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EL QUE SE MUERE, PIERDE

Amanda Patarca

Argentina

¿Para qué lo habré buscado? se dijo.

Allí, en aquella guía lejana, Violeta leía y releía aquel nombre, el que tantas veces

había acariciado con la vista o con sus dedos después de haberlo escrito una y mil veces, en

servilletas de confitería, en cuadernos de la Facultad, o en cualquier papel que llegara a sus

manos. Algunas veces con sus ojos traspasando las retinas del dueño de ese nombre,

dejándose vivir lánguidamente, inundada de sensaciones encontradas pero tan placenteras que

solo al tiempo, cuando pudo reaccionar, reconoció como la etapa más feliz de su vida.

Sentada en un rincón, tenuamente iluminado del Hotel Boucherat de París, con la guía

telefónica sobre las rodillas, Violeta recorría esa línea grabando en su conciencia la escritura

que comenzaba con las oscuras mayúsculas del apellido seguidas por los nombres y por la

dirección, terminando bruscamente en el número de teléfono. Más allá el vacío, un abismo de

sueños invadiéndolo todo como la neblina.

¡Qué fácil fue recorrer tantos kilómetros para terminar encontrándolo! No falta nada

de él, pensó. Si se me ocurre puedo ponerme a su lado dentro de una hora o escuchar su voz

ya mismo. Era como si lo hubiera atrapado.

Se sintió tan segura de sí misma y tan dueña de él que solamente atinó a sonreír. Sin

embargo, imperceptiblemente, su rostro fue tornándose serio; la tensión, que el avance de la

sangre en sus venas producía, la hacía temblar. Ese pensamiento que al principio la llevó a

permanecer flotando observándolo todo, se disolvió de pronto. La burbuja que la protegía se

deshizo en millones de gotas de un líquido frío y pegajoso. Chorreando miel de la cabeza a

los pies, se vio como espejada en el fondo de una jaula, la que hasta minutos antes constituía

la representación de su refugio y seguridad. Se dio cuenta de que sus manos no reaccionaban

a los estímulos cerebrales y esa inmovilidad vibrante que se apoderó de ella no era otra cosa,

reconoció, que la emoción del miedo.

La situación se le antojó parecida al comienzo de un juego infernal en el cual la vida,

objeto del mismo, ciega y sorda, deambulara por un trecho del mundo al fin del cual, el arribo

a la meta prefijada la transformara en acreedora de la suerte de no ser invadida por la muerte.

El que se muere pierde. El-que-se-mue-re-pier-de, se dijo y siguió pensando.

Dos eran para Violeta los motivos interesantes de ese juego. El primero, que en él la

significación de ganar era, como en la vida misma: no morir, con la diferencia de que en el

juego esa situación, abarcando un gran quehacer entre estados de inmovilidad, se repetía

constantemente. El segundo motivo de interés lo constituía el hecho de que equiparado este

juego a la vida, le serviría y muy bienpara hacer comparaciones y razonar sobre las

posibilidades de su disyuntiva, llamar o no llamar.

Deduciendo ensimismada, comprendió algo que no había tenido en cuenta nunca

antes: que toda vida está en continuo juego, de tal forma que sobrevivir cotidianamente, no

sería otra cosa que ganar, ya que el cumplimiento de las reglas no depende de nosotros, sino

de algo profundo y misterioso parecido al sino o al azar. ¡Ganar todos los días la vida! Ser

acreedor o acreedora a tan fabuloso premio y no poder festejarlo por no poner jamás

conciencia en ello. ¿No es tremendamente triste? se preguntó. Pero ¿Qué juego es más atroz

que dejarse vivir?

Allí, encerrada en las dos últimas palabras que su mente iluminaba llamar o no

llamarestaba la diferencia entre su disyuntiva, con posibilidades de fatalidad y su verdadera

vida convertida en un juego. Inmóvil comprobaba deslumbrada que entre las muchas cosas

que estaban sucediendo en su interior, se encontraba el descubrimiento que acababa de hacer

del paralelo entre la vida y ese juego que ideó nada más que para ejemplificar o expresar el

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peligro, la exposición y el riesgo que encerraba su decisión. Evidentemente no era lo mismo

no haber nacido que estar muerto. No llamar era lo primero, morir el resultado al que se

exponía de hacerlo.

El no ser y el dejar de ser se unen sin duda en un punto, se dijo, allí ha de encontrarse

el

germen del principio del impulso vital necesario para que el movimiento continuo de pesos

y

contrapesos, no deje de producirse. Mientras que el equilibrio se conseguiría yendo hacia

él, se perdería tan pronto se lo pasara, eso es. Al decir esto en voz alta sonrió levantando la

vista, pero cuando comprobó que seguía sola prosiguió con sus cavilaciones mientras su dedo

índice, ubicado en la tecla del primer número, esperaba la orden cerebral que tardaba en

llegar. Y tardaba porque peligraba su existencia desde el momento en que, tomando en sus

manos aquella guía parisina, se decidió por la búsqueda.

Sí, es verdad, se dijo. Podría no haber figurado o bien no haber tenido teléfono, pero

tenía. Y allí estaba.

Con él siempre había sucedido lo mismo. Silencio seguido de estridencias. Oscuridad.

Pérdida del rumbo. Desorientación, y cuando menos se esperaba, la pequeña luz que se

acercaba agigantándose e invadiéndolo todo, cegando por completo al distraído, al que no

esperaba más

Hay

muchas formas de jugarse la vida: a todo, a sea a muerte o al cambio.

Cuando el ser se ha transformado en un continuo estar casi vegetativo, la implicancia de este

cambio podría llegar a dar lugar a la figura del morir y renacer.

Tal vez a ese juego le tengamos más miedo los humanos, acostumbrados como

estamos a adquirir hábitos que se hacen parte de nosotros mismos, pensó. Era evidente que

esto que le estaba sucediendo no tenía nada que ver con la muerte del cuerpo, pero era

ciertamente muy parecido. Este llamado, de hacerlo, le acarrearía desorden consciente. La

sumergiría en la iniciación de una guerra contra sí misma que no sabía si estaba dispuesta a

afrontar.

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Solo dos respuestas existían para su duda: que sí o que no. Llamar o no llamar.

Si lo hacía afrontaría a partir de ese instante las dos experiencias, pues podría decir

que no llamó en realidad hasta el momento en que se decidió a llamar y lo hizo.

De la situación negativa: no llamar, semejante a no haber nacido, pasaría a la

situación positiva: hacer el llamado dando lugar al comienzo de la vida y al riesgo

propiamente dicho.

Cubiertas las dos posibilidades, ya no podría volverse atrás. Comenzarían a actuar

entonces las fuerzas del azar, independientemente de todo. La elección, habiendo sido tomada

en ese sentido, depararía los riesgos existentes siempre durante el período comprendido desde

la iniciación hasta la muerte de cualquier vida.

Llamar o no llamar. La paz o la guerra.

¿Cuál de los dos términos podría equipararse con la vida, el movimiento, el batallar, y

cuál con la muerte, el sosiego, el silencio, o dicho de otro modo, la derrota?

Ella dedujo, lógica y razonadamente que si muerte dignificaba reposo, calma, paz y

nuevo orden, estaba compelida a llamar, a enfrentar esa vida que llevaba sin sobresaltos,

disyuntivas ni tropiezos, con aquel pensamiento que la invadía toda desde hacía sólo

instantes.

Desbordaba de vida y la palabra arriesgar se le antojó formando parte de su alma, la

identificó con ella y al resultado lo dejaría librado a la suerte. Ella solo soltaría amarras,

abriría una sola puerta, daría vuelta a la ruleta

En fin apretaría el gatillo de aquel angustioso

revólver

El que contenía solo una bala en el cargador.

Primero, se dijo, la vida debe cumplir su cometido de complicar y apaciguar las cosas,

después será el cambio. Los vivos hacen la guerra, los muertos hacen la tierra y marcó el

número; escuchó solo tres llamados y sin esperar que atendieran, colgó. El miedo había

quitado al hecho el impulso necesario para lanzarlo a su propia aventura.

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Mientras Violeta hilaba pensamientos formando con ellos un abultado ovillo, su cara

perdiendo lozanía iba tornándose dura y amarga.

¡Cuántas intenciones, cuya trayectoria se realiza dentro de nosotros, crecen y se hacen

grandes hechos imaginarios sin siquiera llegar a ser tentativas! Bastaría dejarlas asomar,

concretar solo un instante del primer hecho de la serie, para que se concatenen con miles de

otros instantes de otros primeros hechos cuyo nacimiento sería similar, para que se cambie el

devenir continuo que constituye la historia de nuestra propia existencia interrelacionada.

Es por eso que el número de posibilidades aumenta geométricamente, es decir, hacia distintas

direcciones, cuando de nosotros, como individuos únicos, pasamos a la pareja y aumenta

infinitamente cuando de la pareja pasamos a todos los demás. De allí que las predicciones del

acontecer próximo, dejando de lado los hechos de la naturaleza, no nos pertenezcan. Todas

estas ideas pasaban por la mente de Violeta como un torbellino. Sí

se dijo, pero es tremendamente complicado.

Sí.

Todo está muy bien,

Se dice que todos los hombres usan el razonamiento como norma y las mujeres la

intuición. ¿Que es lo que me está pasando? se preguntó. Ya sé, creo entender que lo busco es

una buena razón para justificar mi llamada pues todo esto es muy excitante pero mi marido

jamás comprendería.

No queriendo confesar el miedo, decidió que llamaría al anochecer. Estaba segura de

la emoción que experimentarían y también de las sensaciones que ese encuentro les haría

surgir. ¿Se habría mezclado en ese entretejido, un poco, la idea de revancha? Después de

aquella despedida, tal vez por capricho jamás volvió a verlo, aunque se enteraba siempre, sin

querer, de cada paso que daba por el mundo.

Tan segura se sentía de sí que, pese a los años transcurridos, allí estaba desafiándose

frente al nombre de su secreto, escrito en aquella tan lejana guía.

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Allá estaba dispuesta a reencontrar por un rato su pasado. Solo un rato, se dijo, lo

suficiente como para hacerle un poco de daño y además por qué no, compartir la inmensa

felicidad que habrá de significar vernos después de tanto tiempo.

Se propuso no improvisar. No quería perderse. Ese era un juego y muy difícil, de

manera que había que estar muy preparada para no sucumbir. La entrevista, de concretarse,

no debía perturbarla "demasiado" porque si se dejaba llevar por la ilusión del pasado vivo,

comenzaría a titubear como ahora por ejemplo, insistiendo en dudar entre aceptar y no

aceptar que su existencia debía seguir paralela, es decir separada de la de él hasta el final.

¿Para qué buscarse complicaciones, entonces?

¿Acaso era ella como los automovilistas desaforados que necesitaban del riesgo del

abismo o del juego para seguir adelante? Un sí rotundo le contestó desde el fondo de su alma.

¿A quién perjudicaba? A nadie por cierto. Además las emociones son necesarias para

comparar, gozar y valorar la paz luego, en la calma.

Aquella tarde se arregló más que nunca, asegurándose además, de que todos los

detalles, perfectamente relevados, tanto internos como externos, se mantuvieran en orden.

Comprobó asombrada que algo le estaba sucediendo y esa seguridad que representaba ser "la

mano" en el juego, se trocó en aflicción, pues esa necesidad de prevenir, presentir y precaver

significaba que temía de sí misma y de sus reacciones naturales.

Yo soy otra, lo sé, de manera que si todo sigue igual no podré reaccionar como

entonces.

Se puso contenta un segundo al cabo del cual su seguridad se volvió a derrumbar.

¿Y si yo cambié y él cambió en el mismo sentido? ¿Perderé la postura metiéndome

otra vez entre sus brazos como antes lo hacía, sin pensar en mi presente, en mis años, en mis

hijos, en mi esposo?

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Violeta estaba de vacaciones con su marido. Eran en realidad las más hermosas que se

habían tomado desde que estaban casados. ¿Debía ella compartir con su marido el secreto de

aquella llamada? Evidentemente no. Solo su sadismo podía arrasar con esos días que planeó

él durante cuatro años compartidos.

Entre dudas llegó la noche y luego la madrugada.

El día siguiente era sábado. La ansiedad la hizo despertar temprano y salió del hotel

con el pretexto de comprar un analgésico pero se encontró de pronto empuñando el auricular

a manera de fusil. Cinco llamadas y una voz inconfundible.

Hablaban como si la distancia persistiera. Como si hubieran sentido negada la

posibilidad de verse.

Inmediatamente, al darse cuenta y a partir de la mención de esa hermosa posibilidad

surgió el marido como obstáculo.

Violeta hacía esfuerzos para coordinar las frases reflexionando internamente sobre lo

absurdo de la situación. Sin embargo y pese a todo, una fuerza más potente que la idea de

lealtad, concretó la cita.

A partir del silencio generado dentro del término fugaz del latido de una nueva duda

Violeta

encontró

la

solución

diciéndole:

Trataré

de

ir

sola,

pero

si

ves

que

estoy

acompañada, por favor, no te acerques

sé mentir. Te lo ruego

ni se te ocurra fingir un encuentro casual, porque no

Era el día de la conmemoración de la liberación de Francia. Estaba anocheciendo.

Desde la cima del Arco de Triunfo iluminado, una bandera gigantesca crecía al alejarse con el

viendo.

Los veteranos de guerra comenzaron su marcha silenciosa, engalanados tan solo con

sus medallas de honor y sus arrugas amargas.

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Violeta y su marido los vieron desfilar acompasados, marchando juntos. Surgió

entonces la música de banda. La gente se agolpó pegada a los cordones, formando un público

que nació de pronto.

Cantaban seriamente el marcial himno, compartiendo no solo sus estrofas sino además

el fervor y la emoción de un tiempo que se fue con ellos y con muchos.

Allí se vieron Violeta y su pasado. Allí se vieron y allí se separaron. La multitud

sirvió para perderlos. Sus retinas trataron de aprisionar aquella fugaz imagen de la realidad,

pero la misma duró tan poco, que apenas si llegó a ser otra duda.

A las ocho del día siguiente, un jet la llevaba a Ginebra.

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