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El contenido de esta obra es ficción. Aunque contenga
referencias a hechos históricos y lugares existentes, los nombres,
personajes, y situaciones son ficticios. Cualquier semejanza con
personas reales, vivas o muertas, empresas existentes, eventos o locales, es coincidencia y fruto de la imaginación del autor.
©2013, Entre cuentos de hadas
©2013, Carmen María Cañamero
©2013, Ilustración de portada: Jorge Monreal
Colección Amare nº 10
Ediciones Babylon
Calle Martínez Valls, 56
46870 Ontinyent (Valencia-España)
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A mi madre,
Blanca Nieves Cañamero Jiménez

Octiembre
El olor a castañas asadas embriagaba por completo los sentidos
de Danielle, hasta el punto de obligarla a cerrar los ojos mientras
dejaba que George Lucas, su bulldog francés, la guiase. Una pésima
idea teniendo en cuenta que cada vez que tenía ocasión, George
Lucas se lanzaba a perseguir todo aquello que llamaba su atención;
esta vez no iba a ser menos.
Aquel olor le recordaba a su infancia en una pequeña aldea de la
Toscana, a su abuela amasando pan mientras las castañas se hacían
al fuego, a su abuelo saludándola desde la huerta colindante a la casa
en los viñedos que, secos tras el otoño, le servían como refugio en
los juegos de La guerra de las galaxias que compartía con sus vecinos.
Era un olor particular el de las castañas. El fruto de la estación triste,
la que indica el ocaso de la vida y el comienzo de una nueva etapa.
Danielle adoraba el otoño y su olor a marrón. Finales de octubre y
principios de noviembre eran sus fechas favoritas, le encantaría que
existiera un mes que abarcase esas dos quincenas, pero como no
era así, decidió crear el suyo: octiembre, lo llamó. Cómo le gustaba
octiembre…
Y las castañas asadas.
Este octiembre, como cualquier otro, disfrutaba de un atardecer
fresco en el que la calidez que el Sol había sembrado durante el
día se difuminaba con suma perfección sobre el ambiente. Lo
que permitía a Danielle lucir todas y cada una de sus sudaderas;
hoy tocaba una negra y enorme con el cuello tan ancho que se
le resbalaba, dejando ver el inicio de su hombro izquierdo. La
inscripción «Los videojuegos arruinaron mi vida, pero por suerte aún me
quedan dos vidas extra» brillaba en el centro en tres líneas amarillas
ordenadas al más puro estilo galáctico. Su tío más joven, aquel que
le hizo adentrarse entre las estrellas, le regaló aquella sudadera antes
de su partida al nuevo mundo.

Añoraba aquellos días más de lo que le gustaría reconocer. Sobre
todo, las tardes de juegos y los baños en los que su abuela le rascaba
las rodillas con fuerza para eliminar el barro mientras se esforzaba
en recordarle cómo debían comportarse las señoritas.
Renunciar a la vida en la seguridad del seno familiar no había
sido fácil, pero Danielle era la clase de persona que no cree en que
los sueños se hagan realidad por arte de magia. Al igual que los
mejores frutos llegan tras las buenas cosechas, Danielle entendía
que debía trabajar duro si quería conseguir sus objetivos.
Y hacía casi un año de aquello. Un año de duro trabajo en el que
aprendió a defenderse en otro país con la ilusión de crear historias
fantásticas para grandes pantallas.
Sí, octiembre era estupendo.
George Lucas echó a correr tras una paloma, arrastrando junto
a él a Danielle. Esta, que abrió los ojos precipitadamente, se vio
obligada a caminar con grandes pasos forzados mientras intentaba
enfocar la vista en el mundo real tras abandonar sus recuerdos de
golpe. Solía jactarse de sus reflejos motores, pero en esta ocasión no
fueron suficientes para evitar que George Lucas la hiciese adentrarse
en uno de los prados de Central Park que, aún mojados por la lluvia
del día anterior, llenaron de barro el bajo de sus vaqueros favoritos.
—George Lucas, eres malo. No se tira de la correa —dijo ella
mientras salía al asfalto de nuevo.
Casi muere atropellada por una pareja de mujeres maduras y
extremadamente delgadas que corrían por el lugar, pero al menos
no había llamado la atención de nadie. Eso era lo mejor de Nueva
York: podría haberse restregado en el barro y revolcado por la hierba
sin que nadie se extrañase en exceso.
George Lucas miró a Danielle arrepentido, dejando caer sus
orejas puntiagudas mientras lloriqueaba con mirada de cordero
recién nacido. Esto siempre le funcionaba, Danielle nunca se
resistía al brillo de sus ojos. Se acercó a ella, meneando su corto
rabo ligeramente en busca de consuelo.
—¡No! —le dijo ella en tono de voz reprobatorio—. Ahora no
me vengas con esas.
Danielle se agachó para eliminar los restos de barro del bajo de

sus pantalones, intentando que empapase lo menos posible en el
tejido. Eran sus vaqueros favoritos.¿Por qué habían tenido que ser
ellos? ¿Por qué siempre se iban los mejores?
Recordó el día mágico en el que los encontró en una tienda.
Brillaban, rodeados por un halo de candor que la atrajo hasta ellos
como el más bello y puro de los flechazos. Los amó en cuanto
rozaron su piel y se ajustaron perfectamente a su cuerpo. En
ese momento supo que ellos serían los únicos. Qué pena que el
tiempo los fuese desgastando, y que, como una relación amorosa
abatida por las vueltas de la vida, lavadora en este caso, terminasen
descoloridos y miserables.
—Disculpa, ¿tienes fuego? —Una voz masculina, demasiado
profunda y algo ronca, interrumpió sus pensamientos.
Danielle observó que el dueño de aquella voz llevaba unas
deportivas de la misma marca que las suyas, aunque más grandes y
carentes de colores pastel. Las masculinas eran blancas y estaban tan
desgastadas como sus vaqueros favoritos.
—¿Te parece que tengo pinta de tener fuego? —contestó
Danielle sin levantar la vista.
—Pues, no lo sé. En realidad, estaba buscando una excusa para
llamar tu atención, ya que tú has llamado la mía.
Danielle, sin pensarlo demasiado, se levantó con energía para
mirarle desafiante a los ojos. Nunca le habían gustado los chicos
con tanto descaro; los prefería más tímidos, básicamente porque
eran los únicos que sabían ver más allá de las apariencias. Chicos
como Corbin, su vecino de toda la vida y su primer amor, o como
aquel compañero de facultad con el que había salido a cenar, un tal
Aaron, creía recordar.
Estaba decidida a darle un rapapolvo argumental, pero la imagen
que se alzó ante sus ojos no le permitió hacerlo: un cuerpo fuerte,
una sonrisa arrebatadora enmarcada por una mandíbula definida
y una terrible cicatriz que recorría su sien izquierda. Le resultaba
arrebatador y repulsivo a partes iguales.
—Los ochenta fueron geniales. Es una de mis décadas favoritas,
entre otras muchas cosas porque nací yo y Madonna comenzó
su carrera. Pero esa forma de ligar con una chica… —comentó,

negando con la cabeza mientras fruncía sus gruesos labios—. No
está bien. No es la droga de moda. Deberías actualizarte. —Tardó
más de lo normal en responder, pero eso no evitó que lo hiciera.
—¿Pastillas? ¿Speed? ¿Coca...? Estamos en el siglo XXI, todo
está de moda. Incluso tu sudadera de freak —contestó, dejando
entrever unos dientes blancos como perlas.
George Lucas comenzó a ladrar con fuerza al observar unas
palomas revoloteando en los alrededores, con lo que distrajo por
completo a su dueña de la conversación.
—Ehhh, pequeño, tranquilo… —dijo él agachándose en cuclillas
mientras George Lucas se le acercaba meneando el rabo—. ¿Cómo te
llamas? —preguntó y, mientras le acariciaba livianamente, cogió la
placa de su collar para averiguarlo—. Así que eres George Lucas. ¿Por
qué no me sorprende?
—Oye, tengo que irme, así que si no te importa… —dijo ella
intentando ser amable. Había acariciado a Lucas con cariño y había
sido correspondido, eso era suficiente. De hecho, era lo máximo a
lo que podía aspirar dado el oscuro historial de George Lucas con los
desconocidos.
—Sí, me importa —contestó levantándose mientras se metía el
cigarrillo apagado en la boca—. Sigo sin tener fuego.
—Y yo sin mi espada láser. La vida es así de injusta…
—Mira, de eso sí que tengo —contestó con una nueva sonrisa.
Danielle soltó una carcajada de cansancio, solo una, antes de
seguir su camino adelantándole por la izquierda.
—¿Te veré mañana en el café? ¿A la misma hora de siempre?
—preguntó él llamando nuevamente su atención.
Ella se dio la vuelta con los ojos abiertos como platos, incrédula.
Estaba claro que el chico sabía más de ella de lo que decía y eso no
le gustaba lo más mínimo. Intentando disimular su sorpresa para
evitar que él se sintiese una persona importante, contestó:
—¿Acaso eres un parafílico? ¿Una de esas personas de sexualidad
alterada a las que les gusta perseguir a gente? ¿O a sus animales? —
intentó ofenderle, devolviéndole el golpe. Tal vez fuese una freak,
pero no era estúpida.
—¿De qué hablas? Solo soy un cliente que desayuna a la misma

hora en que tú apareces con prisas a por un café.
—¿A las doce y media de la mañana?
—Exacto. Es la comida más importante del día, me gusta estar
descansado para afrontarla —argumentó con seguridad. A Danielle
se le escapó una sonrisa, pero antes de que el chico se confundiera
por aquel gesto, dio un giro de ciento ochenta grados y continuó
su camino.

Cuentos de hadas
A pesar de poner todo su empeño en ello, Danielle no conseguía
quitarse a ese descarado de la cabeza. Era curioso, pero en sus
recuerdos destacaba algo en lo que no había reparado durante su
encuentro: su olor. No olía a tabaco, a humedad o extravagantes
perfumes masculinos, sino a las cenizas en las que se convierte la
madera de una chimenea. Olía a calor y a octiembre; olía a hogar.
Mientras los rayos de sol, brillantes y portadores de una calidez
sutil, atravesaban el ventanal superior del aula donde Danielle
aprendía a crear historias en la clase de Argumentales, el recuerdo
de octiembre ocupaba toda su atención. En teoría, la clase trataba
sobre las historias de romance; cómo crear, describir y desarrollar
una historia de amor. En la práctica, se trataba de despertar ciertas
emociones en los espectadores, un campo en el que Danielle era
completamente inhábil.
—Para la semana que viene espero que tengan lista la sinopsis
de una buena historia a desarrollar —comentó el profesor que
impartía esta asignatura—. Absténganse de retomar las tramas
interestelares a las que siempre veo reducidos algunos guiones
—dijo con la mirada fija en Danielle, una auténtica experta en
temáticas similares—. Quiero una historia verosímil, algo con
lo que la audiencia se identifique. Esta vez que sean humanos
normales y corrientes, por favor.
Danielle suspiró agobiada por las circunstancias. ¿Cómo se
suponía que iba a crear ella una historia verosímil? Jamás había
llegado a compartir con alguien el grado de intimidad que surge en
una relación estable. Ese mundo le era totalmente desconocido. Lo
suyo eran las estrellas, el más allá y el crimen organizado. Era capaz
de desarrollar un guion para una gran batalla o conseguir despertar
los terrores más ocultos de los espectadores, pero ¿cómo iba a crear
ella una historia de amor? El amor no era más que una leyenda,

un cuento de hadas en el que a todo el mundo le gustaba creer, al
que se alimentaba de las propias ilusiones; pero no era real. ¿Cómo
crear una historia verosímil de algo tan incierto como las batallas
entre humanos y aliens? Todo eran cuentos, la vida misma era un
cuento sin sentido.
Acostumbrada a sacar notas elevadas que mantuviesen su beca
de estudios en vigor, este acontecimiento había conseguido crispar
sus nervios hasta límites insospechados. Se veía de nuevo en casa,
condenada a estudiar en una escuela de cine sin las prestaciones y
oportunidades que se le abrirían en Nueva York. Imaginando una
posible despedida de su futuro soñado, salió disparada al cuarto
de baño más cercano. Necesitaba agua fría para eliminar esas
ideaciones y tomar las riendas de la situación actual. Abrió el grifo a
toda la presión posible y se lavó la cara varias veces.
—¿Eres tú, Danielle? —preguntó una voz salida de un retrete.
—Sí. ¿Quién…? —preguntó confusa—. ¿Mary Sue, eres tú?
Mary Sue era una estudiante con la que coincidía en algunas
clases de Literatura y Audiovisuales, una joven con la que, a pesar
de sus caracteres casi opuestos, congenió desde el primer día. No
estaba tan interesada en ser guionista como Danielle, pero tampoco
tenías las ideas lo suficientemente claras como para desechar las
oportunidades que tuviese ante ella. En realidad, no tenía nada
claro en lo que a la vida se refería excepto una cosa:
—No me llames Mary Sue, Sue es suficiente… —contestó. La
puerta del retrete se abrió para dar paso a una chica algo rellenita y
de pelo anaranjado—. Te lo he repetido mil veces.
—Mil y una, diría yo —añadió Danielle mientras se quitaba las
lentillas y se colocaba las grandes gafas de pasta en la cara—. Dios,
me duelen los ojos de tanto imaginar mi inminente fracaso en este
lugar.
Mary Sue rompió a reír ante los comentarios de su amiga. Si
algo le gustaba de Danielle, era esa forma de hablar tan peculiar
que tenía. Parecía un personaje de videojuegos que terminaba de
aterrizar en la realidad. Todo le parecía ficticio, excepto las cosas
más extrañas.
—¿Te vienes al Starbucks? —le preguntó Danielle—. Tengo

tres horas libres y romances en los que pensar.
—Claro, ¿por qué no? Yo sé mucho sobre el amor, he tenido
unas cuantas citas con Josh y creo que podré aconsejarte —comentó
Sue, consiguiendo que Danielle se echase a reír.
De paseo, charlaron sobre la nueva relación de Sue y sus cenas
en restaurantes asiáticos; cuando Danielle creía que no soportaría
un comentario más acerca de los brillantes ojos de Josh a la luz de
las velas, atravesaron la puerta de la cafetería. Se acercaron a la zona
del mostrador reservada para los camareros, donde se encontraba
Claudie, la compañera de piso de Danielle, juzgando el atuendo
que llevaba con solo una mirada.
—¿Por qué te empeñas en ponerte esas gafas en público?
Parecen de madera —le dijo Claudie mientras les hacía los cafés
sin anotar los pedidos en el ordenador—. Nena, no estás tan mal,
¿sabes? No es que tu belleza sea arrolladora, pero esas pintas que
llevas no te hacen justicia.
—Mi expreso debería estar listo ya. Sabes que siempre vengo
a esta hora —comentó Danielle fingiendo indignación, aunque
era inevitable sonreír ante un cumplido como ese. No creía que
Claudie fuera capaz de alagar a nadie que no fuese ella misma.
—Par de freaks… —murmuró entre dientes Claudie con una
perversa sonrisa en los labios. Les entregó dos cafés con leche y
extra de caramelo—. Fuera de mi vista, aquí no se admite el dinero
de gente tan cutre.
Un cumplido tras otro, así era Claudie: despótica, malhablada,
ciertamente perversa e increíblemente generosa con sus mejores
amigos. En cuanto Danielle la conoció, supo que sería su alma
gemela; una egocéntrica aspirante a actriz y una soñadora aspirante
a guionista no podían dar lugar a una fatídica pareja.
—Nos vemos en casa —contestó Danielle mientras Claudie le
guiñaba un ojo.
Tras haber pasado varias horas en la cafetería, se dispusieron a
salir. Se encaminaron hacia la puerta mientras Mary Sue le contaba
otra anécdota de su última cita con Josh. Parecía muy emocionada,
pero a Danielle le costaba demasiado centrar toda su atención
después de tanto tiempo hablando sobre el mismo tema. Además,

le era prácticamente imposible entender algo en medio de aquel
parloteo entremezclado con las risas apuradas de su amiga, por ello
optó por asentir con la cabeza repetidas veces sin interrumpirla.
Empezaba a pensar que cuando ella huía de esas conversaciones no
era por culpa del amor, sino de lo cargantes que podían volverse las
personas que lo sufrían.
Cuando Danielle estaba empezando a pensar en lo aburrido
que le resultaba el género masculino que solo era capaz de llevarte
a cenar, un joven atractivo se cruzó con ellas antes de salir a la
calle. Sus ojos se fijaron en los de Danielle, acompañados de una
imprudente sonrisa. Ella no pudo evitar corresponderla; después de
todo, él había advertido que volverían a encontrarse.
—¿Quién es ese? —le preguntó Mary Sue, descolocada.
Danielle parecía noqueada ante el descarado gesto de uno de esos
tipos rudos y descuidados que tanto aborrecía. La incipiente barba
y las ropas sucias, por no hablar de la cicatriz que cruzaba su sien,
eran características más que suficientes para que una chica como
ella apartase la mirada. Sin embargo, ahí estaba su amiga, con las
mejillas sonrojadas.
—Nadie —contestó Danielle sin perder la sonrisa.
Danielle era tan solo una niña cuando su madre, una mujer de
belleza incomparable con la que apenas guardaba algún que otro
parecido, se atrevió a leerle la fortuna. Noche tras noche, antes de
acostarse, Bianca Massieu le leía a su hija los Cuentos de Hadas, un
gran libro de tapas rojizas que recopilaba muchas de estas historias.
Una de esas noches, su madre leyó la ventura en las líneas que
recorrían la palma de su mano.
«En un mundo en el que yo no exista, encontrarás a una persona
que alumbrará tu camino», le decía recorriendo los trazos con
caricias. «Confía en él, pequeña, pues ahí se encuentra tu destino.»
En aquel momento, Danielle no supo apreciar las palabras de
su madre. Ni siquiera cuando la muerte se la llevó consigo antes
de tiempo. Sin embargo ahora, mientras una extraña sensación
recorría su estómago como consecuencia de un simple cruce de

miradas, recordó aquellas palabras. Lo más probable era que se
tratase de uno más de sus cuentos de hadas, uno en el que podría
sentirse tan especial como una de aquellas princesas, pero, muy en
el fondo, le gustaba la idea de que aquello fuese cierto.
Cómo explicar a Mary Sue su sonrisa cuando ni siquiera ella
conocía la razón de su existencia…

N ubes en el horizonte
El día terminaba igual que el anterior, con un paseo por el parque
junto a George Lucas. Como era habitual en ellos, recorrieron gran
parte de la zona Este hasta llegar al lugar donde algunos perros
corrían en libertad; un emplazamiento muy similar a un parque
para niños, donde los pequeños jugaban mientras sus dueños los
observaban, charlaban o, incluso, se atrevían a participar.
—Te dejaré solo si me prometes que no irás corriendo tras las
palomas —le dijo Danielle a su perro mientras este meneaba la cola
de un lado a otro con impaciencia. Estaba tan inquieto que tuvo que
sujetarle con fuerza antes de dejarle unirse al resto—. Va en serio,
Lucas, aléjate del lado oscuro.
Y mientras su perro corría libre, ella se sentó en uno de los
bancos de madera, dispuesta a disfrutar del sol de octiembre que lucía
durante el atardecer. A Danielle le encantaba observar la caída de la
luz otoñal con sus tonalidades ocres y rosadas; sobre todo en este
lugar, pues era uno de sus favoritos de toda la ciudad.
Sacó un libro de romance de su mochila naranja llena de chapas
con eslóganes e imágenes del Halcón Milenario y se detuvo a
observar aquellas tapas blandas de color carmesí. Suspiró, resignada,
ante la poca atracción que sentía por este tipo de lecturas, pero
necesitaba empaparse de romances si quería mantener el nivel de
su nota media. Sin ninguna emoción, abrió el libro por una página
al azar y comenzó a leer.
«Él me había salvado de las fauces de la muerte. Me abracé a
su cuerpo, sintiendo sus fuertes músculos como la mejor de mis
protecciones mientras cabalgábamos juntos hacia el ocaso.»
—Oh, por favor… —se quejó para sus adentros.
Si había algo que Danielle detestaba, era la necesidad de las
doncellas por ser rescatadas. Tal vez por eso ella nunca se había
sentido una doncella, ni una señorita, pues estaba completamente

capacitada para salvarse a sí misma.
—Por favor, ¿qué? —dijo una voz masculina a su espalda.
Danielle le reconoció, a pesar de haberle escuchado una sola vez
en su vida.
—¿Pretendes convertirte en mi acosador particular? —comentó
sin girarse; intentaba seguir leyendo.
—Me lo estoy planteando —afirmó al sentarse a su lado—.
¿Qué estás leyendo?
—¿Acaso te importa? —preguntó ella, incrédula por su actitud.
Le había enviado todas las señales adecuadas para que no se le
ocurriese sentarse junto a ella; sin embargo, ahí estaba.
Un brazo fuerte le arrebató su lectura con un gesto brusco
y seco. Tras fijar sus ojos en uno de los párrafos, rompió a reír a
carcajadas.
—Bueno, aquí no encontrarás lo que necesitas.
—¡Y tú qué sabrás sobre lo que yo necesito! —contestó ofendida
y haciéndose con el libro de nuevo—. Tengo que conocer el amor,
el romance… —añadió antes de intentar concentrarse de nuevo en
la lectura. Algo prácticamente imposible dadas las circunstancias.
—Estas cosas no son reales, son solo fantasías. Necesitas un
cuento de hadas, Danielle Massieu, tal vez varios.
Los ojos de Danielle se abrieron como platos mientras sus cejas
se elevaban para expresar todo aquello que pasaba por su cabeza.
¿Realmente acababa de decir su nombre? ¿Y su apellido? ¿Cómo lo
había…? No, no era posible que lo supiera a no ser que la hubiese
seguido en más de una ocasión. ¿Y si realmente se trataba de una
persona obsesionada con otra? No parecía alguien así, no podía
ser. Sus ojos marrones, entreverados de raíces verdes, no podían
pertenecer a una persona perturbada; además, el olor a octiembre que
él poseía nunca podría ir asociado a algo tan horrible. Sin embargo,
como los cuentos de su madre le habían enseñado, no podía fiarse
de sus apariencias.
—Sé lo que estás pensando —dijo él rápidamente.
—Oh, no. Lo dudo mucho. —Danielle no quiso seguir dando
vueltas a aquella idea y, antes de arriesgarse a esperar que las
posibilidades se convirtiesen en una realidad, se levantó en busca

de su perro a pasos ligeros—. ¡Lucas! —gritó—. Nos vamos.
—Espera, por favor. Al menos deja que me explique —pidió él
mientras se levantaba tras ella.
Danielle fingía no escuchar nada y continuaba con su avance. A
cada paso más apurada, pues el chico parecía tener un objetivo y no
iba a detenerse hasta cumplirlo.
—Mi nombre es Peter y… —comenzó a explicarse, pero parecía
más nervioso de lo normal—. Ojalá mi hermana estuviese aquí.
Ella es la que suele encargarse de estas cosas y sabe cómo manejar
las situaciones como esta.
El perro se acercó hasta su dueña, muy obediente, mientras esta
se agachaba para anudar la correa a su collarín. Indirectamente,
estaba regalándole a Peter unos valiosos segundos.
—Necesito que me des tiempo para explicártelo todo, por favor.
No tengas miedo de mí, yo jamás le haría daño a una mosca. Me
gano la vida matando a los malos del cuento, pero las moscas no
son malas, así que no les hago daño —argumentó—. Tú eres como
una de esas moscas.
—¿Qué? —preguntó ella, más sorprendida aún. No daba
crédito a lo que estaba escuchando.
A Peter le bastó con ver su rostro para comprender que el símil
de las moscas no había sido el más acertado. Era bastante torpe con
las personas que habían crecido lo suficiente como para dudar de su
palabra; le ponía nervioso necesitar una justificación.
—Media hora de tu vida. Sólo te pido eso, y si después de esa
media hora quieres que desaparezca para siempre, lo haré. Te lo
prometo.
—Quince minutos —respondió ella de forma tajante.
En realidad no se trataba de un tiempo determinado, sino de no
quedarse a solas con Peter cuando cayese el sol. No sabía quién era
o qué quería de ella; temía por su seguridad, pero aquellos ojos la
enternecían por completo.
—Catorce —dijo Danielle intentando presionarle sin separar la
mirada de su reloj.
Peter frunció el ceño mientras apretaba los labios. Parecía
inmerso en un proceso mental muy complejo en el que intentaba

elaborar una buena presentación de las razones que le habían
llevado hasta ella. Era la primera vez que se enfrentaba a algo así,
pues normalmente, mientras él salvaba a alguna que otra doncella,
otra persona se encargaba de esta parte del procedimiento. Su
hermana finalizaba el trabajo y le enviaba un telegrama con sencillas
directrices. Adoraba la comunicación mediante telegramas; era lo
único en lo que sabía moverse.
—Trece —continuó Danielle con impaciencia—. No estás
aprovechando tu tiempo.
—Esto no es algo fácil, niña. Suelo tener todo el tiempo del
mundo a mi disposición. De hecho, el tiempo y yo no somos
grandes amigos…
Ante este comentario, Danielle creyó ser testigo de la incipiente
locura de Peter; desde luego, lo que había dicho no tenía ningún
sentido. La mayoría de las personas que paseaban junto a sus perros
habían desaparecido con el atardecer y esto le hizo impacientarse
más aún. Agarró con fuerza la correa del bulldog y comenzó a
caminar en dirección opuesta a Peter.
—El Capitán pretende raptarte. Stop. Luego tendré que llamar
a las Sibilas. Stop. Rescatarte de la guarida en la que él te encierre.
Stop. Ven ahora conmigo. Stop. Y nos saltamos lo malo del cuento.
Stop.
Sin poder evitarlo, unas risas se escaparon de Danielle al mirarle
de nuevo. ¿A qué venía todo eso? Tras lo poco que había conocido
de Peter, veía dos posibilidades: en la primera de ellas, el chico era
un teatrero que deseaba ligar con ella a toda costa. En la segunda, se
trataba de un chiflado que realmente se creía sus propias palabras.
En este caso, reírse era lo último que debía hacer.
Abrió la boca para contestar con alguna frase ingeniosa, pero
cambió de idea al instante y la cerró de golpe. Intentó mantenerse
lo más neutra posible, impidiendo así reforzar a un caradura u
ofender a un loco.
—No voy a ir contigo a ninguna parte. Puedes estar tranquilo,
el Capitán no me hará ningún daño.
—Tal vez, pero estoy seguro de que el resto de su tripulación
arde en deseos de violarte y comerte después —dijo él, sembrando

el pánico en el rostro de Danielle—. Probablemente te quedes
inconsciente antes del tercero y, con suerte, no volverás a despertar.
Tal vez seas más afortunada aún y tu físico les atraiga lo mismo que
el de un mejillón; de este modo, tan solo tendrás que enfrentarte a
la muerte.
—Me estás asustando —le confesó ella—. Ya basta de juegos,
por favor. ¿Qué es lo que quieres de mí?
—Que me acompañes.
Peter extendió el brazo con la palma de la mano abierta,
esperando recibir la suya. Sin embargo, Danielle sentía tanto miedo
que su única respuesta fue alejarse a un paso de distancia. Justo
en ese instante, el cielo de octiembre se teñía de un gris oscuro que
parecía capaz de absorber toda la vida que les rodeaba. George Lucas
empezó a ladrar, intimidado, sintiendo la seguridad de su dueña en
peligro. Danielle también era capaz de sentirlo y, mientras miraba a
su alrededor evaluando la toxicidad de esa nube gris que la aturdía,
echó a correr creyendo a Peter el causante de la situación. No
sabía muy bien hacia dónde se estaba dirigiendo, pues a los pocos
segundos era incapaz de ver más allá de sí misma. El viento se
tornó agresivo, capaz de chocar contra la solidez de su cuerpo hasta
el punto de arrancarle la correa de George Lucas de la mano.
—¡Lucas! —gritó, presa del pánico.
La nube gris creció y creció hasta cernirse sobre ella,
envolviéndola en un manto esponjoso de olor a azufre. Tosía con
fuerza, pero el aire turbio ya había entrado en sus pulmones; los
ojos le pesaban y no tenía ganas de luchar.
Entonces, la nube se la llevó a un lugar muy, muy lejano,
mientras caía presa en los brazos de Morfeo.

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