Está en la página 1de 264

DOMINGO ALBERTO RANGEL

It0^10

W tllM fitntiatl

*Co,°

foffßjfff

d«tnit

Georges * S ® AM

r

ÄS?»

Tobago

P o rt-o f-

iR iN iD A O

S P » '" *

*

AND

AND

TfWifin

TOBAGO

trmiditd

0

.

(ru m

,„prt8

.

f

l t a

d

e

ÀMACURCI

,

■■

■.„„ ■■:■■■■,

A

•i«»'. \

■y)

Curiapo

I

V

.

t*

U.pati.

Bochm cX e.y

^TumefomoV,—

»

0

G',v’

Peters I

El

■.Dorado,s

GUYAI

u

m

Ltv/u

UNIVERSIDAD DE CARABOBO

AUTORIDADES

Ricardo MALDONADO

Rector

José Miguel VEGAS CASTEJÓN

Vice-RectorAcadémico

Marfa OLIVO de LATOUCHE

Vice-Rectora Académica

Jessy DIVO de ROMERO

Secretaria

Rifé»*

PROCESO DEL CAPITALISMO VENEZOLANO

DOMINGO ALBERTO RANGEL

T EDICION

Título: Proceso del Capitalismo Venezolano

Autor: Domingo Alberto Rangel Valencia - Mayo 2003 Segunda Edición.

© Universidad de Carabobo Hecho el Depósito de Ley ISBN: 980-233-339-5 Depósito Legal: lf-5532003330774 Editor: Dirección de Medios y Publicaciones. Universidad de Carabobo

Dibujo de portada: Juan Carlos Fernández Diseño y diagramación de portada: Pablo Fierro Diagramación y montaje electrónico: Asdrúbal Freites Corona Impresión: Cosmográfica, C.A. Impreso en Venezuela Printed in Venezuela

Valencia, Venezuela, 2003.

INDICE

UNA SOCIEDAD SEMIFEUDAL QUE NO EXISTIO

LA REVOLUCION FEDERAL SE FRUSTRA

LA CARGA DE LA DEUDA

.VII

1

„21

LA

MANCHA DEL

CAFETO

37

EL CRECIMIENTO CAFETERO

55

LA

ECONOMIA

DEL CAFE SE

DISUELVE

75

LA

BORRASCA

PETROLERA

93

EL ANVERSO DE LA MEDALLA

.109

EL

FEUDALISMO SE

DESINTEGRA

.123

LA CONCENTRACION DEL CAPITAL

.139

EL DESEMPLEO

.155

UNA ECONOMIA PARASITARIA

.171

SE

FUGA EL

EXCEDENTE

,189

EL

FUTURO

ECONOMICO

.209

NO HAY REFORMAS DEMOCRATICAS

.223

UN CAPITALISMO INESTABLE

.237

NUESTRO DILEMA, NACION O EMIRATO PETROLERO

.243

PROLOGO:

UNA SOCIEDAD SEMIFEUDAL QUE NO EXISTIO

Este libro nació de un mito contra el cual se rebeló mi espíritu inconfor- me. Nuestra América, hay que recordarlo, ha sido la tierra del mito. Los conquistadores españoles y portugueses veían hombres de tres cabezas y no sólo hacían esa afirmación sino que llamaban a un cura o llevaban en su es- rolla al cura que así lo certificaba. El Dorado y su cacique de tan poca afi­ ción al aseo que se bañaba con oro. ¿Para qué hacer ahora el inventario de nuestros mitos? Fueron y son muchos, algunos tan llenos de hermosura poética que bien deberían figurar en una colección de libros de caballería. I os mitos tienen una morfología rara. Comienza teniendo existencia corpo- ■al como el cacique de El Dorado o el perro de tantas cabezas como días cuenta la semana. Pero luego, al evolucionar las sociedades, el mito se espi- iilualiza y entra a ser una idea, un concepto, una reflexión teórica. Así hubo en tiempos de la independencia el mito del pacto suscrito en los comienzos de nuestra historia por unos aborígenes, para formar sus sociedades casi en los términos que imaginó Rousseau en su “Contrato Social”. Nuestros in­ dios aparecían en este mito como seres tan cultos que uno se pregunta por (|iié no redactaron una Biblia como los hebreos. Cada ideología ha tenido en nuestra América su mito. Y así como los enciclopedistás latinoamericanos forjaron la leyenda del pacto suscrito por unos indios a orillas del Amazo­ nas o del Orinoco, los marxistas tuvieron un engendro más sutil pero no me­ nos mitológico, el de nuestras sociedades o de nuestras economías semifeu- ilalcs. Todos o casi todos los marxistas de la primera hora, allá por los años treinta cuando la Revolución Rusa inspiraba intelectuales en todo el planeta consideraban a la América Latinay a cada uno de sus países baluartes semi- leudalcs. Desde que estudiaba yo Derecho en la Universidad se me antojó absurda o inadmisible tal caracterización.

-VII

Me parecía incompatible con la dialéctica de la historia que unas socie­ dades como las nuestras, nacidas o sacudidas por una conquista, primer zar­ pazo del capitalismo en escala histórica, pudiesen ser híbridas o ambiguas. ¿Semifeudales?, me preguntaba yo. Y hurgando en la memoria para atrapar la verdad evocaba a Tovar, mi pueblo natal en el Estado Mérida, con sus ha­ ciendas que extraían una plusvalía por la vía del salario, sus casas de comer­ cio compradoras de café para despacharlo a Maracaibo y a Nueva York o Hamburgo. Y no era Tovar una excepción, estructuras iguales se observa­ ban en los otros pueblos de la cordillera. Haciéndole vado a la duda, la duda metódica de Descartes, pensaba en los pueblos más tradicionales de los An­ des como Bailadores y Mucuchíes. Encontraba el mismo sistema del salario en las fincas trigueras. Había sí, comunidades indígenas en estas tierras ap­ tas, pero muy pocas y en proceso de extinción, que funcionaban como re­ serva de mano de obra para las haciendas de trigo o de papa. En el sur del Lago de Maracaibo, donde se esbozaba ya la gran ganadería existente hoy, el capitalismo era aún más inequívoco. Allí se daba ya entonces un capita­ lismo parecido al de Texas o New México con braceros de un país vecino atraídos por el diferencial de salarios. Pero, seguía pensando yo, ¿no serán excepciones dentro de Venezuela estos casos de los Andes y el Zulia? Abría en busca de respuesta las novelas de Gallegos. ¿Acaso las plumas de garza no se codiciaban en el latifundio de Doña Bárbara para exportarlas a Fran­ cia? ¿Y cuál fue el sueño de Santos Luzardo? Cercar las fincas del llano, un sueño capitalista si los hay. ¿Y el doctor Juan Crisóstomo Payara o doña Nico Coronado en “Cantaclaro”, ambos latifundistas, no eran empresarios del capitalismo? Las haciendas de Gómez, sus haciendas privadas porque de las otras poseía sólo una, Venezuela, ¿no eran tan capitalistas como las de cualquier otro país moderno? Gómez llevando su café de La Mulera a Rubio y, luego, de la Villa del Rosario a Cúcuta, abriendo una cuenta en la Casa Breuer Moller o adquiriendo una finca en la frontera del lado colom­ biano no lejos de San Antonio del Táchira nada tiene ya feudal.

Para disipar esa sombra de un país semifeudal que no existía ya a princi­ pios del siglo XX escribí este libro. No voy a elogiar mi propia obra porque en un hombre de mi edad puede pasar por muestra de locura senil. Pero este libro y cuanto he escrito desde los primeros años setenta contribuyeron a romper aquel mito. Hoy nadie piensa que Venezuela haya sido semifeudal. Era ya Venezuela en 1900, se piensa hoy, un país donde una burguesía crio­ lla o ultramarina extrae una plusvalía como en Australia o en el Piamonte. Tiene nuestro.capitalismo, desde luego, rasgos sui generis como los tiene el de la India o el de Suráfrica pero es un capitalismo inconfundible. Las pági­ nas de este libro están dedicadas a presentar esos rasgos específicos. Cada

-VIII-

sistema social se colorea con las tonalidades del país donde arraiga, el capi­ talismo del Japón no puede ser igual, con exactitud milimétrica, al de Ingla- Iimra, el nuestro no es igual al de Colombia, pero todos pertenecen al mismo sistema universal, tienen las mismas clases dirigentes y subordinadas y cumplen el mismo papel en el campo de la política y de la historia.

Domingo Alberto Rangel Caracas, 21-03-2002

Domingo Alberto Rangel

CAPITULO I

LA REVOLUCION FEDERAL SE FRUSTRA

En el amplio corredor de la hacienda de Coche, un hombre tiende su mi- i¡ida hacia el valle de Caracas, la tarde del 24 de abril de 1863. El paisaje lo enternece y le arranca esa confidencia intima que es la nostalgia. Allí está, extendido en el verde desfalleciente del atardecer, el valle de su infancia. Muy cerca de la casona de la hacienda, los cañaverales son orquestas de no- Ins arrancadas por el viento. Más allá, las quebradas se deslizan bajo la al- 10 1 vibra vegetal que las aprisiona. La carreta que regresa y el arriero que par­ le animan la cinta terrosa del camino. El valle es un trozo bucólico con algo ile acuarela de pintor satisfecho. Hasta el Avila lejano, con su piel de león recorrida por las manchas oscuras de la tarde, pone cierta tristeza suave en el ambiente. Todo conspira para que el personaje se fugue hacia el pasado, ' seapando del anillo visual hacia el recuerdo. Los seres y las cosas, coloca- ilos en el caleidoscopio del crepúsculo, son otras tantas incitaciones a evo­ car. Fue en ese escenario de ensueño donde comenzó su carrera política. IMas de agitación y de lucha. La Universidad y el descubrimiento en ella de las teorías políticas. El mensaje de los pensadores del siglo XVIII, siglo de las luces, la epopeya de los libertadores con su Bolívar perspicaz y realista y el espectáculo de un mundo que se encaminaba hacia el desarrollo capitalis- la Todo eso pasó bajo sus ojos, en las páginas de libros que se convirtieron en sus compañeros de vigilia hasta que rayaba el alba amoratada sobre este mismo valle de embrujo. Los primeros discursos, esa experiencia del hom- I'i e en la tribuna expresando para sus conciudadanos ideas e inquietudes de lue|’,o. lil triunfo del aplauso, la incitación del público, cajas de resonancia pina su convicción de agitador y para su ambición de caudillo. Habían pasa­ do lautos años desde entonces. El momento del atardecer solemne sobre el valle era propicio para recorrer mentalmente el camino. Hacer su propia historia es siempre oficio de hombres en trances fundamentales de su vida.

Proceso del Capitalismo Venezolano

Y aquella tarde del 24 de abril de 1863 era importantísima en la vida de Antonio Guzmán Blanco, doctor y general cuya mano había firmado el Tra­ tado de Coche. Atrás quedaba la guerra que durante cinco años calcinó al país. El documento firmado garantizaba la paz. La circunstancia invitaba a fugarse hacia el ayer, para medir el camino andado, pero también para co­ lumbrar el porvenir. Guzmán Blanco era, ese día de abril, el segundo jefe de la Revolución Federal. A sus pies se acurrucaba, como presa ya conquista­ da, el Poder con el cual había soñado desde las mocedades. Durante cinco años el pueblo empuñó las armas contra la opresión oligarca. De los mato­ rrales venezolanos estuvieron saliendo guerreros que se ennegrecían, como diablos, en el derroche de la pólvora. La tierra producía combatientes con la misma fecundidad que empleaba para poner gamelotes en las sabanas ahí­ tas de sol. Era la Venezuela del rancho buscando justicia en el machete y la escopeta. Con el pueblo desnudado por el heroísmo fue ascendiendo Guz­ mán Blanco. Secretario y redactor de boletines en los primeros tiempos de la Revolución Federal, su carrera lo empujó a las alturas. Ahora compartía con el mariscal Falcón el comando del bando victorioso. En los campamen­ tos federales, desaparecido Zamora, no existía un hombre de sus quilates. Ninguno de sus compañeros de armas tenía noción, siquiera vaga, de las responsabilidades que les aguardaban y de los rumbos más apetecibles. La mayoría de los dirigentes de la Revolución eran hombres de escasa cultura que fueron a la guerra por desesperación y no por convicciones. Odiaban a la oligarquía, o le tenían horror como dijo Zamora, pero ignoraban las ta­ reas que exigían la implantación de un orden nuevo para entronizar la justi­ cia y abrir las rutas del país hacia el desarrollo. En su cabeza se agitaban, confusas, aquellas ideas que los periódicos del liberalismo extendieron por todo el país en los días de la polémica contra los conservadores. Voto libre, autonomía provincial y libertades públicas constituían los principios políti­ cos que llegaron, entre humaredas de combates y fragor de plaza pública, hasta el cerebro de los caciques federales. La masa insurrecta, que en cinco años se ajustó el cinturón, sabía que los oligarcas eran malos porque el pue­ blo venía consumiéndose en la miseria, mientras los señores decoraban su vida en el marco de los suntuosos salones. Hacendados que se arruinaron, deudores fallidos y peones con remiendo de hambre formaron el torrente de los guerreros federales. Querían un orden nuevo, pero no acertaban ellos tampoco a comprender las causas de su explotación y a precisar los méto­ dos para erradicarla y construir una Venezuela distinta. En la Revolución Federal, que concluía con el Tratado de Coche, el comando era inferior a las tareas y la masa carecía de claridad.

-2-

Domingo Alberto Rangel

En esas situaciones el papel del dirigente resulta fundamental. La Revo­ lución Federal se concentraba en las manos de Antonio Guzmán Blanco. Iíntre los vencedores era el único que poseía una vasta cultura política. Des­ de joven recorrió todos los textos en que Europa y Norteamérica vertieron sus preocupaciones y explicaron, para la humanidad, los nuevos problemas del mundo. En sus manos de estudiante estuvo, durante años, aquel libro, El h'ederalista, que sintetizaba la ideología de la burguesía norteamericana. Su curiosidad permutó con los pensadores del liberalismo inquietudes y expe- iicncias. La teoría económica de Adam Smith, los soliloquios geniales de Rousseau y la concepción del Estado de Montesquieu fueron para Guzmán otros tantos hitos en su marcha hacia la rectoría de sí mismo. Siempre soñó

el joven Guzmán con una Venezuela que se pareciera a los Estados Unidos.

I ín sus ratos de soledad consigo mismo medía la diferencia entre esta Vene-

/ucla analfabeta, esquilmada y oprimida y aquella nación que ya a media­ dos del siglo XIX era una Babilonia moderna. Admirador de Bolívar, del cual era pariente, se preguntaba por qué habiendo sido la Gran Colombia tun importante como los Estados Unidos mediaba ahora, entre nosotros y los norteamericanos, semejante abismo. Mientras los yanquis se poblaban de inmigrantes y despertaban el bosque de Walt Wittman con el hacha del leñador, nuestras tierras seguían escuchando, apenas, el mugido de las fie- ias en el anochecer. El contraste del campesino norteamericano con su casa de madera y su aire feliz y el campesino venezolano, mitad hombre y mitad bestia, punzaba su sensibilidad.

La Revolución triunfante debía acortar esa distancia. Para entronizar el

capitalismo, tal como se reflejaba en la trayectoria de Estados Unidos y de

l uropa, se había realizado el movimiento federal. El siglo de las luces en

Venezuela. Allí estaba su ideal. En un libro muy difundido en aquellos días, La Democracia en América, del francés Alexis de Tocqueville creía haber hallado Guzmán la clave del problema. La grandeza capitalista de Nortea­ mérica era el producto de la simbiosis de una tierra prodigiosamente rica con un pueblo emprendedor bajo los principios del liberalismo político. Aquí también teníamos tierras excelentes. Oro era todo lo que se tocaba como lo diría más tarde uno de sus contrincantes, el hosco Cecilio Acosta. Su imaginación desenfrenada veía en Venezuela, cuando se arremansaba en la evocación bíblica, una especie de Tierra de Promisión. Nuestro pueblo tenía virtudes de iniciativa, valentía y sagacidad que, conjugadas con una inmigración bien orientada, producirían la amalgama deseable. Faltaba aplicar los principios liberales. Esos sagrados principios por los cuales lu­ chaba, desde 1840, el Partido Liberal. Desterrar a los oligarcas, hasta como

-3-

Proceso del Capitalismo Venezolano

núcleo social según dirá después, y darle cauce a la democracia. Así se sin­ tetizaba en la mente de Guzmán Blanco, en aquel atardecer de 1863, el pro­ grama de la Revolución. En Coche, mirando hacia los tablones de caña y embelesando el oído con la música del arroyo y la carreta, estaba el ideólo­ go de la Federación.

Pero el problema no consistía en trasplantar esquemas. Porque el país no era el valle plácido de cañaverales y potreros con su biombo del Avila. En­ tre la Caracas arrancada de un cuadro de pintor, intocada por la guerra, y la Venezuela que se acostaba detrás de las cordilleras mediaba la profundidad de un contraste. La mirada de Guzmán no debía tenderse hacia su Caracas conquistada sino hacia el país que venía ardiendo en cinco años de contien­ da. En el Tratado de Coche, sus signatarios hablan de los horrores de la gue­ rra. Es una frase estereotipada. Aparece en toda la literatura de la época. Los historiadores la han recogido para trasmitimos con ella el escalofrío de quien mira un desastre. Los horrores de la guerra. La Venezuela que se que­ mó hasta quedar reducida a las proporciones de un carbón. Una mujer de­ samparada en el rancho solitario, con su hija de pocos años fulgurando de hambre en los ojos irredentos. La cocina sin fuego, la despensa vacía y en medio de aquel espectáculo, señoreándolo, la llanura infinita sin humo de promesas ni rumor de trabajo. El cuadro ha pasado de generación en gene­ ración como recuerdo de la Guerra Federal. Pero esa visión es demasiado superficial. Los estragos físicos no son nunca el peor saldo de una guerra. Los Estados Unidos vivieron, en la misma época, un conflicto más devasta­ dor. Medio millón de hombres lanzados al pudridero, aldeas incendiadas, multitudes sin hogar y el general Sherman reduciendo a tizón las regiones del Sur, fueron el saldo de la Guerra de Secesión. Diez años después, Nor­ teamérica era ya el segundo país capitalista del mundo. Pronto cicatrizó la herida, y, sobre la cuchillada de la guerra, la piel endurecida fortaleció al país. En Venezuela, la guerra también trajo, en su morral polvoriento, la destrucción y el caos. Pero sus consecuencias más graves no eran la des­ trucción física y la postración humana que tanto horrorizan a nuestros cas­ tos historiadores. Ese horror fue el pretexto que llevó a Guzmán a entender­ se con Pedro José Rojas para sellar, en un tratado inicuo, la contienda que venía librándose. El Tratado de Coche evidencia, precisamente, el primero y más costoso error de los federales. Con ese error cerraba Guzmán su ca­ rrera de revolucionario. De allí en adelante habrá un abismo entre su prédi­ ca y sus realizaciones, entre sus sueños y las realidades. Para la causa fede­ ral y para Venezuela fue una desgracia que Guzmán, la única figura capaz del bando revolucionario, prefiriera la transacción a la lucha en el momento

-4-

Domingo Alberto Rangel

culminante que se sella con el Tratado de Coche. En el futuro todo el derro­ tero de la Federación, convertida ya en gobierno, será un rosario de fraca­ sos. También Guzmán será, por falta de perspicacia histórica y de honesti­ dad personal, un hombre inferior a sus tareas. En el Tratado de Coche se l'rustra la posibilidad de que Venezuela sea un país capitalista.

Pero volvamos a la Venezuela de 1863. La implantación del capitalismo en aquel país era una empresa particularmente difícil. La guerra había oca­ sionado serios daños al aparato productivo. Desapareció, en esos cinco años, el mercado nacional y cesaron las comunicaciones de Venezuela con las plazas del exterior. Toda economía tiene la eficiencia que determine la amplitud de los mercados. La economía aldeana de la Edad Media era rústi­ ca, entre otras razones, porque atendía a un mercado diminuto. Para satisfa­ cer las necesidades de la aldea bastaba tejer unos metros diarios de lana o sembrar unas hectáreas de tierra. Una economía más vasta, de alcances na­ cionales, demanda ya una mayor especialización y un potencial productivo más grande. Venezuela se había integrado desde la Colonia a los mercados internacionales. Fue esa la obra de España. Desde el siglo XVII, empeza­ mos a trabajar para un mercado consumidor que se situaba allende el Atlán­ tico. Nuestros clientes eran España, Francia e Inglaterra, a cuyas ciudades llegaban nuestros productos. Esa circunstancia especializó a la economía venezolana. La magnitud de las siembras de cacao o de añil de Venezuela rebasaba las posibilidades adquisitivas de nuestra población. Los vínculos entre metrópoli y colonia primero y entre países capitalistas y república in­ dependiente más tarde, nos permitieron absorber el desarrollo tecnológico de la Europa de esa época. El cultivo del cacao, del algodón y del tabaco se realizaban con las técnicas más depuradas que entonces se conocían. Así lo determinaba la escala de producción que nos imponía la dimensión de los mercados. Venezuela se integró, desde el siglo XVII, al comercio interna­ cional y en él permaneció a lo largo del tiempo. Las posibilidades de su eco­ nomía dependían de la vinculación que mantuviera con los mercados ultra­ marinos. Porque eran esos mercados donde radicaba -sin otra alternativa en esa época- la demanda para nuestros productos.

La Guerra Federal paraliza el comercio con el exterior. Dejan de llegar los veleros que recogían el cacao, los cueros, el algodón y el añil. Se inte- 11 umpé el tráfico entre las haciendas del interior y el litoral donde los géne- ios agrícolas entran al vientre de los navios. Las mazorcas del cacao se caen de los árboles y son banquete de monos en los atardeceres. En las casas de hacienda se espesa el silencio. Los peones andan en las guerrillas federales.

Proceso del Capitalismo Venezolano

Muchas plantaciones, abandonadas, retroceden y desaparecen. Otras enve­ jecen. Se agrietan los patios donde se seca el cacao y aparece, entre los res­ quicios, el matorral invicto. Aun habiendo peones, porque todos no pueden ser guerrilleros, resulta impracticable el cultivo. No hay clientes para los productos en una Venezuela que no tiene entonces, caminos para llegar has­

ta

los buques. Es preferible dejar que los frutos se caigan y el instrumental

se

deteriore. Trabajar sin mercado es más costoso que holgar. Así, Venezue­

la

retrocede en los cinco años de la guerra a la economía de autoconsumo.

La hacienda vuelve a ser, como la aldea medieval, el principio y el fin de

toda actividad. Para sostener el escaso intercambio que ese marco permite

son suficientes algunas fuerzas productivas. Las demás se consumen y de­ saparecen. Técnicamente el país retrograda a los días de la Independencia.

O quizás a lo profundo de la Colonia. La Venezuela de 1863 se asemejaba

más a la del siglo XVI, con sus comunidades aisladas, que a un país moder­ no. Una Venezuela de pequeñas comunidades que se autoabastecen en lo esencial y tienen entre sí un comercio residual es la que demora, más allá

del valle de Caracas, la tarde del Tratado de Coche. Se retomó, en el campo

de las fuerzas productivas, al instrumental del siglo XVI y en el plano de la

magnitud del mercado a lo que fue la Colonia antes de soldarse en una uni­ dad orgánica la nación venezolana.

Los fenómenos de una economía de autoconsumo transforman todo el panorama de un país en el que haya imperado otro tipo de economía. La es- pecialización del capital se pierde por completo. No es necesario, para aten­ der a mercados locales, disponer de equipos y herramientas que hagan un trabajo específico con rendimientos más o menos altos. Se vuelve a las he­ rramientas más toscas que empiezan a ser, en esas inusitadas condiciones, mucho más adecuadas. El trabajo, la mano de obra, sufre también transfor­ maciones. Los mejores brazos abandonan las tareas donde ya no son nece­ sarios. Y la producción se circunscribe a aquellos hombres envejecidos que pueden, porque las exigencias del momento no son imperiosas, atender las labores cotidianas. Eso ocurrió en la Venezuela de la Guerra Federal. El equipo especializado en la producción de géneros de exportación, que re­ vestía cierta magnitud, cayó en la inactividad y apareció en su lugar el ins­ trumental más tosco. Para abastecer la demanda local sobraba con utilizar los enseres más primitivos. Los mejores brazos se fueron a la guerra y, en su lugar, la producción fue realizada por los ineptos y los timoratos. Era más negocio guerrear que producir para mercados locales. Las economías exter­ nas, es decir, las obras públicas, sufrieron el rigor de los cambios. Abando­ nados, los caminos dejaron de ser campo para el intercambio. ( 'roció en

h

Domingo Alberto Rangel

rllos el monte y su raya se perdió bajo el follaje. La movilización, aún en las zonas que no azotó la guerra, se hacía más difícil. Los principales caminos, aquellos que vinculaban a Barinas con Maracaibo y con Puerto Cabello, su­ cumbieron al abandono. Los gastos de producción en la esfera de la circula­ ción, es decir, el costo del transporte, se elevaron abruptamente.

En los años de la guerra bajó, como consecuencia de todo ello, el exce­ dente líquido de la economía venezolana. Cuando un país regresa, súbita­ mente, a estadios económicos superados, su excedente se achica. La econo­ mía apenas tiene capacidad para atender el consumo corriente. Ese era el panorama de la Venezuela de 1863. En los desajustes de la guerra, cesó o se contrajo la acumulación. En regímenes de propiedad privada, la plusvalía del trabajo engendra un excedente cuando está en capacidad de producir más bienes de los que consume el trabajador. Pero si el capitalista no realiza esa plusvalía en el comercio, convirtiéndola en dinero, el ciclo de la repro­ ducción del capital se interrumpe. Surge entonces una situación en la cual el trabajo acaso si engendra los valores suficientes para sostenerse y agregar la pequeña plusvalía con la cual se alimenta el consumo personal de los ca­ pitalistas. Eso fue lo que aconteció en Venezuela. La producción del país sólo pudo equipararse al consumo magro de las masas y al gasto de los te­ rratenientes. El excedente económico se evaporó. La fuente de la acumula­ ción del capital quedó segada. El retroceso era tan marcado que ni siquiera satisfacíamos las exigencias de la reproducción simple del capital. Porque en las condiciones de economía local a que retrogradamos, las fuerzas pro­ ductivas contraídas no eran capaces de restaurar el instrumental productivo preexistente. Reponíamos, exclusivamente, el menguado capital que se uti­ lizaba para las necesidades locales, pero no el que había existido antes y con el cual concurríamos a los mercados internacionales. Eramos un país sumi­ do, repentinamente, en lo más bajo de la evolución económica. Ese era el precio que pagaba el pueblo venezolano por su lucha contra la oligarquía. I .as fuerzas productivas se habían debilitado en extremo. Allí estaba el pro­ blema cardinal del país. Quien quisiera implantar un nuevo orden tenía que preguntarse cuál era la manera de restablecer, perentoriamente, las fuerzas productivas para crear, otra vez, el excedente económico. Era el problema del desarrollo capitalista en un país atrasado, feudal y, por añadidura, con una economía profundamente dañada. Había una cuestión de fondo, la del modo de producción feudal que imperaba en Venezuela. Y otra cuestión no menos grave, la del camino más rápido para que el nuevo orden que se ins- taurase alcanzara un desarrollo intenso. Frente a esas dos cuestiones fueron ineptos, totalmente, los líderes de la Federación. Y entre ellos, Antonio

!■

Proceso del Capitalismo Venezolano

Guzmán Blanco, el más talentoso, hábil, culto y experimentado. Su miopía, en ese momento, resultó tan grande como su traición al pueblo. Venezuela no tuvo, por ello, desarrollo capitalista sino estancamiento feudal.

En medio de una economía feudal contra la cual habían hecho armas y con un pavoroso deterioro de las fuerzas productivas que minó y adelgazó el excedente líquido, ¿cómo se planteaba el desarrollo capitalista para la Venezuela cuyos valles y serranías sirvieron de pedestal en la gesta de los federales? No era fatal el estancamiento. Ni Venezuela estaba condenada, ineludiblemente, a seguir soportando la estructura feudal que aún deforma y frustra el esfuerzo de su pueblo. El fracaso de la Revolución Federal, en su intento de implantar un orden capitalista en el país, fue la consecuencia de fenómenos complejos, entre los cuales sobresale, complementándose, las debilidades de nuestra burguesía y la manifiesta incapacidad del equipo di­ rigente que asumió el Poder. La clave de todo está en la ausencia de una es­ trategia similar a la que siguieron en sus países las burguesías revoluciona­ rias de Europa y de Norteamérica. Venezuela contaba con recursos y posibi­ lidades, hacia 1863, para convertirse en país capitalista tal como llegó a ser­ lo, en aquellos mismos años, la Argentina de Mitre y de Sarmiento. La ce­ guera de los líderes federales, simples caciques arriesgados y la mediocri­ dad de nuestra burguesía explican por qué el país continuó sobrellevando su caparazón feudal, sin cambios ni rumbos susceptibles de empujamos y transformamos. Faltó una plataforma teórica clara y una política firme, sos­ tenida y heroica que explotara a fondo los pequeños núcleos propicios al desarrollo capitalista inherentes a la Venezuela de entonces.

El primer problema que había de superarse, en el camino de un desarro­ llo capitalista, estaba en el restablecimiento de aquellos recursos de los cua­ les podíamos obtener un progresivo excedente económico. Allí existía la fuente de la acumulación, requisito previo y fundamental de todo desarrollo capitalista. Nuestros recursos radicaban, como ya lo hemos señalado, en la agricultura. Era la Venezuela que encontraron los federales un país con un potencial productivo equiparable, antes de la guerra, al de cualquier nación de la América Latina. Reanudar el funcionamiento de la economía, y darle cauces más profundos, constituía la obvia línea de desarrollo. El grueso de nuestra economía se dedicaba, ya para entonces, al comercio de exporta­ ción. Desde los tiempos coloniales Venezuela era tributaria de los grandes mercados europeos de consumo. Para reconstmir y desenvolver nuestra economía, aclimatando el capitalismo, se necesitaba aprovechar ese comer­ cio internacional en el cual interveníamos. No teníamos otra posibilidad al-

- K -

Domingo Alberto Rangel

tcrnativa de desarrollo. El país no disponía de acceso alguno a factores, o te­ rritorios que nos permitieran realizar una acumulación primitiva, cosa que liie históricamente el primer incentivo del desarrollo capitalista. No éramos una potencia colonial para esquilmar poblaciones extranjeras y obtener así

la masa de capitales indispensables para el crecimiento. Tampoco existía en

nuestras fronteras una vastísima población campesina que, equiparándose a

la del viejo imperio de los zares, suministrase fondos a las clases dirigentes.

Ni uno ni otro tipo de acumulación primitiva estaban al alcance del país. Pero en el panorama mundial del momento había medios y oportunidades que, inteligentemente explotados por una Venezuela con vocación de reju­ venecimiento efectivo, hubiesen podido conducimos a la cúspide del desa- irollo interno. La política que ha debido seguirse imponía aumentar al má- \imo nuestras exportaciones, sacando amplio partido del instrumental pro­ ductivo que la guerra deterioró sin llegar a destruirlo. Una elevación audaz de las exportaciones nos otorgaba los recursos que exigía el financiamiento del desarrollo.

El alza de las exportaciones cumplía, en la Venezuela de la época, ese pa­ pel que siempre ha tocado en el desarrollo de las sociedades a uno o varios productos en cuya obtención se concentran las energías colectivas. Inglate- 11 a inicia su experiencia capitalista cuando la elaboración de la lana aportó un mercado para el dinero arrebatado por los piratas de barba roja a los ga­ leones españoles en el Caribe. En la producción de la lana y en su transfor­ mación se invirtieron cuantiosos capitales que elevaron el excedente de la burguesía inglesa. Sin esa actividad, los fondos de los banqueros de Lon­ dres habrían quedado ociosos. Y su reproducción no hubiese obrado el mi­ lagro del ensanchamiento de las fuerzas productivas. Una industria o una lama que ofrezca oportunidades para el dinero y la mano de obra significa- ban la piedra angular del crecimiento capitalista. Así lo atestigua la trayec­ toria de todos los pueblos. Norteamérica creó su burguesía y echó las bases de su industria, antes de la Independencia, cuando los mercaderes de Nueva York encontraron en las construcciones navales y en la fabricación de telas un aliciente útil. La Venezuela de 1863 tenía en las exportaciones distintos artículos cuya producción era susceptible de fortalecernos. Los tiempos re­ sultaban propicios para el comercio de exportación. Europa acababa de

concluir el ciclo de su desarrollo capitalista. Las fuerzas de la burguesía ha­ bían exterminado ya, en cada país del Occidente de Europa, el artesanado y

a la pequeña producción agraria. Grandes fábricas constituían el eje de la

producción. En el Norte de América, Lincoln estaba abriendo el país a la victoria del capitalismo sobre los señores feudales del Sur. Esos fenómenos

-9-

Proceso del Capitalismo Venezolano

se traducían en el hambre de importaciones. La burguesía europea anhela­ ba, después de cincuenta años de intensa reproducción del capital, los pla­ ceres del consumo de lujo. Los espíritus de los grandes banqueros, comer­ ciantes e industriales pedían el boato principesco y el fasto de la opulencia. Sus empresas, ya muy desarrolladas, eran capaces de seguir sosteniendo el ahorro y de permitirles el despilfarro. Una curiosidad por los géneros tropi­ cales se apoderó de Europa y de Norteamérica. Tocar con los labios aque­ llas bebidas que antes apenas habían probado los Médicis de Florencia, em­ balsamarse con el humo del tabaco, adornarse con las plumas de aves exóti­ cas. La burguesía necesitaba llegar hasta los países lejanos donde esos pro­ ductos podían conseguirse. En esa predisposición de una clase ya acaudala­ da aparecía una fuerza que creaba demanda efectiva para la producción de un país como Venezuela. Un nuevo horizonte amanecía en el comercio in­ ternacional. Durante los primeros cincuenta años del siglo XIX, el capitalis­ mo europeo compraba en ultramar las materias primas indispensables para sus fábricas. La burguesía andaba entonces acumulando más de la cuenta. Sus utilidades se invertían en la instalación de nuevas fábricas. Eran los tiempos de rico avariento, desvelado por atesorar para expandir sus nego­ cios. Nada de lujos ni de liberalidades. La burguesía estaba viviendo su mo­ mento ascético, calcado en la más pura tradición calvinista. Pero el auge de las fortunas, a mediados del siglo XIX, impuso otra conducta. Una nueva generación de capitalistas, hijos de los pioneros de la avaricia, llegaba a la dirección de los negocios. La abundancia que encontraron y su mentalidad más abierta al goce que la de sus padres, impuso el consumo de tantas cosas gratas. El café, el cacao y otros productos de los continentes atrasados se hi­ cieron costumbre, bebidos entre chupadas al aromático “puro”.

Pero el desarrollo capitalista de Europa y Norteamérica, promediando el siglo XIX, tenía otros efectos que se reflejaban en los países atrasados. La clase obrera creció notablemente entre 1800 y 1850. Millones de campesi­ nos fueron a las ciudades. El crecimiento de la población permitió ese auge de las ciudades. Inglaterra triplicó su población. Lo mismo aconteció en Alemania. Las ciudades empezaron a exigir, después de tanto crecimiento, una inmensa masa de alimentos. En un principio, la corriente de campesi­ nos avecindados en las ciudades era atendida por la producción agrícola de la propia Europa. No bastó esa producción andando el tiempo. Las bocas de las fábricas rebasaron la capacidad de la agricultura europea. El crecimien­ to capitalista, su reproducción, quedaba amenazado. Encontrar víveres era imperativo para la burguesía. No hay reproducción capitalista sin alimentos para la creciente población obrera. La clave se encontró en América. 1il bar­

-10-

Domingo Alberto Rangel

co a vapor y el ferrocarril permitieron sostener, con alimentos de ultramar, el consumo de los obreros europeos. Como América estaba vacía, vinieron

a nuestras playas millones de inmigrantes a roturar nuestras tierras. De su

esfuerzo salieron ingentes cargamentos que colmaron los graneros euro­ peos. Así se garantizó el ulterior crecimiento de Europa. Podían languide­ cer las aldeas europeas, sangradas por el río de campesinos que buscaban la ciudad, porque en América estaba la despensa. Apareció así otra estupenda oportunidad para nuestras exportaciones.

Desgraciadamente, los federales y la burguesía criolla que los acogió no fueron capaces de mirar esa posibilidad. Y no por verla, soslayaron las me­ didas que habrían permitido a Venezuela participar en ese tráfico de expor­ tación. Entre las medidas que hubieran contribuido a crear una base produc-

liva para las exportaciones, superior a la existente, ninguna más eficaz que la Reforma Agraria. El problema de la agricultura de exportación, entonces

y ahora, radicaba en que los señores feudales que la controlaban no tenían

interés en expandir la producción. El gran propietario del cacao, el algodón 0 el tabaco y el gran ganadero vivían una vida parasitaria. Su producción, sin incrementarla, les daba para los placeres y la ostentación. Enquistados

mentalmente en el feudalismo, carecían del incentivo que a la burguesía, en su fase ascendente, la induce a expandir la producción. Su ser social, el feu­ dalismo, hacía imposible en ellos otra actitud. Cuando cesó la Guerra Fede­ ral, los grandes señores de la tierra venezolana restauraron sus haciendas. 1I país volvió a los niveles de producción que existieron antes de la contien­ da. Pero no amplió su instmmental productivo. La barrera de clase lo impi­ dió. Restablecido su excedente, los terratenientes ya se sentían satisfechos.

I I absentismo en que vivían no les obligaba a proceder de modo distinto.

( 'obrar la renta, transformarla en lujo para su parasitismo y holgar. En esas

li es posiciones se compendiaba su concepto de la vida y su función social.

I)esdc el momento en que los federales dejaron intocada la estructura social del campo, cegaban la única fuente de la expansión capitalista del país. Por­ que una agricultura que hubiese respondido a la demanda internacional, en­ sanchando su base productiva, habría aportado al desarrollo capitalista del país la fuerza que necesitaba.

I,a Reforma Agraria en la agricultura de exportación implicaba, para la Venezuela de la época, el mejor aprovechamiento de sus ventajas en el te- I I cno de la producción. Pasada la guerra, el país se encontraba con escasos i apitales y una mano de obra más o menos abundante en algunas zonas. Aunque nuestra población no era enorme -el propio Guzmán Blanco la cal­

-II-

Proceso del Capitalismo Venezolano

culó en 1.400.000 habitantes- sí excedía, evidentemente, a los capitales de que disponíamos. En otras palabras, las funciones de producción exigían utilizar a fondo la mano de obra, factor relativamente copioso, en prioridad sobre el capital. Pero toda función de producción obedece a un marco so­ cial. El capital entonces existente pertenecía a los propietarios de la tierra. La mano de obra, careciendo de tierras, era incapaz de engendrar las empre­ sas más productivas. Para sacar amplio partido de la mano de obra, obligán­ dola a crear la riqueza que nos hubiese proporcionado un excedente econó­ mico mucho más elevado, era indispensable libertarla. Su título de libertad estaba en la tierra. El campesino que regresaba de la guerra tenía interés en aumentar la producción si la tierra le era otorgada. En los combates soñó con mejorar su condición. Se enroló en los ejércitos de Zamora o Falcón para dejar de ser siervo. Un pedazo de tierra en sus manos significaba una oportunidad de progresar. El peón y el pisatario convertido en dueños, hu­ biesen doblado la producción agrícola exportable. Ello estaba en su propia conveniencia. El esfuerzo codicioso de ese campesino liberado era sufi­ ciente para crear un robusto excedente. Así se restablecía el equilibrio entre el capital y la mano de obra. O, en términos más técnicos, se elevaba la do­ tación del capital. Un país atrasado no puede desencadenar su desarrollo, en el capitalismo o en el socialismo, sin extraer de su mano de obra, por la vía del interés aplicado a la producción, un alto rendimiento. Los campesinos emancipados constituyen un núcleo de estupenda capacidad para el creci­ miento. No tiene hábito de consumo y pueden ensanchar la producción sin mayor tropiezo, porque sus necesidades son tan rudimentarias que su soste­ nimiento, hasta que logren los frutos, no exige gran esfuerzo. Eran los hom­ bres apropiados para que Venezuela hubiese cumplido, a raíz de la Guerra Federal, el alza de las exportaciones. Pero los campesinos fueron descarta­ dos. Y en su lugar quedaron los terratenientes. Venezuela se bloqueó a sí misma. Sin esa Reforma Agraria, en el área de la agricultura de exportación fundamentalmente, era imposible el desarrollo capitalista. Ni aumento de la producción, ni excedente líquido más alto ni aprovechamiento de la deman­ da exterior podían lograrse si quedaba aferrada a su rigidez una estructura social viciada.

Aconteció algo más grave. Sobre las tierras abandonadas por los oligar­ cas fugitivos (aquellos que no se entendieron con los federales) cayeron los caciques del bando vencedor. El peón iracundo, el bachiller sin horizontes, el deudor fallido, la turba de hombres que fue a los campamentos federales salió de la guerra luciendo las charreteras del rango militar y el prestigio de la bravura. Generales y coroneles fueron los títulos que iban a ostentar quic-

-12-

Domingo Alberto Rangel

ncs habían sido hombres del pueblo. La victoria los convirtió en amos de re­ giones enteras del país. En un régimen distinto, de efectiva capacidad crea­ dora, hubieran sido los Emiliano Zapata de una reivindicación popular. La federación ya estaba falsificada desde Coche. Y el peón hecho general por lu gloria de un combate no deseó ser el brazo ejecutor, en el gobierno, de la voluntad de justicia de las masas. Prefirió despojar a los oligarcas, sustitu­ yéndolos en el vértice de la absurda estructura social de la época. Una nueva capa de terratenientes afloró a la dirección de la economía agraria del país. I sta circunstancia agravó la postración de nuestra agricultura. El general federalista fue un híbrido. Ni productor rural ni gobernante. Las dos cosas a lu vez. Y en ambas desarrolló los peores instintos. En la producción agravó las condiciones de absentismo que habían practicado los oligarcas. Su ha­ cienda se transformó en fuente para el pingüe enriquecimiento del recién llegado, ávido de desquitarse de sus viejas privaciones y en cuartel para ex­ traer tropas en las contiendas civiles. En cada hacienda habrá una plétora de "oficiales” , verdadera legión de vagos que tendrán que ser sostenidos por el esfuerzo de los peones. Entre latifundista y gobernante, el cacique federal entrañó la más aciaga catástrofe que haya llovido sobre el país. Azote de sus peonadas y maldición de sus gobernados, cada régulo local escribirá su nombre en la lista de las grandes calamidades de Venezuela. Así se destruyó una clase dirigente, los oligarcas, sin que los federales crearan otra clase de la misma jerarquía. La rapiña más cruda fue el objeto de estos antiguos ex­ plotados que encumbró la guerra. Una peonada descontenta porque no al­ canzó las metas que buscó en la contienda, una clase dirigente de menos ca­ pacidad que los oligarcas para dirigir la economía y un sistema de arbitra- nedad, en el cual podía ejercerse sin trabas la rapiña, fue el legado de una guerra que se libró bajo la égida de las más generosas ideas. Cuando a una clase dirigente no se la reemplaza con otra de los mismos o superiores qui­ lates, la economía se estanca y la sociedad se deforma. El proletariado hará un régimen superior al de la burguesía, porque es la clase más noble, espar­ tana y consciente de las sociedades modernas. No es raro que Venezuela haya experimentado el largo proceso de retrogradación'económica que va tie 1863 hasta 1936. La explicación está en las siete plagas que trajo una Re­ volución traicionada.

No bastaba, desde luego, para entronizar el capitalismo en Venezuela con elevar el potencial productivo de la agricultura, ampliando así el exce­ dente que ella podía tributarnos, ni con encauzar hacia la exportación el tra­ ba jo agrícola del país. Esa medida, si llegaba a darse, nos convertía en apén­ dice simple de las grandes potencias capitalistas de Occidente. Eranecesa-

13-

Proceso del Capitalismo Venezolano

rio complementar el esfuerzo del crecimiento agrícola, base de todo desa­ rrollo nacional en aquella época, con una política de defensa de nuestra eco­ nomía. Guzmán Blanco lo comprendió claramente. Y ello, lejos de ser títu­ lo para sus méritos, se convirtió en sentencia condenatoria de su figura. Desde el Poder, el fachendoso jefe, olvidó las precauciones nacionalistas que estampara su pluma. En la Memoria de Hacienda, presentada por Guz­ mán a mediados de 1863, se leen estos párrafos: «no temo declararme pro­

teccionista porque tal es el sistema que la razón universal y la ciencia eco­ nómica señala a lospueblos incipientes que aspiran a tener industrias pro­

Son halagadoras las modernas

teorías del libre cambio, pero es lo cierto que Inglaterra y Francia cuyos economistas lasproclaman, mantuvieron el espíritu de las contrarias en su

legislación y fue afavor del sistemaproteccionista que sus

ron al grado de esplendor que hacen que no teman hoy la concurrencia de

las extrañas». En esas líneas está el programa que debía adoptar Venezuela, superada la guerra, para precautelar su desarrollo. Al esbozarlo, Guzmán demostró perspicacia, cultura y clarividencia. Desgraciadamente, sus vein­ te años de dominación política serán el responso a esas ideas. El presidente Guzmán ya no pensará como el ministro Guzmán. El proteccionismo, que el país no acogió con el ímpetu indispensable, nos hubiese garantizado un cabal desarrollo. Elevar las exportaciones era fácil como lo probamos en otro pasaje de este capítulo. El problema de una política económica consis­ tía, frente a esa circunstancia, en llevar a la inversión reproductiva el exce­ dente creado en las exportaciones. Ello obligaba a frenar, drásticamente, la propensión a importar artículos de consumo. Una Reforma Agraria y un auge de las exportaciones elevan la demanda efectiva. El sector campesino, que exporta, ensancha su capacidad de consumo cuando coloca su produc­ ción. Una masa de dinero afluye al campo y a las cajas de los bancos y co­ merciantes que intervienen en el tráfico de exportación. Crecen las reservas líquidas de la economía, fuente esencial de la demanda. La Europa y los Es­ tados Unidos de la época andaban en trance de comprar productos ultrama­ rinos. Ese fenómeno del alza de la demanda, provocada por las exportacio­ nes, se hubiese dado plenamente en Venezuela. Pero en la hipótesis de que se hubiera realizado una Reforma Agraria, el problema revestía caracterís­ ticas palpitantes. Cuando los campesinos adquieren la tierra y prosperan, la expansión de la demanda es inmediata. El señor feudal guarda sus ganan­ cias para consumirlas lentamente. Una elevación de la producción en una agricultura feudal no ocasiona fenómenos de demanda inducida. La capaci­ dad de compra del sector agrícola es casi la misma que en condiciones de producción estancada. Si los campesinos adquieren la tierra y en ella siem­

pias y a perfeccionarlas en su desarrollo.

industrias llega­

-14-

Domingo Alberto Rangel

bran más y obtienen mejor precio, traducen inmediatamente en poder ad­ quisitivo toda esa prosperidad. El equilibrio económico se restablece, no habiendo industrias nacionales, mediante la importación. Para un país en trance de desarrollo capitalista el camino radica en satisfacer esa demanda con productos nacionales. Ese era el sentido histórico que tenía el protec­ cionismo hace un siglo. Así lo vio Guzmán sin que se hubiese arriesgado a practicarlo. Impedir importaciones de artículos esenciales de lujo implica­ ba llevar a la inversión el excedente ganado por el país en las exportaciones. La burguesía urbana, beneficiaría de la exportación pues los frutos los mo­ vilizaban sus mercaderes, se veía constreñida por el proteccionismo a colo­ car en empresas productivas sus recursos. No teniendo oportunidad de ad­ quirir artículos de lujo, el dinero que ganase en las exportaciones carecía de sentido si se inmovilizaba en sus cajas. Las industrias constituían la obvia alternativa para salir del estancamiento. El proteccionismo creaba un au­ mento de precios internos para aquellos productos que soportaban un fuerte arancel. La inversión en fábricas que los elaborasen prometía una alta tasa ilc ganancias. Esa situación rompía, en favor de la ciudad, la correlación de precios, pues costarían mucho más los artículos industriales, elaborados en el país, que los frutos agrícolas. El campesino necesitaba, en ese esquema, trabajar más para mantener su capacidad de consumo. El ensanchamiento ilc la producción agrícola recibía así un nuevo estímulo. Era ese el camino ile Venezuela. Obligar a los campesinos a sembrar cada vez más, estimular a los burgueses a invertir y cerrar el mercado venezolano a determinados ar­ tículos del exterior. Mediante ese modelo de crecimiento, el país podía utili­ zar las espléndidas perspectivas de demanda para sus productos sin ceder a las naciones extranjeras el abastecimiento de sus mercados. Hubiésemos te­ nido una balanza comercial favorable en el tráfico de bienes de consumo, mvirtiendo el superávit en la adquisición de bienes de capital. Con nuestro cacao, nuestro ganado y otros productos pagaríamos el desarrollo indus­ trial. Todo ello era posible sin el concurso de los capitales extranjeros. Pero nada se hizo para crear un alto excedente e invertirlo con acierto.

%•

F,1 programa del desarrollo capitalista -exportaciones, reforma agraria y proteccionismo- era compatible con la situación del país. En esa misma rpoca, la burguesía argentina emprendía la transformación de su patria con ideas similares. El esfuerzo argentino fue, sustancialmente, un gran énfasis ( ii las exportaciones. Cuando pusieron su arado en la pampa, los ricos capi­ tal islas de Buenos Aires pensaban en Londres. Sembrar trigo para los millo­ nes ile estómagos que se hacinaban en las capitales europeas era su sueño. I■I brazo del inmigrante puso luego la magia creadora sobre el suelo infini­

-15-

Proceso del Capitalismo Venezolano

to. Venezuela tenía ventajas comparables a las del país del Plata. Teníamos una vieja y recia tradición ganadera. Entre las naciones forjadas por España pocas se medían con Venezuela en el arte de manejar rebaños. Nuestra pa­ tria nació, literalmente, con un lazo en la mano. No fueron nuestros colonos el extremeño duro o el andaluz risueño sino el caballo y el toro. A Venezue­

la la hicieron, en barro americano, las reses perdidas en los cajones del llano

o asiladas en la espesura de las matas. La multiplicación del ganado, vence­

dor de las soledades llaneras, pobló a nuestro país antes de que triunfara el lazo del criollo. Y era carne lo que pedía la Europa en cuyo territorio ama­ necía, a mediados del siglo XIX, el capitalismo monopolista. Ese era el pro­ ducto que reclamaban los mercados. Carne para unas masas proletarias en crecimiento, carne para unas clases medias que surgían sobre el pavor de la explotación y carne para la burguesía de mesa multiplicada. Venezuela te­ nía entonces las tierras, los rebaños y los brazos para concurrir con la Ar­ gentina a esa faena que planteaba la división internacional del trabajo. Pero nuestra burguesía no tuvo la visión para captar la tarea ni el coraje para im­ ponerla. Desgraciadamente los países no crean sus clases sociales por obra de artilugios. El fondo histórico, es decir, la evolución, determina mucho su conducta. La burguesía venezolana jamás resolvió, ella misma, los proble­

mas que suscitaba el crecimiento del país. En 1810 se reveló lastimosamen­ te inferior a los acontecimientos. La contienda, cruel y prolongada, la arrojó

a planos subalternos. Fue el pueblo, directamente, quien afrontó la carga

heroica de construir la patria. La burguesía rumiaba, en el exilio antillano, sus quejas anodinas, mientras la ubre del pueblo amamantaba ejércitos de liberación. Cuando se consolidó la Independencia, la burguesía tomó al te­ rritorio patrio a decorar con brillo segundón el panorama de la nueva Repú­ blica. Cuánto distinto era el caso de la burguesía argentina. Desde el primer momento, los comerciantes del Río de la Plata ocuparon la vanguardia ideológica y emocional de la lucha. De un hijo de la burguesía surgió el do­ cumento económico más brillante de la independencia americana. En las trincheras o en los congresos, con la espada o con la pluma, los burgueses argentinos contribuyeron a forjar un país. Era lógico ese fenómeno de am­ bición sacrificada. Buenos Aires fue, desde el remoto fondo de nuestra ma­ triz colonial, el puerto por donde escurrían hacia Europa los productos de una vasta porción americana. La burguesía argentina, intermediaria obliga­ da de ese tráfico, creció con vigor y se realizó con lucidez desde los prime­ ros tiempos del coloniaje. Era una burguesía cosmopolita, volcada hacia Europa, consciente del valor y de las posibilidades del comercio internacio­ nal. Su papel rector en la economía argentina era determinado casi por el fa­ talismo geográfico que hacía de Buenos Aires una boca para los metales y

16-

Domingo Alberto Rangel

los frutos de América. Esa burguesía jineteó la historia y la condujo, sin intermediarios, hasta impartirle a la Argentina el sello de sus intereses. Nuestra burguesía, exportadora de los pocos productos que cultivó la Co­ lonia en nuestro suelo, sumisa al monarca aunque refunfuñando a ratos y forrada en concepciones aldeanas de la vida, no podía regir a la Nación. El vacío histórico lo ocupó el caudillaje desordenado, tormentoso y caótico (|uc culmina con los cien centauros entronizados en el Poder a raíz de la victoria federal. Era ingenuo exigirle a esa burguesía venezolana, asusta­ da siempre, que encaminase nuestro desarrollo. Los oligarcas del cacao y del 20 por ciento, agricultores, usureros y comerciantes, todos mezclados como si formasen una Santísima Trinidad de nuestro atraso, carecían de la sensibilidad necesaria para medir los movimientos y tendencias del co­

mercio internacional y ver en ellos la ventaja que el país podía captar. El

ti abajo de la industrialización, que apenas requería un proteccionismo

avisado, le era mucho más ajeno. Sustituir a los extranjeros en el abasteci­

miento de los artículos manufacturados parecía seguramente, a los bur- KUeses de mediados del siglo XIX venezolano, como un pecado contrario

■i la armoniosa distribución de las cosas. Los venezolanos habían sido he­

chos para vender cacao y distribuir, en nuestro suelo, las baratijas del ex- Ici lor. Ese esquema no se romperá en todo el siglo XIX y, por ello, resulta explicable que no se haya intentado una Reforma Agraria y, sobre ella, una política de elevación de las exportaciones y de proteccionismo riguro­ so. La debilidad estructural de la burguesía -nacida de la peculiar evolu­ ción del país- suprimió la fuerza social que hubiese podido colocar sobre bases seguras y oportunas el desarrollo capitalista del país.

líl momento histórico que se perdió en 1863, con el insólito Tratado de ( oche, era el más propicio para alcanzar las metas de un desarrollo capita­ lista independiente. En esos años, Europa y Norteamérica estaban incre­ mentando sus importaciones con una velocidad superlativa. La demanda de importaciones crecía a ritmos desusados, siempre más grande que el alza del producto bruto en esas regiones del mundo. La tendencia de los precios

fia próspera, sostenida y prometedora. Momentáneamente se anulaba así la ley del intercambio no equivalente. Los países de la periferia imperialista podían vender más caro su trabajo, representado por las exportaciones. La pai idad de precios entre las materias primas y los alimentos de los continen­ tes atrasados y las manufacturas de los países industriales era favorable a los primeros. La plusvalía arrancada por la burguesía criolla a los peones

i ampesinos que lograban los frutos y materias primas agrícolas era retenida

<iisi integralmente en el país sin que hubiese que compartirla, en proporcio-

-17-

Proceso del Capitalismo Venezolano

nes exageradas, con la burguesía de los países de Norteamérica y Europa. De esa manera, resultaba fácil absorber en nuestro favor el progreso técnico que cumplía el mundo capitalista en aquella época. Si nuestros productos valían más, en unidades de trabajo, que los de las naciones industriales, nos quedaban recursos para atender nuestras necesidades primarias y garantizar la inversión del capital en el país. En los años que siguen a 1863 se daba, respecto a Venezuela, un fenómeno auspicioso. Las naciones capitalistas de Occidente tenían avidez de importaciones, pero no sentían, todavía, la mis­ ma propensión a invertir sus capitales entre nosotros. Sus industrias reque­ rían materias primas, alimentos y metales que eran solicitadas donde hubie­ se condiciones propicias. Cualquier producción que garantizara el abasteci­ miento de Europa y Norteamérica era estimulada o aprovechada. Años más tarde, apartir de 1880, comenzaron las metrópolis capitalistas a disponer de recursos de acumulación suficientes para llevarlos al exterior y el derrame de las inversiones cubrió el planeta. Se forjó así ese período de la historia contemporánea en que, al arrimo de las inversiones extranjeras, los países subdesarrollados han tenido economías duales. Una economía de gran de­ sarrollo tecnológico, la señoreaba por los capitales del exterior, y otra retra­ sada y enclenque, en la que predominan los intereses nacionales. Venezuela tuvo, en los años que siguieron a la Guerra Federal, la excepcional oportu­ nidad de desarrollar enormemente sus exportaciones sin confrontar el apeti­ to de los extranjeros sobre sus fuentes de riqueza. Hubiésemos podido cre­ cer, en la ruta del capitalismo, sin pagar el precio de la sujeción a la rapiña extranjera. Ya en los que siguieron a 1880 aquello era imposible. No tenía­ mos entonces posibilidades de impulsar las exportaciones con ímpetu total, porque teníamos rivales que nos habían tomado la delantera, ni el capitalis­ mo estaba en la misma posición. Ya a fines de siglo, el capital monopolista de los grandes países llevaba en sus entrañas el hambre imperialista y con ella la codicia de la inversión en tierras de ultramar. Con la consolidación del imperialismo apareció, enfática, la ley del comercio no equivalente. Los precios de los artículos industriales tomaron amplia ventaja frente a los pro­ ductos agrícolas y mineros. La acumulación propia se hizo más penosa para los países atrasados. Era necesario trabajar más, en las zonas atrasadas, para pagar la misma cantidad de artículos procedentes del exterior. El excedente económico se redujo y la capacidad para el ahorro y la inversión autóctonos se hizo problemática. Comenzó la gigantesca carrera del capitalismo euro­ peo y norteamericano para apoderarse de las vastas reservas, mal defendi­ das y peor tuteladas, que yacían en los territorios atrasados. En ese momen­ to, la incorporación de Venezuela al sistema mundial del imperialismo, que era fatal, tenía que hacerse en condiciones más onerosas que lo habría sido

-IK-

Domingo Alberto Rangel

si ella se plantea después de un período de crecimiento capitalista interno. Es evidente que una Venezuela con una ganadería y una agricultura vigoro­ sas, con exportaciones multiplicadas y en aptitud para producir un exceden­ te líquido más elevado, habría sido presa difícil para el imperialismo. La inercia, la vacilación y la ceguera de nuestra burguesía, combinadas con el primitivismo canibalesco, la deshonestidad y el apetito de lucro de los cau­ dillos federales, ocasionaron a Venezuela uno de sus peores fracasos histó­

ricos. Si a esos factores agregamos el efecto disolvente de unas masas popu­

lares heterogéneas, atrasadas y descontentas, que tenían ímpetus reivindi- cativos y propósitos de hacerse justicia pero sin partidos avanzados que las

encauzaran y disciplinaran con moldes de revolución, redondearemos el

panorama de tragedia en que se debate la vida venezolana a fines del siglo

XIX. La Guerra Federal fue el último gran episodio de nuestra historia, en

que un capitalismo vernáculo tuvo abierta la posibilidad de convertirse en agente y catalizador del desarrollo nacional. Esterilizado el país en las gue­ rras crónicas, comprometido en la celda de la dictadura consuetudinaria,

disperso en esa anarquía socorrida de las naciones sin ideal ni rumbo, Vene­ zuela debía conocer el estancamiento durante mucho tiempo. Necesitare­ mos setenta años para recuperarnos del entumecimiento que ocasionó la gran frustración federal.

Domingo Alberto Rangel

CAPITULO II

LA CARGA DE LA DEUDA

I*1cordón umbilical que va a unir a Venezuela con la alta finanza interna­

cional será la deuda pública. Los federales iniciaron su gestión demostran- clo una avidez temprana por los empréstitos. Y durante los cuarenta años de vida venezolana que corren entre 1860 y 1900, señoreado por los caciques del campamento federal, el país será una casa de empeños. Así se estable­ cieron los primeros vínculos de Venezuela con aquellas potencias del dine- m>(|iie en la Europa, ya bautizada en las aguas lústrales del imperialismo,

la política. La deuda pública crece en nuestra patria

1 11 rigirán la economía y

con rapidez de espuma a partir del' momento en que los federales se trans­ forman en gobernantes. La oligarquía conservadora, prudente y recatada i (imo una matrona, asumió la deuda resultante de la liquidación de la Gran < nlombia. En sus tiempos, la deuda del Estado venezolano apenas alcanza­

ba a 114 millones de bolívares. De esa cifra, 104 millones provenían de las obligaciones contraídas por la Gran Colombia. Pero la guerra y el frenesí Inicial cambiarán ese cuadro. En 1860, cuando el país crepitaba en los

■iimbates, la deuda llega ya a los 233 millones de bolívares. No ha conclui­ do todavía la racha expansiva. El septenio guzmancista, heredero legítimo ■le los campamentos federales, pondrá velocidad angustiosa en los guaris­ A 309 millones de bolívares llevará Guzmán Blaifco, en su primera administración, el peso de los compromisos del Estado venezolano. Y será ■I mismo Guzmán, descorriendo los velos para su quinquenio, quien en

m o

IKKO pondrá la deuda pública en su más alto nivel de aquellos

años: 323 mi­

llones de bolívares. En los veinte años de hegemonía personal que Venezue- ln lia de tolerarle, Guzmán Blanco será una mezcla de Morgan con Stavisky, al|’,o asi como un titiritero tropical que multiplicará millones. A la postre, es

\ rué/líela quien paga las consecuencias de su fecundo ingenio de jugador. I’oiquc la deuda constituye para el país, en ese período importantísimo de

Proceso del Capitalismo Venezolano

su desarrollo, el símbolo de una frustración y la evidencia de una carga. El grueso de esa deuda se contrató en el exterior. Así lo atestigua el sobrio pero esclarecedor manojo de estadísticas que ha recogido la posteridad. La deu­ da interna era en 1860 de 96 millones de bolívares. Para 1880 había descen­ dido a 45 millones. La deuda externa seguirá una evolución distinta. En 1860 frisaba en los 136 millones. Guzmán no la dejará descansar. Iniciando su quinquenio la colocará en los 278 millones de bolívares, cifra la más alta de todo el período venezolano que antecede a la irrupción del petróleo. Se convierte así el país, merced a la magia guzmancista, en satélite de los inte­ reses bancarios y financieros de Europa. En esas cifras está la correa de tras­ misión que ha de asignarnos la función de ruedecilla en una maquinaria ecuménica que el capitalismo llevará desde los centros de Europa hasta las latitudes más remotas del planeta. Para el estudioso del desarrollo capitalis­ ta de Venezuela el problema de la deuda asume una trascendencia muy sin­ gular. Porque en esa deuda radicó uno de los factores, quizás el más impor­ tante, que esterilizarán el esfuerzo del país. Una deuda externa de 278 mi­ llones de bolívares constituía una carga ciertamente abrumadora para la pe­ queña Venezuela de la época. Como todas las magnitudes económicas, el endeudamiento tiene una significación relativa. Necesitamos relacionarlo con otras magnitudes del sistema económico para establecer con toda preci­ sión su alcance y su peso en nuestra economía. No hay desgraciadamente un instrumental estadístico que nos permita evaluar, con seguro acierto, el valor o el volumen de la economía venezolana de la época. El atraso y el de­ sorden feudales en que siempre se conjugó nuestra historia han dejado un saldo de silencio sobre los factores esenciales de la evolución económica del país. Empero, las pocas cifras que han llegado hasta nosotros, salvadas del incendio de las guerras civiles o de la inmovilidad de las dictaduras, va­ len por indicios útiles que el investigador, uniendo los cálculos de la técnica con la audacia de la imaginación, puede nutrir hasta impartirles el perfil de una prueba. El general Antonio Guzmán Blanco fue, por ironía, uno de los venezolanos más versados en lo que hoy llamamos Teoría Económica. Ha­ bía recogido el legado de la Escuela Clásica inglesa, cuyos principios cono­ ció e interpretó y alardeaba de sus conocimientos con cierta coquetería de ser civilizado que habla entre bárbaros de cosas pertenecientes a un mundo superior e inaccesible. En su famosa Memoria de Hacienda de 1863, Guz­ mán nos permite calcular el producto nacional bruto de la Venezuela de esos tiempos. Haciendo un lúcido alegato en defensa del proteccionismo -que luego olvidará como presidente- el hombre que acababa de firmar el Tratado de Coche estima en cuarenta pesos sencillos el gasto anual por ha­ bitante de productos extranjeros. Si suponemos que en aquella época, los

- 22 -

Domingo Alberto Rangel

bienes y servicios extranjeros representaban el 40 por ciento del gasto total, tendríamos que cada venezolano gastaba 62,5 pesos por año. La cifra equi­ vale a 250 bolívares. La población del país era, con arreglo al cálculo del mismo Guzmán, de 1.400.000 habitantes. La multiplicación del gasto total por habitante y de la población nos daría un producto bruto de 320 millones de bolívares. La operación, ya lo sabemos, es técnicamente imperfecta. Eli­ mina, entre otros factores, las transferencias que debía consentir la econo­ mía nacional para el pago de servicios a empresas o residentes en el exte­ rior. Pero sean cuales fueren sus defectos, esa operación nos permite entre­ ver la magnitud global de nuestra economía. Cuando Guzmán hablaba como Ministro de Hacienda, la deuda del país alcanzaba a 233 millones de bolívares. Esa suma encamaba el 66,5 por ciento del producto bruto. En 1880, rayando el alba del quinquenio guzmancista, la proporción de la deu­ da en el producto nacional será aún más elevada. Si suponemos que el pro­ ducto creció a razón del 2 por ciento anual, su valor total pudo haber sido de

420 millones de bolívares en 1880. La deuda pública se situó, en ese mismo

año, en 323 millones. La comparación de las dos cantidades establece una proporción del 79,2 por ciento de la deuda en el producto bruto.

Jamás en nuestra historia la deuda pública ha tenido un peso igual en la

economía venezolana. Ni en la Venezuela anterior al petróleo ni en la Vene­ zuela cautiva del imperialismo petrolero, el endeudamiento ha llegado a se­ mejantes extremos de asfixia. Durante la dictadura de Pérez Jiménez y en el actual gobierno constitucional, la deuda no ha excedido nunca del 25 por ciento del producto bruto. Quizás en la historia del mundo contemporáneo pocos ejemplos de un endeudamiento tan lunático, no hay otra palabra para calificarlo, puede acopiar el investigador. Los Estados Unidos constituyen hoy el modelo clásico de una política de deuda pública hecha ya consuetu­ dinaria. Desde 1929, los yanquis han soplado sobre las velas del endeuda­ miento. Ninguna de sus Administraciones ha rehusado practicar el deficit spending con amplitud variable, pero siempre en proporciones impresio­ nantes. Empréstitos internos, emisión de bonos, colocación de letras, apela­ ción al sistema bancario en demanda de préstamos a corto plazo, todas las operaciones descubiertas y desarrolladas por la Ciencia de las Finanzas han madurado y envejecido en manos de los estadistas norteamericanos. La deuda pública está hoy colocada en las cercanías de los 300 mil millones de dólares. El producto bruto de los Estados Unidos llega en la actualidad a

650 mil millones de dólares. La proporción de la deuda en el producto bruto

norteamericano es del 46 por ciento. Posiblemente sea necesario acudir al

caso de las naciones derrotadas de Europa-una Alemania en 1923-para en­

-23-

Proceso del Capitalismo Venezolano

contrar una carga tan agobiante como la que echaron sobre los hombros de Venezuela los caudillos federales transformados en magos de unas finanzas para la pobreza y el estancamiento.

Una deuda de esa magnitud conspira directamente contra el desarrollo capitalista. Y así ocurrió en la Venezuela posfederal. En una economía atra­ sada que se encuentre al borde del desarrollo capitalista, la capacidad para la acumulación del capital es bastante modesta. Los estudios modernos nos permiten, hoy por hoy, potenciar el fenómeno. En los informes técnicos de las Naciones Unidas se evidencia el hecho de que las economías subdesa- rrolladas del mundo ostentan una capacidad para la acumulación del capital que no se excede casi nunca del 15 por ciento de sus productos brutos. Aun agregando a los recursos de esas economías el dinero que sustraen los in­ versionistas extranjeros por la vía de los dividendos y de las amortizacio­ nes, la acumulación no sobrepasa del 20 por ciento en los casos más conoci­ dos. El producto venezolano era de 350 millones cuando las tropas federa­ les victoriosas avistaron los «techos rojos» de Caracas. Una deuda pública, fundamentalmente externa, de 323 millones de bolívares exigía segura­ mente un servicio anual de 32 millones, calculado con benevolencia. El ex­ cedente de nuestra economía, en tales condiciones, no rebasó quizás los 50 millones de bolívares. En esas cifras se expresa el fenómeno de la frustra­ ción capitalista del país. Venezuela quedaba obligada, por la incidencia de su deuda pública, a consagrarle a los acreedores el grueso de su excedente líquido. En manos de los venezolanos apenas quedaba el dinero necesario para asegurar la reproducción simple del capital. O sea, para reponer el ca­ pital desgastado en el proceso productivo. Dicho en los términos de la mo­ derna teoría económica, el ahorro no podía transformarse en inversión neta. Atendíamos las exigencias de la inversión bruta, es decir, de aquella parte del instrumental productivo que se deterioraba y por ello era imperativo restaurar.

La resultante de una situación parecida a la que hemos descrito es el es­ tancamiento. La economía no puede crear nuevas fuerzas productivas. Se vive sobre el mismo cuadro económico. Manejando el mismo volumen de capital, operando con unos rendimientos estacionarios, congelando el nivel de vida de la colectividad. Tanto la dotación de capital como la productivi­ dad del trabajo, que es una de sus consecuencias, tienden, dentro de ese cua­ dro, a paralizarse. El desarrollo capitalista encuentra una valla permanente que configura la situación que los franceses han sintetizado en la expresión puntos de estrangulamiento. Porque existe, en realidad, una economía es­

-24-

Domingo Alberto Rangel

trangulada. En el planode los fenómenos relativos se mira con mayor clari­

dad el desenlace atroz del proceso. Como la población no es estacionaria, se presume que la fuerza de trabajo se incrementa anualmente en proporciones diversas. Cada año afluyen al mercado de trabajo, aun en economías tan atrasadas como lo era la de Venezuela en 1880, nuevos brazos que deman­ dan ocupación. Pero la economía tiene la misma masa de capital para em­ plear esos apartes a la fuerza de trabajo. Los trabajadores tienen que engan­ charse, en esas circunstancias, para actuar con una productividad marginal decreciente. Cada trabajador que se coloque producirá menor cantidad de bienes y servicios. La inmediata consecuencia de ese ciclo de fenómenos no

es otra que la baja del salario nominal. Con la disminución del poder adqui­

sitivo de los trabajadores sobreviene el estancamiento del mercado de con­ sumo. Si no existiere la carga que significa la deuda, el progreso podría con­ seguirse por la vía de la reproducción capitalista. Siendo decreciente el sa­ lario de los obreros, las ganancias de los capitalistas tenderían a subir en re­ lación a la productividad por hombre ocupado. Brotaría un excedente, apro­

piado por la clase empresarial a través del crecimiento de la plusvalía relati­ va, que serviría de base para la inversión en instalaciones y en maquinarias. I’ero la historia se desvanece cuando interviene, en ese cuadro prometedor,

la deuda pública que succiona las utilidades de los capitalistas. En las con­

diciones venezolanas de fines del siglo pasado, señoreadas por una deuda agobiante, sólo podía crecer una magnitud en nuestra economía: El consu­ mo conspicuo de las clases dominantes. Bloqueados por el peso de la deuda que arrebataba a la economía venezolana la posibilidad de transformar en inversiones el excedente líquido, los capitalistas criollos gastaron en su consumo personal gran parte del saldo que les proporcionaban sus empre­ sas. La propensión de nuestra burguesía a la dilapidación se vio acentuada durante el lapso en que la deuda pública gravitó superlativamente sobre nuestra economía. Desde 1860 hasta 1914 -período de intenso crecimiento

capitalista en el mundo- Venezuela se vio atada al botalón del estancamien­

to por una cadena de deuda pública que le forjaron los caciques de la Fede-

iación, que habían prometido liberarla. Por ironía de la historia, son los fe­ derales quienes más estorban un desarrollo capitalista del cual aparecieron como profetas cuando en el campamento heroico hablaban de una Venezue­

la capaz de recorrer, mediante el federalismo, el camino sorprendente de los

I stados Unidos.

I as perturbaciones de la deuda en el sendero del desarrollo capitalista

Iii i lian con fulgor propio cuando las vemos a través del prisma del comercio

mtci nacional. En el mundo contemporáneo, es el comercio internacional el

-25-

Proceso del Capitalismo Venezolano

mejor término de referencia para medir el progreso, estancamiento o retro­ ceso de un país pequeño que se imponga el deber de transformarse. Ningún país débil puede desarrollarse, dentro del capitalismo o del socialismo, sin acudir al comercio internacional. Y es en ese comercio donde se sintetizan, con elocuencia aplastante, sus éxitos o sus fracasos. La deuda contraída por Venezuela a raíz del triunfo federal era esencialmente externa. La deuda in­ terna descendió paulatinamente hasta llegar a proporciones bien modestas. La externa, por el contrario, fue hinchándose durante todo el período que separa a la Revolución Federal de la Primera Guerra Mundial. El problema del desarrollo capitalista de Venezuela se planteaba, en ese período, como una resultante de las ventajas que supiéramos sacar de las peculiaridades impuestas sobre nosotros por el tráfico mercantil de la época. El servicio de la deuda externa se traducía en el pago anual de ciertas cantidades a empre­ sas o individuos del exterior. No he encontrado estadísticas capaces de re­ flejar en una serie completa el volumen de los pagos realizados por el país a sus acreedores de ultramar. Forzosamente he de acudir a referencias aisla­ das. Una de ellas, que va a servirme de hito, aparece en un excelente libro que el doctor Ramón J. Velásquez salvó del olvido injusto: La Cuestión Mo­ netaria en Venezuela, escrito en el exilio por Domingo B. Castillo, precur­ sor enhiesto de un nacionalismo que combatió sin éxito pero con dignidad. El señor Castillo estima que, en 1907, el país despachó al exterior la suma de 14,4 millones de bolívares para atender al servicio de su deuda. Los gas­ tos totales de Venezuela en el extranjero fueron ese año de 86 millones. La deuda externa frisaba entonces en los 136 millones de bolívares. La tasa de interés y la proporción de las amortizaciones representaba, a la luz de ese dato, algo más del 10 por ciento de la deuda global. El sacrificio del país de­ bió ser mucho mayor en años anteriores cuando el peso de la deuda externa era indiscutiblemente superior y sus exportaciones más bajas. En 1880 la deuda externa se colocó en los 278 millones. Las exportaciones valieron apenas 70 millones. A la tasa anual del 10 por ciento, Venezuela se vio obli­ gada, seguramente, a remesar al exterior 27 millones. El fardo que estuvo soportando Venezuela se esclarece vividamente. En 1880, el servicio de nuestra deuda alcanzó al 38 por ciento de las exportaciones. En 1907 había descendido al 17 por ciento, pues las exportaciones venezolanas valieron entonces unos 81 millones de bolívares.

El estancamiento económico del país puede apreciarse ahora, cuando lo mensuramos en el área del comercio exterior, con mejores posibilidades de exactitud. Para 1880, año en que culmina la deuda externa, el país ya perte­ necía al sistema de reservas estratégicas que el imperialismo creó en todo el

-26-

Domingo Alberto Rangel

mundo. Sus relaciones con el exterior estaban gobernadas por las leyes del

■npitalismo. Dentro de esas leyes, la posibilidad de desarrollo de un país pe­ queño estribaba en su aptitud para retener y aprovechar el excedente líquido sobre el cual gravitaba su comercio exterior. El capitalismo es un sistema i|uc se desarrolla cíclicamente. Entre ascensos y descensos, entre expansión

v contracción ha fluctuado su historia. Para los países de la periferia impe-

inilista, entre los cuales ya se catalogaba Venezuela a fines del siglo XIX, el

problema del desarrollo cíclico tiene una cadencia conocida. En la fase de >•xpansión, aumentan sus exportaciones. El volumen de la demanda intema- i tonal de sus productos se expande y suben, simultáneamente, sus precios.

I I poder adquisitivo de las masas que trabajan en el sector de exportación se robustece firmemente. Como el sector de exportación ocupa un lugar deci­ sivo en la economía -la mitad del producto bruto suele engendrarse en él- el

aIza de los precios y de las cantidades exportadas tonifica a todo el país. En ese momento obran los dos principios fundamentales de la dinámica del ca- pilalismo: el multiplicador y la aceleración. Si en un país pequeño de fines del siglo pasado existía una clase burguesa con capacidad para el desarro­ llo, se forzaría el funcionamiento del multiplicador, es decir, se elevarían las inversiones reproductivas para alcanzar incrementos ulteriores del in­ greso nacional. Si la clase burguesa carecía de sensibilidad para el desarro­ llo permitirían sus hombres que el acelerador, es decir, el ensanchamiento del consumo, actuara como único estimulante del ingreso. Los Estados I luidos manejaron hábilmente lo que hoy llamamos el multiplicador. El nIza de sus productos agrícolas en el mercado internacional dio pábulo, en- Irc 1865 y 1900, a una inversión sostenida, constante, que obró sobre su in­ greso para elevarlo sin pausa. La Argentina se desarrolló, apoyándose tam­ bién en el alza de sus exportaciones, mediante la expansión del consumo t|iie operaba en su economía las consecuencias del principio de aceleración.

I n ambos casos, la economía avanzaba. Cuando afloraba la recesión, exis­

tía un instrumental productivo o un nivel de vida, según las dos peculiares situaciones de esos países, que preparaban a una y otra colectividad para usufructuar el retomo de la fase favorable del ciclo.

lín Venezuela, el modelo de desarrollo capitalista, así definido, no podía operar y la dependencia del país frente a las metrópolis de Occidente no avanzaba hacia su transformación cualitativa en una autonomía bien gana­ da I a economía venezolana también recibía los auges cíclicos del gran ca­ pitalismo de fines del siglo XIX. Nuestros productos conocieron, como los de I'stados Unidos y Argentina, el alza de precios y el robustecimiento de su demanda. I ,a relación de intercambio nos fue propicia, entre otras razones,

-27-

Proceso del Capitalismo Venezolano

porque durante cierto tiempo en los países capitalistas más importantes la demanda de importaciones subía más que el ingreso nacional. El sector de exportación de nuestra economía aumentaba, en esos períodos de auge, su demanda efectiva. Crecía el empleo en la agricultura de exportación y con ese fenómeno se hacía más alto el volumen de salarios cobrados por los campesinos. Las utilidades líquidas de los hacendados eran también más elevadas. El comercio de exportación amasaba mayores ganancias y, detrás de él, la banca mercantil echaba su cuarto a espadas en los acontecimientos de la prosperidad. Pero la deuda impidió que el país, en su conjunto, perci­ biera beneficios constantes. Ni el multiplicador ni el principio de acelera­ ción podían funcionar. El pago de los intereses y utilidades anulaba, com­ pletamente, el efecto bienhechor del alza de precios. Un país que debía tri­ butarle al extranjero el 38 por ciento del valor de sus exportaciones no tenía capacidad para transformar en bienes de inversión el fruto de sus ventajas internacionales en el período de auge ni estaba facultado para permitirle a su población el traslado a la esfera del consumo de esas mismas ventajas. El crecimiento del excedente disponible que se lograba en la expansión de las exportaciones era esterilizado por el pago de los intereses y de las amortiza­ ciones de la deuda. Así se remachaba el estancamiento económico. Los pro­ cesos de la economía mundial capitalista nos colocaban, en virtud de ese cuadro de circunstancias, en una situación de perpetuo desvalimiento. Un país que en la fase imperialista del capitalismo no diversifique su estructura productiva, agregando nuevas y variadas inversiones a su instrumental ni eleve el consumo de sus masas pobladoras, resulta condenado a comparecer al mercado internacional en un pie de creciente desigualdad. La prosperi­ dad no vigorizará su economía.

El estudio del comportamiento cíclico del capitalismo en países atrasa­ dos, como lo era la Venezuela del siglo XIX, nos explica ahora por qué la caída de los precios internacionales resultaba tan dura para nuestros compa­ triotas de hace ochenta años. Los artículos de la prensa diaria, allá por la dé­ cada de los ochenta del siglo XIX, parecen jaculatorias desesperadas. El tono de reproche es constante a lo largo de varios decenios de periodismo venezolano. Los historiadores de todas las escuelas -desde un González Guinand que es el ama de llaves de nuestra historiografía a un Gil Fortoul, científico y elegante- recogieron sin explicarlo el eco dolido del país. Era lógico lo que ocurría en las depresiones mundiales. La caída vertical de los salarios, la reducción brusca de nivel de empleo y la descapitalización efec­ tiva, constituían las únicas respuestas que una economía como la nuestra podía dar frente a las recesiones internacionales. Si nuestra economía hu­

-28-

Domingo Alberto Rangel

biese aprovechado los auges, como lo hicieron Estados Unidos y Argentina, la caída de las depresiones no habría sido tan abrupta. Porque el ensancha­ miento de la base productiva nos hubiera podido permitir, tal vez, el mante­ nimiento del nivel de empleo aunque con una tasa de salarios reales descen­ dentes. La inversión de los términos del intercambio, que pasaba a una fase en que los productos industriales del extranjero entraban a valer más que nuestros frutos de exportación, abatía verdaderamente el salario real. Pero, aún en tal coyuntura, era factible conservar el mismo volumen de empleo si, en la prosperidad, la reinversión del excedente hubiera sido capaz de expan­ dir la dotación de capital en la economía. Las crisis fueron en nuestra histo­

ria más pavorosas que las guerras civiles, las langostas o los caudillos victo­ riosos. Porque ellas evidenciaban el tributo de pobreza y retroceso que en los tiempos, ya iniciados entonces, del imperialismo deben pagar los países que no saben trazarse metas de desarrollo. Para seguir pagando los intereses

y amortizaciones de la deuda, la Venezuela del siglo pasado tuvo que despe­

dir en los períodos de recesión internacional a millares de trabajadores y disminuir, por añadidura, los salarios nominales. Es casi seguro que las os­ cilaciones de nuestro producto y de nuestro ingreso hayan asumido propor­ ciones impresionantes. En el auge, el ingreso efectivo crecía poco porque los beneficios de la coyuntura favorable los volatilizaba el pago de las deu­ das. Y en las depresiones, ese ingreso se contraía enormemente para dejarle espacio disponible al mismo pago que se tomaba, sin alternativa, draconia­ no y soberbio. Entre los problemas del capitalismo venezolano figuraba, de esa sorprendente manera, el de la inestabilidad, planteado con caracteres de agudísimo patetismo.

¿Cómo robaba la deuda externa a los productores venezolanos su ingreso

y su excedente? ¿Dónde está el mecanismo en virtud del cual el sector de

exportación de nuestra economía perdía sus beneficios en el auge y doblaba sus cargas en la depresión? El ladrón invisible se escondía en los pliegues de la política fiscal y monetaria. La deuda externa había sido contraída por

el gobierno. Su pago concernía, obviamente, a los organismos públicos.

I os recursos para ello debían provenir de los impuestos o de la deuda inter­

na. En esa época el grueso de los impuestos eran indirectos. Y así no se co­ nocía en los países subdesarrollados ni siquiera en algunos de los más avan­ zados, la tributación directa. La Venezuela de la época disponía, apenas, de una fuente para alimentar el torrente de su vida fiscal, las importaciones. En las aduanas del país había un medio fácil, expedito y poco costoso, de impo­ nerle a la población del país los tributos que fuesen indispensables para el sostenimiento del listado. I o s aforos arancelarios se convertían así en llave

- 29 *

Proceso del Capitalismo Venezolano

maestra de la estructura tributaria del país. Para afrontar la cancelación de la deuda, el gobierno se veía obligado a ajustar los torniquetes del arancel. La tarifa venezolana asumió un sello fiscal muy marcado en la segunda mitad del siglo XIX. Los aforos se hicieron virtualmente prohibitivos en muchos renglones y en otros gravitaron fuertemente. No era un arancel proteccio­ nista. Porque no se castigaban aquellas mercancías cuya producción en el país fuese factible y conveniente a la luz de un criterio de estrategia econó­ mica. El proteccionismo, como arma adecuada en tiempo de desarrollo pri­ migenio de un país, ha de descansar sobre un grupo de productos fríamente seleccionados que entran a constituir como los centros de gravitación para las inversiones de capital doméstico. Los artículos que exijan menos capital por unidad de trabajo o cuya elaboración demande una técnica menos rigu­ rosa y compleja, o aquellos que se fabriquen con materias primas que el país produce y para los cuales existe ya una demanda, se gravan con elevados pechos aduaneros. Los recursos del país encuentran así estímulos para in­ vertirse en su producción. Ese es el proceso y la razón de ser del proteccio­ nismo. La Venezuela de la segunda mitad del siglo XIX, enfeudada a los caudillos de la victoriosa Federación, instauró un temible arancel que no era proteccionista. Se gravaron fuertemente artículos que no podíamos produ­ cir en esa etapa de nuestro desarrollo y otros, como el trigo, que jamás llega­ remos a obtener en cantidades apropiadas al consumo nacional. Guzmán in­ surgió contra ese absurdo arancel cuando, en sus retozos de teorizante de la economía, hablaba ex catedra para «epater lepays» como él mismo habría dicho en sus galicismos de mariscal napoleónico. Pero el Guzmán teórico, que fue después de Bolívar la mente más lúcida y la cultura mejor formada entre nuestros hombres de Estado del siglo XIX, y el Guzmán práctico, ol­ vidadizo de sus principios y veleidoso como una Maritornes, jamás se pu­ sieron de acuerdo. Durante la larga dominación guzmancista, la frustrada Revolución Federal mantuvo el arancel que el «Ilustre Americano» había criticado en nombre de sus favoritos autores ingleses y franceses.

Los aforos arancelarios elevaban escandalosamente el costo de la vida para las masas venezolanas. Pagaba, de esa manera, la población nacional el servicio de la deuda. En el precio recargado por el arancel de los artículos que consumían o manejaban las masas populares iba implícito el interés y la amortización de los empréstitos. El arancel era alto porque la deuda resulta­ ba fuerte. Los precios se elevaban porque el arancel incidía abusivamente sobre ellos. Las masas debían soportar los precios altos para que el fisco tu­ viera recursos a la hora de encarar el pago del servicio de las deudas. Un círculo vicioso en el cual había dos víctimas. El pueblo cuyo nivel de vida se

-30-

Domingo Alberto Rangel

i laucaba y la economía que no podía crecer. El sistema constituía una ver­

dadera ventosa para el país. Para acopiar altas sumas, el fisco necesitaba pe-

i liar aquellos artículos de generalizado consumo. En la economía venezola­

na

tic la época, los artículos que llenaban esa condición eran los que utiliza-

l>a

el pueblo. El arancel recaía, de tal manera, sobre el grueso de la pobla-

• íón. Automáticamente se producía una redistribución del ingreso contra el

pueblo. Los precios de los artículos de primera necesidad valían más, medi­ dos en proporción al ingreso de quien los comprara, que los artículos de

ln|o. El nivel de vida de las masas se abatía gradualmente, contribuyendo la política fiscal a hacer crónico el fenómeno que la coyuntura capitalista, ya I»recibida por el país, definía como intermitente. Pero los ricos no se benefi-

i i.iban plenamente. El arancel, indiscriminado y avariento, gravaba tam­

bién las máquinas y bienes de capital con el mismo rigor. La función-pro­

ducción para un inversionista criollo resultaba insuperable, pues la tasa de beneficio que podían producir las máquinas no era satisfactoria siendo ele­ vados sus precios como consecuencia del arancel. Era preferible una fun-

i iúii producción en que predominase el factor trabajo, es decir, con una

Imjn composición orgánica del capital, pero esa alternativa no era factible mi la Venezuela de la época. El resultado fue que el arancel-impuesto por el

Iiiij'o de la deuda inhibió las inversiones de capital, haciéndolas indeseables

¡mi n el empresario criollo. El papel de la deuda pública, que ha sido positivo

i n la historia del capitalismo, se frustró en Venezuela.

Iiiiropa y los Estados Unidos se vieron estimulados en su primitivo esta­ dio de crecimiento capitalista por la deuda pública. El fisco flotaba emprés- iilos en vastas proporciones mediante la emisión de títulos de largo venci­ miento. Esos papeles se colocaban en las casas bancarias o en los bancos de

Inversión (investment banks o banques de affaires) pertenecientes a la bur-

iMiesia comercial. Se construían grandes obras públicas -principalmente fe- llm añiles- que creaban economías externas en beneficio de la burguesía.

I’ma pagar los intereses de la deuda y para reembolsarla cuando los títulos

v' m ían, el Estado recargaba los impuestos indirectos. El consumo se frena-

Imi o eiccía con retraso respecto al producto global de la economía. Pero la

acrecer

Ima nucsía aprovechaba esa redistribución desigual del ingreso para

mi excedente líquido invertible. Fue así cómo los banqueros e industriales

obtuvieron los recursos y se garantizaron el mercado que les permitió ex-

pitndu sus negocios durante todo el proceso que lleva a la transformación

i n imperialismo del capitalismo de libre competencia. En Venezuela, el

ni mu el, hijastro de la deuda externa, hizo más penosa, como en Europa, la

ilinación de los asalariados, pero no estimuló a la burguesía. Entre sus con­

Proceso del Capitalismo Venezolano

secuencias figuran, al contrario, el desánimo permanente a las inversiones criollas que habrían de ser, andando el tiempo, la mejor ventaja psicológica para los inversionistas del exterior cuya codicia sobre Venezuela no tardaría en encenderse.

El estancamiento de los niveles de vida, suscitado por el arancel que crearon las deudas, se evidencia si acudimos a la tasa de salarios. No hay es­ tadísticas sobre ese aspecto de nuestra evolución económica. Será esa au­ sencia de datos una constante en nuestra investigación. Pero no faltan los atisbos indiciados. Don Ramón Veloz, procer de las investigaciones sobre el pasado económico del país, publicó unos cuadros sobre sueldos devenga­ dos, entre 1830 y 1940, por distintos funcionarios de la administración pú­ blica. Un oficial que devengaba sueldo de 2.400 bolívares anuales en 1830, cobraba en 1900 la suma de 3.600. Un incremento del 33 por ciento en 70 años. La tasa media anual de aumento no llega, creo, al 0,30 por ciento. Los porteros ven decrecer su remuneración entre la llegada de los redentores de la Federación y el advenimiento del siglo XX. En 1854, un portero percibía 2.500 bolívares anuales. En 1900, después de cuarenta años señoreados por los paladines federales que debían traernos el capitalismo y la democracia, el mismo portero ganaba 1.920 bolívares. La misma situación prevaleció, con toda seguridad, en los medios privados de la economía. No echando el país raíces industriales, la demanda de trabajo no se diversificó. Al rayar el siglo y hasta 1925 la economía venezolana seguía utilizando el brazo no ca­ lificado de trabajadores sin formación. Como el acceso de esos trabajadores al mercado de trabajo se determina por la tasa de crecimiento de la pobla­ ción y ésta quizás fue superior a la del producto bruto, el país propendía a un excedente crónico de oferta. La aparición de una demanda de trabajo califi­ cado habría remediado esa situación. Pero sin industrias, que el arancel no permitía, el «pico y pala» seguía siendo el único actor en nuestras faenas económicas. La baja del salario real se ilumina así en sus vinculaciones con el fenómeno de la deuda externa. La suerte del país en la esfera de la repro­ ducción del capital fue semejante. El volumen de las inversiones reproduc­ tivas se mantuvo estacionario, en su conjunto, en la larga jornada económi­ ca que va de la aparición de los federales sobre el valle de Caracas a la llega­ da de los primeros exploradores rubios a la ribera oriental del Lago de Ma­ racaibo. No me equivoco si afirmo que, salvo los ferrocarriles guzmancistas -juguetes casi inútiles en nuestra brava geografía- y la expansión de los ca­ fetales -que analizaremos en los capítulos posteriores- no hubo ninguna in­ versión seria en tan dilatado período de nuestra vida. Las deudas y todo el cortejo de circunstancias que las-acompañaron explican por cpié el pnís,

-32-

Domingo Alberto Rangel

conduciéndose de modo tan absurdo, frustró totalmente su desarrollo capi- lalista y se mantuvo anclado al feudalismo mientras en el mundo y en Amé­ rica todo se transformaba y crecía.

La deuda de los federales -y aquí el dolor que siembra la nostalgia llega a

los tuétanos- fue contraída para costear los gastos de la guerra de cinco años

y para financiarle más tarde, al Napoleón de esa Revolución frustrada, An­

tonio Guzmán Blanco, su aparatosa política ferroviaria y de obras públicas.

I 1humo de los combates, que sólo condujo al entronizamiento de una cáfila

de siniestros macheteros en el Poder, nos ocasionó la primera gran deuda. Para pagar la pólvora derrochada durante la Federación -pólvora inútil como pocas en la historia venezolana- el país debió apretarse el cinturón hasta consumirse en la castidad económica más terminante. Años después, los carromatos absurdos que contrató el «Ilustre Americano» con el pompo­ so título de ferrocarriles y los edificios en que su régimen quiso emular al Tercer Imperio francés, prosiguieron la succión de Venezuela. Los ferroca- iriles significaron un esfuerzo enorme, para un país que se comprometió a

garantizarle un rendimiento fijo a los capitales en ellos invertidos, sin que aportasen beneficios ostensibles. Sus defectos son demasiados conocidos y han sido expuestos lúcidamente por los historiadores de nuestra economía.

I lio nos exonera de repetir aquí el escrito de cargos que se ha formulado

contra los costosos ferrocarriles de Guzmán Blanco. Los edificios del «Ilus­ tre Americano» dieron a Caracas un equívoco aire de metrópoli. Una Cara- ras con su «Su Sainte Chapelle», su Teatro de la Opera y hasta sus bouleva- ies, todo para imitar al París de Haussman donde el carruaje de los marisca­ les sustituyó a la barricada de los Gavroches. En los símbolos de Guzmán Illanco -líder, ideólogo y heredero de la Federación- se condensa como en un laboratorio toda la tragedia del capitalismo venezolano que no pudo ser. Un capitalismo sin capitalistas, como la Francia de 1875 que era una Repú- blica sin republicanos. Una democracia sin demócratas como los Estados I luidos de la ley de Lynch. Capitalismo que no tenía burguesía y que igno- i iba las leyes del desarrollo capitalista. Democracia quef desechaba a las masas e ignoraba las leyes de la acción política. De esas contradicciones te­ nia que surgir un país pintoresco, cuyo capitalismo se reducía a la cúpula deI ( 'apitolio, tan brillante como la de Washington y al escenario del Teatro Municipal, donde las bailarinas que aplaudían los buenos burgueses eran las mismas que cosechaban tempestades en capitales más prósperas.

así tenía que ser el imperio caudillesco

de <¡uzmím Blanco. I ,as leyes objetivas del desarrollo son siempre superio-

I Jnu democracia sin demócratas

Proceso del Capitalismo Venezolano

res a la voluntad de los hombres. La Federación había anunciado, entre sus vagas y proliferantes promesas, que instauraría en Venezuela algo así como el desarrollo capitalista. De las proclamas de la época -que constituyen lo más logrado en cuanto a cursilería se ha escrito en el país- se desprende que los federales aspiraban a hacer de Venezuela una especie de versión tropical de lo que ya eran entonces los Estados Unidos, es decir, una joven Repúbli­ ca capitalista. Ese era su objetivo histórico. El cuadro de un país gobernado por instituciones federalistas y tan próspero como lo eran ya aquellos Esta­ dos Unidos, donde había pan en todas las mesas, tenía que resultar grato y sugestivo. Posiblemente, los hombres del pueblo compartían la frase, no por pedestre menos expresiva, con que Etanislao Rendón sintetizaba su concepto sobre la Federación: «es grande, es divina, es celestial». Esa frase vacía sirve, precisamente por ello, para que cada quien la llene con todo el torrente de sus sueños frustrados y de sus ansias inanes. El reino de la felici­ dad no alumbró a Venezuela. Seguimos siendo el mismo país palúdico, analfabeto y hambriento. Ningún cambio objetivo, ni en las fuerzas produc­ tivas ni en las relaciones de producción, suscitó la Federación ni vislumbró su jefe victorioso, Antonio Guzmán Blanco. El estancamiento económico en que va a sumirse Venezuela y la colosal deuda que se arroj a sobre nuestra población introducen en nuestro panorama un factor de peculiarísima gra­ vitación. Un estancamiento que venga acompañado de graves cargas con­ duce, como ya lo hemos apuntado, al empobrecimiento gradual, inexorable, de un país. Cada generación encuentra un terreno más deleznable bajo sus pies y tropieza con una vida menos abordable y grata. En el transcurso de una misma generación, los cambios negativos se hacen evidentes como si se viviese en un film de acción retardada. Ese cuadro de estancamiento ado­ bado con pobreza contrasta abruptamente con las promesas que se hicieron en los días hazañosos de la lucha. El desnivel entre la acuarela de mesa ser­ vida y cocina humeante y la realidad del mismo rancho sobre el mismo lati­ fundio resulta demasiado crudo para los espíritus sensibles. En las fibras de la sociedad se mueve esa corriente nerviosa que es el descontento. Convul­ siones, latidos, desgarramientos, son los fenómenos que van recorriendo el organismo social. La proclama amarillenta que en otro tiempo sirvió de banderín de enganche para la guerra se mira como remedo trágico de un porvenir que se había anunciado espléndido. Sobreviene el momento de grandes decisiones. El partido o caudillo que se encuentra colocado frente a esa situación ya no puede seguir siendo leal, en su conducta política, a las prédicas que hiciera cuando luchaba por el Poder. Y menos un grupo y un hombre como fueron, en la Venezuela de mediados del siglo XIX, el Partido Liberal y Antonio Guzmán Blanco. El liberalismo y sus caudillos -desde

-34-

Domingo Alberto Rangel

mediados del siglo pasado hasta nuestros días- reconstruyen la Nueva Eloísa de Rousseau a la hora de formular promesas. Toda su imaginación tropical y su escasa cultura (porque el liberalismo del trópico es inculto) se mezclan y robustecen para cobrar fuerza descriptiva. La sociedad que pro­ meten es la tierra de la abundancia y de la satisfacción. Es su pecado de cla­ se. Ajenos a la producción, bachilleres de carrera trunca o intelectuales sin oficio, los liberales de América Latina y sus herederos ignoran las leyes y los mecanismos que gobiernan las sociedades. Cuando luchan por el Poder se dejan arrastrar, sacudidos por el aguijón del sensualismo político, hacia la demagogia de las promesas. Pero en el Poder se tropiezan con una reali­ dad que habrán estudiado mal y con unos problemas que no entrevieron. Y entonces optan por disfrazar, con alguna careta, al viejo orden al cual inme­ diatamente se pliegan. Allí brota el bonapartismo tropical. Las promesas se tiran por la borda, con prisa de náufrago. Frente al descontento de las masas -que recuerdan las promesas y las exigen- surge el expediente de la repre­ sión. Cárceles, jueces y esbirros no tardan en funcionar contra el mismo pueblo que llevó a los liberales al Poder. Así se acalla o se contiene la incon­ formidad popular. Es la exigencia del estancamiento económico. Un país estancado no puede mantenerse dentro del orden sino a costa de sufrir una persecución más o menos sañuda. Si el estancamiento va acompañado por una desigual repartición del ingreso social, la necesidad de reprimir es aún más grande. El jefe se transforma en un sepulturero de su propio pasado. 1,as frases que ayer pronunciara sobre democracia, capitalismo, república federal, constituirían su acta de acusación penal. Guzmán Blanco fue vícti­ ma de esa ley implacable del desarrollo histórico. La Revolución Federal, como todo movimiento dirigido o animado por una pequeña burguesía in­ culta que aprovecha el torrente popular, había pintado un país de estampa incitante. Ninguno de sus líderes dijo al pueblo que construir el orden capi­ talista que allí se prometía costaba esfuerzos muy serios. Los partidos revo­ lucionarios modernos hacen esa advertencia desde que luchan en la calle. I.os del siglo pasado y sus herederos actuales, apenas dibujan un grato pai­ saje porque sólo les mueve el mecanismo de la demagogia.

Cuando el pueblo se impacientó porque El Dorado de los federales no aparecía, a Guzmán se le hizo indispensable la dictadura personalista. Así protegía a sus generales enriquecidos -los «pata en el suelo» federales con­ vertidos en langosta humana- de la justa indignación de unas masas que se- p.nlnn siendo tan depauperadas como siempre y conjugaba el estancamiento t on la obediencia a la autoridad. Era el bonapartismo en un país atrasado. Aquí como en Europa, el bonapartismo es el método de los enterradores de

-35-

Proceso del Capitalismo Venezolano

revoluciones que con ellas estuvieron más por oportunidad para su can-era que en servicio de ideal heroico. El bonapartismo es, en América Latina, el sistema político para un capitalismo que no aflora y para un progreso que no se logra. Viene siempre detrás de las revoluciones frustradas. Las que pro­ metieron un desarrollo que social y políticamente eran incapaces de conse­ guir. Y lo ejecutan hombres que tienen alma de desertores y vocación de es­ clavos.

Domingo Alberto Rangel

CAPÍTULO III

LA MANCHA DEL CAFETO

Mientras los federales dilucidaban sus pleitos compadreros y aferraban los grilletes de la deuda pública, el país seguía viviendo. Ninguna sociedad es absolutamente estática. Cuando la Ciencia Económica habla de estanca­ miento no niega ni podría hacerlo sin descender al descrédito, las realidades del cambio histórico, persistentes y ciegas aún en medio de las vicisitudes más azarientas. Estancamiento no significa inmovilidad. Las fuerzas pro­ ductivas fluyen, se agitan y se contradicen a través de todos los períodos de la historia. No hay cirugía social, por áspera que ella pretenda ser, con capa­ cidad suficiente para anestesiar la dinámica de una economía. El estanca­ miento es simplemente una situación en la cual las fuerzas productivas tie­ nen que desgastarse luchando contra unas relaciones de producción que las estrangulan sin destruirlas. La sociedad quizás se asemeja, en esos perío­ dos, a los remansos de los ríos, aquietados en la superficie pero enérgicos en la corriente del remolino profundo. La vida social es un vértice de aguas que giran en tomo de sí mismas como si quisiesen recordar, en su marcha circu­ lar, que el dinamismo es la primera expresión de las sociedades. En el movi­ miento de rotación sobre sí mismas, las fuerzas productivas cavan en el le­ cho estructural de la vida social hasta que un fenómeno de ruptura, prome- Iiendo caminos, las libere devolviéndoles su derecho a la marcha hacia ade­ lante. La Venezuela encarcelada por la frustración que le acarrearon los fe­ derales -constructores sin arte de un capitalismo criollo- no iba a apagarse porque unos caudillos la hubiesen decepcionado. Los venezolanos siguie­ ron sembrando, comerciando, distribuyendo y consumiendo riquezas na­ cionales y extranjeras. Y en esa trama de hechos económicos tenía que ges­ tarse un esbozo de cambio social. En los cuarenta años que van de la Guerra hederá! al advenimiento del siglo XIX, la semilla del capitalismo sin suelo propicio en un pafs de instituciones contrahechas logró subsistir y hasta

-37-

Proceso del Capitalismo Venezolano

emitió débiles pero interesantes brotes que debe estudiar el economista y ubicar el historiador. Porque constituyen como un hito en la jornada del de­ sarrollo nacional.

Rosa Luxemburgo formuló una teoría que ha sido llamada de controver­ sias inacabadas en los dominios de la Ciencia Económica y del arte revolu­ cionario. Analizando las concepciones de Carlos Marx sobre la reproduc­ ción del capital, la insigne pensadora sostuvo que el capitalismo crece como en una sucesión de círculos concéntricos. Donde encuentra un asidero favo­ rable echa inmediatas raíces que buscan horadar el suelo extendiéndose en las más variadas direcciones. El modo de producción capitalista amanece súbitamente en medio de la inmovilidad de las instituciones feudales. Con­ quista primero una ciudad, como punto focal e irradia hacia la comarca cir­ cundante. Es la antítesis del feudalismo que la dialéctica emplaza en busca de la síntesis superior donde los contrarios se resuman y actúen. La lucha comienza. En la roca del feudalismo, el brote capitalista muestra temprana proclividad a expandirse. Las leyes de la renovación y de la inercia, de la acción y de la resistencia, oriundas del mundo físico, se trasladan al escena­ rio social. El medio social hecho de tradiciones y de prejuicios se moviliza instantáneamente, como ciega espontaneidad, a cerrar la brecha que ha abierto el intruso. El desenlace de ese proceso depende, evidentemente, de la fuerza que el desarrollo capitalista ostente desde el primer momento y de la robustez de la sociedad feudal. Un complejo de causas, todas las que pue­ den obrar sobre una sociedad, entra enjuego. La índole de la riqueza, el gra­ do del desenvolvimiento tecnológico, la calidad de la población, el nivel de la acumulación del dinero, la índole de las instituciones y hasta el influjo de las tradiciones más antiguas, constituyen los agentes susceptibles de decidir el duelo histórico. Si el capitalismo halla estímulos rápidos irá expandién­ dose en oleadas concéntricas hasta que arrope a todo el país cuya posesión dispute. Si en la sociedad no aparecen esos estímulos, el modo de produc­ ción capitalista quedará confinado a una región, como víctima de una fron­ tera invisible. La tesis de Rosa Luxemburgo ha sido muy debatida. Pero es arriesgado negarle brillo, originalidad y apego a los postulados científicos. Eminentes investigadores -como Maurice Dobb- la acogen implícitamente en sus estudios sobre el origen del capitalismo y una figura tan cimera de la ciencia contemporánea, Joan Robinson, le tributa explícito homenaje. El capitalismo ha nacido en pequeños lugares donde las condiciones propicias fueron concentrándose insensiblemente y desde ellos, como quien clava las garras en una piedra, alzó el vuelo hacia la conquista de espacios más am­ plios. Flandes, Génova, París, la Renania, Cataluña y Londres son ejemplos

-38-

Domingo Alberto Rangel

de brotes capitalistas, afortunados unos, desgraciados otros, en medio de sociedades que vivían bajo otros modos de producción. Algunos de esos brotes dominaron los países que los rodeaban e hicieron del capitalismo su ley y su destino. El capitalismo inglés surgió de Londres, señoreó primero su país y luego se extendió por el mundo. El capitalismo catalán, casi tan antiguo como el inglés, no ha podido sobreponerse a la fiera España del Cid Campeador y allí está, vegetando en un país atrasado que lo ahoga. El modo capitalista de producción puede coexistir, luchando, mucho antes de la toma del Poder por sus hombres. El capitalismo francés empezó a ser reco­ nocido y tentado por los reyes, tanto Valois como Borbones, siglos antes de la Revolución Francesa. Los mercaderes de París y los tejedores del Flan- des francés conquistaron derechos y ganaron instituciones cuando no se so­ ñaba, entre ellos, con la ascensión al Poder. Durante siglos tuvieron que coexistir, sin cesar en la pugna, feudalismo y capitalismo sobre un mismo país. Hasta que las picas del 14 de julio dirimieron el choque histórico. El socialismo es el único sistema que sólo puede aparecer, como modo de pro­ ducción, cuando sus ideas hayan afluido a las masas y sus instituciones co­ ronen el Poder. Pero el capitalismo puede dominar una comarca o una re­ gión y allí permanecer, sin extenderse a un país, años y lustros en una espe­ cie de vela de armas histórica. Aparece la economía dual que tantas preocu­ paciones ha despertado en los autores hoy atentos al fenómeno de subdesa- rrollo. La economía dual de muchos países subdesarrollados no es otra cosa que la coexistencia en su seno de distintos modos de producción. Se expli­ can así las diferencias de ingreso, productividad, acumulación y desarrollo, muchas veces abismales, entre regiones que comparten un mismo país.

En la Venezuela de 1863 -la del Tratado de Coche- germinó un brote ca- pilalista cuyo desarrollo y destino importan al historiador que quiera tener una visión panorámica de nuestras vicisitudes sociales y de nuestras posibi- Iidades presentes. Apareció en la región de los Andes y se localizó en el cul- li vo del café. El incipiente desarrollo capitalista que inician los Andes a raíz del triunfo federal fue una consecuencia de la historia, bien distinta en esa región a lo que ella significó para el resto de Venezuela.

El español del siglo XVI se sintió decepcionado en los Andes. Aquellos indios mansos, los timotes y los cuicas, no tenían oro prodigioso ni relatos fantásticos sobre montañas doradas que apacentaban rayos de luna. Eran agricultores del maíz y de la papa y tejedores contumaces. Su patrimonio se reducía a las sementeras de ajedrez que vestían a los páramos como si nece- silascn, ellos también, un poncho multicolor para mitigar el frío. Adorar el

-39-

Proceso del Capitalismo Venezolano

sol y a la luna y escalar las gargantas de las cordilleras para llegarse hasta Tunja constituían sus únicas formas de comunicación con el mundo exte­ rior. No brotaban en sus riscos el cacao aromático, el tabaco adormecedor ni esa pera verdosa que, con el nombre de aguacate, tentó los paladares de los europeos del Renacimiento. Unas montañas de oscura esmeralda, un ciclo transparente donde navegaban apacibles las nubes en el atardecer y un cli­ ma tentador para la sensibilidad mediterránea de los españoles fue lo que atrajo allá a los conquistadores. En esas condiciones, los Andes no servían para asentar las formas de colonización que estaban moviendo cascadas de aventureros españoles hacia América. No había en los Andes el oro y la pla­ ta que España necesitaba para asegurar su acumulación primitiva. En sus tierras era imposible sembrar las plantas susceptibles de proporcionar apeti­ tosos platos a la mesa, ya opulenta, de los banqueros que financiaban a los reyes. El sistema colonial era allí imposible por razones físicas. La mina, matriz de la mita en los grandes virreinatos, se desvaneció cuando el ojo de águila del conquistador tiró al suelo, desilusionado, los granos de arena que recogieron sus manos. Y la plantación colonial de caña de azúcar, tabaco o cacao resultaba incompatible con el clima y el relieve del territorio. Los An­ des no podían ser ni una versión más modesta de Potosí, mineros y esclavi­ zados, ni un trasplante de los sistemas de explotación de la tierra que espa­ ñoles primero y franceses e ingleses más tarde entronizarían en las riberas del Caribe. El español se vio obligado, frente a tal medio geográfico, a crear una economía parecida a la que dejó en su nativa península. Cuando los conquistadores se cansaron de husmear valles y domeñar picachos, pensa­ ron en su trigo, en su cebada, en sus arvejas de la lejana España. Agriculto­ res a la fuerza, los españoles que llegaron a los Andes trasladaron a la nueva región la economía de Extremadura o de Castilla. La tierra no era extensa ni los españoles que se aventuraban hacia valles tan internados fueron nunca muchos. Esos dos factores -la parquedad de la tierra y la escasez de mano de obra peninsular- determinaron la creación de un sistema de pequeña y me­ diana propiedad, bien diferente de los vastos repartimientos que señorea­ rían a Venezuela. Los indios de los Andes no eran guerreros. La agricultura había amansado, desde hacía mucho tiempo, sus instintos de lucha. Pacífi­ cos y dominados por un sistema que los encauzaba férreamente, resultaba lógica su convivencia con el europeo. Sin resistir, casi como quien se doble­ ga ante un acto inevitable, el aborigen andino se convirtió en bestia de carga de los nuevos amos. Frente a una población que jamás disputó la tierra, fle­ cha en mano, hasta regarla de sangre antes de sucumbir, los españoles no se vieron forzados a extremar la ferocidad. El sistema económico y social im­ plantado por España en los Andes venezolanos no tuvo bautismo de sangre

-40-

Domingo Alberto Rangel

ni se estableció en medio de grandes sacudidas de parto doloroso. La transi­ ción pacifica hacia el orden hispano dispensó a los indios un tratamiento menos duro que el que habrían de conocer sus hermanos del resto de Vene­ zuela. No había tampoco deleitosas riquezas que justificaran, a los ojos de la codicia española, el empleo de la dureza contra la gente indígena. Fue así como nació el modo de producción en los Andes.

La colonización española de esa comarca de Venezuela se asemeja, en más de un aspecto, a la que realizaron los ingleses en la Nueva Inglate­ rra. Fue un trasplante a ultramar del modo de producción de la M adre Pa- Iria. M ériday Trujillo -los nombres no son obra del azar- serán como dos tentáculos americanos de Extremadura, de cuyo suelo áspero partieron los conquistadores que vieron por vez primera el brillo de los riscos andi­ nos. El mismo trigo, la misma avena, las mismas arvejas, mecidas por el viento. Pequeñas y medianas propiedades de hijosdalgo donde se siembra lo que puede alcanzar el brazo de dos o tres jornaleros. Economía familiar (|iic requiere de poca mano de obra. El siervo, en este caso indígena, jugó un papel menos decisivo en los Andes que en otras regiones de Venezuela, donde el negro y el aborigen eran indispensables en la gran plantación colo­ nial. La sociedad andina nació sin grandes contrastes sociales. La clase do­ minante en el sistema implantado, los españoles, no pudo elevarse grande­ mente sobre el nivel medio de la población. Porque la ausencia de riquezas fácilmente realizables -el oro y los productos coloniales- no permitía la acu­ mulación primitiva. Entre los propios españoles no mediaron abismos pro­ fundos de condición social. No habrá en los Andes un español acaudalado y un español empobrecido. Como la Europa de la Edad Media, los Andes ha- i án una economía aldeana, con escaso excedente, que consumirá en lo esen­ cial sus propios productos. Y para adquirir el vino y el aceite de España bas­ tarán los dos o tres barcos anuales que los merideños llenan con su trigo en la bahía de Maracaibo.

Los Andes se situaron, desde la epifanía de la Coloriia, en los bordes de las entidades políticas que después se llamarán Nuevo Reino de Granada y < apitanía General de Venezuela. No sabían, exactamente los merideños, si eran granadinos o venezolanos. Las capitales de ambas entidades distaban mucho de Mérida o de Trujillo. No era clara la nomenclatura administrativa ni muy rigurosa la división político-territorial. La influencia del Estado no les llegaba con esa brutal eficiencia de las máquinas que aplastan. Ni Bogo- 1.1m Caracas se interesaban en unas provincias pobres y fastidiosas, donde los españoles tenían que practicar la continencia y sembrar las mismas

-41-

Proceso del Capitalismo Venezolano

plantas de la península. Para reeditar a Extremadura en América no valía la pena recorrer miles de millas de navegación peligrosa. En los Andes pudo mantenerse, más vivo que en el resto del país, el individualismo español de los fueros medievales. Las viejas libertades, abolidas por Carlos V después de su victoria de Villalar, persistieron en el suelo americano, pero especial­ mente en aquellas regiones alejadas de los poderes coloniales. La libertad personal del súbdito, consagrada en las Cartas de la España batalladora, la inviolabilidad de su domicilio, el derecho a las armas, las prerrogativas ju ­ diciales, formas de la espléndida y sacrificada democracia española no pe­ recieron en América. España fue el primer país democrático de Europa. Na­ die podría explicar la epopeya de su Reconquista desde don Pelayo hasta Isabel, si no hubiese existido en ese país una temprana y hermosa democra­ cia, hecha por campesinos y artesanos. A Mérida y a Trujillo llegaron, por­ que eran aldeanos sus conquistadores, esas manifestaciones de la democra­ cia española. Cuando en Villalar sucumbe la plebe acaudillada por Padilla, ya se aprestan para viajar a lo que será la Nueva Granada los barcos en que vienen Rodríguez Suárez y sus compañeros. Perviven los fueros de España y casi nadie los estorba durante la Colonia porque el funesto poder del mo­ narca y de sus virreyes y capitanes generales no alcanza hasta aquellas al­ deas montadas sobre el lomo de unas cordilleras distantes. Los Andes pu­ dieron ser, por ello, la sociedad más libre en todo el proceso de la colonia venezolana. No tuvieron casi esclavos. Sus siervos no vivieron doblegados de brutalidad y la población española se desenvolvió rápidamente por el cli­ ma. Mientras una Barinas se asemeja en la Colonia a una próspera pero do­ lida Georgia, Mérida se aproxima a lo que fue Massachusetts en el proceso de la colonización de la América del Norte. Y así como España, si no media el río de oro del descubrimiento de América, habría sido el primer país capi­ talista de Europa, los Andes bien pudieron ser, siglos más tarde, el primer foco del capitalismo venezolano hacia 1863. Su formación histórica los in­ ducía a jugar ese papel.

Cuando concluye la Guerra Federal, existían en la región andina las dos condiciones básicas para la reproducción capitalista: mano de obra libre y dinero acumulado. Detrás de estas condiciones se esconde un proceso cuyo análisis no puede soslayar quien aspire a esclarecer los grandes movimien­ tos de la sociedad venezolana en su marcha histórica.

Las guerras aceleraron, al rayar el siglo XIX, el crecimiento de la pobla­ ción andina. Como en la Europa medieval donde las guerras fueron el único medio de comunicación entre los pueblos aislados, en la Venezuela de

-42-

Domingo Alberto Rangel

aquellos tiempos, las jomadas bélicas actuaron como agentes de integra-

i lún nacional. Los llaneros de Barinas empezaron a conocer el paisaje andi­

no y a dialogar con las gentes que allí vivían cuando la Independencia los

i onvirtió en soldados. Durante tres siglos, andinos y llaneros habían sido

vi vinos despreocupados. Más allá de los riscos, entrevistos desde la cálida

11.ii inas en los atardeceres, comenzaba para el llanero un mundo incógnito.

I Iandino que miraba, desde lajoroba de sus montañas, el lienzo de la llanu-

i ii tendida a la distancia, sentía el vértigo de lo desconocido. El comercio de

Harinas, esencialmente colonial, se orientaba hacia las metrópolis euro­ peas, donde el naciente capitalismo compraba su tabaco, sus cueros y su oilil. De Europa llegaban, a esa especie de Babilonia colonial que fue Bari- mis, el trigo, las telas y el aceite de España. Para adquirir el trigo, los barine- H6N debían acudir a las flotas que periódicamente despachaba España hacia

Indias. A doscientos kilómetros desplegaba Mucuchíes el tono amarillo de sus trigales. Pero, económicamente parecía estar más próxima Sevilla. IIsins paradojas han deformado desde la colonia la evolución económica de Venezuela. El capitalismo internacional, del cual hemos sido prisione- itiN desde la llegada de los conquistadores, nos desintegró como nación

i' na integrarnos en su vasta red de intereses ecuménicos. No podía fun-

' tonar el capitalismo mundial, aun en su etapa más incipiente, si los bari-

M'Nrs adquirían su harina en Mérida. Un tráfico de esa índole habría impe- 'ln lo la apropiación del excedente creado en Barinas por los barones del ercio europeo.

l i guerra perforó esa pared de aislamiento. Los llaneros que regresaban

H ais casas, fatigados de gloria y añorantes de paz, hicieron para los Andes

■I papel que hoy confían las naciones a sus agencias de turismo. El relato nostálgico sobre la gran diáspora que fue la Independencia, el llanero habla­ ba del clima, del paisajey de las costumbres andinas. Las condiciones eco- ihinn. as del medio en que vivían los llaneros habrían de obligarlos a emi- Uim I a independencia dañó, casi irreparablemente las actividades que hi- ■i' ion de Barinas, la gran factoría de la Venezuela colonial. Sus industrias ili I tabaco y del añil, su ganaderíay la elaboración de cueros no se recupera- imi lanías de los veinte años en que vivieron abandonados. Durante ese lar- lio periodo, el capitalismo europeo supo encontrar mercados supletorios •' c.iiir recibiendo los productos que antes compraba en Barinas. Al res- i'ibli <ei se la paz, Barinas se encontró con una crisis estructural muy acen­ tu a d a Sus industrias básicas no eran ya capaces, como lo fueron en la Colo­ nia .Ir absorber los incrementos anuales de producción. No había en el ex-

>s mismos mercados de otros tiempos ni las fuerzas productivas de la

Proceso del Capitalismo Venezolano

provincia barinesa conservaban su vitalidad. La solución de esos proble­ mas, en régimen de libertad personal, viene con la emigración. Los barine- ses se hicieron, después de la Independencia, emigrantes forzados que to­ maron el camino «del cerro». A los Andes fueron llegando, desde 1825, nu­ tridos contingentes de barineses que se colaban a sus valles por los portillos abiertos en las altas cordilleras. Los Andes pudieron enfrentarse a lo que ha­ bía constituido hasta entonces para ellos el más grave de sus problemas: la escasez de mano de obra.

En la colonización de Venezuela, los flujos migratorios tendieron a fijar­ se en torno de las fuentes fundamentales de su producción. El español mar­ chó, esencialmente, a las grandes haciendas costaneras y a los hatos del lla­ no. A los Andes viajaba lo que pudiéramos llamar el residuo que dej aban las demás regiones del país. La esclavitud no podía resultar para el español acriollado en los Andes una solución viable. Era demasiado costoso adqui­ rir esclavos cuando la producción andina, que debía pagarlos, no ostentaba la prosperidad y el vigor que caracterizan a las explotaciones coloniales del resto de Venezuela. El cultivo del trigo, de la papa o de la arveja era incom­ patible con el gasto implícito en la esclavitud. Fue así como a lo largo de todo el período colonial los Andes serán en Venezuela una región acuciada, sobre todo, por problemas de mano de obra. Era ese el factor escaso que li­ mitaba, al gravitar sobre las actividades económicas, las posibilidades de la producción. Mientras los Andes no superaran su escasez de mano de obra, estaban imposibilitados para sustentar una gran producción. El inmigrante llanero que comienza a afluir a raíz de la Independencia, cambia totalmente el panorama. Los Andes adquieren una mano de obra barata, casi gratuita, que viene por añadidura de la región más avanzada del país.

Barinas era, al rayar la Independencia, la comarca venezolana de mayor desarrollo tecnológico. Sus plantaciones de tabaco y de añil habían incor­ porado casi todas las conquistas de la época. Al arrimo de esa riqueza flore­ ció un comercio activo, cosmopolita y próspero. Los barineses que trepan las cordilleras llevan una habilidad probada y una capacidad superior. Eran la mano de obra ideal por lo barata y por lo eficiente para una región que ne­ cesitaba incrementar, sin grandes desembolsos, su fuerza de trabajo. Sin in­ vertir un centavo, los Andes recibieron un estupendo aporte inmigratorio.

El crecimiento demográfico de los Andes, a partir de 1830, es prodigio­ so. Algunas cifras precisarán esa afirmación. Se refieren al movimiento de la población del Táchira entre 1839 y 1846. El cantón La Grita pasa de 9.244 habitantes a 11.459. La tasa neta de incremento es del 3,2 por ciento

-44-

Domingo Alberto Rangel

anual. El cantón San Cristóbal va de 10.737 a 18.891. Una tasa de incre­ mento medio anual del 11 por ciento. Lobatera y San Antonio del Táchira, que eran los restantes dos cantones de la provincia, acrecientan su masa de población a un ritmo de 9,6 y de 11 por ciento anual, respectivamente. La expansión demográfica del Táchira no cesará de obrar a través del siglo

XIX. El Censo de Población de 1873, ordenado por Guzmán Blanco, evi­

dencia un aumento de la masa pobladora en aquel Estado, con relación a 1846, de 26.000 habitantes. La tasa media anual de crecimiento fue del 3 por ciento. Esa afluencia inmigratoria se hizo en condiciones de progresiva productividad por hombre ocupado. Ello explica el que, pese a tan extraor­ dinario incremento de la población, el nivel de los salarios no se hubiese abatido. La demanda de trabajo excedió seguramente a su oferta. En condi­ ciones de expansión económica, el aumento de la productividad por hom­ bre ocupado eleva la masa de la plusvalía. Se acelera la reproducción del ca­ pital porque los beneficios se destinan a la reinversión. Hay una producción ampliada extensiva en aquellas regiones que como los Andes, donde todo esto ocurre, no tenían industrias de bienes de capital para hacer con ellos más intensivo el fruto del trabajo humano. José Gregorio Villafañe, al estu­ diar la situación del Táchira en 1877, habla «de los altos salarios que paga su floreciente agricultura», circunstancia que atrae mano de obra de la Re­ pública de Colombia. En el lenguaje de nuestros días diríamos que los An­ des tenían ya en 1877 un nivel de productividad y una tasa de salarios, que es una de sus consecuencias, superiores a las prevalecientes en Colombia. I;,n tales condiciones no puede aparecer el ejército industrial de reserva que es, en régimen capitalista, uno de los factores que frena la inmigración ha­ cia los grandes centros fabriles. Las ciudades andinas crecen rápidamente a partir de la Independencia, pero absorben los contingentes que llegan a

ellas. La mano de obra deja de ser, porque la tasa de incremento de la pobla­

ción alcanza alturas superlativas, el factor limitativo del desarrollo. Se pro­ duce así, la condición básica del desarrollo capitalista, mano de obra libre, es decir, asalariada. Y una mano de obra cuya adquisición, a diferencia del

inmigrante extranjero o del esclavo, no cuesta absolutamente nada. El flujo barinés permitió a los Andes resolver el problema con métodos distintos a aquellos que asumieron los países de plantación en el Caribe. En esos países el problema de la mano de obra lo solucionó el esclavo que podía ser adqui- i ido por el gran terrateniente porque el cultivo de la caña proporcionaba su- Iicicntes ganancias. En otros países fue el inmigrante europeo quien solu­ cionó el mismo problema.

-45-

Proceso del Capitalismo Venezolano

Pero los Andes tenían que afrontar, para constituirse en núcleo de un em­ brionario capitalismo, otro problema: el de la acumulación del dinero. La historia se encargó de resolverlo espontáneamente. La clase poseyente an­

dina era desde la Colonia, frugal y austera. La agricultura del trigo y de la papa no engendró excedentes apreciables que pudieran trocarse, mediante

el tráfico internacional, por los variados productos de la industria europea.

La limitación del excedente suscitó fenómenos que más tarde obrarían como acicate del desarrollo capitalista. Intentamos examinarlos con escru­ pulosa objetividad. El productor andino, español, americanizado, no tuvo grandes mercados en la Colonia. España había prohibido o estorbado el abastecimiento con trigo merideño de las regiones costaneras de Venezuela

y de la Nueva Granada. Se cumplió con ello el proceso de desintegración

nacional en obsequio de la integración internacional que agenció, desde el Renacimiento, el capitalismo mercantil europeo. No disfrutó el español de los Andes de una mano de obra expansiva allegada hasta él por la esclavi­ tud. Las tierras eran reducidas. Forzosamente tuvo que practicar, por impe­ rativo de esas circunstancias, una agricultura intensiva. Consiguieron los Andes, en virtud de este proceso, un nivel de rendimiento por hectárea sem­ brada que era muy superior al prevaleciente en el resto del país aun antes de la Independencia. El labriego de los Andes sacó así, a su capital, una alta tasa de beneficio. La productividad de su mano de obra era incomparable­ mente mayor a la vigente en las regiones cálidas de Venezuela. El suelo li­ mitado y la escasa fuerza de trabajo rindieron fecundas utilidades. En con­ diciones normales, la clase poseyente andina hubiera gastado su excedente en la adquisición de suntuosos artículos de lujo. Pero el comercio interna­ cional no se lo permitió. Era imposible importar de una España con la cual casi no se sostenían relaciones los productos de la manufactura europea. Si los Andes hubiesen sembrado cacao o secado cueros, seguramente sus te­ rratenientes habrían enaltecido sus vidas con el brillo del despilfarro. Así procedieron los «grandes cacaos» de Caracas porque ellos sí tenían acceso periódico al mercado internacional. La distribución de la propiedad, más in­

justa en el Centro y en los Llanos, concentraba el excedente en las pocas manos de los favoritos de la Colonia. La propensión caraqueña al lujo es una resultante de las iniquidades sobre las cuales se monto el coloniaje. El auge de precios internacionales aparejaba para la provincia de Caracas un aumento de los lujos en que disipaban el ocio los mantuanos. Las clases do­ minadas, siendo esclavas o muy pobres, no participaban en los beneficios que ocasionaba el alza de la demanda internacional.

-46-

Domingo Alberto Rangel

En los Andes el fenómeno se plantea en términos distintos. La provincia ilc Mérida practicó un comercio muy irregular, y su estratificación social era también diferente. Contactos ocasionales con España y diferenciación do clases menos acentuada, fueron dos rasgos fundamentales de su evolu-

r n')ii. El excedente económico, siendo ese el cuadro, no se gastó en un con- .unió de lujo. Si sobrevenía un auge internacional del cual pudiera hacerse partícipe la provincia, se elevaba el consumo social. Todos los pobladores, (unto propietarios como artesanos, participaban en los beneficios del auge, miiique en medida distinta según su posición social. En productos esencia­

les invertían los merideños sus ingresos del período bonancible. Si venía un

i icio de contracción internacional, o si el consumo en el período de auge no

n o expandía mucho, la población andina atesoraba. Allí está la explicación histórica de la tendencia merideña al ahorro. Las circunstancias económi-

i as impusieron a la provincia de Mérida el hábito de guardar. La temperan-

i m ele sus gentes ha pretendido ser explicada por razones de raza, de clima y

iIr medio geográfico. Historiadores superficiales se han encargado de desti­

la esas absurdas teorías. Pero contra su juicio impera el dictamen de la

i icneia Económica que sí descubre, en los procesos sociales, el hilo con­ ductor que los impulsa.

I

,os Andes poseían, al iniciarse la República, recursos de capital líquido

nlr Horados a lo largo de una jornada histórica. No tenían palacios ni organi-

/üban grandes saraos, pero en los arcones de sus ricos, como en el Flandes del siglo XVII, brillaban las monedas. Las circunstancias en que va a desen­ volverse la República no harán otra cosa que acentuar esa ventaja. Entre la masa de inmigrantes barineses y colombianos que repechaban las cuestas iimlinas no sólo vienen las peonadas descontentas. En esa caravana partici- l'Hi también, sobre el púlpito de sus sillas labradas, hacendados y comer- que buscan «nuevos aires». Entre ruido de espuelas bajan de sus ca­ balgaduras un poco doblados por el peso de las «morocotas» que llenan sus michas fajas. Son hombres rudos, de mano encallecida en el manejo del lazo

v de vida austera, impuesta por la soledad de las llanuras. Bajo el «pelo de

i-ii.mía» muestran la cara curtida de soles. Con ellos llega a los Andes una niir.a tic oro para financiar actividades económicas y una audacia empren­ dedora que aguijonea el deseo de prosperar. En 1859 escala la cordillera la ultima gran oleada de hacendados barineses. Llegan a Mérida, a San Cristó- Imi o a Boconó con el pavor reflejado en la palidez de la cara. A pie o a caba­

llo.sin darse tregua, cruzaron el espinazo de las montañas para guarecerse

i n el refugio andino. Ezcquicl Zamora ha incendiado a Barinas y roto con

ello lii columna vertebral de la oligarquía conservadora. Arreando restos de

-47-

Proceso del Capitalismo Venezolano

rebaños, seguidos por sus mujeres y sus hijos, los «godos» barineses se pre­ cipitan en la fuga. Mérida y San Cristóbal los acogen. Tienen dinero y se presentan en un momento urgido de capitales líquidos. Para financiar el en­ sanchamiento de la producción, la clase dominante andina está tropezando con la dificultad de la carencia de dinero. No hay fondos para alimentar y pagar a los jornaleros mientras se recogen las cosechas. No hay fondos tam­ poco para adquirir en Maracaibo algunas mercancías que sustenten el con­ sumo de una creciente población agraria y urbana. El dinero de los barine­ ses obra como un préstamo a corto plazo que restablece la liquidez de la economía andina. Pero los barineses vienen a invertir. Se establece la com­ petencia entre ellos y los empresarios andinos. Es la competencia por la tie­ rra y por la mano de obra. Surge la lucha por los factores de la producción, que ha sido siempre evidencia y condición del desarrollo capitalista. Sobre­ vienen la especulación mercantil, el tráfico con los terrenos, el encareci­ miento de la tierra, el alza de salarios y, en general, los fenómenos de expan­ sión de la demanda efectiva que son inherentes al desarrollo. Pero la conti­ nua afluencia de inmigrantes y de capitales guardarán el equilibrio. Defini­ tivamente, los Andes se convierten, a raíz de la Guerra Federal, en comarca de inmigración y en foco de atracción de capitales. Su propio dinero y el que allegan barineses y colombianos, aportan la segunda gran condición del desarrollo capitalista.

El ensanchamiento acelerado de la producción andina será, a partir de 1863, el único factor de progreso en Venezuela. Desde la conclusión de l;i Guerra Federal hasta el advenimiento del petróleo -sesenta años de vida ve­ nezolana- el país no verá ningún brote o retoño en el duro y viejo tronco do su economía. El dinero acumulado, la mano de obra y la clase empresarial que fueron formándose con lentitud durante siglos en la comarca andina en contrarán oportunidad impar para desplegarse cuando, en la mitad del siglo XIX, los cambios políticos y tecnológicos del mundo descorrieron los velos de inusitados horizontes. Todo estaba preparado en los Andes -tradición empresarial, austeridad en las clases dirigentes y recursos monetarios y Im manos- para aprovechar el influjo de fuerzas internacionales que debían re percutir hasta los internados valles de la cordillera. El primer estímulo pro vino de los descubrimientos técnicos que liberaron a las regiones más re motas de las desventajas geográficas que las aplastaban. La antigua provin cia de Mérida vivió descartada de las grandes corrientes del tráfico mun dial, hasta principios del siglo XIX, porque las comunicaciones rudimcnla rías de la época hacían antieconómico el acarreo de sus frutos y el sistciun colonial español vedaba el acceso de su producción a los mercados latino

-48-

Domingo Alberto Rangel

umericanos. Muy difícil resultaba trasladar desde las serranías merideñas o

1111 jillanas un producto cualquiera hasta la ciudad de Maracaibo. La navega-

i ion por el Lago, en barcos de vela, era tan primitiva como los caminos de

ln i radura donde las muías dejaron la huella de una heroica laboriosidad. La

I>11 agua tardaba casi tanto, entre Bobures y Maracaibo como las acémilas

i|iic franqueaban las montañas. Para llegar a los buques ultramarinos, la

I' ioducción andina necesitaba apurar jornadas más numerosas, duras y cos-

lusas que la de otras regiones venezolanas. Mientras el centro y oriente de la

U' pública se bañaban en el Caribe, Los Andes debían surcar el Lago de Ma-

im aibo, distante de sus valles, para encontrar aguas oceánicas. Pero las in-

vrituiones del siglo XIX resolvieron pronto el problema. Ya a mediados de

i '» ‘.¡glo el barco de vapor estaba ingresando hasta los apartados puerteci- l<m del sur del Lago de Maracaibo. Y las provincias andinas -que serán tres ilosdc 1850 y tantos- consiguen mejorar su sistema de caminos hasta las

ii luí genes del Lago. Se vencía, con esas medidas, la necesidad de alcanzar

■" .los comparativos más o menos equiparables a los de regiones volcadas lim la una producción similar. Los Andes quedaban en capacidad de concu- "H a los mercados internacionales. La navegación a vapor reducirá a la mi- intl el tiempo y los fletes. Desapareció ese tiempo muerto que hacíaprohibi- llvn, en gastos de almacenaje y en intereses perdidos, movilizar la carga

lumia Maracaibo. Podía alcanzar ya, sin trabas, el influjo del capitalismo in-

lt imu ional a una región venezolana que se sustrajo a las esferas del inter-

■iiinliio. Un producto tenía que movilizar las fuerzas económicas para las Imi as del desarrollo. Ese producto fue el café, que va a llenar, decisivamen- lí la vida del país hasta 1925. En el mundo de las últimas décadas del siglo

\ I \ una nación pequeña como Venezuela carecía de posibilidades de cre-

■>i por la senda del capitalismo, si no disfrutaba del efecto que ejerce la de-

n ni mía internacional. Integrado como estaba el mundo por un sistema de in- iifPNes dirigidos desde Londres y Nueva York, el crecimiento autónomo, 1111 udo y endógeno era absolutamente imposible. El capitalismo autóctono

• ii *mía país pequeño sólo podía expandirse apoyándose en los incentivos

i|in Ir vinieran de ultramar. La demanda interna adolecía, entonces, de po-

l*

tu i i 'ailiciente para desenvolver las fuerzas de la economía. El episodio

di

I 1 1.

:

urollo

económico en los Andes, a raíz de la Guerra Federal, debía

 

11 ai inexorablemente

en Europa y Norteamérica el impulso inicial.

I

m mllu|(> de los grandes centros del capitalismo se ejerció a través del

(•lili i uya demanda se robusteció, a partir de mediados de siglo, a una tasa

tnuyoi que el aumento del ingreso y de la población en los continentes in-

ilii li mi i/¡idos. Desde el momento en

que promedió el siglo XIX el comer-

1 1 " mi<*i nacional del café comienza a ocupar un progresivo lugar. Ya en los

-49-

Proceso del Capitalismo Venezolano

años que siguen a 1860, el grano se baraja entre los cinco o seis productos más importantes en el tráfico mundial. Junto al azúcar, mercancía tradicio­ nal, el cacao, las carnes y el algodón, el café descuella señaladamente. América Latina es el continente que debe satisfacer las exigencias de ese comercio. Africa no había sido conquistada por el imperialismo europeo y en Asia las tradiciones y la impermeabilidad de sus estructuras sociales conspiraban contra el traslado hacia el café de recursos que se dedicaban, desde tiempos inmemoriales, a otros cultivos. Al capitalismo universal ape­ nas le quedaba, entre los continentes accesibles la América Latina que tenía tierras, población y capacidad empresarial para consagrarlas al café. El afloramiento en Europa y Estados Unidos de una demanda ávida del grano coincide con una crisis en la América tropical que impone la búsqueda de un nuevo cultivo exportable.

La renovación argentina -iniciada hacia 1850- había arruinado el nego­ cio de exportar carnes en las regiones latinoamericanas ribereñas del Cari­ be. Hasta mediados de siglo, la América tropical había participado activa­ mente en el comercio de la carne. Argentina -y los dominios británicos- le arrebataron esa función. La caña de azúcar, otro producto del trópico, se concentró en las colonias europeas del Caribe. Protegidas por sistemas aduaneros que las unían a sus metrópolis, dueñas de una población esclava y situadas estratégicamente, esas colonias tendieron, cuando declinaba el siglo XIX, a acaparar la producción de azúcar. Un puñado de países inde­ pendientes de América, ubicados en el trópico, necesitaban hallar un pro­ ducto que sustituyera viejas exportaciones en proceso de desfallecimiento por la competencia que les irrogaban otros países. La aparición del café so­ lucionó ese problema.

Hacia el café se concentraron los recursos de los Andes. Venezuela inició su participación en el comercio mundial del café gracias al dinero, al espíri­ tu emprendedor y a la densidad de la población andina. El centro de grave­ dad de la economía andina se trasladó, con el café, de los valles altos a las laderas donde el café, entre los 500 y los 1.000 metros de altitud, podía prosperar. Nuevos villorrios aparecieron en la geografía y la población de las laderas pronto excedió la de los valles más viejos. Testimonio de esos cambios, cuya dinámica sólo podía desatar un germen de capitalismo, fue el auge del Táchira. Sección de la provincia de Mérida, tierra de nadie entre Pamplona y Mérida, el Táchira fue la gran rezagada entre las regiones vene­ zolanas. Ya a mediados de siglo, conquista la condición de provincia. Y en 1873, cuando Guzmán Blanco levanta el primer Censo, su población ha ex

-50-

Domingo Alberto Rangel

i edido a la de Mérida. De allí en adelante, el ritmo de crecimiento del Tá-

, lina dejará atrás el de todas las demás regiones de Venezuela. En 1891, su

población se acerca a la de Trujillo. Años más tarde también sobrepasará el I achira a Trujillo. Y el Táchira es el café. Porque sus tierras son más aptas y

mejor situadas, el cafeto crece allí con mayor espontaneidad. Casi todos los pueblos nuevos del Táchira son centros de irradiación y de recolección de ln.'i energías cafeteras. De sus cuatro calles, improvisadas, salen hacia el

i mnpo los aventureros que llegan y regresan, años más tarde, convertidos

>n hacendados. Es la gran oportunidad para una población migratoria, em~ Iurndedora y tenaz. Los flancos del Táchira se van poblando de cafetales. Y ni la misma medida crece su comercio, brotan los caseríos, se implantan i(ii mas rudimentarias de banca y la vinculación de la gente se hace más acti- v i I,os ejes de la política siguen la misma marcha de la economía. A los

icjos cacicazgos trujillanos, adormecidos tras la yedra de sus varios siglos, •ni eden los cacicazgos tachirenses, ávidos de descorrer horizontes. Lapolí- Ik .i andina fue, desde la Colonia, una cosa de doctores merideños y de ge­

ni i ales trujillanos. El pensamiento se destilaba en las retortas teológicas de

I I vieja Universidad merideña donde se inspiran las leyes y se imparten los

i nnsejos. La oligarquía merideña, acunada en su trigo, impondrá la norma

mleloctual y el derrotero político. Y los caudillos trujillanos garantizarán el ' irdcn con el filo de sus machetes amolados desde la Independencia. El café 11 miperá, en favor del Táchira, esa correlación tradicional. La naciente bur- rm-sía tachirense, comercial y agraria, se siente ya a fines del siglo XIX más apta y poderosa que sus similares de los Estados vecinos. Emprende más negocios, siembra más y obtiene mejores ganancias. Sus riquezas ya i'xi eden los límites, que pronto resultarán estrechos, del Estado Táchira. El papel de segundones disgusta a estos burgueses y pequeñoburgueses tenta­ dos de ambición. Fatalmente, vendrá una redistribución de responsabilida- des políticas. La Mérida que se congela en el trigo y el Trujillo que sigue vi- vicndo en sus estrechas gargantas no podrán continuar manteniendo la rec­ luí la de los Andes. Es hacia las tierras del café, sostenedoras de una nueva Imiguesía surgida de la reproducción del dinero y de lavmano de obra que los Andes guardaron o recibieron, adonde dirige sus pasos la sombra de la política. Y será en la política donde esta clase dirigente del Táchira, recién llegada a la prosperidad, marcará su huella más honda y al mismo tiempo más dolorosa sobre la arena del destino venezolano.

I I crecimiento capitalista en los Andes -hacia la agricultura y el comer- iio adolecerá de un vicio que no va a abandonarlo y a la postre determinará •ai interrupción. Quizás en ese vicio, y en otros que determinaremos más

Proceso del Capitalismo Venezolano

adelante, radicará la debilidad del ímpetu cafetero y la circunstancia de que ese ímpetu no hubiese conseguido transformar a Venezuela en los cuarenta años de su vigencia. El alza de la producción del café en Venezuela sobre­ viene cuando ya el Brasil ha dado pasos decisivos para liderizar ese renglón en todo el mundo. Desde los días en que el siglo XIX no ha alcanzado su madurez, los brasileños sobresalen como los primeros productores de café. Ese cultivo condicionará toda su evolución del país en el siglo XIX. El epi­ sodio de la abolición de la esclavitud, poco antes del derrocamiento de don Pedro II, respondió a las exigencias del desarrollo cafetero. El capitalismo cafetero de Sáo Paulo, al destronar y disolver la economía patriarcal, resul­ taba incompatible con la esclavitud. Fue una fortuna para el Brasil que el duelo entre el café del Sur y la caña del Norte no se dirimiera, como en los Estados Unidos, a través de una cruenta guerra. Desde la abolición pacífica de la esclavitud, el Brasil no cesará de expandir su producción cafetera. Será el país líder, sin atenuantes y nadie llegará a arrebatarle esa posición. El papel que el Brasil encamó en el tráfico cafetero, significaba una amena­ za rotunda para los países que especializaron en ese cultivo tierras, hombres y capitales. El Brasil disponía de enormes superficies aptas para el café. La tierra no tenía limitaciones. A diferencia de la América ribereña del Caribe donde sólo las laderas son apropiadas para ese cultivo, en el Brasil lo son las grandes extensiones que demoran en las cercanías del trópico de Capricor­ nio. Su mano de obra fue, desde principios del siglo pasado, más abundante también que la de sus competidores cafetaleros. En los años de la década de los sesenta del siglo XIX, su población rebasa los doce millones de habitan tes. Y no cesa desde entonces de expandirse. La liberación de los esclavos, acelerando la descomposición de la economía señorial del Norte del país, creará una fuente para que abreve su sed de brazos el café Las ventajas del Brasil no se hicieron tan aparentes mientras los impulsos de la demand.i mundial fueron firmes. Así ocurrió en todo el siglo XIX. Entre 1855 y 1900. la demanda yanqui de café se expande en un 700 por ciento. La población de ese país se elevó, en el mismo período, sólo en un 400 por ciento. El indi ce de elasticidad debió ser bastante alto si se considera que el ingreso dispo nible, fuente esencial de la demanda de artículos finales, no se acrecentó tanto en los Estados Unidos de esa época como el producto y otras magi 11 111 des. En tales condiciones cualquier país con tierras aptas y sensibilidad lia cia los movimientos económicos internacionales podía participar en el t ni fico del café sin grandes problemas. El alza de los precios soportaba el m greso al mercado de nuevas naciones productoras. La competencia se di luí» en una convivencia pacífica. Fue justamente en ese período -que culminn con la llegada del siglo XX- cuando el Brasil asentó su imperio cafetero. A

-52-

Domingo Alberto Rangel

partir de 1890, aproximadamente, afluyen a Sáo Paulo centenares de miles de inmigrantes italianos y españoles. Son la reserva barata del café que en- i neutra acomodo en las fincas porque hay demanda y buenos precios para realizar la producción. Se multiplican las plantaciones con un ritmo que el propio Brasil no había contemplado. La mano de obra es barata y las tierras »obran. El capital se hace accesible hacia el Sur del país de los recursos que n economía señorial retuvo en el Norte. La producción brasileña supera sus imrcas hasta alcanzar, en los estertores del siglo XIX, niveles inusitados. Es »lilonces cuando cambia la coyuntura del mercado cafetero internacional, •esde entonces, las fuerzas que gobiernan el comercio cafetero intemacio- mI serán distintas. El ciclo de nuestro incipiente capitalismo cafetero se i ni la bruscamente. El influjo internacional que lo desencadenó habrá de impenderlo sin que haya mediado tiempo suficiente para que sus fuerzas invoquen en Venezuela las transformaciones que todo capitalismo joven

pareja.

Domingo Alberto Rangel

CAPITULO IV

EL CRECIMIENTO CAFETERO

Entre 1860 y 1914 Venezuela tendrá dos zonas de desarrollo. Su evolu­ ción económica será un claroscuro. En los Andes, el café implantará una economía en proceso de rápido crecimiento, expansiva, enérgica y audaz.

I 11 el resto del país, la economía se disolverá, tomando algunas ramas de

rila al autoconsumo o a la subsistencia. Entre esos dos polos de dinamismo localizado y estancamiento general fluctuará el destino venezolano por es­ pacio de una generación. El contraste será nuestra ley. El fenómeno de la economía dual, que es característico de todos los países subdesarrollados, hace su aparición en Venezuela desde que el café se convierte en eje y en hiújula para los recursos que los Andes guardaron ociosos durante tres si­

rios. Ninguna nación atrasada puede escapar en la época del capitalismo monopolista a la instauración en su seno de esa dualidad económica. El cre- I I miento, aun cuando lo animen y dirijan fuerzas de capitalismo autóctono romo ocurrió con el café entre nosotros, no se explica sino en función de las necesidades del comercio internacional. Los tiempos en que el desarrollo ■apitalista era posible en comunidades aisladas que hacían el penoso y lar- |Mi camino de la acumulación para estallar luego en la explosión del progre-

 

u

técnico, pertenecen al remoto pasado de las sociedades occidentales.

I

'r

¡de el siglo XVIII que trajo la Revolución Industrial y'terminó la obra de

l

i unificación del planeta por el capitalismo, el desarrollo de cualquier co­

munidad fue siempre la resultante del influjo realizado sobre sus hombres y ir. recursos por las fuerzas centrales del capitalismo universal. La creación de economías duales ha sido un rasgo impuesto a centenares de países por el do capitalista de producción vigente sin alternativas en el mundo apartir ■I' l os primeros años del siglo XIX. Aunque el ímpetu del crecimiento sea muy intenso en las regiones de un país que reciban el impacto de la deman­ da extranjera, su difusión quedará circunscrita. Lejos de integrarse, los paí-

-55-

Proceso del Capitalismo Venezolano

ses de la periferia imperialista continuarán desintegrándose en el contraste entre dos zonas, una activa y próspera, porque acusa la atracción directa de las grandes fuerzas del capitalismo extranjero y otra rezagada e inerte, por­ que hasta ella no puede llegar ningún agente de (transformación o de cam­ bio. La economía dual, con sus abismos insondables, se hizo patente en Ve­ nezuela en el último tercio del siglo XIX cuando el interés capitalista de Eu­ ropa y Norteamérica nos exigió sembrar y cosechar café. Desde entonces, la vida venezolana no ha logrado salir del contraste y, por el contrario, el pe­ tróleo introducirá antagonismos y divergencias más hondas todavía en el surco que ya había trillado el café.

La economía cafetera disuelve, y allí radica uno de los primeros signos de su potencia, las economías comerciales que se habían organizado en las comarcas llaneras de Barinas. Cuando empieza en los Andes el ciclo del café de exportación -hacia mediados del siglo XIX- el negocio del añil y del tabaco confrontaban una seria crisis internacional. El añil será vencido por las invenciones tecnológicas que lo sustituyen con los colorantes artificia­ les. Y el tabaco encontrará la competencia que le ofrecen otras regiones del mundo donde mejoran los métodos de explotación. En una sociedad donde entre en crisis una actividad económica, la población a ella consagrada tie­ ne dos alternativas. O tornar a actividades sustitutivas o asumirse en la eco­ nomía de autoconsumo. La población barinesa desplazada de sus ocupacio­ nes seculares siguió exactamente esa conducta. Una parte de ella sumergió­ se, lentamente, en el aislamiento del conuco, volviendo a los tiempos del si­ glo XVII venezolano, cuando el país fue una colección de comunidades más o menos aisladas. Pero otra porción de ese contingente de mano de obra emprendió el traslado hacia las regiones de la cordillera donde el café pro­ metía ocupación con altos niveles de productividad. El trasiego de pobla ción hacia las actividades de más elevada productividad, ley del desarrollo, se cumplió en la Venezuela del último tercio del siglo XIX .El café propoi cionó la salida que las fuerzas económicas, disueltas por la quiebra del tabú co y del añil, exigían perentoriamente. El primer efecto del café se advertí rá, por ello, en la dinámica de la población. El capitalismo -incubado pot fuerzas puramente internas o desarrollado por el influjo que desde el exte­ rior produzca el mercado internacional- siempre se manifiesta en una eleva ción de la tasa de crecimiento neto de la población. Allí radica el más tom prano indicio de su superioridad sobre el modo feudal de producción. I 1le nómeno tiene una conducta que vale la pena reseñar para aportarle telón do fondo al proceso que hizo de los Andes el único foco de activo incremento de nuestro potencial demográfico. En la región donde haya empezado el tic

-56

Domingo Alberto Rangel

senvolvimiento se produce una creciente afluencia de brazos. A ella llegan, fundamentalmente, los jóvenes. La población aumenta en virtud de la suce­ siva adición de hombres que van agrupándose. La llegada de esos hombres redobla la demanda y expande, simultáneamente, la capacidad de produc­ ción. La economía experimenta un alivio intenso. Porque no necesita soste­ ner el peso muerto que significa el aumento de población cuando ella se produce por obra del crecimiento vegetativo. No hay niños que sostener. Queda así garantizado el aumento ulterior de la población, pues predomi­ nan los jóvenes y el alza de los salarios reales, que apareja toda economía dinámica, es un aliciente a la reproducción humana.

Fue así como se suscitó el alza de la población andina, primera evidencia de una dinámica seria. Cuando se levanta el primer Censo de Población, en los Andes vive el 14,15 por ciento de la población venezolana. Es el año

IK73. En 1881, ordena el general Guzmán Blanco levantar el segundo Cen- n o I ,a población andina alcanza ya cerca de 15 por ciento del total de Vene- /ucla. El crecimiento va a acelerarse en el futuro. Para 1891, la proporción de los habitantes de los Andes en el total de Venezuela, raya casi en el 16 Im>i ciento. El proceso continuará avanzando. Los censos de 1920 y 1926 re-

I» ' sentarán la culminación de la tendencia. Para esos años ya vivirá en los

Andes el 20 por ciento de toda la población nacional. En una tierra que no

i" upa más del 3 por ciento de nuestro territorio se congregó el quinto de to­

do . los venezolanos. Ese incremento de la posición relativa de los Andes en

cI puls no podía ser sino la consecuencia de una tasa de crecimiento más ac-

II va que la de otras regiones venezolanas. Entre 1873 y 1926, la población •unUna creció en un 120 por ciento. La tasa media anual de crecimiento es 11' I por ciento. El país en su conjunto aumentó su potencial demográfico i u mi 63,2 por ciento, lo que traduce una tasa anual del 1,17 por ciento. En lodo ese período, los Andes se movieron a una velocidad dos veces mayor •i"' l.i imperante en las demás comarcas venezolanas. Las ventajas de los

\iulcs no cesarán de manifestarse ni siquiera en las postrimerías delperío-

d" i ii.indo ya abatido el café, su economía se disuelve para tornarse tributa-

1936, la población andina se expande a razón

ilw Ipor ciento. Mientras en esa región campea una dinámica satisfacto- "i todo su cortejo de estímulos para el desarrollo económico, Vene- ■in lii se mantiene estacionaria con una población idéntica a sí misma, en

i

IiiinIc v en él se fundamentó para abogar por la desfalleciente industria cafe-

I petróleo. Entre 1920 y

usmo perpetuo. Alberto Adriani, en sus apuntes, advirtió ese con-

los años 1933 y 1934 y el café, vencido entonces, todavía im-

p*itUn i las vertientes andinas un ritmo de crecimiento más enérgico. Era

ihii <

-57-

Proceso del Capitalismo Venezolano

una riqueza que se sobrevivía. De allí en adelante comenzará el estanca­ miento de la población andina. Su proporción dentro del total nacional será cada vez más angosta. Para representar el 20 por ciento del total nacional, los Andes necesitarán los 63 años que se interponen entre 1873 y 1926. Ha­ bían partido del 14 por ciento. En 1961, su población apenas representó el 13 por ciento del total nacional. Para regresar al punto de partida, en un des­ censo paulatino, se requirieron sólo 35 años, los que median entre 1926 y 1961. En esos simples datos se evidencia la distinta fuerza del café y del pe­ tróleo. El proceso que el café cumplió, hacia arriba, en 63 años, lo realizó, hacia abajo, el petróleo en la mitad de ese tiempo. La tasa de incremento ve­ getativo neto que prevaleció en los Andes durante el vigor del ciclo cafetero en nuestra economía es compatible con el desarrollo capitalista. Los estu­ dios sobre los orígenes del capitalismo -Pirrenne, Dobb, etc.- nos han des­ cubierto en el impulso hacia ese sistema, una tasa no superior al 2,5 por ciento anual. Aun los períodos del «deshielo» histórico, cuando las socieda­ des feudales se rompieron para dejar escapar el núcleo capitalista que lleva­ ban en sus entrañas, la dinámica de la población no fue muy acentuada. Los Andes se desenvolvieron, en el plano del crecimiento demográfico, con ma­ yor intensidad probablemente que la Inglaterra de los años primigenios en la Revolución Industrial. No fue, lógicamente, por falta de elasticidad en la población que la zona andina fracasó en su propósito de erigir dentro de Ve­ nezuela un duradero e influyente foco capitalista. Porque durante más de cincuenta años -la mitad del período histórico que separa a la Independen­ cia de la irrupción del petróleo- el único núcleo venezolano donde la pobla­ ción crece con rapidez, asegurando así otras perspectivas a su economía, es el de los Andes que fomentan y extienden el cultivo del café.

El desarrollo capitalista, en medio de una sociedad feudal, apareja siem pre un alza de la productividad del capital y de la mano de obra. En las con diciones venezolanas del siglo pasado y de los primeros decenios del actual siglo, el alza de las productividades del capital y de la mano de obra sólo po día lograrse, en grande escala, dentro de la agricultura. Era imposible pon sar, a la luz del marco que configura a aquella época, en incrementos serios que tomasen como punto de apoyo a la industria o a los servicios. El medio millón de personas que hasta el último tercio del siglo XIX forman nueslm población activa era demasiado abundante para las posibilidades de absoi ción de la industria manufacturera. La agricultura constituía la única senda hacia el engrandecimiento de la productividad en el cual se resuelve todo desarrollo capitalista. La comparación entre feudalismo y capitalismo, como sistemas, es un problema de productividades cuando se la lleva ;d pin

-58-

Domingo Alberto Rangel

no técnico. El capitalismo, es decir, el sistema que se basa en la propiedad

privada, en la explotación del trabajo asalariado y en la apropiación del pro­ ducto social por una minoría de empresarios, tiene que aprovechar mejor

lt is factores de producción para que evidencie su superioridad y venza al re­ dimen feudal. Cuando quiera saberse la índole del modo de producción,

ni i ójose una mirada a su productividad relativa, es decir, comparada con la

de modos que con él convivan sobre un mismo suelo. La economía del café

introdujo en la Venezuela de mediados del siglo una manera de aprovechar Ion suelos que la agricultura vernácula no había conocido hasta entonces. El mié se hizo en condiciones de explotación intensiva de la tierra y de apro­ vechamiento completo de la mano de obra. Las plantaciones se organizaron

i n suelos vírgenes, de vertientes que el conquistador no había tocado y en

ln n ia le s la agricultura sólo se implantó cuando llegó el café hasta ellas.

II ubla una fertilidad natural que los cansados valles y llanuras del país, utili­

zados desde la Colonia, habían perdido desde hacía mucho tiempo. Fueron

l'lnntaciones donde apareció, por vez primera en gran escala, cierta práctica *ui Icola muy superior a la economía errante del conuquero o a la negligen-

i ln cmpobrecedora del señor feudal absentista. La economía del café será

d,' pequeños y medianos propietarios e introdujo hábitos de selección de se­

millas, poda, limpia y conservación de suelos que resultaban aplastante- iiii nle superiores a los que en la Venezuela de la época prevalecían como

III >i n u i . Como tenía un capital inicial liquido, el propietario de las fincas ca­

li le i as podía permitirse el tiempo muerto que implicaba el crecimiento de

11 plantación y los gastos de limpia de los cafetos tiernos hasta alcanzar su liMelificación. Configuróse una agricultura de selección donde el capital

11 instante -en plantaciones y cuidados- representaba un valor importante en

ii lai ion con la mano de obra. Pero el café exigió otro esfuerzo más impor-

lnnle lil fruto debía llevarse al mercado después de sufrir cierto proceso de

tu ne lieio. Aun en las condiciones más primitivas, el café no puede colocar­

an .ni privarlo de la corteza y de la cáscara que envuelven al grano. Todo

I Ili i reclama la instalación de maquinarias o de facilidades materiales donde

I II lenelicio se realice en cierta escala. El capital constante crece así frente a

Iiik desembolsos que, para pagar el capital variable, ha de imponerse el em- IHi . 111 «* I''»talmente, la agricultura del café tiene una composición orgánica

di I c«pital ventajosamente superior a la de otras ramas primitivas en una

minia

atrasada. Cuando la composición orgánica del capital se tiende

• ii iien. las productividades van superando sus propios niveles. Se entra en

I" i lenómcnos de la economía progresiva. Del fondo del pasado, entre los

ilitlim que la acuciosidad de los investigadores salvó del olvido, nos viene el

l> illmonio de la superioridad relativa del café frente a las otras ramas de la

-59-

Proceso del Capitalismo Venezolano

economía venezolana en las postrimerías del siglo XIX. En su libro Econo­ mía y Finanzas de Venezuela entre 1830 y 1945, don Ramón Veloz registra los precios de los productos agrícolas del país a lo largo de esa centuria de vida nacional. Esa información permite calcular el ingreso que engendraba una hectárea sembrada con uno cualquiera de los frutos esenciales de nues­ tra agricultura. El café rendía, en las tierras frescas donde comenzó la colo­ nización de las vertientes, unos 500 kilogramos por hectárea. El rendimien­ to era, en esa época de plantaciones jóvenes y de suelos pródigos, muy su­ perior a lo que llegará a ser sesenta años después cuando envejezcan los ca­ fetos y se fatiguen los suelos. El valor del kilogramo de café se situó, hacia 1886, en Bs. 1,20. El rendimiento por hectárea alcanzó, evidentemente, a 600 bolívares. Muy distinto era el nivel de la productividad por hectárea de un cultivo tan tradicional y representativo del orden feudal como es el maíz. La agricultura del maíz, nómada y sacrificada, difícilmente podía rendir más de 500 kilogramos por hectárea en aquella época de generalizado es­ tancamiento o retroceso en todas las regiones venezolanas señoreadas por la economía del latifundio y del conuco. El valor del kilogramo de maíz era apenas de Bs. 0,29. El rendimiento por hectárea no excedía, siendo esos los términos del problema, de 145 bolívares. Estos datos explican por qué la economía cafetera, más afirmativa y enérgica, absorbió la mano de obra que, en las inmediaciones de los Andes, habían retomado a las formas del autoconsumo. No era el café, empero, el más productivo de los renglones agrícolas venezolanos. La caña de azúcar debió rendir, en los postreros años del siglo, unos 2 .500 bolívares por hectárea si se interpretan, en acertada perspectiva, los datos disponibles acerca de su valor en el mercado.

Pero la economía de la caña de azúcar y la del cacao, cuya productividad rivalizaba con la del café, carecía de mercados que estimularan la multipli­ cación de las plantaciones. En 1875, la superficie sembrada de cacao no ex­ cedía las 25.000 hectáreas, siendo un cultivo casi tan viejo como la patria. En tres siglos de explotación de nuestros suelos, la industria del cacao había alcanzado a cubrir esa modestísima fracción de nuestros recursos agrícolas. Algún tiempo después, en 1888, los cañaverales cubrían una extensión de 40.000 hectáreas que es, ella también, bastante limitada si la proyectamos sobre el vasto escenario del país. Ya en 1875, el café ocupaba 120.000 hec­ táreas. Su capacidad de absorción de mano de obra era claramente superior. Una rama económica determina sus posibilidades de atraer mano de obra, y capitales para emplearla, a través de dos mecanismos. El primero, colum­ brado en las informaciones sobre rendimiento, por la productividad que ga rantice a los factores de producción. Si el capital obtiene una alta tasa de be-

-60-

Domingo Alberto Rangel

in Iicio afluirá a ella, elevándose así su composición orgánica que engen- dinii’i, a su tumo, ulteriores rendimientos más elevados. Pero el capital no puede escurrir indefinidamente a una actividad. Si ese proceso ocurriere, llenará un momento en que la producción excederá la capacidad de compra

(trl mercado. La demanda efectiva interpone un límite al acceso de recursos 1i M in ía le s y humanos a las distintas ramas de una economía. El café disfru- IhIhi, hacia las postrimerías del siglo, de un mercado elástico que aceptaba

i imlquier contingente de producción. Las siembras de café no conducían

millonees a fenómenos de superproducción, siendo elevada la tónica de los tuneados internacionales del fruto. No era ese el caso de la caña de azúcar y ill I cacao, sus rivales en la economía agraria del país. El mercado para el luoducto de las plantaciones de caña era entonces el muy limitado de nues- 11 it propia colectividad. La conservación de la tasa de beneficio radicaba, en iiil marco, en graduar y bloquear la producción. Cesaba así virtualmente la piisibilidad de incorporar al cultivo de la caña nuestros aportes de capital y ili mano de obra. En el cacao, nuestra posición dentro de los mercados

mundiales ya era precaria por la ventaja de costos comparativos que osten- lnhiiu los rivales de Venezuela. La caña y el cacao vivían dentro de una eco­ nomía malthusiana, de prolija abstención que frustraba a ambos cultivos 11 uno polos de atracción para las energías humanas y para los recursos físi­ cos del país.

I)entro del panorama que hemos delineado, el café y sus regiones de in-

11uciicia se movían a mayor velocidad que el resto del país. Es difícil sustan- ■mi la afirmación a la luz de los datos estadísticos, tenues y esporádicos en

I r; tinieblas del pasado venezolano. La cerrazón de nuestro proceso econó­

mico apenas se agrieta cuando un intersticio de luz esclarece incidental- mmte la escena. Pero las dificultades no pueden abatir al investigador pa­ líente y audaz. El edificio del pasado ya ha sido reconstruido por la imagi­

nación de quienes elevaron sus paredes sobre el cimiento de las escasas in­ humaciones disponibles. No es imposible, si se emplea la audacia docu­ mentada, comparar el curso del ingreso nacional y de la producción de café

pura determinar su ritmo a través de ese período que, entre 1860 y 1920, ve culminar la economía agraria en Venezuela. En 1863, el producto nacional l>i uto alcanzó, como lo hemos demostrado, a 350 millones de bolívares. Ne- I I ¡liaríamos vislumbrar, recorriendo el pasado, la cuantía a que llegó en I'»20, tiempo de agonía para la economía agraria del país. El doctor Fran-

i iseo Mieres, en sus sondeos de investigador juicioso, ha estimado en 1.000

millones de bolívares el producto bruto hacia 1920. Entre las dos fechas ex-

Proceso del Capitalismo Venezolano

dia acumulativa anual habría sido de 3,24 por ciento. En los mismos años, la producción de café recorre un ciclo más violento. Entre 1860 y 1920, el vo­ lumen de la producción de café se eleva en un 246 por ciento, a lo cual co­ rresponde una tasa media anual del 4,10 por ciento. La economía cafetera exhibió una mayor velocidad para desarrollarse que todas las demás ramas de la actividad nacional. Mientras la tasa de incremento del producto bruto es sobradamente modesta, la del café llega casi a los bordes de lo que en nuestros tiempos, y barajando el atildamiento propio del lenguaje económi­ co con las licencias literarias, se llama el frenesí del crecimiento. La carrera del café -superando al producto nacional- explica que el país no haya con­ frontado problemas de cambio extranjero en aquella época. Los patrones monetarios, oro y plata, que durante cierto tiempo imperaron en Venezuela, pudieron vivir dentro de una cómoda estabilidad de cambios. El tipo de cambio del bolívar, en función de la plata o del oro, no experimentó oscila­ ciones violentas. Si descartamos las maniobras que las casas alemanas ha­ cían para aumentar a costa de nuestros productores la tasa de beneficio, el bolívar fue una moneda estable. Su firmeza la garantizaba el café. La capa­ cidad para importar guardó proporciones con el ritmo de incremento del producto. Las necesidades de la economía, expresadas en productos extran­ jeros, podían financiarse a través de los recursos que nos suministraba el café. Si el país no hubiese desarrollado una industria cafetera, el último ter­ cio del siglo XIX habría presenciado en Venezuela gravísimas perturbacio­ nes monetarias. Un proceso inflacionario, posiblemente lento, se hubiera afirmado en nuestra economía. El café sirvió de amortiguador. La escasa ri­ queza, el exiguo nivel de vida, el estancamiento que rodeó a la nación, no admitían la estabilidad monetaria sin el concurso de un factor que, surgien do de las plantaciones de café, sostuviese la débil demanda de productos importados que esa economía de mendrugos era capaz de suscitar. Aun en condiciones de pobreza generalizada un país puede rodar hacia la inflación cuando los impulsos del crecimiento en el área del comercio resultan com pletamente negativos.

La dinámica de la economía del café se hace aparente cuando deslizamos la mirada hacia las estadísticas monetarias. El capitalismo, si surge sobre la parálisis de un orden feudal a modo de primera burbuja en una superficie tranquila, intensifica la circulación de las riquezas. Es en el dominio de las transacciones de todo orden donde el capitalismo inscribe primero la huella de su temprano frenesí.

-62-

Domingo Alberto Rangel

Los estudios de Carlos Marx sobre el proceso capitalista constituyen 11 >ino la carta de marear en esa nagevación. El empresario capitalista se pro­

vee primero de dinero que transforma en mercancía y luego recupera el di­

na o vendiendo las mercancías. Proveerse de dinero y elaborar mercancías implica adquirir terrenos, maquinarias y mano de obra. La compraventa se ■onvierte en el contrato esencial del régimen capitalista. Pero la compra- vcuta tiene un lubricante, el dinero mismo. Una economía dinámica necesi-

i i más dinero para apagar la llamarada de la sed. El capitalismo, aún balbu-

■u

nte en medio de un cinturón de estancamiento feudal, exige progresivas

i nulidades de dinero para que la reproducción del capital, en escala expan­ siva, pueda realizarse. La demanda de dinero es una de las fuerzas que ani­ man al capitalismo embrionario. En la Venezuela del período agrario es di-

11« il precisar el monto de la demanda monetaria de las zonas donde arraigó

Vprosperó el café, en comparación con ese mismo suceso en otras regiones

del país. Accidentalmente la polémica sobre los tópicos de nuestra econo­

mía

nos ha suministrado una pista. A principios de siglo el doctor Domingo

11

( astillo rompió lanzas -con valentía dignificante- contra los intereses

■imuTciales que nos oprimían. Y entre la catarata de datos, vertida por Cas-

tilín sobre las culpas de sus adversarios, aparece la distribución de los bille-

li ¡ omitidos por los bancos que gozaban de ese privilegio. En 1908, valgan

li i . apuntes del hoy rescatado polemista, los bancos de Caracas habían lan­

u d o a la circulación unos dos millones setecientos mil bolívares. El Banco

■h Maracaibo tenía en su cartera billetes valorados en un millón setecientos

mil bolívares. Los institutos caraqueños emitían para todo el país, pero sin-

tíiilnimente para la capital y sus zonas aledañas. El de Maracaibo, para el

/ulia y los Andes y fundamentalmente sus emisiones lubricaban el flujo co-

ini o lal del café. Es impresionante que el Z uliay los Andes, cuatro entida-

•lt

mli dorales, manejasen más de la mitad de los billetes que circulaban en el

o

’do del país. La tónica del café, con su ciclo de financiamiento por las ca-

»««

comerciales alemanas, explica ese extraordinario auge monetario. La Ilición y realización de las riquezas, siendo más intensa en las zonas

mli

i* ias, absorbían una masa de moneda mucho más nutrida que la de una

W nr/uda yerta en el estancamiento perpetuo de sus entumecidas ramas

•i nnómicas.

I

>esde que se apagan las candelas de la Guerra Federal, el mundo eu-

mpi

11 mirará a Venezuela como un depósito de café. Nuestras posibilidades

d> allí raí los bienes y servicios que entonces estaba difundiendo la técnica

I inundo van a depender casi exclusivamente de ese fruto. Todo el nivel

d> la actividad comercial y financiera de la muy incipiente Venezuela estará

-63-

Proceso del Capitalismo Venezolano

condicionado por el flujo de nuestro café hacia los mercados internaciona­ les. El fenómeno que ahora llamamos ciclo económico se trasmite al país esencialmente a través de las vicisitudes de la exportación del café. Los me­ canismos del proceso económico eran, sin duda alguna, bastante sencillos en aquella época, pero ya revelan la tragedia de los países mediatizados. La conducta y la posición de Venezuela en la etapa del café difieren, profunda­ mente, de la que nos impartirá en el siglo XX la aparición del petróleo. Nuestro auge cafetero alcanza su cénit en el último cuarto del siglo XIX cuando el capitalismo universal aún no ha concluido su metamorfosis en imperialismo. Subsisten en su estructura, a guisa de coágulos del pasado, remanentes del viejo capitalismo de libre competencia. Esa circunstancia imparte al comercio exterior de Venezuela -y a todos los fenómenos que en él espigan- una trayectoria singularísima. El crecimiento de las exportacio­ nes cafeteras no se produce, Como ha sido el Caso en el petróleo, con inva­ riable tendencia expansiva. Mientras el petróleo aumentará sus exportacio­ nes casi sin interrumpirse, el café fluctuará violentamente durante todo el período de su señorío comercial sobre Venezuela. La razón íntima de esc contradictorio comportamiento radica en la estructura del capitalismo en los dos momentos en que afloran el café y el petróleo como reguladores de nuestra vida económica. En el capitalismo de fines del siglo XIX, la pro­ ducción, comercio y distribución del café no ha caído en manos de los inte­ reses monopolistas. Constituye una especie de supervivencia del capitalis mo de libre competencia, enterrado ya en muchas otras ramas de la econo­ mía de los grandes países industriales.

El crecimiento se realiza mediante violentísimas contradicciones en que-, momentáneamente, la oferta excede a la demanda. Son instantes de supci abundancia de café que exigen algunos años para que el capitalismo europci > liquide sus existencias del grano. El petróleo será, en un modelo económico distinto, hallazgo y necesidad del capitalismo monopolista transformado lo talmente en imperialismo. Su oferta estará monopolizada y su demanda sci n intervenida siempre por el aparato comercial y propagandístico de los gran des consorcios. Las exportaciones venezolanas de café marcan, en el si(.',1o pasado una tendencia a crecer, pero lo harán entre saltos y retrocesos. I l zigzag representará el mejor símbolo de su conducta. La trayectoria ele lie exportaciones cafeteras, que oscilan violentamente, grabará su impronta cu el desenvolvimiento del país. Es tiempo de inseguridad. Los precios dol café sufren, ya en aquellos días, caídas inesperadas y recuperaciones inteni pestivas. Se vive en una especie de «suspenso» cuyo desenlace nadie acici ta a prever. Laprovisionalidad se convierte en la norma del desarrollo vene

-64-

Domingo Alberto Rangel

/ulano. Pero existen contrastes entre la zona cafetera y el resto del país. En Imncomarcas sembradoras de café las oscilaciones son leves. En ellas per- uro, una parte del valor de las cosechas, aquella que no se afecta por los \ «Ivones de los precios internacionales. Como la producción física, es de­

cir i n términos de sacos o de kilogramos, tiene una constante tendencia ex-

(nur.iva, las actividades agrícolas y mercantiles de esa zona se desenvuel-

\ «11 con mayor regularidad. En las demás regiones de Venezuela -y espe-

rliiluiente en Caracas- se vive del excedente económico que se le arrebata al

"iM por la vía de los impuestos y otras cargas fiscales. Cuando los precios

himi ulitis, el excedente crece y el flujo de dinero a los centros urbanos de la

Vi

m / uela extraña al café se intensifica hasta alcanzar volumen de torrente.

M

) más dinero en manos de los bancos, afluye el oro al país, se tonifican

l't

importaciones y el crédito se desentumece. Caracas se apodera así del

pin i ilcnte generado por la zona cafetera. Será un auge licencioso, si es lícita

ln pnlnbra. Porque esa pequeña fiebre económica suscitada por el café no re-

lllllniá en ninguna empresa reproductiva. Un endeudamiento del fisco, el

Iii|i •Ii.ii asitario de las clases dominantes y alguna obra de ornato para pasa-

!l> 1111 Mi ile cronistas, constituyen todo el balance de la prosperidad de pre-

|||i I uego, con el advenimiento de una caída en los precios del café, vol-

Vi

ni el i ¡gor de la abstinencia económica. Y surgirá a la superficie lo que

liii

i lo largo del siglo pasado y aún en nuestra época, una de las losas más

Hjml

Hiuilcs que sobrellevará Venezuela. Como los auges del café eran cor­

til"

iill.litándose rápidamente en la depresión, los gobiernos buscaban apro-

»hIi.ii los para aligerar el tremendo peso de la deuda pública. Esa táctica ra-

h|i

. h11 >la, como ya lo vimos, un arancel prohibitivo. El alza de precios, que

|n

mulla a ( ‘aracas y a Maracaibo elevar sus importaciones, tributaba al fis- lucilos entradas y permitía a los sedicentes estadistas, que la resaca de las

pin 11 i . I levó al poder, manipular la deuda pública. El resultado permanente

PIH qiii i I país debía soportar un nivel de precios siempre abrumador. En los ■itn i, d consumo se expandía apenas en las clases más poderosas. Y en la

tlt |n, iinii, se agudizaba la miseria. Basta echar una ojeada a los datos de la

í|nn

u pin a ver cómo las características del ciclo cafetero -y el despilfarro

IIIh

Imi r abie de las camarillas gobernantes- remacharon un grillete al pue-

W

«i iiczolano. El arancel contribuía, por la ley de la difusión de los fenó-

||i

un í minómicos, a crear un elevadísimo nivel de precios. Artículos 1|iieso, el azúcar y el maíz tenían, a fines del siglo pasado, precios

|Hllt|>itlnblcs a los que hoy rigen y en algunos casos superiores. Técnica-

m ni«’, . m alto nivel de precios debía aparejar un frenesí de inversiones.

^ i i" postulaba la teoría clásica de la economía burguesa. Pero las débiles

Hit m i i Ir la economía venezolana de la época preferían ubicarse en el co­

-65-

Proceso del Capitalismo Venezolano

mercio donde las utilidades que arrojaban los precios abrumadores eran más copiosas y fáciles de obtener. La estructura atrasadísima de nuestra producción, la absurda política fiscal y las características del desarrollo ca­ fetero, se conjugaron para entronizar, ya hace sesenta años, un descomunal aparato comercial. El café que infundió ímpetus capitalistas a los Andes, si­ tuando allá una rama económica expansiva, sólo sirvió de estímulo en Cara­ cas y otros centros a un exagerado auge comercial.

Durante los sesenta años que se arrastran -la expresión no es simplemen­ te metafórica- entre 1860 y 1920 la única fuerza que ensancha las exporta­ ciones venezolanas será el café. El año 1860 enviamos al exterior, en pro­ ductos primarios, 34 millones de bolívares. En 1920 salieron de nuestros puertos embarques valorados en 167 millones. Ese aumento se debe casi exclusivamente al café. Su gemelo de epopeya agrícola, el cacao, será una sombra de los tiempos coloniales. En 1914, el país exportaba menos cacao que en los tiempos de la oligarquía conservadora. Su economía, de planta­ ción esclavista, entra en proceso de quiebra desde los primeros decenios del siglo XIX y ya no se recobrará jamás. Al café corresponde, por esta deser­ ción del cacao, el papel de sostenedor de la economía venezolana. Si no hu­ biese mediado el café a partir de la Guerra Federal, nuestras exportaciones habrían disminuido notablemente. Y el país hubiera caído en el retroceso absoluto. Con el café progresaron hacia el capitalismo los Andes y otras re­ giones y el país permaneció estancado. Pero sin el café, nuestra economía se habría disuelto literalmente, por falta de una fuerza dinámica que asegu rara la satisfacción, por la vía de las importaciones, de las necesidades más elementales de una colectividad medianamente civilizada. De no mediar la aparición y el auge vigoroso de las siembras de café en el último tercio del siglo XIX, Venezuela tenía un destino clarísimo, el de ser algo más parecido a Nigeria que a un país latinoamericano. Una inmensa población en estado selvático, con economía de autoconsumo y unos centros comerciales en la costa. Ese habría sido el cuadro de la Nación venezolana. Exactamente el que hoy ostentan Nigeria o Mozambique en el Africa olorosa todavía a cu loniaje. De ese desgarrador destino de embrutecimiento y disolución nacio­ nal nos salvó el embrionario capitalismo cafetero que, en sus pequeñas y medianas fincas, con instrumental moderno y elevadas productividades, se impuso a fines del siglo pasado la tarea de brindamos un aliciente. Aunque los precios fluctuarán, en los Andes continuaban expandiendo sus sicmbi ¡n de café para darle a Venezuela un hilo que uniera, siquiera precariamente, nuestra débil trama nacional. El café ahorró a Venezuela la «africuui/n ción» de su vida colectiva. Ese será su principal mérito. Contra las fuei /uN

-66-

Domingo Alberto Rangel

disolventes del localismo federal, contra la barbarie que traen los Nicolás l’ntiño, contra el desgaste gigantesco de cuarenta años, de guerra continua, contra la explotación inmisericorde de las masas por viejós y nuevos amos (es lo único que cambia en Venezuela), el café levantará un orden basado en

t'l trabajo, en el progreso y en una relativa justicia. Mientras el resto de Ve­

nezuela se engolfa en la vorágine del fuego inútil -en guerras de caudillos peí sonalistas- la zona cafetera sabe conservar su paz. Y mientras el latifun­

dio campea en otras regiones del país, acentuando la explotación al máxi­ mo, porque así lo impone el estancamiento de la economía, en los Andes Inedomina el salariado rural. En el café tuvo Venezuela el tronco retorcido del cual se engarzó su cuerpo para evitar caída hasta el fondo del abismo.

I a economía cafetera -con su capitalismo en agraz- no podía transformar

i lodo el país como lo ha hecho el petróleo. Fuerzas de inercia, profunda-

ilíente empotradas en nuestra estructura social, impedían que ese capitalis­

mo del café pudiera obrar como un agente de cambios integrales en la vida nacional. Romper una tradición de tres siglos de coloniaje aún palpitante y

*ii Irentarse a los intereses del feudalismo, siempre renovados, constituía un

i

í.fuerzo superior a las capacidades de la economía cafetera. Con la Guerra

l

ederal, el influjo del latifundio feudal sobre todo el país habrá de consoli­

darse y con él será más difícil para las corrientes de la renovación económi-

i a cumplir su cometido. Cuando se hace el balance histórico del café no

puede olvidarse el marco social e institucional en que se desenvuelve el Imín La transformación era espinosa porque el capitalismo cafetero no te­

ma aliados. Para modificar profundamente la estructura de todo el país, es

di

i ir, para derramarse hacia otras zonas e implantar allí un sistema distinto,

>I

café hubiese requerido la ayuda de sectores económicos y sociales con

l"

i-mi iones importantes en el aparato productivo del país. Pero los campesi­

no:. no habían roto en la Guerra Federal el orden latifundista. La estructura ni'.i ai ia -apenas renovada en la cúspide por la llegada de los conquistadores

leí leí ales convertidos en terratenientes- adolecía de una tremenda inflexibi- Inlad. lil sistema feudal que dejaron intacto los federales-se limitaba a ex-

II ue i por los mecanismos de la renta-trabajo y de la renta-producto un exce-

di ule a las mesnadas de siervos. Ningún cambio podía interesar a quienes,

' imío latifundistas, tenían garantizada su renta aun cuando fuesen muy ba-

|i ' ■ lo:, rendimientos de la

tierra y del trabajo. Si los campesinos hubiesen

i onquislado la tierra, su deseo de enriquecerse o de prosperar habría actua-

do i limo vehículo para la penetración capitalista en el campo. Una o dos ge- iiii ai iones habría bastado para el tránsito del conuquero -siervo de la gleba-

liai ia la condición de pequeño empresario capitalista. Ese mecanismo lo

i

-67-

Proceso del Capitalismo Venezolano

impidió la Guerra Federal al fracasar en la tarea de otorgarle la propiedad a los poseedores precarios en que se diluía la compleja estructura feudal del agro venezolano. Lejos de ser un aliado del café, el campo de Venezuela obrará como gigantesca pared que impedirá la trasmisión al resto del país de los impulsos de crecimiento implícitos en el auge de las siembras de ese fruto. Acaso las aledañas regiones de Barinas y Portuguesa sentirán el influ­ jo del café. Pero acusarán ese influjo de manera negativa como ocurre cuan­ do el choque de las fuerzas productivas se entumece dentro de una capara­ zón de relaciones retrógradas de producción. Segregando mano de obra para los cafetales o disolviendo su población en una economía primitiva, ajena al mercado por completo, será como Barinas y Portuguesa acusarán los efectos de atracción que el café ejerce desde mediados del siglo XIX. En las otras regiones del país ni siquiera se dio ese fenómeno de derrumbe, que era en cierto modo positivo porque liberaba hacia el capitalismo una mano de obra arrendada al sistema latifundista, ya que aquéllas distaban mucho de los centros cafeteros y su andamiaje feudal no sufrió sacudidas de crisis internacionales. La lucha de una pequeña región, Los Andes, contra todo un orden, no podía tener éxito si esa región carecía de aliados. La Revolución Federal no se los proporcionó. Al contrario, de los campamentos federales saldrá el sistema feudal endurecido en la arteriosclerosis que anunciará su vejez irremediable, pero que lo hará resistente al tiempo como un enfermo acartonado.

La inexistencia de la clase obrera fue otro factor, aún más importante, que contribuirá a malograr fuera de los Andes el efecto del café. El capita­ lismo comercial de Caracas y Maracaibo se comportó como sanguijuela, entre otras cosas, porque no tuvo que enfrentarse a una clase obrera que lo obligase a sesgar su rumbo depredador. La ausencia del proletariado deter­ minaba, en los centros comerciales, un nivel bajo de salarios. El consumo popular tenía que ser, en tales condiciones, sumamente precario. Fácil es re­ construir el esquema de funcionamiento de nuestra economía. El comer­ ciante y el banquero de la época vivían para traer al país géneros extranjeros de lujo o de desahogo que apenas podían consumir las clases más adinera das. El tráfico con productos de amplio consumo, importados o adquiridos en el país, no resultaba remunerador siendo tan escasa la capacidad de com pra, de las clases populares. En los períodos de auge, el comerciante y d banquero acentuaban las importaciones codiciadas para elevar sus útil ida des. Como la clase obrera adolecía de organización, sus costos no subían ni siquiera en aquellos períodos. Era el tiempo espléndido para las ganancias Si afloraba la recesión, determinada por los ciclos comerciales del cafó, se

-68-

Domingo Alberto Rangel

contraían las importaciones, pero el comerciante bajaba los salarios con 11 inyor velocidad y su tasa de ganancias no sufría menguas. Esos fenómenos intensificaron los rasgos parasitarios de nuestra burguesía. El modelo no 11 mtenía ningún aliciente para la transformación de esa burguesía mercantil

• n una burguesía manufacturera. Distinto habría sido el caso si el país cuen­

ta con una clase obrera más numerosa y consciente. La Revolución Federal, iurdíante el reparto de las tierras, hubiera podido crear un proletariado. Por-

i|iin en las condiciones venezolanas del siglo pasado, la reforma agraria hu­ biera sido capaz de mantener el mismo nivel de producción agrícola con un

número menor de brazos. Surgían así las condiciones para la emigración de Ion braceros hacia las ciudades. Con un proletariado más o menos sólido, la Imuj-.ucsía se enfrentaba al problema de los salarios. Difícil le habría resulta- >t(i abatir el salario nominal o jugar con el salario real. Forzosamente, las i ungías del capitalismo mercantil tenían que dirigirse hacia la industria

Imi ii salvar en ella la tasa de ganancias.

ii| mi oja la resistencia obrera al deterioro de los salarios, garantizará el mer- i mío para un modesto desarrollo industrial. La ausencia del proletariado IMiit undizará, en todo este proceso, la tendencia del capitalismo caraqueño lint 1.1 el comercio de importación y hacia las especulaciones. A lo largo del l it io cafetero, el país tendrá que producir café para pagarle a esa clase so- Vlul su bien rentado parasitismo. La burguesía no será aliado de losproduc- tuii . tic café -que hacían un táctico experimento capitalista en el campo- ■unto pudiera suponerse, sino su más conspicua y mañosa enemiga. En las

de Cipriano Castro -el Castro mosqueteril del Con-

i'M no hay un trasfondo de queja contra los intereses mercantiles de Cara- i n'i II bachiller andino que era Castro, atiborrado de prosa jacobina, se sen- •Hti t u el Congreso como el Ricardo Corazón de León en trance de vengarse ilt tu', zánganos que acudían a su región nativa. Ausente el proletariado y liu'itil la burguesía, los productores cafeteros quedaban librados a su suerte. Nu pinIiendo aparecer la industria, faltaría en Venezuela la correa de trasmi- tlún que, llevando el ingreso cafetero al resto del país, suscitara el creci- Hili uto capitalista. Fue la industria el eslabón perdido durante la larga in- l>nipc lie en que vive Venezuela desde el fin de la Guerra Federal al estalli- itu ilc la Primera Guerra Mundial. Sostuvimos un equilibrio entre produc-

. consumo, entre exportaciones e importaciones, entre ingreso y capa-

• iilmI pura importar, pero a costa de la transformación del país.

pn 1 1 .itildas demagógicas

El auge del consumo popular que

I I temprano capitalismo cafetero trabajó para los intereses extranjeros. Vil ti nía que ocurrir siendo tan absurda la estructura dejada a Venezuela pui r| cían fiasco de la Guerra Federal. Ausente la industria, contrahecha la

-69-

Proceso del Capitalismo Venezolano

burguesía, inexistente el proletariado y encarcelados los campesinos en sus calabozos del feudalismo, los frutos del país habrían de fugarse hacia el ex­ tranjero por los canales del comercio instaurado ya en escala mundial. ¿Cómo ocurrió ese fenómeno que frustrará, él también, la posibilidad de transformar al país desde las regiones cafeteras? Quien analice las estadísti­ cas del comercio exterior de Venezuela en aquella época anotará un rasgo saliente. Las exportaciones siempre excedían alas importaciones en un por­ centaje considerable que tiende a acentuarse a medida que avanza el tiem­ po. En 1860 las importaciones representan el 78 por ciento de las exporta­ ciones. Hacia 1870, sólo alcanzan al 60 por ciento. Al filo del siglo, han ba­ jado al 56 por ciento. Se recuperan luego, en los primeros años del siglo XX. Pero en los años inmediatamente anteriores a la Primera Guerra Mun­ dial apenas importamos el 60 por ciento de lo que habían valido nuestras exportaciones. Esa marcada diferencia, mantenida a través de media centu­ ria, acusa el esfuerzo del país para satisfacer las exigencias del dominio que, sobre nuestra economía mercantil y fiscal, alcanzan los intereses ex­ tranjeros. En primer término, está la deuda exterior que vuelve a atravesarse en nuestro camino de pueblo y a la cual no puede sustraerse la mirada del observador honesto. La gravitación de esa deuda, que impedía gastar en bienes y servicios el producto cabal de las exportaciones, fue auténticamen­ te abrumadora. Intentemos calcularla. Entre 1860 y 1920 el país produjo café de exportación por valor de unos 2.500 millones de bolívares. ¿Y cuán­ to nos costó la carga de la deuda? Es azaroso establecerlo, pues la lobreguez estadística no permite el cálculo cierto. Pero podríamos aventuramos en hi­ pótesis. La deuda extranjera se redujo a 200 millones entre 1881 y 1920. Ese fue el valor de las amortizaciones servidas. Debemos agregar, como es lógico, los intereses. Eran elevados como todos lo sabemos. Posiblemenic no bajaron de 10 millones anuales. Si esa cifra es aproximada, tendríamos que en los cuarenta años que corren entre 1881 y 1920 pagamos por intere­ ses unos 400 millones. Si sumamos la amortización a los intereses se logra una cantidad global de 600 millones que el país sirvió a sus acreedores. El servicio total de la deuda extranjera en el período significa el 24 por ciento del valor de nuestra producción exportable de café. ¿No era acaso un peso agobiante para la economía cafetera el sostener semejantes pagos? Dos ge­ neraciones de sembradores tuvieron que afanarse sobre las laderas de los Andes para que los gobiernos, que en tropel de cinismo, irresponsabilidad y enfeudamiento desfilaron por la escena nacional, cancelasen sus disparata das obligaciones con las casas extranjeras. El excedente generado por los cosechadores de café -o mejor por sus trabajadores- se diluyó en las manos de una administración botarate e imprevisiva y fue a empozarse en los bol

70

Domingo Alberto Rangel

sillos de los acreedores del exterior. El país trabajó durante los sesenta años del ciclo más expansivo del café para honrar puntualmente los vencimien- los de la deuda. Y a pesar de ese sacrificio nos vimos amagados y humilla­ dos por el tizón encendido de los cañonazos cuando las flotas extranjeras vinieron a hacer papel de cobradoras de fuego. No podía un capitalismo -el cafetero- transformar a un país cuyas ganancias se volatilizaban en el calor ilc la amortización de una deuda imperiosa. La fuga del excedente económi­ co, que será el problema cardinal de la Venezuela petrolera, ya amanece en el período cafetero y coadyuva a impedir que el país estrene una estructura i apitalista. El financista Guzmán -mago de la deuda- y el Mesías llanero, general Joaquín Crespo, otro artífice de la deuda, subirán a Venezuela a ese cadalso invisible donde se desgonzan sus energías por los mil poros del alfi­ lerazo extranjero.

Entre los enemigos más beligerantes del café -que lo frustran como agen- le de una transformación capitalista en el país- hay que catalogar a las casas alemanas, inglesas y francesas, cuya potencia llegó a monopolizar el co­ mercio de exportación e importación. Esas casas clavan en el país el primer hilo monopolista. Suerte de pulpos económicos tienen tentáculos bancarios

y comerciales. Adelantan dinero, a intereses del 20 por ciento anual, pigno-

i.111 cosechas, acaparan la producción criolla exportable y venden en el país los productos de la industria extranjera. Esas casas acentuaron la evolución adversa de los términos del intercambio, en el interior del país, entre pro­ ductos agrícolas de exportación y mercancías industriales de importación. 1Hilizando su situación monopolista fijaban para el café y el cacao precios que distaban del nivel de las cotizaciones internacionales. El productor

n iollo no tenía más remedio, por falta de demanda, que sucumbir resigna-

' lamente. Los productos extranjeros se fijaban en precios

Iijeras de discrepancia entre precios, pues las casas extranjeras eran mono­ polios y monopsonios, desgarraron al país durante un largo período. En su actuación se conjugaron distintas categorías históricas.

exorbitantes. Esas

’'fc

líran una especie de burguesía compradora -aunque no criolla- pues constituían elemento de enlace entre el lejano importador de Hamburgo o Nueva York y el productor agrícola de Venezuela, eran factorías instaladas en nuestras costas que mucho se asemejaban a las que «clavaron» los euro­ peos en el litoral asiático o africano y, finalmente, operaban como banco

<

cutral, pues en sus manos se concentraba el manejo del cambio extranjero

s

la i egulación del volumen de nuestra circulación monetaria. Toda burgue­

sa compradora exprime a fondo a los productores rurales. Ese ha sido su rol en la historia de las calamidades económicas. La masa de la plusvalía ex­

-71-

Proceso del Capitalismo Venezolano

traída de un país como fue la Venezuela de hace ochenta años se distribuye entre varios beneficiarios. Los países donde se venden los productos agrí­ colas procedentes del trópico, las organizaciones que realizan esa función no tienen posiciones monopólicas. Los precios no pueden diferir mucho del valor. A la burguesía compradora, o a quien haga sus veces, se le impone la necesidad de deprimir al máximo los precios en el país de origen de los pro­ ductos para lograr, en el reparto de la plusvalía, una tajada satisfactoria. Fue así cómo, por necesidades derivadas del funcionamiento de la economía mundial de la época, las casas extranjeras en Venezuela se vieron siempre inducidas a pagar bajos precios por nuestro café y nuestro cacao. Cuando esas casas vendían productos europeos o norteamericanos, cumpliendo así su segunda función, entonces elevaban los precios para inflar en su favor la plusvalía que engendran los artículos del comercio internacional. Sus ope­ raciones se situaban, allí también, en el punto de monopolio. Pero su misión más gravosa a los intereses del país radicó siempre en el papel de Banco Central.

La posición que asumían en el comercio de exportación les permitía aca­ parar el cambio extranjero. Más del 90 por ciento del oro conseguido por el país afluía a sus cajas. Mediante maniobras habilidosas las casas comercia­ les emplearon esa ventaja para arrancarle al país nuevos sacrificios. Como el país tuvo de hecho dos patrones monetarios -el oro y la plata- en su inte­ rés estaba fortalecer el oro. Reteniendo en su poder el metal amarillo forza­ ban la desvalorización de la plata de los giros sobre Europa o Estados Uni­ dos. Así, las aprovechadas casas lograron siempre utilidades excepcionales en el comercio del oro. Los giros sobre París o Nueva York se situaron inva­ riablemente en las cercanías del punto de exportación del oro que propor­ cionaba a las casas una ganancia del 7 por ciento. Durante el ciclo agrario de nuestra economía, el oro disfrutó de una prima o premio que, en buena parte, era impuesta por el comercio extranjero sobre Venezuela. La tasa de interés, el volumen de la circulación monetaria y la posición del Tesoro Na­ cional se determinaban por esas entidades del comercio monopolista. En la práctica, eran un Banco Central, ominoso e insaciable, que regulaba todos nuestros fenómenos monetarios para acomodarlos a la gloria de sus ganan­ cias. Si la moneda de oro escaseaba, podían suministrársela al comercio de­ tallista a precios abusivos. Si el crédito se enrarecía, sus recursos lograban un premio excepcional. Si el fisco se veía comprometido, sus adelantos ren­ dirían mejores utilidades. Así razonaban los gerentes de las casas. La eco­ nomía fue su feudo, inapelable y fácilmente moldeado por ellos en medio siglo de dominación señorial sobre el país.

-72-

Domingo Alberto Rangel

Iís difícil calcular la tasa de ganancias y el volumen real de las operacio- ih's que en esa media centuria de historia venezolana realizaron las casas

i xtranjeras en cuyas manos se radicó el monopolio de nuestro comercio. Su

prosperidad fue ciertamente rápida y aplastante. Cuando rayó el siglo XX, ludo el comercio de exportación e importación era coto suyo, impenetrable V .agrado. Y eran ya el banco de emisión y el prestamista supremo de la Te- mii cría Nacional. Una simple muestra estadística revela el poderío que ese comercio acumuló sobre la modesta Venezuela. En la ciudad de Tovar (Es- imío Mérida) operó una casa comercial durante ese período. La población de Tovar no excedía, en 1914, de los 1.500 habitantes y su región aledaña no ali inzaba a los 60.000.

I,a aludida casa tenía una cartera de créditos de siete millones de bolíva- rc.s en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Ese caso, aislado pero elo-

i urnte, sirve de punto de referencia para imaginar cuál sería el volumen de

itpci aciones de los señores Blohm, Breuer o Vandissell que desde el puerto tli- Maracaibo controlaban todo el trabajo de la región occidental, en esa

>poca la única próspera que existía en Venezuela. La política de esas casas - v mi sed de ganancias rápidas- agotó el esfuerzo de los sembradores de café V contribuyó a anular el proceso de un capitalismo vernáculo. La escasez lúe su norma en la esfera de las finanzas. Esas casas actuaron por ello como urentes de un malthusianismo que obraba efectos de chaqueta de fuerza. El

* ii culante lo reducían siempre al mínimo e imponían, por añadidura, la mo­ líala de mala calidad, porque así se valorizaba más el oro, controlado por

i líos. La famosa ley de Gresham -la mala moneda expulsa a la buena de la

i ul ulación- fue regulada y aprovechada hábilmente en Venezuela por los

> .(iblecimientos alemanes y corsos para labrarse un sendero de utilidades Mauras y gratuitas. Reducían también al mínimo el crédito que, en forma de anticipos sobre cosechas, proporcionaban a los sembradores. En la medida

cu que la oferta monetaria fuese escasa, la preferencia por la liquidez, debi­ da al motivo transacción, tendía a levantarse y la tasa del interés a crecer.

I nli e más difícil fuese la consecución del crédito, más rfendidor era el dine-

lo. La suma de esos fenómenos tradujo para Venezuela una copiosa expor- Iai i»>ii de oro hacia los países de origen de las prósperas casas. Durante cin-

i ucnla años, la exportación de nuestro excedente económico obró como gi­

gantesca ventosa sobre las espaldas de nuestra economía. Como las compa­ rtías petroleras años más tarde, las casas europeas traerán al país un capital inicial y luego funcionarán con los recursos extraídos a Venezuela por la vía

temeraria tasa de ganancias. Por espacio de decenios enteros, las ca-

m . no trajeron al país un centavo como inversión de capital para nuestra

-73-

. le una

Proceso del Capitalismo Venezolano

producción o nuestro comercio. Era Venezuela, drenando su oro, quien proporcionaba a la opulenta Alemania o la ambiciosa Francia el capital para la digestión de sus exacciones. Entre los enemigos del capitalismo cafetero, la casa alemana o corsa figurará junto al cacique federal en el más prominente lugar. Dos generaciones de cosecheros de café tuvieron que soportar las vesanias perínclitas del general Guzmán Blanco, la incapa­ cidad de Crespo y los derroches palaciegos del general Castro. Pero ningu­ na de ellos fue tan gravoso para el doliente costado de nuestra producción como esos gerentes rubios, de recortada barba y “guardapolvos” grises que, desde sus escritorios de madera, exprimieron a dos millones de in­ dios ingenuos y desamparados.

-74-

Domingo Alberto Rangel

CAPÍTULO V

LA ECONOMIA DEL CAFE SE DISUELVE

La economía mundial y nuestros anacronismos sociales matarán el ensa­ yo capitalista del café mucho antes del advenimiento del petróleo. A princi­ pios del siglo XX sobrevienen cambios importantes en el comercio interna­ cional. El capitalismo se apellidará imperialismo. Empieza la época de los grandes barones. Nueva York será la colmena donde ese gran zángano que se llama J. P. Morgan tendrá sus obreras y sus reinas para elaborar las mieles de los más refinados dividendos. Entre Morgan, afincado en la roca de los i.iscacielos, Rockfeller, atrincherado en Cleveland y la familia Dupont de Nemours, dueña del Estado de Delaware, se repartirá el destino de los Esta­ dos Unidos. El acero, el petróleo, el automóvil y la química. Cuatro grandes baronías de ese feudalismo capitalista que es el imperio de los grandes inte- icses. Francia será, como en los tiempos de Clodoveo, un país repartido lumbién entre cuatro feudatarios. La República se dividirá entre el Banco de l'iuís y los Países Bajos, el Banco de Indochina, las factorías Scheneider y l.i Société Générale. Alemania levantará a Krupp, más temible que el pro­ pio Kaiser, porque a los cañones que salen de sus fábricas añadirá el dinero. Inglaterra se llamará la City. La fusión del capital bancario con el capital in­ dustrial, la exportación de capitales y otros fenómenos cambiarán rotunda­ mente las confines del comercio internacional de ciertos productos. Entre ellos están el café y el cacao. En la esfera del tráfico mundial despuntarán l.e. primeras fuerzas que, ya antes de 1914, plantearán la disolución de la economía agraria de Venezuela.

A linos del siglo XIX la geografía económica del planeta sufre especta- t ulíires transformaciones. Los capitales inversionistas de Europay de Esta- dos t luidos se derramarán por el mundo. El esfuerzo se centra -no lo olvide- 11i o s e n la producción agrícola. Europa necesita alimentos para su creciente población urbana y sus tierras no pueden proporcionarlos. El dinero acumu­

-75-

Proceso del Capitalismo Venezolano

lado por el capitalismo resuelve el problema. Todos los confines del mundo reciben fondos, mediante préstamos o inversiones. El modo capitalista emerge en la producción de granos y otros artículos alimenticios. Continen­ tes enteros que tuvieron un bajísimo índice de comercio exterior despiertan súbitamente. Entre esos continentes están, preferentemente, los que se ubi­ can en la banda calurosa de los trópicos. La plantación de café y de cacao, la de caucho y de quina, cobra un ímpetu que no conocieron los decenios ante­ riores. Uno tras otro, los países tropicales, sean colonias o repúblicas, des­ basten sus selvas para sembrar los productos que demanda Europa y para los cuales existe dinero y mano de obra disponible. La producción mundial de esos frutos sube sin interrupciones. Aun cuando los precios oscilen, son tan fértiles las tierras y tan barata la producción, que no vale la pena inte­ rrumpir el esfuerzo. De Europa y de Estados Unidos llegan créditos, empre­ sas o inmigrantes que asumen la labor. Ya en los primeros años del siglo XX la producción mundial de café se ha doblado. Y quedan muchas reservas por entrar a la batalla. Sáo Paulo, el gigante brasileño, tiene ejércitos de jó­ venes cafetos que pronto llegarán a la edad útil. Sus tierras rojas adquieren una alfombra verdosa adormecida bajo el sol. Y en América Latina y el Asia, el hacha trabaja derrumbando árboles para poner cafetales. Hay de­ manda en Europa y Norteamérica, hay dinero accesible, hay facilidades de todo orden. El apetito de café vestirá de plantaciones el costado de muchos países.

Pero el capitalismo jamás regulará científicamente los fenómenos eco­ nómicos. Las contradicciones fundamentales entre el modo social de pro­ ducción y el reparto individual del producto se trasladan a la esfera interna­ cional. La intensa expansión económica de los países tropicales a fines del siglo XIX suscitará pronto problemas de mercado. El antagonismo entre la creciente producción y el consumo que no crece a tanta velocidad es parti­ cularmente sensible en Europa, donde la distribución del ingreso nacional beneficia con escándalo a los ricos. Las energías de Europa, su excedente económico, afluirán a las ganancias de los poderosos. El ahorro ya va sien­ do ligeramente superior a la inversión. O en otras palabras, la realización de la plusvalía empieza a dificultarse. La contradicción entre producción y consumo se hace evidente en el comercio de productos del trópico. Es allí donde hay más tierras disponibles y una mano de obra, antes no denomina­ da por el capitalismo, más abundante. Mientras en Europa el crecimiento, desde mediados de siglo, tendrá que ser intensivo, en el trópico podrá ser extensivo. Todo consiste en incorporar a la esfera del comercio capitalista a gentes y tierras ajenas anteriormente a él. Captar reservas y mejorar su pro­

-76-

Domingo Alberto Rangel

ducción inyectándoles dinero. Es el papel de Europa y Norteamérica. Noso­ tros somos el material inerte para el experimento. El laboratorista que nos maneja es el capitalismo internacional. Más café y más cacao salen de estos contornos de la geografía mundial. Hasta que se advierten, tenuemente, en los primeros años del nuevo siglo los síntomas de la plétora. El índice de la relación entre los productos agrícolas y los industriales arroja luz sobre este proceso. En 1876, una unidad de productos agrícolas adquiría la misma proporción de productos industriales. Hacia 1885, la relación será favorable a los primeros. El índice es de 102. Pero en la década de los años noventa, las cosas difieren. El índice baja entonces a 90. Y en la primera década del siglo XX la relación se coloca en el punto, ya crítico, de 85. (Ver Postwar Price Relation in Trade Between Under-developed and Industrialized ( 'ountries, UnitedNations). Se necesita más trabajo agrícola para conseguir una unidad de trabajo industrial. Los precios de nuestros productos -el café señaladamente- se debilitan gravemente. Hay un cambio de coyuntura que durará hasta nuestros tiempos. Ese proceso es fundamental en la historia económica de Venezuela y debemos, por ello, verlo con cabal precisión.

Algunos acontecimientos de principios de siglo tienen enorme valor en el análisis histórico de nuestro crecimiento nacional. En 1902, el Estado de Sao Paulo prohíbe toda nueva plantación de café. Cesa así el ímpetu de los “bandeirantes” hacia las “térras roxas” que hicieron de Sáo Paulo un regi­ miento de apretados pelotones de cafetos. En 1906, el mismo Estado con­ trata un empréstito en Londres. Es una operación sin precedentes en la his­ toria del comercio internacional. La burguesía paulista demuestra, ya desde aquella época su ingenio habilidoso. Se trata de acopiar fondos para com­ prar y retener, en los almacenes del Estado, una fracción de la cosecha de eafé. Los agudos burgueses de Sáo Paulo saben que el torrente de sacos es superior a las posibilidades de absorción de la economía mundial. Guardar una parte en el Brasil equivale a igualar la oferta y la demanda. Así se salva- i.m los precios de una caída catastrófica. Pero se necesitan fondos para pa­ rar a los productores el valor de los sacos que no ingrésarán al mercado mundial. El empréstito es la solución. Es la primera vez que el capitalismo en algún lugar del mundo intenta aislar la producción del consumo. Ateso- i ai café, sin llevarlo al mercado, significa desvincular la producción de las exigencias del consumo. La burguesía brasileña tiene el dudoso mérito de haber sido la pionera de una política que luego se generalizará cuando, tras ilos guerras y una crisis, el capitalismo se volverá malthusiano. No importa que aumente la producción de café -proveniente de las viejas y nuevas plan­ táramos- si una represa de compras para el almacenamiento impide su

-77-

Proceso del Capitalismo Venezolano

afluencia hacia las plazas consumidoras. Es la filosofía en que se ha funda­ mentado la política de adquisición de sobrantes. Los Estados Unidos se em­ barcarán, treinta años más tarde, en una colosal carrera de compras estraté­ gicas. Los productos más variados, desde la leche hasta el cobre, se hacina­ rán en los depósitos del gobierno federal para evitar la quiebra de la produc­ ción. Será el fruto de aquella lección que dictó la burguesía paulista en 1906. Esa política no puede adelantarse sin incurrir en deudas que financien las compras de despilfarro. El endeudamiento de los Estados Unidos -300 mil millones en la actualidad- es en parte reflejo de esa sistemática compra de artículos primarios para sustraerse a la colosal baja de precios que apare­ jaría la superproducción. Los brasileños alumbraron el camino con el café. Su título de innovadores de las finanzas no ha sido regateado por nadie. Como víctimas que fueron, los primeros, de los desajustes internacionales suscitados por el imperialismo, los brasileños confrontan hoy su descomu­ nal inflación que amenaza sepultarlos bajo un manto de billetes de banco.

La coyuntura del café será netamente distinta en el siglo XX a lo que fue en el siglo pasado. En el último tercio del siglo XIX, las oscilaciones de pre­ cios eran frecuentes. Con rigurosa alternación, se sucedían las alzas y las bajas. Pero eran casi tan dilatadas las primeras como las segundas. El ciclo comercial del café se caracterizaba por una fase ascendente que duraba cier­ to tiempo y por unas fluctuaciones de precios que no asumían una profundi dad calamitosa. En cada década, los períodos de auge de precios ocupaban cinco o seis años. El resto lo consumía la recesión. El negocio era relativa­ mente seguro. No resultaba riesgoso invertir, aunque sobreviniera una baja de precios, si existía la certidumbre de la recuperación. Los sucesos del co­ mercio premiaban siempre a quienes esperaban. Detrás de la esquina se es condía el retorno de la prosperidad. Así pudieron expandirse las inversiones y pudieron crecer la mano de obra y su productividad. En el siglo XX, desdi- aquel episodio de las primeras compras de almacenamiento hechas por el Brasil, la conducta del café será muy distinta. Vendrá una depresión conli nua, persistente, secular casi, de los precios. Si descontamos brevísimos pe ríodos entre 1926-29 y entre 1949-54, el siglo XX sólo ha alumbrado malos años para los productores de café en escala mundial. El fenómeno es resul tante de las contradicciones del capitalismo, avivadas al máximo en la elap.i imperialista. Es explicable que el café haya sido la primera y más propicia toria de las víctimas. Influidos por una demanda que fue sostenida, numci <> sos países se lanzaron a sembrar café. El espectro de la superproducción mundial despuntó ya en los años iniciales del nuevo siglo. Ningún artículo, entre los muchos que se intercambian en el comercio internacional, óslenlo

-78-

Domingo Alberto Rangel

i mucaracterística. La política brasileña de las valorizaciones, que se prolon­ ga hasta 1929, constituirá un mero calmante. Porque el mantenimiento de ln'i precios a ciertos niveles, un poco bajos pero no definitivamente catas- imlícos, estimulará las siembras en varios continentes. La valorización es ■'uno un gigantesco paraguas que protege a aquellos países que, como Co- Itmtbia y Centroamérica, anhelan su cupón en esa feria del café. La valori- Hlón brasileña consigue evitar el desplome total y arrasador de los pre-

i los, pero no soslaya el ingreso de nuevos productores al concierto del co- iun ció ultramarino. La superproducción, lejos de mitigarse, es un fantasma mndudor atodo lo largo de las décadas que van de la aurora del siglo XX a

ln (j.rnn depresión de 1930. El café servirá, antes que muchos otros produc­

to*, para probar que el capitalismo no puede controlar sus propias fuerzas.

Y es el Brasil, entre todos los países, el que tendrá el privilegio de sospechar

Iiin contradicciones ocultas tras el orden mundial instituido por la burgue-

Iii Iii un círculo vicioso girará, por espacio de generaciones, el drama del

i nlr I'rente a cada aumento de la producción, se experimentarán medidas

i|in no harán otra cosa que acentuar el fenómeno. Una carrera entre una "l'ila exacerbada y una demanda perezosa será la vida del comercio inter- ii mional del café.

I a baja de los precios, crónico suceso del café, se anuncia en los prime-

iiri míos del siglo XX. Entre 1860 y 1895, el nivel de los precios cafeteros un iló alrededor de los 70 bolívares por saco. Hubo un repunte vigoroso ha-

m

IK75, cuando el saco se cotizó en 98 bolívares. La década de los ochen-

i

i licuará ese ímpetu abatiendo los precios hasta situarlos en 55 bolívares.

IVio cu la década de los noventa rayarán otra vez las cotizaciones en las al-

i

nccci del capitalismo. La demanda, interrumpida durante la recesión,

l

in il luí á la economía en la depresión permanente. Veamos los acontecimien-

tn . Ya en 1902, los precios caen aun nivel que no contempló nunca el siglo

XIX 'K bolívares por saco. La valorización brasileña reanima un poco el

i ama llevando las cotizaciones a 50 bolívares el saco. Pero allí se man- hasta que concluya la Primera Guerra Mundial. Un estancamiento ipa/ de perseverar por espacio de veinte años liquida a cualquier rama de

ln pi iiducción. La modestia de los precios, tan persistente, desalienta la cafi-

ni mío se reanima por el juego de las tendencias expansivas. En 1900 se en-

ni a . de los cien bolívares. Es la curva zigzagueante, modo característico de

1 1 iliuia venezolana. El efecto de las valorizaciones brasileñas es, en gene- ml, de estímulo a otros productores. Pero no es ese el caso de Venezuela.

I

'i di ais inicios, la caficultura venezolana trabaja con unos costos relati- iiiiH-nlc altos. Ya volveremos sobre ese fenómeno para estudiarlo con ma­

-79-

Proceso del Capitalismo Venezolano

yor detenimiento. Por lo pronto, apuntemos que lejos de inducimos, como ocurrió con otros países a principios de siglo, la valorización minó nuestras fuerzas y paralizó en el estancamiento a nuestra agricultura del café. La quiebra técnica y económica del café en Venezuela no sobreviene, como creen los observadores superficiales, con la aparición del petróleo. Es un signo que ya existe desde los comienzos del siglo, pero que el petróleo va a evidenciar simplemente. Nuestras plantaciones de café no podían trabajar sino bajo el aliciente de los altos precios o por lo menos en las condiciones de una rigurosa alternación entre altos y bajos precios. Convertida la depre­ sión de los precios en un acontecimiento pertinaz sonaba el responso para nuestra caficultura. El petróleo apenas clava la puntilla a una economía del café que ya se desangraba por la vena de su interrumpida dinámica. Des­ pués del petróleo, los cuarenta años de precios bajos que, con pocos alivios ha vivido el mundo cafetero, servirán de de profundís a una rama no sólo muerta sino petrificada.

El cese de la dinámica expansiva del café se manifiesta claramente desde los primeros años del siglo. Acerquémonos a ese proceso. Entre 1865 y

1873 la producción de café se expande en un 168 por ciento, que arroja una

tasa media acumulativa anual del 21 por ciento. Entre 1881 y 1890 el incre­ mento de la producción es del 11 por ciento o 1,2 por ciento. La cadencia del desarrollo cafetero se atempera notablemente a lo largo de esos dos pe­ ríodos. Pero sigue siendo un fenómeno importante en nuestra economía que salvo el café no gesta ninguna riqueza nueva. En la primera década del nue­ vo siglo las cosas van a cambiar. La producción disminuye, por primera vez, en un 20 por ciento, lo que importa una tasa de descenso anual del 2,0

por ciento. La década que va de 1910 a 1920 apenas restituirá la producción al nivel en que ya estaba al rayar la madrugada del siglo. En la década de

1920 a 1930 volveremos a descender. Y de allí hasta nuestros días la con

tracción será la ley de la producción cafetera de Venezuela. El descenso prolongado de la producción, como ocurrirá entre 1900 y 1925 -año de la arremetida petrolera- significa que las energías colectivas abandonan a la rama económica donde ello acontezca. En efecto, desde que comenzó el si glo, los capitales y los brazos abandonan, primero levemente y luego con precipitación, el mundo del café. Los pioneros de las plantaciones emij'.i .m hacia otras actividades. Cuando aflora el petróleo, muchas haciendas d>

café habían sido traspasadas a personas de menos acometividad, brío v 1 nacidad que sus primitivos fundadores. Un darwinismo a la inversa, la lección por los menos aptos, se cumplirá en los cafetales venezolanos y con el empresario inicial, reemplazado por burócratas del café, es decir, por peí

-80-

Domingo Alberto Rangel

Nonas avecindadas en la rutina, saldrán también los mejores jornaleros.

I

iancisco Mieres en sus observaciones sobre el pasado económico de Vene- 11>la anota el fenómeno de esa migración hacia los centros urbanos aun an-

i'

■. del afloramiento petrolero. Es correcta la tesis. La gran fuente de ese

im hIo de capitales, talento y energía será la plantación del café. Los mejo-

li • empresarios no verán posibilidades en una rama cuyos precios no reac-

i unían ante ningún acontecimiento y viven vegetando en niveles de penosa

modestia. Se harán comerciantes o especuladores. La coyuntura que apro-

vn lian es la Primera Guerra Mundial, entre cuyas repercusiones ninguna

mas señalada que el pequeño auge de las construcciones urbanas. Estimula-

iln por los recursos sobrantes en un país privado por la guerra de hacer im-

Iiinlaeiones, la industria de la construcción alcanza cierto florecimiento. En

• lia mlervienen activamente los decepcionados del café. La burguesía me­

dia y pequeña que había forjado la riqueza cafetera se ubica en otro medio.

Asi comienza la deserción agrícola en Venezuela. El petróleo acentuará la

tendencia. El campo deja de ser, ya antes del petróleo, el hogar de las ener- i*i.i•. más agresivas del país. La historia de Venezuela dejará de escribirse, ■iuno aconteció a lo largo del siglo XIX, en los caseríos y aldeas. El aumen-

lo de la población urbana, que registra el censo de 1926 en relación con los

niilei iores, prueba irrebatiblemente esta tesis.

Porque Venezuela retrocede ante el fenómeno de la baja de los precios, a

ililficncia de otros países que lo afrontarán con éxito; nuestro lugar entre los productores mundiales de café declina sin atenuantes. A raíz de la Gue- I I a I odcral, ocupamos el tercer lugar en el catálogo de los productores mun- ilialcs Nos superaban el Brasil e Indonesia (entonces Indias Holandesas).

ln in cidente nos llevará al segundo lugar. Son las catástrofes que sufre In- iloncsia -combinación de volcán con peste- y arruinan sus plantaciones. Va, en los primeros veinte años del siglo actual descollamos escoltando al

I

Mi

a:al l’cro el fenómeno es ilusorio. Ya en 1921 Colombia nos bajará del

|n

ileslal. Y luego Indonesia reclamará el puesto que ha perdido por obra de

lm lores fortuitos. Otros productores desplazarán a Venezuela. A partir de l'HO nuestra caída será la de una piedra en la ladera”. Para decirlo en el len-

Y de él jamás saldremos. Así

l>imina, en la humillación de la caída, el ciclo del café.

( uando asoman sus barbas en el costado del Lago de Maracaibo, los ex-

pl« Hadores petroleros encuentran a un país en profunda crisis histórica. Es

o \anle analizar a fondo esa crisis, cuyo estallido no pudo producirse pimpic lo impidió el petróleo. Como acabamos de verlo, el café estaba en i r a s va en años anteriores a la irrupción del aceite mineral. ¿Y cuáles eran

-81-

iia |c del béisbol, viviremos en el “sótano”.

Proceso del Capitalismo Venezolano

los signos de esa crisis de la cual servía de expresión elocuente la bancarro­ ta del café? La paz sepulcral del gomecismo, tendida sobre un país desolla­ do, impidió a los venezolanos de la época y a los de generaciones posterio­ res ver la hondura del fenómeno. Pero nosotros debemos rescatar esa crisis, porque en ella están algunas de las raíces de la perturbación vital que hoy embarga a Venezuela. Mirar hacia atrás significa, en este caso, penetrar el presente y otear el porvenir. El petróleo aplazó el dramático advenimiento de aquella crisis que por los años veinte debía convertir a Venezuela en una hoguera revolucionaria.

Una crisis no es otra cosa que un conjunto de contradicciones avivadas al máximo. Para estimar su magnitud se impone la obligación de aquilatar, con exactitud, las distintas contradicciones. Hacia 1920 -cuando no habían aparecido en gran escala los equipos petroleros de perforación- los produc­ tores del país ardían de indignación frente a la rapiña de las casas alemanas

y corsas. La depresión prolongada del café había profundizado la contradic­ ción que enfrentaba a productores apostólicos y a comerciantes embosca­ dos. El duelo era rigurosamente dialéctico. En todo período de estanca miento económico, si una rama cualquiera sufre los efectos de la flojedad de los precios, la lucha por la repartición de la plusvalía entre las clases do minantes se torna agudísima. El empresario cafetalero de Venezuela sosle nía un conflicto con las casas exportadoras por la apropiación de la plusv;i lía. En las épocas de alza de precios, la diferencia se adelgazaba y casi adve nía la conciliación. Pero la baja persistente, larga de veinte años, calentó el rencor de los productores cuya posición era la más débil. Frente a las casas comerciales atrincheradas en su monopolio, el productor desorganizado y disperso perdía apreciables porciones de la plusvalía en la forma de una

baja de precios más intensa que la resultante

encarnizamiento fue frecuente. La venta del café se hizo, desde 1910, ni condiciones de forcejeo apasionado con el comercio. Triunfaron las casas, pero sobre un rescoldo de amarga frustración. Nuestros productores cafclc ros trabajaron literalmente, a partir de 1900, para cancelar a la rapaz bm guesía extranjera sus intereses y amortizaciones por los anticipos que con cedían en la recolección de la cosecha. El excedente económico se translic re, en su casi totalidad, a los establecimientos mercantiles de los europfn en el país. No es obra del azar el hecho, comprobado por los estudios <1

Alberto Adriani, de la desaparición de las nuevas siembras de café dcsc Ii años de la primera década de nuestro siglo. Succionados por el doble i-1■■i ■•

del mercado internacional. I' I

de la

ro, los hacendados criollos ya no tenían recursos ni predisposición pata afrontar los gastos de renovación y ensanchamiento de las plantaciones

-82-

baja pertinaz de los precios y de

las martingalas del comercio exi i ,u in

Domingo Alberto Rangel

l’cro ninguna clase social sufre pruebas de sacrificio y frustración sin nlVticer una pelea. Los productores y sus voceros defendieron, con agónica pasión, sus intereses específicos. Detrás del biombo gomecista, ya levanta­

do sobre el país, la lucha de clases se realizó sin titubeos. El ojo superficial

110 nuestros historiadores no alcanzó a descubrir esa lucha. Para la cultura venezolana ha sido una desgracia la formación retórica y el escaso conoci­

miento de las ciencias sociales de que han adolecido los historiadores pa- 11 los. Como los niños, vieron ellos en nuestro proceso el episodio fugaz, la mn-cdota intrascendente, sin calar las causas ni descubrir la trama. Nuestra historia se ha dividido en dos escuelas igualmente funestas. Los apologistas

ilol orden, suerte de Leibnitz de nuestro drama, que vieron en todas las dés­

eme ias de Venezuela la resultante de los defectos inexpiables del pueblo y

di la patria. Y los mosqueteros para quienes la tragedia venezolana no era

uliil cosa que la consecuencia de la falta de libertades. Así, con teorías tan l'iiei iles, se ha ido creando la historiografía nacional. Se explica el fenóme-

111i. absurdo y desconcertante, de que nuestra historia no haya recogido, en ninguna de las épocas del pasado, lo más sustancial y profundo de la evolu-

i ion venezolana. El íntimo bullir de nuestras fuerzas sociales no mereció ni

una ojeada a esos espadachines que son los historiadores criollos. De ellos ■. integra la culpa si los venezolanos de hoy tienen una visión pobre, injusta ■i lecortada de lo que fue el ayer.

I ■I i’omecismo, con su larga travesía retrasante, no fue una edad quieta de

I'iits domado por un bárbaro. Venezuela vivió, en ese período, debatiéndose

m al islecha y atormentada. En torno del café se centran, precisamente, al­

binias de nuestras luchas sociales más interesantes de esa etapa. A princi­ pios del trágico interregno gomecista, surgió una polémica que reflejará •onlnulictorios intereses de clase. Círculos extranjeros formularon un pro- \ 11 lo tendiente a establecer un Banco Nacional que sujetaría todas nuestras lin.ui/.as, públicas y privadas, a su inapelable férula. Con un escaso capital

. ii i 'i o y plata se pretendía monopolizar la emisión de billetes y copar, vir-

luiente,

la circulación monetaria. Era la continuación del sistema bime-

'«lila que desde 1887 imperaba en el país. Con plata deteriorada y con pa- I" I moneda, los gestores del audaz proyecto pensaban fabricar oro, extra- ■minio del esfuerzo productivo del país. Cambiar la plata devaluada y en- ■ilei ida casi por el oro que allegaba la exportación de café y cacao era en el

li nido el designio que se perseguía. Producir café en oro y venderlo en plata i' i nada. Tal era la suerte de nuestros cosecheros de frutos exportables, iin lia burguesía cafetera y cacaotera se movilizó enérgicamente contra el

i

resquicios de libertad que el gomecismo con-

i nila en sus inicios, voceros de la agricultura de exportación probaron su

i

.

1

lo

Aprovechando los

-83-

Proceso del Capitalismo Venezolano

puntería y ensayaron su combatividad. Sucesivas escaramuzas de prensa y una alarma no por sutil menos impresionante, obligaron al gobierno de Gó­ mez a retroceder en su impúdico propósito de engancharnos a intereses ex­ tranjeros. El Banco fue sepultado. La burguesía cafetera y sus portavoces de prensa ganaron una batalla contra el imperialismo europeo, ávido enton­ ces de emprender negocios fáciles en un país desangrado y bárbaro. Fue un episodio en que la lucha de clases se confundió con la defensa del patrimo­ nio nacional. En los veintisiete años de paz digestiva que tendrá el gomecis- mo pocas luchas asumieron el significado y el valor de esta controversia so­ bre la moneda. En el frente de la protesta hicieron causa común los sembra­ dores de café, los banqueros criollos y los comerciantes desplazados por el monopolio germano-corso. El prudente Sancho que era Juan Vicente Gó­ mez, cuya cultura de refranes no le impedía olfatear el peligro, optó por reti­ rarse. Gracias a los cafeteros nos salvamos de ser un país parecido a aquel que pinta Daudet en las memorables páginas de El Nabab.

La batalla contra el Banco Nacional conduce a la conquista de otro obje­ tivo en el que la lucha de clases, confundida con el interés nacional, va a re­ machar una victoria. Desde tiempos de Guzmán Blanco, las casas comer cíales alemanas y corsas venían gastando una estrategia de fraude moncla rio contra los productores rurales. Retenían el oro para elevar su precio y propiciaban la circulación de toda clase de monedas de plata. Ellas pagaban el café en plata devaluada. Y vendían, en Alemania o Francia, cobrando los valores en oro. El productor criollo recibía por su trabajo una moneda dete riorada. Pero las casas extranjeras, cuando realizaban su café en el exterioi, cobraban en un signo monetario que no robaba sus esfuerzos. Los cafeteros de Venezuela percibían un fenómeno que afectaba sus intereses y les dejaba flotando en esa perplejidad que provoca lo taimado. Mientras el precio di* sus frutos se estancaba, crecía abruptamente el valor de los géneros extran jeros. Para vestir a la mujer con la crehuela importada o para encender on las fincas la lámpara de carburo era necesario entregarle al comerciante ale mán mayores cantidades de café. El costo de la vida y los niveles de produc ción tendían a subir para el cosechero venezolano. Y sus frutos marcaban una paralela y peligrosa devaluación. Esas “tijeras” obedecían a la mano voraz de los comerciantes que explotaban, a su talante, el sistema bimclalis ta implantado en el país. Suprimir la dualidad de patrones -oro y piala constituyó un propósito de nuestra burguesía rural. La baja de los pire i< hizo más imperiosa la lucha. Frente a un mercado internacional de pn <n■ estancados, la burguesía cafetera venezolana no podía permitirse la pa .1 vi dad. Con armas y bagajes aprontados para el azar de una contienda, los <a feteros levantaron sus pendones contra el comercio europeo, lira indispon

-84-

Domingo Alberto Rangel

nuble suprimir el bimetalismo e instaurar otro orden monetario. Una sorda

BNi'aramuza se libra, en la segunda década del siglo, entre cafeteros y co­ míTciantes por la estructuración de un sistema monetario. Las dos partes en

lii disputa encontraron aliados dentro del gobierno. Confundiéndose con los

i "incrciantes estuvieron aquellos personajes que la oligarquía caraqueña

111 locó en el Gabinete para que fuesen tutores oficiosos de Juan Vicente Gó-

nir/

iiiqucñas la punta de lanza del interés extranjero colonialista. Evadidos y

desdeñosas de lo criollo, esas familias no tendrán otro ideal que el mejor

noi vicio del imperialismo europeo o norteamericano. Pero los cafeteros en-

i mitraron en el doctor Román Cárdenas a un valioso abogado. Fue ese si­

lencioso y tenaz burócrata quien, desde el parapeto de su despacho del Mi­

nisterio de Hacienda, preparará la segunda y última victoria de los produc- lui es de café. El doctor Cárdenas había organizado la hacienda venezolana.

IIn el gomecismo fue una especie de Colbert minucioso que, en la siesta de

lii opresión, vertebrará las funciones financieras del Estado para que el ab- nliilismo se consolide. Siguió siendo, en el Ministerio de Hacienda, un

liombre espartano y escrupuloso. Refractario a las corruptelas, suerte de is-

li ile en un mar de inmoralidades, tendrá la perspicacia suficiente para com-

Iaender dónde yace el interés nacional. Intuye que la depreciación de la pia­

la afecta al Fisco Nacional, que en ese metal recauda sus impuestos. El en-

*il. cimiento del metal blanco coloca al gobierno en posición desventajosa líente a la economía venezolana. Coinciden así sus ansias de escrupuloso

n i andador de impuestos con el interés de los productores de café indigna­

da. también contra la plata ladrona que manejan las casas alemanas. La lu- ■lia habría de culminar en la Ley de Monedas de 1918. Esa Ley instituirá, l>aia siempre, el monometalismo en la vida monetaria de Venezuela. Cesará I I I legocio de la plata. Los comerciantes alemanes y corsos ya no podrán ob-

ii nei otra plusvalía que la derivada de la diferencia de precios entre la oferta d. ea fé en el país y la demanda del grano en los mercados internacionales.

Como siempre, en las luchas venezolanas, serán algunas familias ca-

I’ero esa victoria no colmará las ansias ni cerrará las heridas de los cafe- ii ios, Como en toda lucha social prolongada, el manejo del poder llegará a •i i en la Venezuela del crepúsculo cafetero -hacia 1920- un objetivo insos­ layable. Voy a hacer algunas afirmaciones polémicas. En ninguna zona ve- iii /olana lúe más impopular la dictadura de Juan Vicente Gómez que en

ai mellas donde se producía el café. Los historiadores cegatos y los políticos ni doctrina social han sido incapaces de recoger este hecho que pertenece

ni proceso de nuestra lucha de clases. Juan Vicente Gómez no fue en el Po­

la tampoco lo había sido Castro- el representante de la burguesía cafetera indina, No entra en este estudio la disquisición acerca de la aventura de “los

-85-

Proceso del Capitalismo Venezolano

sesenta” y del balance de su larga actuación en la vida política del país. Pero debo decir ciertas cosas esenciales. Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez trajeron al gobierno a gentes que no tenían vinculación profunda con los in­ tereses productores de Los Andes. La gran mayoría de los caudillos afilia­ dos a la Revolución Restauradora eran bachilleres ociosos, aventureros sin destino y caciques en disponibilidad. Ninguno de ellos fue líder en las acti­ vidades productivas del Táchira o tuvo, salvo Gómez, compromisos con la tierra y sus problemas. Sentían, desde luego, el descontento que bullía en la región. Y lo hicieron útil, transformándole en empuje, para su causa mili­ tante. Pero con ellos no llegó al Poder una clase nueva, la burguesía rural, a implantar un orden distinto. Estas afirmaciones recogen la teoría de la lucha de clases. No la contrarían ni la niegan. En ciertos períodos históricos de descomposición nacional es factible el caso de los aventureros que logran el Poder sin encamar, exactamente, a una clase nueva. Mírese la historia de la Italia del Renacimiento, desgarrada también por conflictos insuperables y por rivalidades regionales, y se comprenderá la validez de esta tesis. Los “sesenta” fueron la versión venezolana de los “condottieri” que, en momen­ tos de parálisis nacional producida por la dispersión de las fuerzas, alcanza­ ban el Poder con celeridad de relámpago. Los Andes vieron el paso de Ci­ priano Castro con la expectativa a que ya estaba acostumbrado el país por las frecuentes guerras. Castro y Gómez jamás sintieron la necesidad de des plegar desde el poder la política de clase que les habría impuesto su depen­ dencia de la burguesía cafetalera. Si uno y otro hubiesen actuado como enn sarios en el poder de los productores cafetaleros, sus medidas habrían relie jado el interés de esa clase. Apoyo a la colonización, proteccionismo inte 11 gente, inversiones fiscales reproductivas y estímulo a una incipiente indus trialización eran las necesidades del desarrollo capitalista vinculado al café Nada de eso realizaron los dos caudillos de 1899, cuando su suerte les llevo a la jefatura del Estado. Juan Vicente Gómez va a ser en el gobierno el más conspicuo de los servidores del capital usurario y de la oligarquía terrato niente. Su política golpeará, casi siempre, a los productores de café. Cons truyó carreteras porque las necesitaba para aplastar a sus enemigos. Levan

tó obras públicas en beneficio directo de los grandes latifundistas del cení i«i de la República. Pero en los quince años que van de 1910 a 1925 -antes de la irrupción vigorosa del petróleo- nada hará por resolverle al ya abatido <api talismo cafetero sus problemas trascendentales de supervivencia y rem > >

ción. Ni camino

nización, ni aranceles proteccionistas de una industria en pañales. Ninj’.uim

de esas actitudes se inscribirá en el simplísimo Código de la política gomi cista. El latifundio, con el cual se alia el codicioso general Gómez, no neo

-86-

de penetración para abaratar los costos, ni crédito de o .l

Domingo Alberto Rangel

••iluba ninguna de esas providencias. No habrá un nuevo orden -traducido a leyes que modifiquen la estructura tributaria y varíen la orientación econó­ mica del Estado- porque la camarilla de Maracay será expresión del feuda­ lismo venezolano que nada tiene en común con los sembradores de café.

Estos sostuvieron contra Gómez una lucha hoy olvidada, pero que debe­ mos recoger en homenaje a Venezuela. Dos episodios arrojan luz sobre esa

lucha. Fueron las jomadas guerrilleras y las guerras locales que tendrán por escenario a los Estados Monagas y Táchira entre 1914 y 1920. En el Orien­

te, sobre el espinazo de sus cordilleras, levantarán su penacho Horacio Dú­

chame y Sixto Gil. Las laderas, los cañadotes y los pliegues de la cordillera során su baluarte en una lucha porfiada. Varios años necesitará el moderni­ zado ejército del general Gómez para dar cuenta de los osados guerrilleros orientales. Frente a su flexibilidad, coraje y pericia nada podrán los regi­ mientos entrenados por los alemanes en la Escuela Militar de Caracas. Du- oliarne y Gil se sostienen en su bastión montañoso. Una lucha de ese tipo, prolongada por años, no puede concebirse si sus caudillos no cuentan con .idccuada base social. La montaña cuajada de ojos para espiar al enemigo,

ile

oídos para escucharlo, de refugios para esconder al fugitivo y de trampas

Imi

a perder a los intrusos, aparece cuando la población otorga su fidelidad a

mi

movimiento revolucionario. La región donde operó Dúchame es la que

en

()riente produce café. La mancha verdosa que se extiende por el costado

de

la Cordillera Oriental fue su coraza. Allí, bajo la rumorosa penumbra de

los

cafetales, organizó y templó a sus gentes para el combate. Ese apoyo po­

pular a su causa demostró a Dúchame el descontento que existía en los me­

tilos cafeteros contra la política oficial. El estancado capitalismo cafetero que ya no tenía espléndidas utilidades ni podía pagar salarios crecientes miró en el guerrillero la esperanza de un cambio. Fue como el último ester-

lor de una riqueza en mengua. El capitalismo cafetero echaba su postrera

Ilor, esta vez roja de sangre irredenta. Era la lucha de clases de una burgue- '.i.i rural, proscrita del poder porque jamás llegó a conquistarlo, ni en sus épocas de mayor auge, frente a los acontecimientos que la amenazaban de muerte. Por una paradoja muy venezolana, el capitalismo cafetero sepropo-

iie la conquista directa del Poder cuando ya en el reloj de la historia estaba

maleada la hora de su defunción.

lin el Táchira se vivirán sucesos de parecida significación. Hacia 1920 se levantará un pueblo de ese Estado, Pregonero. La rebelión es de los campe- .iik>s 1Jn pequeño propietario, que se hace llamar general, moviliza a la po- I>l.ieion contra el gomecismo. Es la típica guerra campesina que evoca entre nosotros las marchas de la población rural alemana en el siglo XVI. Hacen­

-87-

Proceso del Capitalismo Venezolano

dados y peones se juntan en armas y comerciantes pueblerinos le brindan su apoyo. Gómez despacha a Pregonero a algunos de sus más feroces lugarte­ nientes. La población resiste. Es desigual el poderío de los contendores. Gómez dispone ya de un ejército moderno. Su oficialidad proviene, en par­ te, de las escuelas militares. Tiene fusiles superiores, apertrechamiento so­ brancero y vituallas suficientes. En Pregonero hay apenas la desesperación de unos campesinos acorralados y la fe ingenua de un pueblo. Los insurrec­ tos son vencidos por la superioridad material del ejército gomecista. Y so­ breviene el saqueo riguroso del comercio local por los buitres de la victoria. Las tropas de Gómez se lanzan sobre el café depositado en los almacenes y sobre los víveres. Después prenden fuego a los campos. Pero no destrozan, en esa jornada del pillaje, el fulgor de una esperanza. En el Táchira queda­ rán las raíces del descontento. Las zonas cafeteras seguirán siendo campo propicio al ensayo guerrillero. Las entradas de Juan Pablo Peñaloza, Ulises de nuestras guerras civiles, encontrarán cálida acogida en unos hacendados cafeteros que miran el desplome de su riqueza bajo el pesado manotón del gomecismo. Hasta 1935, los productores cafeteros del Táchira esperarán el Mesías que, tras los murallones de la frontera colombiana, esconde su men­ saje. Peñaloza y Olivares -los dos refugiados más eminentes que Venezuela tendrá en las cercanías de Cúcuta- serán la esperanza de una clase rural pro­ fundamente distanciada del orden feudal que pesa sobre el país. Es inúti I profetizar el pasado -como lo advertía el viejo Vallenilla Lanz- en una espe­ cie de Casandra hacia atrás. Pero si Olivares y Peñaloza unen sus fuerzas en aquellos años de 1930 que traen para los productores de café el rudo rama­ lazo de la crisis mundial, la situación de Gómez habría resultado insosteni­ ble. El Táchira era un hervidero de angustia y un pañuelo de promesas insu­ rreccionales. Sus sembradores de café y sus comerciantes criollos, molidos ambos por las muelas del aún invicto comercio alemán y de la asfixiante in­ capacidad del gomecismo, habrían sostenido la lucha armada contra el go­ bierno. La falta de perspicacia de ambos caudillos, sus vacilaciones y, sobre­ todo, el personalismo que los acompañó, impidieron que Venezuela hubiese rescatado su hipoteca feudal en esos años de agonía. Con esas esperanzas yertas, muere el capitalismo cafetero. En adelante, las zonas cafeteras serán en Venezuela la llaga abierta de un país sacudido por otras fuerzas y atento a otros desarrollos.

El capitalismo cafetero -en la hora de sus funerales- no habrá logrado transformar a Venezuela. Cuando llegan los primeros adelantados del p< tróleo ya la riqueza cafetera acusa los signos del estancamiento y la cK :, composición. Creo que, de no haber brotado el petróleo, Venezuela habría vivido hacia 1920 una de sus crisis más agudas. El país necesitaba liberal

-88-

Domingo Alberto Rangel

mis fuerzas productivas del brazo mortal de un ordenprecapitalista. El café, l.i más dinámica de ella, encontraba cerrados definitivamente sus pasos iIcntro de aquel orden. Era entonces posible un cambio. Su base política ha-

Inía consistido en la alianza de la burguesía cafetera con las clases media y artesanales de las ciudades que tampoco aceptaron sin lucha el monstruoso Imlito del gomecismo. Ese encuentro de una burguesía cafetalera profunda­ mente descontenta, porque la crisis de su riqueza le había insuflado quisqui­ llas idad y de una pequeña burguesía urbana habría sido fácil. Ya el encuen- lio se había producido. Los movimientos de resistencia armada contra el (jomecismo, que partieron de las zonas cafeteras, tuvieron simpatía militan­

te

rn muchos medios políticos de las ciudades. En las jornadas de Dúchame

v

de Peñaloza no escasearon los aportes de intelectuales y profesionales de

I r; l egiones afectadas por la lucha. Caracas, teatro de grandes conmociones i ii los comienzos del gomecismo, habría terminado sumando sus contin- |mntcs a la batalla por un cambio histórico. El estancamiento económico del Imis imponía esa solución. Era imposible que la Venezuela de 1920 acepta­ se, resignada, a vivir dentro del encarcelamiento a que la condenaba aquella situación de parálisis histórica. Los fenómenos del mundo -una guerra y una revolución social- traían fermentos de descomposición para el orden feudal, cuyo cabecilla era el general Gómez. La guerra mundial, con sus i mullios, constituía un incitante material para la burguesía cafetera y para sus aliados del comercio venezolano. La Revolución Rusa y las lu- i lias revolucionarias de Alemania e Italia aguijoneaban a los intelectua- Irs, siempre vibrantes de nuestras ciudades. Pero ese gran movimiento nacional -alianza de clases progresistas- no pudo cuajar porque lo impidió la penetración imperialista del petróleo. La expectativa nacional que abrie- ioii los estallidos del pozo «La Rosa», el dinero fácil que empezó a correr en Maracaibo y Caracas, el fortalecimiento del fisco por obra de los impuestos |)i troleros, el renacer del comercio de importación y la influencia del impe- milismo petrolero en un país atrasado, salvaron y prolongaron hasta 1935 al nidal gomecista. La insurgencia nacional, inevitable, se acolchonó en los

iManantiales del petróleo. El intelectual y el profesional encontraron oportu- nuladcs de prosperar. Los comerciantes criollos vieron en el petróleo una Inenie de próvidas ganancias. Y el general Gómez y sus latifundistas consi- l’.llleron dinero para sobornar o aterrorizar. El frente de clases que habría sido imperioso se fracturó abruptamente. Solos se quedaron los sembrado- ir de café, rumiando su descontento. Solos los artesanos de las ciudades.

I . i I aislamiento en que van a vivir hasta 1936 el factor que explica la inca- Iui ulad de la burguesía cafetalera para una lucha orgánica. Las clases so- ■ialrs que desfallecen antes de llegar a su plenitud, concluyen su existencia

-89-

Proceso del Capitalismo Venezolano

debatiéndose. En esa indecisión del que quiere luchar sin tener recursos para ello. El hijodalgo español, siempre resentido y siempre esperanzado, capaz de farfullar interjecciones, es el símbolo más conocido de una clasc frustrada. Así vivieron nuestros cafeteros en el crepúsculo de su trayectoria durante aquellos años de la impenetrable paz del gomecismo. Odiaban al sistema dominante en el país, pero se sentían incapaces de derrocarlo. Y la rebeldía se les irá en pequeñas acciones locales o en un mesianismo irreden- to. Serán judíos en acecho del Mesías que jamás llega. No tienen aliados en el país. La burguesía comercial criolla, la que no estaba comprometida con el imperialismo europeo, deserta del frente. Y la misma conducta asumen otros estratos sociales. La burguesía cafetera se enfrasca entonces en las re­ conditeces de sus fincas a mirar con impotencia la suerte del país. El ideólo­ go de una clase aislada y acorralada es siempre un ser doliente. Los cafete­ ros de Venezuela encontraron en Alberto Adriani ni su gran ideólogo. Era el venezolano más capaz de su tiempo. Quizás el venezolano con mejor v o c íi ción de estadista que haya aparecido en la primera mitad del siglo XX. Co nocía todos los secretos de la Teoría Económica. Ducho en el arte de estu diar y de pensar había penetrado todos los vericuetos de una ciencia cada vez más complicada. En su mente se almacenaba -la expresión es justísima la experiencia contemporánea, vivida por él con pasión de catecúmeno. Su;; ojos transitaron por Europa como grandes faros de una inagotable ansia de aprender. Debía tener el optimismo que la ciencia burguesa imparte a sus estudiosos. Sin embargo, las páginas de Adriani en este siglo, como las do Fermín Toro en el siglo XIX, encierran la nostalgia de los incomprendidos y la amargura de los solitarios. Desde su finca en el Estado Mérida, Adriani sintió el ácido de la impotencia corroer todas sus fibras. Y la pluma se lo descargó en trágicas endechas. En su conciencia, entre cifras y reflexione:, de científico, se refugia todo el drama de la burguesía cafetera vencida poi el feudalismo encamado en Juan Vicente Gómez y por el imperialismo aso mando en el casco de los conquistadores de Cabimas. Las páginas en que Adriani critica al gomecismo y denuncia el peligro del petróleo son el li u to, ya viejo, de una clase que en él entrega a Venezuela un gran intelectual que no pudo ser estadista porque lo impidieron las asechanzas de nuestro destino.

Cuando se cierra el ciclo agrario, el país estará casi en las mismas o>mli ciones de 1830. Han transcurrido casi cien años de historia venezolaiu en ese lapso apenas ha aparecido, con vigor, una nueva riqueza, el cale .1 li­ ra moribundo. En 1925, un venezolano de otros tiempos que hubiese iv.mu 1 tado, habría visto el mismo país de principios del siglo XIX. Si se exceptúa ba a los Andes, transformados por el café, el resto de Venezuela era la me.

.

-90-

Domingo Alberto Rangel

nía nación enclenque, pobre y estancada de los días de la independencia. (,)uizás éramos más atrasados en 1925 que en 1830. Porque habían desapa­ recido el añil y el tabaco, el algodón y el ganado sin que los hubiésemos re­ emplazado con otras riquezas. Los llanos del Guárico, de Apure y de Bari- nas tenían menos ganado hacia 1930 que en las épocas gloriosas del “cati- io” Páez. Esa era Venezuela. El café no logró modificar su destino, porque luc incapaz de crear, desde el campo, un orden capitalista susceptible de

abarcar el grueso de nuestra estructura. El Poder siguió siendo, por ese fra­ caso del café, el coto de las clases más atrasadas e inútiles de nuestra socie­ dad. Comerciantes extranjeros, oligarcas caraqueños y terratenientes zafios lormaban la espina dorsal del Estado venezolano. Y una población sin dere­ chos sufría los efectos del embrutecimiento y de la degradación que todo olio aparejaba como consecuencia histórica. Hay un cuadro, elaborado por ( esar Zumeta, que resume toda la inutilidad del siglo XIX venezolano. Se ii-1iere al valor de las exportaciones, por habitante, de Venezuela entre 1810

y 1913. Al declararse la Independencia exportábamos 27 bolívares por ha­

bitantes. En 1913 la cifra de las exportaciones por habitante era apenas de 54. Entre tanto las exportaciones de Cuba llegaban a 324 bolívares y las del I li uguay a 243. Un siglo despilfarrado en dictaduras personalistas y en gue- iras caudillescas nos había conducido a ese formidable estancamiento. Apenas duplicamos, en un siglo, el nivel de nuestras exportaciones por ha­ bitante. Ese simple dato importa más, para la verdadera historia del país, que los millares de páginas dejadas por ensayistas sin vuelo, sin honestidad y sin impulso creador. Allí está, en cifras sencillas, el epitafio histórico de la Revolución Federal, creada para implantar el orden capitalista en Venezue­

la, y del capitalismo cafetero, raíz echada por lo más recóndito del país para

robustecerse y crecer. La Guerra Federal y el capitalismo cafetero se frus- liai on por lo que ayer fue nuestra gran deficiencia histórica: la falta de una burguesía urbana dotada del sentido creador que otras burguesías latino­ americanas tuvieron en la hora de sus posibilidades. Por la cobardía, cegue-

ia e incapacidad de nuestra burguesía, Venezuela pagará el alto precio de un

•agio de estancamiento. Precio de miseria y retroceso'" cuya víctima será nuestro pueblo.

-<)l

Domingo Alberto Rangel

CAPITULO VI

LA BORRASCA PETROLERA

Y una m añana, entre los cocales del Lago de M aracaibo, florecieron los

laladros. La Venezuela agraria, entonces en postrimerías de desarrollo, no

• *ii nprendió la significación que tenía aquella invasión de hom bres sudoro-

m>n desplegando agresividad donde antes había imperado la faena de los

pescadores y campesinos. Para Venezuela, la llegada de los invasores ingle- ncs de la Shell, en 1917, fue un acontecimiento inesperado. Nadie sospecha-

Im, cutre los dos m illones sobrados de habitantes que entonces tenía el país,

lie. consecuencias de ese despliegue de máquinas en las riberas de un lago

limado de tradición y lirismo. Muchos años deberían transcurrir para que Venezuela m idiera el alcance del fenómeno y conociera las derivaciones

Imi II ¡cas y económicas que habría de sufrir. El petróleo iba a clausurar, vio-

li

lilamente, el siglo XIX aún estancado en un país podrido de dictaduras y

h

imentado en los odres de un feudalismo que no se resignaba a morir. Se-

riii ámente, la reacción de los venezolanos de esa época debió ser de estu­ por l In poco a la m anera de los africanos asombrados frente al despliegue

ile los europeos que los conquistaron, nuestros compatriotas de 1917 debie-

11111 m irar el desfile de aparatos y de hombres traídos por el petróleo con una

hom bres acostum-

ñu a la de incredulidad y de angustia. Su m entalidad de

I'i míos a la modestia del feudalismo, a la pequeñez económica y al atraso

I ii illl ico de un país acartonado, tenía que sorprenderse junto ala s diabólicas

i nei juas y a las tremendas perspectivas del petróleo. Esa parálisis de la sor-

pn

a que produce en los pueblos débiles la llegada de las técnicas superio-

ii

niel capitalismo ha sido siempre una de las ventajas no por momentáneas

un nos eficaces de los conquistadores. Venezuela aterrada por Juan Vicente

i Hune/,, em brutecida por una explotación secular y cortada de las corrientes

mii inacionales del pensamiento por las m odalidades de su evolución so-

■al. ilia a ser presa segura por algún tiempo en manos del imperialismo pe­

-93-

Proceso del Capitalismo Venezolano

trolero. Pocas veces en su historia, los intereses de Londres y de Nueva York encontrarían un país en el que se dieran, transitoriamente, tan inmen­ sas y acogedoras ventajas.

Han pasado más de cuarenta años de la llegada de los adelantados de 1» Shell. En ese lapso han crecido y m adurado varias generaciones. Pero aún no se ha puesto en claro, con exactitud histórica, la razón que impulsó al im perialismo petrolero a codiciar y capturar a Venezuela. Reconstruir el clinm histórico en el cual los capitales de Inglaterra y de los Estados Unidos se

volcaron

vio e indispensable para conocer la índole de las transformaciones que se han operado, desde 1920, en la estructura económica de Venezuela. En la dinámica del capitalismo cada etapa tiene a sus leyes específicas, intransfe ribles. El capitalismo mercantil de los siglos que procedieron a la Revolu ción Industrial obedecía a unas leyes distintas de las que determinaran el curso del capitalismo monopolista de fines del siglo XIX. Y en nuestros tiempos, el imperialismo sometido aú n a crisis general sigue leyes absoluta mente diferentes a las de sus predecesores, aunque todos ellos sean gober­ nados por principios que les son comunes. Los capitales que vienen a Vene zuela no son los de un sistema que se encuentre en plena fase de crecimien to. No es el capitalismo m onopolista de las postrimerías del siglo XIX el que adviene a nuestro país en el gigantesco circo de las máquinas y aparato* del petróleo. Es el imperialismo, herido por la crisis de la Prim era Guerra M undial. Venezuela cae en manos de las redes internacionales del capital con cierto retardo. A diferencia otra vez de la Argentina, nuestra vincula ción íntima con los centros vitales de las finanzas europeas y norteamcrica ñas no se produce en el siglo XIX, aunque la penetración de las casas ale manas haya sido un barrunto, pero m uy somero y superficial. M ientras la Argentina es colonizada, incorporada y aprehendida por los intereses ingle ses y franceses desde mediados del siglo XIX Venezuela debe aguardar lia1, ta la tercera década del siglo XX para su enrolamiento en la m adeja de inte reses construidos por el capitalismo en escala universal. Como ocurre con todo caso de transfusión de sistemas económicos, el capitalism o ti míe a

sobre Venezuela y los mecanismos de su penetración es paso pi e

trasmitir a los países que conquista las leyes y modalidades específica etapa porque esté atravesando. La evolución argentina a partir de 1X muy distinta a lo que ha sido la de Venezuela después de 1920, enti razones de índole local, porque al país del Plata cayó un capitalisi apenas entraba a la fase del monopolio, mientras que entre nosotro:

micilió un capitalismo extranjero ya maduro y aun atravesado por si¿_,‘•«>;. cansancio y descomposición.

-94-

Domingo Alberto Rangel

i uando despuntan bajo los cocales del lago los primeros cascos de cor-

mundial tiene un problem a

di- excedentes no digeridos. Ese es su problem a cardinal. U n conjunto de lm lui os había creado en los grandes centros del mundo cierta colosal m asa

do i npitales. Durante muchos años, casi desde la mitad del siglo XIX, las

(melones industriales más avanzadas estuvieron haciendo espléndidos ne- |itn ios El capitalismo conquistó al mundo, extendiéndose por todas las la-

IIImies geográficas. Es la época de conquistas más extensa que recuerde la

liiMm ia del planeta. La «captura» de todos los continentes, que pasan a ser

di prudencias de Londres, París o N ueva York eleva la m asa de las utilida-

ile-t I I fenómeno es perfectamente comprensible a la luz de la dialéctica

■.Im> de los capataces petroleros, el capitalismo

n

onóinica. Los países conquistados se ven inducidos a producir materias

pi

unas y alimentos para las metrópolis o centros dominantes. La produc-

i imi se realiza en óptimas condiciones. Viene de tierras vírgenes general-

llii nii . de alta productividad, o de minas recién descubiertas. La conquista

mloseierna» los mejores recursos naturales, grávidos de abundancia. La Itmnii do obra que trabaja esas tierras o esas minas procede de pueblos que no 01 mocen la economía m onetaria y alquilan su fuerza de trabajo por unos

un ni Iñigos. El aldeano del Africa, recién expulsado de su com unidad tribal

.

11mpacto de la colonización europea o el labriego latinoamericano, en-

i| ido en los intereses comerciales del capitalismo, son los proveedores de

It

iilui jo barato para el molino de Europa y Norteamérica. Los productos que

milon de las tierras ultramarinas se caracterizan, a la luz de esas circunstan-

i lm., por una baratura excepcional. Prácticamente es a precio nulo como el

i iipiialismo conquistador adquiere las materias primas exigidas por sus

npi i Mus tic crecimiento industrial. En pleno siglo XIX se gesta una acumu- l*ii mu primitiva. Eclipsando los siglos anteriores a la Revolución Indus-

ii ihI a fines del siglo XIX hubo un saqueo aún más portentoso. Laacum ula-

i li'm pi imitiva no es un fenómeno circunscrito a las etapas iniciales del ca- piialrano. Existe y se manifiesta mientras haya tierras por conquistar. Y fue en el siglo XIX cuando concluyó realm ente la apropiación del

i

lo

por el capitalismo, lógico resulta que esa época haya traducido la

m

i i oopiosa acumulación primitiva en beneficio de los banqueros e indus-

iimies do los países avanzados. Tres continentes, Africa, A sia y Am érica

i ai lna, trabajaron servilmente para Europa y N orteam érica en ese período

i"

\ i de mediados del siglo XIX a la Prim era Guerra Mundial.

 

i

I ■nm peoy el norteamericano pagaba a sus colonias y semicolonias los

n

iu ios precios que determinaban la abundancia de recursos naturales y

la

la vi/ación o inconcicncia de la mano de obra. Como el ingreso de las co-

- 95-

Proceso del Capitalismo Venezolano

lectividades atrasadas que enrolara el capitalismo en las décadas anteriores a la guerra mundial era bastante bajo, cualquier remuneración a los factores locales de producción resultaba satisfactoria para quienes los poseían. Con escasos impuestos se operaban las minas y un salario mezquino, juzgado por los raseros europeos, era suficiente. Así se determinaba, económica­ mente, el costo social de producción de los artículos exportados por los con­ tinentes victimados, Con unos costos de capital extremadamente bajos -no se olvide que se trataba de continentes casi vírgenes en esa época- y unos costos de mano de obra exiguos, producir casi no im plicaba desembolsos. Pero el comercio desencadenado por la conquista de los territorios periféri­ cos tenía un reverso diametralmente opuesto. Los productos eran destina­ dos por las compañías invasoras a los mercados de Europa y Norteamérica En ambos continentes, los ingresos por habitante venían creciendo desde mediados del siglo XIX. En el plano de la clase obrera, la elevación de la productividad del trabajo había creado una presión hacia el alza de los sala rios. La organización sindical y la disminución transitoria del ejército in dustrial de reserva, a fines del siglo XIX, cimentaron la tendencia alcista do las remuneraciones. El crecimiento de las clases medias y la consolidación de la burguesía como clase coadyuvaron también para que el nivel medio do los ingresos tendiera a subir. Con el alza de los ingresos -fenómeno seculai de las sociedades dinámicas- ascendió paralelamente el nivel general de los precios. Siendo más fuerte la demanda, los procesos de elasticidad-ingreso favorecían precisamente a determinados productos. Fueron los productos de los continentes atrasados, o aquellos que se elaboraban con materias pri mas proporcionadas por ellos, los que alcanzaron las mejores posiciones en la carrera de las alzas graduales. La burguesía industrial que explotaba los continentes atrasados, realizó espléndidas ganancias al vender en Europa v Norteam érica por altos precios unos productos cuyo costo había sido vil tualm ente nulo en los países de origen. La divergencia entre costos de pro ducción y precios de venta -motivada por el carácter monopolista de las e \ plotaciones en los continentes atrasados- fue un m olino prodigioso para la . ganancias de la burguesía metropolitana. Europa y los Estados Uni l<>s |.i más habían visto, hasta entonces, tal plétora de utilidades. El capital i"t escaso según los clásicos de la Economía Política, se convirtió en m sobrancero.

La baja de los tipos de interés en los mercados de dinero refleja e mulación de los excedentes de capital en los mercados de Europa y < teamérica. Durante muchos años, a lo largo del siglo XIX y de las pi inic ia , décadas de este siglo, las tasas de interés estuvieron evolucionando luu ia

-96-

Domingo Alberto Rangel

ni hi jo. E ra la consecuencia del atiborramiento de las utilidades. Teórica­ mente, ese fenómeno debió ocasionar un auge en las inversiones. El interés

in i e s otra cosa que el valor descontado de los capitales. Si desciende

U's -os decir el precio del dinero- surgen estímulos para la inversión. La I I imparación de intereses y utilidades hará apetecible tom ar dinero a présta-

ni*' para colocarlo en empresas reproductivas. Así habían razonado algunos economistas de principios del siglo XIX. El capitalismo ajustaría, mediante inli-s mecanismos, las cuentas de su vida económica. La igualdad del ahorro la acumulación- con las inversiones -la reproducción- se realizaría bajo el

i ii tabón previsto por los clásicos. Pero ese proceso dejó de cum plirse en las

i'laudes naciones capitalistas desde los primeros decenios del siglo XX. El i ii|nudismo había agotado las posibilidades de una normal, fluida y espon­ tánea corriente de inversiones. En sus propios países -con la excepción de liis I'stados Unidos- ya no había grandes oportunidades de inversión. El de- «iii rollo industrial, la creación de servicios y la dotación de la economía es-

I mI mii concluidos. En los países de ultram ar los recursos, histórica y social- ineiite útiles, habían sido ya capturados y contribuían al tráfico internacio­ nal con su cornucopia de desenfreno productivo. En esas condiciones, debía munirse produciendo la baja de la tasa de interés sin que se reanim aran, en • in ala condigna, las inversiones reproductivas. Los inmensos capitales de Iiim consorcios y trust, ya estructurados y victoriosos sobre todo el mundo ■i| ni alista, parecían una gruesa lápida. El capitalismo, como el monstruo de la . guerras de agresión, sentía la amenaza de m orir de hartazgo. Era ese su |iio|)leina fundamental en víspera de la Prim era Guerra M undial. U na gi- ¡iiiulcsca m asa de capitales ociosos, sin salida presunta, conspiraba contra la la a de beneficios. De sus recursos, el capitalismo tenía ocupados aquéllos *|io»directam ente vinculaba, en capitales y m aterias prim as, en salarios y Iros gastos, a la producción. Pero sus beneficios netos yacían desocu- l'ailo:., sin producir plusvalía. Era la hem iplejía capitalista, enferm edad >|in rn Econom ía tiene las m ismas causas que en M edicina. Así se plan-

ii iil ian las cosas, cuando aparecieron en Venezuela los conquistadores del i" im lro, creaturas engendradas en el seno del im perialism o europeo y

•i' a teainericano.

el inte-

I i atolladero sólo podía superarse si surgían, en los horizontes de la téc-

nn in i novaciones o productos susceptibles de darle ocupación a los capita-

1 l n ai etapa de madurez, cuando despunta el imperialismo, el régimen i|ulalista necesita de las innovaciones para sostener y progresar. Creo que I I I l i i ii n, en sus obras de análisis económico, quien expresó que elcapita- niii en su etapa superior obedecía a dos tendencias. Una, retrasante, la de i i specie de arteriosclerosis que sobreviene en el envejecimiento social

-97-

Proceso del Capitalismo Venezolano

de los sistemas. Otra, de renovación dentro del decaimiento histórico, la de

los descubrimientos científicos y técnicos. El balance de las dos tendencias imparte al capitalismo crepuscular el ritmo de su desarrollo. Posteriormen­ te, otros escritores han incidido, a su manera, en el análisis leniniano. Uno de ellos, Alvin H. Hansen, ha formulado una lúcida tesis que no deja de te­ ner vinculaciones con el pensamiento de algunos teóricos del marxismo. Para Hansen, el capitalismo se estanca en el momento en que sus hombres

dejan de encontrar nuevos productos, nuevas técnicas o nuevos procedi­

mientos. La m asa de capitales hacinados por el progreso

requiere el portillo de las innovaciones para circular. Si la técnica se hace vivaz, y nuevos productos aparecen en el horizonte, la m asa de los capitales encontrará canales para su fluir codicioso. Si, por el contrario, la técnica desfallece, las crisis se harán más penosas, porque obrarán como en «cáma

ra lenta». Crisis de pudrimiento virtual, prolongadas como una agonía sin

alternativas. La enorme m asa de capitales ya existentes a principios del si glo X IX necesitaba un respiradero, en el plano universal, para salvarse de ln

agonía por asfixia que la amenazaba. Para fortuna del capitalismo apareció

el petróleo, conectado con algunos descubrimientos impetuosos y sorpren

dentes que habría de agitar al siglo XX. El petróleo tenía una vinculación

íntima con algunas creaciones de la técnica que iban a revolucionar, desde

la segunda década del siglo XX, el arte de la guerra y la dinámica de los

transportes y de la industria. Los franceses inventaron, hacia 1890, un jn guete pintoresco que circulaba por las calles de París metiendo ruido

M ezcla de cafetera con carromato, el automóvil sirvió por algunos años di

molestia y pesadilla a los habitantes de las grandes ciudades. M ás de una en ricatura y muchas páginas de ironía se volcaron sobre ese armatoste lento y

grotesco que interrumpía tertulias callejeras en las avenidas europeas y n<>i

teamericanas. Pero andando

Henry Ford transformaría en vehículo rápido, ágil y elegante lo que huMu

sido un tosco juguete. La producción en serie, descubierta por Ford, abría ln posibilidad de fabricar automóviles en gran escala. El m undo se transpoi ln ría, de allí en adelante, sobre ruedas de caucho. El dominio del fe-' oeai ni quedaba virtualmente extinguido. N o tardaría muchos años el autoi d in sobreponerse a los otros medios de transporte terrestre. Simultán con el automóvil aparecieron otros artefactos no menos llamativos tes. El avión, después de sus vicisitudes sangrientas, pudo sosteru aire. Se cruzó el Canal de la M ancha, se salvaron las gargantas de 1

y se miró, desde centenares de metros, la aguja hasta entonces invi . d. I

torre Eiffel. El transporte aéreo hacía sus primeras armas, entre tragedia

expectativas. U n alemán entregó, en esos años también, su mensaje de m

- 98-

de la acumulación,

los años en plena guerra m undial, el

sefloi

Domingo Alberto Rangel

novaciones en el m otor diessel. El viejo imperio del carbón en las fábricas iIki a recibir un rudo golpe con ese motor mucho más flexible, económico y u-ndidor que las consagradas máquinas. En el mar, las calderas de carbón sufrirían, a su turno, el asalto de nuevos y poderosísimos motores. Los años que van de 1890 a 1914 son decisivos en el reino de la técnica. Sólo los que iguen a la Segunda Guerra M undial -con la electrónica, la cohetería y la desintegración nuclear- tendrán más importancia en la historia de la cultura universal.

Las innovaciones, que dejaban saldo de nuevas y complicadas máquinas,

tenían un denominador común. Todas ellas descansaban en el petróleo y sus ilei ivados. La gasolina, el diessel oil, elfuel oil y el gas oil aparecieron como sustancias importantísimas en el elenco de riquezas mundiales. Los grandes i upitales hallaban, después de los años del «suspenso» en que se inmoviliza-

mi i, el desaguadero hacia las inversiones. Era fundamental poseer el petró­

leo La historia de las depredaciones, guerras, intrigas y zancadillas tejidas I»a el petróleo a principios del siglo es suficientemente conocida para repetir­

la i andidamente en estas páginas. Basta observar, para que el cuadro quede

I I iinpleto, que los fenómenos sociales del capitalismo -juntándose al florecer

do la técnica-confirmarían el imperio del petróleo. Desde 1914, el mundo ca­

pitalista vive en el sobresalto de la paz armada. La política de guerra ha sido,

■I' ale entonces, el rasgo dominante de las economías capitalistas. La gran

<11 •.is de 1929 se habría presentado mucho antes, tal vez a comienzos de siglo,

a las innovaciones y la guerra de 1914 no interponen su alcanfor confortante

i ii una vida cansada. Esos fenómenos retardaron la depresión pavorosa. Pero ci la la guerra el factor que sacaría a las economías occidentales de la violen-

I I I afda de 1929. Sin la guerra mundial que comenzó en 1931 -porque la se­ cunda conflagración encendió sus mechas en China- la recuperación habría ailii imposible. Las contiendas significaron, hasta el descubrimiento de la

■in ic.ía nuclear, un desusado consumo de petróleo. El avión, el tanque, los

ai i ii a/ados modernos y muchas otras armas quemaban petróleo. El descubri-

mlento y control de esa sustancia fue, ya a principios de siglo, un problema de

la política de poder. Dos factores habrían de juntarse en la estrategia del capi- iah'.mo petrolero en sus andanzas por el mundo. El apetito económico, para

11 salidas de inversiones congestionadas entonces, y la sed de dominio m ili­

tai. t apa/ de garantizar la seguridad armada en el juego de las rivales irreden- la confluían sobre el petróleo. La penetración del capital petrolero en los i ilses que poseen esa riqueza será distinta, casi abruptamente distinta, a to-

l e, l as experiencias de colonización vividas por el mundo en épocas anterio- mehiso en las primeras etapas del imperialismo sobre los continentes Inclines.

-99-

Proceso del Capitalismo Venezolano

El prim er rasgo propio, específico, de la penetración petrolera es que ella sobreviene, desde el momento inicial, en grandes oleadas. El petróleo se conquista, en los países atrasados, mediante gigantescas inversiones de ca­ pital. Hay en este sentido una diferencia sustancial con las incursiones del capitalismo en las postrimerías del siglo XIX. Cuando los burgueses de Eu­ ropa y Norteam érica penetraron en la América Latina y en Africa hacia el segundo tercio del siglo XIX, buscaban alimentos y m aterias primas para garantizar con ellos el proceso de la reproducción del capital. El sistema no confrontaba dificultades de mercado. Los ahorros encontraban sumidero oportuno en las inversiones. Pero se requerían alimentos para la población obrera -en una Europa de agricultura transitoriamente agotada en sus posi­ bilidades- y materias primas para las máquinas agitadas. El flujo del capital hacia los continentes periféricos -como ocurrió en la A rgentina convertida en granero- se hacía gradualmente, acompasado por la m edida en que las exigencias de la población y de las máquinas reclamaran alimentos y mate­ rias primas. Las inversiones europeas y norteamericanas se espacian, poi ello, a través de cuarenta o sesenta años en los continentes ocupados por el capitalismo finisecular. En el crecimiento de la demanda de alimentos o do materias primas, que se realiza conforme a una tasa conocida, el factor ¡m< bem ante del volumen de inversiones. Con lentitud, sin sobresaltos, la satu ración de esos continentes cubre medio siglo de la historia económica del planeta. El petróleo obedece a las mismas leyes es cierto -el restablecimicn to de la tasa de beneficio- pero sigue para cumplirlas un camino completa mente distinto. Los grandes monopolios petroleros no podían restablecer, al iniciarse su cruzada de conquista por el mundo, la tasa de ganancias sino m ediante el concurso de robustas inversiones. La colocación de capital» * que se realiza en Venezuela supera, en los años de la década de 1920, el va lor de nuestro producto nacional bruto en uno cualquiera de esos años. I a razón que inspira esa conducta, y por la cual es posible obtener grandio:.a . ganancias, radica en la índole económica de los productos nuevos que a lio

ran al mercado. Como el capitalismo no suprime jam ás la

la etapa imperialista ésta asume modalidades distintas- el prim er consorcio que llega al mercado consigue ventajas perdurables sobre sus rivale Europa y en los Estados Unidos de la segunda y tercera décadas de glo, acceder prestamente a los mercados consumidores de derivado:

tróleo, significaba para un trust, desbancar a sus competidores. Un p nuevo, explotado por un temprano consorcio capitalista, otorga |> muy difícil de contrarrestar. Pero en el petróleo esa ley de los pi oiu tu nuevos se hace más exigente. El petróleo plantea, para llegar hasta el con ai midor industrial o doméstico, la existencia de redes de distribución bastan!

- 100-

competencia on

Domingo Alberto Rangel

t (implicadas. Oleoductos, refinería, bombas de gasolina, todo un instru-

nii nial impresionante. Para que la ventaja de llegar primero hasta el consu­

midor tenga sentido, es necesario producir en gran escala. N o se erigen refl­

límenles de petróleo. Así, de las necesidades de la com petencia en m asa y

i la ni se tienden oleoductos y bombas de gasolina si por ellos no fluyen

di'

ln concentración técnica de los capitales, le vino al petróleo la modalidad

ilt

Ins inversiones en escala desconocida por el mundo. Los países que po-

ii

>i) el petróleo recibirán una verdadera inundación de capitales conquista-

iloies. Desde sus primeros m omentos -y Venezuela no fue excepción- las Inversiones petroleras se contarán por centenares o millares de m illones de

•luimos. Si a las instalaciones colocadas en Venezuela sumáramos las refl­

ii.is de A raba y Curazao -territorialmente computables dentro del

área

liolera de nuestro país- encontraríamos que ya en la década de 1920 reci-

lilnios centenares de millones de dólares. N ingún otro país conquistado,

disido 1850, había experimentado tal asalto. Surge, en este aspecto, otra ley

i peeílica del capitalismo petrolero. Todos los asaltos primigenios del capi-

inh'inu) y los que posteriorm ente hicieron las compañías europeas

to'. va imperialistas, se realizaron bajo una tácita condición de desequilibrio

nulo, I I europeo o el yanqui -del siglo XVII o del siglo XIX poco importa-

de apeti­

II'

viiha escasos capitales para cosechar una espléndida cosecha. Los gran-

ili

i

tesoros de la India y de Am érica y la explotación del Africa o de Améri-

'ii

I atina se hicieron con cifras de capital muy modestas en comparación

 

I

formidable producto que engendraron. En el petróleo ocurre un fenó-

mi

im distinto. El producto que se obtiene es el más grande que hayan arran-

■pulo los colonizadores a los países de la periferia imperialista, pero las in-

v11 monos de capital resultan asimismo superiores a cuanto aconteció hasta 11111<neos. La condición del petróleo, por sus complicaciones técnicas, es p|in no so pueden recolectar copiosas utilidades sino al precio de inversio-

iii hmuy colosales. El capitalismo de principios de siglo XX estaba en capa- ' Idiid. económica y técnicamente, de m edirse con esas circunstancias. Es I'i'i ello que a Venezuela caen, en raudales, las inversiones del petróleo. No

pasivamente, al capitalismo mundial de su descomposición

i>i"li meándose la agonía por unas décadas más, sino que sufrimos una em-

Iii lula do capital como no había acontecido en otras épocas de la historia

•l' l •I' .pojo humano.

I \ iste un rasgo característico del petróleo -o del im perialismo que lo ma-

i i en el cual han insistido algunos autores. Se trata de la integración de 1 países que lo producen dentro del concierto económico de las naciones

i i poseen ol capital. Dos econom istas de posición ideológica encontrada

p'lpp mi Ivamos,

i mi lee I )obb y Gunnar Myrdal- han señalado ese peculiar m odo de con­

101-

Proceso del Capitalismo Venezolano

ducirse el capitalismo petrolero. Como las inversiones petroleras son tan volum inosas y han caído en países relativam ente pequeños y atrasados, la penetración fue total desde el momento auroral. Toda su vida econó­

m ica quedó capturada. Desde la producción hasta

cional -pasando por las finanzas- el mecanismo económico no escapó a los efectos del petróleo. Los países productores de petróleo se convirtieron así en provincias de las naciones metropolitanas. Venezuela ha sido, por más

de un concepto, un país parecido a cualquier Estado de la Unión Americana desde 1930. Económicamente hablando, y especialmente en el plano del comercio internacional, nuestra posición en el concierto mundial se aseme­

el com ercio interna­

ja muchísimo a la del Estado de Texas en el plano de la vida norteamerica­

na. Hablando con franqueza, la captura de Venezuela nos ha convertido en una especie de Estado ultramarino de Norteamérica. Algún guasón dijo una vez que Caracas era la ciudad más poblada del Estado de Texas. El papel que ha cumplido Venezuela en el proceso del capitalismo norteamericano desde los años de 1920, nos confiere ese poco envidiable rasgo. La penetra­ ción de las mercancías norteamericanas en nuestro medio, sin trabas y a sal­ tos, el financiamiento de nuestra banca, las conexiones entre nuestro capita­ lismo mercantil y el del Norte, el destino de nuestras exportaciones y la ín dolé de nuestra m oneda cautiva, configuran un cuadro m uy similar al que determina las relaciones que sostienen con N ueva York los Estados menos industriales de la nación norteamericana. Ese fenómeno es más o menos igual en los países del M edio Oriente. Allá, con diferencias locales, los paí­ ses son prolongaciones ultramarinas de Inglaterra o de los Estados Unidos, El Kuwait y la A rabia Saudita ya se parecen exteriormente más a Arizonn, que también tiene paisaje desértico, que a la heredad del Profeta.

Ese proceso no se dio, naturalmente, en las naciones influidas o penetra das por el imperialismo hasta 1914. La Argentina o el Brasil, sumidero de capitales europeos en el siglo XIX, no se integraron íntimamente dentro (li­ la red de Inglaterra. Fueron tributarios de la Inglaterra victoriana -y ahora l( > son de los Estados Unidos-, pero sin desleírse tanto en el sistem a económi co del país dominante. En medio de su subordinación a intereses foráneos conservaron rasgos económicos propios y hasta diferenciados. En si m;'i mica económica, el crecimiento no fue nunca simple y física consec de las inversiones extranjeras. Junto al impulso que les venía desde ; en forma de inversiones, encontraron siempre fuerzas domésticas de significación que les impidieron enfrascarse totalmente en la colom .<m que sufrían. Venezuela ha sido un caso diametralmente distinto. I)c .'le 1920, nuestro crecimiento es simple eco -transportado a través del océano

102

Domingo Alberto Rangel

de las vicisitudes de los países centrales, Inglaterra y los Estados Unidos, a cuyo favor se enajenó nuestra soberanía. Es explicable lo acontecido. En el imperialismo anterior a su crisis general -es decir, el de fines del siglo XIX- los intereses europeos y norteamericanos no necesitaban controlar las fuen­ tes mismas de la producción. Podían las burguesías m etropolitanas operar a través de una burguesía «compradora» -de filiación nativa- que les allegaba los productos. El capitalismo europeo o norteamericano se limitaba a insta­ larse en los puertos o en los centros del interior de los países a donde afluía la producción. La desorganización de la vida tribal africana, fenómeno el más doloroso del siglo XIX, se hizo por conducto de los reyezuelos y seño- tes domésticos transformados en punta de lanza de los intereses extranje­ ros. El cacique africano devino gran hacendado bajo la protección de las ba­ yonetas inglesas o francesas. En el petróleo se controla, porque así lo im po­ ne la índole de la producción, hasta el fondo de los yacimientos. Ninguna tase de ese negocio queda en manos de una burguesía nativa. Es la resultan­

te lógica de una explotación m inera hecha en las condiciones

del siglo X X y

que, a diferencia del cobre o del hierro cuyas circunstancias no son tan favo- iables en demanda y desarrollo tecnológico, se hace en una escala de insos­ pechada magnitud. El petróleo tiene que conquistar. Ese es su destino.

( orno el del oro hace cuatro siglos que agobiaba y desangraba, el petróleo ahora domina.

En el catálogo del capitalismo mundial el papel de Venezuela ha sido, a 10 largo de los cuarenta y tantos años que nos separan de su aparición, so- I»'(idamente estratégico. Me atrevo a asegurar que ningún país del mundo ha producido para el capitalismo tantas riquezas como el nuestro en tan escaso lapso. Intentemos, no por simple placer académico, una com paración con

otros casos de memorable rapiña. Hay dos ejemplos retumbantes en la his- toria de las expoliaciones humanas. El Perú de los días coloniales y la India del siglo XVIII, constituyen modelos de la experiencia internacional. En el IVtú, los españoles encontraron el cerro de Potosí, paradigm a de riqueza alucinante para cinco o seis generaciones de europeos. Un cerro de plata, ■xplotado por indios esclavizados en la mita. La riqueza extraída de Potosí <n los ochenta y cuatro años que separan a 1556 de 1640 llegó a4 0 0 m illo- in n de pesos de ocho reales. (Ver Clarence H. Haring: El Comercio y Nave- i'.urtón entre España e Indias, Fondo de Cultura Económica, 1939). Esa ci-

millones de bolívares. La Plata de

l'olosí permitió el crecimiento y la transform ación del capitalismo m ercan­

til en capitalismo manufacturero entre los siglos XVII y XVIII. Fue un dré­ nale formidable de riquezas, un botín sin precedentes hasta entonces en la

11 .i equivale, aproximadamente a 1.600

-103-

Proceso del Capitalismo Venezolano

historia del mundo. Pero m uy modesto resultará ese m ensaje de plata que entre las cordilleras de América -vale un Potosí- y Europa tenderá brillantes puentes para la circulación de las fuerzas económicas. M odesto cuando lo comparamos con el flujo del petróleo venezolano en cuarenta años.

No adelantemos los acontecimientos. Ensayemos otra elocuente compu ración. Autores ingleses -como R. T. Davies en su The Golden Century of Spain 1502-1621, M acmillan- han intentado cálculos sobre la extracción do metales de América que elevan la cifra recopilada por la señora Haring. Se­ gún Davies, la suma de m etales preciosos arrancados por España a las In­ dias llegó a 2.637 millones de dólares en algo más de un siglo. Aproximada mente unos 9.000 millones de bolívares. Es el cálculo más elevado. Ese vo­ lumen de riquezas palidecerá con el del petróleo venezolano. Ahora vea mos el caso de la India, también expoliada por otro capitalismo, inglés en este caso, que se cebó sobre sus riquezas. Después de la derrota de los in

dios en Plassey, comenzó la gran explotación de ese país por los ingleses. Iil profesor Digby (Prosperous British India) abordó la tarea de inventariar los recursos que sus antecesores del siglo XVII desvalijaron en la India. Y llegó

a estimarlos en 2.913 millones de dólares. Unos 10.000 m illones de boliva

res. Esa rapiña se realizó desde 1756 hasta 1820, aproximadamente, cuantío Inglaterra concluye la absorción económica de la India. Veamos ahora lo acontecido a Venezuela. El doctor Juan Pablo Pérez Alfonzo ha contabiliza do la producción de nuestro país desde que amanecieron los exploradores en las riberas del Lago de Maracaibo. El valor de la producción alcanza a unos 110.000 millones de bolívares. No es fácil calcular la parte que en esn cifra colosal corresponde a las ganancias de las de compañías. Deduciendo de ella la misa que concierne a salarios pagados, a impuestos satisfechos y ii

amortizaciones legítimas de capital, el beneficio neto no sería inferior al 2*> por ciento. Quizás la cifra más justa ronde alrededor del 33 por ciento del valor total de la producción. Si esta últim a estimación fuese la más acería da, Venezuela habría producido al capitalismo inglés y norteamericano un beneficio no compensado equivalente a 40.000 m il millones de bolívares en apenas cuarenta años. Sin ocupación militar, sin guerras de conquista, Ion

imperialistas del petróleo nos han extraído un tributo m uy superior consiguieron los descendientes de Pizarro en el Perú o los compafk Clive en la India. Hay que advertir que los 9.000 millones raptados | paña necesitaron de un período de más de cien años. A la luz de esto podemos situar, en escala histórica mundial, el rol y la jerarquía de i ■!i<■ petróleo. Jamás unos conquistadores lograron tal cúmulo de riquezas. No hace una concesión al patriotismo de los expoliados si afirmamos que i-n

un

-104-

Domingo Alberto Rangel

na

parte Venezuela ha salvado del estancamiento al capitalismo contem-

|<