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PLENITUD VS.

PRODUCTIVIDAD

Últimamente he comenzado a preguntarme, como lo hace todo el mundo en diversas


ocasiones a lo largo de la vida, ¿para qué estamos aquí?, ¿qué es exactamente lo que
buscamos?, ¿existe la felicidad?, ¿cuál es el fin?, ¿cuál el medio?… Podríamos extendernos
infinitamente enumerando las distintas dudas existenciales que atacan de vez en cuando al
hombre.

Concretamente, mis interrogantes se han enfocado en dos aspectos tan básicos como
imprescindibles de la vida de todo ser humano, mismos que actualmente parecen estar en
guerra y amenazan con negarse la tregua: la plenitud interna y la productividad. Ambas son
imprescindibles, sin embargo creo que se ha perdido la noción del sano equilibrio entre
ellas.

Comencemos con unas cuantas líneas sobre eso que llamo plenitud interna. Todo ser
humano busca la paz y tranquilidad en su vida como un todo (familiar, social, laboral,
económica, etc.) Parte fundamental de nuestro transcurso por el mundo, son esos pequeños
momentos en que podemos disfrutar de nosotros mismos; sacar de nuestra mente cualquier
idea o pensamiento externo y sumirnos en la introspección; meditar sobre algún aspecto
concreto de nuestra personalidad, de nuestros actos; o simplemente permanecer en silencio
contemplando el muro que se eleva frente a nosotros, sin pensar en nada.

Un segundo componente de la mencionada plenitud, son los planes y metas


personales que nos fijamos: casarnos, viajar, escribir un libro, etc., y que nos motivan cada
día a luchar por ellos

Igualmente importante es el tiempo que podemos dedicarle a nuestra familia,


nuestros amigos, incluso a nuestras mascotas. Todos estos instantes, en mi opinión,
constituyen pequeños ladrillos que vamos añadiendo a esa felicidad que todos tratamos de
construir, tarea que cada vez resulta más difícil por una razón muy simple: el trabajo nos
absorbe.

Es aquí donde hace su aparición el segundo elemento de esta breve reflexión: la


productividad. Sin duda alguna, el ser humano necesita tener estudios, una profesión, un
trabajo, ser especialista en… algo. De otro modo, o eso dicen, ¿qué puede esperar de la
vida?, ¿qué piensa lograr?

Las expectativas que tenemos -o tienen los demás- sobre nosotros mismos y nuestro
futuro, y las metas personales que nos hemos impuesto, aunadas a la excesiva
competitividad que se vive en estos días en el campo laboral, nos crean una ansiedad y
desesperación desproporcionadas por conseguir, desde temprana edad, una estabilidad
económica que no tenían siquiera nuestros padres cuando se casaron, un alto puesto
corporativo o un sueldo mucho más que suficiente. Todos estos, deseos y aspiraciones
legítimas y honorables.

Está bien pero, como todo en la vida, lograr lo anterior tiene un precio. Podríamos
pensar en primer lugar en el esfuerzo, la dedicación, la preparación. De acuerdo.
Desgraciadamente, eso es ya lo de menos. Lo que se exige de nuestra parte va mucho,
mucho más allá. Ya no se trata de hacer las cosas como debe ser ni de esforzarse: sin
resultados, nada vale; ya no importa si tenemos una esposa o un marido, un familiar
enfermo, un hijo con problemas… No, el trabajo es primero.

No quiero aparentar que subestimo el sentido de la responsabilidad y el


compromiso, ambos son valores que deben inculcarse y cultivarse tanto en nosotros
mismos como en las generaciones futuras. El problema surge cuando se ha perdido por
completo la proporción y valor real de las cosas, minimizando el factor humano. No
importa qué tan capaces seamos de trabajar como máquinas: de sol a sol, sin dormir, sin
comer, aislados en nuestra oficina… la naturaleza humana sigue estando ahí.

No podemos negar que tenemos una familia, tal vez una pareja, amigos y, sobre
todo, a nosotros mismos. Conocerlos y mantener una verdadera relación con todos ellos es
tan importante como mantener un trabajo y requiere, si no más, al menos del mismo
esfuerzo que éste: el ser humano es más complejo que cualquier negocio, juicio u
operación; pero todo esto tiene una compensación económica, lo que no sucede en las
relaciones interpersonales, al hacer un favor, estar ahí para un amigo o platicar con nosotros
mismos. Lo más triste es que, por esta razón, muchos consideren lo anterior como una
pérdida de tiempo y dinero. Regresamos a nuestro punto: el trabajo es primero.

Igualmente, debido a la necesidad de “comer”, buscamos un ascenso o un aumento


en nuestro trabajo, sin darnos cuenta de que en realidad nunca tenemos menos tiempo.
Pasamos aproximadamente 20 años de nuestra vida estudiando, excluyendo los estudios de
postgrado o especialización; durante los siguientes 30 ó 40 años pasaremos el 90% del día
trabajando, con la única excepción de las pocas horas que empleamos en dormir y
transportarnos.

¿Significa pues, que en el momento que consiga un trabajo, puedo comenzar, no sin
algo de auto-terapia, a olvidarme de los domingos familiares, la siesta vespertina, el viernes
con los amigos… para siempre?

Así, vamos dejando del lado nuestras metas, siempre esperando el momento ideal,
aquél en que tengamos tiempo, en que tengamos más dinero, ese momento que llegará “en
cuanto cierre este negocio” o “en mis próximas vacaciones”. El argumento de aquéllas
personas que se identifican con este modelo de vida es que están “construyendo” su futuro
o el de sus hijos, trabajando para poder darle lo mejor a su familia en el momento en que la
tengan; yo me pregunto ¿cuándo tendrán tiempo para formarla? Lamento verme obligada a
sostener que dicho momento ideal nunca llega. El momento ideal lo hacemos nosotros, lo
buscamos.

Como mencioné anteriormente, no se trata de olvidar el trabajo o darle prioridad a


una pequeña contingencia o a un viaje de fin de semana con los amigos, sobre aquél. No, se
trata de equilibrar nuestra vida. Honestamente y muy en lo personal, me rehúso y me resisto
con todas mis fuerzas a creer que para lo único que estamos parados en este planeta es para
trabajar, trabajar y trabajar; para ser personas productivas y “de bien” hasta que cumplimos
60 años y nos tenemos que jubilar… y en ese momento ¿qué es lo que haremos? ¿Empezar
a construir una relación familiar con esa gente que vive con nosotros pero que en realidad
no conocemos? ¿Llamar a nuestros amigos de juventud para empezar a frecuentarlos como
lo hacíamos 30 años antes?

Tal vez en ese momento podamos sentirnos orgullosos de haber sido siempre
personas responsables y trabajadoras; de que ni nosotros ni nuestras familias hayamos
tenido nunca, gracias a eso, ninguna carencia; de que cuando ya no estemos dejemos una
grandiosa herencia. Yo lo estaría, pero creo que en ese momento, teniendo ya ese tiempo
que antes ocupaba mi trabajo -aunque no sé si las ganas- de estar conmigo misma, no
podría evitar preguntarme o imaginarme: ¿qué pasó con mis planes de viajar?, ¿cómo es
que tengo ya 60 años y nunca salté en paracaídas?, ¿cómo se llamaba, de qué murió y
cuándo, ese perro que tanto quise de joven?, ¿qué habrá pasado con mi mejor amiga con la
que perdí comunicación hace tantos años porque nunca tuve tiempo?

Busquemos pues el equilibrio en nuestras vidas: si trabajas 15 horas diarias y no


necesitas nada más para sentirte pleno y orgulloso de ti mismo, detente y trata de recordar
tus sueños de hace un año ¿ya los cumpliste?, ¿por qué? No olvidemos que somos seres
humanos con sentimientos, sueños, frustraciones, cualidades, virtudes, fortalezas y
debilidades, rodeados de gente que nos quiere y se preocupa por nosotros; no olvidemos
que la vida nos ha dado muchas cosas además de un buen empleo; tratemos pues de dar
algo a cambio, algo más allá de nuestra aportación al PIB y a una cuenta bancaria que
nunca será suficiente.

Tratemos de difundir y fomentar los valores humanos. Como patrones consideremos


a nuestros subordinados como personas, no como máquinas, seamos más comprensivos.
Como padres, entendamos que nuestros hijos necesitan más a menudo una palabra de
aliento, o una conversación intrascendente con nosotros, que el dinero y el coche para llevar
a su novia al cine, y el orgullo de decir que su padre es el más alto directivo de esa empresa
tan importante.

Vivamos pues, el presente; si bien es cierto que uno cosecha lo que ha sembrado,
también lo es que no sabemos si estaremos aquí para ver la cosecha, ni si habrá alguien que
la recoja por nosotros.

En este orden de ideas, creo oportuno terminar mi reflexión con aquélla frase que
nos dice que no dejemos para mañana lo que podemos hacer hoy; recordemos que la vida es
lo que pasa mientras nosotros estamos ocupados haciendo otras cosas. No dejemos que
pase…

You don’t let another year of your life passing without you being what you were
meant to be.