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Sistema de la Naturaleza

Barón de Holbach

SEGUNDA PARTE
CAPITULO 1

Origen de nuestras ideas sobre la divinidad

Si los hombres tuvieran el coraje de remontarse a la


fuente de las opiniones mas profundamente grabadas en
su cerebro, se darían perfecta cuenta de las razones que
le hicieron respetarlas como sagradas; si ellos
examinasen con sangre fría el motivo de sus esperanzas
y de sus miedos , observarían que deberían remover
fuertemente sus ideas, no tienen ninguna realidad y no
son sino palabras vacías de sentido, fantasmas creados
por la ignorancia y modificados por una imaginación
enferma. Su espíritu trabaja deprisa y sin resultado en
medio del desorden de sus facultades intelectuales,
engañadas por las pasiones que les impiden razonar
justamente o de consultar la experiencia de sus juicios.
Emplazad un ser sensible dentro de una naturaleza
cuyas partes estén en movimiento, el sentirá
diversamente en razón de los efectos agradables o
desagradables que esté obligado a probar: en
consecuencia se encontrará feliz o desgraciado y según
el tipo de sensaciones sentidas las amará o repudiará,
buscará o huirá de las causas reales o supuestas de los
efectos que operan en su cerebro.
Pero si es ignorante o privado de experiencia se
engañará sobre sus causas, no podrá remontarse a ellas,
no conocerá su energía ni su manera de actuar, y cuando
estas experiencias reiteradas hayan fijado su
entendimiento será preso de la desazón y de la
incertidumbre.
El hombre es un ser que no aporta en su nacimiento
mas que su capacidad para sentir mas o menos
fuertemente según su conformación individual, no
conoce ninguna de las causas a las que está sometido,
poco a poco, a fuerza de sentir descubre sus diferentes
cualidades aprende a juzgarlas, se familiariza con ellas,
les atribuye propiedades según la forma en que se
encuentra afectado, y estas ideas son verdaderas o falsas
según sea capaz de hacer experiencias seguras y
reiteradas
Los primeros instantes del hombre están marcados
por necesidades, es decir, para conservar su ser, se
necesita del concurso de diversas cusas análogas a él,
sin las cuales no podría mantener la existencia que él ha
recibido, estas necesidades dentro de un ser sensible se
manifiestan por un desorden, una postración, una
languidez en su cerebro que le dan una sensación
penosa: esta languidez subsiste y aumenta hasta que la
causa necesaria para su cese viene a restablecer el orden
conveniente a la máquina humana.
La necesidad es el primero de los males que el
hombre prueba, mientras este mal es necesario para el
mantenimiento de su ser que el no sería capaz de
conservar si el desorden de su cuerpo no le obligara a
poner remedio. Sin necesidades no seríamos mas que
máquinas insensibles, semejantes a vegetales, incapaces
como ellos de mantenerlos en la existencia que hemos
recibido. A las necesidades debemos nuestras pasiones,
nuestros deseos, el ejercicio de nuestras facultades
espirituales y corporales, son nuestras necesidades las
que nos fuerzan a pensar, a querer, a crecer; por
satisfacerlas, o por poner fin a las sensaciones penosas
que nos causan por lo que nuestra sensibilidad natural y
la energía que nos es propia despliegan las fuerzas de
nuestro cuerpo o de nuestro espíritu.
Nuestras necesidades son continuas, nosotros
estamos obligados a trabajar sin descanso para obtener
los medios capaces de satisfacerlas, en una palabra, es
por las múltiples necesidades por las que desplegamos
nuestra energía en una acción perpetua, si no hay
necesidades el hombre entra en la inacción, en la apatía,
en el enojo de una vida incómoda a su ser, estado que
dura hasta que nuevas necesidades le reaniman y le
despiertan de ese letargo
De ello se ve que el mal es necesario para el hombre,
sin él no podría ni conocer lo que le perjudica, ni
evitarlo, ni procurarse bienestar, no se diferenciaría en
nada de seres insensibles y no organizados, si el mal
momentáneo que nosotros llamamos necesidad no le
forzara a poner en juego sus facultades, a hacer
experiencias, a comparar y distinguir los objetos que le
pueden perjudicar de los que le son convenientes.
En fin, sin el mal el hombre no conocería el bien,
estaría constantemente expuesto a morir; semejante a un
infante desprovisto de experiencia, a cada paso correría
a su perdida cierta, el no juzgaría ni sería capaz de
elegir, no conocería voluntades, pasiones o deseos y
sería incapaz de revolverse contra los objetos
desagradables, no podría apartarlos de él, no conocería
motivos para amar o temer. Sería un autómata
insensible, no sería un hombre.
Si no existiera el mal en el mundo el hombre jamás
habría fantaseado con la divinidad.
Si la naturaleza le hubiera permitido satisfacer
fácilmente todas sus nacientes necesidades o de probar
solamente sensaciones agradables, sus días habrían
pasado en una uniformidad perpetua, no hubiese tenido
motivos para buscar las causas desconocidas de las
cosas. Meditar es una pena: el hombre siempre contento
no se ocuparía mas que de satisfacer sus necesidades, de
disfrutar del día a día, de sentir los objetos que le
advertirían de su existencia de una manera que no
podría dejar de aprobar.
Nada alarmaría su corazón, todo sería conforme a su
ser y no sabría de penas ni de desconfianza, ni
inquietudes por el porvenir. Esos pensamientos no
pueden ser sino la consecuencia de sensaciones funestas
que anteriormente le hubieran afectado o que,
rompiendo el orden de su vida, hubiesen interrumpido el
curso de su felicidad
Independiente de las necesidades renovadas a cada
instante dentro del hombre y que a menudo es incapaz
de satisfacer, todo hombre siente una serie de males;
sufre la inclemencia de las estaciones, escaseces,
contagios, accidentes, enfermedades, etc. Ahí está el
porque de sus temores y desconfianzas. La experiencia
del dolor nos alarma por encima de todas las causas
desconocidas, es decir, cuando no hemos probado
anteriormente sus efectos, esta experiencia hace que
súbitamente, o si se prefiere, por instinto, nos pongamos
en guardia contra todos los objetos cuyos efectos
desconocemos. Nuestra inquietud y nuestra angustia
aumentan en razón del tamaño del desorden que esos
objetos producen en nosotros, de su rareza, o sea de
nuestro desconocimiento sobre ellos o de nuestra
sensibilidad natural, del calor de nuestra imaginación.
Cuanto más desprovisto de experiencia es mas
susceptible al temor: el aislamiento, la oscuridad de los
bosques, el silencio y las tinieblas de la noche, el silbido
del viento, los ruidos súbitos y confusos son para cada
hombre no acostumbrado a ellos motivo de temor. El
hombre ignorante es un niño a quien todo sorprende y
hace temblar. Sus alarmas desaparecen o se calman a
medida que la experiencia le familiariza con los efectos
de la naturaleza; se tranquiliza a medida que los conoce
o cree conocer las causas que los provocan y ensaya los
medios de evitar sus efectos.
Pero el no puede conseguir desenredar las causas que
le nublan y le hacen sufrir, no sabe que camino tomar:
sus inquietudes aumentan; su imaginación se extravía o
se pierde en el desorden de lo desconocido, se le hace
análogo a lo conocido, le sugiere los medios, parecidos
a los que emplea de ordinario para desviar los efectos y
desarmar la causa oculta de sus inquietudes y sus
temores. Así, su ignorancia y su debilidad le vuelven
supersticioso.
Pocas personas, ni siquiera de nuestros tiempos, han
estudiado suficientemente la naturaleza o se han
percatado de las causas físicas y de los efectos que
producen. Esta ignorancia fue sin duda mayor en
tiempos pasados donde el espíritu humano, en su
infancia, no había hecho las experiencias y el progreso
de nuestros días. Sabios dispersos y solitarios no solo
conocieron imperfectamente los caminos de la
naturaleza, solo la sociedad perfecciona los
conocimientos humanos por medio de esfuerzos
multiplicados y combinados para adivinar sus vías. Así
las cosas todas las causas debieron ser misteriosas para
nuestros salvajes antepasados. La Naturaleza entera fue
un enigma para ellos, todos sus fenómenos debieron ser
maravillosos y terribles para seres desprovistos de
experiencia; todo lo que ellos vieron debió parecerles
inusitado, extraño y contrario al orden de las cosas.
No nos sorprende ver temblar a los hombres de hoy a
la vista de las cosas que ya hicieron temblar a sus
padres. Los eclipses, los cometas, los meteoros fueron
antaño cosas de alarma para todos los pueblos de la
Tierra; sus efectos, tan naturales a los ojos de la sana
filosofía que poco a poco ha desenredado las verdaderas
causas, son todavía motivo de alarma para la parte mas
numerosa y la menos instruida de las naciones
modernas: el pueblo, al igual que sus ignorantes
ancestros, encuentra maravilloso y sobrenatural aquello
a lo que no está acostumbrado y todas aquellas causas
desconocidas que actúan con una fuerza que no
imagina que las cosas conocidas puedan ser capaces de
producir .
La vulgaridad cree ver maravillas, prodigios,
milagros, en todos los efectos chocantes que el no
comprende; llama sobrenaturales a todas las causas que
los producen lo que significa, simplemente, que el no
está familiarizado con ellos, que no los conoce, o que
dentro de su mundo no ha visto agentes capaces de
producir efectos tan raros a la vista de su ojos.
O los fenómenos naturales y ordinarios de los que las
naciones fueron testigos sin adivinar las causas, ellos
son desde tiempos inmemoriales prueba de calamidades,
sean generales, sean particulares, que sumergen en la
consternación y en las inquietudes mas crueles. Los
anales y las tradiciones de todos los pueblos recuerdan
todavía hoy fenómenos físicos, desastres o catástrofes
que debieron sembrar el terror en el espíritu de los
antiguos, ¿Si la historia no nos recordara continuamente
esos grandes hechos nuestros ojos no bastarían por
convencernos que todas las partes de nuestro globo han
sido, y siguiendo el curso de de las cosas, son y serán
sucesivamente en tiempos diferentes sacudidas,
volteadas, alteradas, inundadas o abrasadas?
Vastos continentes fueron engullidos por las aguas,
los mares salidos de sus límites han usurpado el
dominio de la tierra, retiradas a continuación esas aguas
nos han dejado pruebas flagrantes de su paso por las
conchas, despojos de peces, restos de cuerpos marinos
que el observador atento encuentra a cada paso en las
comarcas fértiles que habitamos hoy día.
Los fuegos subterráneos se abren en distintos lugares
con suspiros espantosos. En una palabra, los elementos
desencadenados se han disputado muchas veces el
dominio del globo, lo que se nos muestra por todo como
un amasijo de restos y de ruinas. ¡Eso debe ser el
espanto del hombre que en todos los países vive la
Naturaleza entera armada contra él y amenazando
destruirle sin demora! Ellos no pueden sin duda
atribuirlo a la Naturaleza, no la suponen autora o
cómplice del desorden que ha afectado a ella misma,
ellos no piensan que esas revoluciones y esos
desórdenes son los efectos necesarios de leyes
inmutables que contribuyen al orden que la hace
subsistir.
Fue entonces, en estas circunstancias fatales cuando
las gentes, no encontrando en la Tierra fuerzas capaces
de provocar esos efectos, cuando inquietos levantaron
los ojos cuajados de lágrimas al cielo que ellos suponían
la residencia de agentes desconocidos cuya animosidad
destruía aquí abajo su felicidad.
Fue en el seno de la ignorancia, de las alarmas y de
las calamidades cuando el hombre tuvo siempre las
primeras nociones sobre la divinidad, cosa que las hace
sospechosas o falsas y siempre desconsoladoras. En
efecto, en cualquier parte del globo donde nosotros
posemos la mirada, en los climas glaciales del norte, en
las regiones luminosas del sur, en todas las zonas, los
hombres han temblado en consecuencia de sus temores
y desdichas que ellos han levantado a los altares como
dioses nacionales o que ellos han adoptado de otros
pueblos. La idea de esos agentes poderosos fue asociada
a la del terror y su nombre recuerda siempre a los
hombres sus propias calamidades o las de sus padres,
nosotros tembla mos hoy porque nuestros antepasados
han temblado hace millares de años.
La idea de la divinidad despierta siempre en nosotros
ideas de pesar si nos remontamos a la fuente de nuestras
desgracias actuales, y los pensamientos lúgubres que
manan de nuestro pensamiento cuando nosotros
queremos pronunciar su nombre tienen como origen los
diluvios, los terremotos, las revoluciones y los desastres
que han destruido una parte del género humano, han
consternado a los desgraciados que han escapado de la
destrucción de la tierra; esos que nos transmitieron hasta
hoy sus espantos y las ideas negras que ellos se hicieron
de las causas o de los dioses que les habían alarmado.
Los dioses de las naciones fueron creados bajo el
seno de las alarmas, fue el dolor que cada hombre lo que
dio forma a la potencia desconocida que el mismo se
imaginó. Desconocedor de las causas naturales y de su
forma de actuar, cuando le acongoja el infortunio o
cualquier sensación penosa no sabe que decisión tomar.
Los acontecimientos que a pesar de le suceden a su
alrededor, sus enfermedades, sus penas, sus pasiones,
sus inquietudes, las alteraciones dolorosas que su cuerpo
siente sin desembrollar sus verdaderas causas, la
muerte en suma cuyo aspecto es temible para un ser
fuertemente agarrado a la vida, son los hechos que el
juzga como sobrenaturales porque son contrarios a su
naturaleza actual; los atribuye pues a cualquier causa
poderosa que, a pesar de sus esfuerzos, dispone a cada
instante de él.
Su imaginación, desesperada de males que el
encuentra inevitables le crea fantasmas en los que la
conciencia de su propia debilidad le obliga a
estremecerse. Helado por el terror medita tristemente
sobre sus penas y, temblando, busca los medios para
superarlas desarmando la furia de la quimera que le
persigue. Es en la fragua de su tristeza donde el hombre
ha forjado sus dioses.
Juzga lo que no conoce a partir de aquello que le es
familiar, si una cosa visible o supuesta le afecta de
manera agradable o favorable la juzga buena y
bienintencionada hacia él: al revés, juzga que todas
aquellas causas que le hacen probar sensaciones
enojosas son malas por su naturaleza y su intención
perjudicial. Le atribuye un plan, un sistema de conducta
a todo lo que parece producir por si mismo efectos
ligados, operar con orden y continuación, causar
constantemente los mismos efectos sobre él. De estas
ideas el hombre saca de si mismo su propia manera de
actuar, ama u odia las cosas que le han afectado; se
acerca a ellas con confianza o inquietud, las busca, o les
huye cuando cree poder sustraerse a su potencia.
Pronto les habla, los invoca, les ruega que le ayuden
o que dejen de afligirle, trata de conseguir su favor por
medio de la sumisión, de humillaciones o de presentes
a los que él mismo es sensible; le ofrece hospitalidad, le
da asilo, les hace una morada o les provee de cosas
porque piensa que es su deber complacerlo y espera
asimismo una compensación, un premio.
Esas disposiciones sirven para darnos cuenta del
proceso de formación de esos dioses tutelares que cada
hombre se hace en las naciones salvajes o groseras.
Vemos como los hombres simples ven como los árbitros
de su suerte los animales, las piedras, los fetiches que
ellos transformaron en divinidades prestándoles su
inteligencia, sus deseos y sus voluntades.
Es una disposición que sirve para engañar al hombre
salvaje y que engañará a todos aquellos cuya razón no
pueda aclarar las apariencias, es el concurso fortuito de
ciertos efectos con causas que no los han producido, o la
coexistencia de efectos con ciertas causas sin ninguna
ligazón verdadera. De esta manera el salvaje atribuirá la
bondad o la voluntad de hacerle un bien a cualquier
cosa, sea animada o inanimada, tal como una piedra de
cierta forma, una roca, una montaña, un árbol, una
serpiente, un animal, etc., si todas las veces que
encuentra esos objetos las circunstancias han querido
que tenga un buen suceso en la caza, en la pesca, en la
guerra o en cualquier otra empresa.
El mismo salvaje, de igual manera gratuita unirá la
idea de malicia o maldad a cualquier cosa que haya
encontrado los días en que el tenga un accidente
desgraciado; incapaz de razonar no verá que esos
efectos sean debidos a causas naturales, a circunstancias
necesarias; le es mas fácil honrar las causas incapaces
de influir sobre él, o de desearle el bien o el mal,
consecuentemente su ignorancia y la pereza de su
espíritu los divinizan, es decir, les suponen inteligencia,
pasiones, designios y les suponen un poder sobrenatural.
El salvaje es como un niño, ataca a lo que le incomoda
lo mismo que el perro muerde la piedra que le hiere sin
remontarse a la mano que la ha lanzado. Tal es aun, en
el hombre sin experiencia, el fundamento de la fe en los
presagios felic es o desgraciados; los ve como avisos
enviados por sus dioses ridículos a los que atribuye una
sagacidad, una previsión capacidades de las que él está
desprovisto.
La ignorancia y la confusión hacen que el hombre
crea que una piedra, un reptil o un pá jaro mucho mas
instruidos que él mismo. Las pequeñas observaciones
que hace el hombre le vuelven todavía mas
supersticioso, ve que algunos pájaros anuncian por su
vuelo, sus gritos los cambios de frío o calor o las
tormentas, ve que en ciertos tiempos se desprendes
vapores del fondo de algunas cavernas y no se necesita
mas para hacerle creer que esos seres conocen el
porvenir y tienen el don de la profecía.
Si poco a poco la experiencia y la reflexión
consiguen desengañar al hombre de la potencia de la
inteligencia y las virtudes que tempranamente había
asignado a cosas insensibles, las supone dominadas por
fuerzas secretas, por algún agente invisible de las que
ellas son los instrumentos. Es entonces a este agente
escondido al que se dirige, al que habla. Busca ganar su
favor e implora su asistencia, quiere aplacar su cólera y
para lograrlo utiliza los mismos medios que utilizaría
para ganar o para aplacar a los seres de su misma
especie.
Las sociedades que originalmente hayan sido
afligidas y maltratadas por la Naturaleza supondrán a
los elementos y a los agentes secretos que los regulan
unas voluntades, unas vidas, unas necesidades y deseos
semejantes a los del hombre. De ahí los sacrificios
imaginados para alimentarlos, las libaciones para calmar
su sed o los inciensos para perfumarlos. Cree que los
elementos o fuerzas secretas irritados se calman con las
plegarias la sumisión y los presentes. Su imaginación
trabaja para adivinar cuales pueden ser los presentes y
las ofrendas mas agradables a esos seres mudos de las
que es imposible conocer sus inclinaciones. Se les
ofrece primero los frutos de la tierra, las espigas; se les
sirve a continuación la carne, se inmolan gansos,
becerros o toros. Como se les ve siempre irritados
contra el hombre se les sacrifica luego niños u hombres.
En fin, el delirio de la imaginación cree que el agente
soberano que preside la Naturaleza desdeña las ofrendas
tomadas de la tierra y no puede reconciliarse con la raza
humana sino con el sacrificio de un dios.
Se supone que un ser infinito necesita victimas
infinitas para reconciliarse con la raza humana. Los
viejos, como gente mas experimentada, fueron
comúnmente encargados de la reconciliación con la
potencia irritada, se acompañaran de ceremonias, ritos,
precauciones, formulas….recordarán a sus
conciudadanos las nociones transmitidas por sus
ancestros, las observaciones hechas por ellos y las
fábulas que ellos recibieron. Así se estableció el
sacerdocio, así se forma el culto y así, poco a poco, se
forma el cuerpo de una doctrina. En pocas palabras,
tales son los elementos informes y precarios de que se
sirven en todo el mundo para componer la religión, ella
fue siempre un sistema de conducta inventado por la
imaginación y por la ignorancia para tornar favorables
las potencias desconocidas a las que se supone obedece
la Naturaleza, cualquier divinidad irascible y aplacable
le sirve siempre de base, sobre esta noción pueril y
absurda funda el sacerdocio sus derechos, sus templos,
sus altares, sus riquezas, sus dogmas. Y sobre estos
fundamentos groseros levantan todos los sistemas
religiosos del mundo, inventados originalmente por los
salvajes y todavía con el poder de regir las naciones mas
civilizadas. Estos sistemas, tan ruinosos en sus
principios, han sido diversamente modificados por el
espíritu humano con el objeto de trabajar sin descanso
por los seres desconocidos a los que ha comenzado por
atribuir una gran importancia y que jamás analiza con
sangre fría.
Tal es la marcha de la imaginación en las ideas
sucesivas que ella se hace de la divinidad o que recibe
del entorno. La primera teología del hombre le hizo
temer y adorar los elementos mismos, los objetos
materiales y groseros, luego, rinde homenaje a los
agentes que presiden los elementos, a genios potentes, a
genios inferiores, a héroes o a hombres dotados de
condiciones excepcionales, a fuerza de reflexionar cree
simplificar las cosas sometiendo la naturaleza entera a
un solo agente, a una inteligencia soberana, a un espíritu
que pone a esta Naturaleza y a sus partículas en
movimiento.
Remontándose de causa en causa los mortales han
acabado por no ver nada y es en esta oscuridad donde
ellos han emplazado su dios, en este abismo tenebroso
su imaginación trabaja por fabricar quimeras que les
afligen hasta que el conocimiento de la Naturaleza les
desengaña de fantasmas que siempre han adorado
vanamente.
Si queremos darnos cuenta de nuestras ideas sobre la
divinidad estamos obligados a convenir que con la
palabra dios los hombres no han podido jamás designar
la causa mas recóndita, mas alejada, la mas desconocida
de los efectos que ellos ven. Ellos solo utilizan esa
palabra porque el juego de las causas naturales y
conocidas cesa de ser visible para ellos, desde que
pierden el hilo de las causas o desde que su espíritu no
puede seguir la cadena zanjan la dificultad y terminan
su búsqueda llamando Dios la última de las causas.
Estando mas allá de todas las causas conocidas se le
atribuye una denominación vaga a una causa ignorada,
a aquella que su pereza o el límite de su conocimiento
no les permite alcanzar. Cada vez que se nos dice que
Dios es el autor de algún fenómeno eso significa que tal
fenómeno se ha producido por causas o fuerzas
desconocidas naturales desconocidas por nosotros. El
común de los hombres, acompañado de su ignorancia,
atribuye a la divinidad no solamente los efectos mas
inusitados que le golpean sino también los sucesos mas
simples y mas fáciles de conocer por cualquiera por
poco que medite. El hombre siempre ha respetado las
causas desconocidas de los efectos sorprendentes que su
ignorancia le impide descubrir.
Solo nos queda preguntarnos si podemos llegar a
conocer perfectamente las fuerzas de la Naturaleza, las
propiedades que ella encierra, los efectos resultantes de
sus combinaciones. ¿Sabemos porqué el imán atrae el
hierro? ¿Podemos explicar los fenómenos de la luz, de
la electricidad, de la elasticidad? ¿Conocemos los
mecanismos por los que nuestro cerebro modifica lo que
llamamos voluntad para ponernos en acción? ¿Podemos
darnos cuenta de cómo nuestro ojo ve, nuestro oído
entiende, nuestro espíritu conoce? Si somos incapaces
de conocer la razón de fenómenos que a diario la
Naturaleza nos presenta ¿Con que derecho le negamos
el poder de producir ella misma sin el socorro de
agentes extraños, más desconocidos que ella misma,
otros efectos mas incomprensibles para nosotros?
¿Seremos mas sabios cuando atribuyamos a Dios
cualquier hecho del cual no hayamos sido capaces de
descubrir la verdadera causa? ¿Se atribuirá a un ser del
que conocemos menos y tenemos menos idea que de
todas las causas naturales? ¿Una palabra a la que no
podemos ligar un sentido fijo, será suficiente para
esclarecer el problema? ¿Puede significar la palabra
Dios otra cosa que la causa impenetrable de los efectos
que nos asombran y que no podemos explicar? Si
actuamos de buena fe con nosotros mismos deberemos
reconocer que únicamente la ignorancia de las causas
naturales y de las fuerzas de la Naturaleza es lo que
origina el nacimiento de los dioses; es todavía la
imposib ilidad en que la mayor parte de los hombres se
encuentran para borrar esta ignorancia, de hacerse ideas
simples de la formación de las cosas, de descubrir las
verdaderas fuentes de los hechos que ellos admiran o
que ellos temen, lo que les hace creer que la idea de un
dios es una idea necesaria para justificar todos los
fenómenos y las verdaderas causas que no puede llegar
a alcanzar.
Veamos porqué se mira como insensatos a los que no
sienten la necesidad de admitir un agente desconocido o
una energía secreta que a falta de relacionarla con la
Naturaleza la es situada fuera de ella..
Todos los fenómenos de la Naturaleza hacen nacer
necesariamente en los hombres sentimientos diversos.
Los unos le son favorables y los otros dañinos, los unos
provocan su amor, admiración, reconocimiento; los
otros le turban, le producen aversión o desesperanza.
Según las emociones variadas que provocan, los
hombres aman u odian las causas a las que atribuyen los
efectos que producen en ellos esas diferentes pasiones;
esos sentimientos de admiración o temor aumentarán
según la medida en que sean mas vastos, mas
irresistibles, mas incomprensibles, mas inusitados o mas
interesantes para ellos. El hombre se hace
necesariamente el centro de la Naturaleza entera; no
puede juzgar las cosas sino en la medida en que se
siente afectado por ellas, solo puede amar lo que cree
favorable para él, odia y teme necesariamente todo lo
que le hace sufrir; como hemos visto llama desorden
todo lo que trastorna su máquina y considera que todo
está dentro del orden si conviene a su manera de vivir.
Debido a esas ideas el género humano cree que la
Naturaleza está hecha solo para el hombre; que solo
para él la Naturaleza ha obrado, o bien que las causas
poderosas a las que la Naturaleza está subordinada solo
tenían como objeto el hombre en todos los efectos que
operan en el Universo.
Si existieran otros seres pensantes sobre la Tierra,
caerían posiblemente en este mismo prejuicio fundado
necesariamente que cada individuo se adjudica a si
mismo, predile cción que subsiste hasta que la reflexión
y la experiencia rectifican su juicio.
Así, cuando el hombre está contento, cuando todo
está en orden para él, admira o ama la causa a la que
cree deber su bienestar, cuando él está descontento de su
manera de vivir él odia y teme la causa supone
productora de sus aflicciones. El bienestar se confunde
con nuestra existencia, no se siente cuando es continuo
y habitual, entonces lo consideramos inherente a nuestra
esencia; pensamos que somos hechos exclusivamente
para ser dichosos, encontramos natural que todo
concurra al mantenimiento de nuestro ser. Y no es lo
mismo cuando nosotros conocemos comportamientos
que nos displacen; el hombre que sufre está siempre
sorprendido de los cambios que se operan en él, los
juzga antinaturales, contra su propia naturaleza, se
imagina que los acontecimientos que le hieren son
contrarios al orden de las cosas, cree que la Naturaleza
está trastornada cada vez que no le provoca sensaciones
placenteras o convenientes y cree que los agentes que la
mueven están irritados contra él.
Así, el hombre, casi insensible al bien, siente muy
violentamente el mal, cree al uno natural y al otro
contrario a la naturaleza. Ignora u olvida que forman
parte de un todo, formado por un conjunto de
substancias de las que unas son semejantes y las otras
contrarias, que los seres que formados por la naturaleza
están dotados por propiedades diversas en virtud de las
cuales actúan diversamente sobre los cuerpos que se
encuentran al alcance de su acción; él no ve que esos
seres desprovistos de bondad y de malicia obran según
sus esencias y propiedades, sin poder actuar de otra
manera de cómo lo hacen. A causa de desconoce éstas
cosas mira al autor de la Naturaleza como la causa de
los males que sufre y que el cree malévolo, es decir,
animado contra él.
Ve pues el hombre el bien como una deuda de la
Naturaleza y el mal como una injusticia que ella le hace,
persuadido de que ésta Naturaleza ha sido hecha para él,
no concibe que le pueda hacer sufrir si no es movida por
una fuerza enemiga de su felicidad, que tenga razones
para afligirle y castigarle. De ello se desprende que es el
mal el principal motor de las investigaciones que los
hombres han hecho sobre la divinidad, de las ideas que
se han formado y de la conducta que han tenido.
La admiración sola de las obras de la Naturaleza y el
reconocimiento de sus beneficios no han forzado jamás
al género humano a remontarse penosamente por el
pensamiento a la fuente de las cosas, familiarizados
sobre el campo con los efectos favorables a nuestro ser,
no nos hemos tomado las mismas molestias de buscar
sus causas que en descubrir las de lo que nos inquieta o
nos aflige.
Reflexionando sobre la divinidad siempre lo hizo
sobre la causa de sus males, sus meditaciones siempre
fueron vanas porque sus males, como sus bienes, son los
efectos igualmente necesarios de las causas naturales,
aquellas para las que su espíritu ha inventado siempre
causas ficticias pues siempre se ha hecho ideas falsas
puesto que el siempre las extrae de su propia manera de
ser y de sentir. Obstinado, no ve mas que a si mismo y
no conoce la naturaleza universal de la que el forma una
débil parte.
Un poco de reflexión será suficiente sin embargo
para desengañarnos de estas ideas. Todo nos prueba
que el bien y el mal están en nuestra manera de ser
dependientes de las causas que le afectan y que un ser
sensible siente forzosamente.
Dentro de una Naturaleza compuesta de seres
infinitamente variados es necesario que el choque o el
encuentro con materias discordantes turbe el orden y la
manera de vivir de otros seres si analogía con ellos;
procede como ha hecho durante años, los bienes y los
males que sentimos son consecuencias necesarias de las
cualidades inherentes a otros seres en la esfera de acción
en que nos encontramos. Nuestro nacimiento, que
nosotros consideramos un acto generoso, es tan
necesaria como nuestra muerte que nosotros vemos
como una suerte de injusticia; está dentro de la
naturaleza de los seres semejantes el unirse para formar
un todo y es la naturaleza de todos los seres compuestos
el destruirse o descomponerse unos mas pronto y otros
mas tarde. Todo cuerpo que se descompone hace
eclosionar otros nuevos que se destruirán a su vez para
ejecutar eternamente las leyes inmutables de una
Naturaleza que existe solamente por los cambios
continuados que sufren sus partes. Esta Naturaleza no
puede ser vista como bondadosa ni como cruel, todo lo
que se hace en ella es necesario. La misma materia
ígnea que fue el principio de nuestra vida puede ser a
menudo el principio de nuestra destrucción, del incendio
de un poblado, de la explosión de un volcán. Esta agua
que circula en nuestros fluidos tan necesarios para
nuestra existencia actual, si es demasiado abundante nos
asfixia, es la causa de estas inundaciones que a veces
engullen la tierra y sus habitantes. Este aire, sin el cual
no podemos respirar, es la causa de los huracanes y de
las tempestades que vuelven inútiles los trabajos de los
mortales. Los elementos se desencadenan contra
nosotros forzosamente cuando son combinados de
ciertas maneras, y las consecuencias necesarias son
estos estragos, los contagios, las hambrunas, las
enfermedades, las plagas diversas por las cuales
imploramos a gritos a potencias sordas a nuestras voces.
No nos conceden nunca nuestros deseos sino cuando la
necesidad que nos aflige ha vuelto a poner las cosas
dentro de un orden que nosotros creemos conveniente a
nuestra especie, orden relativo que es y será siempre la
medida de todos nuestros juicios.
Los hombres fueron incapaces de reflexiones tan
simples. No comprendieron que la Naturaleza se rige
por leyes inalterables y vieron los bienes que ellos
conocieron como favores y sus males como signos de
cólera de la naturaleza que ellos supusieron animada de
las mismas pasiones que ellos o, al menos, gobernada
por algún agente secreto que le hacía ejecutar sus
voluntades favorables o dañinas a la especie humana.
Fue a este agente secreto a quien ellos elevaron sus
plegarias, poco ocupados de él en su bienestar, le
recordaron sus favores en la creencia que su ingratitud
podría provocar su furor; pero ellos lo invocaron sobre
todo con fervor en sus cala midades, en sus
enfermedades, en los desastres que asustaron su mirada,
ellos le demandaron entonces que cambiara en su favor
la esencia y la manera de ser de las cosas, cada uno de
ellos pretendió que para hacer cesar el menor mal que le
afligía, la cadena eterna de las cosas fuera parada o
quebrada.
Sobre estas pretensiones tan absurdas se fundan las
oraciones fervorosas que los mortales, casi siempre
descontentos de su suerte y nunca de acuerdo en sus
deseos, dirigen a la divinidad. Sin cesar de rodillas
delante de la potencia imaginaria que ellos juzgan con
derecho a mandar en la Naturaleza, la suponen tan
fuerte como para cambiar su curso, para hacerla servir a
intereses particulares y obligarla a contentar los deseos
discordantes de los humanos.
El enfermo expirando sobre su cama demandan que
los humores amasados en su cuerpo pierdan las
propiedades que le son perjudiciales, y que por un acto
de su poder, su dios, renueve o cree de nuevo los
resortes de una máquina usada por las discapacidades.
El cult ivador de un terreno húmedo y bajo se queja
de la abundancia de lluvias que lo inunda mientras que
el habitante de una colina le agradece sus favores y
solicita la continuación de lo que es causa de desespero
para su vecino. En fin, cada hombre quiere un dios para
él solo y demanda en su favor siguiendo constantemente
sus fantasías momentáneas y sus necesidades
cambiantes la esencia invariable de las cosas sea
continuamente cambiada. Por ello los hombres
demandan constantemente milagros. No nos
sorprendamos de su credulidad o de la facilidad con que
aceptan los relatos de cosas maravillosas que se le
anuncian como actos de la potencia y de la bondad de la
divinidad, y como pruebas de su imperio sobre la
Naturaleza entera, la cual ganándola, se les promete el
mando a ellos mismos; por una consecuencia de estas
ideas la naturaleza está desprovista de todo su poder, no
es vista sino como un instrumento pasivo, ciego por si
mismo, que no actúa sino por las órdenes variables de
agentes todopoderosos a los que se le cree subordinada.
Falta revisar la Naturaleza bajo un punto de vista
verdadero, se la desconoce enteramente, se la desprecia
y se la cree incapaz de producir algo por ella misma, y
se hace el honor de todas sus obras, sean ventajosas o
perjudiciales para la especie humana, a potencias
ficticias, aquellas a las que el hombre presta cada día
sus propias disposiciones no hacienda sino aumentar su
supuesto poder.
En una palabra, fue sobre los restos de la naturaleza
donde los hombres elevaron el coloso imaginario de la
divinidad.
Si la ignorancia de la Naturaleza da nacimiento a los
dioses, el conocimiento de la Naturaleza sirve para
destruirlos, a medida que el hombre se instruye, sus
fuerzas y sus recursos aumentan con sus luces, las
ciencias, las artes conservadoras, la industria le provee
de socorro, la experiencia le tranquiliza o le procura los
medios de resistir los embates de causas que cesan de
alarmarlo cuando son conocidas.
Dicho de otro modo, sus terrores se disipan en la
misma proporción que se aclara su espíritu. El hombre
instruido cesa de ser supersticioso