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LOS TIEMPOS, EL TANGO Y LOS CHICOS DEL 67

Al leer los análisis que, muchos estudiosos del tango, hacen acerca de su caída
luego de los gloriosos 40, me acomete una sensación de extrañeza. La pregunta es
si en esas reflexiones, que siempre se emparentan con una emoción irreductible de
pérdida cultural, no olvidan considerar una fundamental variable de análisis: el
factor del devenir. En esos escritos, Argentina y el tango, son entendidos como
una entidad que se retroalimenta con independencia del resto de la especie humana.
El tango, fenómeno musical, ético y estético, con el que antes o después
terminamos encontrándonos, parecería desde esa descripción, la única posibilidad
creativa que cabe a los artistas de estas tierras.

Como si por el pecado de haber originado esa suerte de magia que se canta, se
escucha y se baila; pesase un castigo original que nos cerró las puertas al
futuro, al cambio, a la indispensable e imparable renovación, que exige la
humanidad en su evolución.

Se me impone que esos ensayistas hubieran taponado los oídos de los argentinos al
canto de sirenas, representado por la música de allende los mares. Lo que es más
grave, creo percibir en alguno de ellos, una posición claramente conservadora,
desde donde se resiste la evolución, como peligrosa amenaza de subversión a los
parámetros conocidos.

Suele argumentarse que terminada la 2da guerra, la industria de los Estados


Unidos, se recuperó, inundándonos con melodías, que enrolaron en sus filas a los
jóvenes. Desde esta perspectiva, los muchachos de entonces, quedan profundamente
desvalorizados; conceptualizándolos como idiotas útiles; como robots consumistas
incapaces de optar por criterios estéticos, de tener preferencias fundadas, de
poseer capacidades creativas.

Que hubo razones de mercado, para que cierto tipo de música se adoptara, no cabe
duda. Las determinantes económicas también operan sobre el arte. Pero negar que
fenómenos como el rock o la aparición de los Beatles, fueran movimientos
revolucionarios o de resistencia en si mismos para las sociedades en que se
produjeron, es una arbitrariedad; más allá de que luego, se los utilizara para
rendir suculentos dividendos.

El tango, como todo producto humano, está atravesado por la dinámica de la


historia. Ninguna obra de la humanidad puede escapar a su tiempo, a las
determinaciones socioeconómicas que acuñan las características de los procesos
culturales emergentes. Por lo tanto, el tango, que tantos años acumula, no es un
todo, ni una unidad, sino una sumatoria de parcialidades que mantiene una esencia
que escapa a diagnósticos certeros, para convertirse desde tantas subjetividades
en una suerte de aroma a piel materna, en el que nos reconocemos.

Así como la poesía del tango no podía continuar reflejando taitas y paicarritas,
cuando la mujer se incorporó masivamente al mercado laboral. Así como por sublime
que suene, ya no se podía halagar como “muchachas con piel como magnolias mojadas
por la luna”, a aquellas empantalonadas, que competían hombro a hombro por el
poder, no sé podía pretender tampoco, que el tango no se quebrara, terminada la
2da guerra mundial.

¿Cómo podían los poetas continuar describiendo el trotecito de Manoblanca, o las


madreselvas y glicinas cómplices de besos robados, luego de asumir la crudeza de
millones de muertos, de los que nunca sabríamos el número exacto? ¿Cómo hablar de
organitos y golondrinas, frente al genocidio nazi?, ¿O del arrabal y del farolito
compañero, cuando habíamos probado la ferocidad y fragilidad de nuestra condición
humana, luego de Hiroshima?

Creer que el arte argentino podía proseguir por sendas autistas, era negar la
esencia misma del arte.

Los años continuaron sucediéndose. Otros vientos azotaron la sociedad argentina,


primero la caída del peronismo, luego la década del 60, que aparejaría una
renovación desconocida.

La gente veía en aquellos años, modificarse su entorno físico y psicológico a


pasos agigantados. En los 50 había llegado la televisión, que para los 60 se había
popularizado, ganando a las familias en la reclusión hogareña. Quizás, asustaba
salir a la calle. El espacio urbano se había vuelto otro. Las viejas casas,
paisaje habitual y contenedor de los vecinos, caían bajo la picota, para dejar
emerger edificios en torre. La construcción de casas de departamentos, cobró un
ritmo febril, así como el anonimato de los nuevos moldes. Barrios antiguos,
tradicionales, como Palermo y Almagro, mostraban grandes zonas de colmenares
habitados por advenedizos.

La marcha se aceleraba, la ciudad iba teniendo pulso de taquicardia. Desaparecían


el tranvía y el trolebús y en su reemplazo los Fiat 600 y los Citröen hormigueaban
coloridos.

A niveles de pensamiento, el cuestionamiento que Francia y otras naciones europeas


comenzaron a hacerse luego de terminada la guerra: el “existencialismo “, se hizo
carne entre nosotros. No solo en las formas propias del conocimiento filosófico,
sino también en las músicas de “cave“ que se escuchaba; en ese Bergman que tanto
eco tuvo en Argentina y que venía a plantear otras conflictivas: la de existencia
de Dios, la de culpa y la del sexo .

Por otra parte el psicoanálisis, que pisaba fuerte desde los 50, para los 60 tomó
tal auge en el discurso ciudadano, que nos convertimos en la sociedad más
analizada del mundo. No solo se vuelve determinante esto, porque haya más porteños
sobre un diván que neoyorkinos o parisinos; sino por la influencia que tendría en
el arte, y en las costumbres. En la plástica, fenómenos con el Instituto Di Tella,
donde no solo se implicaron artistas sino multitudes de jóvenes con participación
activa.

A todo esto debe agregarse la influencia de la reciente revolución cubana; de las


luchas de liberación nacional, emprendidas por muchas colonias contra sus
metrópolis, emblema de las cuales fue Argelia.

Posteriormente el mayo francés y sus efectos en Tlatelolco; sobre una sociedad muy
politizada como era la Argentina de esos tiempos, con mucha gente en la
universidad, con la imagen cercana del Che Guevara, que se reflejó en el
“Cordobazo“.

Estos moldes tuvieron efectos en los jóvenes argentinos, especialmente en los de


clase media.

Los adolescentes son los que comienzan la resistencia. Han sido los adolescentes
de todos los tiempos los que tomaron distancia de los modelos parentales, para
poder erguirse con estatura de hombres.

Esos muchachos escuchan otras músicas, bailan danzas más accesibles. No es verdad
que todo lo escuchado, haya sido de pésima calidad, como cita Balduzzi en el
artículo “La década del 60“. Sí podía serlo “El club del clan “, pero allí también
estaban los Beatles, ; la “Bossa Nova“, ¿era acaso Vinicius un poeta sin
condiciones? Se podía dudar de las cualidades como compositor, de Mikis
Theodorakis, que cita justamente el mencionado artículo.

Si bien es verdad que parte de la juventud abrevaba en las boberías


malintencionadas de Palito Ortega, también se escuchaba a Aznavour, a Nicola de
Bari, a Paul Anka, a Los Plateros.

Se oía a los Wawanco, a Bovea y sus ballentos, al Cuarteto Imperial; pero al mismo
tiempo un grupo de chicos que venían del jazz, en Buenos Aires y en Rosario,
comenzaban a generar el llamado “Rock Nacional“. Tenían ideas, tomaban partido por
un cambio de vida, sus letras estaban cargadas de ideología, cosa que hasta ese
momento el tango había obviado, salvo en las poquísimas excepciones que confirman
la regla.

Morris, Javier Martinez, Pajarito Zaguri, Pipo Lernoud, Ciro Foglietta y un Lito
Nebbia, puber aún, generaban un nuevo aire en “La Cueva Passarotus“. Sus consignas
eran claras: paz, amor libre, antimilitarismo.

Una de las primeras letras de los Beatnicks , decía:

“ Porque la gente quiere luchar aproximando la guerra nuclear


cambien las armas por el amor
y haremos un mundo mejor
Rebelde me llama la gente
Rebelde es mi corazón
Soy libre y quieren hacerte esclavo de la tradición
Todo se hace por interés, porque este mundo está al revés. “

Muchos critican al rock nacional, como carente de calidad poética, eso me hace
suponer que esas personas, poco han incursionado en él. Las hay sublimes, plenas
de metáforas, profundas, desgarradoras. Y en cuanto a la calidad de esas primeras
piezas no debían ser tan deleznables, dado que Modugno, rápidamente les grabó a
Los Gatos “Viento, dile a la lluvia“.

Era una época plena de ideales y de utopías. El joven cuestionaba su existencia y


a la realidad que veía oponía otra en todo orden social. Argentina asistía a una
nueva ética en la expresión de la problemática humana.

Ahora... esos jóvenes de entonces, somos los adultos de hoy, algunos sumando un
lustro más o una década menos. Todos fuimos atravesados por los 60. Algunos eran
ya jóvenes y tuvieron la suerte de transitarla, conservando plena memoria de sus
gloriosos días; los que éramos muy chicos, sabemos que sus acontecimientos nos
permitieron vivir un juego de bisagra diferente, y quizás añoremos aquello que no
pudimos disfrutar.... añoramos, porque finalmente somos porteños, y por tanto
tangueros, aún cuando comprendamos y gocemos el rock.

Las generaciones literarias nacen en los momentos de quiebra o de efervescencia


social. Así como hubo una generación del 98, en aquella España que perdía sus
últimos fantasmas imperiales, y se ahogaba en la anomia; hay una generación de los
60, entre los poetas del tango.

Una se pregunta ¿Como transitaron estos hombres/poetas de hoy, la aventura de la


etapa que los acunó, cuando se estaban definiendo? No menos críticos y
comprometidos con su tiempo, seguramente, que aquellos que rompieron con el tango.
Algunos más, otros menos, y algunos de mejor manera, eso se refleja nítidamente en
sus producciones, tal es el caso de Eladia Blazquez o de Hector Negro.
¿Qué duende los anudó al tango y no les comprometió con otras vertientes
musicales? Es parte del misterio de sus propias historias... Y del guardián del
tango, que sabía se necesitaba una renovación: juglares que escribieran para el
hombre nuevo.

Esta generación tuvo el coraje de saltar sobre las figuras tutelares; sobre los
grandes nombres cuya mención nos llena de respeto; sobre los eternos, sobre los
maestros, sobre sus propias influencias... Negro, Blazquez, Ferrer también Novarro
y Castaña (aunque hayan incursionado en otros ritmos), han demostrado ser fieles
hijos de su tiempo.

¿Qué ocurre con su obra poética?

Para referirme a ella, se me hace necesaria una acotación histórica mínima, que
hace a la relación entre el tango y la sociedad que lo albergó. Éste, como ya
dije, no dio cuenta de las graves dificultades sociales que castigaban a nuestros
abuelos en aquella Argentina que soñaban y trataban de forjar. Fue tolerante,
complaciente, generador de distracciones.

No se mezcló, quizás porque nació lumpen.

Sus orígenes, en alguna medida prostibularios, sus contoneos entre proxenetas y


mujeres envilecidas, mal podía generar lecturas de reivindicación social o de
protesta. Quienes si generaban protestas no adherían al tango. Eran grupos que no
se mezclaban. Parece ser que el embrujo sensual de su magia, no los contagiaba.

Es verdad que hubo hombres de ideas, entre sus letristas, allí lo tenemos a José
González Castillo. Pero, la denuncia... no aparecía, o aparecía desleída.

Luego, los poetas comenzaron a pintar sus barrios. A idealizar los paraísos
perdidos. El paraíso perdido es la gran constante. Quizás, por aquello que decía
el Dr. Arnaldo Raskovsky, cuando hablaba acerca de los orígenes del tango,
explicándolo como producto de la rebeldía de los hijos de los primeros
inmigrantes, mancomunados con los hijos de los criollos, contra la frustración y
melancolía paternas; unida esa joven generación, por el destino común de la
miseria.

Llegó Discepolo, es verdad... Pero no pudo con tanto peso y si emprendió una
crítica social, terminó en una lectura individualista del inevitable fracaso de la
existencia, inevitable en tanto somos falibles y mortales.

La generación del 67, rompe con esto. Reivindica un pasado de olvidos.

Los estilos cambian radicalmente. No porque antes hubiese una unidad estilística.
Nada que ver, sus poetas tuvieron sustanciales diferencias culturales, disímiles
capacidades creativas, de juegos verbales, de recursos metafóricos. Sino que esos
jóvenes letristas, comprenden por fin, que deben dar testimonio del tiempo que
transitan, y asumen su destino de voceros del pueblo. Así surgen versos como

“ Mi barrio y mi gente escuchan mi credo


que a los barquinazos aprendí a cantar.
Como un canto arisco, donde el sol que muerdo
Calienta mis labios para protestar “

Bien de abajo. Hector Negro


“ En el medio de este mambo y el delirio más profundo...
el cartel de primer mundo, nos vinieron a colgar.
Tan grotesco es el absurdo, tan inmundo está el chiquero
Que mirando el noticiero, ¡ me reí por no llorar ¡ “

Argentina primer mundo . E. Blazquez

Ahora bien... Los poetas del 67, reformularon las letras. Pudieron hacerlo
manteniendo esa característica que ha tenido el tango: la de una poesía
excepcional, que existe con prescindencia de la música que la acompaña y que es
profunda, exitencial.

¿Cuales son sus obsesiones ?

Desde luego Buenos Aires. Buenos Aires, y su símbolo: el tango, ambos inseparables
en su análisis. Una Buenos Aires, con la que se identifican, que puede ser ellos
mismos. A la que a veces añoran, pero siempre recuperan y aman a pesar de sus
cambios. Estos hombres y mujeres han comprendido la dinámica de la existencia.
Buenos Aires, ya no es el barrio, ni la esquina florida. Es un símbolo de abrigo,
de encuentro; una compañía; una constante; es la madre, que dejó de ser
eternamente edípica. Es un flirteo incondicional, un amor permanente y quedo. Por
eso, los versos se suceden superándose uno a otro, en relación a esta ciudad
nuestra.

Pero también es castigo, amenaza, dual como las amantes de los viejos tangos,
capaces de traicionar en su camuflaje. Ellos escriben para (y sobre) un sujeto
angustiado, para un habitante de la lidia contra el reloj, implicado en ese
vértigo sin pretensiones de detenimientos. Es en la marcha donde se demuestra el
ser.

En lo que hace al amor, otro de los grandes temas. Se perdió la pasión de antaño.
La desmedida, la ingenua, la del sentimiento poético. Es un querer
intelectualizado, desprovisto de arrebatos. Tomado de manera transversal, sin
comprometer las vísceras. Y eso también responde a la dinámica de estos tiempos.
La vivencia del amor, ha cambiado. La sobriedad del tratamiento; la angustia que
se muerde y se calla comprensivamente; el pudor de mostrarse descarnado, el
enamoramiento apenas coloreado. En estos poemas, se muestra el cariño o la
autocrítica, se han desmontado las idealizaciones, no se alimentan vanas ficciones
o ilusiones a contramano.

Estos poetas, parecen estar mucho más enamorados de la totalidad de la vida, que
del amor.

Una vez leí, que el tango tradicional es:

a) consuelo del derrotado. Esta nueva poesía, no se queda en la derrota, seinclina


por persistir.

b) Que da cuenta de la inevitable derrota. Tampoco son derrotados estos hombres de


las nuevas letras, aunque muerdan el mal sabor de la frustración, como he dicho
anteriormente, se levantan y regresan al ruedo.
c) Posee una ética superior por la cual absuelve al derrotado. Estos poetas
incitan a la superación a “honrar la vida“.

d) Que la vida siempre remite al seno edípico. Más allá de sus subrogados: ciudad
y tango, este hombre ha crecido. Asume su destino, no involuciona al seno materno.
Sabe que depende de su propio esfuerzo para mantener la dignidad de estar vivo.

e) Que la lectura del tiempo es la un placer breve y un


sufrimiento muy largo.No es el caso. Este hombre sabe que hay felicidad, no se
regodea en la tragedia, ni en el melodrama, vive.

f) Que su gran tema es el fracaso, en lucha contra el sistema del mundo. Aquí Hay
lucha para construir un mundo mejor, ideas para superar los cotidianos fracasos.

g) Se intoxica de recuerdos para no enfrentar la realidad. Tampoco es el caso.


Encontramos un medirse permanente con una realidad que se desea modificar. Se la
aborda en su crueldad, en su injusticia y se opera sobre ella. No se la acepta
como imposición del destino.

Desde esta perspectiva, se podría pensar, que estamos asistiendo a un tango nuevo.
Que ha subvertido las raíces.

Nos encontramos, en resumen, ante la poética de un hombre actual, que no elude su


tiempo, sino que lo transita con valor, buscando mantener la honra. El reflejo de
un ser que cuestiona, que admite la duda. Que se permite el bálsamo del recuerdo;
pero avanza, porque se mira desde su estatura de adulto. Es eso, un adulto
jaqueado, frustrado, con mucho de Quijote, pero un hombre con mayúsculas, que se
reafirma su dignidad, en el reconocimiento de sus propios errores. Es un sujeto de
la autocrítica y del compromiso. Sabe que tiene una tarea para hacer. Asume sus
responsabilidades, elabora sus culpas, se reconstruye después de cada caída,
mantiene su fe, permitiéndose una existencia más humana en todos los planos.

Restará definir, si lo que producen es tango, o un producto nuevo que aún no hemos
bautizado.

© Ana di Cesare

Artículo en Revista Opus Tango

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