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CONCIENCIA AMERICANA Y PRAXIS COMO CATEGORIAS DE ANALISIS

EN EL CONTEXTO DE LA FILOSOFÍA LATINOAMERICANA DESDE EL PENSAMIENTO DE


LEOPOLDO ZEA.

JONATHAN PIEDRA ALEGRÍA.

Dentro de los debates más recientes parece haber una cierta unanimidad; existe
una filosofía Latinoamericana (cf. Salazar Bondy)1. Sea cual sea la postura que se tome
para llegar a esta conclusión, la filosofía latinoamericana no se pone en duda. La
contrariedad radica en saber el contenido de esta filosofía. Este problema se plantea
desde una doble vertiente de carácter epistemológico: ¿Es latinoamericana por ser el
sujeto productor de la misma nativo de Latinoamérica? O por el contrario ¿es
latinoamericana por su objeto de estudio, es decir, por tratar tópicos latinoamericanos?
Algunos autores optan por la primera opción, cuando mencionan que no hay temas
propiamente filosóficos, y lo que le da este carácter a un tópico, es su tratamiento. Y, si
además, agregamos que la persona que trata filosóficamente un tema, es
latinoamericano, es decir esta ubicado en un cierto espacio social, político y económico,
la filosofía es Latinoamérica por añadidura, porque es imposible separar la producción
de un individuo de su contexto.

Otros creen que es más valedera la segunda hipótesis, puesto que hay temas
propiamente de nuestra América, temas urgentes que necesitan ser tratados de manera
inmediata. Mencionar algunos ejemplos de estos, estaría de más, puesto que este no es
el tema de este ensayo.

Para Leopoldo Zea (1912-2004), estos no son temas que deban recibir gran
consideración, porque lo que es realmente importante es solamente filosofar, filosofar
sin más como él menciona. Para este trabajo pretendo hacer un recorrido sintético por
algunas ideas fundamentales de este insigne pensador.

Pues bien, dejando a un lado las dos preguntas del inicio, Zea se pregunta más bien si en
realidad hacemos una verdadera filosofía. Y por qué es que tenemos tanta necesidad de
reconocimiento de algo llamado filosofía latinoamericana. Para dar solución a esto, el
filósofo mexicano parte de los grandes sistemas filosóficos.

“Los grandes filósofos nos enseña la historia de la filosofía, se han


puesto simplemente a filosofar, sin más. Esto es, se han puesto a resolver una
serie de problemas que su circunstancia les reclamaba. Las soluciones que
ofrecieron fueron filosóficas, como lo fueron los problemas, por su afán de dar a
éstos soluciones de validez permanente” Y prosigue, “para los filósofos nunca
fue un problema la originalidad de estas soluciones. Filosofaban pura y
simplemente. Nunca un filósofo griego habló de una filosofía griega, ni un
francés de una filosofía francesa, ni un alemán de una filosofía alemana. Su
filosofar trascendía todas estas limitaciones espaciales y temporales. Lo griego,
lo francés y lo alemán de su filosofía les fue dado por añadidura, sin que lo

1
Según este filosofo la inautenticidad de la “filosofía latinoamericana” se “enraiza en nuestra condición
de países subdesarrollados y dominados. La superación de esta filosofía, está, así, íntimamente ligada a la
superación del subdesarrollo y la dominación, de tal manera que si puede haber una filosofía autentica,
ella ha de ser fruto de este cambio histórico trascendental” (1968: 125)
hubiesen pretendido, se les dio a pesar suyo. Más que lo griego, lo francés y lo
alemán se les dio lo humano con todo lo que esto significa. ¿Por qué entonces
los americanos hablamos sobre la posibilidad y aun la necesidad de una filosofía
que podamos considerar como propia?” (1972: 6-7).

Si nos detenemos un momento para considerar esto, podríamos preguntarnos ¿cual es la


característica principal de toda filosofía? Si releemos el pasaje anterior, podemos notar
que la clave se encuentra en el compromiso del filósofo frente a su realidad, frente a sus
condiciones. Y este es el aspecto que más recalca Leopoldo Zea. El filósofo
latinoamericano debe preocuparse por filosofar y no por hacer filosofía. Debe dejar de
pensar queriendo coincidir con aquello que se ha llamado filosofía, porque el inevitable
resultado será un repetición sin sentido (en el mejor caso), y todo lo que producirá será
solamente una forma sin sentido, totalmente apartada de la realidad latinoamericana. Si
buscamos producir filosofía universal olvidándonos de los problemas concretos, lo
único que realizaremos serán “reflejos de vidas ajenas” que precisamente por ser ajenas
están destinadas a ser inaplicables o rotundos fracasos.

Para crear una verdadera filosofía debemos dejar atrás el miedo de innovar o que
nuestras propuestas resulten originales. Pero para esto debemos enfocarnos simplemente
en buscar alguna solución a los problemas que se nos presentan como inmediatos.
Tenemos que preocuparnos por encontrar alguna solución a estos problemas. Sin
embargo, esto puede contener una trampa, por que nos podría hacer pensar que nuestra
meta será la de producir una filosofía original que se presente como contrapuesta a los
anteriores sistemas europeos. Pero esta no es la idea. “La misión de las nuevas
generaciones no ha de proponerse una filosofía “original”, sino lograr un tratamiento
riguroso en filosofía y acceder a un pleno profesionalismo. Y esta sería la vía para
lograr, sin proponérselo, una filosofía “latinoamericana”. Que el camino a la
originalidad en la filosofía no pasa por la peculiaridad sino por la hondura y el rigor del
pensamiento” (Villoro en Zea, 1980: 67)

Cuando realicemos esto, notaremos que las soluciones que brindemos se nos darán
como universales. Porque los problemas americanos al ser problemas que afectan a los
seres humanos, se presentaran como universalizables. Ya que a pesar de que nos
basemos en hechos concretos, siempre la naturaleza de los mismos hará que se
presenten como de vocación universal. El ser humano se nos presentará como un valor
universal. Esto puede contrastar con el carácter circunstancial de la filosofía, pero no
debemos olvidar que los límites de toda filosofía se encuentran en la misma finitud de
su creador. Aún así esto no le resta importancia, porque el ser humano (como universal)
se nos presenta como el tema más importante. La filosofía no debe ser juzgada por lo
local de sus resultados, sino por la amplitud de sus anhelos.

Para que realicemos verdadera filosofía, debemos ser concientes de nuestro pasado,
tenemos que integrar nuestra identidad, nuestra cultura. Pero realizar algo así se nos
presenta como una labor un poco difícil, porque en general, los latinoamericanos
tenemos un gran menosprecio por lo que es nuestro. No es coincidencia que Zea
mencione que “nosotros los americanos partimos del prejuicio de que todo lo hecho por
los nuestros en los mismos campos sólo es una mala imitación de lo realizado por los
europeos o, lo que puede ser peor, un conjunto de disparates y absurdos, producto de
nuestra calenturienta mente tropical. (1972: 6) Y es por este menosprecio que nos
hemos dedicado a copiar y en imitar los que se produce en otras zonas.
Este menosprecio por lo autóctono y nuestra tendencia a imitar, es lo que produce una
percepción (y hasta un sentimiento quizá) de que somos incapaces frente a los europeos
o frente a la América gringa. Nos sentimos como seres incapaces de producir algo que
sea como lo Europeo o lo gringo, nuestra cultura es incompetente para grandes cosas, y
tomamos como modelo a Alemania o los Estados Unidos (por mencionar algunos
ejemplos). La única salida es reproducir acríticamente el camino seguido por estos
países. Esta impresión nos crea una dependencia intelectual y a su vez lograr perpetuar
con más fuerza esta imagen negativa de nosotros mismos. Es por eso que pensamos que
nuestra filosofía es solo una mala copia. Empero, tampoco debemos reaccionar,
separando radicalmente todo lo europeo de lo latinoamericano, por que nos guste o no,
nuestra identidad está marcada por lo europeo, comenzando por el idioma, siguiendo
por la religión y otras tantas cosas más. Es imposible no utilizar algunos preceptos de
otros sistemas filosóficos, ya que los grandes sistemas europeos han influido
notablemente en nosotros. Pero lo que no debemos hacer es realizar copias idénticas
(aunque de hecho sea imposible) y descontextualizadas de esos sistemas. De lo que se
trata es de asimilar lo útil, de aplicar lo válido y, a partir de eso construir. Según Zea
“Nuestra filosofía si la vemos desde este aspecto, resultaría una filosofía comprometida
con su realidad. Y, por comprometida, poco o nada preocupada por ajustarse a los
cánones de la estricta filosofía…” (1980: 67)

Para esto es necesario, olvidar esa supuesta insuficiencia cultural e intelectual. Lo


primero que debemos hacer es emanciparnos de esa dependencia intelectual que nos
aliena aún más de lo que ya estamos. Dejar de comparar lo nuestro con lo europeo (o lo
gringo). Desechar aquel modelo por el que negamos nuestra cultura intentando ser algo
ajeno. Debemos dejar de “Ser como otros para ser sí mismo” (O „Gorman en Zea. 1991:
131)

Un primer paso para esto, es empezar a revalorizar lo propio. Tomar conciencia de


nuestra historia, de nuestra realidad y trabajar sobre ellas. Adquirir una comprensión
histórica que nos permita ver a través de nuestros propios ojos. “Conociendo nuestra
situación –dice Zea- podremos confrontar nuestra silueta con la que dibujan otras
culturas” (1972: 34). Es necesario conocer plenamente nuestra situación para poder
superarla. Mientras no asimilemos nuestra historia y la veamos como algo distante
estaremos condenados a repetir nuestros errores.

Es por esto que no nos encontramos a nosotros mismos y si “no nos encontramos a
nosotros mismos porque no nos hemos querido buscar. Y es que nos consideramos
demasiado poco, no sabemos valorarnos. Esta falta de valoración hace que no nos
atrevamos a realizar nada por sí mismos. Nos hace falta. Nos hace falta la marca de la
fábrica extranjera. No nos atrevemos a crear por miedo al ridículo. El ridículo que solo
siente el que se siente inferior, ha estorbado nuestra capacidad de creación. Tememos
destacarnos porque no queremos equivocarnos. Y no queremos equivocarnos porque
nos sentimos ridículos, inferiores. De aquí que solo nos atrevamos a imitar. Nuestro
pasado también nos parece ridículo, por ello lo negamos, lo ocultamos o lo disfrazamos.
No queremos contar con él. No queremos recordar nuestras experiencias, preferimos las
experiencias ajenas.” (1972: 41)

El problema no se encuentra, por lo tanto, en los demás como en nosotros mismos.


Siempre queremos encontrar las respuestas sin esfuerzo alguno, es más fácil encontrar
la solución en otra latitud que en la nuestra. Crear nuestras propias soluciones se ve
como algo sumamente difícil, sino es que imposible. Y si no empezamos a reconocernos
e intentamos crear por nuestra cuenta, ¿qué historia podríamos tener? Tenemos que
dejar de creernos inferiores e incapaces y comenzar a confiar más en nosotros mismos, a
confiar más en muestra América. Comenzar a ver por nuestros propios ojos, nuestros
propios problemas, y enfrentarlos desde nuestra realidad. Nada más simple y
complicado al mismo tiempo.

I. FILOSOFÍA LATINOAMERICANA COMO ORTOPRAXIS (FACTA, NON VERBA)

Teniendo en cuenta lo anterior, no es de extrañar el camino práctico que ha seguido


la filosofía latinoamericana. Esta no se preocupa en crear elaborados sistemas
metafísicos, sino que tiende a preguntar por lo concreto, por lo inmediato. “No preocupa
a nuestros pensadores, filósofos y ensayistas de lo americano lo universal, sino lo
concreto; lo que caracteriza a la cultura americana, lo propio del hombre americano”
(1991: 139). Esta filosofía se enfoca a la resolución de los problemas de la realidad
concreta. Aunque esto no es un elemento que pueda llamarse original, si es por lo
demás, característico. El filósofo latinoamericano encuentra en su entorno una serie de
situaciones que necesitan una resolución inmediata, no tiene tiempo de meditar
largamente sobre los sucesos. La relación entre pensamiento y actuar es mucho más
expedita. Es una filosofía que cada vez se vuelve más conciente de su problemática, una
filosofía que se pone cada vez más al corriente de su relación con lo humano en su
ámbito concreto (pero a la vez universal). En este sentido podríamos decir que la
filosofía latinoamericana se caracteriza por la praxis, o más bien por la ortopraxis
(práctica correcta). Es decir la filosofía latinoamericana tiende a un fin práctico, sin caer
en pragmatismos ingenuos. En este momento resulta necesario aclarar que esto no
implica un menosprecio por la teoría, sino solo una prevalencia de la práctica (que
puede o debe estar acompañada de la teoría). Estrictamente relacionado a esto surge la
ortopraxis, surge como una relación equilibrada entre la teoría y la práctica, como una
relación indisoluble dirigida hacia la emancipación de América latina.

Leopoldo Zea aclara de gran manera esta punto : “Por lo que se refiere a los filósofos
americanos, -dice- éstos se vieron obligados, a la inversa de los europeos, a pensar sus
problemas y darles soluciones concretas (…). Se encontraron con que tenían que pensar
y actuar al mismo tiempo. Esta relación entre el pensamiento y la acción se hace aún
más patente en los filósofos de la América Ibera” (1991: 160)

La filosofía latinoamericana, por lo general, no tiende a crear grandes sistemas, que ven
a la realidad como un espacio metodológico o de carácter nomotético. Si pareciera que
muchos filósofos americanos han elegido seguir ciertas corrientes filosóficas tales como
el historicismo, el existencialismo o la fenomenología, no es por seguir una moda, o
por una decisión caprichosa, por el contrario, si eligieron seguir estas corrientes (en sus
variantes latinoamericanas) es porque están convencidos de ellas les pueden brindar las
soluciones más aptas para los cuestiones que intentan afrontar. De forma tal que aquella
frase latina facta, non verba (hechos, no palabras) adquiere una nueva significación, ya
que si bien la praxis latinoamericana es el eje sobre el que gira la mayor parte de nuestra
filosofía, también se hace necesario una fundamentación teorética de esta misma praxis,
pero una fundamentación que no este desmundanizada, que no deje de lado la vitalidad
de la vida y el mundear del mundo.
De lo anterior podríamos deducir que la filosofía cumple una función social, tarea que
se muestra en su práctica (ortopraxis), pero antes es necesario lo que se Zea llama
compromiso. A la manera de la “filosofía comprometida” de corte sartriano, el
compromiso latinoamericano debe verse como un proyecto, como un trabajo
interminable por cambiar la realidad latinoamericana. El reto mayor es la
“emancipación cultural”, un compromiso con su propia circunstancia. Compromiso que
es, por definición, ineluctable. Es un “compromiso inevitable que todo hombre, filosofo
o no, tiene con su circunstancia, realidad o mundo (…) El compromiso en condena y
no un cómodo contrato que se cumple libremente según convenga o no a determinados
intereses. La única libertad que cabe en esta condena es la de la actitud; vergüenza o
desvergüenza, valentía o cobardía, responsabilidad o irresponsabilidad”. (Zea citado por
Villegas. 2003: 60)

Para llegar a una postura como esta, hemos aprendido con dolor, que los filosofemas no
se cumplen por sí solos, o por alguna especie de favor divino. Adoptar una postura u
otra, no nos va arreglar los problemas per se. Decirnos existencialistas, idealistas,
marxistas o liberales no nos soluciona nada, para esto hace falta, además, aplicar una
gran dosis de acción. Parafraseando a David Bergson, debemos “pensar como hombres
de acción y actuar como hombres de pensamiento”.

La actitud de nuestros pensadores americanos, cualquiera que sea, debe dejar de ver el
ámbito académico como si fuera una cúspide, y dedicarse a trabajar de lleno sobre la
realidad, pero no solo trabajar con ella, sino que debe además intentar cambiarla.
Filosofar sin más, como dice Leopoldo Zea. La actitud de estos filósofos
latinoamericanos no será de ninguna manera superior o inferior a las demás, sino
simplemente diferente. Este pensador enfrenta a la realidad y ve como se le abre un
proyecto frente a sus ojos. Ya no pretende hacer remiendos que terminen siendo “malas
copias”. Sabe que sus “soluciones” nacen de una problemática específica, pero no por
eso menos importante. Toda su filosofía es expresión de una realidad (latinoamericana)
que está estrechamente ligada con lo humano. Lo humano es su objetivo y la filosofía su
herramienta.

II. LATINOAMÉRICA COMO ESTRUCTURA PREVIA DE COMPRENSIÓN


(O AMÉRICA COMO CONCIENCIA)

Como bien hemos podido ver Zea se enfoca en la actividad critica-creadora de la


filosofía latinoamericana, haciendo a un lado la visión de esta como una actividad
estrictamente académica.

La pregunta sobre la existencia de la una filosofía latinoamericana le abre a Zea toda


una serie de interrogantes que va desarrollar principalmente en los años sesenta. Sin
embargo muchos de sus desarrollos posteriores se pueden encontrar incipientemente en
algunos de sus trabajos de juventud.

La famosa conciencia americana -muy utilizada por el mexicano- la podemos encontrar


en una serie de trabajos anteriores al debate Bondy-Zea. Posteriormente a este, Zea tuvo
el espacio necesario para darle un tratamiento más propio, desarrollando una serie de
escritos que hacen referencia explicita a ella.
Entre los trabajos más destacados relacionados con este tema podemos encontrar:
Conciencia y posibilidad del mexicano (1952), América como conciencia (1953), La
conciencia del hombre en la filosofía (1953), El Occidente y la conciencia de México
(1953), América en la conciencia de Europa (1955) y Dialéctica de la conciencia
latinoamericana (1976) entre otros. De entre estos escritos; América como conciencia
resultó ser uno de los más representativos del pensamiento de Leopoldo Zea.

En este escrito la conciencia resulta ser uno de los elementos más constitutivos de los
seres humanos. Empero esta conciencia no es una facultad abstracta fantástica sino un
proyecto, una tarea inconclusa. Esta conciencia implica comunidad, aceptación,
esfuerzo y en definitiva lucha y compromiso. Pero dejemos que el mismo Zea nos
explique: “Al hablarse de toma de conciencia, se da a la palabra conciencia un sentido,
al parecer, abstracto. Sin embargo, no hay tal, con esta palabra se hace referencia a una
serie de hechos concretos, a una realidad viva y plena, tanto como lo es la existencia
humana en el más autentico de sus sentidos, el de la convivencia. Conciencia es saber
en común, saber de los otros y con los otros (…) participación de los unos con los
otros” (1972: 58)

Es notorio que en este contexto la conciencia no tiene un carácter ontológico, ni siquiera


ontico. La conciencia no es vista como una cosa, ni mucho menos como el ser del
sujeto. La conciencia (y más aún la conciencia latinoamericana) implican una serie de
actos concretos dirigidos hacia un fin especifico: la emancipación de nuestra América,
su liberación sin más…

En tal sentido es necesario que la filosofía tome conciencia de su situación histórica. Si


toda filosofía parte de una realidad problemática y de problemas concretos, es necesario
en el caso latinoamericano tomar conciencia de la cultura de dominación en la que
estamos sumidos, tomar conciencia de la originalidad latinoamericana y además de
nuestros propios límites, también históricos. Sin embargo, no debemos creer que la
“conciencia latinoamericana” se oponga a una “conciencia europea”. El término más
bien indica características propias del ser latinoamericano, características que están
indisolublemente ligadas a su historia. No es una conciencia no-tética, sino que es una
reflexión cons-ciente de nuestras circunstancias y de nuestro pasado histórico. “De esta
manera –dice Zea- la conciencia que sobre sí y sus circunstancias tomase el
latinoamericano no era otra cosa más que una etapa, un paso más de la conciencia que el
hombre en general va tomando de sí mismo. Conciencia siempre concreta de una
realidad concreta que, por serlo, lo era de todo hombre. Ayer, conciencia del hombre
europeo, ahora del americano, mañana de todo hombre, cualquier hombre, en cualquier
circunstancia o situación” (1965: 221). Se podría decir que lo que subyace en este
pensamiento es una antropología humanista, empero, realizar un desarrollo apropiado de
este tema excede las pretensiones de este escrito.

Siguiendo esta línea de pensamiento, todo nuestro horizonte de sentido se encuentra en


nuestra realidad latinoamericana. Cuestiones tan evidentes como estas, resultan ser
menos obvias, cuando rebuscamos en nuestro pasado histórico y en toda nuestra
tradición de dominación y sometimiento. Es por esto que la conciencia (y más aún la
toma de conciencia) resulta tan importante para Leopoldo Zea.
Retomando lo mencionado hasta ahora, podríamos agregar para finalizar, que esta toma
de conciencia implica un gran esfuerzo. Es necesario desentrañar el sentido de la
historia, y esta es precisamente la labor de la filosofía; esclarecer los problemas, brindar
herramientas que nos ayuden a emanciparnos. No quedarse en solo una producción
teorética despegada de toda vitalidad, como si estuviera desmundanizada. En este
sentido, Leopoldo Zea nos muestra que lo que debemos es filosofar sin más…

BIBLIOGRAFÍA

Zea, Leopoldo. La filosofía como compromiso de liberación. Biblioteca Ayacucho,


1991. Caracas, Venezuela.
____________. América como Conciencia. Universidad Nacional Autónoma de
México. Segunda Edición. 1972. México D.F.
____________. Filosofía americana como filosofía sin más. Siglo XXI Editores S.A
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____________. ¿Por qué América Latina? UNAM. México. 1988
____________. El Pensamiento latinoamericano (Tomo II). Editorial Pormaca, S.A de
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____________. Filosofía y Cultura Latinoamericanas. Centro de Estudios
Latinoamericanos Rómulo Gallegos. 1976.
Saladino, Albert y Santana, Adalberto (comps). Visión de América Latina. Homenaje
a Leopoldo Zea. Instituto Panamericano de Geografía e Historia, FCE. 2003. México.
Salazar Bondy, Augusto. ¿Existe una filosofía de nuestra América? México. Siglo
XXI. 1968.