El tercer aviso

@tonisolano
Algunos compañeros con los que me he encontrado estos días se han dado cuenta de mi desasosiego. Trato de ser simpático y abierto como lo he sido siempre, pero, como se suele decir, la procesión va por dentro. No es fácil reconocer que mi vida ha dado un vuelco y que ya no soy capaz de recuperar la serenidad y cordura que requiere mi oficio docente. Mas, para encontrar explicación a esta desazón, debo remontarme casi diez años atrás en el tiempo. Por entonces me llevó el azar hasta un pueblecito del sur de Madrid, muy cerca de esos páramos que conducen hacia la Mancha. En las lindes del río Guadarrama, como protegiéndose de esa vasta inmensidad de silencio, alguien había construido un colegio enorme con más ínfulas materiales que medios humanos, al que fui a parar con el desatino con que se mueven los bisoños al arrancar en sus respectivos oficios. Debo confesar que ya era un adicto a la docencia, en esa fase inicial en la que lo mismo da meterse en vena una clase de latín que una de francés, una de informática para neonatos que una de animación lectora para abuelas de alumnos. Tanto se me notaba mi condición de devoto mercenario docente que la buena directora del colegio accedió a dejarme dormir en los altillos del edificio, que habían sido habilitados como residencia de estudiantes, aunque, a la sazón, todavía se hallaban vacíos y sin estrenar. En un pequeño cuartito con un modesto jergón instalé mi cuerpo y mi alma. Desde allí vivía para y por el trabajo, inmerso en el ambiente estudiantil durante toda la jornada, pues apenas unos tabiques separaban mi precario hogar del bullicio de las aulas. Todo el día lo pasaba de la habitación al aula y del aula a la habitación, como si fuese un monje asistiendo a los oficios. Sin embargo, al caer la tarde, el edificio se despoblaba y, poco a poco, me iba quedando solo. Se marchaban los estudiantes, el profesorado un ratito más tarde, el personal de limpieza y la directora los últimos. Me dejaban solo con la compañía de un perro guardíán, tan fiero de aspecto como decrépito de ánimo y edad, que vagaba o dormitaba al refugio de la valla exterior.

Desde las ventanas que daban al sur, al final de un lóbrego pasillo, contemplaba el lento declive del sol sobre los páramos más allá del río. Con las últimas luces de ese incendio vespertino, me retiraba a mis aposentos oyendo únicamente el eco de mis pasos y el crujido del edificio asentándose en su terreno. Una vez en mi habitación, cerraba el pestillo y rezaba de manera laica para que el perro al menos ladrase si se acercaba algún intruso. Pasaron los días y las semanas. El sol cada vez atajaba más su camino y en más de una ocasión me tocó andar a tientas para llegar a mi dormitorio. Por el día me sentía como el feliz novicio de una profesión apasionante en la que cada día disfrutaba más; al llegar la noche, sin embargo, no era más que un ermitaño asustado. Una noche en la que me hallaba desvelado preparando unidades didácticas para una incierta oposición, creí oír los ladridos del perro. No eran exactamente ladridos, sino más bien gañidos sofocados. El dormitorio no tenía ventanas y tampoco la puerta permitía intuir nada de lo que ocurría fuera. No soy una persona valiente, salvo en lo que respecta a enfrentarme a hordas de jóvenes en edad de aprender. Por eso no entiendo qué impulso me llevó a abrir la puerta de la habitación para ver qué ocurría. La habitación daba a una especie de zaguán desde el que bajaban las escalinatas al pasillo de las aulas. Un piso por debajo, tras una balaustrada de madera, se hallaba el vestíbulo del colegio, delimitado por unos grandes ventanales. Entre los ventanales y la valla exterior se encontraba el perro guardián, el rabo entre las piernas y la cabeza alzada, gimiendo a algo o a alguien que yo no podía ver porque me lo ocultaba uno de los pilares que sostenían el pórtico. Hubiera sido sensato retirarme al dormitorio y tratar de llamar por el móvil a la policía del pueblo más cercano. No obstante, la curiosidad pudo más que el miedo, así que me aventuré a descender por un lateral de la escalinata, para tratar de llegar a la balaustrada. El perro seguía ladrándole lastimeramente a la oscuridad, mientras yo buscaba un buen ángulo para examinar al intruso, a ser posible sin que él hiciera lo propio conmigo. En ese momento, sin darme cuenta, pisé un trozo de tiza que crujió como si fuese un petardo en el silencio de la noche. El perro calló de repente y giró su cabezota hacia mí. Pensé que ya tenía pocas opciones de pasar desapercibido ante el intruso, así que me desplacé un par de metros hacia el pasillo de las aulas para calibrar abiertamente a mi enemigo. Tantos años después, aún me resulta difícil explicar lo que ocurrió. Sé que muchos me tomarán por loco y puede que dejen incluso de respetarme como colega o como amigo. Yo mismo estuve mucho tiempo pensando que lo había soñado todo, pero los acontecimientos más recientes me han demostrado que no, que fue todo real, demasiado real. Por eso he de contarlo, por dar respuesta a mi turbación y por dar ocasión a muchos para que tomen las precauciones que consideren oportunas antes de que todo se venga abajo. Pero no adelantemos lo que apenas ha comenzado. El perro me miró y en ese cruce de miradas descubrí que el animal tenía aun más miedo que yo. Ahora sí que pude ver junto a él una sombra. En realidad, no era una sombra, sino todo lo contrario, un resplandor que proyectaba la sombra del can como

en una de esas películas de Murnau que yo todavía no había visto. Era una nebulosa de contornos imprecisos que flotaba a un palmo del suelo y que mostraba algo parecido a un perfil que, en un tris, se giró hacia mí imitando al perro. Si hubiese quedado sangre en mi cuerpo, el pasillo se habría convertido en una pista de despegue, pero me quedé petrificado. Ni siquiera las piernas me temblaban. El espectro o lo que fuese aquello atravesó limpiamente la cristalera y se alzó como un globo de helio desde la planta baja hasta la balaustrada, apenas a metro y medio de donde me hallaba yo. Ahora pude apreciar mejor su aspecto que, enseguida, me resultó familiar: una perilla, unos anteojos, una desvaída Cruz de Santiago… No podía ser verdad, me hallaba ante el espectro de Quevedo. Pensé que había trabajado demasiado el Barroco en los últimos días y que estaba soñando; ya he dicho que esa fue la primera de una larga serie de excusas para eludir la verdad. Pero lo cierto es que el espectro de algo muy parecido a don Francisco de Quevedo y Villegas estaba ahí frente a mí, tan contrahecho como decían los libros, aunque un poco menos feo de como lo pintan sus retratistas, algo que agradecí sobre todo al pensar en los siglos que llevaba muerto. - ¡Ese endiablado can se ha emperrado en no dejarme pasar, nunca mejor dicho! El fantasma de un clásico que hablaba y un profesor de literatura en pijama. ¡Bonito cuadro para ser representado! Tal vez podríamos invocar a Velázquez para que lo hiciera. Ya todo me parecía posible. - ¿Cómo dice? -respondí, tratando de ganar tiempo para pensar. - Digo que ese ajado mastín no me deja seguir con mi camino. Tengo que llegar a Villanueva antes del alba y ya no estoy para mucho correr. La voz sonaba un poco aflautada, lo que me supuso cierta decepción. No he mencionado que Quevedo es uno de mis autores favoritos y que siempre había leído sus poemas imaginando una voz cascada, más cercana a Sabina que a Jiménez Losantos. Pero ahí estaba el autor de los Sueños, frente a mí, protagonizando una recreación de esos mismos textos que yo tan bien conocía. - ¿Qué le ocurre a vuesarced? ¿Nunca antes vio un aparecido? Le advierto que soy inofensivo -me espetó al verme tan sorprendido. - No, no me pasa nada, pero es verdad que usted es mi primer fantasma, señor… - Quevedo y Villegas, Francisco, señor de la Torre de Juan Abad, poeta y castellano viejo. Es posible que haya oído hablar de mí, pues tengo escritas algunas obras de cierto renombre. - Por supuesto que lo conozco. Soy profesor de literatura, estudio sus obras, me encantan sus poemas, me deleito con sus burlas, me fascina su ingenio… -y comencé a recitar de memoria alguno de sus poemas. -¡Ah! “Polvo serán, mas polvo enamorado…”, todavía recuerdo cuando compuse

aquellos versillos a una manceba que me servía el mejor vino de toda Castilla. Poemas sencillos para almas de cántaro. - No se menosprecie, don Francisco. Es usted un ilustre de las letras y modelo para escritores que nunca alcanzarán su maestría -le dije arrobado y seguí desgranando detalles de mi amor por los clásicos en general y por su recuerdo en particular. - ¡Vaya por Dios! He ido a dar con un bizarro admirador. No sabía que a estas alturas del siglo todavía hubiese tiempo y ganas de leer antiguallas como las nuestras. Mi amigo Luis se sentiría muy contento con ello. - ¿Luis? ¿Se refiere a Góngora? - Cierto. - Pero, ¿ustedes no eran enemigos? - Vamos, vamos, no irá a creer a todos esos sesudos biógrafos que cegados por su vana erudición nunca comprendieron el juego que había detrás de tanta disputa. Luis y yo quisimos escenificar nuestra pugna literaria para vender mejor nuestras obras. Que se hablase de nosotros y de las pullas que nos lanzábamos nos beneficiaba a ambos. ¡Cuánto nos hemos reído de las invenciones de esos intelectuales de tres al cuarto! Hasta nos comíamos buenos jamones a cuenta de ello -me dijo Quevedo, soltando una carcajada que sonó como un bufido. Y así estuvo contándome anécdotas un buen rato. Aunque quisiera, no las podría recordar todas, pero algunas de ellas me han acompañado en mis clases durante estos últimos años y han servido para regocijo de mis alumnos y para censura de mis colegas. Con tanta charla, perdí toda noción temporal y no sabría decir si pasaron veinte minutos o tres horas. Seguía siendo noche cerrada, pero al fondo del pasillo, en aquellas ventanas en las que despedía al sol todas las tardes, me parecía atisbar el asomo rosado de la aurora. También Quevedo se dio cuenta de que el tiempo se le acababa. - Amigo mío. Es placentera la plática, mas no puedo demorarme por más tiempo. Vengo de la Villa y Corte buscando mis huesos, que andan de aquí para allá por el albur de autoridades incompetentes que, para hinchar sus egos, quieren tener cerca mi calavera cuando se cuidaron poco de mi cuerpo en vida. Me siento muy agradecido por el buen rato que he pasado junto a vos y por ello os quiero advertir del más temido de los horrores que he podido conocer gracias a mis excursiones a las zahúrdas de Plutón, ahora más reales que soñadas. Debo advertiros que el fin de este reino de España se halla más cerca de lo que pensáis. Tres avisos os lo señalarán -y alzando la mano comenzó a numerarlos con los dedos. - El primero que os debe poner en guardia será la ignominiosa gesta de los ricos, que robarán a las pobres, como siempre lo hicieron, pero en esta ocasión convenciéndolos con trapacerías para que sean los propios pobres quienes los elijan alegremente como saqueadores. Alzó un nuevo dedo en el aire y continuó: - El segundo aviso, no menos insólito, será ver cómo los ancianos habrán de sostener y proveer a los jóvenes para que sobrevivan, un sinsentido contra natura que

costará lágrimas y mucho dolor. Por último, alzó el tercer dedo resplandeciente y me dijo mirándome de hito en hito: - Y el tercer aviso, el que marcará el fin de la patria será un acontecimiento que se conocerá en todo el orbe por su singularidad: el corregidor de nuestra Villa y Corte viajará allende la mar océana y allí comenzará a hablar en lenguas que no conoce. Cuando esto suceda, poned vuestra alma a buen recaudo, pues sonarán las trompetas de Jericó y no hallaréis cosa en qué poner los ojos que no sea recuerdo de la muerte. Se acercó con un leve renqueo a menos de un palmo de mí y con aire de confidencia me susurró al oído: - Un corregidor o una corregidora, qué más da, el maligno no atiende a distinciones de sexo. Cuídese, amigo, y arrímese a los buenos, que ya ve lo que me pasó a mí por ir de vivo. Echó sobre mi hombro su brazo, con el que sujetaba la capa resplandeciente, y se apoderó de mí un terrible sopor. Antes de caer desvanecido sobre los escalones, vi volar al espectro a lo largo del pasillo y perderse como una estrella fugaz en el horizonte del sur, por el que comenzaba a despuntar el sol. Ya digo que han pasado diez años de aquello. Estuve al menos tres días postrado en mi cama con una gripe intensa. Me asaltaban sueños extraños de apariciones literarias, por lo que nunca distinguí bien qué anécdotas me contó Quevedo y qué otras soñé por mi cuenta. Me apliqué en el esfuerzo de olvidar los tres avisos del fantasma, pero, cuando ya lo había conseguido, comenzaron a manifestarse evidencias de ellos. En estos tres últimos años se cumplieron los dos primeros avisos, o al menos eso pensé en cuanto vi los efectos de la crisis a mi alrededor. Estaba claro que los ricos robaban a los pobres y que los ancianos cuidaban de los jóvenes. Pero, el tercer aviso tenía tan poco sentido… Sin embargo, un día, mientras veía la defensa de la candidatura olímpica de Madrid en Buenos Aires, casi se me detiene el corazón. Ahí estaba la corregidora, allende los mares, hablando lenguas que no conocía. El tercer aviso. Ya no soy ni sombra de lo que era, pues sé muy bien que pronto sonarán las trompetas y veré caídos los muros de la patria mía. Solo espero que cuando todo se convierta en polvo, en sombra, en nada, al menos mis huesos reposen junto a Quevedo para seguir con aquella conversación interrumpida.

Crédito de la imagen: I sing the body electric

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