Para lograr la existencia de un árbol

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Primer acercamiento al mureíllo
El espacio fuera de nosotros gana y traduce las cosas: Si quieres lograr la existencia de un árbol, Invístelo de espacio interno, ese espacio Que tiene su ser en ti. Cíñelo de tus restricciones Es sin límites y sólo es realmente árbol Cuando se ordena en el seno de tu renunciamiento.
Rainer María Rilke: Poema

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l espacio fuera de nosotros gana y traduce las cosas:

I.
El bosque es una casa de encaje verde. El encaje, primorosamente tejido, deja pasar la luz que conviene al lecho de hojas de diferentes tonos. Se ingresa a ese espacio por primera vez con pasos imprecisos. Se es zancadilleado por una raíz. Se recuerda, entonces: hay una red, conformada por miles y miles y miles de raíces de diferentes tiempos, de diversas especies, atravesando intensamente la tierra. De todas formas, esa primera caída permite sentir la textura húmeda de las hojas. Se aprehende la certeza de que bajo esas hojas, la vida está fluyendo, como la sangre, como el río de la sangre. La vida en perpetua ebullición. Se aprehende también que el bosque es un espacio ilimitado, prolongado en múltiples signos cuyo desciframiento requiere años de convivencia, trascendiendo más allá del velo de sus troncos, sus ramas, sus bejucos y sus hojas. Más allá del intrincamiento que a veces tiene la vegetación y de los ecos del canto de las aves y de lo subrepticio de las vidas que discurren ocultas. El carácter del bosque es ser cerrado al mismo tiempo que abierto por todas partes, lejos de prenderse a la prolijidad de las impresiones, lejos de perderse en el detalle de la luz y la sombra, se siente uno ante él como ante una impresión esencial. Vivir el bosque (no en el
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bosque) es dejarse absorber por la inmensidad dialéctica que de él emana. Vivir el bosque es entender y asumir su cualidad sagrada. Y no es la dimensión lo que revela la intensidad de la imagen.

II.
Dimensión existencial es siempre el espacio. Se va delineando desde el prejuicio íntimo. Se va desenvolviendo a partir de un núcleo: red primigenia donde caben las memorias ancestrales y todo el cúmulo de los recuerdos que ha proveído la experiencia. De repente, hay una relación: el espacio de afuera : el espacio extenso, se vincula con el espacio de adentro : el espacio intenso. La convergencia de uno en otro traduce los elementos que componen la realidad, esa entelequia.

III.
Antes del primer acercamiento al mureíllo del espacio extenso, tú lo habrás vivido en el espacio intenso. Habrás visto los dibujos de sus innumerables formas. Habrás percibido sus escalas de crecimiento y sus esquemas. Habrás internalizado en tu imaginación el aspecto de la textura de su corteza, incluso con el musguillo que la humedad le otorga. Habrás imaginado también cómo los rectos bejucos se extienden a lo largo de la columa de su tronco. Habrás previsto el tamaño y las nervaduras de las hojas, así como la dimensión y el aspecto de la flor y serás capaz de reconocer la forma del fruto, ése que baja volando como si fuera provisto de una hélice y es manjar de las guacamayas y sus parientes. Es decir, tendrás en ti un mureíllo construido con los fragmentos que te aportaron los dibujos, los datos, el minucioso trabajo del constructor de las imágenes. Aun así, tu encuentro con él en el bosque no deja de ser ese chispazo: revelación de algo conocido y fluyente cuya forma, aun definida, no podías definir aún. Lo verás, y aun en el influjo del encanto, sentirás la paz prendida a ese cuerpo real. Escucharás del bosque los rumores y los temores. La digna vida y sus signos. Y, más densos aún, sus símbolos, te enfrentarán a esos alfabetos que devienen de fuerzas que el humano intenta comprender. O que abandona en un rincón, quizá sintiéndose cobarde, por hastío. Por falta de fe. Y entonces surge la palabra: ah: fe, y lo sabrás: el quehacer del demiurgo se condensa sólo en el corazón de tu fe.
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Para Lograr La Existencia De Un Árbol

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i quieres lograr la existencia de un árbol, Invístelo de espacio interno, ese espacio Que tiene su ser en ti. Cíñelo de tus restricciones

I.
El oficio del demiurgo consiste en dar concreción a los esquemas básicos de lo creado. Para ello, cuenta en primer término con la capacidad de aprehender y organizar los datos que aportan los sentidos. En segundo término, cuenta con la capacidad de traducir esos datos a uno o varios códigos que representan la realidad de lo aprehendido. Y, en tercer término, cuenta con la capacidad de trascender lo real, elevándose desde los datos sensoriales hasta ese nivel donde lo extenso y lo intenso se conjugan: ese espacio que tiene su ser en ti.

II.
La traducción del poema de Rilke dice: Cíñelo de tus restricciones. Se puede interpretar así:

Envuélvelo acordónalo abárcalo Con lo que desde ti, desde tu entendimiento Acota Deslinda Pone fronteras Limita Circunscribe Con lo que funda
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Instituye Coloca Sitúa Asienta

construye

El demiurgo es, pues, un constructor. Su materia prima procede de los datos sensoriales organizados según su Razón y sus Prejuicios. Su acto demiúrgico en sí emparenta con la artificiosidad, que, según Aristóteles, es la posibilidad de agregar a la naturaleza un objeto que, aun ya existente, al ser tocado intensamente por el hombre, transmuta su ser primigenio. El problema que lo impulsa no es sólo uno de existencia sino otro, de energía, y, por consiguiente, de contraenergía. Para el demiurgo, el mureíllo no es un árbol inerte, que está allí para ser descrito, medido, pesado y, eventualmente, utilizado. El mureíllo trasciende con su permanencia el espacio terórico del biólogo, del botánico, del experto en bosques. Trasciende su ser geométrico del dibujo. Su imagen aparece como un acontecimiento de vida. Para algunos ojos, es un acontecimiento antiguo. Para otros, es un acontecimiento nuevo. Y todavía habrá otros, los que lean alguna vez las notas, los que alguna vez vean los dibujos en un gabinete urbano o en un claustro, quienes, afectados por una fenomenología de la imaginación, vivan en su interior la imagen del mureíllo esencial que les ha transferido el demiurgo.

III.
Así, pues, en ese espacio del bosque lo que estaba revelándose ante ti era el mureíllo esencial que te había enseñado el demiurgo. Ante tus ojos, los esquemas se convertían en troncos cuyas dimensiones eran mayores que tu abrazo, los dibujos en horquetas sólidas abiertas quince o veinte metros por encima de tu estatura, las fotografías en hojas altísimas. Veías torceduras y verrugas en la corteza de cuando en cuando, bejucos, en raíces apretadamente unidas a la tierra, rasgo de la sobrevivencia, frutos que descendían irisándose desde el violeta al verdeoscuro, ramas que, caídas, se
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aferraban al soplo de la humedad vital del bosque, un enorme árbol viejo muchas veces eludido del rayo. De los esquemas, de los esbozos y las líneas surgía ahora un olor reconocible: el olor del mureíllo, una identidad odorífera que venía a complementar la identidad visual: esos grises verdosos que a veces tiene la corteza, la ternura del musguillo, la fortaleza de los pies, la armoniosa perfección del tronco. Viste los mureíllos de diferentes edades: los que apenas nacían, con el inmenso verde de sus hojas estrenándose. Viste los que se elevaban un poco más de tu estatura en medio de la naturaleza boscal. Y los árboles jóvenes y sólidos en pleno crecimiento (el triunfo de los años) y los que, ya afectados por el tiempo, comenzaban a deshacerse. Desde los dibujos y las fotografías y las palabras, viste aparecer ante ti, ceñido de sus restricciones, al mureíllo del demiurgo.

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s sin límites y sólo es realmente árbol Cuando se ordena en el seno de tu renunciamiento.

I.
El demiurgo va renunciando al árbol a medida que lo construye. Él lo va entregando parte a parte, para que otros lo revelen en su ser, lo integren a sus espacios extensos e intensos. Pero él mismo, el demiurgo, va dejando liberadas energía y vitalidad en cada una de esas entregas: va entregándose y erosionándose para dejar construida su obra no sólo para él sino para cualquier otro espectador que se asome a sus notas y sus esquemas y sus dibujos dentro de cinco, diez, cincuenta, quinientos, mil años. En el bosque tropical, contará alguien, por donde pasaban manadas de hasta mil báquiros y las cuaimapiñas se escondían dellos, en aquel bosque que parecía ser de encaje y donde se encontraban los más maravillosos frutos, aptos para calmar el hambre y la sed de los hombres, recién salidos de la flor que los crió, se elevaban como columnas los mureíllos y olían a mureíllo y eran árboles de mureíllo: engendrados, no creados, de la misma naturaleza del que los estaba engendrando y por quienes todo se iba haciendo.
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II. Porque para ti, que sólo podías mirar y mirar y maravillarte desde lo virgen de tu experiencia, la metáfora era genésica: el bosque, con sus habitantes y los mureíllos entre esos habitantes, era un mundo nuevo porque la imagen era nueva. Mas no solamente querías eso: el bosque exigía de ti una lectura que añadiera, a la lectura pragmática y a la otra, la demiúrgica, una respuesta cada vez más potente dentro de ti: el dibujo en el cuaderno azul de páginas cuadriculadas y el árbol enorme de 35 ó 40 metros, el árbol que no podías abarcar con tu abrazo, eran el mismo árbol: porque el cosmos que estaba fuera del demiurgo, y fuera de ti mismo, era capaz de transformar a un hombre, y hasta a un hombre de la ciudad y de los gabinetes con libros, en un ser del bosque y del árbol. En una hoja, un fruto.

Y, en efecto, el mureíllo no es solamente un objeto de la botánica, ni de la biología, ni de la ecología. Ciertamente, la primera tentación del científico será analizarlo y circundarlo racionalmente. Asumirá la impresión primera: visible y tangible. Está hecha de sólidos tallados, de armazones bien asociadas. Domina en él la línea recta. Un tal objeto tan rígido y estricto debería resistir(se) a las metáforas. Pero la transferencia se realiza, prodigiosamente. De repente, el bosque, el mureíllo, son espacios de consuelo e intimidad. Y eso no quiere decir que el objeto-mureíllo pierda esa condición de objetividad que lo vincula con lo científico. Sino que, en su dulce materia íntima, es posible reencontrar lo lógico y lo racional. Tocas el mureíllo y lo abrazas para sentir su rumor. ¿Murmura algo el mureíllo? Sientes el rumor de su vida transcurriendo. Sabes de la alquimia que en él se produce y se establece y sabes que todo ello vient des sens à l’esprit

III.

Todo acercamiento al mureíllo (o a cualquier otro habitante de los bosques o del mundo, pero en especial a éste del que has visto primero el acontecer de la geometría y del dibujo) debe seguir al demiurgo hasta la extremidad de sus imágenes,
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sin limitar jamás dicho extremisno. Rilke, en una carta enviada a su hermana en 1899, escribió: Las concepciones del mundo, sean obras de arte o poemas, o tengan el nombre que tengan, nacen siempre desde alguien que ha afrontado el peligro, de quien ha tomado el riesgo de una experiencia, de quien ha llegado al abismo y se ha mirado en él. Cuanto más se ve en todas partes, más personal, más única, se hace la vida. El peligro a que el Poeta se refiere es el de expresar. Vivir, cree él, vivir verdaderamente el mundo y sus imágenes es conocer hasta las más ínfimas fibras de su ser en devenir, y tener la capacidad de re-presentarlas. Esto lleva a los versos de otro poeta, Jules Supervielle: Los espacios truecan sus vértigos. En razón misma de un exceso de palpitación y libertad, y del deseo de alcanzar de una vez y por todas el horizonte inmutable, llega un momento en que el llano por el que galopo toma en mí el aspecto de una cárcel más grande que cualquier otra: una cárcel, donde, libre, me aprisiona el paisaje. 1

Milagros Mata Gil Para Elio Sanoja, demiurgo del mureíllo Septiembre de 1998

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Supervielle: Gravitaciones

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