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FORMAS DE EXPRESIÓN COSMÉTICAS Y ORNAMENTALES

GUIÓN. Las pinturas y adornos en el Código de


Género. Su variabidad. Su uso como significante
de género. Su uso como significante
contradictorio. Opción radical y opción integrada.
Posibilidades. Necesidades. Realismo.
Adaptaciones. Opciones morales: lo radical es lo
moral, aunque haya que transigir.

Cada Código de Género, si es binarista como lo


son casi todos, formula reglas sobre las pinturas
que pueden usar o no las personas clasificadas
como mujeres y hombres, así como sobre los
adornos respectivos.

Repasaremos primero la Historia y veremos que estas normas admiten cierta variación.
En nuestras sociedades sabemos perfectamente (porque está en nuestro Código de Género)
que las personas definidas como mujeres pueden usar pintura de labios, maquillaje y sombra o
rímel de ojos. Pueden también admitirse los adornos con alheña en la cara o en las manos.

En el siglo XVIII, las damas de la Corte añadían a su arreglo los lunares postizos y los varones
de la Corte podían empolvarse y pintarse. Pero la norma más reciente para las personas
asignadas como varones era hasta hace poco un no rotundo a todo ello. Recientemente se ha
atenuado con un relativo permiso, ¡siempre que no sea muy visible!

Los tintes del cabello están fuera del Código de Género; pueden teñirse por igual hombres y
mujeres, es decir, no constituyen significantes del género.

También los y las jóvenes góticos pueden usar maquillaje blanco en la cara y pintarse muy
rojos los labios y muy negro el contorno de los ojos, pero es una moda muy minoritaria, muy
juvenil y pasajera y, como vemos, no tiene significado de género.

En cuanto a adornos, las diferencias de género más notables eran las relacionadas con el
arreglo del cabello. También en el siglo XVIII varones y mujeres usaban pelucas, pero había
pelucas de varón y pelucas de mujer.

Luego, quedó sólo la manera de cortárselo y de peinarlo. Se llegó a un extremo cuando, en el


siglo XX, el Código de Género prescribía que los varones debían llevar el cabello corto y las
mujeres largo (excepto en la moda “à la garçonne” de los años veinte) En el siglo XXI, de
nuevo esta norma se ha retirado y mujeres y hombres pueden llevar el cabello corto o largo.

En cuanto a las joyas, baste con recordar que hasta hace poco las normas del Código de
Género eran permisivas con el uso común de sortijas, pulseras y cadenas (aunque había
alhajas de mujer y alhajas de hombre), pero curiosamente intransigentes con los pendientes.
Recientemente los hombres empezaron, como sabemos, a usar un pendiente (de forma sobria,
un botón, un brillante o un arete), y ahora empiezan a usar dos, por lo que es previsible que
salgan del Código de Género.

El piercing, como los tatuajes, están ya fuera en general del Código de Género, por lo que
tampoco pueden ser usados como significantes.
Lo que hemos recordado quiere responder a esta pregunta: ¿qué pinturas o adornos
puedo usar como significante de género para expresar que soy transexual o
intergénero?

La respuesta la sabemos todos: si soy transexual feminizante me pintaré como una mujer. Si
soy transexual masculinizante, me lavaré la cara.

¿Pero se pueden lanzar mensajes contradictorios, por ejemplo ir sólo arreglada, pintada,
con pendientes, con el pelo largo, y a la vez con ropa unisex o inequívoca de varón?

Esto es justamente lo que hicieron, durante los siglos de la Gran Represión, los mariquitas
andaluces. Encontraron un espacio de tolerancia, que les permitía expresarse hasta cierto
punto, haciendo justamente eso, y sólo eso, y pagándolo al precio de la gracia, de ser
graciosos y mirados por eso con condescendencia, de gozar así de la amarga libertad del
bufón de la Corte: ”¡Qué gracia tiene!”

(Compatible a veces con una desesperación heroica, como la de la Paca, del Puerto de Santa
María, que en plena Dictadura paró una procesión gritando “¡Muera Franco!” y que estuvo
tantas veces en la cárcel)

Pero si no se tiene esa gracia, no se puede elegir esa posibilidad y seguir una vida
corriente. Mencionaré un error en el que caí personalmente. Queriendo graduar mi transición,
habituar poco a poco a los otros a que me vieran así, hice eso y conseguí sólo oir que un niño
gritaba: “¡Papá, mira un hombre con pendientes!”

De nuevo volvemos a la opción entre vida radical y vida integrada, vida desobediente al
Código de Género y vida obediente, salvo en lo principal, el cambio de género o de sexo.

Si hemos optado por una vida radical o marginal, todo es posible. Esa forma de expresión,
digamos la de una albañil desafiante, que va maquillada al trabajo, afrontando lo que haya que
afrontar, o la contraria, la de aquella persona que vi en Londres, ¡en 1972!, vestida de zíngara,
falda larga violeta, chalequillo y camisa de colores, y barba de cuatro días, fuckgender pura.

Sin embargo hay que tener audacia y disponer de los medios de vida que permitan esa
existencia radical, sean un oficio o una fortuna. Miguel de Molina, Ocaña, Rappel, Shangay Lily,
Falete en España o Michael Jackson en Estados Unidos pueden o pudieron permitirse jugar
con el género libremente. Pero la mayoría no hemos podido, materialmente.

La integración queda muchas veces como nuestra única opción realista, y significa
acomodarse al Código de Género en lo posible para salvaguardar nuestra decisión de
desobedecerlo en lo principal, que fue no reconocer el binarismo que nos obligaba a vivir como
hombres o mujeres sin quererlo.

Hay algo de acomodaticio, de provisional, en esta prudencia, desde luego. Significa caer de
nuevo en el binarismo, aunque en la otra posición.

El premio es la aceptación por parte de la sociedad binarista, que ahora sólo desea ver
coherencia en el reconocimiento de su entendimiento del Código de Género. Puede ser que yo
sea muy alta, que mi voz suene muy grave, que mis facciones sean muy duras, pero si me
arreglo y me visto enteramente como se supone que debe arreglarse y vestir una mujer, mejor
desde luego con falda, seré aceptada hasta cierto punto porque demuestro mi sumisión a las
reglas que sigue la mayoría.

Seré suficientemente aceptada, por lo menos. Continuaré en según qué trabajo. Seré vista
como una persona más o menos excéntrica, pero seré tenida en cuenta. Mi opinión pesará.
Tendré oportunidades de ser apreciada por mi trabajo, de integrarme por tanto laboral, social y
quizá familiarmente.
Como se habrá visto, tendré que demostrar para eso coherencia con la aceptación del Código
de Género, no sólo en el arreglo, sino en la ropa, porque esa coherencia es tranquilizadora
para los temperamentos conservadores.

Si se pretende una integración en el estado social actual, no se pueden usar sólo las
formas de expresión cosméticas y ornamentales, es preciso unirlas con las
indumentarias.

Deberé emplear maneras discretas. Quizá usar maquillaje en barra, una crema fuerte, para
disimular los brotes de la barba, si los tengo. Elegir pinturas de labios y sombras de ojos que
entren dentro de la gama normalmente aceptada. Puede ser que unos colores intensificados,
como los que usan las drags tengan mayor fuerza estética, como la tienen, pero o acepto ser
provocativa, vivir provocativamente, o en los medios conservadores no tendré sitio, porque si
me paro a hablar con cualquiera de sus integrantes, inmediatamente notaré que mira a
izquierda y derecha.

También es verdad que mi estilo provocativo puede tomar muchas formas, y algunas
precisamente con “la cara lavá” y hasta dejando ver los puntos negros de la barba o las formas
del pecho.

Se trata de una opción moral entre lo provocativo y lo integrado, en la que lo moral está
en lo más radical, aunque a la vez haya que ser realista. Es como la moral del preso, que
tiene que someterse, pero no deja de pensar en escapar, hasta que a lo mejor al final lo
consigue. Lo radical o provocativo tiene el valor de que nos convertimos en modelo vivo de la
ruptura de las ligaduras materiales que nos agobian. Lo integrado, rompe lo imprescindible,
pero muestra una sumisión en lo demás, para ganarse la benevolencia ajena.

En el primer caso, la transexualidad o el rompegénero tiene una función social al hacer ver
liberación. En el segundo la tiene disminuida; parece que seguiría el lema “¿No veis que es
posible ser transexual y vivir con normalidad?” Para muchas de nuestras angustiadas vidas,
este lema, que corresponde a la realidad, tiene una fuerza de seducción irresistible. No negaré
el derecho de muchas y muchos de mis compañeros a descansar un poco e incluso a
sobrevivir, pero en cuanto se sintieran lo suficientemente fuertes, les animaría a provocar la
novedad liberadora.

Kim Pérez 13-07-2009

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