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SOCIOLOGÍA DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

Érik Neveu

SOCIOLOGÍA DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

Segunda edición corregida y aumentada

Abya-Yala

2000

Sociología de los movimientos sociales Érik Neveu

Título original: Sociologie des mouvements sociaux, Collection Repères. Ed. La Decouverte. París, 1996. ISBN-2-7071-2646-2. Con las debidas licencias. Traducido por Ma. Teresa Jiménez

1a. Edición

Ediciones ABYA-YALA

abril 2000

12 de Octubre 14-30 y Wilson

2da. Edición:

Casilla: 17-12-719 Teléfono: 562-633 / 506-247 Fax: (593-2) 506-255 E-mail: admin-info@abyayala.org editorial@abyayala.org. Quito-Ecuador

agosto del 2000 Corregida y aumentada a partir de la 2da. edición francesa (2000).

Impresión

Docutech Quito - Ecuador

ISBN:

9978-04-588-0

La traducción de esta obra fue posible gracias al aporte del Ministerio de la Cultura y de la Comunicación de Francia.

Impreso en Quito-Ecuador, 2000

Sociología de los movimientos sociales

5

ÍNDICE

Prefacio a la edición ecuatoriana

9

Introducción

13

I /

¿Qué es un movimiento social?

16

Las dimensiones de la acción colectiva

17

El actuar en conjunto como un proyecto voluntario

17

¿Está prohibido confundir las organizaciones con las movilizaciones?

19

La acción concertada en favor de una causa

21

El componente político de los movimientos sociales

22

Una acción “en contra”

22

Las tendencias de los movimientos sociales a la politización

25

Políticas públicas, opacidad y politización

27

¿Hay una arena no institucional?

29

La arena de los conflictos sociales

30

¿Hay un registro de la acción dominada?

31

Los repertorios de la acción colectiva

33

La cuestión de la organización

35

El espacio de los movimientos sociales

39

El modelo de Kriesi

39

Trayectorias

41

II /

Los obstáculos del análisis

42

Pensar relacionalmente los movimientos sociales

42

 

“Exit, voice and loyalty”

43

Una encrucijada disciplinaria

47

6

Macroeconomía financiera

Problemas sociológicos y retos políticos

48

La sicología de las masas

48

El rechazo de la herencia marxista

50

III

/

Las frustraciones y los cálculos

53

Las teorías del “comportamiento colectivo”

54

Una etiqueta conciliadora

54

¿Por qué se sublevan los hombres?

56

Cuando el Homo œconomicus entra en acción

62

La paradoja de Olson

62

 

La “RAT” y el endurecimiento del modelo

65

El buen uso del cálculo racional

67

IV

/

La movilización de los recursos

69

Los denominadores comunes

69

La filiación olsoniana

71

Los movimientos sociales como economía e “industria”

71

Empresarios y “militantes morales”

72

Sociologizar el marco teórico

74

Partir de la estructuración social

74

Estructura social y movimientos sociales

76

El aporte de una sociología histórica

78

La variable “organización”: de la logística a la sociabilidad

78

Estrategias

80

La dimensión de la larga duración

81

V /

¿Hay “nuevos” movimientos sociales?

85

La textura de lo “nuevo”

85

Las luchas de la postsociedad industrial

88

La “revolución silenciosa” del posmaterialismo

88

Hacia un nuevo orden social

89

Un balance por comparación

90

Una teoría sobre las prósperas décadas de la pre-crisis

90

Los dividendos de la innovación

93

Sociología de los movimientos sociales

7

VI /

El militantismo y la construcción de la identidad

95

Un enfoque sociológico del militantismo

96

Determinantes y retribuciones del militantismo

96

El efecto “sobrerregenerador”

99

Las identidades militantes

102

Nosotros/yo

102

Las movilizaciones de la identidad

104

Hacia una economía de las prácticas

110

VII / La construcción simbólica de los movimientos sociales

113

El redescubrimiento del “trabajo político”

113

Movilizar los consensos

113

Los marcos de la experiencia

125

El lugar de los medios de comunicación masiva en las movilizaciones

117

Escenificaciones y movilizaciones de papel

117

Los medios de comunicación masiva y los actores de los movimientos sociales

120

El registro terapéutico

123

Una sociología de la construcción de los problemas públicos

124

Las modalidades de poner en la agenda los asuntos pendientes

125

La fuerza de lo instituido

126

VIII / Movilizaciones y sistemas políticos

127

La estructura de las oportunidades políticas

127

Un consejo útil pero esponjoso

127

Las dinámicas del conflicto

130

Movimientos sociales y políticas públicas

133

Los tipos de Estado y las lógicas de la protesta

133

El eslabón perdido

136

Conclusión

141

8

Macroeconomía financiera

Sociología de los movimientos sociales

9

PREFACIO A LA EDICION ECUATORIANA

Para un profesor universitario siempre es motivo de regocijo ver sus trabajos traducidos en el extranjero y así, poder ser leído y discuti- do por otros públicos. Me siento entonces complacido por la publica- ción que hace una editorial ecuatoriana de esta Sociología de los movi- mientos sociales. Pero debo añadir que también me inquieta un tanto. Esta inquietud proviene primeramente de la revisión de la tra- ducción, por el sentimiento de etnocentrismo que puede provocar este pequeño libro. Tenía consciencia de ello antes de que se me publicara en un país del “Sur”. Pero el cambio de continente hace más evidente ese hecho. La inmensa mayoría de los trabajos universitarios que cito en este libro o bien son de autores europeos o norteamericanos, o bien se refieren a movimientos sociales de los países del “Norte”. Hay tres ra- zones que pueden explicarlo, aunque no justificarlo. La primera razón es obvia: se trata de la riqueza comparativa, en hombres, bibliotecas, di- nero y recursos de todo tipo del mundo universitario de los países del Norte. Sin embargo, se puede objetar que esta situación no impide que los investigadores franceses, canadienses o españoles dirijan sus estu- dios a los países de Asia o de América Latina. Y aquí interviene una se- gunda explicación, más etnocéntrica. Cuando los europeos o los ame- ricanos investigan sobre los países que no son de su esfera, buscan de- sarrollar un enfoque comparativo de los movimientos sociales y, a me- nudo, lo hacen mediante la comparación de las experiencias europeas y norteamericanas dejando de lado a los países del Sur. Felizmente, hay excepciones, entre ellas: Alain Touraine (1988), Armand Mattelart (1973) o Daniel Rothman y Pamela Oliver (1999), que han trabajado sobre Latinoamérica; y James Scott (1985), sobre Malasia. Pero tam- bién interviene con frecuencia otro factor que hace menos visibles esos trabajos: muchas investigaciones sobre los países del Sur las conducen los especialistas, de lo que las clasificaciones académicas anglosajonas llaman los “Area Studies”; y en la Universidad existen ‘barreras aduane- ras’ invisibles, lo que resulta en la existencia de excelentes investigacio-

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Prefacio

nes de los especialistas en Latinoamérica, el mundo árabe o Asia sobre los movimientos sociales que apenas leen y conocen sus vecinos de ofi- cina especializados en ese mismo tema. También hay que añadir que el papel que juega el inglés como lengua de intercambio científico lo pa- gan a un costo tremendo los investigadores hispanófonos, lusófonos o francófonos. En efecto, si no se los traduce al inglés, sus trabajos circu- lan poco y permanecen mayoritariamente invisibles. Por eso, en este li- bro, hay una ausencia casi total de trabajos en lengua española. Aunque

no logran entrar en las bibliotecas universita-

rias (a menudo muy provincianas) de un país como Francia. Me inquieta, asímismo, el peso que tienen las referencias ameri- canas. Hay algo de paradójico en que sea un francés quien actúe de ex- portador hacia América Latina de los productos científicos del fastidio- so vecino del norte. Yo no lo lamentaría: el peso de los trabajos estadou- nidenses proviene ante todo de su calidad y rigor. Aunque este libro se esfuerza también en darles el lugar que se merecen, particularmente a las contribuciones europeas, francesas e italianas. Al revisar la traducción me he esforzado por poner un poco más de referencias al mundo latinoamericano. Pero, en justicia, el resultado parecerá decepcionante. ¿Es que al menos puedo justificarme? Se debe, sobre todo, al problema ya mencionado del acceso a las investigaciones

que se llevan a cabo sobre ese Continente, que se dificulta y hasta se agrava por mi débil dominio del castellano; y también se debe a una forma de prudencia: en Europa, América Latina es objeto de represen- taciones fantasmagóricas que provienen de la maravillosa literatura novelesca de ese Continente, y olvidan que lo que nos sugieren con un inmenso talento Roa Bastos, Gabriel García Márquez o Miguel Angel Asturias constituye una forma de convertir en inteligible la realidad, con las armas de lo maravilloso, de la metáfora o del realismo mágico, todas las cuales suponen una forma de estetización y de reconstrucción de la realidad. Así, nuestras fantasmagorías de ciudadanos del Norte se fijan igualmente en una visión épica y reduccionista de la participación política en América Latina, en una política únicamente hecha de gue- rrillas, de ‘golpes de Estado’ o de imponentes movimientos sociales. Es cierto que desde las Madres de la Plaza de mayo, hasta las luchas de los campesinos o de las comunidades indias, el Continente sudamericano ha ofrecido, a la vez, verdaderos prototipos de movimientos sociales y ejemplos de lucha que suscitan respeto y, a menudo, simpatía. Pero, al

sí existan, y excelentes

Sociología de los movimientos sociales

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tratarse de sociedades cuya historia y estructuras sociales no conozco lo suficiente, me parece más prudente no decir nada que contribuir a otra forma del discurso etnocéntrico: el que hace de ese Continente una suerte de “reserva sociológica”, un territorio poblado de buenos salva- jes del movimiento social, un lugar donde el investigador europeo po- dría contemplar con nostalgia un poco gratificadora, pero oculta, las movilizaciones espectaculares, violentas o épicas de las que tendrá una secreta nostalgia dentro de su propio país. Por su diversidad, y la rique- za y complejidad de su historia, las sociedades de América del Sur se merecen más que esos estereotipos. Quisiera terminar con dos deseos. El primero, sería que este pe- queño libro contribuya a la circularción de algunas herramientas de las que se apropien sus lectores para desarrollar trabajos en curso sobre las movilizaciones en sus sociedades, y no una suerte de catecismo del aná- lisis de los movimientos sociales. El segundo deseo, más esencial, sería que circularan más las investigaciones latinoamericanas. Los estudiosos que me lean comprenderán que se trata de una invitación y de una solicitud de ayuda para que una futura segunda edición sea más repre- sentativa del aporte de los trabajos en español.

ERIK NEVEU

Liffre, 12 de noviembre de 1999

12

¿Qué es un movimiento social?

INTRODUCCIÓN

Imaginémonos por un momento una historia de América del Sur sin movimientos sociales. Y hagamos una pequeña lista de éstos duran- te épocas recientes, figurándonos que nada sucedió: ni la caída de la Junta Militar en Ecuador en 1966 tras las manifestaciones populares; ni la manifestación del 17 de octubre de 1945 en Buenos Aires; ni el “Cor- dobazo” en 1969, con sus consecuencias para la política argentina; ni la gran huelga general en Bolivia en 1985; ni la “Protesta”en Chile en 1983; ni el movimiento zapatista en el Chiapas mexicano… y así po- dríamos seguir de largo. Como se ve, los movimientos sociales pueden tener un considerable impacto sobre la vida social. Los grandes movi- mientos sociales marcan la memoria política. El fenómeno se da aún más en las sociedades donde no existen verdaderas citas electorales. El tiempo político de la Polonia socialista se mide más por las huelgas de Gdansk, en 1970 y 1980, que por las parodias electorales de la Dieta de Varsovia. Basta con recordar en desorden los movimientos de Mayo de 1968, los que Gandhi promovió en la India Colonial, o los de Martín Luther King en los Estados Unidos de los años ‘60, para medir el im- pacto de esa movilización. Pero el esfuerzo analítico de esas situaciones raramente está a la altura de sus desafíos. En Francia, si bien Mayo del 68 suscitó suficientes testimonios y comentarios como para llenar una bliblioteca entera, pocos trabajos permiten hacer un análisis clínico de los “acontecimientos” y de sus continuaciones y consecuencias; más bien, se ocupan del componente universitario de Mayo [Bourdieu, 1984] * , de ciertos aspectos del “izquierdismo” [Sommier, 1994]. Los movimientos sociales, frecuentemente provocan más reac- ciones que análisis. Este tratamiento se presenta primeramente con una retórica de la sospecha. Una implícita asimilación del modelo demo- crático basado solamente en el proceso electoral hace que los movi- mientos sociales se traten como algo sospechoso, sinónimo de irrum-

* Las referencias entre corchetes remiten a la bibliografía del final de la obra

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Introducción

pir en las calles y de provocar desorden. La temática del misterio cons- tituye un segundo marco para la ausencia de análisis. Los movimientos sociales aparecen, entonces, como un tejido de enigmas. Con frecuen- cia, imprevistos, descritos como imprevisibles, tanto en su surgimiento como en su dinámica, se presentan como un desafío a la racionalidad, de lo cual da fe el léxico metafórico de la explosión, del carnaval, del contagio, del desbordamiento afectivo. La movilización pública se re- mite así a una dimensión irracional o lúdica de los comportamientos sociales. Esta parte misteriosa alimenta muchos comentarios apasiona- dos que pretenden ver manipuladores, líderes clandestinos. El tercer marco de ese flojo tratamiento teórico de los movimientos sociales es la clasificación tranquilizadora, que enmarca a lo imprevisto en una ca- tegoría de rutina: los ciclos primaverales de huelgas estudiantiles, los movimientos “corporativos”, las violencias campesinas. El análisis funciona como un eco del discurso de los grupos en movilización (cuando es favorable), y también como una intensifica- ción del trabajo de mantenimiento del orden (cuando condena). Esta postura, antes que explicar, juzga. Se presta para los contrasentidos his- tóricos, cuya lectura de las movilizaciones actuales tiene lugar dentro de las categorías heredadas del pasado. Los actores y, una parte de los comentaristas de la movilización pública de los estudiantes de Mayo del 68, presentaron así a ésta, como una proyección en el mundo uni- versitario del modelo de la lucha del proletariado contra la burguesía. El conocimiento de las ciencias sociales permite explicar los mo- vimientos sociales con un discurso más esclarecedor, porque atiende a la vez tanto a los determinantes sociales profundos de las moviliza- ciones como a los que viven y participan en la acción. Las ciencias so- ciales están en ventaja con respecto al periodismo, en el sentido de su distancia, el tiempo de la investigación, la comparación sistemática, la elaboración y la verificación de hipótesis teóricamente armadas. Se dis- tinguen del compromiso militante por la prioridad dada no a la iden- tificación del buen proyecto de sociedad de los movimientos “progre- sistas” o “populistas”, sino a la preocupación por desvelar las causalida- des, de producir inteligibilidad; que son criterios convenientes para juzgar a las ciencias sociales. Las preguntas que suscita un análisis de los movimientos sociales son abundantes y complejas: ¿por qué ciertos grupos se movilizan más que otros? ¿Cuál es la “racionalidad” de las movilizaciones? ¿Cuál es el

Sociología de los movimientos sociales

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papel de los medios de comunicación? ¿Cómo reaccionan ante éstos los sistemas políticos? Para intentar aportar elementos de respuesta orde- nados buscaremos primeramente dar una noción precisa de lo que es un “movimiento social” (que a menudo es algo confuso de concebir), y comprender en qué sentido (hablando de lo conocido, por pertenecer a la experiencia de todos) ese registro de la protesta que expresan las mo- vilizaciones o las huelgas, no es ni el único, ni el más evidente para uti- lizar cuando hay tensiones o malestar social. Una ojeada a las diversas escuelas sociológicas nos permitirá, luego, tener referencias sobre las “herramientas” teóricas que han servido a las ciencias sociales para in- tentar dar cuenta de los movimientos sociales. Finalmente, mostrare- mos cómo el análisis sociológico desde hace tiempo acaba por acumu- lar saberes, lejos de convertirse en un desfile de teorías, y da mejor cuen- ta del lugar de las creencias y de las emociones, de la relación con la po- lítica.

La experiencia adquirida en ese balance concierne inseparable- mente al ciudadano y al investigador, porque en este campo, la investi- gación se nutre del estudio de las tensiones sociales; porque lejos de ser un objeto marginal, los movimientos sociales evocan las modalidades del discurso en el espacio público, a menudo, de quienes tienen dificul- tad en hacerse oír mediante las urnas, los medios de comunicación y las autoridades político-administrativas.

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¿Qué es un movimiento social?

CAPÍTULO I

¿QUÉ ES UN MOVIMIENTO SOCIAL?

¿No es complicar por gusto lo que cada cual comprende como su experiencia al introducir una explicación erudita para la noción de “movimiento social”? Personas que a menudo pertenecen a un mismo grupo social (jóvenes, mineros del estaño, campesinos, etc.) creen tener una reivindicación que formular. Y expresan sus peticiones con medios familiares como la huelga, la movilización y la ocupación de un edifi- cio público. Lo ocurrido en diciembre de 1995 sería un claro ejemplo de ello. El sentido común asocia un conjunto de formas de protesta a la idea de movimiento social. Vincula las palabras con los acontecimien- tos y las prácticas. Pero esta constatación es precisamente la que abre interrogantes. Nuestra capacidad de ejemplificar esta noción va acom- pañada de una frecuente impotencia para comprender y hasta para ver los movimientos sociales de otras sociedades o de otras épocas. Si el historiador no nos proporcionara una forma de “subtitular” los acon- tecimientos, ¿comprenderíamos el mensaje de conflicto social que en 1730 dirigen a su patrón los obreros de una imprenta de la calle Saint- Séverin, al colgar a “la grise”, la gata favorita de su esposa [Darnton, 1985]? ¿Podríamos discernir, tras las procesiones de “los reinos” del carnero, del gallo y del águila, en los que se agrupan los componentes del centro histórico de la ciudad de Romans (en el sur de Francia) du- rante el carnaval de 1580, los signos de una guerra social que será san- grienta [Le Roy Ladurie, 1979]? ¿Acaso el hecho de que lleven un bra- zalete negro los obreros de una cadena de montaje japonesa en plena actividad nos hace entender que es la expresión de un descontento co- lectivo? Por el contrario, nuestra habilidad para identificar los modos de protesta en “nuestra sociedad” plantea otra pregunta: ¿se codificarían las formas de expresión de las emociones vinculadas al sentimiento de injusticia lo suficiente como para que la protesta se canalice aún más

Sociología de los movimientos sociales

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mediante modos de empleo institucionalizado (que provienen ¿de dónde?) Aquí, lo que carece de entidad es la asociación entre movi- miento social y la expresión de descontento. ¿De dónde viene que cier- tos grupos no recurran casi nunca, a lo que el sentido común asocia con los movimientos sociales? La televisión apenas presenta las movili- zaciones de los jubilados o de los abogados. ¿Será porque estos grupos no tienen nada que reivindicar? ¿O porque algunos grupos no llegan a movilizarse? ¿Y por qué es así? ¿Hay otras vías aparte de la movilización pública que puedan hacerse cargo de sus reivindicaciones? ¿Cuáles son? Finalmente, ¿no conviene hacer algunas distinciones dentro de los fenómenos que el lenguaje corriente asocia con los movimientos so- ciales? ¿No es absurdo catalogar como un movimiento social a la Inti- fada, a una huelga de hambre de los indocumentados, a una dimisión colectiva de los bomberos voluntarios descontentos? Pero quedarse só- lo en eso sería un reflejo del análisis superficial de lo social, impropio del analista.

Las dimensiones de la acción colectiva

El término “acción colectiva” se emplea comúnmente, pero no por ello deja de ser problemático. Es significativo que en francés, las obras de síntesis que lo utilizan para proponer un panorama de los análisis de las movilizaciones, recurran a otras expresiones suplemen- tarias como “luchar juntos” [Fillieule y Péchu, 1993], o “movilización pública y organización de las minorías activas” [Mann, 1991] para ex- plicitar su propósito. Aquí la dificultad nace de la polisemia del adjeti- vo “colectivo”. A riesgo de producir un inventario más digno de Prévert que de Durkheim, hay que proceder a desmenuzar este término.

El actuar en conjunto como un proyecto voluntario

A partir de una definición muy floja de la acción colectiva, que la identificaría con las situaciones en las cuales se manifiestan convergen- cias entre una pluralidad de agentes sociales, la variable de una inten- ción de cooperación puede ayudar para empezar nuestro intento. De- ben aislarse, entonces, los fenómenos a los que Raymond Boudon aso- ció con la noción de efectos perversos o emergentes. Dicha noción abarca los procesos que resultan de la agregación de los comporta- mientos individuales sin intención de coordinarse. La operación “cara-

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¿Qué es un movimiento social?

col” de los choferes de transporte, que bloquean una autopista perifé- rica, producirá un resultado comparable al embotellamiento causado por los vacacionistas que se precipitan con sus autos hacia las playas. Pero hay una clara diferencia entre una acción concertada, relacionada con las reivindicaciones, y un resultado imprevisto, a veces imprevisi-

ble, que surge de la suma de miles de salidas de vacaciones individuales. Para avanzar hacia una definición precisa del “movimiento so- cial”, debe enjuiciarse por una misma exclusión a los procesos de difu- sión cultural. Lo “colectivo” está presente en los fenómenos de moda, de difusión de estilos de vida o de innovación. Pero ese colectivo es el resultado, por un lado, de efectos de la agregación que presenta el mer- cado. Mediante millones de decisiones en serie y libres (dentro de los límites de todo el trabajo de construcción de las definiciones de moda y de lo moderno que del mercado hacen la crítica, la prensa y la publi- cidad), la acción de los individuos engendra veredictos colectivos, do- tados con frecuencia de una dinámica excluyente (se tiene que “ser (de) algo”). Esos veredictos se traducen en modos de vestir y artísticos, en consagraciones de objetos, temas (como por ejemplo, la defensa de la

Pero para modelar socialmente a estos fenómenos hay

que tomar en cuenta, que en general, no resultan de una intención ex- plícita de cooperación o de acción concertada. El éxito excesivo de una moda puede hasta incomodar a sus seguidores, que ven en su amplia- ción una pérdida de su distinción. Por lo demás, no basta con que se di- funda un comportamiento para interpretar en ello una voluntad colec- tiva de cambio sobre las formas de la vida social. Parece lógico por tan- to remitir los fenómenos de la difusión cultural y de las modas a una sociología de la cultura o de la innovación. Pero esos fenómenos jue- gan un papel en la construcción de identidades, de universos simbóli- cos, sobre los cuales puede apoyarse el surgimiento de movimientos so- ciales. Con solo un ejemplo basta: a fines de los años ‘60 se difundió en- tre la juventud estudiantil, un estilo inédito de vestir y de llevar el ca- bello, una banalización del consumo de drogas, nuevas modas musica- les (el rock, el folk), nuevas referencias intelectuales (desde los marxis-

naturaleza

).

mos a la “aldea global” de McLuhan, vía el feminismo). Estos fenóme- nos de difusión cultural estaban entonces estrechamente vinculados al surgimiento de movimientos sociales como el izquierdismo, el feminis- mo y el comunitarismo. En este sentido, nunca está de más preguntar- se sobre la manera en que las evoluciones culturales pueden ser posi- bles indicadores o vectores para el apogeo de movimientos sociales.

Sociología de los movimientos sociales

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¿Está prohibido confundir las organizaciones con las movilizaciones?

En una amplia acepción, la noción de acción colectiva puede apli- carse también a la mayoría de las actividades vinculadas al universo de la producción y la administración. El funcionamiento de una empresa exige un alto grado de división del trabajo y estricta organización de la acción conjunta. Las diferencias con el universo de los movimientos so- ciales podrán parecer evidentes. ¿No se distingue la producción de bie- nes y servicios netamente de la movilización pública, de las energías por una reivindicación? ¿No es imposible comparar sus grados de ins- titucionalización? La necesidad de ganarse la vida, la organización je- rárquica de la empresa y la importancia del trabajo como elemento es- tructurador de las existencias garantizan a priori que cada asalariado responda a la llamada de su jefe. Los organizadores de un mitin, no dis- ponen de recursos parecidos para asegurar la asistencia de personas, salvo que se pague a figurantes (lo que se ha visto). Finalmente, una comparación parecerá olvidar la dimensión de las creencias. No hay ninguna necesidad de tener fe en los sagrados valores de la industria automotriz para trabajar en un taller mecánico. En cambio, se impone un mínimo de creencias para manifestarse contra el apartheid o los en- sayos nucleares. En pocas palabras, la evidencia parece sugerir el carácter total- mente artificial de un acercamiento entre los fenómenos, que las clasi- ficaciones del sentido común y de la sociología (aliados por una vez) asocian, para unos, al análisis de las organizaciones, y para otros, al es- tudio de la movilización. Pero un repaso crítico de esos fenómenos su- giere más bien un conjunto de enmascaramientos problemáticos. Cuatro ejemplos al respecto. El primero se remite a la empresa. Una de las recientes tendencias de su administración ha sido introdu- cir en su funcionamiento técnicas de movilización pública y de moti- vación a menudo próximas a la de los universos militantes, hasta de las sectas, con cuadros o contramaestres de verdaderos militantes, que buscan producir una relación con la empresa que hace vivir al asalaria- do bajo una forma de compromiso total al servicio de una causa [Le Goff J.-P., 1992]. En segundo lugar, el funcionamiento de ciertas admi- nistraciones, por ejemplo, en el campo de la salud pública, permite constatar que, las gestiones puestas en obra para promover políticas públicas, no dejan de tener parentesco con los objetivos y medios de ac- ción de las agrupaciones militantes. ¿Es acaso absurdo comparar las

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¿Qué es un movimiento social?

campañas de prevención del SIDA o contra el alcoholismo que pro- mueve la Salud Pública con las acciones de los movimientos de ayuda

o una asociación antialcohólica? Dos últimos ejemplos sirven para ilus-

trar los parecidos entre ciertas formas de acción militante y la lógica de

las organizaciones económicas y burocráticas. Por un lado, las lógicas de empresa pesan, cada vez más, en el funcionamiento de muchas mo- vilizaciones. Una de las formas de financiar y hacer popular a la vez una

causa, consiste en desarrollar una gama de “productos”: libros, camise- tas, impresos, adhesivos y cintas de video. Por otro lado, algunas estruc- turas de tipo asociativo y militante han experimentado recientemente un proceso de profesionalización que se traduce en el desarrollo de un cuerpo laboral con personal fijo y de expertos (juristas, comunicado-

res

presa de servicios. Estas aproximaciones sirven para comprender la posición (en principio paradójica) que tomaron ciertos enfoques sociológicos desde

fines de los años ‘60 [Olson, 1966]; éstos recurrieron a las metáforas de

la empresas o a recetas de lectura nacidas de la economía para interpre-

tar las movilizaciones y los conflictos sociales. Y, más recientemente, Erhard Friedberg [1992], en un iconoclasta artículo, volvía a cuestionar

la pertinencia de las fisuras entre el análisis de las organizaciones, de los

mercados y de los movimientos sociales. Observaba que el análisis de

el carácter formali-

zado de sus objetivos, estructuras y papeles”, en oposición a la mayor fluidez de otros espacios de acción colectiva. “Al razonamiento, lo sos-

tiene una suerte de partición (

zación formalizada significativa, bajo el control y la sumisión, la capi-

talización del saber, la transparencia y la previsibilidad, la estructura-

ción y la no competencia (

de “la acción colectiva” o del “movimiento social”, es decir, de la com- petencia, del surgimiento, del porvenir, de la interacción no estructura- da, desordenada y aleatoria, de la fluidez, de la igualdad y de la ausen-

cia de jerarquía» [1992, p. 532]. Friedberg subraya el “doble error” que funda esta visión: por subestimación del grado de organización y de es- tructuración de universos en apariencia muy fluidos, como los movi- mientos sociales; y por sobreestimación del rigor y la originalidad de la formalización de los papeles y las estructuras en las organizaciones. En este sentido, el autor invita a pensar en las organizaciones, los merca- dos y los movimientos sociales como una escala de situaciones más o

De otro lado, el mundo del “mercado”,

Por un lado, el mundo de la organi-

las organizaciones se hace con insistencia en «(

que concluye en una organización interna similar a la de una em-

)

)

).

).

Sociología de los movimientos sociales

21

menos estructuradas y formalizadas normas y dispositivos de regula- ción que, a su vez, son más o menos centralizados y visibles.

La acción concertada en favor de una causa

El resultado de esta tentativa de rastrillaje de la noción de acción colectiva es proporcionar a la vez precauciones y tipologías. Las prime- ras remiten a la diversidad de la noción y la vinculan con una red com- pleja de hechos sociales. Hay que reintegrar la historia de cada movi- miento social en un contexto cultural e intelectual. Es mejor no levan- tar una muralla china (que por lo demás podría parecerse a un colador) entre el universo de las organizaciones y empresas y el de las moviliza- ciones colectivas; esto requerería el concurso de herramientas de análi- sis provenientes de la ciencia económica. La noción de acción colectiva examinada aquí se refiere a dos cri- terios. Se trata de una acción conjunta intencional, marcada por el pro- yecto explícito de los protagonistas de movilizarse concertadamente. Esta acción conjunta se desarrolla con una lógica de reivindicación y defensa de un interés material o de una “causa”. Dicho enfoque pro- porciona una estrecha definición que aisla un tipo particular de acción colectiva, sin violentar lo que se podría designar como las definiciones intuitivas de la acción colectiva, a la cual se asocian prácticas como la huelga, la movilización y la petición. Según expresa Herbert Blumer [1946]: esta acción concertada en torno a una causa se encarna en “em- presas colectivas que pretenden establecer un nuevo orden de vida”. Es- te “nuevo orden vital” puede tener por objetivo cambios profundos o, por el contrario, inspirarse en el deseo de resistirse a los cambios; pue- de implicar modificaciones de alcance revolucionario o limitarse a los desafíos muy localizados. Los individuos encargados de la defensa con- certada de una causa pueden ser, lo que en inglés se designa con el acró- nimo peyorativo de NIMBY (los Not In My Black Yard: literalmente: los que dicen: “¡No en [el corral de] mi casa!”) que rechazan una central nuclear o una autopista, por el solo hecho de que está demasiado cerca de sus casas), o los portadores de reivindicaciones más “desinteresadas” o universales como por ejemplo, el Abad Pierre o Lech Walesa.

22

¿Qué es un movimiento social?

El componente político de los movimientos sociales

Las formas de acción colectiva concertada en favor de una causa se designarán en adelante con el término de “movimientos sociales”. Es- to es por pura comodidad, pues permite designar una clase de fenóme- nos cuya expresión es familiar; y pretende, sobre todo, enriquecer los primeros esfuerzos definitorios al introducir en ese concepto un ele- mento de articulación en la actividad política. Como Alain Touraine [1978] señaló, los movimientos sociales son, por definición, un compo- nente singular e importante de la participación política.

Una acción “en contra”

Un movimiento social se define por la identificación de un adver- sario. Si bien, hay colectivos que se movilizan a favor de algo (un alza salarial, un voto de ley, etc.), esta actividad reivindicativa sólo puede desplegarse “contra” un adversario designado: el empleador, la Admi- nistración o el poder político. Este dato implica la atribución de un es- tatus aparte para todas las formas de acción colectiva que, al tiempo de conformarse a los criterios anteriormente propuestos, pretenden res- ponder a un problema o a una reivindicación mediante la movilización pública de los medios de respuesta dentro del grupo, exclusivamente. Este registro del self-help (la autoayuda) se refleja, en particular, a tra- vés del movimiento mutualista y cooperativo, por el cual, el movimien- to obrero, el campesinado y ciertos segmentos del sector público han desarrollado una movilización pública original que, a partir de las cuo- tas voluntarias de los afiliados, pretende poner en pie sistemas de segu- ros, redes de abastecimiento para las necesidades profesionales (abo- nos, por ejemplo) o para el consumo familiar, con tarifas más baratas que las del mercado privado, o sistemas de protección contra las enfer- medades. Una movilización pública de este tipo ronda el conflicto. Ex- trae las energías y los recursos del seno de la comunidad para producir “el nuevo orden de vida”, y rechaza el enfrentamiento frontal. Pero tam- bién, aquí hay que tener cuidado de no abrir una brecha total. Las ex- periencias de asociaciones mutualistas o cooperativas se analizan me- jor relacionándolas con los movimientos sociales, siendo a menudo un complemento o una alternativa.

Sociología de los movimientos sociales

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MMooddeelloo ccooooppeerraattiivvoo yy ppoolliittiizzaacciióónn

En el Finistère de fines del siglo XIX se vivió el desarrollo de un sis- tema cooperativo sofisticado, federado desde 1911, mediante la Oficina Central de Landerneau. La red cooperativa de tal naturaleza, no exige a sus miembros una intensa participación. Les ofrece un conjunto de prestacio- nes que pretenden responder a un máximo de problemas que pueden te- ner los campesinos. La oferta de servicio se concentró, inicialmente, sobre un sistema de seguros contra la pérdida de ganado, puntos de venta, don- de los agricultores pueden comprar a menor costo los abonos y los pro- ductos necesarios en su actividad; pero se irá diversificando con la comer- cialización de los productos, de las explotaciones, con la formación profe- sional y los intentos de imponer un modelo de arrendamiento rural que prevenga los conflictos entre los colonos y los propietarios de las tierras. “Landerneau” también controla, de hecho, las estructuras sindicales agrí- colas del departamento canalizadas con la misma lógica corporativista que la de la mencionada Oficina. Este registro campesino del self-help lo promueven los católicos del campo y lo enmarcan los aristócratas agricultores, quienes también lo con- ciben como un instrumento destinado a preservar los equilibrios de la so- ciedad rural tradicional y a reprimir la penetración del Estado republicano en el campo. En 1960, un responsable de la cooperativa afirma que “duran- te cincuenta años, la Oficina central reemplazó a los servicios agrícolas del Estado en esta región; era como si éstos no hubieran existido”. El proyec- to explícito de los dirigentes de Landerneau es gestionar localmente, y con un registro corporativo que deje al Estado fuera de juego, todos los proble- mas y tensiones (que en otras regiones asumen los partidos políticos); y preservar así el peso y el papel de las élites rurales tradicionales. El mode- lo de Landerneau (que dominará en ese Departamento hasta los años ‘60) es un caso práctico de despolitización de las estructuras cooperativas, pues éstas operan para monopolizar la gestión de los problemas sociales, que son el objeto de políticas públicas (la política agrícola), para congelar una sociedad rural que administra sus tensiones sin conexión con el siste- ma político nacional y con las luchas de partido (que no deben utilizarse para dividir al mundo campesino). Suzanne Berger subraya en un estudio que titula significativamente Los campesinos contra la política [1975] que:

“el sistema corporativo oculta la verdad de las tensiones y los conflictos de ideas y de intereses”. Pero este uso despolitizador y conservador del movimiento coopera- tivo no es ni una fatalidad para este tipo de distinciones, ni el modo obli- gatorio de organización del mundo rural. El desarrollo del movimiento obrero en los países de Europa del Norte se apoyó en las redes de asocia- ciones de mutualistas y cooperativas de consumo. En la época misma del apogeo de “Landerneau”, los campesinos del Departamento vecino de Cô- tes-du-Nord se empeñan más en las movilizaciones vinculadas con los par-

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tidos y con los retos políticos nacionales. La hegemonía de “Landerneau” en el Finistère se cuestionará en los años ‘60, mediante un movimiento so- cial animado por los jóvenes campesinos que socializa la Juventud Agríco- la Cristiana y que se movilizan mucho más y se dedican directamente a exi- gir reformas al Estado.

FUENTES: S. Berger [1975], D. Hascoët [1992].

¿Es un movimiento social necesariamente político? Hay que defi- nir esta noción para responder a ello. Se puede considerar, como suce- dió en los años ‘70, “político” todo lo que proviene de las normas de la vida en sociedad. La consecuencia (reivindicada) de una definición así es que todo es político, especialmente los movimientos sociales. ¿Acaso no conlleva la lucha por un alza salarial la cuestión de la distribución social de la riqueza? Esta definición tiene un mérito: el de hacer recor- dar las relaciones de poder y de sentido que se invierten en los actos más banales de lo cotidiano, y el de subrayar la posibilidad de cambiar- los por la movilización pública. Pero una concepción que mete en to-

do a la política hace imposible percibir su especificidad. El sentido que aquí mantendremos será diferente. Un movimiento adquiere una car- ga política cuando hace un llamado a las autoridades políticas (el go-

bierno, las colectividades locales, las administraciones

pondan a la reivindicación con una intervención pública, e imputa a estas autoridades políticas la responsabilidad de los problemas que ori- ginan la movilización. La infinita variedad de los movimientos sociales impide considerarlos a priori como automáticamente políticos. Una huelga limitada al espacio de la empresa, o las movilizaciones de inte- gristas que, en 1988, querían oponerse a la difusión del libro de Rush- die pueden constituir conflictos que se determinan entre protagonistas privados, dentro de lo que el lenguaje corriente designa como la socie- dad civil. La publicidad que reciben dichos conflictos en los medios de comunicación y su discusión en el espacio público no bastan para dar- les un carácter político. Éste sólo interviene cuando el movimiento so- cial se vuelve hacia las autoridades políticas: en el caso de Salman Rush- die, cuando las movilizaciones exigen al gobierno británico que prohi- ba la venta de Versos Satánicos o, al contrario, que haga respetar la liber- tad de expresión con la acción policial. La diversidad de las situaciones

y de los adversarios contra quienes se construyen los movimientos so-

) para que res-

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ciales no impide resaltar las fuertes evoluciones que presentan en su re- lación con la política.

Las tendencias de los movimientos sociales a la politización

Charles Tilly, un historiador y sociólogo estadounidense, puso en evidencia [1976; 1986] la tendencia histórica de los movimientos socia- les y sus raíces hacia la politización. De manera esquemática podemos sugerir que en el caso francés, los procesos de movilización pública si- guen siendo esencialmente locales hasta principios del siglo XIX. En una sociedad rural, las regiones y los “países” permanecen apenas co- nectados a un centro económico y político nacional [Weber, 1983]. Los movimientos sociales se concentran, entonces, en los enfrentamientos restringidos al espacio de comunidades locales, a menudo, según la ló- gica del cara a cara directo. El blanco de las protestas pertenece, fre- cuentemente, a un universo de conocimiento recíproco que hace del adversario, alguien a quien se conoce antes que un representante de una institución abstracta (la empresa o la administración). Existen dos procesos que alteran completamente las condiciones en las cuales se desarrolla la actividad de protesta. En primer lugar, es- tá el movimiento de “nacionalización” gradual de la vida política, a tra- vés de la unificación administrativa del territorio, el avance del sufragio universal y el fortalecimiento del papel del Estado. El poder político aparece cada vez más claramente como el centro del poder, tanto más si la extensión del sufragio se acompaña del desarrollo de listas de prome- sas más precisas y extensas respecto a su objeto (Garrigou, 1992) por parte del personal político (en particular, republicano). Por lo demás, la dinámica de la Revolución Industrial contribuye a dislocar y romper el aislamiento de las comunidades locales, a someter las actividades eco- nómicas a los mecanismos abstractos del mercado. A la vez, hace que ceda la importancia de las situaciones de conocimiento recíproco, de las relaciones cara a cara y, con ello, aleja física y simbólicamente las figu- ras de poder de la experiencia cotidiana. Estas fuertes tendencias van junto a un proceso de ampliación de las intervenciones del Estado. De un lado, ese desarrollo es el hecho de iniciativas propias de los gobier- nos y las fuerzas sociales dominantes para responder a lo que perciben como necesidades: la formación de los cuadros dirigentes y de la mano de obra mediante el sistema escolar, la lucha contra las “plagas sociales” mediante las políticas de higiene y salud pública. De otro lado, dicho

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¿Qué es un movimiento social?

desarrollo es el fruto de movilizaciones que pretenden obtener, por vía legal, derechos y protecciones que, las relaciones de fuerza que presiden el contrato de trabajo no han podido hacer cumplir. Es el proceso de in- vención del derecho social. El resultado en que convergen estas tendencias es la producción de una forma de ubicuidad estatal. El poder político interviene más y sobre más cosas, es más visible y se percibe cada vez más como el des- tinatario privilegiado de las protestas. Desde mediados del siglo XIX y, especialmente en Francia, los movimientos sociales favorecen el recur- so al Estado hasta en los grandes conflictos laborales (los Acuerdos de Matignon de 1936; las negociaciones de Grenelle en 1968). Esta lógica de politización es inseparable de la construcción del Estado social y se motivará con otros hechos. La historia misma de los movimientos sociales pasa por la costo- sa experiencia de las limitaciones de victorias sectoriales, y del relativo empequeñecimiento que representa recurrir al Estado. Los Estados Unidos son un ejemplo esclarecedor de ello, aunque según las mitolo- gías contemporáneas, tienen fama de ser el lugar de las iniciativas de la sociedad civil [Oberschall, 1973; McAdam, 1982]. En la lucha contra la segregación racial en los Estados del Sur, las organizaciones negras de los años ‘50 organizarían, al principio, movilizaciones locales cuyos re- tos consistían en hacer retroceder la segregación de forma concreta, en los lugares mismos de conflicto. Así, la popularidad de Martin Luther King se debe mucho al largo boicot de los autobuses escolares reserva- dos a los niños negros, que él anima en 1955-1956 en Montgomery (Alabama). La dinámica del movimiento reside, en primer lugar, en la difusión de esas movilizaciones locales. El 1 de febrero de 1960, un gru- po de jóvenes “negros” de un college (institución de educación univer- sitaria) local realiza el primero de los sit-ins (movilización de resisten- cia en la cual los participantes, generalmente estudiantes universitarios, se sientan en las calles y otros sitios públicos estratégicos para llamar la atención e impedir el tránsito y la normalidad cotidiana de otras acti- vidades) en la parte reservada a los blancos de una cafetería de Greens- boro (Carolina del Sur) y se niegan a retirarse, en tanto no se les de el servicio. Dos meses después, se han llevado a cabo más de setenta sit- ins en quince Estados. Pese a ello, las movilizaciones locales muestran mucho poder y gastan mucha energía. Pero esas luchas sólo tienen efec- tos puntuales, aun cuando acaben por tener éxito, y obliguen a que un

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sheriff o el gerente de una cafetería pongan fin a las prácticas racistas. Las victorias logradas en un condado sólo hacen que sean más visibles las que deben obtenerse en otros cien lugares. La estrategia del movi- miento por los derechos civiles se va a desplazar hacia el poder federal en Washington. Desde entonces, se trata de orientar las movilizaciones hacia una intervención federal en forma de leyes y de decisiones del Tribunal Supremo que prohiban las prácticas racistas explícitas o larva- das. Este llamado al poder central evita la dispersión del combate con- tra una quincena de legislaciones de estados federados y contra cente- nas de sheriffs. Vemos así, en qué medida las simples consideraciones tácticas de eficacia nacidas de la experiencia de la lucha contribuyen también a una fuerte tendencia de recurrir al Estado y a la politización de las movilizaciones.

Políticas públicas, opacidad y politización

Otros hechos ocurridos desde la posguerra alentaron esas evolu- ciones provenientes del lugar que toman las políticas públicas, de las incidencias de los procesos de construcción europea y de la “globaliza- ción” de la economía. La noción de políticas públicas [Muller, 1990] designa la acción de las autoridades estatales, cuando tratan de diver- sos asuntos, en contraste con el concepto de política entendido como lucha para el ejercicio del poder. En inglés, se oponen más explícita- mente las policies (la política agrícola, la energética, etc.) a las politics (los programas electorales, las estrategias de partido, etc.). Las políticas públicas son una dimensión central de la actividad gubernamental. También son el resultado del proceso histórico de di- visión social del trabajo que engendra una sociedad cada vez más sec- torizada, fragmentada en microuniversos: la agricultura, la investiga- ción, la salud pública, los transportes, etc. Cada uno de estos subuni- versos tiende a regularse, a través de procesos de decisión nacidos de las negociaciones entre las administraciones, los grupos de presión, las ins- tituciones que le son propias. Por eso, si bien la definición de las polí- ticas agrícolas se cumplió generalmente mediante un debate parlamen- tario y el voto de leyes de orientación, esos textos no hacían más que re- tomar en lo esencial opciones surgidas de las negociaciones entre altos funcionarios del Ministerio de Agricultura, sindicatos campesinos, Cá- maras de Agricultura, etc. Pero la yuxtaposición de políticas sectoriales nacidas de una serie de universos sociales compartimentados no con-

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¿Qué es un movimiento social?

cluía mágicamente en una política global coherente. Las disfunciones de un sector social son, en muchos casos, los efectos indirectos de po- líticas públicas sobre otros sectores. Una parte del actual “problema de los suburbios” proviene directamente de políticas de vivienda de corta expectativa que, en los años ‘60 estimularon el acceso a la propiedad con segundas intenciones electorales y que concluyeron en situaciones de una mayor segregación social en el sector de la vivienda y de un

agravamiento de las condiciones de vida a falta de políticas paralelas de control en la implantación de empleo y transporte. Resumiendo, el de-

sarrollo de las políticas públicas engendra

políticas públicas más racionales para anticiparse a los efectos de las opciones tomadas en otros sectores. El vínculo entre las políticas públicas y la hipótesis de politización tendencial de los movimientos sociales es al menos doble. Al estabilizar espacios y procedimientos de negociación (donde los poderes públicos juegan un papel clave) en torno a los retos propios de cada microuni- verso social, cada política pública suscita el deseo de los grupos en mo- vilización de ser reconocidos por tal o cual burocracia estatal como un legítimo interlocutor, y hace visible la necesidad de estar en el club de los actores estratégicos para pesar en las decisiones. Pero, sobre todo, está el hecho de que las políticas públicas son formidables instrumen- tos de opacidad. Para los profanos, funcionan en las penumbras de los regateos entre grupos de siglas misteriosas. Los fenómenos de interna- cionalización (GATT, Unión Europea, MERCOSUR) multiplican los socios, alejan espacialmente el sitio de acción y a los actores de la deci- sión, y suscitan un sentimiento de ilegilibilidad y de opacidad de las op- ciones. Preguntas aparentemente tan sencillas como “¿quién lo deci- dió?”, “¿dónde?”, “¿cuándo?” y “¿por qué?” toman la forma de enigmas. Se comprende que, a falta de un adversario identificable y de una legi- libilidad de los fenómenos que afectan a los grupos y organizaciones, éstos se vuelvan hacia el Estado y las autoridades políticas, que se per- ciben como la única ventanilla accesible, como la sede de un saber y un poder de acción (que se reivindican por lo demás en los periodos elec- torales) en un mundo complejo y de autoridades lejanas y supranacio- nales. El movimiento de los pescadores franceses en la primavera de 1993 puede ser un ejemplo de estos fenómenos. La cólera de los pesca- dores, vinculada a una caída del precio del pescado, agravada por las importaciones de países no miembros de la Unión Europea, a duras pe-

una necesidad de buscar

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nas podía encontrar un adversario próximo e identificable. No podía imputárseles la responsabilidad de esa crisis a los vendedores de pesca- do de las ciudades portuarias que también resultaron afectados por ella. Las decisiones y reglamentaciones elaboradas en Bruselas por una Administración, a la vez lejana y poco personalizada y a un funciona- miento misterioso, no se prestaban para identificar a un adversario con el cual sería imposible enfrentarse. No es sorprendente, entonces, que las entrevistas a los pescadores que publicó la prensa reflejaran un sen- timiento de complot contra la pesca francesa y de la correspondiente evocación de misteriosas influencias internacionales. También es com- prensible el reflejo profesional de acudir hacia la única “ventanilla”, a la vez cercana, identificable y supuestamente eficaz, esto es, hacia el go- bierno francés y el ministro tutelar.

¿Hay una arena no institucional?

Según nuestra libre interpretación de los trabajos de Stephen Hil- gartner y Charles Bosk [1988] definiremos la arena como un sistema organizado de instituciones, de procedimientos y de actores, en el cual hay fuerzas sociales que pueden hacerse oir y utilizar sus recursos para obtener respuestas (decisiones, presupuestos o leyes) a los problemas que plantean. Hay dos elementos principales. Una arena es un espacio para trabajar sobre la visibilidad y el tratamiento de un asunto conside- rado como un problema social. Las arenas se apoyan en procesos de conversión de recursos. Invertir en una arena es buscar, adquirir recur- sos o poderes de los cuales no se disponía al principio y que provienen del proceso de las ganancias. Cuando en 1956 los trabajadores indepen- dientes del movimiento Poujade invierten en la arena electoral y pre- tenden obtener, mediante la transformación de una organización de ti- po sindical en un movimiento político, un relevo en el interior del Par- lamento que les de un poder directo en la elaboración de las leyes que les conciernen. Cuando las asociaciones de las familias de las víctimas del SIDA, contagiados por transfusiones sanguíneas, utilizan la arena judicial, invierten recursos en ella (dinero, competencias jurídicas y la capacidad de comparecer y de actuar judicialmente, según la ley de 1901 para las asociaciones) y obtienen de ella, recursos similares a los que habían invertido (dinero en forma de indemnizaciones) y, de ma- nera más esencial para ellas, una ganancia simbólica a través del reco-

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nocimiento, por parte de los tribunales, de una culpa y de las sanciones que castiguen a las autoridades consideradas culpables.

La arena de los conflictos sociales

Los movimientos sociales pueden utilizar las arenas sociales ins- titucionalizadas: los medios de comunicación, los tribunales, las elec- ciones, el Parlamento y el Concejo Municipal. Pero quedarse en esta observación sería dejar de lado una característica básica de los movi- mientos sociales. Al margen de las acciones de protesta, también for- man parte de los productores de una arena específica, la arena de los conflictos sociales mediante las huelgas, las movilizaciones, los boicots y las campañas de opinión. Una de las características singulares de esta arena es la de funcionar como un espacio de apelación, en el doble sen- tido del término. Literalmente, como un grito, es decir, la expresión de una demanda de respuesta a un problema y también judicialmente, co- mo el recurso a una jurisdicción más alta para obtener la modificación de un primer veredicto considerado injusto. Al apelar a la opinión pú- blica (como demanda o petición) a la movilización, el movimiento so- cial también apela (como acción judicial) a lo que percibe como una negativa a escucharlo o a darle satisfacción dentro de las arenas institu- cionales clásicas. El auto absolutorio de 1992 para los policías de Los Angeles considerados culpables de dar una brutal paliza al automovi- lista negro Rodney King provocará en el espacio de algunas horas, enormes revueltas en los barrios negros. Esa movilización pública ten- drá, a su vez, como consecuencia emplazar a los poderes públicos a rea- brir la arena judicial dando lugar a un nuevo proceso, al final del cual los comportamientos racistas del departamento de policía de Los An- geles se sancionarán en parte. Igualmente y, mediante la creación de una nueva y enésima comisión de investigación sobre los problemas ra- ciales, concluirá por reintroducir en el orden del día de los medios de comunicación y de las autoridades municipales y federales, las cuestio- nes vinculadas con las tensiones entre grupos étnicos y con las políticas urbanas [Baldassare, 1994]. Aquí también opera la interconexión de las arenas, esto es, la función de la arena de los movimientos sociales co- mo espacio de acceso a las arenas institucionales. Este esquema de análisis contiene presupuestos que conviene ex- plicar. Describir los movimientos sociales como productores de una arena singular, donde se expresan reivindicaciones que no encuentran

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acceso o solución en las arenas más institucionalizadas, como los Par- lamentos, los Ministerios o la prensa, equivale a identificar los movi- mientos sociales únicamente con las movilizaciones de los grupos “do- minados”, “excluidos” y “marginales”, según el léxico de la exclusión y el desechamiento. Una descripción parecida corre, entonces, el riesgo de caer en la trampa que señalaba Friedberg: oponer un universo de lo institucionalizado, de lo organizado y regido por reglas y procedimien- tos cerrados a la efervescencia creadora y confusa de los movimientos sociales.

¿Hay un registro de la acción dominada?

¿Acaso hay que considerar que los movimientos sociales son, por esencia, las armas de los débiles reducidos, en cierta manera, a manifes- tarse y a hacer huelga a falta de poder hacerse oír mediante vías más institucionales? Una visión así puede terminar en simplismos, lo mis- mo que una concepción esencialista de la “dominación”. Existirían, en- tonces, grupos y clases asignados permanentemente al triste papel de dominados y a la obediencia desde el punto de vista del poder. La di- versidad de las formas de dominación es un hecho ilustrado y explica- do conjuntamente por la experiencia y la herencia sociológica a partir de Marx y Weber. Otro hecho objetable consiste, en que algunos gru- pos (de obreros, poblaciones colonizadas, etc.) sufran en momentos históricos concretos, una forma de acumulación de situaciones de do- minación económica, cultural y política. Pero si bien, las formas de do- minación son plurales, tampoco existen más que relacionalmente. Ha- blar de las formas de dominación desde una perspectiva sociológica su- pone reintroducir a sus protagonistas dentro de las redes estructuradas de interdependencias. Un grupo de negociantes de la zona portuaria de una ciudad puede ser “dominante” en el espacio local, pero su número es reducido y por eso “dominado” dentro de un contexto nacional o in- ternacional. Algunos agricultores mayores pueden estar dominados y superados en su universo profesional y a la vez encontrarse en el cen- tro de la red de sociabilidad y de poder durante las elecciones munici- pales. La noción de dominación que aquí sostenemos es relacional, no prejuzgada por formas plurales de esa relación de fuerza. Otra simplificación, que Michel Offerlé subraya [1994] consisti- ría en construir una dicotomía rígida entre el universo (sospechoso) de los movimientos sociales y aquel (más presentable) de los grupos de

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presión. Lo cual sería dejar escapar los elementos de continuidad y su- perposición entre estas dos categorías que se pueden concebir en base

a un deterioro de situaciones. Un movimiento social duradero y exito-

so tiende a cristalizarse en un grupo de presión y a disponer accesos de rutina a los lugares de decisión, como lo demuestra la historia del sin- dicalismo europeo. Y, al contrario, un grupo de presión que no siente a sus interlocutores lo suficientemente atentos, se esforzará en movilizar sus respaldos. La Mutualité francesa (el conjunto de las mutualidades o sociedades de socorro mutuo, de previsión, etc.) en Francia lo hizo en los años ‘80, contra proyectos de reforma de la Seguridad Social. La cuestión de la relación con la publicidad (jurídica) es proba- blemente un punto de fisura más decisivo. Los movimientos sociales necesitan de la publicidad: medios de comunicación, debate público y también las palizas. Los grupos de presión pueden hacer de ello un uso parecido, como demuestran las acciones de comunicación de las indus- trias tabacaleras. Pero funcionan, en primer lugar, con la negociación oculta, la asociación permanente y silenciosa en los procesos de deci- sión para que les asegure su reconocimiento como interlocutores, por parte de las autoridades político administrativas en cuestión. Las para- dojas de una situación así, respecto de un ideal democrático deben re- calcarse. Una parte central de la elaboración de políticas que afectan a

la vida cotidiana, se desarrolla en forma de discusiones entre los apara-

tos “representativos”, los grupos de presión y los segmentos de la alta administración, sin que eso se acompañe siempre con una publicidad de los debates y los retos en el espacio público [Rosanvallon, 1981]. En cambio, la acción callejera, a menudo despreciada en relación a un mo- delo liberal democrático, está limitada a desarrollarse, en las condicio-

nes de publicidad que favorecen el juicio crítico del conjunto de los ciu- dadanos. Si nos tomamos en serio estas reservas, ¿sigue siendo posible dar una respuesta positiva a la cuestión planteada? Sí, los movimientos so- ciales constituyen tendencialmente un arma de los grupos que, en un espacio social y un tiempo dados, están del lado desfavorable de las re- laciones de fuerza. Existe claramente una afinidad entre la posición es- tructural de dominado y el recurso a formas menos institucionalizadas

y menos oficiales de tomar la palabra. Se podría sugerir al respecto y si- guiendo a Offerlé [1994] una forma de ejemplo del absurdo. ¿Es co- rriente asistir a una movilización de alumnos de la Escuela Diplomáti-

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ca? ¿o a mitines de los agentes de cambio? Y al contrario, ¿tenemos mu- chos ejemplos de coloquios de SDF (siglas en francés para los Sin Do- micilio Fijo)?, ¿o de los relacionadores públicos de los desempleados?

Los repertorios de la acción colectiva

Tilly elaboró [1986] la noción de “repertorio de acción colectiva”, para sugerir la existencia de formas de institucionalización propias de los movimientos sociales. «Los “individuos concretos” no fijan un en- cuentro por la Acción Colectiva. Se juntan para dirigir una petición al Parlamento, organizar una campaña de llamadas telefónicas, manifes- tarse ante el Ayuntamiento, destruir telares mecánicos y ponerse en huelga» [1976, p. 143]. Los grupos en movilización recurren a reperto- rios disponibles que les ofrecen géneros y/o melodías. Tilly precisa su metáfora evocando el jazz, donde la existencia de un repertorio de pie- zas clásicas no impide nunca la improvisación en la interpretación per- sonal de los temas disponibles. El sentido de la metáfora está claro. Todo movimiento social se enfrenta a una paleta previa de formas de protesta, más o menos codi- ficadas y desigualmente accesibles según la identidad de los grupos en movilización. La movilización y la reunión pública son formas rutinar- ias para expresar una causa o una reivindicación. También pueden su- frir infinitas variaciones. Algunos organizadores de movilización se vuelven verdaderos expertos en organizar coloridos happenings (espec- táculos de origen estadounidense con la activa participación del públi- co), donde el desfile puede contar con orquestas y la distribución de productos de cultivo entre los campesinos. Estas variaciones nunca son erráticas. Dependen, en primer lugar, de las particularidades del grupo movilizado. Una profesión con pocos efectivos, como los procuradores judiciales tras la reforma de las profesiones de justicia, preferirá una campaña de prensa o un trabajo de lobbying (cabildeos de los grupos de presión), a la movilización que requiere el peso de la cantidad. El mundo estudiantil se prestará más al ritual de las asambleas generales cotidianas, con sus anfiteatros que parecen estar predestinados a tal uso; el medio campesino con su hábitat a menudo disperso, demostrará menor propensión a torneos verbales interminables. En un plano más profundo, el aporte de Tilly es reintegrar de nuevo la larga duración en el análisis de los movimientos sociales. La construcción de los Estados y el desarrollo del capitalismo causan la

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¿Qué es un movimiento social?

politización de los movimientos sociales y también afectan a sus reper- torios de acción colectiva. El análisis de Tilly consiste en rodear, en un primer momento, los repertorios típicos anteriores a la Revolución In- dustrial, cuando las comunidades aldeanas o urbanas aún están poco marcadas por una nacionalización sistemática de los retos sociales. Se desprenden de ello tres características. Una, las acciones de protesta se despliegan en el espacio local, el vivido, el de la comunidad. Dos, fun- cionan a menudo por medio de la corrupción o “parasitaje” de rituales sociales previos. En su estudio sobre la Restauración en la provincia del Var, Maurice Agulhon [1970] muestra cómo ese registro permite ex- presar simbólicamente reivindicaciones o expectaciones políticas, me- diante las agresiones ejercidas contra un espantapájaros de paja cuya vestimenta recuerda la de las autoridades, o con las parodias de proce- sión, donde la efigie del santo local se reemplaza con el busto de un per- sonaje político. La dimensión del mecenazgo constituye un tercer dato de esos repertorios precapitalistas. Los grupos en movilización buscan frecuentemente el respaldo de un notable local, sea como su intercesor ante autoridades más alejadas, sea como su protector contra otros miembros de la comunidad. Edward Thompson demostró, por ejem- plo, cómo se basaban en la convivencia y connivencia entre campesinos

y representantes de los nobles sin título, pero con escudo de armas e in-

vestidos con misiones policiales y judiciales. Los desmanes de las fies- tas aldeanas inglesas se presentaban en forma de ataques contra los bie- nes y casas de los religiosos no conformistas. A mediados del siglo XIX, ese repertorio sufrirá un conjunto de lentas, aunque radicales modifi- caciones. Se abre en primer lugar las fronteras espaciales para ampliar sus horizontes de acción: huelgas y movilizaciones nacionales, reivindi- caciones dirigidas al poder central. La protesta adquiere, igualmente, una creciente autonomía, se emancipa del mecenazgo de los notables o del clero, se encuentra a cargo de las organizaciones ad hoc (sindicatos

o asociaciones) y toma a la vez formas más intelectualizadas y abstrac-

tas: los programas y los eslóganes la llevan a utilizar símbolos (y la in- fluencia de las competencias electorales no le es extraña). Los registros expresivos del descontento cesan gradualmente al derivarse de rituales sociales previos para (re)inventar formas de acción plenamente origi- nales, como la huelga y la manifestación. La mutación a largo plazo que sufren los repertorios, puede concebirse también como marcada por un proceso de pacificación, de retroceso y de dominio del uso de la vio-

Sociología de los movimientos sociales

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lencia. (C.f. Bruteneaux sobre el uso más “contenido” de la violencia por parte de la policía francesa hacia los manifestantes [1995]). La problemática misma de Tilly debe interpretarse con flexibili- dad. El cambio de los repertorios no es un acontecimiento brutal y ubi- cado en el tiempo, sino un proceso lento, en el que la invención de for- mas nuevas de acción va junto a la supervivencia de antiguos registros de protesta. Las clasificaciones que propone no son, por supuesto, per- manentes. Offerlé [1994] pudo proponer una lectura de los repertorios contemporáneos alrededor de una trilogía de los registros de la movi- lización pública de la cantidad, del recurso al escándalo y del discurso de peritaje. No es absurdo interrogarse sobre el surgimiento de una tercera generación de repertorios. Una reflexión sobre este punto podría ali- mentarse sobre cuatro pistas: en primer lugar, la aparición de una di- mensión internacional de la movilización, claramente ilustrada por las campañas de Greenpeace. Segundo, el incremento de las lógicas de per- itaje, la necesidad que tienen los grupos intervinientes en un número creciente de asuntos (salud pública, energía, etc.) de movilizar a su be- neficio los argumentos de la ciencia y de los proyectos cifrados. Terce- ro, la dimensión simbólica que Tilly asociaba al repertorio local apadri- nado y resurgido a través de la sistematización de un trabajo volunta- rio de puesta en escena, de construcción de imágenes en torno a gru- pos y causas. Patrick Champagne [1990] pudo analizar así las movi- lizaciones campesinas como el soporte constructivo de una mitología moderna del campesino, a la vez empresario y protector de la natura- leza. La idea de un nuevo repertorio debería tomar en cuenta, final- mente, la manera en que las actitudes de reticencia a cualquier delega- ción del poder especialmente en las categorías con mucho capital cultu- ral afectan las formas de las prácticas militantes. Aunque sigue abierto el debate sobre la evolución de los reperto- rios, la lección que da Tilly no es ambigua. Los movimientos sociales no constituyen universos de pura fluidez y espontaneidad; conocen di- mensiones de institucionalización y cuadros organizadores. La cuestión de la organización es otra faceta suya.

La cuestión de la organización

Los movimientos sociales pueden surgir sin tener su inicio en or- ganizaciones preexistentes. En los Estados Unidos, muchas revueltas

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¿Qué es un movimiento social?

Organización deliberada de asambleas encargadas de articular las Ejemplos: asambleas generales, organización dereivindicaciones. Estados generales (antiguamente, asambleas convocadas por el Rey para tratar los asuntos importantes del Estado).

Acción in situ en los lugares más capaces de llamar la atención pú- Ejemplos : organización de grandes manifestaciones en Pa-blica. rís, movilizaciones con presencia de los medios de comunicación masiva.

Defensa frecuente de intereses específicos por parte de grupos o asociaciones cuyo nombre mismo constituye el programa (Unión

Empleo de medios de acción relativamente autónomos a los que

Despliegue de programas, eslóganes y señales de reunión. Ejemplos: campañas obreras por la jornada laboral de ocho horas diarias, logotipos, consignas nacionales, plataformas (electorales).

Ejemplo: asociaciones de la ley de 1901, sindicatos, grupos de inte-

Desafíos directos a las autoridades (esp. nacionales) y a los concu-

rrentes, más que recurso al padrinazgo. Ejemplos : insurrecciones programadas, ocupación de edificios pú- blicos, secuestros.

las autoridades raramente o jamás recurren. Ejemplos: huelgas, manifestaciones, peticiones.

Francia (años 1850-1980) Modelo nacional autónomo

rés, huelga de empresa, y no de “oficio”.

Los repertorios de la acción colectiva

, etc).

para

6 .

3 .

2 .

1 .

4 .

5 .

Empleo frecuente de medios de acción normalmente reservados a las autoridades, para ridiculizarlas y sustituirlas en nombre del

Predilección hacia las fiestas y las reuniones autorizadas como marco de expresión de los reclamos. Ejemplo: las comitivas con una intención durante las fiestas (“el carnaval de los romanos” que analiza Le Roy-Ladurie [1979]).

Defensa de los intereses generales de gremios o comunidades más que de intereses particulares. Ejemplo: sabotajes de máquinas, lucha contra el cercamiento de las tierras comunales, expulsión de agentes fiscales, batallas dispuestas

Congregación en los lugares mismos de la injusticia, en las moradas de sus autores en contraste con las sedes del poder público. Ejemplos: griterío, saqueos de casas privadas y de residencias aris-

Expresión repetida de los reclamos y reivindicaciones en una for- ma simbólica (efigies, pantomimas y objetos rituales). Ejemplos: colgar espantapájaros, o la masacre de gatos” que Darn-

Recurso a patrones poderosos para corregir los errores y represen-

tar a la comunidad. Ejemplo: recurso al cura y al noble como intercesores.

Francia (años 1650-1850) Modelo comunal apadrinado

bien de la comunidad. Ejemplo: la requisa de granos.

ton describe [1985].

entre pueblos.

Según Tilly [1986]

tocráticas

1 .

5 .

6 .

2 .

3 .

4 .

Sociología de los movimientos sociales

37

raciales corresponden a este esquema, igual que la mayoría de las vio- lencias en los suburbios franceses desde los años ‘80. Pero no es esto lo que sucede habitualmente. Cualquier movimiento social que intente inscribirse en la larga duración para alcanzar sus objetivos se enfrenta

a la cuestión organizativa. La existencia de una organización que coor-

dine las acciones, reúna recursos y dirija un trabajo de propaganda pa- ra la causa defendida, surge como una necesidad para la supervivencia

del movimiento mediante sus éxitos. William Gamson [1975] da una prueba convincente de ello, con un estudio sobre cincuenta y tres mov- ilizaciones en los Estados Unidos entre 1800 y 1945. Define una norma de “burocratización” de los movimientos a partir de criterios como la existencia de estatus escritos, de un fichero de los afiliados y una orga- nización estructurada en varios peldaños jerárquicos. Los movimientos sociales dotados de una organización así, logran ser reconocidos por sus interlocutores en un 71% de los casos, contra un 28% de los movi- mientos menos organizados. En el 62% de los casos, llevan a término al menos una parte de sus reivindicaciones, contra un 38% para las movilizaciones menos organizadas. Las cifras siguen mostrando que una organización fuertemente centralizada, pero sobre todo unida, re- sulta mucho más eficaz. En la práctica, la inmesa mayoría de los movimientos sociales se estructura mediante formas organizativas, más o menos rígidas: relevos partidarios, sindicatos, asociaciones, coordinaciones y el papel central que se devuelve a algunos animadores. Pero esa constatación deja abierto un debate relativo a las formas de la organización. Robert Mi- chels [1914], en base al caso de los partidos socialdemócratas de su 2ª Internacional, lanzó la teoría de una “ley de bronce de la oligarquía” que concluiría inevitablemente en la confiscación del poder por parte de los funcionarios y los notables, en la asignación de un papel pasivo

a los miembros afiliados y un hastío de la combatividad de las grandes

organizaciones preocupadas en no poner sus estructuras en peligro. Es- tas temáticas atraviesan los debates en los movimientos sociales. De- sembocan, no tanto en la negación del imperativo organizativo como en la búsqueda de formas de organización capaces de conjurar esos pe- ligros; la negativa de los partidos a subordinarse en el anarcosindicalis- mo, el principio de rotación de las nóminas administrativas y los diri- gentes electos en las organizaciones ecologistas y el surgimiento de las coordinaciones (Hassenteufel [1991], sobre el movimiento de las enfer- meras de 1988).

38

¿Qué es un movimiento social?

Los movimientos sociales, entonces no se ubican entonces inútil- mente en el polo de la pura expresividad, de una negativa a organizar- se de alguna manera. El debate sobre la organización y las estrategias posibles de legalización o de domesticación de los movimientos socia- les sugieren otra vez que, entre un movimiento social y un grupo de presión, la diferencia no es siempre de naturaleza, sino que también puede pensarse en términos de trayectoria, de coyunturas, de una ins- titucionalización siempre posible, nunca inevitable.

PPiivveenn yy CClloowwaarrdd::

¿¿UUnnaa ssoocciioollooggííaa ssoobbrree llaa eessppoonnttaanneeiiddaadd ddee llooss mmoovviimmiieennttooss ssoocciiaalleess ddee llooss ppoobbrreess??

En Poor People’s Movements (Movimientos sociales de los pueblos pobres), Frances Fox Piven y Richard Cloward [1977] analizan diversos mo- vimientos sociales dentro de las capas más desfavorecidas de la sociedad estadounidense: los desempleados y los obreros de los años ‘30, las movi- lizaciones negras por los derechos civiles y las luchas por los derechos so- ciales. Descubren en ellos la preocupación constante de los cuadros mili- tantes por estructurar la protesta con una fuerte organización y apuntan un balance muy crítico de esa orientación. “Cuando los trabajadores se decla- ran en huelga, los organizadores venden los carnets de afiliación; cuando los arrendatarios se niegan a pagar los arriendos y se resisten a los agen- tes de policía, los organizadores forman comités de inmuebles; cuando hay grupos de gente que queman y saquean, los organizadores aprovechan

“esos momentos de locura” para redactar los estatutos (

dores no sólo fracasaron en sacar ventaja de las ocasiones ofrecidas por el incremento de la agitación, sino que actuaron típicamente al frenar o limi- tar la fuerza devastadora que los más desfavorecidos podían movilizar de

el trabajo de creación de las organizaciones tendía a ha-

cer que la gente abandonara la calle para encerrase en salas de reunión ( Básicamente, los organizadores tienden a actuar contra las explosiones so- ciales, porque en su búsqueda de recursos para mantener sus organizacio- nes son llevados irresistiblemente hacia las élites y hacia los respaldos ma- teriales y simbólicos que éstas les pueden proporcionar. Pero las élites só- lo aflojan esos recursos porque comprenden que lo que importa a los or- ganizadores es la creación de organizaciones, no la agitación” (p. xxi-xxii). Piven y Cloward no pretenden elaborar una teoría general de la “buena” organización, sino, una reflexión sobre las movilizaciones de los “pobres” que consta de tres argumentos. El primero es el más cuestiona- ble empíricamente. Consiste en subrayar que las movilizaciones más des- favorecidas estallan espontáneamente. Los otros dos argumentos tienen que ver con las reacciones de las élites amenazadas, que buscan entonces interlocutores organizados a quienes hacer concesiones y, desde el mo-

vez en cuando (

Los organiza-

).

);

Sociología de los movimientos sociales

39

mento en que la amenaza cede, olvidan sus promesas e, incluso, a los in- terlocutores. Estos dos sociólogos mismos fueron organizadores de primera línea de los movimientos por los derechos del bienestar, en los años ‘60. Su te- sis, inseparablemente militante y sociológica, no constituye entonces una negativa al principio de la organización. Sugiere más bien una organiza- ción a dos niveles. En el plano local, estructuras flexibles y descentraliza- das que utilicen métodos de acción ofensivos y hasta ilegales para mante- ner una movilización pública, al desarrollar una acción continua marcada por resultados tangibles en torno a interlocutores directos (servicios públi- cos). La fuerza acordada a un ilegalismo de masas es aquí esencial. En un segundo nivel, una “organización de organizadores” (p. 284) hecha de tra- bajadores sociales, religiosos y estudiantes tendría la labor de coordinar y de elaborar de una estrategia nacional. Esta semiprofesionalización de la estructura coordinadora pretende prevenir la pérdida de energía militante de la base en luchas de poder internas, en un cabildeo cuidadoso de su res- petabilidad (y por ello, no favorable a las acciones ilegales) para hacerse reconocer por parte de las autoridades. Una mayoría de los dirigentes del movimiento considera este segundo nivel potencialmente manipulador y lo recusará en beneficio de una organización centralizada clásica que pro- duzca los efectos denunciados por Piven y Cloward, lo cual impedirá que éstos sometan su tesis a una verificación práctica.

El espacio de los movimientos sociales

El modelo de Kriesi

Haspeter Kriesi [1993] propone un enfoque de la noción de mo- vimiento social que permite poner en perspectiva las distinciones pro- puestas en este capítulo y, a la vez, erigir una cartografía de las dimen- siones y dinámicas de la acción colectiva. Se trata de construir un espa- cio de las organizaciones e inversiones militantes ligadas a los movi- mientos sociales a partir de dos variables centrales. La primera tiene que ver con el grado de participación de los afiliados. Puede ir del mi- litantismo más activista a una ausencia total de participación que no sea el pago de una cotización, es decir, una afiliación blanda. La segun- da variable concierne a la orientación de la organización en cuestión. Puede fijarse un objetivo exclusivo o principal de acción sobre las au- toridades públicas o privadas, para defender una reivindicación; o, a la inversa, puede orientarse prioritariamente hacia los afiliados o usuarios de la organización, en forma de prestaciones de servicios y/o de oferta de bienes.

40

¿Qué es un movimiento social?

En el cuadro de la página siguiente, el espacio así diseñado, con- tiene cuatro zonas. La parte inferior derecha corresponde a la defini- ción que sostenemos del movimiento social; podría ilustrarse con las huelgas de los mineros del cobre en Chile, o las del estaño en Bolivia. La parte inferior izquierda agrupa a las organizaciones con misiones de representación política (los partidos), los grupos de interés con un ac- ceso de rutina a los lugares concretos donde se elaboran políticas pú- blicas, para que la movilización pública militante de los afiliados no sea una necesidad permanente. En la parte superior derecha del cuadro se agrupan las organizaciones de autoayuda (self-help), que se vuelven ha- cia los miembros y los simpatizantes del movimiento social y requieren su compromiso para ofrecerles bienes y servicios individuales sin par- ticipar directamente en la movilización pública, pero contribuyen a garantizar la fidelidad de los respaldos hacia una sociabilidad militan- te. Aquí se impone la densa red de las organizaciones vinculadas al mundo de la enseñanza en Francia: asociaciones de mutualidad, coo- perativas, campos vacacionales y clínicas mutualistas. Finalmente, en el cuadrante superior izquierdo se encuentran las organizaciones de apo- yo, que sin ser siempre dependientes jurídica o financieramente de las organizaciones del movimiento social, le proporcionan un apoyo logís- tico: imprentas y casas editoriales de la organización o del empresario “amigo”, el papel que juegan los institutos de ciencias sociales en el tra- bajo a beneficio de los sindicatos en la universidad francesa.

UNA TIPOLOGÍA DE LAS ORGANIZACIONES RELACIONADAS CON EL MOVIMIENTO SOCIAL. (SEGÚN KRIESI [1993])

Orientación hacia los afiliados/clientes

Ninguna participación directa de los afiliados

Servicios

Autoayuda Asociaciones de mutualidad, círculos de sociabilidad

Organizaciones

de apoyo

 

Participación directa de los afiliados

   

Representación

Movilización política Organizaciones del movimiento social

política

Partidos, grupos

de interés

Orientación hacia las autoridades

Sociología de los movimientos sociales

41

Trayectorias

El modelo de Kriesi reintroduce una definición extensa del movimiento social, recordando que éste también vive como red o universo social a veces autárquico. El “movimiento obrero” de los años ‘50 puede identificarse con sus “organizaciones de mo- vimiento social”, con los sindicatos y las huelgas. Pero, la noción adquiere toda su extensión al reintroducir en ella el espacio de los partidos comunistas como relevos políticos de los lugares de sociabilidad (colonias vacacionales, clubes de jóvenes y de es- parcimiento, bailes, bibliotecas) organizados mediante una red institucional de alcaldías, asociaciones y comités de empresa y el papel de las organizaciones logísticas (escuelas de formación, ca- sas editoriales). Más aún, el cuadro así construido puede utilizar- se para concebir trayectorias o evoluciones: La institucionaliza- ción convierte al movimiento social en un grupo de presión y ha- ce que se deslice hacia la parte inferior izquierda del esquema. La comercialización desvía el movimiento social hacia el polo supe- rior izquierdo del cuadro y lo transforma en un simple prestata- rio de servicios comerciales. ¿Cuántos maestros franceses afilia- dos a la CAMIF (cooperativa de venta por correspondencia) co- nocen su historia militante? ¿Cuántos le asocian una connota- ción política? En el escenario de la convivencia, el movimiento social se cierra sobre sí mismo y se vuelve un espacio de sociabi- lidad donde el calor del estar juntos acaba por subordinar a los empeños de movilización pública. Se podría evocar al respecto la Liga Primrose, creada en el siglo pasado por los conservadores ingleses para reunir en torno a las fiestas y las diversiones un cír- culo exterior de simpatizantes, así como las organizaciones que más tarde se convirtieron en clubes de antiguos combatientes de lo social (en 1966 aún se celebran banquetes de antiguos miem- bros del partido MRP, creado en 1945 y desaparecido en 1966). Dentro del modelo de la radicalización, el movimiento social permanece centrado en su diseño militante y su dimensión con- flictiva y refuerza su enfrentamiento con los adversarios.

CAPÍTULO II

LOS OBSTÁCULOS DEL ANÁLISIS

Kriesi propone un enfoque esencial al invitarnos a reflexionar so- bre las relaciones entre lo que se podría designar como el movimiento social en sentido estricto, esto es, la movilización, y la nebulosa de las organizaciones e instituciones sociales que constituyen al intercomuni- carse un movimiento social en sentido amplio, es decir, un microuni- verso nacido de la protesta. Ese enfoque consiste en relacionar el análi- sis con otros objetos, en concebirlo relacionalmente, manteniendo al mismo tiempo una estrecha definición del movimiento social. Esta orientación se enfrenta en la práctica con dos obstáculos: El primero está en la hiperespecialización actual de las ciencias sociales, que con- vierte lentamente al estudio de los movimientos sociales en una espe- cie de especialidad aparte, con su microcomunidad erudita, a riesgo de olvidar las afinidades que asocian el objeto a otros hechos sociales y que permiten aportar una profundidad analítica a ese estudio. El segundo obstáculo es en gran parte lo contrario, debido a los retos políticos y a la dimensión de los movimientos sociales, éstos provocan la produc- ción de discursos híbridos. Unos enmascaran comentarios ideológicos o políticos bajo una cubierta de discursos eruditos. Otros, muchísimo más raros, pueden integrar fuertes intuiciones sociológicas a través de una reflexión explícitamente política sobre un acontecimiento. Es con- veniente discutir estas combinaciones de género para que no funcionen como una trampa.

Pensar relacionalmente los movimientos sociales

Para pasar de una consigna abstracta a un enfoque práctico, el lla- mado a una ampliación del análisis supone responder a dos interroga- ciones centrales. ¿En que red de alternativas se inscribe la opción de la movilización pública para un individuo enfrentado a motivos sociales de descontento? ¿Con qué estructuras de investigación hay que vincu- lar a los movimientos sociales para buscar esa opción?

Sociología de los movimientos sociales

43

Exit, voice and loyalty (“Desertar, tomar la palabra y ser leal)”

Albert Hirschman [1970] propuso un modelo analítico, elabora- do al principio para comprender las reacciones de los consumidores respecto a los desempeños de las empresas económicas, pero que fun- ciona igualmente bien respecto al usuario descontento con un servicio público y al partidario decepcionado con una causa. “Desertar, tomar la palabra y mostrar lealtad”: dentro de este tríptico se sitúa el espacio de las acciones posibles en caso de descontento. La deserción (exit) es silenciosa, se manifiesta en un cambio de proveedor, la no renovación del carnet o el retiro de la asociación. La lealtad (loyalty) a la marca o a un movimiento hace que se acepten sus faltas y la baja de sus méritos. Los sentimientos de fidelidad, de deber respecto de la institución o del movimiento, y la aceptación resignada de sus defectos son lo bastante fuertes como para hacer que los descontentos que suscita se pasen por alto. Finalmente, la palabra (voice) expresa una protesta contra los de- sempeños de la empresa, del servicio o del movimiento. Una tipología así puede parecer casi simplista. Pero Hirschman hace de ella una fe- cunda herramienta para pensar las condiciones de emergencia y no emergencia de la acción colectiva. Demos algunos ejemplos. Hirschman sugiere que la competencia puede ser una arma muy eficaz de la “antitoma” de la palabra. Si un de- tergente particular no elimina las manchas, es más sencillo comprar un recipiente de una marca competidora que escribir al fabricante o crear una asociación de clientes. Igualmente, es posible observar que el dete- rioro de un servicio público como la enseñanza suscitará menos tomas de la palabra si las familias (particularmente de los medios universita- rios y de más alto rango que son a menudo los representantes en las asociaciones de padres) pueden encontrar una oferta privada financie- ramente accesible que reemplace a la escuela pública que falla. La defi- nición de las formas del exit puede ampliarse con tradiciones naciona- les de emigración (Italia del sur), de movilidad espacial (Estados Uni- dos), una movilidad social importante, capaz de quitar su rango de portavoz a los grupos sociales dominados (la 3ª República Francesa). Todos estos fenómenos tienen efectos directos sobre los movimientos so ciales e n p otencia. Y, a la inversa, el cierre de las posibilidades de de- serción presiona más el recurso a tomar la palabra. Hirschman conclu- ye al respecto sobre las ventajas del monopolio público (escuela, trenes) que limita a los usuarios a movilizarse para mejorarlo.

44

Los obstáculos del análisis

Bienestar privado y acción pública [1983]

Hirschman proseguirá su reflexión sobre la acción colectiva a partir de un análisis que se presenta como ciclos y alternativas de inversión de los agentes sociales en busca de la felicidad y el sentido que les hace oscilar, sin cesar, entre los placeres caseros, el consumo y la intimidad, por un lado y, por el otro, el compromiso con el servicio de causas que los superan. La hipótesis fundamental de este autor se encuentra en el lugar que ocupa la decepción en el centro de la experiencia social. Por este medio (y aunque no se insista especialmente al respecto), se une a los aportes del sicoanálisis en cuanto al carácter fluido del deseo y su imposibilidad de fi- jarse definitivamente sobre un objeto. El estudio da cuenta de los procesos que conducen a las decepciones privadas según el universo de las mercan- cías concretas: desniveles entre las expectativas y la realidad, hastío, bana- lización o merma de la calidad de la producción masiva, papel de las ideo- logías que estigmatizan la búsqueda de las satisfacciones materiales como elemento de consolidación de las desigualdades y como signo de un ma- terialismo vulgar. Sobre todo cuando un acontecimiento detonador la for- talece (puede ser la guerra de Vietnam o un dato bibliográfico), la dinámi- ca de la decepción puede causar entonces una desilusión frente al modelo del bienestar privado y al sentimiento de su dimensión estrecha que con- lleva compromisos cívicos. Hirschman también insinúa el compromiso dentro de los movimientos sociales como una respuesta a las frustraciones y decepciones del voto. El acto electoral sería una forma tan episódica y di- luida de acción política que sólo las inversiones más fuertes podrían res- ponder a fuertes pasiones cívicas. Pero este rasgo de asemejarse mucho a una ley inflexible de la de- cepción también se da en la acción pública; ésta trae satisfacciones y un sentimiento de obrar en pro de ideales nobles o altruistas. Pero los militan- tes descubren los efectos negativos del compromiso excesivo sobre su vi- da personal. Encuentran cinismo o arribismo allí donde esperaban encon- trar virtud. No logran realizar sus programas y ven corrompidos sus idea- les. Esta nueva decepción puede suscitar, entonces, una forma de compro- miso cínico o hasta corrupto, o una vuelta hacia lo privado, un preludio de un posible nuevo ciclo Por la importancia y la originalidad de los problemas que ocasionan estos análisis, son sumamente elásticos y también dejan campo abierto al debate. ¿Una coyuntura de socialización posterior a la experiencia de con- sumo la experiencia del compromiso por una causa? ¿Por qué llevan las de- cepciones privadas un porcentaje tan débil de individuos (y cuáles son és- tos) hacia los movimientos sociales? Si se alternan los ciclos de compromi- so y de repliegue, ¿cómo dan cuenta de la aparente sincronización de los comportamientos dada la diversidad social de las experiencias decep- cionantes? Estas lagunas provienen, parcialmente, de la insuficiente consi- deración de las diferencias y las raíces sociales de los actores, de la parte aún demasiado idealizada que tiene una visión del hombre como un Homo œconomicus consumista, y de una percepción de los movimientos sociales

Sociología de los movimientos sociales

45

como simples resultantes de arbitrajes individuales, en materia de inversio- nes afectivas y materiales. Este análisis de las inversiones alternadas de los individuos sugiere, a la vez, el talento crítico que tiene Hirschman y la fuer- za de economista impensado que llega a ser iconoclasta. Para completarlo útilmente, hay que referirse a la concepción de Durkheim sobre los ciclos sociales de efervescencia creativa y de institucionalización (Cf. Lacroix

[1981]).

El tríptico propuesto también permite comprender cómo puede

resultar catastrófico focalizar las reacciones de clientes, usuarios y afi- liados, en una sola de esas actitudes. Demasiada lealtad impide que la organización o la empresa se corrija; demasiada deserción la arruina o la vacía de su fuerza, irremediablemente; tomar la palabra demasiado puede provocar un cuestionamiento devastador. Hirschman cita a este respecto los efectos de la movilización pública de los elementos conser- vadores del Partido Republicano que concluye en 1964 con la investi-

y con una derrota electoral; pues, para el electora-

do el portavoz de los participantes en las protestas aparece como extre- mista. Hirschman propone de hecho que las organizaciones o empre- sas tienen todo el interés de dotarse de mecanismos que eviten la pola- rización de una reacción. Hacer que se tome la palabra puede prevenir la deserción. Este es uno de los desafíos de la encuesta, que en 1996, la SNCF (los ferrocarriles estatales franceses) aplicó a sus usuarios para identificar las causas del descontento y responder a él. A la inversa, apos- tar por el exit y la lealtad puede ayudar a canalizar la toma de la palabra. El exit forzado que provocan las deportaciones y exilios en los días pos- teriores a la Comuna de París, provocan una debilidad duradera del mo- vimiento obrero en Francia. Someter la entrada de una asociación a pa- drinazgos o actos iniciáticos que marcan y “bañan” al postulante, equi- vale a fortalecer su propensión a la lealtad. Estas percepciones sobre el modelo de Hirschman sugieren su fecundidad, su capacidad de volver inteligible el carácter jamás inevita- ble de la movilización. Pensar relacionalmente la acción colectiva, al modo de Hirschman, es asímismo estudiar el punto medio de las op- ciones que él presenta. Puede tratarse de esas “armas de los débiles”, una pretendida obediencia que cubre una sorda oposición a las relacio- nes de poder; su encarnación literaria es el personaje del “Bravo solda- do Chveik”. Pensar relacionalmente es también preguntarse, en parte,

dura de Goldwater

46

Los obstáculos del análisis

en contra de Hirschman, si su trilogía agota todas las alternativas de respuesta a una situación problemática (cf. infra, p. 134).

El punto medio ‘voice-loyalty’. Las armas de los débiles

El etnólogo James Scott plantea la cuestión de los medios de resisten- cia de los “débiles” en un excelente trabajo sobre una aldea de Malasia. Los moradores más pobres del caserío de Sedaka viven una situación particular- mente difícil. La edificación comunitaria de una aldea donde las desigualda- des se encontraban limitadas en parte por el peso de los vínculos de la fami- lia, la solidaridad y la contratación de los pobres por parte de los grandes te- rratenientes se desmorona rápidamente. La llegada de las máquinas segado- ras y trilladoras a los arrozales reduce la demanda de mano de obra asala- riada. La monetarización de la economía se traduce en nuevas formas de re- laciones contractuales que excluyen a los más pobres de la posibilidad de arrendar tierras. Las desigualdades crecen abismalmente. Así, el grupo do- minante de la aldea detenta también los poderosos recursos clientelistas que ofrece su control de la antena local del partido oficial. En el marco de una so- ciedad no democrática, cuya cultura además opera en el sentido de manifes- tar suavemente la conflictividad, ¿se condena al silencio a los pobres me- diante una relación de fuerza que parece convertir en “suicida” al conflicto frontal, y hacer de la docilidad el precio de la supervivencia material? Scott sugiere que los sociólogos, los historiadores y novelistas han valorado voluntariamente a dos figuras del campesino (o del esclavo); y so- lamente a dos. Por un lado, la figura épica de las grandes revueltas colecti- vas; y por el otro, el personaje despreciable o abyecto del campesino sumi- so. Lo cual equivale a olvidar lo que puede vivirse bajo la máscara de la de- ferencia, el tejido de los actos minúsculos de resistencia que se encuentran entre la movilización y la obediencia. De esta manera, Scott hace notar la im- portancia de un ‘comadreo’ que desvaloriza simbólicamente a los podero- sos, tras la fachada del consenso de una comunidad aldeana más o menos armoniosa; este autor señala la habilidad con la cual la mayoría de los aldea- nos representa los valores, aún legítimos, de solidaridad y de asistencia pro- pios de una agricultura precapitalista, para lograr de los ricos asistencia y li- mosnas. Estos dudan en negárselas, al pertenecer aún culturalmente al mun- do que contribuyen a desmontar, quizá por su mala conciencia de pasar des- de hace mucho tiempo cultivando sus tierras más que los vínculos de vecin- dad. Scott observa, hasta en los momentos que parecen perpetuar mejor un modelo comunitario, cómo deben reinterpretarse los comportamientos. La asistencia que se presta con premura y con gusto con ocasión de la fiesta de boda de un poderoso sólo es para sacar el mayor provecho posible y se re- tira ostensiblemente una vez vaciados los platos. Las raterías incesantes (de arroz, frutas aún donde sus árboles de los huertos, o aves de corral) se diri- gen selectivamente contra las posesiones de los privilegiados. Los campesi- nos pobres manifiestan un talento considerable para disminuir el rendimien- to cuando son contratados por un rico, para abatir las espigas con bastante mala voluntad para beneficiar a sus vecinos, que acuden enseguida a espi-

Sociología de los movimientos sociales

47

garlas. Piedras colocadas con toda intención en las piezas móviles estropean las segadoras. Hasta ocurre que un potentado local, particularmente detes- tado, tenga problemas en encontrar un equipo de asalariados cuando sus máquinas ya no puedan penetrar un arrozal inundado. Scott recalca que hay un gran riesgo de novelar estas formas de resis- tencia. Las relaciones de fuerza no se ven radicalmente afectadas por dar al

propietario terrateniente un apodo grotesco y ridiculizante. El robo de un sa- co de paddy (arroz no pilado) no adquiere automáticamente una carga sub- versiva. Estas pequeñas resistencias pueden incluso ser los equivalentes to- lerados de una ‘propina’ consentida por los dominadores. Pero Scott invita

a no sustituir la condescendencia con la celebración. ¿Es que los grupos so-

metidos a pesadas restricciones de sobrevivencia económica, y obligados a resistir bajo las apariencias de la sumisión para no desencadenar la repre- sión, tienen otras estrategias posibles? Cuando esas microrresistencias son parte de una complicidad explícita, y legitimadas por una cultura, ¿no crean un espacio para movilizaciones más abiertas? Si el campesino malayo no ins- cribe a la reforma agraria dentro del horizonte de lo posible y de lo explica- ble (en todo caso, no más que su homólogo francés de 1788), su animosidad por los propietarios terratenientes y usureros se mostrará con todo vigor cuando otra estructura de oportunidades políticas y de empresarios de la mo- vilización venga a modificar el equilibrio de poderes de la aldea. Scott invita

a pensar por lo tanto el continuum complejo de las situaciones y comporta- mientos “entre” estos polos del tríptico de Hirschman. Fuente: Scott, 1985.

Una encrucijada disciplinaria

Pensar relacionalmente en los movimientos sociales es tomarlos en serio para no considerarlos como un objeto menor o indigno, lo cual fue el defecto de la universidad en Francia. Y aún más, es vincular- los a un conjunto de cuestiones transversales de las ciencias sociales y evitar hacer de ellos una suerte de fenómeno aparte reservado a algu- nos especialistas. Hay, al menos, tres dimensiones que designan su estatuto de en- crucijada. En primer lugar, los movimientos sociales son una forma ba- nal de participación política. Esta no podría reducirse para el solo acto del voto, porque la evolución de las definiciones de los derechos huma- nos tienden a integrar en ellos los “derechos” de huelga, de moviliza- ción y de peticiones; y porque, en muchos sistemas políticos no com- petitivos, la vía de la movilización pública directa y de la acción colec- tiva es la única disponible, como lo demostraron los ejemplos de los países del bloque soviético y el del apartheid en Sudáfrica.

48

Los obstáculos del análisis

Segundo, los movimientos sociales contribuyen poderosamente a la definición de los problemas sobre los cuales se espera una acción es- tatal. Las revueltas de “los barrios del exilio” [Dubet y Lapeyronnie, 1992] y la acción de grupos como el de Derecho a una vivienda [Péchu, 1996] contribuyeron a inscribir en el orden del día, debates e interven- ciones públicas y el problema de los suburbios y la vivienda de los “sin casa”. Indirectamente, lo impensable es la creación de políticas públicas sin una consideración de los movimientos sociales que pesan en la je- rarquía de las prioridades y la definición de redes de actores habilitados para intervenir en la coproducción de estas políticas públicas. Finalmente, los movimientos sociales también son espacios don- de se expresan y se cristalizan identidades colectivas, formas de vivir y su inserción en la sociedad. La percepción de la identidad campesina, tanto desde los mismos agricultores, como desde otros grupos sociales, se ve profundamente remodelada con las movilizaciones de los treinta últimos años. El hecho de que pueda vivirse una identidad homosexual de un modo diferente al ocultamiento y a la estigmatización, debe mu- cho al surgimiento y las movilizaciones de las comunidades homose- xuales desde fines de los años ‘60. En definitiva, hay muchas razones para concebir los movimientos sociales de otro modo que no sea una curiosidad pintoresca o sospechosa.

Problemas sociológicos y retos políticos

Debido a que tienen una dimensión política, los movimientos so- ciales ilustran una dificultad constante de las ciencias sociales: tomar distancia de las pasiones de la vida social sin renunciar a tratar teórica- mente objetos “calientes” y sin ser prisioneros de los dilemas directa- mente políticos.

La sicología de las masas

Una primera caricatura de las relaciones peligrosas entre el análi-

sis científico y un clima ideológico puede observarse en el apogeo de un discurso erudito sobre las masas. En el último cuarto del siglo XIX Gustave Le Bon lo expresará en forma condensada en su libro Psycho-

logie des foules (Psicología de las masas

[1895]. La masa designa aquí:

«una reunión cualquiera de individuos, de cualquier nacionalidad, profesión y sexo, así como las circunstancias que los reúnen». Si bien,

Le Bon trata de introducir una tipología de las masas, su definición se

)

Sociología de los movimientos sociales

49

extiende hasta el extremo, pues en sentido estricto, relaciona las masas con las sectas vinculadas por una creencia, con las castas relacionadas por una educación y un oficio, con las asambleas parlamentarias, etc. Se justifica este agrupamiento arbitrario con el argumento de las carac- terísticas comunes asociadas a las masas. En ellas, el individuo pierde su autonomía y sufre procesos de contagio de las creencias y los compor- tamientos. Las masas se consideran muy sugestionables y por ello li- bradas a los manipuladores, no controlan sus propios afectos e instin- tos; es decir, son emotivas, imprevisibles y peligrosas. Mediante juegos de asociación con el consumo de alcohol y metáforas femeninas, a las masas se las identifica sistemáticamente con un potencial desencadena- miento de los instintos sexuales y de la violencia. Aunque Le Bon que- de para la posteridad como el teórico de esta sicología de las masas, hay otras representaciones similares que impregnan el clima intelectual de la época. Se encuentran rastros en Taine, en la criminología desarrolla- da por Lombroso, Sighele y en Tarde [1989]. Aunque no todos los tra- bajos de éste último se reduzcan a estas simplificaciones. La literatura sigue dando fe de ello, como muestran las páginas de La educacion sen- timental de Flaubert sobre la Revolución de 1848. La vacuidad de estos análisis, incluso respecto de los trabajos eruditos de ese tiempo puede dar un aspecto misterioso a su éxito social. La historiadora estadounidense Suzanna Barrows [1981] demos- tró que esa literatura respondía a un contexto de “pánico moral” de las élites sociales durante la época inmediatamente posterior a la Comuna de París. El discurso sobre las masas se corresponde con la denuncia de las “plagas sociales” relacionadas con “las clases peligrosas”, asociadas al crimen, al alcoholismo y a la visita frecuente de los malos lugares. Tam- bién se articula mediante la denuncia de la masa “femenina”, a los instin- tos amenazadores, a las angustias sociales relacionadas con el movi- miento de emancipación de las mujeres: las sufragistas, y las “petroleras” (nombre dado en francés a las mujeres que durante la Comuna de París lanzaban petróleo a los focos de incendio para avivarlos). Los temores nacidos de los efectos del sufragio universal y del apogeo de las luchas sociales se concentran en torno a las “masas” como símbolo de lo popu- lar. Le Bon lo escribe claramente: «El advenimiento de las clases popula- res en la vida política y su transformación progresiva en clases dirigen- tes es uno de los rasgos más sobresalientes de nuestra época de transi- ción. El conocimiento de la sicología de las masas constituye el recurso del hombre de Estado que quiere, no tanto gobernarlas, como tampoco ser gobernado completamente por ellas». Al movilizar el lenguaje y cier-

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Los obstáculos del análisis

tos conocimientos adquiridos de las ciencias incipientes (la criminolo- gía, el higienismo, la sicología), el discurso de las masas adquiere un barniz de sabiduría respecto a los prejuicios sociales y prepara a la cien- cia para que responda a las inquietudes políticas.

El rechazo de la herencia marxista

El legado de Marx y de los marxistas es, a la vez, un análisis teó- rico de las condiciones históricas y de las determinantes de las movi- lizaciones políticas y una doctrina práctica destinada a que llegue a su término la acción revolucionaria. Además, ilustra otras facetas de los problemas que plantea la imbricación entre un discurso erudito y un discurso político. No existe propiamente una teoría de los movimien- tos sociales dentro de las obras de Marx, sino que, se los integra en una problemática general de las luchas de clases. La estructuración de las clases en cada sociedad ofrece un formato de lectura de las moviliza- ciones, que no es correcto reducir al esquema mecánico de una deter- minación “en última instancia” por parte de lo económico. Engels es- cribe en una carta a Joseph Bloch, el 21 de septiembre de 1890, que:

«Somos Marx y yo mismo, en parte, quienes debemos cargar con la res- ponsabilidad de que a veces los jóvenes concedan más importancia que la debida al aspecto económico. Teníamos que subrayar el principio esencial que nuestros adversarios niegan, y por eso no encontrábamos siempre el tiempo, ni el lugar, ni la ocasión de dar su lugar a los demás factores que participan en la acción recíproca. Pero ya que debíamos presentar una etapa histórica, es decir, pasar a la aplicación práctica, la cosa cambiaba y no había ningún error posible». Mucho más que los textos políticos o polémicos de Marx [1850;; 1852] o de Engels [1850] son sus trabajos históricos sobre Francia y Alemania los que ofrecen un fino análisis del “grupo infinito de parale- logramas de las fuerzas” (Engels), que originan movilizaciones y acon- tecimientos históricos. Podemos insistir en la precisión de las páginas que estudian la estratificación social, las condiciones materiales de exis- tencia y sus efectos sobre el potencial y las formas de movilización pú- blica. La consideración de los marcos culturales de una época abre, así mismo, fuertes perspectivas, cuando Engels, en 1850, da cuenta de la forma en que la omnipresencia de la religión cristiana limita a las mo- vilizaciones campesinas del siglo XVI a hacer uso del lenguaje de la he- rejía religiosa para expresar sus aspiraciones de cambios sociales. Final-

Sociología de los movimientos sociales

51

mente, y mediante la famosa distinción entre “clase en sí misma” y “cla- se para sí misma”, Marx recalca la importancia de la construcción de una conciencia colectiva, de una identidad de clase como elemento es- tratégico del éxito de las movilizaciones y de la capacidad para articular un proyecto revolucionario. La reflexión de Marx, complementada por la de Lenín en ¿Qué hacer? [1902], insistirá entonces, en esta lógica sobre la importancia del factor organizativo como un elemento de coordinación de las fuerzas de construcción de un grupo armado de militantes profesionales, aptos para aportar “desde el exterior” de la clase obrera un marco teórico que trasciende la experiencia de la fábrica y aporte una visión estratégica del cambio revolucionario. El patrimonio de las reflexiones marxistas en torno de los movimientos sociales también integra los aportes de Gramsci sobre la noción de hegemonía. El dirigente comunista italiano reflexiona sobre ella, en cuanto a la función de los intelectuales (inclui- dos los de los partidos o del Estado) como productores de representa- ciones que contribuyen a fabricar la conciencia colectiva y los consen- sos, y a cimentar alianzas sociales o por el contrario, a hacerlas imposi- bles.

Más allá de estas percepciones, el análisis marxista de los movi- mientos sociales plantea incómodas cuestiones. Sus aportes manifiestan que no existe una antinomia automática entre el objetivo de la acción política y el conocimiento de los determinismos sociales. La acción po- lítica puede ser portadora de conocimiento y puede incorporar en su práctica los conocimientos adquiridos por las ciencias sociales de su época. Al mismo tiempo, la acción militante no puede constituir jamás una forma de poner en práctica una pura teoría erudita, la simplifica pa- ra vulgarizar y transforma el análisis en eslogan. Busca la eficacia y la conquista del poder antes que el saber y, por ese hecho, presenta elemen- tos irracionales. Los marxismos son un ejemplo de ello, al hacer de los movimientos sociales la expresión obligada de relaciones de clase que se definen por un modo de producción, apenas pueden dar cuenta de las movilizaciones que estructuran otras referencias de identidad (el nacio- nalismo y los movimientos feministas). Las orientaciones que las cir- cunstancias históricas condicionan (como por ejemplo, el modelo leni- nista del partido de organización militar), se convierten en dogmas teó- ricos llenos de consecuencias. Finalmente, y aún cuando constituya la única teoría de la movilización pública-política que haya sido capaz de

52

Los obstáculos del análisis

cambiar el aspecto del mundo, el marxismo-leninismo, paradójicamen- te, apenas hizo evolucionar la teoría de su práctica, así como la reflexión sobre sus usos instrumentales en manos de los grupos e instituciones que había ayudado a movilizar y a estructurar [Pudal, 1989]. En la so- ciología contemporánea, también, hay un persistente rechazo de los te- mas delicados que plantea la herencia marxista respecto a los movi- mientos sociales. Mientras que hay pocas obras de iniciación que no consagran varias páginas a las elucubraciones de Le Bon, en ellas apenas se menciona a los marxistas, aun cuando algunos elementos del enfoque “movilización de los recursos” [Oberschall, 1973; Tilly, 1976] verifiquen el más duradero de los aportes de Marx. Esta asimetría señala también el malestar de los intelectuales ante una herencia teórica mantenida co- mo políticamente poco presentable.

Morfología social y capacidades de movilización pública en Marx

«Los campesinos de las parcelas son una enorme masa cuyos miem- bros viven todos en la misma situación, pero sin estar unidos entre sí por vínculos diversos. Su modo de producción los aisla mutuamente en lugar de llevarlos a tener relaciones de reciprocidad. Este aislamiento se hace aún más grave por el mal estado de los medios de comunicación en Fran- cia y la pobreza de los campesinos. Cada familia rural se basta a sí misma casi completamente. Ella misma produce directamente la mayor parte de lo que consume y procura sus medios de subsistencia mediante un intercam- bio con la naturaleza, mucho más que con la sociedad. (La parcela de tie- rra, el campesino y su familia; al lado, otra parcela, otro campesino y otra familia). Así, pues, la gran masa de la nación francesa está constituida por una simple adición de dimensiones del mismo nombre, casi como un saco lleno de manzanas forma un saco de manzanas. En la medida en que mi- llones de familias campesinas viven en condiciones económicas que las se- paran entre sí, y oponen su género de vida, sus intereses y su cultura a los de las otras clases sociales, constituyen una clase propia. Pero no lo hacen en la medida en que sólo existe un vínculo local entre los campesinos de las parcelas, y en que la similitud de sus intereses no crea ninguna comu- nidad entre ellos, ni relación nacional ni organización política alguna. Por eso son incapaces de defender sus intereses de clase en su propio nombre. No pueden representarse a sí mismos. Deben ser representados.»

K. MARX, El 18 Brumario de Louis Bonaparte, 1852

CAPÍTULO III

LAS FRUSTRACIONES Y LOS CÁLCULOS

Para el historiador Paul Veyne [1971], «estudiar la sociología no es

estudiar un cuerpo doctrinario, como se estudia la química o la econo-

, proceso acumulativo del saber. Esta variedad tiene igualmente un carác- ter común: no haberse guardado nada bajo la palma». Aparentemente, hay razones para este severo juicio. Pues, ¿qué hay de común desde el si- glo XIX entre los análisis de Marx sobre las movilizaciones como una lucha de clases, los de Le Bon sobre las lógicas del contagio propias de las masas, y los de Tocqueville sobre el papel que tiene en la democracia la vida asociativa? Los enfoques desarrollados desde hace medio siglo, sobre los que van a tratar los siguientes tres capítulos, pueden dar una impresión parecida de disparidad. Pero estas contradicciones no son el reflejo de un caleidoscopio de especulaciones abstractas. Con la suce- sión y la confrontación de teorías, la investigación de fines de los años ‘70 producirá un cerrado “zócalo teórico”, que se guarda “en la palma de la mano” un precioso capital de saberes e instrumentos de análisis. Lo que queda al descubierto es la inestabilidad de las construccio- nes teóricas y la dificultad de aprehender todas las facetas de los movi- mientos sociales. Lo que surge inmediatamente, al evocar la llamada Escuela del “Comportamiento Colectivo” y luego de la Acción Racio- nal, es la tensión en la que se inscribe la relación de la sociología con es- tos fenómenos. Estos dos modelos teóricos no tienen, a priori, nada más en común que ser los dos primeros en aparecer. Su proximidad apenas va más allá de esta referencia temporal, pues residen en dos pro- blemáticas contradictorias. Las teorías del “comportamiento colectivo” (collective behaviour) esclarecen las movilizaciones por medio de una sicosociología de la frustración social y la consideración del poder ex- plosivo de las aspiraciones y los deseos frustrados. El modelo de acción racional tiende, en cambio, a someter las movilizaciones a una forma de lectura económica que las banaliza al subrayar en qué medida los in- dividuos que participan en los movimientos sociales permanecen aten- tos a una lógica del cálculo costo-beneficio que condiciona su compro- miso con la probabilidad de una ganancia material.

mía; es estudiar las doctrinas sociológicas sucesivas

pero no hay un

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Las frustraciones y los cálculos

La amplitud misma de la oposición entre estos enfoques puede suscitar una reflexión. Ésta sugiere la dificultad que tiene la sociología para tomar la medida exacta de los fenómenos a estudiar: primero por- que los encuentra tan singulares que sólo el recurso a la sicología pu- diera restituir su sentido. Segundo, porque la invocación a una explica- ción económica pueda acabar, en cambio, por negar cualquier singula- ridad al objeto, considerado apenas un caso particular del cálculo de los réditos por parte de individuos calculadores. El hecho de que esos mo- mentos teóricos se presenten sucesivamente por ruptura también seña- la una dificultad que la investigación tardará años en superar: ¿Cómo restituir las razones para actuar de los individuos que se movilizan al salir de la falsa alternativa del cálculo cínico o interesado o de la explo- sión de las frustraciones y de las emociones?

Las teorías del “comportamiento colectivo”

Una etiqueta conciliadora

La referencia a una escuela de comportamiento colectivo es enga- ñosa. Sugiere una coherencia intelectual, allí, donde existen además una atención compartida de los mismos objetos y una forma de migra- ción intelectual que va a terminar por redefinir el enfoque de los mo- vimientos sociales por caminos a veces diversos. La escuela de Chicago, particularmente Park, luego Blumer, contribuirán en la entreguerra a que el comportamiento colectivo entre al rango de objetos legítimos de la investigación sociológica. Pero en esa coyuntura intelectual de los funcionalistas como Smelser, también contribuyen autores próximos a la sicosociología, como Gurr. Una primera pista aparece al notar que la noción de comporta- miento colectivo “da para largo”. Los movimientos sociales son sólo un componente, junto al conjunto de fenómenos que engloba pánicos, modas, movimientos religiosos y sectas. Para Blumer, el elemento fede- rativo de estos comportamientos está en su déficit de institucionaliza- ción, en la debilidad de los cuadros normativos que enmarcan la acción social. Smelser [1962] insiste en la idea de una “movilización pública basada en una creencia que redefina la acción social”. Las proporciones de estas categorías tan extensas no siempre facilitan la percepción de las singularidades de los movimientos sociales.

Sociología de los movimientos sociales

55

La coherencia que vincula estos enfoques se sostiene por cuatro series de desplazamientos. El primero está en el abandono gradual de una visión heredada de la sicología de las masas. Se pone ahora el enfá- sis en el hecho de que las movilizaciones no son patologías sociales, sino que poseen su racionalidad. Un segundo desplazamiento consiste en moverse desde una visión centrada en el potencial destructivo y amenazador de los movimientos sociales hacia una consideración de su capacidad de crear nuevos modos de vida, normas, instituciones, es decir, del cambio social. Esta revisión impone una tercera vía, el mode- lo epidemiológico de Le Bon, presente también en Blumer, que intro- ducía en el principio de “comportamientos de masas”, una lógica de contagio, para ser reemplazadas con una problemática de la convergen- cia. Los comportamientos colectivos nacen de la sincronización entre creencias y frustraciones, ya presentes entre los individuos y no de fe- nómenos de imitación. El análisis se abre, entonces, al estudio de las ideologías y de las creencias, a su modo de difusión. Mediante la noción de “norma emer- gente”, propuesta por Turner y Killian [1957], y de “creencia generali- zada” por Smelser, el papel de las representaciones ocupa un espacio creciente. El acento se pone en el hecho de que una movilización públi- ca no nace de la sola existencia de un descontento. Este debe encontrar un lenguaje que le de sentido, designe a sus adversarios y legitime la rei- vindicación con referencia a los valores. Los teóricos del comporta- miento colectivo se encuentran con las grandes reflexiones que hace un Tarde sobre los vectores de difusión de estas creencias, y cuya recepción por medio de diversos medios sociales evoca Smelser a través de la no- ción de “conductividad estructural”. Ésta designa el desigual potencial de difusión de las creencias, los valores o rumores, según los espacios sociales que puede ilustrar la oposición, entre la rapidez de un pánico bursátil y la lenta difusión de un rumor en una comunidad dispersa, débilmente conectada mediante redes de comunicación. De manera más ambigua, estas evoluciones designan un último elemento federa- tivo. El momento del comportamiento colectivo se inscribe en una os- cilación entre la voluntad de socializar el análisis, de tomar en cuenta las estructuras sociales que provocan la movilización pública y la fuer- za de un anclaje, en la problemática tomada de la sicología, como son las nociones de tensión o de frustración puestas en el principio de las disposiciones individuales a movilizarse. La obra de Gurr manifiesta la riqueza y la fragilidad de estas orientaciones.

56

Las frustraciones y los cálculos

¿Por qué se sublevan los hombres?

Con este título (Why Men Rebel?), Ted Gurr desarrolla, en 1970, un marco analítico que será, al mismo tiempo, uno de los manifiestos más elaborados y la última de las obras de collective behaviour. Este es un enfoque sicosociológico. Gurr parte de la noción de frustración re- lativa. Ésta designa un estado de tensión, una satisfacción esperada y rechazada, generadora de un potencial de descontento y de violencia. La frustración puede definirse como un saldo negativo entre los “valo- res” (término que puede designar un nivel de ingresos o una posición jerárquica, como también elementos inmateriales, como el reconoci- miento o el prestigio) que un individuo mantiene en un momento da- do y aquellos que se consideran como parte de las aspiraciones a las que se tiene derecho por su condición y situación social. Si bien la frustra- ción se manifiesta con emociones de despecho, cólera e insatisfacción, aquí, es un hecho social, es relativa, porque depende de una lógica de la comparación. Nace de normas sociales, de sistemas de expectativas re- lacionados con lo que en una sociedad dada parece ser la distribución legítima de los recursos sociales en varios grupos de referencia. Para ponerlo claro, los miembros de un grupo social privilegiado, pero cuyo estatus o recursos declinan (los aristócratas de ayer, los médicos gene- rales de hoy), pueden sentir una frustración más intensa que los miem- bros de un grupo objetivamente menos dotado, pero cuyos recursos y estatus corresponden a lo que sus miembros habían podido prever e in- teriorizar sobre su papel social.

LAS VARIANTES DE LA FRUSTRACIÓN RELATIVA MODELO 1: LA FRUSTRACIÓN DE LA DECLINACIÓN (DECRECIENTE)

fuerte

Nivel de esperanza de “valores” FRUSTRACIÓN Satisfacción de las expectativas Nivel de valores
Nivel de esperanza de “valores”
FRUSTRACIÓN
Satisfacción de
las expectativas
Nivel de valores

débil

Transcurrir del tiempo

Sociología de los movimientos sociales

57

En este modelo, el horizonte de expectativa y las representaciones del nivel normal de recompensas sociales que se puede esperar legítima- mente en una posición social varían poco. Pero las representaciones del porvenir y del presente están marcadas por la percepción (real o imagina- ria) de una fuerte declinación de los valores disponibles. Gurr asocia a es- te marco la descripción hecha por Marx de las primeras movilizaciones de artesanos contra la mecanización, que se percibe como una amenaza so- bre el estatus de trabajador libre y también la movilización pública de la pe- queña burguesía tradicional en la génesis de los fascismos.

MODELO 2: LA FRUSTRACIÓN DE LAS ASPIRACIONES EN ALZA (ASPIRANTE)

fuerte

Nivel de esperanza de “valores” FRUSTRACIÓN Satisfacción de las expectativas Nivel de valores
Nivel de esperanza
de “valores”
FRUSTRACIÓN
Satisfacción de las expectativas
Nivel de valores

débil

Transcurrir del tiempo

Aquí, los valores disponibles para el miembro de un grupo dado va- rían poco, mientras que sus expectativas, las representaciones a las que tiene “derecho” se elevan brutalmente sin encontrar satisfacción. Una par- te de las sublevaciones anticoloniales de la posguerra puede responder a este esquema. Los “colonizados”, integrados en el ejército que Leclerc conformó en el norte de África en 1941 para liberar a Francia (que recibie- ron insignias de grado), se sentían iguales respecto de los “metropolita- nos” y con capacidad de gozar de sus derechos civiles. Pero una vez des- movilizados se encuentran de nuevo sumidos en una situación colonial que los convierte en no ciudadanos y constituirán una parte importante de los mandos de las movilizaciones independentistas.

58

Las frustraciones y los cálculos

MODELO 3: LA FRUSTRACIÓN PROGRESIVA

fuerte

Nivel de esperanza de “valores” FRUSTRACIÓN Satisfacción de las expectativas Nivel de valores
Nivel de esperanza
de “valores”
FRUSTRACIÓN
Satisfacción de
las expectativas
Nivel de valores

débil

Transcurrir del tiempo

La situación corresponde a un movimiento de tijera. Las expectativas en materia de acceso a la distribución de los recursos sociales suben, mientras que los valores disponibles bajan sensiblemente. El proceso pro- duce de forma brutal un gran potencial movilizador. Tocqueville describe este fenómeno en vísperas de la Revolución Francesa, demostrando cómo una fase de prosperidad y su relativa apertura social suscita crecientes ex- pectativas que vienen a contrariar la conjunción de una crisis económica y de la reacción nobiliaria.

Gurr describe el sufrimiento social sin correlación con normas

sino concebido como la miseria

de posición, el desnivel entre las expectativas socialmente construidas y

la percepción del presente. Para aprehender el objetivo de Gurr puede

ayudar la imagen del plan de carrera, respecto del cual, un asalariado

puede medir si su éxito se sitúa o no en la norma y verse así satisfecho

o frustrado en diversos momentos de su vida. Pero el modelo de este

autor también considera la forma en que la cotización social de los va- lores fluctúa y modifica los horizontes de expectativa de los diferentes grupos: por ejemplo, poseer un auto no es un “valor” idéntico en 1930 que en 1990, tal y como los “valores” que puede esperar un individuo que se compromete en el oficio de maestro de escuela difieren según comience en uno u otro de esos años. La hipótesis de Gurr consiste en considerar la intensidad de las frustraciones el combustible de los mo- vimientos sociales. Franquear colectivamente esos umbrales de frustra-

absolutas (el umbral de la pobreza

),

Sociología de los movimientos sociales

59

ción es la clave de cualquier gran movimiento social. El marco interpre- tativo distingue aquí una serie de casos de frustración relativa (Cf. el cuadro anexo anterior). Y también explicita variables que permiten evaluar la probabilidad de un paso a formas conflictivas de acción: la intensidad de la variación mensurable entre las expectativas y sus satis- facciones, el grado en que sobresale y se desea un recurso y la existen- cia de una pluralidad de caminos para acceder a los valores deseados (el análisis se encuentra aquí con la problemática del exit de Hirschman). El mérito de Gurr también busca (siguiendo a Smelser) dar una auténtica profundidad sociológica a su modelo. La frustración es un simple potencial de movilización pública y de violencia que no se pro- duce mecánicamente por ella. Gurr presta mucha atención a los datos culturales y a la memoria colectiva. ¿Hay en el grupo o en el país en cuestión una tradición de movilización pública o una cultura del con- flicto? ¿O una memoria de episodios o victorias que legitimen la hipó- tesis de recurrir a la fuerza, como el recuerdo de la Revolución Zapatis- ta mexicana, o el del movimiento Tupac Amaru peruano?

UUnnaa ccuullttuurraa nnaacciioonnaall ddee llaa pprrootteessttaa

Los movimientos sociales argentinos se presentan tradicionalmente en dos registros principales: el de las huelgas (entre ellas, la huelga gene- ral) y el de la manifestación. El lugar de la actividad de las manifestaciones se explica, a la vez, por el extraordinario porcentaje de población que vive en la aglomeración (urbana) de Buenos Aires, por la precoz existencia de partidos políticos y por la importación de ese repertorio de acción por par- te de los inmigrantes, entre los cuales figuraban militantes activos socialis- tas y anarquistas. La frecuencia de las épocas de gobierno dictatorial con- tribuirá paradójicamente a hacer del recurso a la manifestación callejera el único registro de expresión asequible durante largos periodos de la pos- guerra. Desde 1945, la historia argentina contribuyó a consolidar, en una cul- tura nacional de la protesta, el lugar estratégico de la manifestación y el de un sitio, la Plaza de Mayo, punto central de los desfiles oficiales y de las vi- sitas de los gobernantes extranjeros, situada en el centro de Buenos Aires frente a la sede de la Presidencia. El proceso de construcción de este sitio como un verdadero lugar de memoria (y de poder) de la protesta empieza con la gigantesca manifesta- ción del 17 de octubre de 1945, que será el catalizador de la salida de los militares y, luego, de la llegada de Perón. El régimen peronista contribuirá igualmente a consolidar ese estatus al organizar una manifestación de la fidelidad cada 17 de octubre en la Plaza de Mayo, donde también se orga-

60

Las frustraciones y los cálculos

nizan las celebraciones del 1 de mayo. En 1969, otras manifestaciones con- tribuirán a la caída del régimen de Onganía. El estatus de esta “simbólica catedral de las manifestaciones” y el poder casi mágico asociado a esos lu- gares se convertirán en lo que son hasta para las autoridades guberna- mentales que usarán ocasionalmente el arma de la manifestación. En 1982, la Junta Militar provocará manifestaciones para mantener la toma de con- trol de las islas Malvinas. Y, en abril de 1987, el presidente Alfonsín convo- ca el domingo de Pascua a una manifestación en la cual 500.000 personas se reúnen en la Plaza de Mayo en respuesta al desarrollo en marcha de una insurrección militar, que de este modo se deslegitimará. En una sociedad donde los sondeos de opinión juegan aún un papel moderado, las manifestaciones de Buenos Aires funcionan como indicador eficaz de las legitimidades y de las expectativas sociales. La escasa asisten- cia a las celebraciones del aniversario peronista el 17 de octubre de 1955, se percibirá como el signo del aislamiento del jefe del Estado, preludio de su destitución. Y a la inversa, la cultura política nacional tiene la convicción de que los principales cambios políticos y sociales pueden alcanzarse por medio de una manifestación exitosa. Asímismo, debe entenderse dentro de este contexto el célebre movimiento de las “Madres de la Plaza de Ma- yo” durante la dictadura militar (1976-1983). Dado el terror que desata el Estado y que vuelve imposible el recurso a la manifestación, las madres de personas “desaparecidas” (de hecho, asesinadas por la Junta) tomarán la costumbre de marchar cada jueves en silencio y durante tres horas, en los caminos peatonales de esa plaza, con la cabeza cubierta (como antes en las iglesias) con un pañuelo que lleva el nombre del desaparecido, la fecha de su secuestro, y llevando a veces una pancarta y la foto de sus hijos. Aun cuando varias de esas madres fueron a aumentar la lista de los desapare- cidos, la Junta jamás pudo encontrar la respuesta adecuada a esa forma de reconquista del espacio simbólico de expresión callejera que suscita el res- peto y la simpatía de la opinión pública. FUENTE: CHAFFEE [1993].

“La asociación que hace Gurr entre protesta y violencia es re- duccionista y no carece de ambigüedades. Tomada en retrospectiva, también parece tener el auténtico mérito de obligar a pensar sociológi- camente las condiciones en las que surge la violencia. Habrá que espe- rar entonces a la descomposición de los izquierdismos y a los ‘años de plomo’ * para que la literatura refleje sobre la acción colectiva y con se- riedad estas cuestiones” [Della Porta, 1990; Sommier, 1998].

* ( “années de plomb” [sic]: Referido a los años más duros de la represión de las dictaduras militares, como la chilena, desde 1973: Nota de la Tra- ductora).

Sociología de los movimientos sociales

61

Why Men Rebel? también se ocupa del trabajo de movilización pública. Este conlleva una dimensión cognitiva y simbólica. Un movi- miento social exige un trabajo de producción discursiva de imputación de responsabilidad, de inyección de sentido en las relaciones sociales que se viven y de producción de símbolos y llamadas al orden. Este tra- bajo no es lo único que hace un grupo movilizado. El “control social” que puede ejercer el Estado no se limita solamente al uso de las fuerzas policiales; también pasa por un trabajo preventivo de legitimación de las instituciones, del régimen y descalificación de las formas más vio- lentas de cuestionamiento. A falta de disipar siempre las tensiones, el “control social” juega igualmente con lo simbólico y con los gestos que marcan la preocupación por responder a ellas. El autor recuerda, por ejemplo, el papel de la requisición de viviendas como un fuerte signo de la autoridad que se ocupa de ese problema. Por eso no es sorpren- dente que Gurr sea uno de los primeros en introducir los medios de co- municación en el rango de objetos de la sociología de la movilización pública. Pese a su densidad, el trabajo de Gurr no deja de asemejarse a una brillante posdata de todos sus escritos sobre “los comportamientos co- lectivos”, muy pronto enviados a un purgatorio erudito. Las razones de esta marginación se deben, en primer lugar, a las fallas de la problemá- tica. El concepto de frustración es difícil de objetivar porque proviene de las creencias y las percepciones que soportan, en parte, los datos ma- teriales, como el prestigio. De este modo, el análisis amenaza frecuen- temente con hacer la corte a un ejercicio tautológico consistente en probar la frustración mediante el surgimiento de la movilización pú- blica que la existencia de una poderosa frustración explica (Cf. Dobry [[1986], p.53-56)]. Por lo demás, si estas críticas no afectan en nada a las ricas evoluciones relativas, a las condiciones sociales en que surgen los movimientos sociales, éstos seguirán siendo un programa de inves- tigación con la forma de un complejo sistema de hipótesis sin verifica- ción empírica sistematizada con casos concretos. Pero, lo que desplaza- rá permanentemente los formatos de análisis hacia un marco prove- niente de la economía es sobre todo la llegada del modelo de Olson al mercado teórico. Este nuevo marco analítico hará olvidar los méritos del marco sociológico que desarrollaron Smelser o Gurr. Pero con él persistirá el inconveniente de hacer que los investigadores se priven du- rante veinte años de los recursos intelectuales que una reflexión sobre

62

Las frustraciones y los cálculos

los aportes de la sicología podía ofrecer para la comprensión de lo que se vive en la movilización pública.

Cuando el Homo œconomicus entra en acción

El economista Mancur Olson publica en 1966, The Logic of Co- llective Action (La lógica de la acción colectiva). Con este libro, que se inscribe en una lectura “económica” del conjunto de los comporta- mientos sociales, contribuirá al surgimiento de una verdadera ortodo- xia de la acción racional que pesará poderosamente en las ciencias so- ciales de Norteamérica y luego de Europa.

La paradoja de Olson

El punto de partida del análisis de Olson descansa en una fecun- da paradoja. El sentido común sugiere que la acción colectiva se desen- cadenará por sí sola desde el momento en que un conjunto de indivi- duos pueda ver una ventaja en acudir a la movilización pública y que tenga conciencia de ello. Ahora bien, la objeción de Olson consiste en demostrar que un grupo con esas características puede perfectamente no hacer nada. En efecto, es incorrecto imaginar que un grupo latente (individuos con intereses materiales comunes) sea una suerte de enti- dad dotada de voluntad colectiva, allí donde el análisis debe considerar también la lógica de las estrategias individuales. Y si la acción colectiva se da por hecho, al considerar al grupo como el titular de una voluntad única, las racionalidades individuales estorban. Un ejemplo de ello es el movimiento antifiscal que ilustra el anexo siguiente. La movilización pública es rentable, tanto más si es masiva. Pero esto olvida el guión del “polizón” (free-rider). Hay una estrategia más rentable que la moviliza- ción pública: mirar a los demás en las movilizaciones. El clásico caso del no huelguista que se beneficia con el incremento de su remunera- ción lograda por la huelga, sin haber sufrido las retenciones salariales consecutivas, es un ejemplo llevado a su extremo. Esta lógica hace im- posible cualquier movilización pública. Las racionalidades individuales juntas de diez inquilinos en paro que acuden a una movilización públi- ca de otros para beneficiarse con ella, concluyen en la inacción y dejan la presión fiscal en su punto máximo.

Sociología de los movimientos sociales

63

Los rendimientos de la movilización pública y de la abstención

En una comuna, el impuesto a la vivienda se eleva a 5.000 francos por persona. Diez inquilinos deciden movilizarsepúblicamente para que baje. La hipótesis (arbitraria) es que este acto pueda situarlo hasta en 3.000 francos. La reducción está en función de la cantidad de inquilinos en mo- vilización: (diez logran una baja de 2.000 francos, nueve, de 1.800 francos, ocho de 1.600 francos, etc.). La participación en la acción conlleva costos (de creación de una asociación, de distribución de panfletos, del tiempo dedicado a las reuniones y gestiones). Estos costos se fijan convencional- mente en 500 francos por persona.

 

Número de participantes en el movimiento antifiscal

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

Ganancia teórica

                   

por miembro

200

400

600

800

1.000

1.200

1.400

1.600

1.800

2.000

Costo por

miembro

500

500

500

500

500

500

500

500

500

500

Ganancia real

                 

respecto de

–300 –100

100

300

500

700

900

1.100

1.300

1.500

los costos

Zona de pérdida

Ganancia de

                   

un “polizón”

200

400

600

800

1.000

1.200

1.400

1.600

1.800

Esta paradoja parece desembocar en un punto muerto. El énfasis sobre los efectos de las racionalidades individuales sugiere la improba- bilidad de la acción colectiva. Pero, la experiencia hace manifiesta su existencia. El modelo de Olson se enriquece entonces, con la noción de incitación selectiva. Existen técnicas que permiten acercar los compor- tamientos individuales a lo que sería, en lo abstracto, la racionalidad de un grupo con una voluntad colectiva. Para ello basta con bajar los cos- tos de la participación en la acción o con aumentar los de la no parti- cipación. Las incentivos selectivos pueden ser prestaciones y ventajas otorgadas a los miembros de la organización que convoca a manifes- tación. La American Medical Association (Asociación Médica de los EE.UU.) ofrece a sus afiliados médicos una formación continua, segu- ros, servicio jurídico y una revista profesional reconocida, todo lo cual

64

Las frustraciones y los cálculos

hace rentable el pago de sus alícuotas. En cambio, un médico no afilia- do debe recurrir a seguros privados costosos y arriesga que sus colegas

se cierren al contacto con él. Las incentivos selectivos también pueden presentarse como restricciones. El caso más claro es el llamado sistema del closed-shop, que el sindicato del libro de la CGT o el de los estiba- dores han practicado durante mucho tiempo en Francia: la contrata- ción está condicionada por la adhesión a la organización, lo que elimi- na a cualquier polizón. Notaremos de paso que la Ley Wagner de los Es- tados Unidos, generalizó este sistema entre 1936 y 1947, y que una re- flexión sobre este tema debe interrogarse a la vez sobre el estorbo a la

y sobre sus efectos en la construcción de pode-

rosos “socios sociales” en las relaciones laborales. Un conjunto de trabajos empíricos vino a fortalecer los análisis de Olson sobre el papel de estos incentivos selectivos. Gamson [1975] pudo demostrar, en base a un amplio abanico en los Estados Unidos, que los interlocutores de una organización que ofrece incitaciones co- lectivas las reconocen en un 91% de los casos y tiene éxito en el 82%, contra el 36% y el 40% para las organizaciones que no tienen acceso a ese recurso. En este mismo sentido se desarrolla un estudio de David Knokke [1988], sobre el mundo asociativo de la aglomeración de Min- neapolis. Los afiliados a las asociaciones “menos políticas” (asociacio- nes deportivas, clubes de coleccionistas, etc.) sólo se declaran dispues- tos en un 2% a seguir siendo miembros, si su asociación no hiciera más que un trabajo de grupo de presión: Un 70 % declara poder aceptar una asociación prestataria pura, mientras que un 23% condicionan su adhesión a tomar a su cargo esas dos funciones.

libertad que conlleva

¿Cómo deshacerse de los polizones?

En un trabajo sobre las movilizaciones campesinas en la Bretaña Francesa durante los años ‘60, Fanch Elegoët, pudo demostrar en qué con- sistían las estrategias sindicales de los productores de legumbres inter- pretadas ampliamente como un sistema que clausuraba las posibilidades de actuar como un pasajero clandestino, es decir, como un “polizón”. La organización de base del sindicato a nivel del “barrio” (hameau) permite un control mutuo, así como la identificación de los explotadores que rom- pen la solidaridad frente a los negociantes. La siembra centralizada de los retoños de las plantas de alcachofa (llamadas “drageons” en francés) y la inmediata destrucción controlada de todos los drageons sobrantes (como

Sociología de los movimientos sociales

65

estrategia sindical para impedir que se vendan y planten en otras regiones cuya producción compite con la de esa región), pone fin a la provisión de plantas en zonas competitivas de producción, a la vez que reduce a casi na- da el costo de la participación individual de este bloqueo. Una circular del líder sindical Gourvennec indica, a propósito de los que se resisten, que éstos se exponen a “la expulsión de los organismos recíprocos y coopera- tivos, exclusión de las redes de ayuda mutua, exclusión en el barrio, (in- cluido el caso de un tropiezo en la granja), la designación del vendedor (sin publicarlo, ni ponerlo en cartelera), o a señalar un hombre con el dedo en la calle y a veces con grandes letras escritas en su carga de legumbres”…, sin olvidar las molestias de toda naturaleza: desinflarles los neumáticos (por la válvula), poner azúcar en la gasolina, mojar el Delco, etc.” (p.153). Es justamente la construcción de las instituciones y dispositivos téc- nicos del mercado en la esfera obligatoria lo que puede interpretarse co- mo la maquinaria “anti polizón”, debido a la despersonalización de las transacciones y al suscitar una transparencia y una publicidad de cualquier venta que cierre el espacio del mercado que haga imposibles las negocia- ciones secretas o los tratamientos a favor, por lo que, los expendedores y los mayoristas dejan de solidarizarse con los campesinos.

FUENTE: ELEGOËT [1984]

La “RAT” y el endurecimiento del modelo

El modelo que Olson construye también recibe de su autor algu- nas limitaciones explícitas. Se aplica a las movilizaciones que buscan obtener “bienes colectivos”, es decir, bienes que benefician al conjunto de miembros de la colectividad en cuestión: un retroceso de la polución del aire beneficia por definición a toda la población. Pero Olson subra- ya ante todo la singularidad de los grupos pequeños. Algunos de ellos pueden corresponder a situaciones en las cuales un miembro puede to- mar a su cargo todos los costos de la acción y, sin embargo, hallar ven- taja en ello. Más aún, en los grupos pequeños el sentimiento de pesar en las decisiones es más fuerte y movilizador. También hay presiones sociales y morales más presentes y eficaces entre miembros de los gru- pos pequeños. Finalmente, Olson subraya que su formato analítico co- rre el riesgo de “no aportar mayor cosa” al estudio de los grupos “filan- trópicos o religiosos que defienden los intereses de quienes no son miembros suyos” (p. 183-184). Se puede plantear la pregunta si la aten- ción que presta este autor a los efectos sociales o afectivos en la diná- mica movilizadora propia de los grupos pequeños no mina la fuerte

66

Las frustraciones y los cálculos

coherencia de su modelo. Los fenómenos vinculados con la sociabili- dad y las relaciones interpersonales y afectivas se traducen difícilmente al lenguaje del cálculo económico. Por lo demás, el embrollado trata- miento que Olson reserva para esta variable es significativo. Los ele- mentos “afectivos o ideológicos” pronto se eliminan por ser poco im- portantes y por ello, poco eficaces. (p. 34-35). En otros casos, se consi- deran como incentivos selectivos secundarios (p. 84); por ejemplo, la fidelidad al grupo juega en favor de la solidaridad. Finalmente, cuando el peso empírico de estos datos afectivos e ideológicos crea hechos que la teoría no puede digerir, se crea una “categoría escoba” (en el sentido de que se encarga de “limpiar los restos” que no entran en las otras ca- tegorías) para las acciones colectivas no racionales y se las asocia con los elementos estrafalarios (los lunatic fringes del original inglés); y lue- go, para desembarazarse de ella, se la deja en las buenas manos de los sicólogos (p.185). La prudencia inicial de Olson se verá gradualmente eliminada a comienzos de los años ‘80 por el apogeo de una rational action theory (teoría de la acción racional) cuyos adeptos (llamados RAT’s, en razón de las siglas en inglés de esa teoría) pretenden aplicar el modelo del Ho- mo economicus a todos los hechos sociales con la gracia de una aplana- dora. Los economistas James Buchanan y Gary Becker ilustrarán este enfoque sobre el postulado económico (en el doble sentido) de una po- sible interpretación de todos los fenómenos, con la referencia de actores racionales, para quienes la participación en la acción colectiva es un pu- ro enfoque de cáculo del rendimiento de las energías y recursos inverti- dos en la acción. Sin embargo, es posible mostrar algunas insuficiencias internas (aunque sin desarrollar por el momento una crítica de los fun- damentos mismos de este modelo analítico de la acción colectiva). Si los potenciales participantes en la acción colectiva son calcula- dores racionales tentados por la posición del polizón, ¿por qué no iría su sentido de la anticipación racional hasta el punto de anticipar las an- ticipaciones parecidas de los demás? ¿Es disparatado postular que un individuo en situación de participar en una movilización puede actuar como un jugador de cartas o de ajedrez y preguntarse lo que hará acto seguido su contrincante? Este modelo de sofisticación del cálculo (que no ignora la microeconomía moderna) podría empujar hacia la movi- lización y hasta en grado excesivo dado el desastroso rendimiento de una abstención generalizada. ¿Cómo no recalcar de paso que los ejem- plos cifrados de los RAT’s y de la escuela del “individualismo metodo-

Sociología de los movimientos sociales

67

lógico” (la correspondiente a los diez inquilinos mencionados en un anexo anterior) a menudo son de un simplismo que los hace más dig- nos del estatus de los cantos infantiles que designan lúdicamente los roles que de las demostraciones sociológicas? Pierre Favre [1977] propuso en este campo cuadros de rendi- miento netamente distintos de los imaginados por Boudon en su Pre- facio a la edición francesa de Olson; Favre presenta hipótesis ni más ni

menos realistas que las de estos autores que toman en cuenta las eco- nomías de escala de una importante movilización y los “efectos de um- bral”. Con ello, presenta situaciones en las cuales la participación acti- va se muestra más rentable que la estrategia del polizón. Este contrae- jemplo no invalida la tesis de Olson, sino que sugiere que la actitud del free-rider no es de ninguna manera la más rentable universalmente. ¿Cómo hay que interpretar en términos de acción racional una parte de los resultados, esta vez empíricos, de la mencionada investigación de Knokke, que, en la categoría de las asociaciones “altamente políticas”

constata que sólo un 34% de los miem-

bros condicionan su apoyo a que se les proporcione algunos servicios, mientras que un 35% seguirían afiliados aunque no se les ofreciera ser- vicios ni hubiera un trabajo eficaz como grupo de presión? La lista de los puntos débiles del modelo de Olson puede ampliarse fácilmente. El postulado de la acción racional reside en la idea de acciones orientadas hacia la satisfacción de preferencias que funcionan como “cajas negras” cuyo modelo teórico no explica ni el origen ni la naturaleza. Al respec- to, uno de los méritos de los trabajos históricos de Tilly es señalar có- mo los efectos conjuntos del capitalismo, la dividión del trabajo y el empeño de las lógicas burocráticas en el universo profesional pueden crear efectivamente actitudes y condiciones a través de las cuales el Ho- mo œconomicus se vuelve empíricamente observable.

(ecologismo, antiracismo

),

El buen uso del cálculo racional

Una crítica razonada no consiste en negar que el modelo del cál- culo costos-beneficios pueda esclarecer los comportamientos durante ciertas movilizaciones, y ante todo, las que tratan sobre reivindicacio- nes económicas. Justamente, lo que comporta la fecundidad de la ima- gen del Homo œconomicus es la connotación cínica que se le puede aso- ciar en fuerte contraste con las ingenuas y “encantadas” representacio- nes de cualquier militantismo movido por un puro desinterés. Olson

68

Las frustraciones y los cálculos

formula su paradoja como un saludable desafío al análisis sociológico. En el centro de la polémica sitúa un auténtico desagrado hacia los aná-

lisis que pretenden la simplicidad: la movilización colectiva jamás es al- go dado. Esta constatación obligará a toda una generación de investiga- dores a aceptar ese desafío para dar cuenta de las condiciones de desa- rrollo de los movimientos sociales. Reconocer el honor que le corres- ponde a Olson no impide para nada que se exijan más precisiones so- bre la “racionalidad” que él considera central en los comportamientos

y sobre sus condiciones de existencia ni que se inquiera sobre los lími- tes de aplicación de este esquema. Durante un congreso de sociólogos estadounidenses en 1983, Joseph Gusfield había observado con ironía

que si el modelo de Olson a veces parecía ser irreal, esta falla incumbía

a los individuos movilizados que no siempre habían leído La Logique

de l’action collective. ¿Se trata de una fórmula provocadora? No, si pre- tende sugerir la muy desigual interiorización de una disposición para el cálculo económico según los medios y las épocas. No, si viene a re- cordar que la probabilidad de tratar los problemas en términos del cál- culo racional difiere según las circusntancias (no es lo mismo una per- sona que hace compras o que asiste a una reunión de una organización católica de beneficencia o de la Liga contra el cáncer). No, si ayuda a conjurar el riesgo de cualquier análisis erudito: el objetivismo, esto es, la confusión entre modelos teóricos de explicación (incluso fecundos) que el erudito elabora para dar cuenta de regularidades objetivas en los comportamientos, y las motivaciones que los agentes sociales en acción viven subjetivamente durante la huelga o la manifestación. Un enfoque así supone considerar el personaje del militante y del individuo que participa en una movilización desde otra realidad social diferente a la de una máquina de cálculo (Cf. capítulo VI).

CAPÍTULO IV

LA MOVILIZACIÓN DE LOS RECURSOS

Los años ‘70, dan lugar en los Estados Unidos al surgimiento de un nuevo marco analítico de los movimientos sociales: la teoría de la movilización de los recursos. El contexto político no es indiferente. Es el período del Movimiento: agitación de los campus, movimiento ne- gro, movilizaciones feministas y ecologistas. Como Gamson observa [1975], la irrupción de la historia imponía a los investigadores un ob- jeto de investigación y quienes participaban en esas luchas difícilmen- te podían encontrarse dentro del legado correspondiente a la collective behaviour, con su insistencia en el peso de las frustraciones y hasta de la dimensión patológica de las movilizaciones más conflictivas. Una re- novación de los interrogantes y de los conceptos progresará a través de los aportes fundadores de Oberschall [1973], Gamson [1975], Tilly [1976] y McCarthy y Zald [1977]. Desde los años ‘80, la “movilización de recursos” conquistará el estatus de marco teórico de referencia.

Los denominadores comunes

Sería imprudente subestimar la coherencia del paradigma de la movilización de los recursos. Por un lado, los trabajos asociados con es- ta etiqueta funcionan de hecho como un continuum que va desde el po- lo economista y tributario de Olson, a un análisis más preocupado por una consideración de variables históricas y sociológicas. De otro lado, el movimiento de la investigación suscita desplazamientos de proble- máticas y de objetos. Se puede sugerir la existencia de un proceso len- to de emancipación respecto a los enfoques económicos, de una cre- ciente atención hacia la dimensión política y a las significaciones vivi- das por los agentes en movilización. Hay cuatro series de referencias que pueden ayudar a despejar los grandes rasgos de este enfoque. La “movilización de los recursos” resulta ancha, pero redefine las fronteras de la acción colectiva. Rompe con la fascinación por las situa- ciones de la masa y de la movilización violenta propias del collective be-

70

La movilización de los recursos

haviour, con la prioridad que Olson da a las movilizaciones de retos di- rectamente materiales. Todas las formas de movimientos sociales se to- man en cuenta, y por ello, las de dimensiones ideológicas y políticas más explícitas, pero también los fenómenos de sectas y las cruzadas

morales. La movilización de los recursos desplaza definitivamente la cues- tión fundadora del análisis de los movimientos sociales. Ya no se trata, como en el modelo collective behaviour, de preguntarse: ¿por qué se mo- vilizan los grupos? sino ¿cómo se desencadena, se desarrolla y triunfa o fracasa la movilización? La posición de McCarthy y Zald [1977] pre- senta, por su propio radicalismo, el mérito de la claridad. Siempre hay en cualquier sociedad suficiente descontento como para originar mo- vilizaciones; y esos motivos de descontento pueden “definirlos, crearlos

y manipularlos empresarios de ‘causas’ y de organizaciones”. La cues-

tión correcta es, entonces, aprehender los determinantes de su apogeo

y de su rechazo. De este enfoque se desprende un acercamiento dinámico a los movimientos sociales, concebidos como un proceso de construcción de

una relación de fuerza y de sentido. En este modelo, los grupos (la cla-

se obrera, los militantes por los derechos civiles

no aparecen nunca

como datos u objetos reales, sino como construcciones sociales. Una cuestión central es entonces comprender lo que hace que un grupo “arraigue”, mientras que otros igual de plausibles (por ejemplo, los an- cianos o los televidentes) no logren existir como grupos de moviliza-

ción. “La movilización hace referencia al proceso de formación de las masas, de los grupos, de las asociaciones y organizaciones para satisfa- cer objetivos comunes. A menudo se forman unidades sociales durade- ras, con dirigentes, legalismos, identidades y objetivos comunes” [Oberschall, 1973, p. 102]. Desde esta problemática se desprende una atención central hacia la organización como un elemento que estructu- ra al grupo y reúne los recursos para la movilización. La teoría de la movilización de los recursos se construye también

a la sombra de la estatua del comendador Olson. Todos los trabajos ini-

ciales se plantean como prolongaciones de esta matriz y de las tentati- vas que pretenden responder a la famosa paradoja y a “sociologizar” al homo œconomicus con la introducción de la diversidad de las situacio- nes concretas de movilización en la problemática de la cátedra social. La noción esencial de recurso dice bastante de esta referencia a los con- ceptos económicos. El lugar que se da a la organización hace de ella la

)

Sociología de los movimientos sociales

71

herramienta básica de una empresa de protesta que reúne medios (a los militantes, el dinero, los expertos y el acceso a los medios de comuni- cación) para invertirlos de manera racional con el fin de llevar a cabo las reivindicaciones. Los progresos científicos que acumularán los in- vestigadores de esta corriente les permitirán liberarse gradualmente de esta tutela inicial, no con olvido del reto de Olson, sino tomándolo en serio para superarlo.

La filiación olsoniana

La teoría de la movilización de los recursos puede introducirse a partir de unos de sus clásicos tardíos. El enfoque de McCarthy y Zald [1977] presenta a la vez la ventaja de dar una brillante visibilidad a la herencia olsoniana y de hacer inteligible el proceso de excederla.

Los movimientos sociales como economía e “industria”

A primera vista, el modelo de McCarthy y Zald puede parecer en- durecedor de la lectura de Olson. El recurso a las analogías económicas ya no se limita a la explicación de las opciones individuales frente a las movilizaciones y a el léxico del mercado que coloniza todas las dimen- siones del movimiento social. ¿Qué es un movimiento social? “Un con- junto de opiniones y de creencias de una población, que representa preferencias para cambiar los componentes de la estructura social”. Es- ta noción económica de “preferencia”, remite a la imagen de una estruc- tura borrosa de peticiones y expectativas de cambio social, que requie- ren de un empresario para cristalizarse como movilizaciones. Y real- mente ese modelo describe las social movements organizations (SMO) en términos de una estructura de oferta que responde a esas preferen- cias difusas. La SMO equivale, funcionalmente, a la empresa en el mer- cado: “es una organización que identifica sus objetivos con las metas del movimiento social o de un contramovimiento y trata de satisfacer sus objetivos”. El conjunto de las SMO se orienta hacia una causa (por ejemplo, todas las organizaciones humanitarias) que constituye una ra- ma coherente, una social movement industry (SMI). Finalmente, el con- junto de las SMI constituye el social movement (SMS), del que podría- mos determinar el peso que tiene en la riqueza nacional, tal como sucede con la industria química o automotriz. El alcance del peso del SMS se analiza como una característica de las sociedades, donde se ase-

72

La movilización de los recursos

guran las necesidades materiales primarias (alimentación, vivienda) de lo esencial de la población y donde la acumulación de riquezas permi- te responder a demandas más “cualitativas”. El punto clave de este marco consiste en subrayar que el “movi- miento social” como expectativa más o menos formalizada de una cla- se de cambio nunca se moviliza plenamente y es un potencial de acción. Son entonces las SMO (a la vez, estructuras de oferta y motores de la movilización) las que impulsan las energías de la protesta. Las organi- zaciones que se encargan de un movimiento social son las instancias es- tratégicas donde las expectativas difusas se transforman en reivindica- ciones y se centralizan recursos de acción. Al referirse a los trabajos de los economistas de la “opción racional” (Buchanan, Downs, Tullock), McCarthy y Zald desarrollan una forma de teoría económica de la em- presa y del mercado que se aplica a las SMO. Subrayan la importancia de las estrategias publicitarias en la colecta de los fondos y el papel de auténticas “imágenes de marca” con las cuales estas organizaciones consolidan o pierden su credibilidad, como lo demostró, entre otras, las crisis financiera de la Cruz Roja francesa cuando fue cuestionada su gestión en los años ‘90. Este modelo analítico propuesto también insis- te en los efectos de la competencia que en un sector sustentador termi- na por multiplicarse en organizaciones cada vez más aisladas, como pa- rece ilustrarlo actualmente la fragmentación de las organizaciones mé- dicas humanitarias (Médicos sin Fronteras, Médicos del Mundo, Far- macéuticos sin Fronteras, Handicap (Discapacidad) international, CA- RE, etc.). Los fenómenos de profesionalización de las SMO también se enfatizan. De ello da fe la reciente evolución de Greenpeace, que desde hace tiempo dirige el ecologist manager (literalmente, administrador ecologista) Thilo Bode, quien ha logrado la cifra récord de 800 millo- nes de francos por recaudaciones en 1995, al racionalizar los métodos de colecta con un sistema de descuentos automáticos para los do- nantes.

Empresarios y “militantes morales”

Así presentada, la movilización de los recursos puede parecer una simple puja del modelo de Olson. Pero esto sería perder de vista una respuesta inédita que aporta a la paradoja olsoniana a través de una tipología de apoyos. La noción de los adherentes (término literalmente traducido del original francés para este contexto y que, hasta ahora,

Sociología de los movimientos sociales

73

correspondió a “afiliados”) toma aquí un sentido particular para desig- nar a las personas y organizaciones que “adhieren” a las reivindicacio- nes de una causa y simpatizan, por ejemplo, con la protección a los ani- males. Se distinguen de los “miembros activos” (constituents), quienes aportan a las SMO tiempo, dinero y apoyos concretos. Entre estos miembtos activos interviene una distinción más original. Unos sacarán provecho personal del éxito de la organización y se les designará como “beneficiarios potenciales”; tal sería el caso de los negros de Estados Unidos comprometidos con el movimiento de los derechos civiles; otros, sostienen la organización sin obtener de ella un beneficio direc- to y se les llama “los militantes morales”, por ejemplo, los estudiantes blancos que Doug McAdam estudia [1988], quienes, durante el verano de 1964, irán al Mississippi para contribuir con la campaña de empadronamiento de los negros en las listas electorales. La inyección de recursos militantes o financieros en beneficio de una causa que con- llevan esos militantes morales, aporta una respuesta empírica inédita a la paradoja de Olson. Estos recursos exteriores bajan los costos de la ac- ción colectiva para los grupos directamente involucrados y modifican en un sentido favorable el rendimiento de la participación. La historia del movimiento negro en los Estados Unidos ofrece muchos elementos para ilustrar dicha tesis. Su radicalización a fines de los años ‘60 y la aparición de grupos como las Black Panthers (Panteras Negras), que pasan de un discurso de los “derechos cívicos” a un discurso que “mez- cla la lucha de las clases y la de las razas”, suscitarán un sensible retiro de los apoyos financieros de los medios liberales blancos, lo cual deses- tabilizará las capacidades financieras de las organizaciones negras mo- deradas como la NAACP [McAdam, 1982]. El militante moral puede encarnarse en la figura específica del empresario de la protesta, (un auténtico seguidor de Schumpeter del movimiento social), sin poder encontrar un interés material inmedia- to en su compromiso. Este movimiento juega el papel de portavoz y or- ganizador de una SMO, que trae del exterior experiencia, redes de apo- yo y logística que ese grupo latente (por atomizado, desarmado cultu- ralmente y estigmatizado) no logra construir a partir de sus propios re- cursos. Figuras como Ralph Nader (para los consumidores estadouni- denses), Abad Pierre o el padre Wrezinski (para los sin casa), o las fa- milias del Cuarto Mundo sugieren que ese personaje puede ser algo di- ferente de una invención sociológica. ¿Cómo no subrayar también de paso la relación de primacía que mantiene este modelo sociológico con

74

La movilización de los recursos

el personaje del militante revolucionario, que trae del exterior la con-

ciencia crítica de la clase obrera en el modelo leninista

te, algunas sensibilidades sociológicas entre los responsables políticos?

La construcción teórica de McCarthy y Zald da mayor sistemati- zación y sofisticación al modelo olsoniano y encuentra una alternativa

a la explicación de la acción por medio de los incentivos selectivos.

También tropieza con una idéntica contradicción: los militantes mora-

les y los empresarios de la protesta esclarecen la resolución de la para- doja para provocar una nueva. Pues la teoría no dice lo que hace correr

y militar. El modelo de análisis económico debe apelar aquí a un deus

ex machina liberado de las trivialidades del cálculo de los rendimientos,

una verdadera antítesis del homo œconomicus, para resolver las parado- jas surgidas de la lógica económica. Claro que es posible considerar que los militantes morales encuentran “beneficios” y “gratificaciones” en el sentimiento de consagrarse a una causa justa, y que algunos adquieren celebridad y se vuelven asalariados del movimiento. Pero atarlos así a una explicación económica plantea tantos problemas como los resuel- ve, tal como se verá más adelante.

y forzosamen-

Sociologizar el marco teórico

Los escritos de Oberschall [1973] serán una verdadera prepara- ción de la exageración sociológica de la paradoja de Olson. Con una fórmula felizmente ambigua, Oberschall define su intención de “ensan- char” ese modelo olsoniano. Nada nos impide recordar que en francés este verbo (élargir) también designa la acción de liberar a un prisio- nero

Partir de la estructuración social

A partir del análisis de las formas de sociabilidad, intensidad y naturaleza de los vínculos que asocian entre sí a los miembros de un grupo o de una comunidad y que los relacionan con las diversas auto- ridades sociales, Oberschall introduce una materia social en modelos de análisis, a menudo más abstractos que teóricos. Su aporte se cons- truye al principio dentro de la crítica de las tesis relativa a la “sociedad de masas”. El análisis de los regímenes totalitarios había suscitado un conjunto de reflexiones centradas en la imagen de la desorganización social y de la atomización de los individuos que sería el terreno abona-

Sociología de los movimientos sociales

75

do para los movimientos totalitarios. Hannah Arendt [1951], que de paso apela solícitamente a Le Bon, describe a las masas así: “gentes, que debido simplemente a su cantidad, o por indiferencia, o bien por estas dos razones, no pueden integrarse en ninguna organización fundada

son extrañas a todas las ramificaciones so-

ciales y a cualquier representación política normal (

racterística de un hombre de masa es (

laciones sociales normales” (p. 32 y 39). En contra de estas explicacio- nes (ver también Kornhauser, [1959]), Oberschall subraya que la Ale- mania de Weimar no puede reducirse a una sociedad atomizada por la crisis de 1929. El país conserva, en cambio, una densa red de vínculos asociativos y de sociabilidades religiosas o profesionales. Pero, contra- riamente al modelo de la “red de pluralismo” en que las afiliaciones a diversos grupos voluntarios generan una mezcla social en iguales con- diciones (un obrero socialista puede jugar al fútbol en un club parro- quial y cantar con comerciantes en un coro), Weimar tiene como carac- terística la “segmentación superpuesta”. La pertenencia al SPD o al mundo católico asigna redes de sociabilidad que no se superponen, si- no que se encuentran entre sí en un tipo de coral o de club deportivo. Al apoyarse en los trabajos de los historiadores, Oberschall demuestra que los éxitos políticos de los nazis residen en la captación de una par- te de estas redes intercomunicadoras, en una movilización transmitida y estructurada por medio de vínculos de conocimiento recíproco y de solidaridad preexistentes. El sentido de este sinuoso trayecto está claro. Cualquier trabajo sobre los movimientos sociales implica partir de la estructura social y de las redes previas de solidaridad, ya que hasta un tipo de movilización que se presenta como típica de una sociedad en descomposición revela el peso de las estructuras sociales de solidari- dad.

el aislamiento y la falta de “re-

sobre el interés común (

). La principal ca-

)

)

Oberschall desarrolla entonces, una cartografía social original. Una primera variable (la vertical en el cuadro), concierne a los víncu- los entre el grupo que se estudia y los otros elementos de la sociedad en cuestión, especialmente, los grupos e instituciones titulares de una po- sición de influencia o de poder. Un grupo está integrado cuando dispo- ne de conexiones estables que le dan la oportunidad de hacerse oír por las autoridades superiores (mecanismos de representación, clientelis- mo, etc.). Un grupo está en situación segmentada cuando no dispone de tales relevos y se encuentra aislada en relación a los otros grupos y a

76

La movilización de los recursos

los centros de poder. Los sentimientos de opresión y control exterior sobre la comunidad tienen, entonces, la oportunidad de experimentar- se con mayor fuerza. Una segunda serie de variables (eje horizontal) concierne a la naturaleza de los vínculos dentro del grupo analizado. Y el modelo retoma entonces la pareja comunidad/sociedad. En el primer caso, una organización tradicional, estructura fuertemente la vida co- mún y ordena en ella todas las dimensiones de la vida social (la tribu, la comunidad tradicional de la aldea o el pueblo). En el segundo caso, una estratificación social más compleja se acompaña de la existencia de una red de grupos y asociaciones de toda naturaleza (religiosa, depor- tiva, cultural, política). En tercer lugar están los grupos débilmente or- ganizados, que no pueden disponer de ninguno de estos principios fe- derativos. Se puede soñar en el caso extremo de los grupos muy domi- nados o estigmatizados (vagabundos y prostitutas), en el conjunto de las situaciones en las que se desecha lo comunitario sin que se hayan cristalizado aún las estructuras asociativas voluntarias. El juego de las dos variables da una tipología a tales situaciones.

LA TIPOLOGÍA DE OBERSCHALL

 

Vínculos dentro del grupo

Vínculos con los grupos superiores y los poderes

Modelo

Poca

Modelo

comunitario

organización

asociativo

Integrado

A

B

C

Segmentado

D

E

F

Estructura social y movimientos sociales

El modelo desemboca en un instrumento de lectura de las formas y potenciales de los movimientos sociales. En la primera línea horizon- tal, la existencia de conexiones en los grupos superiores y los poderes garantiza una forma de relevo de las reivindicaciones, sea porque el grupo dispone de portavoces “naturales”, en el caso A (el jefe de la al- dea, el pueblo, o un miembro de la nobleza en la Inglaterra del siglo XVII), sea porque las organizaciones existentes (sindicatos y cámaras de comercio) dan un potencial de movilización (aunque también de bloqueo si no cambian el descontento) en el caso C. El caso B, marca- do por la debilidad de los vínculos internos del grupo, la lucha indivi- dual por la promoción, hace posible la elección del clientelismo y has-

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ta del bandolerismo al servicio de un patrón (los modelos mafiosos de las sociedades rurales del sur de Italia). En la línea horizontal inferior, la ausencia de relevos institucionalizados exige movilizaciones más fuertes para hacerse oír por las autoridades. En el caso D, la dimensión comunitaria hace posible movilizaciones rápidas y enérgicas cuando el grupo se siente amenazado. Oberschall cita aquí el movimiento Mau- Mau en la Kenya colonizada. El caso E presenta las situaciones más ex- plosivas. La débil integración grupal unida a su débil organización acu- mulan obstáculos durante la movilización. Cuando advienen, a menu- do son breves y violentas y débilmente organizadas por falta de dirigen- tes: las revueltas frumentarias del siglo XVIII y las insurrecciones en los guetos estadounidenses, durante los años ‘60. También se sugerirá que estas situaciones son las que ofrecen un espacio a empresarios de la protesta externos al grupo. El modelo F se parece al anterior, pero las formas de los movimientos sociales varían mucho (los movimientos de liberación nacional milenaristas) según el grado de cristalización de las redes asociativas y el surgimiento de dirigentes y organizaciones aptos para formular programas. La enseñanza más clara de estos análisis de Oberschall consiste claramente en subrayar el peso de los datos referentes a la estructura- ción social y a las redes de solidaridad y con ello ayuda a explicitar la no- ción de movilización de los recursos. El peso de un grupo en un movi- miento social depende de un capital de medios, de “recursos”. Estos pue- den provenir preferentemente de “la masa”, del grupo (número, poder económico, intensidad de los vínculos objetivos), de la fuerza de su sen- timiento de identidad (aquí se encuentra la cuestión de conciencia de constituir un “nosotros”, una “clase por sí misma”). Los recursos pue- den, incluso, designar una capacidad de acción estratégica (poder de perjuicio grupal, capacidad para producir un discurso de legitimación que tener acogida social y perspicacia táctica de los dirigentes). Final- mente, los recursos se refieren a la intensidad y la variedad de las cone- xiones existentes en los centros sociales de decisión. A decir verdad, es vano querer cerrar la infinita lista de los recur- sos que sólo existen relacionalmente en un contexto concreto de inter- dependencias. Su cotización varía según las configuraciones de conflic- to. Para un Estado mayor sindical, la habilidad para relacionarse con los medios de comunicación es secundaria en 1950 y estratégica en el 2000. Los recursos sólo son un potencial que hay que activar y movilizar (mi- litarmente) cuando se busca una acción estratégica en torno a las orga-

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nizaciones o de los dirigentes. Oberschall subraya en qué medida éstos últimos, a menudo, manifiestan propiedades sociales atípicas para su medio, particularmente en términos de nivel de instrucción. La dimen- sión dinámica de las movilizaciones también tiene por efecto crear au- ténticas carreras de dirigencia, por profesionalización y fascinación ha- cia las satisfacciones que proporciona el poder. Pero también, de una forma más limitada: cuando los compromisos militantes son una de las únicas promociones abiertas a los dominados cuando el militantismo obliga a franquear puntos sin vuelta atrás al prohibir el acceso a ciertas profesiones y también al afirmar una identidad de portavoz que no puede abandonarse sin tener que renegar de toda una existencia.

El aporte de una sociología histórica

Tilly [1976] presenta la obra más acabada de la primera genera- ción de los trabajos de la “movilización de los recursos”. Los grandes marcos analíticos que despliega no rompen fundamentalmente con el modelo de Oberschall. De una manera ya clásica, Tilly analiza las con- diciones sociales de la movilización. ¿Qué conciencia de sus intereses tiene un grupo? ¿Qué formas de solidaridad le hacen mantenerse? ¿Qué estrategias despliega? ¿Cómo puede favorecer o inhibir la protesta el contexto macrosocial? Pero, si la mayoría de las preguntas son clásicas, hay varias respuestas innovadoras porque afinan la reflexión sobre la sociabilidad, las estrategias y la política y toman en cuenta su larga du- ración.

La variable “organización”: de la logística a la sociabilidad

En la obra de Tilly, la primera ruptura tiene que ver con la noción de organización. ¿Qué significa el hecho de que una causa o un grupo esté “organizado”? McCarthy y Zald proponen ante todo una concep- ción que podríamos llamar logística. “Estar organizado” se refiere a dis- poner de empresarios de la protesta, de una estructura (una asociación, un sindicato, etc.) que agrupa recursos y define objetivos y estrategias. El enfoque de Oberschall combinaba una consideración de los víncu- los internos en el grupo. Tilly coloca la sociabilidad en el corazón de la definición del grupo organizado. Hay dos variables para definir una or- ganización. La netness (término del original inglés que viene de net, una red de intercomunicación) se refiere a la red de las sociabilidades

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voluntarias. Los agentes sociales son los arquitectos de estas formas de sociabilidad que funcionan en base a una lógica electiva. La masa de un estadio encarna el grado cero de anulabilidad y la asociación en una forma elevada, por voluntaria. Tanto más elevada cuando esta coope- ración voluntaria imprime su marca a facetas importantes de la vida cotidiana. La catness (término formado a partir de category) designa, por contraste, las identidades categoriales a las que se asigna a las perso- nas por medio de las propiedades objetivas. Ser mujer, ser negro o ser ecuatoriano son categorías no elegidas. Esta observación vale amplia- mente para las situaciones profesionales. Una identidad obrera o la ca- tegoría de politécnico no se modifican tan fácilmente como la perte- nencia a un club de enología. Estos dos campos de la sociabilidad se combinan en el término catnet (catness + netness). Esta será muy fuer- te si las dos variables convergen allí donde, dentro del partido socialde- mócrata alemán (SPD) de Kautsky o del partido comunista francés (PCF) de Thorez, por ejemplo, una fuerte identidad obrera se asocia con la sociabilidad voluntaria de los sindicatos, las asociaciones y los clubes de jóvenes. La catnet puede ser débil cuando la sociabilidad ama- ble, asociativa y lúdica se disocia ampliamente del universo del grupo categorial. La hipótesis general de Tilly consiste en sugerir que un gru- po está mejor “organizado” para defender lo que percibe como sus in- tereses cuanto más se caracteriza por una fuerte catnet.

El declive de un sistema de catnet

La evolución del mundo de los maestros de primaria franceses ofre- cen un terreno pertinente para hacer funcionar las hipótesis de Tilly. El mo- delo de “los húsares negros de la República” deja ver un alto índice de cat- net (Jacques Ozouf, Nous les maîtres d’école, Gallimard, 1973). Estos maestros interiorizan una fuerte identidad pofesional al socializarse en es- cuelas normales cuyo funcionamiento conlleva parecidos con las “institu- ciones totales” (el internado, la disciplina y la referencia a una misión). De- sarrollan también una intensa sociabilidad voluntaria (netness) centrada en el grupo profesional. La importancia de los matrimonios entre miem- bros de esta profesión, el desarrollo de cooperativas y de asociaciones de mutualidad y la inversión en las asociaciones culturales, agrupaciones lai- cas y organizaciones de jóvenes, nos dan un ejemplo de ello, de igual mo- do que la considerable presencia dentro de la SFIO del Partido Socialista Francés. Este fuerte catnet se manifiesta en el alto índice de sindicalización

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dentro del sindicato nacional de los maestros de escuela y una gran fuer- za de movilización. La crisis del sindicalismo de estos maestros alcanza su apogeo en los años ‘80, y puede interpretarse, en parte, como el contragolpe de una ero- sión del catnet. El funcionamiento de las escuelas normales (que pierden el monopolio del reclutamiento) tiende a aproximarse al de los segmentos ordinarios del mundo universitario. La devaluación del estatus del maestro de escuela produce un debilitamiento de la identidad profesional, que se acentúa en la entrada a las escuelas normales de estudiantes que ingresan en ellas por una opción negativa (imposibilidad de acceder a su verdadera opción) antes del fin del primer ciclo y, posteriormente, de los titulares del segundo y el tercer ciclo, que encuentran allí un concurso-refugio. La am- pliación de la gama de reclutamiento social y el crecimiento del porcenta- je de maestras de escuela casadas con extraños del mundo de la enseñan- za o del sector público igualmente reducirán el catnet. Todos estos facto- res contribuyen a la baja de la sindicalización, a que se presenten relacio- nes con un aspecto más consumista en las asociaciones de este medio, y al surgimiento de modos inéditos de movilización como son las coordina- ciones; también, van contra el SNI, que simboliza el estado anterior de ese medio.

FUENTE: GEAY [1991]

Estrategias

Otro aporte importante de Tilly tiene que ver con las aclaraciones que proporciona acerca de la dinámica de los enfrentamientos dentro de los movimientos sociales. A continuación nos detenemos en tres de dichos aportes. Tilly subraya, en primer lugar, el hecho de que la forma en la cual los agentes sociales determinan una estrategia no es el efecto de una disposición hereditaria al cálculo racional. El autor reconstruye la gé- nesis de estas actitudes a través de los progresos de las lógicas del mer- cado, de la burocracia y del contrato y sus efectos sobre las culturas y las mentalidades; y ésto ayuda a comprender cómo pudieron evolucio- nar concretamente disposiciones que pueden identificarse con las del Homo œconomicus. Tilly también recalca que los agentes en moviliza- ción no se sujetan nunca a un solo tipo de racionalidad. El modelo ol- soniano de los agentes que no tienen la intención de gastar más recur- sos de las ganancias que esperan es para ese autor un simple caso sim- bólico. De hecho, hay una gama de estrategias provenientes de los mo- delos culturales que pesan en lo que los jugadores de una movilización

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aceptan apostar, y de la naturaleza de los bienes colectivos que desean. Algunos bienes, como la independencia nacional y el reconocimiento de la dignidad pueden suscitar comportamientos de fanáticos (en in- glés, zealots) dispuestos a soportar costos de acción colectiva aparente- mente prohibidos respecto de una evaluación material del bien que se pretende. Los modelos teóricos desarrollados insisten también fuertemente en la consideración del particularismo de cada movilización. No existe un “movimiento social” abstracto, sino manifestaciones campesinas con fecha y huelgas de agentes fiscales. Una misma intensidad de mo- vilización origina efectos distintos en un periodo preelectoral. Los po- deres públicos “aceptan” desigualmente a los grupos y formas de ac- ción. Las violencias de los campesinos o comerciantes se reprimen me- nos que las de los estudiantes; es menos fácil actuar contra la opinión de las enfermeras que contra la de jóvenes inmigrantes desempleados. La dimensión de las representaciones y percepciones constituye tam- bién un elemento fuerte (y no económico) de las estrategias. Finalmente, Tilly insiste en el componente político de los movi- mientos sociales. Insiste en la división fundamental entre grupos de participantes que disponen de un acceso de rutina a los centros de de- cisión política; y los challengers (sic), cercanos a los “segmentados” de Oberschall. Pero aquí se presenta además un elemento dinamizador:

Tilly subraya que en la sociedad organizada políticamente, la polity nunca se estanca. Los challengers pueden agruparse y construir alianzas con los participantes en posición de inferioridad, y acceder así a los cen- tros de decisión. Así lo ilustra el reconocimiento tardío por parte de un gobierno socialista francés de la representatividad de la Confederación campesina, fruto de las movilizaciones y los resultados electorales del movimiento y de la preocupación de la izquierda por liberarse del en- frentamiento con el bloque sindical conservador de la FNSEA-CNJA.

La dimensión de la larga duración

El historiador Tilly reintegra finalmente la larga duración en el análisis de los movimientos sociales. El partido que toma por las com- paraciones sistemáticas repartidas durante varios siglos [1986] le per- mite comprender las evoluciones lentas y las rupturas que oculta la atención única al presente. La presentación de la noción de repertorio ya permitió una comprensión de este aspecto. Si bien los repertorios