ENTRE EL ESPACIO Y EL TIEMPO

Tres de la tarde, Estación del AVE, destino Madrid, Puerta de Atocha. Dos compañeros se dirigen a compartir experiencias docentes en un congreso literario. Para ella es la primera experiencia en trenes de alta velocidad, no para él, avezado viajero en este medio y amante de la red ferroviaria. La conversación fluye, ella comenta que si no fuera por el precio sería el mejor transporte, él por su parte relata antiguas experiencias en este medio y a la mente de ambos acuden relatos en los que el tren es protagonista indiscutible. La literatura posee la enfermedad de la ficción que a algunos atrapa sin dejarlos nunca sanar. De este modo, nuestra realidad está perpetuamente pincelada de relatos para cada ocasión, de chascarrillos literarios, de citas que indefectiblemente se hallan grabadas en la memoria y afloran casi sin querer. A veces no nos dejan opción, a veces no vislumbramos la realidad, si es que esta existe como tal. Mientras el AVE alcanza los 300 km hora, en su interior nada hace sospechar que aquello estuviese pasando. En aquel momento ¿cuál era nuestra realidad?, ¿ese paisaje que transitaba tras la ventana sin darnos tiempo a percibirlo, o el silencio que reinaba solo interrumpido por nuestra conversación?. Nunca llegaríamos a saberlo. Ya lo decía algún escritor “El tren tiene escasa memoria. Pronto lo deja todo atrás. Olvida los ríos de la niñez, los puentes, los lagos, los valles, las casas de campo, los dolores y alegrías. Los va esparciendo detrás y se hunde en el horizonte”. Olvidando toda aquella incertidumbre y amparados por la conversación transcurrió el viaje. Madrid Puerta de Atocha, las estaciones albergan todas las incógnitas entre el espacio y el tiempo, allí fluye la vida. Ante tal aparente caos decidimos penetrar en uno de tantos elevadores que nos conduzcan al exterior. Entramos bromeando sobre aquella especie de cabina acristalada con aspecto de ascensor. En el último momento, antes de que las puertas nos aíslen de lo humano, una pareja de ancianos se dispone a compartir el espacio, les cedemos amablemente un lugar. La cabina despega pero su trayecto es corto, asciende pocos metros y se detiene. Intentamos pulsar de nuevo el botón pero no responde, intentamos abrir la puerta, pero está obstruída. Los cuatro nos miramos con una sonrisa expectante. Al mismo tiempo el gentío de la estación nos observa desde su espacio. Nuestro tiempo se detiene aunque parece que el suyo no. El anciano comienza la conversación intentando quitar importancia a lo sucedido y asegurando que de algún modo saldremos de allí. La anciana apunta que ellos están acostumbrados, que ese es el único ascensor que siempre se estropea. Ellos lo saben porque siempre están en la estación, su vida discurre allí, deambulando de un tren a otro, visitando a sus hijos. Definitivamente debimos haber optado por las escaleras, pero ya era demasiado tarde. Un guardia de seguridad nos informa desde el otro lado del cristal que en breve nos sacarán de allí. Al instante, aquella cabina donde se había detenido el tiempo, se zarandea, y tras un ruido estruendoso desciende, desciende y sigue descendiendo hasta que el verbo descender empieza a perder su significado y con él todo lo que hasta entonces creímos cierto. No sé cuánto dura la caída, ni sé dónde estoy, aterrados observamos la cara impertérrita de los ancianos que nos miran a los ojos fijamente, como queriendo robarnos el alma. Quizá nuestras quimeras literarias se están

haciendo realidad y en el mejor de los casos aparecemos en La Cueva de Montesinos. Si desaparecemos de este mundo, querría transitar eternamente las páginas de algún libro de literatura. Pero esto se parece más al infierno de Dante con todos sus círculos concentrándose ante nosotros. Cuándo pararemos. “A mitad del camino de la vida,/ en una selva oscura me encontraba/ porque mi ruta había extraviado.” De pronto todo se detuvo, a nuestro alrededor oscuridad, ni espacio, ni tiempo. Soledad. Ya no éramos los mismos. Ya no éramos. En aquel instante ascendimos, ascendimos hasta que la luz cegó nuestras retinas y ya ningún verbo tendría significado. Al llegar de nuevo a Atocha en aquella máquina del tiempo, las puertas no se abrieron, recordamos las palabras de la anciana, ese era el ascensor que siempre se estropeaba, claro. Daba igual, no hizo falta que las puertas se abriesen, atravesamos sus cristales como por arte de magia, atravesamos las paredes, las puertas de todos los trenes a los que desde ese día denominamos hogar. Y todos los atardeceres, en la hora más baja, cuando la luz es ya casi inexistente, tenemos una cita en el ascensor, donde solemos entrar con cualquier pareja de jóvenes, eso sí, en el último minuto.

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