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A. Gualandi S.P.

María
Goretti
Con licencia eclesiástica, y nihil obstat de la Sagrada
Congregación de Ritos, para la edición italiana.

IMPRÍMASE
CASIMIRO, Obispo Aux. Vic. Gen.
Madrid, 15 de Octubre de 1952
NIHIL OBSTAT
P. DHSIDERIO COSTA, S. S. P.
Sup. Reg.
Madrid, 18 de Octubre de 1952

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ÍNDICE
SANGRE Y MARTIRIO................................................6

RAÍZ SANA............................................................13

LE FERRIERE..........................................................18

EL ANGEL DE LA FAMILIA........................................25

CÓMO LOS PÁJAROS DEL CIELO...............................29

............................................................................34

BLANCO LIRIO EUCARÍSTICO...................................35

LLAMA DE AMOR....................................................42

HACIA LA CUMBRE.................................................44

............................................................................47

EL LOBO................................................................48

FRENTE A FRENTE..................................................54

ROSAS Y AZUCENAS...............................................63

PALMAS TRIUNFALES.............................................73

FRUTOS DE SANGRE...............................................78

LA GLORIA EN POS DE ELLA....................................83

ENTREVISTA CON LA MADRE DE MARÍA...................89

ENTREVISTA CON EL AUTOR DEL CRIMEN................96

APOTEOSIS TRIUNFAL..........................................107

...........................................................................113

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APÉNDICE: JUAN PABLO II PONE A MARÍA GORETTI COMO
MODELO...................................................................114

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SANGRE Y MARTIRIO

Nos hallamos en Ferriere, pequeña aldea de la desolada y abrasada


campiña romana, no lejos de Nettuno, y a 5 de Julio de 1902.
En la era de una vieja casa de labranza propiedad del Conde Attilio
Mazzoleni, bajo el sol de un mediodía de verano» —son alrededor de las
tres de la tarde—, dos parejas de bueyes, uncidos a dos trilladoras, dan
vueltas y más vueltas sobre las habas esparcidas por la era.

Sobre la primera van tres hermanitos: dos niños y una niña, dichosos
de ir... en carroza.
La segunda la guía un joven de unos veinte años, Alejandro Serenelli,
que parece serio y preocupado.
Un pensamiento molesto le preocupa y un demonio negro, muy negro
le atormenta el alma. En una de las vueltas se dirige a una mujer que, a
un lado de la era, limpia y recoge las habas.
Asunta le dice, guía un poco mientras yo voy arriba un momento.
Y la mujer sube descuidada al carro, junto a su hijo Mariano... la trilla
continúa lenta y monótona bajo un cielo de fuego y un bochorno pesado y
agobiador, en que hasta los pájaros del cielo y las cigarras enmudecen.
Sólo de vez en cuando le llega a la mujer, desde el segundo carro donde
van sus hijos, alguna carcajada alegre o algún chiste inocente...
Pero en el interior de la casa sucede un drama pasional y tremendo.
Alejandro, poseído del diablo inmundo, ha subido la escalera exterior
y ha entrado en casa.
Alejandro le manda a una niña de doce años que, en el descansillo
de la escalera, al lado de la cuna donde duerme su hermana Teresita,
está remendando una camisa:
—¡María, entra adentro!

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María no se mueve... ya sospecha algo... por dos veces ha sido ya
tentada, y ahora su corazón inocente presagia algo, y tiembla...
La orden vuelve a repetirse con voz más áspera:
—¡María, ven adentro!
Pero María permanece sentada, insensible como una estatua.
—¿Para qué? ¿Qué quieres?
—Tú ven aquí.
—No. Dime primero lo que quieres; si no, no voy.
Pero la pasión ciega al muchacho, que sale como un rayo al
descansillo, y, cogiendo a María por un brazo, la arrastra brutalmente
adentro, cerrando la puerta de un puntapié..., antes de que la pobrecita
pueda lanzar un grito o agarrarse a la barandilla de la escalera en una
postrer y desesperada tentativa de salvación.

Entre ellos comenzó una lucha desigual.

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—¡No! ¡No! ¡Dios no quiere eso! ¡Si lo haces, vas al infierno!... ¿Qué
quieres hacer, Alejandro? ¡No me toques! ¡Que es pecado!... ¡Que te vas
al infierno!... ¡Sí, que te vas al infierno!... ¡Dios no quiere eso!... ¡Es
pecado!...
Una mano trémula de rabia y de pasión le tapó la boca y la amordazó
con un pañuelo.
Sobre un mueble hay un largo hierro afilado.
—Te mato si...

La niña se suelta, lucha con la gallardía de una leona y la fuerza de


quien defiende su castidad y su fe.
—¡No! ¡No! ¡Dios no quiere eso! ¡Si lo haces, irás al infierno! ¡Es
pecado!
El hierro terrible se levanta sobre su cabeza, pero no hay concesión
posible:
—¡Es pecado! ¡No! ¡No!

La pasión se convierte en un odio feroz, y el punzón homicida, con la


violencia salvaje de una máquina, se hunde por ocho veces en aquella
carne inmaculada, para domar aquella voluntad enérgica y aquel corazón
indomable, que sigue repitiendo, entre los dolores de las heridas, sin

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vacilación ni duda:
—¡No! ¡No! ¡Es pecado! ¡Dios no quiere eso!
Por las heridas abiertas salen las entrañas ensangrentadas...; la niña
cae...; todo da vueltas en torno a ella.., ya no ve ni siente... las fuerzas,
agotadas en la lucha feroz, la han abandonado.
Dios, compasivo, la ha sustraído por unos instantes a la terrible
realidad.
El feroz asesino, creyéndola muerta, se ha retirado a su cuarto.
Pero la niña heroica no ha muerto, y volviendo en sí, se arrastra
penosamente sobre un lago de sangre hasta la puerta, la abre y, con un
hilo de voz, grita:
—Juan, venga; Alejandro me ha matado...

Al oír aquella voz, que creía apagada para siempre, el asesino sale
de nuevo de su cuarto y, en un paroxismo de odio y de furor satánico, se
ensaña de nuevo en su víctima.
Otros seis terribles golpes traspasan su costado... hiriendo
mortalmente los órganos vitales.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Me muero! ¡Mamá! ¡Mamá!
Pero su madre no la oye. Sin sospechar lo que su hija está sufriendo,
sigue, tranquila y descuidada dando vueltas en la era sobre la trilladora...
que no dista, sin embargo, más de cuarenta metros de su casa. El
rechinar de los carros, el crujir de las habas secas, el alboroto de los otros
hijos y la debilidad de los gritos le impiden acudir a la invocación suprema
de su sangre.
La voz de la víctima ha sido oída esta vez por el padre del asesino —
Juan—, que, presa de un ataque de fiebre palúdica yace sobre un fardo
de paja a la sombra de su casa.
Y Teresa, la inocente criatura, despertada de su sueño infantil por el

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ruido y las voces, tal vez por aquella inconsciente percepción del peligro
que tienen los niños, se puso a llorar desesperadamente.
Asunta, al oírla, mandó a su hijo Mariano a atenderla después de
haber llamado inútilmente por dos veces a María. Mariano salió corriendo,
viniendo a reunirse con el padre del asesino en la escalera por donde
aquél subía apresuradamente.

En aquel momento los bueyes hasta entonces tranquilos, se


desviaron de una manera extraña. Asunta, llena de apuro, trató de
dominarlos mientras gritaba:
—¡Virgen Santa! ¡San Antonio bendito! ¿Qué es lo que pasa?
Entre tanto, Juan y Mariano habían llegado a la casa, y a la vista de
aquel desgarrador espectáculo, el pobre Mariano aterrado cogió a la
pequeña Teresa y salió corriendo al encuentro de su madre. Pero ya la
voz de Juan, el padre del criminal, había llegado a los oídos de Asunta. El
desgraciado, aterrado igualmente, gritaba de la cima de la escalera:
—Asunta, ven aquí.
Y volviéndose después a Cimarelli, otro hombre que trillaba también
en la era, añadió:
—Mario, ven tú también.

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Asunta desencajada y temblorosa, presa de tristes presentimientos,
detuvo los bueyes y voló a su casa, seguida de otra mujer, Teresa
CimareIli, esposa de Mario que iba delante de ellas.
La pobre madre, a la vista de aquella escena de horror, cayó
desmayada.
Cuando recobró el sentido, sus clamores eran tan desgarradores que
hubieran conmovido a las mismas piedras.
Dios —tierna y piadosamente invocado por aquella madre— dio aún
a la víctima un momento de fuerza y de lucidez.
María abrió sus ojos puros e inocentes y, a través de sus lágrimas,
miró cariñosamente a su madre. De momento no habló, pero aquella
mirada, que dirigió a su madre querida, era más elocuente que el mejor
discurso.
—Marujina mía, ¿qué te ha pasado? ¿Quién ha sido?
—Ha sido Alejandro.
—Pero ¿por qué?
—Porque quería que hiciese un pecado feo, y yo no he querido.
Las fuerzas la abandonaron de nuevo. Tal vez en su corazón sentía,
como después de un divino convite, el vértigo de la embriaguez.

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RAÍZ SANA

La familia Goretti era oriunda de


Corinaldo (Ancona).
El padre, Luis, después de
hacer el servicio militar se había
casado con su paisana Asunta
Carlini, joven de diecinueve años, y
la había llevado a su casa, a la
heredad familiar, pequeñita como un
pañuelo, donde pasaron años muy
felices. Todos los biógrafos de
nuestra mártir se muestran
unánimes en dar a Asunta Carlini el
apelativo de «mujer fuerte».*
No conoció en su infancia la dulzura del beso maternal, y para hacer
frente a la vida hubo de ponerse a servir. Quien conozca la vida de estas
pobres muchachas de servicio —particularmente en el campo—
comprenderá cuál pudo ser la juventud de Asunta.
Los trabajos más duros; la primera en levantarse y la última en
acostarse; verse obligada a aceptarlo todo en el vestir y en el comer;
expuesta a todos los rigores del tiempo y a la inclemencia de las
estaciones, sujeta a todos los mandatos y aun a los caprichos de los
amos... ésta fue su condición hasta los diecinueve años.
Pero esta vida dura forjó en ella aquel espíritu de sacrificio y de
coraje, del que su Maruja había de dar luminosos ejemplos.
Aprendió el catecismo de viva voz —ya que era analfabeta— , y
siendo ya madre, recitaba largos trozos a sus hijos con absoluta
seguridad, para que ellos también lo aprendiesen.
No había, es cierto, en sus venas sangre más o menos azul, pero
poseía la verdadera y rara nobleza de los auténticos hijos de Dios;
nobleza que es fruto de una lucha continua, tenaz, generosa, y que la
hizo realizar en sí misma aquella dignidad suprema que Dios imprime con
su gracia en el alma de todo cristiano. Era noble en el sentido más
verdadero y genuino de la palabra, con le nobleza preciosa e insustituible
del espíritu.
La vida dura en casas ajenas le procuró ése cúmulo de
conocimientos prácticos, indispensables en una buena ama de casa:

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barrer y fregar, hacer la colada, remendar la ropa, atender la cocina,
preparando las comidas con gusto y variedad. Si era necesario también
sustituía a los hombres en el duro trabajo del campo, manejando con
seguridad y desenvoltura la azada, el hacha o la hoz. La naturaleza le dio
una índole vivaz, aunque tímida, exuberante, sentimental, rica en dones y
al mismo tiempo en debilidades y defectos, como todos los caracteres.
Su sensibilidad la hacía intuitiva y pronta en penetrar los
pensamientos, los deseos y los sufrimientos de los demás; de esta suerte
adquirió aquella capacidad de abnegación que ha de ser después
característica durante toda su vida: darse siempre en el amor, en el
sufrimiento, en el sacrificio.
Los gravísimos peligros morales a que se vio expuesta en casas
extrañas la obligaron a la más rígida custodia de sí misma, preparándola
a la lucha y defensa de su más precioso tesoro: «la pureza».
Se respetó y se hizo respetar con aquella altivez y valor que —como
afirma el Papa— son un don del espíritu que no se deja reducir a la
servidumbre, antes refuerza el valor moral de la mujer, que se entrega
pura e intacta solamente a su esposo, para la fundación de un hogar, o a
Dios. Maravilla en esta mujer la desenvuelta seguridad con que supo
defender por tantos años su virtud; pero el secreto está en su
inquebrantable fidelidad a la ley de Dios y a las prácticas de piedad
cristiana, y en su filial devoción a la Madre de Dios bajo el título de
«Dolorosa»; a Ella había consagrado el lirio de su pureza, segura de que
había de saber custodiarlo y defenderlo contra toda tentación y peligro.
Su experiencia y sus exhortaciones serían las que habían preparar a su
«Maruja» hasta el martirio. Sus principios de vida cristiana eran simples y
claros, como su misma vida: fidelidad a la ley de Dios, completa y sin
debilidades; fidelidad a la Misa festiva, al Rosario, a los preceptos de la
Iglesia. De la oración, de la Confesión y Comunión frecuente, de su
fervorosa y constante devoción a Jesús Sacramentado, supo sacar
aquella energía física y moral que a diario necesitaba y había de
necesitar en los tiempos heroicos de su viudez.
Jamás la venció el cansancio ni la abatió el trabajo. Así adquirió una
profunda y divina fortaleza, al paso que la condición de su soledad en el
mundo le daba una exquisita sensibilidad.
Es cierto que sus días transcurridos al servicio de distintos amos no
siempre fueron tranquilos, expuesta como estuvo a tantos peligros y
necesidades, pero supo siempre vencer y llegó al matrimonio ricamente
dotada de aquella salud física y moral que constituyen aún el patrimonio
más precioso de nuestras jóvenes campesinas.
El matrimonio fue para ella, como para todos los buenos cristianos,

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una comunión de espíritus, una verdadera fusión de almas, además de
ser una comunión de los bienes físicos y materiales. No podía ni concebir
siquiera que fuese un negocio económico o una aventura sentimental.
En la vida conyugal fue la compañera fiel que participó con el esposo
de las preocupaciones y sacrificios de la vida.
Ni una sombra ofuscó jamás las relaciones entre los dos esposos.
Luis creció en la sólida piedad ingenua de su familia; rudo de formas,
pero trabajador incansable, ahorrador y honrado, llevaba la ley de Dios
grabada, más que en la memoria, en el corazón.
Era un buen cristiano, en el mejor sentido de la palabra: oración
diaria por la mañana y por la tarde, la señal de la cruz antes y después de
la comida, el Rosario a la tarde en familia, la Santa Misa todos los
domingos y días festivos, y la observancia amorosa de todas las leyes de
Dios y de la Iglesia. Los mandamientos eran su código de conducta, pues
sabía que ellos son la cadena de oro que baja del cielo a la tierra para
llevar las almas de los hombres de la tierra al cielo, la cadena que separa
a los hijos de Dios de los del demonio, el seto espinoso que aparta a los
libres de los esclavos, la fosa, el surco profundo que separa el buen
granó de la cizaña. Su observancia o inobservancia es señal de estar con
Cristo, o contra Cristo, con Dios o contra Dios; o se observan y se aman,
o no se observan y se odian y se combaten.
Luis Goretti los observaba, y toda su familia con él; y tras la aparente
amargura del deber o de la prohibición encontraban la miel de la gracia
de Dios en la vida y la de la esperanza inmortal en la otra.
Trabajador incansable e inteligente, se proporcionaba con sus brazos
vigorosos su sostén y el de su familia, el de su esposa y el de los hijos
que Dios le dio, y que ellos aceptaron siempre con la gratitud, el cariño y
la alegría con que se aceptan los dones del cielo. Como en un campo
bendecido de mies crecían todos los años estos tiernos retoños del olivo
de la paz.

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La fuente principal de los ingresos de los Goretti era la agricultura, y
cuando la variación de los tiempos preludiaba un año de escasez, el
hogar de Luis Goretti se llenaba necesariamente de preocupaciones.
El buen hombre sentía angustiarse su corazón cada vez que dirigía
su mirada a los Apeninos y veía caer de ellos la niebla, aquella niebla de
las Marcas que quema el trigo, marchita los pámpanos de la vid y arruina
las cosechas. De todos modos, tampoco los años normales eran
suficientes para darles el necesario sustento: su heredad era
excesivamente pequeña.
El trabajar alguna vez a jornal para los vecinos no bastaba a
proporcionarle el pan que continuamente pedían las boquitas, siempre
abiertas, de aquellos pajaritos de Dios.
Había que emigrar. Cruel
necesidad; pero Luis hubo de
buscar, y al fin pudo arrendar
una finca en Gianturco de
Paliano (Frosinone).
Tierras malsanas, ham-
brientas, de donde la insalubri-
dad del clima y la impunidad
casi absoluta que amparaba to-
dos los crímenes, ahuyentaban
a todos los que tenían algún
apego a la vida. Pero Luis no
dudó, y sacrificándose por el pan de sus hijos, se vino a Paliano.
Día y noche, al sol, al viento, a la lluvia o al hielo, el pobre Luis, como
todos los pobres, había de trabajar para sí y para su familia con el único
consuelo de que al fin de la vida le esperaba el premio eterno del Buen
Padre Celestial.

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Tres años más tarde, la escasez de las cosechas, las crecidas
necesidades de la familia, y otras dolorosas circunstancias le hicieron
emigrar de nuevo — triste calvario de los pobres —al centro del Agro
Pontino1, a Ferriere di Conca (a 11 km. De Nettuno), donde había de
concluir la jornada de su laboriosa existencia y de donde había de partir
para el Paraíso de Dios a recibir el premio de aquellos que observaron
sus santas leyes.

1
Las Lagunas Pontinas (Agro Pontino en italiano) es una antigua
zona de marisma en la región del Lazio en Italia central, al sureste de
Roma, dentro de la provincia de Latina
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LE FERRIERE

A la derecha de la imperial
Vía Apia, hoy carretera del
Estado, número 7, a once
kilómetros y medio de Cisterna de
Roma y a cinco y medio de la
pequeña ciudad de Nettuno, en la
llanura suavemente ondulada del
escuálido agro romano se levanta
la pequeña aldea de Le Ferriere.
Es un pueblo pequeñito,
compuesto de unas pocas casas
de colonos, que ha obtenido un
gran desarrollo después de las
obras de mejoramiento realizadas en aquella región desde hace veinte
años.
La obra gigantesca de saneamiento del Agro Pontino ha sembrado de
caseríos aquella zona de desolación y de muerte, donde en tiempos de
nuestra heroína vivían con grandes estrecheces unos pocos centenares
de seres semisalvajes. Hoy sin embargo viven allí decenas de millares de
laboriosos agricultores.
No podemos figurarnos Le Ferriere de entonces viendo los campos
llenos de mieses de toda clase y la abundante población de ahora.
Entonces era todo un cenagal lleno de junqueras y mimbres, un foco
pestilente de malaria.

Los pocos habitantes que vivían allí de forma estable o transitoria,


como los pastores o ganaderos del Abruzo, o los campesinos de los
vecinos montes Lepinos, eran gente típica del agro desolado: flacos,

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pálidos y nerviosos, agitados en el verano por las fiebres tercianas o
cuartanas, que se cebaban en ellos a intervalos casi regulares.
Vivían del trabajo del campo en algunas zonas especialmente fértiles
—eran famosos por su deliciosa uva de mesa—, que les daba lo
suficiente para poder vivir sin demasiadas preocupaciones, prontos a
aprovechar la menor ocasión que se les brindara para hacer alarde de su
estrepitosa alegría en las fiestas de su aldea, y. especialmente en las de
la vecina Nettuno, a las que ninguno faltaba.
Al viajero que bajaba de la llanura ardiente de Conca a la playa
encantadora de Ancio Nettuno, festonada de jardines, huertos y campos
cruzados por todas partes de arroyos, sombreados de denso follaje,
saturados del perfume oloroso de pinos y laureles y del acariciador viento
marino, le parecía salir del ardor del fuego infernal para entrar en la
frescura de los jardines del Paraíso terrenal.
Aquí estaba la «ciudad». Pero en Conca y en Feriere se estaba en
«casa», y allí, como en todas las casas, las alegrías y los dolores eran
comunes: aquella pobre gente, venida de todos los rincones de Italia, se
amaba y se sentía unida por los vínculos de una verdadera familia.
Había una cosa que entristecía profundamente a aquellas buenas
gentes: la falta de una iglesia, de un sacerdote y de la posibilidad de una
educación cristiana para sus hijos. La Santa Misa se celebraba de vez en
cuando en Ferriere, pero las más de las fiestas habían de ir a Conca o a
Cisterna, o más frecuentemente a Nettuno, si querían honrar a Dios.
«Pero Dios está en todas partes», murmuraban las aguas que
bajaban jubilosas de los montes Lepinos. «Dios está en todas partes»,
susurraban las flores y ronroneaban las abejas; y resonaba pavoroso el
trueno, y la noche temblaba de gozo en sus estrellas, porque también
sabían que Dios está en todas partes con su providencia paternal e
infinita.
Los Goretti sentían
esta presencia invisible
de Dios y la hacían sentir
a toda su querida familia.
Porque los esposos
Goretti no eran cristianos
sólo por su partida de
bautismo. Sentían y vi-
vían la vieja fe de sus
mayores, y en su familia
le daban aquella pree-
minencia que le es

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debida.
En la familia Goretti se sabía por experiencia que cuando se trata de
buscar ante todo el reino de Dios y su justicia, se tiene la garantía
absoluta de la promesa —indefectible, por ser divina—, de que todo lo
demás se dará por añadidura.
Necesitaban siempre la bendición de Dios... las bocas aumentaban,
los brazos, aunque muy trabajadores, eran siempre sólo dos... y era
preciso cerrar las boquitas siempre abiertas de aquellos pajaritos de Dios.
Aun aquí, en la soledad de Ferriere, velaron diligentes sobre todos
sus hijos. Una vigilancia hecha de ansia amorosa y preocupación
constante sobre el brote de los primeros sentimientos y afectos de los
más pequeños, para que Dios obtuviese las primicias y para que
después, mayorcitos, se encaminasen por la única senda por donde se
puede crecer sano y puro.
Cuenta la madre que cuando un pequeño comenzaba a articular las
primeras palabras —papá, mamá—, los dos esposos se esforzaban
impacientes por hacerle pronunciar el dulce nombre de Jesús, al tiempo
que le enseñaban a hacer la señal del cristiano y a saludar, mandándoles
un beso con su manita, las imágenes del Salvador y de su Santa Madre.
De esta manera, a los pocos años todos sabían rezar, y en los días
de fiesta, todos iban con gran fervor infantil de la mano de su padre y de
su madre, a la iglesia.
***
Mas la cruz no puede faltar aquí abajo. Pesa sobre cada alma como
sobre cada casa...; por esto nuestros abuelos solían esculpirla sobre
todas las puertas y la tenían siempre, aunque pareciese algo pobre y
tosca tal vez, a la cabecera de sus lechos,
Luis, robusto y vigoroso, sufría el clima tórrido y malsano del
pestilente Agro Pontino, sobre todo en las ardientes jornadas del verano.
En nada se parece este clima a la frescura de las colinas que coronan las
fértiles Marcas y que descienden suavemente hasta las playas risueñas y
concurridas del claro y azul mar Adriático.
En la primavera del año 1900 cayó enfermo Luis Goretti de fiebre
malárica. Ésta se complicó bien pronto con tifus y meningitis.
No había nada que hacer...
¿Había presentido su muerte?
Tal vez. Lo cierto es que, estando descargando unas cajas fúnebres
que había adquirido su amo para estar prevenido por cualquier accidente
que pudiera ocurrir, había dicho: «la primera será para mí».

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Se tomó el dicho a broma y loe supersticiosos hicieron sus
prevenciones, pero, en efecto, esto era lo que la Divina Providencia había
dispuesto para él.

Fue la enfermedad del padre la que hizo que se revelara el carácter y


energía de Marietta. Enseguida se dio cuenta que en tales circunstancias,
ella debía suplir a su madre, que permanecía en todo momento al lado
del lecho donde yacía su esposo. A pesar de ser todavía una niña se
prodigó incansablemente con la desenvoltura de una perfecta ama de
casa. Se diría que la inesperada desgracia había puesto de manifiesto
todo lo que escondía su carácter.
Velaba alternando con su madre a la cabecera del padre, cuidaba de
sus hermanitos, de la limpieza de casa, de la comida, de los gastos, de
las medicinas. María estaba en todas partes: siempre al lado del lecho
paterno, cuando no estaba allí su madre, pronta a observar cualquier
cambio en la enfermedad o a satisfacer el menor deseo del padre, y
cuando estaba allí su madre, corría a la cocina, y acudía a las faenas
domésticas, a arreglar y limpiar las habitaciones, a cuidar de los
hermanos, para que su querido padre enfermo y su madre no tuvieran
más preocupaciones.

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Se sucedían largas noches de insomnio, días enteros casi en ayunas,
sufrimientos continuos... y, sin embargo, María apenas sentía el peso del
cansancio y en los ratos libres siempre estaba allí, al lado del padre
enfermo, que se iba extinguiendo lentamente.
Cuando el enfermo vio que se acercaba la hora de acudir a la
llamada de Dios, no se desalentó. Confortado con los auxilios de la
Religión, su paso de este mundo al premio eterno no tenía por qué
producirle temor o angustia. Tan sólo le preocupaba el cuidado de su
esposa e hijos, que quedaban desamparados. Viéndose desfallecer,
llamó a Asunta y le aconsejó que se volviese a Corinaldo, su tierra natal
(y se lo volvió a repetir en el delirio de la agonía); le dijo que la dejaba
más madre que nunca, y no sólo madre sino padre también de aquellos
hijos tan pequeños todavía, y le cogió suplicante las manos hasta que
Asunta prometió suplir su ausencia en cualquier circunstancia.

Se volvió después a su María y a los pequeños que le rodeaban


pidiéndoles que obedeciesen a su madre como a él mismo. Fue su último
adiós a los pensamientos de este mundo. Después no pensó más que en
la eternidad, que al poco tiempo acogía su alma en el seno de Dios.
María, al extinguirse la respiración angustiosa de su padre, tuvo un
momento de debilidad y se sintió desfallecer, pero se dominó y,
volviéndose a la imagen de la Virgen, colocada a la cabecera del lecho,
que había recogido la última mirada del moribundo, desahogó en ella toda
su pena. La Virgen la miró desde aquella imagen, y en aquella mirada le
pareció a María ver toda la ternura de los ojos paternos, ahora fijos y
vitrios en la inmovilidad de la muerte.
—¡Ya no tengo padre!— le dijo a la Virgen con un doloroso gemido
de su corazón. Y la Virgen parecía responderle:
—¿No estoy yo aquí a tu lado?

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Sin embargo la muerte del padre produjo una dolorosa impresión en
el corazón de María. Acató sin rebelarse las disposiciones de la Divina
Providencia, pero no pudo evitar que de sus ojos corriera un río de
amargas lágrimas, tributo filial de amor a aquel padre que la había criado
junto con sus hermanitos con el penoso sudor de su frente.
Pero desde aquel día... desde aquel día doloroso en que, rezando al
lado de su madre junto a los despojos mortales del padre querido, pudo
meditar de cerca por primera vez sobre el misterio de la muerte, el
corazón de María recibió una herida que casi le hizo desfallecer y que la
envolvió desde entonces en continua tristeza.
A la noche se encontraron madre e hija, las dos solas, velando
aquellos tristes despojos sobre los que proyectaban los cuatro cirios
mortuorios sus pálidos resplandores, temblorosos al menor soplo del
viento, que acentuaban la impresionante quietud eterna, «verdadero
rostro de la muerte». Miraba María con tristeza a su buena madre, que en
medio de sus lágrimas se mantenía serena y tranquila, absorbida en sus
oraciones... resistió por largo tiempo, pero su pobre corazón por tanto
tiempo contenido, fue vencido por la emoción y estalló en un llanto
deshecho y doloroso.
Aquel llanto inesperado
sacó a Asunta de su ensi-
mismamiento, y viendo a su
hija palidecer y tornarse
blanca como la pared, acu-
dió a socorrerla, temiendo en
ella una segunda pérdida.
A partir de entonces
María se mostró más
valiente y esforzada, pero
las lágrimas brotaron en

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abundancia de aquel corazón herido en el afecto único, el más santo y el
más fuerte que la ligaba a este mundo... templado tan sólo por el afecto
que profesaba a su madre y a sus hermanitos.
El sentimiento del vacío que se notaba en casa después de la muerte
de aquel padre que lo había llenado todo con su carácter, especialmente
en los días penosos de la enfermedad, fue un nuevo golpe para su
corazón, que se renovaba cada vez que descubría una lágrima furtiva en
los ojos de su madre cuando a la hora de comer, sobre todo, suspendía
por un momento su comida para dirigir una triste mirada al puesto vacío
de su amado esposo.
Aquella muerte acabó por enseñar a María lo que la vida puede dar
de sí, y lo que es en realidad: tiempo de prueba, oportunidad de
demostrar a Dios la fidelidad del alma, que concluye con el holocausto de
la muerte; inmolación continua de todo el ser y de todas las esperanzas
terrenas sobre el altar donde el mismo Dios se inmola... y después la
partida a la patria, a recibir el premio que espera a los buenos... A aquella
patria donde Jesús renueva y perpetúa la juventud inquebrantable, donde
a una pequeña familia terrena sustituye una familia tan inmensa como es
el reino de los bienaventurados y de las almas del purgatorio, donde el
brazo humano se trueca en los desposorios divinos que elevan el alma
del justo a la unión con Cristo, que la desposa consigo con vínculos de un
amor vencedor del tiempo y de la eternidad.
Estos pensamientos serenaron algún tanto a María. Pero una llaga
dolorosa se renovaba en su corazón cada vez que miraba a hurtadillas a
su madre, viuda y sola, y creía descubrir en su rostro los secretos
tormentos y preocupaciones de su corazón amoroso.
Tal vez su madre la sorprendía en aquella mirada de triste admiración
y se estremecía de ternura.
¡Cuántas veces hubo de esconderse para dar un desahogo a las
lágrimas amargas que brotaban a raudales de lo más profundo de su
corazón!

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EL ANGEL DE LA FAMILIA

Luis Goretti tuvo siete hijos: Luis, el primogénito, que voló al cielo a
los ocho meses; Ángel, nacido el 27 de Agosto de 1888; María Teresa,
nuestra mártir, nacida el 16 de octubre de 1890; Mariano, nacido el 27 de
enero de 1893; Alejandro, nacido el 30 de julio de 1895; Ersilia, nacida el
23 de febrero de 1898; Teresa, nacida el 2 de febrero de 1900. Los cinco
primeros vieron la primera luz en Corinaldo; Ersilia, en Colle Gianturco
(Paliano), y la última, Teresa, en Le Ferriere di Conca, cerca de Nettuno,
donde se encontraban cuando él murió.
La pobre viuda Asunta hubo de tomar el lugar del marido difunto en el
sostén y educación de los hijos, ayudada de la buena y pequeña Maruja.
Ya María había comprendido lo necesario que es proporcionar a los
niños, desde sus más tiernos años, una cariñosa vigilancia. Por esto fue
desde aquel día toda ojos para vigilar a sus hermanitos, a fin de que
fueran creciendo como su querido padre hubiera deseado.
No pudo encontrar su madre una ayuda mayor para la casa, y un
ángel mejor para la educación cristiana de sus pequeños. La limpieza, los
juegos, las oraciones, todo se desarrollaba bajo la mirada vigilante y entre
las manos solícitas de María; como antes bajo el cuidado del padre.
Por lo demás, María hacía revivir en sí misma el afecto cariñoso del
padre, y si era preciso, sabía adoptar un tono de autoridad al que sus
hermanos no se atrevían a replicar.

Los vecinos le decían a Asunta: «¡Qué ángel de hija tiene usted! A


todo lo que se le dice responde con una modestia encantadora, y siempre
va por su camino, sin detenerse con nadie».

25
Su misma madre atestigua:
«Yo misma la observaba desde el descansillo de la escalera de casa
cuando iba por la calle, y muchas veces he gozado contemplando la
solicitud de su paso al ir a hacerme algún recado».
Y continúa ella misma:
«Corregía a sus hermanos, y cuando el mayor me daba algún
disgusto, lo reprendía diciéndole: «No hagas sufrir a mamá, ahora que
nos falta el papá».
Esta frase se la repitió a Mariano el día que hizo su primera
Comunión, añadiendo: «¿Qué harías si no viviese mamá? Piensa a Quién
vas a recibir. Has de ser más bueno desde ahora».
De esta manera la madre y los hijos se consolaban de la inesperada
desgracia, con el cariño y la diligencia de María, que se esforzaba por
llenar en la medida en que le era posible, el gran vacío dejado por su
padre.
No le quedaba tiempo a María para lamentarse; el deber era
apremiante y la última voluntad, de su padre moribundo era para ella, aun
en sus tiernos años, un dulce mandato. Dios, al llamar a su seno al padre,
había mostrado su voluntad y para las almas piadosas la voluntad de
Dios vale más que nada, y María cuidaba serenamente de cumplir la
voluntad de Dios en sus quehaceres habituales.
En su corazón se había construido un santuario en el que no entraba
nada que pudiera distraerla del cumplimiento de sus deberes hacia Dios y
su familia. Afirman sus biógrafos que ninguno de cuantos la conocieron, ni
su madre ni algunas personas contemporáneas suyas, que aun viven,
recuerdan haberla visto reñir, o encolerizarse con sus hermanos.
Atestigua su madre:
«Jamás noté en ella defecto alguno. Si algunas veces la reñía, era
debido al exceso de mis preocupaciones, que me ponían nerviosa y me
hacían descargar sobre ella mi disgusto, cosa de que hoy todavía me
arrepiento, pues fue siempre sin culpa de su parte. María recibió siempre
las inmerecidas reprimendas con tranquilidad y calma sin responder
jamás, y seguía en sus faenas sin manifestar queja o rencor por mis
palabras».
«Siempre exacta, aun cuando sus hermanos la exhortaban con
palabrotas, apodos, y hasta con desprecios, a obedecer las órdenes de la
madre o a hacer caso de sus «sermones» (largas amonestaciones).
La niña iba creciendo, de esta manera, dócil, obediente, devota y
compasiva hacia los desgraciados y los pobres, a los que con frecuencia
daba parte y aun a veces toda su comida.

26
Sigue diciendo su madre:
«Tenía un corazón generoso para mí y para sus hermanos; en la
comida servía primero a los demás y después a ella misma, y jamás
tocaba nada antes de habernos dado la parte correspondiente a cada uno
de nosotros. Si le parecía que yo me había servido poco, insistía
dulcemente para que me sirviese más, diciendo: Sírvase más, mamá; yo
soy más pequeña y no necesito tanto».
El mismo asesino atestiguó en el proceso:
«La conocí siempre buena, obediente a sus padres, devota, seria, no
ligera y voluble como otras muchachas. Por la calle iba siempre seria,
modesta y diligente para hacer los recados que se le encomendaban. Era
graciosa y pronta en obedecer. Se contentaba con cualquier vestido que
le hiciese su madre o le regalase alguna señora. Se sometía plenamente
a la dirección de su madre. Siguiendo el ejemplo de sus padres, era
devota, observante de las leyes de Dios; puedo decir que jamás la vi
faltar a ninguna de ellas. No sé que dijera jamás una mentira. Huía de las
compañías peligrosas, según sugerencias de su madre».
En las largas noches de invierno, al calor de la cocina, como es
costumbre entre los campesinos, la madre contaba a su hija, mientras
hilaban, viejas historias llenas de sentimiento, como la de Genoveva de
Brabante, o le cantaba canciones populares, como la del «Fratricida de
Tesalia», muy en boga por aquellos tiempos por la campiña de las
Marcas; la niña, toda conmovida y llorosa, escuchaba atentamente, y si la
madre por no verla llorar, interrumpía su narración, ella le decía: «Siga,
mamá, siga... — insistía — es muy bonito».
No rehuía los juegos infantiles con sus vecinos, y en especial con sus
hermanos; pero siempre mantenía en ellos tal modestia que la hacía
parecer una mujercita. En las fáciles disputas infantiles era siempre la
pacificadora: María aplacaba las discordias, resolvía las disputas, era
siempre el ángel de la paz.

27
Entretenía a sus hermanos más pequeños para aliviar a su madre;
les repetía las lecciones del catecismo; era un placer encontrarla siempre
graciosamente entregada al arreglo de la casa, descargando a su madre
de todas las faenas que su edad y sus fuerzas le permitían hacer.
Defendía a sus hermanos con su cariño y su protección cuando,
culpables de alguna travesura, eran castigados por su madre.
«Maruja, me va a pegar mamá», decían en casos semejantes, con tal
espontaneidad, que la madre cuenta este caso característico:
«Un mes después del la muerte de Maruja, Ersilla, que entonces
tenía cuatro años y medio, sufrió abscesos en la cabeza y en la cara,
como consecuencia del espanto que le produjo el asesinato de su
hermana. Fue necesario sajárselos, y yo misma la llevé al médico de
Ferriere. Al ser operada invocaba confiadamente a su hermana con estas
palabras: «¡Maruja, ayúdame!» Tan espontáneo era en ella este grito».
Al pensar en María no podemos menos de recordar a esos ángeles
sonrientes y afanosos que llenan el fondo de las escenas de Nazaret en
los cuadros familiares.
Había comprendido fácilmente el secreto y la médula de toda la
virtud: cumplir con el deber, con todo el deber, y cumplirlo con Jesús y por
Jesús.

28
CÓMO LOS PÁJAROS DEL
CIELO

María, tercera hija de los esposos Goretti, como ya dijimos nació en


Corinaldo (Ancona) en el barrio de Presagna, a diecinueve kilómetros de
Segnigallia, el 16 de octubre de 1890.
Luis y Asunta, como padres cristianos que eran, la hicieron bautizar
dentro de las veinticuatro horas de su nacimiento en la iglesia parroquial
de San Francisco. Pusieron por nombre a la pequeña, María, nombre que
le señalaba una excelsa Patrona en el cielo y un modelo virginal para
imitarlo sobre la tierra; nombre de grato augurio, al que el pueblo
justamente atribuye grande eficacia para la salud eterna de quien lo lleva
dignamente.
Aunque no existía peligro de muerte, quisieron que naciera cuanto
antes a la vida de la gracia, para que en cualquiera accidente que
pudiese sobrevenir tuviese asegurada su vida eterna. Después de lavada
en las aguas regeneradoras que la habían hecho nacer al Cuerpo Místico
de Cristo y la habían transformado en hija de Dios y heredera del Cielo, la
llevaron llenos de gozo a casa.
La criatura, acogida por el beso materno «en aquellos brazos
amorosos que no conocen el descanso», fue creciendo bella y robusta
como una hermosa flor de carne sonrosada.
A María, lo mismo que a sus hermanos, los primeros nombres que se
le enseñaron fueron los de Jesús y María, sus primeros besos fueron
para las imágenes de la Virgen y del Mártir del Calvario.
Sus primeras exhortaciones: «Haz esto por amor a Jesús... Esto no
se puede hacer... porque es pecado». Las primeras palabras de la
mañana: «Ave María»; las últimas que salían en sus labios: el
«Padrenuestro». El primer gesto en todas sus jornadas y en todas sus
acciones, aun las más comunes, y el que las coronaba todos los días, el
de la señal de la cruz.
Las aguas de los manantiales, apenas nacen se deslizan en ondas
suaves, largas y cristalinas, que parecen desbordarse de una copa
inclinada; después se precipitan en torrentes por las quebradas donde se
rompen en mil arroyos que van a correr con una espuma rumurosa y
brillante entre los grandes peñascos duros e inquebrantables o se
extienden sobre un lecho de arena moviéndose dulcemente como un

29
vidrio transparente e invisible; así fue la vida de María: limpia, tranquila,
transparente; siempre humilde, siempre pacífica, siempre obediente,
siempre sumisa y servicial: «el ángel de la casa».
Su madre la miraba con frecuencia a los ojos y lloraba de gozo al
verlos siempre limpios y serenos. Aquellos ojos claros, que no tenían
secretos para la mirada de su madre, se lo decían todo, aun antes de que
su «Máruja» hablase.
Y los padres se mostraban felices de poder gozar de aquella hija que
se manifestaba tal como su amante corazón la había soñado.
Cuando decidieron trasladarse al Agro Pontino, pensaron antes en
que se hiciera administrar a sus pequeños el Santo Crisma: ahora había
una ocasión oportuna; allí, en cambio, en el Agro desolado, no sabían si
se les presentaría tan fácilmente, por lo que decidieron que lo recibiera
también María. No tenía aún los seis años, pero se pidió y obtuvo la
necesaria dispensa.
El 4 de octubre de 1896 junto con su hermano Ángel, recibía de
manos de Su Eminencia monseñor Julio Boschi, Obispo de Segnigallia, el
Sacramento del soldado de Cristo.
Pocos días después, el mismo año y el mismo mes, la familia Goretti
se trasladaba a Colle Gianturco, cerca de Paliano.
Ningún capricho, ninguna desobediencia; siempre contenta, siempre
buena, inteligente, generosa, mostraba más juicio y serenidad de lo que
hacía suponer su tierna edad y su pequeña estatura.

Aquí debiera haber ido a la escuela. Sus padres y ella misma lo


deseaban. Pero era casi imposible. ¡Estaban tan distantes las escuelas!
Decidieron esperar... tanto más que muy pronto habrían de
trasladarse a otra parte porque la finca no daba el pan suficiente.

30
Pero cuando vinieron a Ferriere, las dificultades, lejos de disminuir,
aumentaron considerablemente; aquí no había escuela, ni iglesia, ni
sacerdote, ni asilo, ni monjas... ni nada, absolutamente nada. ¡Desierto y
desolación! La pequeña María hubo de crecer sólo con las enseñanzas
de su buena madre, que tampoco sabía leer, y los ejemplos de su padre.
Después de quedar huérfana, Maruja pareció sentirse más obligada
que nunca a ayudar a su madre en todas las faenas domésticas y en la
educación de los hermanos.
Profundamente apenada por el luto de su padre, se mostró más
diligente, más dócil, más servicial con su madre. Ella era la que iba a
Conca a hacer las compras, quien vestía y ayudaba a sus hermanos y
quien realizaba las faenas domésticas compatibles con su edad.
Cada vez que pasaba por Conca ante el camposanto donde
reposaban los restos de aquel padre tan amado, se detenía para
depositar sobre aquella tumba venerada y amada el tributo de una
oración, una lágrima, o una flor silvestre.

«La educación —atestigua la madre— la recibió solamante en el


seno de la familia, de mi esposo y de mí; la misma educación que
dábamos a los demás hijos, para que fueran siempre buenos cristianos.
Yo misma enseñaba a los niños las oraciones: el Padrenuestro, el Ave
María, el Credo y los primeros rudimentos de la Doctrina Cristiana. María,
de una manera especial, se aprovechó de mis enseñanzas, y a su vez fue
la maestra de sus hermanos. En la obediencia fue siempre exacta, aun en
ocasiones en que sus hermanos la instigaban a desobedecer. No fue
posible que pudiera ir a la escuela, por lo que no aprendió a leer y a
escribir; todo lo que sabía de Doctrina Cristiana y oraciones, lo había
aprendido de oído. Sólo en la preparación a la primera Comunión recibió
la instrucción de la maestra de Conca...»
«Me ayudaba eficazmente en la educación de sus hermanos...»
Fiel a sus devociones cotidianas, añadió desde aquel día el rezo

31
diario de la tercera parte del Santo Rosario. Fue fidelísima a esta práctica
que se le había enseñado para pedir a la Madre del Cielo su
misericordiosa protección para ella y para los suyos, que tanta necesidad
tenían de ella.
Se sentía sola y abandonada; los medios de subsistencia eran pocos,
pobres e insuficientes... la familia numerosa... seis pajaritos de Dios que
todos los días piaban en torno a ella y de su madre pidiendo pan, vestido,
calzado. La Providencia no les faltó, pero era preciso rogar y sacrificarse;
y María rogaba y se sacrificaba.
«Era muy valiente y animosa —confiesa su madre— y trataba de
sostener mi ánimo en las angustias de la vida y particularmente en el año
en que murió mi marido, cuando, no obstante haber recogido trescientos
quintales de grano y noventa y seis de habas, al ajustar las cuentas con
el amo Mazzobení resultó que aun le debía yo quince liras, de manera
qué el año nuevo se abrió económicamente con una deuda; entonces me
animó grandemente con sus exhortaciones». «No tenga miedo, madre;
nosotros ya nos vamos haciendo mayores. Que Dios nos dé salud y la
Providencia nos ayudará».

Abandonémonos a la Divina Providencia y dejemos que teja quien


sabe tejer. ¡Dios sabe tejer muy bien!
«Ni un solo cabello de vuestra cabeza caerá sin voluntad de mi
Padre», ha dicho la Verdad..., y María se abandonaba tranquilamente,
serena y resignada en manos de Dios, cómo una niña en el seno de su
madre, dejando a su buen Padre Celestial el cuidado de todos los
sucesos, el porvenir de la familia, de su madre y de sus hermanos;
sabiendo que todo nos viene de este Padre: la serenidad y la lluvia, el
tiempo y las cosechas. «Velint nolint, filii Dei sumus». Quiérase o no se
quiera, somos hijos de Dios, y no hay otro Padre tan bueno como Dios.

32
«Mirad los pájaros del aire y los lirios del campo, que no siembran ni
siegan, sin embargo mi Padre Celestial los alimenta y los viste...»
Palabras que no pasarán jamás, porque son de Aquel que es eterno.
La pobreza, es cierto, la afligía; hubiera deseado tener al menos la
pequeña cantidad que era necesaria para hacer celebrar alguna misa por
su pobre padre, pero...
Éste y otros dolores los guardaba en su corazón en silencio y con
resignación, para que el perfume de su sacrificio no se evaporase.
Pero podía rogar, y rogaba siempre.
Aprendió de sus padres la oración de la mañana y de la noche, que
rezaba siempre con fidelidad y con gran devoción. Más tarde aprendió el
rezo del Santo Rosario... «los misterios» eran un poco difíciles, y alguna
vez se equivocaba en ellos... pero Dios era más inteligente y
misericordioso que los hombres y comprendía su buera voluntad y suplía
sus eventuales deficiencias.
Fue en este tiempo cuando su madre se dio cuenta de que «a su hija
no le faltaba más que la corona».
Por su parte María pensaba que era ya tiempo de comulgar, pero
nunca había podido asistir al catecismo y le faltaba lo más preciso para
hacerlo decorosamente; sin embargo decidió manifestar su deseo a su
madre.
—Mamá, ¿cuándo hago yo la primera Comunión?... Quiero recibir a
Jesús.
—Corazón, ¿cómo le vas ha hacer si no sabes la Doctrina? Mira que
no sabes leer, que no tengo dinero para comprarte el vestido, ni para
comprarte los zapatos y el velo. No tienes un minuto libre. ¡Tienes tanto
que hacer!...
—Mamá querida, pero
entonces no voy a hacer nun-
ca la primera Comunión. Yo
no quiero vivir sin recibir a
Jesús.
—¡Pero, hija mía, ¿qué
puede hacer tu pobre madre?
¿No comprendes cuánto
sufro al tener que veros cre-
cer como animales?
Dios proveerá, mamá. En Conca vive la señora Elvira, que sabe leer 2.

2
Ama de llaves de la casa Mazzonelli.
33
Yo te prometo hacer primero todas las cosas de casa, y el tiempo libre me
dejas ir a Conca para aprender la Doctrina. Todos los domingos viene allí
de Cisterna don Alfredo y él me enseñará también, cuando vayan los
demás que se están preparando.
Y la niña fue a Conca: fue fiel a las lecciones de don Alfredo... y
aprendió la Doctrina.
Su preparación duró once meses. Su madre ciertamente no se
mostraba muy satisfecha, y se lamentó al párroco, don Temístocles
Signori, de su pobreza; pero el buen sacerdote la animó: «Confíesela a la
Virgen Santísima, póngala bajo la protección de su manto, y no tenga
miedo».
Y la amada Manija lo tuvo todo.
Le regalaron el vestido, el velo, los zapatos, la corona de flores y
hasta el cirio, que había de ofrecer en la iglesia. La madre quiso poner en
sus orejas sus pendientes y en su cuello su collar de coral de novia.
La preparación inmediata le fue dada, como a los demás, por el
Padre pasionista Jerónimo de San Miguel Arcángel, especialista en
preparar a los pequeños a recibir por primera vez a Jesús Sacramentado.

34
BLANCO LIRIO
EUCARÍSTICO

Podemos imaginar el alma de María con el candor del lirio que abre
su corola al primer beso del sol, en el día del íntimo recogimiento del
abrazo divino.
Su primera Comunión no significó para ella, como para tantos otros,
el ligero anhelo de lo divino que no hace más que acariciar la superficie
del alma.
No podemos figurarnos una María Goretti más preocupada del corte
de su vestido y de los pliegues de su velo de esposa de Jesús que del
beso de Jesús. Hizo, según atestigua su madre, una Comunión de
«Santa».
Aquel día sintió el vacío del mundo, de las riquezas, de los placeres,
y la vanidad de todas las cosas: aquel vacío le hizo sentir más imperiosa
la necesidad de asirse a la única realidad consistente que le parecía
gigantesca e indestructible: Dios.
Semejante al horror de este vacío fue la decisión de repudiar todas
las engañosas adulaciones del mundo, sus brillantes perspectivas, sus
ideales seductores y sus encantos fascinantes.
La pureza a toda costa y la fidelidad a la práctica de las tres
Avemarías fue el tema de las exhortaciones que recibió poco antes del
gran paso... «y fue ésta también una disposición del cielo —atestigua
Monseñor Signori— para que la niña adelantase en las costumbres
angélicas y se fuese confirmando cada día más en el ejercicio de aquella
pureza angelical, por la que muy presto había de sacrificar su propia
vida».

35
El recogimiento de María llamó la atención. Cuando los niños,
después de la Comunión, pasaron a la sacristía a dar las gracias al
sacerdote oficiante, sólo ella quedó tranquila y silenciosa en un rincón,
absorta en su Dios, como tímida paloma.
Así pasó todo el día.
«Cuando volvió a casa afirma su madre —se transparentaba en su
rostro y en toda su manera de proceder la alegría de su Comunión, y le
decía a la Cimarelli, que estaba más libre que yo; «Teresa, ¿cuándo
volvemos?»
«Durante el día se mantuvo más recogida que su hermano, y no tomó
parte en los juegos de los demás niños...»
«Solamente cinco veces tuvo la piadosa niña la fortuna de recibir en
su pecho al Dios del amor y de la pureza: la primera, el 16 de junio de
1901; la segunda, algún tiempo después, en el santuario de las Gracias,
en Nettuno; la tercera, en la Pascua de 1902; la cuarta en la iglesia de
Campomorto, y la quinta, a punto de morir».3

3
Relación de D. Signori, párroco arcipreste de Nettuno, 28 de
Septiembre de 1903.

36
Jesús está verdaderamente muy cerca de los niños; los adultos, o no
le escuchan o le contradicen; pero los niños se gozan en Él porque en
sus ojos parece que ven cosas que han olvidado los adultos: el cielo y el
sol sereno del Paraíso.
La Primera Comunión señala para María una nueva etapa en su vida:
«Sí, mamá, seré cada día mejor».
Y verdaderamente fue mejor cada día.
Efectivamente, María se entregó, a partir de entonces, cada vez con
más devoción, a sus hermanos, a su madre, y al servicio de sus vecinos,
sus prójimos más inmediatos. Se entregó hasta el sacrificio, pero
haciéndolo sin quejarse, como la cosa más natural.

Ya se sabe cuán mezquina es la vida de una familia pobre en una


pequeña aldea. Cuán fácil es contentarse con aquello que es de estricta
obligación, y descuidar todo lo demás; cuán frecuente es la indiferencia
por los dolores ajenos y por sus enfermedades, sobre todo, si son un

37
poco prolongadas.
Así sucede cuando la caridad, que debiera ser la reina de las
virtudes, se reduce a un sentimiento de cortesía indispensable en toda
conveniencia humana. Pero María demostraba poseer y obrar movida por
una verdadera caridad sobrenatural; siempre se la veía cordial, gentil y
servicial con su madre y con todos sus vecinos, fuesen grandes o
pequeños; solícita en aliviar las fatigas de los demás con garbo y
desenvoltura, fácil a la sonrisa conciliadora después de una grosería o de
una de aquellas pequeñas riñas por un juego o por una gallina que se
metía en los sembrados, o porque los pequeños pisaban la hierba sin
darse cuenta en sus juegos.
Discreta en disimular y en callar lo que la caridad quería oculto o
callado; jovial y afable en sus recreos, siempre dispuesta a ceder o a
callarse siempre como la madrecita buena de aquella turba infantil que
revoloteaba en torno de ella.
En donde con más relieve se manifestaba su caridad ingenua, era en
consolar a cualquiera que cayese enfermo. Se preocupaba por los
enfermos, los visitaba, acudía a ellos con una ternura como de la más
amante de las madres, y los servía aún en las necesidades más
humildes. Cuántas veces en la mirada conmovida y mortificada de un
enfermo pudo leer toda la gratitud que aquel corazón le profesaba. Acaso
había oído explicar a su buen párroco: «No hay mayor prueba de amor
que la de sacrificarse por aquéllos a quienes se ama». Y María daba esta
prueba.

«Quien ama la propia vida la perderá, y quien por mi amor la pierde,


la ganará», ha dicho Jesús, y María quería ganar su vida para la
eternidad y para Dios.
Por la mañana se levantaba muy temprano, como su madre, y
después de hacer su breve oración, se cuidaba del arreglo de la casa, de
38
levantar y lavar a sus hermanos, de prepararles el vestido y el desayuno;
después se disponía a hacer todos los recados que su madre le
ordenaba, que generalmente se reducían a atender a las gallinas y a los
demás animales del corral, hacer las compras y proveer a las
necesidades de la casa.
Cuando podía se acercaba a los Sacramentos, y rogaba por todos,
en especial por su querido padre. Su mortificación era característica,
mortificación hecha con toda sencillez en las cosas más naturales: no
tenía ojos, oídos, gusto o deseos más que para las cosas de su familia y
para sus propios deberes.
Su vida no conocía más que estos dos caminos: la iglesia y la casa.
El tiempo que tenía libre lo empleaba en labores útiles para ella o
para su madre y hermanos, y cuando a la tarde, cansada de su jornada y
llena de trabajo, iba a tomar el necesario descanso, jamás olvidaba sus
oraciones, que rezaba y hacía rezar a sus hermanos, arrodillados al pie
de su lecho; y jamás faltó en sus labios una oración por el padre difunto.
Sus principios de ascética eran de los más sencillos y comunes en la
vida cristiana: «Hay que hacer esto, porque es nuestro deber, porque es
la voluntad de Dios; aquello no hay que hacerlo porque es pecado,
desagrada a Jesús, y nos abre las puertas del infierno». Este era el
fundamento de su vida sobrenatural; sobre él había sido educada, y era a
su vez la base sobre la que se fundaba la educación que daba a sus
hermanos.
«Ahora que habéis recibido a Jesús —les decía—, debéis ser cada
vez mejores». No se encerraba en la corteza de su fe, tal como la viven
aún muchas personas piadosas, sino que vivía los divinos mandamientos,
el camino largo, seguro y sólido de la verdadera vida cristiana que
conduce al cielo.
Tuvo, es cierto, como todos los niños de su edad, defectos que
enmendar, impulsos que dirigir o moderar, indolencia que despertar,
entusiasmos que suscitar, pero aquello en que principalmente se fijaba,
era la sustancia de sus deberes, el núcleo de la ley de Dios. El pecado,
no; antes la muerte. El tiempo demostraría que éstas no eran vanas
palabras.
Sabía que el demonio puede hacer entrar en el corazón cositas que
parecen de poca importancia, pero estas cosas de poca importancia
pueden crecer hasta ocupar el alma entera y expulsar de ella la gracia de
Dios.
«Yo he venido a poner fuego a la tierra...» El fuego de Dios es el
amor. En el fuego se consume todo aquello que arde, y en el amor, todo
lo que se ama. El amante quiere confundirse con el amado, con toda su
39
carne y toda su sangre, de la misma manera que el fuego se une con la
sustancia que se abrasa; el elemento que devora con la materia que es
devorada. ¿Quién puede acertar a decir cuál es más grande: la felicidad
del que ama o la del que es amado, la de consumir o la de consumirse?
Al que no ama, el amor le parece más cruel que el odio, las tiernas
palabras de amor las más crueles, y huye del amor como del fuego. María
impregnaba toda su vida de este amor celestial.
Conservar la dirección precisa en una larga travesía por las tinieblas
del desierto o por el mar tempestuoso de la vida, viene a ser casi
imposible sin una brújula o un punto de referencia. El faro, la brújula, el
punto de referencia para María fue su confesor (que recibió las
confidencias de aquella alma virginal), y la ley de Dios (aprendida de su
madre y del Catecismo); con estos dos elementos, pudo orientar siempre
su timón en la dirección correcta.
El piloto mira siempre a la brújula y María, en la oscuridad de las más
horribles tentaciones, tenía sus ojos fijos en la ley de Dios, segura de que
no había de extraviarse en su camino.
Atestigua su madre:
«Cuando yo iba a confesarme, ella me acompañaba, y puedo decir
que se confesaba siempre espontáneamente y lo hacía con gran
devoción; después de la confesión procuraba mejorar la vida, de manera
que cuanto más crecía en edad, más crecía en virtud».
Todos se beneficiaban de esto, pero de una manera especial su
madre, a quien María rodeaba de atenciones cada día más tiernas y
delicadas, unidas a efusiones de afecto más expansivas como si quisiera
resarcirla del gozo y del afecto perdido con la muerte de su esposo. La
madre miraba a su hija con el corazón lleno de cariño y agradecimiento,
admirada de la piedad sólida y decidida que impregnaba sus
pensamientos y acciones, siempre permaneciendo a su lado,
sustituyéndola con frecuencia en casa y fuera de ella, en los trabajos
domésticos, lo mismo que en los trabajos pesados del campo; siempre
junto a ella, lo mismo en el trabajo que en la oración.
En sus confesiones era breve y clara, sin exagerar ni atenuar sus
culpas; su alma se abría con el candor de la verdad.
No parece que su confesor ni los que la trataron, llegaran a
sospechar que se encontraban ante un alma gigante en formación, que
necesitaba para desarrollarse una cuidadosa atención, para que, guiada
diligentemente, no se frustraran los tesoros de gracia y de inocencia que
la misericordia de Dios había depositado en ella.
Las normas que le dieron, fueron siempre las comunes: obedecer
siempre y en todo a su madre, ayudar a sus hermanos en cuanto le fuera
40
posible, y cumplir bien con todos sus deberes hacia Dios y hacia el
prójimo.
Sólo esto: lo demás lo hizo el Señor, como dice su madre: «Se veía
que era una niña a la que el Señor guiaba hacia el Cielo»; lo mismo
repitió varias veces en los procesos su amiga, Cimarelli.
¿Tuvo el alma bendita de María alguna luz o alguna gracia especial?
No lo sabemos; probablemente, no; la pequeña inocente no habló nunca
de ello; por lo demás no era necesario para que pudiera llegar a la
santidad.
Lo cierto es que cada nueva confesión fue para ella nuevo aceite
para hacer arder en el amor la lámpara de su alma.

41
LL AMA DE AMOR

El precepto de la Iglesia de oír Misa todos los domingos y fiestas de


guardar, era con frecuencia para los Goretti cosa difícil de cumplir. En
Ferriere no siempre la había, por lo que era necesario ir a Conca o a
Campomorto, o tal vez a Nettuno, para lo que había que hacer largas
horas de camino, bajo el sol abrasador de julio y agosto, o bajo el viento
helado de diciembre y enero, o bajo las lluvias torrenciales de la
primavera o las finas y penetrantes lloviznas de otoño. Estas
incomodidades las aumentaba el mal estado de los caminos, pues hasta
que no se realizó el saneamiento de aquellas regiones, no ha habido allí
carreteras cómodas y asfaltadas.
María no faltaba jamás a la Santa Misa. «Iba siempre a Misa —dice
su madre— por lo menos a Conca, guardando siempre un porte ejemplar,
sin mirar a una parte y a otra, a diferencia de sus compañeras»:
Y Teresa Lungarini afirma: «En la iglesia era muy devota y recogida;
se veía que era una niña muy del agrado del Señor».
No sólo era edificante en la iglesia, sino también cuando se
encaminaba a ella. El Padre Miguel Faína, Pasionista, atestigua:
«Cuando la niña iba a Misa a la Capilla rural de Campomorto y pasaba
delante de grupos de mozalbetes que solían bromear a cuenta de las
jóvenes que entraban en la iglesia, la Goretti pasaba de largo, enrojecida
de vergüenza al verse objeto de las alabanzas de aquellos jóvenes ante
su belleza».
Supo también ejercitar el apostolado; según Serenelli: «Estaba
instruida en los rudimentos de la Doctrina Cristiana, y muchas veces la he
visto, a ruegos de su madre, hacer de maestra de sus hermanitos,
enseñándoles las oraciones».
Cuando iba a Misa con su madre, o con alguna de sus vecinas, María
se llevaba consigo de ordinario, a algunos de sus hermanos más
pequeños.
Era puntualísima: «la primera en entrar y la última en salir»; en la
iglesia se mostraba con tal recogimiento y amor que parecía un serafín.
«No había peligro de que se volviese nunca a mirar atrás», atestigua
su madre. Más de una mujer preguntó de quién era aquella niña, al verla
tan devota.
Su alma volaba a Jesús como la abeja al perfume de las flores, como

42
la aguja imantada al polo magnético. Delante de Jesús estaba tranquila y
recogida para oír su voz; Jesús le hablaría suave y sencillamente, como
una madre que habla a su hijo. ¡Qué dulces serían los coloquios de esta
pequeña esposa de Jesús en aquella fervorosa luna de miel! ¡Qué
propósitos los que pondría en sus manos de ser cada vez mejor y más
digna de su corazón adorable e infinitamente amable! Aprovechaba todas
las ocasiones que se le presentaban para ir a la iglesia. Y así se hizo
acompañar por Cimarelli un día de Viernes Santo a Nettuno, a la
predicación de la Pasión.
— ¡Mamá, qué sermón más bonito ha predicado hoy el señor
Arcipreste!
Y lo repetía en sus puntos esenciales, suspirando de amor y aun a
veces llorando.
Multiplicó sus amorosas visitas al Tabernáculo («a veces con el
sacrificio de dos horas de camino»), al trono que oculta bajo los velos
eucarísticos al Divino Prisionero de amor.
Giraba en torno de Él lo mismo que la mariposa fascinada gira en
torno de la llama y no parece desear otra cosa que la suerte envidiable de
morir abrasada de amor.
Dios es fuego de caridad; quien se acerca a El se abrasa y abrasa lo
que toca. El fuego de caridad de María no se consumía en llamas fatuas,
sino que se concretaba en heroísmos cotidianos de asistencias a sus
hermanos, en la heroica vida común de su diario deber.
La caridad es el traje nupcial que hay que vestir para poder entrar al
banquete divino, que son la gracia y los favores de Dios en el tiempo, y la
gloria en la eternidad. Las dificultades que había de superar, eran las
perlas y los hilos de oro con que había de unir al traje de la caridad los
preciosos ornamentos de las demás virtudes.
María, siempre que había de ir a Nettuno, fuese a vender sus pollos,
o sus palomas, o sus huevos, nunca dejó de visitar a su Señor
Sacramentado. Ella había gustado santamente del Pan de los Ángeles, y
sólo podía apaciguar su sed de amor en el Corazón de Jesús, lo mismo
qué las abejas buscan la miel en el cáliz de las flores.

43
HACIA LA CUMBRE

Entre tanto, y sin que ella casi se diese cuenta, la niña se había
convertido en una mujercita. La juventud había irrumpido como de
improviso en su organismo sin que su alma notara ninguna de las
mudanzas e inquietudes tan comunes en casi todas las jóvenes de su
edad.
Su cuerpo era frágil y robusto; su inteligencia, pronta y viva; su
corazón, afectuoso y delicado; su carácter, valiente y animoso, aunque
serio y a veces algo triste.
He aquí cómo la describe el Cab. Marini:
«Era hermosa la santa jovencita, con una belleza digna de los
pinceles del Beato Angélico. Los párpados abultados —siempre prontos a
velar de modestia su viva mirada—, hacían resaltar el rosa pálido de su
bello rostro. Sus cabellos espesos y rubios acrecentaban su encanto. Su
fuerte y agraciada personalidad, hacían que ya a los doce años fuese una
flor admirada por todos».
«Para su edad —añade su madre—, era bastante desarrollada, en
estatura casi llegaba a la mía y yo mido 1,60; su cabello era castaño
claro; los ojos, castaños; la mirada, dulce y modesta; el rostro, sonrosado,
de bello aspecto».

Era hermosa en el sentido más genuino de la palabra, que irradiaba


sencillez, candor y simpatía. La pureza angelical había transformado a
aquella joven campesina analfabeta en un rayo de luz delante de Dios y
de los hombres, y sin que ella se diera cuenta ejercía una irresistible

44
fascinación en cuantos la rodeaban.
Era su modestia la que atraía las miradas de todos. «La joven —dice
el asesino— me agradaba; aunque no era excesivamente hermosa,
porque siguiendo el ejemplo de su madre, era modesta; llevaba los
vestidos largos y ni en los días más cálidos de verano se permitía
ninguna libertad. Recuerdo en concreto que huía de la compañía de
ciertas muchachas de una familia que vivía cerca de nuestra casa, porque
eran demasiado desenvueltas. Cuando iba a buscar agua a la fuente
vecina, recuerdo que procuraba sacarla en seguida para no tener que
conversar con aquellas que solían hacerlo un poco libremente, tanto que
algunas veces nos maravillábamos que hubiera vuelto tan pronto a casa.
Nunca la he visto detenerse a jugar con muchachos de su edad. Cuando
iba a hacer algún recado, siempre iba directa a su destino, sin pararse en
ningún sitio. Aun en el trato con sus hermanos la observé siempre
modestísima. Yo tenía periódicos y revistas con ilustraciones; nunca
pensé que ella pudiera detenerse a curiosear o a mirar ciertas figuras.
Jamás noté en ella un acto contra la pureza: yo la estimaba mucho por su
recato».
Se compadecía de aquellas de sus compañeras que llevadas por su
coquetería, se acicalaban los domingos para lucir sus encantos
femeninos y sobresalir entre sus amigas. Se reía discretamente de
aquellas que pasaban largas horas delante del espejo engalanándose y
rizando sus cabellos con el fin de atraer las miradas de los demás... En el
limpio espejo de su alma veía María la frivolidad alocada de todas estas
trivialidades, el engaño de los halagos mundanos, el vacío de todo
aquello que no es Dios o no conduce a Dios.
«No era vanidosa —dice su madre—, no ambicionaba vestidos
nuevos y en todo se acomodaba a lo que yo mandaba».
Y continúa ella misma: «Era siempre diligente para que sus
hermanos estuviesen bien arreglados, y ella guardaba gran modestia y
reserva en su persona. No tenía compañeras, ni las buscaba, y cuando
iba a Nettuno, por estar más distante, la acompañábamos la señora
Cimarelli o yo».
«Le disgustaban las burlas, de manera que de sus labios no salió
jamás una palabra improcedente; igualmente aborrecía las palabras y las
conversaciones deshonestas».
Un día que había ido a la fuente común, única que había en el
pueblo, a buscar agua, vino toda disgustada y le dijo a su queridísima
madre:
—¡Qué mal habla Fulana!
—¿Y tú por qué la escuchas?
45
—¿Que iba a hacer hasta que se llenase mi cántaro?
—Tú procura que lo que te entre por un oído y te salga por el otro.
Mira, hija mía: lo mismo que tú te extrañas de que otros hablen así, otros
pudieran extrañarse de que tú hicieras otro tanto.
—¿Yo hablar como Fulana? Antes prefiero la muerte.
He aquí el eje en torno del cual gira la vida de María como la rueda
de un carro, que habrá de partirse contra el hierro acerado del puñal
asesino.
«Custodiad vuestra lengua —les había dicho el Padre Pasionista que
les predicaba la Primera Comunión—, porque ella es la primera en tocar
el Cuerpo de Nuestro Señor».
Y María no sólo custodiaba su lengua, sino que la usaba bien en
todas las ocasiones. Su madre puede par testimonio de ello: «Jamás me
acuerdo de que en casa o fuera de ella pronunciase una palabra
inmodesta o incorrecta, o que haya cometido un acto deshonesto: por el
contrario siempre he observado en ella un gran recato».
Y su hermano Mariano: «Era muy modesta en el hablar, en el vestir y
en el porte».
Y la señora Asunta Felici, viuda de Candelotti:
«Por lo que yo he visto, puedo decir que era muy seria en el vestir y
muy modesta en su porte; el mismo rostro lo protegía con su pañuelo, al
estilo de las Marcas, como si fuera una monjita; su mirada era muy seria,
casi diría que era triste».
Sus compañeras la admiraban por la pureza de su alma. Si acaso en
su compañía a alguna de sus amigas se le escapaba alguna palabra
equívoca —no hablemos de conversaciones obscenas o escandalosas—,
María inmediatamente la desaprobaba, mostraba su disgusto y dejaba
plantada, si era necesario, a la imprudente interlocutora. Si acaso no
creía oportuno dar esta lección un poco mortificante, sabía dar con
habilidad un giro a la conversación para llevarla por el camino de la más
pura corrección.
Lo mismo se ha de decir de las aventuras románticas o novelescas, y
de los periódicos o revistas ilustradas. Ella no tenía tiempo que perder,
sino mucho que trabajar, y trabajar duro, para poder llevar a su familia el
pan de cada día. En las mismas historietas edificantes, en las pláticas y
en las instrucciones parroquiales que recordaba con admirable detalle y
repetía diligentemente a sus hermanos y a su madre (y a cualquiera que
quisiera oírla), se saltaba aquellos parajes en donde se tocaban
argumentos delicados, aunque se tratara de tentaciones superadas,
porque tenía miedo de aquellas turbaciones que la tentación suscita.

46
Dice su madre que cada día la encontraba mejor, más diligente y más
devota.
Cuando iba al campo le decía a su madre, que tenía un horror
instintivo a las serpientes: «Yo iré delante, mamá: usted tiene miedo a las
culebras, y yo no».
Las cosechas se sucedían escasas y la vida era dura; María no se
inquietaba demasiado: «¡Valor, mamá, ya saldremos adelante!» La
pequeña había comprendido que todo sucede bien cuando nos
entregamos confiados en el seno de nuestro buen Padre Celestial y
dejamos en sus manos el cuidado de todas las cosas. Había
comprendido que la perfecta resignación se ejercita precisamente en las
cosas más arduas y que más se deseaban, esperando pacíficamente y
con perfecta sumisión y tranquilidad la visita del Señor, que «conoce el
tiempo oportuno de efectuar las obras de su gloria». A nosotros nos toca
esperar trabajando y orando con pacífica y silenciosa paciencia... para
que el Señor sea glorificado; no está en nuestra mano el escoger el
tiempo y el modo; nosotros debemos tan sólo corresponder.
De este período —último de su vida— data su máxima solicitud por el
deber cotidiano, exacto, preciso, irreprensible.
Mantenía con su madre una contienda continua, disputándole los
trabajos, cargas y fatigas en el cumplimiento de los deberes cotidianos,
en el servicio de sus hermanos, en las obligaciones del propio estado...
en todo aquello que las hacía verdaderas heroínas en el silencio doloroso
del martirio diario. El deber cristiano no es una tierra que devora a sus
habitantes, corno creían les israelitas que era la tierra de promisión, sino
una tierra divina, abundante y feraz, que destila la leche de la paz del
alma y la miel del mérito.

47
EL LOBO

En Paliano había hecho sociedad el buen Luis Goretti con otra


familia, los Serenelli, para trabajar juntos la finca demasiado extensa y
fatigosa para solos sus brazos.
Esta familia —también de las Marcas— se reducía tan sólo al padre
Juan, viudo, y su hijo Alejandro, de unos veinte años.
Poco sabemos de su padre. Lo cierto es que tenía muy poca religión,
por no decir ninguna, y que adolecía del vicio de la bebida, al que se
entregaba indefectiblemente todos los domingos.
Buen trabajador, según parece, pero el menos a propósito para
asociarse a una familia profundamente cristiana como era la de los
Goretti. El buen Luis se percató de este error suyo, y antes de morir, ya
en el desvarío de la agonía, no hacía más que repetir a su esposa:
«Vuélvete a Corinaldo».

Muerto Luis, principal sostén y defensa de la familia, no quedaba


frente a los Goretti más que una pobre viuda y una nidada de pequeños
de dos a catorce años. Sin embargo, Asunta no creyó posible efectuar
inmediatamente el deseo de su marido. ¿Cómo proveería a la
manutención de sus hijos sin el auxilio y los ingresos de la finca?
Volver a Corinaldo..., se decía muy pronto. Pero ¿qué harían y cómo
vivirían allí?
Decidió, pues, tener un poco de paciencia y seguir trabajando hasta
que los hijos fueran un poco más crecidos.
Los Serenelli tenían de común, con los Goretti la escalera y la cocina;
las habitaciones las tenían separadas; pero no teniendo aquéllos ninguna

48
mujer en casa, los Goretti habían de remediarlos en sus necesidades
domésticas. Sus pretensiones, especialmente después de la muerte de
Luis, fueron haciéndose cada día más odiosas; pero había que
aguantarlas y callar por aquel triste bocado de pan.
Asegura Asunta que ella y sus hijos hubieron de pasar hambre
muchas veces «por culpa de los Serenelli»... Sólo quien la haya
experimentado sabe lo que es pasar hambre.
«El viejo Serenelli —depone Asunta—, era de carácter autoritario,
algo entregado al vino, aunque exteriormente mantenía cierta
religiosidad... De conducta moral muy poco recomendable... Si el hijo se
pervirtió con la lectura, hay que decir que era su mismo padre quien le
proporcionaba los malos periódicos y las ilustraciones obscenas siempre
que iba a Nettuno, mientras que el hijo nunca se alejaba de la campiña ni
se le veía con otros compañeros. Alejandro había tapizado las paredes de
su habitación con aquellas figuras. Yo le hice alguna observación para
que las quitase, pero él me respondió de mala manera, diciéndome, que
si no me gustaban, no las mirase».
Alejandro había nacido en Paterno (Ancona) en 1882, y fue bautizado
en su iglesia parroquial. Perdió a su buena madre cuando aún era muy
pequeño, por lo que no conoció en su infancia aquel amor profundo y
aquella guía segura para la vida, que es única en la existencia del
hombre. Fue educado por una parienta suya, casi como si fuese un
extraño. El padre, preocupado de sus negocios, apenas se ocupó de él.
Habiendo pasado la familia a Toretti di Ancona, hizo aquí Alejandro la
Primera Comunión, y con este motivo estudió un poco el Catecismo. De
escuela, había frecuentado sólo la segunda elemental.
En Torrette su padre le colocó de aprendiz. Esto le dio ocasión de
tratar con malos compañeros, y entonces contrajo el vicio de la impureza,
el gusano escondido que había de arruinar toda su juventud y que lo
había de llevar al crimen.
Del examen psiquiátrico resulta que «Alejandro Serenelli es de
carácter dulce, y desde su ingreso en la vida social se mostró siempre
tranquilo y sereno, más bien misántropo...»
Mariano Goretti, que lo había conocido en Paliano, afirma: «Alejandro
me parecía bueno, no blasfemaba, iba a Misa...»
Y Asunta, la madre de la mártir: «Alejandro era un joven físicamente
bien desarrollado, robusto, asiduo en el trabajo, respetuoso con su padre
y conmigo...; todos los días de fiesta iba a Misa; y cada dos meses se
acercaba a los Sacramentos; todas las tardes rezaba el rosario con
nosotros... Pero era de carácter cerrado, solitario, frío; huía de la
compañía de los demás; cuando no trabajaba se encerraba en su cuarto,
49
absorto en sus malas lecturas...» En cuanto a sus relaciones con su hija
María, dice Asunta: «A María la trataba como si fuese de la familia..., de
manera que cuando ocurrió la muerte de mi marido y María hubo de
sustituirme en la cocina, él tomó la defensa de la niña contra su padre,
que se lamentaba de que no estuviera bien condimentada la comida: «Si
no empieza a hacerlo ahora no aprenderá jamás»... Pero... «un mes
antes del asesinato, Alejandro se mostraba áspero con María, dándole
órdenes gravosas, con ánimo, sin duda, de intimidarla. María seguía
haciendo sus faenas ordinarias, aunque quejándose a veces de palabra y
otras veces con sus lágrimas, de suerte que yo misma hube de
consolarla, animarla, diciéndole: «Ten un poco de paciencia, pronto se irá
de soldado...»
La conclusión del examen psiquiátrico, hecho después del delito por
los Profesores Mingazzini y De Pedis, terminaba: Serenelli es un individuo
absolutamente normal, de estatura media (1,62 m.), particularmente
perspicaz y de tenaz memoria... tiene la plena conciencia y libertad de
sus actos, por lo que es culpablemente responsable del crimen
cometido».

Alejandro observó siempre en la cárcel una conducta buena, por lo


que su pena le fue aliviada en cuanto lo permitían las leyes penales; fue
trasladado a penitenciarias cada vez menos duras, y finalmente le
condenaron dos años. Licenciado del presidio el 7 de Marzo de 1929 se
estableció en Torrette di Ancona, su tierra natal, y después en San Biagio
de Osimo, al servicio del Señor Bontempli, que estaba muy satisfecho de
él.
Los postuladores de la causa de María Goretti, que hablaron aquí con
él, dan fe que encontraron a Serenelli «acostumbrado a la oración, a los
Sacramentos, asiduo y formal en su trabajo, asociable con sus
compañeros, correcto en el hablar, enemigo de la blasfemia...», en una
palabra, buen cristiano, plenamente arrepentido del mal hecho, según el

50
testimonio de su párroco, de su amo y de todos sus conocidos.
¿Cómo pudo entonces mancharse con un crimen tan terrible y grave?
Por la propia confesión de Alejandro sabemos que a los veinte años
era de carácter cerrado y amigo de leer cuanto caía en sus manos, y que
especialmente se deleitaba en la «crónica negra» y en las revistas
ilustradas más o menos pornográficas. El vicio sucio contraído en su
juventud y no corregido, antes bien alimentado con las malas lecturas, fue
la causa de su completa ruina.
Su mismo padre, inconscientemente, favorecía esta pasión de su
hijo. Ciertas publicaciones de una manera especial —que entonces se
repartían en Florencia por entregas— no eran más que una cloaca y una
incitación al vicio, aunque se autoproclamaban «publicaciones
independientes», «libertadoras de la esclavitud de la moral católica» y de
la opresión de los «curas fanáticos y retrógrados», los cuales, según
ellos, querían y favorecían «el oscurantismo de las masas».
Aquellos extraños periodistas de entonces —por lo demás muy
parecidos a algunos de nuestros días—, al paso que se decían
defensores de toda libertad de prensa, paladines de la moral laica y de la
cultura del pueblo, y protestaban que no buscaban más que el bienestar
de las masas, creían que no podían realizar estos ideales sino
conculcando las más sagradas de las libertades, la de la verdad y de la
conciencia; rompiendo el más sagrado de los vínculos de unidad, el
religioso; y quebrantando la más pura de las glorias de su católica patria,
la de su fe y la de su moral cristiana, germen de libertad para Europa y
para todo el mundo. Consecuentemente se valían de toda clase de
medios para calumniar a los sacerdotes «vampiros», «retrógrados y
oscurantistas»; infamaban como a peligrosos enemigos de todo el pueblo
a los sacerdotes, los vejaban, los escarnecían, los excluían de la
enseñanza y de los oficios civiles, los espiaban para que no «salieran de
las sacristías»; se burlaban de las ceremonias del culto, incluso de los
mismos Sacramentos... En sus periódicos infames parodiaban las
funciones sagradas, las fechas importantes; difundían a los cuatro vientos
cualquier escándalo real o ficticio —cuando no lo había lo inventaban—,
lanzándolo después a las masas ávidas de alimentos malsanos. Se vivía
en un tiempo en que la masonería, los librepensadores y las demás
sectas empeñadas en desviar los sentimientos católicos y patrióticos de
los italianos, se basaban en el malestar económico de las clases
humildes para hacer la guerra a la Iglesia, hacer befa de los Sacramentos
y de la doctrina católica y descristianizar al pueblo. Especialmente la
lucha contra las almas consagradas a Dios y contra la juventud educada
por la Iglesia era feroz. Se dieron casos de hombres y mujeres, que
ostentando una santidad fingida, se introdujeron en los conventos,
51
monasterios o seminarios, o vestían abusivamente el hábito sacerdotal
con el fin de realizar hechos que después se atribuían a personas
consagradas, y de esta manera se ofrecían a la publicidad en los
periódicos más leídos, con lo que se pretendía justificar la campaña de
calumnias y de vejaciones, ya diseñada de antemano y con toda frialdad.
De las rectificaciones no se hada caso, y muchas veces ni siquiera se
publicaban. Muchos, aun gente que por lo demás no era mala, pero que
no calaban en la malicia del procedimiento, llegaban a aceptar las
calumnias.
Alejandro Serenelli, a los veinte años, era uno de estos desgraciados
lectores... y de esta lectura le vino la idea del crimen, según el mismo lo
confirma: «Leyendo especialmente el Messagero, que cuenta muchos
crímenes de esta clase, me vino la idea de cometer yo también uno».
De aquellas lecturas, como es natural, sacaba vergonzosas
sugestiones para sus bajos instintos, la rebelión de sus sentidos y
rebelión contra todo aquello que supone un freno de ley moral, fuego para
sus venas, confusión para su entendimiento, apatía para su voluntad,
apetito desenfrenado de satisfacer en todo sus pasiones. Cada día se
añadían nuevos estímulos degradantes e imaginaciones lujuriosas,
pertinaces como moscas, ávidas de apacentarse en su propia carne. De
hecho confiesa él mismo: «Se desarrolló en mí un fuerte sentido de
lujuria»...
Su educación cristiana había sido algo superficial; huérfano de
madre, falto de un afecto verdadero y profundo, privado de convicciones
capaces de frenarlos y con aquellas lecturas a que nos hemos referido,
en su mutismo había cultivado una pasión desenfrenada... una serpiente
en su seno. Y viéndose al lado de aquella flor inmaculada, bella como una
rosa de Jericó, decidió profanarla a toda costa.
Llegado a este punto se notó en él una especie de cambio, se le vio
más taciturno y más hosco que nunca, mostrándose especialmente
áspero con los Goretti. Sin embargo participaba en el Rosario familiar,
dirigido por María; se acercaba de tiempo en tiempo a los Sacramentos...,
pero conservaba en su corazón y en su entendimiento la podredumbre, y
por eso aquellas prácticas de piedad no servían de freno a sus pasiones
desordenadas.
La voluntad es como una fuerte mole de granito a cuyo pie vienen a
estrellarse las olas locas y furiosas de las pasiones que quisieran
derribarla... mas vuelven a caer de nuevo espumeantes e impotentes, y
terminan a sus pies en un murmullo inofensivo, dejando la prueba a otras
olas con el mismo resultado. Pero la roca de granito sólo permanecerá
firme con una condición: la de que en su cima esté enhiesta la bandera

52
ondeante del nombre de Jesús y la base esté defendida por el rompeolas
de la ley divina.
Esta voluntad no la tenía Alejandro, no la podía tener.
En el Libro de la Vida se dice: «Cuando el espíritu inmundo sale de
un hombre, vaga por lugares áridos en busca de reposo, y no lo
encuentra. Entonces dice: “Volveré a mi casa de donde salí”. Y al llegar,
la encuentra desocupada, barrida y en orden. Entonces va y toma
consigo otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí, y el
final de aquel hombre viene a ser peor que el principio...» (Mt 12, 43-45)
Es palabra de Dios y la palabra de Dios no falla.
Alejandro había de experimentarlo.
Un día que el demonio le tentó como de costumbre, se atrevió a
dirigirse a María una y otra vez. Pero la inocente paloma, según confesión
de él mismo, «ni siquiera llegó a comprender el mal a que la inducía».
Sin embargo, aquellas palabras
produjeron en María el efecto de un
chorro de agua hirviendo sobre una
quemadura... y huyó como se huye
de una casa amenazada del hambre
o de una ciudad que se derrumba en
un terremoto. Con otros pensamien-
tos, con la oración y con la huida trató
de borrar todo recuerdo, como se
borra con una esponja húmeda un dibujo hecho sobre el encerrado.
Sólo una cosa había entendido, y se le había fijado en la memoria: se
le quería inducir al pecado... a la transgresión de la ley de Dios. En el
alma le nació un terror confuso.
Esta luz, como la del relámpago en las tinieblas de la noche, ilumina
este instante de la vida da María y le hace aceptar voluntariamente su
martirio: «¡No, no, antes la muerte!».
Esta fue la chispa minúscula que fue creciendo gigantescamente
hasta hacerse llama, fuego, fuerza y sangre. Los mandamientos no son
una campana que toca a muerto, sino una trompeta que convoca a
batalla victoriosa del triunfo del bien sobre el mal.

53
FRENTE A FRENTE

Ha querido la naturaleza que aun las rosas tengan espinas para


librarlas y defenderlas del ataque de los animales. Si queremos que las
flores no sean pisoteadas por los animales inmundos, es preciso que las
rodeemos de un seto espinoso. También María hubo de rodear su virtud
de espinosas defensas.
Aquella noche rezó con más fervor que nunca sus oraciones, dio las
buenas noches a su madre fatigada, y, después de acostarse, aún estuvo
rezando largo rato antes de conciliar el sueño. A la mañana siguiente su
corazón estaba tranquilo y se mostró solícita y alegre como siempre en
sus faenas domésticas, en su duro trabajo de todos los días, aunque en
el fondo de su corazón sentía una gran tristeza.
Obedeció como siempre y trabajó con la misma diligencia de otros
días, lo mismo para su familia que para los Serenelli, pero en su pecho,
su corazón temblaba como el de una ovejita que desde el redil presiente
la cercanía del lobo. Las palabras de Alejandro le habían helado el alma.
Alejandro era el enemigo infernal, la cizaña destinada al fuego del
infierno.

Durante todo el mes María evitó cuidadosamente, y sin darlo a


entender, aquella mirada fría y aguda que le taladraba el alma desde
aquel día, y según la expresión de su asesino, «tuvo su rosario en la
mano y no lo dejaba más que para trabajar». Serenelli la espiaba
continuamente, esperando el momento oportuno, «decidido a toda costa
a dar rienda suelta a sus brutales instintos, aunque para ello tuviera que
matarla». ¡Los héroes de sus novelas infames se habían portado tantas
54
veces de la misma manera!...
Con este objeto, el asesino, dominado por la pasión y ya casi en
manos de Satanás, preparó un punzón de hierro de veinticuatro
centímetros de largo y con una punta de tres milímetros, muy bien afilado
y lo guardó en su habitación. La ocasión ya se presentaría. Sin embargo,
el monstruo exigía silencio: «Si dices algo te mato», le había dicho aquel
día... y ella sabía que era un hombre capaz de hacerlo.
María, «por vergüenza», como dirá antes de morir, por temor de no
ser bien comprendida de su madre, por no romper definitivamente las
relaciones, ya tan tirantes, entre su madre y la familia Serenelli... se calló.
María no habló, pero pensaba en su pureza como el amante piensa en su
amada. La única manifestación de su temor fueron estas palabras:
«¡Mamá, no me dejéis sola en casa.... tengo miedo!». Pero la pobre
madre, preocupada de tantas otras cosas, no entendió, y creyendo fuera
un capricho infantil, no dio importancia a estas palabras.
María, sin embargo, estaba siempre alerta; trabajaba fuera de casa
siempre en compañía de su madre o de sus hermanos; vivía cada vez
más unida a Dios por la oración; presentía que algo iba a ocurrir... y por
todas partes veía la sombra de su enemigo y compañero inevitable,
Alejandro Serenelli. Sentía que el fuego se escondía bajo las brasas y
que tan sólo esperaba el tiempo oportuno para inflamarse.
Se le notaba sumamente preocupada y casi triste. Bien lo percibió la
señora Laura Archili, que una semana antes del crimen dijo a una vecina:
«Mire qué seria y triste está aquella muchacha».
María se veía en la lucha como un árbol seco indefenso ante
cualquier fuego pasional que pudiera abrasarlo en cualquier momento.
Pero el amor es fuerte como la muerte... y el amor de Dios es más fuerte
que la misma muerte, porque tiene la fortaleza de la potencia de Dios.
«No temáis a aquellos que sólo pueden matar el cuerpo»; María
temía sólo el pecado, el veneno más hediondo y contagioso que pueda
existir en el mundo.

55
Entre tanto, Serenelli, después de la negativa, se mostraba
particularmente descontento con todo; nada estaba a su gustó... y María
era siempre la culpable.
Su misma madre, influenciada por él, llegó un día a reñirle
«inmerecidamente», como ella misma reconoció más tarde, porque,
ocupada en otros quehaceres, se le había olvidado poner el agua al
fuego.
«Mamá, no se disguste; de ahora en adelante haré primero lo que
usted me mande y después todo lo demás», respondió la angelical
jovencita sin darse por ofendida, ni replicar con malas palabras.
Ella sabía lo que ignoraba su madre, y por eso la compadecía y sufría
silenciosamente la inmerecida reprimenda.
«Causa verdaderamente estupor —dice el decreto de instrucción de
la causa— que haya podido subir a tan alta virtud una muchacha que en
aquel vasto y desolado páramo no tuvo instrucción, ni religiosa ni profana,
fuera de las piadosas enseñanzas y ejemplos de sus padres y aquellas
rudimentarias lecciones de catecismo que recibió en la preparación para
la primera Comunión, sin lectura ninguna, ya que de hecho era
analfabeta. Aquí se ve bien cómo los limpios de corazón intuyen a Dios;
cómo Dios revela a sus pequeños sus secretos, y cómo en estos
pequeños se realiza de una manera maravillosa el hecho de que las
virtudes y dones infusos del Bautismo se perfeccionan con la
Confirmación y se alimentan con la Eucaristía.»
Aquel sábado, en que tan gloriosamente había de terminar la vida de
nuestra mártir, María había dicho a Cimarelli: «Teresa, ¿vamos mañana a
Campomorto? No sé cuándo voy a poder comulgar».
Sentía la necesidad del Pan de la vida y del vino que engendra
vírgenes; ansiaba el pan eucarístico con las mismas ansias con que el
hombre que muere de hambre ansía el pan terrenal, ó el agua el que se
muere de sed.

56
He aquí cómo cuenta el
mismo asesino los prece-
dentes del hecho.
«Por dos veces traté de
inducir a María a satisfacer mis
deseos. Le hice mi primera
propuesta, pero ella se puso
colorada y, diciéndome que
estas cosas no se hacían, se
desprendió de mí con tal
energía que no me atreví a
insistir.
»Volví al asalto al cabo de unos diez días, pero también en esta
ocasión protestó enérgicamente, se puso colorada y se separó de mí con
grande energía.
»En ambos casos quedé encolerizado en contra de ella.

»María en los días siguientes procuraba no quedar a solas conmigo,


y yo lo noté muy bien... Cuando por el día la veía, se apoderaba la rabia
de mí pensando que no se me había de escapar.
»Yo no dejé nunca mi deseo de cumplir mis intentos, y después de la
segunda tentativa formé el propósito de salirme con la mía, y llegué a
concebir la idea de matarla si acaso seguía oponiéndose a mis deseos.
»Confieso que el único fin que yo pretendía era el de atentar contra
su castidad, y matarla si en la tercera tentativa tenía el mismo negativo
éxito que en las anteriores».
Las tempestades secas y serenas que se forman en el mar Tirreno
son más temibles que las que van acompañadas del temporal y de
copiosa lluvia. El viento que sale por las gargantas de los montes
Lepinos, desemboca en el mar con inmensa furia y revuelve el espejo
tranquilo de las aguas con tal fuerza que le hace cubrirse de espuma.
La tempestad estalló de improviso aquella tarde bellísima y serena
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del 5 de julio de 1902.
Los Goretti y los Serenelli habían concluido su frugal comida;
Alejandro se levantó, fue a su cuarto y, tomando una vieja camisa suya, la
puso sobre el lecho junto con un pedazo de tela e hilo para remendarla.
Volviendo a la cocina, dijo a la niña: «Maruja, tienes que remendarme
la camisa...»
María no respondió. Tal vez en aquel momento se repitió ante su
espíritu la visión de San Abraham, tal como se lee en la vieja leyenda:
«Le parecía —se dice allí— ver salir de cierto lugar a un dragón muy
terrible, muy fuerte y pestilente, el cual venía con gran estrépito, y entraba
silbando en su celda, encontrando allí una blanquísima paloma, la
devoraba y después se volvía a su caverna».
María sintió un temblor recorrerle el cuerpo. Asunta viendo que la hija
no respondía, le dijo:
—Manija, ¿no oyes lo que te dice Alejandro?
—¿Dónde está la camisa? —preguntó ella.
—Está encima de mi cama; allí tienes tela y un poco de hilo.
El demonio había calculado bien todo su plan. Se apoderaría de la
paloma cuando se acercase a recoger la camisa y todo el resto de la
familia estuviese lejos en la era trillando las habas.
Pero los puros ven a Dios y por eso son bienaventurados, y no hay
planes contra el Omnipotente. María veía el rostro bondadoso del Mártir
del Calvario que le mostraba la encerrona. Sólo cuando todos estuvieron
en la era entró a buscar su trabajo y salió al descansillo de la escalera
exterior a coser, junto a su hermanita de dos años y medio Teresina, que
dormía sobre una manta.
Trabajaba y oraba.
Aquel día como sucede en los decisivos de la vida, todos los hilos
que unen el principio y el fin de una existencia humana se enredaban en
un solo nudo, que ya no podía soltarlo la vida, sino sólo la muerte. María,
ante la aparición repentina de Alejandro, que subió rápidamente las
escaleras, sintió que el corazón se le paraba... quedó sin respiración.
Pero el tentador había pasado adelante sin mirarla y se había
encerrado en su habitación. ¿Se habría engañado?
Si hubiese podido ver a través de las paredes o de la puerta cerrada,
hubiera huido espantada y aterrorizada. El malvado había colocado sobre
un mueble al alcance de la mano, el arma homicida.
Reapareció poco después vistiendo una camisa limpia y planchada.
De pronto cogió de improviso a la niña y la arrastró brutalmente

58
hacia adentro.

No, ya no había tiempo para discutir entre la salvación y la


condenación. Entre Dios y Satanás, entre la ley de vida y la de la
muerte...; o despreciar la vida y salvarse, o amar la carne y perderse.
María no se detuvo a reflexionar: entre ella y el malvado que trataba
de mancillar su pureza, entregó su vida.
Recojo de los documentos oficiales:
Serenelli:
«Antes de llegar a la puerta de entrada de la casa, delante de la
cuadra de los bueyes, encontré a mi padre, tendido sobre un fardo de
paja, y como había tenido que dejar el trabajo por haber cogido las
fiebres, le pregunté cómo estaba, es decir, si ya se le había pasado la
fiebre, a lo que me respondió que aun la tenía».
El fiscal:
«...Trajo a María a viva fuerza a la cocina y cerrando la puerta, le
tapó la boca con un pañuelo... pero habiendo ella puesto resistencia,
Serenelli, alcanzando el punzón, le infirió repetidos golpes...»
Serenelli:
«... Viendo que de ninguna manera quería condescender a mis
brutales proposiciones, me enfurecí... y como la jovencita se agitaba y
revolvía para defenderse..., viendo que tampoco esta vez iba a tener éxito
cogí el punzón y comencé a clavarlo...»

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«María, en lugar de defenderse, gritaba y trataba de cubrirse; esto lo
hizo varias veces...»
«Aquel día no pude decir que me arrepintiese; sólo después de algún
tiempo comprendí el horror de lo que había hecho...»
En el informe psiquiátrico, dice así Serenelli:
«... No tuve jamás el pensamiento de poderme casar un día con ella
tanto más que aun era muy pequeña, ni tenía una belleza que me
fascinase. Ella no me dio, por su parte, ocasión alguna —como una
sonrisa o alguna otra expresión— que condescendiese lo más mínimo
con mis intenciones pasionales».
En los procesos canónicos:
«María Goretti se opuso siempre a mis provocativos asaltos, y yo no
tuve otra intención que la de inducirla a consentir a mi pecado o matarla si
no correspondía a mis deseos».
Es preciso ser fiel y estar dispuesto a sacrificarlo todo en holocausto
para que triunfe siempre la caridad divina.
«La angelical niña se opuso a mis infames deseos —confiesa el
asesino— con una decidida negativa, negativa que continuó después...,
repitiendo muchas veces:
«Eso no lo quiere Dios. Irás al infierno».
«Parecía una leona».
«En aquel momento yo comprendía bien que quería cometer una
acción contra la ley de Dios y que quería inducir a María a consentir en mi
pecado, y la maté precisamente porque se oponía a él».
Y a los «carabinieri» que le preguntaban por el móvil de su delito:
«La he herido porque no quería condescender a mis deseos. Ya otras
dos veces lo he intentado y no he conseguido nada».

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Las invocaciones, las súplicas, los gritos, los motivos espirituales no
valieron para nada.
«Mi hija María me dijo —declaraba su madre al día siguiente— que
ella pidió auxilio al ser herida, pero que Serenelli no la había dejado hasta
verla caer en tierra junto a la puerta de la cocina, donde había ocurrido el
hecho; y que después, habiéndose retirado Sarenelli a su cuarto, ella tuvo
fuerza para levantarse y llamar a Juan Serenelli, diciéndole que su hijo la
había herido».
Y al juez instructor, el abogado Francisco Basso:
«Dijo mi hija que después de ser herida en el vientre, levantándose,
trató de gritar, pero Serenelli, agarrándola por el cuello con una mano, la
golpeó con el mismo punzón en la espalda repetidas veces, y no paró
hasta que la vio caer en tierra como un cuerpo muerto».
La ferocidad del asesino sobrepasa todos los límites, y nos aterra el
pensar en los detalles del crimen.
Para María —candor de inocencia y ardor de sacrificio en la
obediencia a los mandamientos del Señor, en humilde participación con el
holocausto del Redentor—, fue el epílogo de una vida inmaculada.
Así lo comprendió ya entonces su buenísima madre.
—Sí, mamá, hace ya cerca de un mes me molestó otras dos veces
Alejandro.
—¡Virgen Santísima! ¿Y por qué no has dicho nada a tu madre?
—Querida mamá, me juró que me mataba si le decía algo a usted. Yo
tenía miedo, y por eso no se lo dije. De todos modos me ha matado lo
mismo.
—¿Pero tú gritabas cuando te hería?
—Sí, mamá, pero él seguía hiriéndome; cuando ya no ha podido más
me ha dejado y después ha vuelto de nuevo.
El reino de los cielos es como aquella piedra preciosa que, para

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adquirirla, hay que vender todo lo que se posee... María Goretti así lo
entendió y lo hizo. La primera Comunión, el martirio, la gloria; primero es
el alba del sol que nace después el esplendor del sol en el cenit,
finalmente, la gloria deslumbradora de un sol que no conoce ocaso.

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ROSAS Y AZUCENAS

María fue piadosamente levantada del suelo por Cimarelli y llevada a


su lecho. Daba pena verla. Las entrañas salían por los vestidos
desgarrados, pero la angelical niña no se quejaba. Con gran entereza,
como si aquella horrible carnicería no la sufriese en su propio cuerpo,
decía sencillamente:
—Desnudadme..., dadme vuelta...
La madre había sido detenida por algunas gentes compasivas fuera
de casa, pero María reclamaba amorosamente su presencia:
— ¡Mamá, mamá!
La buena madre corrió, pero las fuerzas la abandonaron, y tuvo que
ser llevada sin sentido a casa de Cimarelli.
Entre tanto salieron volando a buscar al médico. A María le
disgustaba toda aquella confusión, y preocupada más de su pudor que de
sus dolores, le dijo a Cimarelli:
—Quisiera que te quedaras tú sola aquí.
Las horribles heridas, la sangre coagulada sobre los vestidos que le
acababan de quitar, produjeron nuevo sufrimiento a la víctima, que cayó
en el delirio.
—¡Alejandro, Alejandro! ¡Qué penal
—¡Por caridad, no dejéis entrar a Alejandro! —gritaba haciendo
esfuerzos como si se tratase de alejar a un enemigo invisible.
—No hay nada que hacer —dijo el médico— , hay que llevarla
inmediatamente al hospital e intentar lo imposible.
Salieron en busca de la ambulancia.
Mientras se hacía lo que era posible para aliviar los sufrimientos de la
niña y contener sus heridas, le preguntó de nuevo la Cimarelli, a la que
dijo:
—Ha sido Alejandro, que quería que hiciese cosas malas. Yo le he
dicho: «No, no, ¿qué quieres hacer, Alejandro? Que te vas al infierno».
Pero no he conseguido nada. Me hirió muchas veces con un punzón de
hierro en el vientre y en otras partes del cuerpo.
Llegada la camilla, fue acomodada cuidadosamente en ella por la
madre y otras buenas mujeres... y una lluvia de besos y de lágrimas
cubrió aquel rostro de marfil.
63
—¡Adiós, María, adiós...! —se oía entre los sollozos de la multitud,
entre la que pasaba la jovencita como un rayo de plata en aquella tarde
estival sin un soplo de viento, iluminada por el haz de oro de los rayos del
sol próximo a desaparecer entre las aguas azules del Tirreno abrasado.

Al aparecer la víctima se produjo en la muchedumbre un murmullo de


compasión; después se hizo un silencio tan profundo que no se oía más
que el llanto de las mujeres y de la madre y hermanos de la mártir…
¡todos los ojos estaban llenos, de lágrimas, y todos los espectadores
descubiertos!
María, llevada en brazos de Cimarelli, aparecía transformada, aun
físicamente, en una nueva criatura; casi no se la conocía; tenía el rostro
palidísimo, pero luminoso y transparente como las aguas claras del
Paraíso terrenal. Todos se alzaban sobre la punta de los pies y alargaban
el cuello para ver mejor a aquella jovencita a quien veían convertida en
hostia viva, en lirio celestial.
«¡Adiós, Manija, adiós!»
La madre y los esposos Cimarelli se colocaron a su lado, y el piadoso
cortejo se puso en movimiento.
«¡Maruja, ruega por nosotros!».
Sin duda, en su alma sencilla y buena, aquellos humildes aldeanos
presentían que no pasarían muchos años sin que aquella pobre y
desconocida jovencita fuese propuesta a la admiración, al ejemplo y a la
oración de todo el mundo.
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»
Cuando se viven los mandamientos de la ley de Dios con pureza de
corazón, sencillez y humildad, brota espontáneamente el gratísimo olor

64
de la suavidad de la virtud.
Todos, sin darse cuenta de ello, habían sentido el de María Goretti, y
habían sido fascinados y conquistados por él.
Sentían ahora más que nunca que de ella se desprendía un perfume
que no es de este mundo.

Pocos minutos después, cerca del monte comunal, los cuatro


carabineros que conducían maniatado al criminal, se adelantaron a la
camilla en que era transportada la víctima al hospital. La luz y las tinieblas
se encontraban. La gloria, la inocencia y el amor de la víctima, y la
vergüenza del delito, de las esposas y de la cárcel... el asesino.
Las personas con quien se encontraban por el camino se detenían
respetuosamente; todas las cabezas se descubrían, y trenzas negras o
rubias y rostros bronceados y quemados por el sol se inclinaban como al
paso de la Hostia Santa.
La niña sufría atrozmente, pero callaba. No quería afligir más a su
pobre madre.
Tan sólo una vez preguntó:
—Mamá, ¿falta mucho todavía?
A las 18,30 llegaron por fin. Delante del Hospital de los Hermanos de
S. Juan de Dios había una muchedumbre silenciosa y conmovida, que
abrió paso al sagrado cortejo.
La tomaron en brazos y la metieron dentro.
Estaba blanca y tranquila como una niña recién nacida; y hermosa...
como «la más hermosa de las hijas de Sión».
Todos los ojos se volvieron a ella y de todos los corazones se elevó
una plegaria al Padre Celestial.
Los doctores Bártoli, Perotti y Onesti, asistidos por el médico

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Gazzurelli, la reconocieron.
Una carnicería. Seguramente le quedaban muy pocas horas de vida.
Lo mejor era que se confesase antes de intentar la operación.
Los médicos se retiraron un momento y le indicaron al P. Martín
Guijarro:
—Padre, aquí no tenemos nada que hacer; para nosotros es ya un
cadáver; usted encontrará un ángel.
La estrella de su vida esperaba la señal de Dios para emprender un
nuevo camino.
Pocos instantes después comenzaron los médicos la intervención
quirúrgica, que fue necesario hacerla sin anestesia.
Eran catorce heridas graves y cuatro contusiones que interceptaban
el corazón, los intestinos, un pulmón...; no había nada que hacer... pero
acaso... ¡Tiene tantos recursos Dios y la juventud! María estaba tranquila,
como un lago en calma.
Por dos horas la pobre corderita de Dios hubo de ofrecer su cuerpo
sin mancha a los bisturíes que trataban de arrancarla a la muerte. María
se ofrecía en sublime holocausto con admirable sencillez, con ingenuidad
y casi con timidez; sus ojos puros, en los que no aparecían las lágrimas,
parecían pedir perdón por todo el trabajo que estaba dando a tantas
buenas personas.
Más exangüe y pálida que nunca se la llevó a la sala de las mujeres.
«... La gente quiso verla sobre el lecho de su agonía y fue tal la
muchedumbre, que habían de pasar en fila sin detenerse, y a la vista de
la niña, rodeada como de un halo de luz sobrenatural, todos prorrumpían
en llanto y salían silenciosos».
La sangre, que corre por los miembros lacerados del Salvador
destilaba en su corazón una paz de redención que sólo el holocausto
puede dar.

66
Esta paz llenaba su alma hasta rebotar en consuelos para los demás:
—Mamá, estoy bien.: ¿Cómo están mis hermanos y mis hermanas?
—No dejéis entrar a Sérenelli...
La sangre perdida, el calor de aquel día tórrido habían secado su
garganta.
—Mamá, ¿me das una gota de agua?
No se podía. Sería la muerte de la podre niña; los médicos lo habían
prohibido en absoluto.
—¿Es posible que no me podáis dar una gota de agua?
—No, Maruja, no se puede; también Jesús...
Y por Jesús, María Goretti no volvió a pedir nada, y sufrió por veinte
horas aquel horrible tormento.
«Figuraos mi sufrimiento —dice la madre—, no poder dar un pequeño
alivio a una hija mía. Ni aun ahora me puedo consolar, sino pensando que
también a Jesús se le negó una gota de agua y que para su sed no tuvo
más que hiel y vinagre...»
Madre digna de tal hija... las dos sufrieron aquel tormento indecible
por amor de Jesús.
Aun les pedía Jesús un nuevo sacrificio a las dos: la madre había de
apartarse de la cabecera de su hija... convenía que la pequeña no se
esforzase en hablar.

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—Mamá, ¿no te quedarle esta noche conmigo?
—No, hija mía, no me dejan; sólo le consienten quedarse a Teresa;
ella estará aquí contigo.
—Y tú, ¿dónde vas a ir a dormir?
—Dios proveerá, hija mía.
—Yo estoy bastante bien, ¿verdad?
—Sí, estás bien; pero no te esfuerces en hablar, porque el doctor ha
dicho que no debes hacerlo.
La madre y la hija obedecieron.
Al lado de la querida enferma quedaron Teresa Cimarelli y el Párroco
don Temístocles Signori.
Toda la noche se pasó en palabras de consuelo y oraciones. María
besaba con transportes de amor el Crucifijo y la medalla de la Virgen. El
Esposo de sangre daba los últimos toques al vestido nupcial de la esposa
para el gran día de sus bodas eternas. Al día siguiente era primer sábado
de mes, y la fiesta de la Preciosísima Sangre.
Por la mañana volvió la Madre al lado de María...
«Noté —dice— que mi hijita tuvo durante esta jornada su mirada fija
en el cuadro de la Virgen colgado en la pared».
A Cimarelli, que le preguntó qué miraba, le contestó:
—La Virgen me está mirando.
Años hacía que el padre y la madre, como buenos cristianos habían
enseñado a su hija a recurrir a la Santísima Virgen en todas las
tentaciones y necesidades; años hacía que todas las noches, sin falta, le
repetía aquellas palabras «ruega por nosotros ahora y en la hora de
nuestra muerte...» y la buena Madre rogaba ahora por ella...
El Padre Martín Guijarro le preguntó:

68
—Maruja, ¿te gustaría ser hija de María.
—Mucho, mucho
—Bien, mandaré tu nombre a la congregación de Roma; entre tanto
te daré la medalla bendita de Hija de María...
—Muy bien, muy bien...
La Madre del Amor recibía entre sus brazos a su hija querida... y ésta
estampaba besos ardientes sobre su imagen.
Aquella medalla fue sepultada con ella, y veintisiete años más tarde
fue encontrada sobre su pecho. Estaba toda negra y consumida por el
tiempo, pero la inscripción: «Oh María, sin pecado concebida ruega por
nos», era fácilmente legible.
***
Aquella llamita celestial estaba dando sus últimos destellos. El ocaso
era digno de toda su marcha por la vida. Se pensó en el Viático, y el
arcipreste Signori lo dispuso a él. Lirios y rosas mezcladas con flores
silvestres llenaban su habitación y la cubrían a guisa de colcha.
—María, Jesús murió perdonando al buen ladrón; ¿no perdonas tú
también de corazón a tu asesino?
—Sí, sí, yo también le perdono por amor a Jesús... Quisiera que en el
paraíso estuviera muy cerca de mí.
A los demás, que le pedían lo mismo, les respondía:
—Sí, le perdono, espero que también Dios le perdone.
¡Caridad, flor del cielo que trajo a la tierra el Salvador, que escoge
«las cosas que no son, para confundir a las que son!».
Cuando se le insistía sobre este punto, afirma don Signori, «Maruja,
superando toda repugnancia, respondía que le perdonaba de todo
corazón».
Cuán cierto es que frecuentemente las palabras de Dios marchan por
caminos incomprensibles para los criterios humanos: «Mis caminos no
son como vuestros caminos», ha dicho el Señor. Dios es caridad, y el que
entra en este horno abrasa en su fuego todos los cálculos y
resentimientos humanos.
Y vino Jesús, el Mártir divino, a coronar a su esposa de amor; aquel
Jesús de quien nadie podría apartarla jamás... «aquel Jesús —decía la
víctima— a quien iré a ver dentro de poco».
Recibida la Santa Hostia, inclinó su rostro sobre el pecho,
tabernáculo de su Dios Sacramentado, para manifestar todo su amor y
gratitud, y quedó así largo rato, corazón a corazón con su amor, prenda y
anticipo del gozo eterno.
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El Esposo divino venía a glorificar a su amada, que le había dado la
prueba suprema de amor.
—Maruja —le dijo el Hermano Meirado—, acuérdate de mí en el
cielo.
—¿Quién sabe quién llegará allí primero?...
—Tú, querida Maruja...
—Bien; si es así, me acordaré de usted.
Llegaba el fin; la lámpara de Dios daba su último resplandor.
—Acercadme a la Virgen.
—¿Me queréis acercar a la Virgen? e, incorporándose, tendía sus
brazos a la imagen de María.
«Poco antes de expirar —dice su madre—, me dijo: «¡Mamá!
¡Papá!»; y yo le contesté: «Corazón mío...», y bajé la mirada llena de
dolor, sin poder concluir la frase. Ella viéndome apenada, me dijo:
«Perdóname, mamá». Yo comprendí que me pedía perdón, temiendo
haberme renovado el pensamiento de su padre...»
Había entrado en la agonía. De pronto se agarró al brazo de la
Cimarelli, que estaba junto a ella, y gritó: «¿Qué haces, Alejandro? Irás al
infierno». Y en el esfuerzo supremo de alejar a su enemigo cayó de
nuevo... Antes de que se extinguiese el último acento del Padrenuestro
rezado por todos los asistentes, María había dejado de existir. Había
expirado así, con aliento juvenil, en el ardor de la lucha, como una
heroína en la batalla de la pureza.
—¡Ha muerto! —murmuró alguien.
Estallaron en sollozos los presentes, mientras sus ojos, llenos de
lágrimas, se volvían a mirar aquel rostro sonrosado y amable con los ojos
clavados en la lejanía como si estuviese viendo alguna dulce visión...
Parecía atender a la última llamada de su esposo divino, y se hubiera
dicho que su cadáver estaba esperando el milagro de la resurrección
final.

70
Eran las 15,45 del sábado 6 de julio de 1902. María tenía once años,
ocho meses y veinte días.
«Se parecía a Santa Filomena», dice su madre.
En su rostro resplandecía el reflejo vivo de la lumbre gloriosa de la
virginidad, la Señal divina de su estado de víctima; el reflejo de la última
lucha se veía aún impreso en su rostro, y sobre su pecho el divino
Crucificado, la imagen del divino Esposo en el momento de la locura de la
Cruz... La flor de Nettuno reclinaba su corola sobre la Cruz de Jesús,
cuya sangre le había dado fuerza para deshojar sus pétalos sobre el
Trono del Eterno Amor.
La madre le cerró los ojos y besó su frente helada, como si quisiera
dar a aquella alma que volaba a Dios, el último adiós materno.
Asunta perdía una hija, pero desde entonces tenía una protectora en
el cielo. Lloraba ciertamente su muerte, pero aquellas lágrimas eran
consoladas con el pensamiento de la eterna confianza en el patrocinio de
su hija; mucho más poderosa ahora que gozaba del poder de Dios.
María será por siglos un faro de luz que señale a las almas el puerto
en medio de las tinieblas de este mundo tempestuoso...

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72
PALMAS TRIUNFALES

Sucede a veces que un rayo caído en el desierto descubre una mina


insospechada.
Apenas había fallecido María, la voz del pueblo empezó a pregonar:
«Han matado a una niña santa».
Ahora que su frío cadáver yacía sobre el lecho, blanco y puro como la
nieve, cual esposa, preparada a las bodas; ahora que su corazón virginal
había dejado de latir en el brazo de su esposo crucificado, inmolado
sobre el tálamo de su agonía, que es el triunfo de su gloria, de todos los
sabios brotaba un solo sentimiento, aunque expresado de mil maneras
diferentes.
«Todos —confiesa la madre— me felicitaban por tener una hija
mártir».

Sin embargo, las lágrimas de la pobre madre corrían irrefrenables.


«¡Porque hija mía —exclamaba—, yo no era digna de poseer este ángel!
¡Dios mío, Vos me la habéis dado, Vos me la habéis llevado; cúmplase
vuestra voluntad!».
La muerte es ley impuesta a la naturaleza por Dios y rebelarse contra
esta ley, es rebelarse contra el mismo Dios; someterse, en cambio, a la
muerte, es someterse a Dios, y la buena Asunta se sometió a la ley de la
muerte, aunque la muerte desgarraba su corazón, del que su Maruja era
la fibra más íntima y más amada.
Madre fuerte sin duda, pero madre al fin. Dios que da a la campiña
seca el beneficio de la lluvia, o al menos el refrigerio del rocío, no dejó de

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dar a su alma dolorosamente llagada el bálsamo y refrigerio del consuelo
divino... que se manifestaba aún en las palabras de los hombres.
—Consuélese, porque ella de cierto está en el Paraíso; ha sabido
perdonar aún a su asesino.
—Valor, buena mujer, su hija es otra Santa Inés; ¡niña
bienaventurada que ha sabido morir antes que mancillar su Pureza!
Todos la envidiaban, y aun aquellas que no habían tenido la fuerza de
imitarla, la admiraban y lloraban, pensando en su juventud.
Todo Nettuno, se pudo decir, quiso pasar ante los despojos
exánimes. Todos depositaban un beso, una lágrima, una flor. Durante
todo el día continuó el piadoso desfile. Ni los niños sentían miedo ante
aquel cadáver, antes al contrario, la miraban con curiosidad y cariño, y,
sostenidos por sus madres, la besaban con infantil, audacia.
Muchas personas pedían algún objeto que le hubiera pertenecido,
para conservarlo como reliquia y devoto recuerdo de la santa niña. Otros
la tocaban con sus rosarios.
Hubo que esperar aún veinticuatro horas para realizar las diligencias
ordenadas por la autoridad judicial, que había mandado hacer la autopsia.
Causa única de la muerte había sido la peritonitis y la pérdida de
sangre, pero la posición de las heridas mostraba claramente cuál había
sido la fuerza y valentía de esta heroína al defender su pureza,
¡Intacta!
La conducción del cadáver tuvo lugar en la mañana del 8 de Julio.
«Fue un triunfo magnífico, una apoteosis, un canto sublime a las
virtudes cristianas, una alabanza a la educación materna, una
condenación del vicio torpe, la invitación poderosa de una pobre niña a la
práctica más intensa de la vida cristiana. Así lo describió monseñor
Salotti, que fue Cardenal de la santa Iglesia, con motivo de la traslación
de sus restos.
La enseñanza de María Goretti no entraba por los oídos, sino por el
corazón, porque iba avalada por su sangre... hablaba un lenguaje de
eternidad distinto del nuestro, mezquino y temporal.
Todos los habitantes de Ferriere, la campiña y toda la región vecina
se volcó sobre la capilla del hospital. Para los ciudadanos, para los ricos
del mundo, para los romanos que veraneaban en Nettuno, esta niña
había sido una de tantas de entre la turba de los pobres, de los
desheredados, de los que apenas son dignos de una mirada de
conmiseración; pero ahora esta Mártir decía a todos estos señores la
palabra incomparable, soberanamente divina, del verdadero cristiano, del
que vive su fe y da la vida por ella. En las tinieblas de la noche y en las
74
tempestades de la vida su ejemplo aparecía como un faro luminoso que
infunde aliento y esperanza.
Las campanas que tocaban a muerto parecían cantar una música
nueva y triunfal, el himno victorioso de los hijos de Dios.
El entierro no fue un fúnebre desfile, sino un cortejo triunfal; desde las
primeras horas del día una muchedumbre multicolor, vestida con su traje
de fiesta, inundaba las calles; las puertas, los balcones, las ventanas y
hasta los tejados, se hallaban adornados con flores y banderas. Todos
rivalizaban en hacer que el paso de los despojos mortales de la Mártir
fuese lo más solemne posible; en todas las manos se veía una vela y un
lirio, engarzados en la santa corona del rosario.
Formaron el cortejo todos los Canónigos de la Catedral, los niños con
sus maestros las Hijas de María, vestidas de blanco, y las jóvenes de las
piadosas Maestras Filipinas y de las Hijas de la Cruz; detrás, hombres,
mujeres, eclesiásticos en interminable cortejo. «Casi todos —recuerda la
madre— iban llorando, y todos decían que había sido una verdadera
mártir de la pureza».
Abría el cortejo la Cofradía del Sacratísimo Sacramento, y detrás la
muchedumbre innumerable rezando devotamente el Santo Rosario.
El toque de las campanas vibraba en el aire lleno del perfume de los
campos y de las flores que alfombraban la calle por donde pasaba la
mártir.
El municipio cedió gratuitamente la parcela de la sepultura, y la gente
se disputaba el honor de llevar el cadáver.
Ni un comercio, ni, un taller permaneció abierto... parecía la fiesta
mayor de la ciudad.
La madre no estaba presente, pero cuando supo toda la honra
gloriosa que se había tributado a su hijita, se desbordaron de nuevo sus
ojos en lágrimas, pero esta vez de consuelo y de acción de gracias al
Señor.
Hasta el postrer adiós que dio don Signari al venerado cadáver, tuvo
más el aire de un esperanzador «hasta la vista» que de un adiós
definitivo.
Cristo, con los brazos alargados sobre la cruz, coronado también de
flores, saludaba a la hija amada que, por su amor y por observar su santa
ley, había derramado su sangre, y la acogía en el campo santo de los que
han de resucitar gloriosamente, en espera del triunfo inmarcesible del
último día.
Los cristianos tibios, los anémicos del cristianismo, no podrán
comprender jamás el sacrificio de sangre de María Goretti; pero los

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sencillos de corazón, los desheredados, los puros, los que impregnan
todas sus acciones de inocencia, pureza y sacrificio, serán siempre sus
más fervientes admiradores. Sólo a través de nuestro corazón podemos
nosotros contemplar hasta el fondo el corazón de la pequeña María; sólo,
si también nosotros hemos tenido, que sostener una lucha moral,
podremos comprender el heroísmo de la suya.
Un código, aunque esté escrito por el mismo Dios, como es el de los
mandamientos, es letra muerta que hay que vivir en la vida ordinaria de
cada día. Además de este código hay algo impalpable, pero concreto, que
le da forma y vida, algo fuera de aquel conjunto de normas y leyes, que
no es el código mismo pero, que constituye su custodia y guarda más
eficaz. María lo realizó en sí misma, y Dios la ponía sobre el candelabro
para que aun los ciegos pudieran ver.
Sobre su tumba se leía esta inscripción:

6 DE JULIO DE 1902
AQUI REPOSA EL CUERPO VIRGINAL
DE LA HEROICA MARIA GORETTI
DE DOCE AÑOS DE EDAD
EN ESPERA DE LA AUTORIZACION LEGAL
PARA TRASLADAR SUS RESTOS AL SANTUARIO
DE NUESTRA SEÑORA DE LAS GRACIAS
DONDE SE ERIGE SU SEPULCRO.

Veintiséis años después fue concedido el permiso, y el pueblo de Nettuno


pudo ver realizado su voto. Sobre la tumba vacía se puso esta otra
inscripción:

EN ESTE LUGAR
REPOSO DURANTE VEINTISEIS AÑOS
EN LA PAZ DE CRISTO
EL CUERPO VIRGINAL
DE LA HEROICA NIÑA
MARIA GORETTI
EL 26 de ENERO DE 1929
FUERON TRASLADADOS SUS RESTOS
DONDE FUERON SEPULTADOS
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EL 28 DE JULIO DE 1929.
LA POSTULACION DE LA CAUSA
DE BEATIFICACION.
A. M. P.

La santa Hija de María reposa a los pies de su Madre Celestial.

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FRUTOS DE SANGRE

La tumba consumió aquel cadáver en la suerte común a todos los


vivientes. Pero de aquella tumba se levantaron bien pronto resplandores
de vida. Lágrimas enjugadas, crisis superadas, enfermedades vencidas,
favores conseguidos, sufrimientos desvanecidos, vidas recuperadas al
borde de la tumba.
Es la huella luminosa que sigue el paso de Jesús a través de los
siglos y de los que más se han acercado a El en la humildad y en el
sacrificio.
Podríamos recoger abundantes gavillas si quisiéramos espigar...; sin
embargo, sólo queremos recoger algunos hechos más importantes,
ocurridos a la vista de casi todos, y ante todo algunos que interesarán de
una manera especial al lector.
El primero en beneficiarse de la sangre de su víctima fue el mismo
asesino, Alejandro Serenelli.
La sangre de una mártir es una gota en el mar de la iniquidad
humana, pero la sangre no es agua y tiñe de rojo todo cuanto toca.
Serenelli fue alcanzado por esta sangre.
El desgraciado joven, después de su delito, se encerró en su
habitación, arrojó el hierro ensangrentado en un cajón y se acostó en su
lecho en espera de los tristes acontecimientos. Los héroes de sus
novelas, cuando no podían hacer otra cosa tomaban la misma actitud.
Entretanto los carabineros de Cisterna acudieron, y después de
violentar la puerta, prendieron al delincuente y lo maniataron, pero...
Era imposible sacarlo de allí; la muchedumbre, enfurecida, quería
lincharlo a toda costa. Para salvar su vida y la del prisionero, los soldados
de Cisterna hubieron de esperar a que llegaran los carabineros de
caballería de Neptuno.
—¡Corred... pronto! —gritaba la gente—, y cuando el miserable salió
al campo entre cuatro carabineros, se oyó un solo grito de reprobación y
sobre él se alzaron amenazadores, bastones, palos e instrumentos de
trabajo.
Dejádnoslo a nosotros, que lo matamos. Por todo el largo recorrido
no se oían más palabras que «¡matarlo... matarlo!»

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Convicto y confeso, fue condenado a treinta años de presidio.
La sentencia dice:
«El Jurado declara a Alejandro Serenelli culpable de homicidio
premeditado para facilitar la perpetración de otro delito... El tribunal cree
justo fijar la máxima pena... y condena a Alejandro Serenelli a la pena de
treinta años de reclusión... a la vigilancia especial de la Policía por tres
años, y a la inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos...»
El desgraciado no rectificó su conducta; había aprendido muy bien
las lecciones de sus pérfidas lecturas. En los interrogatorios, en la
condena, en los primeros años de cárcel, demostró siempre el más
repugnante cinismo.
Pero la sangre de la mártir estaba ante el trono misericordioso de
Dios.
Trasladado al presidio de Noto en Sicilia, para expiar su condena, fue
visitado por el Obispo monseñor Baldini, que le habló paternalmente.

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Tal vez aquel desgraciado no había sentido llegar jamás a su corazón
una palabra de amor...; aquel día llegó aquella palabra y rompió la corteza
de su dureza de corazón.

El señor Obispo, al salir, le dejó algunas publicaciones católicas,


libros y revistas y entre ellas una pequeña «Memoria» de la mártir.
Serenelli, en su ocio obligado leyó aquellas páginas y, entrando dentro de
sí, comprendió al fin que había sido un malvado, que se había
comportado como un auténtico monstruo.
Cada uno de los gestos y de las palabras descritas en aquella
pequeña biografía, fue como un puñal agudo, que fue traspasando su
corazón y abriendo una profunda herida; brotaron las lágrimas en sus
ojos, y regaron aquel corazón seco como un desierto y duro como una
roca.
Poco tiempo después tomaba la pluma, y, haciéndose ayudar de un
compañero de celda, escribía al Obispo:
«Con doble motivo lloro mi culpa, porque tengo la conciencia de
haber quitado la vida a una pobre inocente, que hasta el último momento
quiso mantener a salvo su honor, sacrificándose antes que ceder a mis
deseos, que me llevaron a un paso tan temible y reprochable. Detesto
públicamente mi delito y pido perdón a Dios y a la pobre familia desolada,
a quien tanto daño he hecho, y espero que también yo podré recibir el
perdón en esta vida...»
Por primera vez confiesa:
«Era verdaderamente un ángel, inocente como el agua limpia,
piadosísima, muy buena y muy servicial en casa: un modelo de
muchacha».
Serenelli, abrazando su cruz, comenzaba a subir la pendiente áspera
y dura de la expiación... pero tenía una abogada en el cielo, María..., y no
se detuvo en los obstáculos del camino ni titubeó aún cuando las piedras

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le destrozaban las carnes.
Con el arrepentimiento le entró en el corazón un deseo vivísimo de
expiar el mal que había hecho. «Ciertos crímenes —decía— no se pagan
jamás bastante». No, no; él solo era el único responsable, él solo el único
reo que «supo muy bien lo que hacía».
«En el proceso se ha hablado de una enfermedad mental de mi
madre y de mi hermano, y es cierto. Pero esto sucedió por un susto que
recibió mi hermano, y en mi madre, por el sufrimiento de la enfermedad
de mi hermano. De otros parientes no he sabido que hayan padecido
enfermedades mentales, y mi padre y yo hemos gozado siempre de
perfecta salud mental».
«El día del delito yo estaba en pleno conocimiento».
Interrogado prudentemente si estaría dispuesto a deponer en los
procesos canónicos, contestó: «Es mi deber».
Y despreciando la ignominia que podría caer sobre su nombre,
aceptó la humillación como reparación. Los más hermosos testimonios de
la heroica virtud de la mártir, que hemos podido recoger, los ha
proporcionado él. De suerte que la misma gloria de los altares se puede
decir que la ha conseguido indirectamente por él, por sus declaraciones.
El fue quien afirmó, porque él solo lo podía saber, como la angélica
jovencita, en aquella lucha desigual «se ocupaba más que de defenderse
de los golpes, de cubrir modestamente los miembros que dejaban al
descubierto los desgarros de sus vestidos».
El también quien atestiguó cómo María «trataba de salvar su alma y
reducirlo a la razón» diciéndole: «Alejandro, que es pecado, que te vas al
infierno».

«Sí, sí, la culpa es eternamente mía... que me dejé cegar de una


pasión brutal; ella resistió heroicamente para conservar su pureza,
prefiriendo caer en manos de un asesino antes que perderla».
«Sí, María Goretti es una verdadera mártir. ¡Cuántas noches, cuando

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no puedo dormir, me pongo a pensar: Si al Paraíso van los mártires, ella
ha de ser la primera... con todo lo que yo la he hecho sufrir!»
Cuenta después un sueño misterioso que fue el primer paso para su
conversión: «Me parecía decía estar dentro de un jardín todo lleno de
flores y de lirios, y he aquí que veo allí a María Goretti, toda vestida de
blanco, que recogía flores y, haciendo ramilletes, me los ofrecía, diciendo:
“Toma”. Y yo los cogía, pero en las manos se me convertían en llamas...»
«Espero salvarme concluía porque en el Paraíso tengo una santa que
ruega por mí».
«Quiero que estés cerca de mí en el Paraíso» había dicho María, y
ha mantenido su palabra.
Su buena conducta mereció a Serenelli la reducción de dos años de
su pena, y a los veintiocho salía del infierno de los vivos y se restituía a la
vida... y fue y sigue siendo un cristiano ejemplar.4
Por las Navidades de 1937 fue a Corinaldo a ver a Asunta:
—¡Perdón, buena Asunta, perdón! ¿Me perdonas?
¿Qué había de hacer la madre cuando la hija le había perdonado
antes de que se arrepintiere?
—Ella te perdonó, ¿cómo no te he de perdonar?
Y se acercaron como hermanos a la misma Mesa eucarística en
aquel día de paz... y juntos como hermanos han gozado la alegría de ver
a su querida María —muy querida para ambos, aunque de distinta
manera—, en la gloría de Bernini.

4
En la celda donde Alejandro estuvo encerrado quince años hay actualmente una
capilla. Murió en Roma, Italia, en 1970, a la edad de 88 años.

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LA GLORIA EN POS DE
ELL A

Su familia
Asunta volvió a Ferriere destrozada de dolor; los tristes sucesos
habían trastornado su vida y la de la familia Serenelli, que la ayudaba...
Todo se ha derrumbado... ¿cómo permanecer en aquella finca, en aquella
casa donde cada piedra le hablaba de su querida «Maruja» y donde
cualquier cosa era una nueva herida en su llagado corazón?
María velaba desde el cielo por su buena madre y por sus queridos
hermanitos. El movimiento que se suscitó en torno del suceso de Ferriere
hizo que muchas buenas personas se interesaran por la familia, en
especial el Rvdo. don Allegrini.
De esta manera la buena madre, con sus hijos, pudo partir cuatro
meses más tarde a su Corinaldo. Antes hubo de detenerse en Roma...
muchos querían oír de sus labios la relación del martirio de su hija.
«El Rvdo. don Allegrini —cuenta la madre— se interesó muchísimo
por mi familia y me llamó a Roma, dándome hospitalidad por quince días;
se preocupó por colocar a mi hija Ersilia en el Instituto de las Descalzas, y
un año después a mi hija Teresa en las Hermanas Misioneras de María,
en su casa de Grottaferrata, proveyendo a los gastos de los viajes».

Después de este breve paréntesis, Asunta volvió a Corinaldo —hacía


seis años que había salido de allí—; volvía «sola», pero la protección de
María era visible.
Ersilia, hermana de la mártir, abrazó la vida religiosa en el Instituto
que la había educado; y hoy es «Sor María de San Alfredo». Los
hermanos y la otra hermana se casaron cristianamente, y la madre vive

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en feliz vejez sus últimos años en espera de volver a abrazar a su querida
«Maruja».
Junto con la madre de San Luis Gonzaga, es la única que ha tenido
la dicha de ver al fruto de su seno elevado al honor de los altares.
«No os escandalicéis por los que hacen el mal, y no los envidiéis;
ellos caerán velozmente como el heno y se marchitarán como la hierba
seca».
«Fui muchacho y ahora soy viejo, pero nunca vi al justo abandonado
ni a sus hijos mendigar el pan».
«Confía en Dios y observa su ley... y Él proveerá a tus necesidades».
«Pasé y vi al impío crecer corno las ramas del cedro; y volví a pasar
y ya no lo vi... Lo busqué y no pude encontrar ni sus huellas... En cambio
la posteridad del justo vive eternamente».
Son palabras del libro de la Vida, y la palabra de Dios no fallará en
una sola sílaba.
Asunta lo ha podido probar en el pleno siglo XX.

Verdadera Mártir
Entretanto se extendía la voz del pueblo, que le daba el título de
mártir; era como el murmullo de un enjambre de abejas que se iba
haciendo más poderoso de día en día, como el eco de un alud que
desciende del monte...
Los buenos hablaban de ella para exaltarla, y los malos para
combatirla.., pero la voz de Dios no puede ser sofocada, y Él «honra a
aquellos que quiere honrar».
Toda la prensa católica, los Institutos religiosos y la juventud
femenina esperaban la respuesta infalible de la Iglesia, que no había de
tardar.
En 1938 se inició el proceso apostólico. Pío XI aceptó con cariño la
iniciativa, y en un discurso dirigido a la juventud femenina de Albano,
exaltó el heroísmo de nuestra joven, llamándola verdadera mártir. Era un
anticipo.
El 27 de octubre de 1942, se tuvo la congregación llamada
«antipreparatoria»; el 1º de febrero de 1944, la preparatoria, y el 25 de
Marzo de 1945 Pío XII aprobaba el martirio.
El venerable documento dice así:
«...María Goretti, aunque no tenía más que doce años, supo entender
perfectamente lo que mandan las leyes de Dios, sus promesas y sus
amenazas, y escogió sufrir el martirio, derramando su propia sangre,
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antes que mancillarse con la culpa, lo cual manifestamos con grande
alegría de nuestra parte y honor para ella...
«Sus honras fúnebres pudieron compararse muy bien con un triunfo
glorioso de ser proclamada mártir por todo el pueblo. Y con razón porque
el Angélico Doctor, al cual asienten todos los demás teólogos, asegura:
«Es causa suficiente para el martirio, no sólo la confesión de la fe, sino de
cualquier otra virtud, no natural, sino infusa que tenga por fin a Cristo.
Con cualquier acto de virtud, en efecto, puede uno dar testimonio de
Cristo, pues las obras que Él produce en nosotros son otros tantos
testimonios de su bondad; por esto algunas Vírgenes fueron matadas
porque quisieron guardar intacta su virginidad, como se lee de Santa Inés
y de algunas otras, cuyo martirio celebra la Iglesia...»
«Puesta a discusión la duda si constaba del martirio y de la causa del
mismo, y juntamente de los milagros propuestos, los Emmos. Cardenales,
Prelados, Oficiales y Padres Consultores, dieron su voto favorable al
martirio, y el Santo Padre, oído atentamente su parecer, después de orar
declaró constar del martirio y de la causa del martirio de la Venerable
Sierva de Dios María Coretti y siendo esto evidente, concedida, según la
norma del Canon 2116 párrafo 2, la dispensa de los milagros, declaró que
se podía proceder adelante».
Verdadera mártir para el sentir del pueblo y por juicio infalible de la
Iglesia...

El día triunfal
El 27 de abril de 1947, Su Santidad Pío XII elevaba solemnemente al
honor de los altares declarándola Beata y proponiéndola a la admiración y
oraciones de todo el mundo católico, a la humilde niña de Ferriere.
Copiamos a continuación, de una carta particular del Eximo. y Rvmo.
Don Isidro Augusto Oviedo, Obispo de León de Nicaragua, que asistió a
la ceremonia de la beatificación, en cuyas palabras se refleja la emoción
de aquel día:
«Su cuerpo fue trasladado a Roma en ocasión de haber sido
beatificada en el mes de abril y en estos días se la lleva de regreso a
Nettuno, donde se encuentra la humilde casa en que fue apuñalada con
catorce heridas, porque quiso conservar intacto el lirio de la pureza.
Asistieron a la beatificación su propia mamá, con un hermano y una
hermana, cuya presencia conmovía al pueblo de Roma, sobre todo
cuando he acercaron al Padre Santo para darle las gracias por haber
elevado a los altares a su pequeña María. Verdaderamente que jamás se
ha visto la santidad tan al alcance de todos. En Frascati y en los demás
pueblos cercanos, donde tuve la oportunidad de acompañar la procesión
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del traslado, oí un bellísimo sermón del Exmo. Sr. Obispo Gondalucci.
Algo maravilloso. No se podía hablar de otra manera, al ver aquella lluvia
de flores sobre el cuerpecito de la niña mártir: «No te vayas, pequeñita
santa —decía— de nuestra Catedral sin antes bendecir a mi diócesis.
Mira los desastres de la guerra». Y señalaba las espantosas ruinas a que
quedó reducida la ciudad y la misma catedral. Devuelve a la juventud
enloquecida de nuestros tiempos el candor de tu pureza, para que su
nueva vida de virtudes devuelva la alegría a este pobre mundo que no la
encuentra».

Lluvia celestial
Aunque dispensada de los milagros para su beatificación; la amable
Santita no se dispensó a sí misma de favorecer a sus devotos, como
resulta de los procesos.
Y pudo conocer su protección, en primer lugar su madre, que la tuvo
siempre a su lado en los momentos decisivos de su vida, y fue liberada y
protegida por ella de todos los peligros.
Y su sobrina Isolina Goretti —actualmente Sor Aurora, de las Oblatas
de los sagrados Corazones de Jesús y de María—, a quien se le apareció
llena de hermosura, toda vestida de blanco.
Y fuera de su familia:
Juan Marafelli, de Nettuno, curado por cuatro veces de
bronconeumonía, estando al borde de la muerte.
Antonia Marini, curado de escarlatina interna y pleuritis húmeda, que
la tenía reducida al último extremo.
Fiore Ontanari, curada de una tisis intestinal; Espiridión Carter,
curado instantáneamente de absceso interior gravísimo.
Felicitas Quaglia, curada de una enfermedad intestinal
(probablemente tifus);
Un vecino de Nerensa della Battaglia, que curó de una nefritis aguda
después de una simple invocación.
El señor Marcozzi, que encontró pan y trabajo, después de varios
meses de paro, por las súplicas de su mujer a la mártir.
Fílides Miscetti, que curó de un tumor en el tiroides que le hacía sufrir
mucho; el médico le había dicho que no había nada que hacer... Pero
cuando están por medio los santos, se consigue lo imposible. Fílides
había pedido a María: «Si eres santa, como creo, haz que me
desaparezcan estos terribles dolores», y desaparecieron;
El Hermano Marcelino, Pasionista, tenía un dedo con gangrena; el

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postulador le aplica una estampa con una reliquia de la Santa y el dedo
cura.
José Sala, aquejado de otitis purulenta, apoya su cabeza sobre la
lápida de mármol que guarda las reliquias de la mártir, y la curación
sobreviene.
N. N., librada de una tristísima y dificilísima situación económica; un
sargento de guarnición en Albania, desahuciado de los médicos... recurre
a nuestra Santa y cura perfectamente.
Domingo D' Elia, enfermo de tuberculosis, se encomienda a María, y
la joven le escucha, concediéndole la completa curación.
Ignacio Mazarrese, tiene un niño enfermo de infección intestinal; no
puede acudir a un médico, y recurre a la Mártir, y el niño cura
inmediatamente;
Una joven de Pietralata está en cama con pleuritis complicada con
tifus...; comienza un triduo a María, y al tercer día puede dejar el lecho
completamente sana.
Constancia Vistocco, aquejada de flujo de sangre...; el médico no
encuentra remedio alguno, pero ella invoca a la Santa Niña, y no vuelve a
tener necesidad de remedio.
El Rvdo. don Augusto Castelli, tiene una cuñada enferma del mal de
Pot... invoca a la mártir, y desaparece el mal; una hermana y un sobrino
caen con el tifus. «No hay nada que hacer», dice el médico, pero
interviene María y se consigue la salud.
Cayetano Espósito, con bronconeumonía septicémica complicada
con meningitis; desahuciado por el médico invoca con fe a la Mártir, y en
veinticuatro horas se encuentra perfectamente sano.
Tarsicio Salvato se rompe una pierna, se le coloca bien y se le
enyesa; pero el pequeño —se trata de un niño— no puede sufrir el
enyesado, y seis días después su padre se ve obligado a quitárselo,
encomendándose a María... y el niño comienza a brincar como un chivo.
El seminarista Honofrio Scifo, Rogacionista, lleva dos años en el
sanatorio de «Campo Italia» con tuberculosis bilateral y pleuritis... Se
encuentra acabado. Se procura una reliquia de la Mártir, la invoca con
fervor, y un mes más tarde sale del sanatorio perfectamente curado.
Amalia Capotosti, curada instantáneamente de un flujo de sangre.
La lista de las gracias y favores de María Goretti podría alargarse
indefinidamente. En la Postulación obra un sinfín de testimonios... pero la
muestra que hemos dado me parece suficiente.
¿Y qué decir de las gracias espirituales, sobre todo las que se

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refieren a la pureza, de la que María fue luminoso ejemplo en el siglo XX?
Sólo Dios y los corazones interesados conocen ciertos secretos... que
nosotros veremos en el último día del juicio. Contentémonos por ahora
con afirmar que la amada jovencita ha sido para todos los que la han
invocado fuente inagotable de tesoros celestiales de toda clase,
verdadera fuente de bendición abierta por Dios en el cielo para nosotros.
Mi modesto trabajo ha concluido.
Me he esforzado por hacer decir al papel lo que sin duda el papel,
falto de corazón, no puede expresar; pero lo que mi pluma no ha acertado
a manifestar, díganlo, lector, mi corazón y el tuyo tal como lo sienten.
«Gracias, amable María, ruega por nosotros... haz que te imitemos...
y hasta luego.
Dile a Jesús, por nosotros, lo que le dijiste por Alejandro: “Quiero que
esté muy cerca de mí en el Paraíso”...
Por tu bondad, por tu valentía, por tu pureza, te amamos y te
amaremos cada vez más hasta la eternidad».
Así sea.

Asunta ante el retrato más fidedigno de su hija María

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ENTREVISTA CON L A
MADRE DE MARÍA

De María Goretti ya había escrito todo; había interrogado a sus


contemporáneos, visitado su pueblo natal, la casa y el barrio del martirio,
su glorioso sepulcro en Anzio, tuve a mi disposición los «Procesos
Canónicos», pero no había podido hablar con su madre, Asunta, con
aquella comodidad e intimidad que yo deseaba.
Hace ya varios años conocía a la Sra. Asunta y naturalmente,
también entonces me habló de su hija, pero en aquel tiempo yo no tenía
ningún interés particular de escribirlo y por lo tanto me había limitado a
escuchar lo que su corazón materno manifestaba de su hija, cosas todas
que después pude documentar para la publicación de la «Vida» de los
«Procesos». Después de la publicación del libro hubiera querido saber
algo más: busqué por todos los modos posibles de entrevistarme con la
Sra. Asunta cuando vino a Roma para la Beatificación, pero el natural
concurso de curiosos, y la amorosa vigilancia de que era objeto, por falta
de comodidades y de tiempo, no pude satisfacer mi legítimo deseo de
saber algo más... algo más. Pues, en estos coloquios, la Sra. Asunta no
me dijo ninguna otra cosa que aquello que había depuesto y jurado en los
«Procesos Canónicos», de los que yo me había informado. Era lo
esencial, pero no estaba completamente satisfecho: había aún muchas
cosas particulares que podían interesar a mis lectores: fue esto lo que me
animó al presente viaje.
He ido de nuevo personalmente a los históricos lugares de la mártir
para hablar con la Sra. Asunta, con Alejandro Serenelli y con todos
aquellos que la conocieron; quería saber de «Maruja» todo lo más que
me fuese posible. Conocía y había hablado con su madre, como he dicho;
pero no conocía a Alejandro, porque en aquellos tiempos estaba aún en
la cárcel. En mi viaje actual he tenido mucha suerte; he encontrado a la
madre de la Mártir, Asunta, a la hija Ersilia y al hermano Mariano, que
había llegado a Corinaldo esos días, porque tiene la familia en Pozzuoli,
es labrador y tiene ocho hijos que mantener y con lo que cuestan los
viajes no puede ciertamente permitirse el lujo de visitar a su madre todas
las veces que su corazón de hijo quisiera. No he podido encontrarme con
el otro hermano, Ángel, porque está en América.
A las trece tomo el autobús en Ancona para Corinaldo. Todos los
puestos están ocupados; algunas palabras y saludos, el autobús se pone

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en marcha. Al último momento suben los últimos que tienen que estar de
pie en los pasillos: no hay sitio. Después de algunas vueltas por las calles
de la ciudad sin pararse, el autobús toma la carretera denominada
Adriática; a la derecha queda el mar descolorido y agitado; enormes olas
se abaten contra las rocas y los bloques de cemento puestos para
protección del litoral; no se ve ninguna barquichuela; allá en el horizonte
el humo de un barco; el cielo está encapotado y amenaza chubascos; se
habla muy poco; sólo a mi lado, en el fondo del coche, los hombres
hablan de precios, de animales, de mercados.
En Sinigallia, parada de media hora; quien baja, quien sube: muchos
son los encargos que recibe el cobrador; de nuevo nos ponemos en
marcha. La mayoría de los viajeros son mujeres: mujeres sensatas y
serias, cargadas de paquetes y cestas, de pocas pamplinas, y de una
tendencia evidente hacia las cosas simples y familiares. Pasamos carros
y carruchos, pero pocos; un manso borriquillo de un vendedor ambulante
de escobas y baratijas; nos cruzamos con un automóvil: era una pequeña
«Balilla», pero tuvimos casi que pararnos para dejarle espacio suficiente
para pasar, la carretera es estrecha; nos pasa una moto llenando los aires
de las explosiones de su motor: debe ser un conocido del chófer pues
saludó con la mano por las ventanillas abiertas entre una nube de polvo
opaco, blanco y espeso sólo por un instante.
El lento andar del autobús hizo que tramáramos conversación; mi
compañera de asiento es una frágil señora, rayando por los cuarenta
años, que se expresa gesticulando y acompañando las palabras y gestos
con un bizcar de sus ojos característico e ininterrumpido. Su voz es un
poco dura, diría casi masculina, baja, barítona y tiene un tonillo dialectal
muy pesado, es el romañolasco.
—¿A Corinaldo? ¿A casa de Maruja? Así la llamamos aquí todos
como si fuera una de casa, sin títulos, y seguros que somos entendidos
por los forasteros.
—Los otros Santos —me dice —, conceden las gracias a los demás,
pero Manija nos las concede a nosotros. Yo le había encomendado mi
marido cuando fue a la guerra... a Grecia... después a Rusia... ha estado
en campo de concentración, pero ha vuelto, sabe... está muy bien,
créame, es un milagro. ¡Si le oyese a él!
Dulces colinas se suceden como fértiles pirámides. Después de
Senigallia, no hemos vuelto a ver el mar; la llanura uniforme y gris de los
primeros kilómetros se ha transformado en colinas, magníficamente
trabajadas. Se oyen algunos cantos: es la juventud que trabaja en los
campos, bajo el sol de la tarde.
Corinaldo, con su torrejón y el imponente residuo de sus muros, que

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parece que debían darle tono sombrío, se me presenta en seguida con su
verdadera cara: laborioso, lindo y alegre. Muchos son los curiosos que
esperan la llegada del autobús; cantos y sonrisas desde las ventanas
completamente abiertas al sol; dulces cerros la rodean; hay un ligerísimo
viento, las puntas de los altos chopos susurran delicadamente; la plaza es
bastante pequeña.
Después de hacer una brevísima visita para conocer el pueblo voy en
seguida (acompañado) a la casa de Asunta; y a descansar.
—No ahora, digo, no la moleste: volveré más tarde.
Mientras tanto utilizo el tiempo para visitar a otras personas: aquí vive
una viejecita de edad indefinible, contemporánea de Maruja: ve muy
poco y se tiene muy mal sobre sus delicadas piernas, por eso se ha
hecho acompañar de dos religiosas; tanta es su emoción que apenas
puede sentarse y habla muy pesadamente, pero poco a poco la
conversación le suelta la lengua.
— ¿Ha conocido usted a María Goretti?
—¿Maruja? ¡Ya lo creo que la he conocido! Aquí en Corinaldo
jugábamos siempre juntas antes que se fuese al «Agro Romano»; mi
padre, Domingo, era zapatero y le hizo los zapatos de la confirmación.
Era rubita, y un poco rizosilla; jugaba sí, pero poco porque era bastante
tímida. A su padre, el pobre Luis, le conocían todos en Corinaldo: era
pequeño, buen hombre, un trabajador que se adaptaba a cualquier oficio;
siempre en el campo pero pobrísimo como Mariano... piense que lo tenía
todo alquilado y pagaba después de la cosecha, pero muy escrupuloso y
daba siempre hasta el último céntimo; con él se podía estar sentir uno
seguro».
—Gracias. ¿Y cómo se llama usted, buena señora?
—Me llamo Landei Guerrina y mi marido difunto, Domingo.
Una compañera de infancia de la Mártir me confirma que «Maruja,
cuando se confirmó, era pequeñita, tímida y rizosilla, con los vestidos
siempre más abajo de las rodillas, porque la señora Asunta ¡era una
mujer en toda regla!»
A la hora conveniente vuelvo a la casa de Goretti: está emplazada
frente a la Iglesia de S. Francisco, delante tiene un huerto y una hermosa
higuera, bajo la cual Asunta pasa la mayor parte del día, inmóvil en su
sillón, rezando o hilando.
Nos vino a abrir su hija Ersilia (aquella que Maruja cuidaba y estaba
dormida en el momento de la tragedia); es pequeña, tímida y se excusa
por la pobreza de la casa:
—Mi marido es albañil y vivimos con su jornal cuatro personas: la

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madre, nosotros dos y mi hijo.
Después de algunos instantes llega la madre arrastrándose con sus
muletas; tiene el fémur roto que según dice, «se arreglará en la tumba.
¿Qué quiere?, todos debemos tener nuestra cruz aquí en la tierra, y yo
tengo ésta; sea hecha la voluntad del Señor.»
La había conocido cuando en su plena madurez; ahora la encuentro
envejecida, muy arrugada, bonachona: tiene la mirada seria y dulce a la
vez, penetrante.

Empieza en seguida a hablar de su «nena» que llama «pobre nena


mía». Para no dejar repetir lo que ya ha declarado en sus procesos y los
que yo ya he publicado, dado que ahora quiero saber algo nuevo, le
pregunto:
—¿Maruja conoció a sus abuelos?
—No, Maruja no conoció a sus abuelos, murieron antes que yo me
casara.
—¿Cómo vivían antes de ir al «agro romano»?
— Aquí vivíamos muy apretadamente; en casa no teníamos nada, lo
que se dice nada. La única cosa que llevó Maruja a Paliano, además del
vestido puesto, fue un gato que tuvo siempre sobre sus rodillas; un rojo
gato rojo, muy tierno, que la quería mucho y que durante el viaje, estuvo
siempre encima de sus rodillas.
—¿No tenían ni siquiera zapatos?
—Mis hijos andaban siempre descalzos; los zapatos se los ponían
solamente el domingo antes de ir a Misa, los llevaban atados al cuello
hasta allí pero muchas veces ni siquiera los tenían, ¡pobres criaturas!
—¿Qué hacía Maruja tan pequeña?

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—Después de la muerte del padre, en casa hacía de todo, y cuando
la comida estaba preparada, llamaba a los hombres o se la llevaba; la
merienda la llevaba siempre. Nos regíamos por el sol: no teníamos ni
despertador ni reloj.
—¿Es verdad que Juan no la quería de cocinera?
—Sí, es verdad que Juan (el padre de Alejandro) no quería que ella
preparase la comida; «quién sabe qué potaje resultará», me decía; la
pobrecita hacía demasiado para su edad y pronto aprendió bien... y aun
los Serenelli al fin estaban también contentos; pero yo en los últimos
momentos le daba siempre una mano.
—¿Qué otros trabajos hacía?
— Solía coser de vez en cuando, pero siempre a mano; no teníamos
máquina; la tenían nuestros vecinos Cimarelli, Teresa y María, e íbamos
donde ellas, pues fueron siempre muy buenas con nosotros.
—¿Jugaba?
—Ciertamente, jugaba pero sólo con los hermanos y con los niños de
Cimarelli, que eran de la misma edad; se divertía «cabalgando» con una
caña, haciendo las riendas con juncos del arroyo, para que se divertiesen
sus hermanos, pero tenía muy poco tiempo, trabajaba siempre y además
sola, pobre «nena mía».
—¿No hizo nunca ninguna fechoría?
—No recuerdo nada de especial; de vez en cuando algún plato o
vasos rotos; pobrecita, ¡era tan pequeña!
—¿Cómo vivían en invierno?
—Mi marido empajaba sillas y hacía instrumentos de labranza; pero
teníamos muy poco. Cuando nos fuimos a Paliado teníamos sólo esa
casa (y me la señalaba con el dedo: es una cabaña negra, estrecha y
larga, que parecía una caja de muerto). Dormíamos sobre jergones llenos
de paja de maíz, puestos sobre tablas sostenidas con trípodes.
—¿Cómo transcurrieron los traslados que tuvieron que hacer?
—El viaje de Ancona a Paliano y de Paliano a Conca lo hicimos en
tren y después en carro; recuerdo que pasamos por Cecchina, pero sin
pararnos. La casa de Conca era discreta, pero no tenía nada dentro,
además la tierra estaba tan abandonada que con la cosecha no se podía
ni siquiera vivir, sin tener en cuenta la fiebre palúdica.
—¿Y después de la muerte de su marido?
— Después de la muerte de mi marido, trabajaba yo sola en el
campo; Serenelli me echó varias veces en cara «que no quería hacer
trabajar a los hijos»; pero yo los dejaba en casa porque en el campo bien

93
poco podían hacer.
—¿Cómo es que se volvió a Corinaldo?
—Después de la muerte de Maruja nos volvimos a Corinaldo «por
medio de Cuestura» porque no teníamos ni siquiera una chiquita. No
teníamos ni siquiera para comer; y los tres días que estuvimos en la
estación de Roma, pernoctamos allí sobre los duros y fríos ladrillos,
completamente al descubierto, ni siquiera una manta para cubrirnos;
Mariano y yo poníamos a Ersilia sobre los brazos, para que el frío de los
ladrillos no le fuera nocivo; el jefe de la estación nos dio un poco de
comer. A mí no me importaba, habría resistido, ¡pero los niños!
—¿Recuerda su nombre?
— No, no recuerdo su nombre, pero fue tan bueno con nosotros, que
ciertamente Dios y Maruja le habrán recompensado.
—¿Tenían huerto?
– Sí, teníamos un huertecillo; yo lo cavaba y sembraba; mis hijos lo
regaban, pero especialmente Maruja; a ella le tocaba hacer todo, pobre
niña, era la mayor, y además, nunca se negaba a hacerlo.
—¿Pero era tan pequeña?
—Era pequeña, pero todo lo hacía sola: se lavaba, se peinaba, se
hacía las trenzas; solamente para la limpieza general algunas veces le
ayudaba yo.
— En los procesos ha dicho que era alta casi como F...
—Sí, he dicho que estaba muy desarrollada, alta casi como yo (y
señalaba la altura de sus hombros); era rubia, vivaz, tenía la cara enjuta;
blanca y roja, dientes blancos y muy sanos, cuerpo pequeño pero
perfecto y las carnes blancas como un lirio.
—¿Era ya una mujer?
—¿Mujer?, oh no, era todavía una niña, inocente como un ángel. Yo
la hacía estar en casa porque en Ferriere, entre jóvenes de ambos sexos
se hallaba siempre a disgusto, y además quería que Maruja se
mantuviese siempre pura, tal como yo la había educado. Y ella así vivía;
«mejor la muerte», me decía, y crea que no eran palabras, lo ha
demostrado después con los hechos. ¿No es así?
—Y de Alejandro ¿qué me dice?
—No era peor que los otros, pero la impureza lo tenía esclavizado; yo
no me lo imaginaba siquiera.
—¿Sabe alguna gracia obtenida por intercesión de Maruja?
—¿Gracias? ¡Las ha hecho siempre, desde el primer día de su
muerte! Piense que las flores que le pusieron encima del ataúd, en los
94
tres días que estuvo expuesta, no se marchitaron, se quedaron frescas
como cuando las pusieron; me lo dijeron los que lo habían visto (yo no
estaba). Y el brigadier Lorenzo Santini cuando vino a visitarme después
de la sepultura, me dijo con lágrimas en los ojos: «para mí esta muchacha
es una verdadera santa».
—La gracia hecha a mi sobrina Isolina, ahora Sor María Aurea,
Oblata de Jesús y María, es indudable. Yo al principio no estaba
enterada; me lo dijeron los que saben leer; yo no me fiaba y entonces le
pregunté a mi sobrina y ella me confirmó la noticia. (Maruja se había
aparecido a Isolina durante la enfermedad, le había dado de beber y le
dijo que se operase, que inmediatamente después curaría, como
verdaderamente aconteció). Pero otra gracia de más resonancia la ha
recibido la hermana del cardenal Granito Pignatelli y no la ha escrito
nadie; me lo contó él mismo en persona; estábamos casi en la vigilia de
su beatificación; la hermana del Eminentísimo Purpurado fue atacada de
trombosis. El Cardenal me dijo: «dígaselo a Maruja... y si no basta
decírselo, dele también una bofetada... si no cura a mi hermana no la
beatificamos...» Esto sucedía por la tarde... a la mañana siguiente la
hermana del Cardenal estaba perfectamente curada. ¡Y yo la he visto!
¡Maruja la había curado!
Si quisiera narrar todas las gracias hechas por intercesión de María
Goretti, no terminaría... se necesitaría un libro. Yo las he oído y el libro lo
publicaré a su debido tiempo.
La señora Asunta me trató con sencillez y cordialidad; la dejé
después de más de dos horas; antes de despedirnos me dijo: «Usted que
escribe, diga a las chicas lo que yo les digo siempre: vivid y comportaos
como Dios manda, seguidla a ella e imitadla, no vengáis a visitarme; es
ella la que es santa; yo soy solamente una pobre pecadora».
Mariano está presente a la conversación; pero él personalmente
recuerda muy poco; se ha limitado asentir lo que su madre decía.
A la mañana siguiente le volví a ver; estaba a los pies del altar de su
hermana, contemplando la reliquia del brazo; comulgó y rezó mucho a su
hermana Maruja, su segunda madre; a ella le enmienda ahora como
entonces sus dificultades, y espera mucho de su bondad, para sí y para
sus seres queridos; y como él todos nosotros, porque Maruja es
particularmente nuestra hermana.

95
ENTREVISTA CON EL
AUTOR DEL CRIMEN

Para encontrar a Alejandro Serenelli, he tenido que ir a Ascoli Piceno,


donde reside actualmente.
Esta ciudad que yo ya conocía, me da una óptima impresión: vivaz,
laboriosa, linda y cordial.
El convento se levanta solitario en una llanura junto al río Tronto, de
profundo cauce y bastante caudaloso.
Llegado frente a la iglesia, la primera cosa que me impresionó fue
una inscripción hecha sobre mármol travertino, encima de una de las
puertecitas de ingreso: «Asilo María Goretti». Entro en la iglesia; un
capuchino está celebrando. Muchos son los asistentes y numerosas las
comuniones; S. Francisco sobresale en el altar mayor. Terminado la santa
Misa, apenas la iglesia se desaloja, salgo yo también y dirigiéndome a la
puerta de la izquierda toco al timbre del Convento; después de breves
momentos la puerta se abre; un anciano, con una gentil reverencia y la
sonrisa en los labios, me pregunta qué deseo. Miro a este hombre un
poco extrañado; es pequeño, grueso, de cara llena, rojo cereza, muy bien
afeitado, ojos claros y regulares mas un poco sobresalientes; está calvo,
tiene solamente cuatro pelos blancos bien puestos; tiene el rostro muy
largo, los brazos también largos, las manos gruesas y cortas, las piernas
cortas; habla con acento «de la romana» pero con inflexiones casi
abrucesas... Mi corazón palpita violentamente: (¡apuesto, digo para mí
mismo, que éste es Alejandro!»; pero venciendo mi curiosidad, pregunto
por el Padre Guardián.
Soy introducido y reci-
bido con los brazos abier-
tos, con aquella cordialidad
capuchina que gusta tanto
en su franciscana sim-
plicidad.
— Sí, me dice el buen
Padre, aquel hombre que
le ha abierto es Alejandro
Serenelli, el asesino de
Goretti; está haciendo la

96
limpieza... Ayer estuvieron aquí los chicos del Círculo, y cuando vienen
ellos dejan siempre las señales... dentro de poco llegarán los del
catecismo y antes debe estar todo en orden.
—Dígame algo sobre Alejandro.
—Alejandro hablará el mismo de sí: de todas las maneras le puedo
asegurar que ahora es un buen cristiano, no blasfema, no fuma, no juega,
no bebe, es un hombre honrado y se le puede confiar cualquier cosa;
trata siempre con gentileza, casi diría con humildad, aunque fuese el
último hermano convertido o un chico impertinente; trabaja, ahorra, es
caritativo, habla muy poco, pero leer es su pasión dominante.
—¿Va a tener tiempo para hablar conmigo y contestar a mis
preguntas?
—Pregúntele lo que quiera y dígale que por hoy le haré sustituir para
la limpieza y para la portería; obre libremente.
Salgo y encuentro a Serenelli que sigue haciendo la limpieza de los
pasillos; le digo que deseo hablar con él, y todo lo que dijo el Padre
Guardián acerca de que alguien le reemplazaría; me contesta
cortésmente que le espere un momento, que dentro de breves instantes
estará totalmente a mi disposición; mientras tanto me acompaña a un
pequeño locutorio.
Efectivamente, después de breves momentos, llega: se ha puesto la
chaqueta «buena» y se ha lavado las manos; se sienta al extremo de la
larga y estrecha mesa, y no parece nada embarazado, a pesar de que ya
había adivinado la razón de mi visita, pero no sabe por dónde empezar ni
qué es lo que quiero saber de él, por lo tanto espera. Yo le miro por unos
instantes y tengo la impresión de que —no obstante la aparente
tranquilidad exterior que manifiesta— sus ojos están brillantes y
humedecidos por la emoción del momento.
Le ayudo:
—No es del «suceso» en sí de lo que quiero hablar —le digo—; el
suceso y todo lo relacionado con él ya lo sé por sus mismas confesiones
en los procesos Canónicos, por mí ya publicadas. Quiero que me hable
de usted, de su vida.
Para no dejarlo divagar, le interrogo como había hecho con la señora
Asunta.
—¿Qué recuerdos tiene de su madre?
—De mi madre no recuerdo nada; soy el último de cinco hermanos y
una hermana: otros dos hermanos se murieron de pequeños y
actualmente soy el único sobreviviente; todos los demás hermanos han
muerto; pero yo tengo unos parientes en Falconara que visito de vez en

97
cuando.
—¿Y de los abuelos?
—Tampoco he conocido a los abuelos, sólo sé que eran labradores
de la Santa Casa de Loreto (porque mi familia es oriunda de Loreto) y
también mi padre residía en Loreto; entonces estábamos muy bien: mi
padre era factor y tenía una magnífica yegua gris; después llegaron los
repartos entre los parientes y nos arruinamos todos; por causa de esta
división tuvimos que trasladarnos primero a Falconara y después a
Torrette; entonces tenía yo siete años y fue cuando empecé a ir a la
escuela.
—¿Tuvo un hermano seminarista?
—Cuando estábamos aún en Loreto, a mi hermano Gaspar lo
mandaron a estudiar al seminario de Ancona, pero como externo; residía
a pupilo en casa de unos conocidos y al Seminario iba solamente a clase,
pero a los trece años le dieron unos ataques de epilepsia y enloqueció;
debido al dolor que le causó a mi madre, ella enloqueció también y murió
en el manicomio. Personalmente yo no recuerdo nada de esto, pues me
lo contó mi padre varias veces.
—¿Qué estudios ha hecho?
— Estudios regulares no he hecho ni siquiera dos años; he leído
mucho y en la cárcel también estudiaba.
—¿Quiénes fueron sus maestros?
—Una maestra y un maestro. La maestra era muy buena y además
muy religiosa, era de Ancona, se puso enferma y la sustituyó un maestro
muy severo (era veterinario): castigaba por nada, nos retorcía los dedos
hasta hacernos gritar y llorar, nos daba con una «regla» y tenía una
pelota especial que nos la tiraba de vez en cuando a la cabeza; recuerdo
que también a mí me la tiró y me «hinchó el morro» haciéndome sangrar
de la nariz.
—¿Por qué dejó de estudiar?
—Las cosas en Torrette no iban por buen camino y teníamos que
luchar para poder mantenernos; mi padre me prohibió ir a la escuela y me
colocó como ayudante pescador; me mantenían y de vez en cuando
«pescaba» alguna propinilla según como funcionara la pesca. No me
gustaba y por esto ni siquiera quise aprender a nadar; el agua me produjo
siempre un cierto miedo.
—¿Recuerda algún particular del traslado al Agro Romano?
—Cuando mi padre se trasladó a Olévano (en 1897) con Cappellini
(que era protestante y se decía obispo), yo tenía 15 años (nací en 1882);
no teníamos mucho, pero sí buenos terrenos y ganado vacuno (nada de
98
caballos u otros animales, solamente un perro muy grande para hacer la
guardia; no nos permitían tener aves de corral); los contratos eran muy
duros y se vivía mal, en vista de lo cual, cuando nos ofrecieron ir a
Nettuno con contratos más benignos, aceptamos sin réplica alguna. Se
trabajaba siempre el campo. Durante el invierno, cuando los campos
dormían, mi padre y yo hacíamos sillas, rastros, escaleras y otros
trabajillos para los colonos.
—¿Y después del delito?
—Inmediatamente me llevaron al cuartel de los «carabineros» de
Nettuno y de allí a la cárcel «Regina Coeli» de Roma; luego me pusieron
sólo y pasé horas tremendas de desconsuelo, días de llanto, porque era
culpable, dado que todo ello había sucedido por «mi culpa». Pero ahora
era demasiado tarde: Maruja fue verdaderamente una heroína y la culpa
es toda mía.
—¿Le visitaron alguna vez en la cárcel?
—Antes del proceso me visitó una sola vez mi padre; estaba aterrado
el pobre hombre; me llevó un cesto de fruta y otras cosas de comer; me
consoló un poco y me dio también algunas liras, y desde entonces no le
volví a ver. Tuve también algunas visitas de abogados pero de nada me
sirvieron, pues yo era un reo confeso.
—¿Le impresionó la sentencia?
—La impresión de la sentencia, que ya preveía fue horrenda, hubiera
preferido morirme.
Mi sentencia comprendía también tres años de «apartamiento»;
créame, el apartamiento (menos mal que ahora lo han abolido) es una
cosa que vuelve a uno loco; no creo que haya pena mayor; siempre solo,
siempre en silencio; sólo una hora de paseo al día en los patios internos,
y esta hora también siempre solo, y siempre en silencio; «hombre solo,
hombre muerto», dice el proverbio, y es verdaderamente así, una cosa
que vuelve a uno loco; y muchos enloquecen de veras; y además por tres
años consecutivos.
También después, cuando me pusieron en compañía de los demás,
en la cárcel podíamos solamente hablar en voz baja y eso también
durante el paseo. Cuando la Reina visitó algunas cárceles (no recuerdo el
lugar ni el año, yo estaba ya dentro y había expiado el «apartamiento»),
viendo que los detenidos no hablaban, preguntó el porqué... y obtuvo del
Rey el permiso para poder hablar; y así nos fue permitido hablar en las
horas de libertad que nos eran concedidas.
—¿Cómo pasaba los días?
—Además de las conversaciones y del trabajo, el mayor consuelo

99
para mí eran las lecturas; no teníamos Biblioteca, la tenía el Capellán, y
nos prestaba muy contento sus libros. He tenido varios Capellanes, todos
muy buenos y comprensivos. El de Noto, D. Miguel, era particularmente el
más paterno, quizás porque era el más anciano que tuvimos; no tenía
nunca prisa; nos escuchaba siempre y nos alcanzaba, en todos los
modos imaginables, permisos de la Ley. Nos daba gratis objetos de
devoción y a los que fumaban, también tabaco.

—¿Usted fuma?
—Yo nunca he fumado.
—¿No había tratado antes con sacerdotes?
— Antes de ir a la cárcel iba a Misa y a veces también a confesarme;
pero contacto directo con sacerdotes nunca lo tuve y los creía con las
ideas entonces en boga; solamente en la cárcel empecé a conocer y a
estimar su misión grandemente benéfica. Ha sido para mí la única
palabra verdaderamente amiga y desinteresada, hablando desde el punto
puramente humano.
—¿Qué alimentos les daban?
— La comida era siempre la acostumbrada sopa, pero la comíamos
igualmente todos, puesta la vista en el porvenir, pues la vida todos la
estiman. Además, todos éramos muy jóvenes y queríamos vivir; nunca
perdí la esperanza de volver a gozar de la libertad.
—¿Tenían vino?
—Siempre agua; solamente nos daban vino tres veces al año:
Pascua, Navidad y Estatuto, y solamente medio cuartillo.
—¿Podían comprar algo de fuera?
—Sí, con nuestro dinero se podía comprar lo necesario para

100
completar las comidas: pan, escabeche, embutidos y fruta; vino, ni hablar.
—¿No le mandaron alguna vez algo?
— Nunca recibí nada de nadie; sólo mi hermana Lucía, la mayor de
los hermanos, me solfa mandar en ocasión de las mayores solemnidades
algún que otro giro postal de cinco, diez y hasta veinte liras; además me
escribía muy a menudo; era el mayor y el único consuelo regular y
constante que tuve de mis parientes.
—¿Qué tal eran los directores de prisiones?
—Cuando estaba en el Penitenciario de Noto tuve como director una
buena persona; se llamaba Fiaccavento»; nos recibía a todos y
escuchaba con mucha paciencia nuestras peticiones, nos trataba a todos
de «usted», nos hacía sentar, y nunca se despedía sin dar alguna palabra
de consuelo y un bollo de pan (tenía siempre dos sacos en la dirección
para los que iban a audiencia). Al día siguiente de su fiesta onomástica,
S. Conrado, 28 de Agosto, venía su esposa y nos daba con sus propias
manos un racimo de uvas de su viña a cada uno y nos decía: «ánimo,
pobrecitos», con una voz verdaderamente materna. Eran dos pedazos de
pan de corazón de oro. En Noto, nos visitó también el Obispo, como ya
ha escrito en su libro.
—¿Sabían de su delito en la cárcel?
—En la cárcel se sabe todo lo de todos por medio de «los
escribanos», «la aristocracia de la cárcel»; pero de los delitos nunca se
habla: todos se estiman inocentes (pero yo siempre me he estimado
culpable), como conocíamos todo, delitos y Códice, mejor que los mismos
jueces, se calculaba hasta lo más mínimo las penas que el Tribunal
habría infligido caso por caso y nunca nos equivocábamos; pero de la
culpabilidad de cada uno, ni siquiera una palabra, nunca se decía: ¿qué
has hecho?; sino: ¿de qué eres acusado?
—¿Nunca le vino la gana de evadirse?
—Nunca tuve la tentación de evadirme o de amotinarme aunque los
demás lo tentasen (recuerdo que una vez se amotinaron dos dormitorios
para protestar contra el pan que no se podía tragar, pero yo no participé);
y ni si quiera tuve la tentación de huir de la colonia penal cuando estaba
casi libre y tenía media hora de paseo, durante el cual podía ir hasta la
playa del mar.
—¿Qué oficios ha tenido en la cárcel?
—En los primeros diez y ocho años de prisión hice un poco de todo:
barrendero, camarero, sillero, y también he peinado la crin vegetal y
hecho cajas de cerillas (por esto nos daban 20 cts. al millar); los días más
aburridos eran aquellos que no tenía que hacer. El Director, por mi buena

101
conducta, se empeñó en que tenía que aprender de carpintero y me puso
como aprendiz en el taller, pero yo no quise estar porque allí dentro me
sofocaba, me hubiera muerto y yo quería salir; como no me comprendió,
me puso los «grillos» y fue la única vez que sufrí diez días de arresto; yo
estaba acostumbrado al aire libre, ¿y cómo podía vivir cerrado allí dentro?
Después de la pena, me hizo caso, y me volvió a mandar al campo.
—¿Qué tal eran los carceleros?
— Los carceleros, la mayor parte de las veces, han sido «discretos»;
pero eran pesadísimos los registros; nos hacían desnudarnos
completamente, incluso durante el invierno, y rebuscaban en todas
partes, aun en los mismos bollos de pan.
—¿Cómo y dónde ha pasado los últimos años?
—Los últimos diez años los he pasado bastante bien: cinco en la
colonia penal de Mammone (en Sássari) y los otros cinco, en Algero,
siempre en Cerdeña; mi oficio era el de labrador y gallinero, y tenía una
vida que se podía comparar con la libertad. El Director era muy bueno.
—¿No ha llorado nunca?
—No lloré casi nunca; sólo cuando reflexionaba sobre mis cosas me
venían las lágrimas a los ojos, pero era en ciertos momentos. Ni siquiera
imprecaba y lamentaba; ya no tiene remedio, me decía; ahora he de
pensar solamente en salir.
—¿Jugaba?
—En la cárcel se jugaba mucho a la baraja —a escondidas— pero yo
no participaba y sólo alguna que otra vez «me hacía leer las cartas por
algún compañero» para ilusionarme con el futuro y darme esperanza;
pero en vez de jugar, leía siempre y por eso me llamaban «el letrado».
—¿Se esperaba una sentencia semejante?
—La condena la esperaba así como la tuve y también me lo dijeron
los compañeros cuando iba al tribunal. Pero fue lo mismo: me causó una
tremenda sensación. Si hubiera tenido veinte años cumplidos, la
sentencia hubiera sido a trabajos forzados.
—¿Son duros los interrogatorios?
—Los interrogatorios son un peso tremendo, insoportable; nunca fui
maltratado: era un reo confeso.
—¿Recibía correspondencia?
—Cartas, como ya he dicho, recibía regularmente las de mi hermana;
mi padre mientras vivió (murió a los 82 años) me escribía cada dos o tres
meses; su muerte me la comunicó el Capellán y aquel día me
dispensaron de ir a trabajar. Me escribía también de América mi hermano

102
Vicente, pero no me mandó nada.
—¿No estuvo alguna vez enfermo?
—Sólo tuve las fiebres de 1918 en la cárcel de Augusta; el médico no
me hizo nada (me acuerdo que hacía sus visitas muy superficialmente, de
prisa y fumando).
—¿Le llegaban las noticias del mundo?
—¿Noticias? En la cárcel se sabía siempre todo pero sólo
clandestinamente. La noticia de la declaración de guerra de Austria
(1418), nos la dio oficialmente el Director y nos invitó a contribuir por la
victoria de la patria, y desde entonces nos hicieron trabajar algunas horas
más como contributo por la victoria. La ración de víveres disminuyó
sensiblemente y de peor calidad en todos los alimentos—, es mejor no
hablar; pero se lo aseguro que a veces era incomible aun para aquellos
que, como nosotros, no tenían estómagos delicados. Yo lo remediaba
comprando cosas aparte, por mi cuenta.
—¿Festejaron la victoria?
—Por la victoria hicimos muy poca fiesta y no nos dieron más que
cuatro meses de «remisión de penas»; sin embargo, recibimos un año por
el 25 aniversario del reinado de Víctor Manuel III.
—¿Hizo fiesta por su liberación?
—Por mi liberación recibí las congratulaciones de todos; se hizo
fiesta: sopa, carne y también vino; era tan halagüeña la libertad y tanto la
había suspirado que merecía la pena.
—¿Tenía ahorros?
—¿Ahorros? Me subscribí al préstamo nacional por la victoria, a una
cartilla de cien liras, y cuando salí tenía 1.400 liras de ahorro. Muchos
compañeros míos tenían mucho más; recuerdo que un cierto Vicente
Rotondi de Roma, llamado por nosotras «Menelik», tenía cien cartillas de
préstamo.
—¿A dónde fue después de la liberación?
—Después de la liberación fui a establecerme a Torrette con mi
hermano Pedro, que me había mandado el traje de paisano y estuve con
él dos años, como peón.
—¿Visitó Roma a la vuelta de la cárcel?
—El viaje de regreso no fue un viaje libre, sino más bien «un viaje
forzado», y por lo tanto no pude pararme a visitar nada.
—¿Estaba libre en Torrette?
—En Torrette tuve aún que pasar dos años de vigilancia especial.

103
La vigilancia especial me molestaba más que la misma cárcel, pues
no tenía libertad más que de nombre, pero de hecho no podía gozar la
libertad; estaban limitados todos mis movimientos: tenía que retirarme a
una determinada hora y todos los domingos tenía que ir al sargento para
firmar libreta. Después estuve de criado en casa del Sr. Pesaresi, donde
me puse enfermo de broncopulmonía. Apenas curado y licenciado del
hospital; fui encomendado por el Arcipreste de Corinaldo al P. Luis,
Guardián del Convento de Capuchinos del Lambro, que me aceptó como
hortelano y me mandó dinero para el viaje (22 liras); me encontré siempre
estupendamente con dicho Padre y cuando fue trasladado al Convento de
Amándola, quise seguirle y fui allá; pero aquí me sucedió un caso
extraño: el viejo hortelano, por algunas fechorías (se emborrachaba a
menudo) y porque había venido a sustituirlo, fue despedido; no obstante,
para poder quedarse, recurrió a esto: escondió las 400 liras que le habían
sido dadas como liquidación de cuentas y fue a dar parte a los
carabineros de que se las habían robado. Y como yo había estado en la
cárcel, el primero en ser detenido fui yo y se sospechó mucho de mí; el
sargento era bueno, pero no creía en mis protestas de inocencia; me
decía continuamente.: «Alejandro, confiesa; ves, ni siquiera te denuncio
porque no quiero que te sucedan otras y porque hasta ahora has tenido
buena conducta; confiesa y devuelve el dinero y yo te prometo dejarte
libre». Fueron quince días de martirio; yo esperaba que mi inocencia al fin
habría de triunfar; también el P. Luis testimoniaba bien de mí: pero ¿qué
quiere?, con mi pasado no podía ser creído. Todos sospechaban de mí.
Invoqué a Maruja. Y un día durante un nuevo registro, fueron
halladas las 400 liras, el otro hortelano fue detenido y al fin confesó.
Desde aquel día fui puesto en libertad y ya no he vuelto a tener nada que
ver con la justicia. Ahora estoy aquí: recibo mi jornal, me mantienen y
hago lo que me mandan.
—¿Se ha encontrado alguna vez con la señora Asunta?
— En 1947 fui a Corinaldo, a casa de la señora Asunta; pero no fui
los días de la Beatificación de Maruja, porque hubiera sido señalado
demasiado con el dedo, en especial por las mujeres; ya sabe lo curiosas
que son...; también aquí voy a Misa al coro de los Frailes por el mismo
motivo,
—¿Tiene alguna cosa de particular que decirme de Maruja?
—De Maruja ya lo he dicho todo en los Procesos Canónicos de
Sinigallia; puedo añadir una vez más que era un angelito inocente como
un vaso de agua.
—¿Cómo era físicamente?
—Era rubia, bien desarrollada, pero pequeña, quiero decir, baja para

104
su edad; basta ver que todos sus parientes son pequeños de estatura, y
se parecen todos como una gota de agua; tenía los cabellos con la raya
en medio, siempre muy modesta en todas partes, y hacía todas las cosas
sola. Cuando faltaba la Sra. Asunta, ella era la «reina de la casa».
—¿Tiene alguna fotografía?
—¿Fotografías? Ninguna. En aquella región de Conca, no se sabía ni
siquiera lo que eran. Ya se lo he dicho: era un lugar semisalvaje, terrenos
muy áridos y donde abundaba la fiebre palustre; nunca fiestas, excepto
un poquito el domingo, que de vez en cuando celebraban alguna Misa
muy lejos y había que ir a pie.
—¿No ha pensado en formar una familia después de salir de la
cárcel?
Verdaderamente no, aunque me lo aconsejasen, en especial mi
hermano: me propusieron varios partidos a seguir, pero siempre he
pensado que ya era demasiado tarde... tenía miedo de crearme un
enredo peor que el primero. Las últimas propuestas las tuve hace unos
diez años y de personas animadas de las mejores intenciones, y tampoco
entonces hice nada.
—Resuélvame esta dificultad: La señora Asunta ha depuesto bajo
juramento en los procesos canónicos que usted leía prensa mala y tenía
empapeladas de figuras pornográficas las paredes de su habitación y que
por esto había prohibido a sus hijos entrar en ella, mientras que usted en
la entrevista concedida al Presidente de la Acción Católica de Roma, ha
dicho que esto no corresponde a la verdad, ¿cómo se explica esta
contradicción?
—Creo que fácilmente se puede entender: es verdad que la prensa
de entonces era casi totalmente anticlerical y masónica y que yo leía todo
lo que me caía en las manos, sin ninguna distinción y me apasionaban en
especial los hechos de la «crónica negra»; en cuanto a las ilustraciones
que yo tenía en las paredes eran «chicas guapas», o mejor dicho,
«estrellas» del teatro, algunas con vestidos muy ajustados y a veces
demasiado escotadas, en posiciones un poco audaces para «entonces»;
pero no ciertamente como ahora, que están casi desnudas. La Sra.
Asunta decía que estas figuras eran pornográficas y no quería que las
viesen sus hijos —una vez discutimos sobre ello—, que crecían en la
mayor inocencia; pero yo no las consideraba pornográficas. De esto
venían las disputas y la prohibición a sus hijas de que no entrasen en mi
habitación, y la diversa versión del hecho.
En cuanto que tenía «empapelada» la habitación me parece
exagerado; tenía solamente un cierto número; pero «empapeladas» para
mí quiere decir estar cubiertas todas las paredes y esto no es verdad;

105
pero si el tener un cierto número de figuras pegadas en las paredes se
considera «empapelar» las paredes, entonces es verdad que tenía
empapeladas las paredes.
—Y ahora, ¿sois devoto de Maruja?
—¡Oh, es mi especial protectora en el cielo! Antes de morir me ha
perdonado y me ha dicho que me quiere junto a ella; yo tengo absoluta
confianza en esta promesa; por esto la invoco todos los días.

Alejandro ha demostrado una conducta irreprochable; buen


conversador, prudente, dotado de una buena memoria, de muy buen
sentido objetivo; he tenido, en definitiva, una buena impresión. Quedé
admirado de su porte.
Me levanto, nos saludamos; al alargar su mano para estrecharla con
la mía, pensando que aquélla se había manchado tan ferozmente con la
sangre inocente de Maruja, siento, aún físicamente, una especie de
repulsión; pero es un instante: le ha perdonado la víctima y le ha
perdonado Dios; Jesús ha muerto sobre la cruz también por él y en la
cruz ha perdonado al ladrón y le ha prometido su reino... la mano está
tendida, se la tomo y la estrecho cordialmente.
—La misericordia de Dios es verdaderamente infinita — me dice
Serenelli acompañándome a la puerta..., y yo asintiendo, pienso también
en la verdad de las palabras de Sta. Teresa en un caso análogo: «hay
siempre un tiempo para hacer el bien; no se debe desesperar de nada
mientras uno vive».

106
APOTEOSIS TRIUNFAL

¡Aquella tarde del 24 de junio!...


Todos saben que la canonización de Maruja marcará una de las
fechas culminantes del Año Santo de 1950.
La prensa universal se ha hecho eco de este acontecimiento singular.
De todas las partes del mundo afluyen peregrinos sobre Roma, en
riada incontenible, con la oración en los labios, llenos de entusiasmo los
corazones.
El Padre Santo, que sabe todo esto porque desde su colina vaticana
ausculta como nadie las reacciones del alma de sus hijos, ha dispuesto
que la ceremonia de la canonización se divida en dos partes.
Por la tarde del día 24 de junio fue proclamada la nueva Santa desde
el trono papal erigido para el caso, ante la fachada de la gran Basílica,
sobre la inmensa Plaza de San Pedro, como signo de ecumenismo y
catolicidad.
Y en la mañana del siguiente día 25, el mismo Padre Santo celebró,
como de costumbre, en su altar la misa de la nueva Santa y pronunció la
primera homilía predicada en su honor.
Así las muchedumbres, llegadas de todos los confines de la tierra,
tuvieron el consuelo de participar en la sagrada ceremonia.
¡Aquella tarde del 24 de junio!...

Fue algo indescriptible lo que contemplaron los ojos de los peregrinos


en la Plaza de San Pedro, al calor de la columnata de Bernini que acoge
a todos como un brazo paternal.

107
En el firmamento hace un sol espléndido.
Ya desde la mañana es tomada por asalto la plaza que, por la tarde,
será escenario de uno de los sucesos más comentados de todo el siglo.
Como el caso de una peregrina española de Vera de Bidasoa que,
desafiando los rigores del sol, bajo el ala de un sombrero de grandes
proporciones, permaneció firme en su rinconcito de la Plaza de San
Pedro desde las primeras horas de la madrugada hasta el anochecer en
que concluyó el maravilloso espectáculo.
Según las agencias de información, pasaron de medio millón los
asistentes al magno acontecimiento.
Era un continuo flujo y reflujo inacabable.
Faltaban cuatro horas para el comienzo de la ceremonia y ya la
avenida de la Conciliación, lo mismo que las demás calles adyacentes,
vomitaban oleadas de fieles en sucesión ininterrumpida.
A las seis suena el rumor vibrante del servicio de altavoces
organizado para el acto.
Se palpa con la mano la expectación del momento.
Y es incontenible el entusiasmo de la muchedumbre que clama
enardecida cuando la voz del locutor informa que en determinada ventana
del Palacio Apostólico se encuentra, rodeada de sus hijos, la anciana
madre de la Heroína a que el Papa se dispone a canonizar.
Aparece el estandarte de la Santa, escoltado por Religiosos
Pasionistas, a cuyo cargo corrieran los cuantiosos dispendios y los
trabajos prolongados de la Causa. A los pasionistas súmanse los
hermanos carnales de la nueva Santa, Mariano y Ángel.
Llega el Papa.
Todo en él es blanco. Blancas sus vestiduras.
Blanca su sonrisa de Padre.
Y hay en su rostro un no sé qué de majestuoso y sobrenatural que
electriza a las masas que juntan sus manos para aplaudirle delirantes.
Desde su silla gestatoria va impartiendo bendiciones. ¡Como Jesús
por los caminos de Palestina!
Le rodean doce Cardenales y más de cien Arzobispos y Obispos.
Entre las personalidades asistentes a la ceremonia destacaremos en
primer término al Exmo. Sr. Presidente de la República Italiana, Dr. D.
Luis Einaudi, y todo el cuerpo Diplomático en pleno.

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Sus hermanos: Mariano, Ersilia, Teresa y Angel

¡Para honra de la Trinidad!...


Resuenan las notas gregorianas del Veni Creator.
Es la última invocación que el Padre de toda la Cristiandad dirige al
divino Paráclito para pedirle luz en el paso decisivo que se dispone a dar.
Y rompe, por fin, su silencio, ante los ojos deslumbrados por la
magnificencia del momento.
Con voz clara y resuelta, el Papa Pío XII define solemnemente la
verdad de que María Goretti es SANTA y habita, por tanto, en el seno de
la inefable bienaventuranza que el Padre celestial ha preparado en la otra
vida a quienes en ésta fielmente le sirvieron.
«Para honra de la Santísima Trinidad, una y santa, para exaltación
de la fe católica y aumento de la Religión cristiana, con la autoridad de
Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventuradas Pedro y Pablo y
nuestra... definimos que la bienaventurada María Goretti es Santa y como
a tal la incluimos en el catálogo de los Santos...»
Cuando el Papa termina de hablar, un estrépito general indescriptible
de de vivas y aplausos resuena en la plaza de S. Pedro.
¡Era la conciencia del pueblo cristiano que aclamaba a la simpática
«Estrella del Pontificado de Pío XII»!
Volvió el Pontífice a tomar la palabra cuando el entusiasmo remitió un
tanto en sus clamores.
Copiaremos algunos de sus párrafos. Deben servirnos de edificación
y de estímulo en la práctica de la virtud que encumbró a María hasta las
más altas cimas de la santidad.

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—«Por un amoroso designio de la Providencia divina, la exaltación de
esta humilde hija del pueblo se ha celebrado en esta tarde luminosa con
una solemnidad sin igual y en forma hasta aquí única en los anales de la
Iglesia...
¿Por qué, amados hijos, habéis acudido en número tan formidable a
su glorificación? ¿Por qué, escuchando o leyendo el relato de su breve
vida, tan semejante a una límpida narración evangélica, por la simplicidad
de líneas, por el calor del ambiente, por la misma violencia fulmínea de su
muerte, os habéis enternecido hasta las lágrimas? ¿Por qué María Goretti
ha conquistado tan rápidamente vuestros corazones hasta venir a ser su
predilecta y su benjamina?
Eso quiere decir que en este mundo, aparentemente trastornado y
sumergido en el hedonismo, no existe sólo una pequeña falange de
elegidos sedientos de cielo y aire puro, sino una multitud, inmensas
multitudes, sobre las cuales el perfume sobrenatural de la pureza
cristiana ejerce una fascinación irresistible y prometedora...

Diálogo entrañable
Temblaba la voz de Su Santidad al caer sobre la muchedumbre
apiñada.
Pero fue al iniciar el párrafo que vamos a transcribir y, sobre todo, al
dirigir a jóvenes y viejos las siguientes preguntas, cuando todos los
labios, con un vigor ciertamente comprometedor y decidido, respondieron
aquellos: ¡SÍ!... ¡SÍ!... ¡SÍ!... que arrancaron lágrimas ardientes a los ojos
del Padre común de todos los cristianos.
—Así este sagrado rito —prosigue el Papa— se desenvuelve
espontáneamente en un ambiente de aplauso popular para la pureza. Si a
la luz de todo martirio hace siempre amargo contraste la mancha de una
iniquidad, detrás de aquél de María Goretti hay un escándalo que al
principie de este siglo pareció inaudito. A distancia de casi cincuenta años
ante la reacción con frecuencia insuficiente de los buenos, la conjura de
las malas costumbres intenta desarraigar del seno de la sociedad y de las
familias, las que eran defensas naturales de la virtud.
«¡Oh jóvenes, niñas y niños amadísimos, pupilas de los ojos de
Jesucristo y nuestras! Decidme:
—¿Estáis bien resueltos a resistir firmemente con la ayuda de la
gracia divina cualquier atentado contra vuestra pureza?
¡Sí!... ¡Sí!... ¡Sí!... —respondieron desde todos, los ángulos de la
plaza los jóvenes y niños presentes, como movidos por un oculto resorte.
El Papa continuó:

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—¿Y vosotros, padres y madres, frente a esta multitud, ante la
imagen de esta virgen adolescente que con su candor sin mancha ha
arrastrado vuestros corazones, en presencia de su propia madre que,
habiéndola educado para el martirio, no lloró su muerte, aunque vivió con
el corazón desgarrado y ahora se inclina conmovida para invocarla,
decidme: ¿Estáis prontos a asumir el solemne compromiso de vigilar, en
cuanto está en vuestras manos, sobre vuestros hijos, sobre vuestras
hijas, para preservarlos y defenderlos contra tantos peligros como les
rodean y tenerlos siempre alejados de los lugares de adiestramiento en la
impiedad y en la perversión moral?
¡Sí!... ¡Sí!... —replicaron, lo mismo, que los jóvenes, sus padres y
sus madres.
Era una réplica cerrada en todas las lenguas. Nuevo Pentecostés
inflamado de amor. Fermento de reacción contra la maldad reinante en
nuestra época pervertida...
Termina el Papa recogiendo los anhelos de sus hijos e invitándolos a
prender sus corazones de un pliegue de aquel cielo impolutamente azul
de Roma, que a todos habla de pureza en las horas de la suprema
exaltación de Marietta.

Madre única en el mundo


«Y ahora, todos vosotros los que escucháis, ¡arriba los corazones!
Sobre el pantano insalubre y el fango del mundo, se extiende un hielo
inmenso de belleza. Es el cielo que fascinó a la pequeña María; el cielo al
que ella quiso subir por el camino que conduce a él; ¡la religión, el amor
de Cristo, la heroica observancia de sus mandamientos!»
Y ahora, como epílogo obligado, una palabra sobre la madre de la

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nueva Santa.
Es, en verdad, una madre única en el mundo.
Antes que ella, ninguna madre asistió a la canonización de una hija
propia. Después de ella, no sabernos si asistirá. Pero ya Asunta Carlini,
que éste es su nombre, lleva sobre sus sienes esta aureola fulgentísima
que le merece la estima mundial y la pone en primer plano, junto a las
figuras más sobresalientes de nuestro siglo.
Cuando le nació Mariettina tenía veinticinco años. Juventud plena.
Maternidad robusta.
Cuando en un carro de bueyes le llevaron a casa el cuerpo maltrecho
y agonizante de su hijita tenía treinta y siete.
Supo en aquella ocasión tremenda para su corazón desgarrado,
encontrar un recurso supremo en su fe de católica ferviente y sonriendo
entre lágrimas, invitó a Mariettina a perdonar a su verdugo:
—Sí que le perdono —respondió la chiquilla— ¡Y quiero que esté
junto a mí en el cielo!
Ahora mamá Asunta cuenta ochenta y cinco años. Ojos turbios. Talle
inclinado. Faz terrosa y arrugada.
No ha visto la película «Cielo sobre el pantano» en que ella y su hija
juegan papel de protagonistas principales. Ni le interesa verla.
Por nada el mundo desea abandonar su casa rústica en que sus días
se deslizan suaves y apacibles hacia el ocaso. Tan sólo para asistir a la
canonización de Mariettina y porque el Papa así lo deseaba, abandonó su
retiro y posó sus plantas en la ciudad de Roma.
Aquella tarde del 24 de junio en que Su Santidad proclamaba Santa a
su hija, ella ocupaba un lugar destacado en una de las ventanas del
Vaticano.
Las miradas de la multitud se repartían entre el Papa, ella y la efigie
de la Mártir de la Pureza. Como entre tres puntos magnéticos.

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Su Santidad la aludió en su discurso, y fueron incontables los
aplausos que su sola presencia arrancó al entusiasmo de las masas
electrizadas.
Nunca princesa alguna de la tierra fue vitoreada con tan sincero
entusiasmo por una multitud tan pluriforme y abigarrada.
¡Mamá Asunta... madre única en el mundo! ¡Si hoy veneramos en los
altares a la Inés del siglo XX, en parte te lo debemos a ti!...

Asunta tras la muerte de María

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APÉNDICE: JUAN PABLO II
PONE A MARÍA GORETTI
COMO MODELO

«Nuestra vocación por la santidad, que es la vocación de todo


bautizado, se ve alentada por el ejemplo de esta joven mártir. Miradla
sobre todo vosotros los adolescentes, vosotros los jóvenes. Sed capaces,
como ella, de defender la pureza del corazón y del cuerpo; esforzaos por
luchar contra el mal y el pecado, alimentando vuestra comunión con el
Señor mediante la oración, el ejercicio cotidiano de la mortificación y la
escrupulosa observancia de los mandamientos» (29.IX.91).
En esto sabemos que le conocemos, dice San Juan: en que
guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo le conozco» y no guarda
sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él... Pues en
esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos (1 Jn
2, 3-4; 5, 3). Con la ayuda de la gracia de Dios es posible observar los
mandamientos. «Dios no pide cosas imposibles, sino que al mandarte
algo te invita a hacer lo que puedas y a pedir lo que no puedes,
ayudándote para que lo puedas. Sus mandamientos no son pesados (1
Jn 5, 3), su yugo es suave y su carga ligera (cf. Mt 11, 30)».
Es en la Cruz salvífica de Jesús, en el don del Espíritu Santo y en los
sacramentos (especialmente en la Penitencia y en la Eucaristía), donde el
creyente encuentra la fuerza para ser fiel a su Creador, incluso en medio
de las dificultades más graves (cf. Veritatis splendor, 103).
Indudablemente, pocas personas son llamadas a padecer el martirio
de la sangre. Sin embargo, «ante las múltiples dificultades, que incluso en
las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral,
el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a
una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que –
como enseña San Gregorio Magno– le capacita a «amar las dificultades
de este mundo a la vista del premio eterno»» (íd., 93).
Por eso el Papa no teme decir a los jóvenes «No tengáis miedo de ir
contracorriente, de rechazar los ídolos del mundo». Y explica: «Mediante
el pecado, damos la espalda a Dios, nuestro único bien, y elegimos
ponernos del lado de los «ídolos» que nos conducen a la muerte y a la
condenación eterna, al infierno». María Goretti «nos alienta a
experimentar la alegría de los pobres que saben renunciar a todo con tal

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de no perder lo único que es necesario: la amistad de Dios... Queridos
jóvenes, escuchad la voz de Cristo que os llama, también a vosotros, al
estrecho sendero de la santidad» (29 de septiembre de 1991).
Santa María Goretti nos recuerda que «el estrecho sendero de la
santidad» pasa por la fidelidad a la virtud de la castidad.
Para poder crear un clima favorable a la castidad, es importante
practicar la modestia y el pudor en la manera de hablar, de actuar y de
vestir. Con esas virtudes, la persona es respetada y amada por sí misma,
en lugar de ser contemplada y tratada como objeto de placer. Siguiendo
el ejemplo de María Goretti, los jóvenes pueden descubrir "el valor de la
verdad que libera al hombre de la esclavitud de las realidades
materiales", y podrán "descubrir el gusto por la auténtica belleza y por el
bien que vence al mal" (Juan Pablo II, id).
La santa es un modelo porque, enamorada de Cristo, le supo seguir
de modo radical.

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