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Título original: Narum… El círculo blanco

1ª edición: febrero 2007

© 2007 by Joan Pahisa Solé


www.narum.blogspot.com

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NARUM
El círculo blanco

Joan Pahisa

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Parte I

I
Otra vez había tenido aquella extraña visión. Al
principio, Narum no se había preocupado por ellas,
pero ahora ya le estaban inquietando un poco. Desde
hacía unos años que había empezado a tenerlas y
progresivamente se habían hecho más frecuentes hasta
el punto que ya no pensaba en otra cosa.

Era un día caluroso de verano. El Sol relucía tras la


espesa capa de niebla, ya habitual, que recubría la faz
de la Tierra desde 1475 de la EE (Era Espacial). El
planeta había sufrido muchos cambios desde entonces
y la humanidad se veía dividida en dos bandos, los
reformistas, partidarios de volver al antiguo régimen,
integrados por las altas esferas de la sociedad, y los
liberacionistas, que querían reintroducir la democracia,
formados por las clases más humildes. Los tiempos
eran oscuros, muchos de los avances tecnológicos
logrados en épocas pasadas yacían ya casi olvidados
en la mente de la mayor parte de la gente y solamente
los ancianos recordaban los días gloriosos de la EE. En
1827 había estallado la quincuagésima primera guerra
mundial y aún seguía en pie. Más de ochenta años de
hostilidades habían sembrado terror y desolación entre
la población y sólo tenían acceso a la educación
algunos pocos privilegiados. Narum era uno de ellos.
Se esperaba mucho de él, sus altas calificaciones y su
predisposición a trabajar hacían pensar a los altos
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mandamases que dentro de unos años Narum podría
acabar con los ya pequeños brotes de la resistencia. El
fin de la guerra estaba cerca y parecía que los
reformistas saldrían vencedores.

Estaba tendido en el suelo… un suelo frío, que no


conocía… la cabeza le daba tumbos… no recordaba
nada de lo sucedido… fuego… abrió los ojos y
observó un rostro que nunca antes había visto… era un
chica de asombrosa belleza… Elha…no paraba de
repetir su nombre, Narum, Narum, Narum… se
incorporó, miró a su alrededor, estaba aturdido, todo le
era extraño… bajó la mirada… estaba de pie… en
medio de un inmenso círculo blanco…

Se despertó, estaba empapado en sudor. Otra vez el


círculo blanco, no podía dejar de pensar en él…
aunque esta vez era distinto, Narum sabía que las
respuestas estaban cada vez más cerca.
La noche anterior había ido a despedirse de lo
último que lo ataba a la ciudad, sus amigos habían
partido hacía tiempo y de su familia se sentía bastante
distante. La explanada de las afueras, más allá del
parque en el que contaban que había un árbol de más
de 10000 años plantado antes del inicio de la Edad
Oscura, justo después de la caída del meteorito Aarhus
que significó el fin de la Edad Contemporánea, era su
lugar predilecto. Desde allí podía observar las estrellas
al lado del río, alejado de la neblina que recubría gran
parte del mundo, con la tranquilidad que le
proporcionaba el sonido del agua, con la tranquilidad
que le transmitía el firmamento.
Narum sabía reconocer a simple vista las
principales constelaciones del verano y con ayuda de
su telescopio podía llegar a divisar cúmulos y
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nebulosas separadas de la Tierra por millones de años
luz. No obstante, aquella noche centró su mirada
únicamente en Altaír, la estrella principal de la
constelación del Àguila, morada de su próximo
destino, Govanem.

Todo se había precipitado hacía un par de días


cuando Gregor, su antiguo profesor de matemáticas, se
presentó en su casa llevando puesto un misterioso
pendiente. Narum ya supo de entrada de qué se trataba.
Lo había visto antes, en sus sueños, un diminuto aro
plateado arrapado al lóbulo izquierdo de la oreja de
Gregor. De su parte inferior salía una cadenita
trenzada de no más de un centímetro del mismo color
y al final de ésta colgaba una esfera del tamaño de un
guisante. Aún así, la esfera del pendiente de Gregor
era negra y no blanca como la que vio en sus sueños.
Sin mediar palabra alguna el profesor le entregó una
nota citándole en la Cúpula tres días más tarde. Junto
con la nota había el resguardo de un billete de ida a
Govanem que tenía que pasar a recoger por la
lanzadera número siete del aeropuerto espacial a las
tres y media de la madrugada, dos horas antes de la
salida del vuelo.
Narum estaba confuso, realmente sabía que todo
aquello giraba alrededor del círculo blanco, pero no
podía asimilar en tan poco tiempo el vuelco que
estaban tomando los acontecimientos. Las últimas
veces que había visto a Gregor ya había notado un
comportamiento extraño en él, pero no podía
sospechar que su antiguo mentor lo supiera todo sobre
sus visiones, todo y más al parecer… ¿Qué era la
Cúpula? Se preguntaba Narum. ¿Qué pintaba un billete
a Govanem allí en medio? No alcanzaba a recordar
muchos detalles sobre aquel lugar, pero sabía que se
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trataba de un planeta, un planeta en el espacio exterior,
más allá de la luna y del sol, más allá de los confines
del sistema solar. Antes de que pudiera preguntarle
nada a Gregor, este ya había desparecido.
Desde pequeño Narum había soñado en viajar por
el espacio, en salir de aquel planeta plagado por la
guerra donde su futuro estaba decidido desde casi su
más tierna infancia y descubrir nuevos mundos,
nuevos seres, nuevas culturas, nuevas esperanzas de
paz… su alternativa, convertirse en un gran estratega
militar que decidiera definitivamente la guerra hacia el
bando reformista. Así que se iba a agarrar a la salida
que le había brindado Gregor, al círculo blanco, su
pasaporte hacia un futuro incierto.
Nada más se sobrepuso del impacto inicial que
habían supuesto aquellas revelaciones, Narum se puso
a indagar sobre La Cúpula y Govanem. Así había
pasado la mayor parte del día anterior sin apenas haber
encontrado nada sobre la primera, sólo un nombre, una
estrella, Albireo. Por la tarde, en su habitación,
conectó su casco de realidad virtual y se dispuso a
viajar por el ciberespacio hasta ella.

“Simulación del espacio de hoy miércoles dos de


junio de 1912 de la Era Espacial, punto de partida la
Tierra, destinación Albireo, estrella de la constelación
de Cygnus” ordenó en sus pensamientos. De
inmediato, notó una inyección de energía que le
recorrió todo el cuerpo y salió como una exhalación
hacia su destino. Pasó como un rayo por el lado de la
Luna, cruzó el Sistema Solar y en menos de diez
segundos, en los que casi no tuvo tiempo de darse
cuenta de lo que ocurría, llegó a buen puerto. Quedó
maravillado. Nunca antes había contemplado nada tan
bello e impactante a la vez. Albireo era una estrella
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doble. Había una pequeña azul como el mar en el
centro y, orbitando a su alrededor, como la Luna gira
entorno a la Tierra, había otra, una enorme gigante
dorada. Parecía increíble que una estrella tan diminuta
pudiera tener más gravedad y ser más caliente que el
coloso que tenía por compañera.
Narum inició la búsqueda de la Cúpula por la
segunda. “Información” pidió a la máquina. Delante de
él aparecieron los datos más relevantes del sistema.
Albireo era un estrella doble situada a 390 años luz de
la Tierra, la mayor de las cuáles era una gigante dorada
que ya estaba en sus últimos años de vida, sólo le
quedaban 10000 de existencia. Ésta tenía seis planetas
que orbitaban a su alrededor, tres estaban habitados
por civilizaciones avanzadas y los restantes
permanecían sin colonizar por no reunir las
condiciones adecuadas. Había montones más de
información sobre la estrella, sus planetas y sus
satélites, pero nada relacionado con la Cúpula, con el
círculo blanco o con cualquier cosa que le pudiera
indicar que estaba sobre la pista.
Decidió intentarlo con la otra. “Información”
volvió a pedir. La estrella central de Albireo era muy
pequeña, de gran densidad y temperatura elevada. Era
una estrella bastante joven comparada con su
compañera, aún así, posiblemente las dos habían
nacido de la misma nebulosa. A diferencia de la
primera, sólo poseía un planeta que orbitaba entorno a
ella en medio de las dos hermanas, Equam. Narum se
acercó más a él. De lejos parecía que estaba recubierto
por un manto oscuro, del interior del cuál se
desprendían rayos de luz. También se distinguían en él
intensos focos, como hogueras en medio de una
tormenta. A Narum la visión le produjo un escalofrío.
Intentó acercarse un poco más, pero no pudo. Era
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como si un campo de energía le impidiera avanzar. Lo
volvió a intentar, pero fue en vano, una fuerza
sobrenatural lo protegía… la Cúpula tenía que estar
allí.

Sobre Govanem documentarse fue más fácil, sólo


tuvo que pedírselo a su peluche Thoor. Thoor no era
un muñeco como los demás, llevaba incorporada una
compleja base de datos muy avanzada. Tenía muchas y
variadas funciones, pero Narum lo consideraba, por
encima de todo, un buen amigo. Siempre, desde niño,
había estado con él. Le había hecho compañía en
infinidad de tardes, le había contado sus más íntimos
secretos, habían tenido largas charlas hasta el
amanecer, aunque este no pudiera hablar… también
era el único que sabía de sus visiones, a excepción de
Gregor, claro está. Thoor era en parte creación de
Narum, este no habría existido sin él, pero a la vez,
muy posiblemente Narum tampoco hubiera sido el
mismo sin Thoor. Unos segundos después de hacerlo,
de los ojos de Thoor salió un endeble haz de luz que
proyectó sobre la pared un par de párrafos de
información sobre Govanem. La proyección era menos
nítida de lo habitual, parecía que hubiere algún tipo de
interferencia. En cualquier otra situación, Narum
hubiera cogido el aparato estropeado y le hubiera dado
un par de golpes para ver si reaccionaba, pero como se
trataba de Thoor, lo cogió con suavidad y lo sacudió
levemente. El haz de luz volvió a la normalidad y al
fin pudo leer: “Govanem, planeta que se encuentra en
la constelación del Águila, forma parte del sistema
Altaír, estrella sub-gigante azul. Situado a 17 años luz
de la Tierra, es dos mil veces mayor que ésta. Centro
de millares de rutas intergalácticas es uno de los
planetas más grandes conocidos. Su superficie está
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totalmente recubierta por agua y en su núcleo se
encuentra el cincuenta por ciento del sícal del
universo.”
Por la noche, Narum fue a la explanada de las
afueras de la ciudad a contemplar las estrellas hasta
que llegó el amanecer. Luego, volvió a casa, se tumbó
en la cama y se durmió.

A lo lejos, el sonido de la sirena de una ambulancia


y los aullidos de los perros al oírla pasar. Narum
decidió levantarse. El sueño sobre el círculo blanco le
acababa de despertar. Le dolía la cabeza. Thoor le
observaba desde arriba del armario como siempre. Se
puso las zapatillas y fue al baño. Se había dormido.
Quería haber aprovechado la tarde para ultimar todos
los detalles del viaje con tranquilidad, pero ya no había
tiempo, así que decidió hacerse la maleta antes de que
sus padres volvieran. Su madre, Durna, trabajaba de
funcionaria en el ministerio de defensa, de ahí que
siempre hubiera estado obsesionada con que Narum
estudiara Política y Estrategia Militar. Era su máxima
ambición y única preocupación, lo demás poco
importaba. Su padre, Petre, era guardia de seguridad
de la zona restringida, lugar de la ciudad donde
solamente las familias reformistas de clase media-alta
podían vivir. Al contrario que su madre, todo lo que
hiciera su hijo le era indiferente.
Narum volvió a su habitación, sacó una mochila
del armario y la vació de libros. Sin perder un instante
empezó a llenarla de todo lo que le pudiera ser útil
durante el viaje. Cogió dos mudas de ropa, el fajo de
dinero ahorrado, su cartera con los carnés y el
pasaporte, unos mapas de constelaciones y estrellas
que había comprado recientemente, una guía del
universo, algo de comida y poco más porque la bolsa
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no era muy grande. Además tampoco sabía cuanto
tiempo tendría que cargar con ella y no quería que
fuera demasiado pesada. Naturalmente, también se
llevó a Thoor consigo.
Eran más de las nueve de la noche cuando llegaron
sus padres. En diez minutos estaban cenando. Su
madre había preparado algo de comida rápida. No
estaba mal. La cena transcurrió sin ningún incidente.
No hablaron, era lo habitual. Nada hacía pensar a su
familia que en unas horas su hijo desaparecería para
siempre. A los dos minutos de terminar, Narum se
levantó de la silla, les deseó buenas noches y se fue a
su habitación con una sensación de culpabilidad en el
estómago. Eran las diez en punto y una sonrisa amarga
se dibujaba en su rostro, la aventura de su vida estaba a
punto de empezar.

Esta vez sí que no se durmió. Había puesto el


despertador la noche anterior. Eran las dos en punto de
la madrugada. Tenía que darse prisa, no andaba
sobrado de tiempo. Se levantó de un golpe y se vistió
sin perder un segundo. Ya lo tenía todo preparado, se
puso la túnica apresuradamente, la mochila en la
espalda y se dirigió a la puerta del piso con la
intención de marcharse sin demora. Justo antes de
abrirla se detuvo unos momentos…
Se dio cuenta de que no había tenido mucho tiempo
para reflexionar sobre sus actos, o no había querido
hacerlo… iba a marcharse de casa, salir de su planeta,
sin saber cuando iba a volver, si es que volvía. No
sabía muy bien a dónde se dirigía, sólo seguía una
mera corazonada ¿acaso estaba mal de la cabeza? “Un
poco sí” se burló, era una locura, pero no, le daba
igual, nunca antes había dispuesto del coraje
suficiente, ésta era su gran oportunidad, si se quedaba
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le esperaba una vida marcada por los demás… pero ¿y
sus padres? Vale que no se habían portado muy bien
con él, que no les importaba lo que él de verdad
quisiera o dejara de querer, pero, al fin y al cabo, eran
sus padres, ellos lo habían criado, lo habían
alimentado, lo habían cuidado, amado a su manera, les
debía algo como hijo, no podía marcharse así, sin
más… y empezaron a entrarle las dudas. “Otra vez no.
Esta vez no”.
Unas lágrimas cayeron sobre el papel, contadas
palabras se difuminaron con ellas. Dio un gran suspiro,
dobló la carta y la dejó encima de la mesa de la cocina.
Eran las dos y cuarenta. En cincuenta minutos tenía
que recoger el billete. Abrió la puerta, cruzó el pasillo
y miró hacia atrás por última vez…

Queridos padres,
Como habréis notado, me he ido de casa y, de
momento, no atisbo fecha de regreso. Ahora debo
estar a millones de kilómetros de aquí. Estoy en el
espacio… donde siempre he querido ir.
Estos últimos días unos extraños acontecimientos
han cambiado mi vida. Son algo complicados de
describir, casi increíbles… supongo que difícilmente
los entenderíais, o los querríais entender, pero son
verdaderos. Marchándome no pretendo ni castigaros
ni destrozarme la vida, todo lo contrario. Por una vez
estoy haciendo lo que de verdad quiero, no lo que me
han impuesto.
Puede que ahora no comprendáis nada de lo que
os estoy diciendo, pero si me queréis lo acabaréis
haciendo. Sé que nuestra relación no ha sido muy
buena, me sabe realmente mal y os doy las gracias por
todo lo que habéis hecho por mí. Nunca os olvidaré.
Os quiere, Narum
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II
La lluvia caía con intensidad sobre el asfalto.
Narum cogió su aeromoto por última vez y se dispuso
a salir de la zona restringida. El puerto espacial estaba
a las afueras de la ciudad, lugar peligroso a altas horas
de la madrugada. Tenía que correr el riesgo. Giró a la
izquierda, se encontraba ya a sólo unos metros de las
puertas de salida de la zona. Redujo su velocidad y la
célula lo detectó, éstas empezaron a abrirse con un
chirrido metálico. Una multitud de gente esperaba al
otro lado, el terror de la noche, llamados por los
reformistas de clase media-alta, rebaños de
delincuentes, según los mandamases… Narum
sencillamente los veía como gente con menos suerte
que él que había quedado sin techo por la injusticia de
la guerra, personas que no tenían nada con qué vivir y
cuya única posibilidad de subsistencia era el
vandalismo, los últimos vestigios de la resistencia
liberacionista a los cuales se habían unido los
reformistas de clase baja que él tenía que derrocar
convirtiéndose en el más grande y patético estratega
militar de toda la historia.
Narum, al ver lo que se le avecinaba, dio
inmediatamente marcha atrás y se escondió lo mejor
que pudo, tras de la espesa cortina de agua, de la
avalancha humana. En unos instantes, la muchedumbre
se había adueñado de las calles de la zona restringida,
apareció la guardia de la ciudad, los vecinos se
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despertaron, se oían gritos de dolor por todas partes, el
ruido de cristales rotos, el sonido estremecedor de las
armas automáticas… y en medio del fuego cruzado
una figura se escabulló temblorosa por debajo de la
puerta metálica.
Unos minutos más tarde, Narum se detuvo enfrente
de un inmenso edificio. Eran ya pasadas las tres de la
madrugada y tenía que darse prisa si no quería perder
los billetes. La zona estaba tranquila como cabía de
esperar después de que el centro de la ciudad se
hubiera convertido momentáneamente en el último
frente de batalla activo de la región. Aparcó la
aeromoto y se dirigió hacia la entrada principal. Un
gigantesco cartel colgaba de un no menor arco. En él
había escrito: “Bienvenidos al Puerto Intergaláctico”.
Narum entró. Una mezcla entre emoción y nostalgia le
recorrió el cuerpo, en menos de tres horas estaría a
millones de kilómetros, habría dejado atrás todo lo
conocido para adentrarse en el universo y dirigirse
hacia un destino aún incierto.
La sala era enorme, desmesurada, como todo lo
que le rodeaba, de monumental magnitud. Decenas de
pasillos que llegaban hasta donde la vista no alcanza,
paredes infinitas, el suelo de un blanco resplandeciente
que dificultaba la visión. A Narum le parecía increíble
que pudiera existir un edificio tan brillante en una
ciudad tan oscura y apagada. Le recordaba a las fotos
que había visto de los años gloriosos de la Era
Espacial. Miró a su alrededor, no había mucha gente y
lo que era aún peor, no había ningún tipo de indicación
que le mostrara el camino que tenía que seguir. Eran
las tres y veintidós, en ocho minutos tenía que recoger
el billete. Narum lo recordó, tenía que retirarlo en la
lanzadera número siete. Comenzó a andar sin dirección
fija, de un lado a otro para ver si encontraba a alguien
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que le pudiera ayudar. La poca gente que había le
hacía caso omiso y se dispersaba en todas direcciones.
Narum estaba empezando a enojarse, no había ningún
lugar al cuál acudir, ningún punto de información, no
había nada, absolutamente nada, vacío. Al final
decidió gritar en voz alta por si algún ánima caritativa
le escuchaba: “¿Alguien sabe cómo llegar hasta la
lanzadera número siete?”
Narum oyó un sonido extraño, se parecía a los que
en los concursos de la televisión indicaban respuesta
correcta. En unos instantes, apareció delante suyo un
panel luminoso en el que ponía “Lanzadera 7” y
debajo en letra diminuta “Desde su actual ubicación
usted puede llegar a la lanzadera tomando el tercer
pasillo empezando por la derecha, girando en el cuarto
cruce a la izquierda y luego en el tercero otra vez a la
izquierda. Una vez llegue al final del pasillo indicado,
puede bajar por las escaleras o subir en ascensor hasta
la quinta planta, entonces encontrará…” y así
continuaba durante líneas y líneas de confusas
instrucciones. Al final de todo, en letra aún más
pequeña, decía “...o simplemente diga Destinación
Lanzadera 7 y será automáticamente teletransportado a
ella”. Obviamente Narum escogió la segunda opción,
no tenía tiempo que perder. Siguió con exactitud este
paso alternativo y en unos segundos se encontró en
una sala completamente distinta. Ya no había paredes
resplandecientes, todo era más triste y oscuro, era más
próximo a la versión de la Tierra en aquellos años de
decadencia. Narum no podía entender cómo en un
mismo lugar podían existir dos realidades tan distintas,
pero era así, como ocurría mucho más a menudo de lo
que se cree… supuso que debía ser una especie de
regalo de algún pacto interestelar con alguna cultura
más avanzada. Vestigios de grandeza.
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Ahora ya había paneles informativos y contados
trabajadores hacían sus menesteres. Narum se dirigió
hacia el mostrador de recogida de pasajes. Una mujer
de unos treinta años le atendió. En breves momentos
tuvo su billete en la mano. Antes de marcharse le
notificó que el vuelo había sido avanzado una hora a
causa del cierre del puerto intergaláctico debido a la
guerra. Finalmente, se despidió amablemente. Cada
una de sus expresiones parecía forzada, vacía de
contenido, como si su mente estuviera en otro sitio,
ausente. Narum le reconoció el esfuerzo y le devolvió
la sonrisa.
Ya era la hora de embarcar. No había mucha gente
en la cola para acceder a la lanzadera. Narum se sentía
bastante extraño, como si no fuera él el que se disponía
a emprender el viaje, nunca antes había subido a una
nave espacial, aún más, nunca antes había visto una en
persona. Había leído sobre ellas, sobre los distintos
modelos, la alta tecnología que empleaban para
elevarse, los mecanismos utilizados para crear un
entorno de gravedad artificial… abrieron las
compuertas de entrada. Los pasajeros fueron pasando
de uno en uno a una inmensa explanada. Llegó el turno
de Narum, le dio el billete de embarque a un asistente
de vuelo y entró sin problemas. El suelo era metálico,
el techo, en forma de cúpula, altísimo, Narum supuso
que antes del despegue se abriría y verían las estrellas
por primera vez aquella noche. En medio de la llanura,
a unos dos kilómetros de distancia, les esperaba la
nave espacial.
Cuando todos los pasajeros hubieron terminado, se
cerraron las compuertas. La mayoría de ellos parecían
refugiados, desplazados por la guerra, que muy
posiblemente iban a pedir asilo político a otros
planetas, algunos otros semejaban altos ejecutivos en
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busca de negocios lucrativos, otros pocos afortunados
irían a hacer turismo por las Pléyades y los restantes,
gente como Narum, con una larga historia que contar.
Un autobús les esperaba unos metros más allá para
llevarlos hasta la nave. Subieron y, en unos minutos,
ésta se alzaba imponente a su lado. Narum se quedó
boquiabierto, estaba totalmente impresionado, la
embarcación superaba con creces todas sus
expectativas. Era una Solar Voyager 4235. Usaba
sistemas de última generación, lo más innovador
inventado en la Tierra. Ya preparada para despegar,
estaba situada encima de una plataforma circular,
apuntado como una flecha hacia el cielo. Para elevarse
utilizaba un sistema muy sofisticado de metales
diamagnéticos. Se parecen a los imanes ordinarios,
pero producen el efecto contrario, se repelen. Para
tomar altura necesitaba tanta energía y crear un campo
magnético tan descomunal que era necesario dejar los
dos kilómetros a la redonda de explanada metálica.
Narum observó entonces el diseño externo con
detenimiento. Tenía forma cilíndrica, como los
antiguos cohetes espaciales, pero era mucho más
ancha. La cabina estaba en la parte delantera y acababa
en punta, parecía estar un poco separada del resto de la
estructura. De la parte trasera salía un pequeño reactor,
también cilíndrico. Era como un cohete de juguete, de
esos que explotan en el aire dejando tras de sí una
estela de colores, con la mecha lista para ser
encendida.
La tripulación inició el embarque de los viajeros.
Subieron unas escaleras mecánicas hasta la plataforma
en la que se encontraba la nave. Empezaron a llamar a
los pasajeros por orden de fila. Narum miró en su
billete, se iba a sentar en la número 3. Embarcaron las
dos primeras. Eran las cuatro y dos minutos de la
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madrugada, ya era su turno. Subió otras escaleras que
le condujeron a una puerta situada en la parte trasera
del artefacto. Entró.

Narum se sentía insignificante dentro de aquella


evolución de cohete. Miró hacia arriba y vio como las
paredes se alzaban metros y metros. De dentro, la nave
era octogonal y, en cada una de las caras, había dos
rengleras de asientos con un pasillo en medio.
Cruzándola toda de arriba abajo había también un
cilindro, era el reactor de iones que Narum había visto
desde fuera. A su alrededor, había un anillo, una
especie de plataforma, utilizado como ascensor para
subir a los pasajeros hasta su asiento correspondiente.
Narum se montó en él, seis personas más le
acompañaban, una de ellas era una chica vestida de
uniforme miembro de la tripulación. Pulsó un botón y
fueron subiendo más y más, su fila estaba casi arriba
de todo. Una vez allí, los asientos se separaron del
suelo y se situaron alrededor de la plataforma. A cada
uno de los pasajeros se le asignó uno. Finalmente, en
la número tres quedaron diez vacíos. Narum se sentó
en uno de ellos y se abrochó el cinturón. La asistenta
de vuelo pulsó otro botón y éstos volvieron a sus
sitios. Al término de toda la operación, quedó sentado
dando la espalda al suelo. Era una sensación
desconcertante, estaba rodeado de asientos, arriba,
abajo, delante, detrás… suerte que el cilindro que
atravesaba la nave, hacía como de techo y suavizaba la
desorientadora impresión. Algunos de los pasajeros se
quejaron y se tomaron las pastillas contra el mareo que
les habían repartido antes de subir.
Narum consiguió relajarse. Sus sueños estaban a
punto de realizarse, no sabía qué aventuras le estarían
aguardando, nunca antes había estado tan ilusionado…
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pero ¿y si todo había sido producto de su imaginación?
¿Y si había tomado una decisión equivocada? ¿Y si el
círculo blanco…? Y empezó a cuestionar sus
acciones… pero rápidamente trató de olvidarse, no
quería calentarse la cabeza, pamplinas, y se auto-
convenció de que todo iba a salir bien.
Al cabo de unos minutos anunciaron que el
embarque había finalizado y que en breve se
procedería al despegue. Se abrieron unas ventanillas
justo enfrente de los pies de cada uno de los asientos
en el espacio de separación entre fileras. Al fin y al
cabo, el viaje iba a ser bastante largo, los asientos
tenían que ser confortables y unas ventanillas
amenizarían notablemente el trayecto. Narum pudo
observar a través de la suya como el autobús que les
había llevado hasta la nave se alejaba a toda velocidad,
señal que indicaba que el despegue iba a ser inminente.
Eran las cuatro y veintiocho y en unos minutos iba a
estar muy lejos de allí, o eso es lo que creía…
- Damas y caballeros, les habla el capitán –se oyó
por megafonía-. Acabamos de recibir un comunicado
urgente del puente de mando que nos aconseja la
cancelación del vuelo debido a la batalla que tiene
lugar en estos momentos a sólo unos kilómetros de la
zona de lanzamiento. Además, también nos han
informado de la posible presencia de un pasajero sin
autorización para salir del planeta –murmullos se
propagaron por el aire, a Narum se le cortó la
respiración-. A pesar de todo –prosiguió-, la
tripulación ha sospesado los riesgos y ha decidido
proceder al despegue sin más demora. Agradeceríamos
que el posible indocumentado se presentara en cabina
con los documentos que presuntamente no lleva una
vez superada la órbita de Plutón. Sino, que permanezca

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en su asiento. Muchas gracias y feliz vuelo –finalizó la
transmisión.
Narum nunca supo si aquel comandante les había
gastado una broma o si decía la verdad y las palabras
se referían a él. Por unos instantes había visto peligrar
seriamente su viaje al vacío… pero cuando por fin se
inició la cuenta atrás, todas sus preocupaciones se
esfumaron.
Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres,
dos, uno… ¡Despegue!

En contra de lo que hubiera esperado, se fueron


elevando de forma lenta, suave y silenciosa. Después
de rebasar la cúpula de la lanzadera, pudo observar, a
través de la ventanilla, unas luces a lo lejos que se
encendían y se apagaban. Era la zona restringida en
donde la batalla ya se estaba terminando y las fuerzas
opositoras estaban siendo reprimidas. Una triste
imagen para recordar su hogar…
A unos diez mil metros se puso en marcha el
propulsor de iones y la nave, poco a poco, fue pasando
a una posición horizontal. La gravedad fue
desapareciendo y el cilindro externo de la misma
empezó a girar para crearla artificialmente mediante la
fuerza centrífuga. Al cabo de un rato, el trabajo del
propulsor de iones comenzó a hacerse visible y la
nave, gracias a la reducida, pero constante aceleración
que producía éste, fue ganando velocidad
progresivamente.
La tripulación informó de que la duración del viaje
sería de unas seis horas y media e hizo una ronda por
cada uno de los asientos cerciorándose de que todo
estaba en orden y ofreciendo un poco de comida y
refrigerio. Narum declinó la oferta, estaba maravillado
observado la belleza del universo. Pasaron por el lado
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de Venus y, un poco más tarde, divisaron, a lo lejos, el
Sol escoltado por Mercurio. Se puso las gafas
protectoras que les habían repartido anteriormente y
pudo observar como, a medida que se iban acercando
al astro rey, una vela circular se iba desplegando
alrededor de la nave. Era de un material muy especial,
parecido al de las placas solares, pero flexible. Su
función era recoger el impacto de los miles de
millones de fotones procedentes del Sol, para que estos
los impulsaran aún más rápido. Orbitaron alrededor de
la estrella durante unos minutos, cada vez a mayor
frecuencia hasta que se desviaron de su órbita y se
dirigieron a toda velocidad hacia los confines del
Sistema Solar. Narum había estudiado todo este
proceso en las clases de Mecánica Espacial y sabía que
la gran ventaja de viajar por el espacio era que no
había rozamiento y, por lo tanto, toda la velocidad
ganada se acumulaba y no se perdía.
Eran más de las siete, ya no de la madrugada, sino
de la mañana, hora terrestre y Narum estaba un poco
cansado, aún así no tenía ni la más mínima intención
de dormir durante el viaje, estaba fascinado con todo
lo que estaba viendo, era infinidad de veces mejor que
mirar por el telescopio que tenía en su habitación. A
esas alturas ya habían dejado atrás el Sol, Mercurio,
Venus, el planeta azul, el planeta rojo, el cinturón de
asteroides, los satélites de Júpiter, los anillos de
Saturno, Urano, Neptuno y Plutón. Repartieron entre
los pasajeros unos panfletos informativos sobre la ruta
que iban a seguir hasta llegar a Govanem. Ahora se
estaban dirigiendo, a más de 100000 metros por
segundo, hacia un agujero de gusano, una especie de
túnel que acortaba infinidad de veces el trayecto entre
distintos sistemas solares, galaxias… que les llevaría
directamente al Sistema Euryon, en donde se
22
encontraba Govanem. El librito explicaba “…millones
de años atrás, una civilización muy avanzada llamada
“los Antiguos” creó una red de estos agujeros que
conectan todo el universo. Actualmente se desconoce
la tecnología utilizada por la que ya muchos creen
desparecida civilización, otros opinan que sus últimos
integrantes aún vagan escondidos por los confines del
universo…”.
El tiempo iba transcurriendo y Narum lo pasaba un
rato leyendo, otro mirando por la ventanilla… ya
quedaba menos para llegar a su destinación y había
pasado de un estado de total liberación a otro de
nerviosismo. Pensaba en Govanem, en lo que sería la
Cúpula, en si todo era un mero sueño, en las aventuras
que le estaban esperando, en el círculo blanco, en si
iba a ser capaz de afrontar la nueva vida que se le
presentaba, aunque aún no supiera cuál era… pensaba
en muchísimas cosas, pero en ningún momento se le
pasó por la cabeza el cuándo regresaría a casa… estaba
ansioso por llegar y seguir adelante sin mirar hacia
atrás.
La tripulación avisó de que se estaban acercando al
agujero de gusano y pidió a los pasajeros que se
abrocharan los cinturones. Las ventanas empezaron a
cerrarse, pero justo antes de que lo hicieran del todo,
Narum pudo entrever como de la nada, como un
espejismo, aparecía, azul marino, pero a la vez con
tonos púrpuras y magenta, la materia exótica que
formaba el agujero de gusano. La nave sufrió una
fuerte sacudida y su interior se llenó de esa extraña
luz. Una inyección de energía recorrió todo lo que les
rodeaba y Narum notó como una fuerza le tiraba hacia
atrás y le pegaba irremediablemente contra el asiento.
La mayoría de los pasajeros cerraron los ojos, el miedo
se apoderó de algunos más que no pudieron reprimir
23
los chillidos, otros se agarraban fuerte a sus asientos,
Narum estaba, sencillamente, hipnotizado. La
experiencia sólo duró unos segundos, pero seguro que
nadie que la hubiera vivido por primera vez la iba a
olvidar en toda su vida.
Otro golpe sacudió la nave que frenó bruscamente.
El propulsor de iones se volvió a poner en marcha y,
progresivamente, fueron recobrando velocidad. Tras
suyo la estela azulada que les acompañaba terminaba
por difuminarse sin dejar rastro. Las ventanillas se
fueron abriendo de nuevo y, por primera vez, Narum
supo del cierto que no era un sueño lo que estaba
viviendo, se encontraba en medio del universo junto
con millones de civilizaciones y culturas más.
Centenares de naves espaciales de todas formas y
tamaños estaban a su alrededor, cada una con rumbo
distinto, pero todas danzando en armonía por el
espacio y, a lo lejos, un gigantesco planeta que
semejaba una perla azul de colosales dimensiones,
Govanem.

24
III
Poco a poco fueron acercándose al planeta. Unos
millares de kilómetros más lejos de éste, había Altaír,
la estrella principal del Sistema Euryon que, dado a su
extraordinario tamaño, parecía estar a su lado.
Lentamente la nave entró en la atmósfera de Govanem
y volvió a usar los metales diamagnéticos, esta vez
invirtiendo sus polos y por lo tanto su efecto. Narum
pudo observar a través de su ventanilla que el planeta
estaba totalmente recubierto por agua y que el puerto
espacial en donde aterrizarían en breve, o más bien
dicho “agovaneizarían”, estaba situado encima de una
enorme plataforma plateada, del mismo color que el
puerto. Al parecer, todo estaba construido con sícal,
uno de los metales más escasos del universo, con
propiedades muy especiales, entre las que destacaban
que su densidad fuera menor que la del agua, cualidad
que le permitía flotar, su cautivador color plateado y
que fuera también uno de los únicos y preciados
metales con memoria, de los cuáles se podía
programar la estructura y recuperar su forma original
mediante la aplicación de calor, impulsos
electromagnéticos o usando otras formas de energía
más sofisticadas.
La nave fue descendiendo suavemente hasta que
finalmente contactó con la superficie del planeta. Los
pasajeros fueron desabrochándose los cinturones y, a
medida que llegaba su turno, el anillo central de la
25
nave los recogía y los bajaba hasta la puerta de salida.
Ahora le tocaba a la fila número tres, el asiento de
Narum se posicionó y él subió a la plataforma. La
asistenta de vuelo pulsó un botón y en unos instantes
se encontraron en la parte trasera de nuevo. Salió por
una puerta que daba a un pasillo largo y estrecho al
final del cuál había una sala de espera, o eso es a lo
que Narum le recordó. Uno a uno les fueron llamando
y con las horas la sala se fue quedando vacía. La
tranquilidad era absoluta y a Narum le empezó a entrar
el sueño que había arrinconado durante todo el viaje.
Finalmente, se le acercó un miembro de la
tripulación y lo despertó cuidadosamente. Le hizo
pasar a otra habitación donde lo chequearon de arriba
abajo. Pasó por un sinfín de pruebas de todos los
colores y mientras era examinando, uno de los
doctores le fue dando una serie de explicaciones sobre
la vida fuera de la Tierra. Frases como, “…en el
espacio todo es relativo, por ejemplo, el tiempo tal
como lo conoces no existe, aquí las actividades se
adaptan al biorritmo de cada uno…”, “… atmósferas
aptas para los seres humanos hay muy pocas, por eso
alteramos levemente el genoma de todos los de vuestra
especie para que esto no os sea un inconveniente…” o
“…éste puerto espacial ha sido diseñado y adaptado
para que se asemeje lo máximo posible a vuestro
planeta y así los viajeros procedentes de esta
destinación no recibáis un impacto…”, le iban
entrando por un oído y saliendo por el otro. A Narum
todo esto no le importaba ni lo más mínimo, la mayor
parte de los consejos ya los había aprendido en el
instituto, él había escapado de su antigua realidad
siguiendo una pista, tenía que encontrar la forma de
llegar a Equam... pero, aún así, no pudo evitar recordar
todo lo que había dejado atrás y, por un momento, su
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cara volvió a mostrar la tristeza que reflejaba en la
Tierra, tristeza debida a una soledad invisible que no le
dejaba respirar. Pensó en sus padres, en su habitación,
en su ciudad… y un aura de nostalgia le envolvió.

Ya hacía un rato que había salido del puerto, o más


bien dicho que lo habían echado. Después de la
revisión exhaustiva lo metieron en una cápsula y lo
teletransportaron a la calle sin previo aviso. ¿Puede
que fuera una costumbre de Govanem dispensar a la
gente sin despedirse…? Gradualmente, Narum se
había ido acostumbrando a la luz azulada proveniente
de Altaír, que junto con las construcciones plateadas,
le daban al planeta un aire místico. Miles de seres
anónimos que nunca antes habría podido imaginar se
paseaban ahora delante de él, pero a Narum no le
pareció nada extraño, se respiraba una calma caótica
en el ambiente y, sin darse cuenta, ya formaba parte de
ellos. Estuvo andando durante más de una hora,
maravillado por la belleza de aquel lugar; se le había
olvidado por completo qué estaba haciendo allí.
En aquellos momentos, el fluir de la multitud le
había llevado a una calle bastante transitada. Por lo
visto, era la avenida principal de Agar, la capital del
planeta. Allí podías encontrar los objetos más
preciados de la galaxia repartidos por un sinfín de
tiendas que se perdían en el infinito. Narum empezó a
moverse arrastrado por la corriente. Tanta
aglomeración le estaba agobiando un poco, él no era
muy alto y se perdía fácilmente entre empujones y
codazos, ¡si es que se podían llamar así! A pesar de
todo, pudo distinguir curiosa tienda que le llamó la
atención; estaba en un rincón oscuro, pero a la vez en
medio del camino, difícil de describir. La gente pasaba
por delante de ella sin percatarse de su existencia, era
27
como si él fuera el único que pudiera verla… los
demás establecimientos estaban a rebosar, en cambio,
en su interior sólo había dos “personas”, una era el
dependiente, que no se sabe qué podía vender porque
el escaparate estaba completamente vacío y la otra era
un chico de su misma edad. Vestía de un modo
peculiar, sus movimientos eran armónicos, parecía
deslizarse por el suelo. Narum se fue acercando,
abriéndose paso entre la muchedumbre, hasta que pudo
entrar en el comercio. El chico se giró y se dirigió
hacia él. Narum notó que una suave calidez le envolvía
al cruzarse con éste, y de pronto, un flash… Halaus.

Tardó unos instantes en rehacerse, pero ya era


demasiado tarde, cuando reabrió los ojos el chico
había desaparecido. La curiosidad se había despertado
en él, se volvió y se dispuso a hablar con el
dependiente, cuando…
- Hola Narum –dijo por sorpresa de éste- llegas
tarde, pero a tiempo.
Ahora sí que ya no entendía nada. ¿Tarde? ¿A
tiempo? ¿Más acertijos? ¿Qué estaba diciendo?
¿Narum? ¿Cómo sabía su nombre? ¡Ah!
- Nos vemos a las trece hadas en el hangar del
oeste de Agar. No llegues tarde.
Y un impulso le condujo a fuera de la tienda, con la
mente en blanco. Salió a la calle y la corriente se lo
llevó metros abajo hasta una gran plaza desierta. Otra
vez solo, como durante gran parte su vida…
“¡Fantástico!” pensó Narum. “Estoy en un planeta
desconocido, a años luz de distancia de mi casa, estoy
solo sin nadie que me pueda ayudar, acabo de hablar
con un tipo que no aún no sé ni lo que me ha dicho y
me he pirado sin tan siquiera preguntarle qué
significaba…” “¡Fantástico!” Volvió a repetirse. “Y
28
¿cuál es la moraleja de todo esto? Mejor no te vayas de
casa si las cosas no pintan fatal, puede que con suerte
aún te vayan peor…”. Abajó la cabeza y suspiró
tratando de serenarse. “Bueno, y ahora ¿qué? Vamos a
esperar a que otra inspiración divina me ilumine y me
conteste alguna respuesta, que creo que ya me lo
merezco ¿no?”. Apretó los labios y sonrió
irónicamente… ¿mejor que llorar?
Narum era templado y sensato, pero a veces
cambiaba de humor como de la noche a la mañana,
característico de personas con fragilidad emocional
provocada por las múltiples adversidades de su vida;
aún así, estos arrebatos de pesimismo y desesperanza
tendían a durarle poco.
“Las trece hadas…” iba repitiéndose, “las trece
hadas… y ¿dónde estará esto?” y la inspiración volvió
a surgirle de la nada, pero esta vez de una forma
distinta. “¿Qué mejor idea que preguntárselo a un
nativo? Pero adivina quién será uno de por aquí,
porque con las pintas que llevan todos…
- Disculpe, ¿sabe dónde están las trece hadas? –
preguntó amablemente.
- Nguanka si kudu… –respondió un ser extraño
con una voz aún más extraña- ¡Unda! –prosiguió y se
marchó con cara de pocos amigos.
“Mmmmm… interesante… mejor cambiar de
estrategia.” Suerte que Narum se tomaba las cosas con
bastante sentido del humor, que sino… pensativo
decidió ir a algún lugar para sentarse y despejar sus
ideas, hasta ahora no se le había pasado por la cabeza
que en Govanem pudieran hablar distintos idiomas…
pero aún no había dado dos pasos cuando una mano le
cogió por el hombro. Se giró bruscamente y se
encontró cara a cara con un rostro sonriente.

29
- De la Tierra ¿no? –dijo con una risita por debajo
de la nariz- Lo he sabido por tu acento –Narum se lo
miraba perplejo con una ceja al aire.
- Perdona, me presento. Soy Lum y estaba
escuchando la fascinante charla que has mantenido con
aquella govaniense –seguía con su risita tonta,
irritante.
- Ah, hola… –estaba desconcertado- ¿me podrías
explicar qué es lo que hace tanta gracia? Es que me
parece que me he perdido algo… –pidió sin intención
de ser desagradable.
- ¿Acabas de llegar verdad? –Narum asintió- No, si
ya se ve. Mira es que por aquí en el espacio exterior no
todos hablamos el mismo idioma y me ha hecho gracia
la manera en que se te han quitado de encima –Lum
aún reía, al parecer lo suyo era la guasa- y es que
además –prosiguió-, las trece hadas no es un lugar al
que se pueda ir.
- ¿Y entonces?
- Es la forma en que se dice la hora en Govanem y
quiere decir las trece Antes De Altaír, que es la estrella
principal de nuestro sistema planetario. Y me
preguntarás ¿y la “h”? Pues la “h” es un adorno que le
hemos puesto, para que quede más bonito y sea
enigmático para los extranjeros. ¿A quién no le gustan
las hadas? –y concluyó satisfecho de haber podido
enseñarle algo nuevo al pobre chico.
- Bonito no sé, pero enigmático sí, bueno más bien
lioso; ¿currado? –contestó Narum añadiendo más salsa
a la conversación- y ahora ¿qué hora es?
- Son las nueve hadas, faltan cuatro para las trece,
pero tienes que tener en cuenta que una hora en
Govanem son cinco minutos en la Tierra, por lo tanto
quedan unos veinte minutos para…

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- ¡Cómo! Tengo que irme entonces –interrumpió
Narum- ¡Gracias por la información! –y se marchó
corriendo en dirección a… de hecho no sabía a dónde
tenía que ir. Se giró precipitadamente.
- ¡Lum! –gritó- ¿sabes dónde está el hangar del
oeste de Agar?
- En aquella dirección –señalando en sentido
opuesto en el que corría Narum-, pero mejor coge un
aerotaxi, los encontrarás en la primera calle a la
derecha.
- ¡Gracias de nuevo! –ya desde lejos- ¡Por cierto,
me llamo Narum!
Cruzó la plaza a toda velocidad y viró a la derecha.
En una esquina había unos coches voladores de color
azul marino aparcados. Subió en uno de ellos.
- Al hangar del oeste de Agar, por favor.

Unos minutos más tarde se encontraba de nuevo


delante del misterioso dependiente, que, por lo que le
contaron, era un experto piloto. Éste le hizo subir a una
navecita espacial. El chico que había visto antes en la
tienda también estaba allí y le volvió a invadir aquella
agradable sensación de calidez. Unos instantes más
tarde, la nave despegaba y dejaba atrás el planeta.
Pocas horas había estado en él, pero las suficientes
como para saber un cachito más. Había conocido a
Lum, un tipo divertido, había entablado sus primeras
relaciones con seres alienígenas y ahora su destino se
enfrentaba a un nuevo reto, la Cúpula. Pero antes de
alejarse definitivamente de Govanem, un frívolo
pensamiento se filtró por su mente… ¿no habría
podido, aquel médico del puerto interestelar, insertarle
un diccionario universal en la cabeza?

31
IV
Cada vez que pasas por un agujero de gusano es
distinto. Es una experiencia única e irrepetible, mejor
que tirarse en paracaídas, y eso Narum lo sabía muy
bien, porque en lo que llevaba de “día”, ya había
pasado por unos cuantos. La pequeña nave tripulada
por el exuberante piloto parecía ir a la deriva, sin
rumbo fijo, por un entramado de agujeros semejantes a
un laberinto de túneles infinitos. Ésta se había detenido
brevemente en un planeta para repostar e
inmediatamente se habían vuelto a poner en marcha.
Narum ya había perdido la noción del tiempo, había
dormido un poco, pero parecía que el cansancio se le
volvía a manifestar. Con escasas fuerzas se preguntaba
cuándo llegarían a su destinación… aunque
paradójicamente aún nadie le había dicho cuál era.
Por séptima vez en aquel fatigante viaje veía como,
de la nada, aparecía un misterioso, pero bello, agujero
de gusano, esta vez de una tonalidad verde-azulada.
Sacudida inicial, la espalda pegada irremediablemente
contra el asiento y una nueva sensación, un
sentimiento de familiaridad. El final del viaje parecía
estar cerca y así fue. Por segunda vez en la vida, pero
ésta con sus propios ojos, veía el espectáculo más
maravilloso que nadie jamás haya contemplado.
Abrazadas eternamente como dos hermanas, una
gigante dorada y otra diminuta azul, Albireo, la estrella
doble. La emoción se apoderó de Narum, no podía
32
separar su mirada del cristal. Era un espectáculo
impresionante… y allí, en medio de las dos divas, con
su tupido velo negro iluminado por furiosos rayos,
Equam.
El otro chico podía ver la ilusión a través de los
ojos de Narum, él la escondía debajo de una fina
capucha que le cubría gran parte del rostro. Desde
dentro de la cabina el piloto avisó…
- ¡Abrocharos el cinturón!
La nave penetró en la densa atmósfera del planeta.
Narum se agarró con fuerza al asiento, todo a su
alrededor vibraba con violencia. Era un momento
crítico, los ojos entreabiertos, los músculos en
tensión… hasta que cesó repentinamente. Se
detuvieron los reactores y el piloto salió de la cabina.
Les hizo una seña con la mano y abrió la compuerta
principal que daba al exterior. Estaban planeando en
medio de la tormenta a varios kilómetros de la
superficie del planeta.
- Lo siento, os tengo que dejar aquí. En Equam no
se puede aterrizar, ya os lo contaran. Acercarse más es
demasiado peligroso –Narum le interrogó con la
mirada.
Pero ya era demasiado tarde… y los empujó al
vacío.

Narum se despertó en medio de la nada. Acababa


de soñar con el círculo blanco. Notaba su presencia. Se
sentía cansado, empapado, muerto de frío. No había
parado de llover. A su alrededor se alzaban
imponentes volcanes en erupción. No había rastro de
su compañero de viaje. Estaba solo, en la superficie de
Equam, expuesto a las inclemencias meteorológicas.
Tenía que hallar cobijo si no quería ser fulminado por
un rayo… demasiadas cosas en qué pensar, pero una
33
sobresalía por encima de las demás; ¿cómo había
podido sobrevivir a la mortal caída? Las respuestas no
tardarían en llegar, pero aún no era el momento.
Narum se incorporó lentamente y pudo observar
que él también se encontraba en un volcán, más
concretamente en el extenso cráter de uno inactivo.
Echó una rápida ojeada a su alrededor y vio como a lo
lejos una silueta se deslizaba por una abertura hacia el
interior del mismo. Sin previo aviso, un nuevo flash le
sobrevino… Sikma.
Estaba agotado de su largo viaje, apenas podía
moverse, pero tenía que hacer un último esfuerzo.
Decidió dirigirse hacia la entradita situada unos metros
más allá en el centro del cráter. Medio andando, medio
arrastrándose, medio resbalando pudo llegar hasta ella.
No sin dificultades, se deslizó también como una
serpiente y una vez dentro, contempló el chocante
espectáculo; de en medio de las llamas surgía una
enorme y oscura esfera. Parecía una lucha entre el
fuego infernal y la calmada marea. La Cúpula, el
preciado tesoro que Narum había estado buscando se
le presentaba en forma de perla negra. Dos clases
opuestas de sentimientos le suscitó aquella visión, por
una parte, alegría y alivio, por fin había llegado a su
destinación y, por otra, inquietud e incertidumbre,
¿qué le estaría aguardando a partir de entonces? Notó
como una sensación de cosquilleo le recorría todo el
cuerpo y medio con pánico medio con asombro
observó como su cuerpo se iba desintegrando
paulatinamente. Al cabo de unos instantes reapareció
sano y salvo en el interior de la esfera. Una quincena
de jóvenes de distintos planetas se encontraban en su
misma sala. Sin hacer ruido, se fueron acercando a una
de las esquinas desde donde un hombre de mediana
edad les estaba haciendo señas. Era Gregor, que le
34
dedicó una cálida sonrisa a Narum e inició un discurso
de bienvenida sin que éste casi tuviera tiempo de
acercársele.
- El universo vive tiempos oscuros –el silencio era
absoluto-. Desde que las primeras civilizaciones
empezaron a poblar sus planetas y a expandirse por las
galaxias, los distintos valores fundamentales se han ido
desvaneciendo. Tiempos en que la codicia y el afán de
poder imperan en el régimen y juicio de la mayoría de
las acciones, vosotros sois nuevas piezas para una
máquina mal engrasada. Nuevas ideas, nuevas
ambiciones, nuevas esperanzas, provenientes de
distintos lugares del universo es lo que se necesita en
la actualidad para afrontar con garantías el futuro y
poder convivir en armonía bajo unas leyes
preestablecidas –miradas de interrogación y asombro
se cruzaron en el aire-. Algunos de vosotros os
preguntaréis qué estáis haciendo aquí, pero ésta es una
respuesta que tendréis que hallar con el tiempo. Todos
sois únicos y tenéis grandes cualidades, la mayoría de
las cuales aún por descubrir. Aquí os vamos a ayudar a
sacar la magia que lleváis en vuestro interior. Una
magia que todos poseemos, una magia regida por los
sentimientos y las emociones, una magia que se
manifiesta cuando menos nos lo esperamos, pero que
se puede llegar a controlar –Narum escuchaba
incrédulo aquellas palabras.
Se sacó un puñado de pendientes como el que
llevaba puesto del bolsillo y prosiguió con la
presentación.
- Estos pendientes os ayudarán a canalizar vuestra
energía y concentración. Además, mediante ellos
podréis ir observando vuestro progreso. Cada uno irá
cambiando de color según el control y dominio que
tengáis de vuestra mente. Los colores van desde el
35
transparente hasta el negro, pasando por el amarillo,
verde, marrón, rojo, lila, azul y gris. Entre ellos hay
infinidad de tonalidades –hizo una breve pausa-. A
algunos os resultará bastante fácil ir avanzando entre
los distintos niveles de aprendizaje, a otros os será
mucho más difícil, pero no os preocupéis, con
paciencia, lo iréis logrando –echó un vistazo a los
rostros de admiración de los jóvenes-. Ahora id
pasando de dos en dos a la siguiente sala –señalando a
sus izquierdas-, allí os pondrán vuestro pendiente y
después ya podréis ir a descansar de vuestro largo
viaje… os lo merecéis –concluyó.

Casi había llegado el turno de Narum. Delante de


él estaba el chico que le había acompañado desde
Govanem. Volvió a sentir la misma sensación de
reconforte que las veces anteriores, parecía que éste
irradiaba calidez, tranquilidad, seguridad a su
alrededor. Entraron juntos en la diminuta habitación
contigua que les había indicado Gregor. Su compañero
iba primero. Le pusieron el pendiente y, lentamente,
del interior de la pequeña y lisa esfera que colgaba de
la cadenita plateada empezó a emanar una tenue luz
que fue cambiando de color, transparente-blanquinosa,
amarillenta, verdosa… finalmente se detuvo y, por
asombro de todos, la esfera había acabado tomando
una tonalidad verde pistacho. Un murmullo atravesó la
sala.
Había llegado la hora de la verdad. Era el turno de
Narum. Los nervios le encogían el estómago. Una
mano invisible le oprimía el corazón y le dificultaba
respirar. Le retiraron suavemente la capucha y notó un
leve pinchazo en la oreja. Estaba esperando algo, un
suceso inolvidable, una luz brillante y cegadora, pero
nada, no pasó nada. Se miró en un espejo que había en
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una de las seis paredes de la sala, pero nada. Su
imaginación intentó vislumbrar una exigua tonalidad
amarillenta en el reflejo de su esfera para aliviar su
frustración, pero nada, todo seguía igual, no notaba ni
pizca de magia en su interior y el pendiente seguía tan
translúcido como el cristal. Decepción… arrastrando
los pies salió de la estancia convencido de que toda su
aventura había sido una mera equivocación. Al cabo
de unos minutos ya estaban todos de la deprimente
bienvenida a un nuevo mundo para ellos. Uno a uno
habían ido saliendo, dos o tres con cara de alegría,
pero la mayoría cabizbajos y es que únicamente el
nivel de control de dos chicos era superior al amarillo.
Esto fue un alivio para muchos de ellos, entre los
cuales se encontraba Narum que rápidamente recobró
la esperanza. Entonces Gregor les guió hasta su
dormitorio. Sólo uno, todos iban a dormir en el mismo,
aunque en una especie de compartimientos personales.
“La habitación”, que así se llamaba, era bastante
grande y espaciosa. Justo al entrar había una salita de
estar, en donde había algunas mesas, sofás, sillas y
otras cosas que Narum no pudo reconocer. Parecía un
lugar acogedor, un lugar para relajarse y charlar un
poco con los amigos después de la dura jornada que
acabaran de pasar. Simplemente con mirarla la
habitación empezaba a surtir efecto, estaba alzando los
ánimos de aquellos jóvenes un poco tristes y cansados.
La ilusión se volvía a reflejar en sus rostros…
Lentamente fueron adentrándose un poco más,
maravillados por su belleza y sencillez.
Después de la sala inicial había un estrecho pasillo
que la dividía en dos. A cada lado había los distintos
“camarotes” en donde iban a dormir. Parecían cajas de
zapatos apiladas las unas encima de las otras en
distintas fileras, en total había cuatro de dos pisos cada
37
una, esto a ambos lados, es decir, dieciséis
compartimientos, uno para cada uno. Rápidamente se
abalanzaron sobre aquellos pequeños habitáculos, a
pesar de las indicaciones de Gregor pidiéndoles un
poco de calma. Como cabía de esperar, nadie le hizo ni
caso, total, que en unos instantes ya tuvieron todos
asignados sus puestos. Narum consiguió el
compartimiento I32, lado izquierdo, fila tres, segundo
piso, al lado de su compañero de viaje y de otra chica
que aún no conocía. Gregor, en vista del éxito, decidió
marcharse, pero antes anunció lo más alto que pudo,
para que todos le oyeran…
- Mañana a las sesenta nos vemos para vuestra
primera práctica –dijo señalando un extraño reloj que
había en la entrada.
Otra vez estábamos con los indescifrables horarios
del universo, pensó Narum, pero bueno, tarde o
temprano se iba a tener que acostumbrar. El ruido de la
habitación fue disminuyendo progresivamente, todos
estaban agotados de sus respectivos viajes y el
cansancio empezaba a pasarles factura. Narum subió
una escalerita hasta su diminuto nuevo hogar. Dentro
había una cama, un escritorio y poco más, una luz que
funcionaba según la actividad del inquilino y un
mueble, medio estantería medio armario, para guardar
las cosas. Narum se quitó la túnica, deshizo la maleta,
poniendo a su amigo Thoor al lado de la cama y, sin
apenas darse cuenta, se durmió.

Ya era de día, bueno eso era un decir porque en


Equam siempre había la misma luz, poquísima, a causa
de la gruesa capa de nubes que recubría el planeta.
Pero a lo que íbamos, Narum se acababa de despertar y
había oído voces fuera en la sala. Decidió levantarse
para ir a ver que estaban haciendo los demás. La
38
mayoría de sus nuevos compañeros yacían tumbados
en los sofás y por lo que parecía, uno a uno, iban
contando sus historias, de dónde eran, cómo habían
llegado hasta allí… en aquel instante era el turno de la
chica que dormía a su lado, se llamaba Elha.
- …no sé –llevaba un rato hablando-. Ya desde
pequeña mi planeta ha estado siempre en constante
lucha por mantener su libertad. Mi vida ha estado
marcada por invasiones, por largas esperas en los
escondites subterráneos y por la muerte, todo a causa
de la guerra. Mis padres fallecieron cuando yo acababa
de cumplir los cuatro años y desde entonces viví con
un amigo de mi madre. Él despertó en mí el afán de
luchar, de sobrevivir, de seguir adelante pese a las
dificultades. Aún así, todo aquel dolor había dejado
una gran marca en mi interior, una marca que nunca
me abandonará. Ésta se fue intensificando con los años
y al final todos aquellos sentimientos reprimidos
despertaron la magia que llevaba escondida muy en mi
interior… lo raro es que no fue nada espectacular ni
por el estilo, al principio ni tan siquiera me di cuenta
de que estaba sucediendo algo, simplemente llovía –su
mirada se perdió en el espacio, como si recordara con
nostalgia-. Y muy bien no sé por qué, sólo sé que
cuando llovía me sentía especialmente triste, pero no
sé, esto le pasa a mucha gente creo yo. Lo extraño era
que yo no lloraba y, de hecho, nunca he llorado. Al
final, y después de muchas noches de tormenta,
comprendí que llovía porque yo estaba triste y no al
revés, y que las gotas de lluvia eran las lágrimas que
mi corazón había estado ocultando durante mucho
tiempo. Las pocas veces que he podido salir de mi
planeta ha dejado de llover y es por eso que muchos
allí me conocen como la chica de la lluvia… y… no
sé, hace unas semanas oí hablar de La Cúpula por
39
primera vez en la vida y, aún no sé muy bien cómo,
pero aquí estoy…
Continuó hablando durante unos minutos, la gente
la escuchaba atentamente. A Narum le había parecido
una historia fascinante, como un cuento de hadas en el
que él estaba empezando a tomar parte. Ahora le iba
que tocar a otro, Narum sólo deseaba que no fuera él.
Nunca se le habían dado bien las presentaciones ni las
relaciones con los demás, algún discurso en público,
ningún problema, pero hablar relajadamente con
chicos de su edad, ni por asomo. Se sentía ridículo,
inferior, no estaba acostumbrado, tenía la certera
sensación de que dijese lo que dijese la iba a pifiar… y
es que sus malas experiencias le habían
acomplejado…
Elha terminó y, después de una breve pausa en que
algunos aprovecharon para hacer algún que otro
comentario, los ojos de los demás comenzaron a
buscar un nuevo orador. Eran las treinta y siete, y aún
faltaban veinte-y-tres para la hora que había dicho
Gregor, cuando varias miradas se fijaron en Narum.
Por suerte, su misterioso compañero de viaje, tomó la
palabra antes de que fuera demasiado tarde.
- Bueno, primero de todo me presento. Hola, soy
Halaus –sonrió tímidamente por debajo de la capucha-
y, bueno, muy bien no sé qué decir porque encuentro
esta situación un poco extraña, esto de irse
presentando uno por uno es como muy artificial, digo
yo, pero supongo que es porque es el primer día y
tal… pero bueno, voy a intentar a ver que tal lo hago –
la rara mezcla de timidez y soltura al mismo tiempo
estaba dando efecto, la gente parecía sentirse cómoda
y hasta se oyeron las primeras risas-. Yo nací en un
planeta de la periferia del sistema –prosiguió-, un
planeta bastante frío y apagado. Allí todo el mundo
40
vive en paz y armonía, nunca ha habido problemas, la
organización y el respeto son lo primero, pero lo malo
es que todos sus habitantes son más bien solitarios,
anti-sociales, cada uno vive a su bola, sin apenas
contacto con los demás, rigiéndose por los cánones
tradicionales y esto acaba conllevando soledad y
depresión. Total, que allí nadie sabía lo que era
divertirse, supongo que faltaba un poco de chispa,
faltaba la salsa, la especie que le diera color a su
infeliz existencia y, entonces nací yo –Halaus era
natural, divertido, la mayoría de su público pensó que
estaba exagerando, pero les dio bastante lo mismo, les
estaba haciendo pasar un buen rato-. Justo después de
salir del vientre de mi madre, que ésta se alegró
muchísimo y se echó a llorar de alegría, y me diréis
¡claro!, después de sufrir un doloroso parto ¡quién no
se alegra!, pero no era así… en mi planeta se había
perdido la ilusión por todo y el dolor era algo
cotidiano. Los sabios de mi pueblo en ver aquella
extraña reacción de locura momentánea, hasta la
quisieron llevar a un especialista en enfermedades
mentales, pero pronto se dieron cuenta de que ese no
era el único hecho chocante de la noche. La enfermera
asistente a mi nacimiento, que era la comadrona más
experimentada de la región con más de dos mil recién
nacidos a sus espaldas, se había olvidado de curarme la
herida después de cortarme el cordón umbilical a lo
loco, y en vez de eso, había estallado en gritos de
euforia, cantando la primera canción que se oía en
miles de años. Los médicos horrorizados al ver aquel
desmadre corrieron a mi auxilio, pero en cuanto se me
acercaban a menos de dos metros se echaban a bailar
de forma desenfrenada –dio un suspiro-.
Afortunadamente tanto alboroto se fue transformando
en felicidad y, por fin, se acordaron del pequeño, en
41
aquellos instantes medio desangrado, que había
provocado todo aquel jaleo. Y desde entonces me ha
rodeado una aureola de felicidad y bienestar que ha
ayudado a mi planeta a seguir adelante con un poco
más de alegría. Lo malo es que soy tan generoso que
casi no me he quedado para mí y, además, ¡fijaros!, de
tanta sangre que perdí que siempre he sido pálido y
frágil como la porcelana… –carcajadas- y bueno, no
me enrollo más que me debéis estar aborreciendo. Sólo
terminar diciendo que he venido aquí a la Cúpula para
aprender a desarrollar mis otras cualidades y así poder
llegar a más gente, ayudarla y luchar contra la tristeza
y la soledad…
Y se hizo el silencio. Halaus se había metido a la
mayoría en el bolsillo. ¿Cómo podía existir alguien tan
vital, altruista y desinteresado? Ahora Narum ya
comprendía la sensación de calidez y reconforte que
sentía cada vez que se acercaba a él.
Después estuvo hablando una chica govaniense
llamada Bélathar, que dormía al lado de Halaus, en la
I12, y finalmente le llegó el turno a Narum. “Y yo
¿qué les cuento? Mi historia no tiene nada de
interesante… mentira. Todo ha sido como muy
sujetivo, nada tangible… visiones, flashs que aparecen
tan rápido como desaparecen… no tiene nada de
mágico, ha sido más como un rompecabezas que he
ido solucionando a mi ritmo y que me ha llevado hasta
aquí… no sé, vamos a intentarlo, vamos allá.” Narum
continuaba con su habitual optimismo en temas de
auto-confianza… suspiró profundamente y trató de
empezar con fingida decisión. Al principio parecía que
todo iba sobre ruedas, la gente aún no se había
dormido y le escuchaban con bastante interés, pero la
suerte pronto le dio la espalda. Por razones que
escapaban a su conocimiento, cuando pronunció
42
“círculo blanco”, todo cambió. Parte de sus
compañeros comenzaron a mirarle con miedo o recelo,
murmullos indescifrables inundaron la sala… Narum
se sentía incómodo, movía la cabeza de un lado a otro
tratando de averiguar qué era lo que había fallado,
estaba completamente aturdido… ¿qué habría pasado?
Fue entonces cuando Sikma, un chico con el pendiente
de color verde oscuro, se levantó y, sin decir nada,
abandonó la sala. Los demás le siguieron, hasta que
sólo quedaron seis en la habitación. Los más novatos
preguntaban sobre lo ocurrido a otros que parecían
estar más familiarizados con el tema.
Narum se había quedado solo, de pie, en silencio,
contando su historia a un público desaparecido. Ya
eran las cuarenta y cuatro horas y, como no sabía qué
hacer, se fue a refugiar en su cama… la historia se
volvía a repetir, solo e incomprendido, sin que él aún
entendiese nada de lo sucedido.

43
V
A las sesenta en punto, Gregor se había presentado
delante de la puerta y la mayoría de los chicos, que
habían ido volviendo a la sala después del incidente,
corrieron a su lado. Narum aún se encontraba en su
compartimiento, medio dormido, con la mente en
blanco, no quería pensar en nada, sólo olvidar lo que
había ocurrido e intentar empezar de cero. Sin ánimos,
se fue levantando y también se dirigió hacia la puerta,
siempre manteniendo una distancia prudencial con los
demás.
Una vez estuvieron todos, Gregor les urgió a que le
siguieran y les fue guiando por distintos pasillos y
habitaciones de la Cúpula. Rápidamente se dieron
cuenta de que ésta no era ninguna escuela ni nada
parecido, más bien un centro de convenciones
interestelares, un lugar en que representantes de
distintas civilizaciones asistían a reuniones, debates y
pleitos… a pesar de eso, también había que tener en
cuenta que la Cúpula estaba situada en un paradero
bastante remoto, al alcance de pocos. En el aire se
respiraba una atmósfera misteriosa, como si todos los
asuntos tratados allí fueran de alto secreto.
Unos minutos más tarde, el grupo se encontraba en
una sala muy estrecha, cuyo techo se alzaba un par de
decenas de metros por encima de sus cabezas. A través
de él entraba una tenue luz proveniente del exterior, o
sea ser, del interior del volcán. Gregor se dirigió hacia
44
el centro de la estancia y, sin despeinarse, y por
asombro de la gran mayoría, se alzó unos metros del
suelo. ¿Cuántas veces habéis visto a alguien elevarse
del suelo, así por las buenas?
- Esto es la sala de prácticas –explicó con total
naturalidad-. Aquí iréis, como bien dice su nombre,
practicando, mejorando, aprendiendo y perfeccionando
vuestras habilidades. Cada día vendréis una o dos
veces y encontrareis a vuestro instructor, siempre
distinto. Como habéis podido comprobar la Cúpula no
es ningún colegio ni nada por el estilo, es un centro de
convenciones y meetings interestelares y vuestros
instructores serán los congresistas, sabios o
diplomáticos que participan en ellos. Aún así, vosotros
os mantendréis al margen de estas actividades y os
concentraréis en vuestros objetivos –hizo un breve
barrido de sus incrédulos oyentes-. Hoy empezaremos
con la levitación, una de las habilidades más útiles y,
además, una de mis preferidas –sonrió con
complicidad-. Levitar, como todo lo que aprenderéis
aquí, requiere de un gran auto-control y de una alta
capacidad de concentración. La magia es arte y, como
en todas las artes, se precisa de una cuantiosa dosis de
imaginación. Primero de todo, aprenderéis a integraros
en vuestro entorno, poco a poco seréis capaces de
dominar el aire que os rodea y con él crear corrientes y
fuerzas inexistentes. Más tarde, podréis influir y actuar
sobre cuerpos u objetos que se encuentren lejos de
vuestro alcance –unos cojines que estaban colgados de
la pared se repartieron a cada uno de los alumnos sin
que nadie interviniera… más admiración-. El poder de
la mente… –cerró los ojos- el poder de la mente –
repitió-. Todos tenemos la mayor parte de nuestro
cerebro adormecida, en ella se esconden grandes
habilidades, que en todos vosotros aún están por
45
descubrir –Narum no acababa de creerse lo que
escuchaban sus oídos-. Estáis aquí porque habéis
nacido con una pequeña ventaja sobre los demás.
Tenéis una vía de entrada a esta parte desconocida y,
aún más, algunos de vosotros, como bien muestran
vuestros pendientes, ya habéis hecho los primeros
pasos en ella.
Narum miró con desánimo su translúcido
pendiente. Echó un vistazo a su alrededor y observó
que no era el único que lo estaba inspeccionando.
- Chicas y chicos –apremió acelerando la voz-,
vamos a empezar. Coged los cojines que os acabo de
repartir y sentaros encima de ellos –la clase obedeció
al instante.
Narum se agarró con fuerza al cojín, esperando que
éste se elevara a toda velocidad hacia el cielo como
una alfombra mágica. Para su desilusión no pasó nada
parecido, más bien dicho no ocurrió nada de nada y
Gregor prosiguió con su explicación.
- La base de la levitación es imaginaros que tenéis
un soporte bajo vuestros pies. El cojín os ayudará a
hacerlo y en caso de que una vez arriba caigáis…
amortiguará un poco el golpe –este último comentario
introdujo la sensación de que no todo iba a ser de color
de rosa-. Tenéis que concentraros al máximo e
imaginar que el soporte va creciendo hacia arriba,
formando una columna en la que vosotros sois el
capitel. La llave está en la concentración –insistió- y
en una buena salud mental; dejad de lado vuestras
preocupaciones, vuestras penas e inquietudes que no
os dejan estar en paz con vosotros mismos… si no lo
lográis será difícil que consigáis sacar lo que lleváis
dentro. Tenéis que sentiros bien con vosotros mismos
–bajó suavemente al suelo y se dirigió a una especie de
interruptores que había en una de las paredes-. Ahora
46
voy a encender una luz que os ayudará a ver el
movimiento del aire y la forma de las fuerzas que
aparecen –activó el interruptor, todo seguía igual-.
Fijaros.
Se volvió a situar en el centro de la sala y de nuevo
se elevó por encima del suelo, pero esta vez apareció
debajo de sus pies un cilindro medio transparente
negruzco, que iba creciendo en altura a medida que
Gregor iba subiendo, o mejor dicho, al revés, Gregor
subía a medida que el cilindro crecía.
- Dentro de poco ya no tendréis necesidad de esta
ayuda, seréis capaces de ver “el lado oculto de la
magia” –en un tono más bien irónico- por vosotros
mismos –nadie dio muestras de que les hubiera
parecido gracioso y a Gregor se le sonrojaron las
mejillas-. Bueno… mmmmm… veo que no estáis por
la labor… os noto un poco tensos, pero no es nada de
extrañar… mejor lo abordamos de una vez a ver qué
tal os va.
Durante las siguientes siete horas equamenses
estuvieron intentando elevarse del suelo. El primero en
conseguirlo fue Halaus, que centímetro a centímetro
fue subiendo hasta conseguir una altura considerable.
Su soporte tenía un color verde pistacho, parejo al de
su pendiente. Después ascendió Sikma y un poco más
tarde una chica que Narum aún no conocía y, junto a
ella, cogida de la mano, también lo hacía Bélathar.
Con el tiempo, la habitación se acabó llenando de
cilindros de colores, algunos más débiles e inseguros
que otros, pero igual de efectivos, entre ellos se
encontraba también el de Elha. Al final de la sesión
sólo habían quedado sin subir cuatro personas, un trío
de dos chicas y un chico que no paraban de discutirse
y de reír, y Narum, cuyo cojín, lo más alto que había
llegado había sido a unos cuatro metros de altura
47
después de que él lo hubiera arrojado con todas sus
fuerzas en un ataque fruto de la mezcla entre
frustración y desesperación. Tenía que conseguirlo, no
era imposible, lo estaba viendo con sus propios ojos…

Al cabo de unos días, cuando los grupitos de


amigos ya empezaban a estar formados y todo el
mundo ya se había acostumbrado a la marcha algo
desorganizada y a destiempo de la Cúpula, llegó la
hora de una de las prácticas más esperadas por todos,
duelo. Una semana atrás ya les habían avisado sobre la
inminencia de aquella lección especial que se
celebraría también en una sala distinta a la de siempre.
Aún así, a Narum no le cogía en su mejor momento, su
moral estaba por los suelos y convencida de que lo iba
a hacer fatal, como en todo lo que habían ensayado
hasta entonces. En una de las sesiones dedicadas a
reflexionar, apenas pudo pensar en como de patéticos
resultaban sus intentos de alzar el vuelo o de mover
objetos, cosas que había intentado centenares de veces
sentado en su habitación en la Tierra tratando de
escapar de la realidad y que, por lo visto, tendría que
probar centenares de veces más. Actuar sobre cuerpos
ajenos parecía ser una de las disciplinas más difíciles
para los principiantes y, por desgracia de Narum, sólo
conseguía mover unos papeles que les habían repartido
para practicar soplando… afortunadamente, lo que le
servía de consuelo, era que aún nadie lo había logrado
sin usar métodos tradicionales; la única habilidad que
tenía más o menos desarrollada eran las
premoniciones, ya que desde su llegada había tenido
repetidos flash del círculo blanco.
Los diferentes instructores, como ya les había
avisado Gregor el segundo día, eran congresistas que
entre reunión y reunión aprovechaban para transmitir
48
sus conocimientos a los chicos y, por eso, los horarios
eran tan dispares, y es que no seguían ningún tipo de
orden preestablecido. Hoy, por ejemplo, eran las
dieciocho y todo el mundo aún estaba durmiendo,
cuando se abrió la puerta e Imanta, una de las
residentes habituales de la Cúpula, les hizo levantar
rápidamente para ir a su primera lección especial.
Unos minutos más tarde, se encontraban en una
sala bastante grande, de ancho, alto y largo. La luz que
entraba por el curvado techo de la Cúpula era ínfima y
apenas se podían distinguir las siluetas de los distintos
compañeros de Narum. En el centro de la habitación se
encontraba una gran semiesfera negra y encima de ésta
se podía vislumbrar el contorno de una anciana,
vestida con la habitual túnica-con-capucha y un
bastón. Sin decir nada, se deslizó hasta la pared
opuesta de la sala y activó un interruptor. La gran
semiesfera se elevó hasta llegar al techo y allí su parte
cóncava se encendió como un gran foco e iluminó toda
la sala. Ésta parecía una mezcla entre una arena de
gladiadores romanos y unas ruinas de un antiguo
templo griego. La anciana se les había ido acercando
paso a paso, aún sin decir nada. De entre el grupo de
dieciséis jóvenes escogió a dos, Halaus y Sikma. Les
hizo situarse en el centro del anfiteatro, justo donde
antes estaba el gran foco semiesférico. Los demás se
sentaron en las gradas que rodeaban el terreno. Entre
ellos, expectante, se encontraba Narum. Finalmente,
rompiendo el silencio, la anciana habló…
- Bienvenidos a, por lo que me han comentado,
una de las pocas sesiones especiales que tendréis…
duelo –hablaba con una voz trémula, pero
convincente-. Como toda ventaja que se posee, el
poder de la mente se usa para hacer el bien, pero
muchas veces también para hacer el mal y dañar a los
49
demás –frenó en seco y dirigió una mirada penetrante
al público que aguardaba a la espera-. Debéis estar
preparados –advirtió-. La magia está en vuestro
interior, eso es del cierto –ya en un tono más relajado-,
y cada uno puede dejarla fluir y expresarla de una
modo distinto. Rayos globulares, difusos, ráfagas de
luz, esferas, cilindros, fuegos artificiales, espirales,
animales e infinidad de formas más que actúan a través
de manos, ojos, pies, a distancia… la práctica, vuestro
potencial, vuestro nivel de control, el conocimiento de
vuestro rival y, sobre todo, la imaginación, serán los
factores que os harán triunfar o fracasar en vuestras
metas –tomó una bocanada de aire para continuar-.
Hoy, por primera vez, tendréis la oportunidad de poner
en práctica todo lo aprendido hasta ahora –volvió a
inspirar-. El tiempo es oro si se sabe aprovechar…
Sikma, Halaus ¡empezad!
Esto cogió por sorpresa a todo el mundo menos a
los dos implicados que, sin dudarlo un instante, se
elevaron unos metros del suelo. Antes de que
empezara el espectáculo Narum le deseó suerte a
Halaus, que junto con Bélathar, la mejor amiga de
Halaus, y la chica del I42, el compartimiento que
estaba al lado del de Narum, Elha, habían entablado
una pequeña amistad. En cambio, a Sikma no le podía
ni ver, ya desde el primer día en que éste se fue de la
habitación cuando Narum estaba contando su historia,
se había creado entre ellos una tensión invisible.
El duelo se había puesto en marcha. Los dos rivales
se lanzaban tímidamente finos rayos de fuerza con las
manos y, a su vez, los evitaban o se defendían creando
esferas de protección a su alrededor. Poco a poco, iban
cogiendo confianza y adaptándose al nuevo reto
poniendo en práctica todo lo que habían estado
aprendiendo aquellos últimos días, la pelea iba
50
ganando en intensidad, pero sin alejarse de los
comunes rayos luminosos y escudos protectores. El
nivel de control de los dos oponentes era bastante
parejo, tal y como indicaban sus respectivos
pendientes, cosa que no necesariamente tenía que
augurar un duelo equilibrado, ya que, un mago con un
gran potencial pero con poco control podía derrotar,
aunque improbablemente, a otro de más
experimentado.
Ya habían pasado unos minutos desde el inicio de
la batalla y parecía que Sikma llevaba una leve ventaja
sobre su rival. Halaus se veía un poco abrumado con la
losa de tener que atacar a otro, su carácter generoso y
altruista parecía contraponerse a esta situación, y esto
estaba afectando a su forma de desenvolverse;
intentaba hallar el modo de inmovilizar a Sikma, que
había empezado a levitar no tan sólo en dirección
vertical, sino también horizontalmente, aumentado
enormemente su movilidad y dificultando aún más la
tarea de Halaus. Con gran decisión, este último se
abalanzó velozmente sobre su oponente, reflejando los
potentes rayos que le irradiaba éste, con un escudo de
fuerza protector. Unos segundos antes de la colisión,
atravesó la barrera que había creado Sikma en un
intento desesperado de evitar el choque y, finalmente,
lo cogió por las muñecas y lo estampó contra la pared.
Lentamente, Halaus se fue alejando de él, con un
¡Ooohh! de sorpresa de los demás compañeros al ver
que el primero había quedado inmovilizado. Dos
anillos luminosos a la altura de las muñecas, justo en
el lugar en que Halaus había depositado sus manos
hacía unos instantes, mantenían a su contrincante
pegado a la pared de mármol. Parecía que el duelo
tocaba a su fin, pero… cogiéndole totalmente
desprevenido, dos chorros de luz provenientes de los
51
ojos de Sikma, se dirigieron a los suyos y le dejaron
completamente cegado. Los anillos de fuerza
desaparecieron y Sikma, ya liberado, contraatacó.
Halaus sólo había podido alejarse unos metros cuando
se le vino encima un fuerte puñetazo de lleno en la
cara. Inevitablemente, se desplomó contra el suelo con
un estruendo, tendido, boca arriba.
Un silencio sepulcral se apoderó de la sala. A
cámara lenta, un soporte marrón apareció por debajo
del cuerpo extendido de Halaus y, poco a poco, le fue
elevando como un ángel caído que vuelve al cielo con
los brazos abiertos, aún tendido boca arriba, flotando
en el aire con las piernas apuntando en dirección a
Sikma. Se detuvo y, sin previo aviso, de sus pies,
como dos torpedos dirigiéndose a su objetivo, salieron
dos ráfagas de fuerza. Sikma, azorado, tardó unos
instantes en reaccionar, irguió el brazo derecho y
extendió la mano al máximo creando un campo de
fuerza protector. Con la otra lanzó un veloz disparo,
como un láser, hacia su atacante. Halaus se impulsó
con las piernas e hizo una voltereta hacia atrás,
quedándose colgado del soporte marrón. Más abajo
apareció otro en forma de cilindro, hueco por dentro, y
se dejó caer en él. El disparo de Sikma se estrelló
contra sus paredes. Entretanto los dos misiles de
Halaus avanzaban irremediablemente hacia su
objetivo, traspasaron el campo de fuerza que no los
pudo absorber e impactaron violentamente contra el
pecho de Sikma, que se precipitó contra el suelo
acolchado. La práctica de duelo había terminado.
Todos se apresuraron a ver el estado en que se
encontraba su compañero, algunos levitando, otros
bajando todos los peldaños de las gradas y corriendo
por la arena. Halaus fue el primero en llegar y le ayudó
a levantarse. Los dos se felicitaron mutuamente por el
52
combate y se dieron la mano deportivamente. La
anciana decidió que ya era hora de marchar de nuevo a
la habitación y juntos se fueron otra vez a descansar.
Narum volvió solo. Una vez en su cobijo I32, le
dio las buenas noches a su amigo Thoor y se durmió
sin ser consciente de los reveladores sucesos que le
reservaba el día de mañana.

53
VI
Estaba tumbado en el suelo frío y mojado de la
noche, inmóvil, su mirada perdida en los fuegos
artificiales que se proyectaban en el cielo… un
centenar de metros más arriba se encontraban los
responsables de aquel espectáculo, Halaus y otro mago
que vestía con una túnica blanca… Newt. Se quitó la
capucha y dejó relucir bajo la lívida luz de un lejano
astro, la esfera que colgaba de la cadenita plateada de
su pendiente… negra… como la de Gregor, color del
control total de su mente… no eran fuegos de artificio
era una feroz lucha… Newt jugaba con su compañero,
con el amigo de Narum… Halaus no tenía nada que
hacer… notó como unas manos lo agarraban por los
brazos… eran Elha y otro chico, que con lágrimas en
los ojos, lo arrastraban lejos de la batalla… Narum
intentaba gritar, moverse desesperadamente, ir a
ayudar a su mejor amigo… no podía, una fuerza
invisible se lo impedía, le había helado todo su
cuerpo… sólo los ojos le respondían… Elha y el chico
le estiraban con más fuerza, marchando con velocidad
hacia una pequeña nave… Halaus estaba abrazado a
Newt, intentándole transmitir su calidez, su alegría, su
felicidad, su bienestar… la nave fue, poco a poco,
despegando del planeta desconocido… una bandada de
pájaros alzó el vuelo… a los lejos, por la ventanilla,
aún sin recobrar todos sus sentidos, Narum pudo ver el
fin de una amistad… un intenso rayo de energía
54
atravesaba el frágil cuerpo de Halaus… bajo la lluvia,
permaneció inerte, sin vida… una nave se sumergía en
el espacio y con ella un grito de dolor…
¡Nnnooooooooo!

Se levantó sobresaltado, empapado en sudor, el


corazón le latía a mil por hora, acababa de presenciar
la muerte de Halaus… Narum trató de respirar
profundamente intentando calmarse… sólo había sido
un sueño. Se levantó, necesitaba que le diera un poco
el aire… tenía sed. Sigilosamente bajó por la
escalerilla hasta el frío suelo de la habitación… iba
descalzo. Paso a paso, empezó a andar por el pasillo en
dirección a la puerta pasando por delante del
compartimiento de Halaus. Se detuvo. Puso el pie
izquierdo en el primer peldaño de su escalerilla.
Derecho, izquierdo, derecho… había llegado arriba; la
puerta estaba abierta. Narum miró en su interior.
Halaus estaba despierto, pero aún no se había
percatado de su presencia. Pasaron unos minutos
inmóviles. Al final, Halaus volvió su cabeza hacia
Narum… el miedo se reflejaba en sus ojos… de
inmediato éste se dispuso a disculparse.
- Halaus, y-yo…
- No pasa nada… ya lo sé –susurró-, yo también lo
he visto…

Narum se despertó la mañana siguiente. Unas horas


antes había estado en el compartimiento de Halaus, los
dos en silencio. Al cabo de unos minutos había
marchado, sin decir nada, y vuelto al suyo para dormir
un poco más hasta ahora. Se levantó perezosamente,
estirando los brazos y las piernas al máximo hasta
hacerlos crujir. Miró el reloj y se dispuso a salir. Eran
las veintitrés horas y le apetecía un baño relajante
55
antes de ir a desayunar. Se echó la túnica por encima
aún con el pijama puesto, se despidió de Thoor y bajó
la pequeña escalerilla que daba al pasillo de la
habitación. Cruzó la sala, abrió la puerta y puso
rumbo hacia uno de los corredores principales.
Primero tumbó a la derecha, luego otra vez a la
derecha, después a la izquierda y nuevamente a la
derecha. Se paró enfrente de una pared y apoyó la
mano extendida sobre ella. Apretó con fuerza hacia la
izquierda y ésta se deslizó en la misma dirección.
Entró.
Se encontraba en la sala de higiene personal, donde
cada uno tenía una reproducción de los aparatos que
usaba para asearse en su planeta. Colgó la túnica en
una percha, junto a la de Halaus. Al lado de ésta la
suya parecía prehistórica, era gruesa y pesada, hecha
de un tejido áspero y oscuro, en cambio, la de su
compañero era suave y ligera, tejida con una tela muy
parecida a la seda, con bellos, pero sencillos
estampados en ella que le daban un aire aún más
alegre. Caminó hacia su rincón particular y cerró la
puerta. Abrió el grifo y la bañera empezó a llenarse. Se
quitó la ropa y se zambulló en el agua. Ésta humeaba.
Sabía que Halaus estaba en el habitáculo de al lado,
notaba su presencia, su característica calidez y
bienestar que le rodeaban. Sumergió la cabeza y dejó
la mente en blanco.
Unos minutos más tarde ya estaba desayunando.
Hoy volverían a tener una sesión especial, por primera
vez visitarían una de las salas más enigmáticas de la
Cúpula, una sala en donde los alegres perecen y los
tristes enloquecen. Nunca antes habían ido y todo el
mundo estaba expectante. Narum encontró a gran parte
de sus compañeros esperando delante del arco que
daba entrada a ella. Estuvieron de pie hasta que no
56
llegó el instructor. Parecía que quisieran que entrasen
solos, que uno por uno fuesen experimentando su
extraño poder, el poder de la magia negra. Así lo
hicieron. En fila india fueron pasando. La mayoría no
sintió nada, contados notaron una leve brisa a su
alrededor, entre ellos se encontraban Elha y Halaus.
Sikma ya había entrado, siendo uno de los primeros
del grupo, y nada de nada.
Era el turno de Narum. Cruzó el arco. Él ya había
estado allí, en uno de sus sueños. La sala era
triangular, las paredes se alzaban oscuras, frías. En el
suelo, hecho de mármol, había un inmenso círculo
blanco. Narum se quedó paralizado, inmóvil, no quería
avanzar, pero a la vez una fuerza le empujaba hacia el
centro de ella, el centro del círculo blanco. Estaba
tenso, sudando, el corazón le iba a mil. No quería ir,
no quería, tenía la certera sensación de que algo
terrible iba a suceder, pero ya estaba a sólo un metro
de su destino, de concluir su búsqueda y encontrar
algunas respuestas. El círculo blanco había sido su
obsesión durante mucho tiempo y ahora que lo veía
con sus propios ojos, sólo quería huir. Éste le inspiraba
respeto, miedo. La fuerza no cesaba en su empuje
hacia el centro. Pudo ver el terror reflejado en la cara
de sus amigos, Elha, Halaus y Bélathar intentaban
acercársele con todas sus fuerzas, pero algo se lo
impedía. Gregor también había llegado, de pie bajo el
arco, sin hacer nada, únicamente observando, como un
espectador más. De nuevo solo, sin nadie a su lado.
Cerró los ojos. Ya estaba en el centro…
Una suave brisa empezó a rodearle. Lentamente
fue subiendo en intensidad, cada vez más, más y más
fuerte, hasta convertirse en un viento casi huracanado
que con violencia le arrancó del suelo. Ráfagas de aire
circulaban entre su ropa y la piel. Su capucha había
57
fracasado en el intento de cubrirle la cara, su cabeza
quedó expuesta al descubierto. El pelo se arremolinaba
libre y sin control. Los brazos extendidos, rotando
sobre su eje vertical en el centro de la sala. Y…
¡BAM! Saltó una chispa y se vio envuelto en llamas.
Una bola de fuego lo engullía. Chillidos de terror de
sus compañeros acompañaban el dantesco espectáculo,
pero por encima de todos, sobresalía el alarido
sofocado de Narum.
Todo cesó repentinamente. El viento, el fuego, los
aullidos… todo quedó en silencio. Su cuerpo había
caído y reposaba inconsciente en el centro del círculo.
Elha, Halaus, Bélathar y Gregor, veloz pero
cautelosamente, corrieron en su ayuda. Narum pudo
abrir los ojos y oyó como en la lejanía, la primera
gritaba su nombre… Narum… Narum… Narum…

Estaba tumbado en su cama. Bélathar a su lado


haciéndole compañía. Narum se sentía débil,
entreabrió los párpados y, medio nublado, pudo
observar a su nueva amiga velándole. Quiso decirle
algo, pero no fue capaz. Cerró los ojos y nuevamente
se durmió.
Unos minutos, horas o días más tarde, quién sabe,
volvió a despertarse. Se encontraba algo mejor. Esta
vez era Elha la que permanecía a su lado. Narum se
incorporó con dificultad y se dispuso a hablar.
- Ah, Elha –bostezando y rascándose la espalda-,
qué alegría verte. ¿Qué hora es?
- Son las cuarenta-y-ocho y has estado durmiendo
durante las últimas ciento-cincuenta horas equamenses
–susurró-. ¿Qué tal estás?
- Me encuentro algo mejor, pero aún cansado,
abatido, enfermo… –se pausó- alegre por tu presencia,

58
pero triste a la vez, sin fuerzas ni ánimos para
moverme… no sé… –concluyó negando con la cabeza.
- Poco optimistas estamos… –sonrió Elha- ¡Eh
Narum! –turnó radicalmente-, ¿has visto que tu
pendiente ha cambiado de color? –entusiasmada-
¡Ahora ya podrás hacer algo de magia, has subido al
amarillo y, aún diría más, hasta con una pizca de
verde!
- ¿Si? –preguntó sorprendido- Bueno… –suspiró
regresando a su fúnebre estado de ánimo-, sólo me
faltaba esto… ahora este estúpido pendiente ha subido
de nivel gracias al dichoso símbolo de la magia
negra… –volvió a suspirar y restó pensativo-. Es que
todo lo que me pasa es para alejarme más de los demás
o ¿qué? –se calmó- Y además, seguro que con este
mísero nivel ni tan siquiera puedo mover un objeto…
Agitó con rabia el brazo derecho y,
sorprendentemente, tumbó unos libros que estaban
encima del escritorio. Los dos se miraron incrédulos.
- Bueno –sonrió Elha-, ya ves que todo no está
saliendo tan mal –serenó su rostro recogiendo su pelo
hacia atrás-. Narum –con voz fría-, a veces el destino
de la gente no es el que ellos querrían… tú, por
ejemplo, parece que estás predestinado a estar solo… -
frenó en seco, estaba llevando inconscientemente la
conversación de nuevo hacia un tono amargo, además
quién era ella para sermonearle- Narum –suavemente-,
tienes que adaptarte a las situaciones que se te
presentan, seguir luchando…
- ¡Luchar! –gritó- ¡Estoy harto de luchar para
hacerme un hueco entre los demás! ¡Harto! –repitió-
Estoy harto… –respiraba con dificultad- siempre en mi
onda, tratando de reajustarla para encajar con los otros
y sin ningún fruto, siempre apartado, sin poder ser yo

59
mismo… pero da igual… –se resignó- nadie lo
entiende…
- ¡Yo lo entiendo! Mi pueblo ha estado luchando
por su libertad durante siglos, reprimidos como tú,
condenados a ser distintos y a luchar en vano. Aunque
no sea lo mismo, la gente como nosotros tiene que
apoyarse, ¡tenemos que apoyarnos…
Pero Narum hacía rato que ya no la escuchaba.
Estaba ensimismado, atontado, con una sensación de
felicidad en su interior, observando la gran belleza del
rostro de Elha cuando hablaba, cuando se enfadaba,
cuando reía, siempre, siempre bello. Ella había
terminado y también le estaba mirando fijamente. Poco
a poco, milímetro a milímetro fueron acercándose, una
fuerza invisible los atraía mutuamente. Escuchaba su
respiración entrecortada acariciarle la cara. Nariz
contra nariz, labio contra labio… ¡Alguien llamó a la
puerta! Rápidamente se apartaron el uno del otro y
toda la magia se perdió en un instante.
- Adelante –se apresuró Elha ruborizada.
Halaus entró en la diminuta habitación. Había
concluido el turno de Elha y ahora le tocaba a él
hacerle compañía. Narum podría haberse enfadado por
el inoportuno momento en que había irrumpido en la
habitación, pero no lo hizo, se alegraba de verle. Elha
se despidió de Narum con un dulce beso en la mejilla,
saludó a Halaus y se marchó cerrando la puerta tras de
sí.
- Eh Narum –dijo apaciblemente-, ¿qué tal estás?
- Bueno mira, supongo que un poco mejor, pero no
sé tío, estoy destrozado por dentro, vacío –los ojos se
le enturbiaron-. Sabes –prosiguió-, todo esto para
encontrar que en mi interior lo que reside es maldad.
No sé …

60
- Eh tío, tampoco exageres, no pasa nada –
rodeándole con su brazo para confortarle un poco más-
. Sí, puede que sea verdad que tu interior en estos
momentos refleje principalmente tristeza,
incomprensión, soledad –hizo una breve pausa y, esta
vez más animado, continuó-, pero la gente va
evolucionando según los distintos giros que toma su
vida. Es difícil interpretar las acciones de los demás si
no conoces su interior, su historia, su pasado, pero se
tiene que intentar ser comprensivo porque la mayoría
de las cosas tienen su explicación, más o menos
complicada, pero la hay. Yo creo que tu situación te
llevó a un estado interior que pedía a gritos una salida
y ésta se mostró en forma de círculo blanco, símbolo
de la magia negra. Eso no quiere decir que tu interior
sólo sea oscuro, esto es buena parte de lo que ha visto
y recibido hasta el momento y, por lo tanto, es normal
que se manifieste de esa forma, pero estoy seguro de
que pronto va a cambiar…
- No sé Halaus –interrumpió Narum- puede que
tengas razón, que todo sea pasajero, pero –suspiró- ¿se
puede saber cómo tengo que salir de este círculo si es
lo que principalmente he conocido?
- Bueno –sonrió Halaus-, tampoco creo que sea lo
que “principalmente” has vivido… cosas buenas te
tienen que haber pasado también…
- Espera –interrumpió de nuevo-, déjame
terminar… mira, te pondré un ejemplo –tomó una gran
bocanada de aire y se lanzó-. Sabes –la voz le
temblaba-, veo en ti a un gran amigo, pero el miedo de
volverme a equivocar con las personas me impide ser
yo mismo, me impide abrirme y expresarme con
sinceridad. Las malas experiencias vividas me han ido
marchitando y progresivamente han apagado mi luz y
eso me hace ser demasiado cauteloso… y es que no
61
tengo término medio Halaus, cuando empiezo siempre
termino por hablar demasiado, es inevitable… y
entonces te pierdo… sabes –retomando el hilo-, mi
vida ha sido como un vaso que se va llenando de
lágrimas. Una vez lleno hay una gota que colma el
vaso y éste se vacía un poco, pero claro, no se vacía
del todo y es muy fácil que otra gota lo vuelva a
colmar –lo soltó todo de tirón, cogió de nuevo aire y
volvió a la carga-. Los golpes te van haciendo
insensible, pero evidentemente tampoco quieres
aceptar la posibilidad de encajar más…
- Narum –tan bajo que casi no le pudo oír-, ves,
puede que hasta ahora las cosas hayan sido de este
modo, pero parece que poco a poco ya están
cambiando –suspiró y habló en tono más relajado-.
¡Fíjate, hasta diría que te has expresado con total
sinceridad y aún estoy aquí! ¿No crees?
- No sé por qué, pero me es muy fácil hablar
contigo –se puso rojo como un tomate de vergüenza,
estaba sonando patético-. Gracias -¡ah! ¡Qué estaba
diciendo!-. Es que nunca había tenido una
conversación así –intentó arreglar-. Mmmm… es
que… –cada vez la iba pifiando más, pero finalmente,
y por suerte, Halaus le frenó.
- Shhhh… no digas nada más. Todos tenemos
nuestros días malos… –le detuvo medio riendo- sólo
una cosa antes de marcharme… ya te puedes ir
acostumbrando a conversaciones de este tipo, eh…
bueno, ya iremos practicando –y le dio una palmada de
ánimo en el hombro.
- Ay… –musitó Narum que en todo aquel rato no
se había acordado de que tenía todo el cuerpo dolorido.
- Veo que aún no estás al cien por cien –con
ironía-. Mejor te dejo descansar un poco. Nos vemos
mañana.
62
Aquella noche volvió a soñar. Pero esta vez fue
distinto, él no estaba presente. Era Elha, bella como
siempre, respirando calmada en su cama, durmiendo.
Lentamente fue abriendo los párpados, se incorporó y
se frotó los ojos con los puños cerrados para
desperezarse. Miró el reloj que colgaba de la pared de
su cuarto, parecía que atendiera algo. Salió de las
sábanas y de cuclillas se puso su túnica.
Silenciosamente, abrió la puerta de su compartimiento
y, paso a paso, sin hacer ruido, con el máximo sigilo
posible, empezó a bajar la escalerilla y a cruzar el
pasillo. Salvó la habitación de Narum, luego, la de
Halaus y, finalmente, la de su amiga Bélathar,
vigilando en todo momento a ambos lados para
cerciorase de que nadie la estuviera observando.
Continuó andando unos metros, hasta detenerse al lado
de un sofá en la salita de estar de la habitación. Se
sentó. La primera impresión de Narum fue que Elha se
disponía a dormir otra vez, pero no fue así, pronto vio
que la chica estaba intentando concentrarse al máximo.
Había vuelto a cerrar los ojos, sus párpados tintineaban
levemente, el rostro tenso, el ceño fruncido, aunque el
resto del cuerpo relajado. Una pálida luz había
empezado a brillar del interior de su pendiente…
amarillenta se fue transformando gradualmente…
verde, marrón, rojiza, hasta detenerse en el púrpura
pasando por las distintas tonalidades… Narum como
espectador externo se había quedado de piedra, Elha
no parecía sorprendida ni lo más mínimo… restó
inmóvil durante unos segundos más… la luz de su
pendiente se fue difuminando hasta que volvió a la
normalidad. La esfera sostenida por la cadenita
plateada había recobrado el color amarillento que le

63
caracterizaba… Elha se levantó despacio y se dispuso
a regresar a la cama…
Narum se acababa de levantar. Incrédulo por lo que
acababa de soñar, estaba intranquilo. No podía ser
verdad… en fin, los sueños no paraban de atormentarle
aquellas últimas noches, pero no necesariamente todos
tenían que ser premociones… pensándolo bien, aún
ninguno de ellos se había cumplido. Despejó su
cabeza, aún era tarde, pero ya no tenía más sueño.
Hacía calor, le apetecía una breve paseada por los
silenciosos corredores de la Cúpula. Se levantó y se
echó la túnica por encima. Sin hacer ruido, salió de su
compartimiento y, unos segundos más tarde, ya se
encontraba en la sala de estar. Se dispuso a partir sin
demora, pero en el camino se llevó una sorpresa, Elha
estaba tumbada en uno de los sofás durmiendo. Narum
se le acercó lentamente, pensando en el sueño, en lo
que había sucedido la noche anterior en su
habitación… suavemente depositó una de sus manos
en su hombro… ¡Aaahhhhh! Elha pegó un grito
sobresaltada.
- Tío Narum, vaya susto que me has dado… –aún
muy alterada- ¿Qué haces tú aquí?
- Nada, no podía dormir y… –intentando inventar
una excusa para evitar hablar del sueño que acababa de
tener- me apetecía dar un paseíllo. ¿Y tú?
- Nada mira, eh… yo también, bueno, eh…
tampoco podía dormir y he salido para tomar un poco
de aire, pero… la comodidad del sofá me ha atraído y,
eh… me he quedado dormida…
- Elha ¿te pasa algo? Estás un poco rara…
- ¡Como pretendes que me encuentre si me acabas
de dar un susto de muerte! Tío aún estoy súper… ¡n-
nerviosa! ¿Comprendes?

64
- Eh, sí, sí… ¿te apetece dar una vuelta entonces? –
preguntó intentando cambiar de tema como fuera.
- Bueno vale –respondió dejando entrever una
tímida sonrisa.
Salieron juntos de la habitación. Pasearon durante
unos minutos por los fríos y desiertos pasillos de la
Cúpula, en silencio, ninguno de los dos osaba decir
nada. Pasaron por delante de la habitual sala de
prácticas, evitaron entrar en el cruce que daba a la
habitación del círculo blanco, subieron y bajaron un
par de escaleras dirigiéndose al límite de la zona en la
que tenían acceso permitido. Allí se detuvieron en un
cuarto cuya pared daba entera al exterior. Formaba
parte de la semiesfera que constituía la Cúpula y
dejaba entrar, parcialmente filtrada, la luz rojiza
proveniente del centro del volcán. Estuvieron allí
juntos un buen rato, aún sin decir nada, hasta que
emprendieron la vuelta a la habitación. Volvieron a
subir y a bajar escaleras, cruzar pasillos, pasando por
delante de la pared corrediza que daba acceso a la sala
de higiene personal, por delante de la biblioteca y
también de la sala de ocio, junto al bar, salvando la
tentación de pararse y echar una partida. De nuevo se
encontraban frente a la puerta de lo que era ya su
nueva casa. Narum se dispuso a hablar, pero Elha le
interrumpió bruscamente.
- Shhhhh… ¿lo has oído? –susurrando.
- Oído el ¿qué? –masculló Narum.
- Escucha, parece que viene alguien…
Estuvieron a la espera varios segundos y, sí, al
parecer Elha tenía razón, a lo lejos se oían las débiles
pisadas de alguien que se les debía estar acercando.
Los dos comenzaron a inquietarse, los pasos iban
ganando en intensidad a medida que se aproximaban.
- ¿Qué hacemos? –preguntó Elha angustiada.
65
- No sé –no sabía qué decir, Narum no estaba
acostumbrado a reaccionar ante aquel tipo de
situaciones-, mejor entramos en la habitación y
hacemos como si nada hubiera pasado…
Una parte de Narum se estaba muriendo de ganas
de que algo emocionante estuviera sucediendo, otra
parte le decía que era mejor ser prudente y no meterse
en líos y, aún más, su parte más objetiva le decía que,
tanto a él como a Elha, su imaginación les estaba
jugando un mala pasada y que las fervientes ganas de
que algo ocurriera les estaba haciendo ver cosas de
donde no había nada, sólo alguien que simplemente se
acercaba… pero no era así.
- ¿¡Pero qué dices?! –murmuró Elha- ¿Cómo se te
ocurre pensar algo así? Yo no tengo ni la más mínima
intención de volverme a la cama. Vamos a ver quién es
–concluyó.
- Bueno… como quieras –haciéndose el remolón.
Los pasos ya estaban al acecho. Los dos amigos se
miraron expectantes y se escondieron detrás de una
columna que sobresalía. A lo lejos, otearon una silueta
negra que se deslizaba velozmente; con cada zancada
avanzaba varios metros a pesar de su aparente corta
estatura. Narum y Elha se agarraban fuertemente de la
mano, pegados contra la pared, intentando contener la
respiración. El desconocido estaba a sólo unos metros.
Narum notaba su presencia e, inexplicablemente,
empezó a sentir la imperiosa necesidad de salir de su
escondite. Elha se le aferraba tratando de impedírselo.
Diez metros y avanzando… Narum sentía blanco… la
presencia de algo nuevo, pero a la vez conocido…
familiar… blanco… finalmente se pudo librar de la
presión de la chica y, en unos instantes, se encontró
cara a cara con el extraño. Éste se quitó la capucha y
se quedaron mirando el uno al otro fijamente.
66
Era un hombre de unos treinta y pico de años. Su
túnica, pesada y oscura como la de Narum, estaba
empapada por la incesante lluvia de Equam, provenía
del exterior. Su cara aún era joven, aunque también
curtida y lacrada por la experiencia, pero, por encima
de todo, destacaba un rasgo en él, llevaba dos
pendientes, uno en cada lóbulo. El primero era como el
de Gregor, la esfera de color negro, pero el otro era
especial, desprendía una magia interior propia. Tenía
la anilla plateada con la diminuta cadenita trenzada de
este mismo color, como los demás, pero ésta sujetaba
una esfera distinta, una pulida y reluciente esfera
blanca. Narum notaba una extraña sensación en su
interior, una sensación que nunca antes había
experimentado, algo le decía que estaba en el lugar que
le correspondía, que estaba haciendo lo correcto…
En la distancia se oyeron más pasos apresurados
que se aproximaban. El extraño, lejos de inquietarse,
les dedicó una leve sonrisa a Elha y a Narum a la vez
que les guiñaba el ojo y, tan rápido como había
aparecido, se esfumó sin dejar rastro. Unos segundos
más tarde, llegaron dos personas jadeando. Narum las
reconoció de haberlas visto por los corredores de la
Cúpula. Una de ellas era Imanta. Sin hacer caso de la
presencia de los jóvenes, la otra afirmó…
- Ha escapado… –el miedo se reflejaba en su voz.
Imanta lo confirmó resignada con la cabeza.
Silencio… más silencio… a la postre, las dos se
volvieron al unísono y se dirigieron a ellos.
- ¿Estáis bien? –preguntaron amablemente; los
chicos asintieron- ¿Seguro? –reiteraron.
Los dos asintieron de nuevo. Imanta les acompañó
sin más dilación la decena de metros que les separaban
de la habitación y luego se despidieron. Mientras
Narum y Elha se dirigían a sus respectivos
67
compartimientos oyeron como las chicas se alejaban
parloteando. De entre los lejanos murmullos pudieron
descifrar unos inquietantes “… ¿pero cómo ha
podido…?”, “…si era imposible sin…”, “… del otro
pendiente blanco…”, “¿y ahora qué?”.
Desde lo alto de las escalerillas se miraron con
complicidad y se desearon las buenas noches. Mañana
ya tendrían tiempo de discutir sobre ello. Narum entró
en su cobijo. Thoor estaba al lado de la cama
esperándole. Narum le acarició la cabeza, se quitó la
túnica y volvió a meterse entre las sábanas. Estuvo un
rato dándole vueltas a lo ocurrido, no podía quitarse
una palabra de la cabeza… Ardemum.

68
VII
El tiempo fue transcurriendo en la Cúpula, pero
desde entonces ya nada volvió a ser igual. En los
pasillos se respiraba inseguridad, las pequeñas
fracciones de conversación que Narum y sus amigos
conseguían captar, sólo hacían aumentar el misterio
entorno aquel objeto desaparecido que, por lo visto, el
insólito ladrón llevaba puesto en la oreja. Fue por esto
y por la enorme cantidad de tiempo libre de la que
disponían desde entonces que, después de que Narum
y Elha les contasen todo lo sucedido a Halaus y a
Bélathar, los cuatro decidieron investigar los hechos.
Lo increíble fue que, pasadas más de dos semanas de
búsqueda, hurgando entre infinidad de libros y
archivos de la biblioteca, no hubieran encontrado ni el
más mínimo indicio de la existencia del misterioso
pendiente, así pues, en la madrugada del último día de
infructuoso esfuerzo, Narum decidió tomar una
medida drástica; pasado mañana irían al despacho de
Gregor y allí, con la ayuda de Thoor conectado a la
red, buscarían entre sus documentos para descubrir
algo, ya no pedían la identidad del delincuente ni sus
motivos para el robo, sino, ni que fuera, un poco de
información sobre el pendiente.

Mañana sería el gran día. Narum se acababa de


levantar, había dormido unas diez horas terrestres,
normal teniendo en cuenta la situación de descontrol
69
que se vivía en la Cúpula desde el suceso. Gregor
había entrado dos días después de éste en la habitación
y, alegando un cierre parcial por vacaciones, les había
dado total libertad. Ya no habría más sesiones
especiales que requirieran despertarse en medio de la
noche para ir a batirse en duelo, de hecho, ya no habría
más sesiones de ningún tipo. Ahora cada uno iba por
su cuenta, normalmente Narum quedaba con Halaus y
Bélathar para ir a la sala de prácticas e ir entrenando y
aprendiendo todos juntos. Él también le insistía a Elha,
pero ésta estaba tan absorbida en el tema del pendiente
que dedicaba la mayor parte de su tiempo a indagar
más en el asunto. Por ejemplo, un día cuando los tres
estaban en la sala haciendo unos ejercicios de
levitación, que por cierto, Narum aún no conseguía
suspenderse más de tres segundos en el aire, aunque ya
fuera un principio, Elha descubrió que en la Cúpula se
habían suspendido la mayoría de los mítines y
congresos programados y que por eso ya no tenían más
instructores; los únicos residentes que quedaban eran
altos cargos, que estaban todo el día reunidos hablando
de asuntos de máxima seguridad, una decena de
encargados de mantenimiento y algún que otro
despistado.
Como iba diciendo, Narum se acababa de levantar,
se había puesto la túnica y se dirigía hacia la pared-
puerta corrediza de la sala de higiene personal. Como
siempre, había deseado unos buenos días a Thoor,
aunque esta vez mimándolo un poco más, mañana, si
todo salía bien, les sería de gran ayuda, y había pasado
al lado de los zapatos que tenía olvidados en un rincón
de su cuarto. En la Cúpula el suelo estaba recubierto
con parqué de madera de roble, que contrastaba
notablemente con las paredes y muros de piedra negra

70
y mármol blanco, y, por lo tanto, se podía prescindir
de calzado.
Se apresuró a darse una ducha de agua fría, a las
treinta-y-cinco había quedado con Halaus en la sala de
prácticas y sólo le quedaba una hora equamense, unos
veinte minutos en la Tierra. Por el pasillo, de vuelta a
la habitación, se cruzó con Sikma paseando solo, y le
recordó a él. Unos cuarenta-y-cinco minutos más tarde
se encontraba en el punto de encuentro, Halaus ya le
estaba esperando.
- Perdona, el tráfico me ha retenido –sonrió Narum
disculpándose en broma.
- Si ya… –contestó Halaus en actitud
malhumorada- la próxima vez intenta ser un poco más
original –le advirtió en tono severo, aunque riendo por
debajo la nariz.
- Lo tuyo no es fingir estar enfadado… –Narum se
sentía cómodo con Halaus, podía hablar relajadamente
con él, con total confianza- ¿Hace mucho que te
esperas?
- Que va… yo también acabo de llegar.
Narum no tenía ni la más ligera duda de que esto
fuera cierto, en la cara de su amigo aún se veían las
marcas de la almohada pegadas en su piel.
- Eh Halaus –cambió de tema-, ¿estás preparado
para mañana? –dijo tratando de añadir más emoción al
asunto.
- ¿Estar preparado para qué? –disimulando.
Narum le miró extrañado, ¿cómo podía ser que a
Halaus se le hubiera olvidado? Pero es que éste se
acababa de percatar de que otro chico estaba
escuchando su interesante inicio de conversación. Se
lo indicó a Narum echando una mirada en su dirección.
- Eso, estar preparado ¿para qué? –preguntó el
escucha.
71
Era Feb, el chico del compartimiento D11. Era de
complexión robusta, debía medir unos treinta
centímetros más que Narum, de piel rojiza y con el
pendiente ascendido a color verde.
- Nada –respondió Narum-, mañana, más o menos
a esta hora, estaremos practicando en la sala de duelo.
- De esto precisamente es de lo que te quería
hablar –comentó Feb.
- ¿De la sala de duelo? –preguntó Narum
incrédulo- No me digas… como quieres estar seguro
de empezar con buen pie, has decidido retar al más
negado de toda la Cúpula… interesante…
- ¡Narum! –saltó Halaus- Tío, no seas tan duro
contigo mismo, vas progresando, es algo temporal…
- Bueno, aceptas o ¿no? –insistió Feb impaciente.
- Si no hay más remedio… –contestó conformista.
Retar a los compañeros a duelos se había
convertido en una práctica habitual dada la enorme
cantidad de tiempo libre de la que disponían, aún así, a
Narum nadie se lo había propuesto hasta entonces. Su
primera respuesta a esta situación fue ¿quién se iba a
atrever con el poseído por el círculo blanco? Aunque,
con los días, fue cambiando hacia otra postura…
¿quién iba a querer perder el tiempo con él? Desde el
robo que, paulatinamente, la mayoría se había ido
olvidando de lo sucedido en la sala de magia negra,
hasta el punto de que casi todo el mundo le trataba
como a uno más del montón.
Un grupo de siete ya se dirigía hacia la extensa sala
de duelo. Entre ellos estaban Elha y Bélathar que se
habían unido durante el trayecto y que
disimuladamente se estaban burlando de la cómica
situación. Halaus, que parecía saber en lo que Narum
estaba pensando, no paraba de lanzarle miradas de
reprobación, a pesar de eso, no decía nada, por más
72
que intentara levantarle el ánimo, en aquellos
momentos no iba a servir de nada. Se le veía bastante
fastidiado, no tenía ningún tipo de ganas de batirse en
un estúpido duelo y menos para hacer el ridículo frente
a todos. Fue arrastrando sus pies descalzos por la
madera hasta la arena. Narum se imaginaba la escena;
él espatarrado en el centro de la sala medio KO
mientras los demás iban desternillándose y
compadeciéndose de él. Ni hablar, esto no iba a
suceder.
Había llegado el momento. Shar, una amiga de Feb
parecida al extraño ser govaniense de “Nguanka si
kudu”, había encendido los interruptores y el gran foco
semiesférico ya se alzaba imponente en el ahumado
techo iluminando todo el terreno. Narum y Feb estaban
cara a cara preparados para empezar. Sus amigos se
habían sentado en las gradas, detrás de lo que parecían
ser las ruinas de un antiguo templo griego. Fue
precisamente allí donde Narum corrió a esconderse
cuando Feb lanzó, desde las alturas, su primera
embestida. Se veía acorralado, sin salida, no tenía
ninguna posibilidad. Feb no paraba de acosarle con sus
patéticos destellos de fuerza, pero aún resultaba más
patética la posición de Narum, oculto detrás de una
columna sin saber qué hacer. Él aún no sabía modular
el aire, controlar lo que le rodeaba, hacer que su mente
traspasara su cuerpo y se uniera con su entorno, por lo
tanto, estaba claro, tenía que olvidarse de la magia y
pensar en otra salida, sacar de su prodigiosa inventiva
una solución, no necesitaba que fuera muy ingeniosa,
sólo quería que fuese práctica e instantánea. Y así fue.
Armándose de valor, cogió una piedra de tamaño
considerable que se encontraba junto con las demás
runas y dirigió a su oponente una mirada desafiante.
Desde la grada todos lo observaban asombrados. Sin
73
prestarles atención, Narum la lanzó con todas sus
fuerzas al aire hacia el otro lado del campo. Feb
pensándose que iba dirigida hacia él, se elevó aún más,
situándose debajo del enorme foco y extendiendo
alrededor suyo un campo protector. La piedra impactó
con fuerza contra la pared… no, contra la pared no.
Había dado justo en el blanco, en los ahora
destrozados interruptores de la sala. Todos se habían
quedado pasmados sin aún comprender muy bien lo
que estaba sucediendo. La luz del gran foco parpadeó
y se apagó dejándolo todo a oscuras. Luego, sin
tiempo para reaccionar, la semiesfera se desplomó
desde el techo cayendo con un fuerte estruendo
metálico en la arena. Feb había quedado debajo.
Narum lo había atrapado, como quien captura a una
mosca con un vaso. Unos segundos después, todo
estaba en silencio. Narum temió lo peor, pero por
suerte la quietud duró poco y pronto se oyeron unos
golpes procedentes del interior del foco, junto con
unos gritos sofocados de “¡Eeeehhhh!”. Shar y
Bélathar fueron en busca de Gregor y éste, después de
ver lo ocurrido, llamó a una encargada de
mantenimiento que arregló los interruptores sin
problemas. Al final Feb pudo ser rescatado sano y
salvo, pero el enfado con Narum le iba a durar unos
cuantos días…

Aquella misma noche los cuatro amigos decidieron


ir a cenar y después a divertirse en el bar de la Cúpula.
Desde el suceso, el servicio de comedor había quedado
clausurado por falta de personal y los chicos tenían
que arreglárselas por sí mismos. Fue entonces cuando
el bar se convirtió en la única zona en la que podían
convivir con el resto de los habitantes de la Cúpula.
Éste era un lugar para desconectar de todo, los
74
congresistas que pasaban todo el día encerrados en
reuniones iban allí para tomar unas copas y charlar un
rato con sus colegas. El ambiente era fantástico, de
hecho era una especie de bar-restaurante musical, en
donde la música la ponías tú. Había un escenario en
una de las esquinas, un poco apartado de las mesas y
de la barra, lugar en el que los clientes subían e
interpretaban sus canciones favoritas, como en un
karaoke, pero con la posibilidad también de tocar la
batería, la guitarra eléctrica y todo tipo de
instrumentos, algunos de los cuales desconocidos para
la mayoría.
Eran las ochenta-y-cuatro, hora de máximo bullicio
en el bar, y el grupito de amigos se acababa de sentar
en su mesa habitual con vistas, a través del cristal
ahumado, al interior del volcán. Pronto se les acercó
Imanta, que hacía una semana habían descubierto que
era la encargada del local, y les preguntó…
- ¿Qué tomaréis?
Narum y Bélathar cogieron algo parecido a la pasta
terrestre y para beber una botella de agua fría, uno de
los menús más económicos de la carta. Elha, en
cambio, encargó una ración doble de crema verde-
rojiza más una bebida energética, y, por último, Halaus
se conformó con un pequeño snack y un refresco. Al
cabo de unos minutos un camarero les trajo la comida.
Por el entonces el ruido en el bar era ensordecedor,
entre la música en directo y el enjambre de
conversaciones que se entrecruzaban en el aire, apenas
podían oírse los unos a los otros, aún así, allí había
sido donde habían descubierto la mayor parte de los
detalles relacionados con el exterior, o más que
descubierto, intuido, cazando y uniendo palabras
sueltas que formaban un rompecabezas. Hoy, sin
embargo, no le prestaban atención, hoy eran ellos los
75
que estaban sumergidos en el habla, entre bocado y
bocado la conversación se iba desarrollando así…
- Eh Narum, ¿quieres un poco? –preguntó Elha
señalando su plato.
- No, gracias, ya estoy lleno –mirando con recelo
el contenido del cuenco de su amiga…
- Tío sabes, hoy por la mañana creí que te ibas a
cargar a Feb con aquél pedrusco –vomitó la misma con
la boca llena-. Vaya susto nos has pegado.
- Sí vale, ¿pero qué querías que hiciese? –contestó
Narum a la defensiva- No tenía alternativa… además
ya lo has visto, soy un cateto para la magia…
- Ya estamos otra vez con el mismo rollo –protestó
Bélathar- Tío Narum, estamos derrotistas ¿eh? Eres un
cateto con ideas. Anda, anímate un poco chico.
- Mira Narum, en mi planeta –empezó Halaus
metafísico- se dice que en el pasado había gente que se
dedicaba a inventarse historias. En ellas explicaban las
vidas de las generaciones futuras y, en la actualidad,
algunos creen que esos relatos desaparecidos guían las
acciones y los sucesos de sus vidas…
- Vaya uno tu planeta –interrumpió Elha-. ¡Ahora
sólo falta que le des una razón para quedarse de brazos
cruzados y justificar sus problemas e inutilidades
como mago con esa especie de rollo tuyo tipo destino!
- ¿Podrías gritar más para que todo el mundo se
entere, no? –sonrió Narum.
- Sólo estaba haciendo una metáfora –intentó
aclarar Halaus-. Puede que haya sucesos que hayan
condicionado su vida, pero es él el quien tiene las
riendas de su futuro. Tiene el poder para hacer frente a
las causas y cambiar el curso de…
- Halaus, por favor, déjate de filosofías que
estamos comiendo –le cortó Bélathar.

76
- ¡Buagh! Esta potingue está asquerosa –soltó
Elha, que había desconectado hacía rato, para sí
misma, sin fijarse muy bien en lo que estaba diciendo.
- Ah… interesante… ahora ya sé porque antes
querías enchufarme a mí esa cosa –comentó Narum
irónicamente.
- No, si yo sólo…
- ¿Estáis preparados para mañana? –interrumpió
Bélathar intentando cambiar de tema- Yo estoy algo
nerviosa.
- Ya, yo también –se unió Narum-. Parece que aquí
estemos tan bien… Es como si esta vida nunca se
tuviese que terminar, aquí los cuatro, charlando y
pasando el rato, sin más preocupaciones que hacer un
poco de detectives sin saber muy bien a dónde nos
metemos…
La voz de Narum sonaba llena de nostalgia, como
si después de mañana ya nada volvería a ser igual,
como si después de mañana todo se perdería para
siempre. Los otros lo notaron y suspiraron a la vez con
la mirada perdida intentando recordar todos los
momentos que habían pasado juntos.
- ¡Eh! ¡Basta de este pesimismo! –reaccionó Elha-
¿Vamos a echar una partida? –propuso.
Todos estuvieron de acuerdo. Durante aquellas dos
últimas semanas se había convertido en unos de sus
pasatiempos favoritos. Se levantaron de las sillas y le
dijeron a Imanta que después volverían a terminarse
las bebidas. Salieron del bar y se dirigieron a la puerta
contigua que daba a la sala de juegos. Ésta estaba a
rebosar. En ella había distracciones de todo tipo,
deportes, máquinas recreativas, videojuegos, naipes,
rompecabezas, acertijos, dados y, por supuesto, magia,
mucha magia. Sus preferidos eran el futbolín y el
“basquetín” virtuales. En ellos te ponías un de casco
77
que recibía los impulsos de tu cerebro. Cada
participante controlaba los jugadores de su equipo, al
ser ellos cuatro, cada uno se encargaba de la mitad del
equipo. A través del casco podías dominar todos sus
movimientos, regates, desmarques, tiros a canasta,
disparos a puerta… lo más difícil era compenetrarse
con el compañero para trazar distintas jugadas y
estrategias. Elha y Bélathar eran las que se lucían más
en el futbolín, en cambio, Narum se salía en el
básquet. Halaus más o menos se defendía en las dos
modalidades, pero esto era lo mejor, hacía que se
dieran cantidad de situaciones divertidas, faltas
descaradas, debacles en defensa, pases heterodoxos,
errores garrafales en el tiro…
Aquella noche estuvieron jugando durante más de
diez horas equamenses, unas tres horas terrestres.
Después regresaron de nuevo al bar.
- Pfffff… -suspiró Elha- ¡Ha sido una pasada! Y
vaya golazo que te he metido ¿eh?
Ella y Bélathar estaban radiantes, se pasaron el
resto de la noche hablando de las partidas y riendo a
carcajada limpia. Narum estaba derrotado, tanta
diversión le había dejado sin energía y, además, hacía
rato que se había dado cuenta de que Halaus no era el
mismo, estaba apagado, muy distinto a lo habitual.
- Eh chicos, ahora volvemos –dijo Bélathar
saliendo de su intensa conversación con Elha- ¿Vale?
Los dos asintieron con la cabeza y las chicas se
alejaron sin decir a dónde iban. El bar se estaba
vaciando poquito a poco y los decibelios ya habían
bajado considerablemente. Halaus y Narum estuvieron
en silencio durante unos minutos, hasta que finalmente
este último habló.

78
- Halaus, ¿te pasa algo? –se interesó preocupado-
Hace rato que te noto muy extraño, distinto,
apagado…
- No sé tío, es que estoy pensativo –confesó-.
Nunca antes había sentido nada igual, parece que
ahora por primera vez estoy recibiendo y me estoy
mostrando tal como soy, sin nada que me lo impida…
es una sensación nueva para mí.
- Ya… yo te comprendo –asintió Narum-. Te
sientes confuso, a mí me pasa lo mismo, también por
primera vez me siento realmente bien en un grupo y no
sé muy bien qué hacer para que no se vaya todo al
garete… –hizo una breve pausa para coger aire- Sabes,
voy a decirte algo a ver si te ayuda… yo al principio te
veía como una galaxia, el objeto más brillante del
universo capaz de iluminar hasta los rincones más
oscuros, pero me he dado cuenta de que también en tu
interior tienes como un agujero negro que te va
consumiendo, una barrera que te impide abrirte,
recibir, expresarte en libertad…
- Supongo que tienes razón –sonrió-. He estado
acostumbrado a siempre dar sin recibir nada a cambio,
que tampoco era mi intención, pero aún así, día tras
día, lentamente, me ha ido marchitando –se detuvo-.
Además –prosiguió-, la sociedad de mi planeta
tampoco te invita a explotar, a destaparte como
persona… ahora, influenciado como estoy, no sé como
romper estas barreras que me impiden dar todo lo que
tengo, sentirme lleno, dejarme de tonterías…
- Eh Halaus, no te preocupes, va a ser difícil, pero
nunca es demasiado tarde para cambiar… juntos
traspasaremos nuestras fronteras, ¿vale?
- Gracias Narum, eres un amigo –y se abrazaron.
Justo en aquel momento llegaron Elha y Bélathar,
que se miraron sorprendidas.
79
- Ejem… ¿se puede saber qué está pasando aquí?
- Mmmmm… eehhh… ahhh… –intentando evitar
sus miradas- ¡Nada! –respondieron Narum y Halaus al
unísono tratando de salir de aquella embarazosa
situación.
Hasta pareció que la pálida cara de Halaus se
sonrojaba un poco.
- Sí… ya… seguro –dijo Elha acusadora y
cambiando de tema-. Eh Narum, mira lo que te hemos
traído –enseñándole su reproductor digital.
- Hemos pensado –siguió Bélathar- que ahora que
ya queda poca gente en el bar y como muchas veces
estás escuchando música, podrías salir al escenario y
cantarnos algo ¿no?
- ¡Qué estáis diciendo! –se rebotó Narum muerto
de vergüenza- ¿Solo?
- Bueno, si quieres hacemos aquella canción que
me has dejado escuchar a veces y te acompaño en la
batería –propuso Elha.
- ¡Vamos Narum! –dijo Halaus animándole.
Al final Narum accedió y, junto con Elha, subió al
escenario. Poco a poco, la gente restante en el bar se
fue percatando de su presencia y, cuando todo el
mundo estuvo al caso, las guitarras eléctricas
empezaron a sonar a todo volumen. Elha entró con la
batería y después llegó el turno de Narum, al que al
principio se le notó algo inseguro, pero que
rápidamente se metió de lleno en la canción. The moon
on a spoon era un tema que hablaba de la guerra y de
los distintos valores degradados de la sociedad, de la
esperanza y del amor que todos necesitamos respirar y,
fue entonces, cuando, sin darse cuenta, sumergido en
la música, se fue elevando unos palmos del suelo, fue
en aquel preciso instante, cuando comprendió el
verdadero significado de la magia. La magia no era
80
disparar rayos de energía, ni crear escudos protectores,
ni nada por el estilo; la magia era algo mucho más
espiritual, eran los distintos sentimientos de felicidad,
alegría, tristeza o dolor que todo el mundo
experimentaba a lo largo de su vida, la magia debía
consistir en comprender y transmitir esas sensaciones,
influir positivamente en los sentidos de los demás,
algo tan sencillo que debería estar al alcance de la
mayoría, pero que a su vez, muy pocos acababan
consiguiendo.
Los casi cuatro minutos de canción llegaron a su
fin. Narum y Elha bajaron del escenario
entusiasmados. Halaus y Bélathar les felicitaron y
juntos volvieron a la habitación. Antes de irse a la
cama, estuvieron un rato en la salita de estar ultimando
los preparativos para mañana. Cuando terminaron, se
desearon las buenas noches y entraron en sus
respectivos compartimientos. Narum estaba agotado,
se quitó la túnica y se echó las sábanas por encima…
su pendiente había cambiado de color.

81
VIII
Al fin llegó el día siguiente. Ninguno de los cuatro
había conseguido pegar ojo en toda la noche, se veía
en sus aletargados movimientos, pero, a pesar de eso,
nadie se quejó y a les veinte horas estaban todos
preparados frente a la puerta de la habitación.
El plan para colarse en el despacho de Gregor
constaba de tres fases. Primero, tenían que entrar en la
zona cuyo acceso estaba restringido únicamente a
congresistas, responsables y dirigentes de la Cúpula.
Con este propósito, cada uno se había pintado la esfera
del pendiente de un color de nivel notablemente
superior al suyo para poder pasar desapercibidos;
Halaus de gris, Elha de púrpura, Bélathar de azul
marino y Narum de granate. La única conexión entre
su zona y la de los congresistas era a través del bar,
con una puerta a ambos lados, aunque a estas horas de
la mañana aún permanecería cerrado. Una vez salvado
el primer escollo, la segunda fase consistía en localizar
el estudio de Gregor y esperar o hallar algún modo de
que él no estuviera dentro. Finalmente, y una vez
asegurada su posición en el despacho, debían conectar
a Thoor a la red para surfear entre sus archivos y así
rastrear cualquier tipo de información sobre el
misterioso pendiente.
Eran las veinte horas y cinco minutos equamenses
y se ponían en marcha. Habían escogido aquel
momento de la jornada porque la actividad en la
82
Cúpula aún era reducida y esperaban que, con suerte,
no llamarían demasiado la atención. La elección probó
ser la acertada, de camino al bar no se cruzaron con
nadie, así que, tres minutos más tarde, ya se
encontraban frente a su puerta dispuestos a poner en
práctica una de las partes más complicadas de la
operación.
Mientras Narum y Bélathar vigilaban que nadie se
acercara, Elha empezó a quemar un papel mediante un
encendedor. Cuando ya desprendió humo en suficiente
abundancia, Halaus, lo dirigió hacia la cerradura de la
puerta y lo hizo pasar a través de ella. Una vez el
humo cogió su forma, Elha sacó una especie de polvo
metálico molido de su bolsillo y, con ayuda de Halaus,
hicieron que éste se fuera compactando entorno a la
silueta del humo que habían obtenido en forma de
molde de la cerradura. Unos instantes más tarde, tenían
en sus manos una conseguida llave plateada. Se
apresuraron a entrar en el bar y, sin entretenerse, se
dirigieron a la puerta del lado opuesto que daba acceso
a la zona restringida. Siguieron el mismo
procedimiento para abrirla, esta vez con un poco más
de agilidad, y se escurrieron por debajo de ella. Por el
momento todo se había desarrollado sin ningún
contratiempo.
Encontrar el despacho de Gregor también resultó
ser tarea más fácil de lo previsto. Bélathar se lo
preguntó a un hombre que limpiaba los cristales de la
Cúpula y, en un par de minutos, ya estaban en su
interior. Sorprendentemente, se habían encontrado la
puerta abierta y el despacho vacío. Esto, junto con el
hecho de que los ordenadores utilizados por Gregor
eran idénticos a los de la Tierra, hacía que las cosas no
pudieran ir mejor.

83
Narum encendió los dos situados encima del
escritorio y Bélathar, que también estaba familiarizada
con aquel tipo de tecnología, conectó a Thoor a uno de
ellos. Los tres se pusieron manos a la obra. Elha y
Halaus observaban atentamente. Estuvieron allí unas
cinco horas equamenses sin sacar ningún fruto.
Estuvieron examinando centenares de archivos, uno
por uno, en todos los directorios de los ordenadores,
navegando por la red y, de vez en cuando, hasta
descargando información sobre el universo que algún
día creían que podría serles de utilidad a la memoria de
Thoor, pero ni rastro del pendiente. Al final, Narum y
Bélathar desistieron y, mientras ellos comentaban la
jugada con sus compañeros, dejaron que el dotado
peluche siguiera buscando por su cuenta. Una hora
equamense más tarde parecía que éste había
encontrado algo. Narum encendió su proyector, el
mismo que había usado cuando buscó información
sobre Govanem, y de los ojos de Thoor salió un haz de
luz que plasmó en la pared una pantalla con miles y
miles de palabras. De entre ellas había subrayada una
frase: “…los pendientes fueron descubiertos hace unos
cinco mil años en la remota galaxia de Inaan…”. Los
cuatro se miraron entusiasmados, al fin una pista…
pero cuando se disponían a leer el resto del texto, la
pantalla se quedó en blanco.
- Aquí no encontraréis lo que estáis buscando –dijo
una voz familiar.
Gregor les acababa de dar un susto de muerte. El
enchufe que unos instantes atrás conectaba a Thoor al
ordenador yacía colgando de la mesa. Nadie sabía qué
decir, cómo excusarse por su intrusión…
- Ah, felicidades… veo que habéis hecho notables
progresos –dijo el profesor con sarcasmo señalando
sus pendientes.
84
Los cuatro se apresuraron a quitarse la pintura que
recubría las esferas. Elha tuvo un poco más de
dificultades, pero al final, sin demora, su pendiente
volvía a ser de su habitual marrón claro.
- Supongo que todo esto tendrá una explicación,
¿no es así? –prosiguió Gregor inmutable.
Todos permanecían a la espera, sin saber cómo
reaccionar. Gregor aún no había dado muestras
definitivas de que estuviera “muy” enfadado o “muy”
molesto, y ninguno de ellos se atrevía a hablar para
luego meter la pata. Finalmente, y después de un buen
rato de silencio incómodo, Gregor cerró los ojos y
suspiró.
- Pero bueno, ya me la daréis otro día –excusó a
los chicos con una leve sonrisa y empezó una
explicación que ninguno de ellos habría esperado en
aquella situación-. Como ya sabéis, de hecho lo
acabáis de leer, los pendientes fueron descubiertos
hace unos cinco mil años en la lejana galaxia de Inaan
–se pausó, los cuatro le miraron incrédulos-, pero su
historia se remonta miles de millones de años atrás,
quince mil millones de años, para ser exactos. En
aquellos tiempos, el universo tal como nosotros lo
conocemos no existía y, en su lugar, había otro, un
universo joven e inexperto de entre el cuál sobresalía
una emergente y próspera civilización, de la cuál
puede que ya hayáis oído hablar, la llamada
civilización de los Antiguos. Esta civilización estaba
mucho más avanzada que todas las demás y hasta se
dice que su conocimiento del universo era completo.
Eran una sociedad pacífica, bondadosa y altruista y es
por esto que decidieron ayudar a los demás pueblos
emergentes de las distintas galaxias a avanzar más
deprisa por las distintas etapas para que no sufrieran en
el largo camino de la evolución, dándoles acceso a
85
parte de su tecnología y conocimientos. Pero actuando
de esa forma, los Antiguos mostraron su ingenuidad y,
aunque con buena voluntad, crearon un gran problema
–Gregor hablaba despacio, como si estuviera contando
un cuento-. Todo ser vivo, del mismo modo que las
civilizaciones, va aprendiendo a lo largo de su
existencia, aprende de sus errores y etapas más oscuras
y va ganando en experiencia, así que, al saltarse fases
importantes de su historia, las civilizaciones que los
Antiguos ayudaban crecían sin una base sólida a sus
espaldas… es como si a una persona la hicieras pasar
de bebé a adulto en sólo unos meses, se vería
totalmente perdida, sin saber de qué va la vida, cómo
funcionan las cosas, cómo relacionarse con el
mundo… con todo, los Antiguos se habían hecho muy
amigos de varios pueblos con los que interaccionaban,
pero en especial de los Ulan, una joven y
despreocupada civilización que no conocía el
sufrimiento y los traumas de las guerras, dispuesta a
conocer mundo costara lo que costase. Los Antiguos,
en señal de su amistad, decidieron hacerles un regalo
en el cuál habían depositado todos sus conocimientos,
el saber absoluto, unos pendientes –los cuatro estaban
absortos en la historia-, blancos, como podéis
imaginar… los Ulan se quedaron uno y los Antiguos el
otro. Entre los dos había una fuerte conexión; a partir
de aquel día el más alto cargo de cada una de las
civilizaciones llevaría el pendiente y, a través de él,
sabría todo lo que el otro pensara. Fue entonces
cuando a los Ulan, confiados al verse tan superiores a
los otros pueblos, se les subieron a la cabeza las ansias
de poder y, ajenos a lo que las guerras conllevaban,
muerte, drama social y destrucción, sucumbieron a la
avaricia y empezaron una campaña de invasiones con
el conocimiento que les había sido otorgado. Los
86
Antiguos veían impotentes como sus amigos les
habían traicionado. Los Ulan intentaban acaparar más
de lo que nunca podrían necesitar y, además, cada vez
que los primeros intentaban intervenir para cambiar el
rumbo del desastre, éstos se anticipaban a sus
movimientos mediante el pendiente blanco,
impidiendo, así, que los Antiguos pudieran poner
remedio. Finalmente, el jefe de los Ulan decidió
apoderarse también del otro pendiente para tener el
control total y absoluto del universo y persiguió a sus
antiguos aliados por todos los rincones de la galaxia,
siempre conocedor de su paradero a través del
pendiente. Desesperados, y viendo que éste estaba
siendo su perdición, los Antiguos tomaron una medida
drástica… se deshicieron de su joya, cometiendo así
un grave error. No pasó mucho tiempo hasta que los
Ulan la encontraron, pero no todo fue coser y cantar
para ellos, el fabricante de los pendientes,
anticipándose a aquella situación, les había tendido
una trampa… –Gregor se pausó para tomar aire- justo
en el preciso instante en el que el gran mandamás de
los Ulan se puso el segundo pendiente en la otra oreja,
el universo, tal como lo conocían, empezó a
descomponerse. Primero se juntaron los planetas con
las estrellas, luego se unieron todas las galaxias,
contrayendo toda la materia existente en una especie
de bola incandescente de gran densidad que,
progresivamente, se fue concentrando más y más,
destruyendo todo lo que hasta aquel entonces existía y
borrando así el mal que los Ulan, e involuntariamente
los Antiguos, habían hecho. Llegó un punto en el que
la bola estuvo a tal presión y temperatura que estalló
violentamente con una gran explosión, a la que hoy
llamamos… Big Bang.

87
Los cuatro se habían quedado pasmados. Era la
historia más alucinante que nunca habían oído y
seguramente eran unos de los pocos que la sabían.
Narum se preguntaba qué diría su profesor de historia
universal sobre aquella original aunque veraz
explicación del Big Bang, suponiendo que desmentiría
todo aquel “cúmulo de tonterías”, calificándolo de un
puñado de mentiras. A pesar de eso, no comentó nada,
Gregor aún no había terminado.
- Y desde entonces no se supo nada más de los
pendientes –prosiguió-. Muchos creían que sólo era
una leyenda, pero hace unos cinco mil años, como ya
he dicho antes, se encontraron los dos en la remota
galaxia de Inaan y la historia pasó de ser de un simple
mito a realidad. Desde entonces, ya muy pocos se
atrevieron a contarla, temiendo que ésta se volviera a
repetir si salía a la luz. Es por eso que desde su
descubrimiento nadie ha osado ponerse los pendientes,
hasta hace sólo unos días, como ya bien sabéis –
Gregor desvió la mirada-. Eso sí, aunque nadie se los
puso, si que los examinaron a fondo, y, a partir de su
composición, se fabricaron los pendientes que la
mayoría llevamos para potenciar y ayudar a sacar la
magia que llevamos en nuestro interior… todos estos
días –empezó de nuevo Gregor intentando disculparse
por el extraño funcionamiento de la Cúpula desde el
suceso- nos hemos estado reuniendo para analizar las
posibles repercusiones del robo y para intentar
deliberar qué medidas se deben tomar. La situación
social-política actual del universo es algo compleja…
pero bueno, esto ya es otra historia… –concluyó
dejando este nuevo tema en el aire.
- Pero ¡Gregor… –protestaron los cuatro a la vez
que se habían quedado con la intriga.

88
- Nada de “peros”… aún es más, tendríais que
estarme agradecido por no haberme enfadado por
vuestra intrusión en mi despacho –respondió
sagazmente fingiendo sentirse molesto-. Y ahora mejor
que os vayáis, vuestros compañeros os deben estar
echando en falta…
- ¡Qué va! Si nadie… –interrumpió Bélathar, pero
enseguida frenó su respuesta en ver las miradas de
reprobación de sus compañeros.
- Además no querría meterme en ningún lío por
vuestra culpa. ¿Quién tuvo la brillante idea de entrar
en la zona restringida a los congresistas? –interrogó el
profesor.
Todos decidieron en silencio que aquel era el
momento idóneo para marchar, Gregor estaba
empezando a hacer preguntas y eso, en ningún caso,
sería bueno para ellos.
- Hasta una nueva ocasión maestro –se apresuraron
en partir sin descuidar sus modales.
- Tened cuidado al volver… y esconderos bien
debajo las capuchas para que no os vean los pendientes
–se despidió Gregor en tono de sorna.
- Gracias, lo haremos –y cerraron la puerta a sus
espaldas.
Cuando ya estaban a unos metros del despacho,
Narum se acordó de que se habían dejado a Thoor en
el escritorio. Volvió a entrar, cogió a su peculiar amigo
y se despidió de nuevo. Eran las treinta-y-tres horas
equamenses y mientras alcanzaba a sus compañeros,
Narum le iba dando vueltas a lo sucedido. Se habían
escabullido “in fraganti” en la zona restringida para
obtener una serie de respuestas sobre los pendientes y
ahora estaban saliendo de ella con aún más preguntas
en la cabeza. Gregor les había aclarado sólo una
pequeña fracción del enigma, la historia de los
89
pendientes… pero ¿qué había sobre el supuesto
ladrón? ¿Por qué sólo se había llevado uno? ¿Dónde
estaba escondido el otro? ¿Cuál era, en la actualidad,
la complicada situación del universo? Narum
encontraba que había muchas piezas sueltas que aún
no encajaban, piezas entre las cuales estaba él. Unos
instantes más tarde, ya los había atrapado y, en
silencio, volvieron los cuatro juntos a la habitación,
atravesando de nuevo el bar de la Cúpula ahora ya
abierto.
El resto de la jornada transcurrió deprisa, cada uno
más o menos por su cuenta, intentando practicar
algunos ejercicios, pero con la mente en otro sitio,
ocasionalmente hablando, pero también con cautela
vigilando que no hubiera más orejas escuchando, hasta
que llegó la “noche”, cuando, cansados, se fueron a la
cama más temprano de lo habitual. Mañana, aunque
aún nadie lo sabía, sería su último día en la Cúpula.

90
IX
Aquella mañana Narum y Halaus se levantaron
bastante más temprano que los demás. Hacía unas
semanas, antes del suceso, que lo habían acordado,
pero con todo el alboroto de aquellos últimos días, no
habían tenido tiempo de volver a hablar de ello. Aún
así, los dos se acordaban perfectamente.
Cada cuatrocientos años equamenses, unos mil
doscientos años terrestres, las dos estrellas que
formaban el sistema doble de Albireo se alineaban en
el mismo lado del planeta. Esa conjunción provocaba
que las incesantes tormentas que recubrían Equam se
trasladaran todas hacia un hemisferio, atraídas por las
enormes fuerzas gravitatorias producidas por las dos
hermanas celestes, dejando así la otra mitad del
planeta al descubierto frente al espacio exterior sin
ninguna capa protectora; una oportunidad única para
observar el firmamento.
Narum había estado esperando ansiosamente aquel
día. Tenía curiosidad para ver cómo se verían las
estrellas desde aquel rincón del universo, qué nuevos
dibujos trazarían las desconocidas constelaciones, en
cuál de ellas estaría el Sol… así que unas semanas
atrás había pedido permiso a Gregor para salir de la
Cúpula e ir a observar el poco común acontecimiento.
También se lo había comentado a Elha y a Bélathar si
querían venir, pero por lo visto las dos ya habían
hecho planes. La primera prefería dormir unas horas
91
más y Bélathar había quedado con su familia que los
llamaría aquella misma mañana. Así pues, instantes
antes de las cinco horas, los dos amigos partieron hacia
el hemisferio despejado. Utilizaron el mismo
teletransportador que habían usado el primer día para
entrar en la Cúpula, para, esta vez, salir de ella y,
luego, se deslizaron por la escotilla que daba al
exterior del volcán hasta su cráter. Anduvieron en
silencio durante largos minutos por debajo de la espesa
cortina de lluvia que, gradualmente, se fue diluyendo,
hasta llegar al hemisferio despejado y, un poco más
tarde, ya más adentrados en él, en lo alto de una colina
que presidía una basta explanada, se detuvieron para
observar la bóveda celeste.
Narum había traído a su inseparable compañero
Thoor para que, con su actualizada base de datos, les
ayudara a reconocer los distintos astros del cielo. Con
el tiempo pudieron reconocer las estrellas más
importantes de aquella parte de la Vía Láctea, Sirius,
Vega, Capella, Rigel, Betelgeuse, la ya conocida Altaír
y muchas más, la mayoría concentradas en una zona
alargada del cielo, formando como una cinta delante
sus ojos. Narum no paró hasta que encontró el Sol en
el entramado celeste, al lado de Sirius, de Vega y de
Altaír. La estrella polar se encontraba bastante
apartada de las demás, en dirección noreste, pasando
desapercibida como una simple luz más en el
firmamento. Sadr, la estrella principal del sistema en
donde nació Halaus, situada en la constelación
terrestre de Cygnus, también estaba alejada del cúmulo
principal, casi rozando la línea de las nubes que
separaba los dos hemisferios. Sadr se encontraba a más
de mil quinientos años luz de la Tierra y también era
una estrella doble, como Albireo, pero unas quince
veces más luminosa que ésta y unas sesenta mil veces
92
más que el Sol. Además tenía la añadida peculiaridad
de que su magnitud también variaba levemente con el
paso tiempo.
Las horas se iban sucediendo, Elha ya debería estar
despierta y Narum le fue contando a Halaus un montón
de anécdotas sobre las estrellas, sobre el origen de su
nombre, sobre los héroes griegos… hasta que se tumbó
en el suelo agotado, no sin antes desconectar la
pantalla de luz de Thoor que les proyectaba los
distintos nombres de los astros. Fue entonces, cuando
los dos yacían tumbados en la hierba, que Halaus
destapó una extraña conversación.
- Sabes Narum, el otro día… el que ocurrió el
incidente con el círculo… –irrumpió inesperadamente-
ya sabes… cuando entré en tu habitación y estabas con
Elha… me pareció interrumpir algo…
- No, no te preocupes, no era nada –contestó
Narum relajado-. Supongo que después de lo sucedido
estaba destrozado al creer haber encontrado la
respuesta a mi viaje, una respuesta que no esperaba de
ningún modo, encontrar que lo que te mueve proviene
de los fantasmas que hay en tu interior, no es algo
agradable… –suspiró- supongo que necesitaba algo de
comprensión, un poco de amor… –perdió la mirada en
el espacio- Hay veces en que puedes mirar con otros
ojos la realidad, verlo todo bonito, las formas, los
contornos, la belleza de todas las cosas y de las
personas y, en parte, lo haces para poder, o al menos
intentar, cambiar tu camino… sabes, yo necesitaba eso
–sus ojos volvieron a su amigo-, necesitaba un punto
de inflexión para redirigir mi vida… pero supongo que
ese no era el modo… –sonrió resignado-. Elha es muy
bella y una gran amiga, pero estos días que me habéis
ayudado tanto a olvidar y a empezar algo nuevo, me he
dado cuenta de que la quiero mucho, pero sólo como
93
eso, sólo como amiga y me parece que ella siente lo
mismo… ¡Hasta ni creo que llegáramos a besarnos!
- Eso no tiene importancia Narum… –dijo
suavemente Halaus- sabes, el amor no es algo físico,
es algo espiritual… querer a alguien es un sentimiento
y, por lo tanto, se tiene la libertad de poder amar a
quien se quiera… no es ninguna obligación…
Las últimas palabras de Halaus se perdieron en el
aire. La mano de Narum reposaba fría en la húmeda
tierra de Equam. Sentía la brisa que le acariciaba la
piel y un sentimiento, una fuerza que quería hacerla
deslizar y, a la vez, miedo y confusión que se lo
impedían. Su respiración era rápida y entrecortada.
Una especie de electricidad paralizante le recorría el
cuerpo y lo mantenía en tensión. Sus miradas hacía
rato que habían convergido sin nada que las pudiera
separar. La mano de Halaus se acercaba lentamente en
sentido opuesto acariciando la hierba. El corazón de
Narum palpitaba violentamente, no entendía lo que le
estaba sucediendo. Narum empezó a mover los dedos
y éstos, poco a poco, se entrecruzaron con los de la
mano derecha de su amigo…
Volvió repentinamente la cabeza, apretando con
fuerza su mano contra el pecho… el miedo había
vencido. Tenía la mirada perdida en el suelo oscuro de
la noche. Notó como el brazo de Halaus le rodeaba sus
hombros. Lo miró medio encogido, confuso. Halaus le
dedicó una sonrisa afable y tranquilizadora, le pasó la
mano por el pelo y se levantó ágilmente.
Al cabo de unos segundos, Narum también se alzó
y los dos volvieron a mirar, en silencio, como hacía
unos minutos, las estrellas. Repasaron de nuevo todo el
firmamento, poniendo especial interés en sus lugares
de origen, Sadr y el Sol. También observaron la
galaxia M31, también conocida como galaxia de
94
Andrómeda, que se podía ver a simple vista casi
rozando el horizonte y, un poco más al este, la bella
nebulosa de las Pléyades. Estuvieron más de dos horas
sin casi intercambiar palabra, hasta que Halaus
vislumbró un extraño objeto que parecía estar
acercándose.
- Eh Narum, fíjate –dijo apuntando su dedo hacia
una estrella-, parece que se está haciendo cada vez más
luminosa, ¿no crees?
- Sí, tienes razón –contestó-, ya hace rato que la
estoy observando y me da la impresión de que desde
entonces ha duplicado su tamaño.
- ¿Qué crees que puede ser? –preguntó Halaus
intrigado- Aumenta de magnitud demasiado deprisa
para ser una estrella variable y creo que si fuera un
asteroide que se dirige hacia aquí para provocar una
extinción en masa, ¡ya nos habrían avisado! ¿no?
- Supongo que sí –sonrió Narum-. Voy a ver qué
dice Thoor de todo esto.
Los dos estuvieron un buen rato escrutando cada
palmo de mapa que éste les mostraba en su pantalla
luminosa, pero no consiguieron divisar el misterioso
astro. Finalmente, Narum hizo que Thoor examinara el
cielo de aquella insólita noche y que luego identificara
el objeto. OVNI, apareció en la pantalla. El haz de luz
que proyectaba a través de sus ojos empezó a
parpadear.
- Cuerpo celeste no identificado –anunció
torpemente la voz artificial del pequeño robot-,
velocidad, cien mil metros por segundo, distancia,
cuarenta y ocho mil kilómetros, tiempo aproximado
para el impacto, ocho minutos.
Halaus y Narum se quedaron de piedra al oír
aquellas palabras. Algo se estaba acercando a una
velocidad increíble y en ocho minutos, o incluso
95
menos, colisionaría con el planeta, muy probablemente
provocando su completa destrucción, a menos que…
- Narum, has pensado que esto puede que no sea
ningún tipo de astro conocido –sugirió Halaus yéndose
de la olla-, algo que nunca antes nadie haya visto… –
pero frenó en seco sus alocados pensamientos, una
nueva posibilidad le acababa de pasar por la cabeza y
parecía que Narum estaba pensando en lo mismo- a no
ser que… –los dos se miraron con complicidad.
- A no ser que sea una nave espacial –terminó
Narum-. Claro, ¿cómo no lo hemos pensado antes con
tantas películas de ciencia ficción que hemos visto? –
dijo irónicamente- Es de lógica… ¿te acuerdas el
primer día que llegamos aquí que el trasbordador en el
que viajábamos no pudo acercarse a la superficie del
planeta a causa de las tormentas? Pues hoy es el día
perfecto para aterrizar en Equam, ¡el único día en
cuatrocientos años!
- Ya ves que mal rollo si se te escacharra la nave y
te retrasas un día –bromeó Halaus.
- ¿Pero no te parece extraño –continuó Narum, que
aún seguía en su nueva onda, concentrado- que la nave
se esté acercando a esta hora cuando la Cúpula
empieza a entrar de nuevo en la zona tormentosa del
planeta a causa de la rotación del mismo?
- No sé, puede que sí que se les haya escacharrado
la nave –propuso Halaus.
- La Cúpula es el único lugar habitado del planeta
según tengo entendido –seguía Narum haciendo caso
omiso de su compañero- Lo lógico sería que la nave
hubiera aprovechado el tiempo en que ésta estaba al
descubierto para aterrizar cerca de ella, a no ser que no
les interesara ser vistos porque quisieran pasar
desapercibidos… ¿tú qué opinas?

96
- Opino que estás muy aburrido y que ya sería hora
de ir volviendo –dijo Halaus con sarcasmo, y empezó a
andar en dirección de vuelta.
- ¡Espera!
Narum se había quedado petrificado, inmóvil, con
una expresión de terror en su cara. Las manos le
temblaban, las pupilas dilatadas, la mirada perdida en
el espacio. Estaba recordando el sueño, el sueño de la
muerte de Halaus. Todo volvía a su mente, las
imágenes iban pasando a cámara rápida… él tendido
en el suelo, los fuegos artificiales, paralizado en la
tierra fría y húmeda, Halaus luchando en vano contra
un oponente encapuchado… lentamente, la imagen de
aquel individuo se le fue clarificando en la cabeza…
vestía una túnica blanca y de su oreja colgaba un
pendiente con la esfera negra… negra… se quitó la
capucha y pudo ver su rostro… ojos penetrantes que
congelaban al mirarte… grisáceos… nariz redondeada
de unos treinta-y-cinco años… sonrisa intangible,
blanca… se llamaba Newt… no cabía duda ¡Newt
estaba en la nave!
- Narum ¿te pasa algo? -le interrogó Halaus
preocupado.
No contestaba.
- Eh Narum, ¿te pasa algo? –volvió a repetir
acercándosele un poco más.
Seguía sin contestar.
- ¡Naaaruuuummm! –gritó Halaus desesperado
agarrándole y agitándole enérgicamente por los
hombros.
- He-he visto –reaccionó balbuceando-, a-al que
te… he visto al que te m-m… –respiraba con
dificultades, no le salían las palabras.
- Al que me mata en el sueño… –terminó Halaus
abatido.
97
- Sí –asintió Narum con la cabeza-, Newt está en la
nave.
Los dos se quedaron sin saber qué decir, qué hacer.
Narum no encontraba el modo de dirigirse a su amigo,
se sentía inútil, impotente. ¡No podía ser! ¡Halaus no
podía morir! ¡No podían quedarse allí sin hacer nada
esperando lo inevitable! De hecho los sueños no son
más que sueños, o al menos eso era lo que quería creer
en aquellos momentos, y no por eso tenían que
hundirse ante aquella situación. Había llegado la hora
de actuar.
- ¡Vamos! –gritó Narum cogiendo a Halaus por la
manga de la túnica- ¡No podemos quedarnos aquí! –el
panorama se había invertido, ahora era Halaus quien se
había quedado paralizado ante el pensamiento de la
muerte- ¡Tenemos que avisar a la Cúpula!
Éste hizo un gran esfuerzo para intentar
sobreponerse al fuerte golpe moral que acababa de
recibir y siguió a Narum que lideraba la marcha, o
mejor dicho, la carrera. Pasaron a toda velocidad a
través de los volcanes y cráteres con los que se habían
cruzado en la ida, hasta que volvieron a entrar en la
zona tormentosa del planeta. Ya eran las treinta-y-tres
horas en Equam y había pasado más de un cuarto
desde que habían echado a correr, cuando usaron el
teletransportador, de nuevo, para volver a entrar en la
Cúpula. La nave de Newt ya tendría que haber
equamizado.
- Tú ve a avisar a Elha, Bélathar y los demás, que
yo ya se lo comunicaré a Gregor –dijo Narum tomando
la iniciativa- ¿de acuerdo?
- ¿Tú crees que es buena idea separarnos ahora? –
comentó Halaus, al que no le entusiasmaba la
posibilidad de quedarse solo en aquellas
circunstancias, tímidamente.
98
Pero ya era demasiado tarde. Narum había salido
disparado hacia el despacho de Gregor, dejando, tras
de sí, un inconfundible rastro de agua.
Cruzó varios pasillos, tumbando a derecha y a
izquierda a toda velocidad sin que nada le pudiera
parar. Había dejado atrás la habitación, la sala de
higiene personal y la biblioteca, cuando llegó delante
del bar, siempre acompañado por la trepidante música
en sus auriculares. Abrió la puerta y entró sin perder ni
un segundo, pasando después entre mesas, sillas,
taburetes y clientes y llamando la atención de todo el
mundo, que observaban su frenética carrera
extrañados. Estaba a menos de diez metros de la puerta
que daba a la zona de los congresistas, cuando Imanta
se cruzó involuntariamente en su camino, chocando los
dos violentamente y cayendo al suelo con un fuerte
golpe, pero evitando caer así unos segundos más tarde
como todos los demás, después de la enorme explosión
que sacudió la Cúpula entera. Narum había llegado
tarde.
Donde antes había estado el techo, ahora había un
enorme agujero que daba al exterior del planeta, la
nave de Newt acababa de volatilizar gran parte de la
semiesfera que recubría la Cúpula, dándoles acceso
fácil a su interior. Entraron por el vacío cuatro
individuos levitando, uno con la túnica blanca,
sembrando pánico entre los espectadores. El caos se
había apoderado del bar. Gente gritando, chillando,
dejándose la garganta inútilmente, ¡es Newt! corrían
de un lado a otro de la sala desesperados sin poder
salir, éste había bloqueado las puertas. Pedazos
cortantes de algo parecido a cristal, que habían
formado parte de la cúpula, esparcidos por todas
partes, sillas volando por los aires y mesas tumbadas,
que hacían de refugio a la mayoría de los asediados.
99
Narum estaba escondido detrás de la barra del bar
junto a Imanta, desde donde dos mujeres lanzaron en
vano un par de botellas encendidas hacia los secuaces
de Newt, sólo consiguiendo causar más descontrol
después de que éstas estallaran e incendiaran algunas
mesas y taburetes. Tres personas, que hasta entonces
se habían mantenido en el anonimato, se alzaron de la
multitud y plantaron cara a los invasores, sus
pendientes reflejaban un alto control de su magia, pero
a pesar de todo, no parecía que pudieran aguantar
mucho estando en inferioridad numérica. Fue
entonces, aprovechando el ruido de la batalla que se
acababa de originar, cuando Imanta se dirigió a
Narum.
- Narum tienes que salir de aquí –le susurró al
oído-. Detrás de las botellas que hay en aquel anaquel
se encuentra una escotilla que da a una especie de
conducto que te llevará a la zona de los congresistas –
hablaba sin pausas, no había tiempo que perder-. Una
vez allí busca a Gregor y dile que, dada la situación,
yo creo que Newt va a utilizar a las personas que hay
en el bar como rehenes para conseguir lo que haya
venido a buscar –miró a ambos lados y bajando aún
más la voz dijo-, muy probablemente el pendiente
restante que se esconde en la Cúpula –cogió aire-.
Seguramente Gregor ya lo sepa, si es así, que haga
algo, y rápido –Imanta no tenía tiempo de pensar-.
Ahora voy a hacer una maniobra de distracción para
que te puedas escabullir por debajo la escotilla,
¿preparado?
Narum nunca se había fijado en el rostro de
Imanta, en su pelo rizado, su mirada inocente, su
alegre sonrisa, su oscuro pendiente, pero ya nunca
tendría la oportunidad de hacerlo, después de su orden

100
“¡Ve!”, Narum salió a toda pastilla hacia su destino sin
mirar hacia atrás. Ya no la volvería a ver.

Apartó con decisión las botellas de la estantería y,


sin muchas dificultades, abrió la escotilla, entró en el
conducto y se deslizó velozmente a través de él. Miles
de incógnitas le inundaban el cerebro a medida que
avanzaba; ¿quién era Newt?, ¿qué pintaban él y Halaus
luchando contra éste en el sueño?, ¿qué eran en verdad
sus visiones del círculo blanco… ¿la esfera de los
pendientes?, ¿por qué estaba sucediendo todo aquello?,
¿debido a la situación social-política del universo?,
¿cuál era realmente ésta?… no quería perder lo que
había conseguido… ¿por qué no podía seguir todo
como hasta entonces?… ¡no quería perder a sus
amigos! Pero ya nada volvería a ser igual. ¿Por qué?...
ya nada volvería a ser igual… ¿por qué?… ya nada
volvería a ser igual… ¿por qué?, ¿por qué?, ¡por qué!
Alcanzó el final del túnel y salió sin perder ni un
instante. Se encontraba en un pasillo, cerca de la
puerta de salida del bar. Tenía que hallar a Gregor sin
falta. Siguió el mismo camino que había recorrido el
día anterior junto a Elha, Halaus y Bélathar, para llegar
a su despacho. Una vez allí abrió la puerta sin
previamente llamar. Gregor estaba sentado mirando
hacia el lado opuesto.
- Te estaba esperando –dijo quitándose la capucha
y girándose hacia Narum.
Éste no se sorprendió tanto como habría hecho
unos meses antes, en vez de esto, sonrió y se mantuvo
en silencio. Aquella situación le parecía familiar, le
recordaba a la de ya hacía algún tiempo en la entrada
de su casa. Narum cerró la puerta a sus espaldas y se
mantuvo a la espera. Gregor ya estaba al corriente de
lo que estaba sucediendo en el bar de la Cúpula, o eso
101
parecía indicar el vaso de licor que reposaba en su
mano temblorosa. Narum se lo comunicó señalándolo
con la mirada.
- Tienes razón, ya he estado en el bar –confesó
éste-. Justo cuando la nave de Newt lanzó su primer
ataque, pero antes de que éste bloqueara las puertas de
salida, pude escapar –Narum lo miró extrañado-. Sí –
asintió Gregor avergonzado-, puede que parezca un
cobarde, pero tenía que salir para avisar a los altos
dirigentes de la situación, para que pudieran organizar
un plan defensivo, una retirada, un contragolpe, o lo
que quisieran… qué más da… ahora ya está todo en
sus manos… –se terminó de un trago el contenido del
vaso -, o casi todo… –concluyó sofocado.
Narum no sabía de qué iba todo aquello, ¿se podía
saber por qué actuaba Gregor de ese modo?, ¿qué
pintaba él en todo aquello?
- Yo he hablado con Imanta telepáticamente y le
he pedido que te trajera hasta aquí –Narum empezaba
a comprender-, es por eso que se ha sacado la excusa
de los rehenes, para ponerte en tensión y para que te
dieras prisa… –Gregor se rió, lo encontraba un poco
triste, posiblemente él se hubiera inventado otra cosa-
si hubieses conocido a Newt no te lo hubieras tragado
–su voz se fue oscureciendo-. Newt primero se deja
ver, observa la situación y luego es cuando da el golpe
sin contemplaciones… –y al final terminó por
rompérsele- probablemente ahora ya haya estallado
una gran batalla en la Cúpula… pero bueno… supongo
que te preguntarás ¿por qué estás aquí? –dijo Gregor
serenándose y cambiando radicalmente su entonación,
transformándola de consternación a ligereza- Tengo
que pedirte un gran favor y no puedo contarte gran
cosa. ¡Sígueme!

102
Salieron del despacho vigilando que no hubiera
nadie por los alrededores. A lo lejos, se oían gritos y
múltiples explosiones provenientes de la batalla.
Narum se preguntaba qué estaría siendo de sus
amigos… pasaron por infinidad de corredores,
cruzaron salas en las cuales se debían celebrar
congresos multitudinarios, bajaron más escaleras de
las que subieron, hasta llegar delante de una puertecilla
de madera arrinconada en la esquina de un amplio
pasillo, sin lugar a duda, uno de los sitios más
peculiares de la Cúpula. Gregor la abrió y entraron en
una apretada habitación, semejante a una buhardilla,
en donde había apelotonados montones de trastos
polvorientos. Narum no sabía muy bien lo que estaban
haciendo allí, pero su imaginación hacía rato que había
empezado a dar vueltas, vueltas y vueltas, vueltas
entorno al pendiente restante… y así fue, al cabo de
unos instantes de escudriñar entre la runa, Gregor sacó,
de una mugrienta caja de cartón, uno de los objetos
más valiosos del universo, con, al menos por el
momento, un aspecto bastante deplorable.
Cuidadosamente, y con un trapo no menos triste, le
sacó el polvo hasta que la perfecta esfera blanca
empezó a relucir de nuevo, siempre, eso sí,
manteniendo con el tesoro, una distancia prudencial,
como si le tuviera, más que respeto, miedo.
- Me sabe mal tener que ser yo quien te entregue
esta carga –inició Gregor-. Con el Consejo hemos
decidido que ésta era la única solución… –estaba
nervioso, no osaba continuar- Todos sabemos, incluido
tú, que Newt ha venido a por el segundo pendiente,
pero, evidentemente, no podemos entregárselo –
Gregor sonrió impotente, se sentía ridículo intentando
dar excusas, Narum seguía impasible, sin decir nada-.
Ninguno de nosotros se atreve a usarlo en su contra, el
103
miedo que causa su pasado aún sigue presente... así
que, como por acuerdo intergaláctico los jóvenes
tienen que quedar al margen de los conflictos bélicos,
Newt, que a pesar de todo es hombre de honor, os
dejará salir del planeta a ti y a tus quince
compañeros… –se volvió a pausar, ahora venía la
parte más comprometida- es decir, que uno de
vosotros, rompiendo el tratado, tiene que llevarse el
pendiente lejos de aquí para evitar que éste se haga con
él… y te hemos escogido a ti porque ya estabas
familiarizado con el tema y por otras razones sin
importancia que ahora no viene al caso contarte… lo
siento, hasta aquí puedo llegar –terminó.
- Da igual, no hace falta que sigas, ya me lo
contarás en otra ocasión –contestó el chico decidido.
Narum habría podido tener miles de razones para
no aceptar lo que le estaban pidiendo. ¿Qué era aquél
egoísmo y aquella cobardía, tenerle que pedir a un
principiante que se hiciera cargo del objeto más
generoso o más letal del universo, sin tan siquiera
darle un mínimo de explicación? Podría haberse
sentido utilizado por los mandamases que estarían
detrás de todo aquello, haciéndole defender intereses
que ni tan siquiera sabía o que ni tan siquiera
compartía. Posiblemente la falta de experiencia, pero
sobretodo, las ganas de probarse a sí mismo, hicieron
que no se planteara todo aquello, hicieron que se lo
planteara cuando ya fue demasiado tarde… con
preguntas y con muchas piezas que no encajaban,
aceptó.
- Narum seguramente esto no afecte a tu futuro,
muy probablemente sólo sea una fase corta de tu vida
–intentó animarle Gregor para sentirse mejor-. Todos
esperamos que, cuando termine, esto vuelva a la
normalidad –sonreía de forma apacible el profesor,
104
intentando esconder su engaño- Narum tienes que ir al
planeta más exterior del sistema de Betelgeuse y
encontrar a mi maestro Yon, él sabrá qué hacer con el
pendiente –Gregor seguía con su farsa, pero Narum no
se daría cuenta hasta mucho más adelante…

La aventura de su vida hacía meses que había


empezado, pero para él ésta era una nueva etapa, una
fase llena de misterio y locura, una gran
responsabilidad y una oportunidad para demostrarse a
sí mismo, y a los demás, que realmente podía valer
para algo. Narum esperaba poder vivirla junto a sus
amigos y, por eso mismo, unos minutos más tarde ya
estaba a su lado dispuesto a partir de la Cúpula para
iniciar un largo viaje hacia la lejana estrella de
Betelgeuse, a unos 760 años luz de donde se
encontraban.
Halaus también había cumplido a la perfección su
parte del trato, a pesar de que no le había hecho mucha
gracia separarse de Narum en su momento, se había
sobrepuesto a la difícil situación y había avisado a
Elha, Bélathar y a los demás chicos, de que un peligro
inminente acechaba. Todos tenían que dirigirse, a
indicaciones de Gregor, a los distintos embarcaderos
de los que disponía la Cúpula. Hicieron grupos de
cuatro integrantes y Narum y sus amigos se dirigieron,
sin demorarse, hacia el teletransportador número tres
que les tendría que llevar hasta su vía de escape. En la
lejanía, se oían las explosiones provocadas por la
batalla que tenía como epicentro el bar de la Cúpula.
Parecía que ésta aún estaba en pleno fervor y además,
que poco a poco, se había ido expandiendo hacia
algunos de los pasillos contiguos. Tenían que darse
prisa si no querían verse involucrados en ella, pronto
llegaría hasta sus posiciones.
105
Narum y Halaus lideraban la marcha, Elha les
seguía muy de cerca y Bélathar cerraba el grupo unos
metros más atrás. Tenían todos los músculos del
cuerpo en tensión, funcionando a máximo rendimiento,
corriendo y corriendo, virando a izquierda y derecha,
subiendo y bajando escaleras a toda velocidad, sin
saber si su meta estaba ya cerca o si aún se encontraba
a varios centenares de metros de ella. Las explosiones
se iban cerniendo cada vez más sobre ellos, hasta el
punto que parecía que ya estuvieran sobre sus cabezas.
El suelo y las paredes vibraban con cada estruendo,
haciendo más dificultoso su avance a ritmo alto y
sostenido. Bélathar acababa de tropezar y yacía
tumbada en el parqué sin que los demás se hubieran
percatado de ello. Una explosión que abrió un
considerable boquete en el techo les hizo girar la
cabeza. Bélathar había quedado atrapada entre los
escombros que se habían precipitado desde las alturas.
No parecía que estuviera herida, pero había quedado
separada del resto del grupo.
- ¡Bélathar! –gritó Halaus que había dado media
vuelta y acudía en su ayuda.
- No os preocupéis, estoy bien –se oyó una frágil
voz que respondía de detrás del muro de restos.
- ¡Bélathar! –volvió a gritar Halaus que no
terminaba de creerse lo que estaba sucediendo.
- No, en serio, estoy bien, no os preocupéis, tenéis
que marcharos… Newt estará al caer –insistió la chica
entre sollozos.
- Bélathar… –susurró Halaus.
- Halaus, no podemos hacer nada… tendríamos
que irnos… –intervino tímidamente Elha- recuerda el
sueño que tuvo…
- ¡Y un carajo me voy a ir de aquí! ¡Me da igual el
maldito sueño! ¡No la pienso dejar ahí tirada! –estalló
106
éste volviéndose enérgicamente con los ojos
enturbiados.
Narum estaba perplejo. Desde el inicio de todo que
se había quedado de pie, inmóvil. No se atrevía a dar
ni un paso adelante ni un paso atrás. Entendía
perfectamente la situación y no conseguía hallarle
solución alguna. Narum siempre había pensado que en
circunstancias similares sabría reaccionar, pero de
momento no era así, se había quedado en blanco, sin
respuestas. ¿Dónde estaba la frialdad que había
mostrado hasta entonces? Su cabeza no podía pensar
con claridad… muy probablemente si se quedaban allí,
Newt no tardaría en llegar y en cumplir la profecía y,
aún había más, sus amigos no sabían el secreto que
Narum llevaba consigo, pero puede que Newt lo
descubriera y que entonces, además de eliminar a su
mejor amigo, se llevara consigo la joya más preciada
del universo con las posteriores repercusiones que esto
conllevaría… por el contrario, si se marchaban, puede
que estuvieran condenando a Bélathar a una muerte
segura o a algo aún peor…
- Halaus mira, no quiero quedar como la mala de
turno, pero muy a pesar nuestro Bélathar debe tomar
otro camino porque si nos quedamos aquí, Newt nos
va a freír a todos ¿vale? –replicó Elha que nunca se
andaba con rodeos.
- Nadie va a quedar como el malo de turno… –
añadió una nueva voz desde el otro lado de la pared.
Por alivio de todos se trataba de Gregor que había
acudido en su ayuda. Pronto hubo librado a Bélathar
de los escombros que la oprimían y prometió a Narum,
Elha y Halaus que los dos encontrarían otra salida y
escaparían juntos de la Cúpula. Antes de separarse de
su gran amiga, Halaus se despidió emotivamente de
ella y le dio, a través de un hueco que había en el
107
muro, un collar del que nunca antes se había
desprendido. Finalmente, el grupo de tres por un lado
y el dúo por el otro, se fueron alejando del lugar… aún
no sabían cuando se volverían a ver.

Ahora era Elha quien lideraba la marcha, Narum la


seguía de cerca e intentaba que Halaus no se
descolgara demasiado, no tenía ni la más mínima
intención de dejar que volviera a suceder lo que hacía
unos instantes. Eran las treinta-y-cinco horas y media
equamenses y, teniendo en cuenta el rato que llevaban
corriendo y las dimensiones de la Cúpula, no les
tendría que faltar mucho para alcanzar el
teletransportador número tres, su vía de escape hacia el
espacio exterior. Unos minutos más tarde, ya habían
llegado a su destinación y se disponían a iniciar el
proceso de desintegración cuando de lejos oyeron a un
chico de su habitación que les gritó: “¡Eh, esperad!”.
Era Sikma, el que se había enfrentado a Halaus en la
sala de duelo, el que el primer día se marchó de la
habitación cuando Narum pronunció “el círculo
blanco”, el que su pendiente poseía una tonalidad
verde oscura nada más llegar, era el mismo, Sikma.
- ¿Qué haces tú aquí? –interrogó Elha tajante.
- Mi grupo ha tenido problemas para llegar hasta
su teletransportador –se excusó-. El camino que nos
había indicado Gregor estaba cortado por la batalla –se
le veía cansado, sus respiraciones eran cortas y
repetidas-. Hemos decidido dispersarnos, cada uno por
su cuenta. Teníamos que unirnos a otro grupo y me he
dirigido lo más rápido que he podido hacia aquí, que
me parecía que era el punto de escape que tenía más
cercano –hizo otra pausa y echó un vistazo a su
alrededor-. Por cierto –comentó-, ¿dónde está la otra
chica que venía con vosotros?
108
- Ya te lo contaremos más adelante –intervino
Narum-. No hay tiempo que perder. Ahora mejor que
nos demos prisa.
Y así lo hicieron. Uno a uno fueron activando el
teletransportador que les llevó al interior de una
diminuta nave. Primero entró Elha seguida de Halaus,
luego Narum y finalmente Sikma. Este último junto
con Elha se pusieron a los mandos, parecía que los dos
ya estaban familiarizados con ellos. Encendieron los
reactores y, metro a metro, utilizando también un
sistema de imanes, pero de menor magnitud que los de
la Solar Voyager 4235, fueron ganando altitud. El
volcán que albergaba la Cúpula se veía ya como una
insignificante piedrecilla incandescente. Un largo viaje
estaba dando inicio… y con una novedad, Sikma
entraba en substitución de la desafortunada Bélathar.

109
X
La cabina de la pequeña embarcación era de
reducidas dimensiones. En ella había cuatro asientos
alineados, dos delante y dos detrás. Narum se sentaba
en el posterior derecho. A través de la ventana
panorámica estaba observando como de la nada
aparecía, esta vez rojizo, el primer agujero de gusano
por el cuál transitarían a lo largo de su viaje hacia
Betelgeuse. Narum les había indicado a Elha y a
Sikma su próxima destinación sin dar demasiadas
explicaciones y éstos, sin tampoco preguntar, habían
puesto rumbo a ella.
En la parte trasera de la cabina había una puerta
que daba a otro compartimiento en donde había una
cama, una salida de emergencia y una neverita con
algunas provisiones para el viaje. Halaus, ya un poco
recobrado del golpe moral que le había supuesto dejar
atrás a su compañera, había cogido algunas y las
estaba repartiendo entre los cuatro… después de tantos
momentos de tensión no les vendría nada mal comer
para reponer fuerzas. Por su parte, Narum no sabía
cuando contar a sus amigos el tema del pendiente.
Creía que era importante que supieran dónde podían
estar metiéndose para que ellos mismos pudieran
decidir hasta dónde querían llegar en aquel viaje, pero
la presencia de Sikma le incomodaba un poco. De
hecho, reflexionó, la tensión que se había creado entre
ellos desde el primer día y que había provocado que no
110
se hablaran durante toda su estancia en la Cúpula,
carecía de sólidos fundamentos, al fin y al cabo, Sikma
no parecía, ni mucho menos, mala persona. A veces la
gente juzgaba mal a los demás sin razón de ser, sólo
por meros actos casuales, o no tan casuales, que no se
llegaban o que no se hacía el esfuerzo por comprender.
Narum concluyó que no merecía la pena seguir de ese
modo con su nuevo acompañante, le dio un voto de
confianza, puso la primera piedra para forjar una
buena amistad y les contó desde el principio, todo lo
que había sucedido con Gregor…

“…total que después de intentarse justificar y de


dar algunas tristes excusas, Gregor me dijo que tenía
que ir a ver a su antiguo maestro que vive en el planeta
más exterior del sistema de Betelgeuse, que él sabría
qué hacer con el pendiente… y bueno, allí es hacia
donde nos dirigimos… y, más o menos, esto es lo que
pasó.” Narum terminó de relatar los sucesos y pronto
entablaron una bulliciosa conversación entre los
cuatro.
- Así que vosotros ya estabais enterados del tema
de los pendientes, por lo que he entendido –encendió
la mecha Sikma-. Eso daría explicación a que hubieran
decidido entregarte a ti el pendiente restante, creo
yo…
- Perdón –se interpuso Elha-, pero creo que esto no
da explicación a nada ¿por qué se lo iban a dar a él y
no a mí? Eh, explica eso listillo.
- No sé, lo que está claro es que no me lo iban a
dar a mí, que en mi vida había oído nada sobre ellos…
–se defendió de nuevo Sikma- bueno nada, nada…
alguna extraña leyenda sí pero nada creíble…

111
- Puede que escogieran a Narum porque es el que
más relación tenía con Gregor –intervino Halaus-. Le
conocías ya de la Tierra ¿no es así?
- Sí –asintió éste tímidamente.
- Bueno, puede que esto ya explique algo más,
pero aún así… -dijo Elha un poco recelosa.
- Eso, eso, aún así… –corroboró Narum- no hemos
tenido en cuenta el hecho de que yo soy el más torpe
del cuarteto…
- Ya estamos otra vez con eso –reprobó Halaus.
- Ah sí, eso quería preguntar yo –volvió Sikma-.
¿Qué le ha pasado a la otra chica que siempre iba con
vosotros?
- Hombre Narum, creo que lo que ha dicho antes
Halaus sobre lo de tu relación con Gregor es bastante
importante –de nuevo Elha.
- ¡Qué dices tú de relación! –protestó Narum.
- Piensa… que te viniera a “reclutar” Gregor en
persona, será un detalle importante –matizó Sikma.
- Bélathar… –suspiró Halaus, que desde que
Sikma había preguntado por ella, había desconectado
un poco- quedó cortada por una explosión y no pudo
seguir con nosotros –terminó con dificultades.
Narum y Elha se acercaron más a él para mostrarle
su apoyo.
- Suerte que apareció Gregor por allí y se fueron
juntos –añadió esta última-, sino puede que aún
estuviéramos allí.
- Puede que tengas razón –sonrió Halaus-. Fue un
alivio para todos.
La charla había ido derivando y cada vez se estaba
haciendo más complicada, las distintas conversaciones
se entrecruzaban e iban apareciendo nuevos temas
como de la nada. Entretanto la nave seguía su curso
hacia Betelgeuse, el piloto automático estaba activado
112
y las sacudidas al adentrarse en los distintos agujeros
de gusano por los que iban transitando, no parecía que
distrajesen a los chicos de su absorbente discusión.
Bélathar aún estaba en el aire…
- … por lo menos me gustaría saber si está bien –
ahora era el turno de Narum-, saber si ha podido
escapar sin más percances de la Cúpula…
- Eso a todos… –apuntó Elha- pero seguro que con
Gregor está a salvo.
- Podríais intentar comunicaros con ella
telepáticamente –sugirió Sikma.
- Ya lo había pensado, pero la comunicación por
telepatía requiere de un alto nivel de control por parte
de los dos interlocutores y me parece que, por ahora,
ninguno de nosotros es capaz de hacerlo –aclaró
Halaus desanimado.
- Desgraciadamente, tienes razón… –admitió
Sikma que no había pensado en ello.
Por el momento, el color que reflejaban sus
pendientes denotaba que aún estaban en pleno
aprendizaje. El de Halaus era de una tonalidad
magenta, entre rojo y lila. El de Sikma poseía un
intenso color sangre. Por su parte el de Elha, que
mostraba un nivel de control de su magia interior
parejo al de Bélathar antes de que ésta se hubiese visto
obligada a separarse de ellos, era de un tono marrón
oscuro y, finalmente el de Narum, que desde el día del
karaoke en el bar, se veía anclado en un color verde
muérdago.
- Tendríamos que decidir cómo nos organizamos
los turnos para dormir y todo –sugirió Narum
intentando cambiar de tema y levantar el ánimo al
grupo- ¿No creéis?
Lentamente todos fueron reorientando sus miradas
perdidas y redirigiéndolas del suelo o techo hacia
113
enfrente. Eso era una respuesta afirmativa, no podían
pasar todo el trayecto lamentándose de la pérdida de su
amiga, tenían que mirar hacia delante, cambiar el
chip… a Bélathar le hubiera gustado de ese modo.
- Sí, buena idea –continuó Elha-. Todos
empezamos a estar ya un poco cansados y no nos
vendría nada mal una dormidita.
- Vale, genial –de nuevo Narum con voz animada-.
Entonces tenemos que ponernos de acuerdo en los
grupitos y en el tiempo de duración de cada turno. Yo
propondría que fueran parejas… creo que es lo más
factible –terminó.
- Sí yo también –se unió Halaus-, pero antes mejor
decidir qué horario seguimos, el de Equam, el de tu
planeta, el del mío…
- Lo más lógico sería seguir el tiempo de la
Cúpula, que es el que todos conocemos –intervino
Sikma.
- Muy bien, quedamos entonces en horario
equamense y parejas. ¿Todos de acuerdo? –sintetizó
Narum.
- Vale –asintió Elha-. Empezamos el primer turno
Sikma y yo, tú y Halaus os vais a descansar un rato y
dentro de veinticinco horas os avisamos.
- Eso serían unas ocho horas terrestres… –dijo
Narum contando en voz alta- bien, dentro de ocho
horas nos vemos entonces… bueno de veinticinco –
corrigió.
Y así lo hicieron. Se desearon las buenas noches y
en el primer turno se quedaron Elha y Sikma al mando.
Al cabo del tiempo acordado les despertaron e
intercambiaron los puestos. Antes de entrar en el
compartimiento adjunto a la cabina, Elha quiso
asegurarse de que estarían bien en ver la cara de
pánico de Halaus frente a todos aquellos controles.
114
- ¿Estáis seguros de que os las vais a poder
manejar solos? –preguntó preocupada.
- Sí, no hay problema –respondió Narum-. Yo
estudié algo de naves hace unos años en el instituto.
- Bueno, por si acaso –quiso cerciorarse Elha-. Lo
único que tenéis que hacer es vigilar que en esta
pantalla no se encienda ni se apague ninguna luz.
También tenéis que aseguraros de que no vayamos a
chocar contra ningún asteroide ni cosas por el estilo –
terminó irónicamente-. Si tenéis algún que otro
problema ya sabéis donde encontrarme –y se fue.
Unos minutos más tarde Narum y Halaus oyeron
risas provenientes del compartimiento adjunto. Los
dos se miraron con complicidad. La noche, o el día,
fue transcurriendo sin mayores complicaciones y
Narum durmió un ratito más con el consentimiento de
Halaus, hasta que éste le despertó cuando aún
quedaban más de dos horas para el cambio de turno.
- Narum… Narum… –susurraba Halaus- eh, oye
Narum… –le sacudía suavemente apoyando su mano
sobre el brazo de su somnoliento compañero- Narum,
que se ha encendido una luz y no sé lo que es –su voz
denotaba una pizca de nerviosismo.
Narum se levantó perezosamente, le echó un
vistazo a la nueva lucecita que había aparecido en
pantalla y preguntó a su desconcertado acompañante.
- ¿Cuánto tiempo hace que está aquí?
- No sé Narum… –respondió Halaus- es que yo
también me he dormido, ¿sabes? –declaró cabizbajo-
¿Es algo grave?
- No, si no ha sido una buena idea eso de dormir
durante la guardia… –se dijo a sí mismo- no te
preocupes, no es culpa tuya –le exculpó; Halaus seguía
expectante-. A ver… grave… grave… depende de
cómo lo mires…
115
- Ya, pero dime ¿qué indica ese icono? –preguntó
de nuevo impaciente.
- Quiere decir que hemos entrado en la reserva de
combustible –confesó sin más rodeos Narum-. Por eso
te preguntaba lo del rato que hacía que estaba
encendida…
- ¡Ay! Pues tenemos que hacer algo –dijo aún más
inquieto Halaus-. Voy a avisar a Elha –y ya estaba a
medio camino.
- No, espera, espera… si no es tan grave –le
tranquilizó Narum-. Lo único que tenemos que hacer
es parar los motores para que la nave siga avanzado
con la inercia que lleva, no hay necesidad de ganar aún
más velocidad… –se pausó- el único problema es que
no sé cómo –admitió encogiéndose de hombros.
- Puede que Thoor sí que lo sepa –sugirió ágil
Halaus que empezaba a pensar en vez de estresarse.
Thoor había estado todo aquel rato encerrado
dentro de la mochila de Narum. Éste en oír que Halaus
pronunciaba su nombre había puesto cara de sorpresa y
culpabilidad a la vez, se había olvidado por completo
de que su peluche estaba ahí. Halaus abrió la mochila
y lo liberó de su particular jaula. Él y Narum
estuvieron buscando un manual de pilotaje de la
embarcación entre los nuevos archivos que habían
descargado en el despacho de Gregor. Al final, y no
después de poco rato de búsqueda, encontraron una
especie de librito del principiante. En uno de sus sub-
apartados había una breve explicación sobre el
encendido y el apagado del motor que decía así…
“…Del mismo modo que en el ejercicio anterior,
pero a la inversa, se seguirá el proceso para detener los
motores de la nave. Primeramente, se disminuirá de
forma gradual la potencia de los reactores mediante el
controlador que se encuentra al lado derecho del
116
computador de abordo. Después, se pulsará el botón
rojo situado encima de esta misma palanca para cortar
el suministro de combustible. Finalmente, se
cerciorarán de que los motores se hayan apagado
correctamente y…”.
Después de leer vagamente estas sencillas
instrucciones, Halaus pulsó el botón para cortar la
entrada de combustible y Narum fue bajando la
potencia progresivamente, pero, a medida que lo hacía,
notó que algo no salía tal como estaba previsto, en vez
de oír que el murmullo del motor disminuía, sentía que
su cuerpo era cada vez más y más ligero, hasta llegar
al punto que, cuando el marcador de potencia indicó
cero, sus pies se habían despegado del suelo. Halaus
también vagaba flotando muriéndose de risa por la
apretada cabina. No habían apagado el motor de la
nave, sino que habían desconectado sus generadores de
gravedad artificial.
- Bueno ¿y ahora qué hacemos? –preguntó Narum
que no sabía si reír o llorar. Su pregunta no obtuvo
respuesta, Halaus seguía riendo sin parar- Primero voy
a ver si Elha y Sikma están bien y luego vamos a
invertir el proceso –se auto-respondió en vista del
éxito-. Apretando el botón antes de reducir la potencia
debemos haber activado alguna función secundaria –
conjeturó-. De mientras, mira si en lo que queda de
recorrido hay algún campo gravitatorio fuerte que nos
pueda causar interferencias… no nos gustaría vernos
atrapados en uno por no llevar los motores
encendidos…
Halaus asintió; finalmente había logrado
contenerse. Narum se dio impulso con las piernas
contra el cristal delantero y cruzó el habitáculo hasta
llegar a la puerta que daba al compartimiento contiguo.
La abrió sigilosamente y vio como Elha y Sikma
117
estaban durmiendo apaciblemente, cara a cara, el uno
contra el otro, unos centímetros por encima de la
cama. Las sábanas blancas aún recubrían a los dos
tortolitos y Narum pensó que si volvían a activar
cuidadosamente la gravedad, los dos podrían continuar
con sus dulces sueños sin darse cuenta de lo ocurrido.
Cerró la puerta con delicadeza y ahora se impulsó con
las manos para seguir el camino inverso al de ida.
Cuando sus pies golpearon de nuevo el cristal, dio tres
cuartos de voltereta hacia delante y medio tirabuzón
hasta quedar perfectamente acomodado en el asiento.
Halaus ya estaba preparado y los dos procedieron a
ejecutar las maniobras. Narum fue incrementando la
potencia de los generadores de gravedad y, a
continuación, Halaus pulsó el botón rojo, más parecido
a un botón de eyección o autodestrucción que a uno de
multifunción encendido-apagado. La gravedad fue
restablecida y con ella la sensación de ligereza
desapareció, sintieron por primera vez la carga que
significaba pesar, carga provocada por aquella
invisible interacción que movía el universo.
Llegó por fin el turno de desactivar los motores,
pero esta vez lo tenían que hacer bien porque con todo
el tiempo perdido lo único que habían conseguido era
desbaratar más combustible. Halaus informó a Narum
de que no había ningún campo gravitatorio intenso en
lo que quedaba de trayecto y de inmediato llevaron a
cabo la operación. Unos segundos más tarde,
navegaban por el espacio con el único impulso de la
inercia que habían ganado hasta el momento.

Con todo, pronto llegó el cambio de turno. Elha y


Sikma salieron medio dormidos del compartimiento
adjunto y cedieron paso a Narum y Halaus. Seis horas
más tarde volvieron a despertarles, la nave ya estaba
118
cruzando el último agujero de gusano del viaje hasta el
sistema de Betelgeuse. Los cuatro ocuparon sus
respectivos puestos y se abrocharon los cinturones
preparándose para el aterrizaje.
El último planeta del sistema, destinación final de
su particular travesía, se encontraba a una distancia
media de su estrella de una centésima de año luz, unas
mil veces más lejos de lo que está Plutón del Sol. Por
muy extraño que pareciese, su superficie no estaba
congelada a pesar de la enorme distancia que le
separaba de Betelgeuse, ni mucho menos, su
temperatura aproximada, según marcaba el
computador de abordo, era de unos dos-cientos
setenta-y-ocho grados kelvin, cinco grados
centígrados. Eso era debido al enorme tamaño de la
estrella. Ib-brus, que así era como se llamaba, tenía un
diámetro de sólo quince kilómetros, que junto con su
marcada órbita elíptica, hacían que mereciera más la
calificación de asteroide y no la de planeta. El
noventa-y-ocho por ciento de su superficie estaba
cubierta por agua, dejando, así, solamente una pequeña
isla de cincuenta-y-seis kilómetros cuadrados como
único lugar habitable para un ser terrestre.
Antes de ver el planetoide por primera vez, Narum
y sus amigos no estaban muy seguros de cómo iban a
encontrar a Yon, el maestro de Gregor. Después de
hacerlo, sus dudas se despejaron, la búsqueda había
quedado reducida a la diminuta isla. Al salir del
agujero de gusano, Sikma había vuelto a encender los
motores y ahora se disponían a atravesar la frágil
atmósfera del astro, para luego sobrevolar el islote.
Todos estarían atentos para detectar algún posible
indicio que delatara la presencia de Yon en el planeta.
Elha dirigió la nave hacia su objetivo al mismo tiempo
que moderaba la velocidad. Aparte de encontrar al
119
viejo maestro, tenían que hallar un buen sitio para
aterrizar, una explanada rica en metales para luego
poder despegar mediante los imanes diamagnéticos
cuando lo necesitaran.
Ya habían dejado atrás media isla cuando, en la
lejanía, junto a la costa, divisaron un tenue foco de luz.
Ahora sólo faltaba dar con el lugar idóneo para tomar
tierra. El computador de abordo se encargó de ello y
dos minutos más tarde ya habían ib-brunizado.

120
XI
La gravedad en Ib-brus era parecida a la de la
Tierra. Esto sorprendió inicialmente a los recién
llegados; Narum pensó que el planeta debía tener una
alta densidad en su núcleo, sino no se explicaba aquel
fenómeno. La nave había aterrizado cerca del agua y
decidieron ir andando por la playa hasta llegar a la
lejana luz. Cogieron las mochilas con algunas
provisiones, sacos de dormir e iniciaron la marcha. El
cielo era azul marino y sobre él destacaba el enorme
disco solar, Betelgeuse, parcialmente eclipsado por
algunos de los planetas interiores que formaban el
sistema. El mar, que Narum, en la Tierra, únicamente
había visto una vez, un mar contaminado y poluto, en
Ib-brus era oscuro y frío y sus olas rompían al
colisionar con la gruesa arena de la costa. La leve, pero
incesante brisa marina traía consigo finas gotitas de
agua robadas de las crestas espumosas, que mojaban a
los viajeros haciendo más intensa la sensación de frío.
Ahora, en el horizonte, ya se veía de nuevo la luz. Los
cuatro iban andando en silencio. Elha y Halaus se
habían puesto unas bufandas y Narum se intentaba
cubrir la cara con la capucha de su túnica. A medida
que se iban acercando, pudieron distinguir que la luz
procedía del interior de una torre situada en la ladera
de un acantilado. Éste se alzaba a varias decenas de
metros del suelo y reseguía la línea de costa hasta
donde la vista alcanzaba. De lo alto del edificio
121
descendía una empinada escalera de piedra sin
barandilla que bajaba por su pared exterior, trazando
una diagonal, hasta llegar a pie de playa. En los
alrededores no había más señales de vida, Ib-brus
parecía un planeta muerto, solitario, una especie de
exilio para quien pudiera vivir allí.
El cuarteto se dispuso a subir las escaleras. Estaban
cansados de la no corta caminata. Aquel lugar había
borrado de su cabeza sus penas, pero también sus
expectativas, eran como autómatas avanzando con la
mente en blanco, parecía que todo se lo hubiera
llevado el viento. Ya estaban cerca de la cima y desde
esa distancia pudieron observar que la fachada de color
negro estaba parcialmente derruida. La torre
presentaba un aspecto deplorable, medio abandonada,
era como si alguien la hubiera arrojado ahí y ésta se
hubiera quedado inmóvil, esperando eternamente su
regreso. Sus tres plantas eran como ojos, nariz y boca
que se habían ido llenando de arrugas con el tiempo,
grietas que mostraban su vejez y su tez serena cara el
mar, curtida por las inclemencias de la vida.
Al fin llegaron arriba de todo. Frente suyo había
una pesada puerta lisa de madera. Narum llamó
golpeándola tímidamente. No hubo respuesta. Volvió a
llamar, esta vez con más insistencia. Unos instantes
más tarde, les abrió un hombre de unos ochenta años.
Vestía con unos pantalones de tela gruesa, un jersey y
una armilla para combatir el frío.
- Hola, bienvenidos –dijo Yon-. ¿A quién tengo el
gusto de saludar?
- Hola… yo soy Narum –se adelantó a los demás-
Ella es Elha… Halaus… y Sikma –los fue señalando
uno a uno- ¿Gregor no le ha avisado de que
vendríamos? –preguntó extrañado.

122
- Así que conocéis a Gregor… –sonrió- alumnos
suyos, supongo –los chicos asintieron-. Yo a Gregor
hace años que no le veo… me preguntaba qué se había
hecho de él –se pausó-. Pero bueno –prosiguió
animado-, no os quedéis ahí parados que vais a coger
un catarro que me vais a contar… pasad, pasad –y les
invitó a entrar.
La vivienda era cálida y acogedora por dentro, muy
de agradecer viniendo del exterior. El tercer piso, por
donde habían entrado, era una especie de biblioteca,
llena de estanterías y libros polvorientos, con un
escritorio y una escalerita de madera que bajaba a la
segunda planta. En ésta había la cocina, el comedor y
otra escalerilla que daba al dormitorio de Yon en el
primer piso, que también contaba con un pequeño
aseo. Todas las plantas disponían de una terraza con
vistas al océano de Ib-brus.
Yon les acompañó hasta el comedor, donde
tomaron asiento, y les trajo algunas bebidas calientes.
El hogar estaba encendido y, con todo, empezaron a
entrar en calor.
- Bueno, contadme, ¿qué os trae por aquí? –
preguntó el anciano intrigado.

Le estuvieron contando durante más de una hora la


historia, desde el robo del pendiente en la Cúpula,
hasta los últimos acontecimientos, pasando por la
incursión en el despacho de Gregor o por la separación
forzosa de Bélathar, entre otras cosas, y omitiendo
algunas partes poco relevantes para los futuros
eventos, pero muy importantes para ellos, como la
mágica noche en el bar. Mientras le habían ido
narrando los hechos, Yon había ido preparando la cena
para que los jóvenes pudieran reponer fuerzas. Cuando
terminaron, le dijeron que Gregor les había enviado
123
hasta el sistema de Betelgeuse a verle porque le había
comentado a Narum que él sabría qué hacer con el
pendiente. Yon prefirió no hacer ningún comentario,
antes tenía que tomarse su tiempo para reflexionar
sobre la situación. Mañana ya les diría algo. Luego, y
con total normalidad, se puso a servir la comida con un
enorme cucharón.
Para cenar había una especie de caldo acompañado
con unas rebanadas de pan para mojar. Yon les sirvió
un razonable plato de dos cucharones y tres rebanadas
a Elha y a Halaus y, cuando llegó el turno de Narum,
empezó a poner más y más, y más y más en el cuenco,
hasta un total de cinco cucharones, unos dos litros de
caldo hirviendo. Narum se preguntaba si Yon lo había
hecho intencionadamente, si el hombre le veía
demasiado delgado y le quería engordar o si
sencillamente se había despistado, despistado bastante,
a su parecer… no sabía si tenía que comentárselo o si
tenía que tragar con todo aquello educadamente sin
protestar. Al final, y manteniendo los ojos abiertos de
par en par para mostrar su incredulidad, decidió hacer
una tentativa. Yon ya había terminado de repartir todo
el contenido del puchero y los cinco se disponían a
comer cuando Narum intervino.
- Eeee…mmm… aaah… Yon, es que me parece
que me has puesto mucho… –declaró indeciso.
El anciano oteó sorprendido a Narum, luego cogió
con las manos temblorosas el enorme cucharón y fue
mirando alternativamente la olla vacía y el cuenco
repleto de caldo. No sabía qué hacer, realmente había
errado de forma involuntaria sus cálculos, pero ¿ahora
tendría que repartir lo que le quitara al chico entre
todos los demás de forma equitativa? Demasiado
complicado. Dejó de nuevo la cuchara dentro del
hueco puchero y respondió alegremente.
124
- Da igual –y sonrió.
¿Sabes cuando no has entendido lo que ha dicho
alguien y te quedas con cara de bobo asintiendo sin
comprender muy bien lo que estás haciendo? Pues así
se quedó Narum. “Da igual”, se iba repitiendo, “Da
igual”, se volvió a repetir. Y le entró la risita tonta,
simplemente, no podía parar. “Da igual”, ¿qué clase de
respuesta era aquella? Elha, Halaus y Sikma
observaban incrédulos aquella extraña situación.
Comprendían la postura de Narum, comprendían la de
Yon, que aún seguía de pie con una sonrisa en los
labios, pero no llegaban a entender cómo había llegado
todo hasta ahí, Narum a un lado desternillándose, ellos
en medio con la cuchara en las manos y Yon al otro
lado, plantado, sonriente. Poco a poco, la cosa fue
volviendo a la normalidad, a la normalidad anormal,
porque, con todo, Narum tuvo que apechugar con los
más de dos litros de caldo. Al final, cuando ya tenía el
estómago lleno y le empezaba a subir el líquido por el
esófago, Sikma le ayudó a terminárselo.
En el exterior, Betelgeuse hacía rato que se había
puesto y en el firmamento aparecieron millares de
estrellas. Desde Ib-brus, la perspectiva del universo era
sobrecogedora. Se veía perfectamente la banda blanca
que cruza el cielo y que da nombre a nuestra galaxia,
banda lechosa que es el reflejo de la luz de las estrellas
del centro de la Vía Láctea en nubes de polvo cósmico.
La noche había caído sobre Ib-brus. Elha y Sikma,
que eran los que menos habían descansado durante el
viaje, empezaban a bostezar y Yon había terminado de
recoger la mesa con ayuda de Narum y Halaus. Todos
se tumbaron junto al hogar y dejaron pasar los minutos
en silencio. Un rato más tarde el anciano se levantó de
su asiento.

125
- Ya sería hora de ir a la cama –dijo estremeciendo
los brazos.
Los demás asintieron y Yon se dirigió a su
habitación escaleras abajo. Al cabo de unos segundos
volvió a subir con unas mantas en la mano.
- Bueno… –comenzó- los tres chicos os iréis a la
playa a dormir y yo me quedaré con la chica, que en
mi cama sólo hay lugar para dos… y bien apretaditos –
y les repartió una manta a cada uno mientras le caía la
baba deleitándose con las bellas curvas de Elha.
Los cuatro se miraron horrorizados, ¿a qué había
venido aquel arrebato de viejo verde? Hasta el
momento Yon parecía un viejo solitario, pero afable y
muy dedicado a sus invitados, bueno, algo ido sí, con
alguna que otra excentricidad, pero en general, un
anciano apacible y normal, pero ¡ahora!… pronto
descubrieron que tantos años de soledad en aquel
asteroide le debían haber alterado irremediablemente
el sentido del humor.
- No os preocupéis –les tranquilizó jovial-, sólo
estaba bromeando. Elha va a dormir con vosotros en la
playa.
Esto tenía que aliviar teóricamente al cuarteto, y en
la práctica lo hizo. Yon había manejado muy bien la
situación; después de cómo pintaban las cosas, la
segunda opción de dormir todos afuera en el glacial
suelo arenoso a menos de cinco grados bajo cero, les
pareció una magnífica idea. A pesar de todo, Elha no
le volvió a mirar con los mismos ojos.
Subieron las escalerillas hasta llegar al tercer piso y
salieron por la puerta de entrada. Luego bajaron
cautelosamente las escaleras de piedra hasta llegar a
pie de playa. Allí anduvieron unos metros por la
gruesa arena acercándose al mar e instalaron los sacos
de dormir que habían traído consigo. Los pusieron
126
formando una cruz, con las cuatro cabeceras en el
centro. Entretanto, Yon había encendido una hoguera y
los cuatro se sentaron a su alrededor. Las estrellas
brillaban con fuerza y Narum intentó distinguir de
entre ellas el Sol, mientras Halaus hacía lo mismo con
Sadr. Antes de irse a la cama, con la inestimable
compañía del fuego, el viejo les contó una bonita
historia que decía así…
“Érase una vez, cuando yo aún era joven y viajaba
por el espacio en busca de nuevas aventuras, que
llegué a un lejano pueblo costero, de un remoto país,
en un planeta perdido en la inmensidad del universo.
Allí vivía una solitaria anciana, entre barcos
desmantelados y muelles en runas, que me contó la
sorprendente historia de su tía-abuela cuando ésta tenía
unos quince años.
Bruna, que así era como se llamaba la chica, vivía
con su familia en aquella misma casa. Sus padres eran
pescadores, igual que la mayoría de los habitantes de
la población y, luego, también estaba su hermano
pequeño. Bruna era una joven muy inteligente, en el
colegio siempre había sacado notas sobresalientes y en
un futuro próximo quería irse a la ciudad para estudiar
en la universidad. Bruna, a su vez, escondía un gran
secreto, un secreto que lo era hasta para ella misma, y
puede que fuera por eso que a veces los demás la
trataran de un modo distinto.
Una noche, cuando todo el mundo estaba
durmiendo, la chica oyó la llamada de unas voces en la
distancia. Bruna se levantó sigilosamente y, aún en
pijama, siguiendo su pista, se encontró en la playa.
Hacía un poco de viento, el mar estaba revoltoso.
Mirando como las olas rompían en las rocas, pudo ver
de entre todas ellas, una que destacaba sobre las
demás. Parecía que las voces provenían de su interior.
127
Bruna se fue acercando al agua. Su bata se movía
acompasada con el aire y la ola seguía rumbo a la
costa. Ahora ya tenía los pies zambullidos en el mar.
Estaba frío, pero ella también seguía avanzando. Las
voces eran cada vez más fuertes, Bruna se sentía
angustiada. Su cuerpo estaba totalmente sumergido,
sólo su cabeza sobresalía unos centímetros del agua.
Continuaba avanzando, no podía detenerse. La ola, a
su vez, seguía acercándose. Labios, nariz, párpados,
cejas y frente fueron acompañando el resto del cuerpo
en el agua. Finalmente, el pelo ya iba al ritmo del
oleaje esperando la llegada de la misteriosa ola. Sólo
era cuestión de segundos. Siete, seis, cinco, cuatro,
tres, dos, uno… llegó la ola y, con ella, un flash.
La mañana siguiente, Bruna no se acordaba de
nada. Se despertó en su cama, empapada en sudor y
decidió levantarse. Tomó una ducha, se vistió y bajó a
desayunar. Sus padres y su hermanito ya estaban en la
mesa comiendo. Había una jarra de leche junto con
algunas tostadas con mermelada. La chica empezó a
desayunar. Su vaso estaba un poco lejos, no llegaba a
cogerlo con el brazo extendido y le daba pereza
levantarse, así que decidió, como muchos de nosotros
hemos intentado más de una vez, acercárselo a
distancia. Concentró su mirada en éste y,
sorprendentemente, el vaso empezó a moverse hasta
que, pasito a paso, fue dirigiéndose hacia la mano
abierta de Bruna. Nadie en la mesa, aparte de la chica,
dio muestras de admiración o sorpresa. Todos
prosiguieron con su tarea sin tan siquiera inmutarse.
Por la tarde, después de salir del colegio local,
sonaron las sirenas de alarma del pueblo. Cada
semana, la pequeña población costera se veía acosada
por un feroz y despiadado monstruo marino. La bestia
era toda ella de agua, ágil y flexible como las olas y
128
con el enorme poder de destrucción del mar. Nada
podían hacer contra él los indefensos aldeanos que
tenían que ceder, en contra de su voluntad, a sus
peticiones de alimento en forma de pescado. Siempre
se llevaba las mejores piezas que los pescadores
habían capturado el día anterior. Bruna no veía aquella
explotación con buenos ojos y no estaba dispuesta a
quedarse de brazos cruzados. Las demandas de la fiera
eran cada vez más elevadas y los habitantes del pueblo
tenían muchos problemas para subsistir, así que,
mientras corría a toda velocidad hacia el refugio
subterráneo más cercano, decidió que iba a entrenar
sus nuevas cualidades para hacer frente al monstruo. Y
así lo hizo, cada semana, durante las horas que
pasaban escondidos en el refugio, Bruna ejercitaba sus
habilidades en un rincón apartada de los demás. Movía
objetos, levantaba sillas y esculpía infinidad de formas
con el agua que había dentro de un cubo. Un mes más
tarde la joven se vio lo suficientemente preparada
como para enfrentarse al ente acuático y ya sólo tuvo
que esperar a su regreso.
El día no tardó en llegar. Cuando sonaron las
alarmas del pueblo, Bruna se dirigió a la playa. La
lucha fue muy igualada, pero al final la chica
sucumbió ante el enorme poder de la bestia. A pesar de
eso, el monstruo vio que tenía una digna rival que le
iba a poner las cosas muy difíciles e intentó llegar a un
pacto con los ciudadanos rebajando sus peticiones a la
mitad. Bruna no estuvo de acuerdo, sólo aceptarían su
total rendición, y los dos se citaron tres semanas más
tarde para volver a medir sus fuerzas. Durante aquel
tiempo, la joven estuvo entrenándose duramente cada
tarde después de salir de clase. En casa no le veían el
pelo y casi no dormía por las noches. Tenía que
librarse de aquella carga por siempre jamás.
129
Las tres semanas pasaron rápidamente y los dos se
volvieron a encontrar en la playa. La batalla
transcurrió aún más igualada que la vez anterior, pero
parecía que Bruna no encontraba la forma de derrotar
al monstruo. Lentamente decidió ir adentrándose en el
mar y su cuerpo, poco a poco, se fue fundiendo con el
agua. Bruna era agua, era ágil y flexible como una ola,
y como dos olas, ella y la bestia, fueron luchando sin
cesar. Se atravesaban, se mezclaban, se abrazaban, en
una danza eterna sobre el azul del mar. Finalmente,
agotado, el monstruo desapareció para siempre en las
inmensidades del océano y Bruna se fue derritiendo
hasta convertirse en arena. Bajo el intenso sol del
mediodía, hubo otro flash.
Otra vez era de noche. En la playa había un hombre
llorando, sujetando una chica entre sus brazos. Los
padres de Bruna corrían desesperados hacia él. El
hombre los miró con lágrimas en los ojos, no había
podido hacer nada para evitar que se ahogara. Dejó la
chica en el suelo… el cuerpo de Bruna yacía en la
arena. Su madre le apretaba la mano con fuerza
gritando desconsolada. Bruna era esquizofrénica. Todo
aquel tiempo bajo el agua había estado luchando
contra su enfermedad, no contra ningún monstruo
marino, sino contra la angustia, contra las voces
imaginarias que la perseguían día y noche y que no la
dejaban vivir en paz. Y es que no todo es lo que
parece. A veces, cosas que suponemos complicadas
son mucho más sencillas de lo que creemos, al igual
que a veces, cosas que tienen una limpia fachada
esconden la suciedad bajo un grueso manto de
engaño… en fin, se tiene que aprender a mirar… más
allá.”
El anciano terminó su relato. Los cuatro se habían
quedado parados ante aquel inesperado final. Todos se
130
fueron a dormir en silencio, pensando en Bruna, en el
por qué de la historia y en su difícil existencia. La
hoguera se había apagado y el frío volvía a reinar en la
noche de Ib-brus. Bajo las mantas, Narum, Elha,
Sikma, Halaus y Thoor conciliaron el sueño.

131
XII
Cuando Narum se levantó, Betelgeuse volvía a
estar en lo más alto del firmamento, los sacos de sus
amigos estaban vacíos y la flamante estrella aún
presentaba un par de motitas negras en su disco, que
eran los planetas que la eclipsaban parcialmente. La
brisa marina de la noche anterior había amainado y el
día se presentaba radiante. La temperatura en Ib-brus
había ascendido hasta los veinte grados centígrados y
el mar ya no estaba picado. Narum salió con algunas
dificultades del saco, había empezado a hacer calor y
la ropa se le pegaba a la piel. Anduvo unos metros
hasta la escalera de piedra y fue subiendo los peldaños
a ritmo ágil. Cuando llegó arriba, la puerta de madera
estaba entreabierta y Narum entró. Una vez en el
estudio-biblioteca oyó voces procedentes del piso de
abajo. Eran Elha, Halaus y Sikma, que mientras
desayunaban, estaban comentando la posibilidad de ir
a bañarse a la playa. Narum pronto se unió a ellos.
Yon, por su parte, había partido de madrugada a
buscar algo de comer para el almuerzo y les había
dejado una nota explicándoselo en la mesa de la cocina
junto con el desayuno preparado. Iba a volver en unas
nueve horas equamenses, unas dos horas y media en la
Tierra. Los cuatro decidieron aprovechar aquel tiempo
para darse un chapuzón, así pues, cogieron una especie
de toallas que encontraron en el aseo de la casa,
bajaron otra vez hasta la playa, allí se quitaron la ropa
132
y empezaron a meterse en remojo. Narum,
acomplejado, echaba en falta el bañador y,
posiblemente por vergüenza, a pesar de que el agua
estuviera congelada, entró el primero imprudentemente
a toda velocidad, reprimiendo el gemido de escalofrío
que le recorrió el cuerpo al contactar con el gélido
líquido. Por lo visto, para Halaus bañarse desnudo no
era ningún problema, aunque su planeta fuera
conservador en algunos sentidos, resultaba que
también era muy liberal en otros aspectos; para ellos lo
importante no era ni mucho menos la cubierta exterior
que escondía al verdadero ser y, por lo tanto, enseñar
su cuerpo no era mostrarse a sí mismo, mostrar su
interior, por lo contrario, sí que les era mucho más
difícil. A su vez, a Elha sólo le preocupaba que, según
ella, el viejo verde, volviera antes de lo previsto y la
viera desnuda, cayendo luego redondo en el suelo.
Finalmente, a Sikma le daba igual, él no tenía
complejos y si además estaba con la chica que le
gustaba, pues aún mejor. Aquella situación
ejemplificaba perfectamente el hecho de que en el
universo casi todo era relativo, un mismo suceso podía
interpretarse de distintas maneras, según la educación,
el carácter, la cultura… que cada uno tuviera.
Estuvieron saltando olas y buceando un buen rato,
siempre en movimiento, para no coger frío. Aún así,
salieron del agua tiritando y fueron rápidamente a
taparse para luego secarse tumbados al sol. En total
habían pasado doce horas equamenses desde que
Narum se había despertado cuando Yon apareció en el
horizonte. Unos minutos más tarde, ya estaban otra vez
en la segunda planta de la torre preparando la comida.
Para almorzar tendrían algo semejante a una sepia, que
Yon había pescado, acompañada con una selección de

133
vegetales marinos. Durante la comida, el antiguo
maestro de Gregor decidió confesarse...
- Mira Narum… –se sinceró- bueno digo Narum
porque es a él a quien Gregor le dio el pendiente, pero
bueno, lo cuento para todos… –se le notaba nervioso,
no sabía cómo empezar- bueno da igual –suspiró y
continuó ahora con voz más serena-. Narum he estado
pensando todo el día en lo que me contasteis ayer y
sólo le he encontrado una posible explicación –se
detuvo-. Mira yo ya hace mucho tiempo que dejé todo
esto de la magia, ya hace tiempo que me aparté de la
Cúpula y de todo lo relacionado con ella y ahora sólo
soy un pobre viejo con mucho camino en la espalda y
poco que compartir –se veía que le costaba pronunciar
aquellas palabras por sus labios temblorosos, era como
si estuviera a punto de reabrir viejas heridas, heridas
que aún seguían latentes y que intentaba reprimir-.
Narum, de verdad que lo siento, pero… yo no os
puedo ayudar. Supongo que Gregor os envió aquí para
fijaros un objetivo –trató de justificarse-, para que os
alejarais del peligro, para que…
- No es verdad –Narum le interrumpió fríamente-.
Gregor nos envió hacia ti porque el creía y cree que tu
nos puedes aportar algo, del mismo modo que se lo
aportaste a él. Puede que sí que también nos enviara
para que tuviéramos una meta y por seguridad, pero no
creo que sólo fuera para eso… de hecho, tú ya nos has
enseñado.
Las palabras de Narum se habían hecho un hueco
en el corazón del anciano. Yon observó al chico y, por
un momento, le admiró.
- Gracias –sonrió el viejo-. Puede que tengas
razón, que sí que os puedo aportar algo, aunque
probablemente no sea lo que Gregor querría, pero creo
que tenéis derecho a saber dónde os estáis metiendo y
134
a qué lado del asunto estáis para que luego vosotros
podáis escoger.
Los cuatro seguían sentados en sus sillas con los
platos de sepia medio llenos. Con aquellas últimas
palabras, Yon había captado totalmente su atención,
parecía que por fin iban a obtener algunas respuestas,
aunque muy posiblemente éstas abrirían otras nuevas
preguntas. Sin más preámbulos, el anciano, hoy con
rostro más triste de lo habitual, empezó una larga
explicación sobre la situación actual del universo.
- Hace unos 5000 millones de años, es decir,
10000 millones de años después de la formación de
este universo, empezaron a florecer las primeras
civilizaciones avanzadas y, con ellas, aparecieron las
primeras disputas territoriales para hacerse con el
control de los recursos energéticos y de las fuentes de
progreso existentes. Con el paso del tiempo los
enfrentamientos se fueron haciendo cada vez más
frecuentes y también más violentos. Fue entonces
cuando unos planetas con ideas y gobiernos afines
crearon la primera coalición militar, la Unión
Interplanetaria, con el objetivo de protegerse
mutuamente. Al mismo tiempo, también firmaron unos
tratados de cooperación en términos políticos y
económicos. La Unión Interplanetaria se convirtió
rápidamente en la gran potencia de su era, pero, a
pesar de su hegemonía, el clima bélico seguía muy
presente entre los distintos pueblos. Finalmente, esta
organización decidió que la situación era insostenible e
intentó pacificar el espacio, con el infortunio de
escoger una solución por vía militar. Sus pretendidas
buenas intenciones iniciales derivaron en una política
imperialista y unilateral que sumió en la miseria a
todos los planetas en los que intervenían. A partir de
ahí, de estos planetas reprimidos surgió una nueva
135
fuerza, primero pensada como resistencia y luego
como alternativa a la Unión, que rivalizaría con ésta
por el control del universo hasta nuestros tiempos. Ésta
nueva formación, que en la actualidad está dirigida por
Newt, es la llamada Federación Intergaláctica. Con los
siglos, la Federación fue ganando terreno a la Unión,
que habiendo olvidado sus inicios, se vio involucrada
en una carrera sin sentido por dominar el espacio que
cada vez se le iba poniendo más cuesta arriba. Junto
con la Federación y la Unión, hoy en día existen
también pequeños focos de resistencia que luchan
encarnizadamente, pero en inferioridad numérica, por
mantener su identidad y libertad. Luego también hay
planetas pacíficos que no oponen resistencia militar a
la invasión, pero que intentan abrir una puerta al
diálogo y a la esperanza, para hallar una posible salida
a la compleja situación en la que nos encontramos.
Dentro de todo este embrollo se encuentra la Cúpula,
una especie de institución política que depende de la
Unión Interplanetaria y que supuestamente intenta
encontrar vías de solución a los problemas de la Unión
y del resto del espacio. A su vez, una de sus secciones
secundarias se encarga de buscar a jóvenes con talento
para irlos introduciendo, poco a poco, en su
organigrama… y es que se podría decir que es mejor
tenerlos de su lado que no en el bando contrario… y
bien, como ya os habréis imaginado, vosotros formáis
parte de la última generación –el anciano se pausó y
observó en los rostros del cuarteto, más que sorpresa,
seriedad-. Yo –empezó de nuevo retomando el relato-
también formé parte de una de estas generaciones.
Peldaño a peldaño, con el tiempo, fui ascendiendo en
la jerarquía de la Unión hasta llegar al Consejo
Superior, su institución política de mayor relevancia,
aunque antes también pasé unos años como profesor
136
de la Cúpula y fue cuando tuve a Gregor de alumno.
Después de entrar en el Consejo, estuve en contacto
con la más absoluta corrupción y negligencia y me di
cuenta de que durante todos aquellos años había estado
trabajando, en su gran mayoría, no por el bien de toda
la Unión, sino por una reducida esfera de altos cargos
sin escrúpulos y con múltiples intereses económicos.
La Unión estaba inmersa en una guerra total contra la
Federación Intergaláctica, una guerra sin mediación
alguna y con el único fin de controlar el mayor número
de planetas y recursos posible. Yo, ingenuo, no me
había dado cuenta hasta que ya estaba metido en ella
hasta el cuello, había mirado siempre de frente, sin
echar un vistazo a mi alrededor, donde mis decisiones
repercutían sobre las vidas de los demás como un
mazazo en la espalda… ofuscado por el éxito, por los
ascensos, por las mentiras, no había sido capaz de ir
más allá de mí mismo y pensar en los otros. Luego, ya
era demasiado tarde para irme a casa tranquilamente
dejándolo todo atrás, sabía infinidad de cosas que no
dejarían salir a la luz, así que mi única opción honesta
era irme al exilio, aquí, escondido en este remoto
planeta, donde pasaré el resto de mis días.
Todos estuvieron callados, en absoluto silencio,
durante unos minutos, reflexionando sobre la historia
de Yon. Sentían compasión por el anciano. Ellos no
querían que les sucediera lo mismo, aunque ahora que
cada vez tenían más información, parecía que iban por
buen camino o por lo menos, tenían esa oportunidad.
Finalmente, fue Elha quién se levantó del asiento y
habló rompiendo el decaído ambiente.
- Bueno, ¿y ahora qué hacemos? –interrogó a los
demás para que reaccionaran.
- Creo que lo mejor sería ir a ver a Gregor a que
nos aclare todo este lío –contestó Halaus.
137
En el corazón de Narum se habían levantado
fantasmas de rebeldía, de revolución, ansias de ir
contra el sistema y de acabar con las injusticias. Se
sentía utilizado, engañado, ultrajado. Sus primeros
impulsos le hubieran llevado a enviar todo aquel viaje
al traste, a romper con el pendiente y a olvidar lo
relacionado con él. A pesar de todo, pensó, por el
momento sólo habían oído la versión de Yon, sería
interesante escuchar lo que opinaba Gregor y ver si
tenía alguna otra explicación. A veces te veías
envuelto en situaciones en las que no querías meterte,
parece que, de un modo u otro, te tenía que ocurrir,
que las cosas escapaban a tu control, pero siempre
llegaba la oportunidad para desmarcarte, para retomar
las riendas de tu futuro y ser responsable de tus
acciones. Además, Narum se veía incapaz de rehuir el
compromiso de tener en custodia el pendiente, era
consciente de su potencial y nunca lo hubiera
abandonado a su suerte…
Después de esta breve reflexión, se levantó de la
silla e intervino…
- Muy bien, por el momento ponemos rumbo a
Gregor. Durante el trayecto ya tendremos tiempo de
pensar cuál es la forma más correcta de actuar…
- Vale, estoy de acuerdo –dijo Sikma-, pero ¿cómo
sabéis dónde encontrarle? –a esta última parte se le
unió al unísono Yon que había vuelto de su pasado.
Nadie había pensado en ello. Yon hacía años que
no sabía nada de él y Narum dudaba que Gregor
hubiese regresado a la Tierra para volver a dar clases
en el instituto. Fue entonces cuando a Halaus se le
encendió la bombilla.
- ¡Bélathar! –gritó entusiasmado- Bélathar puede
que sepa dónde está… teniendo en cuenta que ellos
huyeron juntos de la Cúpula…
138
- ¡Eh, tienes razón! –saltó Elha- Ella me dijo que
vivía en Govanem… ¡Vamos a hacerle una visita y en
un periquete, volvemos a estar todos juntos de nuevo!
- ¡Genial! Fue allí donde la conocí –de nuevo
Halaus-. Antes de entrar en la Cúpula estuve unos días
con ella, pero luego tuvo que hacer unas gestiones y
nos fuimos en distintas naves…
- Decidido entonces –volvió a corroborar con
decisión la chica.

Sus horas en Ib-brus estaban contadas. Con el


habla ya se había hecho media tarde y Betelgeuse caía
en el horizonte. Las motitas negras que eclipsaban su
superficie se habían desplazado unos grados desde el
día anterior y el frío empezaba a reinar de nuevo con la
llegada de la noche. La melodía de las olas, junto con
la suave brisa marina, les había estado acompañando
mientras habían ido recogiendo los sacos y
preparándose para el viaje. Yon, entretanto, había
estado reposando en un balancín de una de las terrazas
de la lúgubre torre. Todo estaba dispuesto para partir.
Cenaron unos restos que habían sobrado de la comida
del mediodía y bajaron las empinadas escaleras de
piedra por última vez. La gruesa y húmeda arena de
playa les soportó a lo largo del camino de vuelta a la
nave y el anciano, que con la marcha aún lo parecía
más, les dio unas provisiones y les deseó buena suerte.
Uno a uno se fueron despidiendo de él, volvieron a
entrar en la diminuta cabina y se sentaron en sus
respectivos puestos. El computador de abordo aún les
indicaba que habían entrado en la reserva de
combustible, tendrían que hacer una parada en su ruta
hacia Govanem. Ya con los cinturones abrochados, los
cuatro notaban una sensación contradictoria en su
interior, por una parte, ninguno de ellos quería dejar al
139
pobre Yon allí solo, con el viejo habían pasado buenos
momentos y, además, les había prevenido para el
futuro, pero por otra, todos querían continuar con su
viaje, reencontrarse con Bélathar y dejar atrás aquel
asteroide lleno de tristeza y melancolía. Puede que
fuera por eso que antes del despegue le prometieron
que pronto le volverían a visitar. Una promesa que
nunca pudieron cumplir, pero que ayudó al viejo a
hacer más llevaderos sus últimos días. Un millar de
horas más tarde Yon se uniría al viento y, por fin,
podría librarse de su exilio y vagar por el espacio
eternamente.

140
XIII
- Mi madre trabaja en un departamento del
ministerio de relaciones públicas de la Unión
Intergaláctica –era Sikma quien hablaba. La
conversación había ido de un lado a otro, saltando
espontáneamente de tema, sin ningún tipo de lógica.
Ya hacía más de veinte horas equamenses que
navegaban por el espacio. La nave había cruzado
media docena de agujeros de gusano y, por el
momento, durante el trayecto nadie había caído
dormido. Habían decidido mantenerse despiertos,
todos juntos, sin hacer ningún tipo de turno para
descansar. Buena o mala decisión, parecía que
presintieran lo que se les avecinaba. Halaus y Sikma
estaban hablando sobre sus familias, mientras Narum
hacía prácticas de levitación en el compartimiento
adyacente supervisado por Elha. La puerta estaba
abierta.
- Pues yo con mi madre me llevo muy bien –era el
turno de Halaus.
- Entonces tienes suerte –contestaba Sikma
inmerso en la charla-. Yo, ya te digo, ¿sabes cuando te
mandan que no hagas algo que es obvio que no harás y
que ni se te había pasado por la cabeza? –Halaus negó
haciendo una mueca, Sikma se preguntaba en qué
mundo vivía su amigo-. Es que me pone de los
nervios, parece que no te conozcan, que no tengan
confianza en ti… ¡Aaarrggg! Te dan ganas de ir y
141
hacer lo que han dicho que no hagas sólo para llevarles
la contraria –Sikma lo ilustraba apasionadamente
gesticulando con las manos.
- Mmmm… no creo que lo haga con mala
intención –contestó Halaus pausadamente-. Es sólo un
reflejo involuntario producido por su subconsciente
protector… ¡Su naturaleza! –se sacó de la manga.
Sikma ahora estaba seguro, Halaus no vivía en su
mundo. Paralelamente, en la otra habitación, Narum
estaba progresando. Al fin había conseguido elevarse
firmemente del suelo y estaba empezando a flotar
lateralmente. A pesar de todo, aún se acordaba del
descubrimiento que había hecho sobre la magia
aquella noche cantando en el bar, no se trataba de
poderes espectaculares ni nada parecido, magia eran
los distintos sentimientos que una persona
experimentaba en el curso de su vida y ésta debía
consistir en comprender, saber transmitirlos e influir
positivamente en los demás. Aún así, Narum estaba
muy satisfecho con lo que iba logrando.
- Mira Elha, ya casi lo tengo dominado –sonreía
orgulloso observando sus pies a un par de palmos del
suelo.
- Bah, no es para tanto –dijo ella despectivamente
cortándole el rollo.
A Narum le cambió la cara. Descendió cabizbajo y
luego buscó con la mirada a su compañera para
intentar comprender sus palabras. Elha ya no estaba,
pero tampoco la veía con Halaus y Sikma. Ésta se
había escabullido hábilmente a sus espaldas y pronto le
saltó al cuello abrazándole por detrás.
- ¡Es broma tonto! –le susurró cariñosamente
besándole la mejilla
- No si ya lo sabía… –disimuló vergonzoso Narum
sonrojado.
142
- Sí, ya… vaya susto te he pegado ¿eh? –y le dio
un golpecito en el hombro- Va, vamos para allá, que
ya debemos estar llegando.
Los dos entraron en la cabina cerrando la puerta a
sus espaldas. Halaus y Sikma hacía un rato que habían
dejado de hablar de sus madres y ahora parecía que les
ocupaban otros menesteres.
- ¿Qué tal todo? –comentó Elha- ¿Qué estáis
haciendo? –preguntó.
- Bien... le estoy enseñando a Halaus cómo
manejar este trasto –contestó Sikma.
- ¿Y qué tal lo llevas? –intervino Narum.
- Un poco complicado, pero más o menos voy
apañándome –respondió Halaus abrumado con tantos
botones.
- ¡Ya veréis que aterrizaje nos va hacer! –soltó de
sopetón Sikma.
- ¡Aterrizaje! ¿Yo? ¿Qué? ¡No me habías dicho
nada! –estresado Halaus.
- ¿Quieres decir que es buena idea? –observó Elha
desconfiada.
Con tanto barullo no le habían prestado atención a
un icono que llevaba varios minutos parpadeando en la
pantalla. Una nave les había estado siguiendo desde el
último agujero de gusano.
- Vamos Halaus, aterrizas con la ayuda de Narum
–seguía Sikma metiendo carne en el asador.
- Vamos sí, yo te ayudo, será divertido –insistió
Narum-. Si nos la vamos a pegar, Elha o Sikma ya
harán algo… ellos también van en la nave ¿no?
- Bueno, vale… –accedió resignado- pero si algo
va mal ya estabais avisados.
El planeta en el que tenían que repostar no estaba
lejos. La nave había entrado en reserva antes de llegar
a Ib-brus y, sorprendentemente, aún aguantaba. De
143
momento navegaban con los reactores apagados y
esperaban que hubiera suficiente combustible para
realizar las maniobras de aterrizaje.
- Eh tíos, dejaros de aterrizajes y mirad lo que hay
aquí –interrumpió Elha.
Elha había sido la primera en percatarse de la
nueva compañía. Los otros tres desviaron su atención
hacia la pantalla y se quedaron atónitos.
- Los informes del computador de abordo dicen
que es un caza de la Federación que nos ha estado
siguiendo desde el último paso por agujero de gusano
–les informó la chica con detalle.
- Vienen a por el pendiente… –murmuró Narum
para sus adentros.
- ¡No! ¡Es Newt que viene a por mí! –gritó Halaus
alarmista, al que le había vuelto a la memoria el sueño
de su muerte.
- Que no cunda el pánico… –intentó calmar los
ánimos Sikma- puede que sencillamente hayamos
entrado en territorio de la Federación y que quieran
que nos identifiquemos.
- Sí, será eso… –replicó Elha con sarcasmo-
vienen a pedirnos nuestras credenciales
presionándonos con un caza hostil y armado. Además
–añadió-, aunque tuvieras razón, no sé qué identidad
quieres que les demos.
- Esperad, así no vamos a ningún sitio –habló
Narum con serenidad-. La nave que nos ha estado
siguiendo nos podría haber alcanzado cuando hubiera
querido si tenemos en cuenta que llevamos los motores
apagados –analizó-, pero no lo ha hecho… parece que
está a la expectativa, esperando a que la detectemos y
a que nos controle el pánico…
- Tienes razón –admitió Halaus-. No ha sido muy
inteligente mi reacción… os pido disculpas.
144
- Disculpas aceptadas –sonrió Narum-. Ahora
manos a la obra, tenemos que decidir qué es lo que
vamos a hacer.
- Muy bien, me parece genial –era el turno de
Elha-, pero nuestras posibilidades de acción están
bastante reducidas, no olvidéis que la nave aún está en
reserva y entonces, una cosa es segura, tenemos que
aterrizar en este planeta para repostar, no hay otra
opción.
- ¡Si aterrizamos, nos tendremos que enfrentar a
ellos y no creo que con nuestro nivel tengamos las de
ganar! –observó Sikma.
- ¡Tampoco sabemos quién va en la otra nave, ni
tan si quiera si quieren pelea! –replicó Elha.
- ¡Pero tú antes has dicho… –volvió a la carga
Sikma.
- Narum… –susurró Halaus frenando la discusión,
que había visto como su amigo se quedaba paralizado
con los ojos abiertos de par en par.
- Newt va en la nave –desveló-. Solo.
Aquella revelación cambiaba completamente la
situación. Ahora no estarían seguros ni en la nave ni
fuera de ella y además, ahora los cuatro tenían la
certeza de que Newt sabía que ellos escondían el
pendiente, sino ¿por qué se había presentado él
personalmente a la cita? Una de esas certezas
inseguras que se tienen y que únicamente ayudan a
actuar indebidamente, haciendo que si las cosas no se
sabían, terminen por descubrirse.
- Aterricemos y enfrentémonos a él –dictaminó
Halaus con decisión y frialdad-. Somos cuatro contra
uno.
- Pero Halaus… –se opuso Narum.
- Lo sé… –contestó estoico- pero dadas las
circunstancias es nuestra única alternativa.
145
Halaus, aunque muy a pesar de ellos, estaba en lo
cierto. Estar al cargo del pendiente, aún sin poder estar
de acuerdo con Gregor o con la Unión, conllevaba una
gran responsabilidad, no sólo con ellos, sino con todo
el universo y sus habitantes. El poseer el pendiente
significaba tener el conocimiento absoluto, para bien o
para mal, y que cayera en manos equivocadas podría
ser un golpe casi definitivo para el bienestar del
espacio.
Los cuatro se sentaron en sus puestos y Sikma
encendió los motores y preparó la nave para el
aterrizaje. Poco a poco, fueron descendiendo y se
posicionaron encima de una placa metálica que les
permitiría volver a despegar usando los imanes
diamagnéticos. Finalmente, Elha abrió las compuertas
y las dejó ajustadas para facilitar una posible huída.
Newt había seguido sus pasos y había estacionado su
caza a unos cien metros de distancia.
La hora de la verdad había llegado. El planeta en el
que se encontraban era un escenario idóneo para la
batalla, una gravedad parecida a la de la Luna que
amortiguaría los golpes y un terreno poco irregular, lo
hacían perfecto para la ocasión. Narum, Elha, Sikma y
Halaus estaban a sólo unos pasos de su oponente. Los
nervios estaban a flor de piel y la tensión se podía oler
en el ambiente. Newt fue el primero en actuar y dio un
paso adelante.
- Veo miedo en vuestros ojos –empezó una táctica
intimidatoria; su voz sonaba grave, gutural, de
ultratumba.
- ¿Cómo nos has encontrado? –cuestionó Elha
agresiva intentando cortar el juego realmente efectivo
de su adversario.
- Bueno –contestó sorprendido-, ya después de la
batalla de la Cúpula, uno de mis contactos en el
146
Consejo de la Unión Interplanetaria me dijo que uno
de vosotros, un tal Narum, llevaba el pendiente
consigo –su voz ya no daba escalofríos-. Luego –
continuó-, sólo tuve que mover unos hilos dentro de la
Unión para que me localizaran vuestra nave de escape
y me notificaran su ubicación –Newt parecía orgulloso
de sus confidentes-. Entonces, ¿quién es ese tal
Narum? –concluyó con sequedad.
- Yo soy Narum –se adelantó Narum con valentía.
- No, déjalo Halaus. Yo soy Narum –mintió
Halaus.
- ¡No! ¡Yo soy Narum! –se unió Sikma.
- No, si hasta resultará que la chica también se
llama Narum –dijo Newt sarcástico-. Mirad, a mi me
da igual quién sea o deje de ser Narum, si me dais el
pendiente os dejaré ir en paz, os lo prometo –
amistosamente.
- ¡Eso no te lo crees ni tú! –se enfrentó Elha- ¿Y se
puede saber para qué quieres tú los pendientes, eh?
¡Para seguir martirizando y torturando a pueblos
inocentes que no pintan nada en esa lucha estúpida en
la que estás metido para controlar el universo!
- Aaahh –sonrió-, ahora me acuerdo, tu cara me
resultaba familiar…
- ¡Cállate! –le cortó tajante un desconocido
Halaus- ¡Lo único que quieres es provocarnos e
intentarnos separar… pues te informo que tus trucos
no te van a servir con nosotros, tendrás que ser algo
más original si quieres tener éxito! –le advirtió.
- Buen método el vuestro para quitaros la tensión
de encima, olvidaros del peligro y subiros la moral –
contestó Newt sin inmutarse-. Repito, por última vez,
ya me estoy cansando, dadme el pendiente ahora o
ateneos a las consecuencias –terminó amenazador.

147
Ninguno de los cuatro contestó. Las cosas habían
quedado claras, había llegado el momento de poner en
práctica todo lo aprendido hasta entonces. Newt se
elevó a varias decenas de metros de la superficie. Sus
jóvenes rivales hicieron lo mismo disponiéndose en
círculo alrededor suyo, Halaus enfrente, Narum detrás,
Sikma a la derecha y Elha a la izquierda. Nadie osaba
hacer el primer movimiento, todos estaban en tensión,
a la expectativa. Narum sabía que si le atacaban de
forma convencional no tendrían ninguna posibilidad,
necesitaban ser originales, encontrar una alternativa,
pero en aquel planeta no había ni piedras ni lámparas
gigantes para cazar a Newt como a una mosca de la
misma forma que había hecho con Feb en la Cúpula.
Además, el oscuro pendiente de su rival reflejaba un
control total de su magia, no un triste color verde
espinaca como el suyo.
Todos seguían inmóviles en las alturas. El viento
había empezado a soplar con fuerza. Newt iba
observando a sus oponentes, el nivel de sus
pendientes… intentando descifrar quién sería Narum,
cuál de ellos escondería el preciado tesoro. En silencio,
sin que nadie se hubiera dado cuenta, Narum,
encontrada la inspiración, había iniciado su ofensiva.
Era un golpe invisible, un golpe moral que tenía como
objetivo directo las sensaciones de su adversario.
Narum no sabía si funcionaría, sólo era un intento,
quería traspasarle a Newt su inseguridad, hacer que se
sintiera indeciso, que sintiera miedo, desconcertarle…
Por el momento, no parecía que tuviera efecto
visible, Newt seguía en su sitio escrutando a sus
rivales con ojo clínico, pero en su interior habían
empezado a aflorar sentimientos negativos, la palabra
derrota iba retumbando en su cabeza como un tambor
tribal, en su subconsciente el temor a perder se estaba
148
haciendo un hueco poquito a poco. Era extraño,
pensaba Newt, se sentía incómodo, algo nervioso,
¿inseguro? No podía ser, él, gran líder de la
Federación, dudar de sí mismo frente a una pandilla de
principiantes… alguien se estaba inmiscuyendo donde
no debía, alguien que estaba… detrás. Y Newt dio
media vuelta hacia Narum y le disparó un intenso rayo
letal. Éste intentó esquivárselo, pero reaccionó
demasiado tarde. El potente haz de luz hizo impacto de
lleno en su pecho y Narum se desplomó a cámara lenta
hacia el suelo. Elha y Sikma descendieron rápidamente
en su ayuda y Halaus se quedó batallando con el vil
tirano.

Narum estaba tumbado en el suelo frío y mojado de


la noche, inmóvil, su mirada perdida en los fuegos
artificiales que se proyectaban en el cielo… un
centenar de metros más arriba se encontraban los
responsables de aquel espectáculo, Halaus y otro mago
que vestía con una túnica blanca… Newt. Se quitó la
capucha y dejó relucir bajo la lívida luz de un lejano
astro, la esfera que colgaba de la cadenita plateada de
su pendiente… negra… como la de Gregor, color del
control total de su mente… no eran fuegos de artificio,
era una feroz lucha… Newt jugaba con su compañero,
con el amigo de Narum… Halaus no tenía nada que
hacer… notó como unas manos lo agarraban por los
brazos… eran Elha y otro chico, Sikma, que con
lágrimas en los ojos, lo arrastraban lejos de la
batalla… Narum intentaba gritar, moverse
desesperadamente, ir en ayuda de su mejor amigo…
no podía, una fuerza invisible se lo impedía, le había
helado todo su cuerpo… sólo los ojos le respondían…
Elha y Sikma le estiraban con más fuerza, marchando
con velocidad hacia una pequeña nave… Halaus ahora
149
estaba abrazado a Newt, intentándole transmitir su
calidez, su alegría, su felicidad, su bienestar… la nave
fue, poco a poco, despegando del planeta
desconocido… una bandada de pájaros alzó el vuelo…
a los lejos, por la ventanilla, aún sin recobrar todos sus
sentidos, Narum pudo ver el fin de una amistad… un
intenso rayo de energía atravesaba el frágil cuerpo de
Halaus… bajo la lluvia, permaneció inerte, sin vida…
una nave se sumergía en el espacio y con ella un grito
de dolor…

150
XIV
No hay palabras para describir la pérdida de un ser
querido. El sueño se había hecho realidad, Halaus ya
no estaba. Narum yacía tumbado en el suelo de la nave
de escape, aún medio inconsciente. Elha y Sikma
pilotaban en silencio, sin rumbo fijo, con el único
objetivo de alejarse lo más rápido posible de aquel
lugar. Narum miraba fijamente a través de la
ventanilla, rebobinando una y otra vez hasta el punto
en que vio por última vez a su amigo. Halaus, cálido,
vital, altruista, comprensivo, misterioso, un amigo…
miles de adjetivos le podrían haber pasado por la
mente, pero ninguno de ellos lo hizo, la tenía en
blanco. Un hormigueo le recorría por detrás de los
ojos, un vacío irremplazable en su corazón, una mano
que le oprimía el pecho y que no le dejaba respirar.
Inspiraba aire por la nariz a trompicones, cada vez más
deprisa, cada vez más profundo, pero nunca conseguía
el suficiente. Necesitaba más, más y más para llenar el
vacío… impotencia. La vida le iba pasando por delante
de los ojos como una película en la que él era el
protagonista. Se creía invulnerable, nada le podía
pasar, era intocable, especial, creía que nunca iba a
terminar… pero no, no era así… cuando él se fuera,
que se iría, no estaría todo… eso es lo que conocía, se
conocía a sí mismo, era su punto de vista, pero había
muchos más y muchos más que vendrían. Los
desengaños le habían hecho aprender y comprender
151
que él no era el único especial, era uno más, uno más
especial, porque todo el mundo lo era. Y este saber no
era malo, entenderlo, aceptarlo, era un gran paso que,
luego, le ayudaría a vivir mejor.

- Sikma, se acaba de agotar el combustible –


informó Elha indiferente.
- Vale –contestó éste-. ¿Y qué hacemos?
La nave acababa de cruzar al azar uno de los
múltiples agujeros de gusano que había en las
cercanías del desafortunado planeta y ahora
deambulaba sin energía por el nuevo sistema en el que
se habían adentrado. Su estrella central era una
supergigante roja de edad avanzada y de unas dieciséis
masas solares. El único planeta que se veía orbitando a
su alrededor a simple vista no parecía que estuviera
habitado. Éste también era rojizo como su anfitriona y
su tamaño vendría a ser más o menos como el de
Marte. El computador de abordo de la nave había
dejado de emitir señales al agotarse el combustible y la
pantallita también se había apagado. Al mismo tiempo,
los generadores de gravedad artificial y otros sistemas
auxiliares tampoco estaban operativos. La única
función que seguía activa eran los controles de
dirección del artefacto. Así pues, Elha y Sikma
decidieron realizar un aterrizaje de emergencia en
aquel recóndito planeta. Era su única opción; no
podían pasar por otro agujero de gusano, ya que no
dispondrían de combustible para reprender la marcha y
tampoco podían continuar en busca de otro sistema
con la velocidad que llevaban entonces porque
tardarían miles de años en hacerlo. Tenían la esperanza
de encontrar en el planeta alguna fuente de energía que
les posibilitara reemprender su viaje hacia Govanem,

152
sino, casi irremediablemente, se verían atrapados allí
durante mucho tiempo.
Las maniobras que realizaron para contactar con el
planeta no fueron muy elaboradas. Entraron en la casi
inexistente atmósfera y planearon con delicadeza hasta
tomar tierra; el rozamiento hizo el resto. Una vez
detenidos, Elha abrió las compuertas y con la ayuda de
Sikma fue sacando las distintas provisiones y el equipo
de supervivencia que traían consigo. Finalmente, éste
último bajó en brazos a Narum que aún estaba
demasiado aturdido para moverse.
El panorama no pintaba muy bien. Aquel planeta
era un desierto, la temperatura era de cincuenta-y-
cinco grados centígrados y lo único que se veía hasta
el horizonte era polvo y más polvo, una especie de
arena muy fina y rojiza, como arcilla, que se
depositaba en el suelo y en las contadas rocas que
había esparcidas por la superficie. El sol infernal
ocupaba un tercio del cielo y caía como una losa sobre
las espaldas de los jóvenes. Si permanecían mucho
rato más allí, se iban a asar vivos. Elha, consciente de
la situación, había empezado a andar en busca de algún
indicio de vida, de agua, de combustible o de algo que
les pudiera ser de utilidad. Sikma hacía lo mismo, pero
en dirección contraria y Narum permanecía tumbado
parcialmente en la sombra, tratando de recuperarse del
duro golpe sufrido, tanto física como anímicamente.
En aquellos momentos no le hubiera importado
morirse allí asfixiado, estaba destrozado,
completamente agotado, vencido. Su mente se debatía
entre el ferviente deseo de vengarse, una sed
alimentada por sus instintos más primitivos, y el
sentimiento de impotencia que le conducía a no hacer
nada, a esperar y a querer que el tiempo transcurriera
rápidamente para que llegara el día en que, si otro
153
mundo existía, se reencontrara con su amigo. Tanto
llegó a desear que aquella vida fuera real, que aquel
mundo mejor, prometido por infinidad de religiones
derivado del miedo a dejar de ser de la humanidad,
floreciera, que el tiempo a su alrededor empezó a
acelerarse sin que él mismo se diera cuenta de lo que
estaba desatando.
Su pendiente brillaba intensamente en medio de la
nube escarlata que se había levantado con el viento, el
pelo de Elha, que se había apresurado en volver, crecía
velozmente sin cesar y, en el firmamento, las
erupciones en la gigantesca estrella roja eran cada vez
más numerosas y violentas. Los tres, reunidos de
nuevo, observaban asombrados aquel devastador
espectáculo dentro de la esfera protectora que Sikma
acababa de crear. A lo lejos, de detrás de la nave que
estaba quedando soterrada bajo una montaña de arena,
apareció un pájaro. Era un joven quetzal que con su
característico vuelo, con las alas pegadas al cuerpo
resiguiendo un perfecto movimiento ondulatorio,
flotando liviano arriba y abajo, pero siempre hacia
delante como una flecha, intentaba escapar de la feroz
tormenta de polvo. A medida que se iba acercando, el
ave iba aumentando de tamaño hasta que alcanzó su
máximo esplendor. Miles de años atrás la civilización
maya le había venerado como símbolo de la libertad y
en la Tierra ahora solamente quedaban unos pocos
ejemplares en los bosques lluviosos de la antigua
Guatemala. Era pues una bella y extraña visión
encontrárselo en aquel inhóspito desierto, con su
plumaje verde esmeralda resplandeciente en el dorso,
su pecho carmín, su disimulada cresta y su elegante
cola de dos finas plumas, dos veces más largas que su
cuerpo, serpenteando grácil en el aire. Unos instantes
más tarde, cuando pasó cerca de ellos, Narum, que a su
154
vez estaba sujetado por Sikma, lo atrapó al vuelo y lo
resguardó entre sus brazos, dentro de la esfera
protectora, a salvo, donde ya no envejeció más.
Entretanto, en las alturas, se estaba
desencadenando uno de los fenómenos más violentos
de la naturaleza. En el interior de la enorme gigante
roja, los procesos de combustión de los distintos
elementos que formaban su núcleo se habían acelerado
vertiginosamente. A medida que se iban consumiendo
el hidrógeno, el helio, el carbono, el neón, el oxígeno,
el magnesio, el silicio… la estrella se iba contrayendo
y su temperatura y presión iban en aumento. Desde el
planeta, Narum, Elha y Sikma lo observaban
boquiabiertos a través del tupido velo arenoso. Unos
instantes más tarde, el núcleo estelar se había
convertido en una sopa de neutrones, protones y
electrones, todos los elementos habían quedado hechos
trizas. Finalmente, el núcleo terminó por colapsarse
sobre sí mismo formando una compacta estrella de
neutrones, de radio infinitas veces menor que el
anterior. Las capas externas de la antigua supergigante
roja se desplomaban sobre la superficie del nuevo
astro, calentándolo así hasta convertirlo en una bomba
de relojería que estalló en forma de supernova, una
explosión que libera más energía que cien mil millones
de soles y que es más luminosa que toda una galaxia.
La brutal onda expansiva alcanzó el planeta que
quedó instantáneamente calcinado debido a las
desorbitadas temperaturas. El trío de amigos, junto con
el pájaro y con Thoor, que yacía en la mochila
escondido tras la espalda de Narum, se vio entonces
sumergido, aún dentro del escudo protector, en
violentas ráfagas de plasma incandescente que les
alejaron del epicentro de la explosión. Se veían
inmersos en una supernova, la fábrica más grande del
155
universo, creadora de los elementos necesarios para la
vida, elementos que lo forman todo, que son parte de
cada uno de nosotros… estar allí era presenciar el
nacimiento de nuevas estrellas, de nuevos mundos, de
nuevos seres…
El evento aún no había terminado, lo peor estaba
por llegar. El proceso se revirtió, después de que el
frente de combustión se apagara, la materia se vio
arrastrada de nuevo hacia el centro de la difunta
estrella. Poco a poco, ésta se fue concentrando hasta
que se colapsó definitivamente deformando el espacio-
tiempo. Sólo la materia que se encontraba fuera del
pozo gravitatorio ocasionado por el nuevo cuerpo pudo
escapar a su mortal abrazo. Un agujero negro, el
depredador más letal que haya existido, una aspiradora
de descomunales dimensiones que se lo traga todo sin
excepción, ni la luz se libra de sus garras.
Narum y sus amigos tenían los minutos contados.
La endeble esfera protectora resistía a duras penas a
las devastadoras mareas. Lenta e inevitablemente se
aproximaban hacia el horizonte de sucesos, el límite
que separa un agujero negro del resto del universo
conocido, una vez allí, ya no habría escapatoria. Sikma
estaba cogido de la mano izquierda con Elha y con la
otra sujetaba con fuerza a Narum que, a su vez, tenía al
quetzal entre sus brazos. No se les ocurría ningún
modo de salir de ésa, todo parecía perdido. Narum
contemplaba atónito aquel espectáculo que él y Halaus
habían provocado, sus deseos se habían cumplido, cara
a cara él con la muerte, cara a cara con la destrucción
total del ser, una experiencia que puede que fueran los
primeros en vivir… apagado, vacío, tristemente
indiferente, la situación sólo le sabía mal por el pájaro
y sus amigos.

156
Ahora ya estaban más cerca. Elha y Sikma pedían
ayuda a gritos, pero su voz quedaba silenciada al salir
de la esfera. Todo aquel séquito de sucesos había sido
como ser una molécula de agua que sale por la boca de
un grifo, el agujero de gusano, hasta encontrarse con el
resto de líquido contenido en el lavamanos, que sería
el sistema junto con toda su materia. Una vez allí, el
tapón, la estrella, es el que preserva todo el agua.
Finalmente, cuando éste se quita, la materia es
irremediablemente absorbida hacia el desagüe, como
en un agujero negro, con la única diferencia que allí,
por lo que se sabía, no existía esta última parte, el
centro del agujero era el fin del mundo. En aquel
momento ellos eran ya una de las últimas gotitas que
se resistía a ser engullida y que iba resbalando poquito
a poco hacia su inevitable final.
Narum, Thoor y el pájaro iban una fracción de
metro adelantados, Sikma, en medio, intentaba
agarrarles con todas sus fuerzas para evitar que
sucumbieran y Elha, detrás de él, parecía que se
despegaba. Las desgarradoras tensiones estaban
haciendo su trabajo, los dedos de la parejita apenas
contactaban, sus yemas hacían un último esfuerzo
intentando que no se separaran. No lo consiguieron,
Elha quedó cortada del resto del grupo. Cuando Narum
giró la cabeza tras oír el sofocado alarido, su amiga ya
no estaba. En su lugar había un enorme pedrusco,
posiblemente un escombro del desaparecido planeta,
que la debía haber arrollado dejando tras de sí una
estela azulada. Bélathar, Halaus y Elha, uno a uno
habían ido cayendo sin poderlo evitar, pérdidas que
Narum y Sikma no tendrían mucho tiempo para
lamentar, también había llegado su hora.
El pájaro, al soltarse Elha, se había escabullido de
los brazos de Narum para volar hacia la chica.
157
Afortunadamente para él, no salió del interior del
escudo protector y no se vio alcanzado por la roca.
Luego, volvió a refugiarse en Narum, justo antes de
que los tres cruzaran el horizonte de eventos y se
adentraran en la más absoluta oscuridad. No veían
nada, no oían nada, silencio… el tacto y la intuición
eran sus únicos sentidos útiles.
Parecía que continuaban avanzando en dirección a
la singularidad, el centro del agujero negro, donde no
existían ni el espacio ni el tiempo. Las fuerzas a su
alrededor eran casi insoportables… Sikma apretaba
desesperadamente a Narum contra su pecho… la
esfera protectora estaba deformándose, no iba a
aguantar mucho más… ya quedaba menos… el final
estaba cerca… más cerca… muy cerca… a sólo unos
instantes… eternos………………………… pero
entonces llegó la calma… la tranquilidad… a lo lejos
veían una luz… blanca… ¿estaban ya muertos?
El foco se hacía cada vez más grande, más intenso,
era un túnel del cuál no divisaban el final. Entraron en
él, rodeados de blanco, sus siluetas apenas se
distinguían en el cegador brillo, la tensión había
cesado, eran ligeros, había paz en su interior,
¿felicidad?
Ahora veían el final, oscuro, el túnel no era
infinito, negra era su salida. La paz se desvanecía y en
su lugar se reinstauraba el miedo. Las esperanzas de un
idílico más allá se esfumaban, Narum recuperaba su
conciencia, el pájaro temblaba… estaban fuera.

158
XV
El casto túnel había desaparecido y seguían
avanzando ahora arrastrados por otro cuerpo. A sus
espaldas habían dejado atrás un agujero negro. ¿Cómo
podía ser? El agujero les tendría que estar engullendo
y no era así, al contrario, se estaban alejando de él. El
escudo protector había resistido milagrosamente y
volvía a estar intacto. No había rastro de la supernova,
las capas exteriores desprendidas en la explosión aún
tendrían que estar allí... todo era muy extraño, parecía
otro sistema, era otro sistema. Habían viajado a través
de un especial agujero de gusano que había conectado
a dos agujeros negros entre sí. Narum había oído
historias sobre aquella descabellada teoría, pero aún
nadie la había podido demostrar.
Las estrellas relucían distantes en la oscuridad,
pero no había ninguna en las proximidades, era un
sistema muerto. Delante de ellos se dibujaba el
contorno de un misterioso círculo negro que ocultaba
el espacio tras de sí. Era el cuerpo que les arrastraba
atrayéndolos con una fuerza invisible. Paso a paso, se
le iban acercando y el círculo iba ganando en tamaño.
Ahora ocupaba gran parte del cielo profundo tapando
así infinidad de estrellas antes visibles. Cada vez
estaban más cerca… cerca… hasta que ya sólo hubo
círculo, negro, oscuridad de nuevo que no les permitía
distinguir sus siluetas. El temblor del pájaro se iba
intensificando… miedo, esa era la palabra que mejor
159
describía sus sensaciones, miedo a lo desconocido,
miedo a la oscuridad, miedo a la soledad de aquel
lugar. El miedo, ¿un mecanismo de defensa que hacía
reflexionar más sobre las situaciones y que, en
consecuencia, hacía estar más preparado cuando
llegaba la hora… o un sentimiento que sencillamente
colapsaba al que lo padecía y le impedía actuar
racionalmente? ¿Cuál de las dos definiciones se
ajustaba más a lo que sentían Narum y Sikma en aquel
momento? Puede que la segunda… después de haber
recibido tantos golpes, uno tras otro, era difícil que
pudieran estar muy lúcidos, su cabeza era como un
ladrillo, les era imposible pensar, estaba totalmente
bloqueada.
La imaginaria pared de la esfera protectora se fue
fundiendo con el entorno hasta que quedó
completamente diluida, Sikma había sido incapaz de
mantenerla en pie. Al descubierto, la sensación de frío
se apoderó de sus cuerpos, frío, humedad, invierno
polar. Habían penetrado en la frágil atmósfera del
círculo negro, un planeta inhóspito que sobrevivía en
las condiciones más adversas, desafiando las leyes de
la física. Unos segundos más tarde, se adentraron en
una inestable superficie que les fue engullendo. A
Sikma se le estremeció el cuerpo, estaban rodeados de
una especie de extremidades, más bien rígidas, pero
que cedían a su paso, rozándoles la cara, arañándoles,
rasgándoles las vestiduras… crujían como las ramas de
los árboles al romperse, como las hojas secas al ser
pisadas.
La caída estaba siendo a cámara lenta, un descenso
suave, controlado. Finalmente, terminaron de pasar por
aquella fláccida capa. Ahora el aire volvía a estar
vacío, seguían sin poder ver absolutamente nada, no
había luz alguna, estaban a ciegas, sin saber a dónde
160
iban. Los minutos fueron transcurriendo y todo seguía
igual. Narum estaba abrazado al pájaro y el eterno
descenso no cesaba, parecía una caída infinita hacia un
glacial infierno. Atravesaron de nuevo otra capa
arborícola, esta vez un poco más densa que la anterior,
y, finalmente, después de otro largo vacío, contactaron
con la faz del planeta. Quedaron sentados en el suelo
húmedo, boscoso, a oscuras, no se veía nada, todo
estaba en silencio absoluto, parecía como si los
sentidos estuvieran en letargo, sólo el tacto recibía
algún estímulo del exterior. Frío, frío gélido en la
espalda, en la piel desnuda transmitiendo una
sensación de inseguridad, de acecho, no debían estar
solos, en cualquier momento, desde cualquier parte,
podían ser atacados… eran presa fácil para los
depredadores… carne… fresca.
Sikma estaba apoyado contra un árbol, temblando
al igual que el pájaro, aún con Narum entre sus brazos.
Narum parecía perdido en su mundo, absente,
superado por el infortunio, pero no era así… el pavor
causado por aquel planeta no dejaba hueco a los demás
tormentos, sólo una pequeña parte de su mente se
mantenía al margen para auto-culparle… había matado
a Elha.
De repente, a lo lejos, oyeron un ruido que rompió
el silencio, una espiración que se fue repitiendo,
rítmicamente, como el latir del corazón, pero
ahogada… sedienta… era la respiración de otro ser
que se aproximaba con sigilo… igual que la muerte.
Ésta cesó. De nuevo un silencio sepulcral les rodeaba.
Aterrido, Sikma se intentaba erguir vacilante apoyando
con torpeza la espalda contra el robusto tronco.
Narum, a su vez, seguía sentado en el suelo, pero
ahora trataba de apresar en vano al quetzal que
revoloteaba entre sus brazos en un intento desesperado
161
de huir. El pájaro presentía el peligro, la bestia no
tardaría en llegar… y así fue. Sin previo aviso, la fiera
se abalanzó sobre Narum. Éste chillaba aterrorizado, el
ser parecía intangible, no tenía consistencia, era como
una lona de plástico envolviéndole por debajo el agua,
como un manta que le ahogaba con su letal abrazo. Por
suerte, Sikma le mantenía unido a la vida, le tenía
cogido por un brazo y estiraba con fuerza para
liberarle de las garras de la muerte. Narum, durante el
forcejeo, notó como algo se introducía en su bolsillo.
Reaccionó rápidamente, la bestia se sentía atraída por
el pendiente… y ahí surgió el dilema, ¿el pendiente o
su vida? Afortunadamente, Sikma había tenido éxito
en sus intentos y los dos, aprovechando que el extraño
ser se había visto distraído por unos nuevos ruidos, se
dieron a la fuga. El quetzal, que desde el inicio del
ataque había escapado hacia el cielo, les había echado
una mano distrayendo a la fiera con su ancestral canto.
Narum y Sikma ahora corrían a toda velocidad, a
ciegas, sin saber hacia dónde se dirigían entre lo que
parecía un espeso bosque de árboles milenarios. El
jadeo de la bestia irrumpió de nuevo en escena,
haciéndose cada vez más intenso, cada vez más
próximo… no tardaría en alcanzarles. Unos instantes
más tarde, el gélido aliento del animal volvía a helarles
la nuca a los muchachos, ya estaba todo perdido. Fue
entonces cuando, de la nada, unos ojos felinos se
iluminaron en la oscuridad a sólo unos centímetros de
ellos barrándoles el paso. Sikma, preso del pánico,
profirió un alarido de terror… la cacería había
terminado.
Por todas partes fueron apareciendo nuevos ojos
secundando a los primeros, estaban rodeados. La
bestia que lo había iniciado todo resoplaba intranquila
a sus espaldas. Las demás iniciaron unos cánticos de
162
ultratumba que retumbaron en la cabeza de los
jóvenes. Se asemejaban a los cantos gregorianos
entonados antaño por monjes de la Edad Medieval.
Poco a poco, el cántico se fue apaciguando hasta que
todo volvió a quedar en silencio. Ya no se oía la
respiración entrecortada de la fiera. Narum y Sikma
estaban agachados, a la expectativa, sin entender muy
bien lo que estaba sucediendo. El pájaro reposaba de
nuevo apacible entre los brazos de Narum y los ojos
fueron retirándose lentamente. Parecía que el peligro
había pasado.
Uno de los misteriosos entes, que se les había
acercado por detrás sin que ellos se percatasen,
empezó a envolverles con delicadeza sin encontrar
oposición. Esta vez la sensación no era de peligro, ni
de ahogo, todo lo contrario, el ser transmitía confianza,
era como sentir el tacto de la seda en la piel, una suave
caricia. Unos segundos más tarde, se encontraban
totalmente arropados por él y notaron como un fugaz
cosquilleo les recorría todo el cuerpo. Despacio, les
volvió a soltar. Ahora, aún en la más absoluta
oscuridad, se encontraban en un lugar distinto. El suelo
era rígido, semejante a la madera, el aire más seco, de
fuera se oía el rumor de las hojas de los árboles
danzando con el viento; debían estar en una habitación
resguardados, aunque de vez en cuando, una leve
corriente también atravesaba la estancia, habría una
apertura que diera al exterior.
- Os pedimos disculpas –irrumpió una voz gutural
que resonó en sus oídos deshaciendo el silencio-. Me
presento, yo soy… –no se escuchó nada-… Nos tenéis
que excusar –prosiguió-, no estamos acostumbrados a
recibir visitas tan especiales como las vuestras, de
hecho, no estamos acostumbrados a recibir visitas de
ningún tipo… perdonad de nuevo –se volvió a
163
disculpar-. Tenéis que comprender a…-otro vacío-…,
uno de vosotros cuatro lleva su invento, su perdición,
su locura. Hace quince mil millones de años que se
encuentra en este estado, atormentado por sus actos
pasados –hizo una breve pausa-. A pesar de todo,
también tenéis que estarle agradecidos, si no fuera por
él, ahora estarías descansando en el mar de la calma.
Narum y Sikma estaban confundidos, seguía todo a
oscuras, la voz de aquel individuo les removía las
entrañas y, aunque la tensión y el miedo habían
desaparecido, tampoco sabían cómo actuar, no sabían
dónde estaban, no sabían quiénes eran aquellos seres,
no sabían qué había querido decir su interlocutor con
“uno de vosotros cuatro”, todo era desconcertante…
aún así, aquellas últimas palabras se habían hecho
hueco en el interior de Narum abriéndose un caminito
en su abrumado cerebro, aquellas últimas palabras
habían sido la chispa, la esperanza que le reanimó, que
volvió a hacer carburar su intelecto y que le permitió
empezar a atar cabos. ¿Cabía la posibilidad de que
Elha también hubiese atravesado el agujero de gusano?
- Veo que aún estáis asustados –volvió la gutural
voz a perforarles los oídos-. Mejor os dejo que
reposéis un rato a solas…
- ¡No! No te vayas… –intervino Narum- por favor,
quédate… –le rogó.
- Es bueno que comencéis a desinhibiros –asintió
positivamente-. Muy bien, me quedaré.
- Mmmm… gracias –rascándose la cabeza-. Yo
soy Narum –dijo tímido intentando soltarse un poco-,
el otro chico es Sikma –prosiguió- y el pájaro que
llevo en brazos es un quetzal –terminó de presentarles-
. ¿Podrías decirnos…

164
- ¿Dónde estamos? –interrumpió Sikma
impaciente. La pregunta de Narum había quedado en
el aire.
- Estáis a salvo, lejos de cualquier otro lugar,
donde nadie ha podido llegar jamás, excepto nosotros,
claro –contestó con naturalidad-. Vivimos aquí desde
los inicios de este universo, escondidos, aislados por
temor a volver a ser causa de destrucción, por temor a
volver a ser traicionados.
- Entonces, ¿tú eres un Antiguo? –preguntó Narum
intrigado.
- Así es como nos llaman –confirmó-, aunque yo
soy el más joven de todos, el único que ha nacido ya
en el nuevo universo, así que se podría decir que soy
un “nuevo” –paradójico ¿no?, un joven de catorce mil
millones de años-. Es por eso –continuó- que podéis
oír mi voz, porque aún no me ha cambiado y es de
mayor frecuencia que la de los demás. La suya es
demasiado grave para vuestros oídos y por eso no la
percibís. Con ellos os tendréis que comunicar
telepáticamente –concluyó.
Los tímpanos de los chicos empezaban a habituarse
a aquel tenebroso timbre, pero, con todo, aún no sabían
cómo tenían que llamarle. Por lo visto, los nombres de
los Antiguos también debían ser demasiado graves
para sus oídos, así que…
- Perdona –se excusó Sikma educadamente-,
¿cómo te podemos llamar?
- Es verdad, no había pensado en ello –cayó en
cuenta-. Lo más parecido a mi nombre en vuestro
idioma sería Ragun –respondió satisfecho.
- Bien, entonces… Ragun, antes –recordó Narum
que hacía rato que le había estado dando vueltas-, has
dicho que uno de nosotros cuatro tenía el invento del
Antiguo que nos ha rescatado –estaba intentando ser lo
165
más políticamente correcto, no iba a decir de la bestia
que les había tratado de liquidar…-. ¿A quién te
referías cuando has dicho cuatro? ¿No sería a mi
peluche Thoor, verdad? –el Antiguo negó con la
cabeza.
- Cuatro sois los que habéis salido del mar de la
calma, aunque sólo en tres cuerpos habéis venido –
empezó enigmático-. En uno de vosotros residen dos
seres que firmaron su unión sellando un extraño pacto.
Parecía claro. Elha, antes de verse arrollada por el
pedrusco, llegó a un acuerdo con el pájaro que corrió
en su ayuda haciéndole un hueco a la parte intangible
de la chica en su interior. Ahora los dos convivían
atados a un mismo cuerpo sin que, al parecer, nada los
pudiera separar.
- ¿Y cómo pueden volver a ser ellos mismos? –se
interesó Sikma que también había resuelto el acertijo y
que, ahora que todo estaba más calmado, no se podía
hacer la idea de que Elha ya no estuviera a su lado.
- Hay un modo –desveló Ragun-, aunque por ahora
no tenéis de qué preocuparos… tarde o temprano
volveréis a estar todos juntos…
Y con estas tranquilizadoras palabras la
conversación empezó a tocar a su fin. Hablaron unos
minutos más y Narum y Sikma descubrieron que
Ragun era el único que no percibía ningún tipo de
sensación proveniente del pendiente, también por
haber nacido ya en el nuevo universo. Asimismo, el
joven Antiguo les confesó que los demás tampoco
tenían ningún afán por volver a ser lo que eran, por
salir de aquel recóndito planeta y empezar de cero, en
cambio, él se moría de ganas de viajar y huir de esa
miserable existencia. Los Antiguos, con los lustros,
habían ido adaptándose a la vida al lado del mar de la
calma, ahora todo su cuerpo, exceptuando los ojos, era
166
invisible a cualquier tipo de radiación
electromagnética menos a la luz infrarroja, así pues,
para los humanos, únicamente capaces de captar la
franja de luz visible, eran transparentes como el agua.
Con el tiempo, también se habían convertido en unos
seres tristes y solitarios, aún sabios, con el
conocimiento absoluto de las leyes que regían el
universo, pero desdichados, habiendo olvidado los
valores más esenciales, lo que era verdaderamente
importante en una sociedad inteligente, la felicidad, la
alegría, el bienestar interior. Exiliados voluntariamente
habían perdido todo aprecio por la vida.
Finalmente, Ragun se despidió y todo volvió a
quedar en silencio. La oscuridad aún era absoluta y
Narum y Sikma se dispusieron a descansar, no lo
habían podido hacer desde su partida de Ib-brus y, con
la incesante y traumática actividad que habían
sobrellevado desde entonces, el cansancio había hecho
mella. Por su parte, el quetzal, única ave en el mundo
que en cautividad moría debido a la profunda tristeza
que sentía al perder la libertad, había salido con Ragun
y volaba radiante, aunque a ciegas, por el frondoso
bosque que cubría toda la faz del planeta.
Eran las dos y cuarenta y cinco minutos en la
Tierra, las dieciocho hadas en Govanem y las setenta y
cuatro horas en Equam, cuando Narum y Sikma
conciliaron el sueño preguntándose, a sí mismos,
cuántos más secretos escondía el universo.

167
XVI
Narum se levantó después de un profundo sueño.
Todo estaba en silencio, no se oía la respiración de
Sikma, parecía que éste ya se había despertado y había
salido de la estancia. Desde la marcha de Ragun la
“noche” anterior, el planeta había vuelto a ser
inhóspito, hostil, amenazador, los pensamientos
negativos le habían regresado a la cabeza, volvía a
sentir frío, de nuevo el temor se apoderaba de él, se
sentía solo, triste, olvidado… Halaus…
inconscientemente, para ahuyentar sus miedos,
empezó a cantar en una lengua desconocida. Se
imaginaba como una calidez le rodeaba, unos brazos
que le abrazaban y le apretaban contra su pecho,
arropado… se giró con los ojos enturbiados, esperando
que hubiera alguien… pero no había nadie… y el
canto fue derivando en desesperación, en grito de
muerte prematura… silencio a ras de pared con las
palmas de las manos extendidas y frías… y se volvió a
sumergir en los sueños donde las lágrimas no se
materializaban, donde sus dedos acariciaban la suave
tela del olvido, de lo intangible, de sueños que se
desvanecían y que se esforzaba en recordar… imagen
idealizada de la amistad que tenía, en la cual nunca
nadie podría encajar, predestinado a estar solo el resto
de sus días, eso es lo que él creía… había perdido la
esperanza, pero en el fondo de su corazón aún la
mantenía… esperanza que le había ayudado a salir
168
adelante infinidad de veces y que era tenue luz en
negra noche, luz intermitente que le iba hundiendo sin
impedir que dejara de ver la superficie… luz
torturadora… luz salvadora.
Ahora los gritos eran aullidos de dolor, con la cara
desencajada balanceándose hacia delante y hacia atrás,
como poseído, absorto, chillando desesperado con
todas sus fuerzas, llorando desconsoladamente,
desahogando sin control toda la tensión acumulada
hasta el momento, desgañitándose… al final todo
volvió a quedar en silencio, con sólo unos débiles
sollozos de fondo. Una mano reconfortante se posó en
su hombro, pero esta vez era real, Sikma había
regresado sin que Narum se hubiera dado cuenta.
- Eh… Narum… –dijo su compañero con ternura-
¿cómo estás? – preguntó suavemente, casi susurrando.
- Bien gracias… –respondió una vocecita
carraspera soltando una respuesta automática- Estoy
loco –confesó después dibujando una sonrisa.
- Eso es bueno –contestó Sikma devolviéndosela
en la penumbra y sentándose a su lado.
Estuvieron unos segundos en silencio, ni Narum ni
Sikma sabían qué decir. La situación presentaba
infinitas posibilidades, posibilidades de profundizar en
su joven amistad, posibilidades de sencillamente
cambiar de tema y escapar. Estaban a sólo unos
centímetros el uno del otro sin verse las caras, la
oscuridad se había cernido sobre aquel planeta desde
tiempos inmemoriales y parecía que eso no iba a
cambiar por el momento.
- ¿Qué hay por ahí fuera? –habló finalmente el
primero secándose las lágrimas con la túnica y
escogiendo la vía más fácil.
- Nada de especial… sólo bosque, me ha dicho
Ragun, menos un enorme lago subterráneo desde
169
donde se filtra el líquido que alimenta todo el planeta.
Por lo visto no es agua, es erta –informó-, un mejunje
lleno de nutrientes o algo así. Y… ¿qué hay por ahí
dentro? –le preguntó a Narum poniéndole el dedo
índice sobre el pecho.
- Nada de especial tampoco –respondió-. Está lleno
de paranoias mías…
- Cuéntame –le animó Sikma que no quería dejar
escapar la oportunidad.
- Pues mira… ya te digo –empezó Narum
dubitativo-, me sentía solo, la deprimente atmósfera
del planeta estaba ganándome la partida, hacía que me
vinieran a la cabeza malas experiencias, echaba en
falta a Halaus… –suspiró- y mira, entonces para
evadirme de ese estado de ánimo, empecé a cantar y a
imaginarme que estaba en otro lugar mejor donde
estaba Halaus y donde no había ni pena ni tristeza,
donde podía olvidar y dejar atrás el pasado… creía que
él tenía que aparecer de un momento a otro, que no era
posible que no estuviera, le veía, notaba su calidez, su
tacto… me intentaba dar esperanzas, pero no, no
había, ni Halaus estaba, ni nada… bajé a la cruda
realidad. Pensaba que toda vuestra amistad había sido
sólo unos instantes pasajeros de mi vida, que casi
siempre había estado solo y que lo seguiría estando el
resto de mis días. Eran momentos de desesperación y
con la mente nublada como la tenía no se ven las cosas
claras y se tiende a dramatizar un poco, todo se te
viene encima… total, que al final descargué mi enfado
con el mundo en un vendaval de gritos y locura que
supongo que has tenido la suerte de presenciar… –
volvió a suspirar- ahora, por lo menos, me siento
mucho mejor –terminó la explicación aliviado.
Sikma sonrió, tenía ganas de seguir conversando
para conocer un poco más a su nuevo amigo. Para
170
Narum la respuesta de Sikma fue silencio. Éste se
había dado cuenta, en aquel planeta las palabras eran
lo único que valía, una sonrisa, una mirada eran gestos
para uno mismo, la oscuridad impedía cualquier tipo
de contacto visual.
- Yo… –inició Sikma- tampoco he tenido mucha
suerte con la gente. Cuando era pequeño en la escuela
siempre iba con un grupito de amigos. Éramos
pequeños y se notaba que con cualquier cosa nos
conformábamos. Con el paso del tiempo, a medida que
nos fuimos haciendo mayores, ya no todo era tan
bonito, empezamos a descubrir que no teníamos casi
nada en común, sólo el hecho de haber ido juntos a la
escuela. Cuando queríamos salir nunca nos poníamos
de acuerdo en qué hacer y, cuando finalmente
decidíamos algo, nos pasábamos la mayor parte del
tiempo callados, sin decir nada, y es que no había nada
que decir, cuatro chorradas y ya está. Al final esa
amistad se convirtió en rutina, siempre seguiríamos
siendo amigos, siempre les querría, pero no había
comprensión, no había ningún aliciente en ella,
únicamente un poco de compañía –Narum escuchaba
el relato atentamente-. Entretanto –prosiguió Sikma-,
en la escuela superior, conocí a más gente y me uní a
otro grupito que se estaba formando. Parecía que la
cosa prometía algo más, pero no fue así, terminó por
ser aún peor. Toda nuestra relación se basaba en
críticas, secretitos y malos rollos y a mí eso terminó
por hastiarme. Estaba cansado de aquella absurda
forma de diversión, así que fui distanciándome
paulatinamente, y ahora ya casi he perdido todo
contacto con ellos –hizo una breve pausa-. Aún así,
también tengo un par de buenos amigos con quien
compartir aficiones y en quien confiar, pero
principalmente ya ves, no eres el único con mala suerte
171
y, además, seguro que alguien interesante habrás
conocido antes de pasarte por la Cúpula…
Sikma había abierto la lata. Ahora le tocaba a
Narum hurgar en el pasado.
- Bueno sí, no todo ha sido tan malo –confesó-.
Hace tiempo hubo alguien, se llamaba Airan –sus ojos
cayeron a la izquierda recordando con nostalgia-. En
aquella época la Tierra vivía en paz ficticia. Una
tregua había sido firmada hacía unos meses entre el
bando reformista y el liberacionista, poniendo fin al
primer acto de la quincuagésima primera guerra
mundial… para que veas que civilizados somos los
humanos… –Narum se aclaró la garganta-. Bueno, a lo
que iba… estábamos en época de paz, tenía unos ocho
años y la escuela intentaba volver a la normalidad. Yo
iba a un centro de tendencia reformista, pero con la
firma de la tregua, algunos niños de padres
liberacionistas entraron aquel curso. Entre ellos estaba
Airan –a Narum se le iluminó la cara-. Rápidamente
notamos que había algo especial entre nosotros. Desde
el primer momento nos sentamos juntos y empezamos
a hablar, hablar y hablar, horas y horas, todo el día.
Hablábamos del mundo, del espacio, de deportes, de la
guerra… en el recreo jugábamos a imaginarnos que
éramos guerreros o lo que fuera y vivíamos infinidad
de aventuras y peripecias inverosímiles. Nos lo
pasábamos genial… pero nuestro idilio de infancia no
duró para siempre. A mediados de mayo de aquel
mismo año, los reformistas rompieron la tregua
preparando una emboscada a traición al bando
liberacionista. Los padres de Airan tuvieron que huir al
exilio y mi mejor amigo con ellos. En casa nunca más
pude hablar de él, la chusma liberacionista que en un
futuro tenía que aplastar, convirtiéndome en el más
grande estratega militar de todos los tiempos, no
172
merecía la pena ni ser nombrada –había resentimiento
en su voz-. Desde entonces ya no ha habido nadie más,
nadie a quien llamar, nadie a quien contar mis
problemas, nadie. Desde entonces he estado buscando
el amigo perfecto, lo he ido idealizando en mi mente y
a veces, mira, como antes, te llevas unas cuantas
decepciones… –paró unos instantes-… me pregunto
qué se habrá hecho de él… –concluyó con melancolía.
En aquel instante, una leve perturbación en el aire
delató la entrada de Ragun en la sala, el pájaro estaba
con él. Venía para llevarles al lago subterráneo, allí les
estaban esperando los demás Antiguos. Éstos querían
que participaran en el ritual de sustento, una especie de
ceremonia que celebraban cada vez que tenían que
alimentarse. Otra vez el joven Antiguo empezó a
envolver a Narum y Sikma y al cabo de unos
segundos, ya arropados por completo, volvieron a
sentir un fugaz cosquilleo que les recorrió todo el
cuerpo. Un par de docenas de ojos felinos aguardaban
su llegada. Entre ellos, los mismos ojos sedientos que
hacía unas horas les habían estado persiguiendo y que,
de nuevo, se habían clavado en el bolsillo de Narum.
Ragun les dejó al lado del lago. Se oía el ruido de
gotas cayendo en el erta desde considerable altura. Al
parecer, estaban en un lugar cubierto, bajo tierra.
El ritual estaba a punto de dar comienzo. Los
Antiguos se habían situado en semicírculo. Narum
supuso que estaban junto a la orilla del lago y que su
disposición reseguía el contorno de la gran masa de
erta. Al igual que en su peculiar bienvenida, los
extraños seres volvieron a entonar un cántico de
ultratumba. El erta vibraba con la fúnebre melodía y,
uno a uno, fueron sumergiéndose en el líquido hasta
que ya sólo quedaban por entrar los dos foráneos.
Narum comprendió que era su turno y fue avanzando
173
lentamente. Notó entonces una sensación de frío en los
pies, un electrizante hormigueo, como cuando se te
duermen las piernas. Siguió hacia delante sin temor a
lo desconocido, pero con precaución. El erta era menos
denso que el agua, cristalino, nada viscoso, circulaba
con fluidez a través del cuerpo de Narum,
penetrándolo. El erta lo atravesaba, era como si él se
estuviera diluyendo en el líquido, como cualquier otro
fluido… ya estaba totalmente sumergido. Una vez allí,
se decidió a abrir los ojos y… luz, como un amanecer,
tonos amarillentos, rojizos que se filtraban inundando
el entorno, estaba completamente iluminado, bañado
en el erta podía verlo todo. Estaban en una colosal
cueva subterránea de roca milenaria, llena de
estalactitas y estalagmitas escarbadas por el erta
durante siglos en una cascada de formas y tamaños.
Las estalactitas colgaban del techo como alfileres, las
estalagmitas se alzaban imponentes por debajo de sus
pies. Había macro estructuras gaudinianas, columnas,
altares, catedrales, todas esculpidas por la naturaleza.
Narum veía como, a su lado, Sikma se zambullía poco
a poco en el líquido. Veía como el erta se extendía por
todo su cuerpo, difuminándolo como en una pintura al
óleo. A su vez, también era capaz de distinguir a los
Antiguos de entre todo aquel espectáculo de color y
belleza que tenía lugar en un mundo tan oscuro como
era aquel planeta. Éstos eran como espectros,
emanaban magia y respeto, místicos, ondulábanse
como sábanas en la corriente de erta provocada por sus
mismos cánticos.
Estuvieron allí durante varios minutos. A medida
que transcurría el tiempo, el fluir del erta a través de
sus cuerpos se hacía más intenso. Del frío cosquilleo
inicial que les recorría cada rincón de su esqueleto
pasaron progresivamente a una ferviente llamarada
174
interior que les llenó de energía. Se sentían
revitalizados, en plena forma, sin ningún tipo de
sentimiento negativo, era como si hubieran vuelto a
nacer. Desgraciadamente, todas las cosas tenían su fin,
la ceremonia concluyó y salieron a la superficie.
Narum y Sikma brillaban con luz propia y así lo
siguieron haciendo hasta que al cabo de unas horas se
fueron a acostar.

Durante los siguientes días, fueron yendo al lago.


Allí, tutelados por Ragun y algún que otro Antiguo,
aprendieron a prescindir del obsoleto, en aquellas
condiciones de extrema oscuridad, sentido de la vista y
a sacar el máximo partido a los otros cuatro, oído,
tacto y olfato principalmente, pero hasta le encontraron
utilidad al poco apreciado sentido del gusto. Al final
eran capaces de presentir la presencia de otro ser que
estuviera próximo a ellos, notaban las perturbaciones a
su alrededor, eran capaces de comunicarse
telepáticamente… en fin, ahora poseían un sinfín de
nuevas habilidades que les serían de gran utilidad a lo
largo del viaje que iban a reemprender
inminentemente.
La última noche ya había llegado y el ritual de
sustento les esperaba, pero esta vez fue Narum el que
brindó un regalo a sus anfitriones. El erta ya no tenía
aquellos increíbles efectos revitalizadores sobre ellos,
había pasado a ser sólo un simple alimento, así que
decidió intentar curarles de aquella poco sana
indiferencia.
- Lo más importante en este mundo es ser feliz –les
dijo antes de iniciar la ceremonia-, aunque puede que
nunca puedas llegar a serlo del todo. Si te hundes
tienes que volver a salir a flote, no tiene sentido
quedarse de brazos cruzados sin hacer nada, la
175
esperanza debe ser lo último que se pierda, aunque
también debe ser medida. Estar alegre, ser sincero,
sentirte bien contigo mismo, con lo que haces,
disfrutar de la vida… no sé muy bien como funciona
vuestra sociedad, pero creo que las relaciones con los
demás son las que os van a llenar en mayor medida, ni
el dinero en la Tierra, ni la fama que es pasajera, ni el
completo aislamiento en el que vivís… Un individuo
por sí sólo es incapaz de realizarse, es imprescindible
la interacción con el resto, con alguien, con algo…
haciendo uso exclusivo de la razón, podría parecer que
no es necesario, que se debería poder tirar adelante con
la única compañía de uno mismo, pero luego resulta
que hay algo que no podemos explicar en nuestro
interior que no funciona, un espacio vacío… aprended
de vuestros errores, pero no dejéis que sean los que
guíen vuestros actos porque entonces no os moveréis
por miedo a volveros a equivocar… empezad por el de
al lado… tratad de ser felices… y dejad que los demás
lo sean –concluyó solemne.
Luego, del mismo modo que Halaus hacía ya de
por sí, les intentó transmitir a los Antiguos aquellos
sentimientos de alegría y bienestar. Después iniciaron
el ritual y éste se desarrolló igual que lo había hecho
unos días atrás. Una vez finalizado, Narum, con Thoor
en la mochila, Sikma, Ragun y el pájaro tenían que
partir hacia Govanem para reunirse con Bélathar y,
luego, contactar con Gregor para que éste les sacara de
dudas.
Ragun recogió a sus compañeros de viaje, eran
cinco los que se iban, la esencia de Elha reposaba
escondida en el quetzal. Sintieron de nuevo el
cosquilleo preludio del teletransporte y pronto vieron
la luz azulada de Altaír. Estaban a años luz del lago de
erta, pero nada volvería a ser igual en aquel remoto
176
planeta, Narum había conseguido encender una mecha
en el interior de los Antiguos que les había hecho
despertar de su casi eterno letargo.

177
XVII
Narum había olvidado lo bello que era Agar, la
capital de Govanem. La etérea atmósfera que se
respiraba, el cautivador plateado del sícal, el bullicio
silencioso de las calles… Agar era pura magia, puro
éxtasis…
Ragun les había dejado enfrente del alto bloque de
viviendas en el que habitaba Bélathar, luego había
partido en busca de su propia aventura, no sin antes
despedirse. A los Antiguos se les había vuelto a
despertar la curiosidad por el universo donde vivían y
el joven Ragun iba a ser sus ojos en un largo recorrido
por todas las galaxias existentes. Fue una pena para
Narum y sus amigos perder aquel enigmático ser que
les había acompañado durante su estancia con los
Antiguos, pero fue también una alegría ver que por fin
él podría cumplir alguno de sus sueños.
Una vez Ragun se hubo evaporado, volvieron a ser
ya sólo cuatro, contando al quetzal claro. Se morían
por ver a Bélathar, pero ninguno de ellos sabía cómo le
iban a contar lo ocurrido con Halaus. Pensar en su
difunto amigo no entristeció a Narum al contrario de lo
que hubiera podido parecer, guardaba de él un gran
recuerdo, ahora cada vez que recordaba su nombre
cerraba los párpados y una nostálgica sonrisa se
dibujaba en su tez serena. Luego inspiraba
profundamente apretando los labios y seguía adelante.

178
Y así lo hizo esa vez. Con el quetzal posado en el
hombro de Sikma y los pendientes ascendidos a un ya
considerable tono violáceo, se dispuso a entrar en el
edificio para reencontrarse con su amiga.
El bloque debía alzarse a más de cien metros de
altura. Su fachada era ancha, plateada, brillante,
curvilínea, sin balcones, pero con amplios ventanales.
La entrada era más bien oscura, semejante a los
grandes arcos que guardaban los antiguos castillos
medievales, pero sin puertas. Narum trató de encontrar
en vano los buzones de los residentes en el hall para
así saber en qué piso vivía Bélathar. Por suerte, el
pájaro, que había despegado del hombro de Sikma
justo antes de pasar por el portal, se había elevado
hacia lo más alto del edificio y se había detenido en el
tejado. Narum y Sikma hicieron caso de la indicación
instintiva de su acompañante y subieron hasta el
último piso mediante una especie de ascensor tubular
que los succionó hacia arriba. Una vez allí, llamaron al
timbre y esperaron impacientes…
- Ya voy –dijo una voz familiar desde el interior
del piso.
Unos segundos más tarde, una cambiada Bélathar
dejaba entrever su rostro a través de la estrecha
abertura de la puerta.
- ¡Narum! –gritó llena de júbilo terminando de
abrir bruscamente y abalanzándose al instante sobre él.
Bélathar parecía más cansada, pálida, castigada,
menos alegre. Aquellos últimos días, desde su huída de
la Cúpula, no debían haberla tratado muy bien. Ahora,
por fin, después de mucho sufrimiento, volvía a sonreír
un poco.
- Narum –volvió a repetir ya no en brazos de su
amigo-, que alegría verte de nuevo a ti y a… ¿Sikma?
–por primera vez se había percatado de la presencia
179
del otro visitante- ¿Qué hace él aquí? –preguntó
sorprendida.
- Es una larga historia –sonrió Narum-. ¿Podemos
pasar y luego te la contamos? –sugirió éste.
- Sí, sí… claro, adelante, pasad… como si
estuvierais en vuestra casa – respondió aún mirando
extrañada a su inesperado invitado.
El piso de Bélathar era grande, con varias
habitaciones. Aún así, las paredes curvadas hacían que
diera la sensación de ser poco espacioso,
claustrofóbico, al igual que su color plateado y que la
luz azulada proveniente del exterior. Aparte de eso, se
parecía bastante a un habitáculo estándar terrestre, los
muebles, la cama, la cocina, el baño, el ordenador,
todo era parecido, aunque más sofisticado. Por
ejemplo, las formas no eran tan rectilíneas, iban a
acorde con las paredes, o las puertas no se abrían de
manera convencional, sino automáticamente.
Siguiendo con la visita, del comedor subía una
escalera que daba al tejado del edificio al cual se
accedía a través de una trapa. Allí era donde aún se
encontraban Elha y el quetzal, disfrutando de una
hermosa vista del oeste de Agar. Bélathar empujó la
escotilla para darles entrada y el pájaro voló de
inmediato hacia ella. Luego, después de haber echado
un vistazo al resto de la vivienda, se tumbaron en una
alfombra en el suelo de la habitación de la chica.
Entonces Narum y Sikma le contaron todo lo sucedido
desde que ella se había quedado cortada del grupo. Le
hablaron del viaje hacia Ib-brus y de su estancia con
Yon, de los problemas con el combustible de la nave y
del trágico enfrentamiento con Newt, de la heroicidad
de Halaus y de su aterrizaje de emergencia en el
planeta rojo, de la aparición del pájaro y de la
deslumbrante supernova, de la pérdida de Elha y de la
180
oscuridad absoluta, de su paso por el lago de erta y de
las revelaciones de los Antiguos… todo, sin olvidarse
del más mínimo detalle, absolutamente todo. Bélathar,
durante el relato, había encajado con mayor entereza
de la esperada la pérdida de su mejor amigo, de algún
modo ya se lo había imaginado, pero es que de algún
modo, aún albergaba esperanzas…
Con todo, habían estado hablando más de siete
horas equamenses y, entretanto, el ocaso se había
cernido sobre la capital de Govanem. Aquella noche
en Agar sería distinta a todas las demás, en el sistema
Euryon se celebraba la noche de lo desconocido, de la
magia, de lo oculto, de las brujas. Todo el mundo salía
a la calle, se encendían enormes hogueras, se lanzaban
cohetes e infinidad de fuegos artificiales, en todas las
casas había petardos preparados para estallar, tracas,
truenos, buscapiés, piulas, volcanes, bombillas,
bengalas, fuentes, cascadas… centenares, miles,
millones iban a volar con estruendo por los aires entre
la puesta y el amanecer. A lo lejos, ya se oían las
primeras explosiones y Narum, Sikma y Bélathar junto
al pájaro, se dispusieron a subir al terrado para
contemplar el espectáculo desde un lugar privilegiado.
Habían preparado algo de comida para cenar y se
tumbaron bajo las estrellas, en lo más alto del edificio,
para proseguir con la conversación con la mágica
fiesta de telón de fondo.
- Bélathar, y ¿qué ha sido de ti durante todo este
tiempo? –era el turno de Narum que había observado
que el firmamento desde Govanem era bastante
parecido al visto desde la Tierra.
- Pues mira –empezó la chica mientras a su
alrededor, de todos los rincones, ráfagas de cohetes
estallaban dibujando palmeras, sauces o árboles
frutales en el cielo-, después de que Halaus me diera
181
su colgante, que guardo con mucho cariño –Bélathar,
al igual que Narum, también sonreía al pronunciar el
nombre de su etéreo amigo-, Gregor y yo nos
dirigimos a paso ligero hacia el teletransportador que
usamos el primer día para entrar en la Cúpula y que da
al interior del volcán –tomó una bocanada de aire para
seguir con la narración de los hechos-. Como ya muy
bien sabéis, en la Cúpula se estaba librando una feroz
batalla que se iba extendiendo velozmente por los
distintos pasillos, de tal modo que no tardamos en
vernos involucrados en ella –Bélathar jugueteaba con
la correa del colgante de Halaus-. Yo, con mi pobre
pendiente color lodo, me limitaba a no ser un estorbo
para Gregor y a intentar esquivar los posibles ataques
que se perdieran en mi dirección. Finalmente, después
de no poco rato de pelea, pudimos escabullirnos en
dirección al teletransportador. Lo alcanzamos sin más
percances y salimos al exterior –hasta entonces la
narración de Bélathar había sido fluida, pero llegado
ese punto, su cara fue espejo del amargo recuerdo que
guardaba de aquellos momentos-. Llovía, el cráter del
volcán había sido volatilizado, la nave de Newt se
alzaba triunfante sobre la despedazada Cúpula y cada
vez abría más boquetes en su débil estructura –su voz
se iba enturbiando-. Desde allí fuera, se oían
amplificados los gritos de horror, los llantos, las
súplicas… de entre los múltiples cadáveres, el cuerpo
de Imanta colgaba de una percha ensangrentado… era
dantesco, un verdadero infierno… –lágrimas habían
empezado a brollar de sus ojos, Narum se acercó para
abrazarla- Gracias… –musitó secándose con la túnica-
entonces –prosiguió-, vi como vuestra nave escapaba
del planeta y os deseé buena suerte. Esto me devolvió
la esperanza –suspiró-. Acto seguido, sin perder ni un
minuto, Gregor me agarró de la mano y me arrastró a
182
través de la espesa cortina de lluvia sin ser vistos –
Bélathar se había sobrepuesto y había recobrado el
ritmo vivo de la narración-. No tardamos en llegar a la
cima del cráter contiguo y nos adentramos en él. Ya a
cubierto, observé que nos encontrábamos en un
diminuto hangar y pensé que en Equam más de un
volcán debía esconder construcciones parecidas.
Finalmente, subimos a una pequeña aeronave y
pudimos escapar del planeta. Luego, estuvimos
vagando por el espacio durante muchas horas para
distraer a nuestros posibles perseguidores.
Atravesamos una docena de agujeros de gusano de
todos los colores y nos detuvimos en Capcut, centro
neurálgico de la Unión Interplanetaria. Allí fue donde
Gregor se despidió de mí, después de darme un billete
de vuelta a Govanem con escala a Chamán, el también
llamado planeta del amor… –con aquel bonito detalle,
Bélathar dio por concluida la explicación.
En lo alto del edificio hacía un poco de frío, el
viento soplaba con suavidad, aunque constante, y la
calidez del espectáculo de los fuegos se había ido
apagando. Era hora de descansar, recordando los
felices momentos en la habitación de la Cúpula en sus
acogedores compartimentos, todos juntos, dormirían
esa noche en colchones con gruesas mantas en la
habitación de Bélathar. Abrieron la trapa que daba al
interior de la casa, recogieron la cocina, se pusieron
los pijamas deseándose las buenas noches y
conciliaron el sueño.

El día siguiente se despertaron a media mañana.


Altaír se alzaba azul como siempre en lo alto del cielo.
Sus rayos de luz penetraban por la ventana e
inundaban la estancia de un aire embriagador.
Bélathar, acostumbrada a aquella atmósfera, fue la
183
primera en levantarse, después lo hizo Sikma y,
finalmente, Narum, que deseaba que la noche se
hubiera prolongado para siempre empujado por el
sentimiento de pereza que le provocaba la idea de
haber de continuar con el viaje, se estaba tan bien en la
cama… precisamente de los próximos pasos a seguir
en el trayecto fue de lo que hablaron una vez los tres
estuvieron aseados y desayunando en la cocina.
- ¿Y ahora qué vamos a hacer con el pendiente? –
preguntó Bélathar.
- La intención es ir a ver a Gregor para
devolvérselo… –respondió Narum sin convicción- y es
que por el momento no nos ha traído casi nada
bueno…
- En eso tienes razón –de nuevo Bélathar-. Además
nosotros ya hemos cumplido con creces con nuestra
parte, evitamos que cayera en poder de Newt ¿no?…
creo que no se nos puede pedir más.
- De hecho muy bien no sé si hemos cumplido con
nuestra parte porque tampoco sabemos cuál es –matizó
Narum- y eso es lo que me mantiene intrigado y lo que
me gustaría descubrir… llegar hasta el fondo de la
cuestión, hallar hasta el más mínimo detalle del
conflicto en el que se ve inmerso el universo –se
detuvo-. Sino, ya habría destruido el pendiente de una
vez por todas… si supiera cómo hacerlo… pero
debemos ser prudentes… no sabemos el verdadero
alcance de nuestras acciones…–terminó para sus
adentros.
- Lo que está claro es que de todas formas tenemos
que ir a ver a Gregor –intervino Sikma que hasta
entonces se había mantenido a la escucha.
- Estoy de acuerdo contigo –convino Bélathar-, a
ver si nos aclara un poco más las cosas.

184
- Tened en cuenta que por lo que parece nosotros
estamos al teórico servicio de la Unión, pero tampoco
sabemos cuáles son sus intenciones, ni cuáles son sus
convicciones… –empezó a razonar Narum rompiendo
el hilo conductor de la charla- estamos aquí porque
ellos nos escogieron, por la razón que fuera, no por
voluntad propia. Por lo que sabemos hasta el
momento, a mí me parece que la Unión es una
organización interplanetaria que ha perdido su fin
inicial y que ahora sirve a intereses de unos pocos
privilegiados. Tenemos que saber qué les mueve y
entonces decidir de qué lado estamos. Pensad que
disfrutar de los pendientes supone una gran ventaja
sobre los demás y más, si estos otros tienen poca
capacidad de reacción –Narum iba saltando de un
pensamiento a otro sin orden aparente-. Los pendientes
pueden ser una fuente de chantaje, tenerlos en tu poder
significa poseer la herramienta para someter
coaccionando, reprimiendo o amenazando con usarlos
–Narum se había entusiasmado con su disertación.
- Bueno Narum –dijo Bélathar dándole unos
golpecitos en la espalda para frenarle un poco-, creo
que todo esto se escapa un poco de nuestras manos y
que sería mejor dejárselo a quienes les incumbe, ¿no
crees?
- ¡No Bélathar! No tenemos que desentendernos
del mundo. Es muy fácil librarte de las cosas, olvidarte
de ellas y luego culpar a los otros si algo sale mal…
¡no! Nos incumbe a todos. Es necesario que lo
aceptemos y que afrontemos la responsabilidad que
tenemos, –Bélathar le miraba perpleja-. No, perdona…
es que me he exaltado… –se disculpó- ya sé que esa
no era tu intención, pero es un asunto importante. Se
nos ha presentado la oportunidad de intervenir en algo

185
grande que puede repercutir en muchas vidas y
debemos actuar lo más correctamente posible…
- ¿Y qué es para ti actuar correctamente? –
preguntó Sikma sin malicia.
- Bueno, no sé… –empezó Narum dubitativo- para
mí, diría que es actuar teniendo en cuenta la situación
de todas las partes implicadas en la medida de lo
posible… primero se tiene que tener la voluntad de
escucharlas y comprenderlas, luego se sospesan los
beneficios y perjuicios que supondrían las distintas
actuaciones –hizo un breve inciso-. Ten en cuenta que
un mismo beneficio para alguien bien asentado no
supone la misma mejoría que para alguien sin nada –y
prosiguió-. Y finalmente se toma una decisión. Puede
que no sea la correcta, pero lo importante, también, es
que al menos hayas actuado con la más buena voluntad
–vaya rollo había pegado.
- Puede que me hayas convencido –confesó
Bélathar pensativa-. Puede que sí que nos incumba
también a nosotros… –suspiró-. ¡Tíos! –dijo
aligerando el ambiente- ¡Parece que nos estemos
montando una gran paranoia, pero lo mejor de todo es
que hay posibilidades reales de que algo de todo esto
sea cierto! –sonrió animada.
- Sí, entonces está claro –sentenció Sikma con
decisión-, si queremos saber lo que hay, ¿qué mejor
para salir de dudas que ir a visitar a Gregor?
Y así lo hicieron, pero acordaron que no irían los
tres. Era prudente que alguien se quedase atrás para
poder avisar, pedir ayuda o lo que fuera en caso de que
hubiera algún percance durante el trayecto. Bélathar
fue la elegida por unanimidad, ella vivía en Govanem
y la madre de Sikma trabajaba en Capcut para la Unión
y no sabían si les podría ser de utilidad. Así pues,
compraron dos billetes hacia Capcut con el dinero que
186
le había sobrado a Narum del ya lejano viaje a
Govanem. Los dos chicos seguirían la ruta inversa que
la recorrida por Bélathar unos días antes, ruta que iba
de Capcut a su planeta, pasando por Chamán. El
pájaro, que había estado ausente toda la mañana,
también iría con ellos a ver a Gregor con la esperanza
de que éste supiera como devolver a Elha a su estado
habitual.
Eran las quince hadas en Govanem, hora de partida
de la nave y de una nueva despedida para ellos.
Bélathar les acompañó al aeropuerto interestelar que
flotaba sobre el océano en una gran plataforma de sícal
y en el que Narum había pisado por primera un planeta
extraterrestre. Ya subiendo a la nave les deseó buena
suerte y les hizo prometer que contactarían con ella tan
pronto como pudieran. Unos minutos más tarde,
Narum, Sikma, Thoor y el quetzal volvían a navegar
por el desierto vacío del espacio.

187
XVIII
“Chamán, planeta que orbita alrededor de Sirius,
estrella principal de la constelación de Canis Major
observable en invierno al lado de Orión en el
hemisferio norte terrestre. Ésta posee un radio dos
veces mayor que el Sol y es unas treinta veces más
luminosa que el astro rey. Sirius se encuentra a casi
nueve años luz de la Tierra y a veinticinco de Altaír.
Su sistema está formado por cinco planetas, el mayor
de los cuales es Chamán que, a su vez, es el tercero
más cercano. Éste tiene un tamaño de cuatro globos
terráqueos y está cubierto en su mayor parte por
espeso bosque lluvioso…”. Esta información la
estuvieron leyendo durante el trayecto Narum y Sikma
en una de las guías que se había traído el primero
consigo. Por lo visto, Chamán debía ser un planeta
bastante importante, ya que en la guía sólo aparecían
una decena de ellos. Narum supuso que estaría
incluido por su gran proximidad a la Tierra.
La nave, nada comparable a la Solar Voyager 4235
en tamaño, pero muy superior a ella en tecnología, ya
había cruzado el último agujero de gusano y se
aproximaba a gran velocidad a su destino. Una vez
hubieran hecho el desembarque, los chicos tendrían
que esperar más de treinta-y-seis horas equamenses
antes de tomar otra nave que les llevaría hacia Capcut.
Durante todo aquel tiempo libre, habían acordado
echar un vistazo por las proximidades del puerto
188
intergaláctico para distraerse un poquito. Querían
aprovechar para desconectar aún más de todo lo
relacionado con la Unión antes de volver a enfrentarse
cara a cara con Gregor. ¿Quién les iba a decir que los
problemas aún no habían hecho más que empezar,
quién les iba a decir que en Chamán les aguardaba la
fatalidad…
La nave terminó por chamanizar. Narum, Sikma y
el quetzal descendieron de ella y éste último echó a
volar al instante, se encontraba como en casa, Chamán
era naturaleza en estado puro. La plataforma de
aterrizaje estaba hecha de troncos atados entre sí por
cuerdas de cáñamo. De ella bajaba una escalera,
también de madera, que conducía hasta una caseta
hecha de cañas de bambú y con el tejado de paja, que
resultaba ser el punto de información. Aparte de estas
dos rudimentarias construcciones no había ningún
indicio más de civilización, todo lo demás era selva. A
Narum le parecía genial, era el sitio idóneo para
descansar y olvidarse de todo. El lugar le recordaba a
algunas imágenes que había visto en sus libros de texto
que hablaban de épocas pasadas. Era como una mezcla
entre distintas culturas indígenas autóctonas del
Amazonas y de la Polinesia.
Los dos se dirigieron al punto de información
como hacían los demás pasajeros. La cola avanzaba
con celeridad y pronto fue su turno.
- Bienvenidos a Chamán –les saludó amablemente
el joven que les atendía-. ¿En qué les puedo servir?
Narum y Sikma no sabían qué decir. Se habían
dirigido hacia allí por inercia, pero no habían pensado
en qué pedir una vez llegaran.
- Mmm… –empezó dubitativo Sikma- ¿nos puede
decir qué podemos visitar cerca del puerto? Es que
sólo vamos a…
189
- Aaahh… veo que es la primera vez que venís por
aquí –le interrumpió bruscamente el recepcionista
antes de lanzar su ofensiva comercial-. Si les interesa
les puedo ofrecer una guía completa de qué hacer en
Chamán, está a muy buen precio y para vosotros os
haría un descuento especial –concluyó satisfecho ya
preparando la calculadora.
- No, no… –intervino Narum- si sólo vamos a estar
aquí unas horas. Tenemos que esperar la siguiente
nave que parte hacia Capcut –apuntó prudentemente
echando a perder los planes del empleado.
- Ah, Capcut –dijo el joven con sequedad-. No sé
si les habrán informado que para ir a la capital de la
Unión, antes tienen que rellenar unos formularios,
incluso si alguno de ustedes residiera habitualmente
allí –sonrió triunfante.
- Pues no, no nos habían dicho nada –confesó
Sikma perplejo.
- Oh, qué mala suerte han tenido –dijo el chico con
falsedad-. Aunque tengan los billetes no podrán subir a
la nave sin la documentación necesaria. Ahora tendrán
que regresar a Govanem a solicitar los impresos y
volver dentro de… ¡mucho tiempo! –les endosó
enrabietado- ¡El siguiente! –vociferó.
- ¡Cómo que el siguiente! –soltó Sikma alterado
golpeando el mostrador- ¡Dénos los malditos
formularios o le arranco la cab…
Sikma no pudo terminar la frase. La situación se
les estaba escapando de las manos. La multitud de
gente que esperaba detrás suyo se estaba
impacientando, el joven que les atendía, asustado,
había dado la alarma y, como un resorte, las fuerzas de
seguridad habían aparecido como conejos de detrás de
los árboles.

190
- Espera, espera, espera… –intentó calmar los
ánimos Narum- no hay por qué ponerse nerviosos. ¿A
que no? –interrogó al joven de la caseta- Si le
compramos la guía de este acogedor planeta seguro
que nos podrá facilitar la documentación necesaria
para viajar a Capcut, ¿no es así?
- Puede que sí, puede que no –ahora ya más
calmado se hacía el remolón en vista de los beneficios
que podría sacar de aquella situación.
- Explíquese –le pidió Narum educadamente.
Hacía rato que Sikma se había girado de espaldas
para no ver aquel canalla y así poder reprimir sus
deseos de cumplir con su amenaza. Aún así, su
paciencia se estaba agotando y suerte que Narum le
había puesto la mano en el hombro para tranquilizarlo
que sino ya la tendríamos liada otra vez.
- Miren, aparte de comprar la guía, su amigo tiene
que pedirme disculpas y usted debe abonarme cien
reales como compensación al trato recibido –sentenció
intransigente el chico disfrutando de su ventajosa
postura.
Y empezó el regateo. ¡Veinticinco! ¡Ochenta!
¡Cincuenta! ¡Hecho! Narum lo consideraba totalmente
injusto, pero no tenía ganas de discutir porque tenían
las de perder. Además, cincuenta reales aún podían
permitírselo. Muy apacible de entrada parecía aquel
planeta, pero por desgracia, sus ocupantes ya se habían
contagiado del mal hacer exterior. Resignados, dieron
el dinero al recepcionista, Sikma le pidió disculpas de
mala gana y éste les indicó…
- Unos quinientos pasos en aquella dirección –dijo
señalando hacia la densa masa de árboles-, encontraran
un caminito que va resiguiendo un arroyo. Una vez
allí, id andando hacia la derecha unos quinientos pasos
más hasta que veáis una caseta parecida a esta. Ellos
191
sabrán qué hacer con vosotros –concluyó mostrándose
magnánimo-. El siguiente por favor…
Y así lo hicieron, se adentraron en la selva
decididos a hallar una solución a todo aquel lío de
papeleo que aún no sabían muy bien si era verdad o si
se lo había inventado aquel tipo como represalia por
no haberle comprado de primeras la dichosa guía de
Chamán. Unos diez minutos más tarde, aún no
habiendo encontrado el camino, Sikma protestó.
- Tío Narum, que ese tío sólo quería librarse de
nosotros de una vez por todas –se quejó malhumorado.
- Puede que sí –dijo Narum encogiéndose de
hombros-, pero muy a pesar nuestro, solamente hay
una forma de averiguarlo.
- Seguir andando –resopló Sikma dejándose caer al
suelo.
Narum le ayudó a levantarse y los dos siguieron
con la marcha. Las gruesas túnicas se les pegaban al
cuerpo, los pies se les hundían con cada zancada, había
mucha humedad. A su alrededor, afortunadamente,
relajantes, miles de sonidos distintos componían una
agradable melodía de soleado día de primavera. El
rumor de las hojas de los árboles, el canto de los
pájaros, el brollar del agua en el río… ¡agua! El arroyo
no debía andar muy lejos. Incrementaron el ritmo y,
unos metros más allá, dieron con el camino descrito
por el infame trabajador. Esta vez sí, tal como les
había descrito, a unos quinientos pasos, había otra
caseta de madera. Se acercaron a ella y otro joven les
atendió.
- Buenos días. ¿En qué puedo servirles? –se
ofreció amablemente emulando a su compañero.
- Nos han enviado aquí para obtener los impresos
necesarios para viajar a Capcut –explicó Narum.

192
- Ah, no, no –ya estábamos otra vez-. Nosotros
sólo expedimos formularios de viaje para chamanes.
De los demás se encargan los del punto de información
del puerto intergaláctico –les informó.
- ¡Cómo que se encargan los del puerto! –estalló
de nuevo Sikma- ¡Pero vosotros qué os habéis creído!
- Tendré que pedirles que se vayan si no cambian
su actitud –avisó el chico tajante.
- No, no, perdone –se apresuró en disculparse
Narum reprobando el comportamiento de su amigo
con la mirada-, es que debe haber habido un
malentendido. Mire, le explico… –iba a aclarar Narum
con la más buena voluntad- los del punto de
información han sido los que nos han dirigido hacia
aquí diciéndonos que vosotros sabrías qué hacer…
- Eso es problema suyo –le cortó de nuevo el
joven-. Como ya les he dicho, aquí solamente
expedimos impresos de viaje para seres nativos de
Chamán.
- Dile que somos chamanes –le susurró Sikma a la
oreja de Narum.
- Es que nosotros lo somos… –intentó mentir éste
con poca gracia frunciendo el ceño.
- Sí, ya se ve por la ropa que llevan… –replicó con
sorna el empleado.
- A ver –comenzó Sikma controlando su
temperamento-, yo lo que no entiendo es que siendo
yo, ahora sí, nativo de Capcut, tenga que hacer papeles
para ir a mi casa, ¿entiende?
- Independientemente de que le entienda o no
señor, eso es algo que está fuera de mi alcance, así que
si me disculpan, tengo trabajo que hacer –concluyó y
no les volvió a dirigir la palabra.
En vista del éxito, Narum y Sikma se dieron
momentáneamente por vencidos. No había nada que
193
hacer, la burocracia siempre era igual. Debido a su
poca experiencia en ese tipo de asuntos, se alejaron de
la caseta sin tan siquiera preguntar cómo debían
proceder a continuación y se adentraron en la selva sin
objetivo alguno. Ya volverían a la carga más
adelante…

Entretanto, con todo aquel alboroto, habían


transcurrido más de tres horas equamenses y, sin hacer
ruido, había llegado a Chamán una visita inesperada.
Newt estaba a punto de aterrizar e iba en busca del
pendiente. Esta vez no tenía la intención de fracasar.
Finalmente, un contacto en Govanem le había vuelto a
poner sobre la pista de los chicos y ahora atrapar a sus
inexpertas presas sólo era cuestión de tiempo. Narum y
Sikma, que yacían abatidos intentando encontrar
alguna salida a su extraña situación, hubieran estado
totalmente desprovistos si no fuera porque el quetzal,
que desde la llegada al planeta había ido por su cuenta,
se precipitó sobre ellos dando pitidos de alerta. A lo
lejos, entre las copas de los árboles, vieron como la
nave de su rival descendía lentamente.
En los segundos iniciales, el miedo les invadió el
cuerpo. Se levantaron del suelo como un resorte y se
interrogaron el uno al otro con la mirada. La inquietud
se había apoderado de ellos haciéndoles temblar los
músculos en tensión preparados para una huída
inminente. La nave de Newt estaba cada vez más cerca
de contactar con Chamán y por sus cabezas sólo se
repetía un pensamiento… no ser descubiertos.
Narum intentaba recobrar la calma respirando
profundamente y Sikma había empezado a morderse
las uñas compulsivamente; Newt ya debía haber
descendido y ahora era su turno el de mover ficha. No
podían quedarse ahí parados, estaban a muy pocos
194
metros del puerto intergaláctico y Newt no tardaría en
descubrirles, tenían que alejarse de inmediato. Narum
emprendió una marcha a ritmo ligero en dirección
opuesta a donde suponían que se encontraba su
oponente, Sikma le siguió de cerca nunca dejando de
mirar angustiosamente hacia atrás a cada paso que
daban. Avanzaban velozmente por entre la frondosa
selva esquivando todo tipo de obstáculos. Ramas,
raíces y charcos se interponían en su camino
dificultándoles la marcha. El quetzal, delatando
involuntariamente su posición, flotaba unos metros
más arriba sobrevolando el denso mar de hojas. Newt,
desde lejos, observó el extraño comportamiento del
pájaro y, como si de intuición se tratase, lanzó su
ofensiva en aquella dirección. Aquella vez iba a
mostrarse esplendoroso, descargaría todo su poder sin
piedad como de costumbre, nadie iba a escapar con
vida de sus garras, él ya había sido demasiado
benevolente en su primer encuentro con los chicos y
ahora no tenía ni la más mínima intención de volver a
fracasar en su misión de apoderarse del blanco
pendiente.
Narum y Sikma notaron como todo empezaba a
temblar a su alrededor, la tierra, los árboles, el agua…
habían sido descubiertos. Se tumbaron al suelo,
agachados, el uno junto al otro, susurrándose
instrucciones sobre la estrategia que tenían que seguir
a partir de aquel momento. El quetzal también había
descendido a su nivel y se refugiaba bajo las túnicas de
sus amigos. No podían quedarse allí, las raíces de los
árboles estaban siendo arrancadas por una fuerza
misteriosa y se estaban elevando hacia los cielos.
Pronto quedarían al descubierto, tenían que actuar con
inmediatez si no querían verse sorprendidos, y así lo
hicieron. Conjuntamente, crearon una especie de
195
torbellino que fue taladrando la tierra y saltaron al
hoyo que éste había cavado. Luego, sin perder un
instante, volvieron a cubrir el agujero y continuaron
filtrándose, como lo hace el agua, por las entrañas de
Chamán. Aquel escondite, aunque no les mantendría a
salvo para siempre, les iba a proporcionar un poco más
de tiempo.
Sería una lucha desigual, Newt, el más alto
mandatario de la Federación Intergaláctica cuyo
pendiente reflejaba el máximo control de su mente,
contra Narum y Sikma, dos jóvenes principiantes con
mucha imaginación acabados de salir precipitadamente
de la Cúpula, que justo ahora empezaban a poseer un
control razonable de sus poderes. Eso sí, había que
tener en cuenta que el pendiente sólo indicaba el
dominio que cada uno tenía de su magia, no su talento
ni su capacidad real, por lo tanto, aunque fuera poco
probable, siempre podía haber sorpresas y un duelo
entre un pendiente negro y otro de inferior nivel, nunca
estaba plenamente decantado hacia el primero.
La batalla continuaba en sus fases iniciales. Newt,
que había creado una gran explanada en busca de sus
adversarios, no quería perder tiempo con juegos de
niños y, en vista de no haberlos encontrado, se
disponía a levantar toda la superficie de Chamán hasta
dar con ellos. Narum y Sikma ahora debían hacer
frente a un gran dilema, ¿dejarían que Newt destruyese
todo el planeta perjudicando a sus inocentes habitantes
o saldrían de su escondite exponiéndose a caer
derrotados y a perder el pendiente con sus terribles
consecuencias posteriores? Analizando fríamente la
situación, sabían que tenían pocas posibilidades de
salir victoriosos de aquella afrenta, pero también
sabían que tarde o temprano tendrían que plantarle
cara a Newt porque éste les terminaría encontrando.
196
Así pues, se decidieron por la segunda opción, ya que
de ese modo al menos salvarían a Chamán por el
momento. Iban a luchar con todas sus fuerzas, iban a
darlo todo, defenderían el pendiente con su vida, se
olvidarían de la Unión Interplanetaria, no se sentían
representantes de ella, eran representantes del universo
entero, de la paz, no sabían qué iban a hacer después
con el pendiente, pero sí que sabían que no debía caer
en manos de Newt.
Envalentonándose, para ahuyentar las dudas y el
miedo, emergieron con decisión fugaces del suelo con
un rugido a todo pulmón que retumbó por toda la
región. Ya estaban frente a su adversario, con la
adrenalina al cien por cien, no muy seguros de sí
mismos, pero sin posibilidad de vuelta atrás. Además,
esa sería una gran ocasión para vengar a Halaus,
aunque Narum no era partidario de matar a nadie, creía
que si no se enfrentaba a Newt contemplando esa
posibilidad, sin reservarse lo más mínimo por temor a
liquidarle, nunca podría vencerle, ya que él no era
superior a su adversario… todo lo contrario. Si se daba
la oportunidad de no hacer daño a su oponente, no
sería cruel con él, pero no iba a dejarse vencer
solamente por haber tomado excesivas precauciones,
había demasiado en juego.
- Sois valientes y eso me motiva –inició Newt
provocativo-, aunque la valentía también puede ser
vuestra perdición… os aconsejé que me dierais el
pendiente en nuestro último encuentro y ya visteis
como os fue. Ahora no os lo volveré a pedir ni
tampoco tengo la intención de ser clemente con
vosotros –les advirtió en tono amenazador-. Ateneos a
las consecuencias, aunque vuestro nivel haya
aumentado sorprendentemente en tan poco tiempo, no

197
tenéis ninguna posibilidad contra mí –terminó con
desprecio mostrando su suficiencia.
- Supongo que tienes razón –afirmó Narum sin
mostrar signos de debilidad- y es por eso que puede
que colaboremos contigo si nos cuentas cuáles son tus
planes para el pendiente –mintió intentando distraer la
atención de Newt para que Sikma tuviera tiempo de
preparar su ofensiva.
- No sé por qué os tengo que dar ningún tipo de
explicación a vosotros –replicó Newt intentando seguir
en su línea, el cambio de actitud de Narum le había
cogido totalmente desprevenido-. Además, ya os he
dicho que se acabaron las concesiones y con esto ya
me estoy extendiendo demasiado –finalizó.
- Vamos Newt –insistió Narum amigable-, no
tienes nada que perder. Fíjate, hasta puede que te
ahorres una pelea, por muy fácil que sea, y que ganes
dos posibles aliados… –se lo presentó lo mejor que
pudo- y si no –dijo teatralmente-, siempre puedes
eliminarnos cuando te plazca. Estamos a tu merced…
–se inclinó.
- Muy bien, aunque no sé a qué es debido este
cambio, tienes razón, siempre puedo aplastaros como
hice con vuestro amigo y como haré con el estorbo que
supone la Unión en mi carrera por el control de todo el
universo en cuanto me haga con el pendiente –
proclamó retador concluyendo a carcajadas.
A aquellas alturas Sikma ya estaba preparado.
Aprovechando que Newt no le había prestado atención
durante la conversación que éste había estado
manteniendo con Narum, había construido a sus
espaldas un gigantesco cubo de tierra, abierto por una
de sus caras, que caería inminentemente sobre ellos
sumergiéndolos en la más absoluta oscuridad, tratando,
de esa forma, de reproducir la desalentadora atmósfera
198
del planeta de los Antiguos que ellos ya habían vivido.
Los dos, así, esperaban obtener en la noche, el frío y la
soledad, una ligera ventaja sobre su oponente.
- Yo de ti no me reiría tanto –le avisó Narum-.
Newt prepárate para experimentar el más absoluto
abandono –dijo con voz fúnebre mientras las tinieblas
se iban cerniendo sobre aquella parte de Chamán.
- Necios… –pronunció éste para sus adentros… y
cayó la oscuridad.
Silencio. Nada ni nadie se movía. Narum y Sikma
intentaban sentir perturbaciones a su alrededor que les
indicaran lo que estaba sucediendo tal como habían
aprendido en el lago de erta. Únicamente el pájaro,
sorprendentemente el quetzal, era el que estaba
moviendo ficha y volaba a ciegas en dirección al
inmóvil Newt. ¿Qué pretendía aquel animal? Aunque,
¿y si fuera Elha la que ahora gobernaba sus acciones?
Newt eso no lo podía saber y qué mejor para ellos que
éste tuviera que estar pendiente de tres y no de dos. La
baza del pájaro, aunque no sabían qué alcance podía
tener, les daría más libertad de movimientos y
capacidad sorpresiva. Narum y Sikma leyeron la
jugada rápidamente. El primero insistiría en su intento
de transmitir a su oponente la sensación de
inseguridad, de acecho inminente que reproduciera un
angustiante clima de tensión y nerviosismo y el
segundo actuaría justo después del inesperado lance
del quetzal para aprovechar la momentánea confusión
que provocaría éste en Newt. Muy a su pesar, los
inexpertos combatientes subestimaron la enorme
capacidad de reacción que poseía su rival.
El ave estaba a punto de contactar con su objetivo.
Newt siguió a la expectativa unos instantes más y no
intervino, confiado, hasta que éste estuvo a sólo unos
palmos de él. Entonces, con la mano izquierda rígida,
199
le intentó golpear para sacárselo de encima, pero el
quetzal reaccionó a tiempo y rodeándose de una
aureola azulada, esquivó veloz el ataque. Newt se
quedó perplejo, ¿qué había en aquel animal? Pero no
tuvo tiempo para reflexionar sobre el asunto porque
por detrás de él ya se le avecinaba un potente rayo
púrpura proveniente de Sikma. Newt dio media vuelta
y encaró la ráfaga para luego desviarla sin ningún tipo
de esfuerzo hacia la derecha también con la mano
izquierda. Acto seguido, con la otra, disparó una dura
descarga contra su atacante. El relámpago impactó en
el pecho de Sikma y el rayo del que se había librado
previamente lo hizo en el quetzal. En unos segundos
Newt hubo fulminado dos pájaros de un tiro.
Ahora era Narum quien se encontraba solo. Sus
débiles golpes psicológicos habían tenido escasa
repercusión y parecía que sus efectos se estaban
volviendo en su contra. Nada se movía a su alrededor,
estaba nervioso, inquieto, sentía que de cualquier parte
podía aparecer Newt para acabar con él… frío… frío
en la espalda. Todo estaba saliendo mal, no sabía si
Elha, Sikma y el quetzal estaban bien, ahora sólo
quedaba él, solo ante el peligro, solo ante la muerte.
No podía rendirse, no. Tenía que encontrar una vía
de escape, una milagrosa solución como había hecho
durante todo el viaje. Pero no llegó, aunque
misteriosamente… el frío empezaba a desaparecer. Un
agradable foco de calor había emergido cerca de él e
iba incrementando su temperatura. Narum,
reconfortado, ojeó a su alrededor para saber de qué se
trataba y, por desgracia, vio que Newt era la agradable
fuente, Newt que estaba acumulando energía, Newt
que la liberaría en una devastadora explosión. La
temperatura había pasado a ser infernal y Narum
únicamente tuvo tiempo de crear una endeble esfera
200
protectora antes de verse arrastrado por la brutal
corriente causada por la deflagración. A continuación,
impactó con una de las paredes laterales del enorme
cubo de tierra construido por Sikma y salió despedido
hacia el exterior mientras veía como éste reventaba en
mil pedazos dejando, tras de sí, una cegadora luz
amarillenta. Unos instantes más tarde, se hallaba
tendido en el suelo fangoso lleno de magulladuras y
rasguños. Levantó la cabeza tieso, Newt se alzaba
imponente en el cielo teñido de rosa y a sus pies,
también en el suelo, malheridos, se encontraban Sikma
y el quetzal preparados para recibir el golpe definitivo.
Narum contemplaba la escena impotente, respiraba a
trompicones, cada vez más deprisa, no podía
permitirlo, no lo iba a permitir. Unas lágrimas de rabia
brotaron de sus ojos y sacando fuerzas de flaqueza
despegó como un rayo hacia Newt atacando
irreflexivamente a la desesperada. La colisión era
inminente, la velocidad de Narum era endiablada, sólo
faltaban unos metros…
- Necio –repitió Newt altivo.
Pero se llevó una sorpresa. Narum flasheó un
destello cegador frente a él a falta de tres segundos y
dispersó unas ráfagas de distracción a su alrededor que
pasaron rozando la túnica de su adversario. Luego,
apareciendo de detrás de la intensa cortina de luz, le
asestó un severo golpe cabeza contra cabeza. Del duro
impacto se abrió una fonda brecha en la ceja de Narum
salpicando de sangre la cara de Newt que salió
proyectado con violencia hacia atrás.
Narum no tenía la intención de parar y perder la
ventaja ganada, así que continuó con su embestida
persiguiendo a su rival en el aire. Éste se detuvo
extendiendo su cuerpo utilizando la túnica de vela. En
la operación la capucha dejó descubierto su pelo alvino
201
al viento. Después encaró al bólido que se le acercaba
y alargando el brazo y abriendo la mano derecha al
máximo, interponiéndola en su trayectoria, lo frenó en
seco.
- Necio –vociferó ahora Newt colérico.
Narum no podía moverse, su contrincante le había
paralizado por completo. Lo intentaba con todas sus
fuerzas, pero no lo conseguía, todas sus tentativas
resultaban en vano. Newt se le acercó lentamente.
Estaban cara a cara, le tenía completamente dominado,
ahora a Narum sólo le quedaba esperar.
La araña contemplaba con parsimonia a su
indefensa víctima. Con un dedo le fue resiguiendo
despacio el contorno del rostro. Luego fue
descendiendo, poco a poco, pasando por cuello, pecho,
hasta detenerse en el bolsillo. Metió furtivamente la
mano en él y sacó el preciado botín. Ya era suyo,
después de tanto esfuerzo y deseo lo había conseguido,
el pendiente blanco estaba en su poder. Narum
observaba como su objetivo fracasaba, como el destino
del universo daba un vuelco no deseado, como su vida
y la de sus amigos pendía de un hilo que en cualquier
momento se podía romper… Newt no había terminado,
ahora le quitaba la capucha… conciente de su
superioridad, se recreaba en todos sus movimientos.
Pasaba la mano, que no estaba usando para inmovilizar
a Narum, dulcemente por el pelo del chico,
deslizándola por la frente y virando hacia el fondo
hasta contactar con su oreja, la oreja de donde colgaba
su insignificante pendiente violáceo. Se lo quitó sin
piedad arrebatándole de ese modo gran parte del
acceso a su magia. Narum ahora se sentía débil, sin
energía, la mano abierta de Newt, que le mantenía
inmóvil, se estaba cerrando lentamente oprimiéndole
el corazón hasta que se clausuró en un puño. Medio
202
inconsciente, veía como Newt se elevaba hacia el cielo
¿o era él el que caía? Esto no iba a quedar así se decía,
pero su cuerpo ya no le respondía, no le quedaba ni
pizca de fuerza. Su corazón cada vez latía más
despacio, le invadía un profundo sueño, los ojos se le
cerraban, la cabeza se abatía inerte… y un flash le
sobrevino… blanco.
Narum reposaba muerto en los brazos de Sikma
que se había recobrado demasiado tarde y que lo había
recogido antes de que el cuerpo sin vida de su
compañero contactara con el suelo. El quetzal
perseguía a Newt en su huída hacia la nave. Al final le
iba a alcanzar y pelearía con el villano triunfante que
ya se había colgado el pendiente blanco de la otra
oreja. Su rival, muy agresivo, conseguiría robarle el
pendiente de su última víctima, que para éste no tenía
ni el más mínimo valor, sólo iba a ser un botín más en
su abundante colección de trofeos. El pájaro, exhausto,
volvería entonces con Sikma que lloraba desconsolado
abrazando con fuerza el cadáver de Narum.
- Narum vuelve… –le suplicaba Sikma- Narum
vuelve… –sollozaba.
Estuvieron allí varios minutos bajo la atenta mirada
de Sirius. Chamán se había convertido en un lugar
desolado. Ya no se oía los pájaros cantar, ni el rumor
de las hojas de los árboles, ni el fluir del agua… nada.
Sikma se negaba a aceptar aquel terrible suceso. Aún
con su amigo entre sus brazos, le acariciaba el pelo y
frente a frente le pedía, con los ojos enturbiados, que
volviera. El quetzal se hallaba acurrucado contra el
pecho de Narum transmitiéndole en vano calor. Sikma,
ya sin esperanzas, le volvió a poner con cuidado el
pendiente que le había sido arrebatado anteriormente.
Su esfera ahora era transparente, como en su primer
día en la Cúpula. Sikma, finalmente, se levantó
203
dejando el cuerpo de su amigo tendido en el suelo.
Usando su afectada magia, cavó un agujero con
dificultades y enterró allí a Narum. Chamán sería el
lugar en el que reposaría eternamente. Newt ya había
abandonado el planeta y Sikma se arrodilló sobre la
tumba de su difunto amigo para dirigirle unas palabras
de despedida.
- Adiós Narum, te quiero… –se despidió- adiós
Narum, y siempre te querré… adiós Narum, adiós
Narum…
Estos últimos vocablos se perdieron en el viento
mientras Sikma se marchaba abatido para no volver a
mirar nunca más hacia atrás. El quetzal permanecía
sobre la tumba de Narum, sus ojos brillaban, su
infinita cola ondeaba en el aire y, mirando al cielo,
liberó un penetrante grito de dolor que se extendió por
todos los rincones de Chamán. Unos segundos
después, rompiendo el silencio, el planeta hizo honor a
su nombre.
Calidez, la tierra se empezó a levantar y de su
interior, como un ángel caído regresando a su reino, se
elevaba, cara a las estrellas, el cuerpo de Narum. Su
pendiente brillaba con luz propia, blanca, aún más
intensa que Sirius, e iluminaba el árido paisaje de
Chamán devolviéndole la alegría. Sikma dio media
vuelta cautivado por lo que veían sus ojos, mientras el
quetzal acompañaba a Narum en su ascensión. Ahora
era todo su cuerpo el que resplandecía de forma
intermitente, poco a poco, iba absorbiendo la
revitalizadora luz emitida por el pendiente… magia.
Unos instantes más tarde, la esfera ya no brillaba, se
había oscurecido, era negra. Entonces Sikma se
apresuró a recoger a su amigo que había vuelto a
descender de las alturas.

204
Narum se había realizado, la amistad, el amor,
habían llenado los huecos que había en su corazón. Por
primera vez, sentía en su interior una felicidad
duradera y, gracias a eso, ahora éste podía volver a
latir.

Narum y Sikma marchaban de vuelta hacia el


puerto intergaláctico de Chamán. El segundo aún
miraba boquiabierto a su compañero sin terminar de
creerse lo que había sucedido unos minutos atrás. El
quetzal estaba posado en la mano del primero que
andaba ligero, revitalizado, nunca volvería a ser el de
antes. Los dos avanzaban en silencio, desde el retorno
de Narum que sólo habían entablado una breve
conversación, no había habido necesidad de más.
Sikma, en cuanto éste había vuelto a respirar, se había
quedado alucinado observándole. Luego, estuvieron
los dos mirándose un buen rato fascinados y a la postre
se abrazaron. Después iniciaron el camino de regreso
al puerto y entonces sí que fue cuando por fin
hablaron. Narum le dio las gracias a Sikma y acarició
al quetzal. Sikma le contó lo que había ocurrido y, a la
par, suspiraron aliviados descargando la tensión que
habían acumulado hasta el momento.
Ahora una nueva preocupación les ocupaba,
aunque de distinto modo que antes. El pendiente ya no
estaba bajo su custodia, pero después de haber vivido
todas aquellas aventuras por su causa, se sentían
responsables de lo que sucediera con él. No podían
quedarse de brazos cruzados, aunque pareciera que su
papel en la historia había terminado, ellos aún se
sentían parte de ella y, por eso, trataban de adivinar
cuál debía ser su siguiente paso a seguir. Éste era el
motivo por el que andaban en silencio, los dos se

205
hallaban profundamente inmersos en sus
pensamientos…
“Narum”. “Narum”. Oyó éste una voz que
susurraba en su interior. “Narum soy yo Elha”. No
podía ser, ¿Elha? Narum interrogó perplejo a Sikma
con la mirada intentando descubrir si él también lo oía.
No parecía ser así. “Narum, contesta, Narum…”.
Decía la voz. Narum desconcertado paró su marcha y
se puso las manos a la cabeza para concentrarse.
Sikma observó el extraño comportamiento de su amigo
y también se detuvo a la expectativa. “¡Narum venga
tío despierta!” Sin duda alguna se trataba de Elha.
“Narum, por favor, ayúdame… estoy muy lejos de
aquí…”. Insistía la voz. Elha parecía angustiada. “Pero
¿cómo?” Intervino por fin éste estableciendo contacto.
“¿No estabas con nosotros… en el pájaro?”. Dijo
repasando incrédulo de arriba abajo al animal.
“¿Pájaro? No… pero qué dices… me tienen cautiva”.
Contestó Elha. “¿Qué? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Quién?”.
Soltó Narum abrumado. Aún no se lo acababa de
creer. “Ahora no te lo puedo explicar… no hay
tiempo”. La voz de la chica llegaba entrecortada.
“¡Elha!”. Gritó Narum intentando que se quedara con
él. “Ya volveré a contactar con vosotros más adelante.
Ad…”. Se perdió la comunicación. “¡Elha!”. Repitió
de nuevo el chico, pero todo volvía a estar en silencio.
- ¿Qué pasa? –preguntó por fin Sikma impaciente
que había observado la preocupación en el rostro de
Narum.
- Ah… –pronunció éste volviendo a la realidad- no
te lo vas a creer… –empezó aún tratando de asimilar lo
ocurrido- era Elha…
- ¿Elha? –interrogó Sikma de piedra- Elha… –
suspiró a la vez que se le iluminaba la cara- pero
¿cómo? –reaccionó.
206
- Parece que se ha comunicado telepáticamente…
dice que no está en el quetzal –le informó Narum
reconstruyendo también para sí mismo lo sucedido-,
que está lejos, raptada… –hablaba despacio intentando
comprender los hechos.
- ¿Raptada? ¡Qué! –se alarmó Sikma- ¿Cómo?
¡Dónde!
- No lo sé… no me lo ha dicho… parecía
angustiada –confesó pensativo el otro-. Antes de que
se cortara la comunicación, prometió contactar con
nosotros de nuevo… pero no sé nada más…
- No entiendo nada –admitió Sikma intentando
aclarar sus ideas-. ¿Y entonces el pájaro? –apuntó otra
cuestión que quedaba en el aire.
- No lo sé… –dijo Narum mirando con ternura al
quetzal-. No tengo ni idea… todo esto es muy
extraño… –le iba dando vueltas al asunto-. Además, lo
que tampoco entiendo –prosiguió- es ¿cómo pudo Elha
escapar del agujero negro? –reflexionó confuso.
- A ver, recapitulemos, que esto se está
complicando mucho –afirmó Sikma que quería poner
un poco de orden-. Por un lado, Newt se ha apoderado
del pendiente y tendríamos que comunicárselo a
Gregor, o sino, actuar de algún modo al respecto… –se
pausó- por el otro, aparece Elha, que creíamos dentro
del pájaro, afirmando que está raptada y pidiéndonos
ayuda. Evidentemente, también tenemos que actuar al
respecto –terminó Sikma que había recibido una
inyección de moral con la reaparición de su chica.
- Hasta ahí estoy de acuerdo contigo –asintió
Narum-. Pero, por ahora, desafortunadamente, no
podemos hacer nada con respecto a Elha. Nos tenemos
que contentar con la noticia de que sigue viva y
tenemos que esperar a que vuelva a contactar con
nosotros… –inspiró profundamente- En definitiva –
207
concluyó-, creo conveniente ir a ver a Gregor de
inmediato para ponerle al corriente de todo y para que
nos explique algo más de la Unión y la Federación, de
los pendientes y de sus ladrones, del enigma del
quetzal y bueno, no sé, del universo en general.
Y así lo hicieron. Reemprendieron la marcha hacia
el puerto intergaláctico de Chamán y, aprovechando
las enormes posibilidades del actual nivel de control de
Narum y con algo de ayuda del ya olvidado Thoor, se
colaron sin dificultades en la siguiente nave dirección
a Capcut.

208
Parte II

I
Capcut era un planeta singular, distinto a todos los
que Narum había visitado hasta el momento. Capcut
era el máximo exponente de la civilización, tal como le
había contado Sikma durante el trayecto, allí, si no se
quería, no había necesidad de trabajar, era un planeta
destinado a la realización de los individuos, cada uno
hacía lo que más gustaba con total libertad. Todo el
mundo, por el sólo hecho de habitar allí, tenía derecho
a una vivienda y a una renta fija de por vida, dividida
en varias partes, cada una destinada a las distintas
necesidades de sus habitantes, alimentación,
mobiliario, ocio, complementos… las máquinas se
encargaban de todo lo demás y los trabajos que éstas
no pudieran realizar, como tareas legislativas,
sanidad… eran cubiertas por voluntarios cualificados
que recibían un incremento, siempre regulado y con un
límite estipulado, en sus rentas fijas. De este modo no
había diferencias sustanciales entre distintas clases
sociales que crearan ningún tipo de conflictos entre
ellas. También en las escuelas, para evitar que en un
futuro la gente viviera sin motivaciones y apalancada
en sus casas, había un amplio y sólido programa que
insistía en la necesidad de mantenerse activo y de
dedicarse a las aficiones que cada uno gustase,
incluyendo la gran importancia de familia y amigos.
En Capcut, a pesar de que la mayoría de sus habitantes
realizaban tareas extras para incrementar un poco sus
209
ganancias, no había estrés, la gente se sabía dosificar,
parar cuando fuera necesario, no había presiones para
subsistir, ni impuestos que pagar, además, todos los
servicios públicos también eran gratuitos, en
definitiva, se respiraba una atmósfera de tranquilidad y
armonía. A pesar de la gran florescencia y bienestar
que reinaba en Capcut desde hacía varios siglos, el
planeta también había vivido épocas muy oscuras para
llegar a aquel nivel tecnológico y organizativo. La
implantación de las máquinas y de las rentas fijas
había costado muchos sacrificios a nivel económico y
social, por suerte, ahora Capcut era una máquina bien
engrasada.
Por lo que respeta a su localización en la Vía
Láctea, el centro neurálgico de la Unión Interplanetaria
era un pequeño planeta que orbitaba en torno a la
descomunal gigante roja Antares, unos tres millones de
veces más brillante que el Sol, aunque de temperatura
considerablemente inferior. Ésta estaba situada a
seiscientos años luz de la Tierra y su característico
color rojizo, junto a las colosales edificaciones
capcutienses, le daban al planeta un inconfundible aire
apocalíptico.
Narum y Sikma habían desembarcado hacía unas
dos horas equamenses y se dirigían hacia el único
lugar de Capcut en donde imperaban el frenetismo y el
estrés, el sector dedicado a la política de la Unión, la
excepción que confirmaba la regla. Allí no había
parques, no se veía a la gente paseando por la calle,
todo eran prisas, centenares de diminutas aeronaves
circulaban anárquicamente por los cielos de eterno
atardecer… era el sitio en el que vivían Sikma y su
madre, empleada en el ministerio de relaciones
públicas de la Unión. Éste y Narum tenían la intención
de entrar en la especie de zona restringida que era
210
aquel sector y, una vez allí, descubrir dónde podían
encontrar a Gregor. Para Sikma la primera parte del
plan no suponía ningún problema, él residía allí y, por
lo tanto, poseía toda la documentación necesaria para
entrar, en cambio, Narum era un intruso, sin papeles ni
tan siquiera para estar en Capcut y, aún menos, para
colarse en la zona restringida. Además, teniendo en
cuenta que el Consejo Superior de la Unión suponía
que él estaba en posesión del pendiente, si le
reconocían y descubrían que éste había caído en manos
enemigas, no sabían qué terribles consecuencias les
podría acarrear. Así pues, tenían que hallar una forma
de que Narum pasara desapercibido, ya les informarían
a los del consejo de lo sucedido con el pendiente
cuando creyeran oportuno.
Llegaron frente a las puertas que guardaban la
entrada a la zona restringida cuando Antares ya se
había escondido y había dejado paso a las estrellas.
Bajaron del tren que les había conducido hasta allí
desde el aeropuerto y pusieron en marcha la estrategia
que habían trazado para que Narum pudiera
escabullirse en el sector sin ser visto. Sikma, del que
nadie de la Unión sabía su relación con Narum, ya que
se había incorporado al grupo sin el conocimiento de
Gregor, mostró la documentación y accedió a la zona
restringida junto al quetzal. Una vez dentro, se dirigió
hacia su piso que, afortunadamente, formaba parte del
muro de separación del sector, y por lo tanto daba al
exterior, y abrió una ventana para que su compañero
pudiera pasar. Evidentemente no todo era tan sencillo.
Narum no podía despegar frente a los guardas de
seguridad y colarse así por las buenas, no, tenía que
hacerlo con el máximo sigilo posible. Si tuviera en su
posesión el pendiente blanco, hubiera podido
teletransportarse dentro del recinto al igual que podía
211
hacer Ragun, pero como Newt se lo había agenciado y
como el que tu pendiente fuera de color negro, como
lo era ahora el de Narum, no proporcionaba
conocimientos extras, sino sólo mayores posibilidades
y capacidad de control de tu mente, él y Sikma habían
tenido que ingeniárselas para encontrar una vía
alternativa. Así pues, mientras Sikma cumplía con su
parte del plan, Narum tomó un aerotaxi hacia la cima
de una de las torres más famosas de la ciudad, tal
como le había indicado su compañero. Luego, a medio
trayecto, con su magia le transmitió al piloto una
sensación de tranquilidad y bienestar para que éste no
se volviera y, así, silenciando sus acciones creando el
vacío a su alrededor y controlando las perturbaciones
al abrir la puerta, pudo esmuñirse del aparato en
marcha cuando se encontraban a una altura
considerable sin que nadie se diera cuenta. Desde allí,
Narum, con la noche de aliada, se escabulló con
precaución, pero sin grandes complicaciones, hasta la
ventana que le había abierto Sikma. El pobre taxista no
se percató de su ausencia hasta llegar a la torre 27,
destino que Narum le había indicado.

El piso de Sikma era cálido y acogedor, semejante


a los refugios de montaña hechos de madera y con el
hogar encendido en el comedor. Era de un estilo
parecido al terrestre, constaba de dos habitaciones, la
suya y la de su madre Donera, que no estaba en casa,
de un baño, de la cocina y del comedor. Cuando
Narum entró por la ventana, Sikma le dio una vuelta
por la vivienda, luego comieron un poco y, finalmente,
se fueron a la cama porque mañana preveían que iba a
ser un día ajetreado. Acordaron levantarse al cabo de
veinte horas equamenses, unas siete horas terrestres,
dos antes de que la madre de Sikma volviera del
212
trabajo. Una vez desayunados, ya decidirían los pasos
a seguir para encontrar a Gregor.

Estaba tumbado en el suelo frío y mojado de la


noche, otra vez, inmóvil, su mirada perdida en los
fuegos artificiales que se proyectaban en el cielo… un
centenar de metros más arriba se encontraban los
responsables de aquel espectáculo, Halaus y otro mago
que vestía con una túnica blanca… Newt. Se quitó la
capucha y dejó relucir bajo la lívida luz de un lejano
astro, la esfera que colgaba de la cadenita plateada de
su pendiente… negra… como la de Gregor, color del
control total de su mente… no eran fuegos de artificio
era una feroz lucha… Newt jugaba con su compañero,
con el amigo de Narum… Halaus no tenía nada que
hacer… dolor… notó como unas manos lo agarraban
por los brazos… eran Elha y Sikma, que con lágrimas
en los ojos, lo arrastraban lejos de la batalla… dolor …
Narum intentaba gritar, moverse desesperadamente, ir
a ayudar a su mejor amigo… no podía, una fuerza
invisible se lo impedía, le había helado todo su
cuerpo… sólo los ojos le respondían… Elha y Sikma
le estiraban con más fuerza, marchando con velocidad
hacia una pequeña nave… Halaus estaba abrazado a
Newt, intentándole transmitir su calidez, su alegría, su
felicidad, su bienestar… la nave fue, poco a poco,
despegando del planeta desconocido… una bandada de
pájaros alzó el vuelo… el quetzal… a los lejos, por la
ventanilla, aún sin recobrar todos sus sentidos, Narum
pudo ver el fin de una amistad… esperanza… un
intenso rayo de energía atravesaba el frágil cuerpo de
Halaus… bajo la lluvia, permaneció inerte, sin vida…
una nave se sumergía en el espacio y con ella un grito
de dolor… ¡Nnnooooooooo!… y un flash le sobrevino
en el sueño, como los que hacía tiempo que no tenía,
213
recordándole los lejanos días de la Tierra… había dos
hombres, cara a cara… uno era Newt, sin capucha, con
el pelo alvino al descubierto… al otro no lo pudo
reconocer, estaba de espaldas, llevaba el pendiente
blanco que le había arrebatado a su oponente al que
tenía agarrado con las dos manos, una a cada lado de la
cabeza apretándolo contra a él, frente contra frente…
el vencido, Newt, no parecía oponer resistencia…
lentamente, el desconocido le fue soltando, se puso la
capucha de su gruesa túnica y, despacio, se fue
girando… Narum, forzando la mirada, pudo distinguir
la esfera también blanca de su otro pendiente… la cara
no la llegó a reconocer… desde hacía unos instantes
que la imagen del sueño se había ido desdibujando, el
telón de fondo ya no era oscuro, era cada vez más
claro… una voz le susurraba de lejos, Narum…
Narum… no podía mantener los ojos abiertos, la luz se
había vuelto cegadora… Narum… Narum… seguía
escuchando… finalmente los cerró… a través de sus
párpados aún podía entrever la claridad del exterior…
una sombra empezó a proyectarse sobre él… parecía
acercarse… Narum… Narum… aún escuchaba…
¡despierta!

Narum abrió de nuevo los ojos. Se sobresaltó, a


sólo unos centímetros una cara le estaba observando.
Por su alivio sólo se trataba de Sikma. Ni Newt, ni
Gregor, ni él, únicamente Sikma. Éste le había estado
intentando despertar desde hacía un buen rato. Por lo
visto, Donera no iba a tardar mucho en volver y Sikma
no quería que ella le viera porque ésta aún creía que él
estaba en la Cúpula. La madre de Sikma trabajaba en
el ministerio de relaciones públicas, pero él no creía
que estuviera al corriente de los asuntos más delicados
que concernían a la Unión, a pesar de eso, aunque
214
tenerla de cómplice no les hubiera ido nada mal
porque les hubiera podido ayudar a entrar en la zona
destinada a los consejeros, Sikma prefería mantenerla
al margen, no fuera a ser que la metieran en algún
problema por su culpa.
Así pues, Narum se levantó deprisa, se duchó, se
vistió y fue a desayunar con su compañero que ya
estaba terminando de comer. El quetzal, desde el
exterior, había empezado a cantar para espabilarles, ya
era hora de que comenzasen a carburar.
El quetzal… con todas las prisas, Narum se había
olvidado por momentos del sueño que había tenido
aquella noche. Tenía que contárselo de inmediato a
Sikma, era de vital importancia. Así que,
aprovechando los instantes finales del desayuno, le
explicó la revelación. Si lo que había soñado era
cierto, muy probablemente era Halaus el que estaba
dentro del pájaro, dejando así resuelto el misterio del
quetzal. Narum decidió que no valía la pena preocupar
a Sikma con lo de Newt y, por lo tanto, omitió la
segunda parte del sueño que sólo abría más incógnitas
sobre el tema de los pendientes.
Finalmente, terminaron de desayunar y,
entusiasmados por las nuevas descubiertas, se
dispusieron a trazar un plan para entrar en la zona
reservada a los miembros del Consejo con el fin de
encontrar allí a Gregor. Entonces, a Sikma se le
ocurrió una brillante idea, si no podían contar con la
ayuda de su madre, alguien se iba a hacer pasar por
ella. Evidentemente, ese alguien iba a ser Narum. Se
disfrazaría con uno de los uniformes oficiales de la
Unión que Donera guardaba en un armario y
modularía la frecuencia de su voz para hacerla más
aguda usando su magia. Sikma entraría junto a ella,
que no tendría ningún problema para acceder al
215
edificio soltando cualquier excusa, nadie iba a poner
en duda a una miembro de la Unión con el pendiente
negro de Narum. Una vez dentro, no tendría que serles
muy difícil dar con su antiguo maestro, hasta podían
preguntárselo a los vigilantes de la entrada.
Dicho y hecho, Narum se vistió con uno de los
trajes oficiales de la madre de Sikma y, como le iba
grande, no tuvo más remedio que rellenarlo de aire a
presión y moldearlo de forma que pareciera una mujer.
Después, se cubrió la cabeza con la capucha de su
túnica, que llevaba debajo del uniforme, y, finalmente,
los dos amigos se dispusieron a partir del piso no sin
antes coger una fotocopia de la identificación de
Donera. Narum estaba de lo más divertido y Sikma
tenía que hacer grandes esfuerzos para contener la risa.
Salieron a la calle y empezaron a andar en
dirección al centro del sector, allí era donde se
encontraba la zona reservada a los miembros del
Consejo. El quetzal les seguía desde el aire haciéndose
hueco entre el denso tráfico aéreo. Unos minutos más
tarde, se detuvieron enfrente de un edificio cúbico, sin
ventanas. En la puerta, había dos guardas de seguridad
que controlaban la entrada al recinto. Narum y Sikma
se dirigieron a ellos.
- Buenos días –les saludó Narum con voz
femenina, pero imponente-, me llamo Donera y el
pequeño Sikma y yo –dijo vengándose de su amigo
que se sonrojó al instante- hemos venido a hablar con
Gregor, su maestro en la Cúpula, para pedirle
explicaciones sobre el examen que le ha suspendido a
mi niño –expuso sofocada.
- A ver señora –le contestó uno de los vigilantes-,
nosotros no estamos autorizados a dejar pasar a nadie
sin identificación –aclaró-. Si fuera tan amable –
terminó extendiéndole la mano.
216
- Sikma, cariño, enséñasela –éste obedeció de mala
gana-. Es una fotocopia porque perdí la original y me
están reimprimiendo otra –explicó Narum que se
estaba recreando en el papel-. Espero que sea
suficiente… –concluyó dejando entrever de forma sutil
la esfera negra de su pendiente por debajo la capucha.
- Sí, sí señora… –se apresuró el otro portero
intimidado- como usted mande. Síganme por favor.
Donera lo había logrado. Sikma seguía cabizbajo a
su falsa madre que lideraba la marcha orgullosa. El
guarda quería quitarse de encima a aquella mujerona
lo más rápido posible y les guiaba prestamente a través
de un laberíntico entramado de pasillos. Un centenar
de esquinas más allá, les indicó la puerta que daba al
despacho de Gregor y, sin despedirse, regresó a su
puesto.
Narum y Sikma se acercaron lentamente, llamaron
y entraron. Por fin había llegado el momento de
despejar gran parte de sus dudas. Desde su encuentro
con Yon que habían estado deseando volver a ver a
Gregor y ahora parecía que las respuestas estaban más
cerca que nunca. Querían saber su punto de vista con
respecto a la Unión y a la Federación, querían su
opinión sobre la inesperada reaparición de Elha,
querían que les contara cómo devolver a Halaus a su
forma original y que les hablara sobre Newt y sobre el
ladrón de la Cúpula, pero, por encima de todo, Narum
quería que, de una vez por todas, Gregor le desvelara
por qué había sido él el elegido.

217
II
Gregor estaba sentado en su escritorio cuando los
chicos irrumpieron en su despacho. Sorprendido por la
visita, se apresuró en recibir a Sikma y a su madre y
les acomodó en unos sofás de enfrente de su asiento.
Les ofreció café para beber y cuando se disponían a
iniciar la conversación, de repente, la corpulenta mujer
se deshinchó como un globo y de entre sus vestiduras
apareció…
- ¡Narum! –gritó Gregor boquiabierto- ¡Qué
alegría verte de nuevo!
Después del saludo inicial y de la posterior
encajada de manos, los tres se volvieron a sentar en los
sofás y entablaron una larga conversación. Narum y
Sikma le relataron a Gregor todo lo sucedido, sin
entrar en detalles, desde que se separaron en la Cúpula.
Le hablaron de su estancia en Ib-brus y del encuentro
con Yon, del enfrentamiento con Newt y de la
supuesta muerte de Halaus, de la desaparición de Elha
y del planeta de los Antiguos, y, finalmente, de la
visita a Bélathar, de la pérdida del pendiente y de la
reaparición de Elha. Gregor estuvo meditando unos
instantes sobre la información que le acababan de
proporcionar. Desde que supo que Newt se había
adueñado del pendiente, ya no había escuchado nada
más del relato, ni tan siquiera lo de la resurrección de
Narum. Le había entrado el pánico, el nerviosismo se
había apoderado de su ser, tenía la imperiosa
218
necesidad de salir de aquel despacho y de informar de
la pérdida del pendiente al Consejo Superior de la
Unión. Así pues, pasados unos segundos de reflexión,
se dispuso a abandonar la sala y a dejar a los dos
jóvenes con sus múltiples interrogantes. Antes de que
abriera la puerta y de que se perdiese en el entramado
del edificio, Narum intervino para hacer entrar en
razón a su antiguo profesor de matemáticas.
- Gregor, ya sabemos que es muy importante el
robo del pendiente y que, por lo tanto, tienes que
informar de él con la mayor brevedad posible –empezó
comprensivo-, pero también creemos que nos
merecemos una aclaración sobre qué pintamos
nosotros en todo esto –se reivindicó-. Si ahora te vas,
nos apartaréis de todo el tema porque ya no os somos
de utilidad. Sabes que nunca volverás para darnos una
explicación… por favor quédate –le suplicó-,
ayúdanos también a nosotros y plantéate de qué lado
estás. ¿Eres un títere de la Unión que sabe demasiado
y que no puede escapar, como lo era Yon, o estás
dispuesto a luchar por tus ideales, siguiendo el camino
más difícil, sin traicionarte a ti mismo? –le interrogó
intentándole abrir los ojos- No sé mucho sobre la
situación actual del universo –prosiguió-, pero sé lo
suficiente como para creer que si los del Consejo se
enteran ahora de que Newt tiene el pendiente,
empezará una guerra fraticida entre la Unión y la
Federación –inspiró profundamente-. Los primeros la
iniciarían para evitar que los segundos tuvieran tiempo
para organizarse y así aprovechar el efecto sorpresa y
los segundos lucharían para aplastar definitivamente a
los primeros y así convertirse en la primera potencia
universal –Sikma también escuchaba atentamente la
disertación de su compañero-. Lo que de momento
frena el inicio de esta guerra, si estoy en lo cierto, es
219
que el Consejo aún cree tener bajo su control uno de
los pendientes y, por lo tanto, cree mantener la
superioridad sobre su rival y, por el otro bando, eso me
lo tienes que contar tú… ¿qué me dices? –concluyó
clavando la mirada en su mentor.
- Veo que no se te puede esconder nada –sonrió
Gregor dirigiéndose de nuevo a su asiento-. Muy
bien… tienes razón –reconoció-, mejor que hablemos
un poco antes de precipitarnos, no hay casi nada que
perder y estamos tratando de un asunto muy
importante que merece la máxima prudencia y análisis
–suspiró-. La meticulosidad de Newt es lo que impide
que estalle la guerra por su parte –confesó
respondiendo a la anterior pregunta de Narum-, pero
para que lo entendáis, antes os tengo que contar algo
sobre lo que sé de su vida –e inició el relato de una
nueva historia-. Newt nació en el seno de una familia
bien estante en el corazón de la Federación. Él era
sobrino de uno de los grandes militares de la época,
que en aquel momento gozaba de gran estima entre la
población, y, aprovechando esta ventaja, ya justo al
cumplir su mayoría de edad, empezó su carrera como
político. Gracias a estas influencias, no tuvo muchos
problemas para salir elegido como representante del
pueblo y, una vez ejerciendo su cargo público, intentó
impulsar varias reformas de carácter popular para
ganarse, al igual que su tío, el favor de las masas. Ese
corto mandato fue el trampolín para que Newt, poco a
poco, fuera escalando peldaños, siempre apoyado por
el pueblo, y así fuera ocupando cargos cada vez de
mayor importancia. Newt era un hacha moviendo
hilos, sobornando, conspirando, atrayéndose a quien
creyera necesario, aunque tuviera que contraer
múltiples deudas para borrar del mapa a sus posibles
rivales, que no eran pocos. A su vez, también era un
220
gran orador que siempre se escabullía de todas las
injurias que lanzaban sobre él. Llegó el día en que
Newt fue nombrado gobernador de una confederación
de planetas periférica dentro de la Federación y
también fue puesto al mando de sus ejércitos. Fue
entonces cuando comenzó múltiples campañas
militares de invasión y sometimiento de varios pueblos
vecinos considerados posibles amenazas para la
Federación. Newt hizo gran propaganda de sus
hazañas en la capital y su reputación no paraba de ir en
aumento. Planeta conquistado, planeta que tenía que
pagarle infinidad de tributos y planeta que también se
veía obligado a proporcionarle más efectivos para
engrosar sus tropas. Newt sabía esconder
perfectamente sus fracasos y cuando parecía que las
cosas podían torcérsele siempre sabía dar un golpe de
efecto a la situación. Con tantos éxitos, con tantos
soldados fieles a su jefe que siempre era generoso con
ellos, con tanto poder acumulado, Newt se convirtió en
una amenaza para la misma Federación que intentó
poner freno a su criatura mediante el único individuo
capaz de rivalizar con él, uno de sus antiguos aliados y
en aquel momento presidente de la Federación, Din.
Pronto estalló una guerra civil entre los partidarios de
Newt y los de Din. Newt, con menos efectivos, supo
atraerse a sus filas tropas rivales, mostrándose
benevolente cuando era necesario e implacable cuando
lo exigía la ocasión y, sin entablar casi combate,
consiguió llegar a la batalla final con sus opciones
intactas. En ella, utilizando su astucia, consiguió
vencer, en terreno enemigo, sin exponer a su ejército,
una ofensiva rápida y sorpresiva en el campamento
rival bastó. Sus dotes de gran líder habían quedado
sobradamente demostradas y, sin oposición, instauró
una dictadura en la Federación Intergaláctica. Newt,
221
desde entonces, nunca ha sido derrotado y, en
consecuencia, tiene una confianza ciega en sí mismo,
se cree invulnerable y éste es su talón de Aquiles. A
pesar de eso, aún sigue manteniendo la precaución que
le llevó a lo más alto y, antes de actuar, prefiere tener
bajo control todas las posibles variables que pudieran
girársele en su contra. Ahora Newt ya no considera a
la Unión como a un rival temible en su sin sentido de
carrera por el dominio del universo. En posesión del
pendiente blanco, cree poder aplastarla cuando quiera,
por eso no inicia él la guerra porque no tiene necesidad
de malgastar sus fuerzas en la Unión, cuando hay
alguien que, si ganara poder a partir de ahora, podría
plantarle cara. Éste alguien es Ardemum, el que desató
toda esta locura robando el primer pendiente de la
Cúpula. Así pues, Newt prefiere derrotar antes a
Ardemum y apoderarse del otro pendiente, que
exponerse a una guerra con la Unión, que no sería
nada fácil a pesar de su teórica superioridad, sin tener
bajo control todos los posibles contratiempos que
pudieran aparecer en su camino –terminó.
La explicación de Gregor, que complementaba el
previo razonamiento de Narum, parecía bastante
completa. No obstante, tenía algunas leves lagunas
como, por ejemplo, los motivos de ese tal Ardemum
para entrar en escena. Estaba claro que una vez éste se
había apoderado de uno de los pendientes, Newt tenía
que actuar para no ser menos y verse expuesto a perder
la hegemonía a la cual aspiraba, pero ¿de dónde había
salido aquel individuo? Por lo visto, los dos chicos se
estaban haciendo la misma pregunta y fue Sikma quien
se adelantó a formularla.
- ¿Y entonces ese tal Ardemum de dónde sale? –
pidió Sikma a Gregor.

222
- A eso es a lo que iba –aclaró éste intentando
coger un poco de aire y a la vez calmar a sus sedientos
oyentes-. Ardemum es el líder de uno de los miles de
planetas, de los cuales os habló Yon, que se resisten a
la invasión, ya sea de la Unión o de la Federación, y
que luchan por mantener su libertad e identidad. En
principio, éstos son focos de resistencia separados sin
ninguna conexión entre ellos, pero cabe la posibilidad
de que se repita la misma historia que con la
Federación, que en su inicio fue una alianza de
planetas oprimidos que en su unión quisieron
encontrar la fuerza, y que luego derivó en la poderosa
organización que es hoy en día. Eso es lo que teme
Newt de Ardemum, que ahora que posee el pendiente
blanco, aunque nunca ha mostrado intenciones
expansionistas y siempre se ha ocupado de luchar
únicamente por los intereses de su planeta, se erija en
una especie de líder de la resistencia a gran escala. Por
eso, antes de entrar en guerra con la Unión, Newt se
tiene que replantear la conquista del planeta de
Ardemum, que la Federación ha estado intentando
desde hace más de un siglo, en estas nuevas
condiciones y, luego, terminarla de una vez por todas.
Así pues, ya podéis empezar a ver por qué Ardemum
se vio evocado a robar el pendiente blanco, la situación
de su planeta era insostenible y no tuvo más remedio
que intentarlo. Ahora nadie sabe qué rumbo tomaran
los acontecimientos…
- Y tú, que eres el único miembro de la Unión que
está al corriente de los últimos sucesos –matizó Narum
excluyéndose a él y a Sikma de aquella organización-,
¿qué crees que va a pasar y qué partido vas a tomar, el
de la Unión, el de Ardemum, el de la Federación u
otro? –volvió a insistir el joven en uno de los puntos
de su primera disertación.
223
- Pues muy bien no lo sé –empezó dubitativo-.
Ardemum al apoderarse de uno de los pendientes
consiguió una tregua para su planeta, pero ahora que
Newt tiene el otro, supongo que cuando haya ideado
una estrategia, esta tregua va a terminar y estallará una
guerra abierta entre estos dos bandos –se pausó-. Lo
que no sabemos es si Ardemum se ha movido para
formar una alianza entre algunos de los planetas que se
encuentran en una situación parecida a la suya. Si
fuera así, la guerra alcanzaría grandes dimensiones –
volvió a detenerse-. Yo, como miembro
indisolublemente ligado a la Unión, tengo que velar
por sus intereses y ahí es donde no sé qué hacer…
- Si no he entendido mal –intervino Sikma-,
Narum antes ha dicho que si ahora el Consejo de la
Unión supiera que el pendiente restante está en manos
de Newt, muy probablemente, se lanzaría a una guerra
contra éste para evitar que Newt tuviera tiempo de
organizarse, de apoderarse del otro pendiente, de ganar
más poder o lo que sea… –se aclaró- entonces si tú
quieres lo mejor para la Unión, ¿no creo que una
guerra sea de tu interés a no ser que os aliarais con
Ardemum?
- La alianza con Ardemum está descartada –
aseguró Gregor rotundo- y más si éste se alía con otros
planetas a los cuales la Unión está intentando
anexionar. Tened en cuenta –apuntó- que la rivalidad
que hay en la actualidad entre la Unión y la Federación
es una lucha de poder; quien se quede atrás pierde, y
poder son planetas, territorios, recursos… no es todo
tan sencillo, guerra sí, guerra no –concluyó severo.
- Ya lo sé, pero tiene que haber algún modo de
evitarla –replicó Narum que no era nada ingenuo-. ¿Es
que no sabes lo que una guerra conlleva? No es un
juego de ordenador donde tomas unas decisiones desde
224
tu silla y luego esperas y ganas o pierdes. No, en una
guerra se ponen en juego miles y hasta millones de
vidas. No hay que tomárselo a la ligera. Hay que hacer
todo lo posible para evitar la muerte, el sufrimiento,
las terribles consecuencias posteriores… –él lo había
vivido en la Tierra- la humanidad, no como colectivo,
sino como valores, tiene que estar por encima de todo.
Una guerra nunca está justificada, aunque a veces
parezca la única salida, no es así, con buena voluntad
por parte de todos, los problemas se podrían
solucionar… y es que no se debe buscar un camino
para la paz, la paz es el camino –defendía Narum su
postura apasionadamente.
- Pero Narum, en este caso no hay buena voluntad
por parte de Newt –respondió Gregor haciendo oídos
sordos a las reprimendas del chico-. Lo siento, no
tengo más remedio que avisar al Consejo -dictaminó.
- ¡Mira, tú no sabes si la hay por parte de Newt,
pero lo que es seguro es que no la hay por parte tuya! –
le reprochó- Seguramente tampoco la haya por parte
suya, pero danos un poco de margen Gregor, ni que
sea hasta mañana, para encontrar una salida… por
favor –suplicó ya más sereno.
- Bueno, está bien, me habéis convencido –admitió
éste más resignado que persuadido-. Esperar puede
conllevar más ventajas que inconvenientes –confesó-.
Ahora os invito a comer algo y continuamos
charlando, pero no de este tema, mejor hablamos de
Elha, de Halaus y de vosotros. ¿De acuerdo? –propuso
Gregor relajando el ambiente.
- De acuerdo –convinieron Narum y Sikma
aliviados, la tensión había desaparecido casi por
completo.

225
Salieron del despacho y deshicieron el camino de
ida hasta llegar a la entrada del edificio. Allí, los dos
guardas de seguridad se sorprendieron al no ver a la
robusta mujer, pero no hicieron ninguna pregunta con
la esperanza de que ésta no volviera a aparecer de
improvisto. Su deseo se cumplió y Narum y Sikma,
guiados por Gregor, prosiguieron su camino y
abandonaron la zona restringida en dos o tres minutos.
¡Qué alivio! La tensión que aún persistía se esfumó
al instante, la atmósfera que se respiraba fuera era
completamente diferente, carecía de prisas, de estrés,
de aglomeración, de seres anónimos… estuvieron
paseando un buen rato por diversos parques de Capcut
viendo correr a los críos, besarse a las parejas, jugar a
los perros… un idilio, hasta que Gregor se detuvo
enfrente de, más que un bar, una especie de antro
oscuro que contrastaba con la liviandad que se
respiraba en las calles, pero que concordaba con el aire
apocalíptico del planeta. Entraron. Bullicio, parecido
al del bar de la Cúpula, con escasa iluminación y casi a
rebozar, así era aquel lugar. Había una barra estrecha
con taburetes altos que cruzaba, a lo largo, paralela a la
pared, todo el local. Tras ella había un sinfín de
estanterías llenas de botellas de todas las formas,
tamaños y colores, hasta la bandera; el antro estaba
bien provisto. Sus clientes, seres estrafalarios de todos
tipos, se repartían por los taburetes y por unas mesas
que ocupaban el espacio restante, mesas pequeñas y
rectangulares separadas, las más próximas a la pared
opuesta a la barra, por unos biombos que les daban un
poco más de intimidad. El trío se dirigió hacia una de
las pocas que estaba vacía en aquella zona y se
sentaron, Gregor a un lado y Narum y Sikma al otro.
La música heavy a todo volumen del local hacía
imposible escuchar a más de un metro y medio de
226
distancia, aquellas condiciones, después de haber
pedido cualquier bocado de entre el mísero repertorio
de la carta, eran las idóneas para poder conversar con
la certera seguridad de no ser oídos. Gregor había
escogido el lugar perfecto. Así pues, confiados de su
absoluta privacidad, iniciaron una conversación que
dio vueltas entorno a Elha, Halaus y Narum. Las
primeras frases se perdieron en el aire, las restantes
decían así…
- … a Narum? –preguntó Sikma intrigado
reflejando por anticipado la voluntad de su amigo.
- Yo creo que me lo disteis a mí porque de algún
modo sabías que, aunque al principio me iba a costar,
pronto alcanzaría el máximo nivel de control y sería el
más idóneo para protegerlo –respondió Narum
fanfarroneando un poco, pero sólo con la única
intención de dar pie a que Gregor les contara los
verdaderos motivos de su elección.
- Bueno, puede que esta razón también influyera –
mintió Gregor que no se había dado cuenta de que
Narum no lo decía de verdad y no quería contradecir al
iluso chico-, pero, las verdaderas motivaciones que nos
condujeron a tu elección vienen de más lejos –confesó-
. En la Unión tenemos infinidad de magos
especializados en distintos campos que trabajan para
nosotros –inició la explicación-. De entre ellos hay los
videntes y de entre éstos hay un selecto grupo que
intercepta premoniciones de otra gente. Uno de los
más antiguos y reputados miembros, hace unos años,
cuando tú tuviste la primera visión del círculo blanco,
empezó a captar las mismas imágenes que tú veías.
Tratándose del círculo blanco, símbolo de la magia
negra, y observando que con el tiempo los flashes cada
vez se hacían más frecuentes, le prestamos especial
atención a tu caso. Hubo un día, pero, en el que todo
227
cambió. El vidente tuvo una premonición
independiente a las tuyas, era bastante confusa, pero
dejaba lo suficientemente claro que tú desempañarías
un papel importante en la historia de los pendientes.
Desde entonces ya no interceptó más visiones y pasó a
dedicarse a otros menesteres –se pausó-. Antes de
seguir –advirtió-, quiero recordaros que las
premoniciones sólo son una indicación de lo que va a
acontecer, no de lo que seguro que sucederá. A pesar
de eso –prosiguió-, aquella premonición nos dio a
entender que pronto habría grandes cambios, así pues,
viendo que no se trataba de magia negra, sino de los
pendientes blancos, decidimos que alguien del Consejo
se acercara a ti y te condujera, llegado el momento,
hasta la Cúpula. Evidentemente, era mejor tenerte de
nuestro lado que no en el bando contrario… y bueno,
eso es todo, como ya bien sabes ese alguien fui yo y…
bueno, hay poco más que contar –concluyó Gregor
mostrándose totalmente sincero.
Las confesiones de Gregor calaron hondo en el
interior de Narum que se mantuvo en silencio, inmerso
en sus pensamientos, intentando hallar dónde
encajaban aquellas nuevas piezas en el rompecabezas
de su existencia. “Un papel importante…”. Se repetía
suspirando con una leve sonrisa. Por aquellas ironías
de la vida, durante mucho tiempo había estado
deseando llegar a ser alguien, ser recordado en los
libros de historia y, ahora que Gregor le había dicho
que estaba predestinado a ello, ahora le daba igual, ya
hacía tiempo que le daba igual, sus prioridades habían
cambiado. “Un papel importante…”, se continuaba
repitiendo. “¿Ya lo habría desempeñado? ¿Perder el
pendiente? No había sido culpa suya…”, se auto-
convencía. Entretanto Sikma había cambiado de tema
y ahora preguntaba por su Elha.
228
- Gregor, Gregor… –repetía su nombre con afán
para llamarle la atención- y de Elha qué, dime qué
sabes, ¿qué opinas de lo sucedido con ella…?
- Siento defraudarte –contestó aún con los ojos
puestos en Narum-, pero no sé nada –volviéndose
hacia Sikma-. Son extrañas las condiciones en las que
desapareció y también extrañas son en las que contactó
con vosotros. Lo siento –repitió-, no puedo sacar
conclusiones, tendréis que esperar a que contacte otra
vez como os prometió…
- Ah… –se resignó Sikma cerrando los párpados- y
de Halaus ¿qué? –cargó de nuevo intentando dejar
atrás el desengaño sufrido y tratando de conseguir
alguna respuesta positiva.
Todo aquel rato, desde que habían entrado en el
edificio reservado a los consejeros hasta ahora, el
quetzal se había mantenido estático en el hombro de
Sikma. Narum, también, había dejado aparcadas sus
preocupaciones y volvía a prestar atención a la
conversación.
- Si es verdad lo que decís de que Halaus está
dentro de este pájaro –empezó Gregor aún
desconfiando de la autenticidad de aquel hecho…
- Lo es –le interrumpió Narum-, en el quetzal
conviven dos seres, nos lo dijo Ragun, y si no es
Elha… tiene que ser Halaus ¿no? –Sikma asintió.
- Muy bien –prosiguió-, entonces sólo hay un
modo de que los dos vuelvan a ser los mismos de antes
–Narum y Sikma le escuchaban atentamente-. Se dice
que para deshacer estas extrañas uniones se requiere de
tres componentes que, unidos de forma debida,
devuelven a los dos firmantes del pacto a su estado
original –Gregor se pausó-. Si mal no recuerdo, los
elementos necesarios eran… una prenda que el
desaparecido llevara a menudo, y la cuál significara
229
algo para él, que teóricamente contendría la imagen
del antiguo Halaus, el ser en el que se hallara
refugiado, en este caso el quetzal, que conviviría con
la parte intangible restante de Halaus, y el antiguo
pendiente de Halaus, que sería el instrumento que
haría posible la reunión –se detuvo de nuevo para
recordar los siguientes pasos-. Para que ésta sea
posible, creo que el pendiente tendría que ir sujeto al
quetzal y que la prenda, fuera la que fuese, también le
tendría que ser colocada encima. Una vez hecho esto,
todos los componentes necesarios ya estarían reunidos
de modo correcto y, teóricamente, el refugiado, en
estas condiciones, con su deseo por salir, tendría que
hacer el resto… –Gregor lo había ido contando cada
vez con menos convencimiento- y bueno, me parece
que eso es todo, aunque no sé de nadie que lo haya
intentado… –terminó desacreditando aún más aquella
inverosímil receta.
- ¡Perfecto! Nosotros seremos los primeros –
afirmó Sikma entusiasmado.
La empresa no iba a ser nada fácil. Por ahora sólo
tenían uno de los tres ingredientes y uno de los dos
restantes estaba en posesión de Newt. Narum y Sikma
no tardaron en deducirlo. Newt antes de acabar con
Narum le había quitado su pendiente y se lo hubiera
llevado si no hubiese sido porque el quetzal se lo
impidió, así pues, supusieron que con Halaus habría
hecho lo mismo. Por lo que se refiere a la prenda,
contactarían con Bélathar a ver si ella les podía ayudar.
Narum, además, vio en la aventura que iban a
emprender una oportunidad para hallar una posible
salida al conflicto de los pendientes que enfrentaba y,
casi irremediablemente, enfrentaría a la Unión, a
Ardemum y a la Federación. Entonces lleno de valor y
coraje se lo propuso a Gregor.
230
- Gregor, tengo una idea –le comentó decidido-.
Antes hemos estado hablando de encontrar una salida a
la guerra que parece que va a estallar de forma
inminente, ¿no es así? Pues creo que, aunque parezca
bastante imprudente y arriesgada, tengo una posible
solución al problema…
Narum había captado la atención de sus dos
oyentes. El volumen de la música en el bar había
bajado considerablemente con el paso del tiempo y
ahora su conversación estaba al descubierto. No sabía
si proseguir o si era mejor dejarlo para más tarde.
Aquellos breves instantes de silencio le hicieron dudar
sobre la proposición que iba a realizar. Realmente no
estaba muy bien fundamentada y, además, era muy
atrevida y tenía casi nulas posibilidades de éxito. A
pesar de todo, era la única opción que veía para evitar
el desastre y, aunque no le iba a desvelar sus
verdaderas intenciones a Gregor, le intentó presentar la
esencia del improvisado plan lo mejor que pudo.
- Recuperar el pendiente –Gregor y Sikma se
quedaron pasmados-. Sí, recuperar el pendiente –
volvió a repetir con firmeza-. Es la única solución que
veo a corto plazo. Sin el pendiente Newt no se lanzará
a una guerra contra Ardemum, ni la Unión se verá
angustiada por la superioridad de sus rivales. Lo único
que queda un poco al aire es la reacción de Ardemum,
pero en teoría no tiene por qué empezar ninguna
batalla… –conjeturó- puede que sí que quiera liberar a
los otros planetas que sufren situaciones similares a la
del suyo, pero nada que no se pueda solucionar de
forma diplomática… aunque no le conozca, Ardemum
me parece un tipo razonable –esta última parte la
estaba improvisando, se trataba de una simple
sensación… conscientemente, hablaba sin
conocimiento de causa-. Bueno, en definitiva, mi
231
proposición es ésta, tú y la Unión no tenéis nada que
perder, Sikma y yo, aprovechando que iremos a
recuperar el pendiente de Halaus –Sikma se inquietó,
¿en que líos ya le estaba metiendo Narum?-, también
nos haremos con el pendiente blanco de Newt –
terminó.
- Narum ¿eres conciente de lo que estás diciendo?
–le interrogó Gregor incrédulo- ¿Tú, Sikma y Halaus,
si es que éste último está con vosotros, quitarle el
pendiente a Newt? Estás loco. ¿Sabes que la base de
Newt es una verdadera fortaleza? ¿Cómo pretendes
entrar en ella? Me sabe mal por ti, pero tu idea es de
risa –concluyó lacónico.
- Sé de alguien para el que no es ningún problema
colarnos dentro de la base –contestó Narum- y, por lo
de quitarle el pendiente blanco a Newt una vez allí, ya
encontraremos alguna manera de hacerlo sin
exponernos demasiado aprovechando alguno de sus
puntos débiles… sólo es cuestión de desarrollar una
buena estrategia –replicó.
- ¡Ragun! –exclamó Sikma, la perspectiva de
volver a ver al extraño ser le alegraba enormemente-
¿Cuándo partimos?
- Estoy contento de que te guste la idea –dijo
animado Narum-, pero antes quedan bastantes cosas
por hacer, contactar con Bélathar, pensar en algún
plan, esperar a que Gregor lo apruebe y sea nuestro
cómplice…
- Hmm… –sonrió éste que había captado la
indirecta- veo que tenéis valor y ganas de luchar por
causas perdidas… como se nota que aún sois
jóvenes… –suspiró- esto no os bastará contra Newt,
pero os daré un voto de confianza porque, como bien
has dicho antes, no hay nada que perder y, como sé
que no os voy a poder parar, mejor que os dé algo de
232
tiempo para llevar a cabo vuestra tentativa. Además, la
premonición que nos hizo contactar contigo también
me empuja a tener confianza, aunque no sería
suficiente motivo como para dejar que gran parte del
futuro del universo estuviera únicamente en vuestras
manos…
- Ya lo fue una vez, ¿por qué no iba a volver a
serlo ahora? –inquirió Narum retrayendo a Gregor la
actitud que había adoptado la Unión con respecto a
ellos.
- Da igual –cortó de cuajo el maestro que no quería
entrar en discusiones-. En principio os voy a dejar
actuar sin ningún impedimento, pero voy a tomar
precauciones para que la Unión esté preparada en el
más que probable caso de que fracaséis en vuestro
intento –dijo con sequedad-. Y ahora ya he tenido
suficiente. ¡Vayámonos!
Narum y Sikma sabían que en el fondo Gregor no
estaba enfadado. Su profesor tenía el corazón dividido
y no podía justificar muchas de sus acciones como
miembro de la Unión. Era complicado para él
satisfacer sus dos vertientes, la de los deseos y la de la
razón conservadora.
Salieron del bar cuando ya estaba anocheciendo en
Capcut. Había sido una jornada corta, pero intensa.
Los días en aquel planeta parecían sucederse con
rapidez. Mañana tendrían que empezar a movilizarse,
pero antes aún quedaba por delante una noche de paz y
tranquilidad, una noche de reposo en la morada de
Gregor.

233
III
Rayos de luz rojizos se filtraban por las rendijas de
la persiana trazando borrosas siluetas del mobiliario en
la oscura habitación de Gregor. Narum se acababa de
despertar, Sikma aún yacía arropado por el edredón y
dormía plácidamente. La mañana en Capcut era
bastante fría, Antares, a pesar de su gran tamaño, no
calentaba lo suficiente y el hogar tenía que mantenerse
encendido toda la noche. Narum salió de la cama, se
echó la túnica por encima y se dirigió hacia la cocina
para preparar el almuerzo. Media hora equamense más
tarde, Sikma se le unió con las marcas de la almohada
aún en la mejilla. Tenía los ojos enturbiados de sueño
y no paraba de bostezar y de estremecer todo el
cuerpo. Una vez los dos acabaran de desayunar, tenían
que contactar con Bélathar y con Ragun y, lo más
importante de todo, tenían que hallar una forma de
quitarle el pendiente blanco a Newt.
Antes de partir de Govanem, Bélathar les había
dado su número de teléfono para que se comunicaran
con ella. De hecho, la chica les había hecho prometer
que lo harían tan pronto como pudieran, pero hasta el
momento tampoco se habían acordado. Con Ragun
intentarían contactar telepáticamente. Así pues,
salieron del piso de Gregor, que había ido a trabajar
antes de que Narum y Sikma se levantaran, y
empezaron a andar en dirección a una cabina
telefónica que éste último solía utilizar para avisar a su
234
madre de que volvería tarde del instituto. En Capcut
todos los servicios públicos eran gratuitos, así que fue
llegar y telefonear. El quetzal les había seguido desde
el cielo como de costumbre y se había posado en el
techo de la cabina expectante. Al principio parecía que
Bélathar no estaba en casa, pero al final…
- ¿Sí? –dijo al descolgar el teléfono.
La conversación duró varios minutos. Bélathar
estuvo contentísima de oírles de nuevo. Aquellos dos
días sin saber nada de ellos se le habían hecho eternos
y hasta llegó a temerse lo peor. Cuando Narum y
Sikma le contaron todo lo sucedido, vio que sus
suposiciones no habían ido mal encaminadas, pero
ahora se alegraba de que ellos estuvieran sanos y
salvos. Al saber sobre Elha y sobretodo sobre Halaus,
se puso eufórica. No lo estuvo tanto cuando le dijeron
lo arriesgado que sería devolver a su amigo a su estado
original, pero ella se ofreció a prestarse para todo lo
que necesitaran. También en el asunto del pendiente
blanco les mostró su incondicional apoyo y decidieron
que tenían que reunirse lo más pronto posible. Halaus,
antes de separarse de Bélathar en la Cúpula, le había
dado un collar al cual tenía mucho apego y ella aún lo
conservaba cuidadosamente. Los tres creyeron que
aquella prenda sería lo suficientemente buena para
realizar el rito de separación del quetzal. Sino, no
sabían qué otra alternativa les quedaba, ninguno de
ellos tenía la intención de volver al planeta en el que
habían perdido a su amigo. Por lo tanto, sólo quedaba
fijar una fecha y un lugar para el reencuentro.
Acordaron que, aunque ahora que ya no poseían el
pendiente tendrían más libertad de movimientos por
parte de Newt y los suyos, no era seguro reunirse ni en
Govanem, ni en Capcut, planetas demasiado afines a la
Unión, donde orejas no deseadas podrían estar a la
235
escucha. Así pues, aunque pudiera parecer algo
paradójico, decidieron encontrarse en la Cúpula, en
Equam. Creyeron que, ahora que había sido
parcialmente destruida, estaría libre durante un tiempo
y, además, querían volver a ver el lugar donde habían
pasado una de las mejores etapas de sus vidas. La cita
sería esa misma tarde. Una vez estuvo todo zanjado se
despidieron efusivamente.
Ahora era el turno de contactar telepáticamente con
Ragun. Narum y Sikma volvieron al piso de Gregor
que estaba situado a los alrededores de la zona
restringida. Una vez allí, se pusieron manos a la obra y
unos segundos más tarde, mucho antes de lo que
esperaban, notaron una perturbación en el aire,
abrieron los párpados y los ojos felinos de Ragun ya se
hallaban suspendidos en la habitación.
- Salutaciones de nuevo amigos míos –habló el
antiguo con su habitual talante parsimonioso-. Sabía
que intentaríais contactar conmigo, así que estaba
atento a cualquier llamada por muy lejana que fuera –
explicó quitando, sin ser su intención, mérito a la
hazaña de los chicos-. Yo también me alegro de volver
a veros –confesó-. Y bien, ya me tenéis aquí y,
además, también creo saber lo que me vais a pedir –se
adelantó sin que Narum y Sikma hubieran podido aún
mediar palabra-. Es algo que teóricamente tengo
prohibido. Como ya sabéis, desde poco después de la
creación de este universo que no intervenimos en los
asuntos de los demás, así que con vosotros, y más
tratándose de un tema tan importante, no tendría que
hacer ninguna excepción –con toda aquella palabrería
no creían que Ragun les fuera a decir que no-. A pesar
de todo, sí que lo voy a hacer –confirmó-. Antes de
que partiera para iniciar mi largo viaje, me autorizaron
a ayudaros, ya que vosotros nos habíais devuelto las
236
ganas de vivir, únicamente si consideraba que vuestra
causa era justa. Como creo que intentar evitar una
guerra sí que lo es, os prestaré mi ayuda por esta vez –
concluyó en un pareado.
Narum y Sikma no sabían qué decir. Sentían una
gran alegría de reencontrarse con Ragun y de que éste
les ayudara y, como muy probablemente su amigo ya
presentía gran parte de esas sensaciones, se
abalanzaron sobre él para abrazarle en señal de afecto.
Resuelta esa embarazosa situación para el Antiguo, los
tres se enfrascaron en una conversación algo difusa.
Primero Narum y Sikma le contaron a Ragun todo lo
sucedido desde que él les acompañó a Govanem y
luego éste les hizo un breve resumen sobre el único
planeta que había visitado hasta el momento.
Con el paso de las horas equamenses, la
conversación fue derivando hasta desembocar en un
tema de capital importancia, cómo arrebatarle el
pendiente blanco a Newt. Narum creía saber cómo
enfocar el asunto, pero se preguntaba si Ragun
también estaría dispuesto a ayudarles. La respuesta fue
negativa. Ayudarles a entrar en la fortaleza sí, pero
enfrentarse directamente al mismo Newt, eso ya era
otra cosa. Desde tiempos inmemoriales que los
Antiguos se habían mantenido al margen de tal modo
que ahora la mayoría de la gente creía que eran sólo un
mito, así pues, aunque hubieran recobrado la
curiosidad por lo que les rodeaba, no podían permitirse
ser descubiertos y echar a perder su pacífica existencia
de un día para otro. A pesar de todo, Ragun le indicó a
Narum que su enfoque de aprovechar el único punto
débil de Newt era el correcto. Ahora sólo les faltaba
hallar el modo de utilizar el excesivo amor propio de
su rival en su favor.

237
Absortos en el habla, no se habían dado cuenta de
que Gregor había vuelto del trabajo. Al entrar en el
comedor, Narum y Sikma le presentaron a Ragun y le
comunicaron que pronto partirían hacia Equam para
reencontrarse con Bélathar. Gregor decidió que
también iría con ellos para ayudarles a preparar los
últimos detalles y para recoger algunas cosas de su
antiguo despacho.

Ya estaba todo dispuesto para partir. Los cuatro se


encontraban en el comedor de Gregor con las maletas
hechas. Narum llevaba la mochila que le había
acompañado durante todo el viaje. Aún conservaba las
cartas celestes que había comprado poco antes de
marchar de la Tierra. También llevaba las mismas
mudas de ropa y, por supuesto, a su fiel amigo Thoor.
Todo lo había guardado el día anterior en la habitación
de Sikma que, por su parte, además de recoger las
pertenencias de Narum de su casa con la ayuda de
Ragun, se había traído consigo algo de ropa y dinero.
Gregor era el que iba más ligero de equipaje.
Solamente llevaba una maleta de ejecutivo que quería
llenar de papeles y ya está. Su previsión era acompañar
a los chicos a la Cúpula, darles algunos consejos y
regresar a Capcut lo antes posible.
Narum sería el primero en ser transportado a la
superficie de Equam. El quetzal reposaba tranquilo en
sus brazos y Ragun les empezó a envolver con su
suave caricia. Unos segundos más tarde, ya estaban
completamente arropados por el joven Antiguo y
volvieron a notar como la sensación de cosquilleo
indicadora del teletransporte les recorría todo el
cuerpo. Despacio, Ragun les fue soltando de nuevo y
de inmediato regresó en busca de Gregor y Sikma.

238
Narum y el quetzal se encontraban al pie del volcán
que escondía la Cúpula. Estaba lloviendo, como de
habitual en la faz de Equam. Arriba de todo, junto al
despedazado cráter, divisaron una figura, inmóvil…
era Bélathar, que hacía unos minutos que había
llegado. Se acercaron a ella a ritmo pesado subiendo la
cuesta del volcán bajo la intensa tormenta. Bélathar
estaba arrodillada, llorando. Miraba en dirección a la
perla agujereada y, aunque la zona había sido limpiada
recientemente, no podía evitar recordar la terrible
escena que había presenciado al escapar de la Cúpula
junto a Gregor. Veía aún los rostros apagados de
Imanta y de otros combatientes, oía los alaridos, las
súplicas, los llantos, la muerte flotando en el aire, la
crueldad, la impotencia… desvió la vista hacia el cielo
esperando revivir el momento en que la fuga de sus
amigos le había devuelto la esperanza. En vez de esto,
vio a Halaus. El quetzal estaba ahí, cruzando las
alturas radiante. Descendió lentamente y se posó en
sus brazos. Bélathar notó aquella sensación de calidez
que tanto había echado en falta. Narum, llegando a su
lado, también le puso la mano en el hombro en señal
de apoyo. Al fin y al cabo, puede que no hubiera sido
tan buena idea reunirse en aquel lugar.
Sikma, Gregor y Ragun no tardaron en llegar. Las
lágrimas de Bélathar ya se habían difuminado con las
gotas de lluvia y todos juntos se dirigieron hacia el
teletransportador que les llevaría al interior de la
Cúpula. Una vez dentro, empezaron a andar por los
pasillos. Las piernas les condujeron hasta la
habitación. Sorprendentemente, era una de las pocas
estancias que había quedado prácticamente intacta.
Allí, frente a la puerta, antes de entrar, Gregor y Ragun
se separaron del resto del grupo, uno se dirigió hacia
su despacho y el otro se esfumó habiendo prometido
239
volver cuando le necesitaran. Los cuatro antiguos
residentes, Narum, Bélathar, Sikma y Halaus, se
habían quedado solos. Abrieron la puerta. Las sillas,
los sofás, las mesas de la salita de estar que hacía de
recibidor aún seguían allí. Un par de ellas estaban
tumbadas en el suelo, pero rápidamente las volvieron a
poner en su sitio. Nada había cambiado, era el mismo
lugar en el que el primer día se habían ido contando
sus respectivas historias de cómo habían llegado hasta
allí, el instante en el que la amistad entre Narum y
Sikma parecía verse irremediablemente abocada al
fracaso… el lugar donde habían planeado el asalto al
despacho de Gregor, lugar desde donde Narum y Elha
habían salido a pasear en la noche a partir de la cual
cambió todo, lugar donde habían pasado infinidad de
horas charlando, conociéndose mejor… los cuatro
recordaron nostálgicos aquellas vivencias que parecían
quedar ya muy lejanas. Con la distancia los recuerdos
se veían distorsionados, todos estaban acentuados, lo
malo era peor y lo bueno, casi irrepetible. Se
levantaron de los sofás en los que se habían tumbado
unos instantes y se dirigieron hacia sus antiguos
compartimientos. Bélathar, Halaus y Narum ocupaban
los I12, I22 e I32 respectivamente. Sikma, por el
contrario, se encontraba en el lado derecho del pasillo,
en el compartimiento D21, derecha, segunda fila,
primer piso. Sólo faltaba Elha, al lado de Narum, en el
I42.
Narum subió la escalerita hasta su habitáculo. En
su interior, aún había la cama, el pequeño mueble
armario-estantería, la lucecita y poco más. Sacó a
Thoor de su mochila y lo puso al lado de la almohada.
Luego se quitó la túnica y los zapatos y se tumbó boca
arriba en el colchón. Empezó a acordarse del día en el
que había ocurrido el incidente con el círculo blanco,
240
cuando Elha estaba en su habitación velándole. La veía
allí enfrente, tan hermosa como siempre, sus palabras
se perdían en el aire, sus labios emanaban magia,
belleza… y se fueron acercando el uno al otro,
temblorosos, mirándose como cuando se experimenta
algo por primera vez… y un beso… y un suspiro de
Narum que sonreía liviano… ¿Se puede saber en qué
estaría pensando? Se sacudió la cabeza. Elha estaba
con Sikma.
Se incorporó rápidamente quedándose sentado en
la cama. Estuvo unos instantes quieto, intentando dejar
su mente en blanco y, luego, se puso de cuatro patas y
asomó la cabeza por la puerta. En el estrecho pasillo
ahora sólo quedaba el quetzal que estaba posado en el
último peldaño de la escalerita que daba al
compartimiento de Halaus. Bélathar y Sikma habían
entrado en sus respectivos cobijos y habían cerrado la
puerta para aislarse unos segundos del resto del mundo
y recordar los buenos momentos que habían pasado
allí. Narum descendió de su habitáculo y le abrió el
I22 al quetzal. Los dos entraron juntos y estuvieron
unos minutos en él. Narum aprovechó para echarle un
vistazo, sin tocar nada, sólo observando. El
compartimiento de Halaus era muy parecido al suyo,
había los mismos muebles y estaban distribuidos de
igual manera, pero la atmósfera que se respiraba ahora
en las dos estancias era muy diferente.
Pasaron el resto del día arrastrándose por los tristes
pasillos de la Cúpula, recordando viejos tiempos.
Finalmente, regresaron de nuevo a la habitación y
devoraron algo de comida que había traído Bélathar
previsora. Luego se fueron a descansar; aquella iba a
ser su última noche de reposo en los días venideros.

241
La oscuridad reinaba en la Cúpula. Narum se había
levantado, los demás aún seguían durmiendo. Se puso
la túnica por encima, cogió a Thoor consigo y
descendió la escalerilla hasta encontrarse en el
estrecho pasillo de la habitación habiendo salido de su
compartimiento. Sigilosamente, cruzó la salita de estar
y en breve estaba deambulando descalzo por los
corredores de la Cúpula… no, deambulando no, se
dirigía hacia un lugar en concreto, una sala en
particular, donde una vez creyó que finalizaba su
aventura, donde una vez se vio envuelto en llamas…
ya estaba cerca. Al final del pasillo veía el arco que
daba entrada al templo de la magia negra. Todo estaba
en silencio, no se oía ni un alma, sólo sus pasos
avanzando despacio hacia la sala rompían la monótona
calma. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… inquietante. La
curiosidad le había llevado hasta allí, curiosidad por
saber qué efecto tendría sobre él el círculo blanco
ahora que todo había cambiado desde su único
encuentro, ahora que su esfera era negra, ahora que
parte de él se había realizado, ahora que había
experimentado la verdadera amistad… lentamente
pasó por debajo del arco… ya estaba dentro. La sala
tampoco había sufrido grandes cambios, sus paredes
seguían oscuras y se alzaban imponentes formando un
impecable triángulo equilátero. El círculo de mármol
blanco, inscrito en el triángulo, aún le infundía respeto
y encontrándose allí de pie, cerca del centro, no estaba
seguro de lo que estaba a punto de hacer. El frío del
suelo le subía desde los pies desnudos y le helaba las
piernas. Sólo unos centímetros más y volvería a estar
en el centro. Se quitó la capucha, dejó a Thoor a un
lado, dio el último paso y esperó inmóvil, atento, con
los cinco sentidos puestos. Nada, seguía el silencio…
sólo oía sus respiraciones… profundas… el aire
242
penetraba gélido por su nariz hasta sus pulmones y
volvía a ser expelido por la boca liberando con él una
nube de vapor… seguía a la espera… inspiración,
expiración… soplaba… inspiración, expiración… el
débil fragor de la corriente deslizándose entre sus
labios fue inundando la sala… el rumor se iba
haciendo más intenso, se había alzado una leve brisa
que danzaba sin rumbo alcanzando todos los rincones
de la estancia… el aire se filtraba por la túnica de
Narum, le acariciaba el pelo, sus ojos brillaban… y
una pícara sonrisa se iluminó en su cara.
La brisa cesó, Narum recogió a Thoor, abandonó el
círculo y regresó a la habitación donde durmió
apaciblemente hasta el amanecer…

Todo el mundo se había levantado. Narum,


Bélathar y Sikma estaban tumbados charlando en los
sofás de la salita de estar de la habitación, Gregor les
había pasado a saludar hacía unos momentos y a
decirles que terminaba unas gestiones que aún le
quedaban por hacer y que ya estaría preparado para
partir y Ragun ya estaría al caer. A pesar de eso, no
parecía que todo estuviera listo para iniciar la
expedición. Los planes para recuperar el pendiente de
Halaus y para arrebatar el pendiente blanco a Newt no
estaban más que esbozados. Por lo visto, Ragun les
infiltraría en la base de Newt y, una vez allí, tendrían
que hallar alguna forma de encontrar el pendiente de
su amigo, a no ser que el Antiguo se lo trabajase y les
dejase justo al lado de éste. Luego, tendrían que
vérselas con Newt. Si éste llevaba puesto el pendiente
blanco no habría forma de quitárselo por la fuerza, así
que, primero tendrían que hacer que de algún modo se
desprendiera de él antes de que se enfrentara a ellos.
Narum había previsto lanzar algún tipo de ataque
243
psicológico, que tanto éxito habían tenido hasta el
momento, hurgando en el punto flaco de Newt, su
excesiva confianza en sí mismo. Sí éste resultaba
eficaz, la lucha sería mucho más igualada.
Estas difusas pautas representaban las líneas
generales del plan, lo demás ya se iría viendo sobre la
marcha una vez se toparan con las distintas
situaciones. No había tiempo que perder y, aunque
pudiera parecer que se lanzasen al vacío, tampoco
había otra alternativa.
- Tomad, el collar de Halaus… –era Bélathar quien
estaba hablando- yo no iré con vosotros –dijo
resignada.
La chica acababa de desabrocharse el collar de la
nuca y se lo estaba entregando a Narum que lo recogía
perplejo mirando con tristeza como su mano fláccida
lo agarraba contradiciendo su voluntad.
- ¡Pero Bélathar! –irrumpió Sikma contrariado.
- No pasa nada –le calmó ella-. Todos sabemos que
no os sería de gran ayuda y, además, como dijo la otra
vez Narum, es mejor que alguien se quede atrás,
alguien que esté al corriente de todo, para poder avisar
y proseguir con la lucha en caso de que algo malo
sucediera –terminó.
- Es verdad, yo dije eso –admitió Narum-, aunque
puede que ahora ya no sienta lo mismo. Por una parte,
es bueno que alguien esté en la retaguardia… ahora,
por ejemplo, tú serás la única, que no está en un bando
determinado, que lo sabrá todo sin estar metida de
lleno en el asunto… Newt, además, no sabe de tu
existencia y eso es un punto a favor nuestro… pero,
por otra, también es bueno que estemos todos juntos,
unidos… no sé ¿me entendéis? –interrogó buscando el
apoyo de los demás- La decisión está en tus manos -
concluyó.
244
- Me quedaré en Govanem –asintió serena
cerrando los párpados- y esperaré impaciente vuestro
regreso con Halaus y con el pendiente blanco –sonrió
Bélathar animándoles-. Tomad también algo de
comida para el viaje –añadió-, aunque muy
probablemente sea corto, nunca se sabe…
Metieron las provisiones en las mochilas de Narum
y de Sikma hasta que ya no cupieron más. Bélathar
llevaba consigo toneladas de víveres, si una cosa no les
iba a faltar, en caso de que se perdieran o de que la
misión se prolongara, sería comida. Terminaron la
operación de trasvaso justo cuando Gregor y Ragun
entraron en la habitación. Todo el mundo estaba
preparado para partir. Gregor ya había terminado con
toda la burocracia y el papeleo que tenía que recoger
de su despacho y, antes de que Ragun les
teletransportara a sus respectivos destinos, les dirigió
unas palabras.
El discurso no fue muy inspirado. Fue bastante
impersonal, a Gregor se le veía indeciso, nervioso,
como si supiera que la influencia que podía tener sobre
los chicos era ya muy poca. Les animó a ser prudentes,
a que no se precipitaran, les advirtió sobre la forma de
actuar de Newt, sobre su carácter cínico y arrogante y
sobre su astucia. También les aconsejó un poco sobre
cómo podían pasar desapercibidos dentro de la base de
Newt en Urdu, planeta oscuro situado en la llamada
galaxia del triángulo. Finalmente, se despidió de ellos
y les hizo prometer que se reunirían con él tan pronto
como hubieran recuperado el pendiente blanco,
recordándoles, además, que, si no lo llevaban a cabo
en menos de dos días, se vería obligado a tomar las
medidas necesarias para garantizar los intereses de la
Unión.

245
Gregor, al marcharse hacia Capcut teletransportado
por Ragun, tuvo la sensación de que de poco habían
servido sus patéticas indicaciones. Ellos, los del
Consejo de la Unión, les habían dado alas a aquellos
chicos y ahora era difícil que se las pudieran cortar.
Personalmente, y con el corazón dividido, él sólo
deseaba que todo les saliera bien en aquella alocada
empresa. Al fin y al cabo, apreciaba a Narum
demasiado como para desearle que algo malo le
ocurriera…
Ragun ya había vuelto a por Bélathar que se
despidió de sus amigos. Abrazó cálidamente a Narum
y a Sikma, les dio un dulce beso en la mejilla y se
esfumó arropada por el Antiguo no sin antes desearles
buena suerte. Ahora ya había llegado el turno de los
dos chicos. Se cogieron de la mano con fuerza, estaban
a punto de embarcarse en un tren sin retorno. El
quetzal y Thoor les acompañaban en la empresa y
Ragun, que había regresado veloz de Govanem, ya les
había empezado a envolver. Eran las treinta-y-siete
horas en Equam y un electrizante cosquilleo les
recorrió todo el cuerpo.

246
IV
Rayos, truenos, tormenta seca. Urdu estaba
cubierto de una densa capa de nubes. Rayos, truenos,
cada pocos segundos sin que lloviera en ninguna parte.
La atmósfera era amarillenta, el aire lleno de polvo.
Rayos, truenos, pero, aparte de eso, silencio. Frente
suyo había un mercadillo de gran extensión. Los
tenderetes estaban distribuidos en una cuadrícula
perfecta. No se oía ni un alma, a pesar de que la
explanada estaba a rebosar de seres de todos los
colores. Los vendedores atendían sin soltar palabra
alguna, los compradores, los peatones, las familias no
hablaban entre ellos, en definitiva, nadie allí abría la
boca. A lo lejos se alzaba una imponente edificación,
la silueta de lo que parecía ser un esbelto castillo se
dibujaba sobre el lienzo de arena de fondo. Narum
supuso que se trataba de la fortaleza de Newt, pero
entonces ¿por qué Ragun les había dejado tan lejos?
Pronto descubrió que estaba equivocado, el joven
Antiguo, antes de retomar su largo viaje de
exploración, les habló; por lo visto, ya se encontraban
dentro de ella.
“Estamos en la gigantesca base de Newt en Urdu –
empezó Ragun que había sido informado por Gregor-.
Aquí todo funciona distinto a lo que hayáis podido ver
hasta ahora. Nadie habla, nadie rompe las normas, el
cumplimiento de los horarios es sagrado. En estos
momentos, por ejemplo, es la hora de la compra para
247
todo el mundo, luego vendrá la hora del trabajo,
después la de la familia, luego la de descanso…
concretamente nos encontramos en el sector norte de la
fortaleza, el mercado. El sector sur es el parque, el este
es la vivienda y el oeste la empresa. Como podéis ver
cada uno está destinado a las distintas horas en las que
está dividido el día en Urdu –se pausó interrumpiendo
momentáneamente la comunicación telepática-. Aquí,
en la base de Urdu –prosiguió-, viven, desde la
formación de la Federación Intergaláctica, los
descendientes de los líderes de los planetas que
conforman la Federación. Por lo tanto, aquí
teóricamente está la crème de la crème, los más fieles
de todos, los únicos que tienen permiso para estar en la
fortaleza de Newt, una ciudad totalmente
independiente del resto, la ciudad motora de la
Federación –se volvió a pausar para cambiar de tema-.
Os he dejado aquí, tan lejos del castillo –aclaró-,
porque yo, como Antiguo que soy, del mismo modo
que lo están todos los pendientes con los pendientes
blancos, estoy indisolublemente ligado a ellos. Eso
quiere decir que, si Newt lleva el pendiente blanco
puesto, puede detectar mi presencia a un radio
determinado, al igual que puede interceptar todos los
pensamientos de los que también llevan algún
pendiente cualquiera. Interceptar pensamientos no
quiere decir que vuestra mente sea un libro abierto
para él, que sepa vuestro pasado, vuestros miedos,
vuestros deseos, vuestros planes… sólo significa que
puede saber qué estáis pensando en cualquier
momento –Ragun se detuvo por última vez-. Ahora ya
sabéis lo que teníais que saber, ahora ya estáis
preparados. Volveré en cuanto hayáis terminado.
Llamadme entonces –y desapareció.”

248
Ragun no era muy dado a la conversación. Muy
pocas veces daba pie a que le pudieran preguntar
dudas sobre lo que acababa de decir, sencillamente se
largaba antes y arréglatelas muy buenas. A pesar de
eso, Narum y Sikma tenían en gran aprecio a su
extraño amigo, siempre, aunque de forma confusa, les
proporcionaba valiosa información. Así pues, lo
primero que hicieron, aprovechando los últimos
conocimientos adquiridos, fue quitarse rápidamente los
pendientes. De ese modo, aunque renunciaran en gran
parte a su magia, se aseguraban de que Newt no les
detectara ni de que supiera qué estaban tramando.
Luego echaron un vistazo a su alrededor para ver en
qué situación estaban. Para su sorpresa, encontraron
que a sus espaldas, dos metros más allá, se alzaba un
enorme muro que llegaba hasta el cielo y que, por lo
que pudieron deducir, marcaba el perímetro de la base
de Newt. Visto esto comprendieron la dificultad que
hubiera entrañado infiltrarse allí sin la ayuda de
Ragun. Finalmente, empezaron a andar en dirección al
castillo. Los dos sabían que de algún modo tenían que
hallar la forma de entrar en él y de, una vez allí,
recuperar el pendiente de Halaus. Para conseguirlo
tendrían que superar la dificultad que suponía no poder
hablar entre ellos, ese era uno de los requisitos
indispensables que les había dado Gregor para pasar
desapercibidos en Urdu. La intuición y la
compenetración iban a ser las claves del éxito.
Ragun les había dicho que ahora era la hora de las
compras y que después vendría la del trabajo. Narum y
Sikma, paralelamente, pero por separado, fueron
pensando qué provecho podían sacar de ello mientras
iban paseando por los callejones del enorme mercado
en dirección al castillo. Cada varias esquinas se
alzaban unos espigados postes metálicos que hacían de
249
para-rayos y que, a su vez, absorbían la gran cantidad
de electricidad recibida proporcionando energía a toda
la ciudad. También, cada otros tantos cruces de calles,
se encontraban en su camino con unos finos tubos de
plástico que iban desde el suelo hasta las nubes y que
eran los encargados de recoger su agua y suministrarla
a la base. Tanta tecnología contrastaba con las pobres
condiciones en las que estaba el vasto mercado. Los
discretos mercaderes ofrecían sus productos al público
en destartalados tenderetes, los compradores se los
llevaban en rudimentarias cajas de madera y los
transportistas los repartían en carros arrastrados por
prehistóricos animales de tiro. Además, todo esto en el
más absoluto orden y silencio, como si se tratara de
autómatas.
Por su parte, Narum y Sikma hacía rato que daban
vueltas entorno a la misma idea, tanta disciplina en la
fortaleza, tanta restricción para poder entrar en ella,
tanto cumplimiento de las normas, podía hacer que la
base fuera casi impenetrable desde fuera, pero que una
vez dentro, sin importar el modo empleado para
lograrlo, se mostrase como un erizo sin púas,
totalmente vulnerable. Muy posiblemente no se les
podía ni pasar por la cabeza que alguien estuviera
infringiendo la normativa, así que, teóricamente, sólo
tenían que esperar al cambio de horario y entrar en el
castillo como si fueran trabajadores del mismo.
Entretanto, mientras seguían andando hacia el esbelto
edificio, Narum aprovechó para trazar una estrategia
para enfrentarse a Newt. Cuando ya llevaban más de
una hora equamense de camino, salieron del sector del
mercado y llegaron a las cercanías de la plaza fuerte.
Fue allí cuando por unos altavoces sonó una estridente
alarma. Inmediatamente una marea de seres abandonó
la zona norte y se dirigió hacia la oeste, la empresa.
250
Sólo los comerciantes quedaron en el ahora desértico
mercado para recoger sus respectivas paradas. Narum
y Sikma sabían que aquella era su oportunidad.
Reaccionando con celeridad y con Sikma llevando al
quetzal, que había permanecido escondido debajo de
su túnica desde su llegada a la fortaleza, decidieron
seguir a parte de la multitud que iba hacia las puertas
del castillo. Durante el recorrido vieron atravesar las
nubes a un escuadrón de naves de combate. Hasta el
momento no se habían percatado, pero parecía que
Urdu se estaba preparando para entrar en guerra. A lo
lejos, en los alrededores del castillo que daban al
sector de la empresa, se concentraban infinidad de
máquinas de guerra, la mayoría eran buques
espaciales, pero también había tanques de asalto
terrestres destinados a llevar a cabo la invasión por
tierra de cualquier planeta enemigo. Rápidamente,
Narum y Sikma comprendieron que se trataba de los
preparativos del conflicto que enfrentaría
inminentemente a Newt y a Ardemum.
Siguieron andando en dirección a las puertas del
castillo, ahora más velozmente, avanzando posiciones
entre la densa masa de seres. Pronto estuvieron casi
encabezando la marcha; su misión era de vital
importancia, tenían que recuperar el pendiente blanco
lo antes posible si querían llegar a tiempo y evitar el
inicio de la catástrofe. Pasaron por debajo de un arco
que daba entrada al recinto interior del castillo.
Acababan de cruzar las murallas exteriores, talladas en
bloques de piedra negra como toda la fortificación.
Desde sus pies, se podía contemplar la magnificencia
de aquella construcción cuyas torres desafiaban al
cielo amenazándole como puntiagudos alfileres. Unos
segundos más tarde, Narum y Sikma se unieron a una
de las múltiples colas que se habían formado para
251
entrar en el castillo. Éstas iban avanzando de forma
constante. Unos metros más y ya estarían dentro.
Los nervios se los estaban comiendo por dentro, ¿y
si por alguna razón les descubrían? Pronto supieron
que sus temores eran infundados. Llegado su turno, los
encargados de la entrada les dieron las herramientas de
trabajo y pasaron sin más problemas. Narum y Sikma
formaban parte de la sección de limpieza. Una bata
azul, una pala, una escoba, un cubo y un mocho serían
sus nuevos aliados para el camuflaje. Ahora sólo les
quedaba dar con el lugar en donde Newt guardaba los
pendientes de todos los magos a los que había
derrotado.
Se pusieron manos a la obra e iniciaron la
búsqueda barriendo el castillo de izquierda a derecha,
en sentido figurado cuando nadie les veía y
literalmente cuando tenían a algún compañero de
sección cerca. Limpiaron la planta baja, fregaron la
primera, quitaron el polvo a la segunda y nada. En
todas las estancias del laberíntico castillo en las que
entraron no había ni rastro de trofeos. Nada, nada de
nada. Supusieron que Newt los guardaba en las plantas
superiores en las que los de la limpieza no tenían
acceso. Puede que si se hubieran puesto en otra cola…
por unos instantes Narum y Sikma pensaron en
ponerse los pendientes y de este modo hacer que Newt
les fuera al encuentro. Entonces, primero recuperarían
el pendiente blanco y luego devolverían a Halaus a su
estado original. Pero no, Halaus les iba a ser de mucha
utilidad en la lucha contra Newt. No podían rendirse
aún, tenían que seguir buscando.
Por lo observado hasta el momento, reflexionaron,
las plantas inferiores del castillo, únicas plantas en las
que habían estado, eran las destinadas al alojamiento
de invitados. Todo eran suites de lujo extremo con
252
rimbombantes adornos y grandes salones. Entonces,
¿hubiera sido descabellado pensar que una sala de
trofeos no pudiera estar allí? De ese modo Newt
mostraría su grandeza frente a sus invitados. Pero no,
puede que eso no fuera con su estilo, él era más cínico,
a él le gustaba mostrar su clase… con sutileza… y
Narum y Sikma se empezaron a fijar en los detalles.
Inspeccionaron todos los rincones habidos y por haber
de la parte del castillo en la que tenían acceso en busca
de alguna pista, de una puerta secreta o de cualquier
cosa que les resolviera su pregunta, ¿dónde estaba el
maldito pendiente de Halaus? Tanto mirar y remirar
por todas partes, se habían dejado medio castillo por
inspeccionar. La respuesta había estado todo el rato
justo encima de sus cabezas y no se habían molestado
ni un segundo en darle un vistazo al trabajado techo.
Cansado de buscar y en vista de que se acercaba un
grupo de empleados, Sikma empezó a fregar el suelo,
mirando cabizbajo como cada vez que pasaba el
mocho las baldosas se volvían más relucientes.
Continuaba fregando, los trabajadores aún estaban allí
y no parecía que se fueran a marchar pronto. Tenía la
mirada clavada en el suelo viendo como la fregona iba
de un lado a otro… izquierda, derecha, izquierda,
derecha, izquierda… una imagen estaba empezando a
aparecer en las baldosas. Sikma había puesto el piloto
automático. Izquierda, derecha, izquierda, derecha…
las baldosas estaban cambiando de color… Sikma
incrementó el ritmo… izquierda-derecha-izquierda…
se había percatado de lo que estaba ocurriendo. El
suelo reflejaba el techo, un techo de un color
homogéneo muy particular, como de un verde
granulado, como si hubiera cientos de guisantes
suspendidos en el aire, pero no, no eran guisantes, eran
pendientes; miles de pendientes de los magos que
253
Newt había derrotado colgados del techo formando un
enorme mosaico. Era una visión escalofriante, era una
amenaza constante sobre sus invitados, era una
muestra de poder descomunal que inhibiría a
cualquiera de intentar alguna tentativa de tumbarle de
su pedestal. Allí era donde Newt mostraba su clase, un
desafío tan sutil, pero a la vez tan flagrante.
Los empleados finalmente se marcharon y Sikma
corrió a contárselo a Narum. Él tampoco se había dado
cuenta hasta entonces y se alegró de que Sikma
hubiera hecho aquel importante progreso. Ahora sólo
quedaba encontrar el pendiente de Halaus entre toda
aquella multitud. Estuvieron recorriendo de nuevo el
castillo estancia por estancia y observaron que cada
habitación tenía el techo decorado con un color de
pendiente distinto, desde el transparente, hasta el
negro, pasando por el amarillo, el verde, el marrón, el
rojo, el lila, el azul y el gris. Narum supuso que Newt
alojaba a sus invitados en los aposentos
correspondientes a sus respectivos colores de
pendiente para que la original amenaza aún fuera más
eficaz. Probablemente los huéspedes se identificarían
más con los desafortunados magos de nivel de
pendiente parejo al suyo. Así pues, descubierta la
disposición de la decoración del castillo, Narum y
Sikma se dirigieron hacia la habitación cuyo techo era
de tonalidad azulada, color del pendiente de Halaus
antes de que éste se viera obligado a refugiarse en el
pájaro.
La sala se encontraba en el segundo piso y era una
de las más grandes de todas. El techo se parecía al
cielo en un día claro de invierno, con centenares de
tonalidades de azul, marino, claro, cian, celeste, añil…
saber cuál de los pendientes era el de su amigo sería
como encontrar una aguja en un pajar. Aunque
254
pudieran elevarse hacia el techo y examinarlos uno a
uno les sería imposible distinguir cuál era el que
buscaban, por lo tanto, no merecía la pena arriesgarse
a que Newt apareciera si Narum y Sikma se ponían sus
pendientes para acelerar la búsqueda. Sólo el propio
Halaus podría discernir cuál de entre todos aquellos
era el suyo, así que, Sikma liberó al quetzal, que había
permanecido todo aquél rato escondido bajo su túnica,
cerciorándose antes de que no hubiera nadie
merodeando por los alrededores. El pájaro permaneció
unos instantes quieto, observando atentamente el mar
de pendientes posado sobre la cabecera dorada de la
cama. Luego, se elevó a varios metros del suelo y flotó
hacia su objetivo. En menos de un minuto el quetzal ya
había localizado el pendiente y pronto se hizo con él.
Todo estaba preparado para realizar el extraño rito,
el pendiente, el collar y el quetzal. Únicamente faltaba
disponer estos tres elementos de forma correcta para
que se iniciase el proceso que devolvería a Halaus a su
estado original. Sikma ya le había puesto el collar al
pájaro y se disponía a hacer lo mismo con el pendiente
justo cuando Narum le detuvo…
- Un momento Sikma –intervino-. Antes de que
regreses, Halaus, os tengo que contar a los dos los
últimos detalles de mi plan para hacer frente a Newt,
porque tened en cuenta que justo cuando aparezcas –
aún se dirigía al quetzal- Newt te detectará porque
llevarás el pendiente puesto y vendrá de inmediato.
Entonces tú y yo, Sikma, también nos tendremos que
poner el nuestro –se pausó-. Otra cosa que tampoco se
nos puede pasar por alto –prosiguió- es que Newt
sabrá todo lo que pensemos en aquellos momentos.
Esto teóricamente juega en nuestra contra, pero si lo
sabemos aprovechar puede ser un punto a favor
nuestro, así que, para crear confusión, al principio
255
cuando pensemos en ti –dijo señalando a Halaus- te
llamaremos Narum. A ti Sikma te llamaremos Halaus
y a mí Sikma. Luego, cuando pasemos a la segunda
fase del plan que os voy a contar, a mí me llamaréis
Halaus, a ti, Sikma, Narum y a Halaus, Sikma. Esto
solamente cuando pensemos, si hablamos en voz alta
tenemos que usar nuestros nombres reales para que
Newt no descubra la rueda de cambio. Si lo hacemos
bien al principio ya es suficiente, luego es muy posible
que nosotros mismos nos liemos, total que lo que
conseguiremos es que Newt no se pueda fiar en
absoluto de los nombres en los que pensemos –
concluyó Narum satisfecho la primera parte de la
explicación-. Bueno, aclarado esto, allá va el plan de
combate –inició-. Primero, vamos a luchar contra
Newt como si no tuviéramos ninguna estrategia
planeada, es decir, cuerpo a cuerpo, pero sin
arriesgarnos demasiado. Su superioridad será
aplastante y sólo seguiremos con vida si, tal como
creo, Newt no quiera terminar deprisa y quiera
disfrutar con nosotros. Luego, cuando vea que estamos
casi al límite, pasaremos a la segunda parte del plan,
que Newt tiene que creer que es algo que nos sale de
dentro, algo improvisado. Entonces, yo…
Narum siguió hablando durante unos minutos más
hasta que pareció que el papel de cada uno estaba más
o menos claro. Era el momento de volver a
reencontrarse con Halaus después de tanto tiempo. Los
tres lo estaban deseando y, aunque sabían que esto
supondría el inicio de una batalla decisiva, creían que
les iba a dar mucha moral para afrontarla con valentía.
Por lo tanto, sin más demora, ahora Narum le puso el
pendiente al quetzal y lo colocó encima de la cama.
La magia no se hizo esperar. Inmediatamente una
sensación de calidez, reconforte y bienestar invadió la
256
sala. Inconfundiblemente se trataba de Halaus que se
estaba preparando para volver. El pendiente empezó a
brillar intensamente, luego el collar y finalmente todo
el quetzal. Su infinita cola ondeaba en el aire, sus alas
extendidas y, a su alrededor, una nube de polvo que se
iba acumulando. Esta materia en forma de esfera que
orbitaba entorno al pájaro provenía de toda la sala. Era
como si se estuvieran recopilando todos los elementos
necesarios para volver a crear el cuerpo de Halaus. La
nube fue creciendo y también incrementando su
temperatura hasta convertirse en una bola
incandescente. Era como una mini-estrella, creadora de
vida, en donde se desencadenaban miles de reacciones
químicas que producían todos los componentes del
universo. Narum y Sikma contemplaban el espectáculo
asombrados con la mano derecha en el bolsillo
preparados para ponerse el pendiente en cualquier
instante.
El quetzal emergió de dentro de la bola de fuego
dejando tras de sí una estela azulada. Ya sólo debía
estar Halaus, su cuerpo, su espíritu, el collar y el
pendiente, allí dentro. La espera ahora sí que se estaba
haciendo eterna. El quetzal reposaba en los brazos de
Sikma. Narum se acercaba lentamente a la esfera que,
poco a poco, se iba apagando y fundiendo. Su brillo ya
no era cegador y empezaba a dejar ver, tras de sí, una
frágil silueta. Halaus había vuelto, recubierto de
cenizas, de rodillas, medio tumbado sobre la cama. Su
pendiente era también gris.
Narum se abalanzó sobre su amigo y le abrazó con
fuerza. Sikma se había acercado tímidamente y
contemplaba el milagro incrédulo. Todo parecía haber
salido a la perfección hasta que…
- ¡Cómo demonios habéis llegado hasta aquí! –se
oyó una voz que protestaba iracunda- ¡Quiénes os
257
creéis que sois para irrumpir en mi morada! ¡Y tú no
estabas muerto! –la rabia parecía ir en aumento, pero
de pronto se serenó-. ¡Ja! –se burló Newt- Ya veo que
tendré que volver a ocuparme de vosotros, pero ahora,
¡de una vez por todas! –vociferó quitándose la
capucha.
Sin más dilación, la batalla dio comienzo. El
pendiente blanco de Newt relucía con cada rayo que se
filtraba por las ventanas, Sikma, a su vez, ya se había
puesto el suyo, pero Narum, con toda la emoción, aún
no había tenido ocasión y el inicio le pilló
desprevenido. Newt, de repente, hizo un brusco
movimiento cerrando la palma de su mano izquierda
hacia arriba y la cama prendió en llamas. Narum
estaba indefenso y fue Halaus quien reaccionó veloz
creando una esfera protectora a su alrededor. El
quetzal se había acurrucado asustado debajo de una
silla y Sikma, poniendo en práctica parte del plan
pensó “¡Sikma!”, refiriéndose a Narum. Newt,
desconcertado, giró su cabeza hacia él y esto dio
tiempo a Narum y a Halaus para que pudieran escapar
del incendio. Ver que había sido engañado encolerizó
aún más a Newt que no dio tiempo a los chicos a
recobrarse del espanto inicial. Volvió a embestir, con
el conocimiento absoluto que le otorgaba el pendiente
blanco y que hasta le permitía vulnerar las leyes de la
física, ahora a la velocidad de la luz. No podían verle,
era demasiado rápido, no podían esquivarle, Newt era
como una onda invisible que les empezó a asestar
golpes, uno tras otro, sin parar, destrozando todo lo
que se interponía en su camino. “¿Cómo frenar la luz?
¡¿Cómo?!” se interrogaba Narum. “No, frenarla es
imposible, reflejarla, difractarla, esta es la solución”. Y
como por arte de magia, justo cuando Newt interceptó
aquellos pensamientos de Narum que eran el principio
258
de la clave para pararlo, se detuvo en seco y
emprendió otra estrategia.
Narum, Sikma y Halaus estaban tirados en el suelo.
Para frenar los impactos de Newt cada uno había
intentado protegerse como había podido, pero a pesar
de todo, sus esfuerzos habían sido insuficientes y
yacían abatidos esparcidos por la irreconocible
habitación de invitados. El pobre quetzal aún seguía
refugiándose debajo del asiento.
Newt ahora estaba levitando en medio de la sala,
aparentemente quieto, inactivo, pero no era así. En
silencio, estaba creando el vacío alrededor suyo, un
radio de unos diez metros donde no hubiera nada, ni
sillas, ni mesas, ni camas, ni aire, ni la más mínima
partícula, absolutamente nada, sólo ellos. Pronto los
maltrechos chicos notaron como les comenzaba a
faltar el aire. No podían respirar, pero lo que aún podía
ser peor, su sangre les estaba empezando a hervir a
causa de la falta de presión a su alrededor… además,
para acabarlo de rematar, también estaban totalmente
inmovilizados. Su magia se basaba únicamente en
modular el entorno, si no había entorno estaban
perdidos. No podían dar forma al aire, ni crear
corrientes y, en consecuencia, no podían flotar, ni
atacar, ni nada. Su tiempo se estaba agotando, sus
gritos de dolor quedaban completamente sofocados, la
idea silenciosa de Narum parecía su última esperanza.
Newt puede que no lo hubiera previsto, pero a cada
uno de los tres les quedaba un movimiento. Al estar en
el suelo se podían impulsar con las piernas, una sola
vez, a través del vacío y en cualquier dirección.
“¡Halaus! ¡Propúlsate hacia Newt! ¡Sikma, hazlo hacia
fuera del vacío!” les comunicó telepáticamente Narum.
Tanto Halaus como Sikma, que no sabían muy bien
hacia quién iban dirigidas aquellas órdenes, se
259
lanzaron con furia hacia su oponente. Narum,
aprovechando la confusión de sus amigos y de Newt,
que no entendía que estupideces hacían aquellos
chicos con sus problemas de comunicación, se impulsó
hacia fuera del vacío y, una vez allí, rompió a distancia
las ventanas de la estancia e inundó la sala de aire
proveniente del exterior.
Narum, Sikma y Halaus se habían escapado por los
pelos, pero a pesar de todo, seguían estando contra las
cuerdas. Los tres estaban llenos de heridas y casi ya no
les quedaban fuerzas. Newt estaba jugando
deliberadamente con ellos y cuando quisiera podía
terminar con toda aquella farsa. Era hora de poner en
marcha la segunda parte del plan.
- ¿No te das vergüenza a ti mismo? ¿No te das
asco? ¿No te das pena? –empezó Narum-. Nos estás
destrozando, pero no tiene ningún mérito… –sonrió-
¿Te estás divirtiendo, eh? Con el pendiente blanco
cualquiera. Ha, ha, ha… –suspiró- No, Newt no,
tampoco lo tuvo quitárnoslo… –negó con la cabeza- de
hecho, nunca nos has llegado a derrotar por tus propios
medios, por tu propia valía –clavó los ojos en los de su
oponente-. Puede que antes de que te conociéramos,
para llegar hasta aquí sí que hicieras algo, aunque no
creo que fuera nada de noble… ¡Bah! Dejo de
enrollarme que ya sé que esto a ti te da igual… vamos
Newt, demuéstranos, si te atreves, de lo que eres capaz
de hacer por ti mismo. Una lucha de igual a igual, a
ver quién es el mejor… ¿o es que tienes miedo?
Vamos Newt, deja patente quién manda aquí,
demuestra que puedes derrotar a tres simples novatos –
le desafió.
- ¡Necio!
La actuación de Narum había surtido efecto. La
autoestima de Newt se había visto afectada y, además,
260
¿quién iba a temer a tres noveles indefensos por muy
alto que fuera su nivel de pendiente? Irreflexivamente,
el tirano se arrancó el pendiente blanco de la oreja.
- ¡Ahora! –gritó Narum.
Narum, Sikma, Halaus… todos se abalanzaron
sobre Newt que, uno a uno, fue quitándoselos de
encima sin más problemas. Aunque sin el pendiente
blanco, continuaba siendo un rival temible, pero ahora
ya no podía predecir sus movimientos y menos los del
quetzal. El as de la manga de los chicos había sido
puesto en juego. El pájaro, sin que Newt se lo
esperara, le atacó por detrás y le dio un picotazo en la
mano en la que tenía agarrado el pendiente haciendo
que éste quedara libre y cayera desde las alturas.
Era una carrera para hacerse con el objeto más
preciado del universo. El quetzal se había apartado de
la disputa. Newt seguía siendo el que estaba más cerca
y, aunque sorprendido por el inesperado vuelco de la
situación, se lanzó sin pensárselo a por el pendiente.
Fue entonces cuando Sikma le disparó una ráfaga
azulada que le obligó a defenderse y a perder unas
décimas cruciales. Secundando la acción, Halaus se
apresuró a coger el tesoro que aún seguía cayendo,
pero Newt no había dicho su última palabra y provocó
una explosión en sus proximidades que le alejó
bruscamente estampando al chico contra la pared. El
descenso del pendiente había llegado a su fin y ahora
yacía inerte en el frío suelo.
Era Narum contra Newt, una batalla aparentemente
igualada entre magos de máximo control de su magia,
aunque la experiencia, teóricamente, tendería a
decantar la disputa a favor del segundo. Sikma lo había
comprendido y se hizo a un lado. El duelo estaba
servido.

261
“¿Por qué quieres el pendiente Newt? ¿No tienes
ya suficiente?” le interrogó Narum. “No, Narum, no,
nunca es suficiente. Yo quiero pasar a la historia como
el más grande conquistador de todos los tiempos,
quiero a todo el universo arrodillado a mis pies.”
“¿Pero no ves todo el daño que haces?” insistió Narum
que quería indagar en la mente de su rival. “Sí, y qué.
Terminarás por ver que lo más importante en esta vida
es uno mismo. Lo que te beneficia a ti es lo que está
bien. ¿Qué te impide a ti ser como yo, el miedo a ser
castigado, la conciencia? ¡Bobadas! Únete a mí y
tendrás todo lo que siempre has deseado.” “Eso tú no
lo puedes saber, no puedes saber lo que yo deseo”.
“¡Es lo que desean todos!”. “Hubo un tiempo en que
sí, quería llegar a ser alguien, pero ¿a qué precio?
Nada Newt, he visto que lo que quiero y lo que es más
importante de todo es ser feliz y eso no se consigue
con fama ni dinero, puede que a veces ayude, pero los
amigos no se compran con eso. Dime Newt, ¿cuánto
tiempo más vas a aguantar que siempre haya gente
urdiendo planes para darte muerte? Gente próxima a ti,
gente en quien confías…”. “¡Yo no confío en nadie!”.
“¿Cuánto tiempo más vas a aguantar esta soledad?”.
“¡Cállate! Tú no me harás cambiar de opinión, ¡ya no
hay vuelta atrás!”. “¡Siempre hay vuelta atrás!”. Y
Newt inició la ofensiva.
Las tentativas de Narum de dialogar habían
fracasado por el momento. “¡Necio!”. Newt le lanzaba
multitud de rayos y Narum se limitaba a esquivarlos.
¿Quién le hubiera dicho unos meses antes que estaría
en aquella situación?
El combate se había trasladado al exterior del
castillo. “Puede que el daño ya haya estado hecho y
que sea imposible subsanarlo en su totalidad, pero, en
parte, siempre hay vuelta atrás con uno mismo,
262
siempre te puedes arrepentir” el chico seguía
intentándolo. “¡Déjalo Narum! De todos modos, ¿de
qué me iba a servir? ¡Eh!”. “Serías honesto contigo
mismo, estarías en paz con tú conciencia…”. “Ese es
tu problema, la conciencia. Yo no tengo conciencia.
Eres un iluso, ¡un soñador!”. “¿Y qué sería de mí si no
lo fuera? No tendría la esperanza de que las cosas
pueden cambiar. Porque pueden, es muy difícil, pero
pueden si se intenta.” Newt continuaba atacando.
Ahora Narum se estaba refugiando tras un escudo
protector. “¿Estás dispuesto a hipotecar tu vida?”.
“¡Son los valores que te han enseñado, la educación
que has recibido, la influencia de la sociedad… porque
nadie puede escapar de esa influencia… pero se puede
cambiar!” “¿Estás dispuesto a hipotecar tu vida?
¡Contesta!”. “¡No lo sé!”. La esfera protectora de
Narum sucumbió ante la embestida de Newt. Las
ráfagas negras dieron en el blanco y Narum se
desplomó desde las alturas sobre el sector sur de la
fortaleza de Urdu, el parque.
Desde el inicio de la batalla final, Halaus y Sikma
habían estado intentando hacerse con el pendiente
blanco, pero hasta el momento les había sido
imposible. Alrededor suyo había una especie de campo
de fuerza invisible que les impedía acercársele a más
de diez centímetros de distancia. Los dos supusieron
que el sortilegio era obra de Newt y, después de varias
intentonas, se limitaron a contemplar el combate como
meros espectadores… hasta ahora. Viendo la
desesperada situación, Sikma corrió a por Narum y
Halaus fue a proteger el pendiente junto al quetzal.
Pronto el abatido chico se volvió a encontrar en brazos
de su amigo y observó como, dentro del castillo,
Halaus hacía frente a Newt. “Ellos no se rinden… yo
no puedo rendirme… ¡hay demasiado en juego!”.
263
Sacando fuerzas de flaqueza, Narum se incorporó y
salió como un bólido hacia su rival. A falta de unos
metros para el encuentro, aminoró bruscamente la
marcha y volvió a acelerar. La finta consiguió su
propósito, Newt, desconcertado, fue sorprendido por la
jugada que siguió al amago.
La lucha estaba potencialmente decidida. Narum,
en su carrera hacia Newt, había cogido un puñado de
tierra del parque y, al tener la oportunidad de contactar
con su oponente, ya que la contra de protección de
Newt había fallado su objetivo debido a la finta, la
liberó sobre su cuello y, rápidamente, la moldeó
formando un collar opresor alrededor de su garganta.
Newt estaba inmovilizado, cada vez que intentaba
moverse Narum apretaba más el círculo,
estrangulándole levemente, dificultándole la
respiración.
“No te atreverás… me has mostrado demasiado tus
debilidades. Lo sé, no te atreverás.” Repetía Newt
auto-convenciéndose. “¡Ja! Eso es lo que tú crees. Tú
no sabes por lo que he pasado, tú no sabes de lo que
soy capaz, tú no has leído mi interior.” Poco a poco iba
subiendo de tono. “Newt, me muero de ganas de
estrujar tu cuello, de liberar toda la tensión y de
terminar con todo esto de una vez por todas…” Había
odio en sus palabras, rabia.
- Hhhhfffff… –suspiró Narum por la nariz- Estoy
loco –susurró y luego se preguntó a sí mismo-. ¿Por
qué hemos venido a este mundo a sufrir? –respiraba de
forma entrecortada, frenético- Esto no tendría que ser
así… –se decía- ¡Por qué la gente va y se aprovecha de
los demás! –estalló- ¡Estoy loco! –los ojos se le salían
de las órbitas- ¡Estoy
locooooooooaaaaaaaaahhhhhhhhhggg! –berreó
descontrolado soltando un punzante alarido.
264
- ¡Narum noooooooooo! –Halaus.
- ¡NO! –Sikma.
- ¡Noooooooooooooo! –Newt.
- ¡PAM! –el collar explotó en mil pedazos con un
fuerte estruendo.

Narum estaba de pie en medio de la estancia con el


pendiente blanco en la mano. Newt estaba arrodillado
en el suelo, palpándose el cuello lleno de rabia, había
sido derrotado. Halaus y Sikma lo observaban
incrédulos, por un momento, habían pensado que
Narum estaba realmente fuera de sí, pero no, por lo
visto, estaba todo bajo control. Newt, con tanta
presión, había descuidado el campo de fuerza que
rodeaba el pendiente. Narum, en darse cuenta, inició
esa formidable actuación e hizo reventar el collar para
rápidamente, en medio de la confusión, apoderarse del
pendiente. Lentamente, aún de pie dominando la sala,
se fue acercando la mano que sujetaba la blanca esfera
a la oreja y, finalmente, se la puso… “increíble”…

265
V
“Narum ya tiene el pendiente.” Oyó éste como una
vocecita desconocida susurraba en su interior.
“¡Muere!” Escuchó otra voz amenazante, pero esta vez
la reconoció, se trataba de Newt. “¡Narum!” Ahora
eran Halaus y Sikma que le alertaban del inminente
ataque de su rival. Narum estaba desconcertado, ¿qué
era toda aquella algarabía en su cabeza? Cuando
reaccionó ya era demasiado tarde. Newt le había roto
la nariz con un feroz puñetazo. El dolor era
insoportable, pero Narum no podía ralentizar el tiempo
para lamentarse ¿o sí? Newt volvía a la carga y él, por
alguna extraña razón, ya sabía que le iba a pegar un
golpe de derechas. El pendiente blanco le estaba
suministrando aquella información, el pendiente
blanco le podía proporcionar casi toda la información,
con el pendiente blanco sabía y podía hacer lo que
físicamente quisiera. Prevenido esta vez de la
embestida de su rival, a la velocidad de la luz, congeló
el tiempo a su alrededor. El puño de Newt estaba a
sólo unos centímetros de volver a impactar contra su
nariz, Sikma se había puesto las manos a la cabeza y
Halaus corría a su auxilio. Narum empezó a andar por
la estancia, todo estaba en absoluto silencio, la nariz ya
no le dolía… su nariz estaba curada. Miró por la
ventana y vio que los rayos también se habían
detenido. Todo en la faz de Urdu había dejado de
moverse. Unos instantes más tarde, volvió la mirada
266
hacia el interior de la sala y encendió de nuevo el
interruptor del tiempo. Hubo un gran estruendo, Newt
se había empotrado contra la mesa que tenía enfrente y
yacía esparramado por el suelo junto con los restos del
escritorio.
- Veo que ya te has familiarizado con el
pendiente… –sonrió Newt resignado-. Que cobarde y
tramposo eres, ¡la lucha no había terminado! –empezó
tratando de imitar la táctica antes empleada por Narum
para que éste se quitara el pendiente.
- Newt, conmigo esto no te va a funcionar –le
avisó-. Yo ya no lucho para demostrar nada a nadie, ni
para demostrarme nada a mí mismo, ni lucho por mi
honor, ni tampoco lucho para hacer daño a la gente…
Newt yo lucho para evitar una guerra… lucho contra ti
y no contra tu pueblo. Lucho para defenderme porque
tú has empezado. Pero ya no, ya no lucharé más contra
ti porque tú tampoco querrás luchar contra mí, ni
querrás hacer más daño a nadie… –y se acercó
levitando hacia su adversario.
- ¡Pero qué dices! ¡Pero qué haces! No te me
acerques –advirtió Newt asustado-. Ya te he dicho
antes que a mí no me vas a cambiar con estos
discursitos de pacotilla.
Narum seguía avanzando, despacio, con el pelo al
aire, Newt retrocedía, medio arrastrándose por el
suelo. Narum finalmente llegó a su altura. Halaus, con
el quetzal en sus brazos, y Sikma estaban sentados en
la repisa de la ventana observando la escena. Narum
hizo levantar a Newt y luego, con dulzura, le puso el
dedo índice en sus labios para que se relajara…
“Ssssshhhhhh…”. Después, le puso las manos en las
sienes, cerró los ojos y, lentamente, acercó su frente
hacia la de su dócil apresado. Narum estaba en pleno
proceso de concentración. Poco a poco, apretaba con
267
más fuerza su frente contra la de Newt como si
quisiera fundir las dos en una de sola. El pendiente le
daba el poder para hacerlo, no iba a pronunciar ningún
discursillo de pacotilla, iba a traspasarle directamente
su conciencia. Cuatro, tres, dos, uno… y una
convulsión.
El proceso había terminado. Narum abrió los ojos y
fue liberando a Newt de sus cadenas, aunque ahora,
éste estaría atado para siempre. El sometido tirano
lloraba desconsoladamente en una mezcla de
arrepentimiento y rabia. Dos conciencias gobernaban
su ser, dos maneras aparentemente opuestas de ver la
vida, pero que en realidad no distaban demasiado. Una
lucha eterna entre Narum y Newt para ver quien de los
dos se imponía sobre el otro, para ver quien de los dos
salía victorioso.
Narum, entretanto, se había sentado junto con
Halaus y Sikma. Los tres estaban radiantes, aliviados,
descansando de las incesantes aventuras vividas. Allí,
viendo como el quetzal cruzaba el cielo de Urdu,
Narum se preguntó cómo había hecho Halaus aquel
extraño pacto con el pájaro, pero al sentirse de nuevo
arropado por la calidez que irradiaba su amigo, supuso
que era difícil que alguien pudiera resistirse a su
encanto. Además, ahora, con el pendiente blanco, no
había secretos de este tipo para él. Puede que no
pudiera indagar en el corazón de la gente, pero podía
saber todo lo relacionado con las leyes de la
naturaleza, con el presente y también con el pasado de
los pendientes. Ahora habría tanto respuestas del alma
como respuestas del blanco en su interior y las dos
podían ser certeras. Cerró los ojos y se dejó caer al
vacío, flotando en el aire…
“Narum… Narum…”. De repente, en plena
evasión, más vocecitas irrumpieron en su cabeza, pero
268
no, esta vez no se trataba del pendiente. “Narum soy
yo de nuevo, Elha”. “¡Imposible!” Desde que habían
llegado a Urdu que no se había acordado más de su
amiga. Ahora su reaparición le había cogido
totalmente por sorpresa. Frenó su dulce vuelo en seco
y prestó la máxima atención a la comunicación con la
chica. “¡Elha! ¡Elha! ¿Estás bien? Dime ¿dónde
estás?” Se precipitó Narum. “Narum escucha, hay algo
que tienes que saber…”. “Elha no te preocupes, dime
dónde estás y venimos de inmediato”. “Narum espera,
escucha, por favor”. Su voz sonaba afectada. “Di,
di…”. Le cedió el paso Narum preocupado. “Narum…
–empezó Elha-…”. Silencio… más silencio… parecía
como si la comunicación se hubiera cortado. Elha no
daba señales de vida. Silencio… Narum se intentaba
concentrar aún más para recobrar la conexión. Halaus
y Sikma, que se habían dado cuenta de que algo
ocurría, habían bajado a su altura y le hacían
incesantes preguntas. Silencio… “No, ahora no
puedo… –volvió la débil voz de la chica-… él está
aquí… –susurró temerosa-”. Silencio de nuevo…
Narum ya casi no podía reprimirse, ¡qué estaba
pasando! “¡Elhaaa…! –gritó desesperado-.” “¡Narum
estoy en Evras! –estalló ésta- ¡Ven! ¡Rápido!”.
No había tiempo que perder. Elha les necesitaba de
inmediato. Tenían que partir lo más pronto posible,
pero tampoco podían irse así, sin más, aún quedaban
algunos asuntos por resolver. ¿Qué harían con Newt?
¿Dónde estaba Evras? ¿Con qué se encontrarían una
vez allí? ¿Y Ragun? Este último punto se solucionó al
instante, Ragun acababa de llegar. Narum notó su
presencia y se apresuró a reunirse con él. Pronto
estaban Narum, Sikma, Halaus, Ragun y Newt juntos
en una de las salas del castillo hablando sobre lo

269
ocurrido y sobre qué era lo siguiente que tenían que
hacer.
- Elha se ha vuelto a poner en contacto conmigo –
comenzó Narum-. Parecía angustiada… no sé muy
bien por qué, pero… no sé, algo extraño estaba
sucediendo…
- ¿Y qué te ha dicho? ¿Está bien? –irrumpió Sikma
impaciente.
- No lo sé… ya te digo, era todo muy raro –
contestó Narum desconcertado-. Tenemos que
apresurarnos e ir a liberarla de inmediato. Me ha dicho
que estaba en Evras…
- ¡Ja, Evras! –se rió Newt- El feudo de
Ardemum… tiene gracia…
- ¡El qué! –se alteró Halaus, las cosas se estaban
complicando.
- ¿Cómo? –añadió Sikma para más inri.
- ¡Da igual! –cortó Narum- No importa… –
suavizó- ahora no tenemos tiempo para andarnos con
quebraderos de cabeza, ¡tenemos que actuar! –se pausó
unos instantes y se terminó de serenar-. Halaus, tú
llévate a Newt a Govanem con Bélathar, que estará
muy contenta de verte –empezó Narum a organizar un
plan improvisadamente-. Creo que, por el momento, es
mejor que Newt no esté en manos de la Unión, no
sabemos lo que le harían –prosiguió-, esperaremos a
ver como se soluciona el tema de los pendientes para
tomar una decisión más definitiva. Mientras, Sikma y
yo iremos a Evras a rescatar a Elha y, si por el camino
nos encontramos con Ardemum, pues ya se nos
ocurrirá algo… de hecho, los dos tenemos un
pendiente blanco ¿no?… teóricamente, no hay nada
que temer…
- Pero Narum… –se opuso tímidamente Halaus.

270
- Idiota… –murmuró Newt que había leído las
intenciones del chico.
Narum no escuchó estas últimas frases porque ya
se estaba dirigiendo hacia la mochila que le había
acompañado durante todo el viaje. Justo antes de
iniciar el rito para devolver a Halaus a su estado
original, la había dejado en un rincón apartado de la
estancia. Una vez allí, sacó de su interior a Thoor y,
acto seguido, le dispuso encima de una mesa. Luego,
le acarició suavemente la cabeza y muy dulcemente le
habló…
- Hola Thoor, amigo mío… ya sé que últimamente
no te he prestado mucha atención, pero tienes que
comprenderlo… Thoor –suspiró-, es muy importante,
tienes que mostrarnos dónde se encuentra Evras…
Estuvieron unos instantes en silencio. Todos se
habían acercado hacia la extraña pareja y habían
formado un semicírculo alrededor suyo. Halaus se
encontraba justo detrás de Narum y le observaba
preocupado.
“Evras, único planeta del sistema de Acrux en la
Vía Láctea –informó la vocecita electrónica rompiendo
el silencio-. Acrux, estrella extremadamente caliente
situada en la constelación de Crux, únicamente
observable desde el hemisferio sur terrestre –continuó-
. Sistema de Acrux, punto estratégico en la red de
agujeros de gusano de la Vía Láctea –terminó.”
Complementando la explicación y de forma
simultánea, se estuvieron proyectando a través de los
ojos de Thoor una serie de imágenes detallando el
emplazamiento del planeta. Concluida la difusión, y,
por lo tanto, en posesión de la información necesaria,
ya sólo era cuestión de despedirse y partir.
Newt se había apartado hacia una esquina de la sala
y observaba receloso al extraño ser invisible, Ragun.
271
Éste atendía paciente a la espera de realizar el
teletransporte, Sikma, a su vez, había dado la mano a
Halaus y ahora jugueteaba con el quetzal y Narum,
arrodillado, dando la espalda a todos los demás,
apretaba fuertemente a Thoor entre sus brazos. Halaus
se le había acercado paso a paso. Narum se volvió, una
lágrima resbalaba por su mejilla…
- ¡Narum! –se apresuró hasta encontrarse a sólo
unos centímetros de él- ¿qué te pasa? –susurró
tiernamente Halaus, que hacía rato que veía que su
amigo no era el mismo.
- Nada –sonrió forzadamente éste secándose los
ojos-, es que no se me dan muy bien las despedidas…
–confesó cabizbajo.
- ¿De verdad que es esto? –volvió a insistir Halaus.
Ahora los dos estaban arrodillados el uno frente al
otro.
- Sí, en serio… –contestó Narum sin mucha
convicción.
- Bueno, está bien… –concluyó Halaus amable-
pero recuerda que puedes contar conmigo para lo que
sea.
- Halaus… –se desmoronó Narum… y se
abrazaron.
Calidez, reconforte, hasta en los momentos más
oscuros la sola presencia de Halaus podía alentar a
cualquiera, pero en aquella situación sólo hacía las
cosas más difíciles para Narum. Le era imposible
afrontar lo que quedaba de viaje sin su amigo a su lado
y, aún más, le era imposible resistir una separación que
su corazón le decía que iba a ser definitiva. A pesar de
todo, tenía que seguir adelante, el final estaba cerca y
no podía rendirse ahora. Apretó con fuerza a Halaus
contra su pecho por última vez y, poco a poco, se
fueron separando. Narum miraba a Halaus, Halaus
272
miraba a Narum y lentamente se fueron alejando, uno
en dirección a Sikma y el otro hacia Newt y Ragun. El
joven Antiguo empezó a envolver a sus tres pasajeros.
A Newt se le veía confuso, era una experiencia nueva
para él. Halaus aún observaba fijamente a Narum con
el quetzal de acompañante. Sus caras comenzaron a
difuminarse, pronto estarían a millones de kilómetros
de distancia…
- ¡Ragun espera! –Narum interrumpió bruscamente
el proceso- Espera… –volvió a repetir y se dirigió
hacia el trío con Thoor en sus manos-. Halaus cuida de
él mientras esté fuera ¿vale? –sonrió.
- Vale –aceptó-, pero prométeme que no harás
ninguna estupidez, eh… –terminó acariciándole con
los dedos la mejilla.
Finalmente, Ragun, Newt, Halaus y el quetzal
partieron hacia Govanem sin más demora. Luego fue
el turno de Narum y Sikma. Narum puso la mano en el
hombro de su compañero, visualizó su destinación y,
con el conocimiento absoluto que le otorgaba el
pendiente blanco, les teletransportó hacia Evras.

273
VI
Lluvia de invierno caía sobre la faz del planeta.
Lluvia fina, lluvia constante, el cielo era gris de nieve.
Se encontraban en una gran explanada, un prado
verde-amarillo de hierba alta y seca. Hacía unos
instantes que Narum y Sikma habían experimentado el
electrizante cosquilleo del teletransporte y ahora
observaban atentamente a su alrededor. A lo lejos, a
sus izquierdas, había un denso bosque, a sus derechas,
se alzaba un imponente monasterio de clara piedra con
un enorme rosetón en la fachada y un alto campanario.
Los dos decidieron ir en aquella dirección e iniciaron
la marcha. Narum no detectaba la presencia de
Ardemum, Sikma era un mar de dudas. Sentimientos
de miedo, de ansia y de esperanza de reunirse de
nuevo con Elha se barajaban en su cabeza. Pronto
volverían a estar juntos… los dos amigos iban andando
y, en su largo trayecto hacia el templo, se toparon con
un sendero de tierra que serpenteaba como un río hacia
su destino. Tomaron el camino y prosiguieron su
marcha.
Por el momento, Evras no daba señales de vida
animal, sólo hierba, árboles y lluvia. Narum seguía
observando atentamente. Estaba al cien por cien alerta.
Según Newt, Ardemum vivía allí y, si Thoor estaba en
lo cierto con respecto a que el sistema de Acrux era un
punto estratégico en la red de agujeros de gusano de la
Vía Láctea, no era descabellado pensar que Newt
274
quisiera apoderarse de aquel lugar y, en consecuencia,
que Ardemum realmente estuviera allí. Pronto Narum
estuvo seguro de ello. Mientras iban resiguiendo el
sendero, como por inspiración divina, supo, sin ningún
tipo de indicio, sencillamente supo, que en aquel
planeta los pendientes convencionales carecían de
poder. Narum supuso que Ardemum, utilizando su
pendiente blanco, había tomado aquella medida de
seguridad para protegerse a él y a Evras. Entonces,
confirmada la presencia de Ardemum allí, era muy
posible que éste mismo hubiera raptado a Elha, ¿pero
qué motivos tendría él para hacerlo? Narum
rápidamente comunicó a Sikma la revelación que
había tenido y sus consecuencias, pero no les fue de
gran utilidad, desafortunadamente, no tuvieron mucho
tiempo para pensar en ello. Unos minutos atrás, una
frágil silueta había salido del monasterio y ahora se
encontraba a sólo un centenar de metros de los chicos.
Los dos, inmersos en sus conjeturas, no se habían
percatado de su presencia hasta entonces.
Seguía lloviendo, varios millares de gotas de agua
les separaban del misterioso alguien. Por lo visto,
parecía ser un mago, llevaba túnica al igual que ellos
y, a pesar de la mala visibilidad, pudieron distinguir un
pendiente que sobresalía por debajo de su capucha.
Narum y Sikma frenaron su marcha, el desconocido
seguía avanzando. Ya sólo estaba a una docena de
metros de ellos, un par de millones de gotas. Se
detuvo, alzó la cabeza y les miró emocionada con
lágrimas en los ojos. Narum ya la había visto antes,
Sikma también. Sin duda, se trataba de Elha.
Elha, al fin Elha. Unos días atrás les hubiera
parecido increíble que tanto ella como Halaus
estuvieran vivos y ahora era una realidad. Sikma salió
disparado hacia su chica sin pensárselo dos veces,
275
Narum permaneció inmóvil en su sitio, el pendiente de
su amiga era púrpura. Transparente, amarillo, verde,
marrón, color del pendiente de Elha cuando salió de la
Cúpula, rojo, lila, azul, casi el color del pendiente de
Elha en la actualidad, gris y negro. No había pasado
tiempo suficiente como para que su nivel de control se
hubiera incrementado tanto teniendo en cuenta que
había sido raptada, pensaba Narum. Y de pronto, un
flash le recordó uno de los sueños que había tenido en
la Cúpula… Elha era la protagonista, era de noche,
estaba en los sofás de la Cúpula y su pendiente brillaba
y, progresivamente, iba cambiando de color.
Mientras Narum ataba cabos, la feliz pareja se
abrazaba bajo la lluvia que, por un momento, pareció
disminuir en intensidad. El júbilo inicial, poco a poco,
también se fue calmando y los dos tortolitos miraron
extrañados hacia atrás. Narum seguía clavado en su
sitio y lloraba a gota gorda. No podía creérselo…
Elha… la chica se había dado cuenta de lo que sucedía
y, por unos instantes, se separó varios pasos de Sikma.
- Narum perdona… –se adelantó Elha
disculpándose dubitativa.
- Elha ¿perdonar el qué? –intervino Sikma
totalmente desconcertado.
- Narum lo siento… –seguía Elha con voz llorosa.
- Elha tu pendiente… casi azul… –susurró Narum
dolido- Ahora lo entiendo todo… esta es tu casa,
¿verdad? Por eso llueve, porque estás triste –sonrió,
tenía los ojos completamente enturbiados-. Aún no me
hago la idea, tú le abriste paso a Ardemum para que
entrara en la Cúpula, tú desataste todo este caos
intergaláctico…
- No Narum, espera, escúchame, te lo puedo
explicar, por favor… –le interrumpió la chica- el caos
hacía tiempo que estaba servido, yo sólo forcé el
276
desenlace –comenzó-. Narum, no tenía otra salida.
Como ya os conté el primer día en la Cúpula, mi
planeta llevaba resistiéndose a la invasión durante más
de un siglo. Entiéndelo, mi llamada para entrar en la
Cúpula era una oportunidad idónea para poder liberar a
Evras, así que, entre Ardemum y yo, trazamos un plan
para apoderarnos de los pendientes blancos, era
arriesgado, pero parecía ser nuestra única escapatoria –
se la veía muy afectada y a la vez avergonzada por lo
hecho-. Casi todo fue a la perfección, pero, como ya
sabéis, sólo nos hicimos con uno… –se pausó-
paralelamente, hacía algún tiempo que corría una
historia sobre alguien cuyo destino estaba ligado al de
los pendientes –prosiguió-. Cuando te conocí, aún no
sabía que se trataba de ti. Nos hicimos amigos, de
verdad, y sólo empecé a suponer que eras tú, cuando
apareciste la noche del robo. Luego te dieron el
pendiente y huimos de la Cúpula… –se llevó las
manos a la cara- Narum, yo no quería aceptar que
fueras tú e intentaba encontrar otra explicación, pero
bueno… desde el robo del pendiente, contactaba con
Ardemum a menudo y él, a última hora, sugirió
simular el secuestro y con el agujero negro se dio la
oportunidad perfecta… –Elha se serenó un poco- yo no
estaba muy de acuerdo, prefería contártelo todo, pero
él me presionó e insistió en que era el único modo de
atraerte y de hacernos con los dos pendientes.
Ardemum decía que esto sería lo único que nos
aseguraría estar a salvo para siempre…
- Y ahora ¡qué! –estalló Narum- ¿Cuál es la
siguiente fase del plan? ¡Que Ardemum me haga
pedazos y que me quite el pendiente, eh! ¡Que no lo
ves Elha, nunca estaréis a salvo con ellos! Tú misma lo
has experimentado, sólo hasta que alguien como
vosotros termine por dar con la manera de quitároslos.
277
El único modo de estar a salvo es sin los pendientes,
destruyéndolos, sino siempre serán causa de disputa,
de injusticias y de muerte, y más ahora que se sabe que
pueden ser utilizados…
- Narum, escúchame, tienes que entenderlo –volvió
a interrumpirle Elha.
- Elha no hay nada que entender… –aseveró
Narum rotundo.
- ¡Narum! –se desesperó la chica.
Narum esta vez no respondió, tenía los ojos llenos
de lágrimas, llenos de rabia, se sentía traicionado.
¡Cómo era posible! ¡Elha! Estaba a punto de explotar,
pero no, esta no era la manera… Elha había tenido sus
motivos para hacer todo aquello, la tenía que
comprender… la comprendía… pero Narum había
hecho tarde, nunca ya pudo comunicárselo a su amiga,
el único que faltaba por actuar entró en escena.
Ardemum estaba allí.
- Hola Narum –le saludó-, ya tenía ganas de
conocerte. Elha me ha hablado mucho de ti… yo soy
Ardemum –se presentó-, líder de Evras, como ya debes
saber –Narum seguía a la espera-. Tengo que pedirte
una cosa… –prosiguió el mago yendo al grano- los
pendientes… son algo absolutamente imprescindible
para nosotros, lo único que nos puede ayudar y que
nos mantendrá a salvo… para siempre…
- No es verdad eso, Ardemum –intervino Narum-.
Vosotros ya no necesitáis los pendientes. Vuestra
guerra con la Federación ha terminado, Newt ha sido
sometido. Ahora ya estáis a salvo, ya podéis vivir en
paz.
- ¡No Narum! No tienes razón –replicó de forma
virulenta Ardemum-. Nosotros. Necesitamos. Los
pendientes –recalcó-. Y ahora, por favor, entrégamelo
de inmediato o tendré que tomar medidas…
278
Aquellas últimas palabras hubieran podido
encender los ánimos a cualquiera, pero Narum supo
contenerse. Sabía que su encuentro con Ardemum
estaba casi indefectiblemente evocado a una lucha
final, ¿quién se podía resistir a no desentrañar el poder
real de los pendientes? Pero antes, Narum quería
descubrir un poco más sobre el carácter de Ardemum,
así que intentaría dialogar un rato más con él y así ver
lo receptivo que era. Por el momento, había podido
observar que su interlocutor estaba totalmente
ofuscado con la idea de apoderarse de los dos
pendientes y, más aún, ahora que lo veía tan cerca
después de haber soñado con ello infinidad de veces.
- Espérate un momento –le intentó enfriar Narum-.
Ardemum, sé consciente, ahora no los necesitáis más
que cualquier otro. Fíjate, hasta antes de llegar a
tenerlos, parece que la avaricia ya te haya poseído,
¿quién nos puede asegurar que no sucumbirías, al igual
que haría la mayoría de nosotros, a las ansias de querer
más, a la tentación, a la codicia…? Primero un
poquito… esto no puede hacer daño a nadie… y luego
más y más, hasta convertirse en una bola de
descomunales dimensiones… los pendientes mejor
destruidos –concluyó.
- No… no, ¡NO! –se tapó los oídos Ardemum-
¿Quién eres tú para juzgarme de ese modo? No sabes
nada… ¡Evras necesita los pendientes y punto! Y
ahora, por última vez, aunque me sepa mal porque me
caías bien Narum, dame el pendiente o haz frente a las
consecuencias –y se elevó a varios metros del suelo.
- ¡Ardemum, no! –chilló Elha alarmada que había
permanecido todo aquel rato junto a Sikma.
Pero no surtió efecto, ya estaba todo listo, la batalla
iba a dar comienzo. Narum también se propulsó hacia
el cielo y se dispuso frente a Ardemum. Durante todo
279
aquel rato, los dos habían dejado a un lado los poderes
del pendiente, pero ahora tenían que volver a
aprovecharlos al cien por cien. ¿Qué clase de lucha sin
sentido sería aquella? Una batalla en donde cada uno
sabría el próximo movimiento de su oponente, un
combate sin fin que pondría a prueba su fortaleza e
imaginación.
Seguían en el mismo sitio, nadie daba el primer
paso, ninguno de los dos se atrevía, era como tirarse
hacia su propia trampa. “Ardemum, dame tu
pendiente, confía en mí –intentó inocentemente Narum
como último recurso.” “Sí, no me hagas reír…”
“Ardemum yo no los quiero usar, sino todo lo
contrario, los quiero destruir, en serio –trató de
persuadirle.” “Tú estás loco chico. Sabes tan bien
como yo que para acabar con los pendientes también
tienes que borrarte a ti mismo y para eso prefiero que
estén en mis manos.” Dicho y hecho, Ardemum se
abalanzó a toda velocidad sobre Narum que apenas
tuvo tiempo de esquivar la feroz embestida. Varios
metros más abajo, Elha y Sikma observaban el
desarrollo del combate con un nudo en el estómago.
Después del ataque inicial, Narum se había recobrado
a la perfección y ahora era él quien llevaba la
iniciativa. Destellos luminosos, ráfagas de energía,
escudos protectores… totalmente desprovisto de
imaginación. La suerte era que Ardemum le
contraatacaba con la misma moneda, nada digno de
ver.
Pasaron varios minutos y todo seguía igual. Parecía
imposible que la batalla se decantara hacia uno de los
dos lados. Narum le daba vueltas y vueltas a la
situación, pero no encontraba ninguna respuesta. No
merecía la pena realizar tácticas rimbombantes si tu
rival también las conocía al instante, sólo había una
280
forma de salir victorioso, realizar una estrategia que,
aunque sabida por tu contrincante, fuera imposible de
parar. Desgraciadamente, esto también resultaba
impracticable teniendo en cuenta que el pendiente
blanco te proporcionaba todo el conocimiento
necesario para desbaratar cualquier tipo de tentativa.
Era un pez que se mordía la cola, era como intentar
contactar con el que hay al otro lado del espejo; se
necesitaba un golpe de efecto aparentemente
inexistente.
Ardemum seguía las mismas líneas de
pensamiento, pero no se daba por vencido. Cada vez
parecía acercarse más a la pregunta sin respuesta que
buscaba desesperadamente Narum. Diminutos
agujeros negros por todas partes, antimateria que no
paraba de acecharle… un mínimo fallo de
concentración y Narum se vería fuera de combate para
siempre, pero sin antes haber destruido los
pendientes… Narum luchaba por el futuro, para evitar
todo el dolor y el sufrimiento que iban a provocar
aquellos circulitos blancos en tiempos venideros.
Aunque Ardemum lo negara, era inevitable que los
pendientes no se volviesen a poner en juego, que no
despertasen la avaricia de muchos y se hicieran
infinidad de atrocidades en su nombre.
Ahora Narum creaba en vano de la nada una
especie de cuerdas extremadamente elásticas que
rodearon a Ardemum. Eran filamentos imposibles de
cortar que tejían una malla parecida a una telaraña
esférica entorno a su presa. Ardemum estaba enjaulado
y Narum trasladaría su celda allá hacia donde él se
pudiera teletransportar. Muy perspicaz, pero no
serviría de nada. Su oponente se rodeó de una aureola
de protección y, dentro de la misma jaula, hizo
aparecer otro de sus minúsculos agujeros negros. La
281
malla, a pesar de su gran elasticidad, no pudo resistirse
a la fuerza de succión del nano-aspirador y se vio
rápidamente engullida; otra de las miles de formas que
hubiera podido escoger Ardemum para deshacerse de
ella.
Ahora era su turno el de atacar. A Narum se le veía
agotado, aunque teóricamente estaban en igualdad de
condiciones, el largo viaje realizado aquellas últimas
semanas había hecho mella en su cabeza. Al fin y al
cabo, era una lucha psicológica la que estaba teniendo
lugar, a ver quien aguantaba más. Ardemum se veía
victorioso, su oponente le mostraba claros signos de
debilidad, sus ofensivas eran, a sus ojos, patéticas, no
había nada que le pudiera derrotar. Pero Ardemum
subestimaba la creatividad, la inspiración, la chispa
que podía llegar a tener su rival, y, en medio de
aquella pequeña crisis, una idea fugaz pasó por la
mente de Narum, un plan para terminar con toda esa
farsa, pero no podía ni tan siquiera pensarlo porque
sino Ardemum también lo sabría y entonces no serviría
de nada.
“¡Uuuuuaaaaaaaaaaaagggggghhhhhh! –empezó a
chillar Narum- ¡La, la-la, la-la, la-la! ¡La, la-la, la-la,
la-la-la! –intentaba despistarse a sí mismo.” No tenía
que pensar, no tenía que pensar.
“¡Uuuuaaaaaaaaaaagggggghhhhhh! –continuaba
chillando.” Con todo aquel disparate y falta de
concentración de Narum, Ardemum le asestó un
severo golpe que le hizo desplomarse al suelo, dándole
esto la oportunidad perfecta para llevar a cabo su no
trazada estrategia. Fingiendo estar muy dolido por el
impacto, que un poco sí que lo estaba, Narum se quedó
agachado entre la hierba alta y allí, disimuladamente,
se quitó el pendiente blanco. Ahora ya podía pensar
libremente en su estrategia y, precisamente, ¡ésta era
282
ésta! La clave del combate era quitarse el pendiente
blanco, aunque de ese modo se viera totalmente
expuesto y no pudiera usar su magia, podría actuar sin
que Ardemum supiera su siguiente movimiento. Ahora
sólo quedaba imaginar una forma de poder explotar
aquel valioso filón que había encontrado. Aún
revolviéndose en el suelo, Narum no tardó mucho en
diseñar un ingenioso plan. Tan pronto como volviera a
ponerse el pendiente, tenía que bloquear su mente de
algún modo para que Ardemum no pudiera ver sus
intenciones. Necesitaba sólo unos segundos para dar el
primer impulso a su estrategia, luego, una vez liberado
de nuevo del pendiente blanco, ya no habría peligro de
que fuera descubierta.
Narum encontró el tiempo necesario, el que
mantendría su mente distraída, en uno de sus antiguos
escritos, uno que redactó en una época especialmente
difícil, una época de oscuridad, desencanto y
soledad… resueltos estos últimos detalles a toda
velocidad, era ya hora de actuar.
El plan era una estratagema bastante arriesgada y
retorcida, pero Narum no veía otra salida, sabía que si
todo seguía igual no iba a aguantar mucho más, así
que, llenándose de coraje, se levantó, se volvió a poner
el pendiente blanco y afrontó el reto recitando un
poema…

Si la felicidad no puedo alcanzar,


Déjame vida, aléjate ya,
Que si yo no te puedo disfrutar,
No tiene sentido, vivir, ni un día más.
Cuando lo que llamamos tristeza al fin se irá,
Yo envuelto en rosas ya estaré,
Y un manto de llanto me cubrirá,
En el sueño eterno, por ti, yaceré.
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Pero antes… una sonrisa,
La sonrisa que me había fallado cuando la necesitaba,
El cálido abrazo de tu mirada,
La esperanza que había quedado difuminada,
La amistad.

Mientras estas tristes palabras distraían su


pensamiento, Narum puso en marcha su actuación.
Primero de todo, ascendió de nuevo hasta llegar a la
altura de Ardemum. Una vez allí, esperó unos
segundos para hacer creer a su adversario que estaba
fatigado y que no tenía ni idea de cómo seguir.
Entonces, ya a medio poema, simulando un ataque a la
desesperada, hizo un picado hacia abajo hasta haberse
situado varios metros por debajo de los pies de su
oponente. De inmediato, volvió a subir veloz iniciando
una acometida vertical que arremetería por la parte
inferior de su rival. Y allí era donde iba a caer
Ardemum; durante toda la batalla había esperado hasta
el último instante para esquivar las ofensivas de
Narum, esta vez, cuando se diera cuenta de lo que
estaba sucediendo, ya sería demasiado tarde para él.
El último verso había sido recitado y todo había
quedado en silencio. Sólo se oía el llanto de Elha.
Ardemum contemplaba hacia abajo como Narum se le
aproximaba cada vez más. Ahora estaba esperando
impasible algún indicio que le indicara cuál sería el
próximo movimiento de su rival, pero lo que no sabía
es que el verdadero peligro se le acercaba por la
espalda. Lo que estaba viendo era una simple ilusión
óptica creada por Narum que, justo después de iniciar
el picado hacia arriba, se había teletransportado medio
millar de metros por encima de la cabeza de
Ardemum, se había vuelto a quitar rápidamente el
pendiente blanco y, en aquellos momentos, caía
284
libremente al vacío. En menos de diez segundos,
Narum daría con su objetivo a más de trescientos
kilómetros a la hora.
Ardemum seguía en su sito, esperando, cada vez
más nervioso; el pendiente no le revelaba los planes
inmediatos de su enemigo. El holograma estaba cada
vez más cerca y Ardemum no se pudo contener; le
lanzó un potente haz de luz que, inexplicablemente, le
traspasó como el agua se cuela por un filtro. Luego, la
imagen ficticia de Narum, siguiendo su trayectoria
programada, atravesó al mismo mago. Ardemum,
totalmente confundido, se giró hacia el cielo para ver
hacia dónde se dirigía aquél extraño fenómeno y
entonces, sin que pudiera reaccionar a tiempo…
¡BAM! El verdadero Narum le cayó encima como una
losa y con una mano le arrebató el pendiente blanco de
la oreja.
¡Narum lo había conseguido! Se había acercado a
Ardemum del único modo posible sin el pendiente y,
aprovechando el efecto sorpresa, se había hecho sin
dificultades con la otra esfera blanca. El único
problema era que ahora los dos descendían a gran
velocidad sin nada que aparentemente les pudiera
frenar. Ardemum forcejeaba con Narum, que tenía un
pendiente en cada mano. Elha y Sikma observaban la
escena atónitos, ellos tampoco podían usar su magia
para parar la caída, el bloqueo de los demás pendientes
aún perduraba y, por lo tanto, éstos habían pasado a ser
simples adornos. El fatal impacto con el suelo era, en
consecuencia, inminente. Narum se esforzaba al
máximo para evitarlo, había conseguido liberar una de
las manos de las garras de Ardemum e intentaba
volver a ponerse uno de los dos pendientes blancos.
Cuando la disputa alcanzó su punto álgido, una voz
rompió el silencio…
285
- ¡Ardemum déjale en paz! –gritó Elha a la
desesperada.
Las palabras de su protegida le hicieron entrar en
razón. Él había perdido y, en el fondo, hasta creía que
había sido lo mejor. Así pues, fue el mismo Ardemum
quien llevó una de las manos de Narum hasta su oreja.
Éste se puso inmediatamente un pendiente, selló su
otro puño por precaución y amortiguó la caída.

Narum estaba flotando en el aire. Ardemum se


había reunido con Elha y Sikma y los tres restaban a la
expectativa. Narum miraba incrédulo su palmo
extendido boca arriba con el otro pendiente blanco
reposando en su mano. Estaba emocionado, exaltado,
inseguro, aterrado… tenía en su poder el mundo
entero… sabía que los demonios de la avaricia, del
afán de poder, se le despertarían de un momento a
otro. Tenía que ser fuerte, afrontar con valentía su gran
responsabilidad, pero Narum se sentía frágil, indeciso,
indefenso ante la decisión que tenía que tomar. Hasta
entonces había tenido claro, aunque no se lo hubiera
manifestado abiertamente a sus compañeros, que los
pendientes tenían que ser destruidos, pero ahora ¿quién
era él para decidir por los demás?
- A veces es difícil saber lo que está bien y lo que
está mal… –empezó a disertar en voz alta- tomar una
decisión que no perjudique a nadie… suerte que
siempre hay una vocecita en mi interior que sabe lo
que tengo que hacer… o, por lo menos, lo que debería
hacer… –suspiró- Hace unos meses no hubiera podido
llevar a cabo todo esto, cuando creía que el mundo era
únicamente lo que veía en las noticias… un mundo de
corrupción, de muerte, de guerra e injusticias… antes
de haber realizado este gran viaje y de haber visto todo
lo que he visto… ahora soy capaz de destruir los
286
pendientes y sé por qué los destruyo… lo hago para
preservar los pequeños detalles de cada día, los finales
felices, el amor, la amistad, la solidaridad… que son
por los que realmente merece la pena vivir… así que
está decidido, me voy, y no por gloria personal, no…
nada de eso… por lo menos, puede que hasta mis actos
sirvan de ejemplo, aunque tampoco hace falta llegar a
estos extremos… –sonrió- os echaré mucho de menos
a todos, de verdad, a no ser que, bueno… puede que a
donde vaya no se pueda echar de menos, puede que a
donde vaya no se sienta nada… esto es un alivio y a la
vez un gran temor –se pausó-. Quédate mi pendiente
Sikma –reemprendió el habla- y tú mi túnica Elha, que
os sirvan de recuerdo de todo lo bueno que hemos
pasado juntos… ha estado bien mientras ha durado
¿no?… dadle recuerdos a Halaus de mi parte…
Narum se elevó hacia los cielos de Evras. Elha y
Sikma se habían quedado petrificados. ¿Cómo? No
podían gritar, no podían moverse, sencillamente no
podían… les invadía una extraña sensación de vacío,
de impotencia. Seguía lloviendo. Narum se quitó su
pendiente negro y se lo lanzó a Sikma que apenas lo
pudo coger al vuelo. Luego, tal como había dicho,
también se desprendió de su vieja túnica para
entregársela a Elha.
Había llegado el momento de partir. Observó el
paisaje a su alrededor por última vez, saboreó la
sensación de libertad, extendió los brazos, cerró los
ojos, escuchó el caer del agua y, finalmente, se puso el
otro pendiente. En menos de un minuto, se iniciaría la
contracción del universo, en menos de un minuto,
Narum se habría ido.
De repente, notó la aparición de una nueva
presencia en la faz del planeta. Se trataba de Ragun
que se había transportado junto con Newt, Bélathar y
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Halaus. Éste último, meditando en Govanem, había
descubierto los planes de su amigo y había querido
dirigirse hacia allí de inmediato. Pero ya no serviría de
nada… el proceso había sido iniciado, si Narum no lo
terminaba entregando su cuerpo, el universo se
concentraría de nuevo y todo volvería a empezar.
Narum se arrepentía de lo que acababa de hacer,
pero ya era demasiado tarde, no había forma de
pararlo. Quería quedarse, quería estar con sus amigos,
vivir más aventuras, vivirlas junto a Halaus… pero no
había solución alguna, no había vuelta atrás… o
quizás…
Descendió lentamente hasta el suelo y se acercó a
sus compañeros. Uno a uno se fue despidiendo de ellos
dedicándoles una cálida sonrisa. Se abrazó con Elha y
Bélathar, estrechó la mano de Sikma, besó con cariño
la nariz de Halaus, notó en sus dedos el suave tacto de
Thoor… unos instantes más tarde, plácidamente, se
desvaneció.
Ya sólo caían cuatro gotas, ya casi había dejado de
llover. Narum no había acabado con el círculo blanco,
sólo con parte de él. Los pendientes se habían
convertido en ceniza y su cuerpo había partido con el
viento, dejando, tras de sí, una alargada estela azul.

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