Está en la página 1de 30

Portada :: Palestina y Oriente Próximo

05-03-2009 05-03-2009 05-03-2009


05-03-2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa tras
otra

Joharah Baker05-03-2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa tras
otra

05-03-2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa tras
otra

Palestine Chronicle

05-03-2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa tras
otra

Palestine Chronicle

Traducido por Nadia Hasan y revisado por Caty R.05-03-


2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa tras
otra

Palestine Chronicle

Traducido por Nadia Hasan y revisado por Caty R.05-03-


2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa tras
otra

Palestine Chronicle

Traducido por Nadia Hasan y revisado por Caty R.


05-03-2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa tras
otra
Palestine Chronicle

Traducido por Nadia Hasan y revisado por Caty R.

05-03-2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa tras
otra

Palestine Chronicle

Traducido por Nadia Hasan y revisado por Caty R.

Hay algunas personas cuyos rostros delatan las


dificultades que han tenido que enfrentar a lo largo de sus
vidas. Salah Shweiki es una de ellas. Sentado bajo la gran
carpa en el barrio Bustan de Silwan, buscando la calidez
de la madera en una vieja carretilla, Shweiki emana el
aura de un anciano sabio. En sus 56 años de vida ha visto
mucho, quizá demasiado, pero hoy se encuentra centrado,
su rostro decidido y su voluntad de hierro sólida.
Salah Shweiki es una de las aproximadamente 1.500
personas que están siendo amenazadas con la expulsión
de sus hogares por la municipalidad israelí de Jerusalén.
Según la orden de desalojo distribuida entre los
residentes del barrio Bustan, las demoliciones se llevan a
cabo con el pretexto de la falta de concesión de licencias.
Una vez que las casas sean destruidas, Israel planea
construir en su lugar un parque nacional, un parque que
según sus expertos en arqueología, forma parte de la
antigua Ciudad de David.
Shweiki hace caso omiso de todas y cada una de estas
explicaciones y dice que la orden de desalojo forma parte
de un plan más amplio sobre Jerusalén, que es el de
expulsar de la ciudad a la mayor cantidad posible de
palestinos.
En cuanto a la reciente actividad de Israel en Jerusalén,
creo que Shweiki dio en el clavo. Silwan ha estado
plagada de órdenes israelíes de demolición durante años,
muchas de estas últimas entregadas desde 2005. Los
residentes de Silwan dicen que las acusaciones de que sus
casas se construyen sin la debida licencia israelí son
absurdas, ya que la mayoría de ellas se construyeron
incluso antes de que Israel ocupara la ciudad en 1967.
Shweiki, por ejemplo, dice que tiene las escrituras de su
casa y su tierra, que se remontan a la época del mandato
británico, y que demuestran a su vez que la casa se
construyó incluso antes de eso. «Además», dice, «esta es
tierra Waqf», en referencia a la Dotación Islámica, que
maneja los asuntos administrativos de las zonas
musulmanas de Jerusalén. «Las tierras Waqf no se pueden
comprar ni vender», añade, por lo tanto, queda sin crédito
alguno cualquier reclamación que afirme que los
palestinos vendieron sus tierras a los colonos que han
ocupado dichas residencias en el corazón de Silwan.
Si estas órdenes de demolición se llevan a cabo, Israel
afirma que reubicará a los residentes en otras zonas de
Jerusalén Este, principalmente en las afueras de Beit
Hanina y Shufat. Los habitantes del barrio Bustan de
Silwan no tendrán nada de esto, ya que afirman que
lucharán contra esas órdenes israelíes con uñas y dientes.
«Antes de arrebatarnos nuestra tierra, nos arrebatarán
nuestras vidas», dice desafiante Shweiki.
No es el único que siente de esta manera. Sentados con él
en la tienda se encuentran, al menos, otros diez hombres,
todos apiñados alrededor del fuego tomando café y té.
Otro hombre, Abed Shaloudi, dice que los residentes han
creado el Comité Público para la Defensa del barrio
Bustan de Silwan, con el fin de atraer a la mayor cantidad
de medios de comunicación y la atención internacional a
su difícil situación.
El mismo Shaloudi no es ajeno a las dificultades. Pasó 10
años en una cárcel israelí en la década de los noventa,
período durante el cual los colonos judíos reclamaron su
hogar. Todavía está en su casa, pero admite que no sabe
cuándo llegará el día en que los colonos le obligarán a
abandonarla con una orden judicial.
La juventud de Shaloudi se refleja en sus apasionadas
convicciones. Dice que los representantes de varios
medios de comunicación los han visitado, emisarios de la
Embajada de Egipto y grupos europeos han llegado a su
tienda. Tiene un libro de visitas en el que pide a todos que
firmen como prueba de que acudieron en solidaridad.
Tiene grandes esperanzas de que sus actividades marquen
una diferencia. «Estamos planeando una marcha desde
Sheikh Jarrah a Al Bustan», dice, refiriéndose a otro
barrio de Jerusalén Este bajo ataque constante y
confiscación por parte de los colonos israelíes.
«Asimismo, esperamos poder formar una cadena humana
de niños alrededor de todo Silwan».
Todos estos esfuerzos son encomiables y ciertamente
podrían llamar la atención sobre la injusticia impuesta en
Silwan. La pregunta es, ¿serán suficientes para detener
las demoliciones? Si nos fijamos en la historia, esta
posibilidad es bastante débil.
Veamos, por ejemplo, Sheikh Jarrah. Durante años, los
colonos se han apoderado de las casas del barrio
afirmando que tienen escrituras de propiedad que se
remontan a antes de 1948. Mientras Israel insiste en que
las familias palestinas cuyas casas han sido arrebatadas
cuentan con recursos legales dentro del sistema judicial
israelí, esto es difícilmente un consuelo. Lo mejor que
podemos esperar es una suspensión de la orden de
desalojo o demolición por unos pocos meses, en el mejor
de los casos por algunos años, pero nunca una
revocación. La última apropiación de los colonos fue el
hogar de Um Kamel, que acabó durmiendo en una tienda
de campaña con su anciano esposo (quien murió más
tarde después de su expulsión), mientras los colonos se
trasladaron a su casa.
En Silwan, Jabal Al Mukabber y la Ciudad Vieja, las
historias sólo difieren en los detalles. Las reclamaciones
de propiedad de los judíos casi siempre ganan a los años
de propiedad y herencia familiar de los palestinos. El
problema con esta lógica es múltiple, en primer lugar el
hecho de que es unilateral. En 1948, los palestinos eran
dueños de sus casas en lo que actualmente es Jerusalén
Oeste y vivían en sus hogares legados por sus padres y
abuelos. El hecho de que conserven la documentación
original y auténtica de dichas casas al otro lado de la
línea de división de la ciudad es completamente
irrelevante para Israel, que hace caso omiso de cualquier
reivindicación palestina en lo que ahora es Israel.
¡Y si sólo fuera eso! Israel se ha negado sistemáticamente
a aceptar siquiera el principio del derecho de retorno
sobre la base de que cualquier gran afluencia de
refugiados palestinos a Israel podría alterar el carácter
judío del Estado. Sus aspiraciones, por desgracia, van
incluso más lejos del propio Israel. En Cisjordania y
Jerusalén Este, Israel ha construido decenas de
asentamientos judíos en el corazón del territorio palestino
ocupado y los ha llenado con medio millón de colonos
judíos. En Jerusalén, la cuestión más espinosa de todas
las relativas al estatuto definitivo, Israel continúa
apoderándose de la tierra palestina y de los derechos de
residencia en un intento de vaciar la ciudad de la mayor
cantidad posible de residentes árabes palestinos.
Por lo tanto, es difícil no estar de acuerdo con Salah
Sheweiki. Cuando dice que en esta batalla no se trata de
Silwan, sino de Jerusalén, tiene razón. Cuando afirma que
la cuestión ni siquiera se refiere a los edificios sino a la
tierra, sólo puedo asentir con la cabeza. En Jerusalén,
Israel no oculta sus intenciones. Para hacer de ella la
capital eterna de los judíos, tiene que librar a la ciudad de
quienes se atreven a desafiar esa afirmación.
Lamentablemente, como puede ver cualquiera, eso es lo
que está haciendo, una casa tras otra.
Fuente:
http://www.palestinechronicle.com/view_article_details.p
hp?id=1488305-03-2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa tras
otra

Palestine Chronicle

Traducido por Nadia Hasan y revisado por Caty R.

Hay algunas personas cuyos rostros delatan las


dificultades que han tenido que enfrentar a lo largo de sus
vidas. Salah Shweiki es una de ellas. Sentado bajo la gran
carpa en el barrio Bustan de Silwan, buscando la calidez
de la madera en una vieja carretilla, Shweiki emana el
aura de un anciano sabio. En sus 56 años de vida ha visto
mucho, quizá demasiado, pero hoy se encuentra centrado,
su rostro decidido y su voluntad de hierro sólida.
Salah Shweiki es una de las aproximadamente 1.500
personas que están siendo amenazadas con la expulsión
de sus hogares por la municipalidad israelí de Jerusalén.
Según la orden de desalojo distribuida entre los
residentes del barrio Bustan, las demoliciones se llevan a
cabo con el pretexto de la falta de concesión de licencias.
Una vez que las casas sean destruidas, Israel planea
construir en su lugar un parque nacional, un parque que
según sus expertos en arqueología, forma parte de la
antigua Ciudad de David.
Shweiki hace caso omiso de todas y cada una de estas
explicaciones y dice que la orden de desalojo forma parte
de un plan más amplio sobre Jerusalén, que es el de
expulsar de la ciudad a la mayor cantidad posible de
palestinos.
En cuanto a la reciente actividad de Israel en Jerusalén,
creo que Shweiki dio en el clavo. Silwan ha estado
plagada de órdenes israelíes de demolición durante años,
muchas de estas últimas entregadas desde 2005. Los
residentes de Silwan dicen que las acusaciones de que sus
casas se construyen sin la debida licencia israelí son
absurdas, ya que la mayoría de ellas se construyeron
incluso antes de que Israel ocupara la ciudad en 1967.
Shweiki, por ejemplo, dice que tiene las escrituras de su
casa y su tierra, que se remontan a la época del mandato
británico, y que demuestran a su vez que la casa se
construyó incluso antes de eso. «Además», dice, «esta es
tierra Waqf», en referencia a la Dotación Islámica, que
maneja los asuntos administrativos de las zonas
musulmanas de Jerusalén. «Las tierras Waqf no se pueden
comprar ni vender», añade, por lo tanto, queda sin crédito
alguno cualquier reclamación que afirme que los
palestinos vendieron sus tierras a los colonos que han
ocupado dichas residencias en el corazón de Silwan.
Si estas órdenes de demolición se llevan a cabo, Israel
afirma que reubicará a los residentes en otras zonas de
Jerusalén Este, principalmente en las afueras de Beit
Hanina y Shufat. Los habitantes del barrio Bustan de
Silwan no tendrán nada de esto, ya que afirman que
lucharán contra esas órdenes israelíes con uñas y dientes.
«Antes de arrebatarnos nuestra tierra, nos arrebatarán
nuestras vidas», dice desafiante Shweiki.
No es el único que siente de esta manera. Sentados con él
en la tienda se encuentran, al menos, otros diez hombres,
todos apiñados alrededor del fuego tomando café y té.
Otro hombre, Abed Shaloudi, dice que los residentes han
creado el Comité Público para la Defensa del barrio
Bustan de Silwan, con el fin de atraer a la mayor cantidad
de medios de comunicación y la atención internacional a
su difícil situación.
El mismo Shaloudi no es ajeno a las dificultades. Pasó 10
años en una cárcel israelí en la década de los noventa,
período durante el cual los colonos judíos reclamaron su
hogar. Todavía está en su casa, pero admite que no sabe
cuándo llegará el día en que los colonos le obligarán a
abandonarla con una orden judicial.
La juventud de Shaloudi se refleja en sus apasionadas
convicciones. Dice que los representantes de varios
medios de comunicación los han visitado, emisarios de la
Embajada de Egipto y grupos europeos han llegado a su
tienda. Tiene un libro de visitas en el que pide a todos que
firmen como prueba de que acudieron en solidaridad.
Tiene grandes esperanzas de que sus actividades marquen
una diferencia. «Estamos planeando una marcha desde
Sheikh Jarrah a Al Bustan», dice, refiriéndose a otro
barrio de Jerusalén Este bajo ataque constante y
confiscación por parte de los colonos israelíes.
«Asimismo, esperamos poder formar una cadena humana
de niños alrededor de todo Silwan».
Todos estos esfuerzos son encomiables y ciertamente
podrían llamar la atención sobre la injusticia impuesta en
Silwan. La pregunta es, ¿serán suficientes para detener
las demoliciones? Si nos fijamos en la historia, esta
posibilidad es bastante débil.
Veamos, por ejemplo, Sheikh Jarrah. Durante años, los
colonos se han apoderado de las casas del barrio
afirmando que tienen escrituras de propiedad que se
remontan a antes de 1948. Mientras Israel insiste en que
las familias palestinas cuyas casas han sido arrebatadas
cuentan con recursos legales dentro del sistema judicial
israelí, esto es difícilmente un consuelo. Lo mejor que
podemos esperar es una suspensión de la orden de
desalojo o demolición por unos pocos meses, en el mejor
de los casos por algunos años, pero nunca una
revocación. La última apropiación de los colonos fue el
hogar de Um Kamel, que acabó durmiendo en una tienda
de campaña con su anciano esposo (quien murió más
tarde después de su expulsión), mientras los colonos se
trasladaron a su casa.
En Silwan, Jabal Al Mukabber y la Ciudad Vieja, las
historias sólo difieren en los detalles. Las reclamaciones
de propiedad de los judíos casi siempre ganan a los años
de propiedad y herencia familiar de los palestinos. El
problema con esta lógica es múltiple, en primer lugar el
hecho de que es unilateral. En 1948, los palestinos eran
dueños de sus casas en lo que actualmente es Jerusalén
Oeste y vivían en sus hogares legados por sus padres y
abuelos. El hecho de que conserven la documentación
original y auténtica de dichas casas al otro lado de la
línea de división de la ciudad es completamente
irrelevante para Israel, que hace caso omiso de cualquier
reivindicación palestina en lo que ahora es Israel.
¡Y si sólo fuera eso! Israel se ha negado sistemáticamente
a aceptar siquiera el principio del derecho de retorno
sobre la base de que cualquier gran afluencia de
refugiados palestinos a Israel podría alterar el carácter
judío del Estado. Sus aspiraciones, por desgracia, van
incluso más lejos del propio Israel. En Cisjordania y
Jerusalén Este, Israel ha construido decenas de
asentamientos judíos en el corazón del territorio palestino
ocupado y los ha llenado con medio millón de colonos
judíos. En Jerusalén, la cuestión más espinosa de todas
las relativas al estatuto definitivo, Israel continúa
apoderándose de la tierra palestina y de los derechos de
residencia en un intento de vaciar la ciudad de la mayor
cantidad posible de residentes árabes palestinos.
Por lo tanto, es difícil no estar de acuerdo con Salah
Sheweiki. Cuando dice que en esta batalla no se trata de
Silwan, sino de Jerusalén, tiene razón. Cuando afirma que
la cuestión ni siquiera se refiere a los edificios sino a la
tierra, sólo puedo asentir con la cabeza. En Jerusalén,
Israel no oculta sus intenciones. Para hacer de ella la
capital eterna de los judíos, tiene que librar a la ciudad de
quienes se atreven a desafiar esa afirmación.
Lamentablemente, como puede ver cualquiera, eso es lo
que está haciendo, una casa tras otra.
Fuente: 05-03-2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa tras
otra

Palestine Chronicle

Traducido por Nadia Hasan y revisado por Caty R.

Hay algunas personas cuyos rostros delatan las


dificultades que han tenido que enfrentar a lo largo de sus
vidas. Salah Shweiki es una de ellas. Sentado bajo la gran
carpa en el barrio Bustan de Silwan, buscando la calidez
de la madera en una vieja carretilla, Shweiki emana el
aura de un anciano sabio. En sus 56 años de vida ha visto
mucho, quizá demasiado, pero hoy se encuentra centrado,
su rostro decidido y su voluntad de hierro sólida.
Salah Shweiki es una de las aproximadamente 1.500
personas que están siendo amenazadas con la expulsión
de sus hogares por la municipalidad israelí de Jerusalén.
Según la orden de desalojo distribuida entre los
residentes del barrio Bustan, las demoliciones se llevan a
cabo con el pretexto de la falta de concesión de licencias.
Una vez que las casas sean destruidas, Israel planea
construir en su lugar un parque nacional, un parque que
según sus expertos en arqueología, forma parte de la
antigua Ciudad de David.
Shweiki hace caso omiso de todas y cada una de estas
explicaciones y dice que la orden de desalojo forma parte
de un plan más amplio sobre Jerusalén, que es el de
expulsar de la ciudad a la mayor cantidad posible de
palestinos.
En cuanto a la reciente actividad de Israel en Jerusalén,
creo que Shweiki dio en el clavo. Silwan ha estado
plagada de órdenes israelíes de demolición durante años,
muchas de estas últimas entregadas desde 2005. Los
residentes de Silwan dicen que las acusaciones de que sus
casas se construyen sin la debida licencia israelí son
absurdas, ya que la mayoría de ellas se construyeron
incluso antes de que Israel ocupara la ciudad en 1967.
Shweiki, por ejemplo, dice que tiene las escrituras de su
casa y su tierra, que se remontan a la época del mandato
británico, y que demuestran a su vez que la casa se
construyó incluso antes de eso. «Además», dice, «esta es
tierra Waqf», en referencia a la Dotación Islámica, que
maneja los asuntos administrativos de las zonas
musulmanas de Jerusalén. «Las tierras Waqf no se pueden
comprar ni vender», añade, por lo tanto, queda sin crédito
alguno cualquier reclamación que afirme que los
palestinos vendieron sus tierras a los colonos que han
ocupado dichas residencias en el corazón de Silwan.
Si estas órdenes de demolición se llevan a cabo, Israel
afirma que reubicará a los residentes en otras zonas de
Jerusalén Este, principalmente en las afueras de Beit
Hanina y Shufat. Los habitantes del barrio Bustan de
Silwan no tendrán nada de esto, ya que afirman que
lucharán contra esas órdenes israelíes con uñas y dientes.
«Antes de arrebatarnos nuestra tierra, nos arrebatarán
nuestras vidas», dice desafiante Shweiki.
No es el único que siente de esta manera. Sentados con él
en la tienda se encuentran, al menos, otros diez hombres,
todos apiñados alrededor del fuego tomando café y té.
Otro hombre, Abed Shaloudi, dice que los residentes han
creado el Comité Público para la Defensa del barrio
Bustan de Silwan, con el fin de atraer a la mayor cantidad
de medios de comunicación y la atención internacional a
su difícil situación.
El mismo Shaloudi no es ajeno a las dificultades. Pasó 10
años en una cárcel israelí en la década de los noventa,
período durante el cual los colonos judíos reclamaron su
hogar. Todavía está en su casa, pero admite que no sabe
cuándo llegará el día en que los colonos le obligarán a
abandonarla con una orden judicial.
La juventud de Shaloudi se refleja en sus apasionadas
convicciones. Dice que los representantes de varios
medios de comunicación los han visitado, emisarios de la
Embajada de Egipto y grupos europeos han llegado a su
tienda. Tiene un libro de visitas en el que pide a todos que
firmen como prueba de que acudieron en solidaridad.
Tiene grandes esperanzas de que sus actividades marquen
una diferencia. «Estamos planeando una marcha desde
Sheikh Jarrah a Al Bustan», dice, refiriéndose a otro
barrio de Jerusalén Este bajo ataque constante y
confiscación por parte de los colonos israelíes.
«Asimismo, esperamos poder formar una cadena humana
de niños alrededor de todo Silwan».
Todos estos esfuerzos son encomiables y ciertamente
podrían llamar la atención sobre la injusticia impuesta en
Silwan. La pregunta es, ¿serán suficientes para detener
las demoliciones? Si nos fijamos en la historia, esta
posibilidad es bastante débil.
Veamos, por ejemplo, Sheikh Jarrah. Durante años, los
colonos se han apoderado de las casas del barrio
afirmando que tienen escrituras de propiedad que se
remontan a antes de 1948. Mientras Israel insiste en que
las familias palestinas cuyas casas han sido arrebatadas
cuentan con recursos legales dentro del sistema judicial
israelí, esto es difícilmente un consuelo. Lo mejor que
podemos esperar es una suspensión de la orden de
desalojo o demolición por unos pocos meses, en el mejor
de los casos por algunos años, pero nunca una
revocación. La última apropiación de los colonos fue el
hogar de Um Kamel, que acabó durmiendo en una tienda
de campaña con su anciano esposo (quien murió más
tarde después de su expulsión), mientras los colonos se
trasladaron a su casa.
En Silwan, Jabal Al Mukabber y la Ciudad Vieja, las
historias sólo difieren en los detalles. Las reclamaciones
de propiedad de los judíos casi siempre ganan a los años
de propiedad y herencia familiar de los palestinos. El
problema con esta lógica es múltiple, en primer lugar el
hecho de que es unilateral. En 1948, los palestinos eran
dueños de sus casas en lo que actualmente es Jerusalén
Oeste y vivían en sus hogares legados por sus padres y
abuelos. El hecho de que conserven la documentación
original y auténtica de dichas casas al otro lado de la
línea de división de la ciudad es completamente
irrelevante para Israel, que hace caso omiso de cualquier
reivindicación palestina en lo que ahora es Israel.
¡Y si sólo fuera eso! Israel se ha negado sistemáticamente
a aceptar siquiera el principio del derecho de retorno
sobre la base de que cualquier gran afluencia de
refugiados palestinos a Israel podría alterar el carácter
judío del Estado. Sus aspiraciones, por desgracia, van
incluso más lejos del propio Israel. En Cisjordania y
Jerusalén Este, Israel ha construido decenas de
asentamientos judíos en el corazón del territorio palestino
ocupado y los ha llenado con medio millón de colonos
judíos. En Jerusalén, la cuestión más espinosa de todas
las relativas al estatuto definitivo, Israel continúa
apoderándose de la tierra palestina y de los derechos de
residencia en un intento de vaciar la ciudad de la mayor
cantidad posible de residentes árabes palestinos.
Por lo tanto, es difícil no estar de acuerdo con Salah
Sheweiki. Cuando dice que en esta batalla no se trata de
Silwan, sino de Jerusalén, tiene razón. Cuando afirma que
la cuestión ni siquiera se refiere a los edificios sino a la
tierra, sólo puedo asentir con la cabeza. En Jerusalén,
Israel no oculta sus intenciones. Para hacer de ella la
capital eterna de los judíos, tiene que librar a la ciudad de
quienes se atreven a desafiar esa afirmación.
Lamentablemente, como puede ver cualquiera, eso es lo
que está haciendo, una casa tras otra.
Fuente:
05-03-2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa
tras otra

Palestine Chronicle

Traducido por Nadia Hasan y revisado por Caty R.

Hay algunas personas cuyos rostros delatan las


dificultades que han tenido que enfrentar a lo largo de
sus vidas. Salah Shweiki es una de ellas. Sentado bajo
la gran carpa en el barrio Bustan de Silwan, buscando
la calidez de la madera en una vieja carretilla,
Shweiki emana el aura de un anciano sabio. En sus 56
años de vida ha visto mucho, quizá demasiado, pero
hoy se encuentra centrado, su rostro decidido y su
voluntad de hierro sólida.
Salah Shweiki es una de las aproximadamente 1.500
personas que están siendo amenazadas con la
expulsión de sus hogares por la municipalidad israelí
de Jerusalén. Según la orden de desalojo distribuida
entre los residentes del barrio Bustan, las
demoliciones se llevan a cabo con el pretexto de la
falta de concesión de licencias. Una vez que las casas
sean destruidas, Israel planea construir en su lugar un
parque nacional, un parque que según sus expertos en
arqueología, forma parte de la antigua Ciudad de
David.
Shweiki hace caso omiso de todas y cada una de estas
explicaciones y dice que la orden de desalojo forma
parte de un plan más amplio sobre Jerusalén, que es
el de expulsar de la ciudad a la mayor cantidad
posible de palestinos.
En cuanto a la reciente actividad de Israel en
Jerusalén, creo que Shweiki dio en el clavo. Silwan ha
estado plagada de órdenes israelíes de demolición
durante años, muchas de estas últimas entregadas
desde 2005. Los residentes de Silwan dicen que las
acusaciones de que sus casas se construyen sin la
debida licencia israelí son absurdas, ya que la mayoría
de ellas se construyeron incluso antes de que Israel
ocupara la ciudad en 1967.
Shweiki, por ejemplo, dice que tiene las escrituras de
su casa y su tierra, que se remontan a la época del
mandato británico, y que demuestran a su vez que la
casa se construyó incluso antes de eso. «Además»,
dice, «esta es tierra Waqf», en referencia a la Dotación
Islámica, que maneja los asuntos administrativos de
las zonas musulmanas de Jerusalén. «Las tierras
Waqf no se pueden comprar ni vender», añade, por lo
tanto, queda sin crédito alguno cualquier reclamación
que afirme que los palestinos vendieron sus tierras a
los colonos que han ocupado dichas residencias en el
corazón de Silwan.
Si estas órdenes de demolición se llevan a cabo, Israel
afirma que reubicará a los residentes en otras zonas
de Jerusalén Este, principalmente en las afueras de
Beit Hanina y Shufat. Los habitantes del barrio
Bustan de Silwan no tendrán nada de esto, ya que
afirman que lucharán contra esas órdenes israelíes
con uñas y dientes. «Antes de arrebatarnos nuestra
tierra, nos arrebatarán nuestras vidas», dice
desafiante Shweiki.
No es el único que siente de esta manera. Sentados con
él en la tienda se encuentran, al menos, otros diez
hombres, todos apiñados alrededor del fuego tomando
café y té. Otro hombre, Abed Shaloudi, dice que los
residentes han creado el Comité Público para la
Defensa del barrio Bustan de Silwan, con el fin de
atraer a la mayor cantidad de medios de
comunicación y la atención internacional a su difícil
situación.
El mismo Shaloudi no es ajeno a las dificultades. Pasó
10 años en una cárcel israelí en la década de los
noventa, período durante el cual los colonos judíos
reclamaron su hogar. Todavía está en su casa, pero
admite que no sabe cuándo llegará el día en que los
colonos le obligarán a abandonarla con una orden
judicial.
La juventud de Shaloudi se refleja en sus apasionadas
convicciones. Dice que los representantes de varios
medios de comunicación los han visitado, emisarios de
la Embajada de Egipto y grupos europeos han llegado
a su tienda. Tiene un libro de visitas en el que pide a
todos que firmen como prueba de que acudieron en
solidaridad. Tiene grandes esperanzas de que sus
actividades marquen una diferencia. «Estamos
planeando una marcha desde Sheikh Jarrah a Al
Bustan», dice, refiriéndose a otro barrio de Jerusalén
Este bajo ataque constante y confiscación por parte de
los colonos israelíes. «Asimismo, esperamos poder
formar una cadena humana de niños alrededor de
todo Silwan».
Todos estos esfuerzos son encomiables y ciertamente
podrían llamar la atención sobre la injusticia
impuesta en Silwan. La pregunta es, ¿serán suficientes
para detener las demoliciones? Si nos fijamos en la
historia, esta posibilidad es bastante débil.
Veamos, por ejemplo, Sheikh Jarrah. Durante años,
los colonos se han apoderado de las casas del barrio
afirmando que tienen escrituras de propiedad que se
remontan a antes de 1948. Mientras Israel insiste en
que las familias palestinas cuyas casas han sido
arrebatadas cuentan con recursos legales dentro del
sistema judicial israelí, esto es difícilmente un
consuelo. Lo mejor que podemos esperar es una
suspensión de la orden de desalojo o demolición por
unos pocos meses, en el mejor de los casos por algunos
años, pero nunca una revocación. La última
apropiación de los colonos fue el hogar de Um Kamel,
que acabó durmiendo en una tienda de campaña con
su anciano esposo (quien murió más tarde después de
su expulsión), mientras los colonos se trasladaron a su
casa.
En Silwan, Jabal Al Mukabber y la Ciudad Vieja, las
historias sólo difieren en los detalles. Las
reclamaciones de propiedad de los judíos casi siempre
ganan a los años de propiedad y herencia familiar de
los palestinos. El problema con esta lógica es múltiple,
en primer lugar el hecho de que es unilateral. En
1948, los palestinos eran dueños de sus casas en lo que
actualmente es Jerusalén Oeste y vivían en sus
hogares legados por sus padres y abuelos. El hecho de
que conserven la documentación original y auténtica
de dichas casas al otro lado de la línea de división de
la ciudad es completamente irrelevante para Israel,
que hace caso omiso de cualquier reivindicación
palestina en lo que ahora es Israel.
¡Y si sólo fuera eso! Israel se ha negado
sistemáticamente a aceptar siquiera el principio del
derecho de retorno sobre la base de que cualquier
gran afluencia de refugiados palestinos a Israel podría
alterar el carácter judío del Estado. Sus aspiraciones,
por desgracia, van incluso más lejos del propio Israel.
En Cisjordania y Jerusalén Este, Israel ha construido
decenas de asentamientos judíos en el corazón del
territorio palestino ocupado y los ha llenado con
medio millón de colonos judíos. En Jerusalén, la
cuestión más espinosa de todas las relativas al estatuto
definitivo, Israel continúa apoderándose de la tierra
palestina y de los derechos de residencia en un intento
de vaciar la ciudad de la mayor cantidad posible de
residentes árabes palestinos.
Por lo tanto, es difícil no estar de acuerdo con Salah
Sheweiki. Cuando dice que en esta batalla no se trata
de Silwan, sino de Jerusalén, tiene razón. Cuando
afirma que la cuestión ni siquiera se refiere a los
edificios sino a la tierra, sólo puedo asentir con la
cabeza. En Jerusalén, Israel no oculta sus intenciones.
Para hacer de ella la capital eterna de los judíos, tiene
que librar a la ciudad de quienes se atreven a desafiar
esa afirmación. Lamentablemente, como puede ver
cualquiera, eso es lo que está haciendo, una casa tras
otra.
Fuente:
Joharah Baker es un escritor de Medios de
Comunicación y del Programa de Información de la
Iniciativa Palestina para la Promoción del Diálogo
Global y la Democracia (05-03-2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa
tras otra

Palestine Chronicle

Traducido por Nadia Hasan y revisado por Caty R.

Hay algunas personas cuyos rostros delatan las


dificultades que han tenido que enfrentar a lo largo de
sus vidas. Salah Shweiki es una de ellas. Sentado bajo
la gran carpa en el barrio Bustan de Silwan, buscando
la calidez de la madera en una vieja carretilla, Shweiki
emana el aura de un anciano sabio. En sus 56 años de
vida ha visto mucho, quizá demasiado, pero hoy se
encuentra centrado, su rostro decidido y su voluntad de
hierro sólida.
Salah Shweiki es una de las aproximadamente 1.500
personas que están siendo amenazadas con la expulsión
de sus hogares por la municipalidad israelí de
Jerusalén. Según la orden de desalojo distribuida entre
los residentes del barrio Bustan, las demoliciones se
llevan a cabo con el pretexto de la falta de concesión de
licencias. Una vez que las casas sean destruidas, Israel
planea construir en su lugar un parque nacional, un
parque que según sus expertos en arqueología, forma
parte de la antigua Ciudad de David.
Shweiki hace caso omiso de todas y cada una de estas
explicaciones y dice que la orden de desalojo forma
parte de un plan más amplio sobre Jerusalén, que es el
de expulsar de la ciudad a la mayor cantidad posible de
palestinos.
En cuanto a la reciente actividad de Israel en
Jerusalén, creo que Shweiki dio en el clavo. Silwan ha
estado plagada de órdenes israelíes de demolición
durante años, muchas de estas últimas entregadas
desde 2005. Los residentes de Silwan dicen que las
acusaciones de que sus casas se construyen sin la
debida licencia israelí son absurdas, ya que la mayoría
de ellas se construyeron incluso antes de que Israel
ocupara la ciudad en 1967.
Shweiki, por ejemplo, dice que tiene las escrituras de su
casa y su tierra, que se remontan a la época del
mandato británico, y que demuestran a su vez que la
casa se construyó incluso antes de eso. «Además», dice,
«esta es tierra Waqf», en referencia a la Dotación
Islámica, que maneja los asuntos administrativos de las
zonas musulmanas de Jerusalén. «Las tierras Waqf no
se pueden comprar ni vender», añade, por lo tanto,
queda sin crédito alguno cualquier reclamación que
afirme que los palestinos vendieron sus tierras a los
colonos que han ocupado dichas residencias en el
corazón de Silwan.
Si estas órdenes de demolición se llevan a cabo, Israel
afirma que reubicará a los residentes en otras zonas de
Jerusalén Este, principalmente en las afueras de Beit
Hanina y Shufat. Los habitantes del barrio Bustan de
Silwan no tendrán nada de esto, ya que afirman que
lucharán contra esas órdenes israelíes con uñas y
dientes. «Antes de arrebatarnos nuestra tierra, nos
arrebatarán nuestras vidas», dice desafiante Shweiki.
No es el único que siente de esta manera. Sentados con
él en la tienda se encuentran, al menos, otros diez
hombres, todos apiñados alrededor del fuego tomando
café y té. Otro hombre, Abed Shaloudi, dice que los
residentes han creado el Comité Público para la
Defensa del barrio Bustan de Silwan, con el fin de
atraer a la mayor cantidad de medios de comunicación
y la atención internacional a su difícil situación.
El mismo Shaloudi no es ajeno a las dificultades. Pasó
10 años en una cárcel israelí en la década de los
noventa, período durante el cual los colonos judíos
reclamaron su hogar. Todavía está en su casa, pero
admite que no sabe cuándo llegará el día en que los
colonos le obligarán a abandonarla con una orden
judicial.
La juventud de Shaloudi se refleja en sus apasionadas
convicciones. Dice que los representantes de varios
medios de comunicación los han visitado, emisarios de
la Embajada de Egipto y grupos europeos han llegado a
su tienda. Tiene un libro de visitas en el que pide a
todos que firmen como prueba de que acudieron en
solidaridad. Tiene grandes esperanzas de que sus
actividades marquen una diferencia. «Estamos
planeando una marcha desde Sheikh Jarrah a Al
Bustan», dice, refiriéndose a otro barrio de Jerusalén
Este bajo ataque constante y confiscación por parte de
los colonos israelíes. «Asimismo, esperamos poder
formar una cadena humana de niños alrededor de todo
Silwan».
Todos estos esfuerzos son encomiables y ciertamente
podrían llamar la atención sobre la injusticia impuesta
en Silwan. La pregunta es, ¿serán suficientes para
detener las demoliciones? Si nos fijamos en la historia,
esta posibilidad es bastante débil.
Veamos, por ejemplo, Sheikh Jarrah. Durante años, los
colonos se han apoderado de las casas del barrio
afirmando que tienen escrituras de propiedad que se
remontan a antes de 1948. Mientras Israel insiste en
que las familias palestinas cuyas casas han sido
arrebatadas cuentan con recursos legales dentro del
sistema judicial israelí, esto es difícilmente un consuelo.
Lo mejor que podemos esperar es una suspensión de la
orden de desalojo o demolición por unos pocos meses,
en el mejor de los casos por algunos años, pero nunca
una revocación. La última apropiación de los colonos
fue el hogar de Um Kamel, que acabó durmiendo en
una tienda de campaña con su anciano esposo (quien
murió más tarde después de su expulsión), mientras los
colonos se trasladaron a su casa.
En Silwan, Jabal Al Mukabber y la Ciudad Vieja, las
historias sólo difieren en los detalles. Las
reclamaciones de propiedad de los judíos casi siempre
ganan a los años de propiedad y herencia familiar de
los palestinos. El problema con esta lógica es múltiple,
en primer lugar el hecho de que es unilateral. En 1948,
los palestinos eran dueños de sus casas en lo que
actualmente es Jerusalén Oeste y vivían en sus hogares
legados por sus padres y abuelos. El hecho de que
conserven la documentación original y auténtica de
dichas casas al otro lado de la línea de división de la
ciudad es completamente irrelevante para Israel, que
hace caso omiso de cualquier reivindicación palestina
en lo que ahora es Israel.
¡Y si sólo fuera eso! Israel se ha negado
sistemáticamente a aceptar siquiera el principio del
derecho de retorno sobre la base de que cualquier gran
afluencia de refugiados palestinos a Israel podría
alterar el carácter judío del Estado. Sus aspiraciones,
por desgracia, van incluso más lejos del propio Israel.
En Cisjordania y Jerusalén Este, Israel ha construido
decenas de asentamientos judíos en el corazón del
territorio palestino ocupado y los ha llenado con medio
millón de colonos judíos. En Jerusalén, la cuestión más
espinosa de todas las relativas al estatuto definitivo,
Israel continúa apoderándose de la tierra palestina y de
los derechos de residencia en un intento de vaciar la
ciudad de la mayor cantidad posible de residentes
árabes palestinos.
Por lo tanto, es difícil no estar de acuerdo con Salah
Sheweiki. Cuando dice que en esta batalla no se trata
de Silwan, sino de Jerusalén, tiene razón. Cuando
afirma que la cuestión ni siquiera se refiere a los
edificios sino a la tierra, sólo puedo asentir con la
cabeza. En Jerusalén, Israel no oculta sus intenciones.
Para hacer de ella la capital eterna de los judíos, tiene
que librar a la ciudad de quienes se atreven a desafiar
esa afirmación. Lamentablemente, como puede ver
cualquiera, eso es lo que está haciendo, una casa tras
otra.
Fuente:
Joharah Baker es un escritor de Medios de
Comunicación y del Programa de Información de la
Iniciativa Palestina para la Promoción del Diálogo
Global y la Democracia (Miftah05-03-2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa
tras otra

Palestine Chronicle

Traducido por Nadia Hasan y revisado por Caty R.

Hay algunas personas cuyos rostros delatan las


dificultades que han tenido que enfrentar a lo largo de
sus vidas. Salah Shweiki es una de ellas. Sentado bajo
la gran carpa en el barrio Bustan de Silwan, buscando
la calidez de la madera en una vieja carretilla, Shweiki
emana el aura de un anciano sabio. En sus 56 años de
vida ha visto mucho, quizá demasiado, pero hoy se
encuentra centrado, su rostro decidido y su voluntad de
hierro sólida.
Salah Shweiki es una de las aproximadamente 1.500
personas que están siendo amenazadas con la expulsión
de sus hogares por la municipalidad israelí de
Jerusalén. Según la orden de desalojo distribuida entre
los residentes del barrio Bustan, las demoliciones se
llevan a cabo con el pretexto de la falta de concesión de
licencias. Una vez que las casas sean destruidas, Israel
planea construir en su lugar un parque nacional, un
parque que según sus expertos en arqueología, forma
parte de la antigua Ciudad de David.
Shweiki hace caso omiso de todas y cada una de estas
explicaciones y dice que la orden de desalojo forma
parte de un plan más amplio sobre Jerusalén, que es el
de expulsar de la ciudad a la mayor cantidad posible de
palestinos.
En cuanto a la reciente actividad de Israel en
Jerusalén, creo que Shweiki dio en el clavo. Silwan ha
estado plagada de órdenes israelíes de demolición
durante años, muchas de estas últimas entregadas
desde 2005. Los residentes de Silwan dicen que las
acusaciones de que sus casas se construyen sin la
debida licencia israelí son absurdas, ya que la mayoría
de ellas se construyeron incluso antes de que Israel
ocupara la ciudad en 1967.
Shweiki, por ejemplo, dice que tiene las escrituras de su
casa y su tierra, que se remontan a la época del
mandato británico, y que demuestran a su vez que la
casa se construyó incluso antes de eso. «Además», dice,
«esta es tierra Waqf», en referencia a la Dotación
Islámica, que maneja los asuntos administrativos de las
zonas musulmanas de Jerusalén. «Las tierras Waqf no
se pueden comprar ni vender», añade, por lo tanto,
queda sin crédito alguno cualquier reclamación que
afirme que los palestinos vendieron sus tierras a los
colonos que han ocupado dichas residencias en el
corazón de Silwan.
Si estas órdenes de demolición se llevan a cabo, Israel
afirma que reubicará a los residentes en otras zonas de
Jerusalén Este, principalmente en las afueras de Beit
Hanina y Shufat. Los habitantes del barrio Bustan de
Silwan no tendrán nada de esto, ya que afirman que
lucharán contra esas órdenes israelíes con uñas y
dientes. «Antes de arrebatarnos nuestra tierra, nos
arrebatarán nuestras vidas», dice desafiante Shweiki.
No es el único que siente de esta manera. Sentados con
él en la tienda se encuentran, al menos, otros diez
hombres, todos apiñados alrededor del fuego tomando
café y té. Otro hombre, Abed Shaloudi, dice que los
residentes han creado el Comité Público para la
Defensa del barrio Bustan de Silwan, con el fin de
atraer a la mayor cantidad de medios de comunicación
y la atención internacional a su difícil situación.
El mismo Shaloudi no es ajeno a las dificultades. Pasó
10 años en una cárcel israelí en la década de los
noventa, período durante el cual los colonos judíos
reclamaron su hogar. Todavía está en su casa, pero
admite que no sabe cuándo llegará el día en que los
colonos le obligarán a abandonarla con una orden
judicial.
La juventud de Shaloudi se refleja en sus apasionadas
convicciones. Dice que los representantes de varios
medios de comunicación los han visitado, emisarios de
la Embajada de Egipto y grupos europeos han llegado a
su tienda. Tiene un libro de visitas en el que pide a
todos que firmen como prueba de que acudieron en
solidaridad. Tiene grandes esperanzas de que sus
actividades marquen una diferencia. «Estamos
planeando una marcha desde Sheikh Jarrah a Al
Bustan», dice, refiriéndose a otro barrio de Jerusalén
Este bajo ataque constante y confiscación por parte de
los colonos israelíes. «Asimismo, esperamos poder
formar una cadena humana de niños alrededor de todo
Silwan».
Todos estos esfuerzos son encomiables y ciertamente
podrían llamar la atención sobre la injusticia impuesta
en Silwan. La pregunta es, ¿serán suficientes para
detener las demoliciones? Si nos fijamos en la historia,
esta posibilidad es bastante débil.
Veamos, por ejemplo, Sheikh Jarrah. Durante años, los
colonos se han apoderado de las casas del barrio
afirmando que tienen escrituras de propiedad que se
remontan a antes de 1948. Mientras Israel insiste en
que las familias palestinas cuyas casas han sido
arrebatadas cuentan con recursos legales dentro del
sistema judicial israelí, esto es difícilmente un consuelo.
Lo mejor que podemos esperar es una suspensión de la
orden de desalojo o demolición por unos pocos meses,
en el mejor de los casos por algunos años, pero nunca
una revocación. La última apropiación de los colonos
fue el hogar de Um Kamel, que acabó durmiendo en
una tienda de campaña con su anciano esposo (quien
murió más tarde después de su expulsión), mientras los
colonos se trasladaron a su casa.
En Silwan, Jabal Al Mukabber y la Ciudad Vieja, las
historias sólo difieren en los detalles. Las
reclamaciones de propiedad de los judíos casi siempre
ganan a los años de propiedad y herencia familiar de
los palestinos. El problema con esta lógica es múltiple,
en primer lugar el hecho de que es unilateral. En 1948,
los palestinos eran dueños de sus casas en lo que
actualmente es Jerusalén Oeste y vivían en sus hogares
legados por sus padres y abuelos. El hecho de que
conserven la documentación original y auténtica de
dichas casas al otro lado de la línea de división de la
ciudad es completamente irrelevante para Israel, que
hace caso omiso de cualquier reivindicación palestina
en lo que ahora es Israel.
¡Y si sólo fuera eso! Israel se ha negado
sistemáticamente a aceptar siquiera el principio del
derecho de retorno sobre la base de que cualquier gran
afluencia de refugiados palestinos a Israel podría
alterar el carácter judío del Estado. Sus aspiraciones,
por desgracia, van incluso más lejos del propio Israel.
En Cisjordania y Jerusalén Este, Israel ha construido
decenas de asentamientos judíos en el corazón del
territorio palestino ocupado y los ha llenado con medio
millón de colonos judíos. En Jerusalén, la cuestión más
espinosa de todas las relativas al estatuto definitivo,
Israel continúa apoderándose de la tierra palestina y de
los derechos de residencia en un intento de vaciar la
ciudad de la mayor cantidad posible de residentes
árabes palestinos.
Por lo tanto, es difícil no estar de acuerdo con Salah
Sheweiki. Cuando dice que en esta batalla no se trata
de Silwan, sino de Jerusalén, tiene razón. Cuando
afirma que la cuestión ni siquiera se refiere a los
edificios sino a la tierra, sólo puedo asentir con la
cabeza. En Jerusalén, Israel no oculta sus intenciones.
Para hacer de ella la capital eterna de los judíos, tiene
que librar a la ciudad de quienes se atreven a desafiar
esa afirmación. Lamentablemente, como puede ver
cualquiera, eso es lo que está haciendo, una casa tras
otra.
Fuente:
Joharah Baker es un escritor de Medios de
Comunicación y del Programa de Información de la
Iniciativa Palestina para la Promoción del Diálogo
Global y la Democracia (Miftah). Puede ser contactado
en mip@miftah.org05-03-2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa
tras otra

Palestine Chronicle

Traducido por Nadia Hasan y revisado por Caty R.

Hay algunas personas cuyos rostros delatan las


dificultades que han tenido que enfrentar a lo largo de
sus vidas. Salah Shweiki es una de ellas. Sentado bajo
la gran carpa en el barrio Bustan de Silwan, buscando
la calidez de la madera en una vieja carretilla, Shweiki
emana el aura de un anciano sabio. En sus 56 años de
vida ha visto mucho, quizá demasiado, pero hoy se
encuentra centrado, su rostro decidido y su voluntad de
hierro sólida.
Salah Shweiki es una de las aproximadamente 1.500
personas que están siendo amenazadas con la expulsión
de sus hogares por la municipalidad israelí de
Jerusalén. Según la orden de desalojo distribuida entre
los residentes del barrio Bustan, las demoliciones se
llevan a cabo con el pretexto de la falta de concesión de
licencias. Una vez que las casas sean destruidas, Israel
planea construir en su lugar un parque nacional, un
parque que según sus expertos en arqueología, forma
parte de la antigua Ciudad de David.
Shweiki hace caso omiso de todas y cada una de estas
explicaciones y dice que la orden de desalojo forma
parte de un plan más amplio sobre Jerusalén, que es el
de expulsar de la ciudad a la mayor cantidad posible de
palestinos.
En cuanto a la reciente actividad de Israel en
Jerusalén, creo que Shweiki dio en el clavo. Silwan ha
estado plagada de órdenes israelíes de demolición
durante años, muchas de estas últimas entregadas
desde 2005. Los residentes de Silwan dicen que las
acusaciones de que sus casas se construyen sin la
debida licencia israelí son absurdas, ya que la mayoría
de ellas se construyeron incluso antes de que Israel
ocupara la ciudad en 1967.
Shweiki, por ejemplo, dice que tiene las escrituras de su
casa y su tierra, que se remontan a la época del
mandato británico, y que demuestran a su vez que la
casa se construyó incluso antes de eso. «Además», dice,
«esta es tierra Waqf», en referencia a la Dotación
Islámica, que maneja los asuntos administrativos de las
zonas musulmanas de Jerusalén. «Las tierras Waqf no
se pueden comprar ni vender», añade, por lo tanto,
queda sin crédito alguno cualquier reclamación que
afirme que los palestinos vendieron sus tierras a los
colonos que han ocupado dichas residencias en el
corazón de Silwan.
Si estas órdenes de demolición se llevan a cabo, Israel
afirma que reubicará a los residentes en otras zonas de
Jerusalén Este, principalmente en las afueras de Beit
Hanina y Shufat. Los habitantes del barrio Bustan de
Silwan no tendrán nada de esto, ya que afirman que
lucharán contra esas órdenes israelíes con uñas y
dientes. «Antes de arrebatarnos nuestra tierra, nos
arrebatarán nuestras vidas», dice desafiante Shweiki.
No es el único que siente de esta manera. Sentados con
él en la tienda se encuentran, al menos, otros diez
hombres, todos apiñados alrededor del fuego tomando
café y té. Otro hombre, Abed Shaloudi, dice que los
residentes han creado el Comité Público para la
Defensa del barrio Bustan de Silwan, con el fin de
atraer a la mayor cantidad de medios de comunicación
y la atención internacional a su difícil situación.
El mismo Shaloudi no es ajeno a las dificultades. Pasó
10 años en una cárcel israelí en la década de los
noventa, período durante el cual los colonos judíos
reclamaron su hogar. Todavía está en su casa, pero
admite que no sabe cuándo llegará el día en que los
colonos le obligarán a abandonarla con una orden
judicial.
La juventud de Shaloudi se refleja en sus apasionadas
convicciones. Dice que los representantes de varios
medios de comunicación los han visitado, emisarios de
la Embajada de Egipto y grupos europeos han llegado a
su tienda. Tiene un libro de visitas en el que pide a
todos que firmen como prueba de que acudieron en
solidaridad. Tiene grandes esperanzas de que sus
actividades marquen una diferencia. «Estamos
planeando una marcha desde Sheikh Jarrah a Al
Bustan», dice, refiriéndose a otro barrio de Jerusalén
Este bajo ataque constante y confiscación por parte de
los colonos israelíes. «Asimismo, esperamos poder
formar una cadena humana de niños alrededor de todo
Silwan».
Todos estos esfuerzos son encomiables y ciertamente
podrían llamar la atención sobre la injusticia impuesta
en Silwan. La pregunta es, ¿serán suficientes para
detener las demoliciones? Si nos fijamos en la historia,
esta posibilidad es bastante débil.
Veamos, por ejemplo, Sheikh Jarrah. Durante años, los
colonos se han apoderado de las casas del barrio
afirmando que tienen escrituras de propiedad que se
remontan a antes de 1948. Mientras Israel insiste en
que las familias palestinas cuyas casas han sido
arrebatadas cuentan con recursos legales dentro del
sistema judicial israelí, esto es difícilmente un consuelo.
Lo mejor que podemos esperar es una suspensión de la
orden de desalojo o demolición por unos pocos meses,
en el mejor de los casos por algunos años, pero nunca
una revocación. La última apropiación de los colonos
fue el hogar de Um Kamel, que acabó durmiendo en
una tienda de campaña con su anciano esposo (quien
murió más tarde después de su expulsión), mientras los
colonos se trasladaron a su casa.
En Silwan, Jabal Al Mukabber y la Ciudad Vieja, las
historias sólo difieren en los detalles. Las
reclamaciones de propiedad de los judíos casi siempre
ganan a los años de propiedad y herencia familiar de
los palestinos. El problema con esta lógica es múltiple,
en primer lugar el hecho de que es unilateral. En 1948,
los palestinos eran dueños de sus casas en lo que
actualmente es Jerusalén Oeste y vivían en sus hogares
legados por sus padres y abuelos. El hecho de que
conserven la documentación original y auténtica de
dichas casas al otro lado de la línea de división de la
ciudad es completamente irrelevante para Israel, que
hace caso omiso de cualquier reivindicación palestina
en lo que ahora es Israel.
¡Y si sólo fuera eso! Israel se ha negado
sistemáticamente a aceptar siquiera el principio del
derecho de retorno sobre la base de que cualquier gran
afluencia de refugiados palestinos a Israel podría
alterar el carácter judío del Estado. Sus aspiraciones,
por desgracia, van incluso más lejos del propio Israel.
En Cisjordania y Jerusalén Este, Israel ha construido
decenas de asentamientos judíos en el corazón del
territorio palestino ocupado y los ha llenado con medio
millón de colonos judíos. En Jerusalén, la cuestión más
espinosa de todas las relativas al estatuto definitivo,
Israel continúa apoderándose de la tierra palestina y de
los derechos de residencia en un intento de vaciar la
ciudad de la mayor cantidad posible de residentes
árabes palestinos.
Por lo tanto, es difícil no estar de acuerdo con Salah
Sheweiki. Cuando dice que en esta batalla no se trata
de Silwan, sino de Jerusalén, tiene razón. Cuando
afirma que la cuestión ni siquiera se refiere a los
edificios sino a la tierra, sólo puedo asentir con la
cabeza. En Jerusalén, Israel no oculta sus intenciones.
Para hacer de ella la capital eterna de los judíos, tiene
que librar a la ciudad de quienes se atreven a desafiar
esa afirmación. Lamentablemente, como puede ver
cualquiera, eso es lo que está haciendo, una casa tras
otra.
Fuente:
Joharah Baker es un escritor de Medios de
Comunicación y del Programa de Información de la
Iniciativa Palestina para la Promoción del Diálogo
Global y la Democracia (Miftah). Puede ser contactado
en 05-03-2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa
tras otra

Palestine Chronicle

Traducido por Nadia Hasan y revisado por Caty R.

Hay algunas personas cuyos rostros delatan las


dificultades que han tenido que enfrentar a lo largo de
sus vidas. Salah Shweiki es una de ellas. Sentado bajo
la gran carpa en el barrio Bustan de Silwan, buscando
la calidez de la madera en una vieja carretilla, Shweiki
emana el aura de un anciano sabio. En sus 56 años de
vida ha visto mucho, quizá demasiado, pero hoy se
encuentra centrado, su rostro decidido y su voluntad de
hierro sólida.
Salah Shweiki es una de las aproximadamente 1.500
personas que están siendo amenazadas con la expulsión
de sus hogares por la municipalidad israelí de
Jerusalén. Según la orden de desalojo distribuida entre
los residentes del barrio Bustan, las demoliciones se
llevan a cabo con el pretexto de la falta de concesión de
licencias. Una vez que las casas sean destruidas, Israel
planea construir en su lugar un parque nacional, un
parque que según sus expertos en arqueología, forma
parte de la antigua Ciudad de David.
Shweiki hace caso omiso de todas y cada una de estas
explicaciones y dice que la orden de desalojo forma
parte de un plan más amplio sobre Jerusalén, que es el
de expulsar de la ciudad a la mayor cantidad posible de
palestinos.
En cuanto a la reciente actividad de Israel en
Jerusalén, creo que Shweiki dio en el clavo. Silwan ha
estado plagada de órdenes israelíes de demolición
durante años, muchas de estas últimas entregadas
desde 2005. Los residentes de Silwan dicen que las
acusaciones de que sus casas se construyen sin la
debida licencia israelí son absurdas, ya que la mayoría
de ellas se construyeron incluso antes de que Israel
ocupara la ciudad en 1967.
Shweiki, por ejemplo, dice que tiene las escrituras de su
casa y su tierra, que se remontan a la época del
mandato británico, y que demuestran a su vez que la
casa se construyó incluso antes de eso. «Además», dice,
«esta es tierra Waqf», en referencia a la Dotación
Islámica, que maneja los asuntos administrativos de las
zonas musulmanas de Jerusalén. «Las tierras Waqf no
se pueden comprar ni vender», añade, por lo tanto,
queda sin crédito alguno cualquier reclamación que
afirme que los palestinos vendieron sus tierras a los
colonos que han ocupado dichas residencias en el
corazón de Silwan.
Si estas órdenes de demolición se llevan a cabo, Israel
afirma que reubicará a los residentes en otras zonas de
Jerusalén Este, principalmente en las afueras de Beit
Hanina y Shufat. Los habitantes del barrio Bustan de
Silwan no tendrán nada de esto, ya que afirman que
lucharán contra esas órdenes israelíes con uñas y
dientes. «Antes de arrebatarnos nuestra tierra, nos
arrebatarán nuestras vidas», dice desafiante Shweiki.
No es el único que siente de esta manera. Sentados con
él en la tienda se encuentran, al menos, otros diez
hombres, todos apiñados alrededor del fuego tomando
café y té. Otro hombre, Abed Shaloudi, dice que los
residentes han creado el Comité Público para la
Defensa del barrio Bustan de Silwan, con el fin de
atraer a la mayor cantidad de medios de comunicación
y la atención internacional a su difícil situación.
El mismo Shaloudi no es ajeno a las dificultades. Pasó
10 años en una cárcel israelí en la década de los
noventa, período durante el cual los colonos judíos
reclamaron su hogar. Todavía está en su casa, pero
admite que no sabe cuándo llegará el día en que los
colonos le obligarán a abandonarla con una orden
judicial.
La juventud de Shaloudi se refleja en sus apasionadas
convicciones. Dice que los representantes de varios
medios de comunicación los han visitado, emisarios de
la Embajada de Egipto y grupos europeos han llegado a
su tienda. Tiene un libro de visitas en el que pide a
todos que firmen como prueba de que acudieron en
solidaridad. Tiene grandes esperanzas de que sus
actividades marquen una diferencia. «Estamos
planeando una marcha desde Sheikh Jarrah a Al
Bustan», dice, refiriéndose a otro barrio de Jerusalén
Este bajo ataque constante y confiscación por parte de
los colonos israelíes. «Asimismo, esperamos poder
formar una cadena humana de niños alrededor de todo
Silwan».
Todos estos esfuerzos son encomiables y ciertamente
podrían llamar la atención sobre la injusticia impuesta
en Silwan. La pregunta es, ¿serán suficientes para
detener las demoliciones? Si nos fijamos en la historia,
esta posibilidad es bastante débil.
Veamos, por ejemplo, Sheikh Jarrah. Durante años, los
colonos se han apoderado de las casas del barrio
afirmando que tienen escrituras de propiedad que se
remontan a antes de 1948. Mientras Israel insiste en
que las familias palestinas cuyas casas han sido
arrebatadas cuentan con recursos legales dentro del
sistema judicial israelí, esto es difícilmente un consuelo.
Lo mejor que podemos esperar es una suspensión de la
orden de desalojo o demolición por unos pocos meses,
en el mejor de los casos por algunos años, pero nunca
una revocación. La última apropiación de los colonos
fue el hogar de Um Kamel, que acabó durmiendo en
una tienda de campaña con su anciano esposo (quien
murió más tarde después de su expulsión), mientras los
colonos se trasladaron a su casa.
En Silwan, Jabal Al Mukabber y la Ciudad Vieja, las
historias sólo difieren en los detalles. Las
reclamaciones de propiedad de los judíos casi siempre
ganan a los años de propiedad y herencia familiar de
los palestinos. El problema con esta lógica es múltiple,
en primer lugar el hecho de que es unilateral. En 1948,
los palestinos eran dueños de sus casas en lo que
actualmente es Jerusalén Oeste y vivían en sus hogares
legados por sus padres y abuelos. El hecho de que
conserven la documentación original y auténtica de
dichas casas al otro lado de la línea de división de la
ciudad es completamente irrelevante para Israel, que
hace caso omiso de cualquier reivindicación palestina
en lo que ahora es Israel.
¡Y si sólo fuera eso! Israel se ha negado
sistemáticamente a aceptar siquiera el principio del
derecho de retorno sobre la base de que cualquier gran
afluencia de refugiados palestinos a Israel podría
alterar el carácter judío del Estado. Sus aspiraciones,
por desgracia, van incluso más lejos del propio Israel.
En Cisjordania y Jerusalén Este, Israel ha construido
decenas de asentamientos judíos en el corazón del
territorio palestino ocupado y los ha llenado con medio
millón de colonos judíos. En Jerusalén, la cuestión más
espinosa de todas las relativas al estatuto definitivo,
Israel continúa apoderándose de la tierra palestina y de
los derechos de residencia en un intento de vaciar la
ciudad de la mayor cantidad posible de residentes
árabes palestinos.
Por lo tanto, es difícil no estar de acuerdo con Salah
Sheweiki. Cuando dice que en esta batalla no se trata
de Silwan, sino de Jerusalén, tiene razón. Cuando
afirma que la cuestión ni siquiera se refiere a los
edificios sino a la tierra, sólo puedo asentir con la
cabeza. En Jerusalén, Israel no oculta sus intenciones.
Para hacer de ella la capital eterna de los judíos, tiene
que librar a la ciudad de quienes se atreven a desafiar
esa afirmación. Lamentablemente, como puede ver
cualquiera, eso es lo que está haciendo, una casa tras
otra.
Fuente:
Joharah Baker es un escritor de Medios de
Comunicación y del Programa de Información de la
Iniciativa Palestina para la Promoción del Diálogo
Global y la Democracia (Miftah). Puede ser contactado
en .05-03-2009
La expulsión de los palestinos de Jerusalén, una casa
tras otra

Palestine Chronicle

Traducido por Nadia Hasan y revisado por Caty R.

Hay algunas personas cuyos rostros delatan las


dificultades que han tenido que enfrentar a lo largo de
sus vidas. Salah Shweiki es una de ellas. Sentado bajo
la gran carpa en el barrio Bustan de Silwan, buscando
la calidez de la madera en una vieja carretilla, Shweiki
emana el aura de un anciano sabio. En sus 56 años de
vida ha visto mucho, quizá demasiado, pero hoy se
encuentra centrado, su rostro decidido y su voluntad de
hierro sólida.
Salah Shweiki es una de las aproximadamente 1.500
personas que están siendo amenazadas con la expulsión
de sus hogares por la municipalidad israelí de
Jerusalén. Según la orden de desalojo distribuida entre
los residentes del barrio Bustan, las demoliciones se
llevan a cabo con el pretexto de la falta de concesión de
licencias. Una vez que las casas sean destruidas, Israel
planea construir en su lugar un parque nacional, un
parque que según sus expertos en arqueología, forma
parte de la antigua Ciudad de David.
Shweiki hace caso omiso de todas y cada una de estas
explicaciones y dice que la orden de desalojo forma
parte de un plan más amplio sobre Jerusalén, que es el
de expulsar de la ciudad a la mayor cantidad posible de
palestinos.
En cuanto a la reciente actividad de Israel en
Jerusalén, creo que Shweiki dio en el clavo. Silwan ha
estado plagada de órdenes israelíes de demolición
durante años, muchas de estas últimas entregadas
desde 2005. Los residentes de Silwan dicen que las
acusaciones de que sus casas se construyen sin la
debida licencia israelí son absurdas, ya que la mayoría
de ellas se construyeron incluso antes de que Israel
ocupara la ciudad en 1967.
Shweiki, por ejemplo, dice que tiene las escrituras de su
casa y su tierra, que se remontan a la época del
mandato británico, y que demuestran a su vez que la
casa se construyó incluso antes de eso. «Además», dice,
«esta es tierra Waqf», en referencia a la Dotación
Islámica, que maneja los asuntos administrativos de las
zonas musulmanas de Jerusalén. «Las tierras Waqf no
se pueden comprar ni vender», añade, por lo tanto,
queda sin crédito alguno cualquier reclamación que
afirme que los palestinos vendieron sus tierras a los
colonos que han ocupado dichas residencias en el
corazón de Silwan.
Si estas órdenes de demolición se llevan a cabo, Israel
afirma que reubicará a los residentes en otras zonas de
Jerusalén Este, principalmente en las afueras de Beit
Hanina y Shufat. Los habitantes del barrio Bustan de
Silwan no tendrán nada de esto, ya que afirman que
lucharán contra esas órdenes israelíes con uñas y
dientes. «Antes de arrebatarnos nuestra tierra, nos
arrebatarán nuestras vidas», dice desafiante Shweiki.
No es el único que siente de esta manera. Sentados con
él en la tienda se encuentran, al menos, otros diez
hombres, todos apiñados alrededor del fuego tomando
café y té. Otro hombre, Abed Shaloudi, dice que los
residentes han creado el Comité Público para la
Defensa del barrio Bustan de Silwan, con el fin de
atraer a la mayor cantidad de medios de comunicación
y la atención internacional a su difícil situación.
El mismo Shaloudi no es ajeno a las dificultades. Pasó
10 años en una cárcel israelí en la década de los
noventa, período durante el cual los colonos judíos
reclamaron su hogar. Todavía está en su casa, pero
admite que no sabe cuándo llegará el día en que los
colonos le obligarán a abandonarla con una orden
judicial.
La juventud de Shaloudi se refleja en sus apasionadas
convicciones. Dice que los representantes de varios
medios de comunicación los han visitado, emisarios de
la Embajada de Egipto y grupos europeos han llegado a
su tienda. Tiene un libro de visitas en el que pide a
todos que firmen como prueba de que acudieron en
solidaridad. Tiene grandes esperanzas de que sus
actividades marquen una diferencia. «Estamos
planeando una marcha desde Sheikh Jarrah a Al
Bustan», dice, refiriéndose a otro barrio de Jerusalén
Este bajo ataque constante y confiscación por parte de
los colonos israelíes. «Asimismo, esperamos poder
formar una cadena humana de niños alrededor de todo
Silwan».
Todos estos esfuerzos son encomiables y ciertamente
podrían llamar la atención sobre la injusticia impuesta
en Silwan. La pregunta es, ¿serán suficientes para
detener las demoliciones? Si nos fijamos en la historia,
esta posibilidad es bastante débil.
Veamos, por ejemplo, Sheikh Jarrah. Durante años, los
colonos se han apoderado de las casas del barrio
afirmando que tienen escrituras de propiedad que se
remontan a antes de 1948. Mientras Israel insiste en
que las familias palestinas cuyas casas han sido
arrebatadas cuentan con recursos legales dentro del
sistema judicial israelí, esto es difícilmente un consuelo.
Lo mejor que podemos esperar es una suspensión de la
orden de desalojo o demolición por unos pocos meses,
en el mejor de los casos por algunos años, pero nunca
una revocación. La última apropiación de los colonos
fue el hogar de Um Kamel, que acabó durmiendo en
una tienda de campaña con su anciano esposo (quien
murió más tarde después de su expulsión), mientras los
colonos se trasladaron a su casa.
En Silwan, Jabal Al Mukabber y la Ciudad Vieja, las
historias sólo difieren en los detalles. Las
reclamaciones de propiedad de los judíos casi