia. Por fin me colocaste en esta comunidad de hermanos, a los que agradezco los incontables bienes que me han hecho, a los que pido perdón por mis múltiples fallos y ofensas, y a los quiero con toda mi alma. Porque es eterna tu misericordia. Bien; sé que he dicho poco y mal; quede con ello significado lo mucho o muchísimo que pudiera decir. Porque, Señor, es eterna tu misericordia. Muchas gracias a todos vosotros y a ti, ¡oh, mi Dios!, porque es eterna tu misericordia. ODA A LOS SACERDOTES DE MI PROMOCIÓN EN LOS 50 AÑOS DE LA ORDENACIÓN SACERDOTAL (Oda, que me pareció bellísima y me hizo llorar de emoción, mientras nos la leía con profundo sentimiento su autor, el dominico P. Fr. Emilio Díez) Ya está Dios en vuestras manos. Ya tenéis ese don de poder repartir a los hermanos el amor y el perdón. Ya sois el amor entre la gente. Y ahora es diferente el símbolo de Dios y del Cordero, porque es vuestra posesión, y es el sendero que os lleva seguido hasta el madero del Dios doliente. Y es amar. Y el amor entre los dedos se os escapa como chorro de emociones, volcándose en los miedos de fe y de sensaciones.

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Amor que hasta el altar os llama, Y llamáis vosotros, al altar, por compartirlo. En el ara de amor arde y se inflama, y en los albos manteles se derrama en Pan, al convertirlo. Y más amor. Amor que arde en la vida, como un cirio encendido; fuego de sol en el aire de la tarde y en el de la mañana adormecido. Y más amor. Amor al que padece, y que llora, restañando las heridas, mientras el brazo crece para alcanzar las ramas doloridas. Y más amor. Amor al desvalido. Dolor con el dolor ya compartido; llorar con el que llora, y sufrir la opresión del oprimido en el cáliz de amor que es vuestra aurora. Ya está Dios en vuestras manos. La carne, pan. Toda la sangre, vino. Y el mensaje de Cristo a los humanos hecho leyenda en vuestro feliz camino.

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EXISTENCIA REAL Y EXISTENCIA POSIBLE

Con mucho pudor y temblor. Era el primero de septiembre del 2002. Hacía cuatro días que me había integrado a mi nuevo destino, el convento de Santo Domingo el Real de Madrid, en la calle de Claudio Coello, nº 141. Había que leer y pensar. Hacía años que no leía las meditaciones de Descartes, y comencé por ellas. Él se propuso dudar de todo hasta llegar a un punto, a algo, sobre lo que no es posible ninguna duda, porque eso sería absolutamente el principio de toda filosofía. Dudo, por lo tanto, de lo que dice la gente, de las historias, de las filosofías, de las ciencias y de las artes, y de lo que me testimonian los sentidos: ¿será un diablejo que pone esas cosas delante de mi conciencia, pero que en realidad no son? ¿Serán sueños, que, por muy reales que parezcan a veces, se desvanecen cuando dejo de soñar? ¡Cuántos sueños, que, cuando sueño, me parecen realidades! Voy a dudar de todo. Y sigue dudando Descartes. Pero llega un momento en que parece que no cabe dudar más: estoy pensando; pienso, luego existo. ¿Será ése en verdad –como asegura Descartes- el principio primero de la filosofía que buscamos a través de las dudas? No lo creo: 1º Porque cabe todavía seguir dudando: dudo si pienso, por la misma razón que me hizo dudar de las otras proposiciones; quizás esté soñando y sueño que pienso; muchas veces en efecto razono en sueños y hallo la clave para mi discurso. Y 2º porque eso mismo podías haber argüido antes: siento, luego existo; imagino, luego existo; incluso veo, luego existo. Entonces ¿dónde está la realidad inconfundible con el sueño, la imaginación, u otros tantos engaños o apariencias de realidad existencial? -Los sentidos de ordinario no engañan. -¡De ordinario! Precisa: ¿qué quieres decir con la expresión “de ordinario”.

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- Cuando todos los hombres y mujeres en todos los lugares y en todos los tiempos ven lo mismo, oyen lo mismo, huelen lo mismo, gustan lo mismo y palpan lo mismo. En todos estos casos damos siempre con la realidad existencial, que es la base sobre la que la razón construye el edificio de la ciencia y de la filosofía, es decir, de las ciencias empíricas y de las ciencias especulativas. Hemos llegado por los sentidos a la existencia real como base del razonar. No obstante la razón descubre que además de la existencia real hay otra existencia, la existencia posible, es decir que no es real ahora, pero que puede llegar a serlo con el tiempo. Esta existencia posible también cuenta y de ella puede igualmente servirse el hombre para hacer avanzar la ciencia. Y creo que me llegó la luz. ¡Eureka! Parece ser claro que hemos dado con el verdadero primer principio del filosofar, y también con el verdadero método, que consiste en seguir ordenadamente las exigencias de ese primer principio. Porque sueñe o no sueñe, sienta o no sienta, imagine o razone, la existencia de las cosas necesariamente es o real o posible. Este dilema es siempre verdadero, y lo sigue siendo, aunque el diablo me engañe o aunque yo mismo lo sueñe. Éste es el verdadero primer principio del filosofar: la existencia o es real o es posible. Desde la existencia real o posible (o sospechada) podemos empezar sin engaño una verdadera filosofía. Los mundos reales o posibles que caben en nuestro entendimiento son innumerables, numéricamente indefinidos; pero no los podemos dominar ¿Habrá una mente en la que quepa todo lo real, presente, pasado y futuro y todos los mundos posibles, y que los pueda dominar? Tiene que ser una inteligencia infinita en capacidad y poder. Sólo Dios tiene esto y sólo Él puede decir en verdad: pienso; luego existo. Y mejor aún existo y pienso. Esta es pues mi segunda verdad filosófica: Dios existe realmente. LA EXISTENCIA REAL La existencia real no es una forma de ser; es el acto continuado de existir de los seres reales. Los entes reales se dividen en simples o meramente espirituales, y compuestos de forma y materia. Los seres puramente espirituales o simples se dividen en dos grupos: el ser espiritual por esencia, o no dependiente de ningún otro, y los seres puramente espirituales por participación, dependientes siempre del primero. El primero,

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o ser espiritual por esencia, que no depende de ningún otro, y del que dependen todos los demás seres es Dios; los segundos o seres puramente espirituales por participación son los ángeles. Los seres compuestos se dividen en dos grupos: 1º seres compuestos de forma intelectual o racional o espiritual y de materia; 2º seres compuestos de forma no intelectual o racional o espiritual y de materia. Los del primer grupo son los hombres: con su alma racional o forma intelectualracional, que es espiritual y con su materia, que es el cuerpo orgánico humano. Los del segundo grupo son los otros seres distintos del hombre, cuya forma no es espiritual ni racional, y que informa una materia. Esta materia puede ser: a) un cuerpo orgánico o dispuesto a la vida, la cual le es conferida por la forma propia o apropiada a ese cuerpo; o b) un cuerpo inorgánico o no dispuesto a la vida y que recibe una forma propia o apropiada a esa clase de materia. Los seres de este segundo grupo, distinto del hombre, son: los minerales o carentes de vida, los vegetales y los puramente animales. La existencia o el acto continuado de existir en cada ser particular es distinto del de los otros seres particulares. Esa distinción individual viene dada en los seres puramente espirituales, como los ángeles, por el modo de participación o dependencia del ser espiritual por esencia (Dios). En los otros seres compuestos esa distinción individual se constituye por la relación estrecha o íntima entre la forma y la materia de ese ente concreto. Esto es lo que constituye en los seres compuestos el principio de individuación. El ser por esencia, es en sí mismo o por definición, necesariamente uno. Con “el ser por esencia” quiero decir aquél, que no tiene más que existencia: todo cuanto tiene o que esencialmente lo constituye es la pura existencia, o el puro acto infinito de existir. De él proceden todas las demás existencias, que serán siempre limitadas. La existencia pura es Dios. Las existencias participadas son criaturas, o seres creados por AQUÉL, DE CUYA EXISTENCIA PARTICIPAN. EXISTENCIA POSIBLE Acabamos de afirmar que el puro existir es Dios, o lo que es lo mismo: la esencia de Dios es la pura existencia.

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En el puro existir que es Dios están tanto el existir real como el existir o ser potencial (o posible. Todos los seres que existen en la creación y todas sus perfecciones son participación del puro existir que es Dios. Los seres actuales fueron antes potenciales y existían, como todos los otros mundos y seres posibles, en el existir pleno de Dios. Los mundos y seres posibles se convierten en reales por una determinación divina, por un acto de la voluntad de Dios: sed, y son. Hay entendimiento infinito en Dios, que se identifica con su ser o existir, y en ese entendimiento están todos los seres reales y posibles. Hay voluntad en Dios, que se identifica con su ser, y por su mandato pasan las cosas de la existencia posible a la real; esto es la creación. Hay ciencia en Dios, que se identifica con su ser, y es una y simplicísima, como uno y simplicísimo es el ser o el existir de Dios. “El ser, el bien, la verdad y el uno se convierten”. Este principio metafísico se da en Dios en su plenitud. En Dios todas las perfecciones en su plenitud, reales y posibles, se convierten con su ser

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MEDITACIÓN ELECTRIZANTE El predicador dominico, P. José Merino, gustaba de ejemplos y cuentos en sus sermones y pláticas, para grabar mejor en el público sus enseñanzas doctrinales. Me recordaban siempre, cuando le oía, al Señor y sus predicaciones evangélicas en sus admirables parábolas. Este cuento-parábola, que voy a dar a conocer inmediatamente, se lo oí a mi venerado Padre Maestro Merino en septiembre de 1950, en los ejercicios que nos dio en el noviciado del convento dominicano de San Pablo de Palencia, como preparación para la toma de hábito, que iba a tener lugar el día 24 de ese mes. Blas y Antonio, dos amigos desde niños. Ahora son dos mozalbetes de 18 y 19 años respectivamente. Los dos trabajan fuerte durante la semana, pero los sábados por la tarde y todo el domingo lo tienen de descanso para sus ocupaciones particulares y sus excursiones o paseos largos en común y en gozosa amistad. Blas es del barrio Chanverí de Madrid, es perito electricista y trabaja en una tienda de aparatos eléctricos de su barrio; Antonio es del madrileño Lavapiés, es buen matemático y trabaja de contable en una sucursal del Banco de Santander. Se han puesto de acuerdo el domingo anterior. El próximo sábado iremos andando a la sierra. A las cuatro, después de comer y reposar un poco, salimos; debemos prepararnos bien para la montaña. Es el 23 de marzo; un día un tanto nublado. No creo que llueva, piensa Blas. Me pondré una botas con buenas plantas anchas de goma; me agarró así mejor a las rocas y, si acaso llueve, me defenderé mejor de la humedad. Antonio razonó de otra manera: quizás no llueva, pero debo ser previsor; la subida es un tanto dura; me pondré mis botas camperas de fuertes suelas y tachuelas; siempre me han dado buen resultado. Así salieron para la montaña Blas el perito electricista y Antonio el consumado contable, cada uno con su mochila para merendar juntos y conversar como amigos contemplando la naturaleza desde la cumbre del monte.

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-Tenemos un día un tanto ambiguo, comenta Blas. -¿Lloverá? ¿O tendremos sol en la cresta que pensamos escalar? Pregunta Antonio. -Veo que vienes con buenas botas de fuertes clavos; yo he optado por anchas gomas en las bases. - He pensado que así me defiendo mejor; con mis botas de suela y de tachuelas he caminado siempre seguro. - En la cumbre comentaremos el resultado. La tarde se fue haciendo cada vez más negra según ascendían al monte. Casi en la cumbre comenzaron los fuertes truenos. El cielo se cargaba de aparato eléctrico y algunos rayos comenzaban a causar espanto. Estamos casi en la cima. Debemos seguir hasta el final y cobijarnos en el refugio. No hay alternativa posible. Blas, el electricista, iba muy jubiloso, mientras Antonio comenzaba a vacilar y a ponerse serio. -Ya estamos, amigo. Ahora al refugio. No ha pasado nada. Seguía comentando el electricista. - Estaba preocupado, dijo Antonio, el amigo contable. Aún no me he recuperado del gran susto. - La naturaleza estaba cargadísima de electricidad y Blas abraza a Antonio y le gasta una broma propia de su oficio. Le toca a Antonio en la nariz propinándole una descarga eléctrica, un impresionante calambre. Antonio aparta de una sacudida la cabeza, mientras dice: -¿Qué tienes en la mano? -Dirás ¿qué tengo en los pies? Tú presumías de tus botas de clavos, y por las suelas húmedas y los clavos se iba toda la electricidad que te comunicaban las negras nubes tormentosas. Yo en cambio con mis botas de anchas gomas me he ido llenando de la electricidad que nos enviaba a los dos por igual la naturaleza. Todos los sábados y domingos nos permitimos alguna meditación en la naturaleza o en las cuestiones sociales del tiempo. La electricidad que nos enviaba el tormentoso cielo es un símbolo de la gracia salvadora que de continuo nos envía Dios, nuestro Padre Generoso. Para aprovechar esa gracia y que no resbale sin efectos positivos sobre el alma, es necesario aislarse bien de las aficiones bajas y terrenales. Con una conciencia sana y orientada hacia el Salvador, la gracia se queda dentro de nosotros y crece sin cesar en nuestra alma.

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INOLVIDABLE AMIGO: EL MISIONERO RAFAEL MATEOS GUERRA. SEMBLANZA EN UNA MISA PARA ÉL

Hablaré, por encargo del P. Prior, de mi gran compañero el P. Rafael. Nos ordenamos de sacerdotes juntos el 30 de marzo de 1958. Hace mes y medio cumplíamos los 50 años de sacerdocio. Yo los he celebrado en la tierra; él en el cielo. ¡Cuánto me acordé de Rafa en los meses inmediatamente anteriores a esta celebración! Él había sido el gran organizador de los complicados preparativos y de las complejas ceremonias de nuestra ordenación sacerdotal. Ahora, en las llamadas “Bodas de Oro del Sacerdocio” él habría estado presente en todos los detalles. Gozaba de ese don que muy poca gente tiene. Celebramos con esta santa misa el año del fallecimiento del P. Rafael Mateos Guerra. El año pasado cayó este día de hoy -14 de mayo del 2008- en el lunes de la sexta semana de la Pascua, y nos preparábamos para la fiesta de la Ascensión. Dios quiso llevárselo entonces para celebrar eternamente los triunfos de Jesucristo. Fuimos compañeros durante toda la carrera; podría contar innumerables cosas, todas buenas, y muchas muy buenas. Pocos minutos después de su entierro, para que no se me olvidase nunca su memoria, escribí un esbozo de semblanza, que podría llenar con mil historias. Me limité a unos rápidos recuerdos. Un gran silencio me invade en estos momentos – escribía yo- , que me hunde en la meditación más profunda. No tengo ánimo para hablar; sólo para meditar. Juntos fuimos a la Escuela Apostólica de Corias (Asturias) en 1945. ¡Cómo me acuerdo de aquel maravilloso viaje! Un grupito salimos de Salamanca con el P. José Santos, que marcharía pronto a las misiones dominicanas del Perú. En León nos unimos a un grupo más grande de chicos de diversas procedencias: Zamora, Madrid, León, Palencia. Entre ellos estaba Rafael Mateos. Desde León en el coche de línea nos dirigimos hacia Asturias por el puerto de Leitariegos.

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Rafael era de los más animosos, y yo me fijaba en él para vencer la nostalgia y levantar los ánimos. En el viaje, todos en la baca del coche, cantábamos muy gozosos y alegres. En Cangas del Narcea nos esperaba fray Luis Carrillo, que nos recogió los bultos en el carro con su caballo. Los chicos a pie los dos o casi tres kilómetros de carretera que nos ponían a las puertas del monasterio de Corias. La algarabía del recibimiento por los apostólicos veteranos fue muy grande y nos llenó de ánimo, y nos abrió a la confianza de que aquello era en verdad lo nuestro. Todo era maravilloso en Corias. Todo nuevo: la tierra, el aire, el río grande con el murmullo continuo de sus aguas a los pies del monasterio, con la sola separación de la carretera, que seguía pegada a la finca y al edificio del convento; valle profundo el de Corias rodeado de altas montañas. Y dentro ¡qué pronto prendió con fuerza en nosotros aquel sublime ideal: la Orden de Predicadores! Nuestro Padre Santo Domingo, nuestros grandes santos y santas, con la vivencia diaria de la Eucaristía y la devoción a la Virgen y su Rosario. Rafael siempre de compañero (muy buen compañero, extraordinario compañero): en Corias; en Palencia (el noviciado); Las Caldas de Besaya (la filosofía); Salamanca (la teología). Toda nuestra carrera sacerdotal. Después él marchó a las misiones, en primera línea, veinte años hasta que se puso muy enfermo. Tuvo que venir a España. Convivimos de nuevo a partir del 28 de agosto del 2002, en que fui asignado a este convento de Santo Domingo el Real de Madrid. Había trabajado mucho Rafa en el secretariado misionero de “Selvas Amazónicas” y ahora colaboraba en la Biblioteca. Los primeros meses del 2007 los había pasado muy mal. Las enfermedades, que venían minándole, le tuvieron sumido en el máximo dolor. No voy a decir más; solamente que su vida fue un holocausto espléndido, ofrecido para la alabanza de Dios y el bien de las misiones, de la Iglesia y de su Orden. Impresionante, inolvidable ejemplo el del P. Rafael. No se nos borrará.

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¿CARISMA? ¿IDENTIDAD?

Muchos dominicos pasaron muchos años, principalmente después del Concilio Vaticano II, preguntándose y buscando el carisma o identidad dominicanos. No faltaron los que lo veían claro y no querían entrar en discusión. La solución estaba en fijarse en el fundador, Santo Domingo de Guzmán. Santo Domingo lo vio claro desde el momento en que concibió la idea de fundar una Orden. Su orden sería por su misión específica, por esencia, Orden de Predicadores. Era algo raro o nuevo, pues esa misión como tal, de predicadores, era exclusiva de los obispos, que podían delegar, sólo delegar, en otros. Por eso no todos los dominicos lo entendieron plenamente; algunos, con certeza sí, como el beato Jordán de Sajonia, sucesor del santo en el gobierno de la Orden; también los primeros compañeros del santo. Ni el Papa que confirmó la Orden lo entendió en su sentido justo y pleno, como tampoco los obispos, con la excepción de Fulco de Toulouse. El Sumo Pontífice aprobó, todo lo más, una Orden, que pudiera predicar por el mundo entero, por disposición pontificia. A lo de misión esencial o constitutiva de la esencia de esa Orden tardó algún tiempo en llegar. Veámoslo. El Papa Honorio III confirmó la Orden de Santo Domingo el 22 de diciembre de 1216. Un mes más tarde, justamente el 21 de enero de 1217, dirige una bula “al Prior y a los frailes que predican (praedicantibus) en San Román de la región de Toulouse”. A Santo Domingo no le satisfizo la palabra latina praedicantibus, porque no expresaba plenamente lo substancial de su carisma. Su Orden no era de unos frailes que predican acá o allá, ahora o en otro momento. Los suyos eran frailes esencialmente predicadores, cuya misión esencial (que en verdad los define) era la predicación. Por eso recurrió inmediatamente, sea de modo directo sea a través de un notario curial amigo y conocedor de su pensamiento, a la curia pontificia, para que quitaran la palabra praedicantibus y la sustituyeran por praedicatoribus. Esta

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demostración es también paleográfica, pues en el pergamino original aparece raspada la primera palabra (praedicantibus), y escrita encima la segunda (praedicatoribus). Desde entonces los documentos del Papa dirán siempre Frailes Predicadores. Esto era algo nuevo, que no existía. Santo Domingo fue el primero en concebirlo. Por eso no es extraño que no lo entendieran plenamente en un principio ni el Papa, ni los obispos, ni muchos dominicos. Hacíamos la excepción, entre otros, del obispo de Toulouse Fulco, de bastantes seguidores del santo, entre otros los primeros compañeros de Santo Domingo en la predicación en el sur de Francia, y de modo especial el Beato Jordán de Sajonia. Nos dice éste, en efecto, que, cuando Santo Domingo fue a Roma con el obispo Fulco para visitar al Papa iban “con el común deseo de que confirmara la Orden de fray Domingo y sus compañeros, que se debía llamar y ser en verdad de predicadores”. Algunos dominicos en tiempos de Santo Domingo le recriminaban que enviase frailes jóvenes a predicar. Él exigió siempre una preparación teológica, como lo hizo con sus primeros seguidores antes de la dispersión de 1217. Después de esa preparación doctrinal, al santo no le gustaba esperar por más tiempo. “El trigo amontonado se corrompe; si se dispersa produce fruto”, había dicho para justificar la dispersión. Santo Domingo los anima a confiar en Dios y les promete su oración. Ante la seguridad de la oración del santo los jóvenes se lanzaban contentos a cumplir la misión encomendada. En el proceso de la canonización de Santo Domingo se dice que “hablaba siempre con Dios y de Dios” y animaba a sus hijos a hacer lo mismo. Era lo propio del buen predicador: vivir personalmente los misterios de Dios y predicar esas vivencias a los demás. Santo Tomás de Aquino, otro dominico que captó en su sentido pleno el carisma o el ideal de Santo Domingo, lo definirá con las conocidas palabras “contemplar y comunicar a otros lo contemplado”. El contemplar de Tomás es el hablar con Dios de Domingo; el dar a otros lo contemplado de Tomás es el hablar de Dios de Domingo.

Ramón Hernández Martín
Meditaciones - I

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