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Las quemaduras. Los hechos que voy a narrar son absolutamente reales. Los viví en primera persona y sucedieron en mayo de 2010. Aún me estremezco al recordar aquel episodio y un escalofrío me recorre la espalda mientras escribo estas líneas. Lo hago con la voluntad de que algún día mis hijos lean este relato, que creo podrá ayudarles a reconocerse a sí mismos. Pero lo mismo son todo imaginaciones mías... La próxima llegada de un miembro más a la familia, nos obligó a cambiar de vivienda. Buscamos un piso con una habitación más para el que sería nuestro segundo hijo, mejor dicho, hija, según las últimas ecografías. Ya teníamos uno, Lorenzo, de 7 años, que no extrañaría mucho la mudanza, pues ésta se producía dentro del mismo pueblo y no significaba un cambio de escuela, ni de los compañeros con los que habitualmente se relacionaba. Apenas hab íamos acabado de instalarnos en nuestro actual domicilio, cuando el pequeño Loren nos dijo que tenía dos nuevos amigos, uno de su edad, y otra un par de años más pequeña, hermana del primero. Mejor. Eso era un síntoma de la prodigiosa capacidad de adaptación que tienen los niños ante situaciones que los adultos tardamos en asimilar. Cada tarde, después de la escuela, mi hijo Lorenzo bajaba a jugar con sus nuevos amigos a un pequeño parque que quedaba justo al lado de nuestra nueva vivienda. La algarabía de los niños y sus gritos llegaban hasta la ventana de mi habitación. Ese fue todo el conocimiento que tuve de ellos, sus voces, pues nunca llegué a verlos. Tendría que haber tenido una sensibilidad especial, como la que tienen los niños, para poder hacerlo. Un mal día, el pequeño Lorenzo llegó llorando a casa debido a una quemadura que se había hecho enredando con una caja de cerillas. No tenía mucha importancia, pero no me gustaba que jugase con cosas que pod ían resultar peligrosas. Al parecer uno de sus recientes amigos las llevaba habitualmente

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en el bolsillo del pantalón, lo que no dejó de sorprenderme tratándose de un chaval de tan corta edad. La herida, en principio insignificante, iba tomando mal aspecto, y lo m ás curioso, lo que era una pequeña quemadura en los nudillos, en los días siguientes se iba extendiendo por el dorso de la mano. Decidí que había llegado el momento de hablar con los padres de las criaturas, as í que resolví que mi hijo me indicase dónde vivían sus amigos. Me tomó de la mano y, unos cien metros más adelante, en la misma calle, se paró ante la puerta de una casa que parecía deshabitada desde hacía años. -¡Aquí es !, me dijo. La puerta, metálica llevaba tiempo sin abrirse a juzgar por la tierra seca y dura que se acumulaba en el umbral de la misma. -¿Estás seguro que viven en esta casa? -Sí, papá, yo mismo los he acompañado alguna tarde. El timbre no funcionaba, así que toque con los nudillos en la puerta. Volvimos la espalda a la casa para marcharnos y nos fuimos alejando. No s é por qué razón volví la cabeza y pudimos ver cómo inexplicable y sorprendentemente, la puerta se abría de par en par. No había nadie, tan solo una voz infantil nos invitaba a subir por una escalera cochambrosa, llena de escombros y de basura. Evidentemente, la casa no podía estar habitada. No quería que mi hijo viese la miseria en la que parecían vivir sus amigos, o sea que le mandé volver a casa con una disculpa, mientras yo subía las escaleras. El aspecto de la vivienda era desolador. Las paredes ennegrecidas, como si hubiese habido un incendio. La voz me ordenaba seguir hasta el final del pasillo. Parecía muy lejana esta vez, y la inquietud y el miedo comenzaron a hacer acto de presencia en mi ánimo, que se arrugaba cada vez más. La habitación del fondo estaba abierta. Una cama revuelta y llena de mugre a ún permanecía en ese lugar siniestro junto a restos de mobiliario, aún reconocibles, que había sido pasto de las llamas. No había nadie allí, pero la voz que me llamaba había salido de aquel recinto. En el suelo se esparcían algunos objetos rotos. Entre ellos vislumbré lo que parecía un retrato enmarcado. Me agaché y lo recogí. En efecto, era un retrato de dos niños, de aproximadamente la edad
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de mi hijo. Aparté los restos del marco, limpié someramente el polvo de la fotografía y la guardé en el bolsillo de la camisa. Iba a abandonar aquella estancia cuando comencé a escuchar gritos y llantos infantiles. El pelo se me erizó en todo el cuerpo y el pavor que sentía me dejó inmóvil, como clavado al suelo. Los chillidos salían de aquella cama revuelta que tenía delante de mis ojos, pero eso no podía ser, allí no había nadie. Quería salir huyendo, pero no podía, alguien o algo me lo impedía. Era como una presencia invisible, que podía percibir en derredor mío y que me estremecía la piel con una especie de aliento gélido y húmedo. Notaba como mi cuerpo se paralizaba y mi voz se quedaba atascada en la garganta, con la que tan solo pod ía emitir una especie de gruñido ridículo. Los miembros agarrotados por el pánico, los ojos fijos en aquella cama que parecía moverse y acercarse para volver a su sitio al instante. Tanto era el miedo que sentía, que no fui capaz de soportarlo y me desvanecí. El sonido del teléfono móvil que llevaba en el bolsillo me sacó del sopor de la inconsciencia. Volví en mí y tras unos momentos de confusión, recordé lo que había pasado. Me incorporé y bajé atropelladamente las escaleras, con la sensación en la espalda de que alguien me perseguía. Al parecer, había permanecido durante varias horas en aquella casa, puesto que en la calle ya era de noche. Subí a casa y de manera atropellada conté a mi mujer lo que había ocurrido. Me metí en la cama y aquella noche fue la primera de muchas en las que no pude conciliar el sueño. El embarazo llegaba a término, la quemadura de mi hijo se había extendido por toda la mano sin que los médicos encontrasen una explicación lógica, mi sueño seguía siendo sobresaltado y confuso y los amigos de mi hijo Lorenzo no habían vuelto a aparecer por el parque. En octubre nació mi hija pequeña. Todo transcurrió con normalidad. De forma imprevista, como obedeciendo a un impulso, la inscribí en el registro con el nombre de Juana, no me preguntéis por qué, puesto que debería haberse llamado Aurora. Fue un acto irreflexivo que me sigue ocasionando discusiones conyugales.
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Una tarde, algunas semanas después de los sucesos que he relatado, paseando por la calle, me paré a hablar con un vecino y le pregunté por la casa en la que me sucedió aquel extraño caso y que desde entonces procuraba evitar. Me comentó que llevaba deshabitada al menos 20 años. Vivía allí un matrimonio que tenía dos hijos pequeños, “más o menos de la edad del chaval tuyo ahora”. Una noche, los padres salieron a cenar con unos amigos y dejaron a sus hijos acostados y dormidos. Al regresar a casa pudieron ver aún cómo salían llamas por una de las ventanas. Los bomberos se afanaban en extinguir el incendio. Aunque hicieron todo lo que pudieron, encontraron a los dos pequeños que yacían muertos en la cama. Nada pudieron hacer por su vida. Al parecer, habían estado jugando con una caja de cerillas y hab ían provocado un pequeño incendio, que alcanzó a las cortinas y se extendió por otras habitaciones de la casa. Habían tratado de apagarlo, lo que les provocó quemaduras en las manos, pero no lo consiguieron y tampoco ning ún vecino escuchó sus gritos. Los encontraron abrazados el uno al otro, asfixiados y tumbados en una cama. Rebusqué en las hemerotecas y pude reconstruir el luctuoso acontecimiento. Casi me da un síncope cuando leí en el periódico el nombre de los dos pequeños fallecidos en el incendio. Increíble. Se llamaban Lorenzo y Juana, como mis propios hijos. Han transcurrido tres años desde entonces, por lo que consideré que era tiempo ya de mostrarle a mi hijo la fotografía que recogí en aquel tenebroso lugar. Recordaba nítidamente a sus pequeños y fantasmales amigos, con los que había jugado tantas tardes. Es aún demasiado pequeño para comprender que aquellos niños con los que jugaba llevaban varios años muertos. -¿Qué fue de ellos?, me preguntó -Se fueron, pero volverán, le contesté mirando la cicatriz de su mano. La pequeña Juana crece cada día y es una niña alegre y preciosa, que llora inconsolable cuando ve una llama, tan solo un pequeño estigma, como una quemadura, afea su mano derecha.

@JLBracamonte
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